Capitulo XXXI: Hasta pronto
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Antes déjame tocar tus manos como la primera vez
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Primero hubo una explosión que nadie esperó, seguido, un terrible zumbido que los obligaba a divagar en el fin del mundo, quizás más lejano que los confines del tiempo que puede soportar los humanos. De pronto, ya no había nada, pues la oscuridad invadió cualquier rincón de los cuerpos de los héroes.
La inconsciencia confortable de un largo descanso, que sin lugar a las dudas, se merecían por haber conseguido tanto en esa guerra.
Allí estaban, dormidos pero inconscientes por sus propios esfuerzos.
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Día ?/?/2013
Gingka se iba despertando, alejándose de los hechos entre la inconsciencia y el dolor punzante de su brazo. Aunque en alguna parte de entre su helecho mental que aun tenía cordura, esa sensación de desconfianza le advertía de algo que ya no estaba bien. ¿Qué era? ¿Qué era? Algo faltante. Importante. No se daría cuenta hasta que sus ojos pudieran abrirse y cegarse con la luz del mañana. Un día nuevo y alegre.
—Gingka… —Su padre, apretando los barrotes de la camilla con la certeza de un grito proveniente de él cuando notaría los vendajes en exceso.
—¿Estará bien? —El pequeño Kenta en puntillas, se esmeró en ver a su compañero. Lo preguntaba en la forma emocionalmente, porque en físico había miles lamentos que dedicarle.
—Quién sabe… El doctor dice que recuperarse le llevará de cuatro a tres meses. Espero que pueda caminar…
—Hmm… —El joven taheño* se movió a un lado, luego al otro. No encontró una buena posición; era su brazo. Los huesos fuera de lugar o peor, se convertían en sufrimiento a medida que se despedía del sueño.
—Está despertando, está despierto… —Confirmó Ryo viendo muy sonriente a su hijo retornar al mundo por fin. La emoción le carcomía cualquier sentido— ¡Gingka! —No duró en llamarlo.
—¡Gingka! ¡Por fin despertaste! —Se río inquietado Kenta.
Antes de recuperar sus cinco sentidos, se estiró y bostezó hasta quedar satisfecho y con gran energía, a pesar del yeso molestoso. Eso era lo de menos, su cara y cuerpo tenían millares de moretones que algún tiempo más allá, se podrían restaurar levemente, y sería mucho.
—¿Papá? ¿Kenta? Eh… —Aturdido, confirmó que el sitio no era su casa. Había estado allí antes, muchas veces que no pudo olvidar, un déjà vu— ¿Estoy en el hospital? ¡Más medicina! ¡Ay, no!
Antes de poder escuchar alguna respuesta, Ryo se lanzó sobre él regalándole un abrazo fuerte e inimaginable, intercambiando todo aquella calidez que un padre preocupado puede ofrecerle a su hijo. No era el mejor en su trabajo pero esforzarse en darle toda la atención hasta repletarlo, lo consideraba un logro.
—¡Gingka! ¡Estás bien! —Y las lágrimas no soportaron quedarse encerradas. Se desbordaron sin avisar o sin permiso. Ya no era tristeza, todo estaba bien ahora que el muchacho llegó— ¡Me preocupé tanto por ti que me tuve que tomar cuatro pastillas de estrés! ¡Esa explosión casi me mata!
—P-Papá…
—¡Por fin! —Kenta jamás cuestionó en unirse al abrazo trepándose en las sabanas. De la alegría, lloró.
Solo había sido un día en un silente coma aunque tenerlo de vuelta podría ser la mayor de sus suertes. Todos juntos, todos contentos. La familia pudo reunirse después de lo ocurrido.
Gingka consiguió reírse al recibir el afecto, solo que esos puntazos que en algunas zonas afectaban, irrumpía el momento.
—¿Y ganamos? —Preguntó de choque luego de que su padre y su compañero se alejaran apenas.
Ambos se miraron con una expresión problemática de comprender. Parecía que ocultaban un hecho indescriptible. Ryo habló antes de su rostro llegara a confundir a su hijo.
—Sí, hijo. Lo lograron… ¡Salvaron al mundo! —Alzó su brazo en victoria en un respiro de esperanza— ¡De nuevo! —Agregó.
—¿Escuchaste eso, Kenta? —Se dirigió Gingka al pequeñuelo— ¡Lo hicimos, otra vez!
Se desplomó en su cama con las manos en el aire, se esfumó un peso desconocido que soportaba desde el principio. Habían asegurado un mañana, un futuro, se permitió respirar acaparando el aire de la habitación gracias a su dulce esfuerzo. Exhaló, desprendiéndose de los presagios incandescentes y amenazadores de su mente.
—Por fin… —Fueron esas palabras que salieron en un desvanecedor suspiro casi invisible.
Ryo le hizo una señal a Kenta para que se retiraran y lo dejaran descansar otro rato, u otro día más. Era un héroe, lo poco podía ser solo eso.
Había terminado bien, a su parecer. La normalidad que les aturdía en una rutina indeseable, volvió y los reconfortaba como nunca. Ya no era tranquilidad desesperante, nada más, un arcoíris después de una tormenta. Con calma.
—¡Espera, papá! —Aclamó Gingka. Su padre ya tenía su mano en la perilla y la apartó para darle su atención.
—¿Qué pasa?
—¿Dónde está Dareki?
La pregunta que dejó sin habla al hombre. El silencio de la mañana regresó al instante que Ryo se indignó a responder. Kenta tampoco le quiso revelar tal información y por ello, en una esquina, calló ante lo que pudieran decirle.
—Ah… De ella y de los otros dos no debes preocuparte —Le aclaró obligando a una sonrisa permanecer en un gesto actuado. La misma se derrumbó en segundos tomando la decisión de irse—. Mejor descansa.
—¿Qué? ¿Qué les pasó? —Gingka le interesaba tanto que no iba a pensar más veces en levantarse e ir a buscarlos. Preguntó nuevamente, intentando que su padre no le dejara con las dudas.
—Gingka, no creo que sea momento de explicarte, ¿sí? —Otra sonrisa totalmente forjada se dibujó— Duerme, más tarde hablamos.
El muchacho miró a su amigo, quien de inmediato le dedicó en un lenguaje callado «todo está bien», mediante una mueca rápida.
Pero su curiosidad y preocupación le podría consumir la última gota de sangre si no sabía la razón. Otra vez, quiso indagar sobre ellos. Eran los malos; mas la empatía yacía como cualidad en ese chico y tampoco que se merecían quedar en el olvido.
—Yo quiero saber… —Recalcó a centímetros de ponerse de pie— ¿Qué pasó con ellos? ¿Están bien?
—Ging-
—¡Dejen de ocultarme cosas! —Impidió— ¡No soy un niño! —Aunque parecía y exigía como uno—. ¡Por favor, papá, Kenta! Sé que ellos causaron todo esto… ¿Al menos no les da lástima por su situación? ¿Es correcto dejarlo así? Dareki me ha contado muchas cosas que no sabía, y los juzgué mal… Ellos ni siquiera eran malvados…
Se escuchó a la perfección cuando Ryo tragó saliva e insultó. Ya no tenía oportunidad de escaparse de esa. Odiaba a veces mimarlo de tal forma pero en ciertas partes, la razón está de su lado. Resignado, no le dirigió una mirada a su hijo, sino que solo se dedicó a observar al frente, a la puerta aunque las emociones de su cara ya se esparcieran.
—Dareki y Shouto, recibieron daños catastróficos al caer y recibir la explosión directamente —Tuvo el valor de voltear hasta el muchacho en cama, que boquiabierta, se quedó perplejo—. Jonathan tenía heridas igual. Casi fue sepultado por las rocas... Se fueron.
—¿Y...? —A ese punto, las palabras no podían abandonar su boca. Gingka procesaba lentamente lo que oía— ¿A dónde están?
—Murieron, Gingka... —No podía aumentar lo directo que fue.
Sin otra cosa que revelar, se retiró perseguido de Kenta. Ambos mudos, no tenían comentarios ya, tampoco consuelos hacia el blader pelirrojo.
Una estocada fundiéndose en ese gran corazón fue un detonante, que algo quebró. No lo creía, se obligaba a no dejarle espacio en sus pensamientos, pues lo que en él le mantenía los pies en la tierra, ya no se resignaría para asumir esa noticia. ¿Eso era la cosa faltante? Siendo así, un rancio vacío se expandió en lo que le quedaba de razón. Lo poco, lo nulo, la migaja de una pequeña alma frágil que ruega por que pare la desilusión.
¿Había sido una victoria, una que valiera sonreír? Ese arcoíris, tenía colores sombríos; y seguía allí, porque la tormenta había pasado. Una sonrisa amarga ganada, que trae felicidades incomprendidas. La confusión de si reír o no.
Gingka podía solo sentir sensaciones iracundas por escapar: Tristeza, lastima, y relacionados. Tres chicos, presos de una rabia que los consumió, murieron porque hicieron sus propias tumbas mediante los deseos vengativos hacía los seres que consideraban, enemigos. Y nadie elije que maldades ni bondades tomar.
Con Dareki, ya no le daría un abrazo para al menos despedirse, o disculparse por razones que no tuvieran que ver. Ya no estaba. Se fue, como la pizca de cordura.
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Abrió la puerta porque le dieron un chance de corretear por ahí y saludar a sus compañeros, teniendo mucha precaución de no estropear las heridas recientes. Gingka paseó, buscó en los lugares donde le indicaron los médicos las habitaciones de sus amigos. Deambuló en las partes que no conocía del hospital en la búsqueda de un conocido cerca. Varias ideas de un mapa se le hacían atractivas, porque se perdió en los pasillos.
Desconocía fuertemente en donde su mente se embarcaba, aun aquella noticia seguía atormentando. Tenía que rechazar una realidad en la cual, Helpers Of Hades, seguían sonriendo en alguna parte del planeta.
—¡Gingka! —Gritaron con gran devoción Madoka, Yuki y los demás Bladers Legendarios.
Aunque los yesos podían estorbarles, de manera increíble pudieron demostrar su gran felicidad en unas lindas muecas. Unas vendas en la cabeza, otras en las piernas y una cadena para seguir alrededor del cuerpo.
—¡Hola! —Les saludó el mencionado. Su carita harta de venditas y la ancha sonrisa del chico al ver a sus compañeros— ¿Qué tal?
Fue atacado por un abrazo grupal, sin previo aviso, las risas se acomodaron en los pasillos de miles de pacientes. El antes formal espacio, podía tener unas carcajadas jubilosas, haciéndolo satisfactorio, echando afuera algo de presión. Gingka agradecía a lo que fuera que le ayudaba con el dolor de su fractura, el abrazo sin dudas lo quebrantaría de inmediato si se estuviera retorciendo del sufrimiento. Ya se olvidó de cualquier dolor que arrastraba desde la visita de su padre, ya no más.
Mientras, Ryo yacía arrimado en la pared junto a Kyoya, Aguma y Dynamis. Sin querer regodearse con el cariño de los otros porque simplemente no van con ello, y jamás lo harían. Recibirían amor desde lejos y sería mucho.
—¿Por qué no vas con ellos, Johannes? —Le indagó Ryo.
—Esos tontos no se merecen mi aprecio —En su tono menos convincente, el chico felino se cruzó de brazos. En el fondo sabía muy bien que desde hace rato, se hubiese tirado encima y llorado junto a esa tropa.
Gingka se estaba dando un gran tiempo en concebir toda aquella gran felicidad. Quería disfrutar ese abrazo ya que sentía como si hace años, un afecto sustentable se retiró a Dios sabe dónde, dejándole en cuatro paredes de pura frialdad. Y solo pasó un día dormido.
—¡Pudimos ganar! ¿A que no es genial? —Sonrió King abrazando a su mejor amigo.
—Yo no pude ver nada de lo que pasó… —Entristecido, Masamune agachó la cabeza tal cual perro regañado. Pero una hiperactividad le encendió, y tenía que lamentarse— ¡Les dije que debía ir! Tal vez no sea un Blader Legendario pero soy muy fuerte… No sé por qué no decidieron ir conmigo —Puso labios de pato al final.
—Como si fueras un gran regalo —Comentó casi inaudible, King. Molestó a niveles extraordinarios a Masamune que se comenzó a quejar, provocando una explosión de risas en los otros.
Kyoya, en medio de esas risotadas que despertarían a los muertos, arrastró a Gingka hasta donde pudiera notar su presencia. La sorpresa se sostuvo a la par de unos quejidos por parte del pelirrojo.
—¡¿Eh?! —Miró indeleble al abrumado chico, aguardando por una razón de esa acción— ¿Kyoya?
El grupo de atrás, esperando también respuesta. O un chisme, lo más probable. Asomándose muy curiosos.
Alcanzando a su rival en cuanto a heridas, con yeso en su pierna y antebrazo, Tategami arrugó terriblemente el ceño. Los moretones no alcanzarían cambiar esa cara tan amarga aunque le deformaran a diestra y siniestra.
—¡Si vas a estar enamorándote de una chica cualquiera…! —Regañó por fin Kyoya.
—¡¿E-Eh?! —El pobrecillo blader de bufanda se colmó de un rojo intenso en sus cachetes. No dejando lugar a las dudas, ya no podría negar nada de lo que decía.
—¡Al menos pregúntale qué religión tiene! ¡Porque no quiero romperme otras dos costillas cuando esté peleando contra un loco de Hades! —Terminó, mostrando su colmillo a la hora.
El primero en soltar una risa inminente fue Dynamis. Es que no pudo aguantar a lo que escuchó. ¿Y cuando lo habían oído así? Era una primera vez, una asombrosa primera vez.
La alegría de un simple grupo de amigos, llegó a apaciguar los miles problemas por sobre sus espaldas. Siendo un hospital, la mejor medicina se las dieron ellos mismos; su amistad. Porque estar en líos, no serían pesadas servidumbres que empujar si así lo quisieran. No podían desear otra cosa mejor, son un equipo, y lo serían hasta conquistar la cima de los grandes y mucho más.
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Dos semanas pasadas. En camilla, calmado. Al final de un clima bestial.
El crujir de esos dientes contra la manzana, deleitaba a Johannes, quien sentado en las orillas de un balcón, patrullaba las extensas zonas de la ciudad en el medio día. El tiempo ya se convertía en un enemigo, caminaba a un paso totalmente paciente y desesperante.
—¿Qué pasa, minino? ¿Aun le tienes miedo a las alturas? —Sin molestarse en voltear, se mofó del pobre Gingka. Asustado en el marco de la puerta, le dedicó una mirada gruñona.
—No es divertido, Johannes —Gingka quiso ponerse a la defensiva, aunque no tenía ánimos—. Puedo empujarte desde aquí si lo quisiera, ¿sabes?
—Eres demasiado bueno para ello. Experiencia personal.
—¡Sip, es verdad! ¡Je!
Se acomodó a lado de Kenta, asegurándose de nunca asomarse por los barandales. Alguna vez, tenía que superarlo a menos de querer vivir en pesadillas indeseables en futuros muy cercanos. Pero lo haría a paso de caracol.
—¿Cómo se sienten? —Hizo conversación Madoka, al otro extremo junto a Kyoya.
—Mejor que ayer, eso sí… —Kenta se sobó por detrás de la cabeza.
—Pues yo no estoy contento con que este tipo se esté quedando aquí… —Kyoya no tenía vergüenza en estar vigilando a Johannes. Hierva mala, nunca muere, se decía.
—Si fuera por mí, ya me hubiera ido —Continuó comiendo su manzana, siendo ajeno a lo amenazante que era la mirada del indómito peliverde—. Ya no tengo nada que hacer por aquí pero es agradable fastidiar a unas cuantas personas —Se rió el muy desgraciado.
—¿No será por qué te sientes solo sin Dareki? —Se metió Gingka a la charla. Decir el nombre y no llorar en el intento, fue una recompensa por superarlo.
—¿Ah? ¿Extrañarla? ¡Pero si está bien! ¿Qué te crees?
—¿Bien? —La confusión, acompañó al muchacho de golpe— Lo debes de decir porque está en un lugar mejor.
La confusión se pasó a Johannes, que con ceja arqueada firmemente, le aclaró soltando una semilla de la fruta.
—¿Te dan demasiado tranquilizante o qué, amigo? Pero si ella estaba en otro hospital.
Una sonrisa de ella dirigida a él. La representación gloriosa de una risa jubilosa, paseó en sus ojos.
—Quién sabe de los otros dos. Daiki les escupiría en la tumba si ya se los llevó la huesuda —Y rió Johannes.
El universo definitivamente se aferraba a la idea de desgraciarle hasta el último sentido cuerdo en él.
—Sé que dijo "No digas nada por el bien de todos" —Una mordida a la manzana—. Esa chica es un misterio.
La misma estocada que fulminó su corazón, se incrustó como los recuerdos pasados de una sonrisa de esa chica. Bailaban en música amarga las memorias pétreas* que destruyeron al blader en tan solo rememorarlas. No sabía si escuchaba bien, y rezaba para que fuera un muy mal chiste.
—¿Qué-
—¡Jo-Johannes! ¡Eso es mentira! ¡No seas así, no quieras causar tristeza en Gingka! ¿Verdad, verdad que sí? —Atropellando las palabras, el pequeño Kenta agitó los brazos frente a su amigo.
—¡Sí, Gingka! —Le siguió Madoka, imitando su pánico— ¡No hagas caso, ya sabes cómo son los tontos que no saben cerrar la boca!
—No puede ser…
La lista de cosas ocultas no había terminado. Le atormentaba a pesar de querer caminar y enfocarse en los hechos aclarados del nuevo mañana. ¿Qué podía hacer para que no se empeorara su situación cada cinco minutos? La desdicha se iba y venía al antojo de una pequeña tragedia.
—¿Lo sabían? —Se giró dispuesto a gritar si así el control se perdería.
Kenta y Madoka se vieron al mismo tiempo, arraigados por la pena que les dio al esconder tal cosa. Esos gestos de impotencia daban la clara señal de que sí lo sabían. Gingka también se volteó a Kyoya, que queriendo estar fuera del asunto, se enfocó en un punto que no fuera los ojos en fuego de su rival. Él si sabía, guardaba el secreto.
—¿En serio? Esto no es justo… —Se sentía traicionado. Los castigos sorpresivos le darían en un momento un enorme infarto. Que fuera rápido para matarlo y no tenerle sufriendo de esa manera— ¿Qué pasa con ustedes? ¿Ya no puedo confiar en nadie acaso? Cuando pienso que todo va bien y creo que ya puedo seguir… Esto…
No era mentira de que su furia llenaría de cenizas sus palabras, pero prometió ya no enfadarse y perder la compostura. Le era una prueba cruel el no tener que alocarse y juntar con la demencia.
—Gingka, por algo tenemos que estar mintiéndote —Kenta no dejaría de creer que hacían el bienestar de su amigo, más extenso y basto—. Lamento mucho el que tengas que enterarte de este modo pero… ¡Dareki nos pidió que lo hiciéramos! Dijo que es mejor que se alejara porque nos causó muchos problemas.
Johannes y su indiferencia, una muralla que no se derrumbaría a menos que directamente le afecte algo Kyoya, un mismo caso, lejos de tratar acerca de un tema donde se mencione aquella mentirosa chica.
La manzana es una sombra de lo que un principio fue, como la paciencia del de bufanda.
—También que es por tu propio bien, porque sabe que harás una tontería e iras a buscarla para hacer las paces —Terminó de confesar el más joven. Se llevaría la decepción de Ryo muy pronto.
Gingka poseía los sentimientos tan revueltos, que su identidad era lo de menos, sus traumas, sus pesadillas, por solo encontrar una emoción apropiada ante eso.
—¿Y dónde está ahora? —Dejó salir el pelirrojo, incapaz de articular otras palabras que no le fueran dolorosas al escuchar la respuesta.
—¡No seas necio, por favor! —Madoka intervino, desde luego, mandona. Marcando una vena en su sien— ¡Si no dejas de comportarte como un niño, te voy a lanzar desde aquí mismo!
Le quedó pegada una imagen cayendo de nuevo, y no le gustó para nada. Entonces ya no habló, ni discutió, porque según la voz de su conciencia, sería mucho mejor así.
—Está en la estación de tren del sur —Antes la voz de Johannes se le hacía odiosa, en cada silaba que permitía escapar. Aunque en esa oración, el Edén abría sus puertas.
—¿¡De verdad!?
—¡Johannes! —Para la mecánica y el pequeñuelo, lo contrario le atinaba mejor en su descripción.
—¡¿Cuándo será el día en el que cierres la boca?! —Kyoya ya preparaba las fuerzas para lanzarlo por un noveno piso.
Al igual que no supo cómo Gingka bajó hasta el primer piso, tampoco lo hizo al momento de que los chillidos suplicantes de sus amigos, se comenzaron a incrustar en sus oídos junto al zumbido de una adrenalina imprevista.
Corrió, tropezó tan escandaloso en las escaleras que más de una disculpa involuntaria aventó a unas cuantas personas del hospital.
—¡Disculpe, perdone! —Ni las lesiones recién curadas, lo detendría hasta que no llegara a fuera— ¡Voy pasando!
Juraría que en un segundo, había avistado a su papá rabioso por escaparse así. No importaba, después el tiempo le dejaría un pedazo para explicarse o salirse con la suya.
Se le crearían nuevas heridas, reemplazando las anteriores. Explotaría la paciencia de muchos; sin embargo, llegar a su destino le produciría más fervor que cuando escucha la voz armoniosa de una jovencita azabache.
Y fue como llegó a estar en las calles, justamente debajo de donde se suponía, se hallaba Johannes con los demás. El trafico, un contrincante fuera de lo común que debía superar antes de estar al menos a dos metros de Dareki.
—¡Oye! ¡Tortolo!
El felino amigo le gritó pudiendo lograr que mirase hacía arriba, dejándole casi ciego al ponerse al frente del sol. Cualquier cosa que le informaría ese tonto, le pareciera la ambrosía salvadora en el abismo más remoto. A Johannes se le notó lo que parecía, una ladina sonrisa que dejaría confianza a cualquiera. ¿Había revelado todo eso a propósito? La manzana no existía, pues en sus manos ya no estaba, dejó a entender que tampoco existiría la respuesta de la duda.
—¡El tiempo no espera! —Sacudió Johannes una de sus manos, queriendo señalarle una despedida.
Gingka claramente supo que aquello era una invitación a gastarse los pies en el maratón de su vida. El tiempo no espera a nadie; el combustible que lo impulsó a dejarse llevar por el viento, extraviarse en sus recuerdos gloriosos que añoraba vivir una vez. Por sentir el tacto de su piel entre sus dedos.
Empezó a ignorar los vendajes que se desprendían de su sitio, el frecuente gruñido de alguna persona al chocar; todo eso al demonio. Sus piernas no respondían a menos que no fuera correr y correr, ya que si paraba no se lo perdonaría. Las simples miradas que se dirigían antes, le alegrarían cualquier día, ellos dos nuevamente.
La escasez de aire se revelaba lentamente en algunos metros, provocando en varias ocasiones al muchacho jadear y detenerse un rato. ¿Qué tenía que hacer? ¿Por qué era tan lejos pero tan cerca? Solo seguir le quedaba para aferrarse y reconfortarse con su objetivo. Inenarrable* fue su determinación cuando le provocó un estado inconsciente, donde sus pisadas apresuradas en el pavimento, se hacían un vaivén lleno de esperanzas. Temía. A quedarse sin un inerte adiós, le sería aberrante.
Y allí fue, la gente en el metro que había salido. Para su suerte no le quedaba tanto por recorrer, empujar a otros diez y llegaría a adorar el desdén de un lavanda en unos ojos coquetos de nuevo. Pero primero regresaría el oxigeno a donde pertenecía. ¿Había ido al baño?
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El usual contacto visual a él, le incomodaba. Claro, marchó hasta que el sudor le disfrazó la cara pálida, no sería rara una mueca de disgusto por parte de la gente alrededor. Bajando las escaleras del metro, el gentío estaba lo suficientemente esparcido para distinguir quién era quién.
Apenado, se dedicó a buscar a Dareki, entre los miles de perfiles juzgadores como en una corte amenazante, queriendo encontrar a un aliado. Era sentirse fuera de lugar, en un planeta conocido por los desconocidos.
Qué difícil se le hacía. Caras irreconocibles que olvidaría por un futuro andante. Allí andaba, paseando en senderos, extraños, temeroso en creer que lo confundirían con algún psicótico por su apariencia.
Pero la vio. El primer infarto.
La vio por fin. El golpe retornó al sitio más delicado. Su corazón andaba cual tambor en un festival, que hasta la estrepitosa melodía, haría danzar a los transeúntes. Voces de cientos yacía en una armonía infernal, le aturdía pero es un día a día en Japón.
Dareki esperaba algo en la entrada del tren, inmersa en su teléfono celular, totalmente distraída de cualquier relevancia del entorno. Ajena de aquellos que se cruzaban.
Gingka vaciló en aproximarse, el miedo ahora reconquistaba en los movimientos que llegaría en hacer. Temblaba y no se detenía, el porqué de temerle a ella si nada más estaba ahí, le quebrantaba sin dudas.
Cuando la chica decidió apartar la mirada del aparato, encaminó su vista en el lugar. Persona, persona, persona y así. Luego, la inconfundible melena arrebol se familiarizaba por traerle memorias dolorosas, un amargo aroma a limón que siguió alojado en su corazón. Lo vio, torpe y asombrado. Boquiabierto.
Él saludó con pavor; ella no. Él se acercó y ella retrocedió. Ambos siendo contrarios porque así se quieren.
—¡Dareki! —Gritó Gingka con inmensas ganas de tomarla y elevarla. Lo más probable es que sus ojos al verla fueron de un demente.
—¿Qué haces aquí?
Fue una pregunta tajante, que le heló las puntas de las manos. Tenía que asegurarse si de verdad seguía respirando. O es que ella de verdad quería cavarle su tumba de inmediato por sorprenderla así.
—¿Por qué? ¡¿Por qué, Dareki?! ¡No estoy molesto contigo pero deja de ser misteriosa todo el tiempo! —Se apresuró a decir. Dejar reforzadas las quejas en el nudo de su garganta, no tendría perdón. No callaría hasta que alguna lágrima traicionera se colara entre sus mejillas— No necesitas pedirme disculpas por lo que has hecho, eres una persona increíble que piensa estar haciendo lo correcto aunque solo provocas más tristeza dejando las cosas como están…
Dareki calló. Su pavor de mencionar algo controlaba cualquier movimiento, si quisiera defenderse, no lo podría hacer. Él tenía razón, por ello no protestó. Sabía que dejar un asunto en el olvido era malo pero su único recurso es ese, abandonar el caso dejando a la suerte a quienes lastimó.
La multitud desfilaba al azar, haciendo absurdo la acción de oír.
—¿Sabes algo? —Gingka posó una mano por detrás de su cabeza. Despreocupado— Me tuve que escapar del hospital solo para decirte adiós… ¡Y mírame, aun no me recupero! —Se carcajeó sutilmente. En el fondo lloraba—. Y sé que tú no dijiste nada porque temes a lastimarme de nuevo, a los demás también… Aun así, Dareki… Es difícil explicarte mis emociones ahora…
—Gingka, ya no-
—¡No quiero que te vayas!
La abrazó, con gran intensidad. Para que pudiera saber la fuerza de su deseo, de un anhelo imposible transformado en un sueño de niños. Sintió como ella quiso corresponder y enredarlo en sus brazos.
—No creas que estoy muy contento con esto, te odio —Quería parecer serio, y sus sentimientos lo delataron haciendo lo contrario.
La pelinegra nunca logró contener la risa al escuchar eso. ¿Desde cuándo pasó del odio al amor?
—Yo te odio más, estúpido —Murmuró, resignándose en aparentar lo apocaba que se hallaba. Tenía tanto miedo de demostrar, sacar lo débil y tonta que era—. Lo siento mucho, Gingka, perdón. En serio, ojalá algún día me puedan perdonar…
Ambos estaban allí, juntos por poco tiempo. Intercambiando lo grande de sus arrepentimientos mientras que el metro anunciaba su siguiente estación.
—Ya me tengo que ir... —Recalcó Dareki. Abatida fuertemente en aquellas palabras— Retomaré mis estudios y recibiré un gran castigo por mis padres…
La gente se acomodaba en sus asientos y se adentraba, impacientes por arribar a sus próximos destinos.
—Solo prométeme algo, ¿Sí? —Dijo él.
—¿Qué cosa? —Se fueron apartando, de a poco.
—Que volverás, y pasaremos la tarde comiendo hamburguesas hasta que reventemos.
Una sonrisa triste, salió de los labios de la joven. Le comunicó asintiendo casi sin ganas que así sería.
Gingka conocía ese momento desde hace tiempo, y no podía recapacitar para estar preparado y aceptar la despedida. Lo supo la primera vez que se tomaron las manos; cruzaron la calle, desprevenidos de los peligros próximos. Inocentes a los problemas. Y al mismo tiempo que corrieron hasta la acera, él sabía que si ella se atrevía a soltar su mano alguna vez, le dolería.
Ese "alguna vez", era ahora.
—Já, ya vino Julieta a buscar a su Romeo.
Daiki hizo un ademán llamando a su hermana desde la puerta, luego de burlarse. Viendo lo horrible que Gingka se veía, suprimió comentarios hirientes por algo de lastima.
—Fue un placer conocerte, chico. Espero que Ryo-san pueda lidiar contigo un par de años más… Y mis más sinceras disculpas —Le dedicó una reverencia rápida por el metro.
Antes de entrar, Dareki miró a su amigo. Esas facciones de un chico alegre, que tendría mejor vida lejos de su ser, le causaba mucha desilusión. Pues alejarse le revolvería sus adentros. Pensar en un día en donde no lucharían o se saludarían como máximo, jamás pararía su llanto aunque el tiempo cubriera los recuerdos. El blader opinaba igual. No llegaría a comprender porque terminaron de tal forma.
El metro se acumuló de personas, Dareki entró tomando su maleta, no sin antes susurrarle unas cuantas cosas a Gingka. Las experimentó similar a un abismal viento que llena al vacio de un alma moribunda, fue un hermoso regalo.
"Te veré de nuevo algún día".
Se despidió de un buen compañero besando uno de sus rojillos cachetes, abandonándolo con las mayores de sus alegrías. No tendría tan malas historias que contar a sus nietos, tampoco unas esplendidas; no obstante, serían bastantes para forjarle el mejor gesto que el mundo le pueda ver.
Entonces, vio al tren partir y a la muchacha mover su mano en señal del aborrecible adiós, en una de las ventanas. El sonido fantasmal de unas vías correr contra el metal, se expandió rápido por culpa de la mudez en los rincones.
Se había ido.
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Los pasos que ahora marcaba en los escalones, parecían acribillarlo por la falta de energía. Sus emociones se mezclaron tanto que lo dejaron aturdido, desgastado y con ganas de tirarse por un puente, también lo opuesto.
Al estar en las calles nuevamente, notó a Madoka y a Kenta correr a él. Los dos acaparando tanto aire como pudiesen estando frente a Gingka.
—¡Gingka! ¿¡Qué pasó? —Empezó Madoka.
—¡Sí! ¿Dareki ya se fue?
Ni una deidad compleja llena de sabiduría le contestaría esa pregunta. ¿Qué pasó realmente? Lo que sea, terminó como nunca se lo hubiese esperado. Risas, llanto, dolor, calma, furia. Todo junto, en amalgamas que demuestran que la felicidad se alcanza cuando se vive en un sin fin de sentimientos.
Aquel blader de proeza infinita, sonrió teniendo la vida al cien por ciento.
—Ah… Yo solo puedo decirles una cosa…
Kenta y Madoka aguardaron a un perdurable relato que los dejaría sin aliento.
—Ahora ya sé con certeza que el beyblade no es mi única pasión.
Jovial y sonriente, avanzó. Daba muchas gracias por el azul fresco del cielo, porque sentía que el color le brindaba una buena perspectiva acerca de un hermoso mañana.
—¿Qué quiso decir con eso? —Se cuestionó Kenta desesperado por saber que ocurrió en verdad.
—¡Gingka! ¡Y después nos juzgas por ser misteriosos! —Madoka le persiguió en llamas. La primicia del asunto la tendría así sea a patadas— ¡¿Qué pasó?! ¡Gingka!
—¡Ay, no sé! ¡Pero yo tengo mucha hambre!
—¡Tienes que estar bromeando!
No conseguían sacarle nada. Ni insistiendo que lo acusarían con su padre. Se mantendrían en una duda horripilante a pesar de que cada vez más, Gingka insistía sobre una nada fuera de lo común, le sucedió.
Volvería a implorar por el día en donde reconocería estar en las nubes, junto a ella, junto a sus amigos, enemigos. Con las mejores personas que le han dado la razón de seguir en pie. El verdugo llamado tiempo le propinó un castigo que lo dejó, rogando por otra probada. Porque siendo terco, quería vivir aun más aventuras que lo ayudarían a crecer, a cambiar y a soñar.
Si el arcoíris cruzó en unos cielos acendrados* sin pizca de la felonía, Gingka supo que sus tonos vigorosos fueron para que él supiera brillar una vez más.
FIN
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Palabra(S) con asterisco del final:
►Taheño
Def.1«Pelirrojo»
Acendrado(s)
Def.1«Puro, limpio»
►Pétreas
Def.1«Tenaces, inquebrantables»
►Inenarrable
Def.1«Colosal, maravilloso, grandioso»
