How long will i love you by Ellie Goulding


Treinta y cuatro

Uno más

No, no…Vamos, siéntate ahí. Ahí. ¡No!, Skimbles, deja de jugar con mi zapatilla, tienes que sentarte ahí. Vamos, tengo una galleta para ti si lo haces. ¡No!, ¡chico!¡Dios!

Resignación, lamento y pereza.

No eres un buen perro, ¿Me oyes? Los zapatos no se muerden, ni tampoco mis dedos—le recriminó como si el pequeño de la familia entendiese cada una de las palabras que pronunciaba.

Lo había intentado, Dios estaba de testigo que lo había intentado, pero el travieso animal no ponía de su parte mientras Quinn se esmeraba en enseñarle un par de órdenes y educarlo mientras su hija estaba lejos de él. Y eso que había prometido no involucrarse en ese aspecto. Era potestad de Elise y de Rachel el domesticarlo y hacer que se comportase bien dentro de casa, pero ninguna de las dos parecía haber tomado su petición seriamente. De hecho la habían ignorado por completo.

Skimbleshank era todo un rebelde que comía lo que no debía, hacía sus necesidades en cualquier lado del jardín, incluida la casita donde guardaban el material para su mantenimiento, y alguna que otra vez lo hizo sobre sus propias zapatillas de andar por casa. Mordisqueaba las patas de las mesas y algunas sillas, no atendía a órdenes de nadie, y para colmo utilizaba el sofá a modo de cama, cuando tenía su propia cesta a escasos metros. Como decía Santana, aquel pequeño demonio era un completo salvaje, aunque muy gracioso, por supuesto.

Quinn lo intentaba. Llevaba casi dos horas tratando de hacerle comprender que por cada vez que atendiese a alguna de sus órdenes, tendría el premio de comer un trozo de galleta, pero el animal, a pesar de su corta edad, parecía ser lo suficientemente inteligente como para robarle las galletas cuando menos lo esperaba, y saciar así ese apetito que ella misma le provocaba sin llevar a cabo su petición.

En cualquier otra ocasión, Quinn habría perdido la paciencia a los diez minutos de intentarlo, pero las circunstancias en su vida en aquel momento, le hicieron creer que dedicarle toda la tarde a su perro, era tal vez la mejor opción para no terminar completamente loca. Más de lo que ya lo estaba.

Tener que abandonar la galería tras despedirse de sus compañeros, y no saber cuándo podría volver, no le ayudó en absoluto a centrarse en ella misma, tal y como le había exigido Bette. Exigido, sí. Le había exigido tomarse unas vacaciones forzadas que la obligaban a centrarse en ella y ordenar su vida antes de volver a recuperar su trabajo.

Tal vez, para otra persona, que la obligasen a estar de vacaciones con todos los privilegios que conlleva, no era una mala solución, de hecho, muchos estarían eternamente agradecidos por aquel gesto, pero no ella. Y no es que no estuviese agradecida de que le hubiese mantenido el trabajo, lo estaba y mucho, pero tener que ausentarse de lo único que lograba apartar de su cabeza los problemas, no era una buena idea si quería conservar la cordura.

Tratar con artistas, hablar de exposiciones o simplemente crear presupuestos, eran cosas que la mantenían distraída, que la mantenían al margen del caos en el que se había convertido su mente y que la lanzaba de lleno a aquellos ataques de ansiedad que tanto daño podrían provocarle. Sin duda, no había sido la mejor idea que había tenido Bette, pero tenía que aceptarla sin replicar absolutamente nada.

El problema transcendía cuando tras haber abandonado la galería después de dejar todo predispuesto para que ella se hiciera cargo al día siguiente, llegaba a su casa y se encontraba con la única compañía del pequeño demonio que ya corría por el salón con su zapatilla en la boca.

Rachel seguía sin dar señales de vida mientras asistía a la supuesta reunión de trabajo, y Elise seguía con sus abuelos, logrando que la casa se convirtiera en una estancia sin vida, repleta de silencio y luces apagadas que no hacían más que aturdir a Quinn. Para colmo de males, tenía a Beth en la ciudad y tampoco atendía a sus llamadas en aquella tarde, dejándole claro que estaba realmente ocupada para dedicarle un poco de tiempo. Pero eso por suerte, estaba a punto de cambiar.

—¡Hey! ¡Skimbles! ¡Vamos chico! Suelta mi zapatilla—ordenó corriendo detrás del perro mientras éste se dedicaba a dar vueltas y vueltas por el salón—¡La vas a romper! ¡Suéltala o dormirás en el jardín! ¡Vamos!

Ni caso. De hecho, Skimbles ni siquiera parecía escucharla mientras seguía jugando con la zapatilla y ésta corría detrás de él. Y la suerte para el pequeño hizo que cuando estaba a punto de atraparlo y recibir su merecido en forma de castigo, el teléfono interrumpió la cómica escena que se producía entre los dos.

—¡Ni se te ocurra moverte de ahí!—le amenazó mientras ella regresaba a la mesita donde se encontraba el teléfono—¡Quédate quieto!—Añadió tras haber recibido la atención del animal y ver como sorprendentemente, detenía la carrera y la miraba expectante.

—¿Sí dígame?—atendió sin dejar de mirarlo.

—¿Si dígame?—replicó—¿Acaso no sabes quién soy?

—¿Cómo?—reaccionó mirando la pantalla del teléfono—Oh, Santana…Lo siento, no había visto tu número.

—¿Y qué estabas mirando entonces?

—A Skimbles. Llevo dos horas luchando para que me haga caso, y me ignora. Este perro es un trauma para mí, Nemo atendía a todas mis peticiones y se portaba bien.

—A Nemo lo tuviste más de una hora metido en la maleta donde te lo envié, porque pensabas que era un animal peligroso, ¿Recuerdas? No es problema de los perros, Quinn, eres tú la que haces que no te tengan confianza.

—Cállate—masculló volviendo a regalarle una desafiante mirada a Skimbles.

—Podrías dejarte el orgullo en la calle y permitir que Britt lo eduque. En una semana, tendrás un perro encantador.

No, ni hablar—refunfuñó—El perro lo quería Elise y Rachel aceptó aun sabiendo que ninguna de las dos tendríamos tiempo para enseñarlo. Ahora es su responsabilidad lograrlo, así que nada de ayuda.

—Tú sabrás…Es tu jardín el que deja lleno de bolitas de caca y otras cosas más desagradables aún.

Ok, ¿Me has llamado solo para darme un sermón porque quiero que Elise sea responsable con las decisiones que toma?—Replicó dejándose caer en el sofá.

Pues no, te llamo porque llevo todo el jodido día contigo en la cabeza. Te juro que como salga de esta, con todo lo que tengo que llevar por delante, me van a conceder la medalla de oro al trabajo o al mérito, o que se yo. Pero algo me tienen que dar por todo lo que estoy haciendo.

—Tienes razón—musitó ignorando a Skimbles—¿Qué te parece si éste año te pago yo las vacaciones? A modo de agradecimiento, por supuesto.

—Pues ve ahorrando, porque pienso aprovecharme mucho. Y por cierto, deja de enredarme con otras conversaciones y déjame que te diga lo que tengo que decirte. Estoy a punto de llegar a casa y necesito hacerlo sin nada de trabajo. Esta noche es para Britt y para mí, así que no quiero que nadie me moleste, ¿Entendido?

—Entendido. Dime, ¿Qué es lo que quieres decirme?

—Ok, a ver…—murmuró al tiempo que alargaba un breve silencio en el que solo parecía oírse el ruido de una hoja al ser desdoblada— He logrado averiguar algo de ese tipo, el editor que ha metido en problemas a Beth y te vas a sorprender mucho. Empiezo a pensar que las Fabray tenéis una necesidad biológica por molestar a los peores seres que tenemos en nuestro país.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Quién es ese hombre?

—Pues Harold Lively es, además de editor, escritor de varios libros de autoayuda. Y tú dirás; bueno…Eso no está tan mal. Alguien que utiliza sus conocimientos para ayudar a los demás no puede ser malo. Pero si te digo que además de eso, es un reconocido activista en contra de los derechos de los homosexuales, que es presidente de una organización, básicamente es una secta, ultra conversadora llamada Ministerio de un Nuevo Amanecer en California, que ha sido ex director de la Asociación de la familia americana, y que lleva desde 2017 luchando porque se penalicen los actos publicitarios homosexuales, ¿Qué opinas?

—Es broma, ¿Verdad?—musitó completamente pálida.

—No, no es broma. Es más, ha tenido algunos problemas con el Centro para los Derechos Constitucionales, pero aun así sigue haciendo de las suyas, reclutando adeptos con sus mismo pensamientos que además de hacer el imbécil como él, le ayudan con muchísimas donaciones para que sus centros de autoayuda, tal y como los llama él, sigan ayudando a los oprimidos por la sociedad liberal en la que vivimos.

—Oh dios mío. ¿Por qué no podemos vivir en paz? ¿Qué diablos he hecho yo para que toda mi familia esté en el punto de mira de lunáticos?

—Eso mismo me pregunto yo.

—¿Hay algo más? ¿Tienes más cosas horribles que decirme?

—Pues, en referencia a lo que me has pedido, no, no sé nada más. Pero como consejo, te digo que tal vez deberías hablar con Beth o decirle que venga a hablar conmigo. Todo este asunto me huele mal y después de lo que os ha pasado a vosotras, no me gustaría que ella se metiese en líos también.

—¿Crees que está relacionado? —Balbuceó confusa—¿Y si ha sido ese tipo? ¿Y si ese idiota ha sido quien nos ha denunciado porque ha tenido ese enfrentamiento con Beth?

—No, no creo que ese tipo se haya decidido a denunciaros después de haber tenido problemas con el Centro de Derechos Constitucionales. Tendría que ser muy estúpido para involucrarse en algo así otra vez, y dudo que lo tomen en serio. Pero no me extrañaría nada que sí tuviese algo que ver, que tal vez quien lo haya hecho haya recibido el respaldo de esas sectas, porque es lo que son; sectas.

—¿Tú crees?

—Quinn, todas esas organizaciones con nombres diferentes pero con el mismo objetivo, se ayudan entre ellas. Hacen convivencias, se reúnen con sus representantes más activistas, de hecho, incluso tienen sus propios abogados y personas cualificadas que los guían cuando se trata de leyes. Si ese tipo es el presidente de la Asociación de la familia americana, es probable que tenga contactos con la ONPF, que son quienes están detrás de vuestro caso. ¿Qué te hace pensar que no pueden estar relacionados unos con otros?

—¿Y cómo averiguo eso? ¿Cómo diablos vamos a saber si ese tipo sabe algo o hay alguien cercano a nosotras que esté en contacto con ellos?

—Pues no lo sé, pero te aseguro que lo averiguaré. En cuanto pueda, buscaré información de las sedes de esas asociaciones y veré si sacamos algo más, pero lo primordial es que Beth venga a hablar conmigo.

—Le avisaré, no te preocupes. ¿Yo puedo hacer algo?—cuestionó sintiéndose culpable por la dedicación que Santana le estaba ofreciendo, aun sabiendo el tremendo cúmulo de trabajo que ya tenía pendiente.—Quiero decir, si te puedo echar una mano o algo, no sé…Voy a tener mucho tiempo libre a partir de hoy.

—¿Tiempo libre? ¿Y qué pasa con tu trabajo?

—Bette me ha dado vacaciones forzadas. Estoy muy descentrada con todo esto y no me quiere en la galería hasta que se solucione.

Me parece una buena idea. Ella solo sabe que te has separado, ¿No es cierto?

—Ajam…Piensa que estoy depresiva o algo parecido.

—No eres la única que lo piensa, Brittany no para de idear planes para que tú y Rachel os volváis a juntar. Tengo que entretenerla de alguna forma para que deje de pensar y yo deje de sentirme culpable por mentirle.

—Dios—susurró con un lamento—¿Ves? Por eso no quería que nadie más lo supiera, porque ahora te obligo a ti a mentirle a tu propia esposa, y no creo que lo acepte bien cuando se entere de toda la verdad. De hecho, estoy hasta quitándote tiempo para pasar con ella. Por culpa de todo esto estás desatendiendo tu propia familia…

—Quinn, no desatiendo nada, solo necesito un poco de…

Necesitas descansar y estar con Britt, tú misma lo has dicho. Sé que lo que haces para ayudarnos lo haces de corazón no por obligación, pero yo estoy aquí…Sin hacer nada más que pedirle a Skimbles que deje en paz mi zapatilla, y me siento inútil. Déjame ayudarte de alguna forma, por favor.

No tienes que hacer nada, Quinn. Ya estás haciendo todo lo que debes para confundirlos, tal y como quería Spencer. Simplemente sigue así, procurando que todos a tu alrededor crean que entre tú y Rachel ya no hay nada.

—Pero…No sé, ahora que has dicho lo del tipo ese acabo de recordar que la madre de un compañero de Elise la invitó a un grupo de autoayuda o algo de eso. Tal vez pueda estar relacionado, no sé. Puedo interesarme y ver de qué trata.

—No, ni hablar. Lo que quiero es que te alejes de todo eso. Quinn, eres lesbiana, la denuncia es hacia Rachel y ella ya está haciendo lo que debe al hacer creer a todo el mundo que ha vuelto al camino de la heterosexualidad. Tú simplemente aléjate de todo eso. Tienen que creer que haces tu vida por otro camino, así que si te ven interesándote por esos temas, solo complicarías las cosas.

—Pero…

—Pero nada. Si te aburres sal a divertirte con alguien que no esté relacionado con nuestra familia, o que se yo…Ponte a pintar, a leer…A ver películas o jugar con el ordenador. Lo que sea, pero olvídate de investigar por ti misma, a menos que tengas acceso a informes judiciales o historiales en centros de servicios sociales, pero me temo que no es tu caso, ¿No es cierto?

—No, no lo es, pero tal vez pueda buscar información de ese tipo en internet, ¿No? ¿Tampoco puedo hacer eso?

—Eso sí que lo puedes hacer—respondió dándose por vencida.—Pero procura no volverte loca, ¿Ok? Aprovecha el tiempo que tienes para estar con Rachel. Ambas lo necesitáis más que nunca.

—Ok, ok…Gracias por dejarme utilizar internet, y por el consejo para salvar mi matrimonio—Musitó agradecida, aunque el sarcasmo ocupaba el tono de su voz. Un consejo que Santana no se habría atrevido a darle si conociera el problema real que existía entre ellas.—Será mejor que te deje regresar a tu casa—Añadió— Intentaré hablar con Beth para que hable contigo o te llame al menos, ¿De acuerdo?

—Eso es primordial. Pero tal vez deberías dejarlo para mañana, Quinn. Tomate aunque sea esta noche de descanso, así no estaré pensando en nada y podré relajarme de una vez. ¿Ok?

—Hecho—respondió tras dejar escapar una leve sonrisa. –Esta noche solo vale descansar y disfrutar.

—¿Me vas a hacer caso?—cuestionó un tanto incrédula y Quinn no pudo evitar ampliar la sonrisa.

—Tú diviértete con Britt. Olvídate de mí y de todo durante ésta noche, ¿De acuerdo? Yo prometo portarme bien. En cuanto regrese Rachel tendrá una cena especial en la mesa y nos dedicaremos ese tiempo que hemos perdido en todos estos días.

—Ok. No me mientas, ¿Eh? Sabes que me entero de todo y mi venganza siempre es muy, pero que muy mala.

—Lo sé. Tranquila y vamos, vete a tu casa.

—Estoy en la puerta—le informó—He preferido llamarte desde aquí para que Britt no se entere de nada y…Bueno, ya sabes.

—Ok, pues vamos…No la hagas esperar.

—Te llamo por la mañana y hablamos, ¿De acuerdo?

—Ok. Cuídate San, y gracias por todo de nuevo—respondió con total y absoluta sinceridad. Algo a lo que Santana ni siquiera replicó.

Fue ella quien colgó la llamada dejando escapar un suspiro de resignación, y dejándola con la sonrisa implantada en su rostro. Sonrisa que sorprendentemente iba a ampliarse al descubrir cómo su única compañía de aquella tarde buscaba su atención.

Skimbles había abandonado su improvisado asiento después de la orden que ella misma le había lanzado, pero lo había hecho para acercarse a ella con sigilo y mirarla desde el suelo, expectante por recibir de nuevo su atención. Y Quinn no dudó en utilizar sus mejores armas.

—¡Sube!—indicó dejando varias palmadas sobre el asiento del sofá, y el animal tras lanzar varias miradas, optó por saltar como él solo sabía hacerlo y seguir la petición de la rubia. –Muy bien, chico—lo acarició segundos antes de entregarle un trocito de la galleta que permanecía sobre la mesa—Ahora baja, ¡Vamos!—le ordenó de nuevo, y sorprendentemente le hizo caso.—¡Bien!. Muy bien, campeón. ¿Ves? Si me haces caso, tendrás tu premio—agregó entregándole otro pequeño trozo de galleta—Si te portas así, podrás lograr que te quiera un poco, pero solo un poco—le indicó justo cuando el perro se dejaba caer en el suelo y parecía mostrar una actitud de resignación que divirtió a la rubia—Oh…Ok—lo alzó para mirarlo directamente a los ojos—Te querré mucho, pero aún estás muy lejos de tu abuelo. Él era un auténtico campeón y siempre me hacía caso en todo. ¿Tú lo vas a hacer también?—cuestionó un pequeño y desternillante ladrido se escapó de sus pequeñas fauces.—Bien, trato hecho. Te voy a querer mucho, pero no se lo digas a nadie—añadió segundos antes de abrazarlo—¿Qué te parece si nos vamos a la cocina y le preparamos a mamá una riquísima cena que logre conquistarla un poco más? ¿Te parece bien? Perfecto, me parece bien que estés de acuerdo—susurró evidentemente sin recibir respuesta alguna del perro, que simplemente se limitaba a dejar que lo acariciase y lo mimase entre sus brazos.

Y eso hizo Quinn hasta que llegó a la cocina y decidió dejarlo en el suelo.

Tal vez aún tenía mucho recorrido para lograr que Rachel se olvidase de la decepción que sentía por su estúpida mala cabeza, pero dicen que los cambios se empiezan con pequeños gestos, y una cena para ella era mejor de ellos. El problema es que no contaba con la presencia de su ya ex mujer tan pronto. De hecho, apenas le dio tiempo a trocear las últimas verduras que iba a añadir a su especiales wraps de queso y vegetales que tanto fascinaban a Rachel.

Su voz tras abrir la puerta la interrumpió, y desde entonces su mirada solo se centró en ella mientras accedía con el teléfono pegado a su oreja.

Tienes que portarte muy bien, ¿De acuerdo? Tienes que hacer caso a los abuelos en todo lo que te digan, si no, no querrán que vuelvas allí con ellos, ¿Ok?...Ajam, muy bien. Así me gusta cielo, tienes que cuidarlos. Sí, no te preocupes por Skimbles, yo me encargo de que esté perfecto…Espera, espera un segundo—Rachel no dudó en detener la conversación tras ser percatarse de la presencia de Quinn en la cocina y se dirigió hasta ella—Cielo, mamá está aquí, ¿Quieres hablar con ella?—cuestionó al tiempo que recibía la confirmación por parte de la rubia, que rápidamente soltó el cuchillo sobre la mesa y se acercaba a ella dispuesta a atender esa llamada que a juzgar por la conversación, solo podría ser con su pequeña. Con Elise.

—¡Hola mi amor!—exclamó la rubia tras tomar el teléfono y Rachel no pudo evitar esbozar una sonrisa llena de complicidad—¿Cómo estás?

—¡Mamá!, el abuelo me ha comprado una guitarra. ¡Una guitarra!—exclamó completamente entusiasmada

—¿Una guitarra? ¡Wow! Pero si tú no sabes tocar la guitarra.

—Pero voy a aprender. El abuelo me va a enseñar, y le voy a decir a papá que me ayude también. Él sabe tocarla, ¿Verdad?

—Eh…Sí, cielo—miró a Rachel—Papá seguro que quiere ayudarte cuando venga a verte.

Tuvo que esquivarla.

Rachel tuvo que desviar la mirada hacia Skimbles solo por evitar perder el control de sus emociones y lanzarse hacia los brazos de su mujer.

Lo había pensado durante todo el trayecto. Había estado dándole vueltas desde que salió de Philadelphia tras haber acabado su improvisada cita con Aria, con quien no solo accedió a tomar un café, sino que además, también terminó almorzando con ella.

Era tanta la información que había recibido, tantos los comentarios y anécdotas que aquella chica, a diferencia de Quinn, si recordaba, que necesitó las casi dos horas de trayecto para ordenar su mente y llegar a una única conclusión real. Una conclusión que le decía que ella, aquella mujer que ahora hablaba por teléfono con su hija, aquella mujer que esbozaba una sonrisa con cada frase que escuchaba de su pequeña y volvía a su tarea de cortar verduras para prepararle lo que parecía ser una de sus mejores especialidades, no era más que el gran amor de su vida. Que aquella mujer que llegó con la consciencia devastada y puso en juego su propio matrimonio por salvar el de dos de sus mejores amigas, había pasado toda la noche mencionándola mientras bebía el estúpido licor, hablándole a una completa desconocida de lo especial que era su familia, de cómo su hija pequeña era probablemente más inteligente que ella con tan solo 7 años, de lo orgullosa que estaba de su hija mayor, de lo enamorada que estaba de su mujer, a pesar de sufrir una de esas crisis en las que el sexo pasa a un segundo plano, o incluso a un tercero. De lo feliz que le hacía saber que cuando llegaba a casa, escuchaba su voz tarareando alguna canción y la hacía sentir que era el ser más afortunado del mundo.

Quinn no solo estuvo martilleando la mente de Aria con lo especial e importante que era su familia y lo feliz que era en su matrimonio, sino que además atinó a aconsejarla como nadie antes lo había hecho, y le había regalado varias lecciones de vida al mencionarle todos esos golpes que había recibido a lo largo de su vida, para hacerle ver que todo tiene solución, excepto la muerte. Y le funcionó.

Aria no solo supo qué hacer con la crisis que estaba sufriendo junto a su pareja, sino que además decidió darle un cambio radical a su estilo de vida. Hacerla más llevadera y menos perjudicial para lo que más le importaba; Su familia y el amor.

Todo gracias a ella. Todo gracias a Quinn.

Ok, ok, pero tienes que portarte bien, ¿De acuerdo? Ya has escuchado lo que te ha dicho mamá.

—Sí mamá.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo

—Te quiero, cielo—susurró siendo consciente de como Rachel parecía esperar impaciente a seguir hablando con ella—Te paso con mamá—añadió segundos antes de volver a regalarle algunos besos a través del auricular, y pasarle el teléfono a la morena, que sin dudarlo tomó y volvió a recuperar la conversación con su hija mientras regresaba al salón.

No puedo escuchar mucho más, excepto las tres o cuatro veces que Rachel le recordaba a Elise que debía portarse bien, y un sonoro beso después de un te quiero que la hizo sonreír.

Quinn seguía cortando las verduras cuando la morena volvía a hacer acto de presencia en la cocina, ésta vez desprovista del bolso y las llaves.

—¿Eres consciente de lo que supone que tenga una guitarra?—fue Quinn la primera en hablar.

Básicamente, hará lo mismo que con el teclado que le compramos el año pasado. Lo tocará hasta que se canse y busque otra cosa que le divierta más.

Tal vez algunas clases le vengan bien, ni tú ni yo vamos a poder hacer que se concentre si quiere aprender a tocar algo.

Ya…Que bien huele—musitó esbozando una tímida sonrisa mientras se acercaba a Quinn.

Pues aún no hay nada hecho. Espera a que esté listo, y verás cómo te gusta más—respondió divertida.

—¿Wraps de queso y vegetales?

—Tus favoritos, ¿No?—la miró de reojo esperando su confirmación—Menos mal que has llegado a tiempo, Skimbles no para de merodear por aquí.—Musitó sin perder la gracia—¿Qué tal en esa reunión? Ha sido larga por lo que veo.

—¿No me vas a saludar?—cuestionó provocando su atención.

—Mmm…Hola—susurró girándose hacia ella, y Rachel no dejó que pudiese decir nada más. Sin previo aviso, se lanzó hacia sus labios para robarle un delicado y cariñoso beso.—Wow, no me esperaba un saludo así…

—Tengo que aprovechar antes de que decidas que no solo nuestro divorcio es válido, sino que además me abandones—respondió provocando el desconcierto en la rubia—No he estado en una reunión con gente relacionado con el teatro—confesó.

—¿Ah no? ¿Entonces?

—He estado en Philadelphia, haciendo algo que no creo que te guste, pero que tenía que hacer por el bien de nosotras.—Respondió cuando ya tomaba asiento al otro lado de la isleta, quedando frente a Quinn, quien no dejó de seguirla con la mirada con algo de temor reflejándose en su rostro.—Tenia una cita con alguien a quien conoces, aunque después de hablar con ella, creo que ella te conoce mucho más a ti.

—No, no entiendo…¿Con quién has estado?

—¿Te suena el nombre de Aria Lennon?—fue directa y la palidez no tardó en adueñarse de Quinn.—Bueno, tal vez no debería preguntarte esto, ya que tú misma me dijiste quien era—sonrió con algo de tranquilidad.

—¿Aria? ¿Qué…Qué haces citándote con Aria Lennon?—preguntó aun con la tensión que estaba provocando que su garganta se secase tanto, que incluso le dolía tragar.

—Arreglar nuestro matrimonio.

—¿Cómo?—masculló soltando las verduras y el cuchillo sobre la isla—¿De qué hablas?

—¿Por qué me dijiste que el sujetador que trajo Spencer, te lo habías comprado en España?

El desconcierto no tardó en bloquear su mente, tanto que Quinn ni siquiera supo cómo asimilar aquella pregunta. La suerte quiso que reaccionara a tiempo, y lo hizo con la verdad.

—Lo siento—musitó—Apareció en la habitación donde dormíamos y Ashley se lo llevó. Solo, solo quise evitar que Spencer se llevase algún disgusto y por eso dije que me lo había comprado.

—Pero no sabéis de quien es, ¿No?

—Pues…Pues no—balbuceó mirándola—No, no lo sé, Rachel. Sé que no tengo excusa pero…

—Es de Aria—la interrumpió y de nuevo la palidez se adueñaba de Quinn, que instintivamente comenzó a negar con su cabeza.—Ella estuvo en esa habitación, y sabe absolutamente todo lo que sucedió entre vosotras. Más concretamente contigo.—Hizo un breve silencio—¿No vas a decir nada?

—No tengo nada que decir. Suficiente vergüenza estoy pasando ya como para encima tomarme la libertad de dar estúpidas excusas. No, no recuerdo nada—musitó con la voz quebrada—No puedo hacer nada más que pedirte disculpas, Rachel.

—¿Disculpas?—repitió dando por finalizada aquella última reprimenda. La última porque no estaba dispuesta a alargar más su agonía.—¿Disculpas por qué? ¿Por dejarte llevar por Ashley y beber un poco? ¿Por contarle toda nuestra historia de amor a una desconocida? ¿Por demostrarme que eres el ser más especial de cuantos pueda tener en mi vida? ¿Por pensar en mi? ¿Por echarme de menos? ¿Por quererme cómo quieres? Me temo que no tienes que pedir disculpas por nada, Quinn. Soy yo la que tiene que hacerlo por tomar la decisión de ir a buscar a esa chica y sorprenderla para que me contase lo que pasó aquella noche. Soy yo la que tiene que pedirte disculpas por mentirte y averiguar todo sin decirte absolutamente nada.

—Ella…Ella te lo ha contado—tartamudeó con el nudo en su garganta provocando que las lágrimas de nuevo, regresaran a ella. Lágrimas que poco o nada tenían que ver con la pena y el cargo de consciencia que había estado soportando durante todo aquel tiempo. —¿Cómo, como lo has hecho?

—Vi una foto tuya junto a ella en esa revista que te envió y reconocí el sujetador—confesó—Simplemente avisé a Glen para que me la localizara y he tenido la suerte de que estaba en Philadelphia cubriendo una convección de los Beatles o algo de eso…Me cité con ella sin que supiera que era yo y me presenté allí. Y me lo contó. Todo.

—¿Todo?—Masculló esperando una explicación más concreta de lo que significaba aquel todo. Y Rachel supo entenderlo.

Esa chica se apostó con Ashley a que era capaz de beberse uno de esos chupitos de absenta sin respirar, y no lo consiguió. A cambio, tuvo que quitarse una prenda y esa prenda fue el sujetador. Por lo visto…Shane se adueñó de él y no quiso entregárselo.

—Oh dios—susurró llevándose las manos a la cabeza—Una jodida apuesta…Por eso estábamos desnuda.

—Eh…No, lo cierto es que Aria dice que cuando llegasteis a la habitación, fuisteis desnudándoos delante de ella. Ashley, Shane que se metió en el cuarto de baño y tú, que nada más llegar te quitaste la ropa y caites completamente dormida en la cama. Ella, ella os acompañó para intentar recuperar su sujetador, pero Shane se negaba a entregárselo y…Se fue.

Sin palabras.

Quinn lo intentaba, intentaba recordar toda la escena que Rachel le estaba relatando, y aunque aparecían flases en su mente, le era imposible recordar una sola secuencia de ello. Lo único que había podido rescatar del olvido, fue una intensa conversación con Aria acerca de tener hijos, de familia y poco más. Pero ni rastro de aquello a lo que hacía mención y que la estaba dejando sin palabras.

—¿Estás enfadada conmigo por ir a ver a esa chica?—cuestionó, pero la única respuesta que recibió fue un certero golpe de su mano contra el mármol de la isleta y un alud de improperios casi imperceptibles que la asustaron.—Quinn…

—No, no, no, Rachel—negaba completamente fuera de sí mientras se deshacía del mandil que lanzaba al suelo y abandonaba la cocina visiblemente nerviosa.

—¿Quinn? Por favor, no, no te enfades conmigo—suplicó siguiendo sus pasos—Sé que no ha estado bien, pero…

—¿No lo entiendes?—se giró hacia ella con una mezcla de pena y rabia reflejándose en su rostro—No lo entiendes, ¿Verdad?

—¿Qué…qué tengo que entender?

Que no te merezco. No valgo para ti, Rachel. Que todo lo que te traigo son problemas, y pena…y dolor, mucho dolor—balbuceó sin poder contener el primero de los sollozos—¡Mírame!. Ni siquiera recuerdo que hice una estúpida noche en la que me dejé llevar por el alcohol. ¿Cómo diablos quieres que me sienta si ni siquiera recuerdo que no hice nada? ¿No te das cuenta? No, no puedo evitar hacerte daño sin querer, y eso es lo peor, lo cosa más horrible que puedo tener. Toda mi vida he estado haciéndote daño. Toda mi vida he cometido errores sin querer, que han terminado haciéndote daño, Rachel. ¿Cómo voy a cambiar eso?

—No digas eso—balbuceó—Quinn, me has hecho feliz, y me vas a seguir haciéndolo. ¿Recuerdas? Me prometiste que estarías a mi lado para siempre.

—¿Fallándote? ¿Quieres que esté a tu lado cometiendo error tras error? ¿Sin saber qué sucederá mañana, o dentro de dos meses, pero que probablemente yo tenga la culpa? ¿Crees que me siento bien sabiendo que ni consciente ni inconscientemente, dejo de hacerte daño?

Quinn por favor…—suplicó tratando de calmarla, pero para entonces las lágrimas ya bañaban el rostro de la morena.

—¡Mírame!—volvía a interrumpirla—No, no voy a recordarte lo que te hice en el pasado, porque me destruye pensar en ello…Pero ¿Y ahora? No he dejado de arruinarte la vida con mi sola presencia. Has, has dejado de lado muchísimas cosas en tu vida por estar a mi lado, Rachel, y yo solo te he respondido cometiendo errores continuamente. ¿De qué me sirve prometerte que nunca más te decepcionaré, si no paro de cometer estupideces? Tú, tú no mereces tener que viajar 200 kilómetros para averiguar si tu mujer es una completa idiota, porque lo soy. Tú no mereces tener miedo de que alguien quiera quitarte a tu hija, solo porque yo estoy en tu vida. ¿No te das cuenta? Rachel, te juro que hace un momento estaba ahí, preparándote tu comida favorita y dispuesta a conquistarte de nuevo, pero ahora me doy cuenta que eso me convierte en el ser más egoísta del universo. Tú no mereces seguir luchando contra todo por mi culpa. No es tu destino ser mi bastón para que yo me apoye cada vez que tropiezo. Tú mereces que todo sean éxitos en tu vida, tú mereces disfrutar de la vida cada segundo que pasa, y conmigo eso es imposible.

—¡Basta!—la interrumpió con la respiración agitada—No, no voy a dejar que sigas por ahí. No voy a dejar que digas eso que estás pensando, ¿Me oyes? No voy a permitir que huyas, no Quinn. Tú me prometiste que estarías a mi lado, y eso lo vas a cumplir…Por supuesto que lo vas a cumplir.

—No me voy a ir a ningún lado. Solo deseo que tú te des cuenta de que no merezco estar a tu lado, Rachel. Solo quiero que…

—¿No lo entiendes?—volvía a interrumpirla ya con el llanto colapsando su voz—Quinn, no importa lo rica, lo famosa o los éxitos que tenga o estén por venir. Cuando se trata de ti, yo siempre voy a ser la chica que esperaba impaciente para verte aparecer en mi fiesta de cumpleaños. Siempre voy a ser la chica que se ponía nerviosa por cada sonrisa que le regalabas, o cada abrazo que me permitías darte. Quinn, tú siempre me has hecho sentir querida, importante. Fuiste la primera persona en hacerme sentir amada, sexy, responsable y capaz por mí misma de caminar, caminar y caminar. No importaba donde llegue ese camino, lo importante es caminar…Y eso solo me lo has enseñado tú. Soy quien soy gracias a ti, Quinn. Con tus defectos, con tus virtudes, con tu sonrisa, con tus abrazos, tus caricias. Con tu pelo largo, o tu pelo corto, con…Con el amor que me das, por darme lo más grande que tengo en mi vida, por dármelo todo, Quinn. Siempre vas a ser mi primer amor, y quiero, más que cualquier cosa que pueda desear, que seas mi último.

—Rachel…

—No Quinn, nada de lamentos por favor—suplicó avanzando hacia ella— Te necesito más que nunca, te necesito por favor. Hazlo por mí. Si me amas como sé que lo haces, hazlo por mí y quédate a mi lado para siempre. Por favor…

Lágrimas y más lágrimas, que se mezclaban por culpa del intenso abrazo que se regalaban. Un abrazo que las ayudaba a sostenerse cuando sucedía lo que ambas habían temido desde que aquella locura llegó a sus vidas.

Siempre que una caía, la otra había estado, se había sentido fuerte o había sacado esas fuerzas para mantenerse erguidas y no caer, pero esas fuerzas parecían haberse esfumado por culpa de tantos y tantos problemas que cayeron sobre ellas en tan poco espacio de tiempo. Y las piernas no pudieron soportar tanto peso. Se estaban hundiendo ambas, se sentían caer y no había donde anclarse para evitarlo. Ni siquiera para sacar fuerzas y que al menos una de ella se mantuviese de pie.

Que amaban con locura, era algo que ninguna de las dos dudaba, porque ambas lo sentían, pero tantos golpes habían acabado por vencerlas, incluso cuando caían con noticias buenas, como era el saber que en ningún momento hubo infidelidad, más que un desliz con el alcohol. Ni siquiera eso podía romper el horror en el que se había convertido su vida con tantos problemas.

—¿Caminamos juntas?—susurró Rachel sin apartar el rostro de su cuello, donde se hundía mientras la abrazaba con tanta fuerza, que incluso les costaba respirar.

—Todo—respondió Quinn sintiendo como su cuerpo se acoplaba perfectamente al de su mujer. Como si nunca hubiesen estado separados, como si nada más nace, estuviesen predestinadas a vivir abrazadas—Todo lo que soy es tuyo. Todo lo que tengo es tuyo. Mi vida es tuya.

Nada más. Ninguna palabra más de sus labios que sin previo aviso fueron de nuevo acallados por otro beso. Uno más de cuantos se habían regalado. Uno más entre miles, que no perdía el sentido. Que incluso les regalaba una nueva sensación, como si ello fuera posible después de tantísimos besos regalados y robados. Un beso que sabía a sal, por las lágrimas que aún seguían cayendo por sus mejillas. Un beso que se alargó hasta que de nuevo, como siempre lo fue y lo será, algo las interrumpía. Y esa interrupción llegó como muchas otras, mediante una llamada de teléfono, aunque al fin, y después de tantos golpes, la esperanza y la alegría venían de la mano para calmar sus almas de una vez por toda, y hacerlas disfrutar de una noche completamente a solas y juntas, muy juntas cuando el resto del mundo ya las imaginaba en diferentes caminos.

Enhorabuena tía Rachel—se oyó la voz emocionada de Glen tras el auricular del teléfono—Tenemos uno más en la familia, y se llama Raife Carlin-Davies


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