Dinastía
Treinta y cinco
Casi Draco
Sirius estaba de un espantoso mal humor, le dolían los pies, la cintura se le partía, su panza estaba tan baja que parecía descansar sobre sus muslos. La entrada en su sexto mes, y su pésimo humor, coincidían con el comienzo del clima otoñal: los jardines de la Mansión Malfoy parecían una sinfonía de bellísimos tonos cobrizos, amarillos, dorados, verdes que se apagaban en las copas de los árboles agitadas por el viento.
Sirius necesitaba relajarse, no había podido dormir nada esa noche. Eran las 5 de la mañana.
¿Y si caminaba por el jardín? Necesitaba respirar aire fresco. Esforzándose por no molestar a Lucius, y por conservar el equilibrio, bajó de la cama, tomó una capa ligera y salió.
Sólo sentir el aire fresco, ya le mejoró el humor. Decidido, caminó, alejándose de los jardines más cercanos a la Mansión, hacia una pequeña colina tapizada de tréboles, quería sentir el viento y ver el amanecer. No resultó tan cerca como se veía desde la ventana de su dormitorio. Estaba a mitad de camino y la espalda lo estaba matando, mejor descansar un rato.
xxxxxxxxxxxxx
Lucius abrió los ojos, suspiró y giró; el lado de la cama de Sirius estaba vacío. Escuchó con atención. Nada. No estaba en el baño. ¿En la cocina, tal vez tuvo algún antojo nocturno?
-Dobby-
-¿Sí, Amo Lucius?
-¿Dónde está Sirius?
El elfo se concentró un momento y abrió muy grandes los ojos. –El Amo Siri no está en la casa.
Lucius se sentó, como impulsado por un resorte. -¿No está en la Mansión? ¿En los Jardines?
El elfo despareció inmediatamente y un segundo después, volvió a aparecer con Sirius.
El mago embarazado se hizo un ovillo, sobre la alfombra de su dormitorio, jadeando. –Llama al Sanador, Lu, por favor...
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx
-No puede abandonar la cama, señor Black. Tuvo suerte de que no se rasgara la placenta, todavía no es conveniente que nazca el niño, no es lo suficientemente maduro. Debemos mantenerlo allí, como mínimo seis semanas más...
Sirius se quedó solo y los sollozos brotaron incontenibles.
-Perdón, dragoncito, perdón...
Lucius entró y sin decir nada se acostó junto a él, lo abrazó con cuidado y le secó las lágrimas.
xxxxxxxxxxxx
-Paciencia, hijo, vamos. ¿Qué quieres comer?- Preguntó Walburga. -¿Te preparo algo especial?
Sirius negó con la cabeza. Su madre bufó. –Sirius, mírame-. Ordenó. –Fuiste imprudente, muy imprudente.
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Sirius, pero no dejó de mirar a los ojos a su madre. Por fín alguien le hablaba sin condescendencia, sin cuidarse de herir sus sentimientos.
-Podría haber sido una horrible tragedia para ti, para mi nieto, para Lucius-. Se sentó en el borde de la cama y le tomó las manos a su hijo. –Pero no pasó, Sirius, NO pasó-. El mago aumentó la fuerza de su llanto y se abrazó con fuerza a su mamá. -¿Te arrepientes, hijo?
-¡Sí!- respondió ahogadamente en el pecho de la bruja. -¿Vas a pasar estos dos meses en esta cama, cuidándote a ti y tu bebé?
-¡Sí!
-Muy bien. ¿Qué te preparo para almorzar?
-Pan—panqueques dd-dulces...
xxxxxxxxxx Dulzura Letal, 4 de marzo de 2011 xxxxxxxxxxxxxxxxx
