Mi dosis.

"Tenemos por costumbre, desacreditar la capacidad de dependencia de las personas. Consideramos que eso de ser "adicto" es algo único de la gente que deja fluir por sus venas sustancias ilícitas. Lo que el ser humano y mi persona, no terminaremos de entender jamás, es que las adicciones van más allá de una inyección o una pastilla. Eso de ser dependiente, no es característica de la gente torcida, no es una capacidad concedida por el diablo y sin duda alguna, es algo tan fuerte que destruye. El que es adicto, puede serlo por cualquier cosa, en las sombras o en la luz. No es tan fácil como asegurar que lo dejaras. Es más complejo que entender que te daña y sin duda más profundo que la misma dependencia en sí. Es natural querer obtener siempre mas, de aquello que por minutos nos hace mejores." Aixa-Gabii Serrada

Cuando asumimos el término "verano" tendemos a relacionarlo con calor. El sol, las plantas a lo máximo de sus capacidades, el sofoco de las altas temperaturas. Los niños correteando por las calle, gozando de la libertad de los días venideros.

Los turistas, poblando inevitablemente ciudades como esta. Las mujeres, hombres y niños llevando ropas confortables. La playa, la liberación obtenida. El descanso pleno que representa para nosotros.

El verdor de los parques y jardines, achicharrándose lentamente bajo el implacable sol de la estación. Las risas solapadas en las madrugadas de pijamada. Los planes para el futuro venidero. Para el reinicio de la normalidad en el próximo otoño. Desde ya las expectativas de aquellas cosas que no hicimos en el verano y que soñamos realizar para julio del siguiente año.

Pero como todo en la vida, siempre hay una excepción que confirma la regla. Un margen de falla, algo que sale por diferente a lo que debería ser. Ese tipo de cosas, son aquellas que rescatan la normalidad. Que sirven de objeto de comparación para establecer un patrón. Que nos permiten darnos cuenta de las pequeñas diferencias que pueden existir.

El día de hoy, era uno de esos días donde sabes que las cosas serán diferentes. Uno de esos días en que el verano se negaba a ser simplemente clásico. Cuando la ciudad se vestía de singularidad, aunque parezca imposible que pueda ser un poco más original que siempre.

A través de las ventanas, el cielo se mostraba encapotado. Nubes densas de color gris escondían el sol de nuestras vistas. Las grandes gotas de agua escurrían sobre los vidrios y fachadas de los flamantes edificios, mientras la entrada de septiembre era mojada y deprimente.

Los carros continuaban implacable por las mojadas calles, en la congestionada hora de descanso en un día de semana cualquiera. Los turistas se habían acuartelado en teatros, cines y centros comerciales. Las calles eran solamente caminadas por aquellos que se dirigían de extremo a extremo, por sus trabajos y responsabilidades. Los taxis amarillos mostraban los rastros del barro y sucio aguado que había recopilado en el camino

El Empire State perdía su imponente antena entre la densa neblina que abrazaba la ciudad en un cielo bajo. Los abrigos habían conseguido camino fuera de los armarios, mientras arropaban a la gente y la mantenían lo mas protegida posible de las gotas.

A la una de la tarde de un día como hoy, New York no resistía una gota más de agua de punto a punto. A lo lejos se veía el puente de Brooklyn, con mas neblina y apostando por el frio.

-Menuda lluvia ¿eh?- escuche la voz de Jacob detrás de mí, seguido del tintineo de sus llaves. Me sobresalto un poco, al no haber esperado su presencia en casa.

-No te oí llegar.- confirme la hora en mi reloj, con un medio día en decadencia, casi a la misma velocidad que la lluvia fuera.

-Lo note. Hola amor.- sus labios se encontraron conmigo en un contacto suave, antes de perder su visto en la ciudad frente a nosotros.

Moví mis manos con un poco mas de insistencia sobre la tasa de café entre estas. El calor que la tasa emanaba había desaparecido probablemente hace algún rato.

-¿Te sientes bien?- eleve mis rostro del frio liquido entre mis dedos, y observe la expresión irritada de mi marido.

-Sí, solo estaba algo…concentrada en la vista. Hace mucho que no veía llover en New York, desde los inicios del invierno.- me encogí de hombros desinteresadamente. La manta sobre mi cuerpo, cayó suavemente sobre el sofá, dejándome a merced del frio del día.

-Eso es bastante cierto. La primavera fue bastante conservadora este año.- se desapareció por la cocina, para regresar con una tasa humeante.- Deberías suplir el café por te, sabes que hace estragos con tu rutina de sueño.

-Tratare de recordarlo la próxima vez.- bufe en silencio.

-¿Buscaste para comer?- negué con la cabeza, concentrada en la Estatua de la Libertad.- Busca para abrigarte, saldremos a almorzar algo.- gire mi cuello con aparente calma y lo observe.

-¿No debes volver a trabajar?

-No creo que haya demasiado problema si llego algunos minutos tarde.

-No quiero hacerte perder el tiempo Jake.

-Yo tampoco he comido nada.- reprendió.

-Seguro puedes tomar algo cerca de tu empleo. Tendrías que esperar que me vista, salir, comer y traerme de regreso. Perderías demasiado tiempo. De por sí me parece una exageración que hallas venido hasta acá, el trafico esta inclemente.- alzo su ceja izquierda.

-¿Has terminado de regañarme Bella?- el tono acido de su pregunta elevo mi temperatura.

-Si tuvieras un poco más de consideración con la realidad, probablemente. Hoy saliste tarde Jake y ahora este viaje hasta aquí te ha quitado una valiosa hora de almuerzo.- trate de controlar mi tono de voz.

-Como sea Bella, ya estoy aquí, no he comido nada y muero de hambre. Si quieres, podemos salir a buscar algo de comer, sino iré hasta mi oficina y pediré un sándwich de Subway.- camino hasta la sala y tomo las llaves de su auto.

-Preferiría ese último plan, suena más razonables para ti.

-¿Para mí o para ti? ¿Desde cuándo soportas tan poco mi presencia?- rodé los ojos.

-¿Desde cuándo esta discusión es válida para todos los días?- rebatí.

-Desde que tomarme la molestia de perder una hora de mi almuerzo, para ver a mi esposa y almorzar con ella, es un jodido crimen.- su voz se mantuvo impasible, a pesar de lo saltones de sus ojos.

Estaba tratando de contener la ira.

-Está bien Jacob, iremos al almorzar, aunque llegues a la hora de salida a tu trabajo.- bufo mientras me ponía de pie.

-¿Sabes que Bella? Déjalo así. Te dejo con tu vista panorámica, tu cobija y tu café frio. Prefiero comer solo, que exponerme a que tu amargura envenene mí comida.- mis ojos se dilataron con fuerza ante sus palabras.

-¿Ahora somos mordaces?- susurre con incredulidad.

-No me hagas mencionar lo que somos ahora Bella.- batió la puerta con fuerza, dejando dentro de la sala el eco de sus palabras.

-Paciencia Cristo.- susurre, mientras rozaba la suave tela del sofá, una vez más.

La lluvia a fuera arreciaba sin control. El sonido hueco y seco de las gotas al golpear contra las ventanas, era lo único a metros de distancia. En el extremo de la sala, los suaves ronquidos del cachorro que comenzaba a crecer, le hacia los coros.

El teléfono de la casa repico, pero no me tome la molestia de tratar de alcanzarlo. El aparato inalámbrico chillo durante unos minutos, antes de detenerse. Segundos después, retomo su marcha, insistente y molesto.

-Carajo.- dije, molesta conmigo misma por la interrupción. Cuando trate de incorporarme, la contestadora se disparo al fin

-"Hola, has tratado de comunicarte con la residencia Black-Swan. En este momento no podemos contestarte. Te invitamos a contactar nuestros teléfonos celulares o dejar tu mensaje con tu nombre y número de contacto, luego del tono. Gracias y disculpa las molestias."- mi voz sonó algo fañosa desde el aparato, mientras la línea sonaba algo vacía.

-"Tu mejor que nadie sabes que detesto escuchar tu contestadora. Carajo Bella, aprenda a contestar esa cosa. Vi a tu marido salir hace unos minutos. Casi fallezco en el lugar, pensé por un momento que nos descubriría. En fin, voy a subir en unos minutos, avísame si hay algo que lo impida. Te amo linda."- me reí escandalosamente del pánico en su voz.

Me acerque a mi celular y oprimí las teclas ya conocidas para mí. Un unos segundos, el pitido de la línea fue remplazando por su voz.

-No tenía ánimos de levantarme del sillón ¿correcto? Deja la paranoia amor, vino con la excusa de ir a almorzar, pero una vez más, termino discutiendo conmigo. No término de entender quien soporta menos a quien.- lo escuche bufar del otro lado.

-No puedes simplemente discutir con el cada vez que trata de tener un gesto contigo Bella. Es tu esposo, es natural que quiera ir a almorzar contigo.- rodé los ojos.

-¿Quién dijo que yo discutí con él? Simplemente le mencione algunas cosas obvias. Es una estupidez que trate de cruzar la ciudad a esta hora, no tenia veinte horas de descanso.

-Estoy subiendo el ascensor, nos vemos en unos minutos. Te amo.

-Y yo a ti.- para cuando conteste, la línea ya estaba vacía.

Me levante rápidamente del sofá, despojándome de la descolorida y fea cobija que me cubría. Corrí hasta mi cuarto, no sin antes tropezar con el borde levantado de la alfombra. Me observe en el espejo, pálida y ojerosa. Revolví mi cabello a los lados de mi rostro, pellizcando mis mejillas en búsqueda de color. Aplique una ligera e innecesaria capa de brillo sobre mis labios, mientras me despojaba del ancho y gris suéter de Jake.

Rebusque entre los cajones, hasta dar con una camiseta deportiva medianamente decente. Desvestí mis pies de las enormes medias blancas y gemí por el contacto con la madera fría. Me acerque a la cama, tratando de tender el desastre que había dejado esta mañana.

Acerque mi muñeca a mis ojos, confirmando los minutos que ya habían pasado desde nuestra comunicación. Sonreí, anticipando su aparición dentro de poco.

Bote por el fregadero los restos de café hecho, y puse a colar un poco más. El gorgoteo de la cafetera inicio, mientras yo desplegaba los pequeños individuales sobre la isla de la cocina.

Proveí de platos y cubiertos el lugar. Descorche la botella de vino del día y serví un poco en mi copa. Deje descansar una idéntica y vacía, sobre el mantelito.

Me apresure a quedar frente a la puerta, mientras contaba los pesados pasos por el pasillo. Él lo hacía con toda la intensión, caminaba con fuerza sobre la madera de roble del piso, permitiéndome saber que estaría por llegar.

Escuche el tintinear de las llaves entre sus manos, tardándose más de lo normal. El llavero que yo misma le había obsequiado, chocaba con insistencia sobre las dos llaves que poseía. Después de unos segundos de vueltas y agonía, sentí como la cerradura era atravesada y la perilla giraba ante mis ojos.

La puerta cedió ante su fuerza, mostrándomelo entonces. Ante mí, sus ojos verdes, relucientes y hermosos, me sonreían. Llevaba un suéter azul marino, un jean desteñido y su cabello mojado. Algunas gotas se reflejaban sobre la tela mullida de su abrigo.

Me guiño un ojo con picardía, antes de cerrar la puerta con suavidad. Se aseguro de sus alrededores, y luego ajusto la puerta.

Dio algunos pasos hasta mí y me sonrió aun más radiante. Mis músculos se habían detenido en el lugar, como era costumbre.

-Yo siempre pongo la mesa Bells.- me reprendió, a centímetros de mi rostro.

Su aliento logro activar mis reacciones dormidas, y lleve mis brazos de inmediato hasta su cuello. Guinde todo mi peso de él, mientras sujetaba mi cintura con un solo brazo.

-Estos son la clase de recibimientos que todos merecemos.- fueron sus palabras, contra la sensible carne de mi cuello. Sonreí sobre su hombro e intente alejarme de él.- No, dame un segundo, te extrañe estos días.- rodé los ojos.

-No me vistes por dos días Edward, no es para tanto.- lo regañe, logrando poner mis pies en el piso.

-Dos días son más que suficiente Bella.- sus labios se fueron contra los míos, dejando un casto beso. Bufe insatisfecha, cuando escapo hábilmente de mis manos.- Mas tarde linda, se enfriara la comida.- me aseguro, sujetándome por la mano hasta la isla de la cocina.

-¿Qué me cocinaste hoy amor?- le pregunte, caminando hasta la cocina por la botella de vino destapada.

-¿Comenzaste sin mi?- observo el fondo rojizo de mi copa y negó con la cabeza.

-Necesitaba mi trago de valentía, amor.- fue mi única afirmación coherente.

-¿Trago de valentía? ¿Qué paso con Jacob?- sonreí de lado aburrida, mientras me sentaba a su lado. Comenzó a servir un sabroso y oloroso arroz blanco con trozos de champiñón.

-¿Hablaremos de él en nuestro almuerzo?

-¿Qué paso Bella?- se giro sobre el taburete y me observo con atención. Sus ojos verdes habían perdido el brillo juguetón. Se mantenían firmes y serios.

-Vino a ver si no había almorzado para aprovechar y salir. Le invente que era un irresponsable por haber venido hasta aquí por eso, que tardaríamos mucho, que llegaría tarde al trabajo. Un montón de cosas amor, se lo tomo por el lado equivocado, como siempre.- me encogí de hombros.

-Debiste decirle que si e ir con él.

-¿Y nuestro almuerzo?- me queje.

-Con una llamada hubiese bastado Bella. No es una responsabilidad ni obligación. No puedes simplemente hacerlo enojar cada vez que tenga algún plan que coincida con nuestros encuentros.- me levante de la silla, tirando sobre la mesa la servilleta de mi regazo.

-Si me das dos minutos, llamare a mi marido y me iré con él. Eres un idiota Edward, estoy aquí, preocupada por los pocos minutos que podemos tener juntos en días. Te meto en mi casa cada maldita tarde, exponiéndome a la gente. Peleo con mi marido cada que puedo para que puedas venir y tu estas preocupado por él. Largo de aquí si vas a seguir reclamando.- le señale la puerta con expresión cansina.

-No…no, es que no entiendes…yo.- suspiro con fuerza y se bajo del banco.- Lo siento ¿correcto? Esto no es más difícil para ti, que para mí. No quise hacerte sentir mal, siempre te he dejado en claro que esta no es la posición en la que quiero que estés. Quiero hacer las cosas bien Bella.- acaricio mi rostro.

-Si tuvieras tantas ganas de hacer las cosas bien, no te hubieses acostado conmigo aquella tarde cuando regresamos del cementerio. No habrías venido al día siguiente a traerme comida, y no llevarías casi un mes escabulléndote a mi casa a ayudarme a engañar a Jacob. Si quisieras hacer las cosas bien, mantendrías tu idolatría por Jacob limpia de toda esta mierda.- le vi la espalda, con amenaza de lagrimas.

-No fui el único que se acostó contigo ese día, que comió al día siguiente y que tiene sexo conmigo cada maldita tarde desde hace casi un mes. No seas obtusa Bella, esta acuerdo es tan tuyo como mío.- su voz se mostraba irritada.

-Entonces deja de quejarte Edward. Y por todos los santos, deja de decirme con conducir mi matrimonio. Yo conozco a Jake mejor que nadie, estas discusiones que tenemos, solo le sirven para irse molesto, para desistir de la idea de que lo acompañe a comer o que vaya a ver a su familia. No pasan de allí. Son solo intercambios de palabras, que desencadenan berrinches tontos.- lo mire con atención.

-En algún punto estos berrinches terminaran en algo peor. No tiemples tanto la soga Bella, puede romperse.

-¿Si se rompe qué? ¿No se supone que tu mejor que nadie, deseas que me divorcie?- manotee el aire.

-No por mi Bella. Nuestro matrimonio termino por otra mujer, que ni recuerdo como se llama.- eleve mi ceja izquierda.- No quiero ser yo el causante de otro fracaso en tu vida.

-¿Entonces qué? ¿Hasta dónde vamos a llevar esto? Porque, o me divorcia algún día, o tu algún día dejas de meterte en mi casa a hurtadillas.- cruce mis brazos, tratando de protegerme de la respuesta que podría recibir.

-Preferiría la segunda opción.- su vista se concentro en el patrón de la alfombra bajo sus pies.

Cruce el espacio entre nosotros y sujete su barbilla. Luche con él hasta que logre incorporar su rostro, encontrándome de lleno con su mirada.

-Solo hazme el amor Edward. A lo que vinimos. Lo demás, vendrá después.- él me regalo una media sonrisa, que jamás llego a sus ojos.

-Te extrañe mucho ¿sabes?- puso sus brazos bajo mis nalgas y me alzo.- Esos dos días que estuve en Londres, lo único en lo que pensé fue en ti. Megan solía reírse de mí, porque casi nunca escuchaba lo que decía. Mi mente se había quedado en New York, contigo y tus maravillosos gemidos.- rodé los ojos.

-Megan aquí, Megan allá.

-Deja de refunfuñar, sabes perfectamente que es mi amiga.

-Rose es mi amiga y no por eso me acuesto con ella.- comenzó a caminar conmigo entre sus brazos, hasta toparse con la puerta del cuarto de huéspedes.

Podía engañar a mi esposo y admitirlo con naturalidad, pero no podría hacer el amor con mi amante, en la misma cama donde lo hacía con mi marido.

-Yo no me acuesto con Megan.-aseguro, mientras besaba mi cuello.

-Sí, con la misma nula frecuencia con que yo lo hago con Jake- voltee mi rostro, recibiendo gustosa sus besos por mi mandíbula.

-A diferencia tuya, yo no utilizo la ironía en mi vocabulario Bella. No puedo contabilizar las veces que lo haces con tu marido, muy a pesar de que quiero pensar que son pocas. Sin embargo, puedo asegurarte que jamás he pasado de un beso con Megan.- apoyo sus codos sobre el colchón y me observo.

-Un beso ¿eh?- no lo deje contestar antes de arremeter contra sus labios. Lo sentí sonreír sobre los míos, antes de permitir que nuestras lenguas se encontraran.

Sus manos fueron al dobladillo de mi camiseta, levantándola por completo. La lanzo lejos del lugar, seguida por el sostén deportivo que llevaba.

-Alguien tiene prisa.- susurre, tratando de mantener el ritmo de sus labios.

-Después podremos mantener la calma. Estoy desesperado.- sonreí satisfecha, mientras lo ayudaba a despojarme de mi mono.

-No voy a ir a ningún lado.- acaricie su rostro y él suspiro.

-Tenía tantas ganas de que estuvieras conmigo en Londres.

-Estoy aquí ahora, o mejor dicho, tu estas aquí ahora.

-¿Hasta cuándo? ¿Cuánto durara esto? Es clandestino Bells, no podrá ser para siempre.- tomó mi mano izquierda entre la suyas. La coloco sobre su corazón, con la vista fija en el destello de mi dedo anular.- No eres mía Bella. Aunque pueda venir todas las tardes. Aunque mientras estés con él pienses en mi. Aunque sueñes conmigo o este dentro de ti.- se froto contra mi entrepierna y gemí.- No eres mía, ya no.

-Soy toda tuya, siempre. ¿Recuerdas?- batalle con el botón de su jean y lo baje con todo y su bóxer.

Quedo completamente desnudo sobre mí, solamente cubierto por la sonrisa en sus labios y la nostalgia de sus ojos.

-¿Cuántas tardes hacen falta para que me entiendas?- indague, mientras el conseguía el camino dentro de mí, enfundado en un condón.

-Nunca lo terminare de hacer Bella. No quiero que te divorcies, siempre será así.- se detuvo para contestar, antes de embestir por completo contra mí.

-Eso es…- me tome un instante para gemir.- Absurdo.

-No quiero que…ah.- se detuvo.- Estamos bien así, excelente.- acaricie su frente con la yema de mis dedos, intentando eliminar las arrugas en esta.

El se limito a regalarme un pequeña mueca, que intento ser una sonrisa. Yo en contra parte gemí, abrazándome con fuerza a su cuerpo.

-Tienes que dejarme hacer las cosas a mi manera.- gemí sobre su oído.

-Shh Bella, estoy concentrado en este momento. Estoy en mi propia sucursal del cielo, no quiero discutir.- salió completamente de mi, antes de embestir de nuevo. Sentí como una parte de mi se desprendía de mi cuerpo, llevándose consigo la conciencia.

Así fue, como las palabras se eliminaron. Comenzamos a mecernos contra el otro, cada vez con mayor fuerza. Compartimos suspiros y caricias, mientras bebíamos los gemidos del otro directo de sus labios.

-Júramelo Bella.- dijo entre dientes.

-¿El qué?- retorcí mis manos sobre su cabello, extasiada con su mirada.

-Júramelo.- me miro con mayor intensidad y allí lo supe.

-Siempre voy a ser tuya Edward. Te lo juro.- cerró los ojos, embelesado con mis palabras. Sonrió con suavidad y para cuando regreso en sí, sus pupilas estaban surcadas por un cinturón de destellos.

Dejo caer su rostro sobre mi cuello y bufo un poco, mientras continuaba profiriendo gemidos.

-No tienes idea de las ganas que tengo de morderte.- su voz rasposa me llevo un poco más lejos.- Dejarte una bonita y rojiza marca.- me sonrió torcidamente y se movió mas rápido.

La luz lúgubre y marchita que entraba por las ventanas, repentinamente resplandeció para mis pupilas. Vi todo claramente a mí alrededor. Los destellos de luz, parecidos a los rayos del sol, iluminaron cada rincón a medida que me sentía más aturdida.

La luz me encegueció. Me encandilo y obligo a cerrar los ojos. Detrás de mis parpados, comenzaron a aglomerarse los recuerdos de las tardes anteriores, de nuestras sonrisas, de nuestros días de casados. Las memorias pasaron una a una, con gran velocidad, volviéndose borrosas. Ellas también desaparición ante el brillar confuso de la habitación.

Y entonces, todos los rayos de luz se encontraron en uno y explotaron. Una gran bola de fuego y luminiscencia exploto ante mí, mientras apretaba mis parpados con fuerza, tratando de retener la imagen. Pequeños pedazos del meteorito se regaron sin sentido por el lugar, antes de explotar ellos mismos en pedazos más pequeños.

La respiración de Edward se localizo sobre mi cuello, sensibilizando aun más la zona. Sonreí y acaricie su cabello, negándome a abrir los ojos. Aferrada a las cosquillas y espasmos que corrían por todo mi sistema.

Podía sentir sobre mi cuerpo sus propias pequeñas convulsiones. Una ligera humedad bañaba todo mi cuerpo y se entremezclaba con la de él.

-Fue perfecto.- susurro.

-Como siempre.- asegure, abriendo mis ojos para observarlo.

Su cabello estaba revuelto, mientras su frente se mantenía sudada. El cinturón de brillo en sus ojos, comenzaba a difuminarse, entre la negrura que los arropaba. Su sonrisa era sosa y cansada, pero no menos hermosa y esperanzadora.

-¿Por qué no vamos por ese fabuloso almuerzo?- indague, mientras él se incorporaba. Sacudió se cabeza un poco, antes de arrastrar su cabello hacia atrás.

-Voy a estar afuera, te daré unos minutos.- comento, mientras calzaba su bóxer y metía sus lindas piernas entre sus jeans.

-Te lo agradecería en el alma.- le sonreí, tratando de contener las conocidas lagrimas.

Me arrastre hasta el baño, comenzado a vestirme. Alcance a abrir el grifo del lavamanos, antes que la primera horda de lágrimas me abandonara.

Aquí terminaba mi valentía, desenfreno y esperanza. Mis ganas de sentirme viva y mi inmenso amor por él. Hasta aquí llegaba mi arrojo para discutir con Jake y lograr meter a Edward en casa.

El efecto del deseo, del estupor y la necesidad, conocían la fecha de vencimiento en este punto. Una vez que volvía en mi, con los pies en suelo y rodeada de esto, comprendía la gravedad de mis asuntos.

Llevaba casi un mes teniendo un amante, teniendo a mi ex de amante. Ese hombre que un día me engaño, que destruyo mis sueños y corazón, había conseguido el camino de regreso hasta el.

Me había orillado a amarlo como el primer día, aquella tarde de verano, mientras mis ojos estaban hinchados y mi cabeza adolorida. Entre sus brazos logre alejar el dolor y la amargura de toda una vida. La insatisfacción de los últimos días, la soberbia de mi comportamiento.

El me había orillado, entre caricias, besos y palabras, a admitirle cuanto lo amaba. Había terminado a sus pies, arrastrándome en nombre de todo lo bueno. Le había confesado que el amor seguía intacto, que las cosas en mi corazón continuaban igual de risueñas y empolvadas.

Que mas allá del dolor, pero antes de llegar al odio, el seguía siendo el hombre de mi vida. El que quería ver en mi casa, en mi cocina, compartiendo conmigo una vida.

Pero también había entendido el peso de mis acciones. La calidad de los hechos. La incapacidad que tenía para simplemente, dejar ir mi nuevo matrimonio. El miedo que tenía a darle demasiado terreno en mi vida.

Aunque por momentos era valiente. Deseaba gritarle a Jacob que quería el divorcio. Deseaba gritarle a Edward que no se fuera. Por momentos la lucidez me abandona, quería comportarme egoísta y confiada. Cerrar los ojos y saltar.

Por instantes me gustaba discutir con Edward. Hacerle ver que quería dejar las cosas hasta aquí con Jacob. Me gustaba hacerle creer a él y a todos, que podía simplemente dar un paso atrás, y hacer las cosas supuestamente bien, esta vez.

Pero las mentiras caben en todas las bocas. No era cierto eso de que yo era la valiente de la partida. Cada noche cuando mi marido, joven, soñador, hermoso y entregado, llegaba a mi cama, entendía porque los valientes son escasos. Porque las excusas salvaban el mundo.

Entendía, que no era Edward el único en desacuerdo con un proceso de semejante magnitud. Lograba entrar en razón. Ver la vida como debería. Entendía a cabalidad el grado de mi responsabilidad, el peso que sobre mis hombros estaba, a mis 25 años de edad.

No era tan fácil como destruir los sueños de Jacob, por irme de regreso con el hombre que me destruyo primero. No era tan sencillo como hacer el amor con Edward y pensar que tendríamos una vida juntos.

No era tan fácil como botar a la calle al hombre indicado, y confiar que aquel que me había hecho daño, podría luchar satisfactoriamente con mis complejos.

Una vez que la comida, los chistes, los escondites y el sexo, terminaban, el peso del mundo volvía a su lugar. Era excitante pensar que era clandestino, pero la libido como todo lo demás, tiene fecha de caducidad.

Terminaba el desenfreno y cae el tiempo. La realidad vuelve a tener su puesto, entre mi querer y mi deber.

Las lágrimas conseguían camino fuera de mi cuerpo, a pesar que esta aun se convulsionaba por mi reciente orgasmo. Era la situación más paradójica a la que me había tocado enfrentarme.

Era como si acababa de vender mi cuerpo al diablo, por unos segundos de placer. Una vez obtenida la recompensa, caía en cuenta de mis errores. Entendía entonces que el mundo no era mejor cuando haces lo que quieres. Que la ceguera esplendida de minutos antes de la cima, no era para siempre. Que el sol, salga o no, continua con lo suyo. Que yo, admita o no, seguía siendo infiel a mis votos.

Seguía siendo una mentirosa, en peor o en menor grado que Edward. Que las cosas que hacía, no eran diferentes a las que el algún día hizo.

La palabra "amante" sigue siendo lo mismo en todas partes. Que cuando pensamos en ella, las mismas ideas llegan a nuestra cabeza. La mierda sigue siendo la misma, aquí o en China.

La mujer frente al espejo, seguía siendo la misma mentirosa, incapaz de hacer lo correcto. Con la necesidad patológica de sufrir y arrastrar a los demás.

Esa mujer, en sostenes deportivos y con lágrimas escurriendo, era la misma mujer que una noche entro a un restaurant, para presenciar cómo era engañada.

MI excusa: Lo nuestro si era amor, o eso quería creer. La suya, quien sabe.

Allí estaba yo, con la necesidad de continuar haciendo mal. Incapaz de dejar de hacerlo. Sin manera de explicar porque me era imposible e inconcebible sacar a Edward de mi vida.

Consiente que está mal, pero incapaz de dejar de hacerlo.

-Bella, la comida está servida.- susurro él, asomando su rostro por la puerta.

De inmediato escondí mi cara de él, antes de bañarla de agua helada.

-En un minuto estoy contigo.- le asegure.

El solo camino fuera del lugar, acostumbrado ya a estos momentos.

Como un drogadicto en rehabilitación, haces lo que sea por una dosis, pero no puedas con la culpa una vez que la consumes.

Te arrepientes entonces de todas las cosas que serias capaz de hacer por ella. De las mentiras que dijiste y sabes que dirás, por la próxima dosis. De las acciones que erradamente alabaste, todo por sentir esa ponzoñosa vitalidad en las venas.

Es en estos momentos, cuando la culpa toma forma de ser humano, se ríe de mí y me recuerda, que miserables podemos ser todos. Que el sol puede ser tan claro como oscuro, al igual que el gris, con tanto blanco como negro.

Es un ser humano enfundado en negro, con una sonrisa socarrona, sin ojos o cara. Lleva su labor tatuada en los brazos. Me deja siempre en claro, que hago exactamente lo mismo que me hicieron.

El día de hoy, destruí un poco más mi matrimonio…

-Quien sabe que hare mañana para obtener algo más de mi dosis.- me sorbí la nariz y camine hasta la sala.


Alo! Alo? Alo! Hay alguien aquí? Regrese!

Se que se supone que estoy de vacaciones, que la historia parece que se pasma, pero en serio chicas, me disculpo por no aparecer. Este ultimo tiempo a estado pasmado de problemas que han exigido mi concentración completa. He tenido la creatividad desviada a muchas cosas, estoy viviendo una etapa de mi vida que me esta pidiendo demasiado de mi. Me exige concentración absoluta.

Que tal? Bella engaña a Jake, con Edward. Es una locura, yo lo se, pero cada vez que sientan que esto es un desastre cada vez peor, recuerden esa frase de Carlisle hace unos capítulos: Hay ciertas cosas que son Para Despues de Crecer.

Este capi no es mi favorito, sentí que no de mucho para el, sin embargo allí se los dejo. Las amo mucho chicas y espero que sigan aquí conmigo.

PD: Las invito a pasarse por mi perfil y seguirme en twitter, yo tambien las seguire, me encantaría tener comunicación con ustedes mas directa. Gracias nenas!

Sin mas que agregar. Me despido. Comentarios? Gracias!