Capítulo —M—.
ROBB
Robb no tuvo ni idea de qué estaba ocurriendo, aferrado con ambas manos de la ropa de Jaime, rendido por completo a sus besos y perdido en sus palabras, navegando en un mar de felicidad donde sólo ellos existían, donde podían amarse alejados de todo… hasta que escuchó la voz de su hermana. En cuanto se giró, se encontró con azorados, incrédulos y pasmados ojos azules tan parecidos a los suyos, redondos y grandes como la luna llena, fijos en él, como si no supiera quién era o qué estaba haciendo, y para Robb fue como recibir un balde de agua helada en pleno invierno. Se hubiera sentido menos expuesto de haber sido hallado desnudo. El color lo abandonó, todos sus miedos brotaron como hongos tras la temporada de lluvias, miedos que tenía desde que Catelyn Stark vivía que no había experimentado de nuevo, y el mundo de ilusión en el que había vivido por cinco años, esa burbuja perfecta donde todo el mundo sabía que su corazón le pertenecía a un hombre y a nadie le importaba, viviendo en la liberal Meereen donde podían haberlos encontrando haciendo el amor en la plaza durante un día de mercado, y nadie les hubiera prestado mayor atención, esa burbuja perfecta reventó esta noche.
Esto no era Meereen, ya no vivían en Essos, esto era Westeros donde la relación que compartían jamás sería aceptada y donde, desgraciadamente, se encontraba su hogar, su familia y sus seres queridos. Su realidad no era la gran pirámide, aquél había sido un sueño hermoso y dulce, y ahora, viendo el espanto en el rostro de su hermana, recordaba porqué nunca le había confesado a nadie que prefería la compañía de su mismo sexo—. Es la misma mirada de mi madre—, se dijo temeroso, expuesto y vulnerable.
— ¡Sansa! —fue lo único que pudo hacer, que alcanzó a exclamar antes de que su hermana saliera corriendo, y Robb se quedó petrificado, viéndola marchar, incapaz de pensar y escuchar más allá del latido de su corazón contra sus oídos. Estaba perdido, un hoyo parecía haberse abierto bajo sus pies y él caía sin poder evitarlo.
— Robb —Jaime lo sacudió del brazo, obligándolo a despertar—. ¡Ve tras ella! —su voz lo hizo reaccionar y obedeció, salió corriendo detrás de Sansa, no podía dejar las cosas así y atenerse sin luchar contra su destino. No puedo perder a mi hermana justo cuando acabo de recuperarla, se aferró a ese pensamiento para evitar hundirse en la desesperanza.
— ¡Sansa! —la llamó pero su hermana lo ignoró, y corrió por las escaleras levantando sus faldas. Robb le dio alcance brincando los escalones de dos y tres y la tomó del brazo en cuanto acabó de subir—. Sansa escúchame por favor.
— ¡No quiero escucharte! —levantó la voz alterada, nerviosa, confundida.
— Quiero explicarte qué fue lo que viste.
— ¿Qué vas a explicarme, Robb? ¿Qué hay qué explicar? Jaime Lannister te estaba besando frente a un weirdwoods después de jurarte amor eterno y técnicamente contraer matrimonio contigo siguiendo nuestras costumbres —resumió de forma excelente, logrando que su hermano sintiera un hueco en el estómago. Sansa jaló su brazo tratando de liberarse—. Déjame ir.
— No hasta que me dejes hablar.
— No quiero.
— ¿Por qué?
— ¡Quiero estar sola! ¡Déjame ir! ¡No quiero verte! —Sansa exclamó y Robb relajó su agarre dejándola marchar, viéndola alejarse con miedo recorriendo su cuerpo, miedo atenazando sus entrañas. La perdí, perdí a mi hermana, a la única familia que me queda.
No supo cuánto tiempo permaneció de pie en el pasillo, mucho después de que los pasos de Sansa dejaron de escucharse, y no supo cómo, pero regresó a su habitación. Era un hombre condenado a muerte, sí, eso era, Sansa había dictado la sentencia y la había ejecutado; se dejó caer boca abajo en su cama, escondiendo el rostro en sus brazos cruzados. Su corazón y su mente eran un caos, viejos temores resurgieron, cada palabra que había escuchado a su padre pronunciar condenando la relación entre dos hombres volvió a él, las bromas groseras de los hombres en Winterfell al referirse a los sodomitas, los castigos… todo lo que parecía haberse esfumado en Meereen, en los brazos de Jaime, volvió a él, azotándolo como avalancha. Cada vez que cerraba los ojos, veía a su madre, la desilusión, la ira, y se llevó las manos a la cabeza, cubriendo sus oídos como si con tal inocente gesto pudiera acallar sus recuerdos—. ¿Cómo voy a volver al Norte así? Mis hombres, los abanderados de los Stark, quieren seguir a otro Cregan Stark, que infunda miedo con su sola presencia y haga llorar hasta a los grandes señores, ¿pero yo? Ni mi hermana me acepta como soy, ¿qué puedo esperar de mis abanderados?—. Entonces escuchó un golpe, y una letanía de malas palabras que habrían sonrojado a las Septas, que lo hicieron volver a la realidad, y levantar el rostro.
¿Qué fue eso? —buscó la daga que traía escondida en las botas y se puso de pie, avanzó despacio, como un lobo al acecho. Varias lámparas de aceite ardían en su habitación, iluminando lo suficiente para que no lo tomaran por sorpresa, y abrió la ventana, encontrándose a Jaime tirado boca arriba en el piso del balcón, maldiciendo adolorido a los dioses, su suerte, los balcones, la edad y las noches sin luna.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Robb, guardando la daga y agradecido por la distracción. Si lo hubiera dejado solo toda la noche, muy probablemente la culpa, el miedo y sus recuerdos lo habrían mantenido despierto y la mañana lo habría hallado enloquecido.
— ¿Qué parece que hago aquí? —Jaime respondió de mal modo y Robb le dio la mano para ayudarlo a ponerse en pie— ¿Acaso hay alguien más en a quien quisiera ver?
— ¿De donde vienes? —el Lobo levantó la vista, revisando la pared y viendo otro balcón justo arriba del suyo.
— Ésa es mi habitación, bajé por las hendiduras de la pared, no es tan difícil escalarla, claro que esto era más sencillo cuando tenía dos manos y cinco y diez años —Jaime sobó su trasero con la mano izquierda.
¿Más sencillo cuando tenía cinco y diez años? —Robb vio una vez más el balcón de Jaime antes de llevar su vista a los aposentos que le habían asignado, y entonces comprendió todo.
— Me diste la habitación de Cersei.
— ¡Claro que lo hice! Me sé cada truco para llegar aquí sin que nadie me vea —respondió con una total falta de vergüenza y hasta orgullo por su genial idea. Robb sacudió la cabeza pero no dijo nada, demasiado feliz de estar acompañado—. ¿No me vas a invitar a pasar?
— Es su casa, Lord Lannister —Jaime lo siguió al interior, dejándose caer en el primer sillón que encontró y subiendo los pies en la mesa frente a él.
— ¿Y bien? ¿Cómo te fue con Sansa?
— Mal.
— ¿Qué dijo?
— No mucho, salvo que no quiere verme —Robb hacía esfuerzos por mantener su voz neutral pero si había alguien que se había aprendido cada cambio en sus gestos, voz y postura, ése era Jaime, y le fue sencillo ver lo afectado y triste que se encontraba.
— Dale tiempo —suavizó su voz—. Se enteró de forma bastante… gráfica, y tu hermana sí es una doncella inocente en asuntos de la carne, a diferencia de la mía que pondría en vergüenza a las prostitutas de la Calle de Seda, así que le va a tomar un poco de tiempo tranquilizarse.
— Es mi culpa —se lamentó Robb—. Debí escuchar a Brienne y hablar con mi hermana en el Eyrie, hubiera tenido tiempo de meditarlo sin tener que vernos juntos y le habría sido más sencillo lidiar con lo nuestro. ¡Los Otros me lleven!, ¿por qué no lo hice? —por miedo, fue la respuesta inmediata, y se odió, odió sentirse así porque él, el hijo mayor de Eddard Stark, no era un cobarde. Apuesto a que a Cregan Stark estas cosas no le pasaban… claro que él no se enamoró de un Lannister, qué suerte la suya—… ¿No me vas a decir nada?
— ¿Cómo qué? Tienes razón, fue tu culpa, y sí, hubiera sido más sencillo decírselo poco a poco a mostrárselo de golpe —respondió Jaime—. Claro que siempre podemos agradecer que haya llegado cuando te besé, un poco más tarde y me habría encontrado montándote como…
— ¡Gracias Jaime! Ya estoy lo bastante alterado como para imaginarme a mi hermana llegando en un momento así —sacó aire ruidosamente—. ¡No sé qué hacer! Sansa me dijo de camino aquí que mi madre le enseñó que sólo los degenerados se fijan en gente de su mismo sexo.
— ¿Por qué te dijo eso? —Jaime preguntó curioso más no molesto, lo que pensaran otros de él era una de las mil cosas que había anotado en su lista de "no me interesan."
— Hablábamos de Loras y Renly.
— ¡Ah!… —Jaime estiró ambas piernas al frente y descansó una sobre la otra— Robb, ¿tu hermana se parece a tu madre?
— ¿A qué viene eso?
— Contéstame, por favor.
— No. Mi madre era más dura, más estricta, Sansa siempre ha sido más dulce y soñadora, o al menos lo era —respondió Robb—. He estado observándola desde que nos reencontramos, sigue siendo una dama y sigue encontrando alegría en cosas frívolas como fiestas o gallardos caballeros, pero ya no es tan dulce, se volvió astuta y desconfiada —y era claro por cómo hablaba de ella que le pesaba que su hermana hubiera tenido que conocer tantos sufrimientos y cambiar de esta manera. Lo que yo habría dado porque siempre fuera una niña mimada sin más preocupaciones en la vida que elegir un vestido—. Fue un error haber pensado en comprometerla con Joffrey, ¿sabías que él la obligó a ver la cabeza decapitada de nuestro padre? —entonces Robb recordó que Joffrey era su hijo y se reprochó el comentario, pero Jaime no se lo tomó a mal.
— Lo ignoraba.
— Maldito el día en el que el Robert Baratheon le ofreció a mi padre ser Mano del Rey —exclamó Robb, furioso.
Jaime lo comprendía mejor de lo que Robb en ocasiones se comprendía así mismo, y decidió esperar a que se calmara un poco antes de hablar, darle tiempo para recuperar su fría y habitual calma para que lo escuchara, realmente lo escuchara.
— Robb, si Sansa no es como tu madre, ¿qué te hace pensar que va a reaccionar igual que ella ahora que sabe de lo nuestro?
— Tú no la escuchaste, estaba furiosa y no quiso escucharme.
— Porque la tomamos por sorpresa —Jaime habló despacio, bajó los pies de la mesa y se inclinó hacia el frente—. Dale tiempo, mañana vamos a estar demasiado ocupados con Daenerys y la fiesta, y tal vez sea bueno, le ayudará a Sansa para distraerse y calmarse, y el día después de mañana búscala y habla con ella.
— ¿Y si me odia? —Robb preguntó con miedo, dándole un atisbo del terror que se ocultaba en su corazón y Jaime le sonrió, con esa calidez que se llevaba todas sus angustias, con ese amor que lo hacía soñar despierto y sentir que no había problema demasiado grande mientras estuvieran juntos.
— Piensas demasiado las cosas, no te adelantes a los hechos.
¿Cómo lo hace? Pareciera que siempre sabe qué decirme para hacerme sentir mejor. ¡Y vaya si tiene razón! Le daré tiempo a Sansa, debo confiar en ella, en que es fuerte y sabrá comprender; hablaremos después, le diré todo, le abriré mi corazón y que ocurra lo que los dioses decidan —Robb asintió.
— ¿Te quedas conmigo esta noche? —pidió, casi suplicando.
— ¿Tienes que preguntar?
— Gracias… ¿Sabes? Antes de que llegaras, me encontré pensando en Cregan Stark —Robb admitió algo que lo atormentaba desde su estancia en el Eyrie.
— ¿En quién? —Jaime exclamó sin una bendita idea de quién le hablaba.
— Cregan fue el señor de Winterfell durante la Danza de Dragones, pero se decía que era estricto y duro, que raras veces sonreía y que en cuanto los señores de las Riverlands lo conocieron le tuvieron tanto miedo que hacían lo que decía. Él llegó a King's Landing con un ejercito terrible, formado por hombres del Norte que eligieron dejar sus casas para que sus familias pudieran sobrevivir al invierno, menos bocas que alimentar, y marcharon con Cregan a morir en batalla. Mi ancestro fungió como Mano del Rey un tiempo, para ajusticiar él mismo a los enemigos de Aegon III y nadie se atrevía a contradecirlo. ¡Cómo desearía ser así!
Jaime rio con ganas, sinceramente divertido y consiguiendo que Robb lo viera con la mirada entornada.
— Robb, si tú fueras así, ¿qué te hace pensar que yo saldría contigo? —rio de nuevo y el Lobo hizo un esfuerzo por no ruborizarse.
— Los abanderados de los Stark quieren seguir a un hombre así. ¿Sabes cómo me hice de la lealtad del Greatjon? Grey Wind le arrancó dos dedos y se encontró tan impresionado con mi valor que me siguió incluso a la Red Wedding, donde fue tomado prisionero —agregó con pena—. Siento que ya no soy capaz de liderarlos, ya no soy aquél que coronaron Rey en el Norte.
— Mi tío Kevan —Jaime tomó aire, dejando de reír— dice que mi problema es que me falta ambición, y el tuyo, amor mío, es que le prestas demasiada atención a lo que piensan y dicen los demás de ti. ¿Tú crees que mis abanderados no quisieran que fuera como mi padre? Bueno, no todos, estoy seguro, pero yo no soy mi padre y eso no me hace ni mejor ni peor, sólo diferente. Tú no tienes que demostrarle nada a nadie, y ciertamente no tienes que imitar a ningún antepasado tuyo para ser un gran señor. Tú eres tú. Y sí, cambiaste, pero ahora eres mejor, las penurias y dificultades te hicieron más fuerte.
Jaime no supo el efecto que sus palabras tuvieron en él, pero Robb de pronto respiró más tranquilo, avergonzado de sus miedos, de sus dudas—. Tiene razón, yo soy yo, ni mejor ni peor, sólo diferente, no puedo ser otra persona pero seré el mejor señor de Winterfell que haya habido.
— En ocasiones dices cosas muy sabias —Robb respondió, mucho más tranquilo.
— ¿En ocasiones? ¡Siempre!
— Jaime, cargar con el colchón de nuestra habitación en la gran pirámide para meterlo en un camarote en el que no cabía, ocupando todo el espacio disponible, no fue tu mejor momento —le recordó haciéndolo reír.
— Mi tía Dorna está muy equivocada, ya tengo una esposa que me esté regañando.
— ¿Se supone que eres gracioso?
— Robb, he estado pensando —Jaime le cambió el tema—. Mañana en la fiesta en honor a Daenerys, deberías bailar conmigo —ahora fue el turno de Robb para reír con ganas—. Hablo en serio.
— No, hablas locuras.
— ¿Por qué no? Es mi bastión, son mis señores, mis invitados, mi fiesta y yo quiero bailar contigo.
— Tu tío Kevan nos mataría antes —dijo Robb de excelente humor—. ¿Sabes qué me preguntó hoy cuando me pidió que nos reuniéramos a solas? Quería saber cuáles eran mis intenciones para contigo —Jaime estalló a carcajadas, contagiando al Lobo—, quería… quería… —la risa interrumpía sus palabras— Quería saber por qué estamos juntos, qué ganaba yo.
— ¿Y le dijiste que el mejor sexo de tu vida?
— No puedo asegurar eso, jamás me he acostado con alguien más, así que no puedo comparar —Robb respondió con toda seriedad, haciendo esfuerzos por no reír con él.
— Mi tío me trata como si fuera su hija.
— Es natural que se preocupe, no quiere que el Señor de Winterfell esté interviniendo con las decisiones de su Señor, y fue bastante claro al respecto —dijo Robb.
— ¿Y qué le respondiste? ¿Le dijiste que sólo estás conmigo por mi dinero?
— Y porque no eres tan feo —Robb rio antes de recuperar la seriedad del momento—. Hablando en serio, le dije que…—carraspeó y vio sus manos— que te amo, y creo que eso lo incomodó. Tu tío no es muy tolerante con estas cosas, incluso me pareció que lucía un tanto enfermo, pero no dijo nada más.
— Y no le dirá a nadie de lo nuestro —lo tranquilizó Jaime—. Mi tío Kevan sabe guardar secretos, se los guardó a mi padre por años así que no te preocupes. Y no te equivocas, no le hace ni lo más mínimo de gracia nuestra relación pero no se meterá a menos que vea que afecta el honor de nuestra casa. En otras palabras, a menos que mi tío nos vea dando un espectáculo público que haga hablar a nuestros abanderados y aliados, como revolcarnos a medio jardín entre besos y caricias o que yo comience a dar audiencias vestido con la ropa de Cersei, no se va a entrometerse.
— Ojalá mis hombres fueran así.
— ¿Entonces?
— ¿Entonces qué?
— ¿Bailarás conmigo mañana? —insistió Jaime.
— ¿Eso no contaría como un espectáculo público que afecte el honor de tu casa?
— Vamos Robb, no quieres hacerlo porque no sabes bailar —lo molestó Jaime y cuando Robb no respondió, rio—. ¿En serio? ¿No sabes bailar?
— Sé hacerlo… no muy bien, pero puedo hacerlo, tal vez —admitió a regañadientes—. No había muchas fiestas en Winterfell.
— Por eso es que la gente cree que los Stark son casi wildlings —Robb no agradeció el comentario—. ¿No bailaste el día de tu boda?
— Estábamos en guerra, la ceremonia fue rápida y sencilla en el weirdwoods, y hubo un banquete, eso fue todo —Jaime se puso de pie, se acercó a él y le dio la mano. Robb vio su mano y luego a él sin comprender.
— Voy a enseñarte a bailar.
— ¿Qué? ¿Para qué?
— Porque, fuera de bromas, estás invitado a una fiesta mañana en honor de la Reina Dragón, con la más alta sociedad de las Westerlands, y vas a tener que bailar, no sé si con Sansa o con quién, pero tendrás que hacerlo.
Y lo que Jaime decía era verdad, por más que Robb no quisiera, por más que se resistiera, era la verdad—. ¿Por qué a mí? Las cosas eran más sencillas cuando se hacían a mi modo y yo sólo tenía que marchar frente a mi ejército… Y acabaron por casi matarme, está bien, entiendo—. Con el ceño muy fruncido se puso de pie, negándose a tomar su mano.
Jaime se acercó a él para tomarlo de la cintura pero Robb lo empujó.
— ¿Y yo por qué tengo que ser la chica?
— Porque tú eres el que no sabe bailar. Ahora cállate y luego cambiamos lugares.
Robb gruñó, protestó y gruñó más pero dejó que lo tomara de la cintura y con la mano de marfil sostuviera su mano. Dejó que Jaime lo guiará sin poner lo más mínimo de atención, demasiado avergonzado y su rostro ardiendo—. Éste el tipo de cosas que un Stark jamás haría… como enamorarse de un Lannister, de acuerdo conciencia, ya entendí—, alegó consigo mismo, tratando de no pisar a Jaime y fallando. Cuando su León iba a la izquierda él se movía a la derecha, cuando había que girar permanecía quieto y prácticamente Jaime tenía que arrastrarlo para que hiciera lo que debía.
— Esto es estúpido —protestó el Lobo.
— El estúpido eres tú, he visto más gracia en los bufones de la corte que en ti.
— Es porque tengo el papel de la chica, nadie me enseñó a bailar como una chica —se defendió de mal humor.
— Bien —Jaime se detuvo—, cambiemos de papeles —se alejó un paso de él y se inclinó como si levantara una falda muy larga con ambas manos, haciéndolo reír—. ¿Feliz? Ahora inclínate…así no Robb, parece que tuvieras un palo metido por el culo, con más gracia.
Robb entornó los ojos, apretó los dientes y se inclinó frente a él como si fuera una dama, lucía tan tieso como un cadáver de varios días, pero al menos sabía hacerlo de forma correcta. Se acercó a Jaime y lo tomó por la cintura, guiándolo como si siguieran el ritmo de alguna melodía.
— Baja más el brazo, a menos que saques a bailar a Brienne, no vas a encontrar una chica tan alta como yo.
— Me siento ridículo.
— Y te verás ridículo si no te relajas y te mueves con más naturalidad. Estoy seguro que Grey Wind lo haría mejor que tú.
— No puedo hacerlo sin música —se quejó Robb y Jaime comenzó a tararear una pieza muy famosa de baile haciéndolo reír a pesar de todo.
Robb pretendió darle la vuelta tomándolo de la mano, pero Jaime era más alto que él y lo hizo tropezar con lo que ambos rieron tanto que les fue imposible continuar, así que terminaron riendo sin poder parar, tumbados en la cama, tratando de calmarse por largo rato para luego verse y comenzar a reír de nuevo.
— Así no fue como imaginé nuestro reencuentro —admitió Robb, cuando al fin pudieron dejar de reír.
— Yo sí.
— No te lo creo.
— ¿Por qué no? Lo imaginé estando a tu lado en la cama, ¿tú no? —dijo Jaime.
— Bueno sí, pero después de horas de hacer el amor.
— Ése también era mi plan —admitió Jaime, de lado, disfrutando del poder tenerlo de nuevo con él—: atarte a la cama y montarte hasta que no pudieras volver a sentarte en tu vida.
— Aún no amanece —Robb dijo, traviesamente.
— Lord Stark —Jaime se enderezó en su codo para besarlo—, sus deseos son órdenes —se acomodó sobre el Lobo sin darle tregua con sus besos, su mano buscando su tersa piel debajo de la ropa.
— ¿Cómo… como fue que aguantaste… un mes sin… mí? —preguntó Robb entre besos, sintiéndolo duro contra él, y su propia excitación aumentando.
— ¿Cómo aguantaste tú? —Jaime arrastró los labios por su mejilla para alcanzar su cuello, haciéndolo suspirar, y como respuesta, Robb llevo su mano a los pantalones de su León, masajeándolo sobre la tela y arrancándole un largo y musical gemido que lo hizo estremecer hasta lo más hondo de su alma.
— Mm, creo que… ambos… hicimos lo mismo… A mí… me encontró un día una de las sirvientas, Muriel y… se ofreció amablemente a ayudarme… —suspiró Jaime y Robb interrumpió sus caricias para sostenerle la mirada.
— ¿Y accediste?
— Amor mío, mírame a los ojos, ¿tú en verdad crees que acepté? —Robb lo besó.
— Te creo.
— La envié a encargarse de sus propios asuntos —Jaime lo besó como si deseara devorarlo y dejó un camino de besos sobre su pecho, mordisqueándolo sobre la tela— ¿Y a ti… mi recuerdo… también te hacía… gritar mi nombre…Robb?
— Sí… pero no tanto como tus besos —Robb tiró de su cabello para obligarlo a levantar el rostro y poder besarlo otra vez, con hambre, con desesperación, mordiendo su labio inferior en aquella lucha y haciendo sonreír a Jaime.
Cuando Robb lo tuvo de nuevo sobre él, dentro de él, escuchándolo jadear contra su mejilla a cada embestida, su aliento enviando deliciosos escalofríos por su cuerpo, supo qué tanta falta le había hecho, que tan conectados se hallaban—. En verdad que es mi todo —pasó los brazos detrás de su cuello, perdido en la sensación de su piel resbalando contra la suya, en su calor y la sensación de ser uno con él.
— Jaime… no… te detengas… más… más…fuerte… —y su León lo complació más que feliz, arremetiendo contra él casi como si deseara dañarlo— Sí, sí… ¡oh dioses! Así… Nmm…
Jaime lo tomó debajo de los muslos para levantarlo, bendiciendo su mano de marfil que tanto le facilitaba la vida, y ambos gimieron al mismo tiempo cuando se deslizó aún más dentro de él, resbalando en su interior con facilidad, tocando cada uno de sus puntos más sensible y llevándolo al cielo.
— Di… mi nombre… —le pidió Jaime, enterrándose en él con violencia, lanzando su cuerpo hacia delante y atrás— ¡Dilo!
— Jaime, Jaime…MMmmm Jai…me… ¡Oh dioses! No… te detengas… moriré si… lo haces…
Robb mordió su hombro cuando sintió su clímax y se aferró a él como si temiera que aquel torbellino de sensaciones fuera a arrastrarlo lejos de ahí.
-o-o-o-
A la mañana siguiente, como siempre, Robb fue el primero en levantarse, y eso que Jaime había sido fiel a su palabra y no le había dado un respiro la noche anterior, enterándose en él para saciar por fin más de un mes de abstinencia—. Y no exageraba cuando dijo que no iba a dejar que me sentara de nuevo—, pensó de excelente humor, hasta que se encontró con Sansa en el pasillo. Su hermana lo vio y le retiró la mirada apresuradamente, ¿avergonzada? No había odio ni decepción ahí, sólo vergüenza—. ¿Por tenerme a mí como hermano?—. Robb sintió un hueco en el estómago y su buen humor amenazó con esfumarse por la ventana abierta.
— Sansa… —Jaime le había dicho que le diera tiempo, pero le estaba resultando sumamente difícil hacerlo. Lo único que deseaba era llevarla con él a un sitio más privado y explicarse, pero una mirada a su compungida hermana lo hizo desistir— Buen día.
— Buen día, Robb —y apresuradamente se retiró, dejándolo a medio pasillo.
— Lord Robb —la voz de Brienne lo hizo detenerse justo cuando se disponía a marcharse—, ¿ha ocurrido algo? Lady Sansa no luce muy bien.
— ¿Te ha comentado algo?
— No, además de que no durmió bien anoche, pero siento que hay algo que le turba.
— Ya. Supongo que es mi culpa —respondió Robb, confundiendo a Brienne—. Ella… nos vio a Jaime y a mí anoche.
— ¡Oh! Oh, oh… entiendo —Brienne se ruborizó—. ¡Oh, Madre! Entiendo, puede ser algo… muy bochornoso, si escucharlos mientras viajábamos al Muro fue er-algo que, bueno, difícil, ahora verlos debió ser…
— ¡Brienne! —exclamó Robb, las mejillas ardiendo al caer en cuenta de lo que estaba pensando—. Nos vio besarnos.
— ¡Ah! Menos mal —Brienne exclamó sinceramente aliviada, abochornándolo aún más—. Y supongo que así fue como se enteró de la relación que tienen.
— Sí —Robb rascó su cabeza—. Y ahora mi hermana me odia.
— No te odia, Lady Sansa jamás podría odiar a su hermano mayor —le aseguró Brienne—, pero va a necesitar tiempo para aceptar que no eres lo que ella imaginó, eso siempre es difícil, aceptar que uno idealizó a una persona como no es. Sólo tenle paciencia y no la presiones.
— Jaime me dijo algo similar.
— Lord Jaime en ocasiones dice cosas sabias, tiene sus momentos —dijo Brienne, logrando hacerlo sentir mejor.
-o-o-o-
Daenerys arribó a media mañana, propios y extraños se sorprendieron tanto como se alarmaron al ver al inmenso dragón negro a la distancia. Hacía más o menos 170 años que nadie veía un dragón vivo, desde la Danza de Dragones, y la gente de los poblados y las ciudades cercanas se llenaron de asombro, admiración y miedo. En Casterly Rock, arriba de la Roca, el tío Kevan y su familia, y el primo Tyrek con su pequeña esposa, abrieron los ojos y la boca al ver a Drogon acercarse, batiendo sus alas de murciélago. Negro contra azul. Robb, Sansa, Brienne y Podrick ya se habían acostumbrado a su presencia pero no dejaba de admirarles la majestad de estas bestias—. Y eso que aún no la han visto viajar con sus tres dragones—, se dijo Robb. Le dedicó una mirada de soslayo a su hermana, de pie a su lado, y la encontró con la vista clavada en la distancia, haciendo de cuenta que él no existía. No le había dirigido la palabra durante el desayuno y se había ausentado con Lady Dorna para ayudar con los preparativos evitando cruzarse con él—. Jaime y Brienne tienen razón, debo ser paciente, por más que esperar me esté carcomiendo por dentro.
Drogon aterrizó haciendo temblar el suelo, levantó el cuello para dejar escuchar un rugido que pareció retumbar en toda la región y se inclinó para dejar bajar a Daenerys y a…
— ¡Padre! ¡Padre! —los gemelos corrieron hacia Jaime tan pronto su madre los desamarró. El tío Kevan ya le había informado a su esposa, hijos y sobrino que el nuevo señor de Casterly Rock tenía dos hijos bastardos con la Reina Targaryen, pero eso no evitó que la sorpresa se abriera paso en sus rostros al conocerlos.
Jaime no esperaba verlos aquí, pero no podía negar que le alegraba que hubieran venido, tenían tiempo alejados y se acuclilló para besar sus cabezas, mientras los gemelos rodeaban su cuello con sus brazos y se aferraban a él, hablando los dos al mismo tiempo para contarle todo lo que habían hecho. Daenerys sonrió contenta y caminó hacia ellos.
— Insistieron en venir y no hubo forma de detenerlos —le informó, en cuanto le dio a besar su mano.
— Están enormes —comentó Jaime, observándolos, ambos aferrados a sus piernas.
— Sí, y el Maester Benedict me dice que Daeron avanza con rapidez en sus estudios —informó orgullosa, cuando su mirada se encontró con alguien más que caminaba hacia ella—. ¡Oh! Lord Robb, no creí encontrarte aquí.
— Su Majestad Real, vine para marchar al Norte al lado de las huestes de los Lannister —le informó Robb, inclinándose. La Reina le dio su mano a besar.
— Habrá tiempo más tarde para que me pongan al corriente —dijo Daenerys sonriendo, saludando a Sansa y a Brienne y acercándose del brazo de Jaime para que le presentara a su familia.
Los únicos que alguna vez hubieran visto a un Targaryen eran Kevan y su esposa; sus hijos, el primo Tyrek y su pequeña esposa Ermesande se hallaban tan impresionados con Daenerys como con Drogon, su cabello plateado-dorado y sus ojos violetas. Era una mujer muy hermosa, pero también extraña para ellos, y eso aumentaba aún más su atractivo. La tía Dorna se emocionó al verlos juntos y al lado de los gemelos, y ya iba a comenzar a planear la boda de Jaime, cuando con una mirada de su esposo todas sus ilusiones se rompieron. Ya preguntaría después por la historia completa, pero le quedó claro que aquí las cosas no eran lo que parecían. Era una lástima, a la tía Dorna le habría encantado tener una boda en Casterly Rock.
Lady Dorna insistió en llevar a Daenerys a tomar algo para que descansara de tan largo viaje desde Dragonstone, a lo que la Reina accedió encantada; el tío Kevan guió el camino, su hijo Lancel le hizo conversación a Daenerys y los gemelos corrieron felices detrás de su madre. Sansa esperó hasta que el grupo de Lannister se hubiera marchado para acercarse de dos zancadas a Jaime y propinarle una bofetada que retumbó con más fuerza que el rugido de Drogon. Robb y Brienne la vieron como si de pronto le hubieran brotado cuernos y alas, Jaime no sabía qué estaba ocurriendo, y entendió menos cuando Sansa le comenzó a gritar y a reclamar, montando toda una escena digna de una novia psicópata.
— ¡¿Cómo pudiste?! ¡¿Cómo te atreves?! ¡Eres un mentiroso! —Robb se vio obligado a reaccionar y tomar a su hermana de la cintura, deteniéndola para que no lo siguiera golpeando— ¿Cómo pudiste jurarle amor eterno a mi hermano enfrente de nuestros dioses sabiendo que tienes dos hijos con la Reina Dragón? ¡Maldito embustero! ¡Cínico hombre sin honor!¡Estás jugando con mi hermano y eso NO te lo voy a permitir!
— Sansa, Sansa cálmate por favor —Robb trató de detenerla, levantándola por la cintura y admirado de que una chica tan delicada tuviera tanta fuerza.
— ¡No se me da la gana calmarme! ¡Bájame Robb! Estoy defendiendo tu honor —exclamó Sansa furiosa y Jaime se pudo haber reído pero habría empeorado la situación.
— Lady Sansa, si me dejaras explicarte… —quiso decir Jaime, pero Sansa lo interrumpió.
— ¿Decirme qué? ¿Que esto no es lo que parece? ¿Que los gemelos no son tuyos? No soy estúpida y no estoy ciega, ¡son idénticos a ti! Mi madre siempre decía que los bastardos tienen escrito en la cara el nombre de sus padres. Pero mi hermano no está solo, yo lo voy a defender y esto no va a quedarse así.
Robb deseó que la tierra se abriera y un hoyo se lo tragara en esos momentos. Esto era lo más vergonzoso que le había ocurrido en toda su vida—. Si hubiéramos tenido público mi humillación habría sido completa.
— Sansa, yo ya sabía que Jaime tiene dos hijos, estábamos juntos en Meereen cuando nacieron y… —trató de explicarle, pero…
— ¡¿Estaban juntos?! ¡Eres un estúpido Robb! Pero yo sé más de hombres que tú, y no puedes creerle todas sus bonitas palabras si se está acostando con otras mujeres —Robb se ruborizó tanto que Jaime tuvo que toser para no reír. Brienne no entendía nada, sabía que los pequeños eran hijos de Jaime y que ahí había toda una historia, pero ignoraba cómo era que Jaime había tenido una aventura con la Reina si estaba locamente enamorado de Robb, y eso a ella le constaba—. Y espero que no te hayas acostado con él…
— ¡SANSA!
— ¡Oh por los Dioses! ¿Lo hiciste? ¿Qué no sabes nada? No te acuestas con el primer hombre que jura amarte hasta el final de tus días —Sansa lo reprendió como si fuera su hija, avergonzándolo aún más—. ¿Qué diría madre?
— Madre estaba furiosa y decepcionada cuando lo supo —Robb respondió herido y triste al recordar aquello, logrando que Sansa guardara silencio el suficiente tiempo para que Jaime hablara.
— Sansa, escúchame, voy contarte todo lo que ocurrió entre Daenerys y yo, y a ti también Moza, pero ahora no es el momento —dijo con firmeza y autoridad, apenas y levantando la voz para evitar llamar más la atención, viendo que ya tres sirvientes corrían hacia ahí, atraídos por la conmoción—. Lo único que puedo adelantarte es que ella me chantajeó y que es a tu hermano Robb a quien amo.
Sansa y Brienne pensaron lo mismo "¿lo había chantajeado? ¿Cómo?" pero Jaime tenía razón y no podían ponerse a discutir el asunto en ese momento. Ya debían estarlos esperando y los gritos de Sansa habían llamado mucho la atención. Robb la soltó y su hermana asintió, más tranquila y un poco avergonzada al ver que le había dejado a Jaime un cortada en la mejilla que estaba sangrando, cortesía de su anillo. Pero su causa era justa y Sansa no se disculparía, al menos no hasta conocer la historia completa.
Continuará…
