Capítulo 36: El vórtice de Miroku
- ¿Te diviertes, Takeo?
Kagome miró a Inuyasha al hacer esa pregunta a su hijo y no pudo evitar reír al observarles. Inuyasha levantaba a Takeo entre sus brazos y giraba con él mientras que el niño no paraba de reír fascinado por lo que su padre hacía con él. Incluso Izayoi que en ese momento estaba mamando soltó su pecho y los observó boquiabierta. Estaba segura de que ella también quería que su padre hiciera eso con ella pero en su caso no sería posible hasta más tarde porque corría el riesgo de vomitar su comida. Takeo todavía no había comido nada e Inuyasha trataba de entretenerlo por todos los medios posibles para que no se pusiera a llorar mientras esperaba. Cuanto más crecían, más le costaba darles a los dos a la vez y ése, era uno de esos días en los que no podía con los dos.
- ¡Ey, Izayoi!- la reacomodó en sus brazos- ¿ya has terminado de comer?
La niña la miró como si entendiera lo que decía y luego miró su pecho. Estaba claro que sabía lo que quería y lo que tenía que hacer pero su padre y Takeo la tenían demasiado distraída.
- ¡Inuyasha!- exclamó- ¿quieres estarte quieto un minuto?
- No puedo- le contestó- Takeo llorará.
- Pues Izayoi no come porque la estáis distrayendo.
Inuyasha se detuvo con su hijo en brazos y observó a la niña que Kagome tenía en sus brazos. Era cierto que no estaba mamando y los observaba a ambos. Se quedó totalmente quieto durante unos segundos, sin apartar la mirada de Takeo por si empezaba a fruncir el ceño en clara señal de que lloraría. La niña los miró a ambos y cuando consideró que de verdad iban a detenerse, se volvió hacia su madre y empezó a mamar otra vez.
Tanto Inuyasha como Kagome suspiraron aliviados. Los niños cada vez se volvían más caprichosos con las comidas y las horas de la siesta. Tenían que acostarse con ellos para que se estuvieran quietos y durmieran y a la hora de comer tenían que estar quietos para que no dejaran de mamar.
- ¡Kagome!
Antes de que Shippo pudiera echarse encima de ella, Inuyasha agarró el cuello de su gi desde atrás y lo agarró de la misma forma en que agarraba a Takeo.
- No molestes ahora- le dijo- Izayoi está comiendo.
El niño asintió con la cabeza y se quedó totalmente estático observando a Kagome y a Izayoi. Del mismo sitio del que había surgido Shippo, surgieron las figuras del monje y la exterminadora discutiendo, como ya era costumbre. Últimamente se peleaban mucho más de lo normal y si la cosa seguía así iban a terminar teniendo una discusión muy grave. Cada vez estaban más distantes y ni siquiera los intentos de Kagome por hacer de casamentera habían hecho efecto. A él le costó darse cuenta de lo que pasaba en verdad entre ellos, fue Kagome la que tuvo que decírselo y cuando les veía pelear, le dolía porque eran sus amigos.
Ambos se detuvieron al ver a Kagome dando de mamar a Izayoi y se llevaron las manos a la boca para tapársela. Habían entendido lo que estaba ocurriendo y pidieron disculpas con la mirada por no haber sido más cuidadosos.
Izayoi apartó la boca repentinamente y apartó la mirada como hacía siempre que había terminado definitivamente de comer. Inuyasha se apresuró a acercarse con Takeo en brazos y soltó a Shippo para poder coger a Izayoi a la vez que Kagome cogía entre sus brazos a Takeo. Se irguió con la niña contra su pecho y esperó hasta que Kagome se hubiera cubierto el pecho con el que acababa de darle a Izayoi y se descubriera el otro para darle a Takeo. Siempre le gustaba quedarse a su lado esperando por si necesitaba ayuda.
- Deja que te ponga esto.
Inuyasha inclinó el hombro en el que se apoyaba Izayoi y observó como Sango le levantaba con mucho cuidado la cabeza a la niña con el fin de poner una pequeña sábana bajo su cabeza. Siempre usaban esa sábana vieja pero bien limpia para que los niños vomitaran si no podían retener la comida. Takeo no había vomitado nunca la comida pero Izayoi vomitaba todas las semanas un par de veces y con ella había que tener mucho más cuidado.
- ¿Por qué discutíais?
La exterminadora dejó de darle suaves palmaditas en la espalda a Izayoi durante unos segundos y luego repitió lo que hacía.
- Miroku se ha vuelto a poner excesivamente cariñoso con las aldeanas.
- Ya sabes cómo es, no se lo tengas en cuenta.
- No puedo hacer eso… - musitó- ¿cómo te sentirías si Kagome fuera persiguiendo por ahí a otros hombres?
Sinceramente, mataría a cualquiera que respondiera a las insinuaciones de Kagome y luego la agarraría, la llevaría a la zona más oscura de un bosque y le haría el amor como un salvaje para recordarle a quien pertenecía. Aunque claro, los humanos y los youkais no pensaban de la misma forma.
- Mi caso es diferente- se sonrojó- lo que quiero decir es que Miroku te quiero sólo a ti, lo sabes.
- No, no lo sé… - suspiró- un día es tan cariñoso conmigo y me dice las cosas más maravillosas y al siguiente está persiguiendo a una mujer que acaba de ver por primera vez.
- Pero estoy seguro de que a última hora se echaría atrás- le espetó a la exterminadora- sólo tiene ojos para ti.
- También le tira los tejos a Kagome, continuamente.
- Pero Kagome no le anima precisamente a que siga- rió recordando como ella solía cortarle- además, también me he fijado en que Miroku se lleva muy bien con ella, creo que aprecia más su amistad que otras cosa.
Sango bajó la mirada al escucharlo recordando cómo eran las conversaciones del monje con su mejor amiga. Él siempre era muy educado con ella, conversaban sobre política y religión como unos verdaderos expertos y bromeaban como lo harían unos amigos. La verdad era que Miroku sólo se había mostrado pervertido con Kagome en situaciones en las que lo tenía muy fácil para serlo. Aunque no lo dijera, estaba segura de que él respetaba que fuera la pareja de Inuyasha, su amigo.
- Tal vez, tengas razón… - murmuró- pero eso no quita que se comporte de esa forma.
- Me lo pones muy difícil para intentar defenderlo- la miró- deberías hablar con él como estás hablando conmigo si de verdad te importa.
- Pero…
- No, Sango- la interrumpió- a pesar de cómo se comporte, si de verdad te importa no puedes quedarte de brazos cruzados esperando a que dé algún paso- le explicó- tienes que avanzar tú hacia él- sonrió con nostalgia- si yo hubiera esperado a que una chica como Kagome me besara, puede que no estuviéramos aquí y que nos hubiéramos perdido todo esto.
Sango observó maravillada como el hanyou miraba a su familia, totalmente fascinado por lo que tenía y pudo entenderle. Devolviéndole la sonrisa a Inuyasha, continuó dándole palmaditas en la espalda a Izayoi hasta que eructó y ambos rieron.
Kagome reacomodó a Takeo entre sus brazos y vio desde esa distancia a Inuyasha y a Sango hablando de algo que los tenía muy adsorbidos. A su lado estaban Miroku y Shippo preparados para ayudarla en lo que hiciera falta. El monje siempre se mostró como un verdadero pervertido cuando hablaba de su leche materna pero a la hora de la verdad era muy tierno. Observaba a su hijo mamando como si fuera la cosa más maravillosa del mundo.
- Excelencia, ¿por qué peleabas con Sango?
- No peleábamos… - musitó- sólo tenemos diferentes puntos de vista.
- ¿Respecto a qué?
- Bueno… Sango se ha enfadado porque estaba hablando con unas señoritas…
- ¿Hablando?- le preguntó con el ceño fruncido- ¿o algo más?
- Les estaba preguntando por la distancia que había hasta la próxima aldea pero Sango pensó que yo las estaba cortejando.
- ¿Me hablas en serio?
- Yo nunca la mentiría, señorita Kagome.
Al mirarle a los ojos supo que el monje no le mentía. Por una vez se había acercado a unas mujeres con la única intención de pedir indicaciones y la exterminadora le había mal interpretado.
- ¿Se lo has explicado a Sango?
- No quiere escucharme- suspiró- piensa que le estoy mintiendo.
Probablemente, no le creería aunque se lo dijera ella. Sango era muy testaruda cuando se le metía algo en la cabeza y el monje era tan pervertido que no se fiaba de él ni aunque estuviera presente escuchando todo lo que decía. Para convencerla iba a necesitar mucho más que intentar convencerla de eso. Tal vez fuera hora de que se dijeran lo que sentían por el otro, no podían andar toda la vida así.
- Dile a Sango lo que sientes por ella.
- Pensará que se lo digo para tocarla o algo por el estilo, la conozco.
- ¡Pues insiste!- exclamó- yo soy muy tímida y aunque ahora soy algo más lanzada con Inuyasha, si él no hubiera dado el paso conmigo podríamos habernos perdido todo esto- acarició la cabeza de su hijo mamando- piensa en todo lo que podrías perder si no lo intentas.
Miroku miró a la joven y luego al bebé en sus brazos. Él siempre había deseado ser padre porque su maldición acabaría con su linaje pero después de ver a los hijos de sus amigos, se daba cuenta de que quería ser padre con o sin maldición y quería que la madre de esos hijos fuera Sango.
- Lo intentaré.
Se levantó del sitio dispuesto a hablar con Sango y la exterminadora a su vez dio un paso hacia él. Los dos se quedaron mirando fijamente con las mejillas sonrojadas. Aquél era el momento decisivo para su relación.
De repente empezó a temblar la tierra bajo ellos y se escuchó un fuerte estruendo no muy lejos del lugar en el que se encontraban. Inuyasha se puso en alerta al instante y corrió hacia donde se encontraba Kagome. El niño dejó de mamar al ser interrumpido y chilló molesto. Kagome le acarició el cabello tiernamente y le acunó entre sus brazos.
- Kagome, te voy a dar a Izayoi- le ayudó a subirse el kimono para cubrirse- quiero que te apartes de la lucha, ¿de acuerdo?
- Sí, pero…
- Me lo prometiste.
Aquel momento volvió a su mente y no pudo menos que fruncir el ceño.
El hanyou se levantó y ella le imitó.
- Cuando yo te diga que os escondáis, lo harás sin rechistar.
- Bien.
- Cuando yo te diga que corras con los niños, lo harás.
- De acuerdo.
Se lo había prometido, le gustara o no, lo había hecho y le tocaba cumplir. Agarró a Izayoi con su otro brazo y observó como el hanyou los besaba tal y como hacía siempre que tenían que luchar. Después, le dio un apasionado beso en los labios y la empujó suavemente para que se fuera a esconder entre los árboles.
Los demonios no tardaron en aparecer. Eran muchísimos, tendría que haber más de cien demonios de diferentes clases conglomerados y tras ellos estaba el auténtico enemigo con un fragmento de la esfera. Le indicó a Inuyasha donde tenía que buscar el fragmento de la esfera y después obedeció su orden de esconderse tras unos árboles mientras se desencadenaba la terrible batalla. El mayor problema era llegar hasta el fragmento por la cantidad de demonios que tendrían que matar pero por lo demás, todos eran demonios débiles.
- Yo me ocuparé de esos demonios, tú ve a por el fragmento.
Inuyasha asintió con la cabeza al escuchar al monje y se puso tras él al igual que Sango mientras abría su vórtice. El agujero negro se abrió como cada vez que apartaba las cuentas de su mano pero esa vez fue diferente. El agujero negro parecía más grande de lo normal, adsorbía a los demonios más rápido y su área de adsorción era mucho más grande y ampliada. Además, el hanyou pudo darse cuenta de que Miroku sufría. Fruncía el ceño, apretaba los dientes, cada vez transpiraba más y más y juraría que estaba llorando. A su lado pudo notar que la exterminadora lo observaba de la misma forma. ¡No eran imaginaciones suyas! Corrió hacia el monje y le pasó los brazos alrededor del cuerpo.
- ¡Miroku, tienes que detenerte!
- ¡No!
- ¡Estás sufriendo!
- ¡Aún no los he adsorbido a todos!
¡Maldita sea! El monje no estaba dispuesto a ceder para cerrar el vórtice y él no podía acercar la mano a ese agujero sin ser adsorbido. Entonces, las manos de la exterminadora se unieron a las suyas y sus súplicas para que el monje cerrara el vórtice pero nada parecía ser lo suficientemente efectivo.
De repente las lágrimas que resbalaban a lo largo de sus mejillas pasaron a convertirse en sangre espesa. El monje estaba llorando sangre y aunque no lo viera, sabía que el vórtice en su mano se estaba agrietando lenta y dolorosamente. Tenía que hacer algo para detenerle cuanto antes o sería adsorbido por el vórtice. Agarró las cuentas y poniendo su mano sobre la de él, le fue obligando a cerrar el puño para luego pasar las cuentas por encima.
Tan rápido como el vórtice fue nuevamente cerrado el monje cayó de rodillas al suelo, agarrándose la mano del vórtice. Ambos se inclinaron junto a él pero Inuyasha tuvo que retirarse en seguida para rematar a los demonios que habían quedado con vida.
Kagome apretó a sus bebés contra el pecho mientras observaba la escena y unas lágrimas resbalaron a lo largo de sus mejillas. Necesitaba salir a ayudar a Miroku y no fue hasta que su vórtice fue nuevamente cerrado que supo que podría hacerlo. Dejó a los bebés tras el árbol en la posición que más cómoda encontró y le encargó a Shippo que los cuidara y le avisara si ocurría algo. Salió corriendo de su escondite y corrió hacia el monje.
- ¡Sango!
La exterminadora se apartó para dejar que Kagome atendiera a Miroku y la observó.
- Tranquila, estará bien- le dio un apretón en una mano- te lo prometo.
- Pero él…
- Ve a ayudar a Inuyasha y cuando vuelvas él se sentirá mejor.
Sango la observó sin estar segura de sus palabras pero aún así agarró su hiraikotsu y se dirigió hacia la batalla.
Kagome observó sus manos cubiertas por las cuentas y pudo ver unas finas líneas rojas saliendo de la palma de su mano. Eran unas venas, habían reventado varias venas en su mano y si no le hubieran detenido, podría haber sido algo peor. Cuando acabara la batalla rebuscaría entre las hierbas que tenían recolectadas las necesarias para hacerlo una buena pomada. No sería tan efectiva como una pomada comprada en su época pero podría aliviarle el dolor. Ojala tuviera aspirinas, espidifren o ibuprofeno para poder aliviarlo algo más el dolor. En cuanto a la sangre que estaba llorando… era un fenómeno extraño que se daba en las peores enfermedades y con los peores venenos pero tenía pinta de haber frenado. Para asegurarse le limpió la sangre con la manga de su yukata y descubrió que estaba en lo cierto. Miroku había dejado de llorar sangre y esas lágrimas habían sido sustituidas por unas de verdad.
- Sango…
- No te esfuerces tanto, Miroku- le suplicó Kagome.
- Pero… necesito saberlo…
- ¿Sabes el qué?- le preguntó mientras limpiaba sus lágrimas.
- Si Sango está bien…
Kagome le miró con los ojos humedecidos por sus propias lágrimas y observó a la exterminadora mientras se enfrentaba a otro demonio.
- Está muy bien- le aseguró- ya sabes que es muy fuerte.
- Sí, lo sé…
Miroku al escuchar las palabras de Kagome se permitió el lujo de poder cerrar los ojos y relajarse sobre el regazo de la joven. El vórtice se hacía cada vez más y más grande y en esa ocasión se había salvado por Inuyasha pero no estaba seguro de poder salvarse en otra. Por un momento, había estado más cerca de la muerte que de la vida y lo único que había podido pensar era que nunca volvería a ver a Sango. Pensar en separarse de ella le partía el alma en mil pedazos pero si había algo que más le dolía era saber que ella corría peligro. La vida de Sango era muy importante para él, más que cualquier otra cosa.
Ignorando el dolor que sentía debido al veneno de las abejas de Naraku, agarró a Sango y la cargó sobre su hombro. No podía abrir el vórtice en ese momento pero sí que podía llevarla a ella hasta algún lugar seguro y luego él lucharía todo lo que hiciera falta para salvarla. Corrió y corrió y finalmente, encontró una caverna. De forma apresurada y asegurándose de que ningún demonio les hubiera visto, se adentró en la caverna.
- Ya estamos a salvo Sango.
Dejó a la desmayada exterminadora sobre el suelo, tumbada boca arriba y se acercó a la entrada para comprobar que ningún demonio se acercara. Sonrió satisfecho al percatarse de que todos marchaban en otra dirección muy lejos de allí.
Volvió al interior de la caverna y se arrodilló junto a la exterminadora. Tocó su frente con una mano para comprobar que no tuviera fiebre y suspiró aliviado.
- Se nota que no está Inuyasha con nosotros… - murmuró- yo no soy tan fuerte como él. Lo siento, Sango.
Peinó con sus manos el flequillo de la mujer.
- Te mereces a alguien mucho mejor que yo pero no puedo evitar sentir algo muy fuerte por ti…- le dijo- te amo, Sango.
Puso sus manos sobre sus hombros y se fue inclinando lentamente sobre ella para poder darle un suave beso en los labios pero justo en ese instante, Sango abrió los ojos. Debió pensar que tenía malas intenciones con ella puesto que le apartó de un fuerte empujón y lo abofeteó.
- ¡Monje pervertido!
Siempre era lo mismo con Sango y aún así no lo cambiaría por nada del mundo. Si para estar con Sango debía ser insultado y golpeado por ella que así fuera. Él no iba a dejar de amarla, dudaba que nunca pudiera dejar de amarla.
- ¡Miroku!
Esa dulce voz, estaba seguro de que esa era la voz de Sango.
- ¡Miroku!- se repitió- ¡despierta, por favor!
¿Estaba dormido?, ¿o tal vez estaba inconsciente? No lo sabía, no sabía dónde estaba, no sabía cómo despertarse por lo que esperó durante largos minutos, escuchando la voz preocupada de la exterminadora, llamándole una y otra y otra vez. Finalmente, encontró la forma de abrir sus ojos notándolos especialmente pesados y se encontró con el rostro lloroso de la mujer con la que había estado soñando.
Estaban en una cabaña, había encendido un fuego y no muy lejos de ellos dos estaban Inuyasha y Kagome con los niños en brazos, observándoles. No pudo evitar mirarles con envidia porque deseaba tener con Sango lo que veía que ellos dos tenían. Eran tan felices ambos, se amaban tanto el uno al otro y adoraban a sus dos preciosos hijos. Él quería también esa intimidad para ellos.
- Sango…
La mujer agarró su mano izquierda entre las suyas con ternura y devoción.
- No te esfuerces, excelencia- le dijo- todo ha pasado.
Levantó con dolor su mano derecha, la mano del vórtice, descubriendo que había sido vendada y que sobre las vendas se encontraban sus cuentas. Lo más probable era que Kagome le hubiera atendido cuando se sentía mal, de hecho, recordaba a Kagome hablándole y diciéndole que Sango estaba bien.
- Oye, Sango…
- ¿Qué quieres, Miroku?- se apresuró a contestarle- ¿necesitas algo?
- ¿Querrás casarte conmigo?
Sango se quedó muda al escucharla mientras que Inuyasha y Kagome los miraban asombrados. Ambos sintieron que estorbaban en ese momento en la cabaña y agarraron a los niños y a Shippo para salir y dejarles más intimidad.
- Excelencia…
- Tú eres la única mujer para mí, Sango- le aseguró- no podría vivir sin ti… me pueden quitar todo menos a ti…
- Miroku… - sollozó al escucharle.
- El día en que la batalla termine, cuando Naraku muera y mi maldición haya terminado- se miró la mano- ¿querrás ser mi esposa?
- Sí- asintió- querré ser tu esposa.
Miroku sonrió al escucharla y volvió a cerrar los ojos para descansar un poco más. Sango debía quererle para haber aceptada su proposición de matrimonio, no podría ser más feliz.
…
- No deberíamos escuchar a escondidas.
- ¿No estás emocionado?- le espetó Kagome- Miroku y Sango se casarán tan pronto como acabemos con Naraku.
Inuyasha asintió con la cabeza y entonces, una nueva duda le asaltó.
- Kagome, ¿tú quieres casarte?
La joven se apartó de la estelita que hacía la labor de puerta y le miró asombrada por sus palabras. El hanyou nunca había hablado de boda y ella misma la había olvidado porque su deseo era permanecer a su lado y así era como estaba. Aún así, no pudo evitar evocar la imagen de la boda perfecta que siempre imaginó.
- Yo… antes siempre la quise pero me conformo con estar a tu lado… - le aseguró y abrazó a Takeo, el cual estaba entre sus brazos- no necesito un papel en el que ponga que estamos casados.
- Pero… ¿te gustaría que nos casemos?- le insistió- si tú quieres organizaremos nuestra boda y además…- se sonrojó- a mí me gustaría casarme contigo. Quiero que todos vean lo mucho que te amo.
Kagome se sonrojó al escucharle y se acercó a él para que la recibiera entre sus brazos.
- Sí que quiero casarme contigo, Inuyasha- le dio un beso en la mejilla- te amo.
Continuará…
