Para Camila, mi cómplice y compañera de aventura.
Capítulo 36.
Albert perdió un poco el hilo de sus pensamientos cuando vio a la exquisita rubia cruzar el umbral. Monica siguió su mirada, y su corazón se aceleró. Ahí estaba la mujer de sus pesadillas, despampanante, y William no podía quietarle la mirada de encima. Ella le clavó la mirada y él carraspeo.
Las razones son sencillas, he encontrado a la mujer con la que pienso compartir mi vida, - El corazón de Candy se detuvo. – y presento ante ustedes a Monica Ainsworth, mi prometida y futura esposa.
Candy sintió como su mundo quería oscurecerse, un brazo fuerte la detuvo, era Anthony, le susurró al oído.
Frente en alto, sonrisa en el rostro, no le des el gusto. Te ves hermosa.
Candy sonrió, aunque con eso su corazón se hacía añicos, y respirando profundo, sonrió, comenzó la ronda de aplausos y decidió que no abandonaría su casa, no por ahora, la partida no estaba perdida hasta que el dijera "si acepto" frente al altar.
Anthony la tomó de la mano para que fuesen a felicitar a los futuros esposos, no la dejaría sola, y Sophie podía ponerse del color que quisiera. Candy no supo ni como, pero en pocos segundos logró sonreírles a Albert y a Monica, formular alguna cortesía y dejarlos para ir junto a la tía.
Candice.
¿Sí tía?
Debes invitar a pasar a todos a pasar al comedor, hija.
Pero tía…
Eres mi heredera, y en la practica la matriarca del clan, la señora de esta mansión, y por lo tanto te corresponde.
Pero Monica…
Monica será su esposa, pero tú serás la matriarca, anda hija, demuéstrale de que estas hecha. Y tú lugar es a su derecha.
Candy no podía creer lo que escuchaba de boca de Elroy Andrew, siempre pensó que, a pesar de todo, la tía estaría complacida con un matrimonio con alguien como Monica Ainsworth, sin embargo, el brillo en los ojos le decía que no estaba nada complacida, y que no le haría la vida fácil a la futura señora Andrew.
Reunió todas sus fuerzas y llamó la atención de los presentes haciendo sonar su copa de champagne. Todas las miradas se posaron sobre ella, y en la de Monica pudo distinguir terror, aun sabiendo que era una tontería eso la hizo sentir bien, sonrió con aplomo y dulzura, el consejo había aprendido a respetarla, ella era parte de la familia, la futura matriarca, la encargada de preservar el legado de los Andrew, sus costumbres y tradiciones. Los miró a todos y los invitó a pasar a la mesa, Anthony se acercó y le ofreció su brazo. Sophie aceptó la compañía de Roger Ainsworth, el hermano de Monica.
Cuando llegaron al comedor Monica se percató de que Elroy ocupaba la cabecera opuesta, así que se dirigió hacia el lugar a la derecha de William, pero él la dirigió hacia la izquierda de la cabecera, ella lo miró interrogante.
El lugar a mi derecha pertenece a mi tía normalmente, y si no, a la mujer de la familia que le siga en importancia, y como heredera de mi tía ese lugar le corresponde a Candy. – le dijo él sin inflexión alguna en su voz.
Monica observó como Anthony le abría la silla a Candy quien se paraba a un lado de su lugar esperando que todos tomaran sus puestos, Anthony tomó el lugar justo al lado de ella, al parecer Anthony Brower Andrew estaba listo para convertirse en el paladín de la rubia.
Supongo que esto será mientras nos casamos.
¿El lugar?
Sí.
Monica, lo hablaremos después, tomemos nuestros lugares.
La cena transcurrió sin contratiempos, ninguno de los dos rubios se percataron que mientras uno hablaba o reía con los demás comensales, el otro se dedicaba a contemplarlo. Monica si se dio cuenta, y pudo ver en la mirada de Albert algo que nunca había visto para ella, amor.
Al terminar la cena parecía que no había mucho más por hacer, no habría baile, y poco tiempo después los invitados comenzaron a despedirse. Monica ardió en ira al ver que todos se dirigían a Candy o a Elroy para despedirse, pero ya se encargaría ella de enseñarles a todos quién sería la madre del heredero de los Andrew, además en cuanto se casara, tomaría el puesto de Elroy, y relegaría a la matrona y a Candy a solo aparecerse en momentos en los que ella decidiera invitarlas, después de todo, ella sería la esposa del patriarca.
Candy despidió a todos con una sonrisa, incluida a Monica, se veía regia, serena, altanera incluso. Si alguien hubiese podido ver su interior se hubiese sorprendido de no ver nada más que una enorme herida sangrante.
Cuando Albert salió para llevar a Monica a su hotel, y el último de los invitados se había marchado, Candy salió a los jardines, los Andrew la dejaron, asumiendo que necesitaba pensar, al poco rato los cascos de un caballo retumbaron en el salón, todos se habían quedado despiertos sin hablar, ni decir nada, solo sentados, esperando, ¿Qué esperaban? Ni siquiera ellos estaban seguros, no sabían si esperaban a que Albert regresara o a que Candy entrara del jardín, los tres jóvenes hombres se acercaron a la ventana, y pudieron ver como la luna iluminaba la cabellera de la rubia desordenada en el viento, las faldas de seda de su vestido flotando en el aire, sus blancas piernas al descubierto, y contrastando con el negro pelaje de Nazgul.
Iré tras ella.
No Anthony, déjala, necesita desahogarse, si no regresa en un tiempo razonable pueden ir los tres por ella.
Tía, puede lastimarse.
Elroy recordó una plática similar que había tenido con William años atrás, tal vez entonces debió dejarlo ir tras ella.
Anthony, ¿formalizaras tu relación con Sophie?
¿Tía?
Es una pregunta sensata.
No lo sé, aún no le he decidido, ¿tienes algo que decir?
Candice no es libre para amarte, y no sé si un día lo será, pero no por eso quisiera verte con una mujer a la que no amas.
Sophie y yo nos entendemos.
Elroy Andrew guardó silencio, ciertamente no era el momento. 45 minutos después Albert entró a la mansión y se sorprendió de encontrarlos a todos reunidos en la biblioteca.
¿Familia? ¿es acaso una especie de intervención? Los escucharé, pero mi decisión está tomada.
No, no esperábamos por ti. – le dijo Anthony.
¿No esperaban por mí?
No, William vete a descansar. – le dijo Elroy.
¿Dónde está ella?
¿Tu prometida? En su hotel supongo. –
Anthony, no estoy para tus reclamos. Le dijo él enojado
No son reclamos, pero ni siquiera puedes decir su nombre… ¿cómo te casaras con Monica amando como amas a Candy? ya basta del despecho diría yo.
Anthony. – el tono de Elroy era de advertencia.
Bueno tía, ya pasaron 45 minutos, supongo que es tiempo suficiente. – le dijo Anthony cambiando de tema.
Dale 15 minutos más. – Elroy deseaba de todo corazón no estar equivocada, pero quería darle el beneficio de la duda a la rubia, no mandar a 4 hombres despavoridos tras ella, sí ella solo quería espacio.
¿A dónde fue? – preguntó Albert enojado.
Salió un rato William, supongo que necesitaba despejar su mente, el día de hoy no fue sencillo, sin embargo, hizo lo que se esperaba de ella, cumplió con su papel a la perfección, así que ahora le daremos su espacio. – le dijo Elroy tajante.
No me importa si piensas que ella necesita espacio tía, normalmente sus salidas como estas culminan en desastre.
En todo caso, Stear, Archie y Anthony pueden buscarla, vete a descansar, mañana mismo salimos para Nueva York con los Ainsworth.
¡Con un demonio tía!
No me hables de esa manera, no te gusta lo que está pasando, lo lamento, pero así serán las cosas de ahora en adelante, como lo dijiste tomaste una decisión, y nosotros como tu familia la respaldaremos, pero no te permitiré que manches su reputación, ni que la arrastres contigo en todo este desastre.
Albert estaba a punto de salir por ella, pero ni siquiera sabía a dónde salir a buscarla, escuchó los cascos frenéticos del caballo, y siguió a sus sobrinos a la ventana, parecía una amazona que regresa de la guerra, por supuesto su cabellos era un desastre, y la falda de su soberbio vestido se encontraba desgarrada, pero era un espectáculo digno de contemplarse, se dio cuenta que ella dirigió su mirada a la ventana donde la observaban, y cuadro sus hombros con orgullo y dignidad por un momento, después de un salto descendió del caballo, mostrando mucho más de sus piernas, el mozo de cuadra recibió a Nazgul, y le extendió sus zapatos, ella los tomó y caminó descalza sobre el pasto, la falda de su vestido flotando tras de ella mientras ascendía los escalones, Albert se maldijo a sí mismo una vez más por su estupidez, maldijo al destino, al tiempo, al honor, y por último a ella por no amarlo como debiera, abandonó la biblioteca para salir a su encuentro.
¿Pero que estabas pensando? – le reclamó, tomándola por sorpresa, lo cual por un momento ofuscó a la rubia que venía pensando en francamente meterse en su cama y seducirlo para así lograr hablar con él.
¿De qué hablas? –
Son casi la 1 de la mañana, todos esperan despiertos por ti, tú sales como alma que lleva el diablo en un corcel que no puedes controlar, y luego llegas tan fresca como si nada, es lo mismo siempre Candy, eres una chiquilla irreflexiva, ¿qué esperabas lograr? ¿matarte? -todo eso lo dijo mientras la tomaba de los brazos y la sacudía levemente. Pero su agarre era duro.
¿Y si así hubiese sido a ti qué? Debiste dejarme morir años atrás, ya fuera en la India o en Lakewood. Además, soy perfectamente capaz de controlar a Nazgul. – le dijo ella igual de furiosa.
Candy, por Dios no digas tonterías…
Aquí estoy, en una sola pieza, ¿quieres que hablemos hagámoslo? Aclaremos todo de una buena vez, dime en mi cara que fuiste capaz de olvidarme con alguna de las muchas mujeres que pasaron por tus manos, dime que no les hacías el amor pensando en mí, que no te volvías loco recordando, ¡Anda dímelo! Dime que no te casas por despecho… ¿qué quieres escuchar de mí? ¿qué me equivoqué? ¿Qué te amo con locura? ¿Qué me voy a morir sin ti? Te diré que las tres primeras si las creo, pero no moriré de amor Albert, y no perderé mi dignidad. – el tono de ella de pronto cambió, se volvió suave, incluso suplicante. – hablemos, resolvamos esto, dime que te ha llevado a esta decisión, dime que sientes, que piensas, por favor Albert…
Es tarde, tengo compromisos temprano, discúlpame si me excedí. – le dijo el fríamente.
Nazgul se quedará en Chicago…
Se quedará dónde quieras, es tuyo. – le dijo él mientras se daba la vuelta y ascendía las escaleras principales.
¡Albert! – ella corrió tras él, y lo tomó de la mano a media escalera.
Él volteó a verla, Dios, era tan bella, sus cabellos desmadejados descendiendo por sus hombros más allá de media espalda cual cascada de oro, el rubor en su rostro producto del ejercicio y de la discusión, vio en sus brazos desnudos las marcas rosadas que sus manos habían dejado, y acarició el área levemente con un dedo. Ella lo miró a los ojos, él la tomó por la barbilla, se inclinó hacia ella, ella cerró los ojos creyendo que iba a besarla, pero en el último segundo él cambió de parecer, y en vez de rozar sus labios, besó su mejilla, y después al oído le dijo:
Lo siento. – dio la media vuelta y se desapareció de su vista en segundos, tal cual lo había hecho ella en el aeropuerto.
Candy se dio por vencida al menos por ese día, se sentía cansada, más que cansada, totalmente agotada, mañana lo buscaría para hablar con él. por ahora tal vez lo mejor sería descansar.
Se dirigió a su habitación, se despojó del hermoso vestido que ahora era prácticamente un harapo, se dio un baño rápido para deshacerse del sudor, y tomó media pastilla para dormir, tenía mucho de no hacerlo, pero esa noche no quería pensar más, solo quería dormir, y tal vez soñar con que él la rodeaba con sus brazos para dormir.
Despertó pocas horas después, aún se veía oscuro afuera, se puso una bata encima de su camisón de satín color uva y salió de su habitación para dirigirse a la de él, sin llamar a la puerta, entró, el aroma a su colonia la asaltó, pero la cama estaba vacía, el salió del vestidor, completamente arreglado, vestía pantalones gris claro casuales, y una impecable camisa blanca, llevaba en la mano el saco sport color azul marino que usaría ese día, se acababa de rasurar, y su cabello lucía impecablemente desordenado como siempre.
Él se sorprendió de verla en su habitación, y no pasó desapercibida su vestimenta, una corta bata de satín color champagne y debajo se adivinaba el encaje color uva de su camisón y sus cremosos y generosos pechos se dibujaban bajo el suave material, se veía, simplemente divina, y a Albert se le cortó la respiración.
¿Qué haces aquí?
Necesitamos hablar…
Él suspiró, y cerró los ojos por un momento, tal vez en verdad estaba cometiendo una estupidez, ella se acercó peligrosamente, dispuesta a rodear su cintura con sus brazos, a pedir perdón de rodillas si era necesario, a hacer lo que fuera por no dejarlo salir de ahí.
Alto, ni lo pienses. – la voz de él era ronca.
¿No me deseas?
No tengo tiempo para esto, es un juego demasiado desgastado, y tengo que salir de inmediato, para Nueva York, si en verdad quieres que hablemos, hablaremos, pero no hoy, y tampoco puedo decirte cuando, lo haremos a mi regreso, aun vendré a resolver pendientes antes de mudarme a Londres.
Albert…
Candy, nunca quise solo tu cuerpo lo sabes, intenté de demostrártelo de mil maneras, pero eso fue lo único que estuviste dispuesta a darme, nunca fui suficiente para ti … y hoy, eso no es suficiente para mí, ya no estoy dispuesto a averiguar si algún día seré el hombre de tu vida o si realmente me amas.
Él salió de la habitación y ella se derrumbó en el asiento más próximo, pensando en sus últimas palabras, en su tono de voz, en su enojo, y en la gran verdad que le acababa de decir, ella todo lo había querido parchar con sexo, en vez de hablarle, de contarle sus planes, de incluirlo, de preguntarle por sus sueños, si era completamente honesta consigo misma había fallado, le había fallado como mujer, como pareja, había faltado a su promesa de compartirlo todo con él, nunca le dio a conocer sus temores, lo más profundo de su alma, lo bueno y lo malo, y lo había dejado solo, ese hombre había cargado con el peso de sus errores, con la vergüenza de ser abandonado por su supuesta esposa, de ver publicadas fotos y demás cosas aun cuando se suponía que seguían juntos, con los rumores de su abandono y todo lo demás. William Andrew había cargado solo el peso de sus caprichos, de su desamor, porque no había forma de llamarlo, ella había sido tremendamente egoísta con un hombre que siempre había estado dispuesto a dar su vida por ella.
Se puso de pie apesadumbrada, tenía que ir tras él hacerle ver que lo amaba, que no podía vivir sin él, que se había equivocado y mucho… pero recordó su promesa de hablar con ella a su regreso, de mala gana regresó a su habitación para arreglarse e ir a trabajar, había muchas cosas pendientes.
Nueva York.
El avión aterrizó en el hangar privado, en él viajaban, los Ainsworth, Albert, Elroy y George. Irían directo a la oficina de los abogados de la familia de Monica, ambas partes firmarían un prenupcial, y ninguno de los dos conocían los términos en los que los abogados del otro habían redactado el acuerdo.
Llegaron a las oficinas, se instalaron cómodamente, y a ambas partes les extendieron los acuerdos generados por el equipo de abogados del otro.
Albert leyó las cláusulas, por supuesto, salvaguardaban la fortuna de Monica, pero en general eran bastante estándar, hablaban de las contingencias posibles y de dividir a la mitad la fortuna que lograran generar entre los dos. Terminó de leer, y esperó a que ella terminara, para poder discutir los puntos necesarios. Monica estaba muy seria, Albert había aprendido a reconocer sus pequeños gestos, y podía ver por la pequeña arruga en la nariz de ella, que estaba más que furiosa.
William, ¿qué significa esto?
¿Qué sección?
TODO, esto es un insulto de tu parte, y de parte de tu familia, nosotros te ofrecemos un acuerdo sensato, incluso beneficioso, y tú me ofreces una declaración de guerra. - le dijo Monica con tono contenido, ella rara vez alzaba la voz o perdía su elegancia.
Necesito que seas clara en las partes que te gustaría negociar.
¿Cómo es posible que preguntes? Seré nada dentro del clan.
Serás mi esposa.
Pero no seré la matriarca, ni tendré derecho a nada, todas las propiedades de los Andrew son controladas por tu tía o por tu ex esposa.
Monica, compraremos propiedades…
No son las propiedades, es el lugar que me estás dando a mí, además estas condicionando la custodia de nuestros hijos.
Monica, querida, no te exaltes, en tu estado no es conveniente, permíteme explicarte. – le dijo Elroy en un tono calmado. Pero fue claro para ella que los papás de Monica no sabían de su embarazo, y que Monica se sorprendió de que ella lo supiera. – La cláusula que corresponde a los hijos, es estándar para los herederos directos, es por eso que yo críe a Anthony, a Stear y a Archie. Es la prerrogativa de la matriarca de los Andrew en casos especiales, como lo fue el fallecimiento de mi querida Rose, o en el caso de Diana y Allistear que vivían en un lugar de riesgo para los chicos…
Pero lo que usted me dice es absurdo, me está diciendo que a mis hijos lo criará Candy en caso de cualquier contingencia.
No necesariamente, podría ser Annie, o Patty, o la esposa de Anthony, pero si será prerrogativa de la matriarca, osea yo mientras viva o Candy cuando yo falte, el tomar esa decisión, pero no tiene que ser tan dramático todo esto hija, nadie está esperando que te mueras.
¿Y en caso de divorcio?
Debes entender que el primogénito debe ser criado por los Andrew.
ESTO ES BASURA…
Monica, contente por favor. – le dijo su madre en tono moderado.
Madre…
Monica, no estamos diciendo que no tendrás tu lugar como mi esposa, por supuesto que lo tendrás, es solo que dentro de las prerrogativas de mi tía está el decidir quién será su sucesora, y es lógico que lo sea su hija, la mujer que ha preparado todo este tiempo para el puesto, el acuerdo económico es generoso en caso de divorcio…
Pero las propiedades de los Andrew tal cual están fuera de mi alcance.
Y las de los Ainsworth del suyo, hija, es lógico. – le dijo su padre.
¿Estás de acuerdo en que firme esto?
Srita. Ainsworth, la propuesta económica es sumamente generosa, y por supuesto hay un incentivo monetario por cada hijo que tenga, no importa si son varones o mujercitas, eso no es estándar, y le cede el control de las propiedades adquiridas dentro del matrimonio, claro, mientras sus hijos alcanzan la mayoría de edad. –
Monica se sintió como una simple incubadora ante lo que el abogado le decía, pero al parecer nadie lo veía así.
No firmaré esto.
Bien, entonces no habrá boda, y esta es la demanda que estamos dispuestos a presentar para conservar la patria potestad del primogénito del patriarca de los Andrew. - le dijo Albert sin rodeos.
William…
No estoy jugando Monica, le daré mi nombre a ese bebé, me haré responsable, seré un buen padre, y si tu aceptas mis condiciones, seré un buen esposo, pero no me alejaré de mi hijo solo porque te niegues a casarte bajo mis términos. – le dijo él con la nota de acero en su voz que ella había escuchado tantas veces antes cuando conducía negocios. -esa es la propuesta, en lo económico estoy dispuesto a negociar, y de mi parte, no me interesa el 50 por ciento de lo que hagamos juntos, puedes quedarte con todo, pero las otras dos cosas no son negociables, ahora, todo esto es en caso de divorcio, y no estoy pensando en casarme para divorciarme, pero piénsalo, si quieres llévate los papeles a Londres, y me avisas cuál fue tu decisión, ahora sí me disculpas tengo asuntos que atender aquí, hay mucho que hacer para poder mudarme a Londres. – le dijo Albert mientras se ponía de pie para abandonar la sala de juntas.
Prométeme que no me pedirás el divorcio y me quitarás a mi hijo, dime que ese no es el plan. – le dijo ella un poco desesperada.
Monica, el plan es formar una familia juntos, una familia perfecta, necesitamos mantener esa imagen, por el bien de los negocios y del nombre de los Andrew, así que tú decides.
Ni siquiera estás garantizando que mi hijo mayor será tu sucesor.
Tal como están las cosas no es posible, tendremos que considerar a los hijos que Candy tenga en su momento, porque, aunque yo sea el patriarca ella será la matriarca, y juntos deberemos trabajar para el bienestar del clan, de la familia, nuestros hijos heredarán mi fortuna personal, en partes iguales, pero el legado y la fortuna de los Andrew, están sujetas a condiciones, y la más importante de todas es que sea legalmente comprobado que nuestros hijos sean verdaderamente Andrew.
¿Cómo te atreves? –
Monica, esto no es un juego, me conoces, sabes cómo hago los negocios, y este es tal vez el más grande de mi vida, no voy a dejar nada al azar.
Te casaste con ella sin prenupcial.
Sí, y lo volvería hacer por una razón muy sencilla, ella es una Andrew, no hay división de fortunas, no hay nada de qué preocuparse, pero el día que ella se case se presentará un prenupcial muy similar a este a quien sea su esposo.
No fue por eso, fue por…
Monica, no hagamos un espectáculo, sabes bien que las circunstancias de nuestro matrimonio son muy diferentes a las de mi matrimonio con Candy, heme aquí con el matrimonio anulado y sin un centavo menos, sin pleito legal más allá del poder de tomar las decisiones médicas correspondientes por sí sola, fue todo lo que peleó.
Ainsworth estaba ya molesto, no podía seguir viendo como la hija que había criado para ser la igual a su hermano, una mujer de negocios, independiente y estable se humillaba frente a William Andrew.
Wiliam, creo que todo esto no es necesario, si no la amas, no tiene caso que se casen ...
Papá …
Es la verdad Monica, serás la sombra de Candice Andrew toda tu vida, ¿eso es lo que quieres?
Señor Ainsworth hay muchas razones para tener un matrimonio, y al final de cuentas me atengo a lo que diga Monica, le ofrezco ser la señora Andrew, mi esposa, la madre de mis hijos, mi compañera, por supuesto que le seré fiel, y no puede esperar de mí un escándalo, pero los términos del prenupcial no son negociables.
¿Monica? – le preguntó su padre viéndola a los ojos.
Solo si juras que no la verás.
Eso tampoco es negociable, ella es la matriarca, es familia, para razones prácticas es mi prima, lo siento Monica, solo puedo prometerte que te seré fiel, y si eso no te es suficiente, no hay nada más que hablar.
Monica se sentía derrotada, humillada y acorralada, una parte de ella quería gritarle que se fuera al infierno, pero no se atrevía, por más desgraciado que estuviese siendo en ese momento, ella conocía al verdadero hombre enamorado, no porque lo hubiese sido con ella, sino porque lo había observado con Candy, y esperaba en secreto, también llegar a tener un día a ese hombre. Suspiró profundo, y armándose de valor le dijo.
Está bien, firmaré.
Bien, yo firmaré el mío en cuanto se hagan los cambios que estipulen que mi 50 por ciento de lo que hagamos juntos será de nuestros hijos.
Monica sumó otra batalla perdida a su guerra, pero ya se encargaría ella de equilibrar el total, eventualmente las batallas se decidirían a su favor, y la guerra estaba ganada, porque ella era la que se casaba con William Andrew.
Elroy Andrew y Lia Ainsworth decidieron viajar a la mañana siguiente para comenzar con los preparativos de la boda. Albert habló con su tía y con su prometida, antes de que se fueran.
No quiero una boda fastuosa, solo algo sencillo y privado hasta donde se pueda.
Pero William…
No quiero atraer atención indeseada Monica, eso es todo, por favor toma en cuenta mis deseos, porque me niego a vivir un circo. Tía, por favor encárgate de que así sea.
Está bien hijo, creo que el Ritz, será apropiado.
Me parece bien tía. Gracias.
William besó la mejilla de su tía y luego la de su prometida, y después dio media vuelta para dirigirse a su próximo compromiso.
Madame Elroy…
Monica, no puedes culparlo, así como lo orillaste a casarse no podías esperar otra reacción, tal vez en otras circunstancias si hubieses dejado correr el tiempo, otra cosa sería, por ahora, hay que dormir en la cama que uno mismo hace, anda, vamos, tenemos dos semanas para planear esa boda.
Mansión de Chicago.
Candy había pasado toda la semana en espera de su oportunidad para hablar con él, pero aún después que el regresara de Nueva York, no se había quedado en la mansión, y hablar con él en otro momento o lugar había sido simplemente imposible, lo había vislumbrado en las oficinas, pero siempre rodeado de clientes, había tratado de buscar un pequeño espacio para hablar con él y nada.
Pero esa noche él destino parecía estar de su lado, pudo ver al frente de la mansión estacionado su soberbio Lamborghini, Albert estaba en casa. Ella descendió del Mercedes, tomando la mano que el chofer le extendía bajó, ascendió las escaleras con paso decidido, iba a hablar con él a como diese lugar.
El apuesto rubio caminaba de un lado al otro de la biblioteca con un vaso de whisky en su mano, había llegado temprano, había empacado cosas, el martes volaría a Londres, para de ser posible no regresar jamás, había decidido que necesitaba un océano de distancia entre él y la mujer que le había dicho que sería eternamente suya. Su mente regresaba al mensaje que ella le dejara en el espejo del baño del penthouse, suspiró y se dijo a sí mismo.
-Querida Candy, tan fácil que hubiese sido decírmelo en mi cara, pero no, tenías que huir, por supuesto… y esperabas que yo como un idiota esperara por ti una vez más. Ya no más… - sus monologo fue interrumpido por la puerta que se abría, y a través de ella aparecía como una visión angelical una hermosa rubia vestida de blanco, sencillo razo blanco profusamente bordado en negro, un vestido strapless, moldeado a su figura, un diseño elegante, exquisito… inspirado en el que llevara Audrey Hepburn en Sabrina, y por supuesto se veía espectacular. Esa noche había asistido una gala en la ópera, seguramente al día siguiente ella aparecería en las primeras planas como una de las mujeres más bellas de la fiesta.
Albert… ¿podemos hablar? –
Albert suspiró, la vio decidida, leyó su mirada, se sabía hermosa, irresistible y venía a intentar ganar su corazón una vez más.
No tiene caso querida mía. – las palabras sonaban acariciadoras en su tono grave, pero a la vez frías y distantes.
Albert, mi amor, por favor.
Ja, por ahí va el asunto. – le dijo él sabiendo que había dado en el clavo. - Candy, no nos hagas esto, déjanos un poco de dignidad.
Pero Albert, te amo, estoy arrepentida, me equivoqué, cuando me fui a Yale esperaba pasar seis meses y volver siendo la mujer que tu necesitabas a tu lado…
Candy, me usaste, como objeto sexual, y luego me dejaste.
No mi amor, no era ese el plan, solo quería que esperaras algo de tiempo…
¿Y hasta ahora me informas que tenías un plan para nosotros?, Dios, ¿y era tan secreto que no podías si quiera compartirlo conmigo? ¿a pesar de que un día prometimos que compartiríamos todo?, lo bueno, lo malo, todo.
Albert, amor, por favor, escúchame ...
¿Qué te escuche?, Candy, hace meses que perdiste ese derecho, resulta que ahora si quieres hablar, cuando te supliqué, te rogué que habláramos, que aclaráramos las cosas, que me hicieras parte de tu vida, que me incluyeras en tus planes, es que acaso esos planes eran tan descabellados que pensaste que no lo entendería... Candy me dejaste en medio de la peor incertidumbre, sin saber qué diablos había hecho mal, en qué te había fallado, qué debía cambiar o si realmente había un nosotros.
Albert, siempre ha habido un nosotros, he pensado mi vida para hacerla parte de la tuya y que compartamos todo, solo quería ser la mujer que necesitabas a tu lado.
¡No seas ridícula Candy, nunca te sentí alguien que estuviera ahí para mí, eres tan egoísta que solo querías que todo en "nuestra" supuesta relación girara en torno a ti, ahora te justificas y me dices que todo esto, el abandono, la vergüenza y el desamor al que me sometiste por meses lo hiciste por y para mí! - Albert río irónico, no podía creer todo lo que Candy le decía, no después de tanto tiempo y tanto dolor.
Lo lamento, Albert, sé que he cometido muchos errores contigo, con nuestra relación, pero estoy arrepentida, te amo y no quiero perderte, no por mí, por mi inmadurez. - Candy lloraba, no lograba contener las lágrimas de dolor al ver la furia en la mirada del rubio y la impotencia que sentía al no poder convencerlo de darle una oportunidad a su relación.
No me digas, que ahora si soy lo mejor para ti, después que me gritaste la noche de nuestra boda, que era lo peor que te había pasado, que eras mi obra de caridad, que cada error que cometías era mi burla personal y de mis amigos, que era tan poco hombre, que incluso habías tenido mejores amantes, ahora si soy lo mejor de tu vida y el único con quien has pensado vivirla plenamente y con quien tienes un proyecto de vida, ¿quieres una oportunidad para qué?, respóndeme Candice White, ¿para qué quieres que me quede a tu lado? - Albert grito esto último con rabia, ira, frustración no podía creer que después de un año de tanto dolor, ahora ella estuviera dispuesta a todo por él, justo cuando no había tiempo, cuando todo estaba decidido, cuando ahora era él quien se había equivocado y estaba pagando con creces la culpa de sus errores.
Albert, amor, Derek y yo, nunca,
¿Nunca? Candy, el mismo Derek me restregó en mi cara que fuiste su mujer, porque yo te abandoné y tú, me gritaste que era mucho mejor hombre que yo en muchos aspectos….
Derek y yo solo estuvimos juntos una sola noche, la noche del secuestro, debes entenderme, estaba pensando en ti y todo el tiempo me sentí miserable, por Dios Albert, dijiste que no te importaba nada de eso, que me entendías, que me amabas, un sentimiento así no se puede simplemente esfumar, sé que no es excusa, pero la noche de nuestra boda, me sentía herida, miserable, vulnerable, sucia, rota y todo lo que dije era para que sintieras un poco de mi dolor. Me equivoque en todo y lo siento, fui una cobarde, debí haber luchado, si pudiera regresar al pasado haría las cosas de manera tan diferente, sí aún estaríamos casados y juntos, tal vez hasta tendríamos una familia. Perdóname mi amor por todo, me equivoque, pero te amo, no te cases, aún hay esperanza de un nosotros.
Maldita sea Candy, he esperado por ti toda una vida. Pero ese día en el aeropuerto decidí que nunca más, así que por favor no te humilles.
Candy estaba sorprendida, Albert por fin había hablado, había sacado todo lo que había guardado por años y jamás se había atrevido a decirle, a reprocharle, la culpa y la impotencia la inundaron y en ese momento, supo con certeza que ese hombre frente a ella, no solo estaba herido a muerte, sino que en su corazón había un gran vacío, que ella se había encargado de ahondar con cada error, con cada insensatez y con cada paso, que no solo había edificado un abismo entre ellos, sino los había dejado muertos sin esperanza, Candy simplemente no encontraba las palabras, así que se abalanzó a sus brazos, y se apretó a él, Albert le devolvió el abrazo, por lo que pareció una eternidad sus corazones volvieron a latir al mismo compás, él buscó su rostro sin dejar de abrazarla, levantó su cara para que lo viera a los ojos.
¿Tienes el luckenbooth y el prendedor de los Andrew? – ella sonrió entre lágrimas y se separó un poco de él, tomó una cadena larga que pendía de su cuello y sacó su contenido de su escote. Albert vio lo que llevaba al cuello, los anillos y el luckenbooth, y se percató que llevaba prendido en su escote el prendedor de los Andrew.
Los necesito de regreso.
Pero… Albert, mi amor, por favor perdóname, no me abandones, iré contigo a dónde sea, te amo, no puedes echar a la basura tantos años…
No linda, eso lo hiciste tú más de una vez.
Pero…
Candy, mírame por favor… hace un año hubiese dado mi vida por escuchar las palabras que salen de tu boca…
Nunca es tarde…
Ahí es dónde te equivocas princesa, hay veces, qué si es demasiado tarde…
Albert, nada de lo que te dije el día de nuestra boda es cierto, por supuesto que tú no eres culpable de todo lo que te culpé, no es cierto que Derek fue alguien en mi vida, no es cierto que… ¿sabes? Él tiene novia, sé que ha habido fotos, pero no es cierto, Albert permíteme ser tu amiga, dame una oportunidad, intentémoslo de nuevo…
Candy… No puedes esperar que vuelva a cancelar una boda, además, está vez las circunstancias son diferentes, Candy, una relación se edifica, es de dos, y en la relación que tú y yo tuvimos pareciera que solo yo formé parte de ella, cuando necesitaba que lucháramos juntos me dejaste solo, así que ya todo está perdido, mi decisión de casarme con Monica es irrevocable. -
Las palabras de él hicieron mella en su ser, la palabra irrevocable resonaba en su mente, cada una de las palabras que él había dicho le destrozaban el corazón, todos estos días, desde el anuncio de su compromiso, ella había creído que al igual que con Anelisse solo bastaría que ella lo buscara, hablara con él, le declarar su amor, y entonces, él dejaría todo botado por ella una vez más… tal vez en unos meses… el recapacitaría… pero Candy recordó que no tenía unos meses, había visto el anuncio de boda, y la invitación, la ceremonia sería en dos semanas… No había más tiempo, no había más futuro, había perdido.
Albert la observó, se sentía vacío, destrozado, derrotado, había fallado, había permitido que el dolor y la ira lo cegaran, y ahora pagaba con creces, perdía para siempre a la mujer de su vida, irremediablemente sus caminos estaban separados de por vida, para siempre, no había marcha atrás, por unos segundos meditó, y trató de encontrar una salida, pero había pasado tanto entre ellos, y había tantos obstáculos ahora, que era simplemente imposible.
Candy sintió como las fuerzas la dejaban, se tomó de las solapas de su saco, y lo vio a los ojos suplicándole con la mirada que se retractara de lo que acaba de decir.
No, Albert…
William, Candy, William Andrew se casa con Monica Ainsworth, Albert se murió meses atrás en el aeropuerto. El hombre que te amó, ya no existe.
Su delicado cuerpo se convulsionó en llanto, él la abrazó un rato y luego delicadamente desabrochó la cadena y tomó el luckenbooth. Levantó su rostro, para verla a los ojos, limpió con sus manos sus lágrimas, y la besó fugazmente en los labios. Candy supo que ese era el adiós, ya no había nada más que hacer, desprendió de su vestido el prendedor que había sido su más grande tesoro por más de diez años y se lo extendió. Él lo tomó, puso en su mano la cadena con los anillos y simplemente le dijo:
Sí no quieres asistir lo entenderé… sólo recuerda… "Eres más linda cuando ríes que cuando lloras. " - besó su frente, y dio la media vuelta para salir de la biblioteca.
Candy se derrumbó sobre el piso exquisitamente alfombrado, lo había perdido de manera definitiva, comprendió que tal vez si ambos hubieran hecho las cosas diferentes, ahora habría posibilidades de construir un futuro juntos, incluso hoy serían amigos y a partir de ello podrían tratar de reconstruir su relación, pero ahora todo estaba sellado, concluido, destinado a ser un capítulo hermosamente doloroso en la vida de ambos.
Supo con certeza que William Albert Andrew estaba más que molesto, era un hombre roto, dividido, sin paz, un hombre lleno de remordimientos y culpa, un hombre que se sentía cansado, decepcionado y herido no sólo por ella, sino por la vida, Candy no dejaba de preguntarse qué había pasado con aquel maravilloso hombre, ¿cómo es que había cambiado tanto en tan pocos meses?
Se sintió culpable y herida con la certeza de que Albert estuviera decidido a sacarla de todos los rincones de su vida posible, no quería ningún recordatorio que algún día, ahora lejano y distante la había amado con locura e incluso había planeado hacer una vida juntos.
Candy supo en ese instante cuando Albert le había pedido el broche y el luckenbooth, sellaba la promesa de olvido entre ellos, ese gesto le dio a entender que no sólo estaba terminando con la relación, estaba arrancándola de su corazón, de su vida, de sus memorias, de sus recuerdos, de su pasado, cerraba para siempre su corazón y le dejaba claro, que ya no quedaba nada entre ellos, ni siquiera amistad.
Candy se sentía herida, estaba muy triste, furiosa, destrozada, ese hombre que se había sentido tan frío que aún en sus gestos de ternura de esa noche no era ni la sombra del hombre que la amó, la había dejado afuera, en el frío, se había rendido, y ahora ella tenía que vivir sabiendo que él pertenecía a otra mujer, Candy estaba más que herida, estaba destrozada, desamparada, por primera vez en años no sabía qué hacer, se sentía que él piso bajo sus pies no la sostenía, que había perdido su alma, su corazón, su razón de ser, de vivir, que estaba realmente vacía y sola, Albert lo había sido todo para ella, a lo largo de los años fue su constante, el único motivo para levantarse, luchar, para ser feliz, para sentirse completa, amada y parte de una familia, parte del mundo, en se instante Candy White sabía que todo eso se había ido con él a través de esa puerta.
Lloraba, sentía frío, el dolor era tan grande, tan desgarrador, y tan abrumador que no sabía cómo poder continuar respirando sin que doliera, sentía cada músculo del cuerpo sin fuerza, la energía vital la abandonaba, que cada bocanada de aire era como 1000 puñales atravesando su pecho, que no tenía idea de cómo seguir viviendo a partir de mañana, sin él, ya sin la esperanza de verlo, de amarlo, sin sentirlo, si, su vida perdía su luz, nunca, ni siquiera cuando toco fondo se había sentido tan perdida, porque aún en ese instante lo tenía a él, ella sabía que aún en medio de esa oscuridad Albert aún era parte de su vida.
La única certeza que Candy tenía en ese instante era que no le daría del gusto de ir a atestiguar el enlace del hombre de su vida con la otra y definitivamente no le daría el gusto a Monica de verla destrozada por un hombre.
Lakewood.
Albert descendió del auto, el portal estaba lleno de rosas, su fragancia inundaba todos los rincones, y él estaba seguro de que esta visita era para despedirse, seguro regresaría para algún funeral, pero Lakewood jamás sería su hogar de nuevo, ninguna de las mansiones de los Andrew, a decir verdad, su hogar sería al lado de Monica, en la mansión que ella había escogido ya, sus memorias al lado de Candy debían ser enterradas, el círculo cerrado, era tiempo de decir adiós a la ilusión más grande de su vida, él no sería Terry, se casaría con Monica, y sería un ejemplo intachable para sus hijos, les daría una buena vida, y si bien, no creía que podría algún día amar a Monica como amaba a Candy, tal vez podría encontrar camaradería, compañía, tal vez ni siquiera eso, pero debía hacer hasta lo imposible porque Candy si lograra ser feliz, debía ayudarle a cerrar el capítulo.
Se cambió, salió de la mansión con el tartán ceremonial, y su gaita, fue a los establos sabía perfectamente que Nazgul no estaría ahí, pero tomó otro caballo, uno color blanco, hermoso, un pura sangre, como todos los otros, este se llamaba Galahad, era un caballo mayor, un caballo sabio, un caballo en el que él había montado muchas veces con Candy, frente a él en la silla, casi podía sentir su presencia a su lado, tomó rumbo a la cascada, en cada paso que Galahad daba, Albert recordaba un pequeño detalle, y un pedazo de su alma se desgarraba, tal como le había dicho a Candy, al lado de una mujer como Monica Ainsworth, él no sería Albert, porque al final del día, esa era una faceta de él que solamente Candy conocía por completo, para Monica él siempre había sido y seguiría siendo William Andrew.
Cuando llegó a la cascada desmontó, y sin saberlo recorrió el mismo camino que ella tomara tan solo unas dos semanas atrás, llegó al pie del árbol bajo cuya sombra habían tenido su último picnic, con la vista perfecta a la cascada. Descendió de su montura, y se dispuso a cavar, cuando el pequeño hoyo fue lo suficientemente profundo, sacó un estuche de cuero, lo abrió, y besó el pendiente que ahora sabía Candy había llevado junto a su corazón durante los últimos meses, lo depositó dentro, mientras los cubría con tierra susurró en gaélico.
Tá tú ceann amhain go bhfuil mo chroi. (eres la única que tiene mi corazón) –
Se puso en pie, y volvió a montar a Galahad, había un lugar más al que debía ir, antes de regresar a la mansión, y de ahí tomar su auto para ir al hangar que lo llevaría hacia su futuro.
Cabalgó por casi una hora, recordando, tratando de tatuar en su mente los paisajes que sabía no vería en mucho tiempo, tal vez nunca más, no estaba dispuesto a permitir que sus heridas se reabrieran una vez que se hubiese mudado definitivamente, por fin, a lo lejos divisó el lugar que buscaba, una colina, con un enorme árbol, y no muy lejos de ahí la casa donde su princesa se había criado.
Llegó y ató a Galahad a un árbol, mientras subía la colina por su lado acostumbrado, se trepó a la cima del padre árbol para contemplar la vista una vez más, después de unos minutos descendió, cavó una vez más, y tomando en sus manos el prendedor de los Andrew lo depositó como ofrenda a los pies del viejo gigante que había sido mudo testigo de su amor más de una vez. Se irguió y tomando su gaita entonó la melodía que a una pequeña rubia pecosa se le había parecido caracoles arrastrándose.
Las melancólicas notas llenaron el aire, Candy lo escuchó a lo lejos, había ido al hogar por dos días, sabía perfectamente que era él, se vistió apresuradamente y salió corriendo, su príncipe de la colina había regresado, Albert la observó desde su punto ventajoso, correr hacia la colina, llevaba un vestido primaveral en color amarillo, se veía, radiante, pero él pudo identificar perfectamente el dolor, y la rabia que también le perseguían a él, suspiró profundo, terminó la melodía, y sin esperar a que ella llegara, dio la media vuelta con la intención de nunca más mirar atrás, cuando Candy llegó a la cima no encontró a nadie. Divisó no muy lejos de ahí un caballo blanco que galopaba, y la inconfundible figura de su amado, él jaló las riendas para detener al corcel por un momento, la vio ahí arriba, sabía que lloraba, pero ya no había marcha atrás, le lanzó un beso en el aire, y continuó con su camino.
El Príncipe de la Colina dejaba de existir, su corazón se quedaba en esas tierras, una parte sepultada junto al luckenbooth y sus sueños en lo alto de la cascada dónde él le salvara la vida por primera vez, la otra, al pie del padre árbol, junto con el prendedor del príncipe, y un futuro ahora extinto, y el último, el último fragmento de su corazón, estaba en poder de una hechicera de ojos verdes, que en realidad nunca lo había amado, pero que era la mujer que él amaría hasta el final de sus días.
