Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares, o nombres aquí mencionados son de mi pertenencia. Todos son propiedad de ©Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
~Cuento de Hadas~
Por: Devil-In-My-Shoes
Capítulo XXXVI
El silencio que siguió duró sólo un instante, hasta que el príncipe Bolin, lord Zuko y todos los demás llenaron el palco real con sus atropelladas exclamaciones. Korra no prestó atención a sus comentarios. Echó la mano atrás, encontró el hombro de su padre y se hundió en su abrazo, deseosa de liberar a sus piernas del peso del cuerpo antes de que cedieran. Se esforzó por mantener la conciencia, ya que veía que empezaba a fallarle la vista; lo último que quería era desmayarse frente a las cazadoras de su tribu y los miembros de la Partida Real.
Una suave presión sobre el hombro la alertó de que Asami estaba a su lado, con un montón de vendas en las manos.
—Korra, ¿puedo curarte? —preguntó Asami, con una expresión tan preocupada como dubitativa, como si no estuviera segura de cuál iba a ser la reacción de Korra.
Korra dio su aprobación con un gesto.
Mientras Asami empezaba a vendarle los brazos ensangrentados con tiras de tela, dos mujeres guerreras, de fiero porte ignita, se acercaron. Le hicieron una leve reverencia y la más vieja de ellas dijo:
—Nunca antes alguien ha soportado tantos cortes durante el Agni Kai. Tanto tú como Azula han demostrado su temple, pero sin duda tú eres la vencedora. Le contaremos tu logro a nuestro pueblo, y ellos te rendirán lealtad como nueva e irrevocable Cazadora Real.
—Gracias —dijo Korra. Cerró los ojos, sintiendo el pulso de los brazos cada vez más fuerte.
—Mi Señora —se despidieron ellas.
A su alrededor, Korra oyó una amalgama de sonidos que no hizo ningún esfuerzo por descifrar, optando en su lugar por retraerse mentalmente a su interior, donde el dolor no resultaba tan inmediato ni amenazador. Flotaba en un espacio negro infinito, iluminado por burbujas informes de colores cambiantes. Sólo entonces, sumida en aquel vacío propio, lo comprendió. Había derrotado a Azula. La victoria era suya. Era, por fin, la legítima sucesora al puesto de Izumi como Cazadora Real.
Su descanso se vio interrumpido por la voz de Asami.
—Debería dejar que Kya se encargue de curar completamente tus heridas, pero no he podido evitar venir a atenderte…
Korra se incorporó de entre los brazos de su padre, abrió los ojos y vio a Asami, a Mila y al príncipe Bolin frente a ella. Lord Zuko y su séquito también habían abandonado el palco real, y se encontraban rodeando a Azula de la misma manera que sus amigos lo hacían con ella.
—No —dijo Korra.
Asami y el príncipe la miraron sorprendidos, y entonces intervino la joven:
—Korra, las nubes oscurecen tus pensamientos. La prueba ya ha concluido, no tienes que soportar esos cortes. En cualquier caso, tenemos que interrumpir la hemorragia.
—Asami… Ya estás haciendo lo que debes —se miró las vendas que la joven había comenzado a colocarle alrededor del brazo izquierdo—. Luego le pediré a Kya que me cosa las heridas y que me haga un emplasto para reducir la hinchazón. Eso será todo.
—Pero, ¿por qué?
—El Agni Kai requiere que las heridas se curen de forma natural. Si no, no habrán experimentado en toda su medida el dolor que supone la prueba. Si Korra viola la regla, Azula será declarada vencedora —aseveró la gran cazadora Mila.
Korra se rió y dejó caer la cabeza hacia el lado, algo mareada.
—Las cazadoras tenemos que ganar la prueba sin ayuda; así nadie podrá cuestionar mi liderazgo en el futuro. Sé que ha de parecerte algo crudo, Asami, pero…
—Pero… ¿y si hubieras perdido? —dijo el príncipe Bolin, en un tono de voz sepulcral.
—No podía perder. Aunque me hubiera supuesto la muerte, nunca habría permitido que Azula se hiciera con el control de la Partida de Caza Real.
Con gesto grave, Bolin se la quedó mirando un buen rato.
—Te creo. Pero, ¿piensas que la lealtad de las cazadoras de los Cuatro Reinos vale realmente un sacrificio tan grande? No eres un bien común que se pueda reemplazar fácilmente. Eres mi amiga, Korra…
Cada vez que bebía vino, aguamiel o, licores fuertes, Korra cuidaba especialmente sus actos y declaraciones, ya que, aunque pudiera no darse cuenta en un primer momento, sabía que el alcohol le alteraba el juicio y la coordinación, y no tenía ninguna intención de comportarse de modo inapropiado o de darles ventaja a los demás a la hora de charlar con ella.
Embriagada de dolor como estaba, no se dio cuenta de que habría tenido que prestar más atención a su discusión con Bolin, la misma que si se hubiera bebido tres jarras del aguamiel de moras que suele preparar su padre durante el verano.
—¿La lealtad de las cazadoras? No. Esto supone para mí algo que va mucho más allá de la Partida de Caza Real o de ayudar a unir nuestras fuerzas… —se volvió hacia Asami y la tomó delicadamente de la mano—. Un sacrificio tan grande… Vale la pena si me da el derecho de estar con la mujer que amo. Y ésa es una recompensa por la que afrontaría la muerte una y otra vez…
—¡Korra! —masculló Asami, con un gesto acalorado de nervios crispados—. Ahora no es momento de…
—No te culpo por tener miedo, señorita Asami —la interrumpió el príncipe, al tiempo que intercambiaba una mirada de resignación con ambas mujeres—. Las leyes de mis abuelos me resultan también difíciles de comprender; y sé que son un martirio para muchas otras personas, además de ustedes dos. En verdad lo lamento.
E inclinó ligeramente la cabeza, cual si les ofreciera a ambas una corta reverencia.
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En los recuerdos de Korra apareció una laguna: una ausencia de información sensorial tan total que no se dio cuenta de aquella carencia hasta que cayó en que la ex capitana Lin estaba agitándole el hombro y diciéndole algo en voz alta. Tardó unos momentos en descifrar los sonidos que salían de su boca, y entonces oyó:
—¡… no dejes de mirarme, demonios! ¡Así! ¡No te duermas otra vez! ¡Si lo haces, no volverás a despertarte!
—Ya puedes soltarme, Lin —dijo ella, esbozando una débil sonrisa—. Ya estoy bien.
—Ya. Y mi tío Urset era un oso.
—¿No lo era?
—¡Bah! Eres igual que tu madre: siempre despreocupada en lo que concierne a tu seguridad. Por mí, las tribus y todas sus viejas tradiciones pueden irse al diablo. Deja que Kya te cure con magia. No estás en condiciones de tomar decisiones. ¡Sólo mira lo que le soltaste al Príncipe! —la reprendió—. Has tenido suerte de caer en la gracia del hijo más gentil de Su Majestad, de lo contrario tú y Asami…. ¡Ah, maldita sea! ¡No quiero ni imaginarlo!
—Te preocupas como una vieja, Lin. Bolin es uno de mis mejores amigos. Dije lo que tenía que decir. De todos modos, pronto me nombrará Cazadora Real. Asami y yo no corríamos ningún peligro, ni volveremos a correrlo. Soy libre de admitir lo que siento por ella —sonrió ampliamente—. Somos libres de amarnos.
Asami apareció a su lado y se inclinó sobre Korra.
—¿Cómo te sientes? Nos has dado un buen susto, Korra.
—De hecho, aún nos tienes asustados —precisó Lin.
—Bueno, ya estoy mejor —dijo Korra, irguiéndose en la cama y procurando no hacer caso del ardor que sentía en los antebrazos—. En serio, estoy bien, nunca he estado mejor. Puedo descansar esta noche, y mañana estaré a punto para enfrentarme a los asuntos que requieren mi atención.
—¡De ninguna manera!
Kya entró en el salón, cargada con varias bolsas y cestas en los brazos. Como siempre, su larga melena plateada formaba una nube borrascosa alrededor de su rostro, que denotaba preocupación. Le seguía el viejo gato Arquímedes, a modo de escolta personal. Inmediatamente se dirigió hacia Asami y empezó a frotársele contra las piernas, arqueando el lomo al mismo tiempo.
Kya depositó los bultos en el suelo, se encogió de hombros y dijo:
—Desde luego…, entre tú y Lin, me paso la mayor parte del tiempo con guerreros y cazadoras, curando a gente que no tiene el sentido común necesario para darse cuenta de que no es bueno rebanarse el cuerpo en trocitos —protestó, al tiempo que se acercaba a Korra y empezaba a desenrollar las vendas que envolvían su antebrazo derecho. Chasqueó la lengua en señal de desaprobación—. En casos normales, aquí es cuando la sanadora le pregunta al paciente cómo está, y el paciente miente entre dientes y dice: «Oh, no demasiado mal», y la sanadora responde: «Bueno, bueno, pues ánimo; te recuperarás enseguida». Pero creo que es evidente que no vas a poder ponerte a dirigir campañas contra la reina fey mañana mismo. Ni mucho menos.
—Me recuperaré, ¿verdad? —preguntó Korra.
—Lo harías si pudiera usar la magia para cerrar esas heridas. Como no puedo, es un poco más difícil saberlo. Tendrás que sufrir como la mayoría de los mortales y esperar que ninguno de los cortes se infecte —respondió. Hizo una pausa y miró directamente a Korra—. Te das cuenta de que quedarán cicatrices, ¿no? Muy pronto no tendrás espacio para más de esas en tu piel.
—Cómo si me importara.
—Claro que no. Yo tengo la culpa por preguntar.
Korra refunfuñó y levantó la mirada hacia Kya mientras ésta le cosía cada una de las heridas en ambos brazos, para luego cubrirlas con una gruesa cataplasma de hojas húmedas. Por el rabillo del ojo vio a Arquímedes subiéndose a la mesa de un salto para sentarse junto a Asami. El gato alargó una de sus grandes y peludas zarpas, enganchó un trozo de pan del plato que tenía delante y jugueteó con aquel bocado, dejando a la vista sus relucientes colmillos blancos. Los negros mechones de sus enormes orejas se agitaban al tiempo que las orientaba de un lado al otro, escuchando a los soldados que, enfundados en sus armaduras, pasaban frente a la enfermería del palacio real.
Korra se preguntó cuánto tiempo llevaba inconsciente, ni si quiera recordaba cómo o cuándo fue que la llevaron hasta ahí. Palpó el mullido colchón bajo su adolorido cuerpo y suspiró. Si esto se trataba de un sueño, esperaba nunca despertar.
—Mierda —murmuró Kya—. Sólo a las cazadoras ignitas se les ocurriría cortarse los brazos para determinar el liderazgo de su tribu o un ejército. ¡Idiotas!
A Korra le hacía daño cuando se reía, pero no pudo contenerse.
—Es algo que no puede evitarse —dijo, cuando se calmó el dolor.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Asami— ¿Habrá una ceremonia de nombramiento o algo por el estilo?
—Eso se los haré saber yo cuando llegue el momento —replicó Lin—. Guarden energías por ahora. Creo que todos nos merecemos un descanso.
—Y un trago de algo fuerte —añadió Kya, que acababa de fijar la última venda alrededor de los brazos recién suturados de Korra.
Lin enarcó una ceja.
—Convengo en ello. Asami, muchacha, ¿tú quieres quedarte aquí?
La joven tomó asiento al lado de Korra en la cama y asintió efusivamente.
—Está bien —suspiró la ex capitana—. Entonces las dejaremos solas por el momento. Kya, ven conmigo, te mostraré en dónde esconden los soldados sus mejores licores.
Arquímedes saltó de la mesa y se dispuso a seguir a las dos mujeres mayores. Antes de desaparecer detrás de la puerta que se cerraba, miró fijamente a Korra e inclinó un poco la peluda cabeza.
Cazadora Real… —maulló y se marchó.
En silencio, por fin a solas, Korra se vio a sí misma esbozando una sonrisa, quizás demasiado amplia, en presencia de Asami, sonrojándose cada vez que la joven le ofrecía una sonrisa cómplice o una burla ligera en respuesta. Estaba bastante segura de que Asami entendía la efusión de sus emociones, pero había una parte de ella que todavía quería permanecer un poco controlada al respecto. ¿Incertidumbre, tal vez? La miró una vez más, inquisitiva y Asami cedió a su petición muda de romper el silencio.
—¿Estás segura de que te encuentras bien? Perdiste mucha sangre y te ves pálida. No has tenido ni un momento de descanso desde que huimos del reino Aqua; recién te recuperas de una tortura para volver a someterte a otra. Admiro lo fuerte que eres, Korra.
—Estoy acostumbrada al dolor —respondió simplemente la cazadora—. Pero para ti es aún algo demasiado nuevo. No tenías por qué molestarte en experimentar el Agni Kai conmigo, Sami. Sé que estuviste usando tu don todo el tiempo…
—¿Cómo?
Korra ignoró su pregunta.
—Tú eres más fuerte. Yo no he tenido que sufrir «también» el dolor de Azula. Gracias por permanecer a mi lado. Sé lo que te debe de haber costado, y te estoy agradecida.
—Jamás te hubiera dejado sufrir sola por algo que nos beneficiará a ambas. El dolor es aún algo nuevo para mí, tienes razón, pero he decidido que quiero acostumbrarme a él junto a ti; quiero experimentarlo todo contigo, lo bueno y lo malo.
Korra la miró a los ojos, a esos verdes y hermosos ojos.
—¿Estás segura de eso? Temo que si permaneces conectada a mí, el placer será escaso y el sufrimiento podría ser más del que puedas soportar. Me basta con tenerte a mi lado, Sami. No es necesario que padezcas mis heridas conmigo.
Asami permaneció en silencio, pensativa. Korra desvió la vista hacia la puerta cerrada. Entonces se dio cuenta de que Asami cogía su mano y la acercaba hacia sus labios…. Lo cerca que se encontraban la una de la otra… Volvió a mirarla.
—Sólo déjame soportar la carga contigo —dijo tras besar los nudillos de la cazadora.
El corazón de Korra latía muy rápido. En el instante en el que había notado la calidez de la mano de la joven y la suavidad de sus labios sobre su mano, los latidos de su corazón se habían acelerado de forma repentina y no había logrado impedir que un ligero rubor tiñera sus mejillas. Asami no dejaba de mirarla a los ojos.
—No quiero volver a privarme de ti, Korra —musitó al tiempo en que besaba nuevamente sus nudillos—. Mi Korra… Sabes que esta guerra puede destruirnos, puede separarnos… Dices que ya no corremos peligro, pero la verdad es que nunca hemos estado a salvo.
Aquella noche las estrellas daban la impresión de ser objetos fríos y quebradizos, y la luna parecía encontrarse más lejos de lo normal; Korra pronto la perdió de vista, a través del cristal de la ventana, cuando una nube oscura se estiró lentamente hasta cubrirla.
Al fin Asami habló en un tono tan quedo que la cazadora tuvo que acercársele para oír lo que decía:
—¿Cuántos años crees que vivirás?
—Pues, la verdad, no lo sé —rió sorprendida Korra—. Muchas mañanas al despertar, me digo que puedo morir ese mismo día. —Tras una pausa, añadió—. Pero jamás permitiría que algo así pasara. Asami, ¿por qué…?
—Es muy probable que un día de éstos me atrape un guerrero fey o me atraviese una flecha a pesar de mi magia o tu deseo de protegerme. No es una idea morbosa, sino realista.
Korra la escuchaba con la espalda apoyada en el respaldar de la cama, consciente de que su mano continuaba atrapada en el suave agarre de Asami.
—Confío en que no sea causa de un dolor excesivo para mis amigos o para ti, Korra —continuó ella—. Y espero que entiendan que era inevitable.
Un escalofrío la hizo estremecer; el verano había quedado atrás, el otoño agonizaba y no pasaría mucho para ver caer los primeros copos de nieve. Korra percibió por primera vez el viento helado que se colaba en la habitación, muy a pesar del fuego que ardía en la chimenea al fondo de la estancia.
—Está bien —exhaló finalmente la cazadora—. Si crees que es lo mejor que podemos hacer mientras sigamos con vida, entonces cargaremos juntas con la carga de ambas.
Sin darle tiempo a reaccionar, hizo que Asami le soltara la mano y la atrajo hacia sí, estrechándola con fuerza entre sus brazos. Resistió el dolor de sus cortes y la abrazó como si aquella fuera su última noche juntas.
—Ahora déjame a mi aliviarte el cansancio, Sami —le susurró—. Veo claramente cómo cada vez te cuesta más abrir los párpados cuando pestañeas. Tienes sueño. Acurrúcate y duerme un poco. Tú también luchaste con mucho valor hoy. Y nada menos que contra Azula; no te culpo por encontrarte exhausta.
—Pero tú… —protestó ella.
—Shh. Sé que debo mantenerme despierta. Descuida, me distraeré jugando con tu cabello. Se te ha enredado bastante, no deberías usarlo tan largo si pretendes luchar en la guerra.
Sin poder resistirlo más, Asami apoyó su cabeza sobre el hombro derecho de la cazadora y cerró los ojos.
—Ni se te ocurra cortarlo mientras duermo —gruñó—. Se quedará largo, igual que como solía lucirlo mi madre. Ya me las ingeniaré si llega a estorbarme.
Korra se rió suavemente.
—De todos modos me gusta más verte así, Sami.
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No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se había quedado dormida. Cuando despertó, lo primero que notó fue un olor que le resultaba familiar, en ese momento no supo reconocerlo, pero era muy agradable, así que inspiró con fuerza, deleitándose con el aroma. Lo siguiente que notó fue que ya no estaba sentada, apoyada en el hombro de Korra, sino que ahora estaba tumbada con la cabeza sobre algo. También notó algo cálido sobre su mejilla. Al abrir los ojos solo vio algo azul que parecía tejido. Alzó la mirada hacia arriba y vio a Korra con la espalda apoyada en el respaldo de la cama y la cabeza inclinada hacia un lado, contemplando las llamas de la hoguera.
Al parecer, mientras dormía, Asami había acabado tumbada en la cama con la cabeza apoyada en el regazo de la cazadora. El olor que había sentido era el de Korra, lo cálido que notaba sobre la mejilla era su mano y el tejido azul la túnica que llevaba.
Al ser plenamente consciente de dónde se encontraba, Asami pronto se relajó. Estaban solas en esa habitación, nadie podía verlas. Se acercó más y hundió su cabeza en el estómago de la cazadora, disfrutando de la calidez que desprendía y de su aroma. Le gustaba cómo olía Korra, era un aroma natural, sin una pizca de perfume. No es que no le gustaran los perfumes, pero recordaba que Lady Malina solía excederse con los aromas que se echaba y atontaba completamente su sentido del olfato. Aunque estaba mezclado un poco con olor a sudor, a Asami no le importó; en comparación era muchísimo más agradable.
—¿Lo ves? —susurró Korra al percatarse de que había despertado—. Aún sigo aquí, atenta y alerta.
Se dio la vuelta debajo de las mantas con las que la cazadora la había tapado y la vio de frente; a la luz de la vela, sus amados rasgos eran más suaves, más francos. Fue incapaz de contener una sonrisa mojada de lágrimas, embargada por la emoción de tenerla junto a ella, viva.
—¿En qué pensabas antes de que me despertara, Korra?
—Temo que Lin irrumpirá aquí pronto y me obligará a soportar algún tipo de cónclave tedioso, largo y aburrido, antes de que se me nombre oficialmente Cazadora Real. He estado escuchando pasos apresurados cruzando los pasillos del palacio; percibo la agitación en las paredes, la corte real trama algo. Sé que pronto comenzarán a atormentarme con asuntos diplomáticos y militares.
—¿Y qué esperabas?
Korra hizo una mueca y Asami no pudo evitar reírse.
—Tu rostro habla por ti, Cazadora Real —dijo—. Tienes el aspecto de un lobo famélico tras el invierno. Después de todo lo que has pasado, estoy segura de que lo único que se te apetece es darte un baño, cambiarte de ropa y disfrutar de una comida sustanciosa, ¿no? Dudo que la corte real pueda ser tan cruel contigo.
—Oh, ¡claro que lo serán! Recuerdo que Izumi se quejaba todo el tiempo y Lin también lo hacía. Me espera una noche muy larga, Sami, y sé que no tardarán en venir a sacarme de la cama.
En ese preciso instante alguien llamó a la puerta.
—¡Mierda! ¡Yo y mi gran bocota! —refunfuñó la cazadora.
Asami se limitó a besarle la mejilla antes de ponerse en pie y abrir la puerta. Ninguna de las dos se sorprendió al ver a la ex capitana Lin en el umbral, luciendo una nueva túnica de aspecto formal y regio.
—Asami, te esperan ya sabes dónde —indicó sin molestarse en perder más tiempo—. Y tú, Korra, terminó el descanso. A partir de ahora tenemos que sumergirnos en las ciénagas de la política. Prepárate. No quiero oír quejas. Vamos, ¡ya, ya!
Quiso preguntar a dónde se dirigía Asami, pero Lin no le dio oportunidad. La presionó a cambiarse rápidamente la túnica sucia y desgarrada por unas elegantes prendas de lámarae, una tela tejida en punto de cruz que solían vestir los más altos miembros de la corte del rey. A Korra le disgustó sentir lo ajustado de su nueva túnica y cómo las largas mangas le apretaban las heridas en los brazos. Así, sin el consentimiento de Lin, tomó su daga y se cortó las mangas por los codos.
—¡Con un demonio! ¡Te descuido un segundo y…! ¡Tienes idea de lo finas que son esas prendas!
—Son todo menos cómodas —dijo Korra, flexionando los músculos de su brazo derecho. Los limpios y blancos vendajes absorbieron unas gotas de sangre y ella sonrió—. El Agni Kai es una prueba de fuerza. Eso es bien sabido entre las tribus cazadoras de los Cuatro Reinos. Estoy orgullosa de mi fuerza, Lin.
—¡Bah! No dejes que tu victoria sobre Azula se te suba a la cabeza. Vámonos ya, ¡no debemos retrasarnos ni un segundo más!
Korra suspiró pesadamente y se dejó guiar a través de los intrincados corredores del palacio real, sintiéndose desdichada por lo que tendría que soportar en unos minutos. Con pesar recordó lo mala que era para tolerar las reuniones tácticas que los generales de la Milicia Real organizaban en el reino Aqua y de las que ella estuvo obligada a participar cuando fue capitana de su propia tropa. Aunque la verdad era que no tenía ni idea de a dónde la estaba llevando Lin, ni cuál sería el carácter de la reunión que la esperaba. Al juzgar por las prendas de Lin y la elegancia de las que la había forzado a vestir ella, suponía que, efectivamente, tendría que verse las caras con la corte real.
Tan absorta estaba en sus pensamientos, que tardó en darse cuenta de que Lin la estaba guiando fuera del palacio. Quiso preguntar de qué se trataba aquello, sin embargo, Lin se negó a hablarle más del tema. Lo único que hizo fue indicarle que montara a su caballo Pólvora y que continuara siguiéndola. A galope tendido cruzaron las calles de la Ciudadela Real, las cuales aún se encontraban colmadas por los mismos habitantes, refugiados y viajeros que se habían reunido allí para presenciar su duelo contra Azula. Los aplausos y vítores no tardaron en inundar sus oídos, y estos no se disiparon hasta que cruzaron el puente levadizo al límite de la ciudadela, y se adentraron en el territorio de las tribus de caza que acampaban alrededor de las murallas.
Al recorrer tal distancia sobre el lomo de Pólvora, Korra sintió que comenzaban a arderle nuevamente las heridas en los antebrazos. Esperó sólo un momento a que Lin le indicara hacia dónde debían cabalgar exactamente, a lo ancho de la gran llanura, y luego hincó los talones en el semental. Los músculos de Pólvora se hincharon bajo Korra y arrancó una vez más al galope. Con la cabeza agachada y próxima al cuello del caballo, lo guió por la irregular calle formada entre las tiendas de los cazadores: esquivó a hombres, niños y animales, y saltó por encima de un barril de agua de lluvia que bloqueaba el paso. No parecía que los cazadores se molestasen; salieron corriendo tras ella, entre risas, para ver a la nueva Cazadora Real con sus propios ojos.
Hacía mucho que el ocaso había extendido sus alas de oro y púrpura sobre el campamento de las tribus cazadoras, dando un aire misterioso a las filas de tiendas de lona que se extendían hasta donde no alcanzaba la vista. Las sombras, cada vez más profundas, anunciaban que la noche aún era joven, y en derredor brillaban innumerables antorchas y hogueras que iluminaban con una luz pura y brillante la cálida penumbra. El cielo al este estaba claro. Al sur, una larga nube baja, semejante a humo negro, ocultaba el horizonte. Al oeste, un extenso bosque de hayas y álamos marcaba el curso del sinuoso río Diente de Oso. Pero Korra sólo miraba al norte, donde se distinguía la brillante forma de una silueta conocida.
Asami la esperaba junto a una fila de tres mástiles de los que colgaba media docena de estandartes que ondeaban empujados por la fría brisa. Ella también se había cambiado de ropa, y ahora lucía un sencillo vestido de color pajizo. Llevaba el pelo, espeso como el musgo, peinado y rizado sobre la espalda. Le era imposible perder de vista a su amada cazadora. Con su nueva túnica de lámarae, la luz de las hogueras que la iluminaba se reflejaba cual halo azulado a su alrededor. Korra era como un racimo de estrellas que se deslizaba sobre la oscuridad de la llanura.
Le sonrió. Korra le devolvió la sonrisa y aceleró el paso. A medida que se acercaba, los entusiasmados cazadores que la seguían le dieron su espacio, y pronto, Lin también desvió su caballo a un lado y permitió que Korra continuara sola hasta alcanzar a Asami. Desmontó y, con cierto nerviosismo le preguntó:
—No lo entiendo. ¿Qué está sucediendo aquí?
Asami se cogió de su brazo y, charlando tranquilamente, guió sus pasos por entre el mar de tiendas.
—Nada que deba preocuparte. Soy tu compañera, ¿recuerdas? Estamos juntas en esto. ¿O prefieres continuar el camino siendo presionada por Lin? —bromeó.
Asami y Korra hablaron de muchas cosas. No dijeron nada de gran trascendencia, pero el ingenio, la alegría y la delicadeza de las observaciones de Asami hacían que la conversación fuera un placer. A Korra le ayudó a calmar su ansiedad, y aquella tranquilidad que la joven le proporcionaba hizo que atesorara aún más el cariño que le tenía. Mucha gente las miraba, intentando disimular pequeñas risas y murmullos. El modo en el que Asami se aferraba de su brazo denotaba una confianza que excedía a la de una cazadora y su aprendiz. Entonces Korra se dio cuenta de que Asami, a quien hasta hace poco le preocupaba que descubrieran lo que había entre ellas, ni siquiera parecía percatarse de que las estuvieran mirando.
—Aquí pasa algo —dijo, viéndola de reojo.
—Pasa que vamos retrasadas. Nos esperan personas muy importantes, si no nos damos prisa nos tacharán de maleducadas. El Príncipe Bolin ha sido muy tolerante contigo, pero no debes abusarte de eso.
Se detuvieron frente a una tienda iluminada por dentro con la luz de numerosas velas y en la que se oía el murmullo de multitud de voces ininteligibles. Korra volvió a ponerse tensa y comenzó a balancear su peso de una pierna a la otra, inquieta.
—¿Por qué tan nerviosa?
—Odio estas cosas, lo sabes —replicó y se alisó la túnica con la mano—. ¿Qué tal estoy?
Asami la estudió con mirada crítica, le enderezó el cuello de la túnica y comenzó a doblarle el borde de las mangas cortadas para que no fuera tan evidente que Korra las había violentado.
—Deberías prestar más atención a tus ropas.
—Las ropas han intentado matarme.
—Korra —la reprendió con cariño—. Ahora las cosas son diferentes. Eres la nueva Cazadora Real, y deberías hacer bien tu papel. Es lo que la gente espera de ti.
Korra dejó que la joven prosiguiera con su revisión hasta que quedó satisfecha con su aspecto. La brisa sopló y el flequillo de la cazadora cayó, tapándole ligeramente los ojos. Asami se apresuró a apartárselo con su mano derecha, acariciando suavemente su frente con la punta de los dedos. Estuvieron varios segundos así, hasta que escucharon a alguien carraspear a sus espaldas.
—Mila —saludó Asami.
La gran cazadora asintió en respuesta, limitándose a levantar la entrada de la tienda para dejarlas pasar.
—Cazadora Real —dijo, con un respeto tal que Korra se sintió indescriptiblemente extraña. Mila jamás la había tratado así—. Adentro esperan por ti, adelante.
—¿Yo?
—Anda, Korra —la animó Asami—. Ya has pasado por cosas peores.
Korra giró hacia la tienda abierta, con la lengua seca como la arena. Tenía la mente en blanco, y durante unos segundos en los que la invadió el pánico, pensó que la dialéctica volvería a jugarle una mala pasada y la dejaría en evidencia frente a todos los miembros de la Partida de Caza Real. Sin más dilación, aguantó el dolor de sus antebrazos, apretó los puños, respiró profundo y dio un paso hacia adentro. De inmediato, oyó que un coro de voces gritaba:
—¡Sorpresa!
Una ancha mesa cubierta de comida dominaba el centro de la tienda, y alrededor estaban el jefe Tonraq y la ex capitana Lin, una veintena de sus compatriotas de la tribu del sur —incluidos Mila y su hermano Kalik—, Kya, Arquímedes y Naga, la joven Jinora y el mozo Kai, Eska —la hermanastra de Asami— y un chico idéntico a ella —su gemelo Desna—, además de un puñado de hombres y mujeres jóvenes que Korra no reconoció, pero que parecían mozos y criadas, viejos compañeros de Asami. Media docena de niños interrumpieron sus juegos, junto a la mesa, y se quedaron mirando a Asami y a Korra con la boca abierta, aparentemente incapaces de decidir cuál de ellas dos merecía más su atención.
Korra hizo una mueca, sobrecogida. Antes de que pudiera pensar algo que decir, Kya levantó su jarra y exclamó:
—¡Bueno, no te quedes ahí como una pasmarota! Ven, siéntate. ¡Tengo hambre!
Entre las risas de los presentes, Asami llevó a Korra hasta las dos sillas vacías que había junto a Tonraq. Korra la ayudó a sentarse y luego se hundió en su silla.
—¿Has organizado esto tú misma?
—Tu padre me sugirió los invitados que habrías querido, pero sí, la idea original fue mía. E hice algunos añadidos a la lista, como puedes comprobar. Kya y Lin fueron de gran ayuda para mantenerte a raya mientras se terminaban los preparativos.
—Gracias —dijo Korra, abrumada—. Muchísimas gracias a todos.
Vio que Kuvira estaba sentada, con las piernas cruzadas, en la esquina opuesta de la tienda, a la izquierda, con una bandeja de comida sobre el regazo. Los niños la rehuían —a Korra no le parecía que tuvieran gran cosa de qué temer— y ninguno de los adultos, salvo Asami, parecían estar cómodos en su presencia. La fey, de hombros estrechos, levantó sus sobrenaturales ojos verdes hacia ella, y la miró por entre el negro flequillo de su cabello trenzado; articuló algo que Korra interpretó como:
«Saludos, Cazadora Real».
—Saludos, Domadora de Espíritus —respondió ella.
Los delgados labios blancos de la fey esbozaron lo que habría sido una sonrisa encantadora de no ser por los lúgubres ojos que la acompañaban. Korra podía entender que Kuvira estuviera aún más agotada que Asami y ella juntas. De hecho, le sorprendía que estuviera allí, celebrando con ellas, en lugar de haber desaparecido en las sombras para descansar y reponer sus fuerzas, luego de sobrellevar aquel castigador viaje de ida y vuelta al límite del reino Terra.
Durante las horas siguientes, Korra se dejó llevar, disfrutando del frenesí de la comida y la bebida y del placer de la buena compañía. Era como volver a casa. El vino corría como el agua, y cuando todos hubieron vaciado sus copas una o dos veces, los cazadores de la tribu del sur olvidaron las distancias y empezaron a tratarla nuevamente como a una de ellos, y no como la nueva Cazadora Real, que era el mejor regalo que podían hacerle. Fueron igualmente generosos con Asami, aunque evitaron hacer bromas sobre ella, algo que sí hacían con Korra.
—Mírate, pareces un príncipe con esa túnica tan majestuosa —opinó Kalik—. No me extraña que las chicas de la Ciudadela estén locas por ti.
Korra se limitó a bajar la mirada, avergonzada, y a rascarse la nuca. Todos rieron ante la repentina timidez de la cazadora.
Un pálido humo fue llenando la tienda a medida que se consumían las velas. A su lado, Korra oía las sonoras carcajadas de su padre Tonraq una y otra vez, y al otro lado de la mesa, el estruendo aún más ensordecedor de la risa del recién recuperado armero Bumi. Para deleite de todos, Kya murmuró un hechizo y puso a bailar un hombrecillo que había hecho con una corteza de pan.
Los niños fueron superando el miedo a Kuvira y acabaron por atreverse a acercarse a ella para admirar el brillo extraño de sus ojos. Poco después ya estaban subiéndosele a los hombros, colgándose de su cuello y tocándole el largo cabello para incitarla a hablar más sobre sí misma o que al menos abandonara aquella esquina y se uniera a los demás en la mesa. Korra soltó unas carcajadas al verla y Asami la miró con ternura, rogándole mentalmente a la fey para que tuviera paciencia con los pequeños.
Bumi se puso a cantar una canción que había aprendido de un libro tiempo atrás. También hizo el intento de bailar una giga con todo y que hacía menos de veinticuatro horas que había perdido una pierna. La ex capitana Lin echaba la cabeza atrás, divertida, mostrando el brillo de sus dientes. Y Korra, por petición popular, contó algunas de sus aventuras, incluida una descripción detallada de su reciente duelo con Azula, algo que interesaba especialmente a quienes la escuchaban.
La fiesta fue escandalosa y bulliciosa, y duró hasta muy entrada la noche. Se dieron un banquete con platillos simples que eran tradicionales de la tribu del sur; carne, pasteles y frutas. Había setas por todas partes: asadas con sabrosas salsas, colocadas en la cabeza de un ave a modo de gorra o recortadas con forma de castillo entre montones de salsas. Se veía una increíble variedad, desde unos inflados champiñones blancos del tamaño del puño de Korra hasta unos que podían pasar por trozos de corteza retorcida, pasando por unos hongos limpiamente partidos por la mitad para exhibir el color azul de su carne.
Cuando la celebración terminaba y la mayoría de los cazadores ya habían tomado mucho alcohol, Kuvira apareció al lado de Korra, como un espíritu que se materializara en el aire. Le dio un susto con su sigilo; nunca podría entender cómo se movía tan silenciosamente. Sin darle tiempo a preguntar qué quería, la mente de la fey entró en contacto con la suya y le dijo: Sígueme con la mayor discreción que puedas.
El contacto la sorprendió tanto como la petición. Asami ya había compartido algún pensamiento con ella de esa manera; pero sólo en momentos en los que veía preciso no alzar la voz. Que otra persona además de Asami entrara en contacto con su mente la descolocó. Era una experiencia profundamente personal. Asami le había explicado que cuando entraba en contacto con la conciencia de otra persona, era como si una faceta de su alma desnuda se frotara con la suya. Iniciar algo tan privado sin previa invitación le hubiera parecido zafio y rudo, aparte de una traición de confianza. No obstante, Kuvira parecía dispuesta a tomarse tales libertades sin importarle lo que Korra pudiese creer al respecto.
La acompañó, y abandonaron juntas la tienda, evitando llamar la atención de los presentes, para llegar a un lugar donde no pudieran oírlas. Kuvira se agachó en un tronco cubierto de musgo y se rodeó las rodillas con los brazos, sin mirarle.
—Dime, ¿qué piensas hacer con Azula? —le preguntó.
Korra se acuclilló junto a ella, curiosa.
—¿A qué te refieres?
—¿Vas a mantenerla a tu lado en el campo de batalla?
—Pues claro, siempre que me reconozca como Cazadora Real y me jure lealtad como su superior. Está muy capacitada como líder y no quiero prescindir de ella. Además, su abuelo, Lord Zuko, dijo que el ejército ignita lucharía a nuestro lado. Azula sería la guerrera perfecta para dirigirlos.
—Era de esperarse —meditó Kuvira.
—¿Por qué te preocupa?
La fey no respondió de inmediato. Se puso de pie, miró hacia atrás, hacia la tienda donde Asami, los cazadores, y el resto de los amigos de Korra se divertían viendo cómo Naga paseaba a los niños sobre su peludo lomo blanco.
—¿Me preguntas por qué me preocupa, cazadora? ¿De verdad quieres saberlo? Entonces, te lo diré. —Su voz era débil, como el más frágil de los suspiros—. Tengo miedo.
Atónita, Korra se quedó sin respuesta. Kuvira dio un paso adelante y la dejó sola en la noche.
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Mucho más tarde, cuando las velas ya se habían fundido en los candelabros y los cazadores de la tribu del sur habían empezado a dispersarse en grupitos de dos o tres, Asami buscó asiento al lado de Korra. Vio que la cazadora suspiraba y apoyaba la cabeza contra el respaldo de la silla. Asami se quedó impresionada de lo cansada que parecía. Su vitalidad y presencia de ánimo de antaño habían desaparecido, al igual que el fuego de sus ojos. Asami se dio cuenta de que Korra había estado fingiendo ser más fuerte de lo que era para evitar que sus amigos se preocuparan al ver su debilidad.
—Tus heridas… —musitó.
—Algunos momentos son peores que otros; el dolor viene y va.
—Si quieres, yo puedo…
—No. Gracias, pero no. No me tientes. Conoces las reglas. Sé que acordamos compartir nuestras cargas, pero este tormento ha de ser sólo mío, Sami —respondió ella, con una leve sonrisa—. Y llegada a este punto de la prueba, no voy a rendirme ahora por no poder soportar un poco de dolor.
—¿Y si las heridas se infectan?
—Pues se infectan, y entonces yo tendría que pagar el precio de mi error como la última vez. Pero dudo que lo hagan, mientras tenga a Kya para controlarlas y el palacio me siga suministrando los medicamentos necesarios. Descuida, lo que me ocurrió en el reino Aqua no va a repetirse. Te lo aseguro.
En aquel momento, Naga, que se había quedado tan quieta que parecía dormida, bostezó, casi tocando el suelo y el techo con los extremos de su mandíbula abierta. Irguiéndose en su silla, Asami sugirió:
—Creo que nosotras también deberíamos retirarnos a dormir, ¿no lo crees?
Korra sonrió en respuesta.
—Leíste mi mente.
Asami se levantó de la silla y ayudó a Korra a hacer lo mismo. La cazadora apenas podía mantenerse erguida, así que Asami le ofreció su hombro como apoyo. Caminaron pausadamente hasta el centro de la tienda y se despidieron de los pocos invitados que aún quedaban. La ex capitana Lin, que charlaba plácidamente con Kya en la mesa, les hizo un gesto para que se acercaran.
—Antes de que se retiren hay un par de cosas que su Alteza, el Príncipe Bolin, me pidió que les hiciera saber —explicó Lin—. Korra, sabemos que necesitas tiempo para recuperarte de tu viaje y que tienes asuntos propios que debes atender con la Partida de Caza y la Milicia Real, de modo que mañana y pasado mañana dispón de tu tiempo como quieras. Pero la mañana del tercer día deberás presentarte en el salón del trono; la ceremonia de tu nombramiento oficial como Cazadora Real no debe retrasarse más. Además, el príncipe te ha impuesto una misión de importancia crucial, como tu primera tarea en el puesto.
—Lo sé —asintió Korra, con expresión grave—. El Príncipe Mako debe ser rescatado…
Asami la sintió temblar levemente y se dirigió a la ex capitana con la mirada.
—No quiero sonar grosera, pero si eso es todo lo que necesitabas decirnos, Korra precisa reposo.
—Ah, lo siento. Sé que ha sido un día pesado. Han tenido mucha paciencia las dos. Gracias. ¡Oh, lo olvidaba! Su Alteza también me pidió que les entregara esto.
Tanto Asami como Korra parpadearon confundidas ante el objeto que Lin les había ofrecido: una llave de plata.
—¿Qué es…? —dudó la cazadora.
—Bueno, aún no es oficial, pero es obvio que ya eres la nueva Cazadora Real —y bajó la voz al tiempo que esbozaba una sonrisa algo pícara—. Nuestro príncipe no va a dejar que duermas en tu vieja barraca de siempre. Tus nuevos aposentos privados te esperan. Y me parece… que hay espacio de sobra allí para ustedes dos; muros gruesos y sólidos, una amplia cama, intimidad total… —E inmediatamente se llevó el dorso de la mano a la boca y carraspeó—. Por supuesto, ni yo, ni el Príncipe estamos insinuando nada.
Las dos jóvenes se sonrojaron profusamente.
—¿G-gracias? —trastabilló Korra.
Lin se mostró satisfecha y volvió a hundirse en su asiento. Quiso coger su jarra de vino, pero erró la puntería y estuvo a punto de tumbarla. Rió y se tomó de las manos de Kya para no caerse de la silla. A Asami le pareció que la ex capitana estaba un poco ebria. Qué bueno; se alegraba de verla tan feliz y relajada como nunca.
Subieron por la escalera principal, hasta el tercer piso; ambas seguían a una doncella, a quien se le había encargado guiar a la Cazadora Real hasta sus nuevos aposentos. Asami aún llevaba a Korra apoyada en sus hombros, pero por su forma más laxa de subir los escalones, supo que el dolor de sus heridas había cedido otro tanto. La habitación que el príncipe Bolin había dispuesto para la nueva cazadora del rey se encontraba al final de un amplio corredor, y al llegar a la entrada, Korra dejó escapar una exclamación de asombro.
Por supuesto, la estancia había sido amueblada de acuerdo a las preferencias de la joven cazadora. No era extremadamente lujosa, como solían serlo los aposentos de Izumi, pero tampoco era una habitación tan sencilla como la que se le había asignado en las recámaras de invitados. Al otro lado de donde Korra y Asami se encontraban paradas había una gran cama con dosel, un cubrecama dorado y muchas almohadas. Los pétalos de flores que habían esparcido por encima de ésta daban fragancia a la habitación. Al lado de la cama había una mesita con una lámpara, una jarra de vino y dos copas. A su izquierda, una gran chimenea ocupaba casi toda la pared, y un cálido fuego ardía entre los leños. Habían dispuesto un sofá y varias sillas, además de una elegante armazón de hierro donde Korra podría guardar todas sus armas. En una de las esquinas, se había colocado una enorme cesta acolchada, dispuesta especialmente para Naga, la sabueso real.
Con una reverencia, la doncella se hizo a un lado y dijo:
—Su Alteza espera que mis señoras encuentren sus nuevos aposentos muy cómodos.
Asami no sabía qué pensar al respecto. Miró a la joven doncella con estupefacción, desde luego, estaba al tanto de que Asami también pasaría el resto de sus noches ahí, en el lecho de la Cazadora Real, y no se mostraba en absoluto escandalizada por ello. Aún así, cuando les sostenía la mirada a ambas, un leve rubor coloreaba sus pálidas mejillas.
—Muchas gracias, es una habitación perfecta —dijo Korra—. No necesitamos nada más. Puedes retirarte.
La doncella volvió a reverenciarlas y se marchó, cerrando la puerta detrás de sí.
—Vaya —exclamó Korra, y se dejó caer pesadamente en el sofá—. ¡Ese Bolin es un demonio! ¡Mira que hacernos pasar semejante vergüenza!
—Creo que es su forma de compensarnos por lo estricto de las leyes de su padre —opinó Asami, aunque sin poder ocultar su propia pena—. De todas formas, no podía ser de otro modo.
Korra le echó un vistazo a los pétalos que habían esparcido sobre la cama y se mordió ligeramente los labios.
—Bueno, sí, pero… Esto parece preparado para una pareja de recién casados. Y creo que eso era precisamente lo que esa doncella esperaba ver cuando preparó esta habitación. ¿Acaso no notaste lo confundida que estaba?
—Ha hecho lo que debía, y no me pareció que estuviese tan incómoda con la idea. Sólo era timidez.
Korra estiró las piernas hacia el frente y dejó caer atrás la cabeza, apoyándola en el respaldo.
—Supongo que nos acostumbraremos —exhaló.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Asami, al tiempo que se acercaba para revisar las vendas alrededor de sus brazos—. ¿Te ha pasado el mareo?
La cazadora sonrió débilmente.
—Estoy cansada, eso es todo.
Asami se arrodilló frente a ella y le sacó las botas con cuidado.
—Ven, tomemos un baño y vayamos a la cama. Eso te aliviará.
Korra soltó un gemido de protesta.
—Lo siento, pero ya no puedo mover ni un músculo. Hasta aquí llegué, ¡este sofá será mi tumba! ¡Déjame morir aquí, Sami…!
Asami no pudo evitar reír, su cazadora era demasiado adorable cuando dejaba salir ese lado infantil que la caracterizaba. Volvió a insistirle para que se pusiera de pie, pero Korra la miró con ojitos de cordero durante varios segundos. Asami permaneció inmutable ante aquella mirada, aunque para ello tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad. Al ver que no funcionaba, Korra chasqueó la lengua, ligeramente irritada.
—No puedo dejar que duermas en el sofá, mucho menos con esa túnica tan fina todavía puesta. Si haces eso, mañana amanecerás peor y yo tendré que dedicarme a aguantar tus quejas todo el día. ¡Oh, noble Cazadora Real! —Y al decir esto se dejó caer sobre el regazo de la morena y le revolvió el corto cabello castaño con la mano. Korra esbozó una sonrisita lastimera, suplicándole, y Asami suspiró resignada—. Muy bien, si no hay más alternativa, te consentiré: déjamelo todo a mí.
—¿Ah, si?
—Es lo menos que puedo hacer —contestó, poniendo su mano sobre la mejilla de la cazadora.
Korra la miró a los ojos, agradecida, y ella le devolvió la mirada. Eran unos ojos llenos de pureza, sin ningún tipo de malicia. Asami había dado las gracias una infinidad de veces por la oportunidad de conocer a una joven de corazón tan puro como Korra. Era la prueba viviente de que, aún en los tiempos más difíciles, la esperanza no debía perderse jamás.
Asami sentía ganas de besarla, de besar aquella cicatriz en el pecho que se le asomaba por la ropa. Desabrochó las correas de la túnica lentamente y con cuidado. Una vez terminada con eso, posó sus palmas sobre el abdomen de la cazadora y fue subiéndolas poco a poco, acariciando su piel morena, hasta llegar a los hombros. Deslizó las manos por sus brazos, bajando en el proceso la túnica azul de lámarae hasta llegar a los codos.
Miró a Korra, quien había cerrado los ojos y tenía la cabeza nuevamente echada hacia atrás, dándole a Asami una perfecta visión de su cuello. Sin dudarlo ni un instante, descendió hasta aquella zona y depositó un pequeño beso sobre la cicatriz que tenía en la base. Trazó pequeños besos por todo el cuello mientras acariciaba suavemente su abdomen y pechos. Oyó cómo Korra exhalaba cortos suspiros y notó cómo posaba las manos sobre su cintura.
Bajó la vista hacia la cicatriz del pecho, no sabía por qué, pero, desde la primera vez que la vio, no podía evitar que sus ojos acabaran posados sobre ella. Era bastante reciente; no la notó la última vez que hicieron el amor. Sintió una terrible presión en las sienes al imaginar a la joven cazadora de pie, junto al cadáver de su enemigo, respirando con dificultad y cubierta de sangre y arañazos. Al juzgar por el tamaño de la cicatriz, aquella había sido una herida profunda y dolorosa.
Asami tocó suavemente con sus dedos aquella zona del pecho y la acarició.
—Tienes fijación por mis cicatrices.
Asami apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Korra, mientras pasaba su brazo izquierdo por la espalda de ella, abrazándola, y sonrió ligeramente.
—Tal vez —replicó en un suspiro—. No puedo evitar reconocer cada nueva cicatriz que te dejan en batalla.
Korra inclinó la cabeza y rozó con la punta de la nariz la larga cicatriz que marcaba el lado izquierdo del cuello de Asami, cruzaba su clavícula y terminaba en su pecho. Asami se estremeció bajo la delicada respiración de la cazadora, rozándole la piel. Luego, cuando la cazadora apretó ligeramente las vendas que llevaba alrededor del vientre, le susurró:
—Eres tú quien tiene nuevas cicatrices, Sami…
—Creo que no recibía una paliza así desde que era niña —dijo, recordando la facilidad con la que Azula burlaba su defensa y la estocaba sin misericordia.
—¿De niña? —se horrorizó Korra.
—Mi madrastra —replicó simplemente. Reacia, se separó un poco de la cazadora y la miró a los ojos. Su expresión era seria, grave—. Por favor no le des importancia a eso, no ahora.
Korra quitó las manos de la cintura de la joven para pasarlas por su espalda y la atrajo hasta ella, abrazándola una vez más.
—Te amo, Asami —susurró cerca de su oído.
La joven se alejó un poco al notar la mano de la cazadora sobre su rostro. Aquellos hermosos y fieros ojos azules la miraban fijamente. Korra trasladó su mano desde el rostro de ella hasta la nuca; la atrajo de nuevo y la besó en los labios. Mientras se besaban, Asami notó la mano sobre su nuca acariciar tiernamente su cabello; la otra permanecía posada suavemente sobre su cadera, dando pequeñas caricias. Ella por su parte acariciaba el torso de la cazadora, notando en sus palmas cada músculo, cada cicatriz. Cuando por fin se separaron, se miraron a los ojos.
—Recuerdo la primera vez que me ayudaste a desvestirme, Korra.
—Tenías el brazo dislocado —convino ella—. Y ahora yo tengo ambos destrozados. Vaya ironía…
Asami se rió.
—Más me vale terminar lo que empecé.
—Por favor —la correspondió Korra, divertida—. Desnúdame, Asami.
Ella accedió. Lo hizo lentamente y con mimo, sin quitar ni un segundo sus ojos verdes de aquella dulce mirada azul. Cuando llegó su turno, Asami se quitó la ropa sin reparos, consciente de lo cómoda que se sentía desnudándose frente a Korra. En realidad nunca se había relajado estando desnuda, vulnerable y expuesta, tendía a empujar ese pensamiento a la parte trasera de su mente, incluso durante las escasas relaciones sexuales que había mantenido hasta entonces. Pero allí estaba, haciendo contacto visual con Korra, de manera casual, mientras se quitaba la ropa interior.
«Sin duda estoy enamorada», pensó mientras observaba cómo salía vapor del agua de la bañera.
Regresó a la estancia, pasó uno de sus brazos por la espalda de Korra, la otra por debajo de sus piernas, y se levantó del sofá con la cazadora en sus brazos. Asami caminó despacio hasta la sala de baño, donde la depositó con suavidad. Korra se dejó meter al agua, pero no sin un silbido de dolor que se le escapó entre los dientes.
—¿Está demasiado caliente? —preguntó Asami, preocupada.
—Tal vez no para un dragón —comentó Korra, alejándose del agua hirviendo.
Asami le ofreció una sonrisa tímida y reajustó la temperatura dejando fluir más agua fría en la corriente que atravesaba la sala de baño. No se había percatado de que su tolerancia al calor hubiera aumentado a tal grado; esa nueva parte de su naturaleza, aún en desarrollo, continuaba siéndole difícil de dirigir. Le costaba aceptar la transformación de su esencia. Aunque había sabido de antemano que eso iba a ocurrir —y en algún momento había dado la bienvenida a esa perspectiva, pues significaba que se volvería aún más fuerte—, la realidad la llenaba de confusión.
«¿Es verdad? ¿Mi madre era… la última de los Dragones Elementales? ¿Y en qué me convierte eso?»
Lamentaba no poder opinar sobre cómo se iba alterando su cuerpo, aunque al mismo tiempo sentía curiosidad por saber a dónde la llevaría ese proceso, y si llegaría a ver a su madre en sí misma algún día. Además, se daba cuenta de que, como humana, estaba todavía en plena adolescencia, con su correspondiente carga de misterios y dificultades.
«¿Cuándo sabré por fin quién soy y qué soy?»
Después de probarla de nuevo, Asami entró, tomó aire y se hundió en el agua caliente, dejando que la envolviera de la cabeza a los pies. Cuando emergió, Korra estaba acostada a su lado, con el corto cabello pegado a la cara. Asami sonrió y le echó el pelo hacia atrás.
—Lamento eso yo… —dudó. ¿Cómo explicar algo que ni siquiera ella entendía?
—No te preocupes. Eres fuego y amarte quema. Estoy dispuesta a soportarlo, Sami.
Sonrojándose, Asami pasó su brazo alrededor del hombro de Korra, y la cazadora se hundió en el agua hasta el pecho, apoyando la cabeza contra el borde de la bañera. Abrazó la cintura de Asami bajo el agua, luego le besó la mejilla y le susurró una canción en el oído. Era como si nunca hubieran estado tan cerca la una de la otra, y el agua jabonosa hacía que la piel de Korra fuera tan suave como el terciopelo. Asami le masajeó los hombros, le lavó el cabello, la peinó con sus dedos… Korra tenía el pelo sorprendentemente suave, muy fino y espeso.
—Es muy relajante —dijo la cazadora—. Desde que era niña nadie me peinaba el cabello así. Había olvidado lo agradable que es.
Asami no respondió, se limitó a continuar con su labor mientras sonreía. Permanecieron en silencio durante un buen rato, hasta que Korra habló de nuevo.
—Aún no puedo creer que sea la Cazadora Real.
—Deja ya de pensar en eso. Por esta noche no quiero que pienses en nada más. Cierra los ojos, Korra, relájate amor mío…
«¿Debería hablarte de esto? ¿Serías capaz de comprender lo que es heredar el alma de un dragón? ¿Sabrías ayudarme a descifrarlo?»
—¿Korra…? —dijo por lo bajo.
—¿Um? —la cazadora tenía aún los ojos cerrados y en su rostro se reflejaba una paz inexorable.
Asami trastabilló. No era el momento para angustiarla con eso.
—No, no es nada. Olvídalo…
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Kuvira cruzó el jardín a la carrera, pasando de largo parterres, fuentes y las estatuas de mármol del palacio real. A decir verdad, era un jardín muy grato para pertenecer a un rey humano; olía a hierba, a tierra fértil, al dulce aroma de flores cargadas de rocío, prestas a congelarse con la llegada inminente del invierno. Dejando tras de sí un largo rastro de guardias narcotizados, la fey corrió a través del manzanal. Guardias drogados con magia, que no muertos; una diferencia importante.
No mataría a nadie si estaba en su mano evitarlo. Una muerte era algo irremediable, y ya había matado demasiadas veces, casi siempre en beneficio de sí misma y de... Suyin. La reina fey llegó a considerarla muy útil décadas atrás, pero todo eso cambió la noche en que conoció a la pequeña Yasuko. Ahora, cobrarse vidas humanas le resultaba un acto repulsivo, muy a pesar de que, mataría si no tenía más remedio, en esta ocasión era posible eludirlo.
Al otro extremo del manzanal de hojas secas, Kuvira se topó con un guardia viejo, quizá tanto como el tal lord Zuko. Apoyándose en la espada, encorvado y de espaldas a ella, el hombre se hallaba en una arboleda que ya había perdido casi todo su follaje a manos del viento helado. Kuvira se le acercó con sigilo y se detuvo. Pero advirtió que las manos arrugadas que descansaban en la empuñadura del arma le temblaban un poco.
No tenía buena opinión de un rey que no facilitaba una jubilación desahogada a sus guardias cuando eran ya demasiado viejos para sostener una espada con firmeza.
Pero si no lo reducía, el individuo encontraría a los soldados que ella ya había derrotado y daría la alarma. Lo golpeó con contundencia una vez, en la parte posterior de la cabeza, y el hombre se desplomó resollando. Lo sostuvo y lo depositó en el suelo con mucho cuidado, tras lo cual le susurró el mismo hechizo en el oído que ya le había conjurado a los demás guardias, y tanteó con rapidez el chichón que ya empezaba a formársele. Confiaba en que el viejo humano tuviera la cabeza dura.
Rápida y silenciosa, caminó por la hierba hasta el borde del camino de grava. Se hallaba ya muy cerca. Divisó al frente el oscuro límite del muro, negro contra el negro cielo. Kuvira estaba segura de que la encontraría en ese lugar; no sólo podía olerla cerca, cada nervio de su cuerpo vibraba al reconocer su presencia. Esa humana, esa poderosa cazadora... Ahora comprendía de dónde nacían sus extraños talentos.
La reina Suyin no tenía un nombre verdadero. Lo había destruido ella misma, mas no para deshacerse de una potencial y terrible debilidad, sino para olvidar quién era, lo que había sido antes de subir al trono como reina de los fey. Robó su nombre verdadero de la mente del Dragón Elemental del Aire Zindall, poco después de cazarlo cual simple animal. Es decir que, antes de eso, Suyin no conocía su nombre verdadero como suelen hacerlo naturalmente los fey…
Kuvira no había podido dejar de pensar en ello desde que Yasuko —no, Akaren, señora del trueno y el fuego, la última de los Dragones Elementales—, le contó la tragedia de sus hermanos, de su sagrada raza. Suyin no era como los otros fey. Tenía un pasado que buscó fervientemente destruir. Aniquiló su propia identidad en el intento; borró su nombre y se borró a sí misma.
Esa mujer era el resultado de un alma desquiciada que se había aferrado al poder del dragón Zindall, a la codicia y a la sed de venganza, con tal de no dejar de existir. Y cuando ascendió al trono de los fey, ya era más poderosa que la mayoría de ellos. Su fuerza no era solamente mágica, sino mental, porque la fuerza de la conciencia del corazón de Zindall aumentaba la suya propia, del mismo modo que el corazón de Yasuko, Akaren, nutría el espíritu de Kuvira.
La diferencia entre ellas radicaba en que, la reina fey se había pasado siglos enteros dándoles caza a los dragones, hasta extinguirlos casi por completo. Quebrantó a los otros tres elementales y subyugó sus corazones, uno a uno.
Suyin no era una fey, era un monstruo.
Y Kuvira lo sabía, tenía la certeza de que la fuerza inagotable y los extraordinarios poderes sobrenaturales de la reina fey nacían del corazón de corazones del dragón Zindall, así como también, de los corazones de los otros dos dragones elementales, a los que sin duda había asesinado con sus propias manos. O al menos, eso había supuesto hasta que…
Divagaba, pero no estaba en las nubes; por el contrario, se le habían aguzado los sentidos: percibía la caída de cada hoja en el jardín, el susurro de cada rama... Y por ello se sorprendió sobremanera cuando una mujer salió de la oscuridad y la asió por detrás; le rodeó el torso con el brazo y le puso una daga de hierro en la garganta. La mujer dijo algo pero, en un visto y no visto, la fey le dejó el brazo insensible, la desarmó y le tiró la daga al suelo. Acto seguido, la volteó hacia delante y la hizo volar por encima de sus hombros.
La asaltante cayó de pie.
—Azula —siseó Kuvira—. Lograste percibirme.
La cazadora ignita se dio la vuelta para hacerle frente, y ambas se observaron con cautela, alertas, aunque tanto la una como la otra no eran más que una mera silueta en medio de la penumbra.
—Tú de nuevo, ¿eh? La mercenaria al servicio de nuestra Cazadora Real… —En la voz se le advertía un deje juguetón, y Kuvira la miró en silencio—. No me digas que intentabas emboscarme, o a caso… ¿Tan sólo querías espiarme de cerca? ¿Es que tanto te gusto?
No era más alta que ella, pero se movía con la agilidad de un gato, engañosamente relajada, presta para saltar. A la luz de una antorcha del cercano camino, le relucieron por un instante los aretes de oro en las orejas; Azula extendió los brazos con donaire, y la fey atisbó el brillo de anillos en sus dedos.
—¿Acaso no tienes nada que decirme al respecto, dulzura? No creas que voy a dejarte ir sin que me des una explicación. ¿Y bien? —añadió Azula mientras se desplazaba un poco para situarse entre la fey y el muro—. ¿Por qué vienes a mí?
Kuvira se balanceó con suavidad, presta para actuar, como la cazadora ignita. Sin embargo, no debía demorarse en decidir. Azula, en realidad, no tenía ni la menor idea de lo que era ella… De lo que eran las dos… ¿Cómo podía ser?
—Dejaste ganar a Korra —afirmó.
—Oh… ¿Qué te hace pensar algo así?
—Sé lo que eres.
Una arruga atravesó el ceño fruncido de la cazadora ignita.
—¿Y qué demonios significa eso? Ah, ya veo. Has de creer que eres muy divertida con tus enigmas y tus acertijos, ¿eh dulzura?
El sentido común le aconsejaba matarla, sin embargo...
—Te diré mis razones si me explicas las tuyas, Relámpago Azul.
—No pienso explicarte nada.
—Entonces no me dejas opción —la amenazó Kuvira.
—¿Vas a obligarme? Muy bien —Azula adaptó una pose ofensiva—. Te invito a intentarlo.
La fey amagó a la derecha y la cazadora ignita la esquivó sin esfuerzo. Hizo un segundo amago, éste más rápido. Por segunda vez, la eludió con facilidad. Azula era muy buena. Pero ella era Kuvira.
Lanzó un golpe a la cara de la ignita. Tan sólo se trataba de una finta, y cuando Azula hizo un quiebro para esquivarla, le aplicó un rodillazo en el estómago, pero la ignita se contorsionó, de forma que el golpe no dio en el blanco y respondió con un puñetazo al estómago de Kuvira. La fey no esquivó el golpe para comprobar cómo era su pegada, y lamentó no haberlo hecho, porque no tenía delante a uno de los simples esbirros malditos de Suyin, que apenas la tocaban, ni siquiera siendo diez contra ella. Azula era capaz de dejarla sin respiración; sabía luchar, así que sería lucha lo que tendría.
Saltó y la golpeó en el pecho; Azula se dio un buen batacazo contra el suelo. La fey se le echó encima y le propinó uno, dos, tres puñetazos en la cara, seguidos de un rodillazo en el costado antes de que la ignita consiguiera apartarla de un empujón. Kuvira saltó de nuevo sobre ella como un gato montés, pero mientras intentaba inmovilizarle los brazos, Azula la volteó en el aire, la tiró boca arriba y la sujetó poniéndosele encima.
Kuvira dobló las piernas y la empujó hacia atrás. De nuevo se encontraron las dos de pie, frente a frente, agazapadas, girando en círculo la una alrededor de la otra, lanzándose golpes con manos y pies. La fey la alcanzó con una patada en el estómago, chocó violentamente contra el pecho de su contrincante y volvieron a caer al suelo. Cuando Kuvira le sujetó los brazos a la espalda, le agarró el cabello y le empujó la cabeza contra la tierra, cayó en la cuenta de que Azula se estaba riendo.
—Eres una adversaria espléndida, dulzura —dijo ella—. Lo supe cuando comprendí que podrías romper la hoja de mi espada entre tus dedos. Nunca nadie se había atrevido a detener uno de mis ataques. Esperaba más de Sato, pero tú, tú fuiste una agradable sorpresa.
—Ríndete, porque estás vencida —la amenazó.
—No lo estoy y lo sabes. Para derrotarme tendrás que romperme los brazos y las piernas.
—Y lo haré si no te rindes.
Azula soltó una carcajada.
¿Por qué jugaba con ella? ¿Acaso la ignita ignoraba todavía en contra de quién estaba? Quizás era así. Percibía la emoción con la que latía la sangre de esa humana. Kuvira era exactamente lo que buscaba desde que desafió a Asami esa mañana, y lo que estuvo a punto de obtener cuando retó a Korra al Agni Kai: una oponente más fuerte que ella. Kuvira la había forzado a recurrir a movimientos que no había hecho desde que era una chiquilla, a golpes que en ningún momento imaginó que tendría ocasión de utilizar. Azula estaba jugando. Para ella esto no era más que un entretenimiento.
—En verdad… —musitó Kuvira, sin poder ocultar su decepción—. Tú no sabes nada.
La ignita alzó los pies para golpearla y, retorciéndose, se soltó los brazos. Después dirigió un codazo hacia su cara y, cuando la fey saltó para evitar el impacto, Azula se le echó encima y la aplastó contra el suelo. Le sujetó los brazos igual que acababa de hacerle ella y le empujó la cara contra la tierra mientras le clavaba la rodilla en la zona lumbar.
—¿Qué es lo que no sé? —demandó indignada—. ¡Habla ya!
—Traes una gema incrustada en el pecho, ¿no es cierto? —señaló la fey, con la cara todavía aplastada contra la tierra—. Un corazón de corazones.
Azula la mantuvo sujeta un instante más y después le soltó los brazos. Se apartó de encima de la espalda de Kuvira y se sentó en el suelo, a su lado, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, y la observó.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cuándo has…?
Kuvira giró sobre sí misma y se sentó al tiempo en que, quejándose, se daba un masaje en un hombro. Entonces se abrió la túnica lo suficiente para dejar ver su propia joya, el regalo de fuerza infinita que le había otorgado Yasuko; un sacrificio, una demostración de amor puro.
—Porque tú y yo somos portadoras de la esencia viva de dos de los creadores del mundo y de todo lo que en él habita: los Dragones Elementales Akaren y…
—Élan —reveló Azula al tiempo que se llevaba la mano al centro del pecho.
Kuvira sonrió, aliviada. En parte eran sus sentimientos, y en parte eran los sentimientos de Akaren, que respondían a la mención del nombre de uno de sus hermanos, muerto hace siglos. Con cuidado, se inclinó hacia delante y tomó la mano derecha de la cazadora ignita entre las suyas; su piel ardía como si tuviera fiebre. Ella no se resistió, sino que se limitó a dejar la mano inerte.
—Entonces estás consciente de lo que cargas tan cerca de tu corazón —afirmó.
—¡No! —Por un instante pareció que Azula perdía su formidable control. Se le escapó un grito ahogado entre los labios, su mano tembló sobre la de Kuvira y sus ojos dorados brillaron, cubiertos por una película de lágrimas. Luego, con la misma rapidez, escondió sus verdaderas emociones tras una máscara de cínica diversión—. No… No. El nombre sólo llegó a mis labios, y no tengo idea de lo que eso significa, dulzura.
—¿Cómo obtuviste esa joya?
—Siempre ha estado conmigo.
—¿Por qué?
Los labios de Azula se curvaron en una sonrisa taimada.
—Eso no te incumbe.
—Haya paz —Kuvira estaba intentando razonar con ella—. Percibo mucha rabia en tu corazón. —Guardó silencio un momento y la detalló en la oscuridad—. Te sangra la cara.
Intentó tocar el mentón de la joven, pero ella le apartó la mano con un ademán y se puso de pie.
—¿Qué demonios quieres de mí?
—Por lo menos quiero hacerte saber del peligro que se cierne sobre ti —le advirtió—. Tienes algo que la Reina fey desea más que nada en este mundo, y si ella llegara a enterarse de ello, te matará y te lo arrancará del pecho. Y no sólo eso, también nos condenarías a todos; porque si ella se apodera de la tuya, tendría la esencia infinita de tres de los cuatro Dragones Elementales bajo su control. Pero si te quedas a mi lado…
—Igualaríamos sus fuerzas —concluyó Azula. Su voz había recuperado aquel tono amargo y burlón.
—No precisamente, pero como mínimo habría alguna esperanza a la cual aferrarnos. Yo puedo enseñarte lo que haga falta, de modo que…
—No.
Kuvira apretó los dientes. La poca paciencia de la que disponía comenzaba a agotarse.
—¿Acaso no escuchaste ni una palabra de lo que te dije? —gruñó.
—Oh, dulzura. Si tan sólo me importaran las cosas que dices, me molestaría en recordar tu nombre siquiera —Azula la rodeó con pasos largos y se inclinó con aire sarcástico ante ella—. Gracias, pero no. Yo hago las cosas a mi manera.
—¡Maldita hija de perra! ¿Crees que éste es otro de tus juegos? —gritó la fey.
—Nuestro mundo está lleno de mártires, dulzura —exclamó ella, justo antes de voltearse y darle la espalda—. Y yo no seré una más… Prefiero sacarle provecho a la situación, y ser la que más se divierta. Dale mis saludos a la Cazadora Real de mi parte, ¿quieres?
Kuvira hizo el intento de sujetarla, de detenerla a toda costa. No obstante, en cuanto la tocó, el cuerpo de Azula se desvaneció en el aire, como un relámpago tras anunciar el estallido del trueno. No quedó más que oscuridad y vacío entre sus manos.
Cegada por la ira, Kuvira descargó un puñetazo en dirección al sitio que ocupó Azula hace apenas unos segundos, y atravesó el muro de piedra de lado a lado. La sangre le escurrió de los nudillos. Maldijo en voz alta el nombre de la ignita y luego, en un tono mucho más bajo, casi imperceptible, le murmuró a la nada:
—Dime Yasuko, ¿acaso bastará conmigo para llevar a Asami y a Korra hacia la victoria? En mi estado actual, temo que no podré frenar a Suyin por mucho tiempo… Por favor dime… dime que tu hija se volverá más fuerte que yo…
Una ligera brisa se levantó en ese pequeño claro del jardín. La hierba que tenía a sus pies ondeó y las ramas desnudas de los árboles susurraron a su alrededor. Kuvira observó los rizos de la hierba un momento.
—¿Y bien…?
x~x~x~x~x
Los tersos pétalos que decoraban la cama se adhirieron a sus pieles mojadas sin remedio. Los senos de Korra cayeron libremente sobre su pecho jadeante. Tenía la respiración entrecortada por la excitación. Asami presionó una mano contra el estómago de Korra y la empujó suavemente hasta que estuvo reclinada contra el respaldo de la cama. Luego hundió su rostro entre las piernas de la cazadora y repartió lentos besos en la cara interna de sus muslos.
Mi Korra… Sabes que esta guerra puede destruirnos…
Asami lamió una franja recta, desde el espeso parche de vello castaño en el pubis, hasta el espacio entre los senos de Korra. Se desvió para tirar del pezón más cercano con un mordisco suave. Hizo que la cazadora siseara y sujetara el largo cabello negro de su amante.
…puede separarnos…
Besando su boca, Asami acarició el musculoso torso cubierto de cicatrices que se retorcía debajo de ella. El cerebro de Korra estaba en cortocircuito. Todo lo que ella pudo hacer en respuesta fue soltar un chillido. Asami procuraba que la cazadora no hiciera más que eso; estaba débil y cansada, y aún así insistió en que la joven la hiciera suya. Asami pronto volvió a quedar atrapada entre las piernas de su amada.
Dices que ya no corremos peligro, pero la verdad es que nunca hemos estado a salvo…
Una vez en acción, los instintos de Asami tomaron el control; sus labios, sus dientes, la punta de su lengua… No estaba segura de dónde terminaba la humedad de su saliva y dónde comenzaba la humedad del sexo de Korra, pero las sábanas estaban empapadas y la cazadora pedía más.
¿Cuántos años crees que vivirás?
Con determinación, Asami se hundió por completo. Su nariz se frotaba contra la hendidura húmeda de la cazadora, al tiempo que su lengua le seguía el paso. Con brusquedad, saboreó a Korra por dentro, una y otra vez... Todo lo que podía escuchar entonces, era su respiración pesada, y los gemidos de la mujer en el otro extremo de la cama.
Es muy probable que un día de estos me atrape un guerrero fey o me atraviese una flecha, a pesar de mi magia o tu deseo de protegerme…
Asami respiró profundo. Éste era el aroma de su amante; terroso y sutil, y se mezclaba con sus propias feromonas. Dejó un rastro de besos a lo largo de cualquier pedazo de piel expuesta que pudo encontrar con el tacto de su boca… Sus piernas se desplazaron y sus muslos hicieron presión contra la tibia feminidad de la cazadora. Una animada risa retumbó en el pecho debajo de ella. Korra lo estaba disfrutando, y eso era lo único que importaba.
No es una idea morbosa, sino realista…
—¿Cómo vas? ¿Sientes dolor? Tus heridas…
—Estoy bien, Sami… E-estoy bien… Oh, ¡por Raava! No te detengas, por favor…
Asami había reorganizado sus piernas, para que sus sexos se presionaran juntos. Korra jadeaba y sus uñas se enterraban en los bíceps de la joven. Carne y piel ardientes se frotaban en un ritmo constante y desenfrenado contra su clítoris, y la cazadora se estaba viniendo vergonzosamente rápido.
Confío en que no sea causa de un dolor excesivo para mis amigos o para ti, Korra…
Asami continuó haciéndola suya a través del orgasmo, hasta que Korra estuvo de nuevo al límite y sus ojos se anegaron con lágrimas de satisfacción. Esto era dolor y placer; el fuego de una mujer abrasadora que inundaba su boca, su vagina, sus poros, sus ojos, su piel. Un aroma espeso y almizclado que empañaba el aire, una fragancia sensual.
Y espero que entiendan que era inevitable…
Estaba viendo destellos de luz, imágenes fugaces. Como si estuviera perdiendo la conciencia, perdiendo la cabeza, muriendo. No creía poder soportarlo más, era demasiado. Demasiado como para dejarla ir. La cazadora se aferró de los hombros de Asami y con cada fibra de su ser, la apretó contra sí.
—…T-te amo… ¡Ah…!
—Ah… Ah… K-korra…
No quiero volver a privarme de ti…
Ambas estaban a la deriva ahora, sujetándose al cuerpo de la otra en busca de aire, de oxígeno. El sexo era su balsa, pero el sueño era el océano y las olas estaban subiendo...
x~x~x~x~x
Al cumplirse los tres días otorgados por el príncipe, los tambores de las tribus del reino Terra sonaron con el objetivo de reunir a las cazadoras y cazadores de los Cuatro Reinos para el nombramiento de su nueva Cazadora Real.
—Normalmente —le había contado Lin a Asami la noche anterior—, cuando el Rey elije a su nueva cazadora, ella empieza a dirigir a la Partida Real inmediatamente, pero no se lleva a cabo el nombramiento hasta luego de tres meses para que todas las Grandes Cazadoras que deseen asistir a la ceremonia tengan tiempo de dejar sus tribus en orden y viajar hasta el reino Terra desde, incluso, las zonas más distantes de los cuatro países. No sucede a menudo que se nombre a una Cazadora Real, así que cuando el Rey lo hace, tenemos por costumbre celebrar mucho el evento con semanas enteras de fiestas, canciones, juegos de ingenio y de fuerza, torneos de habilidad en forja, talla y otras formas de arte… —la ex capitana suspiró—. De todas formas, éstos no son tiempos normales. La muerte de Izumi, la ausencia del Rey, nuestra huida, el enfrentamiento entre Korra y Azula… Todo ha sucedido demasiado rápido.
Asami estaba de pie junto a Kya, justo fuera de la sala central del palacio real, escuchando el sonido de los tambores gigantes. A cada lado de la larguísima sala, cientos de cazadoras poblaban los pasadizos abovedados de todos los niveles y miraban a Asami y a la bruja curandera con oscuros ojos brillantes.
Se oía el sonido áspero de la lengua de Arquímedes contra su espeso pelaje al lamerse el morro, cosa que no había dejado de hacer desde que había terminado de devorar cinco crías de puercoespín esa mañana. Levantó la pata delantera izquierda y se rascó el morro con ella. Todo él olía a lodo empozado.
—Deja de moverte —le dijo Kya—. Nos están mirando.
Arquímedes emitió un suave gruñido.
No puedo evitarlo. Tengo púas metidas entre los dientes. Ahora recuerdo por qué detesto comer puercoespín. Esas cosas horribles y puntiagudas me provocan bolas de pelo e indigestión.
—Te ayudaré a limpiarte los dientes cuando hayamos terminado aquí. Pero estate quieto hasta entonces.
Mmmff.
—Asami, querida. ¿Pusiste laurel de san Antonio en mi alforja como te lo pedí? Eso le calmaría el estómago a este viejo cascarrabias.
—¿Eh? ¿Vas a ponerte a hervir un remedio justo ahora? —se espantó la joven.
—Pues si no lo hago, entonces —Kya pensó un momento—. Tal vez pueda recordar aquel viejo hechizo contra los gases. ¿Cómo era? Famidah flatula…
Se interrumpió en cuanto la última nota de los tambores calló. La masa se removió y Asami oyó el suave susurro de las ropas y alguna frase suelta en la brusca jerga de las cazadoras.
Entonces, una fanfarria de docenas de trompetas sonó, llenando la Ciudadela Real con su estimulante llamada; en algún lugar, un coro de mujeres empezó a cantar. La música provocó un picor y una vibración en las venas de Asami, como si la sangre le corriera más deprisa, como si estuviera a punto de lanzarse a la cacería. Arquímedes agitó la cola de un lado a otro y ella supo que el anciano felino sentía lo mismo.
«Aquí vamos», pensó.
Al mismo tiempo, Asami y Kya, que llevaba a Arquímedes alrededor del cuello, avanzaron hacia el centro de la sala del trono y tomaron su puesto entre el círculo de jefes de tribu, dirigentes de gremios y otros notables que colmaban la vasta y altísima sala. El trono del reino Terra era de granito verde y se encontraba colocado encima de una plataforma elevada. El príncipe Bolin estaba sentado sobre el mismo, ocupando el lugar de su padre y su hermano mayor, respectivamente.
Asami advirtió una trémula sensación de soledad proveniente del joven monarca; como si el trono de su padre le quedara demasiado grande, como si hubiese reemplazado a su hermano Mako. Bolin sufría al sentirse inadecuado; no era su turno, no debería ocupar ese puesto, pero, ¿qué más podía hacer? Después de todo, y como bien lo había dicho la ex capitana Lin, estos no eran tiempos normales.
Podía percibir también el nerviosismo y la agitación de Korra, al otro lado de la ciudadela. Pronto tendría que responder el llamado del príncipe y cabalgar hacia el trono desde el este, porque era la dirección de la salida del sol y simbolizaba el nacimiento de una nueva era.
Cientos de guerreros, tanto soldados de la Milicia como cazadoras de la Partida Real, vestidos con pulidas armaduras de malla se encontraban, de pie y atentos, formando dos enormes bloques delante del trono, así como en dobles filas a cada lado del pasillo del este y hasta la puerta Este de la Ciudadela Real. Muchos de los guerreros llevaban largos palos con unos banderines que mostraban diseños curiosos. Katara, la Gran Matriarca de la tribu del sur, estaba de pie al frente de los reunidos; después de que Korra se hiciera con la victoria sobre Azula, el jefe Tonraq había mandado llamarla y ella acababa de llegar a la Ciudadela Real desde el reino Aeris esa mañana.
—¿Kuvira? —la llamó Asami. Silenciosa como una sombra, la fey apareció de pronto, con los ojos verde jade brillando como brasas—. Es ella, ¿no es verdad? La anciana que te ayudó cuando te encontrabas presa en el reino Aeris…
—Es ella —asintió—. Tú también deberías cruzar palabras con ella alguna vez. Es una mujer sabia.
Durante media hora las trompetas sonaron y el invisible coro cantó, mientras Korra cabalgaba a trote desde la puerta del este hasta el centro de la Ciudadela Real. Llevaba el corto cabello cepillado y perfumado, unas botas de la mejor piel con espuelas de plata, la túnica azul de lámarae que brillaba a la luz de las antorchas y, encima de ella, una cota de malla cuyas anillas eran de oro blanco. Un largo abrigo de cuello de armiño con la insignia de la tribu del sur bordada le colgaba de los hombros hasta el suelo. Pólvora, el enorme frisón negro de cacería que desfilaba con ella, llevaba las crines trenzadas y lucía la silla de plata de Isilión, cortesía del corcel fey. Con sus lujosas vestiduras y su magnífico caballo, Korra parecía emanar un brillo interior; Asami estaba deslumbrada.
En cuanto Korra bajó del lomo de su corcel y entró al palacio, la sala se oscureció y por todas partes aparecieron unas sombras moteadas. Confundida, Asami miró hacia arriba y se asombró al ver los copos de nieve que caían desde el cielo y se colaban por las ventanas dentro del salón del trono. Como pétalos de rosa suaves y densos, los aterciopelados copos de nieve se depositaron en las cabezas y los hombros de los asistentes y en el suelo, llenando el ambiente con su blanco fulgor.
Las trompetas y el coro quedaron en silencio y Korra, ante el trono de granito, apoyó una rodilla al suelo y bajó la cabeza. Asami puso la mano en el cálido costado de Arquímedes, compartiendo la preocupación y la excitación con ella. Ninguna de las dos tenía ni idea de qué iba a pasar a continuación, ya que Lin se había negado a describirles el proceso más allá de ese momento.
Entonces, Katara, la Gran Matriarca de su tribu, dio un paso hacia delante, abriéndose paso entre el círculo de gente que estaba alrededor de la sala, y caminó hasta colocarse en el lado derecho del trono. La anciana de espaldas anchas iba ataviada con unas suntuosas ropas azul celeste en cuyos bordes se veían runas cosidas con hilo de metal. En una mano llevaba un bastón muy largo, cuyo extremo tenía un cristal en punta. Katara levantó el bastón con ambas manos y lo golpeó contra el suelo de piedra con un fuerte estruendo.
—¡Korra! —exclamó y la joven cazadora alzó la cabeza ligeramente para poder verla—. Hija de la Gran Cazadora Senna, que en paz descanse. Hija del Jefe Tonraq, guerrero del sur. Korra, valiente Arrasadora, dime: ¿Tienes el corazón sincero y la voluntad resuelta?
A lo que Korra contestó:
—Mi corazón es puro, y mi voluntad es de hierro.
—Entonces te otorgo la carga insoportable de la primera Cazadora Real, para que penda de tu cuello y golpee tu pecho. La punta de flecha con la que Kanna atravesó el corazón de su enemigo y le arrebató la vida a un hermano fey. Porque no hay peor peso para una cazadora, que una muerte que no alimentará jamás… Porque no hay ser humano en la tierra capaz de soportarlo, además de una Cazadora Real.
Katara extendió los brazos y colocó las puntas de los dedos a ambos lados de la cabeza de Korra. Le besó la frente y le susurró algo al oído. Luego recibió el collar con la antigua punta de flecha de las manos de una Gran Matriarca ignita, lo sostuvo en alto y dijo:
—La carga de Izumi, el Fénix Escarlata, es ahora tuya, Korra, la Arrasadora del Sur.
—Acepto que caiga sobre mí.
Katara dejó caer el collar alrededor del cuello de la joven cazadora, que seguía apoyada sobre una rodilla y con la cabeza baja. Los copos de nieve continuaron cayendo. Fue así que llegó el invierno, fue así que surgió una nueva Cazadora Real.
Y las trompetas sonaron con un estruendo de metal. Korra se incorporó y subió a la tarima para presentarse ante el monarca que la miraba desde el trono y ofrecerle su lealtad inquebrantable. Palabras muy elocuentes para una cazadora, pensaron muchos, pero la mayoría no podían negar que habían sido conmovidos. Las palabras de Korra denotaban afecto, generosidad y entrega absoluta al príncipe, a su padre el rey y a su hermano mayor, como siguiente en la línea al trono.
Asami percibió a la perfección que Bolin también estaba conmovido. El chico tenía ganas de llorar, pero hizo acopio de voluntad para no hacerlo. Como príncipe a la cabeza del reino, no podía dejar que se mostraran sus sentimientos en público.
—Cazadora Korra, en nombre de mi padre, el Rey San, acepto tu ofrecimiento de lealtad hacia la familia real, hacia el reino Terra y el resto de los Cuatro Reinos —el príncipe sonrió emocionado—. Con el poder que los dioses y la corona me han otorgado, yo te nombro, de acuerdo con las antiguas leyes, Cazadora Real y líder de las tribus en los Cuatro Reinos. La Partida de Caza Real queda a tu disposición y a la espera de tus órdenes.
Korra, finalmente, se puso de pie. La sala estalló en aplausos y vítores, pero la ceremonia todavía no había acabado. Se oyó una voz suave y clara en la habitación que cantaba una melodía lenta y nostálgica. Uno a uno, cazadoras y cazadores se unieron a la canción llenando el palacio con la belleza lastimera de su música.
Aunque no conocía la letra ni el origen de la canción, Asami se daba cuenta, por el tono de la música, de que era un lamento por las cosas que habían sido y que ya no eran, como la vida extinta de la antigua Cazadora Real Izumi. Mientras la canción discurría hacia su final, Asami se encontró a sí misma pensando en las vidas perdidas de su padre y su madre, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Para su sorpresa, notó el mismo tipo de pensativa melancolía en el viejo gato Arquímedes. Ni la tristeza ni el arrepentimiento eran partes normales de su personalidad, así que Asami se extrañó y se lo hubiera preguntado si no fuera porque notó un sentimiento muy profundo en él, como el despertar de una antigua parte de su ser.
La canción terminó con una nota larga y sinuosa, y se sumió en el silencio.
—Cazadora Real Korra —dijo el príncipe Bolin—. Es tradición del reino otorgarle a la nueva Cazadora Real un obsequio; un deseo que sólo el Rey pueda cumplir. Así pues, te pregunto en nombre de mi padre, ¿cuál es tu mayor deseo?
Korra suspiró profundamente y fijó sus ojos azules en Asami, extendiendo su mano hacia ella. La estaba invitando a subir al estrado, delante de todo el reino. Asami tardó en reaccionar y Kya le dio un leve empujón. Se abrió paso entre los presentes, ante las sonrisas cariñosas de Eska, de Desna, de Lin, de Mila, de Kalik, de Jinora, de Kai, el jefe Tonraq y muchos otros que habían llegado a admirarla.
Sujetó la mano de Korra y subió con su ayuda. Allí, la cazadora le ofreció su otra mano y se miraron de frente la una a la otra. En el rostro del príncipe había una pequeña, pero cálida sonrisa. Allí, delante de todos y en presencia del monarca, Korra manifestó:
—Su Alteza, todo cuanto deseo se encuentra ante mí.
Y príncipe Bolin, por primera vez orgulloso de estar en el lugar de su padre y de su hermano, les dio a ambas su bendición. Entonces Korra se inclinó hacia delante, y la besó.
Fue insoportablemente frágil, una punzada de sensación. Todo lo que Asami creía sobre sí misma, sobre quién o qué era ella, fue irrelevante. No hubo palabras, solo la sensación, dulce y suave de los labios de la cazadora. Tierna, como el cosquilleo de un gatito. Asami se sintió en las nubes, con la inocencia de la primera vez. Korra la estaba besando. Ella estaba besando a Korra. Estaban de pie en medio del salón del trono, delante de cientos de súbditos, dándose y recibiendo cada beso que se hubieran dado o recibido en el pasado; besos memorizados, besos rápidos y duros; besos profundos y frenéticos, largos y lentos.
Todo en aquel delicado roce de nariz, de finos labios temblorosos; de su cazadora.
—¡Larga vida a Korra! ¡Larga vida a Asami! —gritó Kya y la ex capitana Lin la secundó.
—¡Qué vivan! —exclamaron las cazadoras y los guerreros, golpeando los escudos con las espadas y las lanzas y golpeando el suelo con los pies—. ¡Qué viva la Cazadora Real! ¡Qué viva su amada!
—Por muchos y largos años —suspiró Bolin, y sin poderlo evitar, las abrazó a ambas.
Las tribus cazadoras de los cuatro reinos miraron maravilladas a la joven pareja. Entonces se pusieron en pie con exclamaciones de alegría y aplaudieron con tanto entusiasmo que sonaron como una tromba de agua. Korra inclinó la cabeza hacia la multitud y, ofreciéndole a Asami su brazo, caminaron juntas a través del largo pasillo de mármol.
Regresaron así al lado de su familia y amigos, pisando con cada paso, copos de nieve acumulada.
»Continuará…
