Capítulo XXXVII
-¿Estás bien?
-Sí…
-¿Te lastimé?
-No…
-¿Te duele?
-Albert, estoy bien… -contestó Candy, con los ojos cerrados, somnolienta, pero sin poder dejar de sonreír. Amaba cómo Albert hasta el último segundo cuidaba de ella. Si bien era cierto que sentía una pequeña molestia en su entrepierna, pero no quería echar a perder el momento.
Luego de varios minutos en silencio, mientras se acariciaban mutuamente, todavía desnudos entrelazados sobre los almohadones, comenzaron a escuchar los cantares de los pájaros entre los árboles.
-Está amaneciendo… -comentó Albert.
-Ajá…
-Deberíamos volver…
-¿Mmmh? No, no, me niego rotundamente -rezongó Candy abrazándose con más fuerza al masculino torso desnudo.
Albert sonrió.
-Candy, aún no estamos casados…
-¿Y? –preguntó ella abriendo finalmente los ojos, para mirarlo seriamente.
Él sonrió aún más.
-Mi amor… No es que no desee quedarme aquí contigo hasta el fin de los tiempos… Pero creo que no es apropiado todavía que los demás se enteren hasta dónde hemos llegado…
-¿Perdón? –respondió ella mirándolo aún más seriamente -¿y desde cuándo te interesa lo que los demás piensen?
-¡Jaja! No te enojes… -Albert no pudo evitar acariciar aquellas pecosas mejillas con su nariz –Candy… Dime que lo entiendes ¿verdad?
-No, me niego.
-Candy...
Ella soltó un bufido.
-Sí, lo entiendo -dijo molesta, mirando el techo con la nariz arrugada.
-¡Jaja! Eres aún más bella cuando te enojas, ¿lo sabías?
Entonces Candy mostró la sonrisa más amplia que pudo mostrar en ese momento, y lo miró dulcemente.
-Sí, lo sé, me lo has dicho varias veces.
-Fiuuu, modestia aparte, pequeña –se burló él, mientras comenzaba a hacerle cosquillas.
Candy estalló en risas al retorcerse de alegría. Se sentía embriagada de felicidad, como en una nube, completamente enamorada...
En plena penumbra, con sólo la luz de las llamas de la chimenea iluminándola, sentada sobre la cama, se encontraba una vieja dama envuelta en la pesadumbre de su enfermedad. El ataque de tos había comenzado hacía poco más de media hora, y era increíblemente insoportable, tanto que hasta le costaba respirar. A su lado, se encontraba su marido, desesperado, enormemente preocupado, friccionándole la espalda, en un vano intento por calmar aquel malestar.
-Tranquila mi amor, enseguida llegará el doctor… -le tranquilizaba, con una voz dulce y queda, aunque por dentro estuviera casi gritando. La enfermera había salido hacía tan sólo unos minutos en búsqueda de ayuda, y aún no había regresado. Minutos que se hacían cada vez más eternos para el hombre a quien no le cabía en el corazón todo el amor que sentía por su mujer.
En la mansión de Lakewood, existía el más absoluto silencio en aquellos momentos, y una leve claridad comenzaba a filtrarse por las ventanas, señal de que estaba amaneciendo.
La dama ni siquiera podía responder, la tos se hacía cada vez más evidente, desesperante, insoportable, con el pasar de los minutos. Su rostro se iba poniendo azul y su marido no aguantó más. De un salto corrió hacia los pasillos y comenzó a gritar.
-¡Un médico por favor! ¡Un médico, necesito un médico, es urgente!
Los gritos fueron tan aterradores que en un abrir y cerrar de ojos, todos los ocupantes de la mansión, hasta el personal de servicio, se encontraban frente a las puertas de aquel dormitorio. Un breve silencio los inundó, cuando vieron tumbada a Emily en el piso, totalmente inconsciente, y a Joseph cubierto en lágrimas, abrazándola sin cesar.
Pequeños rayos de sol comenzaron a iluminar las ramas de los árboles, despertando todo a su paso. Los pájaros con sus encantadoras melodías, y las flores que parecían despertar con las pequeñas gotas de rocío, hacían de aquel paseo de regreso algo totalmente mágico para este par de enamorados.
Candy se encontraba tomando las riendas de Janto, con las manos de Albert entrelazadas a las suyas, y abrazándola por detrás. El caballo iba a pasos lentos, pausados, tranquilo, recorriendo el pequeño sendero, rodeado de frescas hierbas, mientras ellos se llenaban de besos y caricias, completamente ensimismados el uno en el otro, envueltos por aquella mágica burbuja llena de amor. No se hablaban, las palabras en aquellas dimensiones eran innecesarias, sólo se escuchaba de vez en cuando algunos suspiros, y el sonido de los deliciosos besos que iban recorriendo los labios, las mejillas y el cuello de ambos. Ni siquiera se percataban del tiempo que estaba transcurriendo, ni de los rayos de sol que se hacían cada vez más fuertes evidenciando el paso de la mañana.
Un grito masculino desgarrador los despertó de sus ensueños, helándoles la piel.
-¡EMILYYYYYYYYY!
Candy abrió súbitamente los ojos, viendo el terror en los ojos de su prometido. Y ambos inmediatamente desviaron su atención hacia la fuente de aquel horrendo grito.
-¡Mamá! –gritó Candy, y un fuerte azote al caballo, le indicó que Albert había acelerado la marcha de Janto.
El galope del corcel negro no era lo suficientemente rápido para el corazón de Candy. Su madre estaba en peligro, lo sabía, lo sentía en lo más íntimo de su ser, y se maldecía por no estar con ella en aquellos momentos.
En pocos minutos llegaron a la mansión, y sin pensarlo, Candy de un salto bajó del caballo, corriendo a toda prisa, ingresando a la mansión sin siquiera prestar nada de atención a su paso. En la entrada se encontraba parte de la servidumbre envuelta en lágrimas, pero ella ni siquiera los vio. Pasó a su lado dejando sólo una estela azul, el color del vuelo de su vestido.
Subió las escaleras desesperada, el corazón le latía alocadamente, el aire fresco de la mañana se filtraba a sus pulmones, el rubor enrojecía sus mejillas, y sus ojos inevitablemente comenzaban a llenarse de lágrimas. Lo sabía, lo presentía, algo muy malo estaba sucediendo.
Llegó en pocos segundos a la puerta de la habitación de su madre, y ahí las vio. A Annie abrazada a sus tías, llorando desconsoladamente. Y lo supo… Y el corazón se le heló.
-Candy… -susurró Annie, pero se interrumpió al ver a Albert llegando tras ella, en el mismo estado de desesperación que su joven amiga.
Candy no esperó más, y de un golpe abrió la puerta del dormitorio, y ahí se quedó, inmóvil, petrificada de terror y tristeza. Su madre yacía en el piso, vestida con su delicado camisón blanco, y su piel más pálida que la nieve. Su padre se encontraba abrazándola, llorando sin parar, sollozando el nombre de su amada, de su alma gemela, una y otra vez, sin cesar. Meciéndola, acariciándola, sacudiéndola, como si la quisiera despertar. A su costado, de pie, se encontraba el médico con la enfermera, también abrazados, con sus rostros conmocionados por la escena que estaban presenciando.
-¡Mamá! –gritó Candy, tirándose al suelo. Inmediatamente agarró una de las muñecas de su madre, y la palpó. No conforme, puso sus dedos sobre su cuello, y acercó su oído a su boca, buscando en un vano intento algún indicio de vida.
-¿Qué pasó? –preguntó en un hilo de voz, sin obtener ni la más mínima respuesta.
Levantó la vista, y vio cómo todos la observaban con lágrimas en los ojos, hasta Albert, quien para ese entonces se encontraba parado a su lado.
-¡Qué pasó! –gritó esta vez mirando intensamente al médico, quien la observaba repleto de empatía y compasión.
-Candy… -la llamó Albert, mientras se arrodillaba a su costado. Su voz era suave y serena, llena de amor. –Se ha ido…
-¡No! –gritó ella, aferrándose con más fuerza al cuerpo sin vida de su madre. -¡No, mamá, por favor, no! No puedes irte ahora, no que recién te acabo de encontrar…
Los llantos de padre e hija eran cada vez más ensordecedores, mientras ambos hasta se turnaban por abrazar al cuerpo de Emily.
-Mamá… Por favor… -continuaba sollozando Candy- Me prometiste que te quedarías, me prometiste que seríamos felices… -Las lágrimas desbordaban sus ojos verdes, impidiéndole hasta de ver, sólo podía sentir el delgado cuerpo de su madre, que se iba enfriando poco a poco… -Me acabo de comprometer mamá, por favor, no puedes irte ahora… Mamá, me voy a casar ¿sabes? Con Albert, con mi príncipe… No puedes irte ahora, mamá, por favor… Quería que me ayudaras con el vestido, quería me ayudaras con la boda, quería que estés ahí mamá… Por favor, por favor, no… Mamá…
Todos absolutamente todos, presenciaban en silencio lo que sin lugar a dudas sería una de las despedidas más tristes y dulces que verían en sus vidas. Los rayos de sol se filtraban sin impedimento por las ventanas, iluminando todo a su paso, envolviendo en un manto de luz dorado a aquella familia, que hacía tan poco tiempo disfrutaba de su feliz encuentro...
Sí, Lakewood estaba de duelo, una vez más. Acallando todo a su paso, ensombreciendo con tristeza aquellas tierras, que nuevamente estaban viviendo a flor de piel el peor de todos los sentimientos, aquel que petrifica el alma, y llega hasta los huesos. Aquel que es imposible de ignorar...
Entre las alturas, un pequeño haz de luz se encontraba viajando al cielo, despegándose de su cuerpo enfermo, volando hacia el paraíso eterno. Ya no sufría, ya no sentía dolor, sólo una inmensa paz. Y mientras iba volando, sorteando nubes, guiado por los cálidos rayos de sol, cada tanto se detenía para observar el ritual de despedida de aquellas almas vivientes que amaría por siempre. Sabía que no lo entenderían, al menos no por el momento, porque sabía perfectamente que la muerte era algo misterioso y hasta incomprensible para los seres vivos. Pero aún así seguía su ascenso tranquila, hacia el país de la eternidad. Porque finalmente, su familia estaba unida, y sabía que en un futuro sólo les esperaba la más absoluta felicidad...
Continuará...
Sí, sé que es súper cortito... Pero el contenido del capítulo solicitaba que sea así...
Muchas gracias a TODOS por los hermosos comentarios y por seguir mi historia a pesar de mi larga ausencia. Gracias por insistir a que siga escribiendo, muchas gracias de verdad...
El próximo capítulo saldrá en breve... Falta poquítisimo para el final, así que por favor no cambien de canal, todavía no, jajaja :P
Besoooootes y hasta la próxima!
