DE AMOR Y TRAICIÓN
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CAPÍTULO XXXVI
Breves notas de las autoras:
Créditos financieros a los mismos de siempre.
Esta es la segunda parte del capítulo anterior (dividido para su fácil lectura). Respecto a este capítulo debemos pedir que sean pacientes, bondadosas y tolerantes con Svadilfari. Sabemos que el muchacho está confundido (por decirlo así).
Gracias por los reviews, por sus maravillosos comentarios. Agradecemos los favorite y los follow, los pm´s y los whats. Agradecemos el tiempo que le dedican a la historia, ¡muchas gracias!
ADVERTENCIAS: AU, Angst, elfos, guerra y traición.
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Capítulo XXXVI:
Hacía años que Thyra no contemplaba Vilwarin. Odiaba a los elfos en gran medida a la vez que codiciaba lo que ellos poseían, tesoros de gran belleza y riquezas desmedidas que el linaje de Eyrikur y ese sucio traidor Larus siempre le mostraron sin ponerle nunca al alcance de la mano.
Su corazón amaba las grandes construcciones de los elfos. El castillo de Celebrant en el oeste, la posesión completa de Steindor, aquel palacio de veraneo; y Enya en Vilwarin. Por las nornas, como amaba Enya con sus altas torres blancas, sus salones iluminados por luz y sus jardines de árboles milenarios, rebosantes de flores elanoras y niphredil.
Cuando Bölthorn y Hrimthurs la obligaron a prometer compartir ese tesoro, la fría ira de Thyra la colmó y un deseo venenoso tuvo lugar. Prefería destruir Enya que verlo en manos de ese mendigo Hrimthurs y del avaricioso grasiento Bölthorn. En lugar de apoyar a sus aliados con el asunto de los pilares y el observatorio; los dejó a su aire y ella se había puesto en camino rumbo a Vilwarin.
Azuzó a su ejército de siete mil enanos y tres mil mercenarios, instándolos a marchar a toda prisa. Insultó a los capitanes, les hizo más promesas a los generales, palabras de aliento a la infantería y amenazas para la caballería. Pues cuando Thyra se proponía algo siempre lo lograba. Consiguió que hicieran el largo camino desde Barad Eithel, en el señorío del sur, hasta Vilwarin en un tiempo insólito, en vez de los tardados diez días de marcha ella tuvo a su ejército a la vista de la ciudad en seis.
Había enviado batidores por delante en una pequeña escaramuza. Jinetes mercenarios y enanos montando corceles tomados de las caballerizas del extinto Lord Wose. Así que aquella fría mañana cuando sus hombres pudieron vislumbrar a lo lejos Vilwarin, ya había un enano aguardándola para rendirle noticias.
Thyra no quiso desmontar de su pony, ni detener la marcha para informarse primero. Hizo que el explorador le contase todo mientras continuaban rumbo a la blanca ciudad.
–Mi señora Thyra, las nornas te guarden –le dijo aquel explorador tratando de recobrar el aliento.
–Las nornas te bendigan, ¿cómo está mi hermosa Vilwarin? Confío en que nuestro señor aliado, el dragón negro, no la haya maltratado demasiado.
–El dragón arribó hace tres noches y los elfos sabían que vendría. Lord Teros lo aguardaba para impedirle destruir la hermosa ciudad.
–¿Lord Teros? Nunca fue de mi gusto, espero que haya muerto por el fuego del dragón.
–El dragón ha matado muchos y los cadáveres de los elfos se apilan sobre las calles de Vilwarin, que ahora están rojas por su sangre y negras por las llamas. Sin embargo Lord Teros no está entre los caídos. Ha presentado una resistencia admirable y desesperada.
Thyra miró al enano que le contaba tales acontecimientos.
–No irás a decirme que Teros halló la forma de vencer al dragón negro.
–Casi lo logró. La bestia parece tener problemas pues aún ahora el combate continúa. En cuanto al estado de Vilwarin, pues bien… mi señora lamento decirte que la preciosa Vilwarin ya no existe. – Thyra espoleó su pony. Los hombres de su guardia la siguieron, mientras ella se adelantaba. –Mi reina, es peligroso –le gritaba el explorador que la había puesto en ese estado nervioso con sus malas nuevas pero ella lo ignoró. El camino flanqueado por árboles se despejó dando paso al valle en el cual se asentaba la ciudad.
Thyra ya se esperaba que el dragón destruyera todo menos el castillo, pues fue eso lo que Bölthorn le ordenó, pero no estaba preparada para lo que vio. Frenó para beberse la caída de Vilwarin.
Aún ardía. Sus jardines continuaban consumiéndose entre las llamas, toda la blancura de sus edificios se había perdido y no quedaban sino ruinas oscuras. Pero en medio de todo Enya aún resplandecía. El castillo estaba rodeado de una gran barrera que lo rodeaba como una burbuja plateada que resguardaba las altas torres talladas cual árboles, los estandartes con la estrella de cinco picos ondeaban mustios. El ejército de Thyra siguió a su señora. No había defensores, ni patrullas, ni guerreros de ningún tipo que les impidiesen acercarse a la gran pira que era la ciudad. Tal como le dijeron los cuerpos de los caídos se hacinaban en torno a máquinas de guerra derruidas.
–¿Acaso el dragón ha intentado tomar el castillo? –Quiso saber la reina.
–No –respondió su explorador. –Ha volado sobre él pero no ha hecho intento de traspasar la barrera. –Thyra sintió que la piel se le perlaba de sudor, le costaba mirar directamente a la ciudad por el calor del incendio que la devoraba. En medio de aquella vista plagada de ruina el dragón se alzó desplegando sus alas y rugiendo con furia. –Algún nuevo enemigo con alguna treta para intentar vencerlo –anunció el enano que ya parecía familiarizado con aquella batalla.
Thyra alcanzó a ver que el dragón tenía una flecha clavada en un ojo y que le faltaban escamas en varios puntos del lomo.
–Si les damos tiempo hallaran la manera de matar a la bestia –pensó ella.
Pero el tiempo de Vilwarin así como el tiempo de los elfos de luz había llegado a su fin.
–¿Qué deseas hacer mi reina? –Inquirió su general, Lord Herryk. Tryggvi, Segsmündr y Holme lo seguían.
–Quiero que la ciudad sea sitiada. No dejaremos que nadie escape, si alguien lo intenta mátenlo, excepto a Eyriander y a Eyvindur, a ellos dos los quiero con vida y a mis pies. Esperaremos a que el incendio amaine antes de apagarlo y entonces atacaremos Enya.
–¿Y el dragón? –Su hijo Tryggvi enunció el temor de muchos. –¿Querrás que ataquemos junto a él? ¿Qué tan seguro es que pueda distinguir a sus aliados de sus enemigos?
Cuando Bölthorn les diera alcance eso sería absolutamente seguro, pero Thyra no quería darle ni una tajada del botín de Enya a ese grasiento elfo oscuro. Tendrían que correr el riesgo.
–La bestia sólo cumple órdenes y esas no incluyen atacar a los enanos.
Hubo una explosión que atrajo su atención, no podían distinguir contra quien combatía ahora el dragón.
–Holme, envía a unos jinetes de lobo a averiguar, por los cuernos de Surtur, que es lo que ocurre.
La mercenaria asintió no muy feliz, igual que todos los demás, pero obedeció en el acto.
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Fandral levantó el escudo que Eyvindur en persona había encantado para defenderlo. Repelió el fuego del dragón aunque se puso tan caliente que Fandral estuvo seguro de que debía tener el brazo bajo la armadura completamente ampollado.
Lord Teros había sido dejado atrás y él había tomado el mando de la defensa. El general elfo había logrado defender durante el mayor tiempo posible la ciudad valiéndose de las vidas de sus hombres y de las máquinas de guerra. Logró darle tiempo a la población desprevenida de refugiarse en el castillo, con poquísimas bajas civiles. Pero el tenaz Lord, tras combatir durante tres días seguidos en primera línea, había resultado quemado. Una herida que no era mortal en el acto pero que se expandía poco a poco. Cuanto detestaba Fandral el fuego maldito. Estaba seguro de que Heimdall no podía ver al dragón pero sin duda vería la destrucción de la ciudad y sabría lo que pasaba.
–Thor vendrá –les había dicho con convicción a Thjalfi y a Ertan. –Y seguro que se traerá a Loki, una vez que contemos con su magia curativa todos los heridos estarán a salvo. Para cuando ellos lleguen ya no habrá dragón.
Porque habían encontrado la manera de levantarle escamas, mediante sahya y arietes disparados por escorpiones. Eyvindur no había dudado en sus órdenes. Aquel no era más Hagen, su querido amigo, sino un criatura cruel y ávida de muerte. El rey había apoyado darle muerte.
–¡Fandral, resiste! –Le gritó una voz femenina.
Era Lómelinde, la hechicera real. Fandral estaba escudándola, atrayendo la vista del dragón el tiempo necesario para que ella completase un encantamiento. La escuchó recitar algo en élfico y entonces Fandral sintió, aunque no se giró a ver, como había una explosión tras él. Pero no una que avasallara con más calor y más fuego. Esta onda expansiva fue gélida. Fandral sintió alivio. Lo seguían cincuenta de sus bravos ulfhednar los cuáles se regocijaron al ver que la magia de Lómelinde surtía efecto. El incendio de la ciudad, al menos hasta donde la vista les daba, se apagó poco a poco y en cambio lo que quedaba se cubrió de hielo.
Fandral se giró a mirar a Lómelinde. La halló estática y concentrada. Resplandecía en luz dorada y por ella y su poder, el dragón se quedó sin fuego.
–Por Tyr –era su momento. –¡Ulfhednar! ¡Dad muerte a la bestia!
Los escorpiones silbaron, eran cinco, y las puntas de sus flechas dieron en el blanco. Fandral había pedido a los elfos máquinas que además tuviesen cadenas. Perforaron las escamas del lomo y las patas delanteras del dragón, y las cadenas se tensaron impidiendo que la bestia alzara el vuelo. El dragón negro rugió y trató de lanzarles fuego encima pero la magia de hielo de la istyar no le permitió encenderse.
Los ulfhednar corrieron a él con las espadas en alto, buscándole encajárselas en los ojos y en hocico. La bestia se defendió con golpes de su cola, lanzando por los aires a sus atacantes. Fandral vio a Ertan pasar raudo, el joven esquivó un golpe de la cola del dragón y logró izarse desde el cuello sobre la cabeza.
–¡Mátalo! –clamaron los ulfhednar.
El dragón negro se sacudió impidiéndole tomar impulso. Desplegó las alas y tiró de las máquinas que lo sujetaban hasta arrancarlas del suelo. Se estaba enredando en las cadenas, estaba desesperado y en su desesperación corrió hacia sus atacantes en lugar de huir de ellos. Ertan le encajó su espada detrás de la oreja pero no pudo traspasar las escamas en esa zona. El dragón logró tumbarlo y lo pisó antes de alcanzar a Lómelinde la cual no podía moverse.
Thjalfi, el segundo al mando se interpuso para proteger a la elfa, mientras sus compañeros llegaban a la carga desde los costados. La bestia lo apartó con un zarpazo y se irguió ante la elfa. Le lanzó una dentellada veloz como serpiente. Fandral saltó sobre ella y trató de apartarla, pero los dientes del dragón encontraron la carne suave de Lómelinde desgarrándola con facilidad.
Fandral se encontró sosteniendo a Lómelinde, o al menos la mayor parte de ella. La istyar gritaba, había perdido un brazo y una buena tajada de su torso donde sus costillas asomaban. Sus gritos se apagaron rápidamente en medio de una hemorragia letal. Fandral sintió la sangre tibia de la elfa corriendo sobre él, colándose entre los resquicios de su armadura.
El hechizo de hielo se rompió y la temperatura volvió a incrementarse. El dragón tomó aliento para vomitar fuego.
–Que tengas el más triste de los finales, bestia desalmada –murmuró Fandral viendo que el dragón dirigía su ataque hacia él.
–¡Uruk–loke! –Retumbó la voz de Eyvindur y el dragón dejó de prestarle atención a Fandral.
El rey elfo venía desde la barrera de Enya seguido de Belegaer y otros valientes de su guardia.
Lúne le había prohibido salir pues desde un inicio Eyvindur se había ofrecido a ir con Lómelinde. Hubo que insistirle bastante para convencerlo pero su paciencia se había agotado. Ya había contemplado suficiente.
Fandral sintió frío de nuevo. Eyvindur realizaba ahora la magia de hielo. La bestia bramó y se irguió amenazante. Se soltó de las cadenas que lo atenazaban. Se movió velozmente aplastando a su paso, batiéndose sobre Eyvindur. Los elfos se apresuraron a sacar a los heridos de ahí. Fandral se puso de pie llevando en brazos el cuerpo sin vida de Lómelinde.
–Vuelvan al castillo –les pidió Belegaer. –Fandral… –El elfo se interrumpió, había visto algo. Fandral notó su mirada horrorizada. –Mercenarios. –Anunció.
Venían en lobos de Hel. Fandral maldijo por enésima vez ese funesto día reconociendo a los guerreros de la compañía rosa.
Belegaer tendió arco y flechas velozmente, al primer disparó dio muerte a uno de los terribles lobos. Fandral tuvo que bajar a Lómelinde. Le cerró los hermosos ojos, como si no quisiera que contemplase más de los horrores de este mundo.
–Adiós valiente Lómelinde, guárdame sitio a tu lado en la mesa del Valhala. –Le pidió y la dejó atrás.
Junto con Belegaer se enzarzó en luchar con los mercenarios. No eran una tropa grande pero pronto tocaron sus cuernos de guerra pidiendo refuerzos. Por desgracia, la magia de hielo había extinguido el incendio y con ello los mercenarios pudieron avanzar entre las ruinas de la ciudad para llegar hasta ellos.
–Man hlaruva rávëa sure –le gritó Eyvindur al dragón, el cual iba hacia él con mirada fija. –Man cenuva lumbor ahosta.
Levantó una mano en su dirección ejerciendo sobre el dragón la misma magia con la que armaba mecanismos, sólo que a mayor escala. Eyvindur era el hijo favorito de la diosa Naira Anar, y si un día había necesitado de la gracia de la diosa era éste. Su seidh aplastó las alas de la bestia plegándoselas. Lo inmovilizó contra el suelo con su tremendo poder. No resistiría demasiado sometiéndolo. Miró en derredor buscando a Belegaer para que con sus flechas pudiese traspasar los ojos de reptil del dragón, o a Fandral para que clavase su espada entre las escamas faltantes. Pero ambos estaban ocupados con mercenarios.
Una guerrera espoleó a su lobo contra Eyvindur. El rey elfo desvió parte de su seidh para defenderse, la repelió haciendo derrapar a su lobo y tumbándola. Ella alzó una ballesta para dispararle pero Eyvindur la quebró entre las manos de la guerrera con su voluntad. A los mercenarios iniciales se les sumaban más y más. Ninguna flecha podía hacer blanco en Eyvindur pues su seidh lo protegía y las desviaba pero no podía detener a un dragón a fuerza de voluntad a la vez que intentaba frenar dos lobos de Hel.
–¡Al rey! ¡Protejan al rey! –Y sus elfos así lo hicieron hasta ser superados.
–Belegaer, retírense – le ordenó a su capitán.
Uno de los elfos hizo sonar un cuerno dando la señal. Eyvindur no había soltado al dragón así que tenían una buena posibilidad de replegarse hacía el castillo.
El rey fue derribado por un jinete de lobo más osado que los demás. Había saltado sobre la línea de elfos que lo defendían y se lo había llevado por delante con las garras. Eyvindur se incorporó algo aturdido. Vio al jinete desenvainar una espada y dirigir el filo a toda velocidad contra su cuello, sin embargo no llegó a tocarlo, salió despedido por los aires por un golpe del dragón el cual se había liberado nuevamente. Los elfos de su guardia corrieron la misma suerte. El dragón negro no se fijaba si pisaba o derribaba mercenarios o elfos. De pronto lo había rodeado. Eyvindur se halló a sí mismo entre las púas de la cola y las escamas del cuerpo.
La bestia lo olisqueó y su enorme ojo ambarino lo miró. Eyvindur extendió una mano hacía la flecha que llevaba clavada en el ojo izquierdo, no supo por qué pero tiró de ella zafándola y pudo apreciar como el ojo se regeneraba. El dragón le mostró los dientes como si sonriera y entonces Eyvindur hizo estallar una estrella entre sus manos. El dragón rugió y se quedó momentáneamente cegado. Eyvindur aprovechó el momento para escabullirse entre sus patas conteniendo el aliento.
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No lo recuperó hasta que las puertas de Enya se cerraron tras él.
–Eyvindur –Fandral le puso una mano en el hombro. –Acabas de salvarme la vida y a muchos de mis hombres también.
Thjalfi estaba muerto, con el cuello roto. Ertan vivía aunque tenía varias costillas astilladas y le costaba respirar. Tenía varios ulfhednar más lacerados, pero por fortuna ninguno presentaba quemaduras.
–¿Lómelinde? –inquirió Eyvindur.
–Lo lamento, ha caído.
Estaban en el atrio principal, con la fuente de las nornas tras ellos. Eyvindur desvió la mirada para contemplar la estatua de las tres diosas. Skuld del futuro con su semblante de niña, Berthandi del presente y su belleza sempiterna; y Urd del pasado fuerte y entrada en años. Lúne llegó a su lado con pasos veloces.
–Bendita sea Anar, temí que perdieses la vida.
–El día aún es joven –repuso Eyvindur sin mirar a su tío.
–Quizás tengas razón –siguió Lúne. –Los vigías en las torres han atisbado que un ejército de enanos y mercenarios está rodeando lo que queda de nuestra ciudad.
–Acabamos de toparnos con algunos de ellos –dijo Fandral. –De no ser por los mercenarios habríamos matado al dragón, Eyvindur ya lo tenía contra el suelo. Si nos afanamos más con la magia de hielo y con nuestras armas es posible que aún lo logremos pero la esperanza empieza a mermar.
–Debe haber algo que podamos hacer –habló Lúne. –El dragón no ha intentado traspasar la barrera del castillo, tenemos máquinas de guerra y aun contamos con cientos de soldados.
–Vilwarin ha caído –dijo Eyvindur y todos guardaron silencio. –Y por mucho que nos empeñemos en lo contrario, el mismo hado le corresponde a Enya.
–¿Deberíamos rendirnos?
–Si supiera que al ofrecerle mi vida, Thyra respetaría la de todos ustedes, eso es precisamente lo que haría. Sin embargo, ella no atenderá razones, tal es la naturaleza del mal; uno que ha germinado durante siglos bajo el yugo de mi familia. –Eyvindur parecía hablar más consigo mismo, meditando en voz alta. –Me importa más la vida de mi pueblo que este castillo. Los dejaremos saquearlo colmándose de sus riquezas mientras nosotros nos marchamos.
–¿A dónde? Si Vilwarin ha sido destruida, ¿dónde pretendes que hallemos refugio?
–Al norte, en la ciudad fortificada de Lord Teros o al oeste, entre los ríos que defienden a Lady Nienor. Prepara a todos para partir, que no carguen consigo nada innecesario pues ser rápidos quizás les salve la vida. Belegaer, alista a quiénes quedan de la guardia, deberán demorar al enemigo. –Y morir en ello pero eso no lo dijo. –Fandral, no soy tu rey pero si lo fuera te pediría que nos abrieras paso con tus ulfhednar para poder escapar más allá del asedio al que nos someten.
–Aunque no seas mi rey, no podría hacer menos que eso –le dijo el espadachín. Fandral no cesaba de repetir que Thor acudiría, en ese momento no lo hizo pero le puso una mano en el hombro a Eyvindur y asintió dándolo por hecho. Eyvindur le agradeció.
Quizás así se sentían los elfos oscuros cuando los cazaban en el espacio. Estaban a bordo de sus drakares, que para todo efecto eran sus hogares, cuando de pronto surgía alguien más poderoso y determinado a exterminarlos; y ese nicho de seguridad en el que se creían se evaporaba como un espejismo. Enya fue obra de Eyrundil, no de Eyrikur quien vivió de conflicto en conflicto y no tuvo tiempo de construir nada. Eyvindur siempre creyó que dentro de esas blancas paredes nada podía tocarlo, nunca dejó de creerlo ni cuando su padre murió entre esos muros. Escuchó al dragón rugiendo y no pudo sentirse a salvo dentro del castillo.
"Es que me haces falta tú" pensó. "Si estuvieras conmigo no le temería a nada".
–¿Qué pasará con el dragón? Cuando abandonemos el castillo nos perseguirá, podría incendiar todo el bosque y quemarnos en nuestra huida –dijo Lúne.
El dragón. Su tío y su madre no se lo habían reprochado, pero si Eyvindur hubiera obedecido a Larus cuando le ordenó injertarle esa piedra sahya a Hagen… de igual manera habría perdido a Hagen pero al menos habría impedido que lo usaran como arma. Quería enmendar el error.
–El dragón no nos perseguirá –dijo Eyvindur. –Tengo cierta magia que lo detendrá –mintió.
Lúne no lo creyó pero no lo contradijo.
–Le pedí a Elemmíre que cuide de Eyriander, le ordené no separarse de ella.
–El destino de mi madre está unido al suyo. Que así sea.
Las paredes del castillo se cimbraron. El dragón estaba tratando de entrar.
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Elemmíre salió de la armería portando su armadura al completo y un juego de dagas dobles, además de arco y flechas. No era el único. Los elfos no eran como los aesir, aquella raza en la cual todos recibían entrenamiento militar sin excepción, Elemmíre había escuchado que inclusive las mujeres se adiestraban. El bello pueblo no consideraba el arte de la guerra obligatorio de aprenderse. Pero aquel día en que los amenazaban con masacrarlos, todos los hombres en el castillo Enya se armaron sin excepción, y también casi todas las mujeres.
Acudió en búsqueda de la reina madre y de su séquito, como su guardián que era. Aunque hubiera preferido ir a las torres a combatir al dragón. A través de los ventanales del castillo se colaba una luz naranja cada vez que la bestia lanzaba una nueva bocanada de fuego contra la barrera. Belegaer y los demás miembros de la guardia habían acudido a las torres de guardia para intentar derribarlo.
Elemmíre entró en los aposentos reales. Eyriander estaba ataviada con armadura ligera, la princesa Lara, Alduya, Fania y otras cinco doncellas estaban vestidas de manera similar.
–Alabada sea Skuld, porque Finduilas se quedó en Asgard –dijo Eyriander; y las otras no bendijeron la suerte de la hija de Teros, porque seguramente la envidiaban.
–Alteza. –Elemmíre la reverenció. Sus órdenes eran acompañarlas a las caballerizas, disponer de una veintena de guardias y esperar. Los aesir les abrirían paso por el oeste de la ciudad, donde los mallorn se habían quemado pero sus troncos habían resistido ennegrecidos pero en pie. Esa sería su vía de escape. Lúne había decidido separar a su pueblo en dos grupos, uno que iría hacia el norte, el otro hacia el oeste. La reina madre Eyriander había elegido el norte. Cuando Fandral les abriera una brecha debían escapar a toda prisa.
Si a Eyriander le parecía mal, entregar el castillo para salvar sus vidas, no lo dijo. Tampoco se quejó por tener que abandonar su lujoso guardarropa, sus joyas, sus libros y tantos objetos que la habían acompañado durante siglos, a los cuáles debía haberles tomado aprecio.
La puerta se abrió y Lúne entró luciendo una armadura en plata y negro.
–Querida amiga. –Él guiaría al grupo que viajaría hacia el oeste, mientras que Eyriander haría lo mismo con el grupo que pondría rumbo al norte. Llevaría consigo a un moribundo Lord Teros con la esperanza de poder enterrarlo en sus tierras. Lúne le tendió las manos a Eyriander y ella se las apretó. Habían sido cómplices y confidentes durante los años del reinado de Larus que a los dos les parecía que había sido muy breve. –Vine a despedirme y a encomendarte a Lara. –La aludida se mordió los labios, un gesto acongojado.
–Nos veremos después, cuando esto termine. No sé dónde pero nos veremos más adelante –Eyriander procuró infundirse seguridad para disimular que estaba asustada. –Lúne, Eyvindur vino también para decirme adiós, pero no quiso decirme a dónde marchará él. Me dio esas evasivas en las que es tan versado. –Y cuando ella insistió su hijo le había besado una mejilla. Algo que no había hecho desde el día en que dejó de considerarse a sí mismo un infante, cosa que hizo bastante pronto. Con aquel beso la había cortado de insistir más en sus preguntas y luego se marchó.
–Eyvindur ha escogido su propio camino. –Le dijo Lúne. –Enfrentará al dragón.
–¿Al dragón? No es un guerrero, ¿cómo podría tener éxito donde hasta Teros cayó? Habla con él te lo imploro.
–Ya lo hablamos, está decidido. La magia es lo único que parece mellar a la bestia y en ello él es muy superior. –Eyriander rompió en llanto pero procuró sobreponerse. Lúne suspiró pesadamente y le tendió algo a Eyriander. Era el sello real.
–Tú eres el regente, ¿por qué me lo das? ¿Acaso también haz escogido para ti el sendero de la muerte?
–Tú eres del linaje de Eyrikur, Lara y yo no tenemos tal sangre real. Eyvindur y yo acordamos que tú debías tener este símbolo de nuestro reinado. –Así pues no la estaba nombrando regente, sino heredera al trono, sí Eyvindur moría, el peso de la corona, el que había evadido por siglos, recaería en ella.
Lúne la abrazó antes de hacer lo mismo con su hija y después se fue. Alduya se acercó a la reina para abrazarla y confortarla. Elemmíre le dio un momento de sosiego antes de indicarles con la mayor gentileza que pudo la salida.
Las doncellas se echaron encima una capucha y descendieron silenciosas por los corredores de su hogar, el cual parecía un barco a punto de naufragar. Todos los elfos se dirigían en silencio hacia las caballerizas. Descendieron por los largos pasillos donde nadie hablaba. Eyriander alzó la mirada y ahogó un nuevo sollozo. Elemmíre siguió el rumbo de sus ojos, descubrió a Eyvindur. Igual que durante la festividad de Naira Anar, iba resplandeciente, sin armadura y desarmado; y sus elfos tendían las manos para tocarlo y bendecirlo. No llevaba ningún guardián siguiéndole los pasos y de hecho se dirigía al salón del trono.
–Lara –Elemmíre se le acercó rápidamente. –Guíalas a las caballerizas. Las seguiré en un momento. –Le pidió dejando a un lado sus deberes.
Se adentró entre la multitud y se apersonó en el salón del trono. Halló a Eyvindur sentado en su escabel tallado en madera. La luz del sol entraba por la cúpula de cristal, el día decaía y también la luz. Los tintes rojizos del crepúsculo iluminaban a Eyvindur. Parecía bañado en sangre. La idea removió algo en Elemmíre.
Todos estaban escapando o luchando; al verlo ahí sentado con la misma actitud de deidad que todos le conocían, Elemmíre temió que su rey hubiera perdido la razón.
–Eyvindur –le habló yendo en su dirección. Lo tomaría en sus brazos y lo sacaría de ahí aunque fuese por la fuerza. Lo llevaría donde Eyriander la cual seguramente lo colmaría de agradecimiento y bendiciones por no tolerar la locura del rey. Lo necesitaban con vida, guiando a su pueblo, no pretendiendo inmolarse con su castillo. –Eyvindur.
Elemmíre trastabilló y cayó cuando el castillo volvió a cimbrarse.
–La barrera se ha roto –dijo Eyvindur y su voz resonó con claridad entre las blancas columnas que sostenían la bóveda del techo. –No atacó Enya hasta que me vio, me quiere a mí.
Elemmíre entendió al punto, hablaba del dragón negro. Pensaba que esa bestia carente de raciocinio lo había mirado por encima de sus otras víctimas. Elemmíre se puso de pie.
–Ven conmigo, te lo suplico. –Llegó a sus pies.
–Vete y protege a mi madre. –Le pidió Eyvindur y su mirada se posó en la claraboya de cristal sobre ellos. –Es lo último que me queda, te la encomiendo con todo mi corazón.
Elemmíre iba a agarrarlo de una mano cuando el cristal sobre ellos se rompió en cientos de esquirlas. El techo se resquebrajó como si fuese de papel y el dragón se abrió paso hacia ellos. Eyvindur se puso de pie y pasó de largo a Elemmíre el cual desenvainó su espada.
El dragón rugió pero no lanzó fuego. Estaba ahí, en medio del salón del trono con la mirada fija en Eyvindur. El rey se le acercó con pasos seguros y le tendió una mano. Estaba entonando una canción por lo bajo, un cántico de la diosa Sol. El dragón se agachó e inclinó la cabeza ante él, hasta que Eyvindur llegó a su lado y posó su mano sobre los belfos de la bestia. Seguía cantándole como hipnotizándolo. Elemmíre no se atrevió a acercarse temiendo romper el encantamiento en el que Eyvindur había puesto al dragón.
Las puertas principales se abrieron. Elemmíre vio entrar una avanzada de enanos y mercenarios. Se quedaron impávidos momentáneamente a la vista del rey elfo y el dragón. Pronto se repusieron y gritaron lanzándose contra el rey. Elemmíre avanzó igual, dispuesto a morir defendiendo a Eyvindur, pero el dragón se ocupó de ellos. Se irguió sobre sus patas traseras y les lanzó fuego a los intrusos.
Eyvindur cayó a un lado y se cubrió la cabeza con los brazos. En medio de todo miró a Elemmíre fijamente. El bardo juraría que escuchó las palabras "salva a mi madre" resonando en el interior de su mente. Asintió, se lo juraba. No podía acercarse, no con el dragón convirtiendo aquel sitio en un infierno. Cuando acabó de chamuscar a los enanos y a los mercenarios, el gran reptil volcó nuevamente su atención en Eyvindur. Estiró una de sus garras y lo sujetó, desplegó las alas y alzó el vuelo a través del techo roto llevándoselo consigo.
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Elemmíre corrió hacia las caballerizas. Su demora podía culminar con el fracaso de su encomienda. Sus enemigos habían irrumpido en el castillo, matando a todos a su paso. Sin tomar prisioneros. Los superaban en número, pero los elfos luchaban por sus vidas y ello los volvía feroces. Vio a Belegaer cubierto de heridas que se defendía con saña, junto a otros de sus compañeros de la guardia. Tuvo que dejarlos a todos atrás.
Las caballerizas eran un caos, Elemmíre desistió de intentar superar la marea de elfos huyendo.
–¡La reina madre! – Les gritó a los otros elfos, alguien le señaló el camino.
–Elemmíre –Lara se había quedado atrás. Llevaba en la mano una espada de filo sencillo, ligera y manejable. –He visto como arrastraban a mi padre hacia el sur, sin duda para arrojarlo a los pies de Thyra. –Le dijo aterrada, riendo histéricamente, le cedió su caballo a Elemmíre pues ella había tomado la resolución de ir a pie.
Estaba desesperada y dispuesta a reclamar para sí misma un final heroico. Y al verla, tan frágil pero a la vez tan resuelta, encendió los corazones de muchos de su pueblo que se aprestaron a seguirla. Elemmíre había dejado atrás a Eyvindur, a Belegaer y ahora a Lara. Si no daba con Eyriander lo lamentaría pues era al costo de las vidas de sus amigos que perseguía a la reina madre.
Montó y siguió el grupo de elfos que amparado por espadas aesir trataba de superar las líneas enemigas rumbo al norte. Los enanos tenían armas de sahya, y ahora las detonaban matando a los ases; mientras que los terribles mercenarios montados en lobos asediaban a los elfos por los flancos.
Elemmíre anduvo entre ellos, sesgando vidas con su espada. Llamando a grandes voces a Eyriander. Reorganizó la guardia que protegía a los elfos. La cual se agrupó bajo su mando sin dudarlo. Los lanzó en combate singular contra los mercenarios y aunque muchos murieron entre las fauces de sus lobos y el filo de sus armas, lograron apartarlos del grupo que se perdía entre los árboles mallorn.
Elemmíre tuvo que demorarse por tercera vez para cerrarles el paso a los mercenarios y permitir el escape de su pueblo. Si la reina Eyriander iba entre ellos, o si había caído cautiva era algo que no podía saber hasta que todo terminase. Entre los defensores vio a Fandral el raudo. Su espada hendía el aire con celeridad y los enemigos casi parecía que caían abatidos por una mano invisible.
Los aesir estaban tomando el camino del oeste pero igual que él, intentaban sacar de aquella masacre al mayor número de elfos.
No fue sino hasta que la noche estuvo cerrada, que Elemmíre se puso en marcha por el camino del norte. El humo de los incendios ocultaba las estrellas. Se escuchaban los gritos de la soldadesca que había entrado en Enya, pero no eran gritos de guerra ni de tristeza. Eran gritos de regocijo. Los mercenarios cantaban obscenidades y alardeaban mientras se apoderaban del castillo. Se escuchaba también el llanto de los elfos, los alaridos de las doncellas.
Elemmíre se alejó tan pronto como pudo seguido de apenas un puñado de elfos. Siguieron la muchedumbre que andaba a caballo.
–La reina madre –les decía a todos. –¿Dónde está la reina madre?
Anduvo hasta el inicio de la columna de fugitivos. Grande fue su regocijo cuando la encontró, tenía sangre en el rostro pero no era suya. Ya no lloraba, estaba seca y pálida.
–Las perdí a todas. –Le contó a Elemmíre con voz tranquila pero mirada ausente. –Se lanzaron en nuestra contra y me las arrancaron una por una y a la fuerza. A Alduya la arrastró uno de los lobos, a Fania la derribaron del caballo con una flecha. Las halaron de las ropas y los cabellos, como si fuesen botín de guerra.
–Lo lamento majestad.
–¿Y mi hijo? –Le inquirió al verlo. –¿Y Lúne y Lara? ¿Qué ha sido de ellos?
–Eyvindur vivía cuando lo dejé, el dragón lo tomó entre sus garras pero no parecía que fuese a hacerle daño. –Le dijo esperando que no fuese mentira lo último. Eyriander asintió. –Lúne y Lara fueron hechos prisioneros hasta donde sé.
–Que aciagos días nos han tocado vivir. –Habló Eyriander. –Lord Teros sigue vivo, lo llevan a caballo por delante de mí. Y yo, la más débil de todos estoy ilesa mientras que otros más fuertes y sin duda más valientes han caído. Y mi hijo… he perdido a mi hijo mientras que sigo con vida. Mi hijo… –murmuró la reina, –mi amado hijo. –Siguieron alejándose, nadie los perseguía. –Cántame un lamento.
Y Elemmíre así lo hizo. Un cantico fúnebre que los demás elfos igual emularon. Lloraban los seres amados que tuvieron que dejar atrás, la hermosa Vilwarin que había sido consumida, a Enya que era saqueada y también la vida que habían perdido.
–Melmelma nóren sina. Núra lá earo núri, ilfirin nairelma. Ananta ilyar eccatuvalme. Ar ullume nucuvalme, Nauva i nauva…
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Bölthorn y Hrimthurs habían llegado. Al cambiaformas lo acompañaba una pequeña compañía de doce dísir. A Hrimthurs lo seguía la gran mayoría de sus hombres. Un centenar se había quedado en el observatorio pero los demás lo acompañaban para reclamar la hermosa Vilwarin.
Excepto que descubrieron que los mercenarios habían saqueado el castillo Enya con excepción de los aposentos reales y la cámara del tesoro, los cuales habían sido vaciados y todo su contenido depositado en cofres para Thyra. La ciudad estaba hecha rescoldos y el castillo permanecía con las puertas abiertas y un hado siniestro en su interior. Los cadáveres se hacinaban y los cuervos hacían festín de ellos.
En el sur estaba el campamento de los enanos y algo separado de ellos el de los mercenarios. La compañía rosa y la compañía de la tormenta se habían pasado los últimos días ebrios de violencia y de vino. Habían saqueado la cava del rey y las cocinas. Se habían repartido a todas las doncellas cautivas con las cuales se entretenían vejándolas de todas las formas posibles. En medio de la rapiña y el asesinato tuvieron tiempo de enemistarse entre ellos. Pues Segsmündr había matado a Holme. Si le preguntabas a los de la compañía de la tormenta, decían que ella atacó primero tratando de matarlo mientras dormía. Si les preguntabas a los de la compañía rosa, ellos explicaban que Segsmündr había narcotizado a Holme y la había degollado. Como fuere, sin el mando de la norn, los ases se apoderaron de los lobos de Hel matando a sus jinetes. Los norn que quedaban con vida sólo querían tomar su recompensa y marcharse de vuelta a su mundo cuanto antes.
Los enanos eran más moderados. Se habían ocupado de encadenar a los pocos prisioneros que reclamaron suyos, contabilizar el botín, requisar todas las armas élficas que pudieron y despejar los caminos de escombros para hacerlos transitables.
Bölthorn había enfurecido y soltó una larga perorata para los oídos de Hrimthurs acerca de Thyra. Cuando llegaron ante ella, la reina de los enanos los recibió sumamente satisfecha.
–La capital correspondía a los tres, así lo habíamos acordado. –Reclamó Hrimthurs pero no alzó la voz.
–Me adelanté para impedir que Eyvindur cometiese alguna locura. Tengo el manifiesto del tesoro para que lo repartamos en tres, de manera justa. –Dijo la enana y su hijo le acercó el pergamino a Bölthorn y Hrimthurs.
Ninguno de los dos se creía ni remotamente que aquel manifiesto contuviera todo el tesoro de Vilwarin, era demasiado breve.
–Los mercenarios se han propasado –habló Hrimthurs. –Asumo que no frenaste su pillaje, deteniéndote con ello a considerar que estaban causando daño a algo que también es mío.
–Querían su pago y les permití tomarlo. No se ha perdido nada valioso, tan sólo la honra de un centenar de elfas que si me preguntas necesitaban un hombre de verdad y no esos amanerados con los que usualmente tratan. Se bebieron el vino y han dado buena cuenta de la comida, pero eso es insignificante comparado con el alivio que debe causarte no deberles más dinero.
–Yo debía pagarles conforme a nuestro acuerdo previo, contaba con tomar esta ciudad…
–El dragón la destruyó de cualquier modo. –Lo atajó Thyra, sumamente molesta. Se giró a Bölthorn con fastidio. –¿Y tú? ¿Qué es lo que vas a reclamarme?
–¿Dónde están Lómelinde y Lord Aldor? –Los necesitaba a ambos pues en el maldito observatorio no quedaba ningún istyar, salvo Belfrast y la pupila de Niriel, que mantenía obstaculizado el Bifrost. No le sería útil demasiado tiempo. –Tenemos un acuerdo alteza, prometiste ayudar a mi señor Surtur a liberarse, y para ese fin necesitamos a los istyar.
–A Lómelinde la mató tu dragón, no puedes culparme por ello. En cuanto a Lord Aldor, pues bien, aún no doy con él, pero tengo un grupo reconociendo cadáveres y haciéndome una lista de aquellos que eran peces gordos en la corte de Eyvindur. –Bölthorn estaba tan airado que parecía que se había hecho algo más grande y que irradiaba fuego.
–¿Y el rey? En dado caso me conformaré con él.
–Lo capturó tu dragón. –Bölthorn se extrañó. –La bestia irrumpió en Enya y lo sacó de ahí volando. Se ha construido algo parecido a un nido tumbando los últimos mallorn que quedaban. Si queda algo de ese insufrible Eyvindur, sin duda estará ahí.
El cambia formas tomó aire como queriendo recobrar la calma. Salió con paso veloz para ocuparse de ese pequeño detalle. Pronto lo siguió una tropa de enanos. Él no le había ordenado al dragón negro que entrase en el castillo. Esta muestra de desobediencia no podía presagiar nada grato. Le quitaría los restos del pobre elfo al dragón y le ordenaría acudir… no, era mejor no pedirle movilizarse por cuenta propia, debía vigilar la conducta de su mascota más de cerca.
Dejó atrás el campamento y llegó ante la bestia. En efecto había derribado los árboles y anidado entre ellos. Bölthorn sacó el pergamino que contenía el alma del dragón, este asomó la cabeza por encima de los troncos caídos y miró a su amo. Se portó dócil mientras Bölthorn trepaba al interior de su nido. Retrocedió a una señal suya y dejó al descubierto a sus pies el cuerpo de Eyvindur. Bölthorn había esperado encontrarse con un amasijo de carne chamuscada o tal vez con el elfo hecho pedazos. Pero no. Estaba entero e intacto.
–Por todos los demonios del averno –masculló Bölthorn. El elfo respiraba, tan sólo estaba inconsciente. Miró al dragón como si no creyera, que de hecho no lo hacía, lo que había hecho. –Así que eres una noble bestia cuidando el tesoro que escogiste. –Le dio una palmada en una pata.
–Por Anar e Isil –exclamó alguno de los enanos. Se habían metido tras Bölthorn y ahora se acercaban.
El dragón les enseñó los dientes.
–Quieto –le ordenó Bölthorn, sin tener más remedio que permitirles encadenar al soberano y arrástralo fuera de ahí. –Sígueme.
El dragón anduvo fuera de su nido tras los pasos de Bölthorn, pero este notó que aunque lo seguía a él, sus ojos estaban puestos en el elfo.
Condujo al dragón a las afueras del campamento y lo dejó bajo la vigilancia de las dísir, las cuales protestaron, eran terribles guardianas. No podía fiarse de ellas pero no podía hacer ese trabajo él solo. Necesitaba más manos.
Miró a los norn, estaban preparando sus naves para partir. Se dirigió a ellos y los abordó en su lengua, inició dándoles el pésame por Holme. No agradecieron su cortesía.
–Necesito un maestre, tengo heridos en mi feudo –lo miraron como si estuviese loco. –En el observatorio –tuvo que explicarse. –Pagaré muy bien, su peso en gemas preciosas y oro a cambio de toda la campaña.
–No queremos saber más de traidores ni de putos enanos. Estamos hartos. Tenemos oro y eso es todo, nos marchamos. Además no queremos estar aquí cuando los aesir desciendan.
–Los aesir no vendrán, les hemos chafado el Bifrost. Por otra parte, si se quedan conmigo habrá más dinero para darles, no tendrán que combatir contra la compañía de la tormenta ni con ellos, ni lidiar con Thyra ni con Segsmündr.
–Ese hijo de perra mató a Holme.
–Bien, este es mi trato, un maestre y una guarnición a cambio de venganza, además del dinero, claro está. –Se pusieron a discutir entre ellos. Bölthorn escuchó a varios decir que ni que hubiesen querido tanto a Holme. Pero al final un pequeño grupo se separó de los otros. Cincuenta, nada mal. –¿Y el maestre?
Un norn entrado en años dio unos pasos al frente. Era musculoso y curtido, llevaba ropa gastada encima, la camisa sin botones permitía ver los músculos de su abdomen. Todo una pieza.
–Soy Radu. –Bölthorn esperó un segundo por si a su nuevo maestre le daba por escupir o algo así. –Mis hombres y yo nos quedaremos pero queremos la cabeza de Segsmündr en una pica y nuestro peso en oro.
Bölthorn los miró, su líder Holme los tenía bien alimentados, aquello sería muchísimo dinero.
–La cabeza más adelante pues ahora mismo la espada de ese descastado hace falta, pero sin duda la tendrán, Segsmündr jamás dejará Svartálfheim. –Hubo asentimientos. –Y será el peso de la mitad, si quieren, me basta con veinticinco.
Volvieron a consultarse. Accedieron. De hecho se quedaron los cincuenta.
Lo primero que Bölthorn hizo fue mandarlos a conseguir una cadena para que las dísir ataran al dragón a un árbol. Luego volvió a la tienda de Thyra para parlamentar un par de detalles. Cuando entró Hrimthurs estaba discutiendo con la reina acerca de su negligencia. La de ella, no la de él.
–Tenías que haber contenido a Telenma y después haber aguardado por nosotros para marchar sobre la capital. Te haz comportado de manera desleal…
–¿Desleal? ¿Cómo osas increparme de tal manera? Yo te protegí cuando fallaste en el observatorio, te alimenté, te di armas, te ayudé a reclutar el raquítico ejército que te sigue, una tropa de desarrapados igual que tú.
Lo cierto es que Hrimthurs no era la elegancia encarnada, con una armadura que no era de su medida, con la ropa desgastada y su cabello encanecido y leonino. Bölthorn jamás participaba en estas competencias de ver quien meaba más lejos pero Thyra los miraba a Hrimthurs y a él como si fuesen sus súbditos.
"Y ahora le reprochará el dinero que le debe". Pensó cansinamente. Thyra no lo decepcionó.
–Me debes más de un millón de sous entre armas y otros favores.
"Si se pagan no son favores" pensó Bölthorn.
–Y a cambio te cedí una tercera parte de Vilwarin pero en cambio la haz tomado entera, y Bölthorn… –el cambia formas se alarmó, detestaba a Thyra pero jamás tomaría partido por Hrimthurs.
Dejaron de discutir pues la tienda estaba vibrando, la copa de vino de la reina cayó al suelo y se derramó. Los tres se preguntaron qué sucedía, salieron a averiguarlo.
–Esta es sin duda la era de las maravillas –dijo Bölthorn. –Un dragón surca los cielos de Svartálfheim y se roba al rey como si fuese su tesoro, los lobos de Hel corren por tierras de los vivos y del cielo desciende el príncipe de los elfos oscuros para reclamar su trono –canturreó.
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Diecinueve drakares bajaron entre las nubes, desplegando sus estandartes antes de tomar tierra. Las compuertas se abrieron y los ocupantes descendieron ante el campamento.
Thyra juntó un grupo de sus soldados y los hizo formar alrededor de ella. Hrimthurs hizo lo propio con Olwa y sus demás guerreros. No lo hicieron así para defenderse, eran el comité de bienvenida. Bölthorn parecía más entusiasmado que Hrimthurs a la vista del ejército de elfos oscuros que descendió marchando a paso marcial. Iban enfundados en armaduras, desiguales entre sí pero hermosamente bruñidas. Portaban al cinto espadas de doble filo, manguales, dagas; en la cadera un carcaj de flechas empenachadas en negro y sus arcos en la espalda.
De la nave guía bajó un portaestandarte. Una fémina de aspecto delicado y hermoso, ataviada a la manera de las skjaldmö. Llevaba el estandarte con la serpiente coronada de flores. Tras ella venía Nulka en una armadura roja. Y finalmente aparecieron Bjarni y Svadilfari.
Hrimthurs se adelantó para recibir a su familia.
Todos sus elfos se habían aglomerado, conocían a los ocupantes de los drakares y se regocijaban de verlos unirse a su causa. Pero ante todo admiraban el séquito de Svadilfari.
El hijo era bien diferente del padre. Svadilfari apareció vestido en armadura plateada, con un manto azul oscuro que le cruzaba sobre el hombro. Su rostro maduro infundía confianza pero su mirada conservaba ese algo gentil que él siempre se esforzaba en disimular. A su lado su madre estaba completamente encanecida y débil pero sonreía. Bjarni le tendió los brazos a Hrimthurs y ambos se abrazaron. El momento perdió solemnidad y los elfos se mezclaron para saludarse.
–Mi príncipe –Bölthorn se adelantó abriendo los brazos encantado de verlo pero Svadilfari no correspondió a su vehemencia. –Bienvenido seas Svadilfari Bjarnison. –Bölthorn lo reverenció e hizo aparecer algo. –Permíteme obsequiarte con esta espada. –Svadilfari la tomó. Era un arma magnifica, había runas élficas que corrían por el filo, era un arma para dos manos, con empuñadura en forma de dragón. Hubo entendimiento en la mirada del príncipe elfo. –Su nombre es Runya. –Añadió Bölthorn.
Svadilfari se fijó en su padre, Hrimthurs lo miraba como si lo analizara, como si no lo conociera.
–Te agradezco gentil Bölthorn –dijo Svadilfari algo inseguro. –Es sin duda una espada de hechura sublime, sin embargo no soy un guerrero. Por tanto cedo a Runya a mi señor de la guerra, Nulka.
El mercenario se aproximó y la tomó. La hizo silbar en el aire con un par de movimientos, agradeció a Svadilfari con una reverencia. Hubo aplausos entre las tropas. Bölthorn atisbó reproche en los ojos de Hrimthurs, no le gustaba que reverenciaran a su hijo.
Thyra fue la siguiente en acercarse a darle la bienvenida a Svadilfari. Acababa de tratar a Hrimthurs de mendigo, deudor y vasallo pero ante Svadilfari fue toda encanto. Igual tenía un regalo para darle la bienvenida. Se conocían desde antes pero se diría que era la primera vez que cruzaban palabra.
–De lo mejor que Vilwarin puede ofrecer. –La reina le tendió de sus propias manos un collar de oro blanco con ramilletes en forma de hojas y una sola perla engarzada al centro. –Acéptalo príncipe, en prenda de nuestra amistad.
Que lo llamase príncipe fue el colmo. Hrimthurs se alejó a paso firme. Svadilfari tomó el collar, con una expresión que Bölthorn ahora sí no supo descifrar. Se giró hacia Bjarni pero su madre negó y le indicó a la portaestandarte que debía acercarse.
–Dáselo a Vanima hijo. No es joya para una anciana, en cambio su belleza le hará justicia.
La elfa hincó una rodilla ante Svadilfari y apartó su cabello negro a un costado. Svadilfari le puso aquel collar y le tendió una mano para ayudarla a incorporarse nuevamente.
Thyra los observaba interesada.
–Así como Nulka es mi señor de la guerra, Vanima es mi consejera, mi Aranmaitë.
–Hermosos títulos. –Se metió Bölthorn. –Y me apuesto a que esos –indicó a los guerreros que habían descendido tras Svadilfari y su madre, los cuales eran más altos que los demás y parecían también mejor armados –son tus ohtar. –Svadilfari asintió. –Así pues haz resucitado las costumbres de la corte de Malekith. Sin duda eres su digno heredero.
–Lo es –dijo Vanima. –Él es Svadilfari Meletyalda. –Otra palabra que no se había escuchado en Svartálfheim por muchos siglos. El título real de Malekith, "Meletyalda".
Thyra rió encantada y ordenó de inmediato que se preparase un banquete para darle la bienvenida al príncipe.
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Svadilfari volvió al interior de su drakar en cuanto terminó de presentar a los capitanes entre sí. Su padre lo estaba rehuyendo y se notaba a la legua pero no le dio por perseguir a Hrimthurs. Dejó a Bjarni con Vanima y él se fue a su camarote y se sentó de cara a la pared.
Conforme descendían desde el espacio había vislumbrado las ruinas de Vilwarin. Buscó entre sus cosas el libro de arquitectura que Loki le había obsequiado y miró los bocetos del trazado de la ciudad, cuánto había anhelado verla. Se sentía como un traidor, un completo y despreciable traidor. Mirando los escombros de la ciudad, recibiendo la espada de Hagen de manos de Bölthorn; y lo peor, el collar que le dio Thyra, era el mismo que él le había obsequiado a Eyvindur, el que le había puesto personalmente.
–Svadilfari –Vanima se asomó. –¿Te encuentras bien? Nulka quiere hablar con Olwa, el general de tu padre, para ponerse al tanto de la guerra. Deberías venir a escucharlos.
–No. –Le dijo a Vanima tajante. Él sólo quería ver a Loki, no quería involucrarse allá donde Bölthorn lo arrastraba. –Déjame.
–¿Hay algo que pueda hacer? –Le insistió ella pero no se acercó.
–Sí. –Ya que lo mencionaba. –Averigua que fue de Eyvindur, quiero que me cuentes la historia de la caída de Vilwarin.
–Sí, mi príncipe –repuso Vanima y lo dejó por fin, encerrado en ese pequeño espacio con sus pensamientos.
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Thyra hizo amordazar a los prisioneros para que no fastidiasen con sus quejas. Mandó levantar un pabellón al sur del campamento, para que la vista de la ciudad que aún humeaba no estropease los ánimos.
Svadilfari se sentó en la mesa de honor, con su padre a la derecha seguido de su madre; y a su izquierda Thyra y su hijo Tryggvi.
Nulka, Tankol, todos ellos andaban entre los demás elfos. Nulka estaba más que honrado por la espada que Svadilfari le había dado y no se la había quitado para esa ocasión. Svadilfari lo vio hablando con el capitán de los mercenarios, Segsmündr.
Vanima ya le había contado brevemente lo acontecido, incluido el hecho de que Eyvindur era prisionero de la reina de los enanos. Quería verlo pero a la vez le temía. Sabía que su simple presencia en Svartálfheim era una fragante traición. Temía por él pero no creía que fuesen a hacerle daño. Lo necesitaban, porque Thor acudiría y Eyvindur sería un rehén valioso para utilizar en su contra. Quería hincarse ante el rey elfo y pedirle perdón, explicarle el porqué de sus acciones, no pretendía causarle mayor daño a su mundo del que ya había, tan sólo había actuado por amor.
Miró a su madre, se veía tranquila y feliz, Hrimthurs la estaba tomando de la mano. Bjarni le estaba hablando a Hrimthurs de Asgard, le estaba contando de las construcciones que Svadilfari había realizado, de la comunidad en pequeño Alfheim, de Aryante y su embarazo; de Tulk. Hrimthurs la escuchaba con atención y sin interrumpirla.
–Príncipe –Thyra entabló conversación con él. Sin meditarlo Svadilfari volteó respondiendo al título. La reina sonrió. –Te felicito por tu sentido de la oportunidad, tu padre sin duda necesitará de ti y de tus espadas leales para marchar hacia el norte o hacia el oeste. Aún queda mucho por conquistar.
–¿Y usted alteza? ¿No participará más en la contienda? –Thyra negó.
–Bölthorn pidió el observatorio, yo me quedo con el palacio Steindor y con la capital sur, Barad Eithel. El resto del reino les corresponde a ustedes, sus legítimos dueños. –Svadilfari asintió. –Parece que tus súbditos te tienen en muy alta estima. A todos les gusta un príncipe apuesto y con aire señorial.
Vanima le había dicho que la reina Thyra se había apropiado de Vilwarin sin permitirle a su padre quedarse más que una nimiedad del tesoro real. Ella parecía estarlo sondeando, seguramente se preguntaba qué es lo que cambiaría con su llegada. Él no estaba interesado.
–No son mis súbditos, ellos tan sólo quieren ayudar en lo que puedan. –Thyra sonrió condescendiente de su ingenuidad. –Majestad, supe que tomaste pocos prisioneros.
–Así es, pienso mostrarle uno muy valioso a tu padre esta noche. –Svadilfari no indagó más.
Bjarni se retiró a descansar al interior de su drakar bastante pronto. Y en cuanto ella se fue Hrimthurs dejó de contenerse.
–¿A qué piensas que estás jugando? –Y cuando inquirió aquello barrió con sus ojos bicolores el atuendo de Svadilfari para detenerse en la manera en que sostenía su copa en ese momento, como si hasta los modales de su hijo le resultasen ofensivos. –Te proclamas heredero de Malekith, te das un título real y repartes otros tantos entre tus seguidores, apareces vestido así aceptando lisonjas y que te llamen príncipe. ¿Esto es un entretenimiento para ti? ¿Qué piensas que hacemos aquí?
–Por lo que he visto te dedicas al pillaje, al saqueo y a la masacre. –Repuso Svadilfari. –No era mi deseo acudir a la guerra pero finalmente aquí me tienes, no veo porque me reprochas. El título me lo dieron ellos –señaló a los elfos oscuros –yo nunca lo pedí para mí.
–Dame el anillo –le pidió Hrimthurs. –Si lo que dices es cierto, ponte de pie y dame el anillo de Malekith.
–Entonces lo que te enfada es que a mí me llamen príncipe pero nadie se tome la molestia de darte trato de rey, ¿por qué padre? Debo preguntarte entonces ¿qué es lo que haces aquí? Porque creo que quizás he malentendido tus intenciones. –Svadilfari ni se movió ni se quitó el anillo. –Buscabas venganza.
–Telenma y Larus están muertos. Ahora lo que sigue es tomar este reino para nosotros, nos pertenece. Júrame lealtad y recobremos nuestro hogar.
–Los elfos de luz han vivido en Svartálfheim más tiempo que nosotros. Mi hogar no está aquí.
–¿En dónde si no? ¿En las migajas que Thor te ha dado? ¿Pequeño Alfheim?
–Pues sí. Ese era mi hogar. Ya puestos no debería ocultarte nada. No vine a luchar, Bölthorn me dijo que querías un ejército y aquí lo tienes. Pretendo retirarme en cuanto pueda.
–¿Cuándo Bölthorn te entregue a Loki? –Hrimthurs estaba más enterado de lo que su hijo esperaba. Svadilfari tuvo la decencia de mostrarse avergonzado. –Que Surtur te devore. Hijo desleal e hipócrita. ¿Saben tus súbditos por qué viniste en realidad? ¿Saben que se juegan la vida a cambio de que tú te encames a tu antiguo amor?
–Yo era el arquitecto real en Asgard –le soltó de golpe Svadilfari. –Logré tu anhelado sueño. Ahora me llaman príncipe y me siguen, de nuevo consigo lo que tú anhelas. No me voy a disculpar por tus frustraciones padre. Puedo decirles la verdad aquí y ahora –pues no incumpliría su contrato con Bölthorn –pero lo siguiente que verías es a Nulka tomando a sus guerreros, a los capitanes que me son leales juntando pertrechos; y este ejército que ahora ves volvería al espacio en el acto.
–En verdad eres un muchachito engreído. ¿Los mantiene aquí su amor por ti? Nuestra causa es justa. Los inspiraste a unirse pero no te necesitan para que la furia que le guardan a los elfos de luz y su anhelo de tener un hogar los aliente a pelear. Lo he visto con mis propios ojos.
Svadilfari se zafó el anillo de Malekith de la mano. Iba a ponerse de pie para anunciar su devolución a las rugosas manos de Hrimthurs; pero justo en ese momento la música cesó y un heraldo enano alzó la voz.
–Príncipe Svadilfari, nuestros aliados elfos oscuros; su alteza Thyra conoce el dolor que por siglos les fue infringido por los elfos de luz. Sepan todos que cuando un elfos oscuro era asesinado, su cabeza era presentada ante el rey elfo para su divertimento. Pues bien, he aquí la cabeza de su asesino.
Svadilfari se quedó inmóvil. Vio un enano portando una bandeja en todo lo alto. Los elfos oscuros soltaron exclamaciones de aprobación al verlo pasar.
–No la traigan aquí –rogó pero era inútil. Le llevaron aquello directamente a él y lo pusieron sobre la mesa.
No era Eyvindur, de hecho Svadilfari no lo conocía. Miró a Thyra, acordándose de mostrarse frío e indiferente. Como si un cristal lo separase de la realidad.
–Es Lúne, el lord consejero, el que ordenaba a Telenma cazarlos en nombre de su sobrino.
Svadilfari permanecía sereno pero había empalidecido. Vanima se paró a su lado y le puso una mano en el hombro. Ella fue quien habló en su lugar.
–Te agradecemos benevolente Thyra por obsequiarnos con la muerte de quien nos quería muertos. –Dijo con sencillez y reverenció a la reina.
Thyra hizo un ademán y la cabeza fue retirada de la vista. El heraldo volvió a hablar. Anunció un desfile de prisioneros. Svadilfari se encontró temiendo nuevamente encontrarse a Eyvindur. Pero su temor recibió indulto. Pasaron ante ellos las damas de la corte que habían sobrevivido, eran tres y la que iba encadenada al frente de todas era Lara.
Al verla Svadilfari no pudo evitar acordarse de la última vez que se habían visto. Faida, la tesorera real fallecida, lo había contratado para pintarle un cuadro y por ello Svadilfari solía acudir a su casa, la estaba retratando. En una de esas ocasiones, Lara había entrado seguida de Héroïque, Amora y Threir. Las bulliciosas damas de la corte aesir. Faida se había mostrado mortificada porque la presencia de Svadilfari ofendiese en alguna manera Lara. Pero la princesa elfa se lo tomó con humor. Saludó a Svadilfari hablándole élfico, él pensó que ella no era tan mala como creía, hasta que al momento de partir, Lara hizo que le llevasen un plato de sopa. Se lo había puesto a Svadilfari en las manos.
"Es para que tengas algo que seguramente desconoces, una cena caliente" le había dicho ella y sus amigas se habían reído.
Y ahora estaba aquí. Con un sencillo vestido, el hermoso rostro mostraba magulladuras, en los labios y en la comisura de uno de sus ojos. Lara no levantó la mirada hacia él ni tampoco lo hicieron las otras.
–Por desgracia no puedo entregártelas –estaba diciendo Thyra y Svadilfari sintió que no sabía de qué le hablaba, ¿para qué querría él a esas pobres elfas desgraciadas? –Se las regalé a Segsmündr. Lara es su favorita, la encadena a su cama, dice que nunca había rodado por las sábanas con alguien tan fino.
Las elfas fueron retiradas. Svadilfari sentía que no tenía sangre en el cuerpo y que no quería mantenerse más tiempo ahí. La música volvió a iniciar. Svadilfari se levantó para alejarse de Thyra.
Nulka se le acercó.
–Olwa quiere que marchemos hacia el oeste, y ya que no tenemos suficientes hombres quieren continuar la alianza con la compañía de la tormenta; y que ellos ataquen el norte. –Svadilfari no tenía opinión acerca de esas decisiones.
–Pronto no nos quedaran enemigos, por favor no me envíen sus cabezas. –Nulka sonrió tomándose a broma el comentario.
–Fue extraño conocer así a Lúne –dijo Nulka. –Tampoco vi nunca en persona a Telenma a pesar de que ella hundió mi drakar, y ahora está muerta y no veré siquiera su cabeza. ¿No es extraño?
–Prefiero no verlos. Saber que los matan y luego los exhiben como trofeos.
–A Lúne no lo mataron para exhibírtelo. –Habló el mercenario. –El cuello tenía los bordes muy limpios y los rasgos se le veían embotados. Estimo que llevaba muerto un día entero. Nuestros perseguidores finalmente se han ido al Hel.
–Ya nadie nos perseguía –musitó Svadilfari casi con tristeza.
Aquí venía Bölthorn. Nulka se alejó para dejarlos charlar a solas.
–¿Dónde está Loki? –Le preguntó Svadilfari en el acto. –Quiero verlo.
–Se quedó en el observatorio. Mañana partiré hacia allá.
–Iré contigo.
–¿Y tú padre? Aún debe conquistar…
–El norte y el oeste, y ninguno de esos sitios podría importarme menos, si es en el observatorio donde lo tienes, es ahí donde yo estaré.
–Tu devoción me conmueve hondamente, más, no olvides que no te lo puedes llevar hasta que cumpla mi contrato. –Svadilfari asintió. –Te ves bien en tu papel de príncipe, debo felicitarte por ello, se nota que te quieren.
Svadilfari se sentía en una pesadilla.
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Al día siguiente se levantó, se vistió con sencillez y salió del drakar. Debía decirle a Hrimthurs que no iría con él a conquistar el reino. A Nulka y a Vanima que siguieran a su padre junto con el ejército. Quería llevar a Bjarni con él al observatorio pues estaba seguro de que podría cuidar de ella mejor que su padre y que estaría más tranquila en ese enclave, alejada de las batallas.
La mañana estaba clara, el cielo increíblemente azul, ajeno al dolor de los elfos de luz. Svadilfari estaba tratando con ahínco en no pensar en ellos.
Vio pasar a Bölthorn guiando un caballo que cojeaba de la brida. Lo siguió para preguntarle a qué hora partirían. Todo sería más rápido si se llevaban el drakar de Svadilfari pero era posible que su padre le prohibiese movilizar ni una sola nave para sus fines personales.
El cambiaformas lo saludó con un gesto y siguió adelante.
–¿A dónde vas? –Inquirió Svadilfari.
–Donde mi mascota. –Salieron del campamento. Las dísir no dormían nunca. Svadilfari retrocedió al verlas, estaban custodiando al dragón el cual dormitaba echado, con una gruesa cadena en torno a su cuello. El caballo no quiso avanzar más. Bölthorn lo retuvo de la brida. –El desayuno está servido. –El dragón abrió los ojos. Svadilfari se giró a tiempo para no ver, aunque escuchó un relincho desesperado y después el crujir de huesos bajo las fauces de la bestia. –Si esto te parece cruel, deberías ver a las dísir alimentándose de elfos de luz. Esa Thyra me dará los prisioneros sobrantes para alimentarlas, por ahora están tranquilas. Se cebaron en Bain.
–Destruiste Bain –Svadilfari se giró procurando no ver directo al dragón pero notando aun así su hocico teñido de rojo.
–Sí –dijo Bölthorn. –Pero no te preocupes tu pueblo no lo necesitará más, y ningún elfo oscuro fue lastimado.
–Había niños, pequeños norn.
–Sí, los había –dijo Bölthorn sin ápice de arrepentimiento. –¿De dónde haz sacado este código moral? No creo que venga de tu padre. Ha presenciado mucho últimamente y jamás se queja por nada.
–No soy como mi padre.
–Eso veo; ya quiero que Thyra te insulte para ver cómo te lo tomas. Tu padre aguanta sin pestañear, a veces no sé si de verdad está cabreado, quizás ha formado costra o quizás le gusta que lo traten así. Antes de que enfermase, ¿tu madre le prodigaba un trato rudo? –A veces Svadilfari no sabía de qué hablaba Bölthorn.
El dragón se puso de pie haciendo tintinear sus cadenas.
–¿Está bien sujeto? –Inquirió Svadilfari.
–No. –Respondió Bölthorn. –Esas cadenas no lo frenan en absoluto. Hice que las dísir se las pusieran para tranquilizarlos a todos. Son una falsa ilusión de control. –El dragón olisqueó el aire y desplegó las alas. –Quieto. –Le ordenó Bölthorn y el reptil volvió a echarse para seguir masticando la carne del caballo, pero parecía alerta.
–¿Qué le pasa? –Bölthorn no respondió en cambio se le acercó y se puso a reprender al dragón, como si le hablase a un perro que se comportaba indebidamente.
En eso Vanima apareció corriendo a toda prisa hacia ellos. Svadilfari temió que viniera para obligarlo a estar en otro festejo de la reina de los enanos. Por poco y adivinó las intenciones de la elfa.
–Ven rápido –le pidió ella llorosa. –Dicen que va a ejecutarlo, debes pararla.
–¿A quién van a ejecutar?
–A Eyvindur, debes detenerla.
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Thyra tenía cien prisioneros. Solamente cien quedaban con vida. Había un puñado de ases y el resto eran elfos. Hombres y mujeres encadenados para presenciar aquello. Su ejército estaba alineado en corro. Los elfos oscuros igual se acercaron expectantes. Tryggvi miraba pero parecía que preferiría estar en cualquier otro sitio. Su hijo no tenía idea de lo que ella había planeado.
Hrimthurs no decía nada, estaba parado junto a ella, Thyra lo había invitado expresamente.
El rey de los elfos estaba de pie, impertérrito. Estaba atado con cadenas de gelgja que le sujetaban las muñecas nulificando su magia. Tenía el mentón alzado, la mirada fija, hasta parecía que se aburría con su propia ejecución.
El heraldo de Thyra empezó a hablar.
–Larus, rey consorte de Svartálfheim, primero de su nombre, durante el gran terremoto que nos destruyó, contemplaste la desolación de nuestro reino y sacaste beneficio de ella, por eso se te sentencia a que te arranquen los ojos. Por el crimen de arrebatarnos la mina de Hvergelmir, indispensable para nuestro sustento, por negarnos ventajas comerciales, por sabotear nuestro uso del observatorio y por oprimirnos se te condena a morir eviscerado. Eyriander, reina de Svartálfheim, por el crimen de tu estirpe al borrar de la historia las gestas del valiente Thorvid, padre de nuestro pueblo, se te condena a que tu nombre nunca más sea pronunciado. Por tu soberbia, tu falsa indulgencia y la humillación constante que ejerciste sobre nuestra amada reina Thyra, libertadora de nuestro pueblo, se te condena a perder la belleza que soberbiamente luciste, se te mostrará desnuda para que tus carnes viles sean contempladas por los ojos de nuestro pueblo y se te arrancará el cabello. Eyvindur Elenion Ancalima, por la grave falta de acuchillar a nuestro príncipe Tryggvi en la mano, se te romperán ambas a martillazos, por amenazarnos, intimidarnos y continuar con la tiranía de tu padre, tu cadáver será desmembrado y enviado por pedazos a todos los señoríos de nuestro mundo.
Eyvindur apenas y pestañeó.
–Madre, ¿cómo puedes sentenciar a Larus y a Eyriander? –Inquirió Tryggvi. –Debes parar.
–Mi hijo tiene razón –dijo Thyra. –Ellos dos no están aquí, pero los pecados de los padres se heredan a los hijos. Así pues Eyvindur pagará la sentencia dictada para sus padres, empezando por la de Eyriander, continuando con la suya para finalmente abrazar el hado correspondiente a su padre.
Thyra era la justa vengadora de su pueblo y su libertadora. A partir de aquí todo sería esplendor y gloria. La muerte de Eyvindur marcaría el nacimiento de una nueva era. Sabía que lo estaba condenando a una larga tortura y a una muerte vergonzosa, no era afecta a ello, pero cuando tomó asiento en su silla mullida para presidir aquel ritual tomó la firme determinación de no quitarle los ojos de encima al elfo.
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Bjarni se había acercado, su pueblo le abrió paso hasta el frente de la multitud que se había apiñado. Vio a Hrimthurs de pie junto a la reina Thyra, su Svadilfari no estaba con ellos. No se acercó a su esposo, en cambio se quedó junto a Tankol y Nulka.
Vio que los mercenarios ases se acercaban al rey de los elfos el cual era retenido por gruesas cadenas. Se pusieron a arrancarle la ropa sin ningún miramiento.
–¿Qué ocurre? –Su voz se perdió entre los gritos de los elfos de luz que estaban atados, apartados pero no lo suficiente como para que no pudieran presenciar lo que le hacían a su soberano. La desnudez era una humillación gravísima para el hermoso pueblo. Bjarni lo sabía bien.
Algunos elfos de luz se pusieron en pie y tiraron de las cadenas hasta sangrarse las manos, tratando de soltarse para ayudar a su rey. Otros suplicaron piedad y se ofrecieron a ser torturados en lugar de Eyvindur; pero sus súplicas fueron ignoradas. El rey se debatía, resistiéndose pero era inútil lo que hacía.
–Thyra quiere dejar bien claro que este es el final de los elfos de luz y sobre todo del linaje de Eyrikur –dijo Nulka.
Malekith mató a Eldarur hijo de Eyrikur. Eyrikur exilió a Malekith. Bjaldifr mató a Eyrundil hijo de Eyrikur. Larus mató a Bjaldifr padre de Bjarni. Hrimthurs hizo que matasen a Larus. Lúne igual estaba muerto. Y así. Una larga cadena de odio. Pero Eyvindur no tenía hijos.
Los elfos de luz apartaron la mirada cuando el cuerpo de su rey quedó expuesto. Su largo cabello ocultaba en parte su pecho pero el resto de su piel blanca como la crema se exhibía.
–Es sólo un niño –dijo Bjarni. –Era Lúne el que nos cazaba, eso dijo Lord Aldor. –Varios elfos oscuros se giraron a mirarla pero nadie hizo nada.
Eyvindur bajó la mirada un instante antes de clavar sus ojos en Thyra. La seguía mirando cuando los mercenarios lo obligaron a arrodillarse.
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Svadilfari escuchó a Eyvindur gritando y apresuró el paso con Vanima a la zaga.
–A un lado, apártense –les pidió a sus elfos oscuros los cuales obedecieron en el acto. Hubo otro grito y empezó a empujarlos, se coló entre todos con relativa facilidad hasta llegar al frente de aquel suplicio.
Vio a Eyvindur con las manos sujetas sobre una roca y un enano que blandía por última vez el martillo en su contra machacándoselas. El rey de los elfos gritó y se desvaneció por los suelos.
–Levántenlo –decía Thyra. Y dos de los mercenarios así lo hicieron exhibiéndolo en su cruda desnudez, marcada por la tortura. –Sáquenle los ojos, pero primero despiértenlo.
Svadilfari corrió a ellos. Se quitó el abrigo que llevaba puesto encima y cubrió con él a su amigo. Había tomado por sorpresa a los mercenarios con su intervención y soltaron a Eyvindur dejándolo en brazos de Svadilfari. La cara del hermoso elfo estaba veteada de sangre, su cuero cabelludo mostraba cortadas donde la navaja había hecho su trabajo con salvajismo. Su cabello, aquel gran río de belleza y opulencia, había desaparecido.
–No te entrometas –le dijo uno de los mercenarios haciendo amago de quitar a Svadilfari pero de pronto Nulka estaba a su lado con la mano en la empuñadura de su nueva espada, amenazante y bravo.
–Cuidado, –le advirtió al mercenario –es mi príncipe.
Varios de sus ohtar se unieron a Nulka. Hubo un revuelo de voces entre la multitud.
–Eyvindur, Eyvindur –lo llamó Svadilfari. Miró sus manos con los dedos retorcidos dolorosamente y sus huesos sobresaliendo entre la piel. Esas manos con la que le había construido un reloj cósmico, sus manos de artífice. Le acarició el rostro. Eyvindur abrió brevemente los ojos. –Te tengo, te tengo –le susurró Svadilfari dejándolo perderse en las tinieblas de la inconsciencia.
–¿Qué sucede príncipe? –Inquirió la voz de Thyra, autoritaria y calculadora.
Svadilfari alzó la mirada apretando más a Eyvindur contra él. Miró en derredor, los enanos lo miraban con censura, sus propios elfos oscuros lo cuestionaban. No aprobaban lo que hacía porque para ellos Eyvindur era, pues bien, Eyvindur era el epítome de una raza que por largos años los había oprimido. Svadilfari supo lo que pasaría. Lo obligarían a soltar a Eyvindur y la reina Thyra haría que le sacasen los ojos antes de matarlo. Y él no podría impedirlo, porque no era nadie, tan sólo un humilde…
No.
Por Isil, por Anar, por Bjaldifr. Él era un príncipe, o eso decían todos; el legítimo heredero de Malekith y por lo tanto estaba en su reino, y si quería salvar a Eyvindur, debía poder hacerlo. Los mercenarios de Thyra no iban a ponerle una mano encima a menos que quisieran perderla bajo el filo de Runya.
Clavó la mirada en Vanima, porque si alguien creía que él era el príncipe de Svartálfheim era ella. Se levantó sin soltar a Eyvindur.
–No puedo tolerar que se atormente así a nadie sin que intervenga. –Las palabras no fueron difíciles porque eran honestas. –Lo lamento alteza Thyra, pero… pero…
–Estás protegiendo al enemigo de tu pueblo, dándole la espalda al sufrimiento que les impuso. ¿Cuántos de tus elfos aquí presentes no perdieron sus naves, su familia y sus amigos por obra de los elfos de luz? –Inquirió Thyra. –Entiendo que tienes un corazón noble, príncipe, que no tolera ver como se infringe castigo pero entonces, te exhorto a que lo dejes y te retires.
–Lo lamento alteza Thyra –retomó lo que decía como si no la hubiese escuchado. –Pero acabo de decidir que la custodia de este prisionero recaiga en mis manos y por lo tanto yo… –Vanima asintió. –Yo suspendo tu sentencia previa.
La multitud estalló en gritos, en abucheos, en murmuraciones, Thyra se estaba riendo.
–Suéltalo –Hrimthurs se acercó. –Estás haciendo el ridículo. –Si había alguien que creyera menos que nadie que Svadilfari era un príncipe, ese era su padre. –Este es el muchacho que ordenó a Telenma que nos asesinara en el espacio. ¿Ya lo olvidaste?
–No lo he olvidado. Y no padre, Larus instauró a Telenma y le dio su flota, Lúne le ordenó perseguirnos. Este es el muchacho que le ordenó a Telenma que nos dejase en paz, él la hizo descender con todos sus hombres y me juró que cesaría la persecución, cumpliéndolo en el acto. –Buscó a sus elfos, a los que se había traído de Asgard, sus ohtar. –Ustedes lo presenciaron, él quería la paz con nosotros. –Hubo nuevos comentarios menos airados esta vez. –Si es enemigo de Thyra, con la destrucción de su hogar, con la muerte de su familia, ya se ha cobrado, no veo porque debemos permitirle continuar.
–Insensato –le advirtió Hrimthurs. Svadilfari se estaba dando cuenta de que le daba lo mismo lo que su padre opinase.
–¿Estás de acuerdo con esto? ¿Padre? ¿Te satisface este despliegue de injusta crueldad?
–Es del linaje de Eyrikur, debe morir, tú sabes bien lo que esa familia le hizo a la nuestra.
–Tú mataste a su padre y trataste de matarlo a él, le marcaste la cara. –Hrimthurs alzó una mano dispuesto a soltarle un revés pero Nulka negó despacio desaconsejándolo. –¿Qué te hizo Eyvindur? ¿Con sus propias manos?
–Ya fue suficiente –habló Thyra. –Príncipe no te aconsejo que me desafíes. ¿Harás que tus elfos oscuros luchen con mi ejército por él?
Sus elfos retrocedieron, los mercenarios ya se estaban alistando. Los superaban en número.
–Tankol –Svadilfari se dirigió a él. –Eyvindur le ordenó a Telenma descender y proclamó una ley que instauraba que atacarnos era ilegal. ¿Lo recuerdas? –El capitán suspiró y dio un paso al frente. Lo recordaba. –Nulka… –a él no tuvo que decirle nada, el mercenario desenvainó.
Hubo un nuevo tumulto en la muchedumbre. Se amontonaron abriendo espacio para que Bölthorn pasara, lo seguían sus dísir y a nadie le gustaba estar cerca de ellas.
–Majestad –Bölthorn le hizo una reverencia a Thyra y luego se detuvo a mirar a Eyvindur. –Que desastre. Bueno, espero que te hayas divertido, esto se acabó, me llevaré al rey elfo.
Thyra soltó un "ja" muy audible antes de llamar a su guardia. Tryggvi, se acercó a toda prisa ante el llamado de su madre. Los ohtar de Svadilfari desenvainaron y las dísir hicieron otro tanto.
–Es mío –habló la reina de los enanos y luego se dirigió a su hijo. –Mata a Eyvindur, si hace falta salpica la ropa de nuestro príncipe elfo.
–Teníamos un acuerdo –se quejó Bölthorn acercándose y habló para Thyra en la lengua de los enanos. –No hay istyar en esta pútrida ciudad salvo él, así que me lo quedo.
–Tú y tus contratos. Te desconozco. –Bölthorn sonrió cándidamente. Alzó una mano.
–Gracias a las nornas que lo haces, nada nos vincula entonces.
Thyra parecía intrigada por las acciones de su anterior aliado, pero entonces el dragón apareció volando y aterrizó aplastando la tienda de Thyra. La bestia dirigió su mirada hacia Svadilfari que aún sostenía a Eyvindur.
Thyra se había levantado de su silla cuando Bölthorn la señaló. El dragón rugió y la engulló en un solo bocado.
Ahora los que gritaban eran los enanos.
–¡Madre! –Tryggvi y sus hombres sacaron las espadas, pero el dragón volvió a rugir.
–Vamos a dejar en claro algunas cosas. Yo estoy a cargo de esta guerra –dijo Bölthorn. –Tryggvi espero sepas ser razonable. Segsmündr, ¿quién es tu señor? ¿El enano o el elfo oscuro?
–El elfo oscuro –dijo Segsmündr en el acto.
–Bien. Todos lárguense. –Hrimthurs le hizo una señal a sus elfos oscuros y todos se desbandaron en el acto, menos los ohtar que no se separarían de Svadilfari por nada. Los mercenarios pusieron pies en polvorosa dejando a Tryggvi, Hrimthurs, Svadilfari y Bölthorn formando un extraño cuadrado.
El nuevo rey de los enanos estaba furioso y se le notaba.
–Esto es la guerra –le espetó a Bölthorn. –Eres mi enemigo, nuestro enemigo y juro que te daré muerte. –Bölthorn no parecía nada preocupado. –Desharemos todos tus planes.
El cambiaformas dio un paso hacia Tryggvi pero este sacó una ballesta de entre sus ropas y le disparó. Bölthorn se fue hacia atrás con la saeta en un muslo. El dragón tomó aliento y lanzó fuego. Los enanos se desbandaron a toda prisa abandonando su campamento.
Bölthorn se arrancó la flecha. La herida se le empezó a cerrar inmediatamente.
–Vuela a Menelmakar –le ordenó al dragón negro. –Destrúyelo todo a tu paso.
El dragón desplegó sus alas y alzó el vuelo de inmediato.
El cambiaformas se levantó con algo de trabajo. Anduvo renqueando hasta Svadilfari. Le tomó una mano a Eyvindur entre las suyas.
–Esto se ve terrible, realmente terrible. Haré venir al sanador. Entrégamelo –le pidió a Svadilfari. –Me corresponde su custodia. –A pesar de lo que acababa de pasarle a Thyra, Svadilfari se atrevió a negarse. –No voy a lastimarlo, lo quiero con vida, te doy mi palabra y tú sabes que yo siempre la mantengo, a diferencia de muchos otros. –Svadilfari cedió depositando a Eyvindur en las manos de Bölthorn. –Calma a tu gente. Ah y mis dísir se llevaran a los prisioneros.
Las valquirias malditas ya estaban tomando las cadenas de los elfos de luz de las estacas que los retenían en ese mismo lugar, antes de hacerlos marchar.
–¿Qué pasará con nuestra alianza? ¿Con Surtur? –Dijo Hrimthurs.
–Pues bien, yo iré al observatorio para liberar a mi señor, tú tienes una ardua labor por delante. El reino es tuyo, incluso el sur. Yo no quiero nada para mí, más que el este.
–¿Y el tesoro de Thyra?
–Tuyo –Hrimthurs asintió con calma.
–Yo iré con Bölthorn –habló Svadilfari. –Deseo ir al este con él.
–Príncipe, tu lugar es en la batalla –le reclamó Nulka.
–Mi padre los guiará. Te encomiendo que lo apoyes en todo. –El mercenario no protestó más. –Iré solo.
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Los elfos oscuros y los mercenarios de Segsmündr se apoderaron del campamento que los enanos abandonaron para perseguir al dragón que se dirigía a Menelmakar. Rapiñaron todo preparándose a partir. Hrimthurs le encomendó el norte a Segsmündr, ahora tenía dinero para pagárselo. Él iría al oeste con Nulka, Olwa y Tankol. Tres capitanes. Su esposa se marcharía al este con Svadilfari. Era lo mejor.
Vanima junto un grupo de elfos oscuros en nombre de Svadilfari, como siempre hacía y los hizo seguirla hasta las ruinas de Vilwarin. Ordenó que se levantase una gran pira para incendiar los cuerpos que se pudrían, a varios les faltaban los ojos, devorados por los cuervos. Igual los hizo recorrer Enya para sacar a aquellos que habían muerto en su interior.
La ingrata tarea les tomó todo el día. Cuando terminaron salieron de aquella cripta desolada, el sitio estaba maldito por la sangre derramada en su interior. Vanima se detuvo ante la fuente de las nornas, en la penumbra no le parecieron sagradas y reconfortantes. Le pareció que al contrario, se mofaban de la triste suerte de los elfos de luz y ahora de los enanos.
–Me dijeron que estabas aquí –dijo una voz. –Te estaba buscando, partiremos al amanecer y quiero que dispongas de las provisiones para alimentar a nuestro ejército.
La elfa no se giró a mirar a Hrimthurs.
–No –dijo Vanima con simplicidad. –Iré con Svadilfari al este –se giró a mirar al gran arquitecto, –cuidaré de él y de Bjarni.
–Cremaste a nuestros enemigos.
–Los muertos no son enemigos de nadie –dijo Vanima.
Siguió a Hrimthurs fuera de aquel recinto. Volvieron a su campamento, Svadilfari se veía muy inquieto. Se sentó ensimismado mientras que Hrimthurs hacia repartir vino y proponía un brindis por la restitución de su reino.
–Y así inicia la era de los elfos oscuros –dijo Hrimthurs.
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Los ejércitos de los aesir y de los vanir, se encontraron a unas leguas de Cuencas de las Rosas. Ambos gemelos acudían a la guerra en compañía de Lord Tarkil, Lord de Valle Florido y supremo general del ejército vanir; Haraldur, guardián de Grímsttadir y el capitán Celtigar, el antiguo guardián de Loik; y Lady Nenar, la consejera real de los vanir y señora del oeste en el reino de los elfos. Iban seguidos de tres mil soldados, todos ellos con sus respectivos corceles pues en lo que eran mejores los vanir, era en la caballería.
A Thor le había sorprendido que acudieran ambos gemelos, pensó que alguno se quedaría en Grímsttadir.
–Cuando nuestro tío tomó nuestra ciudad, Eyvindur vino en persona para apoyarnos, no seríamos sus amigos si no hiciéramos lo mismo por él –argumentó Hrafn. Thor asintió. –Hay algo que debo decirte de forma apremiante, aún si parece que este no es el lugar para hacerlo.
–¿Qué es? –Preguntó Thor.
Los ojos de Hrafn se habían quedado prendados en la figura de Karnilla.
–El mensajero elfo que llegó hasta nosotros –fue diciendo Hjörtur que tomó la palabra y le hizo una seña a éste para que se acercara. –Nos contó que Hagen se ha transformado en dragón, presa de la magia de un elfo oscuro y ha desconocido a sus antiguos aliados; aún más, que las dísir marchan al lado de nuestros enemigos.
–Por las nornas –musitó Sif.
Karnilla se quedó estupefacta por varios segundos y no pareció poder decir nada, en cambio, lloró en silencio.
Thor asintió únicamente, no es que no le sorprendiera o en cambio, no le preocupara que aquella guerra que habían tachado de fácil, se estuviera tornando amarga y terrible; sino porque no había retorno.
–Vanir, aesir –empezó a decirles –no abandonaremos a los elfos al tormento y a la muerte. No mientras nos unan promesas de amistad y lealtad. La batalla será dura, pero no por ello habremos de renunciar abandonando a nuestros amigos.
Hogun, Sif, Karnilla y los vanir parecieron cobrar resolución ante sus palabras.
El camino a Svartálfheim estaba flanqueado por arcos de piedra, una puerta que antes no estaba a la vista, surgió cuando Hjörtur y Hrafn así lo ordenaron. A través de él vieron un bosque, la frontera de un mundo en guerra.
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CONTINUARÁ…
