Una disculpa enorme a todos los lectores -si es que queda alguno- por haber tardado tanto. Realmente esta historia fue publicada en Potterfics y al concluirla allí dejé el fandom por mucho tiempo, y ya no la continué acá, ya no tenía tiempo de nada. Empecé a escribir esta historia en una libreta allá por el 2005 en la universidad de mi país y la terminé de escribir en una mega computadora en Corea del Sur.

Gracias a los que me acompañaron en esta loca aventura.

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Las personas son como los edificios. Puedes verlos por fuera, pero no implica que los conoces hasta que entras y los recorres.

Algunas personas son casas pequeñas, pocas habitaciones y sin ningún patio donde crezca la mala hierba. Otros son grandes complejos habitacionales que están en continua modificación. Hoy hay un patio allí y mañana una fuente. Nunca sabes qué te puedes encontrar a la vuelta de la esquina.

Pues resulta que en ese momento sentía que estaba en medio de uno de esos complejos. No sabía hacia dónde tenía que ir para encontrar la salida ni qué dirección tomar, podía caminar por horas, perderme y volver a recorrer el mismo pasillo sin recordar haber pasado por allí.

Cuando crees que ya te sabes la planta de memoria, resulta que aún hay un par de sótanos que no habías visto y es escalofriante cuando esos sótanos tienen pasillos que conducen a antiguos castillos, de esos en que te puedes encontrar a la realeza paseando.

Y allí me encontraba yo... justo en la puerta de uno de esos pasillos con la más terrible realeza esperándome. Si las miradas congelaran, yo sería un cubito de hielo listo para ser despachado en una gaseosa.

- Supongo que tu madre no está en casa -comentó con voz suave mientras cruzaba las manos con elegancia en su regazo.

Su declaración me había dejado helada. Primero afirma que viene a recuperar a su hijo y dos segundos después me habla de mi madre. Los juegos psicológicos no eran lo mío y parecía que ellos eran expertos. Mi cerebro, en estado catatónico, hizo su intento de reacción y empecé a balbucear una respuesta incoherente inclusive para mí misma.

- Si, ella trabaja durante el día, no hoy claro, en este momento anda haciendo el súper, normalmente lo hace los fines de semana cuando tiene tiempo ya que, como le decía, trabaja todos los días y viene algo tarde, así que estoy sola la mayor parte del tiempo, cosa que no me incomoda porque comprendo que deba trabajar ya que mi padre no está...- me callé en el acto al ver su perfilada ceja elevarse. ¡Jesucristo, pastor de Judea! Había revelado toda mi historia a una completa desconocida en menos de diez segundos... necesitaría terapia después de esa visita.

Agradecí internamente que la señora hubiera escogido el sillón de una pieza y no en el de dos, ya que dudaba mucho que su ropa cara se viera mejorada con los pelos de Yandros.

- ¿Esta segura que no quiere nada de beber? - volví a preguntar brindándole mi mejor sonrisa de idiota.

- Agua está bien - respondió con una sonrisa condescendiente que no le llegaba a ojos.

Así que de este modo es como se siente una mesera cuando ha derramado vino sobre el comensal.

Me dirigí a la cocina y rápidamente marqué el número de Draco. Sonaba, pero no contestaba. Maldije en voz baja mientras buscaba un vaso y verificaba que estuviera limpio y sin ninguna marca. El sonido de llamada era mi tortura. ¿Dónde diablos te metes, Draco Malfoy? Gritaba mi mente mientras masacraba las teclas una y otra vez.

Al noveno intento desistí de hablar con Draco y llamé a Susan, que la cabeza de los Malfoy estuviera en mi sala y que conociera mi nombre significaba que ella debía haberle informado. Me contestó al segundo timbrazo.

- Diana. Hola -murmuró por lo bajo y sin mucho ánimo.

-Tengo una bruja en la sala, ¡dime que hago! - exigí en un murmullo furioso mientras vertía agua en el vaso y buscaba con la vista las servilletas. A la condesa de Inglaterra tendrían que servirle las de papel.

- ¡Oh! Tía Narcisa ya está allí -reaccionó, lo que me hizo suponer que este arroz no tenía mucho tiempo en el fuego-. Solo déjala platicar con Draco, no te hará nada, no te preocupes - murmuró nuevamente recuperando un poco de su habitual aplomo-. Diana tengo que dejarte, mi madre está histérica y me necesita. No puedo seguir hablando -agregó apresuradamente y antes de que pudiera siquiera decirle algo, ya había colgado.

¡La madre del cordero!

Esto era una hecatombe. Si la señora Malfoy... momento. ¡Tenía dos señoras Malfoy! Necesitaba un segundo para ordenar mis ideas... tomé un par de bocanadas de aire e intenté que mi corazón no saliera expulsado por la boca. ¿Cómo estaría la madre de Susan? Ver a su cuñada supondría un gran shock. Si se puso mal cuando se enteró de la visita de Greyback, y ni siquiera lo vio, no quería ni imaginar su reacción al ver en su puerta a la esposa del culpable de todas sus desgracias. ¿Por qué estaba ahora aquí? me pregunté tamborileando los dedos en la encimera.

Lo sabrías si regresaras a la sala murmuró una vocecita en mi cabeza. Me apresuré a tomar el vaso y llevarlo a la dama. Seguía sentada en el sillón con sus manos colocadas sencillamente en su regazo, su vista descansaba en la mesita de centro donde había algunos libros y demás materiales escolares abandonados, muchos de los cuales eran de Draco. ¿Reconocería la letra de su hijo a esa distancia?

- Aquí tiene su agua - comenté tendiéndole el vaso con manos temblorosas. Lo tomó y me dio las gracias con un gesto de cabeza.

- Tu casa es muy acogedora - comentó mientras colocaba el vaso en la mesa sin siquiera probarla, supuse que "aceptar bebidas y hacer halagos a la morada" eran parte de la doctrina que cualquier aristócrata aprendía de cuna.

- La compró mi padre hace muchos años, aunque después se fue, ya sabe, nos abandonó... de cualquier manera mi madre la mantiene con lo que trabaja -volví a exponer dándome cuenta de la cantidad de información que estaba soltando sin que me preguntaran. Tendría que darme algunas bofetadas mentales como siguiera revelando mi vida así como así. ¿Qué estaba intentando probar al hablar de esa manera? ¡Calma, Diana! Me grité a mí misma.

- Creo que un teléfono estaba sonando hace un momento - agregó ignorando mi verborragia mientras apuntaba con la cabeza hacia el otro sillón. Aunque intentó disimularlo noté la delicadeza con la que dijo la palabra, bueno, al menos la madre conocía más del mundo muggle que el hijo.

Me acerqué al mueble y encontré el teléfono verde. Tuve unas ganas incontrolables de ahorcar a su dueño, aunque por el momento tenía que conformarme con estrujar el aparato y pensar que era el cuello de su propietario, el idiota oxigenado.

- Estúpido Draco - murmuré

- ¿Disculpa? -preguntó al no entenderme.

- No, solo decía que Draco olvidó su móvil -argumenté mostrando el aparato verde en mi mano-, pero no se preocupe, regresará pronto, solo fue a dar una vuelta con Eric para probar los nuevos frenos que le pusieron a su Dukati - agregué con mi mejor sonrisa de vendedor de cepillos. Deberían darme el premio a la estupidez, obviamente ella no sabía quién era Eric y mucho menos qué diablos era una Dukati. Demostrando nuevamente su educación simplemente asintió con la cabeza como si comprendiera a la perfección todas las idioteces que yo estaba diciendo.

- Espero no te moleste que aguarde aquí hasta su llegada. Tengo cosas que hablar con mi hijo - agregó, y supuse que por mera cortesía porque era evidente que esa bruja no se marcharía de mi casa y ¡ay de mí! si intentaba echarla, seguramente ella sí me terminaría convirtiendo en algo gelatinoso.

- No se preocupe, siéntase como en su casa. Yo iré a la cocina un momento, si necesita algo solo avíseme- murmuré emprendiendo la graciosa huida.

Solo hube cruzado la puerta, ya estaba marcándole a Eric. Contestó al segundo timbrazo.

- Hola, Diana. Me agarras en el momento justo... - contestó, pero interrumpiéndole en el acto exclamé en un susurro.

- ¿Dónde está Draco? Debe venir a casa en este momento ¡ASAP!- agregué por si no había quedado claro. Supongo que mi voz histérica calmó cualquier intento de ofensa que pudo haber causado mi interrupción.

- Seguro llegará en un par de minutos -murmuró extrañado por mi exabrupto-. Va en camino... ¿qué pasa, Diana? - preguntó con voz grave.

- Te cuento luego, solamente no vengas a mi casa. Hagas lo que hagas, no vengas a mi casa. ¿Comprendes? - y sin darle tiempo a decir algo más, corté la llamada.

Tomé un par de galletas y las repartí sin ceremonia en un plato. Armándome de valor, regresé a la sala.

- Draco vendrá en un momento, por lo que si gusta... aquí tiene galletas - comenté colocando el plato en la mesa.

Y una vez hecha mi tarea de anfitriona me senté rígida en el sillón de enfrente y esperé. Me dolía la espalda, me temblaban las piernas y seguramente estaba sudando cual puerco cerca del matadero, pero aguanté el silencio que la mujer imponía en mi propia sala.

Casi me da un paro cardiaco al escuchar el sonido del motor. Me paré rápidamente y caminé hacia la puerta sin decir ni media palabra. La señora solo me observó.

Llegué a la puerta justo cuando él se disponía a entrar.

- Esa preciosura ronronea como gato persa -empezó a decir Draco al verme parada en el portal mientras señalaba con un dedo a la Dukati parqueada frente a mi casa-. Trae tu casco, iremos por un helado. Eric es un genio en la mecá... ¿Qué sucede, Diana? - Su sonrisa se desvaneció en el instante que vio mi cara de espanto.

- Draco... alguien te está esperando - comenté en el tono más calmado que encontré. Simplemente mi locuacidad había desaparecido.

- ¿Alguien? ¿Quién? - preguntó mientras me apartaba de la puerta, de la cual, sin darme cuenta me sostenía como si de una tabla salvavidas se tratara. Esperó dos segundos a mi reacción, pero esta simplemente no llegaba, mi conato de protección se había hecho trizas -. No me digas que otra vez ese cuatro ojos ha venido a molestar... ¿Te hizo algo? Si ese miserable te ha tocado un solo cabello… Quítate, Diana - ordenó seriamente al ver que no me apartaba.

Me quitó del camino, pero no avanzó mucho. Atenta a nuestra disputa, la dama se había parado justo cuando Draco me apartó.

- Hola, Draco; querido -murmuró a modo de saludo otorgándole una dulce sonrisa. Era realmente bella cuando sonreía.

- ¿Madre? - barbotó Draco en un estado de total incredulidad, la observaba de tal manera que parecía que su cerebro no podía procesar lo que sus ojos le decían.

Avanzó un par de pasos en dirección a la mujer, pero en el mismo instante se detuvo y volvió a retroceder, tomándome de la muñeca y arrastrándome a la seguridad de la puerta. La verdad, no comprendía su reacción.

- Tú no puedes estar aquí... ¡demuestra que realmente eres mi madre! - exclamó y me pareció que de una forma demasiado valiente si considerábamos que él no tenía varita y seguramente ella sí.

La dama soltó un suspiro resignado, como si esperara que su hijo fuera un paranoico que pidiera ese tipo de explicaciones. Cruzando nuevamente las manos al frente empezó a relatar detalles que solo una madre conocería. Detalles que parecían cincelar la fortaleza de Draco.

- A los diez años, decidiste tener una lechuza como mascota. Desististe cuando esta casi te arranca un dedo por intentar bañarla -comentó sin parpadear. Solo un buen observador hubiera notado ese deje de exasperación, como si hubiera sido una travesura de lo más osada-. Lloraste de emoción cuando recibiste tu carta de Hogwarts, pero no permitiste que tu padre se enterara. Estabas tan celoso de Potter por haber entrado al equipo que no querías jugar al Quidditch, tu padre tuvo que comprarte un puesto en el equipo de Slytherin para sacarte de la depresión -comentó enarcando una ceja como retándolo a negarlo- ... ¿Quieres que continúe o es suficiente? - preguntó la señora con un hilillo de orgullo en la voz.

No supe en qué momento Draco me había soltado, dos segundos después estaba abrazando a la dama. Ella le acariciaba el cabello y depositaba besos en las mejillas de su hijo mientras le susurraba palabras que no alcancé a escuchar. Aparté la mirada al sentirme incómoda. Era un momento tan íntimo que me sentía intrusa por estar observando.

Después de eso, todo fue un borrón para mí. En un momento Draco estaba con su madre, al otro estaba a mi lado, emocionado, presentándome a Narcisa Malfoy. Claro estaba, Draco no sabía ni qué hacía, era evidente que ya sabía quién era la señora, fui yo quien la dejó entrar. Nunca lo había visto tan feliz en su vida. Parecía otra persona, toda su elegancia se había ido por el drenaje.

Intentaba resumir su vida en un par de palabras, pero hablaba a borbotones. Le mostró su moto, enorgulleciéndose por su buen gusto y comparándola con escobas de carreras; le mostró su ropa, amontonada en el armario debajo de las gradas. Le mostró la casa como si presumiera del más grande palacio. Por último le presentó a su hijo.

- Tienes que conocerlo. Lo amarás. Ese pequeño demonio es un encanto. Es mucho mejor que tener una lechuza -le comentó mientras arrastraba a la señora a la parte de atrás.

Yandros estaba tirado patas arriba, durmiendo cual poseso. Al escuchar la puerta abrirse, movió la cabeza un poco, y cuando vio a Draco se enderezó y corrió hacia él, tirando todo a su paso. Ambos eran tan descuidados...

- Ven aquí, muchacho. Quiero que conozcas a alguien- comentó Draco jalando el collar de Yandros, tal parecía que el perro fuera suyo más que mío, pero en ese momento no me molestó. Yandros intentaba zafarse del agarre de Draco para acercarse a la señora, que parecía haber recuperado el temple.

Observaba al cachorro con una mirada indescifrable que parecía evaluar tanto al pero como a su hijo. Supuse que Draco no solía mostrarse tan desaliñado y amante de los animales. Al final, Draco logró que Yandros se sentara quieto por más de cinco segundos y aprovechando el momento volteó a ver a su madre, como pidiéndole su veredicto, mostraba una sonrisa deslumbrante mientras acariciaba las orejas del perro que empezaba a desesperarse por estar tieso como una tabla en medio de los brazos de Draco. La mirada gélida de la dama parecía no comprender cómo era posible que un Malfoy se arrimara a un animal y más aún, que se portara cariñoso con él. Su ceño empezó a fruncirse, momento que Yandros aprovechó para sacar la lengua y dar un ladrido de saludo. Eso pareció romper el hilo de pensamientos de la dama porque parpadeó y suavizó la mirada mientras extendía una mano para tocar la cabeza de Yandros.

De más está decir que este no se conformó con eso, sino que olfateó y lamió los dedos ante el asombro de la señora Malfoy y la diversión de su hijo. Supuse que si la madre era igual al hijo antes de llegar a América, aceptar el lametón de un perro era igual de probable que encontrar a la reina esperando el metro.

Pasado el primer susto, la señora recuperó el aplomo y le dio una palmada en la cabeza al perro para luego volver a su estado de "dama elegante que se mantiene en calma". Momento que decidí oportuno para dejarlos solos. Supuse que tenían mucho de qué hablar.

El tiempo pasó y Draco no volvió al interior. Al cabo de un rato salí al patio para encontrarlo vacío. Yandros apareció por una esquina moviendo la cola.

Draco se había ido.

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-¡Estoy en casa, cariño! ¿Quieres ayudarme con las bolsas? -preguntó mi madre haciéndome pegar un brinco del sillón donde me encontraba sentada. La vi abrir la puerta con dificultad mientras colocaba unas bolsas de papel en el suelo a manera de cuña para que la puerta no se cerrara. - Tengo otras en el auto, le compré a Draco las galletas que le gustan, aunque él no lo admita. Le compré una bolsa más grande de comida a Yandros, cada día come más ese perro, terminará obeso... ¡Diana! ¿Qué sucede? - preguntó al fin mi madre al verme parada junto al sillón.

- No creo que Draco venga hoy, mamá - dije muy despacio viendo al suelo.

- ¿Por fin regresará a su casa? Ya me parecía a mí que la estadía se estaba alargando más de lo necesario. ¿Helena habló con él? - preguntó volviendo a su tarea de jalar bolsas. Esperé a que regresara y como sabía que no me prestaría atención hasta que hubiera terminado la tarea, recogí las cosas que había puesto en el suelo y las llevé a la cocina.

- No, mamá. No sé si la madre de Susan habló con él. Pero dudo que Draco regrese hoy... Su madre vino a visitarlo - le dije cuando ingresó a la cocina.

- ¿Cómo que la madre de...? - preguntó mi madre intentando seguir el hilo de mis pensamientos. Creo que algo hizo clic en su cerebro porque dejó todo tirado en la mesa y tomó su cartera. Buscaba frenéticamente algo hasta que al final encontró su teléfono en el fondo del caos que era su bolso. - Tres llamadas perdidas de Helena. Dejé el teléfono en el auto cuando fui de compras. ¿Puedes explicarme qué sucede? Pensé que estaban bajo arresto domiciliario, o algo así, y por eso no podían salir del país.

¿Cómo explicarle a mi madre una situación que ni yo misma entendía? Después que Draco se fue tuve tiempo para pensar tranquilamente. Que su madre hubiera venido hasta NingunSitio significaba que la guerra había terminado, o al menos que la situación era suficientemente buena como para pedir que uno de los ex-seguidores del Señor Oscuro pueda regresar a casa sin complicaciones. ¿Estaría Potter involucrado en todo esto? ¿Cumpliría su palabra de ayudar a Draco?

- No sé qué ha pasado, solo sé que la dama se presentó en nuestra puerta y luego ella y Draco se fueron, así que lo único que puedo asegurarte es que Draco no volverá esta noche- murmuré acomodando algunas latas con la única intención de distraer mis manos.

- ¡Oh, Diana! Me alegro por él pero... ahh - suspiró pasándose los dedos por el pelo. Creo que el manual de padres no incluye un capítulo relacionado a hijos deprimidos por magos fugitivos.- ¿Cómo es esa señora? ¿Se parece en algo a Helena?

- No, madre. No pueden parecerse en nada, no son familia directa -exclamé algo alterada, realmente no quería hablar de nada y la cotilla de mi madre me ponía de los nervios-. Es igual que Draco. Rubia, ojos azules, mirada gélida y un comportamiento aristócrata que no te permite actuar normalmente- escupí recordando los bloqueos mentales que me causaban las miradas inquisidoras de Narcisa Malfoy.- ¿Puedo irme a mi habitación? - pregunté, casi supliqué.

Me sentía miserable y, sobre todo, abandonada. Draco no era el primer hombre en mi vida que se largaba sin explicaciones. Hace algunos años mi padre había hecho lo mismo.

- Claro, hija. Ve a descansar, mañana seguramente llegará a la escuela y podrás aclarar tus dudas - murmuró mi madre acariciando mi cabello y para mi asombro depositó un beso en mi frente. Tal vez puede ser que mi madre no sea tan despistada como supuse.

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Como era de suponer, Draco no apareció en la escuela. Tampoco Susan y por la cara de Eric supuse que las cosas en la casa de las Malfoy no estaban de color de rosa. ¿Sería prudente visitarlas? No. Creo que lo mejor en ese momento era mantenerme lo más alejada posible de esa casa con brujas desequilibradas.

- Tierra llamando a Diana, ¿hay alguien allí? -preguntó Eric moviendo su mano frente a mis ojos para hacerme reaccionar.

Nuevamente me había perdido en mi mente mientras comíamos.

- Perdona, solo pensaba en la inmortalidad del cangrejo -murmuré intentando hacer la vista gorda y metiéndome media hamburguesa en la boca para evitar seguir hablando. Si Eric se enterase de lo que pasaba por mi mente, seguramente me vería muy feo... o tal vez estaba aprendiendo a leerlas porque la mirada que me dedicaba en ese momento estaba muy cerca de ser fea.

- No se apareció hoy, sí, lo acepto; pero vendrá mañana, no te preocupes. No puede esfumarse como si nada sin dejar rastro. Además debe terminar el curso escolar. Solo dale tiempo y no desesperes- me dijo dándome una palmada en el hombro como haría con un camarada.

Decidí dar un paseo por el parque antes de llegar a casa. Necesitaba respirar y despejarme. Todo era tan confuso que aturdía.

Seguramente fue un shock para la madre de Susan ver a la esposa del culpable de todas sus desgracias parada en la puerta de su casa. Que hubieran perdonado a Draco no implicaba que hicieran lo mismo con toda la familia. Dios, no quería ni imaginar el infierno por el que tuvo que pasar esa dama para salir adelante. ¿Cómo habrá sido para ella? Un día eres la esposa de un respetable auror, al otro día eres una fugitiva sin magia, sin nada más que una adolescente a su cargo. Debió ser horrible.

Al final de la tarde mi mente era una maraña y, lejos de haber resuelto algo, solo había logrado enfadarme con el idiota de Draco. ¿Tanto le costaba dar una llamada para sacarme de este embrollo? ¿Tan siquiera un mensaje de texto diciendo que está bien? ¿Un "¡hey! sigo vivo"? Pero nada.

¿Y si la señora esa no era su madre y era alguien disfrazado? ¡Digo... son magos, pueden hacerlo! Solo sabía que entre más vueltas le daba al asunto, más ganas de darle un golpe me daban.

Al regresar a casa me lo encontré en la escalera. Esperándome.

Por un momento pensé en esconderme, pero supe que en algún punto tendría que regresar a casa y él tiene la suficiente paciencia, o debería decir, era lo suficientemente terco como para esperarme allí perpetuamente. Así que, haciendo de tripas corazón, avancé rumbo a mi casa.

Me vio desde el momento que me detuve, pero me conocía demasiado bien como para actuar. Así que esperó hasta que lo alcancé. Bueno, lo cierto es que lo ignoré. Muchas opciones habían pasado por mi mente, desde darle un bofetón, hasta dejarlo parado en el pórtico de la casa. Al final seguí de largo hacia la puerta y allí me quedé esperando a que entrara. Hizo bien en no mencionar nada, ya que no estaba de muy buen humor para aguantar sus reproches.

- ¿Y bien? ¿Vienes a...? - dije un poco a la defensiva. El mal humor me podía y que se hubiera largado con su madre sin decir ni mu me ponía de muy muy mal humor. Había pensado una y mil historias y todas con un mal final.

- Vengo a...- la palabra se le atascó en la boca. Suspiró fuertemente y sacó todo el aire que contenían sus pulmones en un fuerte resoplido para luego pasarse la mano por el pelo mientras intentaba armarse de paciencia. Al final solo me dedicó una mirada furibunda -. ¿En verdad vas a hacer esto de la manera más difícil? -preguntó exasperado-. Sí, por supuesto, no serías tú si no lo hicieras todo más difícil - reprochó.

¿Mi estado de ánimo? Ofendida a la n-esima potencia. ¿Que yo hacía todo difícil? Pequeño idiota arrogante. Ya le demostraría yo qué era difícil.

- Mira, Malfoy. Yo no hago nada difícil, que te diga las verdades en tu cara no implica que lo haga difícil, simplemente digo lo que pienso -escupí dándole la espalda y cruzándome tanto de brazos que tardaría un año en deshacer ese nudo. - ¡Fuiste tú el que se largó ayer sin dar mayor explicación después de que una bruja invadiera mi casa! ¿Y aun así dices que soy yo la que hace las cosas más difíciles?

Si lo pensaba un minuto podía caer en cuenta que sí, la realidad era esa. Había pasado un día del demonio esperando una explicación lógica y luego lo tenía campante, sentado en la puerta de mi casa. ¿Qué esperaba? ¿Qué corriera a sus brazos gritando de alegría de verlo, después de haberme dejado tirada sin explicaciones el día anterior? Respiré profundamente tratando de calmarme y explicarme a mí misma que mi actitud era completamente estúpida. Que él fuera estúpido era suficiente para ambos.

No fui consciente de su acercamiento hasta que rodeó la cintura con los brazos y colocó su cabeza en mi hombro.

- Diana... tengo que irme. Tengo que...- murmuró junto a mi oído.

- ¡Cállate! -le grité apartando sus brazos e intentando por todos los medios no derramar las lágrimas que se acumulaban en mis ojos. Quería por todos los medios evitar esta conversación.

- Diana -murmuró. Y, renuente, lo volteé a ver.

Destrozado. Confundido. Triste. Esa era su expresión.

- Mi madre me ha dicho que puedo volver. Debo enfrentar un juicio, pero Potter ha prometido ayudarme- explicó manteniendo la voz en un hilo-. Diana, si por mi fuera...

- Este no es tu lugar, Draco. Tú y yo lo sabemos muy bien. Siempre dejaste muy claro que si existiera la mínima posibilidad de recuperar tu vida, la tomarías sin pensarlo... Y eso es lo que harás. ¿Verdad? - pregunté volviendo a cruzar mis brazos.

Silencio. Ninguno de los dos sabía qué decir porque sabría que serían meras excusas para la inminente despedida. Intentar encontrar argumentos era imposible. Ambos sabíamos que Draco no pertenecía aquí. Su lugar estaba en una vieja mansión inglesa.

- No sé cuánto tiempo me costará resolver todo esto. El señor Oscuro ya no existe, pero... aun así, el mundo mágico no olvida fácilmente y mi apellido ha estado envuelto en todo esto demasiado tiempo. Tal vez me lleve un par de meses, no sé. Quizá algunos años... Diana, por favor, mírame - suplicó al ver mi insistencia de observar el suelo.

Levanté la vista y me encontré una mirada de mercurio intentando descifrarme. No lo lograría. No me derrumbaría frente a él. No sería yo quien lo detuviera en este lugar. Ni él ni yo saldríamos sacrificados en esta historia.

- Tienes que volver y limpiar tu nombre. No importa cuánto tiempo te lleve, tienes que demostrarles que has cambiado y que... -la voz se me quebró así que callé.

Me negué a su intento de consolarme. No quería tener que soportar sus brazos porque sería peor. Tenía que ser fuerte. Era mejor un corte limpio que un adiós lastimero.

- ¿Cuándo te vas? - pregunté arrancando una lágrima necia que escapó de mi ojo.

- Esta noche - respondió sin vida.

- ¿Susan lo sabe? - continué con el interrogatorio mientras me observaba una uña.

- Sí.

- ¿Te has despedido de Eric? - pregunté nuevamente.

-Diana, ¿qué haces? - preguntó él a su vez, dedicándome una mirada calculadora.

- No sirve de nada discutir o platicar. No sé con qué más rellenar el silencio, así que hago un inventario - respondí y el nivel de sorpresa no fue mayor porque no me esforcé.- Te irás de igual manera, no sirve de nada que quieras consolarme. ¿Quién lo hará cuando no estés? -pregunté con ironía. - Así que supongo que es mejor no acostumbrarme.

- Entonces lo mejor será despedirnos y ya - contestó con arrogancia. Había picado en su orgullo y estaba muy segura que esa era la mejor estrategia.

Sacó su varita, pude ver que era una nueva, y de un movimiento todas sus pertenencias volaron y se metieron en una maleta. Supongo que su madre ha de haber traído regalitos. De algún modo me pareció muy adecuado. Draco había aprendido a vivir sin magia, pero no significaba que ella no siguiera allí, que no formara parte de él. Ahora que la tenía de nuevo toda esta vida muggle se convertiría en un paréntesis, pronto no sería más un espejismo, o el recuerdo de algo ajeno y muy lejano. Dejó la maleta en medio de la sala y se fue al patio trasero.

Que yo no quisiera despedirme de él, no implica que él no quisiera despedirse de Yandros. Minutos después apareció nuevamente. Aullidos y gimoteos se escuchaban mientras el rasqueteo de la puerta hacía evidentes los intentos del perro de entrar en la casa.

- Esto es para tu madre. Por favor entrégala en mi nombre - explicó depositando una carta en la mesita del centro con la voz más gélida que pudo.

Cogió la maleta. Iba a marcharse, dentro de nada habría salido de mi vida... pero al pasar se detuvo. Tomó mi barbilla e intentó darme un beso. Aparté la cara, por lo que terminó besándome en la mejilla. Estaba destinada a cometer los mismos errores una y otra vez, y todo porque me sentía más voluble que la gasolina cerca del calor. Suspiró exasperado y tomando nuevamente su maleta, caminó a la puerta.

Un adiós limpio, sin recuerdo y sin lamento. Así es como debe ser.

¿Así es como debe ser? ¿Así quería despedirme de él? ¿Así quería que recordara nuestro último encuentro? ¿Conmigo haciendo una pataleta?

-¡Draco! - grité mientras corría hacia la puerta.

Me lancé contra él, agradeciendo que su mano no hubiera alcanzado el pomo.

La maleta hizo un sonido sordo al caer contra el suelo. Draco aprovechó tener las dos manos libres para apretarme contra él. Lo besé como si el alma se me fuera en ello. En realidad creo que dejé un poco de mi alma en él.

Las lágrimas se derramaron por fin, pero no me importó. Profundizó el beso, sabiendo que era su última oportunidad. Un beso con sabor a despedida. Me consoló como solo él sabía hacer. Susurró palabras a mi oído mientras acariciaba mi cabello, regó con sus besos mi cara, mis manos y todo mi ser. No podría decir a qué saben sus lágrimas, pero la mezcla de las nuestras fue un sabor salado y dulce. No quería que se fuera, pero sabía que tenía que hacerlo. Su partida era inminente.

Cuanto tiempo estuvimos allí, en la puerta, abrazados y besándonos no lo sé. Al final se marchó arrastrando su maleta y yo me quedé con el corazón en la mano, intentando reparar esas brechas que él había hecho aunque sentía que pasarían muchos años antes de que lograra hacerlo.

Lo seguí con la mirada mientras caminaba por la acera. Las lágrimas nublaban mi vista, pero no me impidieron ver cuando dobló la esquina. Él se había marchado.

Draco se había ido para siempre.

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Si, este es el fin…

¡Ok! Bajen las varitas que matar es penado con Azkaban, además, si me matan no sabrán qué pasa en el epílogo. Si, tomo el epílogo de rehén mientras llego a mi bunker.

Ya, dejando la payasada de lado, he de decir que si estás leyendo esto te mereces mi total y sincero agradecimiento. Esto es un casi final, el trabajo de más de cinco años, así que solo me queda decir, gracias por haber leído mi loca historia.

Mi más entera gratitud a Granger, sin su zarpa correctora esto fuera una completa basura y seguramente lo hubiera dejado tirado hace mucho, pero su chincheante insistencia hizo posible que me sentara y continuara escribiendo.

No extenderé esto porque no quiero aburrirlos *cofcofcofynoquieroponermelacrimosacofcofcof* así que solo digo, espero que lo hayan disfrutado y que haya llenado sus expectativas, realmente me gustaría conocer su opinión al respecto tanto si les gustó como si no. No les pido que me digan sus partes favoritas, simplemente me gustaría escuchar su opinión general del capítulo y de la historia.

Y ya, nada. Espero que la espera haya valido la pena y que hayan disfrutado del capítulo.

Nos vemos en el epílogo.