XXXVII. Filled

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Milo salió con la cabeza echa un lío, se llevó la mano a la frente que sudaba ahora, sacó un cigarrillo de la chaqueta y lo encendió, caminó varias calles y dio con otro hotel, el Argo, ahí estaba Aioria con su acompañante, tenían esa costumbre: decirse a que hotel se irían.

No le costó dar con él, bastaba con encender un poco su cosmos para notar el de su parabatai, ardía como antorcha.

Aporreó la puerta una y otra vez hablando a voz de cuello.

—¡Aioria! Con un carajo… sé que estás ahí… ¡Ábreme! —Sentenció el melio al no obtener respuesta.

—Lárgate Milo…

—¡Aioria! ¡Abre de una maldita vez o te juro que voy a tirar la puta puerta! ¡Por los cojones de Heracles que lo haré! ¡Abre!

Algo en la voz de Milo sonaba a desespero, a real y absoluto descontrol, así que Aioria entornando sus bellas esmeraldas abrió la puerta dejando la cadena puesta, apenas cubría su desnudez con una sábana.

Milo empujó con el hombro, usando suficiente fuerza para trozar la cadena, una vez adentro de la habitación arrojó la ropa que estaba en el piso a la mujer que observaba aterrada desde la cama.

—Se acabó la fiesta, hermosa, así que toma tus cosas y vete.

—Pedazo de cabrón ¿Qué te crees que estás haciendo? ¿Estás drogado otra vez? —Increpó el león a su compañero.