37. Amenhotep, sacerdote de Neftis

Once hombres de tez morena y curtida conversaban animadamente, intercambiándose impresiones sobre los últimos acontecimientos acaecidos, alrededor de una pequeña hoguera y la luz que portaba un muchacho con una antorcha.

El que parecía líder del grupo, un hombre de espaldas anchas y numerosas cicatrices por el cuerpo reía a carcajada limpia sobre lo que le comentaban sus subordinados. Se retiró el pequeño paño blanco de lino que cubría su cabeza, sujeto con una diadema dorada con la efigie de una leona, pasándose la mano por la calva. La pechera metálica cubierta de láminas de lapislázuli refulgía gracias a la antorcha que portaba uno de sus súbditos.

—Pues sí, fue más sencillo de lo que nuestra diosa pensaba. El ataque se produjo de madrugada. Hemos saqueado todo lo que había en el templo de valor, aunque no me permitió llevarme una caja de oro. ¡Por todos los dioses! ¿Sabríais lo que aquel objeto podría costar en el mercado negro? ¡Una fortuna! Ni siquiera estos brazaletes— dijo sacudiendo los mismos, realizados en oro y piedras semipreciosas— podrían alcanzar el valor de aquella misteriosa caja. Me pregunto qué habría ahí dentro— dijo llevándose una mano a la barbilla y torciendo el gesto.

Uno de los hombres afines alzó las cejas finamente depiladas y sonrió mostrando la sonrisa mellada.
—Yo sé lo que contiene esa caja— respondió, cruzándose de brazos—, me lo dijo Tarik hace años y desde entonces la he buscado para adueñarme de ella. Así que si sabes dónde se halla, podemos ir a buscarla. No creo que Sekhmet esté lo suficientemente atenta en el fragor de la batalla… Ahí será cuando podamos agenciárnosla. ¿Hay trato?— dijo extendiendo su huesuda mano hacia el líder. Éste buscó en los caídos ojos de su interlocutor algún resquicio de mentira y suspirando la estrechó con fuerza.
Antes de soltarle, el jefe acercó a sus labios al oído del hombre.
—Espero que tengas razón en esto, Amenhotep, sacerdote de Neftis. Porque si no es así, juro por las fauces de Sekhmet que te despedazaré sin más miramientos.

Y dicho esto, soltó el agarre y dándose media vuelta, seguido de su joven lacayo y sus cinco camaradas, se alejaron rápidamente de aquel lugar, dejando solos a los otros seis hombres alrededor de la hoguera.

Amenohotep frotó sus manos deleitándose y retiró la peluca azabache, sacudiéndola. Volvió a encajarla en su cabeza rapada.
—Ya veremos Ramsés…ya veremos…si tan sólo supieras que Neftis no conformarán alianza con tu querida Sekhmet y esa armadura de oro pasará a mi poder…sólo necesito de ti tu fuerza bruta para conseguirla— la carcajada salió de su garganta.

No bien había terminado de solazarse, cuando vio un punto rojo luminoso en lo alto de la pequeña duna que se alzaba frente a él. Sin que le diera tiempo a dar la voz de alarma, sintió como su cuerpo recibía unos aguijonazos ardientes, a la vez que veía a sus compañeros caer fulminados de un solo ataque. A su vez, de aquellos impactos empezó a brotar sangre a raudales, sin que él pudiera moverse para tratar de taponar la hemorragia.

Paralizado por aquella misteriosa fuerza, pronto se vio rodeado por tres hombres extranjeros.
—Vas a pagar muy cara tu falta de precaución, al hablar en voz alta, Amenhotep.

El aludido permanecía bloqueado físicamente, pero recordó aquella voz. Sargas descubrió su rostro ante el sacerdote, quien se sorprendió al verle.
—¿Me recuerdas, verdad? Tarik me lo contó todo aunque las lagunas que me quedaban han sido finalmente resueltas. Sin embargo te necesito vivo— dijo introduciendo sus dedos índice y corazón dentro de una de las punciones y deteniendo la hemorragia.

Milo se acercó a ambos y sin descubrirse informó de la muerte de los otros cuatro hombres. Su maestro asintió y pidió a Polidamas que se acercara con una cuerda para atarle y retenerle como prisionero.
Obligándole a sentarse, Sargas pidió que Amenohtep desembuchara todo lo que sabía. Sabiendo que si se negaba acabaría atravesado de nuevo, pero con el mismo final que sus compañeros, el sacerdote relató los acontecimientos.

—Hace años— comenzó el sacerdote— que Neftis ansía reinar en todo Egipto junto a su difunto esposo Seth, quien fue brutalmente asesinado por Horus, hijo de Isis y Osiris, regidores del Reino de los Muertos.
Para ello, se ha aliado junto a Sekhmet, prometiéndole reinar junto a ellos dos. Por lo que sé respecto a la diosa de la guerra, desea una guerra contra los dioses griegos y obtener la supremacía en todo el mundo, pero es un riesgo que Neftis no está dispuesta a asumir. Digamos que mi diosa no tiene tantas aspiraciones como Sekhmet.

—¿Y cuáles son las aspiraciones de Neftis?— preguntó Polidamas, mientras rebuscaba entre los ropajes de los difuntos algún odre repleto de agua.
El rostro cuarteado de Amenhotep dibujó una sonrisa diabólica y sus ojos centellearon en la noche.
—Eso es un secreto del que muy pronto os enteraréis.

En un milisegundo sintió una mano atenazando su garganta y algo punzante tanteando la vena yugular. Sin que el resto de sus dedos aflojaran el agarre, Milo movía su dedo índice como si la cola de un escorpión se tratara, buscando el lugar apropiado para clavar su aguijón. Inclinándose sobre su presa, se acercó al rostro ajado del sacerdote.
—No estamos aquí para jugar, pero si no nos dices ahora qué es lo que planea tu diosa, seré yo quien juegue contigo…puedo notar tu pulso acelerado…

La voz susurrante de aquel muchacho disparó el miedo de Amenhotep. El sudor brotaba a mares por todo su cuerpo y jadeó tratando de tomar aire.
—Milo, ya basta— ordenó secamente Sargas. El joven aflojó el agarre y como última advertencia, le mostró al sacerdote su dedo índice, con una uña larga y afilada, de color carmesí. Agitó el dedo en una ondulación inquietante y sonrió de medio lado mientras se sentaba junto a su maestro.

Libre de aquella tortura, Amenhotep recobró la compostura y acariciándose el enrojecido cuello, escupió unas palabras inesperadas para ellos.
—Va a resucitar a Seth, con ayuda de Anubis.


NOTAS:

Bueno, al fin actualizo este fic, que ya iba siendo hora XD No os preocupéis, hay más capítulos escritos y vuelvo a actualizar con más prontitud.
Los nombres del sacerdote de Neftis y el capitán de guerra de Sekhmet no tienen nada que ver con los faraones egipcios. Vamos, que solamente utilizo sus nombres, pero que no son ellos.

¡Muchas gracias por leer!