Si algún día decides volver
.
Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18. NO APTO PARA PERSONAS SENSIBLES.
Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.
Recomiendo Saturn de Sleeping At Last y Muchacha Ojos de Papel de Luis Alberto Spinetta
.
-Dedicado a Less, por ayudarme siempre y brindarme su cariño incondicional. Además, me has brindado la cuota perfecta de tu talento al escribir. ¡Gracias!-
.
Capítulo XXXVI
.
Isabella POV
Edward recae entre mis brazos y yo lo sostengo con todas mis fuerzas, aunque flaqueo, pues pesa muchísimo. Entre mi desesperación y la necesidad de no hacerlo caer, le pido por favor que no cierre los ojos, pero no me escucha, pues simplemente dejo de ver sus ojos de miel casi al instante.
—Dios mío —gimo, sintiendo otra vez cómo escurre su sangre.
¿Cómo le ha pasado esto?
—No me siento bien. Me duele la cabeza —me susurra con la voz apagada.
—Cariño, por favor, no decaigas —le pido con desesperación.
Siento que mis piernas tiemblan y con esmero lo conduzco hasta la entrada de su casa. Lo siento quejarse débilmente, pero parece demasiado cansado para proseguir. Él me ayuda a caminar, pero al final tengo que conducirlo yo mismo hasta su habitación. Cuando llego hasta su cama lo acuesto con la cabeza levantada, mientras la sangre que comienza a escurrir otra vez le baña el rostro. Si no me apresuro Edward podría desangrarse.
—¿Quién te ha hecho esto, Edward? —pregunto desesperada, corriendo hacia el teléfono.
Llamo a Emmett con la garganta seca y muy apretada, con los ojos llenos de lágrimas y la sensación más asquerosa dentro de mi corazón. Miro de reojo a Edward una y otra vez, angustiada de que algo pudiese pasarle, mientras el teléfono sigue sonando.
—¡Emmett! —grito al oírlo detrás del aparato—. Por favor, Emmett, necesito que vengas conmigo, te lo suplico.
—Espera, Bella, ¿te ha ocurrido algo? —me pregunta preocupado.
—Es Edward, está sangrando y… y no sé qué hacer, no quiero que le pase algo, por favor, Emmett, ayúdame —le pido entre sollozos.
Me limpio el rostro bañado en lágrimas y luego me doy cuenta de que mis manos están bañadas en sangre.
—Claro, voy enseguida, ¿dónde están?
.
Miro el reloj de vez en cuando, mientras voy limpiando la herida que encuentro en su cuero cabelludo. Es muy gruesa y la sangre a veces planea no salir como también sí. Luego aprieto el pañito en su herida y a veces beso su frente, con la esperanza de que no se desmaye. Pero solo lo oigo respirar y abrir muy poco los ojos. Cada vez se pone más blanco.
—Ya vendrán a ayudarte, mi amor, pero por favor mantente aquí —le susurro en su oído.
Tocan el timbre y corro a abrir. Emmett me observa asustado, quizá por mi apariencia llena de sangre, pero no me importa. Lo conduzco rápidamente a la habitación y él ni siquiera lo duda, solo corre hasta mi novio y comienza a inspeccionarlo.
—¿Cómo pasó esto, Bella? —me pregunta, mientras le toca la herida con guantes.
—No lo sé —lloro—, llegué aquí y parecía un poco cansado. Al rato comenzó a sangrar y se dejó caer entre mis brazos. Dime que estará bien, por favor.
—Tranquila, Bella, haré lo posible por ayudarlo —me dice con sinceridad.
Asiento, mientras lo veo tocarlo con cuidado.
—Alguien lo golpeó con algo muy duro y le provocó una incisura. Dudo que haya perdido mucha sangre hasta el momento, el corte es profundo, pero pequeño. ¿Algo lo enojó antes de que comenzara a sentirse así? —me pregunta.
Miro hacia el suelo, un poco culpable.
—Sí —le contesto—, algo le enojó.
Emmett asiente y de su maletín saca algo que no logro identificar.
—La presión y la fatiga le jugaron una mala pasada. La sangre que derramó ha sido mucha, pero no peligrosa, aún no se desmaya. ¿No te dijo quién pudo golpearlo? Parece ser algo muy grueso —comenta con seriedad.
Me acerco a Edward y le tomo la mano, mientras él con todas sus fuerzas me la sostiene, pero parece tan débil. Sé que apenas me escucha, pero le susurro que lo amo. Emmett me queda mirando, pero desvía sus ojos casi al instante, volviendo a ponerle algo en la herida. Mi cobrizo se queja casi en un susurro.
.
—¿Estará bien? —le pregunto cuando acaba, mientras me quito las lágrimas de la cara, ésta vez con las manos limpias.
Emmett me sonríe con dulzura.
—Tranquila, Bella, estará bien. Ahora dormirá y quizá se quejará de un gran dolor de cabeza, pero estará bien. Solo dale mucha agua y quédate con él —me dice, bajando la voz—, Edward estará mucho mejor contigo acompañándole.
Miro hacia otro lado, sintiéndome muy incómoda. Sé que Emmett aún siente cosas por mí, pero yo no, solo gratitud.
—Muchas gracias, Emmett, de verdad.
Me sonríe con los ojos brillantes y me da un abrazo, el cual le recibo con mucha fuerza.
—Perdón por lo que ha pasado entre nosotros…
—Da igual, Emm, eso ya sucedió.
Asiente y me sostiene una mano en el hombro, mirándome atentamente detrás de los cristales de sus anteojos.
—No quiero incomodarte con esto, pero ¿has sabido de Rose? No contesta mis llamadas, tampoco la he visto en su tienda.
Me muerdo el labio inferior y me separo poco a poco de él. Luego frunzo el ceño, yo tampoco he sabido de ella.
—¿Ni siquiera has visto a su hija? —inquiero.
—No, parece que nadie quisiera verme —suena culpable y cansado—. Me llamas si ocurre algo, Bella, cuida de él. —Hace el ademán de irse, pero regresa—. Ponte un poco de agua en las heridas de tus piernas, no querrás que la sangre acabe secándose en tu piel.
Se despide de mí con un beso en la mejilla y yo lo veo alejarse. Suspiro al cerrar la puerta y pongo mi frente en la madera. Quisiera que Emmett dejase de mirarme de esta manera… Quisiera que Rose estuviera bien.
Camino hacia el baño y limpio muy despacio las espinas, la sangre y la tierra que ha quedado en mis piernas producto de las espinas de las rosas que me he incrustado al caerme.
Cuando me meto a la habitación de Edward lo miro y me voy acercando lentamente a él. Tomo una manta y lo arropo, mientras él parece demasiado decaído incluso para saber que estoy a su lado. Toco su frente y percibo lo frío que está. Mi garganta se ennudece y beso la piel. Me acuesto a su lado y lo abrazo, apego mi mejilla a su pecho y espero a que despierte, aunque demore muchísimo tiempo.
.
Me he quedado dormida y es Edward quien me despierta con un pequeño gemido. Me desperezo enseguida y lo veo removerse, mientras se palpa la curación que le ha hecho Emmett.
—Tranquilo, cariño, no te toques ahí —le susurro, acariciando suavemente su barbilla.
Abre los ojos muy despacio y me busca. Cuando sus dorados iris topan conmigo sonríe débilmente, luego frunce el ceño.
—Me…
—Sí, te duele la cabeza —le digo con dulzura—, te traeré algo para que tomes.
—No… —Me toma la muñeca para evitar que me levante—. No me dejes solo.
Le doy pequeños besos en la frente.
—No demoraré.
Le llevo una pastilla y un vaso de agua, con un analgésico será más que suficiente. Edward parece un poco desorbitado y sus ojos están un tanto rojos. Nunca lo había visto así, tan desamparado. Jamás lo vi enfermo, un par de veces herido sí, pero jamás de esta manera, en donde realmente me necesite. Me duele tanto.
—Abre la boca —le pido y lo hace—. Ahora bebe esto.
Lo veo tragar con rapidez y yo lo felicito por eso. Le acaricio el cabello con cuidado y luego los labios.
—Estoy hecho un desastre, ¿verdad?
Me largo a reír.
—No, claro que no —le respondo—. Solo perdiste sangre, ya está.
Toma mi mano con cuidado y se la lleva a los labios.
—¿Quién lo hizo, Edward?
Desvía su mirada hacia algún lado.
—Me atacaron en un callejón —me cuenta.
—¿Por qué?
Endurece su semblante.
—Me hablaron de ti.
Algo dentro de mí parece retorcerse.
—Parecían… peligrosos y se reían de mí —susurra en voz baja—. Uno parecía conocerte, no entiendo por qué —sus ojos se tornan iracundos—, hablaban de la Elite.
—¿La Elite? —inquiero, presa del horror—. ¿Qué más te han contado?
—Me han confesado que… —traga— si me inmiscuyo más en tu vida saldré muy herido.
El aire se atasca en mis pulmones y no encuentro la forma de dejarlo salir. Aprieto sus dedos y siento la desesperación fluir con rapidez por mis venas.
Es Louis, Louis me está buscando. ¿Pero por qué? Ya han sido demasiados años sin pertenecerle, ¿qué más quiere? ¿Por qué me busca precisamente hoy?
—¿Qué harás? —le pregunto con los ojos llenos de lágrimas.
Edward hace un mohín desgarrado y me abraza con fuerza. Yo apego mi rostro en su hombro e intento tranquilizarme con su calor. Aún está aquí, aún lo está, pienso.
—Nada —me contesta—. Solo seguir a tu lado.
—Te han hecho daño, Edward, no quiero que vuelva a ocurrir —le digo.
—No volverá a ocurrir.
—¿Con qué te golpearon?
—Tranquila, cariño, todo está bien —me tranquiliza acariciando mis hombros—. Yo no importo, lo que realmente importa eres tú. Bella, ¿quiénes son? ¿Por qué no puedo amarte? Es… ilógico. ¿Qué es la Elite?
Suspiro y dejo caer mis hombros con lentitud. ¿Cómo contarle todo lo que me ha ocurrido?
Acaricio suavemente mi nariz con la suya y luego deposito un suave beso sobre sus labios. Cuando me separo Edward tiene los ojos cerrados.
—Me preocupa, Bella, porque aquel hombre te conoce muy bien. Me entregó esto.
Del bolsillo de su pantalón saca unas bragas blancas, me las tiende y yo las miro. Dios mío… ¿Esas son…?
—Dijo que eran tuyas —murmura adolorido—. Huelen a ti.
Las tomo con cuidado y las reconozco casi enseguida. Son blancas y siempre odié el color blanco en la ropa interior. Tuve dos, una se las regalé a William y otras a James. Y el último las conservó con mi perfume favorito, el Chanel nro. 5.
—Son… son mías —le digo.
Lo veo quebrar su mirada y lentamente dirigirla a sus manos.
—Entonces…
—Fue James, Edward, James te atacó —exclamo.
Frunce el ceño lentamente y sus manos se empuñan.
—¿Tu representante? —inquiere—. ¿Cómo demonios tiene tu ropa interior?
Me levanto de la cama y me desespero. Edward también lo hace con la mirada algo desquiciada.
—Edward… —murmuro.
—¡No lo entiendo! —exclama.
Me muerdo el labio inferior, cierro los ojos con fuerza y me llevo una mano al pecho.
—Él y yo… fuimos amantes muchísimo tiempo, Edward.
Sus ojos dorados se entornan y lo veo analizar lo que le he dicho. Vuelvo a cerrar los ojos, esperando a que diga algo.
—No… No lo entiendo.
Mi barbilla tirita y comienzo a llorar.
—Fui una tonta durante todo esos años, Edward, creí que no volvería a verte y no me importaba nada —le confieso—. Sé que acostarme con James fue una tontería, pero en ese periodo yo ni siquiera me detenía a pensar si lo que hacía estaba bien o mal. Cuando regresé a Forks por la enfermedad de mi madre y te vi, sentí que aún quedaba algo de mí, de la antigua Bella. James comenzó a decirme que estaba mal quedarme aquí, en el pueblo, pero no le hice caso. Edward, yo aún te amaba y eso le impactó, tanto así que me amenazó muchas veces.
Lo miro y él parece descolocado con mi respuesta.
—Por eso intentó violarme, porque aquella vez que regresé a mi mundo le grité que te amaba, que no quería volver a sentirlo.
Lleva su mano a mi nuca y me atrae hacia su rostro para besarme. Me limpia las lágrimas con sus pulgares y me susurra que todo está bien.
—Es un grandísimo hijo de puta —masculla al separarse solo unos milímetros.
—Le temo tanto, Edward, no podría vivir si te ocurre algo aún peor de lo de hoy, ya viví la sola idea de perderte creyendo que tú estabas…
—¿Muerto? —inquiere con la voz muy baja.
Asiento. El solo recuerdo me remece de pies a cabeza.
—¿Por qué? —pregunta.
—Me llegó una carta muy bien sellada a mis manos en donde expresaban que tú habías muerto en la guerra —sollozo—, que habías explotado gracias a una mina. La carta era tan real.
—Shh… Tranquila —me dice.
Me hace sentarme en la cama y él lo hace a mi lado.
—Fue Carmen. No sé de dónde sacó ese papel, pero me hizo creer que tú no ibas a volver. Fue un año después de que yo decidiera irme de Forks. Sentí que todo mi pecho se hundía, que algo estaba haciendo trizas mi corazón. Dios, me arrepentí tanto de haberte dejado, tanto que estuve a punto de venirme a Forks a pedirle perdón a tu padre por haberte hecho esto, por no poder decirte que te amaba cuando estabas vivo. Edward, fue el peor día de mi vida. Lloré días y noches con la idea de que tú habías muerto.
Su mano hace caricias en mi cabello, mientras me mira con los ojos brillantes y acuosos.
—¿Cuándo supiste que yo… estaba realmente vivo?
—Cuando regresé, hace tan solo meses atrás.
—Oh… Carajo —murmura.
—Por eso hui de ti, porque creí que estaba loca. Viví diez años con la idea de que tú estabas muerto, por eso jamás te llamé, por eso nunca regresé, sino lo hubiera hecho. Carmen destrozó mi vida.
—No —me dice—, no solo destrozó la tuya, también destrozó la mía. Te esperé durante diez años y me obligué a creer que tú ya me habías olvidado.
Niego y me vuelvo a abrazar a él con muchísima fuerza. Está vivo, está aquí, conmigo.
—Pero ya estoy aquí, junto a ti, después de todo pude decirte que te amo —me susurra.
Beso su cuello y ahí me quedo, con los labios apegados a su piel.
—¿Ahora entiendes por qué le temo tanto a la idea de que algo te ocurra? —le pregunto—. La sola idea de que tú… Dios, no podría soportarlo.
—Tranquila, Bella, no ocurrirá nada —murmura.
—James está aquí…
—No me da miedo. —Parece decirlo en serio—. Es un imbécil que se esconde detrás para atacarme, no voy a temerle.
Nos quedamos en silencio un momento, él acostado sobre la cama y yo sobre su pecho, apoderándome de su tacto. Estoy más tranquila ahora que Edward me sostiene, aferrada a la idea de que no le ocurrirá nada.
—¿Fue lo único que hizo, Carmen? —me pregunta de pronto.
Niego.
—Me mintió con respecto a mamá —me largo a reír con cansancio—. Le enviaba dinero y lo gastaba, me decía que ella no quería verme pero que el dinero sin embargo le sentaba bien.
Me besa el cabello y va bajando por mis mejillas hasta el cuello.
—Yo creí que tú no estabas interesada en tu madre.
Sonrío agriamente.
—Amo a mi madre, jamás dejó de importarme. Simplemente me creí las mentiras de mi prima.
—Es increíble lo rodeados que estamos de la gente que nos quiere ver separados.
—Siempre le he temido a la idea de que eso ocurra, sobre todo ahora que te amo cada vez más —le confieso.
Su nariz me roza la clavícula, mientras sus manos recorren mi cintura. Entrelazo mis dedos en su cabello, hebra por hebra, hechizada ante la suavidad de ellas.
—Yo le temo a que ellos te hagan daño, Bella, te quieren a ti ¿y qué puedo hacer yo? A veces siento que tengo las manos vacías y que en cualquier momento te llevarán. Eres muy frágil en este momento, siento que hasta yo podría hacerte añicos.
—Lo único que puedes hacer es abrazarme con todas tus fuerzas y no soltarme nunca —le susurro—, solo es bastará estar segura.
Me da un profundo beso en la frente y me aprieta así, muy fuerte. No me duele, pero me hace sentir muy segura, aprisionada solo a él. Quisiera estar aunada a sus brazos por siempre.
—Aún me pregunto de dónde sacó Carmen ese papel, era del ejército…
—Me tomaron por muerto en un error de parte del gobierno. Un alcance de nombres.
Me acurruco con su calor entre los edredones y cierro los ojos.
—Carmen debió robarlo cuando fue a preguntar si era cierto —me cuenta—. Ahora entiendo tantas cosas.
—¿Cómo qué? —Lo miro a los ojos y él lo hace conmigo, recorriéndome el rostro con sus dorados ojos.
Luego baja hasta toparse con mis labios y más allá, con mis manos aferradas a su pecho.
—Como que tú no venías aquí no porque no quisieras, sino porque me creías muerto, el por qué huiste de mí, tu madre… ¿Por qué Carmen hizo todo eso? —inquiere.
Me encojo de hombros y suspiro.
—Quizá gran parte de esto lo hizo Phill. Carmen es extraña, Edward, no podemos entenderla.
Asiente y se queda callado, yo también lo hago.
—Tony —lo llamo con dulzura.
Me mira con los ojos adormilados y me regala una pequeña sonrisa.
—Espero que, de seguir con esto de la pintura, no lo hagas por mí sino por ti —susurro—. No soportaría la idea de que rompas tus miedos a costa de lo que amas. Por favor.
Me besa la cabeza y me aprieta contra sí, como si quisiera tranquilizarme.
—Lucharé por mis sueños, Bella, lo haré porque ya ha pasado mucho tiempo. Prometo pintar por mí y no por los demás, solo quiero que me acompañes en esto, prácticamente has sido tú quien me ha insistido en hacerlo.
Le sonrío y asiento.
Edward va quedándose dormido de a poco, quizá la pastilla ha sido muy fuerte. Yo mientras lo veo huir con Morfeo, embobada de sentirlo.
Cuando oigo que su respiración se hace pesada, yo huyo lentamente de su lado para evitar que descanse a medias, prefiero ir a cocinarle algo mientras se recupera, además necesita mucha agua. No estoy segura si hice bien en comentarle lo de Carmen o lo de James, no ahora, pero solo espero que no acabe cagándola otra vez, como cuando le hice enojar en medio de un golpe en la cabeza.
Edward intenta impedirme zafar, hasta que lo logro. Me largo a reír bajito y me despido de él con un beso. Lo tapo con cuidado y le toco la frente. Está más caliente. Pero antes de que me vaya, mi cobrizo me llama con cuidado.
—Bella —susurra. Me giro a mirarlo, pero está dormido—. No sé qué haría sin ti… No sé qué haría.
.
Llamé a Emmett para preguntarle qué podía darle de comer a Edward y si era normal que le fuese a dar fiebre, a lo que respondió que, si llegaba a ocurrir aquello, debíamos recurrir al hospital de inmediato.
Me decidí por una sopa liviana de verduras según me recomendó Emmett, no debía cargar a Edward con comida muy sólida, porque no iba a estar muy hambriento. Me recalcó que los líquidos eran indispensables.
Como Edward aún no despertaba preferí caminar por ahí y recoger algunas rosas. ¿De dónde las había sacado? Parecen ya crecidas y desde que me fui no las tenía. De cualquier manera se ven muy hermosas, le dan otro color a su preciosa cabaña. Las pongo en el delantal y las acurruco para que no se caigan. Hace muchísimo frío y percibo que lloverá, aunque el clima no parece tan húmedo ahora. Corro hasta la casa y dejo las rosas en un jarrón alto con agua, otras esparcidas por la casa para darle aún más sazón al ambiente. No me importa si me pica la nariz, ésta vez me parecen tan bonitas que no puedo evitar ponerlas por todo el lugar. Espero que a Edward le gusten.
Veo de reojo el cheque que le han dado por sus cuadros y me siento muy mal por todo. No me gusta la idea de que se haya inmiscuido en la pintura por mí, debería ser por él. Al menos vendió tres cuadros, aunque me pregunto cuáles son.
Doblo el papel y lo guardo en el cajón del mueble, junto a la sala.
Pongo leña en la chimenea y la enciendo, con paciencia espero a que el fuego crezca y se estabilice. Comienza a hacer más frío y no quiero que Edward despierte a baja temperatura.
.
Los minutos comienzan a pasar y la sopa ya está casi lista, solo espero que Edward descanse lo suficiente, pues no quiero despertarlo.
Me dediqué a ordenar un poco y a asegurarme de que mis cosas han llegado hasta aquí. Y efectivamente llegaron. Las encontré en la habitación de huéspedes, todas las cajas apiladas entre sí. No quiero ni imaginar lo que Edward pensó al verlas aquí sin haberle preguntado, solo espero que no se haya enojado. De cualquier manera no tardaré en mandarlas hacia la nueva casa de mi madre.
Voy a llamar a Alec para saber si ha llegado a Forks o no junto a Marianne, pero a un lado del aparato diviso un pequeño papel. Lo tomo entre mis dedos y reconozco el nombre enseguida: Tanya Denali. Endurezco mi mordida y lo retengo entre mis dedos. Me enoja que ella haya podido estar con él y yo no. Maldita entrometida.
—¿Qué haces, Bella? —me pregunta Edward.
Doy un ligero grito y dejo caer la tarjeta al suelo. Camina hasta mí y levanta el papel casi al instante, tocándose el vendaje de la cabeza débilmente. Frunce el ceño y me mira, quizá pidiendo una explicación.
—Solo estaba… —Bufo—. Iba a llamar a Alec.
—Ah —murmura—. ¿No ibas a llamar a Tanya? —inquiere como quién no quiere la cosa.
Esta vez soy yo quien frunce el ceño.
—¡Claro que no! —me indigno—. ¿Por qué tendría que llamarla?
Se encoge de hombros y pone la tarjeta en el doblez de su pantalón. Se ha quitado la camisa con sangre, por lo que está desnudo del pecho para arriba.
—Escucha, Bella, Tanya me ha ayudado mucho —me dice tranquilamente.
—Eso ya lo sé —le digo mordiéndome la lengua—. Voy a cambiarme de ropa, no me siento muy cómoda con este vestido.
Me disculpo con la mirada, dando un paso hacia la habitación de huéspedes, en donde he dejado mi maleta.
—Hey, te conozco, Bella. —Me sostiene la cintura con un brazo para que no me vaya—. Siempre huyes de lo que te molesta. ¿Qué ocurre?
—De verdad no estoy molesta —susurro mirándolo a los ojos.
Dice nada por un momento.
—Estás dolida aún, ¿no?
Miro al suelo y me quito el flequillo de la cara.
—Edward, de verdad no quiero discutir contigo, no ahora. ¿Puedo ir a cambiarme de ropa?
Pero no me suelta, su brazo se enrolla en mi cintura como una prisión.
—Bien —susurra, dejando caer su brazo.
Trago y me encamino otra vez hasta la habitación, metiéndome al baño para ducharme.
Me pongo una playera lisa de manga hasta el antebrazo de color rosa pálido y unos pantalones negros. Me enrollo el cabello mojado en lo alto de mi cabeza y me calzo rápidamente unos mocasines azules muy oscuros.
Salgo de la habitación y lo veo sobre el sofá con las piernas bajo su cuerpo, mientras hojea otra de esas carpetas de cuero. Parece concentrado y muy serio. Entro a la cocina y percibo el suave olor de las perduras y el pollo ya listo. Lo revuelvo un poco y espero a que se acaben los minutos de espera. Dejo caer un poco de sal a la olla y la pruebo. Está deliciosa.
Sus brazos se cruzan otra vez en mi vientre y me aprieta contra su pecho duro.
—Eso huele muy bien —me dice entre ronroneos. Roza sus labios por mi cuello y yo solo apelo a la cordura.
Odio que haga eso, porque me tiene a su merced al instante.
—¿Aún te duele la cabeza?
—No —me contesta.
—Ah —murmuro.
Me gira.
—Tanya es solo una amiga —me dice.
Me ruborizo.
—Ahá —contesto—. Lo sé. —Intento sonreírle pero más parece una mueca que otra cosa—. Solo espero que ella sepa que yo soy tu novia y que te quiero.
Me sonríe y me da un pellizco en la nariz.
—Lo sabe perfectamente, sobre todo el hecho de que te amo.
Llevo mis manos a su cuello y ahí me quedo, en puntillas para poder igualar su altura.
—Es bueno saberlo. ¿Quieres comer?
Edward me sonríe como el gato de Cheshire y me muerde el labio inferior, para luego besarme con pasión. El aire se me escapa con mucha rapidez.
—¿Vendrás conmigo a la exposición de la otra semana? —me pregunta contra los labios.
—Claro que sí —le digo entre jadeos—. No volveré a perderme nada, sé que es muy importante para ti.
.
—Tienes que volver a la cama.
Me hace un gesto de súplica. Parece un niño pequeño.
—Ya me siento muchísimo mejor, me has vendado muy bien la herida. Estoy bien.
Me muerdo el labio y pongo la cuchara sobre la mesa.
—¿Qué? —inquiere.
—No fui yo. Fue Emmett quien te ha curado.
Él eleva las cejas y también deja la cuchara a un lado. Ruedo los ojos, porque no puedo creer que vaya a molestarse.
—¿Por qué ha venido?
Bufo y me cruzo de brazos.
—Tuve que llamarlo, estabas perdiendo sangre y no tenía cómo llevarte al hospital. Estaba muy asustada, no quería que te sucediera nada.
Baja la guardia de a poco, relajando los hombros.
—Lo siento —murmura, mirando al plato.
Me levanto y voy hasta él para sentarme sobre sus piernas. Me recibe con sus manos en mi cintura, sujetándome para no caer. Le doy caricias furtivas por su quijada y su cabello, admirándolo como siempre.
—Emmett no dudó en ayudarte. ¿No crees que ya es momento de olvidarte de lo que sucedió? —le digo con suavidad.
Edward se tensa, pero no me dice nada. Suspiro, creo que será un camino largo.
—Necesito meditarlo —me dice.
Asiento.
—No puedes negar que eres la mejor enfermera del mundo —dice, cambiando de tema luego de un rato.
Se me escapa una sonrisilla casi al instante.
—Por ti soy muchas cosas.
.
Abro la puerta de la casa que he comprado y el aroma a barniz me traspasa el cuerpo. Cierro los ojos un momento, porque al fin he logrado algo que me propuse una vez en la vida: comprarle una casa a mi madre. Es increíble la sensación.
Camino sobre el suelo de madera nueva y palpo las paredes pintadas de color crema. De a poco voy ideando en mi cabeza dónde poner cada cosa, pues sé cómo a mamá le gusta. Solo espero que la idea de cambiarla radicalmente de lugar no le moleste tanto, aunque sé que tardará unos segundos en darse cuenta que la otra casa está cargada de dolor. Es tan simple como respirar el nuevo aire, tan simple como darse una vuelta por el balcón y fijarse en el increíble paisaje que da justo a su habitación.
La cocina es simplemente preciosa y me he asegurado de que venga con todo lo necesario, sé que querrá hacer una cena inmensa para todos en modo de festejo por su llegada a casa. Solo espero que sea tan pronto como esperamos.
—Siempre le han gustado las chimeneas. Estará muy contenta de ver una —murmuro, girándome a contemplar a Edward.
Me sonríe y se acerca un poco con las manos en los bolsillos.
—Es bastante espacioso, imagino que no vivirá sola —me dice.
—Oh no, claro que no —mascullo distraídamente, mientras pongo los adornitos de porcelana favoritos de mi madre sobre la repisa de la chimenea—. Jane y mi ama de llaves se encargarán de ella, no quiero que vuelva a trabajar y que además tenga que hacer todo en esta casa.
Mamá trabajó toda su vida de peluquera en el barrio, la conocían todos por eso. Recuerdo que cuando pequeña siempre me sentaba sobre la banca del salón improvisado y veía el cabello caer, mientras mi madre pasaba las tijeras por las cabezas. Todas la elogiaban tanto. A medida que yo iba creciendo, ella también se introducía más en la estética, hasta que aprendió a maquillar de maravilla y le pagaban por hacerlo. Sus clientas favoritas eran las vecinas del barrio, como también las mujeres de otros lugares. Renée Swan logró hacerse de fama. Cuando me fui supe que siguió haciéndolo, hasta que la enfermedad se lo impidió.
—¿En qué piensas? —me pregunta, sacándome de mis recuerdos.
Me encojo de hombros y pongo el último adornito de porcelana.
—En la peluquería de mamá —susurro con nostalgia.
Edward se larga a reír y se sumerge también en los recuerdos, porque muchas veces fue a cortarse el cabello con ella para verme a mí y llevarme sus revistas de arte.
—Aún conservo esas revistas —le digo, pasando mi dedo por su nariz.
—No recordaba que tú las tenías —me responde—. Lo que sí recuerdo es cuando nos colábamos en tu cuarto y tu madre no tenía idea de que practicábamos los cortes de cabello. Creo que con ello sí que no tengo talento —se larga a reír y yo le sigo.
—Hey, una vez me dispuse a ser como mi madre y corrí hacia el baño, tomé unas tijeras y me corté muchísimo el cabello. Mamá tuvo que hacerme un bob cut tan masculino que lloré por días. Tú al menos no me destruiste la cabellera.
Se ríe más fuerte y de paso me besa la frente.
—Quiero que mi mamá viva para siempre, aunque sé que eso es imposible —murmuro, cayendo en cuenta muy pronto de lo mucho que desperdicié el tiempo con ella—. Esos diez años pude haberla cuidado como debía.
—Pero va mejorando y es gracias a ti.
Sonrío débilmente y suspiro. Camino por la sala vacía y doy una ligera mirada a la ventana grande.
—Llegué a tiempo. —Me giro y Edward me está mirando—. Es una mujer muy fuerte.
Saco las fotografías de mi infancia y voy poniendo una a una sobre la repisa nueva que he adquirido. Luego hago lo mismo con sus fotografías y con algún adorno bonito.
Casi todo lo que he traído a la nueva casa es de ella, más que nada porque quiero que se sienta unida a lo que siempre ha sido. Mi madre es muy sentimental y sé que le apenaría mucho cambiarse a un lugar que no tiene su esencia y su historia, tampoco quiero incomodarla, sobre todo cuando sé que ella no me diría nada porque es muy agradecida.
—¿Hemos traído todo? —me pregunta suspicaz.
—Hm, no, creo que faltan algunas cosas. Tengo que ir a buscarlas a la casa. ¡Ah! Se me olvidaba, tengo que ir a por mi cama y las cajas que he dejado en la tuya, ya he asignado la que será mi habita…
—Creo que eso no podrá ser —me interrumpe, tomando mis manos entre las suyas.
Lo miro sin entender.
—Ven a vivir conmigo —suelta de repente.
Abro mis ojos de sopetón y me aferro a sus manos como si fuese a caerme.
¿De verdad? Dios mío.
—¿Qué? —Es lo único que logro decir.
—Bella —repite lentamente—, me gusta verte despertar junto a mí, me gusta olerte adónde quiera que yo vaya, me encanta conocerte cada día más aunque sé que lo hago desde que tienes once años. Bella, te amo y quiero vivir contigo, aprender de ti y de quién eres. Hemos vivido tantas cosas pero… ¿por qué no intentar una nueva aventura? ¿Quieres irte a vivir conmigo?
Me muerdo el labio inferior y lo único que sale de mi boca es un sí, porque no podría negarme a una propuesta tan preciosa como esa. Vivir con Edward… es la idea más hermosa que he escuchado en mucho tiempo.
—Claro que sí, Tony, claro que sí —le digo jadeante, abrazándolo desde el cuello.
Una profunda bomba de felicidad se anuda en mi corazón como hace tiempo no lo hacía, porque es un paso más a estar unida a él. Cada vez temo un poco menos a perderlo y cada vez lo amo más. ¿Qué tan lógico es eso? No me importa, porque el amor nunca ha sido lógico.
Ahora a lo único que le tengo miedo es a que deje de amarme, pero desecho de inmediato la idea de mi cabeza.
.
Mamá se operará en dos semanas más, pero quiero ir a verla y contarle que Edward y yo viviremos juntos lo antes posible. Además necesito presentarle a Marianne, mi ama de llaves, para que así comiencen a conocerse. Dudo que no acaben siendo muy amigas.
Cuelgo el teléfono por décima vez y suspiro. Rose sigue sin contentarme y estoy comenzando a preocuparme. Espero ir a visitarla lo más pronto posible.
Ángela me mira de reojo y yo me sonrojo.
—¿Quieres que te ayude con esto? —me pregunta.
Me he quedado a ayudar a atender la caja de la carpintería mientras Ángela ordena algunas cosas. Edward pasaría por la ciudad para comprar algunas cosas, por lo que debe estar por llegar. He procurado agarrarme el cabello con una cola muy alta y asegurármelo con una cinta roja en alrededor de la cabeza para hacerlo más cómodo, me he maquillado solo las pestañas y visto con una camisa burdeos de franela a cuadros, una playera gris debajo de ella y unos pantalones con unos cuantos centímetros más arriba de mi tobillo. No llevo tacones, solo mis infaltables mocasines negros. Todo eso para que nadie de los que entra al taller piense que soy realmente yo. Al menos hasta ahora funciona.
—No, gracias, solo estoy preocupada —le confieso con una sonrisilla incómoda.
—Hm, ya veo —deja escapar de sus labios—. ¿Sabes qué? Si quieres tú ordenas los juguetes que he dejado en la esquina y simulas la habitación de un bebé, yo me ocupo de la caja.
Asiento agradecida y me escabullo a la esquina más alejada, en donde están los juguetes apilados. Tomo el trenecito y lo pongo en la repisa junto a un cascanueces. Voy dejando otros carritos y algunos hombrecillos de madera, todos muy bien ordenados para que se vean más atractivos.
De reojo me fijo en la cuna que ha puesto Edward a la venta y la acaricio muy suavemente con los dedos. Es blanca y muy grande, y tiene cajoncitos. Sonrío con los ojos escocidos y me recargo un poco en ella. Noto que le ha puesto un colchón y una sábana celeste, muy claro. Tienen que haberla pedido, pienso para mis adentros. Es muy hermosa. Me gustaría que él hiciese una para… nosotros.
Me largo a reír muy bajito. Qué cosas estoy pensando.
Sigo con lo mío y a veces oigo a las personas comprar. Unos me miran y otros no, pero los primeros no me toman mucho en cuenta, aunque unos cuantos parecen reconocerme pero sin éxito, pues yo me hago la tonta. Mientras no sean periodistas…
—Buenas tardes, señor, ¿busca algo en especial? —inquiere Ángela con la voz un poco tensa.
—Busco a Edward Cullen. Debes acordarte ya de mí —dice un hombre.
Conozco esa voz. Es gruesa, un tanto cansada, muy grave y por sobre todo, la misma de mi padre.
Charlie Swan está frente a la caja con las manos suavemente puestas sobre el mesón, vestido de negro y con el cabello muy bien peinado. No parece ser un borracho de mierda, no aquel que abandonó a mi madre.
Siento que mis piernas tiritan al instante, no sé por qué. Verlo me aterra… No. No me aterra verlo, me aterra recordar que al irse viví el peor de los infiernos. ¡Quiero odiarlo! Pero no puedo, no puedo odiarlo porque en este mismo momento me dan ganas de llorar y de pedirle que por favor me diga por qué se fue y me dejó a solas con mi mamá. No puedo odiarlo porque, aunque me cueste aceptarlo, no puedo olvidar sus abrazos, a pesar de que me los daba hace muchísimos años.
"—¿Papi? —murmuro suavemente al abrir la puerta.
Papi se ve triste y no entiendo por qué. No quiero verlo así.
Se gira lentamente y me mira, me tiende sus brazos y yo lo rodeo con fuerza.
—¿Te sucede algo, papi?
Su bigote me roza la mejilla y me hace cosquillas.
—Te has levantado muy temprano, hija mía, ¿no crees que deberías seguir durmiendo?
—No he visto a mami y he bajado, pero no la vi y te encontré a ti.
Papi suspira y me abraza muy fuerte otra vez. Me gusta que me abrace.
—Ve a la cama, hace frío. —Su voz está ronca y parece que fuera a llorar.
Pongo mis manos en sus mejillas y lo acaricio. Hago un puchero, porque no quiero que llore. ¿A papi le duele algo? ¿Papi se siente muy mal?
—No quiero ir, quiero estar contigo —insisto.
Papi me besa la frente y se separa de mí. Camina y toma una maleta. ¿Irá de viaje?
—Papi, ¿adónde vas? —le pregunto, caminando hacia él.
Se agacha para darme otro beso y rozarme con su bigote.
—Te amo, Bella. Siempre serás mi sol, la luz de mi vida. Perdóname.
Se levanta y yo me aferro a sus piernas. No, papi, por favor no te vayas.
Pero papi avanza hacia la puerta y encuentra a mami llorando sobre el sofá. Ella se da cuenta que está aquí y se levanta muy rápido. Yo no entiendo nada, porque mamá me regaña y me dice que vaya a la cama, pero yo no quiero.
—¡Charlie, por favor! —le suplica mami a papi con sus manos unidas—. Bella te necesita, ¡yo te necesito!
—Basta, Renée, ya es suficiente.
—¿No me amas?
—No.
Mami da un paso atrás y no entiendo por qué sus ojos se apagan tanto. ¿Por qué ya no parecen azules?
—Pero yo te amo, cariño.
Los hombros de mami se caen poco a poco y yo temo que vaya a desplomarse. ¿Por qué a papá parece no importarle?
—¡Por favor, Charlie! —grita mamá, tomando su mano—. Dime qué he hecho mal. ¿Es por él? ¡Sabes que no es verdad! ¡Charlie!
Papá abre la puerta para irse, pero yo no quiero que se vaya. ¡¿Por qué lo hace?! ¿No nos quiere?
—¡Papi! ¡No! —le grito, tirando de su chaqueta de policía.
—Bella, por favor —me suplica.
—¡Charlie, no me hagas esto! —grita mamá entre sollozos.
—¡Papi! —exclamo, siguiéndolo hasta afuera—. ¡No me dejes, papi!
—¡Ya basta, Isabella! —vocifera. Sus ojos parecen salirse de sus orbitas.
Paro en medio del césped y lo veo subirse a la patrulla. No enciende las luces como antes, despidiéndose de mí, solo se limita a irse sin decirme adiós. Papi se ha ido… Papi no volverá.
—Charlie —susurro, dejando caer los brazos a los lados de mi cuerpo.
Siento el sollozo de mamá, me aterra tanto, parece que estuviese sintiendo tanto dolor. Corro hasta ella y la veo con el retrato de Charlie entre sus manos llenas de sangre, apretándolo contra su pecho. El suelo está lleno de pedacitos de vidrio, pero no me importa, me arrodillo frente a mamá y la abrazo, a pesar de que me pide que me vaya.
Sus ojos azules están gastados y tiembla mucho, como si le hubieran sacado algo de dentro."
Mamá no pudo mirarme a los ojos durante cinco meses, no podía porque los míos eran los suyos. Pensé que me odiaba, que me aborrecía porque una parte de mí era una parte de él. Lloré tanto por eso, tanto que aún no puedo superarlo. Cada vez que lo recuerdo se me erizan los vellos del cuerpo, siento que algo dentro de mí se rompe de manera absoluta.
Dejo caer accidentalmente un par de juguetitos de madera, desarmándolos completamente en el suelo. Lanzo un par de palabrotas y me agacho enseguida a recogerlo. Unas manos se unen a ayudarme y yo levanto temerosa la cabeza, encontrándome con sus ojos marrones tan idénticos a los míos. Mi barbilla tirita y me separo abruptamente, levantándome de golpe. Sin embargo no voy a salir corriendo como lo hice hace unos meses, no voy a permitirme el pánico, pues soy fuerte, aunque me cueste asumir ese rol.
No voy a llorar, no delante de él. No quiero que sepa que aún lo extraño y que aún guardo sus recuerdos en mi corazón.
—Hija —murmura.
—No soy su hija, Sr. Charlie. ¿Qué quiere? —exclamo abruptamente. Mi tono es tan seco que duele, más aún a él.
Ángela escapa rápidamente hacia adentro por lo que estamos los dos solos. No voy a entrar en pánico, no lo haré, sostengo. Temo romper en sollozos frente a sus narices.
—Buscaba a Edward —susurra con la voz dulce.
Un escalofrío duro me recorre la columna.
—No está, ahora váyase —escupo entre dientes.
Charlie parece muy compuesto, hasta parece que los años no le han pasado por encima. Su bigote está algo cano al igual que su cabello, pero es idéntico a mi padre, el que se largó en su patrulla para no volver jamás.
—Bella, no me hagas esto —me suplica. Una lágrima muy gruesa le corre por la mejilla, pero yo no me dejo compadecer, él no lo hizo con nosotras.
—¿Que no le haga esto? ¡Es usted un caradura! Fui yo quien vio a mi madre sufrir por años gracias a usted. No le importó nada. Váyase al carajo y váyase de aquí.
Me paso las manos por la cara para mantener la compostura, pues mi pecho sube y baja, mi corazón parece a punto de estallar.
—Si supieras toda la verdad…
Frunzo el ceño de inmediato.
—La única verdad es que usted se fue. No le importaron mis súplicas, Sr. Swan, ni siquiera le importaron las de mi madre, la mujer que probaba su café cada mañana para asegurarse que era como a usted le gustaba, la mujer que planchaba sus camisas con la paciencia más superflua del universo, la mujer que día y noche le decía que lo amaba, ¡la mujer que le pidió de rodillas que se quedara, porque para ella no había otro hombre más que usted! —le grito con los puños apretados—. Y agradezca, Sr. Swan, que no lo trato de usted y no como se merece, porque no es más que un hijo de pu…
—Calla, Isabella, por favor calla —me interrumpe.
Elevo mi barbilla y evito con todas mis fuerzas llorar.
Charlie se toca la barbilla con las manos y luego el cabello. Parece desesperado. ¿De qué?
—Si tan solo supieras, hija, si tan solo…
—¡No! ¡No lo sé! —bramo—. No lo sé, Charlie, porque se largó sin decir nada. —Mi voz baja y se convierte en la nada misma.
—¿Qué sucede aquí? —inquiere Edward con la mirada expectante.
Le suplico que lo saque de aquí con un solo gesto y él se acerca a Charlie.
—Por favor, Sr. Swan —susurra.
Charlie lo mira y asiente, largándose por el mismo lugar en el que entró.
Me agacho a recoger lo que no pude cuando se cayó y con los ojos llenos de lágrimas le pido a Edward que me perdone por lo que he hecho. Pero me quita de ahí y me impide que siga agachada. Me toma la cabeza con ambas manos y me pide que lo mire a los ojos. Lo hago y un sollozo muy grueso me recorre la garganta.
—Me duele tanto mirarlo —le confieso, desviando mis ojos hacia el suelo.
Asiente y me da toquecitos en la barbilla.
—Todo está bien, cariño, ya se fue.
Suspiro y me acurruco en su pecho.
—¿Por qué me busca ahora? ¿Por qué no cuando lo necesitaba?
—Shh… —sisea—. No sigas pensando en eso, por favor.
—¿Por qué te buscaba a ti? —Me limpio las lágrimas al separarme de él—. Edward.
Mira hacia un lado y se incomoda.
—Vino hace unas semanas, cuando tú estabas en L.A. Preguntó por ti, necesitaba verte y le pedí que se fuera. No creí que fuese a insistir.
Me paso una mano por el rostro. ¿Qué necesita? ¿Por qué ahora? Mi corazón palpita tan fuerte, como si supiera que no es nada bueno. Es tan angustiante.
Ángela entra por la puerta trasera y se acerca a mí con la mirada lastimera.
—Oh Bella, siento mucho dejarte sola, pero…
—Descuida, Ángela, todo está bien. Perdón por romper el trencito, lo pagaré.
Edward sonríe débilmente y niega con su cabeza.
—No pasa nada, ya te lo dije —murmura mi novio con la voz melosa.
Ángela se acomoda las gafas y me mira.
—Te traeré un té —me dice.
—Gracias.
.
—¡Dijiste que sí! —exclama Alice, echándose sobre mis brazos.
La recibo algo incómoda por su increíble abrazo. Aprieta muy fuerte.
—No pude resistirme —le confieso con una sonrisilla—. Aunque me ha sorprendido.
A Edward se le escapa una sonrisilla mientras se acerca a nosotras.
—Cuando nos lo contó yo no sabía cómo te lo tomarías, ya sabes… con lo de Tanya. Hasta a mí me ha molestado.
Me larga a reír, pero luego Bella endurece el rostro. No confío en Tanya Denali.
La sonrisa de Edward desaparece.
—Alice —murmura.
—Ya, tema saldado. —Con sus dedos en los labios hace la imitación de un zipper.
Jasper regresa con el ramo de rosas que tengo para mi madre y Alice se despide apresuradamente de mí.
—Salúdame a tu madre —murmura y luego me besa la mejilla.
—Claro. Disfruten.
Alice le dice algo a Edward cuando ésta se despide, pero finjo que no los veo. Jasper me da una sonrisa y pasa un brazo por mis hombros.
—Me gusta que Alice esté feliz. Quiérela mucho —le digo con la voz baja y una sonrisa en mis labios.
Jasper asiente.
—Lo hago —me contesta con convicción.
Los veo alejarse tomados de la mano y yo instintivamente lo hago con Edward. Me besa la mejilla y me gira para proseguir el camino hacia el hospital de Seattle, en donde veré a mi madre antes de su operación definitiva. Saldrá carísima, pero no me importa absolutamente nada, pues lo único que deseo es que se mejore de todo.
Alice y Jasper han partido a la ciudad de Seattle para pasear, o bueno, eso nos han dicho. Aprovecharon de venirse con nosotros, separándonos a puertas del hospital. Quedamos de juntarnos a una hora exacta, solo espero que Jasper nos ayude a que mi amiga sea puntual.
Entrar al lugar me deprime levemente pero me obligo a no decaer. Desde hace años que no soy muy amistosa con la idea de entrar a un hospital, sobre todo porque casi todo lo malo ocurre aquí… sin contar con los partos. Bufo y aprieto la mano de mi novio, debería relajarme.
Los tulipanes naranjos están brillantes en el papel de color, sé que a mamá le encantarán. También puedo sentir su aroma a pesar de lo mucho que me pica la nariz.
—¡Hola! —saludo alegremente al entrar.
Jane se gira y me sonríe abiertamente, mientras anota un par de cosas en una ficha. Mamá levanta su tronco rápidamente y junta sus manos al vernos a ambos con nuestros dedos entrelazados. Qué linda que está. Mi garganta se ennudece al ver que se ha pintado las uñas. Hace tantos años que no veía sus manos tan bonitas, como cuando era niña y le ayudaba a colorearlas con esmalte rojo pasión.
Saludamos a Jane con un beso en la mejilla, aunque yo aprovecho de darle un gran abrazo. Le agradezco tanto que la acompañe.
—¿Cómo estás, hija mía? —me dice mamá, sujetándome la cabeza para besar mi mejilla con muchísima dulzura. Cierro los ojos por un rato y siento su olor.
Oh, mamá…
—Estoy tan bien, mamá —le contesto al separarme—. ¿Cómo estás tú?
—¡Excelente! —exclama—. Entusiasta de poder acabar con todo esto.
Le sonrío de oreja a oreja y aprieto mis dedos en torno a los suyos. Han engordado al igual que todo su cuerpo. Aun así le faltan unos kilos, pero Jane dice que cuando salga de alta ella podrá recuperar todo lo que perdió.
—Edward, querido, ven a darme un beso —dice mamá, alargando los brazos hacia él. Es adorable cuánto lo quiere.
Mi novio le sonríe con serenidad y con una delicadeza muy sublime la rodea.
—Estás más guapa de lo normal, Renée —afirma él con un tono galante.
Mi madre eleva las cejas y reprime un mohín de orgullo. Es tan hermoso verla así, tan rejuvenecida. Emmett es un genio y Jane una increíble enfermera. ¿Qué sería mi madre sin ellos?
—Hoy estoy muy entusiasmada.
Le pido internamente a Dios que esté con ella cuando la operen, que todo ocurra como debería ser. Suspiro y reprimo las lágrimas, no sirven de nada, sean de alegría, tristeza o emoción. Mamá necesita que yo esté sólida.
—Te quiero tanto, mamá —le digo, sentándome a un lado de su cama.
Ella me observa atentamente con sus ojos claros y brillan con increíble belleza.
—Mi cielo —susurra, acariciando mi barbilla—, estoy tan feliz de que estés aquí conmigo.
—No volveré a irme nunca, mamá, te lo prometo. —Mi garganta se seca y la voz se espesa.
Asiente y se limpia bajo los ojos, aunque no llora. Eso lo hace cada vez que aguanta las lágrimas… como cuando llegaba de la escuela y ella sujetaba un cuadro de Charlie entre sus dedos, le preguntaba qué sucedía y ella afirmaba que no ocurría nada.
Recuerdo a Charlie y luego veo a mamá, y es como encontrar el punto medio entre dos hemisferios de mi cerebro. ¿Qué puedo pensar, cuando siento que no todo es como mamá lo piensa? ¿Qué puedo decirle, cuando mi padre ha entrado al taller de Edward y me ha implorado con sus ojos que le escuche y le entienda? Porque sí, Charlie Swan me ha mirado de una manera tan intrínseca y necesitada, que no fui capaz de seguir ante sus ojos más de un minuto. ¿Y si se fue por otra cosa? ¿Y si nunca dejó de amar a mamá? Esa idea me da náuseas y de los nervios aprieto los dedos. No sé por qué, pero aquello es aún peor que la idea de que Charlie sí dejó de sentir cosas por ellas, razón por la que se fue.
No voy a contarle nada, hacerlo sería un infierno para el paraíso en el que se encuentra. No podría permitirme arruinarle el día.
Edward me da una corta mirada, porque sé que me entiende. No obstante se calla y se mantiene sereno junto a mi madre.
—Srta. Swan, su madre entrará a pabellón en una hora. ¿Va a esperar acá hasta que la lleven en la camilla? —me pregunta Jane, más feliz de lo normal. Me pregunto por qué será.
—Claro, esperaré aquí —le contesto.
Veo que Edward comienza a entablar una conversación fluida con mamá y ella lo escucha con total admiración. Se lleva las manos a la boca para ahogar un grito que jamás sale y luego alarga los brazos para abrazarlo con fuerza.
—¡3 cuadros! Este chico es increíble, ¿no, Bella? —me llama mamá.
—Claro que sí —afirmo, tocando la baja espalda de mi novio y acomodando mi mejilla en su pecho—. Es increíble —murmuro, mirándolo desde mi posición.
Edward me da un pequeño beso en la frente y me roza la nariz con la suya. No me besará en los labios porque le tiene muchísimo respeto a mi madre, aunque sabe que a ella no le molesta, sino al contrario.
Cuando nos separamos veo que ella está mirándonos con una sonrisa inmensa. Es inmensamente feliz de vernos juntos cada vez que puede. Recuerdo perfectamente que siempre adoró a Edward, pero en un principio lo veía como el chico que cuida de su hija, su mejor amigo. Luego, cuando cumplí mis 15 años, mamá comenzó a pensar que sería el chico ideal para mí. Cuando me hice novia de Emmett dejó de pensarlo porque McCarty le caía bien también. Al romper con él siguió insistiendo y haciendo comentarios, pero jamás cuando Phill estuviese en casa. No sé por qué a él jamás le agradó la idea de que tuviese novio o que me sintiese atraída a uno, ni siquiera es mi padre, menos un padrastro que supiera suplir todo el abandono que significó Charlie.
—Mamá, Edward y yo queremos contarte algo —confieso.
Jane sonríe mientras escucha y sigue gestionando la ficha de mamá.
—Oh por Dios —murmura, acercándose cuanto puede hacia nosotros.
—La sonda, Sra. Swan —le advierte la enfermera con dulzura y algo de apremio.
—Lo siento, querida —exclama ella—. ¿Qué quieren contarme? —nos pregunta con ansiedad.
Miro a mi novio y él a mí con confidencialidad.
—Edward me propuso… bueno…
—Le pedí que se viniese a vivir conmigo —termina por mí.
Mamá no puede aguantar su mohín de sorpresa. Me largo a reír.
—¡Eso es grandioso! —exclama—. ¿Lo oíste, Jane?
Jane se larga a reír como yo y asiente.
—¡Es increíble! Pero… en mi época casarse era primordial, ¿no, Edward? —dice mamá con el entrecejo fruncido.
Me pongo incómoda y carraspeo.
—¡Mamá! Por favor —la regaño. Miro a Edward muy apenada, pero él me queda mirando un largo rato, como si estuviera pensando. Luego sonríe como si no hubiera ocurrido nada.
—Espero que no le preocupe que me haya robado a su hija, Sra. Swan —dice él cambiando ligeramente el rumbo de la conversación.
—Claro que no, Edward, sabes que para mí eres el hombre ideal para mi hija.
Trago y me despego un poco de ellos para que hablen, caminando un poco hacia el bolso que he traído para mi mamá. Me dispongo a ordenar los pijamas que he traído para ella y siento la presencia de Jane detrás de mí.
—Felicidades, Srta. Swan.
Le sonrío.
—Gracias, Jane. ¿Has visto a Alec?
Se sonroja de manera increíble.
—Me… me ha venido a buscar la mañana de ayer, pero me ha sido difícil, pues su madre no puede estar sola.
Suspiro.
—Jane, tienes permitido salir, no puedes estar en estas cuatro paredes todo el día. Además hay otras enfermeras.
Se muerde el labio inferior.
—¿No le molestaría?
—¡Claro que no! —exclamo, tomando sus manos entre las mías—. Alec es un buen chico, aprovecha y ve con él.
—Lo llamaré hoy —me cuenta con entusiasmo—. Muchísimas gracias, Srta. Swan, buscaré a Cynthia.
.
Emmett entra a la habitación y cuando me ve me regala una sonrisa amistosa. Edward lo nota y deja de hablar con mamá. Mi ex novio me saluda con un beso en la mejilla y luego va hacia mi madre, haciéndolo también. Cuando topa con Edward, el ambiente se torna muy tenso, por lo que me acerco cuanto puedo a ellos, porsiacaso.
—Buenas tardes, Edward.
—Buenas tardes, Emmett.
Ninguno dice algo durante unos cuantos segundos. Voy a interferir, pero mi novio le tiende la mano al médico.
—Gracias por curarme la herida, sin ti quizá me hubiese desangrado. Sé que lo hiciste por ella, pero es un noble gesto ante todo lo que hemos pasado.
Emmett sostiene los dedos de Edward con fuerza y le sonríe amablemente.
—La vocación es ciega, no podía decir que no —susurra él—. Me alegra que estés mejor.
Mamá me mira pidiéndome explicaciones, pero yo no sé qué decirle.
—Y me alegra mucho verlos juntos, de verdad —añade—. Y usted, Sra. Swan, vengo a darle la noticia —Emmett cambia rápidamente de tema—: está lista para irse a la otra sala. Espero que no se encuentre nerviosa.
—Estoy ansiosa —masculla.
Jane le quita las mangueras y llama a algunos paramédicos para que la muevan. Ella sigue escribiendo algunas cosas en la ficha de mi madre e indica hacia dónde debe ir. Yo los sigo junto a Edward, mientras Emmett se adelanta hacia la sala en donde se supone se preparará.
Tengo un nudo en el estómago, y si no fuera por Edward yo ya estaría estallando de los nervios. Es la operación definitiva de mamá, en donde se compromete su vida, su futuro y su salud. Solo espero que todo esté bien, lo único que pido es que mamá vuelva a casa.
A mamá la instalan en una sala preoperatoria y yo le cambio la ropa. Jane se mueve hacia muchos lugares, asegurándose que todo se encuentre bien. Edward ha querido esperarme afuera, así que solo estoy con mamá en la fría sala, tan blanca e indeseable, con focos tan fuerte sobre nuestras cabezas que apenas puedo mirar.
—¿Estás lista? —le pregunto entre caricias sobre su cabello.
Me sonríe y asiente. Es tan valiente.
—Prométeme que lucharás y ayudarás a todos ellos a combatir contra el cáncer. ¿Vale?
Tengo los ojos llenos de lágrimas y apenas puedo mirarla.
—Todo saldrá bien, hija, te prometo que volveré a casa lo más pronto posible.
Mi barbilla se mueve porque estoy aguantando el llanto, así que beso su frente para que no se note tanto.
—Está todo listo, Sra. Swan, vamos a la sala —le dice Jane, quien está muy serena—. Puede esperar afuera, el Dr. McCarty le tendrá noticias en cuanto sea posible.
Asiento y me despido una vez más de ella. Lo último que veo es su rostro sonriente, yéndose hacia la sala, en donde esperan muchas personas vestidas de verde. Suspiro y permito que Jane pase su brazo por mis hombros.
—Su madre saldrá de esta, Srta. Swan, no tema.
Sus palabras me hacen tranquilizar y asiento. Cuando atravieso la puerta veo a Edward de espaldas, mirando hacia el Space Needle. Le toco la espalda baja y él se gira a mirarme. Tiene los ojos brillantes y parece tan nostálgico.
—¿Qué sucede, cariño? —me atrevo a preguntar.
—Créeme que también ansío que tu madre se recupere —murmura—. Me fue inevitable recordar a mi mamá.
Lo abrazo con fuerza y él me recibe con los suyos.
—Me hubiese gustado tanto conocerla —le comento—. Era muy hermosa, ¿verdad?
Se larga a reír, pero luego calla.
—Lo era —me contesta—. ¿Mi padre la habrá amado realmente? Digo… No puedo evitar pensar en que tu madre y mi padre… bueno… No lo sé.
Asiento y le acaricio el rostro.
—No dudes jamás de eso, Edward, todo eso de las cartas no nos dice nada realmente.
—Bella, encontré las que faltan —me dice de pronto.
—¿Dónde? —inquiero.
Se debate entre decírmelo y no.
—En unas cajas —responde—. Tu madre me permitió verlas cuando le pedí unas fotografías de ti.
—¿Las leíste?
—Claro que no —murmura—, eso no me compete a mí, sino a ti.
Le pido que me abrace muy fuerte y él lo hace, aferrándose a mis brazos con total apremio.
—No hay nada que temer, ya verás que todos estos secretos no son tan terribles. —Me sorprende mi optimismo en esto, es algo muy nuevo en mí.
Lanza una pequeña risa y yo me separo para verlo. Parece más tranquilo.
.
Son demasiadas las horas sin noticias de mi mamá, me doy una y otra vuelta en la sala de espera, miro el reloj que pende de la pared. Y nada. Alice está a un lado de Edward y Jasper parece tan sereno como una planta, leyendo lo que parece ser un catálogo de coches. Jane se ha paseado un par de veces por aquí para decirme que esté tranquila, pero no le insisto en nada, ya que ella no está dentro de la cirugía.
Nunca me he sentido más feliz de ver a Emmett, quien se acerca con su ropaje verde. Parece cansado y no es para menos, pues ya han pasado 5 horas.
—Bueno, Bella —dice él. Los demás se acercan a mí para escuchar—, la operación ha finalizado y hemos indagado en tu madre. No hay riesgos, el cáncer ha disminuido y su organismo parece estar en paz al fin.
Una gran bocanada de aire se adentra en mis pulmones, lo que se asemeja mucho al respirar luego de estar horas bajo el agua. Luego, como si aquel oxígeno que ha traspasado por mi cuerpo quisiera liberarse, me encaramo en Edward y le digo entre risas que mamá está bien, que podré llevarla a su nueva casa.
—Tranquila, tranquila —susurra Emmett con una media sonrisa—. Tómate esto con calma, no quiero tomarme riesgos y decir que está todo en perfecto estado. Pero tu madre está bien.
Asiento con los ojos llenos de lágrimas y le agradezco mucho por todo.
—Es mi trabajo —me responde con serenidad.
.
Sacan a mamá en una camilla llena de tubos, pero la imagen es tan fea que apenas puedo tranquilizarme. Está dormida y lo más probable es que no despierte hasta dentro de 3 horas. Los paramédicos la mueven hasta la sala postoperatoria para que cuando se normalice su situación la lleven a su sala de siempre.
La enfermera Jane me deja a solas a mí y a Edward, mientras que Alice y Jasper deciden reservar un lugar para comer los cuatro, ya que ha pasado muchísimo tiempo y es hora de cenar. Pero no tengo hambre, por lo menos no hasta el momento, pues mi único pensamiento es que mi madre tiene que estar bien.
—Estaré afuera, cariño —me susurra Edward a milímetros de mi oreja.
—No, quédate —le pido, tomando su mano.
Percibo su sonrisa y me besa la cabeza durante unos segundos.
—Es necesario que estés a solas con ella —insiste—, lo necesitas.
Asiento y lo siento salir, pero no lo veo ya que estoy de espaldas a la puerta. La cama de mamá está apegada a la ventana y ella reposa con el cuerpo casi inmóvil. Su pecho sube y baja de manera constante, el monitor de la izquierda corrobora que ella está en calma. Me acerco a ella y la quedo mirando, preguntándome qué estará soñando en este momento. Tomo su mano entre mis dedos y noto que está fría.
—Eres una mujer muy valiente, mamá, a pesar de todo, luchas sin dejar de sonreír. Si tan solo supieras lo mucho que te extrañé todos estos años, si tan solo supieras que no fue mi intención dejarte aquí. Quisiera poder remediar todo el daño que te hice, ahora estás pagando todo en esta cama. —Mi voz se torna tan gruesa e indescifrable, que apenas me oigo. Trago el nudo y beso el dorso de su mano—. Yo fui cobarde, mamá, porque nunca me atreví a venir contigo, solo me quedé ahí con la idea de que tú no querías verme. Fui tonta, inconsciente, escuché a Carmen y no dudé de ella, pero dudé de ti, porque ¿recuerdas?, antes de marcharme me dijiste que siempre me esperarías con los brazos abiertos. Y tú, madre, me esperaste por tanto tiempo. Te amo tanto, mamá, tanto que no podría soportar la idea de que te fueras de mi lado. Solo aférrate a mí y lucha contra este maldito cáncer. Por favor.
Beso su frente y me separo con el rostro lleno de lágrimas. Salgo de la sala con el estómago anudado, pero más tranquila, porque confío en ella y en su fortaleza.
.
A lo largo de los días, mamá va mejorando progresivamente. Era increíble verla con su rostro más limpio y con color, riendo sin parar y sin sentir dolor o cansancio. Emmett me estuvo comentando cómo sería su pronóstico cada vez que iba a visitarla y me afirmó que, de seguir así en cinco días más, mamá se vendría conmigo en una semana. Estoy feliz, porque al fin podré quererla como se lo merece. Jane me confesó que ella debería tomar algunos medicamentos, muchos y caros, pero eso a mí no me importa, porque tengo dinero de sobra para ella.
Alec me ha contado que debo ir a Los Ángeles para la promoción de mi película en dos meses y medio, lo que me genera mayor tiempo para planteárselo a Edward. Solo espero que no se sienta agobiado.
Aparte de eso he ido a la casa de Rosalie ya que no he sabido nada ella en casi dos meses. Emmett está angustiado, pero no le he querido preguntar la razón a eso, sobre todo porque no me compete y me siento ligeramente culpable de ello. Pero nadie abrió la puerta y estuve mucho tiempo detrás de la puerta. Supuse que ella debía estar en otro lugar junto a su hija, porque ¿en dónde más podría estar?
Me pongo la bata sobre el cuerpo y abro la puerta de la que ahora es mi habitación. Está calentito y es por la chimenea que encendió Edward. Ya es de noche y, como siempre, llueve a cantaros en las afueras de Forks. Mi novio parece haberse ido al abismo del silencio, lo que significa que debe estar en su mundo, inmerso en la pintura.
La puerta del estudio está medio abierta, lo que quiere decir que puedo entrar. De pronto siento una ligera brisa penetrar entre mis piernas, lo que significa que debe tener una ventana abierta para dejar ir el olor del aguarrás. Cuando penetro la habitación puedo ver su espalda frente a la ventana y un tocadiscos que libera la música de A Time For Us de Nino Rota, la canción de Romeo y Julieta. Es tan triste que me eleva los vellos de los brazos.
—¿Molesto? —inquiero con la voz baja.
Gira su cabeza, encontrándose con mis ojos. Luego me sonríe y deposita el pincel sobre agua destilada.
Está semidesnudo, como siempre que está en su mundo, solo con un pantalón rasgado. Es tan guapo que me quita la respiración.
—Claro que no —me responde con la mirada divertida—. Vives conmigo, puedes entrar cuando quieras —ronronea mientras se acerca a mí.
Me rodea con sus fuertes brazos y yo me siento muy pequeña.
—Es que siempre estás tan concentrado —suspiro—, es un pecado interrumpirte cada vez que necesito darte un beso. Solo uno —digo con la voz dulce.
Su sonrisa se hace visible.
—¿Venías a por ello? —inquiere.
Asiento con aires inocentes.
Sus ojos se oscurecen lentamente, pasando del dorado al negro. Es increíble. Noto su rostro acercarse al mío y, evitando besarme, roza sus labios con los míos. No puedo evitar cerrar mis ojos de golpe, dispuesta únicamente a sentirlo. Mis manos se apoyan en su torso y delineo su piel con mis dedos, mientras que Edward aferra los suyos en mis caderas. Sus labios trazan un camino muy lánguido hasta mi barbilla y yo comienzo a temblar.
—¿Estás segura que solo venías a eso? —inquiere con la respiración pesada y a milímetros de mi boca entreabierta, a la espera de que me bese.
Voy a contestarle, pero su mano se despega de mi cadera derecha y la lleva hasta mi muslo, subiéndolo acompasadamente hasta mi trasero. Levanta ligeramente la tela de la bata y no encuentra más que mi desnudez. Hace un recorrido por la parte baja de mi espalda y me atrae aún más hacia él, por lo que choco contra su pecho. Con su otra mano me quita la tira de la bata y ésta se cae al suelo, dejándome completamente desnuda para él. Edward me recorre con sus ojos y, a pesar de lo mucho que me ruborizo, me mantengo serena porque es el único capaz de hacerme sentir de esta manera.
Me separo lentamente de él y camino hasta las pinturas de colores. Veo de reojo la increíble que está haciendo: una espalda femenina con el trasero desnudo y una única sábana cubriéndole la parte trasera de los muslos. Lo que lo hace llamativo y tan propio de Edward es que la sábana se va convirtiendo lentamente en unas serpientes albinas. Me impresiona el brillo y lo rápido que se ha secado, lo que me dice que obviamente no es óleo, sino una pintura mucho más liviana. Además el aguarrás está cerrado y solo hay un poco de agua destilada para quitarle los pigmentos al pincel.
Me siento sobre el escritorio y, con la pintura entre los dedos, invito a Edward para que se acerque. Cuando lo hace, tan cargado de placer en sus ojos, mirándome como si fuese el único ser existente en este vil mundo, le ofrezco el color azul, su favorito.
—Píntame —murmuro.
Me queda mirando un rato a mí y luego al frasquito de pintura azul. De pronto lo toma y antes de proseguir, se acerca para rozar otra vez sus labios con los míos.
—Te haré mi obra de arte.
—Soy toda tuya.
En vez de pintarme con un pincel, lo hace con los dedos. Su índice recorre mi clavícula y va trazando alguna forma que no veo, porque estoy pendiente de su mirada sobre mí. Soy incapaz de despegar mis ojos de su rostro porque no encuentro una razón necesaria para hacerlo, pues verlo me enamora más y más.
Cuando acaba con mi clavícula, Edward va alternando los colores en mi pecho, utilizando el verde, el violeta, el amarillo y el anaranjado. Su dedo delinea el canal de mis senos, lo que me quita más de un suspiro, pero no para porque sigue trazando dibujos en mi piel, ahora depositando su arte alrededor de mis pezones. Noto que su respiración va haciéndose pesada, de manera que muchas veces deja de concentrarse porque no puede evitar mirarme a los ojos.
—Sigue así —murmuro con la voz grave.
Pone una de sus manos en mi nuca y me da un beso lento, mordiendo suavemente mi labio inferior. Yo enredo mis brazos en su cuello, atrapada en sus redes. Al rato se separa y su nariz roza la mía, como también nuestros labios y la respiración que sale frenética. Se separa para seguir pintándome con seriedad, el ceño medio fruncido y los labios hinchados.
Utiliza un color rojo en mi vientre, bajando lentamente. Traza dibujos en mis costados, en mi cintura y en mis caderas, transitando de manera desesperante hasta mi monte, en donde se detiene. Gruño y él me sonríe levemente. Junto mis piernas de golpe, abatida.
—Edward… —susurro con el corazón golpeando duramente en mi pecho.
—Shh —sisea y luego me da un corto beso en la barbilla.
Abro las piernas lentamente y sus dedos me acarician las pantorrillas, aunado a sus dibujos. Su camino va hacia mis piernas y yo comienzo a temblar porque lo necesito ahora, pero no parece estar dispuesto a dejar a medias su trabajo en mi piel. Prosigue en mi muslo hasta acabar en mi ingle. Un gemido escapa de mi boca.
Tiro de su cinturón para que se acerque a mí, tomo su rostro entre mis manos y lo beso como me gusta, de manera feroz y hambrienta. Él no se aleja, pues tira de mis labios con sus dientes. Con mis piernas aprisiono sus caderas y le pido que por favor me haga el amor. Edward lo entiende y me levanta del escritorio para luego seguir besándome hasta llevarme a la sala, en donde esperan las llamas en la chimenea, iluminando únicamente el lugar con su destello.
.
El sonido de un clic me llama la atención; me remuevo, que se calle. Vuelve a sonar el clic, pero más fuerte. Con mis dedos logro tocar algo peludo entre mis dedos y me remuevo ligeramente. Abro mis ojos y lo único que veo es el fuego ardiente de la chimenea, a su punto y tan calentito que podría ir desnuda por el lugar sin sentir frío. Esperen… Sí estoy desnuda, lo único que me tapa es una manta, pero me cubre solo la mitad del trasero hacia abajo, con una pierna doblada y hacia afuera.
¿Dónde estoy?, es lo primero que pienso. No me bastan ni dos segundos para darme cuenta de que es la alfombra de Edward. Estoy en la sala. Casi de inmediato lo veo frente a mí, dibujando concentradamente en su croquera. Está usando solo ropa interior y se apoya la espalda con las patas del sofá. Su cabello está más desordenado que de costumbre y, casi de inmediato, me mira. Sonríe y sus ojos se iluminan. Es imposible no devolverle la sonrisa.
Pero nadie dice algo, nos limitamos a quedarnos callados. Edward prosigue con su lápiz hasta que me doy cuenta de que me está dibujando a mí, desnuda en medio de su sala luego de hacer el amor.
Me miro fugazmente el cuerpo y noto los dibujos que me ha hecho. ¡Es una galaxia! O más bien un universo. ¿Cómo ha podido hacer semejante belleza en tan poco tiempo? Hasta le costaba concentrarse. Quiero entender su metáfora, porque sí, Edward es una metáfora hecha hombre. Quizá me quiere decir algo con su dibujo.
—Tan serio —murmuro.
Su ceño se relaja y deja a un lado la croquera y el lápiz negro. Se pasa la mano por el cabello y camina hasta a mí. Lo adelanto y me levanto de la alfombra, toda desnuda y sin importarme mucho eso. Me echo sobre sus brazos y lo obligo a caminar hasta el sofá, él debajo de mí. Lo bueno es que alcancé a tomar la manta.
—Me gusta cuando estás serio, Tony —le digo, mientras siento que me tapa con la manta—. Te ves mucho más guapo.
Me sonríe y me acaricia el rostro con sus dedos.
—Qué irónico, tú me pareces mucho más hermosa cuando ríes —susurra.
Me largo a reír y me acuesto sobre su pecho.
—Me encanta estar así contigo —le confieso—. Soy muy feliz contigo, Edward.
Mis palabras le generan un brillo muy lindo en sus dorados ojos.
—Yo también soy muy feliz contigo, Bella.
—Y me has pintado muy bien, por cierto —le digo en tono juguetón.
Se despega un poco de mí para poder ver mi vientre pintado. En ella se plasma una estrella muy grande y de muchos colores. Es extraña, porque no parece ni el sol ni nada por el estilo.
—Te hice mi universo, Bella —me dice, mirándome a los ojos. Mis entrañas se remueven, siento mariposas queriendo devorarme—, porque eres mi universo. Esta estrella es la Estrella Madre —apunta a mi vientre—, de ella nacen todas las demás y las cuida hasta que tienen suficiente luz para brillar por sí solas. Algunas mueren y la Estrella Madre es incapaz de dejarlas ir, aprisionándolas contra ella hasta que todas acaban brillando juntas, a pesar de que las muertas solo reflejan su propio brillo.
Miro el resto de mi cuerpo y sí, las demás estrellas están expulsadas brillando por sí mismas, pero alrededor de la Estrella Madre hay una sola estrellita que ella no ha podido dejar ir.
Me llevo una mano a la boca y evito ponerme a llorar, pero de pronto comprendo su metáfora y todo lo que significa. Dios mío, no quiero llorar.
—Edward… —mascullo con la garganta apretada.
—Eres brillante, cariño, serías capaz de darle vida a todo lo que ya no —me dice suavemente—. Un verdadero universo.
Cada vez soy incapaz de explicar lo increíble que es. Estoy segura que muy pocos artistas lograrían penetrar la belleza de esta manera, de hacer al mundo su propio arte, de hacer a la mujer que ama su propia adoración.
Estoy tan enamorada de él.
De pronto no sé qué decirle. Me he quedado sin palabras.
Me quedo pensando en la explicación de su pintura, hasta que en mi cabeza se genera una idea que de primer momento me parece muy adorable: ¿podríamos tener otra vez nuestra propia estrellita sin miedo a perderla de nuevo?
Sacudo la cabeza y sonrío. No debo pensar en eso por ahora.
—Eres increíble, realmente lo eres —le digo acariciando su cabello—, podría escucharte y mirarte toda mi vida. ¿Es eso demasiado?
Me sonríe.
—Claro que no —murmura, para luego besarme la frente.
Nos quedamos callados un momento, pero por alguna razón yo no quiero callarme, sino hablar con él.
—¿Con qué me has pintado? Creo que el óleo no sale fácilmente de la piel.
Ups.
Se larga a reír y por alguna razón creo que lo que dije no tiene sentido.
—¿Creías que iba a pintarte con cualquier cosa? —me pregunta.
Me sonrojo y me uno a sus risas.
—Fue lo primero que encontré encima, suponía que tu talento era con el óleo. Estaba entusiasmada porque lo hicieras, así es que no pensé en las consecuencias de la pintura.
—Es acrílico —me comenta. Yo nunca lo había escuchado—. Es a base de agua, con un baño lleno de jabón saldrá fácilmente. De haber sido óleo jamás te habría pintado, sería un pecado arruinar tu piel. —Su dedo índice me recorre la cintura, provocándome un escalofrío.
—Nunca lo había escuchado.
—Es muy nuevo. Los encontré en una tienda de Seattle y me han llamado lo atención. Son brillantes y coloridos, pero no tan buenos como el óleo. Ahora les acabo de encontrar una utilidad muy buena —me dice divertido. Estoy segura que se refiere a pintarme.
No tengo idea de qué hora es, pero no parece ser muy de noche ni muy de día. Miro a la ventana, solo logro notar el cielo medio azulado de la madrugada y el viento que remece los árboles ahí afuera. No se oye nada más que nuestras respiraciones y el mismísimo fuego en la chimenea.
Edward me tiene sujeta entre sus brazos y yo estoy acostada sobre su pecho, cómoda y desnuda con su contacto, aunque ha procurado taparme hasta el pecho con la manta. De cualquier manera, es su calor lo que me hace sentir más cómoda, como si sus abrazos siempre hubieran sido mi hogar.
—¿Estabas dibujándome?
—Así es —susurra con un beso en mi cabeza.
—Y desnuda —profiero—. Esa es una violación a mi imagen, Sr. Cullen.
—Era tentadora la imagen, Srta. Swan, me disculpo por ello.
Hago un camino con mis dedos en su pecho hasta llegar su barbilla y labios. Lo miro y él a mí.
—Tengo algo para ti —murmura, pero un gesto en su rostro me dice que no está seguro de dármelo. ¿Qué será? —. Quédate aquí, volveré en un segundo.
Cuando él se va hacia la habitación yo aprovecho de enredar la manta en mi cuerpo, como si fuese un vestido sin tirantes. A los pocos minutos Edward regresa con una hoja muy maltratada, quizá porque estuvo arrugada y abandonada mucho tiempo hasta que él decidió sacarla de su escondite.
—¿Qué es eso? —le pregunto.
Suspira y sé que es difícil para él, pero me la entrega con cuidado. La miro y es su letra, aunque muy cargada contra la hoja, como si estuviese enojado o preocupado al momento de escribir.
—Yo la escribí exactamente hace cinco años —murmura.
Miro la fecha del escrito, 13 de enero de 1975. Reconozco el contexto de mi vida en aquella fiesta, fue cuando estaba siendo famosa y salía en muchísimas partes y, además, era mi cumpleaños.
—Edward —murmuro.
—Léelo, por favor.
Por instinto aprieto la manta contra mi pecho, mientras me dispongo a leer lo que sea que Edward me ha entregado.
"13 de Enero de 1975
Azul
Cuando la hora cansada se apodera de mí, le evoco. Miro los diversos cuadros a mi alrededor, solo me encuentro con su mirada; incierta y cargada de melancolía. El ruego silencioso en sus ojos invade las paredes de mi cuarto. Ella vive en mis lienzos.
Mis manos van trayéndole de vuelta. Cada trazo por la tela es una caricia que deseo darle, cada color que representa su ser, es la intensidad del amor que se funde a mis huesos. Le he arrancado del recuerdo, quisiera poder hacerlo también de dónde sea que esté.
Acaricio la pintura, pronuncio su nombre como un bello secreto, como si temiese quedar en descubierto. Por un instante me siento bendecido con su presencia, le siento cerca. Puedo sentir su piel debajo de mí. Deviene la brisa del lago, la sombra del sauce creando diversas figuras sobre su cuerpo. Le siento frágil, etérea, como nadie más le ve, como nadie más le verá.
Su recuerdo me dulcifica, me inspira. Y le anhelo, Dios sabe cuánto le anhelo…
La tristeza cala hondo, su rostro ausente me aniquila. No estaré junto a ella, hoy es su día… Sin embargo jamás he podido darle algo, o tal vez sí. Sé que no es suficiente, mas le he dado un espacio en mi corazón para que habite, ah, todo de mí. ¡Y ni siquiera esto bastaría! ¿Pero qué otra cosa podría otorgarle? Solo mi amor.
Si pudiera regalarle algo más sería una hora al amanecer, cuando el cielo se tiñe de azul e inmortaliza al amor. Bajo el firmamento de la hora azul, aquella donde los artistas crean y hacen eternas a sus musas, idealizarla y amarla. Supongo que lo hago de igual manera retratándola a estas horas.
Desconoce que le he comprado todos los amaneceres, donde ha quedado y espera para siempre mi amor por ella. El amor que se resume en un solo nombre; Isabella."
Cuando acabo mis pulmones se deshacen, no tengo aire, no percibo mi vida, mi corazón se despedaza. La vida vuelve para mí cuando siento que una gota cae sobre la hoja y esa gota es una de mis lágrimas. Aprieto mis labios y no soy capaz de mirarlo a los ojos, simplemente no puedo.
De pronto me siento desesperada, porque todo eso lo sintió sin poder tocarme, amándome con tanta intensidad y sin ser capaz de besarme ni de decirme qué sentía por mí. Nuestro último adiós había sido solo una mirada irrevocablemente malentendida. Lo sé, todo eso lo sé porque lo sentí, porque creí que nunca más iba a volver a verlo, porque no hay forma de explicar la sensación de amar y no poder tocarlo, de no poder sentir su calor.
Ah, Edward.
Se me escapa un sollozo muy bajito, pero eso es suficiente para que me sienta muy tonta.
—Necesitaba entregártelo —me dice él.
Asiento y aprieto el papel contra mi pecho.
—Bella, tranquila.
Se acerca a mí y me da un abrazo.
—Mi amor, perdóname —profiero con la garganta ennudecida—, perdóname por todo lo que te he hecho sentir.
—No tengo nada que perdonarte, Bella, yo…
—Me has hecho tu arte todas tus noches, mientras te pensaba en aquellas horas mirando el dibujo que me regalaste antes de partir. De igual manera estábamos conectados.
—No quería hacerte llorar, Bella, solo necesitaba entregarte una parte de mí.
Me limpia el rostro con sus pulgares mientras lo miro a los ojos.
—Acepto tu regalo —susurro—, quiero todos los amaneceres contigo.
Sus ojos se tornan acuosos y temo que se ponga a llorar como yo lo he hecho, pero no lo hace, solo pestañea y me da un beso en los labios.
—Cuando el cielo se tiñe de azul e inmortaliza el amor —masculla contra mis labios.
Lo tomo de la mano y con la manta en el cuerpo lo encamino hasta afuera, en donde efectivamente se efectuará el amanecer. Caminamos hasta la piedra alta que hay en el otro extremo del lago y vemos cómo en medio de las montañas algo asomará muy pronto.
—Quiero que sepas que te amo, Edward, y que lo hago desde que soy una niña. Tu escrito me ha… me ha partido el corazón —tartamudeo—. Solo ámame y nunca dejes de abrazarme, por cada día que estuve separada de ti, por cada trazo que inmortalizaste en los lienzos.
Sus labios me recorren el cuello, la clavícula y el hombro. Para justo en mi brazo derecho y me sostiene, apretándome muy fuerte. Cierro los ojos un momento, porque su aroma y su roce me fascinan.
—No dejaré de hacerlo nunca, porque te amo desde que traspasaste la puerta del salón, porque siempre has sido la razón de mi inspiración. Mi hermosa Bella, el dulce amor de mi vida.
En ese momento el sol va naciendo poco a poco, iluminando los árboles, las plantas y la cabaña que está a unos cuantos metros. Es precioso. Miro a Edward y sus ojos se han vuelto tan dorados como el sol. Lo beso y vuelvo a abrazarme a él, porque sí, es mi hogar.
.
.
.
Cuelgo el teléfono y no soy capaz de evitar un gritito de emoción.
—¡Mamá estará lista para mañana! —exclamo.
Edward sale corriendo de la habitación con la corbata a medio anudar y me acompaña en mi emoción, tomándome entre sus brazos para luego darme unas cuantas vueltas en el aire.
—Lo ha conseguido —me dice—, al fin lo ha conseguido.
—Dios, podremos mostrarle su nueva casa. ¡Es increíble! Solo espero que se ponga muy feliz con la decoración.
—Claro que lo hará, necesitaba salir de todo eso.
Le ayudo con la corbata mientras él intenta distraerme a punta de besos esporádicos. Yo solo río y me dejo querer.
—Te queda muy bien el vestido —apunta.
Llevo un vestido color ciruela de manga corta y escote en v, un poco corto y ajustado a mi cintura. La tela es suave y cae muy bien. Solo espero que en la exposición de Edward no se me queden mirando a mí.
—Gracias —respondo.
La famosa Tanya Denali llamó a Edward el día de ayer, advirtiéndolo de la exposición de arte de Seattle. Por supuesto que apoyé a Edward a ir a ella, conozco muy bien sus deseos. El único requisito era presentar sus obras llamativas, pero no las mejores, ahí estarían presentes algunos hombres y mujeres muy famosos, hasta iría la televisión, muchos críticos y sabiondos, sumándole a una cantidad razonable de artistas que estarían presentando su arte, todos ansiados de poder y dispuestos a hacer lo que sea por la atención de todos.
Veo que Edward está tranquilo, o al menos eso intenta demostrarme. Quizá hasta yo estoy más nerviosa que él.
.
Conduce de manera rápida, pero no veloz ni peligrosa. En Seattle no llueve y ha salido un sol algo cálido para lo habitual, aunque la brisa sigue siendo muy fresca.
El evento parte a eso de las 5 pm, pero vamos atrasados. Alec debe esperar en la puerta con dos gorilas dispuestos a defender a Edward si es que llegasen a atacarlo, pero nadie va a verlos porque trabajan a escondidas. Además soy una figura pública.
El Museo de Seattle es gigante, recuerdo muy poco de él. La parte principal está llena de flores y el césped está muy bien cuidado. Hay pancartas por todos lados de la exposición de los once artistas nuevos, entre ellos Edward. La fachada del Museo es de piedra y reina el color gris, los diseños en el techo son tan interesantes que me quedo durante harto rato mirándolos.
—Vamos, cariño —me susurra Edward, sosteniéndome la mano con sus dedos.
Uau. Es gigante. Como una cúpula de roca. La gente no es escasa, lo que me impresiona, es más, está atiborrado. Las pinturas ya están aquí, por lo que Edward solo debe posicionarse frente a su lugar y esperar a que la gente llegue y le pregunte cuál ha sido su técnica, qué lo inspiró, etc. Aún me preguntó qué presentará.
Nos llevan hacia una sala de alfombra muy roja y paredes de color marfil, con cortinas de terciopelo en lo alto del techo, seguramente tapando los cuadros impresionantes de todos los artistas que logro divisar de lejos. Es un espacio muy grande y la gente que aguarda se ve muy elegante, incluso mucho más que yo. El espacio es ligeramente iluminado, pues solo hay velas en lo alto. El aroma del lugar es semejante al de la vainilla y a pino. En unas mesas hay bandejas llenas de champagne y algunos bocadillos, todos dispuestos para los presentes.
Es un evento sencillo, pero no menos importante para nadie, pues veo cómo muchos críticos aguardan, a la espera de que quiten los velos de los cuadros para observarlos. Además de ellos también está la prensa, pero de periódicos, seguramente del The Seattle Times. Me pregunto cuándo habrá una exposición solo de Edward, en donde él decida la temática de sus obras y la gente lo alabe como siempre debió ser.
Otro hombre, cano y snob, se nos adelanta y saluda amablemente a Edward. A mí me mira dos segundos y no se lo cree.
—Sr. Cullen, Tanya Denali me ha hablado mucho de usted —afirma con una voz y un acento ridículamente perfectos—. Se me ha olvidado por completo presentarme, soy Sir Smith, un aficionado de toda esta maravilla.
Edward sonríe un poco incómodo y le da la mano que le ha tendido.
—Ah, y cómo olvidar las alabanzas que me ha hecho Mr. Van Houten sobre su trabajo. Créame que ambos se han encargado de darlo a conocer, espero que no nos desilusione. —Se larga a reír débilmente, como si temiera hacerlo muy fuerte. —Hace una pausa y se me queda mirando otra vez—. A propósito, creo que a usted la conozco.
Por supuesto que me conoce, es cosa de mirarlo a los ojos.
Le doy una ligera sonrisa, porque a pesar de todo me siento muy incómoda.
—Isabella Swan —murmuro.
—Un gusto.
Cuando se va nos encaminamos hacia algún lugar más apartado, la verdad es que yo quiero darle un abrazo a Edward antes de que siga saludando y hablando con los demás artistas. Él no está acostumbrado a lidiar con muchas personas a la vez.
Pero cuando voy a hacerlo, una mujer llama a Edward desde la lejanía hasta encaminarse hacia nosotros. La rubia mujer está impecable con su vestido blanco y sus tacones del mismo color, además de que acentúa su color de ojos y de labios, tan rojos como la sangre. Le planta un beso en la mejilla y a mí también, pero menos efusivo.
—Esto es grandioso, me he encargado de hablarle a todo el mundo de ti, ahora nadie te recordará como el novio de una celebridad —se larga a reír.
Me siento pésimo. Evito mirarla por un rato y me dedico a contar el número de velitas.
¿Edward seguirá haciendo todo esto por él y no por mí? De ser la primera opción me angustio tanto que se me seca la boca.
—Cariño, estoy segura que tendrás la atención de todos los presentes. ¡Hasta Sir Smith te ha ido a dar la bienvenida! Es grandioso.
Cariño…
—Es un lugar un poco incómodo —afirma él, lo que me llama la atención.
—¿Estás bien? —le pregunto en un susurro.
Asiente y me da un beso en la frente. Le acaricio la espalda baja para que sepa que estoy con él y voy a apoyarlo, no importa lo que suceda.
Tanya se va a hablar con unos cuantas personas que no conozcan, pero maldigo a cada una que se me queda mirando. Al parecer nadie puede creer que yo esté aquí.
Mr. Van Houten es mucho más amable, él me saluda con una dulzura muy poco común, más aún porque tengo entendido que sabe muchísimo. Quizá solo estoy acostumbrada a pensar que todos los expertos son arrogantes, acostumbrada de todos esos directores que me usaron.
—Tienes una novia muy linda —afirma con respeto—. Así que el famoso enamorado eres tú, ¿eh? —Se ríe.
Me ruborizo y también me río.
—Creo que nadie se lo podrá creer —dice.
—Eres un verdadero genio. —Se dirige a mí—. Se ha enamorado con su talento, a que sí —me dice.
—Sí —afirmo—, es un hombre increíble. Solo espero que todos entiendan qué quiere trasmitir en sus pinturas.
Mr. Van Houten me mira otra vez con dulzura y con algo más en sus ojos: me entiende. Sí, sabe muy bien que Edward no es cualquier pintor, sino un creador de metáforas ocultas en muchos colores, un creador de metáforas y de historias con solo trazar dibujos, sí. Nos entendemos. Y de pronto me tranquilizo, porque sé que él no permitirá que un puñado de tontos admire su trabajo sin conocerlo, pues hará lo posible por llevarlo hacia donde se merece, al mismo lugar de todos los genios.
Los artistas comienzan a darse a conocer, la mayoría acompañados de sus agentes y cazatalentos, muy pocos en pareja o con familia, muy solitarios además. Me siento un poco extraña al captar tanta atención de los demás, pero sé que solo será por un momento, porque es la novedad.
Hay una mujer entre las exponentes, una de pelo aleonado y rojo. No tengo idea de cómo se llama, pero me parece interesante la forma en la que se viste, hasta puedo adivinar que es una mujer excéntrica y amante de los colores. También hay uno de cabello algo largo y rubio, usa una ropa no muy digna de un evento como este. Le suman otros pocos que, a simple vista, provienen de buen pasar económico.
Veo que Tanya Denali camina hasta la entrada en donde saluda a una mujer de cabello largo y recto, tan rubio que parece blanco. Su vientre es muy redondeado y lo sujeta con cariño. Se dan un par de besos en las mejillas, lo que denota lo bien que se llevan. Diría que son amigas, pero su parecido es notorio. Son hermanas.
Pero algo me llama muchísimo la atención y es que la hermana de Tanya tiene de la mano a un hombre moreno, estatura media e inconfundible sonrisa. Jacob Black.
—¿Quién es ella? —le pregunto a Edward.
—Ella es Irina, la hermana de Tanya, seguramente ha venido a… ¿Qué hace Jacob con ella?
De todas las posibilidades, jamás habría imaginado a Jacob de la mano de la hermana de Tanya.
Veo que se acercan a nosotros, él sin quitar la sonrisa de la cara. Irina se ve muy seria y su piel parece dura como un témpano de hielo. De pronto sonríe también, borrando las facciones duras de su hermoso rostro.
—Es un gusto volver a verte, Edward Cullen —dice ella, alargando la mano hacia mi novio. Él la sostiene, pero con recelo hacia Jacob—. Y tú eres Isabella Swan, ¿no? —me dice a mí.
—Mucho gusto, Irina. Hola, Jake.
Jacob ensancha su sonrisa y me da un abrazo. Luego lo hace con Edward, quien parece otra vez receloso de la situación.
—¿Se conocen? —preguntan Tanya e Irina a la vez. Aunque Irina no parece tan asombrada.
—Oh sí —afirma Jacob—. La he encontrado un par de veces, ya sabes, cuando bailé en Nueva York.
Irina parece esforzarse a recordar y luego sonríe.
—Qué pequeño es el mundo —afirma—. ¿No es así, hermana?
—Así lo noto —nos dice—. Les pido que nos acompañen por aquí, el pianista comenzará a tocar. Les encantará.
El pianista es un hombre muy serio que sin duda ama la música. Toca con los ojos cerrados, mientras todos escuchan o conversan con una copa en la mano. Muchos vienen a saludar a Edward y por supuesto a mí, como si yo realmente no perteneciera aquí.
Un hombre anuncia que se develarán las pinturas y que el artista debe estar frente a cada una de sus obras. Yo me separo de mi novio y me coloco a un lado de Jacob, pues es quien me hace sentir menos extraña.
La exposición es sorprendente, pues cada uno tiene su temática. La chica efectivamente ha utilizado muchísimos colores, creando líneas hasta formar flores diversas. No puedo mentir, tiene muchísimo talento. El hombre de cabello algo largo y rubio ha manejado con cuidado su estilo, un tanto rústico para mi gusto. Ha pintado con algo que no conozco, porque es todo de diferentes tonalidades de café no muy parecidas al óleo ni nada parecido. Cada una de sus obras —cinco para ser exactos— contaban algo, como una historia; muy oscuras y carentes de alegría. Los otros también eran interesantes, como aquel que utilizó pigmentos reales de flores y plasmó un océano de colores con ellos. O el hombre que hacía pop art con fluorescentes.
Pero Edward proyecta algo tan… mágico. Mis ojos viajan hacia su lugar e instintivamente camino hacia él. Tiene exactamente cinco cuadros de mediano tamaño, todos coloridos pero no en exceso. Es realismo, como a él siempre le ha gustado. El primero es de una mujer desnuda apoyada contra un vidrio lleno de vapor, como si esperara a algo o a alguien. También hay uno de una mujer llena de flores mirando hacia el frente. Es su madre. Pero si me fijo bien ella no está cubierta de flores, sino que nace de ellas, de la tierra.
La gente balbucea algunas cosas al toparse de lleno con el cuadro del lado izquierdo, en donde se ve claramente a una nena de cuatro años medio llorando y con la ropa hecha jirones, mirando tristemente a una pareja enamorada. De inmediato reconozco que esa es la representación de sus pensamientos respecto a lo que ambos hemos sido capaces de observar en el orfanato.
El penúltimo cuadro es la mujer que estaba pintando en el estudio, aquella envuelta en sábanas convertidas lentamente en serpientes albinas. Es tan grandioso, tan diferente. Es muy real, pero se mezcla bastante algo fantasioso o imaginativo. Sé que no es surrealismo, pero ¿cómo se llama su movimiento? A Edward siempre le gustó Van Gogh, pero de él se inspira nada más al describir su vida en diferentes cuadros, no en su técnica.
El último, y no menos importante, es un tronco de mujer llena de notas musicales. La figura comienza con sus pechos y acaba directamente en el monte. Una mano acaricia su vientre ligeramente plano, ha de ser de ella, y no lo sé, pero puedo entender el sentimiento: amor puro. Lo entiendo de inmediato y es mi favorito.
La gente está sorprendida, los críticos intentan no abrir tanto los ojos, y es que Edward es el único que ha sido capaz de plasmar emociones al máximo con su pincel, siendo su sensibilidad la principal razón de ello.
Está nervioso, pues mueve constantemente sus dedos detrás de su espalda. Lo conozco muy bien.
—Tiene mucho talento —manifiesta Jacob a mi lado.
Lo miro de reojo y sonrío.
—Le costó muchos años darse cuenta de ello.
—Ya lo veo. Está nervioso, ¿o es mi idea?
—Lo está. ¿Por qué no me dijiste que estabas casado? Y para más remate con la hermana de Tanya Denali, la mujer que planea trabajar con Edward.
Se queda callado un momento, lo que realmente no entiendo. ¿Por qué siento que me oculta algo? La verdad es que no tendría por qué dudarlo, ya que para mí es un extraño que casualmente encuentro cada vez que puedo. Una idea muy grave se me cruza por la cabeza, lo que me hace entrar en pánico; ¿y si él trabaja para Louis? ¿O para James? Quizá incentivó a su cuñada para que se acercara a Edward por órdenes de alguno de ellos.
Me giro para observarlo y algo en sus ojos me hace desechar ligeramente la idea. ¿Por qué simplemente no puedo creer que él esté en esos pasos?
—La verdad es que no sabía que el famoso artista del que tanto alardeaba Tanya fuese Edward, ella jamás me dijo su nombre porque él es muy reticente a darse a conocer, como si le temiera al rechazo.
Me muerdo el labio inferior porque es cierto, Edward le teme mucho al fracaso, ya que la pintura para él es su alma viva. Y también es cierto que cabía la posibilidad de que no supiera que era precisamente mi novio.
—Lo supe hace algunos días, cuando nos invitó a este evento —murmura.
Miro hacia ambos lados en busca de su esposa, pero ella está entusiasmadísima mirando los cuadros de Edward.
—¿Ella sabe que llevas una pistola? —inquiero.
Aún recuerdo que él llevaba una muy parecida a la de mi padre aquella vez que Phill se acercó a mi madre. No imagino que su esposa quisiese una cerca cuando va a dar a luz en un corto tiempo.
Se pone un poco tenso y mira al suelo.
—La verdad es que no —susurra—, pero, desde la última vez que intentaron robar a mi padre en La Push, llevo una.
—Oh, debió ser un momento muy horrible para querer llevar una adonde sea —le digo con sinceridad—. Pero deberías tener cuidado, tu esposa dará a luz muy pronto.
Su sonrisa aparece y un hoyuelo bastante notorio se forma en sus mejillas.
—Aún le quedan tres meses y medio —me cuenta y sus ojos brillan—. A veces no sé cómo saldrá, quizá mitad rubio y mitad moreno —se larga a reír y yo lo sigo.
Es divertido, pues su esposa es una rubia bastante llamativa, y él un hombre muy moreno, un quileute.
—Bueno, te felicito, tienes una linda familia.
—Y tú un novio muy talentoso.
De eso no hay duda.
.
Edward es acosado por cada uno de los críticos y los asistentes, la mayoría ricos o familias que van pasando por aquí. Él explica que ha usado óleo y acrílico, sobre todo en los últimos, y uno de los hombres exclama que Diego Rivera estaría orgulloso de él al verlo utilizar tantos colores de manera brillante. Una mujer le explica a su amiga rica que no sabe cómo Edward puede utilizar las influencias culturales de tantos lugares hasta hacerlos una sola pintura, quizá refiriéndose a la propia influencia de Van Gogh y la forma de expresión de algunos artistas mexicanos al que ha sido referido.
Una sensación muy linda se agolpa en mi pecho, una sensación de regocijo. Lo veo feliz, puedo leer sus ojos y sí, lo está.
—Me perdí la parte inaugural por el maldito tráfico, Jasper manejas muy lento —exclama Alice, entrando al lugar con su voz característica.
—Tú estabas entusiasmada en maquillarte y no te diste cuenta del tiempo —insiste el rubio primo de Edward.
—¡Ash! —bufa—. ¡Bella!
Se encarama en mi cuello y me besa la mejilla, luego Jasper también pero con menos efusividad.
—Dile a mi novio que las chicas necesitan arreglarse para salir bonitas —profiere, poniéndose las manos en las caderas.
Reprimo una risilla.
—Cariño, tú eres hermosa y no necesitas pasar horas en el tocador —le dice Jasper con una sonrisa dulce.
Alice deja ir un suspiro y se abraza a él con los ojos brillantes. Esta vez sí me río.
—¿Ha venido Carlisle? —le pregunto a Jasper y él niega con su cabeza.
Me siento muy mal, porque pienso que quizá soy la culpable de que ambos no se lleven bien. Edward defendiéndome porque su padre me odia y para evitarse el mal momento entonces prefiere no asistir al evento que, hasta el momento, podría definir el futuro de su hijo.
Miro a Alice y a Jasper, y ambos bajan la mirada porque entienden muy bien la situación.
—No puedo obligar a mi tío a venir, él es el único que debería solucionar sus trancas —me dice el rubio con mucha seriedad.
La prensa se ha dedicado a sacar muchísimas fotografías y hasta la televisión ha llegado. Veo a Alec en la lejanía del museo, justo en la ventana, lo que me da tranquilidad pues los Gorilas están cerca. Edward está demasiado ocupado con las personas que están constantemente preguntándole cómo elaboró todo, así que yo espero pacientemente junto a Alice, mientras ambas miramos los demás cuadros.
Cuando estamos de frente a la mujer de cabello rojo y aleonado, se nos queda mirando de muy mala manera pero no le hacemos caso. A Alice se le ocurre preguntarle de qué se trata su cuadro lleno de colores y la respuesta es más horrible de lo que creí.
—¿Y ustedes qué van a saber? Son actrices de cine y las actrices de cine tienen la cabeza hueca.
Qué idiota.
Miro los cuadros de mi novio por décima vez y sonrío cada vez que leo lo que intenta decir. Me fascinan.
Tanya se queda a mi lado y también mira, como si estuviese satisfecha de su trabajo. Me pregunto cuál es.
—Son hermosos, ¿verdad? Yo sabía que Edward lo lograría, la gente está encantada con todos los lienzos. ¡Valdrán mucho! —me comenta.
Como si yo no lo supiera.
—Yo también sabía que lo lograría… hace 14 años, específicamente —profiero con altivez.
Tanya me ignora o simplemente no lo entiende.
—¿Has notado la expresión de Edward en este cuadro? —inquiere, apuntando hacia el de la mujer con sábanas transformadas en serpientes blancas. No sé por qué la víbora más grande me recuerda a ella.
Sí, he notado completamente la expresión de Edward en el cuadro, lo sé porque en ese preciso momento nosotros íbamos a hacer el amor e incluso me pintó, pienso para mis adentros.
—Sí, es muy bonito, siempre hace ese tipo de creaciones.
—¡No son solo creaciones! Es un movimiento realista maravilloso que lo va cambiando a hiperrealismo. Si ves la técnica podrías notar que él se inspiró plenamente en Latinoamérica y que además utilizó la fuente inspirativa en los holandeses… Pero da igual, no creo que me entiendas. —Se pone a reír con delicadeza, como si su chiste fuese perfectamente compartible conmigo. Pero me ofendo. Y mucho.
—¿Qué has dicho? —profiero con sequedad.
Tanya me queda mirando inocentemente, moviendo sus largas pestañas y haciendo una expresión de sorpresa con sus labios pintados de rojo.
—Solo no creo que lo entiendas, Isabella, este tipo de arte es muy complejo y…
—Edward es mi novio y lo entiendo perfectamente, Tanya —exclamo.
Sus ojos se agrandan hasta que puedo ver muy bien su hermoso iris azul.
—Yo solo…
—No soy tonta, conozco a Edward mejor que tú y siempre lo he apoyado, como también conozco la mayoría de sus influencias porque lo amo desde que soy una niña. ¡Y no necesito conocer los movimientos ni las técnicas para entenderlo!
Mi voz va aumentando de volumen hasta que me doy cuenta de lo enojada que estoy con ella. Me pone celosa su proximidad y los frenesís que tiene en ocasiones, como si ella hubiese impulsado a Edward todos estos años. Y sí, a veces pienso que fue mi culpa que él no se haya atrevido a hacerlo en los diez años que yo me largué de Forks, pero ella no lo conoce, no lo ama ni lo protege. Su visión es la fama, la mía es que Edward sea feliz haciendo lo que adora y es parte de él.
—Hey, Isabella, no te pongas así…
Me doy media vuelta y me encuentro con unos cuantos ojos mirándome, muchos de ellos son de los ridículos ricos que dicen saber tanto de arte. Y sí, soy una simple actriz que no tiene idea del realismo mágico e hiperrealismo. Me vienen unas intensas ganas de gritarles.
Pero les ignoro y sigo caminando, topando de frente con Edward. Me sostiene de los hombros y me queda mirando, pero estoy tan triste, enojada e incómoda, que no soy capaz de mirarlo yo también.
—No te había visto por ningún lado, ¿en dónde estabas? —me pregunta.
—Por ahí.
—¿Por ahí? ¿Bella ocurre algo?
Niego e intento sonreírle.
—Bella —insiste—, ¿es porque no estuve a tu lado durante todo este rato? —Esta vez lo miro a los ojos y veo que se siente culpable.
—Claro que no —le digo—, tú necesitas estar con las personas, estás exponiendo. Solo creo que estoy un poco fuera de lugar, ya sabes, soy una actriz de medios y no sé mucho de esto. Al menos estoy aquí contigo, ¿no? Solo espero que la gente no se lleve una impresión particular de ti porque sales con esta hollywoodense —divago algo nerviosa. No quiero reconocerlo, pero lo de Tanya me dejó muy triste.
Es la primera vez que me doy cuenta de la diferencia entre ambos, de lo inteligente que es él y de la mancha que ocupa mi prontuario en mi vida.
Edward frunce el ceño y mira a su alrededor. Yo me atrevo a hacerlo y muchos lo hacen de reojo, la mayoría notando que soy la acompañante del artista que más han ovacionado en la exposición.
—No eres actriz de medios, eres mi novia, la única persona que confió en mí durante toda mi vida y me acompaña hoy para verme seguir mis sueños —murmura, llevando una mano a mi mentón—. Y te amo —añade.
Se acerca a mí y me besa frente a todos. Cuando sus labios conectan con mayor necesidad en los míos, parte de toda mi incomodidad se echa a volar porque él siempre me hace sentir mejor. Claro que sí, soy su novia y desde pequeños le insistí en que debía seguir ese camino, el de la pintura. Tanya nunca conocerá el lado más hermoso de Edward, ni ninguno de los que me han mirado en menos. Solo él sería capaz de juzgarme… solo él.
—Gracias por estar aquí —me dice con cariño.
—No podría no estar, aunque estuviésemos separados iría a verte exponer —le comento. La idea resulta dolorosa, como nunca, pero mantendría la promesa para siempre de verlo en cada exposición.
Frunce el ceño de inmediato y ladea ligeramente la cabeza.
—Pero yo no quiero separarme de ti. Nunca —enfatiza.
De pronto su rostro entra en un pánico que nunca había visto, como si yo fuese a dejarlo en este preciso momento.
—Yo tampoco quiero hacerlo, Edward —le digo poniendo mis manos en su rostro.
Se relaja notoriamente y pone sus labios en mi hombro mientras le acaricio el cabello de su nuca con mis dedos.
—Solo quiero que sepas que pase lo que pase nunca te dejaré de apoyar —murmuro.
Quizá, muy dentro de mí, aún teme que Edward se asuste de todo lo que representan mis cicatrices, incluso lo que yo aún no conozco de mi familia. Sé que Carlisle es más importante para mi madre, más que un simple amigo. Sé que aún no le he contado toda la verdad a Edward, pero es que no soy capaz aún, me horroriza su reacción.
—La única manera en que me puedes apoyar es estando a mi lado, solo eso bastaría.
Suspiro y cierro mis ojos, aun proveyéndole mis caricias.
—Has pintado tan maravillosamente, toda la gente acabará amándote —le digo para cambiar de tema.
Lo siento sonreír contra mi piel y se yergue para pasarme su dedo índice por mi nariz. Eso me hace sonreír aún más.
—Solo me interesa que tú lo hagas —profiere.
Me largo a reír.
—¿No te parece increíble todo esto?
—Sí, es increíble, al parecer, todos tenían razón, a la gente parece gustarle lo que hago.
—Es porque tienes talento.
—Me hubiera gustado que mamá estuviese aquí —susurra, nostálgico.
Me entristece de sobremanera que la añore tanto, sobre todo desde que mi madre se haya visto tan necesitada de mí estos últimos días. Esa tristeza jamás se irá de su corazón, haberla perdido tan pequeño solo hizo que el dolor se haya quedado muy intrínseco en su pecho. Carlisle también siente ese dolor, sus ojos están tan entristecidos que es imposible no darse cuenta de lo mucho que caló la muerte de Esme Cullen para ellos dos. Edward siempre me comentó que no sabían hacer nada, ni siquiera había música en casa, a él nadie le hacía arrumacos, nadie lo esperaba en los actos del día de la madre en la escuela, nadie le decía te amo constantemente como lo hace una madre. Cualquiera podría decir que mi cobrizo habría terminado como una roca, un hombre lleno de resentimiento y frío, sin necesidad de querer, pero no, Edward tuvo la suerte de que su tía le ayudó muchísimo y mi madre, que constantemente lo abrazaba cuando él me iba a ver a mi casa, cuando Phill no estaba. Y Jessica, que luego de los años hizo que Carlisle lograba sobreponerse, alimentándolo y dándole vida a su hogar.
Jessica… ¿Qué será de ella en este momento? Es increíble que ya no la vea, de eso ha pasado tanto tiempo. No puedo sentir rencor, menos odio hacia ella, amó a Edward cuando nadie más lo hacía y eso, a pesar de todo, debo agradecérselo. Lo único que espero es que ya no lo siga amando, sé muy bien que amar sin poder gritarlo es la angustia más terrible que tu corazón puede soportar, tanto como el miedo a perder a quienes amas. Peor aún es que ames sin que esa persona te corresponda, y no estoy segura si eso será parte de mi experiencia.
—De algún lugar te estará mirando, no pienses que ella no está aquí porque sí lo está.
Intenta sonreír, pero le apena y muchísimo. Solo puedo enredar mis brazos en su cintura y apegarme a él.
—Uy, par de tortolos, ¡son el blanco de miradas! —exclama Alice, irrumpiendo en nuestra burbuja.
—Alice —le regaña en voz baja el siempre disimulado Jasper.
Nosotros nos ponemos a reír y nos separamos. Edward les da un abrazo muy fuerte a ambos, de paso diciéndoles lo mucho que aprecia su compañía en un día como este. De reojo noto que mi cobrizo busca a alguien más, pero no lo encuentra, entonces traga y se obliga a sonreír otra vez.
Ha notado que su padre no ha sido capaz de venir. Se me aprieta el corazón de tristeza, sin embargo lo único que soy capaz de hacer es permitirle sentir.
—Uff, estas personas son tan snobs —exclama Alice con un mohín de desagrado.
—La verdad es que sí, sobre todo porque el creador de este evento es un snob número 1. Créanme que no todos son así —les dice Edward.
—Mr. Van Houten es muy agradable —les comento—, es el hombre que ayudó a Edward a entrar a este evento. Le ha caído del cielo.
—Primo, gracias al cielo que has podido hacer esto, de verdad, eres muy talentoso —profiere Jasper con orgullo.
La prensa se nos acerca para preguntarnos un par de cosas a nosotros, en especial a las más famosas. Estoy un poco incómoda, pues preguntan cosas sin mucho sentido. Miro el micrófono y noto el logo del programa. Ah… Son de la prensa rosa, esa que se interesa más por la vida de otros que por el arte de nuestro alrededor.
—¿Estás con tu novio, Bella? —me preguntan.
Miro instintivamente a un Edward algo asombrado, vestido con su hermoso traje elegante y una camisa negra debajo de la chaqueta del mismo color. Es tan guapo y tan talentoso que no soy capaz de decir que no, estoy tan orgullosa de él que es imposible no querer gritarlo.
—Sí, estoy con mi novio —les digo—, es uno de los pintores que ha venido a la exposición.
De improviso creo que podría haber metido la pata, así que observo a Edward otra vez y él con tranquilidad sonríe, como si se hubiese llenado de valentía de un momento a otro. Me toma de la mano y me besa los nudillos, no sin antes poner sus ojos en mí.
El periodista parece entusiasmado hasta la médula por tener la primicia, pero eso no me importa mucho porque estoy feliz de que mi novio parezca tranquilo con lo que soy, así como también yo adoro lo que es él.
—¿Es aquel del que todos están hablando por aquí? —nos pregunta con alegría.
Edward rompe a reír y yo también lo hago.
—Pues sí —les dice Edward.
Uau.
—Edward, ¿podrías contarnos qué estás presentando hoy?
Él se separa un poco de mí, pero de inmediato vuelve a tomarme la mano. Conduce a la cámara, al camarógrafo y a mí hasta sus creaciones, todas protegidas por una cinta que impide acercarse a menos de 10 centímetros. Ahí comienza a explicarles cada una de sus metáforas, demostrando un temple muy curioso en él, como también un carisma increíblemente atrayente, como nunca.
Edward podría atraer a la multitud con una sola oración; su voz es deliciosa.
.
.
.
Iremos a buscar a mamá en tres días más, pero mientras tenemos que terminar de empacar todo para ordenarlo en la nueva casa. Tengo que terminar de sacar las cosas de mi habitación y la de mi madre, botar lo que nos recuerde a algo que no nos guste y terminar por sembrar esta maldita casa llena de malos sucesos. Lo que me pagarán por el arriendo se lo daré mes a mes a mi madre, así podrá comprarse lo que más le gusta, sumado a lo que yo le brindaré cada vez que pueda. A pesar de que James robó parte de mi riqueza, lo que queda aún es más de lo que podría necesitar para toda mi vida, además la nueva película saldrá muy pronto y ganaré mucho más.
Alec interpuso una medida cautelar de mi parte en contra de James. Si vuelve a intentar robar mi dinero lo denunciaré sin miedo.
Edward se sienta a un lado de mi cama y la queda mirando con nostalgia. Yo desde el otro extremo de la habitación lo miro un poco nostálgica también. Es increíble que él pasara en mi habitación tanto tiempo, hasta ahora, que está hecho todo un hombre.
—¿Sabes? Aún recuerdo al chiquillo que dibujaba flores en mi pared diciéndome "te quiero" —le digo, dando pasos hacia él.
Levanta la mirada hasta posarla en mí, y sonríe.
—Ese chiquillo tan tonto —murmura—. Cuánto miedo le tenía a la hermosa Isabella —añade, tomando mi muñeca para hacerme sentar en sus muslos.
—¿Miedo? —me río—. Ese chiquillo no era tonto, la chiquilla Isabella era tonta —le digo—. No poder darle un beso cada vez que lo ansiaba, aquí entre las cuatro paredes de su pequeña habitación… —Acerco mi nariz a la suya y cierro los ojos un momento—. Sí que era tonta.
Acaba dándome un corto beso en los labios.
—Tantos años —susurro.
—Tantos momentos.
—Aún no soy consciente siquiera de todo lo que guardo aquí.
Busco debajo de la cama todas las cajas que tengo, completamente llenas de polvo. Edward me ayuda a tirarlas hasta el otro extremo y las limpia rápidamente.
Al revisarlas me detengo en un par de cartas que me envió Edward una vez que fui con mamá a Phoenix y Phill, las cuales guardo en mi bolso. No podría botarlas. También encuentro algunas joyas de mi abuela, fotografías mías de cuando era un bebé, fotografías de mamá cuando era muy joven y la medallita de plata que me regaló ella cuando tenía dos meses y medio de embarazo. Se supone que iba a ser para mi hijo cuando naciera, creo que la había ocupado cuando pequeña, para protegerme de todo lo adverso.
Me la engancho en mi suéter de lana color crema y me aguanto la tristeza que me ha embargado súbitamente. No voy a dársela a Edward, no creo que sea lo correcto, pues el tema le afecta demasiado y él está muy feliz hoy.
Termino de sacar todo lo que hay en mi habitación y luego lo hago con la de mi madre, encontrándome de improviso con la caja de mis revistas, en donde él encontró las cartas. Me la pienso muy bien y la guardo.
La casa acaba vacía y de pronto se me forma un duro hoyo en mi pecho. No sé por qué de pronto siento muchísimo pesar. Edward me da la mano y me queda mirando.
—No es fácil a pesar de todo, ¿no es así? —me dice suavemente.
Niego y paso mi mano por las paredes llenas de flores, todas hechas por Edward. Siento que me sigue.
—Te pintaré muchísimas en casa, ya lo verás —murmura dulcemente.
Escuchar que nombra su casa como nuestra me hace sonreír a pesar de todo.
—¿Harías eso por mí? —le pregunto, dándome la vuelta para mirarlo.
Sonríe.
—Eso y mucho más.
Tantos recuerdos, tanto dolor, tanta emoción y tanto llanto. Todo eso está aquí, en casa. Es impresionante que en mi corazón aguarden tantas emociones distintas.
Edward sale para dejar algunas cosas de Alice en casa de Jasper, que queda a unos 5 minutos en coche. Mientras yo aparto las últimas cosas en las cajas al mismo tiempo que me paseo por el lugar ya vacío, cantando algunas melodías de Marilyn Monroe.
Cierran la puerta detrás de mí y yo sonrío sin girarme a mirar.
—¿Qué se te ha quedado, cariño? —inquiero—. ¿O es que has ido demasiado rápido?
No consigo respuesta. Frunzo el ceño y me giro a comprobar que él está aquí. Pero no, no hay nadie. Trago y me obligo a seguir haciendo lo mío, sin preocuparme por el hecho de que he escuchado perfectamente cómo se cerraba la puerta principal.
Alguien respira en mi oreja, puedo sentir su calor en mi espalda. Un escalofrío me pasa por la columna vertebral y mis miembros se paralizan. No es Edward, no es su calor ni su aroma. Mi Edward no huele a whisky ni a puros. Abro la boca y de ella no sale nada, ningún grito.
—Hola, mi precioso manjar —susurra con la voz grave y rasposa.
Es James.
Un final intenso para dar inicio a la recta final. Uff, y a pesar de eso quedan muchos secretos. Agradezco a todas las que esperan pacientes por un capítulo más, no sé cómo agradecerles la fidelidad que tienen muchas de mis lectoras. La universidad demanda mucho tiempo y qué daría yo por escribir muchísimo y darles los capítulos rápidamente, pero el tiempo se agota muy rápido :( Solo resta decirles que este fanfic lo acabo como debe ser.
Gracias a todas por leer, y como siempre GRACIAS por los reviews!
Un beso
