Capitulo 34

La noticia más esperada…

e inesperada

Me encontraba frente a la ventana, observando a Albert mientras caminaba en dirección a las caballerizas, cuando llamaron a la puerta suavemente.

—Pase —exclamé en voz alta.

Terry entró y se quedó parado en el centro de la estancia, balanceándose por los talones, carraspeó profundamente emitiendo algo parecido a un gruñido escocés y, finalmente, se arrancó la gorra azul con la escarapela blanca prendida en un lateral, para manosearla entre sus manos. Lo miré con algo de diversión.

—¿Qué sucede? —inquirí como si hablara con el pequeño Jimmy.

—Es Catly—musitó él.

—¿Le ocurre algo? —Me acerqué con pasos rápidos.

—No, no —me tranquilizó él—, yo solo quería pedirte un pequeño favor. —Enrojeció hasta la punta de las orejas.

—Tú dirás. —Lo miré infundiéndole confianza.

—Cuídala, solo eso —suplicó con voz ronca—. Ella… en ocasiones es tan frágil, que yo… —No supo o no quiso continuar. Yo sonreí recordando la bofetada que le había propinado instantes antes de pronunciar el «sí quiero», y, por ello, calificar a mi hermana de frágil, se me antojó absurdo.

—Lo haré, descuida —afirmé, dándole un pequeño empujón en el hombro. Terry sonrió ampliamente, y poniéndose la gorra, se despidió con una inclinación de cabeza.

Todavía estaba pensando en la pequeña conversación con Terry, cuando entró Catlyn como un vendaval en la habitación. Observé su rostro enrojecido y las marcas en sus ojos de lágrimas derramadas. Sin embargo, parecía haberse repuesto con prontitud, y agitaba un papel delante de mis narices con determinación.

—¿Qué es esto? —Lo cogí y me acerqué a la ventana para leerlo con mejor luz.

—Ha sido George —explicó ella escuetamente.

—No me lo digas, ¿quiere que protejamos a mamá?—inquirí, mirándolo.

—No, quiere que la vigilemos. Me ha dado una lista con nombres —explotó finalmente.

—¿Cómo? —pregunté extrañada, prestando más atención a los nombres escritos—. ¿Lord Queensberry? Pero si tiene por lo menos ochenta años, le faltan casi todos los dientes y además sufre de profundos ataques de gota. ¿Qué peligro ve?

—No lo sé —replicó ella—, no le veo sentido, pero George parecía ciertamente preocupado.

Seguí leyendo y recordando los rostros de los hombres reseñados, hasta llegar a uno que me llamó poderosamente la atención.

—El señor Simmons —musité.

—Sí, el que suministra el pescado, verduras y hortalizas a casi todas las casas de la calle —contestó ella con un claro gesto de extrañeza.

—Creo que lo tengo —exclamé triunfante y asomé la cabeza.

En ese instante, llegaba, en la carreta tirada por dos mulas, el citado comerciante, y mi madre salió a su encuentro. Aparentemente, le entregó dos cajas de madera, en las que pudimos observar diferentes alimentos expuestos ordenadamente.

—Sigo sin entenderlo, ¿qué peligro puede ver George en ese hombre? —masculló Catlyn, arrugando la nariz y observando al señor Simmons, un hombre bajito, entrado en carnes, casi calvo y con un rostro redondo y rojizo siempre brillante de sudor.

—Creo que tiene que ver con las mercancías que entrega.

—¿Crees que puede ser partidario de Hannover y nos intenta envenenar? —preguntó mi hermana con un deje de incredulidad palpable en su voz.

—¡No! ¡Es un código! ¡Un maldito código! ¿Cómo es que no lo he visto antes? —exclamé, bullendo la cólera en mi sangre.

—Si te sirve de consuelo, yo ni lo he visto, ni sé de lo que estás hablando —contestó mi hermana, observándome con atención.

—Espionaje —le aclaré.

—¡Qué! ¿Cómo es posible que mamá…? Achh, ya lo hacía antes y ha vuelto a las andadas. ¡Será posible!, ¿a qué cree que está jugando? Estamos en medio de una guerra —gritó, dando bandazos en el aire con los brazos.

—Lo averiguaremos, vamos. —Le cogí de la mano y tiré de ella hasta llegar a la biblioteca de la casa, que solíamos utilizar como salón privado cuando no teníamos visitas.

—Bien —dijo mi hermana, observando las estanterías de madera de nogal cubiertas por libros—, ¿qué se supone que tenemos que buscar?

—Heráldica, libros de historia de Inglaterra, Francia y Escocia, lemas e insignias de los clanes —contesté mientras examinaba los libros de cerca, buscando alguno que me diera alguna pista. Recordé a Daniel, él podría sernos de mucha utilidad, pero había partido con el regimiento de los Brower, junto con Vicent, el marido de Rosemary.

—¿Crees que eres Richebourg? —me preguntó cruzándose de brazos. La miré sonriendo ampliamente, recordando la imagen del famoso espía de la Revolución francesa, que midiendo solo cincuenta y ocho centímetros, utilizaba esa particularidad para, una vez memorizados los mensajes, disfrazarse de bebé y entregarlos.

—No. Solo fíjate en el último nombre de la lista, es Duncan, el hijo de madame La Marche, uno de los confidentes de Albert. Esos hombres son los correos y espías de Albert. Lo que no llego a entender es: ¿por qué la tenía George y por qué se la dio Albert a mi madre?

—Quizá lo averiguó ella sola, parece bastante capaz—musitó mi hermana, acompañándome en el estudio de los libros.

—Eso me temo —mascullé, y encontré uno que parecía sernos de utilidad. Lo cogí con cuidado, era un gran volumen encuadernado en cuero negro con hilo de oro. En su interior se relataba la historia de los clanes del norte de Escocia, con su indumentaria e insignia—. Ves —le dije mostrándole las cinco lanzas del clan Cameron, a la vez que me cogía el grueso anillo que pendía de una cadena de plata en el comienzo de mis senos.

—¡Los rábanos! —exclamó triunfante.

—Eso creo. Utilizan diferentes colores para atar las hortalizas, blanco si es escocés, rojo si es inglés… o eso creo. El número no sé si se refiere a un solo hombre o a regimientos enteros. Los cinco rábanos atados con hilo blanco hacen referencia a ese clan en concreto. El resto, tendremos que averiguarlo con mucha paciencia y mucho tiempo —expliqué, todavía con el dedo señalando el escudo.

—Bueno —murmuró mi hermana—, paciencia no tendremos… pero tiempo nos sobra en abundancia. No veas lo que añoro la televisión e internet.

Solté una sonora carcajada.

—¿En realidad es eso lo que más añoras?

—Eso… y los inodoros, la calefacción central, los pantalones vaqueros, la ropa interior, la luz eléctrica, la música, las lavadoras… ahhh, las lavadoras… ese prodigio de la tecnología —murmuró con anhelo—, los teléfonos móviles, los automóviles, la tortilla de patatas…

—Para, ¡por Dios!, que me vas a hacer llorar —susurré con un deje de nostalgia en la voz, reprimiendo la congoja que sentí de improviso.

Me miró sonriendo y me dio un beso en la mejilla.

—Pues empecemos a trabajar entonces, ya estaba yo un poco cansada de sentirme la señora de…

—Eres la señora de —repliqué yo.

—¡Bah! Eso es lo que cree él —sentenció, y ambas nos sentamos frente a un libro abierto y unas hojas en blanco, intentando descubrir por qué código se regían y qué mensajes transmitían realmente.

Y así pasamos los largos y oscuros días del otoño, en una ciudad que se estaba acostumbrando a la guerra, regresando a una relativa tranquilidad, en la que los comercios abrieron de nuevo y los mercados de ganado volvieron a celebrarse. Las tabernas y posadas fueron los únicos vencedores de la contienda, llenándose cada tarde con hombres que buscaban desahogo en el alcohol y las mujeres. Madame La Marche, pensé de forma absurda, tenía que hacer una caja estupenda cada día.

Descubrimos parte del intrincado esquema por el que se regía la red de espionaje creada por Albert y dejada en custodia a mi madre. En ella, averiguamos datos que nos eran desconocidos, y otros que ya sabíamos. Incluso nos atrevimos en alguna ocasión a añadir alguna contraseña, advirtiendo de algo que fuera de utilidad por nuestros conocimientos del futuro.

E incluso, a espaldas de nuestra madre y de Kendrick y John, que por orden de Albert se habían quedado ejerciendo la labor de guardaespaldas, creamos una red de proscritos escoceses. Hombres que llegaban ateridos y muertos de hambre, huyendo de la campaña de Inglaterra, por la que habían recorrido los helados caminos apenas sin ropa de abrigo o comida, e intentaban regresar a sus hogares, al menos el tiempo necesario para cubrir la cosecha de la próxima primavera. Les ofrecimos cobijo en las caballerizas, dándoles mantas, ropa limpia, curándoles las heridas y enfermedades varias, como la disentería, lo mejor que pudimos, hasta que dos o tres días después de acudir en nuestra ayuda desaparecían en la madrugada de camino a sus hogares, sin que supiéramos la mayoría de las veces quiénes eran o qué nombre tenían.

Las noticias nos fueron llegando por diferentes medios, en ocasiones por las informaciones de los espías, otras por proclamas vitalistas y carentes de interés real, y, la mayoría de las veces, por las conversaciones que manteníamos mi madre, mi hermana y yo, que completábamos lo que no recordábamos una con otra. Todas coincidíamos en una sola cosa, que el hecho que hizo que perdieran la guerra, hombres y, sobre todo, el empuje de los clanes del norte, fue la invasión de Inglaterra. Considerábamos, pese a nuestros escasos conocimientos militares, que el ejército escocés debía haberse centrado en fortificar y defender la frontera con el país vecino. No obstante, las tres conocíamos la opinión de diversos historiadores, que habían afirmado exactamente lo contrario, opinando que fue una excelente oportunidad del ejército rebelde de conquistar Inglaterra antes de que llegaran los refuerzos a través del Támesis provenientes de Flandes, con el duque de Cumberland al mando.

El 9 de noviembre, el ejército escocés llegó a la ciudad de Carlisle, donde los cañones abrieron fuego desde su muralla sin permitir la entrada de los rebeldes escoceses. Estos se retiraron al oír que el ejército inglés se aproximaba, y cuando comprobaron que tal información era falsa, reanudaron el asedio. Finalmente, el teniente coronel Durand, capituló, y dejó la ciudad en manos escocesas. Las tropas del mariscal de campo Wade, que acudían desde Newcastle en ayuda de la ciudad inglesa, nunca llegaron debido al mal tiempo. El 15 del mismo mes, nos despertamos con el tañido de todas las campanas de las iglesias de Edimburgo, y la historia se convirtió en realidad. Habían conquistado Carlisle.

Después de una cena frugal, la noche siguiente, y sin disfrutar de la algarabía que se había desatado en las calles para celebrar la conquista, las tres nos acostamos con el ánimo decaído. No había llegado ningún mensaje que nos indicara que Albert o Terry se encontraran bien y, aunque yo confiaba en la información de que disponíamos, una vez que me encontraba allí y comprobaba una y otra vez lo inexacta que puede llegar a ser la historia contada, desconfiaba del resultado.

Cogí el pequeño libro que descansaba en mi mesilla, Discurso del método, de Descartes, y me dispuse a releerlo con calma, invocando a que Morfeo me visitara con prontitud. Debí quedarme dormida con Descartes fuertemente sujeto entre mis manos. Desperté, sintiendo un peso a mis espaldas, y una mano inquisidora que se deslizaba por mi cintura con posesión. Apreté el libro entre mis manos y me volví con ímpetu, atizando en la cabeza al que había osado meterse en mi cama sin que lo hubiese invitado.

—¡Auch! —Oí que se lamentaba el hombre, para a continuación hacerlo en gaélico e inmovilizarme bajo su cuerpo—. ¿Así es como recibes a tu marido en tu cama después de pasarse dos días enteros cabalgando para estar a tu lado? —Me ofreció una mirada sesgada y una sonrisa deslumbrante.

—Solo si no se identifica antes como tal —mascullé, sintiendo que el calor brotaba de mis entrañas con su contacto.

—No he querido despertarte, tenías una expresión tan dulce… —dijo, y una expresión risueña iluminó sus ojos azules.

—Eres un demonio —murmuré, conteniendo una carcajada.

—Solo soy un hombre enamorado —contestó él, devorando mis labios con ferocidad. Se separó un instante y sujetó el libro en una mano, observándolo con curiosidad—. «Cogito ergo sum» —murmuró con una sonrisa.

—«Pienso, luego existo». —Traduje, y rodé hasta ponerme sobre él. Me deshice del camisón y dejé que observara mi desnudez.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó, entornando los ojos azules, que brillaron a la luz de la vela.

—Solo soy una mujer enamorada. —Respondí, tendiéndome sobre él para tener acceso a su boca de labios gruesos y ardientes. La devoré con la misma ferocidad que él momentos antes, y nuestras respiraciones comenzaron a mostrarse erráticas y jadeantes. Sentí cómo sus manos me recorrían la espalda hasta que me izó para bajarme justo sobre su erección. Gemí de forma involuntaria y me tensé, arqueándome.

— Había olvidado lo grande que eres —musité, arrancándole una carcajada que reverberó como el eco en mi interior.

Se mantuvo inmóvil unos segundos, dejando que yo me acostumbrara a su presencia y, sin previo aviso, atrapó uno de mis pezones para mordisquearlo con suavidad, mientras yo me volvía lentamente sobre su miembro. Sentí su urgencia, unida a la mía, y nos movimos al unísono con fuerza. Perdí la consciencia de dónde estaba realmente, y todo se convirtió en una espiral de placer sin final.

—Albert —musité a punto de estallar en fuego líquido.

—Espérame —urgió, y sus acometidas se recrudecieron, haciendo que yo sintiera que estaba a punto de desintegrarme entre sus brazos.

Grité y jadeé sujetando su pecho con fuerza, clavándole mis manos, sintiendo los últimos ramalazos de placer agitándose en mi interior, atrapados sin remedio entre mis músculos.

Me dejé caer sobre su cuerpo, casi desfallecida, y lo besé de nuevo.

—Te he echado de menos —murmuré.

—No más que yo —replicó, haciendo que me volviese para que estuviéramos frente a frente. Nos miramos fijamente.

Tenía barba de varios días y los ojos de un auténtico demonio, enrojecidos por la falta de sueño y con el iris tan azul y brillante que parecían un fuego fatuo—. «Sentio ergo amo te» —susurró con voz ronca.

—«Siento, luego te amo». —Traduje con una sonrisa.

Me atrajo hasta su pecho y me acosté, sintiendo su corazón bajo mi rostro, y con el fuerte y profundo latido me quedé al instante dormida con una sonrisa de felicidad prendida en mi rostro.

Desperté antes del amanecer. Tenía muchísimo frío, pese a estar cubierta por las mantas y por el cuerpo de Albert, en el que estaba entrelazada. Abrí los ojos despacio, acostumbrándome a su presencia. Él me sonrió de forma ladeada, y yo aspiré hondo su olor a humo, sudor y bosque, impregnado en su piel suave.

—Estás helada, mo anam —susurró a mi oído.

—Lo sé. Últimamente siempre siento frío. Creo que me está costando recuperarme de la herida —contesté, acurrucándome más sobre él. Hurgué con mi nariz en la cavidad suave de su clavícula, donde su pelo me hizo cosquillas y, de improviso, me atraganté y tosí.

—¿Estás resfriada? —preguntó Albert, incorporándose con gesto preocupado.

—No… no lo sé —contesté, y busqué desesperada su mirada.

—¿Qué te sucede? —exclamó, sentándose en la cama.

Pero no podía contestar, la náusea que sentía en mi garganta me lo impedía. De repente, mi estómago se revolvió y hasta su cercanía me resultaba molesta. Alargué una mano apartándolo y alcancé con la mirada la bacinilla de porcelana junto a la cama. Me incliné peligrosamente sobre ella, vomitando todo el contenido de mi estómago con violentas arcadas. Con inusitada rapidez, Albert se había levantado y situado acuclillado junto a mí, sujetándome la cabeza con ambas manos.

—¿Estás enferma? —preguntó, con un deje asustado en su tono de voz.

Yo levanté la mano y me dejé caer sobre la cama. Él me ofreció un pañuelo que descansaba sobre la mesilla y un vaso de agua. Bebí desesperada y me sequé los labios.

—Sí —exclamé, sintiéndome cada vez peor—. Me estoy muriendo —mascullé con un exceso de dramatismo—. Mi madre. Llama a mi madre.

Y, de repente, me incorporé de nuevo y volví a vomitar el agua ingerida, sin poder controlar las náuseas ni los temblores de mi cuerpo. Me abracé a mí misma tiritando y Albert se levantó para arroparme. Se vistió rápidamente sin dejar de observarme.

—Has sido tú —le increpé sin fuerzas. Había visto los estragos que la disentería empezaba a mostrar en el ejército escocés y temí que él fuera el portador de la enfermedad.

—¿Yo? —exclamó incrédulo—, acabo de llegar… no es posible que… —Se detuvo cogiendo el pomo de la puerta y me observó con cautela—. ¿Desde cuando estás así?—preguntó suavemente.

—No… no lo sé. Estaba bien hasta que has llegado. Tu olor, es tu olor… —contesté, castañeteándome los dientes, a punto de vomitar de nuevo.

Albert se quedó inmóvil, abrió la puerta, para después cerrarla de un golpe, y acercarse a mi cama con paso firme. Apartó las mantas, que él mismo había dispuesto sobre mí, dejándome desnuda, expuesta y completamente congelada.

—¿Qué… qué haces? —barboteé, arrastrando las mantas.

—Déjame que te examine —exigió simplemente, sujetando mi mano y acercando una vela.

Recorrió mi cuerpo con la mirada y con sus manos. Acarició mi pecho, que, molesto, se irguió ante el contacto. Y siguió bajando con sus manos, palpando cuidadosamente. Yo le pegué un manotazo. Pero él no reaccionó y eso fue lo que me asustó.

—¿Qué buscas? —pregunté aterrorizada—. ¿Viruela? Es eso, ¿no? ¿Cólera? —Casi grité más asustada todavía—. ¿Tifus? ¿Escarlatina? —Sentí que me ahogaba—. ¿Peste negra?—conseguí decir con apenas un murmullo.

—¿Peste negra? —Pareció desconcertado—. Hace más de dos siglos que no se conoce ningún caso. No, no es eso —dijo negando con la cabeza.

—¿Entonces? —inquirí, temblando. Todas las enfermedades extrañas y completamente ajenas a mí se manifestaron de nuevo, haciendo que sintiera un completo terror. Estaba totalmente indefensa. No existían vacunas, ni penicilina, ni antibióticos.

Albert detuvo su examen y apoyó su mano abierta justo sobre mi abdomen. Noté su calor atravesando mi piel como el fuego. Me miró a los ojos con una expresión concentrada.

—No sé cómo no he podido darme cuenta antes —musitó suavemente.

—¿Qué? —aullé, poniendo mi mano sobre la suya, temiéndome lo peor.

—Esta vez tengo que darte la razón. Yo soy el culpable—contestó, mostrando una enorme sonrisa de orgullo. Yo abrí la boca para preguntar, pero él me acalló poniendo un dedo sobre mis labios—. Estás embarazada, Candice —murmuró, manteniendo la sonrisa de satisfacción, ante mi mirada atónita, y, diciendo eso, se inclinó sobre mí y me besó en la boca. Justo en ese momento, como si mi cuerpo por fin reconociera al invasor, mi vientre se retorció y gemí junto a sus labios.

—Pero ¿cómo ha sucedido? —pregunté algo aturdida.

—¿Es que no lo recuerdas? —respondió él sin poder dejar de sonreír. Y por extraño que pareciera, yo no esbocé ni una triste sonrisa. Al contrario, estaba completamente aterrada. Dolorosos recuerdos de mi anterior embarazo y de mi hija fallecida llenaron mi mente por completo, haciendo que volviera a temblar como una hoja.

—¡Ay, Dios! ¿Y ahora qué vamos a hacer? Y si… y si yo no… ya sabes… yo… ¡Ay, Dios mío! —exclamé y comencé a llorar de forma desconsolada.

Albert se desnudó en silencio y se acostó a mi lado, rodeándome con los brazos.

—Tengo miedo. Mucho miedo —confesé roncamente.

—Lo sé, mo anam, lo sé. Pero esta vez será diferente. Tiene que serlo. Te protegeré y no permitiré que te suceda nada—murmuró sobre mi hombro, intentando tranquilizarme.

—Pero… pero… —Y recordé que lo peor estaba por llegar—.¡La guerra! Y yo… yo…

—Chisss, duerme, Candy, descansa. Yo te cuidaré. Aquí estás a salvo —susurró con voz firme. Y, finalmente, me quedé dormida apoyada contra su cuerpo, buscando desesperadamente la fuerza que me ofrecía.

Pasé los siguientes días durmiendo y vomitando. Más lo segundo, que lo primero. Cualquier olor me molestaba, cualquier voz me molestaba, cualquier presencia que no fuera Albert, hacía que me pusiera histérica. Seguía estando aterrada. No tenía miedo al dolor. Tenía miedo a la pérdida. Rodeaba mi vientre con mis manos de forma angustiosa, rezando porque Albert tuviera razón y que, esta vez, todo fuera diferente. A veces, lo descubría mirándome fijamente, cuando creía que yo estaba despistada o perdida en mis agoreros pensamientos.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó, levantándose de forma silenciosa para acercarse a mí, que, ignorándolo, miraba ausente el trajinar de las calles de Edimburgo.

Apreté la jamba de madera de la ventana con tanta intensidad que me clavé astillas. Lágrimas cobardes recorrieron mi rostro, recordando la imagen de mi hija muerta en mis brazos.

—María —conseguí pronunciar finalmente entre sollozos—Se iba a llamar María.

Me rodeó la cintura con suavidad y apoyó la barbilla sobre mi hombro. Noté la calidez de su aliento y la suavidad de su pelo haciéndome cosquillas en el rostro.

—Si de algo estoy seguro, mo anam, es de que seremos padres. Tu cuerpo es el de Melisande, pero tu espíritu es el de Candide —musitó y yo me estremecí entre sus brazos—¿Te encontraste tan mal en tu primer embarazo?—preguntó roncamente, mostrando una preocupación que intentaba ocultar.

Negué con la cabeza, recordando las molestias de los primeros meses, el cansancio, la súbita y repentina hinchazón de todo mi cuerpo. No, era completamente diferente, y no sabía si interpretarlo como una buena o mala señal. En ocasiones, sentía una desorbitada vitalidad y, al instante, me encontraba con la cabeza metida en el orinal deseando morirme para acabar con aquella sensación. Mi cuerpo se rebelaba, se adaptaba y luchaba contra el pequeño invasor que crecía en mi interior, y yo no podía hacer nada al respecto. Eso era lo que más temía, que no supiera qué hacer en el caso de no ver las señales como la última vez. No había médicos especializados, ni instrumentos precisos que me aseguraran que el bebé se encontraba bien, que crecía de forma adecuada, que yo podía convertirme en madre. Cerré los ojos con fuerza, cuando las lágrimas descendieron por mi rostro sin que yo pudiera evitarlo, y solo pronuncié tres palabras:

—Maldito seas, Sergei.

Finalmente, una tarde, decidí abandonar mi ostracismo voluntario para reunirme con mi familia. Bajé, tambaleándome, la escalera hasta el salón. Todavía me costaba mantener el equilibrio, como si mi débil cuerpo no soportara la posición vertical. Y, desde luego, mi apariencia dejaba mucho que desear. Tenía el pelo lacio y sin vida, el rostro pálido y lucía unas profundas ojeras. Y lo más vergonzante de todo, seguía temblando y echándome a llorar a cada instante. El grupo allí reunido, en derredor de la pequeña mesita auxiliar, me miró cuando entré con bastante reparo. En sus rostros, sobre todo los masculinos, percibí la duda, acercarse o directamente huir lo más rápidamente de la loca en la que me estaba convirtiendo. Me senté en un sofá con un suspiro de cansancio. Albert se acercó rápidamente y con paso firme. Su gesto me mostró que él consideraba que debía seguir en reposo.

—¿Necesitas algo?

«Sí, otra vida, una vida en la que no haya guerra, en la que podamos disfrutar de la felicidad que nos ha sido negada una y otra vez», estuve a punto de decir, pero me arrepentí a tiempo, no fuera a ser que alguien volviera a malinterpretar mis deseos.

—No —musité con voz extremadamente ronca, a la vez que negaba con la cabeza.

Paseé la vista por los que me circundaban, mi madre bordaba sentada junto a George que bebía un vaso de licor, y mi hermana, sentada frente a mí, con una mano entrelazada entre las de Terry. Y. súbitamente, sentí un deseo gigantesco de llorar de nuevo. Ya ni siquiera me conocía. Sus rostros mostraban una clara preocupación y no podía permitirlo. Suspiré hondo e intenté formar una sonrisa algo decaída. Ellos me respondieron dejando escapar el aire que estaban conteniendo, y yo entrecerré los ojos con fijeza sobre mi hermana, notando algo extraño en su expresión. La mano que no estaba escondida entre las de Terry descansaba apoyada sobre su vientre. Su redondeado vientre. Observé su rostro alegre y su sonrisa dulce dirigida hacia mí. Y estallé como una bomba atómica.

—¡Tú! —grité—, ¿estás embarazada?

Ella pegó un respingo ante mi brusquedad y Albert me apretó el hombro intentando que frenara mi repentina cólera.

—Sí —contestó ella, completamente azorada y enrojeciendo. Bajó la vista y buscó la de Terry, que me miró de forma peligrosa. Y, entonces, entendí su extraña petición de ayuda para que la cuidara, porque en ocasiones mostraba fragilidad. Me sentí traicionada y completamente estúpida.

—¿Por qué no me lo has dicho? —dije, perdiendo toda la furia y sintiendo que las lágrimas se deslizaban por mi rostro sin que yo pudiera controlarlas.

—Bueno, lo supe algún tiempo antes que tú… ya sabes. No quise decirte nada por… ya sabes. Y luego, pues has estado tan… ya sabes —explicó, sin que yo llegara realmente a saber nada.

—Pero… pero… —murmuré algo despistada, y observé con más detenimiento a mi hermana. Su rostro mostraba un leve y saludable sonrojo, su pelo sedoso y suelto le caía rodeándole la cara y sus ojos brillaban como nunca antes—.¿Estás bien? —pregunté finalmente.

—Me siento estupendamente. De hecho, nunca me he sentido mejor —afirmó.

Y yo la odié profundamente.

—¿Y entonces? ¿Por qué yo me encuentro tan mal? —inquirí a nadie en particular.

—Cariño —exclamó mi madre a mi lado—. Ya has estado embarazada antes. ¿No es lo mismo?

Observé a Albert, que se había alejado hasta el aparador y acababa de servirse un poco de whisky en un vaso.

—Yo… sí que me encontré mal al principio. Pero nada como esto. Me siento el doble de mal —expresé con cautela.

—Pues, entonces, hija, es que estás doblemente embarazada. —Soltó mi madre de pronto, haciendo que con esas simples palabras todo explotara a mi alrededor. Fijé mi vista en Albert con perplejidad, él volvió el rostro hacia mí y, de repente, palideció por completo.

—¡Dos! —bramó roncamente, dejando caer el vaso al suelo y haciendo que todas las miradas se dirigieran al vidrio roto, como si ese fuera el verdadero problema.

—¡Dos! —grité yo, volviendo a temblar sin control.

Todos nos quedamos en silencio, mirándonos los unos a los otros con ostensible preocupación. Si un embarazo ya era arriesgado, de hecho constituía la mayor causa de muerte entre las mujeres, un doble embarazo suponía un desafío a la vida. Sin quirófanos, sin anestesia y sin ginecólogos, estaba perdida. Una voz habló, rompiendo la tenebrosa realidad.

—¿Dos hermanos? ¿Voy a tener dos hermanos a la vez?—exclamó Jimmy, abandonando su refugio junto al fuego y acercándose a mí con una sonrisa resplandeciente en su dulce rostro infantil.

—¿Dos Albert? —expuso George con una sonrisa algo trémula, mesándose la cabellera castaña—. No sé si seré capaz de lidiar con dos a la vez. Casi me cuesta mi juventud educar solo a uno.

—¿Y no habéis pensado que pueden ser dos Candy? —le preguntó mi madre evaluándonos a todos con una simple mirada.

Y, entonces, todos gimieron y elevaron los ojos al cielo.

Yo los miré estupefacta y, de improviso, carcajeé de forma histérica sujetándome el costado, fruto de una incomprensible locura.

—¡Ay, Dios! Vas a tener un unicornio atado con un lazo blanco —barboteé sin poder parar de reír, mirando a mi hermana, haciendo referencia al escudo de los Graham de Appin, que habíamos descubierto entre los mensajes ocultos de mi madre con el señor Simmons.

—¡Pues yo no pienso regalarles a mis sobrinos una daga envuelta con cinta blanca! —contestó ella indignada, haciendo referencia, en este caso, al escudo de los Andrew.

El resto de los presentes nos miraron con incredulidad, y mi madre palideció levemente. Albert se acercó hacia mí con otro vaso de whisky y se bebió el contenido de un largo trago antes de pronunciar palabra.

—Elisabeth. —Se dirigió a mi madre—. Te advertí que terminarían por averiguarlo.

—Pero, no es posible, he tenido exquisito cuidado en mis reuniones y entregas —musitó ella desconcertada.

—¿Reuniones? ¿Entregas? —farfulló George interrogándolos con la mirada—. ¿Con quién? —añadió, dándose cuenta de que aquella era la pregunta más importante.

—Con nadie importante —masculló ella molesta, y dejó el bordado sobre la mesa—. Creo que me acostaré, aquí ya está todo claro.

Se levantó y se dirigió con parsimonia hacia la escalera.

George siguió farfullando completamente enfadado, y se levantó minutos después para desaparecer por la arcada que daba a las caballerizas. Mi hermana y yo nos miramos con idénticos gestos de incomprensión.

—Lo único que está claro —añadió Albert elevando la voz e inclinándose sobre mí—, es que no hará falta que nadie les regale una daga a nuestros hijos, seguro que su propia madre ya se encarga de ello.

Y yo sonreí. Sonreí por primera vez en días, sintiendo que pese a que todo estaba en nuestra contra, siempre podíamos buscar el milagro que salvara todo aquello que amábamos. Y después, reaccionando algo tardíamente, probablemente por los efectos del embarazo repentino, le asesté un pequeño pellizco en el brazo a Albert que lo hizo tambalearse. Él se levantó y me alzó para acogerme entre sus brazos. Pataleé y grité como una niña, mientras Terry y Catlyn se reían de nosotros.

—¿Se puede saber qué pretendes? —murmuré junto a su rostro.

—Voy a tocar el arpa, Candice. —Entornó los ojos con una sonrisa burlona.

—Mo brathair, ten cuidado, o esta vez romperás las cuerdas.—Le avisó su hermano, riéndose igual que él, y recibiendo el mismo pellizco en su brazo por parte de mi hermana.

—Terry, no temas por nosotros, conozco una nueva melodía—contestó él, volviendo levemente la cabeza.

Mientras nos alejábamos, aún pude oír el último comentario de mi hermana, totalmente perdida entre arpas y melodías.

—No creo que intente estrangularlo con una de las cuerdas, aunque proteste, sé que le guarda mucho cariño a su cuello.—Se quedó en silencio un momento—. Bueno, en realidad a otras partes de su cuerpo…

Albert me depositó con cuidado sobre la cama cuando entramos en nuestra habitación, y, sin mirarme, cerró la puerta en silencio. Comencé a desatarme las lazadas del corpiño y dejé caer este, junto con la falda de seda gris. Él se sentó a mi lado y se agachó para deshacer los nudos de las botas y quitarse las gruesas medias de lana. Todo ello, sin dirigirme ni una sola vez la vista. Desenganchó el prendedor de plata de su kilt y este se deslizó a su alrededor como un manto de vivos colores. Finalmente, al comprobar que lo estaba observando, se volvió mostrando un rostro pétreo y una expresión solemne en sus ojos.

—¿Necesitas que te ayude? —preguntó roncamente.

—No.

—¿Te acerco el orinal? ¿Te encuentras mal de nuevo?

—No.

—¿Quieres que te suba algo de la cocina?

—No.

—¿Qué es lo que necesitas? —inquirió ante mi gesto concentrado, sin variar la expresión seria de su rostro.

—Que me cuentes qué te sucede, solo eso —murmuré.

Albert se mesó el pelo con lentitud y resopló audiblemente. Se levantó y se pasó la camisa por la cabeza arrojándola sobre una silla. Me miró fijamente e intentó esbozar una sonrisa ladeada.

—No me sucede nada, Candice. No debes preocuparte por mí, solo por ti y por nuestro —carraspeó y gruñó atragantándose—, nuestros hijos —musitó finalmente, bajando la vista.

Sonreí, descubriendo el porqué de su extraño comportamiento. Me desnudé y me acosté, esperando a que él lo hiciera a mi lado. Solo entonces, cuando me acomodé sobre su pecho escuchando su corazón, sintiendo su silencio y viendo su expresión ausente, rodeada de sombras anhelantes, volví a insistir.

—Cuéntamelo, Albert.

—No.

—Vamos —lo insté con un pequeño pellizco en su pecho—Seguro que no es tan terrible.

—No.

—Albert, necesito saberlo —exigí, volviendo a pellizcarlo.

Él puso su mano sobre la mía impidiéndome nuevos ataques, y me recostó de lado, para que pudiera verle el rostro.

—No.

Nos miramos intensamente durante unos instantes. Su rostro y su apostura destilaban fuerza, y, a la vez, una inmensa debilidad si lograbas ver más allá del brillo de sus profundos ojos azules. Levanté una mano y la posé en su mejilla rasposa. Él cerró los párpados y suspiró profundamente.

—Tengo miedo, Candy —expuso con voz extremadamente ronca. Entornó la vista y buscó la decepción en mi gesto. Pero no fue eso lo que percibió, fue miedo. Sentí terror, porque él jamás se mostraba temeroso con nada, si él caía, yo lo hacía con él. Él era el que sustentaba mi precaria estabilidad en aquella época desconocida y cruel. Solo él.

—¿Por qué? —pregunté suavemente, intuyendo la respuesta.

Suspiró de nuevo, y su mano se posó sobre la mía, transmitiéndome su calor y parte de su fortaleza.

—Tengo miedo a perderte —dijo con voz profunda—Cuando averigüé que iba a ser padre, sentí que podía estallar de orgullo. Jamás había experimentado esa sensación de felicidad más absoluta, aun cuando conocía el peligro que corríamos de perderlo. —Respiró de forma entrecortada—Siempre confié en ti, en tu pasión y fortaleza. Eres como una roca, Candy, mi roca. —Cerró los ojos de nuevo, como si no se atreviera a enfrentar mi mirada y tragó profusamente. Me acerqué más a él, hasta que nuestros cuerpos desnudos estuvieron piel con piel—. Ahora todo ha cambiado, sé que sigues siendo un muro inexpugnable, pero tengo la sensación de que si poso mi mano sobre ti, te desvanecerás como una nube en el cielo de verano. —Hizo una pequeña pausa, tomando una gran bocanada de aire—. Son dos bebés. Tenía que haberlo supuesto. —Apretó mi mano con tanta fuerza que creí que me fracturaría algún dedo—. No debí haberlo permitido. Te he perdido, no solo una, sino dos veces. La tercera me mataría. Estuviste tan enferma tras Gladsmuir que deseé morir en tu lugar para salvarte, y, sin embargo, no podía hacer nada más que esperar. Si tú…, si tú…, yo no podría soportarlo de nuevo. —Sus ojos mostraban un brillo animal, salvaje y peligroso—. Perdóname, mo anam. Si yo hubiese siquiera previsto que… yo… yo… lo habría evitado.—Finalizó, abrazándome conteniendo su temblor y el mío.

Jamás había oído a Albert titubear ni dudar de sus propias palabras. Se había expuesto ante mí, desnudando su alma y revelando sus temores, ansiando un perdón que no le correspondía, porque no era culpable de ningún delito, temeroso de que yo lo rechazara por mostrar su debilidad, que para mí constituía una prueba de su total entrega. Y en ese instante dejé de sentir miedo y lo amé con una intensidad desesperada. Me acurruqué buscando el cobijo de sus fuertes brazos y suspiré contra su pecho, escuchando los furiosos latidos de su corazón.

—Soy fuerte, Albert. Obstinada y terca en ocasiones, pocas ocasiones. —Noté su cuerpo temblar por una sonrisa que supe adornaba su rostro—. Si esto ha sucedido así, es por algún motivo. —Me quedé en silencio un momento, recordando las palabras de Sergei, y suspiré—. Estamos juntos. Si tú estás conmigo, ya no tengo miedo.

Me abrazó con más fuerza, hasta que nos fundimos en un solo ser, con los mismos anhelos, con los mismos miedos, con el mismo deseo y el mismo amor compartido.

—Estoy contigo, Candy. Siempre estaré junto a ti, porque en amarte es donde reside mi honor —murmuró suavemente, besándome en la frente.

Continuara...

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Se les quiere mucho y que Dios siempre las bendigan.

AbigailWhite70...