Dije que sería impredecible, mis niñas, ¿o no? Todo puede pasar.
¿Les cuento algo?... ¡Mejor más adelante! =)
Ahora les propongo que… después de leer, claro, se encuentren con cualquier cosa que les cause emoción, relean lo que tienen pendiente, llamen a quien no hablaron en toda la semana, busquen viejas cartas o mensajes de amor, escriban lo que desean que les suceda, ¡coman dulces!
¿Cómo van con la ropa interior? Yo tengo un par de adquisiciones nuevas, no son la gran cosa pero me las debía… sí... no agrega nada, pero quería compartirlo (tengo una fijación con las bragas, tangas, vedetinas).
Yo me preocupo cuando no aparecen, por eso Juana, ¿qué anda pasando con tus estados rimbombantes? Voy a tener que invitarte a una terapia urgente de fichines y gomitas masticables.
Fuegos atemporales para ustedes, cortesanas.
"Si no es correcto, no lo hagas. Si no es verdad, no lo digas".
Quinn no había dejado de repetirse ese proverbio japonés en las últimas horas. Le palpitaba dentro de su conciencia como lo que era: una máxima para la vida, pero también una aplicación posterior a las acciones de ese presente que la devoraba hambriento, entre pleno de dicha y vertiginoso de otra especie de incertidumbre.
Por ejemplo, había creído correcto y necesario preguntarle a Rachel cómo le había ido con San y Britt, y sus sinceras y cálidas respuestas le habían llegado, como si ella misma hubiera estado en esa reunión, con su trinidad impía, como en los viejos tiempos.
Creía correcto el haberle pedido prudencia a Nancy, amiga de Shelby desde la adolescencia, y por consecuente amiga de su hija, al momento de descubrir la manera que había encontrado de infligir dolor a su cuerpo en esos momentos impregnados de extrema locura, y cuánto valía esa verdad para callarla.
Miró sus manos llenas de harina y masa. Ansiaba regresar, tal cual se lo había pedido Rachel esa significativa noche en que volvió a escuchar una canción que atesoraba en lo más hondo de su pecho; esa misma noche había escuchado sobre Beth por primera vez…
Quinn creía fervientemente que estaba haciendo lo correcto, porque todo era verdadero.
Había aprovechado el día para salir a trotar, y había hecho contacto con su gente, especialmente con su amiga. Le había dado las buenas nuevas a la pelirroja, y con respecto a Karen habló con ella para calmar ansiedades, pero preferiría que su propia madre le contara este nuevo presente. Sería una gran sorpresa, una muy buena y merecida sorpresa para esa mujer que tanto había hecho por ellas.
Y si hablaba de sorpresas, ella estaba haciendo una para Rachel y la noche especial que tenía pensada para las dos: focaccia rellena con tomates secos, olivas y ese queso prácticamente sin sabor que consumía, pero que con todo el condimento que le pensaba poner quedaría mejor que los franceses.
Se sonrió, rascándose el pómulo, dejando allí un rastro de harina. Procuraría que todas las horas que restasen hasta el miércoles fueran especiales, inolvidables.
Rachel adoraba comer y siempre se preocupaba por la alimentación, así que haría algo no solo para agasajarla, sino porque quería seducirla. Estaba dispuesta a lograr que eso intangible y real que había nacido entre ellas, se convirtiera en algo más fáctico y no tan teórico. Sería penoso no claudicar a esa atracción, ese deseo que se evidenciaba.
No le importaba Peals, no le importaba nada, tenía suficientes datos como para saber que Rachel no era feliz con él.
Comprendía que necesitaba dedicarse a ese trasfondo sentimental más laboriosamente una vez su madre estuviera a salvo y a su lado, pero entretanto debía moverse. Por una vez en su vida haría las cosas de forma completa y no a medias y a los tumbos, para después llorar por sus fracasos tapada hasta la frente.
Tembló unos segundos, impulsada por esas ideas.
—Formalmente hoy comienza mi seducción, Rachel Berry. Lentamente, románticamente, como a ti te gusta.
Dentro de esa convicción, terminó de amasar enérgicamente.
En lo que quedó de tiempo antes de que Rachel regresara, se encargó de conectar su ordenador portátil a la pantalla. Aquello tenía que ver con el broche final de esa jornada… nada más esperaba que le gustara "esa clase" de películas animadas…
Un par de horas después, justo cuando Quinn ingresaba la focaccia dentro del horno, Rachel ingresaba al hogar, hablando fuertemente por teléfono.
Quinn sonrió con malicia y se asomó desde la cocina. La actriz equilibraba su bolso, maletín con su laptop, bolsas de compras y verborrea.
Rachel intentó concentrarse en su charla con Norah, la maestra de Beth, que deseaba saber de su propia persona los detalles de la "negociación" con Krav, cuando Quinn apareció en escena, y un "hola" lentamente modulado con sus labios la frenó en seco.
Ella le respondió de la misma forma, y no tardó en reparar en el mandil manchado de harina que llevaba y su cabello atado flojamente en nuca. ¿Qué había hecho para la cena?
—Lo siento Norah, ¿qué me decías? —espetó, mirando agradecida a la rubia cuando le quitó las bolsas de sus manos y se las llevó.
Rachel se dirigió a su cuarto, dejó lo demás sobre la cama y continuó con su conversación.
—No, no te preocupes; antes de fin de año tendremos algo bueno entre manos, de él o de cualquier otro. ¿Marcus te comentó sobre la Fundación Zanett?
Fue hacia la sala y tomó un cuadernillo de uno de los estantes de la biblioteca. Éste contenía la información que precisaba, ya que tampoco sabía demasiado quién era el nuevo empresario al cual estaban estudiando para buscar fondos.
—Sí, Javier Zanett —asintió, pasando las hojas—. Es un jugador retirado de soccer que tiene una ONG dedicada a los niños y jóvenes en situación de calle... Sí, yo tampoco sé de soccer; hace poco me enteré de su trabajo… ¿Por qué no?... Deberíamos hacer algo juntos, un festival, una feria. Nos conoceríamos y nos divertiríamos de paso, y no sería tan formal como lo venimos haciendo… Escucha, podríamos reunirnos la semana que viene después de la charla y comentar todo esto… Ajá… Bien Norah, adiós entonces. Cuídate.
Terminó la llamada con un suspiro y se giró; sabía que Quinn la estaba observando y no se equivocaba. Con una sonrisa la encontró apoyada en la división de hierro de la cocina con una sonrisa ladeada.
—¿Día duro?
—No mucho, solo… —señaló el móvil— algunos compromisos.
—¿De negocios?
—Algo así —con la cabeza se refirió a su mandil—. ¿Tú has tenido un día duro?
—No mucho, solo algo de recetas magistrales —dijo, observándola de arriba abajo, intrigada por esos asuntos de "negocios".
Esos ojos que buscaban el detalle la desestabilizaron, exactamente como el beso de despedida de esa mañana.
—Vaya, quiero probar eso.
—Lo vas a probar —aseguró Quinn, quitándose el mandil por la cabeza.
Lo dejó en la isla y se acercó.
Rachel abría sus párpados a medida que lo hacía: sus tonos eran más profundos de lo habitual, su mirada también... Quinn se mostraba diferente, esa tarde Quinn era otra; la sacaba de eje y elevaba su temperatura corporal.
—Bueno… ¿tengo tiempo de darme una ducha?
—Claro —contestó mansamente—. Recién se está cocinando y veré lo que has traído para acomodarlo.
—Déjalo para más tarde —Rachel apretó el cuadernillo y el móvil entre sus manos; ¿qué había hecho Nancy con esa mujer?—. ¿Te encuentras bien? No estás molesta por lo de Nancy, ¿verdad? Porque…
—No —contestó sinceramente, examinando la piel que dejaba ver el escote ancho de su sweater—. Más allá de una derivación ginecológica, que seguramente será con tu doctora, no estoy enojada. Al contrario, Nancy es toda una profesional... y muy buena mujer.
—Sí, lo es —acertó a decir Rachel—. Es... íntima amiga de mi madre.
—Lo sé, ya me lo dijo.
—No pasa nada con eso… debes saberlo.
—Tranquila, Rachel. Me siento muy bien.
Aquélla asintió, algo indecisa.
—¿Cómo-cómo se llama la médica? —preguntó en tono bajo.
—Kim Kardan.
—Ah… sí —aseveró sonrojada después de unos segundos— es… mi ginecóloga.
La suave risa con la que Quinn remató la información que ya suponía, crispó sus nervios.
—Lo ves… Anda ve a ducharte —dijo luego.
—Ya regreso…
No necesitó que se lo dijera dos veces. Rachel disparó hacia su habitación con un murmullo.
Tiempo después y apenas saliendo, el aroma a pan horneado junto a una variación irreconocible de hierbas y especias inundó sus sentidos.
Con pasos silenciados por los calcetines, Rachel ojeó la mesa en medio de los sillones y contó toda la vajilla dispuesta para que la cena de a dos se diera con la mayor comodidad.
Podría pasar como cualquier día y cena ya compartida, no obstante ésta se sentía especial. No porque iban a tenerla a la luz de una sola lámpara únicamente, ni porque se trataba de una de las últimas, sino por el ambiente recargado de aquella intimidad peculiar. La parsimonia con que los minutos corrían, la envolvían desde que había llegado; el aire se respiraba más cálido y no era por el horno encendido.
—Solo falta una suave música para que sea perfecto —se susurró, caminando hacia el centro de la sala.
—No te he preguntado si tenías problemas en cenar un poco más temprano.
Rachel se volvió e inmediatamente se llevó las manos a sus cabellos húmedos y sueltos, los atajó detrás de sus orejas y le sonrió a la figura recercada contra la encimera, cargando una botella de cerveza en la mano.
—Tarde para eso… huele delicioso —le sonrió, cruzándose de brazos sobre su sudadera.
Quinn le contestó con otra sonrisa ladeada, se despegó de la encimera, tomó otra botella y se la extendió, caminando hacia ella.
Rachel imperceptiblemente tragó saliva; se le acercaba con la gracia de un gato y de pronto se sintió bella incluso vestida entera de chándal, porque esa mirada de admiración se lo decía.
"Vaya…", pensó, tomando con firmeza la botella fría.
—Por nosotras —expresó Quinn, elevando la suya.
—Por nosotras y por tu madre —aceptó Rachel el brindis, tintineando las botellas.
—Por nosotras y por mi madre —repitió la rubia con voz ronca, y luego bebió de la boca de la botella sin dejar de mirarla.
Tampoco Rachel dejó de mirarla al ingerir un largo trago.
—Quinn, quiero preguntarte sobre tu… padre —comenzó aquélla, discreta—. Las cosas cambiarán, me imagino…
La mirada de la otra se volvió negra, pero su voz salió extraña.
—Lo harán. Las cosas van a cambiar, pero no mancharemos esta noche, Rachel. No deseo tocar ese tema.
—Sí, muy bien —dijo inmediatamente.
—¿Lista para la cena?
—Estoy hambrienta.
Quinn rió entre dientes a pesar del momento, y Rachel apretó los labios, notándose expuesta. "No tenías que ser tan evidente, Rachel".
—Vamos, acomódate.
Asintiendo, la actriz se instaló en su lugar.
Después de unos pocos minutos y de algunos ruidos característicos de utensilios, una sonriente Quinn aparecía llevando una tabla para cortar como si fuera una bandeja.
—Aquí llega el plato principal para esta noche de película.
Una vez la tabla estuvo acomodada sobre la mesa, la boca y los ojos de Rachel se abrieron a la par.
—¿Focaccia rellena?
—Sí, señorita —confirmó una sonrojadísima cocinera.
Rachel la miró con ojos brillantes.
—¡Por todos los cielos, y tú la has hecho! —exclamó, observando el perfecto horneado de la masa junto a las finas hierbas regadas en la superficie. Su mirada subía y bajaba del plato a ella.
—No hay nadie más aquí —divertida, se retorcía las manos sin poder evitarlo.
—¡Eres lo mejor que hay!
Rachel estaba excitada y palmeaba, observando enamorada la comida a la par que Quinn se acomodaba a su lado y servía.
—Esperemos —murmuraba la rubia, que atentamente examinaba cómo los cubiertos de su compañera de mesa volaban hacia el pan, cortaban un bocado y lo introducían directo a esa preciosa boca.
Definitivamente, no necesitaba más que halagos que esa expresión. Las espesas pestañas oscuras se batían al saborear, y los sonidos guturales le enviaban un calor más intenso, provocando que refrescara su garganta con cerveza.
—Oh, esto es un paraíso —expresó Rachel con la boca llena, mirándola directamente.
Quinn elevó una ceja y automáticamente agarró sus cubiertos para imitarla. Ya masticando su bocado asintió, sofocada. Tenía un sabor muy rico, sí, pero aquélla lo honraba por demás
—Está... bueno —secundó Quinn, sin dejar de observarla.
No sabía quién seducía a quién, porque ella se encontraba cautiva de Rachel.
—¡Más que eso! ¿Qué le has puesto? —preguntó.
—Ingredientes mágicos.
Rachel revoleó los ojos.
—Está bien, no me meteré con las fórmulas de brujas. Es tu menester —concluyó, atacando su porción nuevamente.
En verdad hacía tiempo no comía focaccia y mucho menos una tan deliciosa. Podía sentir su queso vegano triplemente enriquecido con hierbas y otros condimentos.
Se mordió el labio al verla todavía expectante ante su veredicto y sonrió. A esa cena le faltaba algo…
—Si voy por un ingrediente más, ¿me prometes que no te molestarás?
—¿Qué ingrediente?
—Algo que la bruja olvidó —respondió Rachel, poniéndose de pie.
—Un momento, ¿qué olvidé? —cuestionó, sin perder la mirada de sus pasos rumbo a la cocina.
—¡Ya lo verás! —gritó sobre el hombro.
Curiosa, Quinn la vio moverse, abrir gavetas, hacer ruidos con cubiertos, platos, y ya volvía a acercarse con un enorme diente de ajo cortado por la mitad sobre un platillo.
—¡Ajo! —exclamó Quinn incrédula.
—Por supuesto, el ajo es ingrediente fundamental —sostuvo, acomodándolo cerca de su plato.
—Pero yo no lo utilicé porque… pensé que no estarías de acuerdo… —se defendió un poco contrariada, al ver cómo sin ningún tipo de miramientos lo frotaba con ganas sobre la corteza —es muy… oloroso…
—¿Bromeas? Me encanta el ajo y no muchas veces puedo consumirlo. Así que como nadie va a besarme esta noche…
Ella era totalmente inconsciente de lo que decía, claro, cómo no, si toda su atención se la llevaba el nuevo bocado con otro condimento para el paladar.
—Rachel, por dios… —espetó Quinn, que sí era consciente de lo que decía, porque quedó prendada de sus labios. Un beso más, uno más con sabor a ajo no le parecía descabellado.
—Lo siento estrella de Los Ángeles, ¡comeré ajo, quieras o no!
Sonriendo seductora, se olvidó de los cubiertos y tomó su trozo con una mano para darle un buen mordiscón.
Quinn apoyó el codo en la mesa y recargó la mejilla en su palma.
—Yo no te besaré, pero me sentaré a tu lado. Podrías tener más consideración.
Rachel tragó fuertemente y la miró, muda, no obstante respondía a ese desafío explícito de miradas y sonrisas sugestivas.
Al parecer había otro plato fuerte.
Moviendo la cabeza, se limpió la boca con la servilleta y entornó sus ojos.
—Ni el aroma te llegará, no te preocupes. También tengo mis trucos.
—Eso espero, porque después de cenar quiero compartir algo contigo.
La profundidad de su voz la hechizaba; sin dudas se sentaba al lado de una hechicera que sabía cómo lanzar sus artilugios para mantenerla cautiva. Sin embargo, como le había dicho, Rachel también tenía sus trucos.
Tomó su cerveza y le sonrió antes de lanzarle su estocada.
—Después de esto puedes pedirme lo que quieras…
Quinn asintió. "Prepárate entonces", dijo para sí.
Si bien el aire que sobrevolaba la sala tenía el tinte de la proposición de Rachel, Quinn no se aprovechó de eso inmediatamente. En eso consistían sus artes seductoras: en la paciencia, en entender cuándo era el momento de rodear a la mujer de ese halo del cual después le resultaría difícil salir.
La cena había terminado y Rachel rápidamente se había ofrecido para lavar los trastos, así que mientras ella lo hacía, Quinn ultimaba los detalles que la otra aún no había visto en su moderno equipo de TV y sonido.
—¡Ey, qué es esto! No me di cuenta de que conectaste tu ordenador al televisor —espetó, sentándose pesadamente en el sillón—. Caray… ¡comí demasiado, Quinn!
Aquélla se volvió y la encontró midiéndose su estómago plano con las dos manos.
—Exceso de ajo, Berry.
—Exceso de harinas, me temo —contradijo, bufando.
La risa burlona de Quinn llegó hasta ella.
—Olvídate por un par de horas de la culpa femenina por comer. Ya comienza el cine —comunicó, concentrada en su laptop.
Cuando obtuvo la imagen agrandada del reproductor pausó la película, y Rachel se vio totalmente captada por una imagen de dibujos animados.
Largando un intenso suspiro, Quinn se giró y apretó el mando entre sus manos. Por lo menos la primera impresión era de aceptación.
—¿Me dirás de qué se trata? —indagó ansiosa.
—Sería hablar demasiado. Solo te diré que… como bien sabes, he vivido en Tokio algunos meses… —explicaba, perdiendo la vista en la alfombra—. Allí aprendí la templanza… que pocas veces implemento; comprendí que no se sabe realmente de primaveras hasta que no se haya visto cómo la festejan los japoneses; aprendí que el Hanami es mucho más que la contemplación de las flores… y acepté que no hace falta ser niña para quedarse prendada de dibujos animados.
En completo silencio y con una sonrisa fascinada, Rachel se cruzó de piernas por los tobillos. La escuchaba embelesada.
—Lo que dices es… hermoso —dijo por fin, palmeando el sillón a su lado—. ¿Qué esperas para venir? ¡Quiero verla ya! ¿Cómo se llama?
—La princesa Mononoke.
También con su propia cuota de ansiedad, Quinn finalmente presionó una tecla y la película comenzó. Ocupó su lugar a lado de su actriz favorita y logró respirar tranquila a medida que las primeras imágenes se desarrollaban.
Para una tonta victoria personal, imperceptiblemente quiso percibir algo del olor a ajo, sin embargo lo que menos se olía allí era ajo. Rachel lo había hecho otra vez; ni una pizca se despedía de ella, en cambio sí olía a menta. Ahora entendía el paquetillo de esas hojas que había comprado.
A medida que pasaban los minutos, Quinn se sentía cada vez mejor, porque compartía con una mujer sumamente especial uno de sus tesoros. La princesa Mononoke se ubicaba en el podio de sus cinco películas favoritas. Era una creación inigualable de valores y amor por la vida que Shizuma la había enseñado una vez.
Con deleite escuchaba sus exclamaciones dramáticas, entonces se giraba, ya que el espectáculo también estaba a su lado, y la encontraba cruzada de piernas, o con las mismas recogidas a un costado, o con las manos apretadas contra su pecho.
Hasta un par de lágrimas se le escapaban de vez en cuando.
Expresiones como: "¡Oh, esas criaturillas... y el Espíritu del Bosque, Quinn!" se sentían con real entusiasmo.
Y ella le respondía con asentimientos y una breve explicación, pero no le molestaban esas intervenciones, al parecer Rachel era de las espectadoras que comentaban a la par que transcurría la película, no obstante lo hacía moderadamente sin que resultara un escollo.
Con ternura contempló por fugaces segundos la tremenda concentración a la que la llevaba la película, y en silencio fue en busca de dos cervezas más, encontrando la excusa perfecta para sentarse más cerca cuando regresó.
Sí, era un espectáculo ver a Rachel disfrutando de sus obsesivas "reliquias".
Casi al final, aquélla tomó su cerveza y le dio un trago, como si necesitara esa ayuda para acompañar la resolución del argumento.
—Míralos Quinn, ¡son dos héroes románticos! —soltó, dedicándole unos instantes de atención.
Quinn la miraba intensamente, arrebolada por sus lágrimas y dramatismo, agradecida por su bella niña interior, a la que le encantaba jugar con juegos para niños y estar abierta a las sorpresas.
—Lo son. Son dos héroes románticos —secundaba en voz baja.
La película finalizó pocos minutos después y un largo suspiro salió del pecho de la actriz, que se apoyó satisfecha contra el respaldo.
—Qué hermosa película… Qué mensaje tan trascendental y envolvente…
—¿Te ha gustado entonces?
Rachel volvió a soltar el aire hondamente y la miró. Quinn se había acomodado también recogiendo las piernas hacia un costado y por consiguiente, el cuerpo se inclinaba en su dirección.
Con esa expresión mansa, mostrando la incertidumbre que la embargaba por saber qué sentía una vez más, Quinn se convertía ni más ni menos que en una continuación de las imborrables imágenes que todavía le embotaban los sentidos: esa bella princesa de los lobos, ese guerrero llevando su maldición con un inusitado honor... Japón tenía esas bellezas, y Rachel quedaba una vez más envuelta en ese encantamiento.
—Muchísimo —respondió en tono bajo—. Gracias por compartirla conmigo. Gracias por hacer mágico este final de día.
—Gracias a ti por aceptarla… no eres la única que tiene enamoramientos.
—Así parece.
—¿Crees que a Beth le guste? —cuestionó de pronto, pensativa.
Rachel la miró sorprendida por esa inclusión de su hermana, mas asintió sin dudarlo. ¿Cómo no relacionarla? Eran dibujos animados, los mejores que había visto.
—Por supuesto. Siempre le busca la moraleja a todo —rió.
Quinn abrió la boca como para responder, pero solo asintió con una pequeña mueca que quería ser sonrisa.
Si en menos de dos días se alejaría de ese presente, entonces haría lo necesario para dejar todos los pendientes posibles y así volver. Volver para siempre.
—¿Tienes tiempo mañana? —le sostuvo la mirada oscura con el corazón latiendo apresurado dentro de su pecho.
—Al mediodía tengo que reunirme con mi madre, pero después de las dos de la tarde sí. Nos dieron el día libre.
—¿No tienes tus clases?
—Son los miércoles, ¿recuerdas?
—Bien, mejor entonces.
—¿Por qué? —indagó Rachel, imaginando más sorpresas.
—Quiero pasarte a buscar y que me lleves a algún lado… —pidió, y en su voz se evidenció el deseo de volver a pasar un día junto a ella—. Por ecuanimidad ésta terminará bien; nos toca la cita con final feliz. Después de todo, es la última… por ahora.
Rachel se quedó paralizada. Era claro que lo mencionaba por la última "cita", que había terminado con una particular riña dentro de su auto. Quería, por supuesto que quería su cita, y mucho más después de haber escuchado ese "por ahora" que sonaba maravilloso. Porque no estaba preparada todavía para que Quinn Fabray volviera a irse de su vida.
El rostro se le iluminó al ocurrírsele rápidamente una idea que tenía que ver con Paolo.
¡Le encantaría!
—Pásame a buscar a las tres más o menos; yo te avisaré dónde estaré. Te llevaré a un lugar que no olvidarás.
Quinn le respondió con otra sonrisa, mordiéndose los labios.
—¿No será al aire libre?
—Esta vez no.
—Bien, pasaré a recogerte con el carruaje —bromeó.
—Te estaré esperando —respondió la actriz sin titubeos, abrazando totalmente convencida ese silencioso y evidente llamado de Quinn.
Aquélla asintió, elevando su cerveza.
—Por nuestra cita de mañana.
Rachel la imitó, y la mirada de ambas lo dijo todo.
—Por nuestra cita de mañana y por nuestra princesa Mononoke.
El tintineo de las botellas firmó ese personal acuerdo.
