Ninguno de los personajes de Southern Vampire Mysteries o de True Blood me pertenecen. Son propiedad de Charlaine Harris y de Alan Ball.

Eric me despertó cuando ya era de noche y todos iban a la fiesta. Mis riñones seguían doliéndome horrores, pero supongo que es algo bueno, ya que habría sido peor perderlos para siempre. Me fui espabilando conforme arreglaba a los niños.

-¿Me haces unas trencitas, Sookie?-me preguntó Audr.

-Claro, mi vida.

-¿Y a mí?-preguntó Erik.

-¡Pero si tú eres un chico!-Me explicó que algunos hombres se trenzaban sus largas barbas y también sus cabellos y que tenía que empezar a hacerlo también, porque pronto sería un gran vikingo. Eric se burló de su hijo, que se desinfló un poco, pero que volvió a hincharse en cuanto le hice un par de trenzas en el cabello. Parecía Légolas de El Señor de los Anillos. Yo también me peiné para la ocasión y me ensombrecí los ojos con lo único que tenía: el carboncillo de la leña quemada. No me quedaron mal del todo, hay que decirlo-Cuando abra la puerta, salimos todos corriendo en dirección al palacio-les dije, porque había una ventisca de tres pares de narices-Eric, coge a la niña, haz el favor.

Lo creáis o no, entré en el comedor de la casa de los jefes, que se situaba a menos de veinte metros de la mía, con una capa de nieve sobre los hombros de tres dedos. Me despedí de Eric, que se fue a ver cómo iba la cena en la parte de atrás, y coloqué a mis niños en su mesa, sirviéndole un vasito de leche tibia a Audr. Les dejé y me fui con las mujeres, para ayudar a Helga, a la que frené en su intentona por disculparse, porque no me parecía necesario. Así que colocamos platos, cuencos y jarras de cerveza por todas las mesas (menos la de los niños)

Me choqué con Dalla en el pasillo que quedaba entre las mesas y me sonrió con malicia mientras se sentaba en un lugar más preponderante que el mío en la mesa de las féminas. Los siervos de Halvar trajeron la comida en platos: una cerda entera despiezada y más cosas: col hervida, cebollas asadas, lentejas calientes y panes tan grandes como tablas de snowboard.

Eric se levantó de su mesa y me colocó un chuletón gigantesco y tres costillas en mi plato.

-¿Qué quieres que haga con esto?

-Que lo comas.

-¡No puedo comer tanto!-el chuletón tenía el tamaño de Audr.

-Wulfric me acaba de decir que has adelgazado-me dijo agachándose a mi nivel.

-¿Ah, sí?-sonreí. Mira qué bien-Dile a Wulfric que muchas gracias.

-¿Qué gracias ni qué gracias? Es como insinuar que no te alimento bien.

-Eso es una tontería-reí-¡Como muy bien!-le grité a la otra mesa.

-Tú come-y se marchó.

-Adelgazo porque no hago más que ir de aquí para allá, siempre por culpa de él-le dije a Jora-me pone de los nervios.

-Es para una de esas pocas cosas para las que sirven los hombres: preocuparnos-le di la razón-Aunque con lo guapa que estás últimamente, pese a que hayas adelgazado, nadie negará que Eric sirve para mucho más que para sacarte de quicio.

-No lo sabes tú bien-le guiñé un ojo y reímos coquetas. Nos giramos a la vez y miramos hacia la mesa de los hombres. Helgi indicó a Eric que estábamos mirándole y muy probablemente, hablando de él.

Fue una suerte que me comiera el chuletón de cerdo con pan y media cebolla asada, porque me pasé un poquito con el hidromiel. Mandé a tomar viento fresco a Eric cuando se presentó con un par de manzanas asadas, preguntándole si es que pretendía cebarme como hacía con sus animales. Se enfurruñó, me dio un besazo y regresó a su asiento.

Las voces fueron levantándose conforme se agotaba la comida y los postres, y a medida que corría la cerveza. Las mujeres se levantaron y empujaron la mesa a un lado, haciendo sitio para los músicos.

-Padre dice que te saque a bailar-me dijo Leif.

-Oh, qué afortunada que soy-Leif me sonrió, le cogí de la mano y nos preparamos para el primer baile de la noche.

Leif, como su padre, era buen bailarín. Sentía la mirada de Eric de vez en cuando, observándome, vigilándome quizás, así que traté de lucirme el máximo. El joven Erik y Audr se nos unieron y bailamos una destartalada danza entre los cuatro. Después de un rato de charla, Eric vino a por mí. Me trajo una bebida dulce, creo que hecha a base de miel y manzana, que estaba riquísima.

-Despacio o te caerás redonda.

-Ya me cogerás tú-le dije.

-Puede que me aproveche-me reí bajito. Me dio una vuelta y nos pusimos a bailar con Audr haciendo ondear las cintas que le había hecho para su cumpleaños, a nuestro alrededor. Bailamos al menos durante una hora, parando de vez en cuando para beber algo fresco. Nos reímos, giramos, movimos, tropezamos, nos abrazamos y finalmente, Eric me cogió de la mano y me arrastró entre la gente, yo con la risa tonta en la garganta todavía por lo bien que me lo estaba pasando. Nos fuimos camuflando hasta que llegamos hasta una puerta y nos paramos junto a ella. Eric echó un vistazo por encima de la gente (con su altura podía hacerlo), la abrió y pasamos dentro entre risitas. En cuanto la cerró, Eric me empotró contra ella, riéndonos, besándonos, tocándonos y despeinándonos. Nos peleamos unos segundos con la ropa del otro; le levanté la túnica y le desanudé el cordón de los pantalones, me besó, le di un lametón y él me dio la vuelta, dejándome cara a la puerta. Me levantó las faldas y me mordisqueó el cuello, chupándomelo.

-Me tienes loco, loco-me susurró mientras me penetraba. Gemí y me agarré al marco de la puerta. Primero me asió el pelo, luego me tomó los pechos y finalmente me cogió por la cintura. Gimió muy alto y me dio la vuelta. Me subí a su cintura de un salto y me agarró por las nalgas, apoyé la frente contra la suya, respirándonos en la cara. Olía a miel y a manzana asada. Me acordé del vampiro, porque era verdad que este Eric era humano, pero también era muy fuerte y muy capaz de mantenerme en vilo mientras lo hacíamos. No obstante, al cabo de un rato, posé una pierna en el suelo, para aliviarle el esfuerzo, aunque él siguió sosteniéndome la otra con su mano. Le tiré del pelo cuando me corrí y él respondió apretándome la carne de las caderas. Recuperé el aliento escuchando el tambor del corazón de Eric desbocado en su pecho.

-Eric, Eric.

-¿Qué pasa?

-Mira, date la vuelta.

-¿Qué…?-le abracé y me reí, él también empezó a reírse. Le besé la sien y los dos nos partimos de risa. Una cama enorme presidía el cuarto. La misma cama en la que me había despertado al llegar aquí.

Cuando volvimos al baile me regodeé viendo a Dalla comerse las uñas. Así que el resto de la noche fue de rechupete.

Eric se despertó muy cariñoso. Intenté quitármelo de encima pero es como intentar evitar el abrazo de un oso. Los críos aún dormían en sus camas y la luz entraba por las ventanas.

-Déjame en paz, Eric-tenía una resaca de aúpa, me dolía el cuello y los riñones, estaba un poco resfriada, tenía el estómago revuelto y mucho sueño. Me besuqueó el hombro y me metió mano. Protesté gruñendo contra la almohada.

-Te eché mucho de menos en el bosque, Sookie.

-No levantes la voz.

-Vale, no hablemos, follemos.

-¡Chist! Ya te he dicho que no puedo hacerlo a gusto con los niños abajo. Y no me encuentro bien, creo que me sentó mal la cena.

-Seré muy silencioso. Y lo que te sentó mal fue beber tanto. Los vikingos no deben beber hasta emborracharse, está en nuestro código de honor.

-¿Quién lo iba a decir?-me acarició el pelo y me besó la mejilla-¿Y qué dice sobre la lujuria vuestro código?

-Tampoco hay que hacerle mucho caso-dejé escapar una sonrisa y luego protesté porque la cabeza y el estómago me estaban destrozando.

-Te prepararé un brebaje para la resaca.

-Déjate de brebajes y déjame dormir-me dio una palmada en el culo y se levantó, supongo que para atender a los animales.

Yo me levanté casi a la hora de comer, Eric había estado limpiando los salmones, ahumándolos y conservándolos. Así que recogí los desperdicios del pescado y me dispuse a preparar un caldo con ellos (a aprovechar lo que se pudiera del pescado y a guardar en hielo lo que se pudiera) La cabeza la tenía un poco mejor, pero de lo demás seguía igual. Colé con una tela el caldo y limpié el pescado, dejando lo aprovechable en un cuenco, añadí al mejunje un poco de pan duro e hice una sopa de pescado con pan. Quería echarme una siesta pero Helga y Halvar llegaron para decirnos que debíamos ir a su casa, vestidos de gala, cuando cayera el sol, para una vista oficial.

-¿Por qué crees que nos han pedido que fuéramos a su casa?-le pregunté a Eric, mientras barría el suelo. Los niños hacían deberes sobre la mesa. Y Eric estaba rellenando una almohada con plumas de diversas aves.

-No lo sé.

-¿Crees que será por lo que ha pasado estos días?

-¿Qué? No-Se puso a sacudir la almohada y a dejarla perfecta-Puede que sea alguna pareja que quiera casarse, las familias necesitan el consentimiento de mi padre. También puede que sea por alguna pelea que haya habido, ¿se montó alguna la otra noche?

-Yo no vi nada. Pero me fui pronto a dormir-tenía la lengua zapatona-¿Qué haces, Eric?-le pregunté curiosa cuando le vi echar heno sobre el suelo de la cabaña, justo allí donde nos bañábamos, detrás de la cortina.

-Cambio la cama de sitio. Si los niños no nos ven ¿te acostarás conmigo cuando me apetezca?

-No, pero si cambias la cama a un sitio más privado me acostaré contigo cuando me apetezca a mí-troté hacia él y le besé la mejilla-(y me suele apetecer a menudo)-le susurré en el oído y en sus labios dibujó una sonrisa boba.

Hasta aquí el capítulo de esta semana. El miércoles pondré otro, porque la semana que viene hay vacaiones y no estaré. Pasadlo bien!