Capítulo 37.

El expreso de Hogwarts, que volvía a la capital para dejar a los niños con sus familias por la época estival, estaba escoltado por un gran destacamento de Aurores, que velarían por su seguridad durante todo el trayecto. No se esperaba que las fuerzas de William Wood trataran de atentar contra la próxima generación de magos, debido en parte a la advertencia de su benefactor que le prohibía acercarse a un colegio y como el brujo no sabía si lo que quería proteger era las escuelas o los que estaban dentro se sabía que ni les tocaría. Pero como esa información solo era conocida por los Aurores, la ciudadanía en general exigía extremar las precauciones.

En el interior del tren había gran expectación por lo que hubiera acontecido durante aquellos meses, debido a que no se les permitía leer los periódicos en el colegio, y la mayoría de los alumnos no sabían porque había tanta seguridad alrededor del expreso.

En un compartimento privado estaban Albus y James Potter, Rose Weasley y Scorpius Malfoy. De todos ellos James era el que más alucinado estaba de la cantidad de agentes volando a escoba a las afueras y Albus era el más callado, aunque nadie sabía porque estaba tan en silencio.

El jovencito salía del compartimento sin decir a donde iba y se puso a caminar por el corredor del tren, que estaba bastante atestado de alumnos, todos ellos mirando por las ventanas preguntándose qué pasaba. Albus miraba como dentro de los diferentes compartimentos el tema de conversación era el mismo que el de los pasillos.

En un compartimento concreto solo había una integrante y un gato. Allí se quedó mirando por la ventana viendo como Vega tenía todo aquel habitáculo con libros muggles repartidos por todos lados y ella sentada en el centro, estudiando todo lo que podía. Al llegar a Londres tenía que hacer frente a los exámenes del curso que hubiera cursado, de no haber acudido a Hogwarts, ese año y su gato la observaba recostado en el sillón con cara de cotilla.

Tocando la puerta se adentraba y se sentaba tan taciturno como estaba en el otro compartimento. Su compañera lo ignoró un poco, ni siquiera preguntó porque estaba allí y seguía concentrada en lo suyo, pero al cabo de un rato lo miró y se decidió preguntar.

— ¿Pasa algo? —le preguntaba sin soltar un libro de las manos.

— ¿Te puedo contar un secreto? Pero tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie.

— ¿Un secreto? ¿Por qué a mí?

— Porque necesito la ayuda de alguien que no sea de mi familia. Tengo que hacer que alguien se entere de algo sin que sepa que se lo he contado yo.

— ¿Eing?

Albus sacaba unos papeles donde tenía escrito algunas cosas y pensando como explicárselo se puso a recordar lo que había pasado aquella misma noche, cuando acudió a la sección prohibida.

Era la noche del banquete de despedida vacacional y todos estaban reunidos en el gran comedor. Albus no pensaba dejar de asistir pero, cuando todos se fueron marchando, se esfumó y se fue directo a la biblioteca que en teoría debiera estar despejada de alumnos.

Sus previsiones se cumplieron pero con lo que no contaba era que también estuviera cerrada, pues no esperaban que nadie se pasara por allí durante aquella noche. Más el conjuro que la mantenía cerrada no pudo hacer nada contra el joven, que abría la puerta sin costarle mucho.

El interior estaba a oscuras y silencioso. Nunca había estado tan cómodo por allí, pues no tenía que hacer malabarismos para que nadie le viese llegar hasta la entrada anexa, y accediendo a la sección prohibida con tanta facilidad, como había entrado en la biblioteca, miraba los libros que contenían tan oscura información.

Su corazón dio primero un vuelco al ver como el libro que faltaba había sido devuelto durante aquella jornada pero no tuvo tiempo de analizarlo, pues sufrió un nuevo sobresalto al ver que alguien más se había metido en la biblioteca. La encargada del archivo había vuelto a su lugar de trabajo a dar un último vistazo antes de las vacaciones.

Albus salía de la Sección Prohibida, sin hacer el menor ruido, poco antes de que la señora Pince fuera hasta ella, para certificar que todo estuviera bien por allí. El joven se había escondido tras unas estanterías pero en cualquier descuido podría ser descubierto por la responsable, así que optó por quedarse quieto en un sitio y esperar a que se marchara.

Para su desgracia la mujer se acercaba hasta su posición, dejándole asustado pues ahora una escapada rápida no era factible y cerrando los ojos esperaba, como niño que era, que si no fijaba la vista en ella esta no pudiera verle. Pero ahora volvió a pasar algo extraño pues, aun estando en la biblioteca, al abrir los ojos notaba como ahora estaba en el otro lado del reflejo, como le ocurrió en el tren en navidades, y tenía a la responsable tan cerca que lo hubiera descubierto si no hubiera pasado al otro plano.

Curioso, el joven, se aproximaba hasta ella y colocándose justo al otro lado del reflejo, juntando las suelas de sus zapatos, tomó posesión de sus acciones sin que esta se diera cuenta. Ahora poseía el control total de la señora Pince y si él hablaba en su plano, la mujer, repetía sus palabras en el suyo. Alucinado comenzaba a moverse espontáneo por ver como la poseída calcaba sus movimientos al instante.

Consiguiendo que fuera hasta la Sección Prohibida, allí, aun dominándola, recogía el libro en cuestión y lo abría para ver que tendría dentro. Estaba escrito en un idioma extraño, bastante antiguo pero que entendía a la perfección. De no haber sido sustraído durante aquellos días no le hubiera prestado tanta atención y hasta puede que lo hubiera pasado por alto, como uno más entre el resto. Solo era un texto donde hablaban de las magias más antiguas y desconocidas, que nunca se habían podido traducir, pero tenían los grabados calcados de todos los textos descubiertos en el mundo a lo largo de la historia.

El niño se quedaba perplejo al entender cada uno de aquellos calcos que nadie había logrado traducir hasta la fecha. Mirando cada uno de los grabados se fijó en uno que le llamó mucho la atención; uno que se había descubierto en unas cuevas del Himalaya. El preciso lugar, donde se descubrió la información, era una profunda cueva entre escarpadas montañas donde había miles de monolitos planos con diferentes escrituras, todas ellas antiquísimas e indescifrables.

Como no se había podido traducir y por la gran cantidad de escritos en piedra que había por allí, solo se copió el encabezado del texto y poco más. En él hablaba de: El Dragón del Génesis. Albus no sabía que era el mismo estilo de caligrafía que había en el colegio descubierto por sus tíos en el desierto, aquella que era tan antigua como el tiempo, pero lo entendía como el resto.

En la página derecha del calco había una desgastada imagen, la del otro lado del monolito en piedra del relato y que estaba relacionada con aquel escrito. Había un dibujo sin forma que no se había podido descifrar por estar tan desgastado aunque, al igual que el texto, se calcó para un posterior estudio. Albus tras quedarse mirando aquel desgastado, y casi sin forma, dibujo este comenzó a adoptar textura en la forma de una imagen en tres dimensiones. Ahora podía divisar la forma en energía de un dragón verde protegiendo una especie de muralla, compuesta de ladrillos color tierra. Mirando el dibujo aquellos ladrillos le resultaba familiar, los recordaba de haberlos visto en un extraño sueño.

Leyendo el texto descubrió que aquel dragón era una de las mayores fuerzas de la naturaleza. Por desgracia la información era bien poca y solo se reducía al encabezado del monolito y el grabado. Aunque suponía que en el lugar donde se descubrió habría más información, en el calco del libro no ponía nada sobre sus orígenes, ni de su auténtica forma, solo explicaba por encima que era una fuerza purificadora que a la vez actuaba como primera línea de defensa. Aunque no ponía a quien protegía, ni de quien se defendía.

El joven desde su lado del plano buscaba papel y lápiz, consiguiendo que la señora Pince hiciera lo mismo desde la realidad. El escribía en el papel desde su plano a la vez que la mujer lo hacía en el suyo, pero cada uno con su estilo de letra personal. Redactaba todo lo que le resultara útil.

Leyendo y escribiendo en sus anotaciones, lo que nadie había traducido en toda la historia, en aquel escrito se explicaba como aquella criatura tenía un único punto débil que, aunque no fuera mortal, la forzaría a posarse en tierra, pero no decía donde estaba. Albus tuvo que fijarse en el dibujo, que al parecer solo él podía ver, y se fijó con detenimiento en la imagen de energía del dragón; como bajo su ala izquierda, entre las costillas, había un punto de diferente color y pudo presuponer que sería allí mismo.

No sabía si le iba a resultar útil o no aquella información pero, cuando terminó de escribirla, se percató de que en su lado del plano el papel desaparecía de sus manos, aunque en el de la Señora Pince aun lo mantenía en el suyo. Extrañado, separó sus dedos haciendo que la mujer soltara el trozo de papel que caía al suelo en su realidad, pero el folio atravesaba la barrera entre las dos realidades como si de agua se tratara. Ahora el papel estaba en la superficie del plano del joven y si no lo recogía ahí se quedaría de perpetuidad. Pero el mago no lo dejó ahí y agachándose lo mantuvo entre sus manos, sin que desapareciera, siendo entonces cuando se dio cuenta de que el escrito tenía el estilo de letra de la bibliotecaria y no el suyo.

Sorprendido, por lo que había pasado, tras colocar el libro en su lugar correspondiente salía de la Sección Prohibida. Dejando a la mujer en la posición inicial donde había tomado el control de todas sus acciones, saltó dejando la conexión con ella y divisó como esta se quedaba mirando un rato el lugar tomando consciencia de ella misma. Sin haberse dado cuenta de que había dado un tour por la sección prohibida, tras quedarse sorprendida del tiempo que había estado en la biblioteca, sin sospechar nada, se marchó de allí como había venido.

El joven trató de irse de la sala desde su lado del reflejo pero las puertas no se abrían, así que tuvo que cerrar los ojos y, sin saber cómo lo hacía, volvía a la realidad con el folio con lo redactado aun en las manos, cuya información creía que era vital. Pero el problema era que no sabía cómo hacérsela llegar a su padre sin que preguntara de donde la había sacado.

Con la incertidumbre recorriéndole el cuerpo y con el temor de que podría pasarle si se descubría todo lo que le ocurría, no se preguntó así mismo de quien había mantenido el libro fuera de la biblioteca, ni la razón de porque lo había hecho. Aunque supuso por fuerza mayor que tuvo que haber sido un profesor pero, que hubiera recibido ayuda en dos ocasiones, también le hizo suponer que tal vez fuera el propio colegio el que le estaba dando pistas. Lo cierto es que se fue a la Torre de Gryffindors, a pasar aquella noche pensando fórmulas con las que trasmitir la información sin que nadie se enterase de que fue él el descubridor.

Volviendo al presente, le entregaba el escrito a su compañera confiando que ella guardara el secreto y esta lo leía sin comprender muy bien a qué se refería. Como no había leído los periódicos mágicos durante aquellos meses no sabía lo que había pasado con Igor Morris y su nueva forma, aunque si había escuchado rumores.

— ¿Solo es esto? —La información no le parecía nada del otro mundo, era solo la referencia de un dragón protegiendo una muralla y de su punto débil que le haría tomar tierra, pero sin más relevancia—. ¿Qué tiene esto de malo para que no se lo puedas contar a nadie? —su pregunta no fue contestada, Albus solo estaba en silencio—. No sé qué te traes entre manos pero contemplemos las opciones: quieres que esto se entere alguien. Si no me engaño diría que quieres que llegue hasta tu padre, pero no quieres que sepa que se lo has dado tú. Supongo que habrás pensado la manera de hacérselo llegar mediante métodos del mundo mágico y no has descubierto una en la que no te puedan rastrear. Seguro que has pensado mil métodos pero en todos ellos siempre has descubierto la manera en la que te acaben pillando ¿me equivoco?

—No.

—Suele pasar. Cuando hacemos algo, en teoría secreto o prohibido, siempre creemos que nos acabarán descubriendo pues nuestros métodos son fácilmente rastreables. Pero esa es la conclusión a la que llegas tú y esos métodos no los rastrearía nadie a no ser que tu solito te fueras delatando. Pero en vistas de que tu padre es un "policía" del mundo mágico: Utilizaremos métodos más muggles. ¿Tienes teléfono móvil u ordenador en casa?

—Yo no y en mí casa tampoco tenemos ordenador.

— ¡Por el amor de la cobertura 4G! Da gracias al cielo de que estudias en Hogwarts pues en el mundo real serías un marginado social.

—Pero mis primas mayores tienen móvil.

— ¡Una luz al final del túnel! —Se expresaba efusiva al ver que al menos alguien de su familia era, en teoría, normal—. Veamos como convertimos esta información en algo viral.

— ¿Que es viral?

—Es algo que se comparte en las redes sociales y corre como la pólvora. Tenemos que convertir esta historia en algo muy llamativo y escandaloso para hacer que llegue al mundo mágico.

— ¿Cómo?

—Pues fácil, si aún existen los cibercafé, crear una red de perfiles falsos desde el que iniciar el mensaje. Poner algo como que el mundo mágico existe o cosas así para captar la atención de los vigilantes que se encargan de mantener nuestros mundos separados y solo hay que poner las palabras mágicas muggles: Es Viral, pásalo. Te aseguro que le llegará a tu padre o, si no, puedes usar el móvil de tu prima para preguntar por él y así le llegará.

— ¿Me ayudas a enviarlo?

— ¡¿Sabes la de exámenes que tengo que hacer en una triste semana?!

—Por favor, puede que sea muy importante —Le ponía su mejor carita de pena para que se compadeciera de él—. Yo no sé moverme por la red.

—La misma carita de pena que la de tu hermano, parecéis clones. Yo lo lanzaré, pero tú idea como será la historia.

En aquel compartimento Vega siguió estudiando lo suyo, mientras el joven Potter ideaba como debía de ser la historia para que circulara por la red a esperas de que traspasara el mundo mundano y llegara hasta el mágico. Cuando lo tuvo todo listo dejó que fuera la chica la que lo lanzara desde que pudiera.

Al llegar a la estación allí les esperaban sus familiares. Como nadie sabía quién era un marcado y quien no, había ciertas desconfianzas entre los que acudían a recoger a los pequeños. Pero nada grave pasó y en el caso de la familia Potter-Weasley fueron a buscarlos Ginny, Ronald y Hermione. Aunque los pequeños preguntaron dónde estaba su padre, la madre de estos no les dijo nada de lo que había pasado para no preocuparlos.


En la región de Gales, Harry Potter llegaba hasta el hotel residencial para personas mayores donde vivía la antigua directora del colegio Hogwarts. Con un aspecto lamentable se presentaba a la enfermera recepcionista, una mujer de mediana edad, alegre y enérgica, que se quedó sorprendida de encontrárselo así. El Auror tenía un aspecto muy diferente de la última vez que lo vio y parecía haber avejentado muchos años en aquellos meses. Pero conociendo como estaba el mundo y a lo que el agente tenía que enfrentarse, comprendió al instante el porqué de su envejecimiento.

—Harry Potter: ¿Qué le trae por aquí?

—Quiero rellenar la solicitud para quedarme acompañando a un residente esta noche.

—Supongo que te refieres a la Señora Mcgonagall —Aun recordaba la conversación que tuvieron, a principios del mes de septiembre, cuando le preguntó por los acompañantes de los huéspedes.

—En efecto: ¿Cómo está?

—Pues, a este ritmo, creo que dentro de poco estará mejor que usted —le decía en clara referencia a su lamentable aspecto físico—. Si la Señora Mcgonagall le ve así le aseguro que se va a preocupar mucho. Sería recomendable que primero se aseara y como mínimo se afeitara.

— ¿Podría hacerlo aquí?

—Claro —Recogiendo un atuendo limpio, un uniforme de enfermero, de los que se encargaban del cuidado de los ancianos, se lo entregó mientras lo acompañaba hasta un aseo donde podría bañarse y afeitarse—. Cuando termine déjeme sus ropas y las mandaré a los elfos domésticos de la residencia. Mañana estarán limpias y planchadas.

—Gracias.

—De nada, cuando termine podrá cenar con nuestros residentes.

—No quiero molestar.

—Si no molesta. No todos los días tenemos al mago más famoso, de los últimos tiempos, pasando una noche con nosotros. Mandaré que pongan un cómodo sillón reclinable en la habitación de su antigua maestra para que pueda descansar. Esta noche me toca el turno de guardia, cuando me toque la ronda preguntaré si le falta algo.

Quedándose solo en el aseo se preparó para afeitarse, ducharse y ponerse aquel uniforme, bastante cómodo, de los enfermeros. Cuando se quitó aquella barba de encima se entristeció al ver como la situación lo estaba superando con creces y aquello se reflejaba en su pelo y sus arrugas en la cara, pues ahora se percató de lo que había avejentado en tan poco tiempo. Pero no prestó más atención a su físico, pues tenía cosas más importantes de las que ocuparse que la de su aspecto.

Cuando se presentó en el salón donde cenaban los residentes, hubo un gran revuelo, los que andaban por allí le aplaudían y vitoreaban. Como había predicho la enfermera de la recepción, aquella velada pasó de ser una rutinaria noche a convertirse en una fiesta por la presencia de Harry Potter. Pero Minerva Mcgonagall, a pesar de estar todo el mundo aplaudiendo y sonriendo, ella no mostró alegría y lo miraba con tristeza de ver como estaba su antiguo alumno. Sabía que algo había tenido que ocurrir para que acudiera, a la desesperada, a pasar la noche allí.

A pesar de que se sentaron en la misma mesa, no hablaron de lo que lo había forzado a ir hasta allí, prefirieron dejar el asunto para luego hablarlo en privado en la habitación. Cenaron y no solo habló con Minerva, sino también con multitud de huéspedes y a las nueve de la noche se retiraron a sus dormitorios.

En la habitación de la antigua directora habían colocado un cómodo sillón, mullido y reclinable, en una de las esquinas frente a la cama y al lado tenía unas mantas para taparse. A pesar de estar en primavera, por las noches, hacía bastante frío. Cuando la mujer mayor se acostaba en la cama y Harry se sentaba sin la posibilidad de coger el sueño en el sillón, iban a comenzar a hablar cuando llamó a la puerta la enfermera que antes le había recibido y anotado la solicitud de pernoctar por allí.

— ¿Todo bien por aquí? Si necesitas algo más no dudes en pedirlo Harry —Se mostraba muy amigable y quería que el Auror pasara una buena velada en la residencia.

—Gracias, todo está bien.

—Puede que Harry necesite una de sus infusiones para conciliar el sueño —le comentaba la mujer mayor al notar que su acompañante no había dormido bien desde hacía bastante tiempo.

—Cuando quiera le preparó uno de mis remedios, verás como duermes de un tirón esta noche.

—De momento no gracias.

—En la próxima ronda le pregunto por si acaso —La asistente se marchaba, cerrando la puerta, dejándolos solos.

—Harry: ¿Qué ha pasado? —ahora podían hablar en confidencia.

—Tengo que hablar con él, o con ella. Me da igual lo que sea, pero quiero verlo.

— ¿Qué ha ocurrido? —su pregunta fue respondida con una cara de tristeza por parte de Harry, que le dio a entender que era algo muy malo—. Lleva tiempo sin dejarse ver: ¿Qué te hace pensar que aparecerá?

—No sé si querrá hablar conmigo o no, pero es que no se qué hacer. Estoy perdido, como siga así acabaré volviéndome loco. No razono bien, no duermo, la angustia me corroe, voy dando palos de ciego y cada vez cometo más errores —le decía todo aquello acelerando la velocidad en la que hablaba, parecía desesperado y al borde del ataque de angustia.

—Tranquilo Harry, que a este ritmo te acabará dando un infarto.

—Y yo la creo, es un milagro de que no me hubiera dado ya.

Para distraer las múltiples preocupaciones que atormentaban a Harry se pusieron a recordar viejos tiempos, de la época de estudiante y de todos los líos en los que se metió. También hablaron de viejas enemigas, como de Dolores Umbridge, que ahora estaba en paradero desconocido tras la fuga masiva de la prisión.

Poco a poco llegaba la media noche sin que nada pasara y la mujer, cansada, se dispuso a quedarse dormida mientras el Auror velaría por ella aquella noche. Las luces del cuarto se apagaron y Harry se quedó a oscuras allí dentro, esperando y rezando por que apareciera el causante de toda aquella situación.

Por las rendijas de la puerta se podía ver algo de luz, proveniente del pasillo, en el que se veía la sombra de los vigilantes pasear por allí muy de vez en cuando. Harry estaba despierto y esperando en el interior del cuarto sin dejar de estar atento a cualquier cosa pero, con el paso del tiempo sin que nada pasara, comenzó a pensar que estaba perdiendo el tiempo allí y que nada iba a pasar.

Cuando perdía la esperanza descubrió como detrás de la puerta, bajo la luz de la rendija del suelo, una sombra se paraba justo delante y permaneció así durante unos segundos. Aquellos segundos fueron suficientes como para que Harry se pusiera erguido y expectante de quien pudiera estar esperando tras la puerta.

El suave sonido de alguien llamando se escuchó y la voz, muy bajito, de la asistente pidiendo paso resonó. Harry se tranquilizó de aquel susto y le dijo que pasara. La mujer se adentraba en la habitación con una bandeja en las manos en la que tenía una infusión preparada que olía muy bien.

—Intuía que no dormía desde hacía tiempo y por eso le preparé mi remedio contra el insomnio —Tras cerciorarse de que la profesora estuviera dormida hablaba muy bajito para no molestarla. Después ponía la bandeja sobre una mesa cerca de Harry y se quedaba cerca de la puerta.

—Lo he probado todo, pero nada funciona. Llevo tanto tiempo sin dormir que ni me acuerdo de cuando descansé bien por última vez.

— ¿Muchas preocupaciones?

—Ni se imagina, tantas que contarlas podría llevarme toda la noche.

—Lo lamento de veras. Pero me pregunto cuál de ellas es la que le ha traído hasta aquí —Mientras hablaba con él, miraba hacia Mcgonagall como esta dormía, tranquila y en paz.

—Alguien al que quiero como a un hijo está metido en un verdadero problema y eso ha sido la gota que ha colmado el vaso.

— ¿Y venir aquí ha sido lo mejor que se le ha ocurrido para ayudarle?

—No sé qué hacer para librarlo del problema. Quiero forjar un pacto o algo, lo que sea pero quiero salvarle de ese inconveniente que tiene como sea. Como si tengo que quedarme yo con su problema liberándolo a él.

—Un acto muy generoso por su parte —Seguía sin mirarle, solo admiraba el descanso de la residente—. ¿Asumiría las consecuencias por terribles que fueran?

—Qué remedio si con eso le salvo.

—Me permite preguntarle una cosa: Si estuviera en la tesitura de… digamos, por ejemplo, que para librar del "problema" a ese ser querido, tuviera que meter en "problemas" a miles de personas que no conoce… ¿aun querría hacerlo?

—Yo… —Como persona racional no quería causar desgracia en gente desconocida solo por salvar una vida pero, estando a ese nivel de exasperación, no pudo evitar pronunciar lo que su corazón le pedía—. Si, lo que fuera con tal de librarle de su destino.

—Qué respuesta tan sincera pero: ¿Qué pasará si no tiene nada que ofrecer para alcanzar un acuerdo?

—Si no llego a un pacto, lanzaría una advertencia: Pienso vengar a ese ser querido como sea y a costa de lo que sea. No descansaré hasta que se haga justicia.

—El efecto de una advertencia radica, principalmente, en la capacidad de influir miedo en el receptor de la amenaza —Se preparaba para marcharse y sujetando la puerta miró directo a Harry—. Le pondré un fácil ejemplo: Si esto fuera la sabana y una hormiga lanzara una amenaza a un elefante ¿cree que al receptor le afectaría la intimidación del lanzador? —la pregunta dejó en silencio al Auror, que en aquel momento se vio así mismo como una hormiga tratando de encontrar y amenazar a un elefante—. Procure dormir Harry, se avecina un temporal.

Cerrando la puerta, tras dedicarle aquellas últimas palabras, lo dejó solo y en silencio. La sombra, bajo la rendija, de la que había acudido a traerle la infusión permaneció unos segundos tras la puerta. Como no se movía de allí consiguió que Harry se pusiera en pie y fuera hasta ella para abrirla de golpe, encontrándose con la mujer aun allí y algo desorientada.

—Harry —Sonriéndole lo saludaba como la que no acababa de hablar con él—. Debo de andar algo con sueño, pues creo que te traía una bandeja con la infusión aunque por un segundo me he quedado traspuesta y ahora no sé donde la he puesto.

—No pasa nada, ya me la ha entregado y la tengo al lado del sillón preparada para tomármela —Le abría bien la puerta para que viera como estaba el vaso calentito al lado de su asiento.

— ¿En serio? —Al ver que era cierto se quedó un poco asombrada—. ¿Habré caminado en sueños?

—Tranquila que no ha pasado nada, solo entró, la dejó ahí y se marchó en silencio. A todos nos pasa que hacemos las cosas con tanta rutina y pensando en nuestros asuntos, que no nos damos cuenta de lo que hacemos.

—Será eso —Sonriéndole se marchaba por donde había venido—. De todas formas voy a pedir cita para un chequeo médico, por si acaso.

Harry la observaba como se marchaba por el pasillo y cuando desapareció volvió a entrar en la habitación, mirando a todos lados sin ver nada extraño. Al final se sentó en el sillón erguido y expectante de cualquier eventualidad por allí.

—Se que estás aquí: déjate ver.

Al decir aquellas palabras consiguió que Minerva se despertara, preguntándose qué ocurría, y fue entonces cuando notó como ella no lo miraba a él, sino a alguien que tenía detrás de él, se sobresaltó pensando que lo tenía justo detrás sin haberlo detectado. Más aun intentando ponerse en pie, sintió como alguien le ponía la mano en el hombro y de repente todas sus preocupaciones se disiparon, el cansancio que arrastraba podía con él y caía en un profundo sueño.

Su sueño era tan profundo que comenzó a roncar en el acto y gracias al encapuchado, que aun tenía su mano en el hombro, lo reclinó en el asiento poniéndolo muy cómodo, para que descansara lo que le hacía falta. Después, sin decir palabra, cogía la manta que había al lado y lo tapaba para que no pasara frío.

Con Harry durmiendo, el misterioso personaje que no mostraba su rostro se acercó hasta la esquina de la cama y se sentaba allí observando a la mujer, que lo había presenciado todo. Sin decir palabra, se quedaba allí pero, esta vez fue Minerva la que se decidió pronunciar.

—No sé quién eres, pero algo me dice a mí que no eres malo. Que haces lo que haces por alguna razón que desconozco —Tras mirarle un rato, se fijaba luego en Harry—. Está muy preocupado: ¿Puedes ayudarle? —Ante su pregunta, el encapuchado se quedaba un rato sin moverse pero a continuación negó con la cabeza—. ¿Y si te lo pido yo? —al formular aquella nueva pregunta captó su completa atención—. ¿Si soy yo la que te pide que le ayudes?

Tras lanzar un suspiro, la expresión corporal del encapuchado dio a entender que a Harry podía decirle que no, pero a Minerva no pudo negarle la petición de ayuda. Como el niño o niña que había bajo aquellas negras vestimentas, caía a los pies de la cama echándose las manos a la cabeza. Para luego volverse a levantar mirando a la mujer que sonreía al ver que iba a hacer algo, pero su sonrisa duró poco tiempo pues la expresión del encapuchado dejaba a entender que todo tenía un precio y que aquel iba a ser muy caro.

Levantándose se dirigía hacia Harry y le ponía la mano en el hombro otra vez, consiguiendo con ello un efecto inesperado. Las canas, las cicatrices de guerra y las arrugas del hombre desaparecían. Harry recuperaba un aspecto muy completo, no le había quitado años de encima pero si le había dado un aspecto muy mejorado para la edad que tenía.

Dejándoles dormir tranquilos se marchó de allí, desapareciendo en el acto, en el tiempo de un parpadeo dejó de estar allí. Minerva volvía a quedarse dormida y así trascurrió el resto de la noche.


Cuando la mañana llegó, Harry se despertaba con la sensación de haber dormido años, estaba despejado y pensaba con total claridad. Con el cuerpo aun entumecido, por el profundo sueño, le costaba recordar como se había quedado dormido. Después, al reactivarse, se puso en pie con bastante facilidad, hacía años que no se sentía tan ligero.

No había nadie en la habitación, la cama estaba hecha y el resto recogido. Las ropas que trajo el día anterior estaban limpias, planchadas y dobladas a los pies de la cama. Poniéndose la ropa sin recordar cómo había pasado la noche, una vez vestido, se fijó en el espejo que había en la habitación y su asombro fue enorme.

Se acercó hasta el espejo tocándose la cara y el pelo, no tenía rastro de arrugas ni canas causadas por el estrés de las últimas crisis y fue entonces cuando recordó lo que pasó durante su estancia en la habitación. Alucinado, de cómo estaba su aspecto físico, se marchó del dormitorio en busca de la dueña de aquella estancia. Todos los empleados que lo vieron la noche anterior se asombraron de su sorprendente cambio físico, pero no le decían nada.

Minerva Mcgonagall paseaba por los jardines aquella bonita mañana de finales de marzo, acompañada por unas amigas que todas estaban respirando el ambiente primaveral de los jardines llenos de flores.

Al verle llegar le sonrió al notar su mejoría anímica, se acercó hasta él que aun seguía atónito. Separándose por los caminos entre las flores, cuando se cercioraron de que no hubiera oídos cerca, comenzaron a hablar en confidencia.

—Lo he visto esta noche ¿verdad?

—Diría que sí.

— ¿El me ha hecho esto?

—Puede que no sea tan malo como piensas.

— ¿Va a ayudarme?

—Quién sabe. Aun ni sé porque viene a verme por las noches como para saber qué piensa hacer en el futuro —Se pararon frente a un árbol cuyas flores estaban abiertas y eran preciosas, a excepción de una que estaba cerca de marchitarse—. Harry: Mira aquellas flores. La que está cerca de marchitarse eras tú ayer, parecía que anunciaras tu muerte inminente y hoy eres una de las otras, lista y preparada para lo que haya que venir.

— ¿Qué quiere decir eso?

—Que puede que representes más de lo que te imaginas en esta historia. No te rindas nunca. Lucha cada día y averigua el porqué de todo. Vuelve y afrenta lo que esté por venir.

—Ahora veo todo con más claridad —Con la mente despejada tenía mejores proyecciones de futuro y comenzaba a despedirse—. Espero volver a verla pronto, tengo que ir a casa a saludar a mis hijos.

—Saluda a todos de mi parte. Espero volver a verte pronto y si pillas y desmemorizas a Umbridge ven a verme y haremos una fiesta en su honor —le hacía sonreír con su comentario.

Harry partió rumbo a la primera chimenea que lo llevara directo a La Madriguera, aun sin creerse lo agradable que era estar descansado y con las ideas en orden. Volvía con la esperanza de que Teddy se salvara de su cruel destino antes de acabar con William Wood. Pero no podía decirle nada pues no quería que sus palabras pudieran llegar al mago de varita azul y tratara de encontrar una relación que pusiera en peligro a la profesora Mcgonagall.

Al llegar al bastión de la familia, a eso del medio día, los primeros en verle fueron los jóvenes de la familia que se le abrazaron a saludarle. Su llegada alegró a muchos y tranquilizó a otros tantos que no sabían dónde se encontraba. En el caso de los adultos, todos se quedaron boquiabiertos al ver su mejoría física, no había ni rastro de sus canas, arrugas y demás signos del estrés que estaba pasando.

Su mujer, tras decirles a los jóvenes que salieran un rato de la casa a jugar, le cogió del brazo y se lo llevaba hasta el despacho donde solían hablar. Ronald y Hermione le seguían curiosos por saber que le había ocurrido.

— ¿Qué ha pasado Harry?

—William Wood ha marcado a Teddy con su varita —al explicarles lo que había ocurrido fue como un jarro de agua fría para los otros—. No sabía qué hacer y decidí pasar la noche en la habitación de la antigua directora, quería hablar con él como fuera.

— ¿Lo viste?

—Posee a quien le dé la gana. Puede hablar mediante terceros y en principio no me hizo mucho caso y después no llegué a verle. Al notar que lo tenía detrás de mí y antes de verle la cara, me dejó dormido. Pero el me ha hecho esto por algún motivo y creo que me va a ayudar.

— ¿Por qué? —No encontraron mucho razonamiento en aquellas palabras, ni siquiera habían encontrado en su explicación una referencia afirmativa.

—No sé cómo explicarlo, pero algo en mi me dice que tratará de hacer algo para impedir que Teddy muera —Les explicó, con bastantes detalles, lo que había pasado durante la noche.

—Y si es peor el remedio que la enfermedad —Ronald no quería ser el pesimista, pero era el que tenía que decirlo en aquellos momentos—. ¿Y si para salvar a Teddy tiene que morir mucha más gente? Yo quiero a Teddy tanto como los demás, no deseo que muera pero, no sabemos nada del precio que vamos a tener que pagar.

—Intentaremos solventar los dos actos finales con el menor número de bajas posibles.

—Si no hemos podido controlar ninguno, vamos respondiendo a medida que se van produciendo.

— ¡¿Y entonces que hago Ronald?! —le preguntaba gritando y enfadado, dejándolo enmudecido—. ¡¿Le dejo morir? pese a que fue por mi culpa por lo que se metió en ese lío! —Ginny le sujetaba el brazo para que se tranquilizase—. ¡¿De quién fue la idea de utilizarlo para lanzar el rumor?!

—Se que te sugerimos que fuera él el que lanzara el rumor, pero también te recomendamos que te lo trajeras a La Madriguera para que permaneciera salvo. Pero tú lo dejaste allí tan solo con una promesa que incumplió. Se metió solo en la boca del lobo y terminó metido en la mierda. Ya te digo que me importa tanto como a ti, no deseo que muera pero nadie da nada gratis. Piénsalo.

—Pienso salvarle la vida cueste lo que cueste.

—Esperemos que no nos cueste mucho.

Con la tensión por las nubes en aquel despacho, dejaron por concluida la conversación y se fueron a pasar el día en familia. Harry y Ronald tenían opiniones muy distintas sobre que debía haber hecho, pero dejaron de lado sus diferencias para no estropear aquella semana en la que los pequeños estarían con ellos.


La semana de vacaciones trascurrió sin muchos sobresaltos, Harry había vuelto a su trabajo con más fuerza que nunca. Con la mente despejada comenzó a planificar y neutralizar los secuestros de ciudadanos, anticipando sus movimientos a los de los enemigos. La prensa internacional le elogiaba por ello, pues desde hacía semanas parecía que estaban actuando sin ningún control y llegaban tarde a todos lados.

El día antes de que los estudiantes volvieran al colegio, se había organizado una cena especial para despedirles. Tras un duro día de trabajo se preparaba para volver a casa cuando lo interceptaron los agentes encargados de mantener el mundo mágico oculto a los ojos muggles. En sus manos portaban un escrito que se había vuelto viral por internet y habían tenido que actuar para borrarlo de la red.

— ¿Qué es esto? —Leyendo el papel hablaba sobre El Dragón del Génesis y que mencionara que protegía una muralla captó su atención al instante.

—Alguien ha lanzado este mensaje a la red, con bastante información sobre el mundo mágico, de cómo encontrarnos y varias cosas más. En el fondo creemos que es algo que se ha usado para llamar la atención. Estaba destinada a ser interceptada por nosotros pues además de eso hablaba sobre un dragón y un punto débil que le obliga a tomar tierra.

—Si se refiere a la nueva apariencia de Igor Morris: ya me dirás para que sirve el punto débil si no contamos con nada que le afecte. Tan peligroso es en el aire como en la tierra —Pensando que hacer con aquella información lo que más intrigado le tenía era que hablara de una muralla y que protegía algo de alguien—. Sacadlo de la red, aplicad el protocolo de desacreditación para estos casos y veamos qué podemos hacer con esto.

Guardando todo lo relacionado con la información, partió rumbo al bastión familiar, que por allí había llegado el mensaje viral y Albus esperaba ver la cara de su padre, pues sabía que tendría que conocer la noticia. Pero al verle llegar bastante escéptico se desilusionó al pensar que todo su esfuerzo y lo que se había arriesgado fuese en vano.

Esperando el momento en el que se quedó solo, el jovencito se aproximó hasta él, curioso por preguntar sobre el asunto para saber un poco más de la opinión de su padre. Mientras tanto la familia se ocupaba de preparar la mesa, en la que habría mención especial por los que ya no estaban, Percy y los suyos.

—Papá: ¿lo has visto? ¿Lo del punto débil del dragón?

—Si lo he visto —Estaba absorto y no parecía estar alegre de conocer la noticia—, pero: ¿de qué nos sirve? La magia no nos vale, los ataques físicos casi ni los siente, de que nos podría servir posarlo en tierra si será tan inmune a todo como en el aire.

Al pronunciar su opinión, dejó pensando a Albus para que llegase a su misma conclusión. Si Igor Morris gozaba de la invulnerabilidad poco iban a poder hacer en su contra cuando se decidiera a actuar. El joven se quedó pensando y, recordando todo lo que le estaba pasando, su expresión se preocupó hasta el punto en el que su padre quiso preguntar.

—Hijo: ¿Tienes algo que contarme? —Le miraba fijo a los ojos una vez más.

—No papá —tras vacilar un rato, al seguir recordando todo lo que le pasaba, quiso negarlo para no preocuparlo más de lo que estaba.

—Una vez, más o menos a tu edad y mientras cursaba el segundo año, el director Dumbledore me formuló esa pregunta y yo si tenía algo que contarle. Por tonterías de la edad me guardé el secreto y eso casi nos cuesta la vida a tu madre y a mí.

Dejando a su hijo reflexionando en eso, juntos bajaron hasta la planta baja y se reunieron con la familia a cenar. Aunque tenía un futuro tan negro, como cuando se reunieron de esa forma antes de fin de año, el hecho de volver a estar todos juntos les hacía sonreír.

A la mañana siguiente llegó el día en el que los pequeños habían de volver a Hogwarts y estaban todos, otra vez, juntos en la estación. Aunque no fue tan dramático como la última vez que se despidieron, más llantos se produjeron al ver como se marchaban los pequeños.

Harry estaba allí y miraba a los estudiantes que iban subiendo al expreso. Aunque los hubiera investigado a todos, sin ningún resultado, no podía dejar de pensar en las evidencias, pues Minerva Mcgonagall solo se encontraba con el encapuchado en los periodos vacacionales y la lógica le hacía pensar que debía de tratarse de un alumno, pero las evidencias de su investigación decían lo contrario.

Como ahora se llevaban bastante bien sus hijos, Scorpius Malfoy acudía a donde estaban James, Albus y Rose. Draco Malfoy y su mujer se acercaban hasta ellos escoltando a su hijo. Los tres matrimonios: los Potter, los Weasley y los Malfoy vieron partir juntos a sus pequeños, sin decir mucho entre ellos, hasta que el expreso se perdió en la lejanía escoltado por las fuerzas de seguridad, sobrevolando a escoba, que los vigilarían durante todo el trayecto.

—Nuestros hijos parecen que se llevan bien —Los tres hombres hablaban a solas, debido a que las tres madres de los pequeños también hablaban entre ellas. Cuando Draco dijo aquello, al ver lo bien que parecían llevarse su hijo con Rose, sus palabras no hicieron mucha gracia a Ronald.

—Son buenos chicos. Espero que se diviertan mucho en la última evaluación y que todo esté solucionado para cuando vuelvan a final de curso.

— ¿Cómo va la cosa por el Ministerio? Desde el día en que nos vimos por allí no he vuelto a ir —Draco preguntaba refiriéndose al día en el que saltó a la prensa el suceso de acoso escolar.

—No hay novedades, todo sigue igual a como lo cuentan los medios, combatimos a las fuerzas de William como podemos. Aunque espero que esto no dure mucho tiempo pues nos acabarán desgastando.

— ¿Es verdad lo que dicen las noticias? ¿Que en el Santuario de dragones en los últimos días se están concentrando gran cantidad de ellos?

—Pues sí. Pero hasta el momento no hemos hecho nada que provoque la ira de Igor Morris, ni pensamos hacerlo en el futuro —Harry, gracias a la información proporcionada por Teddy, sabía que William trataba de hacer que su compañero saliera de su refugio y por eso había pedido a los diferentes Ministerios internacionales que no hicieran nada que pudiera provocarlo—. Solo tratamos de contener a los magos oscuros y sus aspiraciones provengan del bando que vengan.

Juntándose todos ellos, se despidieron de los Malfoy y cada uno volvió a sus diferentes ocupaciones laborales. Cuando se separaron, el día prosiguió su curso con total normalidad.


Los pequeños estudiantes llegaron, ya de noche, a Hogwarts y solo cuando entraron en el castillo dejaron de tener la protección de los Aurores, que les habían escoltado durante todo el trayecto. James se acercaba a Vega a preguntarle cómo le habían ido los exámenes en aquella semana. Mientras tanto el trío de jovencitos caminaba en dirección a la Torre de Gryffindor. Rose y Albus le contaban a Scorpius todo lo que habían hecho en la semana estival y a su vez él le contaba lo que había hecho. Pero el rubio era hijo único y no contaba con tanta familia con la que divertirse como sus amigos y que le contaran todo aquello, aunque quisiera alegrarse, acababa triste por no poder disfrutar de un lugar tan familiar como el de sus amigos.

En todos los corredores el tema estrella era el mensaje viral que traspasó la frontera del mundo muggle y llegó hasta el mágico, que fue borrado de las redes y desacreditado. En el trío se preguntaban, dos de ellos, la identidad de quien lo hubiera descubierto y lanzado al medio. Albus no decía nada, no dijo mucho durante la cena ni cuando llegó el turno de irse a dormir. La conversación con su padre la tenía muy presente, no quería ocultarle nada pero es que aquello se escapaba de su comprensión y pensaba que nadie estaba capacitado para comprenderle, por eso prefería no decir nada.

Como las clases comenzaban a la mañana siguiente, todos los estudiantes, se acostaron temprano y el castillo quedó en completo silencio a eso de las diez de la noche. Pero no todo era tranquilidad pues, en el baño de los prefectos de la quinta planta, la piscina se llenaba de agua luminosa y cristalina, pero el personaje que solía aparecer por allí aun no se dejó ver.

En las escaleras cambiantes, la zona donde estaban la mayoría de cuadros del castillo, un alumno o alumna de primer año pasaba por allí sin importarle ser visto por los integrantes de los retratos, que aun estuvieran despiertos, y estos se preguntaban que estaría haciendo por allí en completa soledad y a aquellas horas.

— ¿Ocurre algo? —preguntaba uno de ellos, al ver que se había quedado fijo delante de él. Se tuvo que suponer que le había respondido pero ninguna palabra salió de sus labios—. ¿Lo sientes? ¿Por qué? ¿Qué no debía ocurrir?

Sin pronunciar una palabra solo llevó un dedo hasta su superficie y al tocarla, creando una ligera ondulación, hizo que el cuadro perdiera su capacidad de movimiento y quedara como lo que era, un simple retrato.

Los otros, que contemplaron el suceso, se asustaron y trataron de dar la voz de alarma pero, como un virus que se trasmitía veloz de un cuadro a otro, el conjuro o hechizo, que había lanzado aquel alumno o alumna de primer año, contagió en pocos segundos a todos los cuadros del castillo y de allí hacia los del resto del mundo privándolos de todo lo que los caracterizaba en el mundo mágico y dejándolos como los que habían en el mundo muggle.

Todo ocurría tan rápido que no tuvieron tiempo de decir nada, no solo los cuadros se veían afectados, también las fotos que guardaban movimiento, estas perdían la magia que tenían y ahora eran meras fotos normales.

El personaje desapareció, sin dejarse ver por ningún testigo, justo cuando llegaba un prefecto a las escaleras. Al contemplar como todos los retratos habían dejado de moverse dio la voz de alarma a los profesores y fue entonces cuando cundió el pánico. Todos los profesores y prefectos, sin querer despertar al alumnado para que el miedo no fuera mayor, fueron a los diferentes puntos del castillo, donde había retratos, para cerciorarse de lo acontecido y cuando se dieron cuenta de que el suceso era general, mandaron cartas al Ministerio por si también se habían visto afectados.

Mientras el pánico cundía fuera del baño de los prefectos, pues no solo en el castillo se dieron cuenta del suceso sino también en los diferentes Ministerios mundiales e instituciones mágicas, el personaje hacía acto de presencia en aquel aseo.

Con una nota en un sobre en las manos, se aproximaba al borde de la piscina y, sentándose allí, metía de rodilla hasta los pies bajo las aguas. Fue entonces cuando comenzó a admirar el reflejo, a la vez que lanzaba el sobre al interior de la piscina hundiéndose en ella.

Tras un rato mirando, se produjo unas violentas ondulaciones nada agradables en la superficie del agua que le obligó a dejar de mirar y cuando se tranquilizaron volvió a fijar su vista en las pacíficas aguas y el sobre volvía a estar flotando en ellas. Al recogerlo y volverlo a lanzar, así estuvo mirando un rato antes de que volvieran a agitarse, forzándole a dejar de mirar y recoger la nota que volvía a estar en la superficie.

Tras intentarlo cuatro o cinco veces, en aquel nuevo intento, cuando la nota se hundió bajo las aguas, se fijó en esas mismas y estas cambiaban de forma adoptando la imagen a todo color de un futuro cercano, pues se trataba de la noche siguiente.

En aquella imagen se podía ver el Santuario de Dragones de la cordillera escandinava. Bajo la ladera, donde se encontraba la gigantesca cueva donde se refugiaba la nueva apariencia de Igor Morris, las enormes escamas que estaban sobre el lomo de aquella criatura estaban esparcidas por la pendiente al haberlas perdido. Por alguna razón el dragón cambiaba de forma pero no se le podía ver al estar dentro de su oscuro refugio.

Unos ojos verdes se iluminaron dentro de la cueva y una potente respiración surgió. Aquella criatura proyectaba su visión hacia el exterior del refugio para divisar que podría estar haciendo su compañero que seguía sin moverse de su bastión.

Al tener muy presente la advertencia de William, en los últimos días había comenzado a proyectar su visión no solo hacia el bastión del brujo sino también comenzó a escudriñar, sin que se enterasen, a los diferentes Ministerios del mundo. Quería saber si había algo de lo que tuviera que preocuparse, pero estos estaban ocupados tratando de frenar a las facciones oscuras antes que preocuparse en atacarle a él y a sus dragones.

Sus ojos brillaban como el universo estrellado al proyectar su visión al exterior del Santuario y tras estar mirando los más variados gobiernos mágicos a nivel mundial, se fijó en el de Suecia, como el cuerpo de seguridad de aquel Ministerio, que tenía más próximo la colonia de dragones, era el que más atento estaba a él y sus posibles acciones.

Los periódicos del día estaban sobre la mesa y las noticias de lo sucedido a los cuadros mágicos de todo el mundo colmaban los titulares. La otra misiva de la mañana era la constante lucha de las fuerzas del orden contra las de William, pues los Mortífagos habían optado por ocultarse sin más pretensiones que las de la supervivencia. Sobre esa mesa fue entonces cuando Igor se fijó en que una carta había llegado hasta allí, ni él ni los agentes se habían percatado de su misteriosa aparición, pero lo cierto es que la recogieron curiosos de saber que contenía.

Dentro de la nota había una especie de fórmula a medio hacer, venía de parte del Ministerio de Magia de Londres y era el proyecto de un posible hechizo mata-dragones. Tras hacer algún que otro jocoso comentario sobre aquellas criaturas, los agentes, se preguntaron que debían hacer con aquella fórmula.

—Es una nota de alto secreto del Ministerio, quiere que estudiemos un conjuro que tienen en su poder, pero no nos explican cómo han dado con él.

— ¿Será eso que tiene el Ministerio y que es la última carta contra los magos?

—No lo sé, pero todo apunta a que sí. Enviad de inmediato este proyecto de conjuro al Instituto Durmstrang, que lo estudien allí y saquen la fórmula definitiva para acabar con esas criaturas tan peligrosas.

—Lo bueno de que esté en el colegio es que el dragón no podrá acercarse por allí. Confiemos en que funcione contra ese puñetero brujo —Cogiendo la nota, el agente, se acercaba aun traslador que tenía conexión directa con el instituto mágico y se trasportó hasta allí para entregar el comunicado.

Igor Morris al ver como se trasportó hasta el colegio de magia y, al estar en un lugar vetado para él, allí dejó de ver lo que pudieran hacer con aquella fórmula. Fue entonces cuando supuso que la advertencia de William era real y se encolerizó de tal forma que sus escamas se acorazaban terminando de transformarse a la nueva apariencia que le habían obligado a adoptar.

Lanzando un rugido, que traspasó las montañas, reventó la montaña donde se encontraba la cueva en la que se había ocultado. No hizo daño a ninguno de los dragones de por allí pues la había pulverizado, creando una formidable polvareda que le camufló casi por completo. Mientras tanto, entre el polvo, se podían intuir sus enormes y poderosas alas. En un segundo alzaba el vuelo hacia las nubes seguido de todo su ejército de dragones.

En el baño de Prefectos, frente a la piscina, más o menos a esa altura era cuando las aguas se agitaban violentas pero en aquella ocasión no lo hicieron. Pero lo que si cambió fue el color de estas, pues se volvieron puro fuego y se podía escuchar gritos y lamentos. El personaje que observaba derramaba lágrimas de tristeza, que caían por sus mejillas y se concentraban en su barbilla antes de caer al suelo.

Tras estar un rato observando las aguas, cuando la visión acabó, se quedó mirando un rato al vacío. Fue entonces cuando notó como un Prefecto se acercaba al baño en una ronda general al castillo. Antes de que llegase hasta allí, las aguas retrocedieron y el personaje desaparecía dejándolo todo como si nada hubiera pasado.