34. Borrasca
Y bien, mis niños: ¿Tienen algo que decirme?- dijo Albert, mientras los miraba fijamente.
Los niños peliblancos retrocedieron por el susto. Pop-Pop había ido a la cocina por unos refrescos, y ellos decidieron aprovechar para darse un apasionado beso en los labios. Como solía ocurrirles, la pasión pudo más que la prudencia. Perdieron la noción del tiempo, y el abuelo los sorprendió bien abrazados y con sus bocas unidas.
Albert no esperó respuesta. Se apartó y, con toda calma, colocó la bandeja con los vasos en la mesa de centro. Los niños estaban pálidos y paralizados, ni siquiera podían hablar. Pero Albert parecía haber perdido el interés en ellos. Dispuso todo en la mesa de centro, y solo se volvió para mirarlos cuando terminó.
Los muchachitos no sabían qué hacer. De la palidez, pasaron al rojo vivo. No se atrevían a levantar las miradas, ni siquiera para verse el uno al otro. A cada momento esperaban un reproche, una invitación a que se explicaran; pero no ocurrió nada de eso. El silencio total reinaba en la sala de la pequeña pero cómoda casa de las afueras de Royal Woods.
Unos momentos después, ya no aguantaron tanta presión. Levantaron la mirada a donde estaba Albert, y su sorpresa casi sobrepuso a su miedo. ¡El bondadoso anciano sonreía!
Bueno... No era una sonrisa franca; pero sus labios estaban agradablemente alargados, y su rostro parecía sereno y comprensivo. De alguna manera, les devolvió cierta tranquilidad.
- Err... Abuelo, yo... Es decir, nosotros... -balbuceó Lincoln.
- Bueno... la verdad yo también... -terció Linka; pero los dos muchachitos se quedaron enseguida sin saber qué decir.
El viejo guerrero decidió que ya habían tenido suficiente. Era tiempo de hablar seriamente con los dos. Tenía que ser comprensivo y precavido: ellos necesitaban saber que podían confiar en él.
- Ustedes dos se quieren, mis niños. Yo lo sé. Aunque no lo supiera desde antes, me hubiese dado cuenta desde que llegaron. ¿No vieron que venían tomados de las manos cuando yo salí a abrirles la puerta?
- Dios mío... -murmuró Linka, y se cubrió el rostro con las manos.
Lincoln estuvo a punto de hacer lo mismo. Pero las palabras de su abuelo le saltaron a la conciencia.
- Espera, abuelo. Dices que lo sabías desde antes. ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir que lo sé desde que fueron a verme al asilo -sentenció Albert.
- P-pero... ¿cómo? -preguntó Lincoln, cada vez más asustado.
Ese era el momento decisivo. Albert supo que ese era el momento en que debía luchar para ganarse la confianza de los niños.
- Lincoln... Linka... ¿Alguna vez escucharon aquella frase que dice que el amor está tan orgulloso de sí mismo que quiere que todo el mundo lo vea? ¿Mhh? ¿Que es imposible ocultarlo, porque se empeña en salir y mostrarse a como de lugar?
- N-no... -susurró Lincoln, arrastrando la voz.
- Bueno, pues ustedes dos fueron tan obvios, tan poco discretos, que casi todo el mundo se dio cuenta de que había algo muy especial entre ustedes. Solamente Ethan y Rosen no lo percibieron al principio... Y los dos están ciegos desde hace años.
De nuevo, los dos se quedaron en silencio y jugando con sus dedos. No sabían qué decir. Se sentían demasiado avergonzados.
- Miren, mis niños: les voy a ser completamente sincero. Yo no creo que estén haciendo nada malo, ¿saben? Después de todo, ¿quién puede decir o decidir en qué momento de la vida le llegará el verdadero amor? Yo recuerdo perfectamente mi niñez y ni adolescencia; y mi joven corazón de aquel entonces sentía el amor con la misma intensidad que en mi vida adulta. Se siente igual, se sufre igual. La emoción de ver a la persona amada es exactamente la misma, y el alma se desgarra igual si llegas a perder ese amor...
El abuelo se detuvo un momento. Ya desde sus primeras palabras, los dos levantaron la vista con asombro; intentando asimilar lo que aquel hombre tan querido y admirado les decía. Su rostro y su porte eran elocuentes. Por un momento, su mirada se perdió en la lejanía; y la sombra de tristeza y añoranza que nubló su rostro casi se podía sentir.
Albert se sobrepuso. Respiró hondo, volteó a ver a los niños, y les habló con su voz más suave y calmada.
- Linka... Lincoln... ¿Me permiten que les cuente una pequeña historia? ¿Quieren saber por qué puedo entenderlos?
No vacilaron un solo instante. Ambos asintieron a la vez. Aunque eran fuertes y valientes, los dos anhelaban algo de comprensión verdadera, no solo resignación o aquiescencia. Nunca lo comentaron, no intercambiaron ninguna mirada para ponerse de acuerdo. Solamente abrieron sus corazones y se dispusieron a escuchar.
- Mis niños, yo conocí al amor de mi vida a los doce años de edad...
El abuelo habló sin pausas durante un buen rato. Lincoln y Linka escucharon ávidos, sorprendidos y enternecidos la maravillosa y terrible historia del romance entre Albert y Mei Ling. Albert se explayó contando casi todo. Solamente omitió por delicadeza sus encuentros íntimos; pero les dejó perfectamente claro que su pasión era tan desbordante que sí tuvieron encuentros íntimos, y a una edad mucho menor de lo que permitían las leyes, la moral y las buenas costumbres.
Les narró con todo detalle la manera en que se encontraron por primera vez, las primeras veces que se hablaron y cómo prepararon sus primeras citas. Lo rápido que progresó la confianza y la intimidad. Linka suspiró cuando Albert les contó sobre su primer beso, y ambos se estremecieron cuando supieron de la férrea oposición que enfrentaron de los padres de Mei Ling.
Albert les habló de los planes que habían hecho para el futuro. Se sintieron tan identificados, que sus manos se entrelazaron sin que ellos se dieran cuenta. Y lloraron sin control cuando escucharon la manera en que el padre de Mei Ling los separó al fin, y la forma en que Albert luchó hasta sus últimas fuerzas para que no lo apartaran de su amada.
Cuando terminó, los ojos del anciano estaban enrojecidos; Lincoln y Linka lloraban abrazados.
- Abuelo... Yo... ¡Dios mío, no sé qué decir! -balbuceó Lincoln, mientras limpiaba las lágrimas de su rostro-. Yo... No sabía...
- No, hijito. Es algo que no le había contado a nadie. Ni siquiera tu madre lo sabe.
Linka no pudo contenerse y corrió para abrazar al anciano. Durante todo el relato, pensó que quizá su abuela Albertha había vivido algo similar en su propio universo. Cuando pensó en eso mucho tiempo después, se dio cuenta de que aquel fue el primer momento en que comenzó a resquebrajarse el caparazón con el que se cubrió para no añorar las cosas buenas que tuvo que dejar al seguir a Lincoln.
Muy pronto, Lincoln acudió también al lado del abuelo, y él los abrazó a los dos. Fue un momento extraordinario para los pequeños. No alcanzaban a decírselo ni a sí mismos, pero se sintieron profundamente aliviados al darse cuenta de que un adulto consciente y responsable era capaz de comprender lo que sentían.
- Les diré una cosa, mis niños: La edad y las experiencias me han ayudado a reponerme de todo eso. ¡Demonios, si no fuera por todo lo que pasé, ustedes dos no estarían ahora conmigo! Pero es cierto que estoy vivo solo de milagro. Y mi pobre Mei... ¡Solo el cielo sabe lo que fue de ella!
- Ay, abuelo... - dijo Linka, abrazando al robusto anciano con mayor fuerza.
Los ánimos de los tres se fueron calmando poco a poco. Y tal como Albert lo previó, los niños muy pronto se abrieron completamente con él. Le confiaron su mutuo amor, su deseo de estar juntos y tener una vida en común a futuro.
- Lo sé, mis niños -asintió Albert-. Pero tenemos que ser realistas los tres y hablar un poco sobre esto. Sé que me creen cuando les digo que yo quiero que vivan ese amor. Quiero que ustedes sí lo puedan consumar y sacar adelante; pero su situación y la que yo viví con Mei Ling son muy diferentes. No se trata de lo que sienten el uno por el otro, ni de la sinceridad del amor que se tienen: eso es evidente para cualquiera que los mire sin prejuicios; pero ustedes viven una realidad y unos tiempos muy distintos.
Los niños asintieron, y Albert los miró de nuevo con seriedad.
- Hay situaciones legales. El mundo ahora está mucho más consciente de la protección a los menores. Ya es mucho más difícil que ustedes dos puedan hacer lo que quieran. Además, está la otra parte, que quizá ninguno de ustedes haya notado. MI esposa, la madre de Rita, era una mujer un tanto... Bueno, digamos que era demasiado devota y puritana. Fue criada en una moral católica muy férrea, y mucho me temo que crió a Rita de la misma manera. Yo siempre estuve en el mar, así que no pude influir tanto en la manera de pensar de mi hija. En parte por eso tuvo tantos hijos, pero también por eso su insistencia en cuidar a las mayores, y hablarles tantas veces de que deben llegar vírgenes al matrimonio, y esas cosas. ¿Has escuchado a tu madre hablar de eso, Lincoln?
- Sí. Por desgracia -reconoció el chico, haciendo una mueca.
- Bueno, pues si ustedes no son discretos y cuidadosos en todo momento, pueden tener gravísimos problemas cuando Rita se entere. Además, esto es un secreto y debe quedar solo entre nosotros: tengo la sospecha de que ocurrió algo con Rita al principio de la adolescencia. No sé qué. Por un lado, puede ser muy puritana e intolerante. Pero por otro, ha hecho once hijos con su esposo... Ya se imaginan a qué me refiero.
Los dos peliblancos hicieron una mueca, pero asintieron. Después de todo, ¿acaso no hacían ellos lo mismo?
- Tienen que ser discretos; hasta con sus hermanas, Lincoln. Y con Lynn también. Él, y algunas de ellas podrían ser tan intolerantes como Rita ¡Quién sabe cuántas de ellas ! Si mi hija sabe lo que está pasando entre ustedes de la manera equivocada, mucho me temo que no lo tomará nada bien.
- Mami -dijo Lola, afectando un tono de voz a la vez tierno y zalamero-. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Rita estaba a punto de decirle a su hija que estaba ocupada. Pero la niña tenía tal expresión de ternura y preocupación, que Rita se derritió.
¿Qué mas daba? Le dedicaría unos cuantos minutos, y luego podría continuar con sus quehaceres. Extendió una mano para acariciar el rostro de su pequeña princesa, y le sonrió.
- Dime, tesoro.
- Hay algunas cosa que no entiendo y me preocupan mucho. ¿Podemos hablar un momento en mi habitación? Lana no está allí. Anda de nuevo en el patio jugando con Brincos.
De nuevo, Rita estuvo a punto de protestar. ¿Qué cosa podría ser tan importante como para que Lola quisiera hablarla en su cuarto? Allí estaban tan discretas y a salvo como en cualquier otro lugar de la casa.
Lola se anticipó a sus palabras.
- Es que necesito mostrarte algo, mami. Una especie de regalo que me hicieron, pero no comprendo muy bien lo que representa.
Esto despertó por fin la curiosidad de Rita. Por un momento, imaginó las peores cosas que podrían pasarle por la mente; pero procuró tranquilizarse. Después de todo, Lola solamente tenía seis años.
Aunque por otra parte, en los concursos de belleza...
No, mejor no pensar en eso. Tomó la mano de la niña y se dejó guiar a su habitación.
- Mami... -comenzó Lola, después de cerrar la puerta con seguro-. Hay algunas cosas de la relación entre chicos y chicas que no entiendo. Son cosas que... Bueno. Se ven muy extrañas. Y no sé... No parecen ser muy buenas.
Rita se puso de todos los colores. No necesitaba que Lola le dijera más. Enseguida sintió que la cólera comenzaba a bajar desde su cabeza hasta los últimos rincones de su cuerpo.
- ¡Lola! ¿Te refieres a...? ¡¿Cómo te pusiste a ver esas cosas?! -gritó Rita, avanzando hacia la niña con un gesto de amenaza.
- ¡No, mamá! ¡Te juro que yo no vi nada! -dijo Lola retrocediendo, aparentemente aterrorizada-. Es que... Luan me mandó un video gracioso que filmo en la casa, y... Creo que se confundió...
- ¡¿Qué?! -interrumpió Rita- ¡¿Que Luan está filmando videos en la casa otra vez?!
- Me temo que sí, mamí -dijo Lola, agachando la cabeza -. Pero filmó algo muy raro. Algo que no es muy gracioso, y lo estaban haciendo Lincoln y Linka.
Rita se puso aún más iracunda, si cabe.
- ¡¿Dónde está?! ¡Enséñame ese vídeo ahora mismo!
Temblando de miedo, Lola encendió su tablet y se la pasó a su madre. Ya tenía preparado de antemano el video y el programa de reproducción, así que Rita solo tuvo que tocar la pantalla para contemplar las tórridas imágenes protagonizadas por los dos muchachitos peliblancos.
El video no duraba más de un minuto, pero era elocuente y explícito. Rita se puso de todos colores y comenzó a hiperventilar. Se sentía iracunda, avergonzada, y muy mortificada. Su hijo, un tierno bebé hasta hace algunos años, estaba protagonizando una escena digna de una fuerte película pornográfica.
Súbitamente, tuvo ganas de vomitar. Aventó la tablet a la cama de Lola y se cubrió el rostro con las manos. Lagrimas de ira y vergüenza comenzaron a correr por sus mejillas
- No... -pensó-. Mi bebé no... ¡Es un niño, maldita sea! ¿Cómo es posible que...
En ese momento, sus pensamientos se interrumpieron. Reflexionó por un momento, y se puso todavía más furiosa que antes.
- ¡Claro! Lincoln nunca fue así, hasta que esa... Esa...
Ni siquiera pudo pronunciar la palabra en su mente. Por un momento, pensó que sangraría por la nariz. Sus oídos empezaron a zumbar y se volvió hacia Lola, quien todavía la miraba con expresión de terror.
Rita tomó a su hija por los hombros y la sacudió.
- ¿Dices que Luan te mandó el video?
- S-si mamí...
Cerró los ojos y soltó a la niña. Se pasó la mano por la cara y salió a trancos de la habitación.
- ¡Luan! ¡Luan Loud!
Sus gritos comenzaron a resonar inmediatamente por el pasillo. La pequeña princesa cambió su rostro de temor por otro de profunda y malsana satisfacción.
- ¡Eres una maldita, Lola! -gritó Luan, cuando se la topó por el pasillo-. ¡Te dije que yo decidiría lo que íbamos a hacer con el video!
Lola la miró directamente a los ojos. Obsequió a su hermana con una sonrisa despectiva y llena de dientes.
- Y yo, te dije que me iba a hacer cargo yo misma. ¿Recuerdas?
Luan estaba furiosa. Su madre le había dado tal cachetada, que todavía tenía marcados los dedos en la mejilla. Tomó a la pequeña princesa por los hombros y parecía decidida a golpearla.
- ¡Te voy a...
- ¡Alto ahí, comediante de pacotilla! Si me tocas aunque sea un solo cabello, le diré a mamá y ella se hará cargo de ti. ¡Métete a tu habitación, o le diré a mamá que estabas en el pasillo escuchando!
Luan rechinó los dientes y azotó la puerta de su habitación. Sentía tanta culpa y rabia que se arrojó a su cama; se cubrió la cabeza con la almohada y empezó a llorar.
- Maldita sea. ¿Cómo me preste al juego de esa maldita mocosa enferma?
Lo de Lincoln y Linka era muy serio. Grave incluso. Pero aún así, no esperó una reacción tan terrible y desproporcionada por parte de su madre. Cuando vio los videos, amenazó con sacar a Linka de la casa para siempre. Nunca la había visto tan enojada. Los tímidos intentos que hizo por defender a la parejita, fueron recompensados con una cachetada que hizo que sus brackets se enterraran en la parte interna de sus mejillas.
No había nada qué hacer. Solo llorar, orar y esperar. ¡Ojalá que Lincoln y Linka pudieran perdonar su estupidez algún día!
Rita mandó a todas a su habitación, excepto a Lori. Si Leni hubiera tenido un poco más de juicio e inteligencia, también la hubiera involucrado a ella. Todos los mayores de la casa tenían que saber lo que estaba pasando con la linda parejita.
- Mamá, ¿qué pasa? -dijo Lori-. ¡Nunca te había visto tan enojada!
Rita iba a responder, pero oyó algunos débiles cuchicheos en lo alto de la escalera. Subió de inmediato, y pudo escuchar que varias puertas se cerraban.
- ¡Si vuelvo a escuchar algún ruido, todas quedarán castigadas hasta el siguiente año! ¡¿Está claro?! -gritó a voz en cuello.
Lori la miró bajar. Su madre casi nunca le había producido tanto miedo.
- Pronto lo sabrás, Lori. Necesitaremos toda tu ayuda. ¡Lo que vamos a hablar con tu padre no debe salir de esta casa! ¿Está claro?
La mayor de las hermanas Loud se limitó a asentir. No comprendía absolutamente nada.
Pero una vez que llegó su padre y les mostró el video en la tablet de Lola, comprendió inmediatamente; y se comprometió a apoyar a sus padres en cuerpo y alma.
Lincoln abrió la puerta de la casa. Dejó pasar a Linka, y ambos se sorprendieron al toparse de frente con sus padres y Lori. Tenían una cara de enojo como jamás antes les había visto.
Estaban tranquilos y relajados. No imaginaban la tempestad que estaba a punto de cernirse sobre ellos.
Por primera vez en mucho tiempo, sentían que no tenían nada que temer. Su abuelo les dio muchos consejos con el mismo tono comedido y cuidadoso que estuvo empleando todo el rato. Linka a veces se sentía apenada, pero no incómoda. Al final, Lincoln tuvo la impresión de que su amada estaba empezando a crear un vínculo muy fuerte con el abuelo. Tan fuerte como el que él mismo tenía; y eso lo llenaba de satisfacción.
El era el amor y el confidente de Linka, pero a la chica le haría mucho bien tener en su vida a un adulto confiable, comprensivo y experimentado. Después de todo, ella también necesitaba...
El hilo de sus pensamientos se vio cortado bruscamente por el grito desaforado de su madre.
- ¡Por fin llegan ustedes dos! ¿Acaso estuvieron tanto tiempo con el abuelo? ¿Por qué rayos se tardaron tanto?
Los dos peliblancos se sintieron muy sorprendidos por las rudas palabras de Rita.
- mamá... ¿Qué... -balbuceó Lincoln, pero su madre le cortó la plática gritando nuevamente.
- ¡Silencio, jovencito! Siéntense en el sillón. ¡Tenemos que hablar muy seriamente con ustedes dos!
Acostada boca abajo en la cama de Leni, Linka daba rienda suelta a su llanto.
Se sentía tan culpable y avergonzada...
Sí; sabía y era consciente de que Lincoln era tan responsable como ella por todo lo que sus padres le habían echado en cara. Pero no era eso lo que su corazón le decía. En el fondo sentía que, una vez más, ella era la verdadera culpable de todo. El elemento corruptor que se metió en la vida de Lincoln, y estaba echando a perder su relación con su familia.
Una vez más se había metido en un problema enorme. La felicidad parecía escaparse de sus manos. No podía estar tranquila ni a salvo en ningún lado.
Tal vez, después de todo, sus hermanos tenían razón: era un imán para la mala suerte. Llevaba la desgracia a donde quiera iba. La gente a la que amaba sufría y acababa apartándose de ella; fuera por voluntad, o por la fuerza. ¿Acaso eso no era mala suerte? Ella era la que traía la desgracia y la mala suerte a la vida de los demás. Todo lo que le había ocurrido lo confirmaba.
Lincoln había corrido muchísimos riesgos por ella. La rescató. La protegió, hasta donde le fue posible; ¿y cuál había sido su recompensa? Regaños, golpes y humillaciones.
Tal vez los padres de Lincoln tenían razón: él estaría mucho mejor sin ella. ¡Ojalá nunca la hubiera rescatado! Al menos él estaría tranquilo, a salvo y con su familia. Sin importar lo que pasara con ella.
A un lado de la cama, un ángel rubio y de ojos azules miraba a la pequeña Linka con pena y preocupación. Podía sentir la tristeza de la niña; su desesperación y sus dudas. Y eso le partía el corazón.
Tomó uno de sus pañuelos de seda bordada y caminó lentamente hacia ella. En la otra cama, Lori estaba recostada y con los brazos cruzados. Miraba de vez en cuando a Leni y a la muchachita peliblanca. El enojo y desprecio que sentía por ella eran más que elocuentes.
- Leni. ¿Qué haces? -espetó-. ¡Te dije que no te acercaras a ella!
Leni le devolvió la mirada. Sus bellos ojos azules reflejaban pesar y molestia.
- ¿Y por qué no? Solo le voy a ofrecer un pañuelo. ¡No es un monstruo, Lori! ¡Es una niña!
- ¿Cómo puedes decir eso después de... De lo que hizo? -replicó Lori con impaciencia. No le importaba en lo más mínimo que Linka la estuviera escuchando.
- Yo solo puedo ver que ella ama a Lincoln, Lori. ¡Es una buena niña! Quizá cometió un error junto con nuestro hermanito, pero... Eso no quita todo lo bueno y lindo que ha hecho por nosotras.
Lori se dio la vuelta y apretó los dientes.
- ¡Haz lo que quieras!
Muy en el fondo, Lori sabía que Leni tenía razón. Hasta hace muy poco, ella estaba tan encantada con Linka como las demás. Era tan atenta y servicial como Lincoln, y tenía un carácter muy parecido. Incluso, se podía decir que era mucho menos rezongona.
Después de todo lo que Lincoln había hecho por ella, era lógico que se enamoraran. Pero, ¡vaya que ese amor le había traído problemas en su relación con Bobby! Las cosas se habían arreglado hacía muy poco tiempo; y ahora que sabía lo de Linka y Lincoln, no podía evitar echarle a ella a culpa de todos sus problemas amorosos. Después de todo, ella había enamorado a Lincoln. Por ella Lincol había rechazado a Ronnie Anne e incomodado a Bobby.
Por su parte, Leni se acercó a Linka y le ofreció su pañuelo con una sonrisa. La niña lo tomó, y le dedicó una sonrisa forzada.
La muchacha entendía muy poco sobre la razón de tanto alboroto. Sí: sabía que Lincoln y Linka estaban "haciendo bebés", cuando aún eran muy jóvenes para ello. ¡Cielos, si ella ni siquiera había pensado en eso! Pero, ¿esa era una razón para gritarles, insultarlos y castigarlos de aquella manera? Para ser franca, pensaba que todos los adultos de la familia estaban exagerando mucho. Después de todo, ¿quién los educó? ¿Quien se tomó la molestia cuidarlos y de hablarles sobre eso?
Miró a Linka, y sintió una enorme oleada de ternura y preocupación. Siempre que veía a Linka, no podía evitar pensar también en su hermanito querido. En lo que hubiera ocurrido si él también hubiera sido niña. ¡La de cosas y situaciones que hubieran podido compartir!
Adoraba a Linky tanto como la que más, pero Linka era alguien especial. Muy especial. Para ella, la niña era una especie de regalo de la vida. Era su amado hermanito en versión femenina, ¡y lo mejor era que ahora los tenía a los dos! ¿Qué más daba la manera en que había llegado a sus vidas? Ella, por lo menos, estaba encantada de que Linka viviera con ellos y se quisiera tanto con su hermanito. Eran hermanos y a la vez no lo eran. Parecidos, pero muy diferentes a la vez.
Pero su mamá hablaba de separarlos. Eso significaba que quería deshacerse de Linka. ¿Quizá querría darla en adopción?
Sacudió la cabeza. ¡Dios! Eso sería terrible para los dos. ¡Para todos! Mejor ni pensar en ello. Ojala que todos se calmaran aquella noche, y pensaran mejor las cosas al día siguiente.
Se arrodilló junto a Linka y le habló en voz muy baja.
- Linka...
La niña peliblanca volteó. Una lágrima resbalaba por su mejilla.
- Ánimo, hermanita. No te desesperes. Mi hermanito te quiere mucho. Mucho. Y yo también, Linka.
Linka comenzó a llorar con más fuerza todavía. Leni la abrazó, y la pequeña se dejó hacer. ¡Era tan lindo que alguien la tratara bien en aquella casa! La hacía sentir menos culpable. Menos desesperada.
Leni acarició suavemente los cabellos blancos de la muchachita, en un intento de que se relajara. ¡Le recordaba tanto a su querido hermanito!
No. ¡Ella no debía irse! Seguramente había soluciones. Tenía que haber algo que se pudiera hacer.
Una idea vino a su mente. Parecía algo muy bueno y lógico, pero la desechó enseguida. Ni pensar en contar algo así: todo el mundo pensaría que se había vuelto loca. Después de todo, ella era la tonta de la familia. Nadie tomaría en serio una sugerencia venida de ella.
Se sentía mal por ser tan inútil. Lo único que podía hacer era tratar de consolar a Linka, y cederle su cama para que intentara descansar. ¡Ojalá eso le sirviera de algo!
- No la quiero aquí, Lynn -dijo Rita, mesándose los cabellos-. ¡No la quiero! ¡No quiero que Lincoln cometa el mismo error que...
Súbitamente, la mujer calló. Incluso ahora, tras 31 años de vida, era incómodo y doloroso recordarlo.
Sin embargo, Lynn entendió su insinuación y comprendió la molestia de su esposa. De poco servía que él le hubiese demostrado que ese desliz de su adolescencia no le importaba en absoluto. Ella se seguía culpando por lo que pasó; a ella y a su madre. Y se había jurado mil veces que no consentiría que le ocurriera lo mismo a sus hijos.
- Rita, a mí tampoco me gusta pero... ¿comprendes lo que esto significa, corazón? Lincoln rescató a esa niña de una familia abusiva. De unos malditos que la culparon de...
Lynn también calló, y Rita no dijo nada al respecto. Los dos sabían muy bien que hicieron casi lo mismo con Lincoln. Era un trauma familiar que todavía no superaban, y habían hecho el acuerdo tácito de no volver a mencionarlo jamás.
- La pobre niña ya no tiene familia, ni nada -prosiguió Lynn-. Solamente a Lincoln. ¡Y a nosotros, porque aceptamos que se quedara!
- ¿Crees que no lo sé? -dijo Rita, desesperada- ¡Recuerdo cada palabra, Lynn! Y bueno... la verdad es que me pareció tan graciosa y encantadora... Algo así como la gemelita perdida de Lincoln. Pero, ¡ya viste hasta que extremo han llegado, por dios! No van a dejar de hacer... de hacer eso. ¡No se van a detener, Lynn! ¿Te gustaría tener a la amante de tu hijo en tu propia casa, cuando todavía no tienen doce años? ¿Te gustaría ver a Lincoln con un bebé antes de cumplir los trece? ¡Van a arruinar su vida! ¿Y te imaginas el ejemplo para nuestras hijas? Yo si tengo miedo de que Lola o Luna lleguen a decirnos algún día: "si Lincoln puede hacerlo, ¿porqué nosotras no?".
Lynn se llevó las manos a la cabeza. Sin duda, su mujer tenía razón pero... No le gustaba nada la idea de dejar a esa pobre niña desprotegida. ¡Ya había cometido demasiados errores en su vida, maldición!
- Maldita sea -murmuró el "patriarca" de los Loud -. Me pregunto si pudimos haberlo evitado. ¡Debimos hacerle caso a Lola cuando pudimos!
Rita suspiró, contrariada.
- Eso ya no importa, Lynn. Lo importante es lo que debemos hacer para arreglar esto. Francamente, yo no veo otra opción. Debemos darla en adopción. Seguro que Lisa puede ayudarnos a hacer la documentación necesaria.
Lynn negó con la cabeza.
- Ella no nos ayudará. Lisa los apoya, ¿recuerdas?
- ¡Bueno, pues el abogado nos ayudará! -dijo Rita, exasperada-. ¡Le pagaremos para que sen encargue de los trámites y la documentación! No podemos depender de Lisa para todo. ¡Bastante mal hacemos en confiarle el pago de las facturas!
- Está bien, amor. Entiendo. Pero... ¿Has pensado en lo que Lincoln dirá al respecto? Nuestro hijo es muy voluntarioso. Y ahora tiene dinero. Sin duda, él...
- ¡Lincoln tiene once años, Lynn! -interrumpió la mujer -. ¡Es nuestro hijo menor de edad, y no puede emanciparse solo porque él lo quiera! Creo que ya hemos abdicado de nuestras responsabilidades como padres durante mucho tiempo. ¡Y allí están las consecuencias!
Lynn bajó la cabeza y asintió. No se sentía bien con esas decisiones. No le agradaba la idea de dejar a Linka en manos de extraños, pero...
Sin duda, Rita tenía mucha razón. Quizá ni siquiera debieron dejar que Linka se quedara en la casa, en primer lugar.
Lincoln estaba furioso.
Encerrado en su habitación, había pasado un buen rato entregado a la desesperación y la tristeza; pero ya estaba superando ese sentimiento. En su lugar, se puso a pensar en todo lo que había ocurrido. En todo lo que él, y sobre todo Linka había pasado. Y entremás lo pensaba, la tristeza iba dejando paso a la rabia y la frustración.
Después de todo, ¿qué habían hecho ellos de malo?
¿Amarse? ¿Manifestar el gran amor que se tenían de manera física?
¡Caramba! ¿Qué de malo podía tener eso? ¡Incluso el abuelo les dijo que él lo había echo con su primera novia!
La verdad era que Lincoln tenía una vaga idea de las implicaciones éticas, morales y judiciales que tenía el hecho de hacer el amor a su edad. Creía saber que las leyes lo prohibían, y algo sabia ya sobre los riesgos de embarazo y enfermedad. Pero no lo estaban haciendo de manera irresponsable. ¡Se estaban cuidando, y se iban a seguir cuidando, maldición!
Los dos eran muy conscientes de que querían estar juntos. ¡Pero querían hacer mil cosas antes de comprometerse en serio! El asunto de cuidarse no era opcional, lo iban a hacer de cualquier manera.
Pero no les dieron tiempo de explicar nada.
El ataque de su padres los tomó por sorpresa. Fueron muy directos al preguntarles sobre lo que hacían en aquel cuarto cuando se quedaban solos. Linka, por supuesto, se quedó callada y roja por la vergüenza. Él intentó balbucir una explicación, pero su madre lo interrumpió y le dijo que sabían muy bien que estaban teniendo relaciones sexuales.
Eso hizo que Lincoln se molestara y tratara de negarlo. Pero Rita lo jalo de la oreja, le puso una tablet frente a las narices y lo hizo ver un video donde el y Linka estaban dándose una dosis más que generosa de placer.
Quedó tan anonadado y avergonzado, que ni siquiera sintió el dolor del tirón de orejas. Se quedó petrificado e indefenso. No supo qué decir, y su madre aprovechó para desquitar su coraje y decirles muchas cosas hirientes e injustas.
- ¿Para eso la trajiste, Lincoln? ¿Para tener una mujercita en casa y divertirte con ella cuando les diera la gana? ¡Pues óyeme bien, Lincoln Loud! No voy a consentir eso, ¿Entiendes? ¡Eres un niño, ella también; y ustedes no están para esas cosas! ¡Yo pensé que estaba protegiendo a una niña maltratada que se quedó sin hogar, no que estabas metiendo en esta casa a una concubina para ti!
Aquello hizo gemir a Linka, quien se tapó los ojos con las manos y se derrumbó en el suelo. Lincoln quiso consolarla, pero Rita lo atajó con sus gritos.
- ¡Quédate allí mismo, Lincoln Loud! ¡Ustedes dos no se van a acercar a un metro de distancia mientras estén en mi casa!
Esto hizo que Lincoln reaccionara por fin, y le contestó a su madre levantando la voz.
- ¡Pensé que esta también era mi casa!
- ¡Lincoln! -terció Lynn-. ¡Te prohíbo que le hables así a tu madre!
- ¡Pues no se está comportando como mi madre! ¡Parece que fuera mi enemiga, porque nos está tratando como si fuéramos criminales...
Rita se acercó a Lincoln. Sus labios estaban blancos por la ira. Se inclinó hacia Lincoln y cruzó su rostro con una fuerte cachetada.
- ¿Ah, sí? ¡Pues voy a empezar a comportarme como tu madre, muchachito! ¡Como debí haberlo hecho siempre! ¡Lori!
- Sí, mamá -contestó la muchacha, mirando fijamente a su hermano y tratando de no translucir su desazón interna. Su madre nunca les había puesto una mano encima, y aunque quizá Lincoln se lo mereciera por su insolencia, no era agradable ver cómo le pegaban a su hermanito. Por más que estuviera resentida con él.
- Llévate a Linka a tu cuarto. Que duerma allí. Yo me voy a llevar a Lincoln al suyo; y mañana les diremos a los dos lo que vamos a hacer para resolver este asunto.
- Sí, mamá -repitió Lori, y se acercó a Linka. La niña se levantó del piso y caminó con mansedumbre hacia el cuarto de Lori. No dijo nada. No quería complicar la situación más de lo que ya estaba. Lori no le dirigió la palabra en ningún momento.
Lincoln se frotaba la mejilla, ahí donde su madre lo había golpeado. No dijo nada; pero estaba tan triste que le dirigió una mirada cargada de resentimiento.
- ¡No me mires así, jovencito! Ahora te vas a dormir, y mañana arreglaremos este problema. Tienes prohibido acercarte al cuarto de Lori y Leni, ¿entendiste? Si lo haces, vas a descubrir qué tan madre puedo ser en realidad. ¡¿Oíste bien?!
Lincoln siguió sin decir nada. Caminó hasta la habitación escoltado por su madre. Cuando la puerta se cerró, se tendió en la cama y comenzó a llorar por la vergüenza y la frustración que sentía. Más que nada le preocupaba Linka. No estaba seguro de que fuera a ser muy bien tratada por su madre o por Lori. Solo lo consolaba el hecho de que Leni estuviera también en la habitación. Quizá no era muy brillante, pero tenía un gran corazón. Confiaba en que su hermana impediría que le hicieran demasiado daño a su Florecita.
Cerró los ojos. ¡Otra vez le había fallado a Linka! ¡No pudo protegerla cuando más lo necesitaba!
O... ¿Quizá sí?
Poco a poco, entre las sombras de su desesperación y su enojo, Lincoln empezó a concebir un plan. Todavía tenía un par de cartas que jugar. Tenía que volver a hablar con sus padres. Era necesario decirle las cosas como eran, y hacer que los escucharan.
Y si lo obligaban, no dudaría en atacarlos. Los expondría a sus más grandes culpas, y a las deudas que tenían con él. Solo tenía que esperar hasta la mañana siguiente.
Nos acercamos al clímax definitivo de esta historia. ¿Funcionará el plan de Lincoln? ¿Será suficiente para modificar una decisión que parece irrevocable? ¿Qué ocurrirá en el futuro de nuestros queridos amigos peliblancos?
Paso a responder las reviews del capítulo anterior:
Marati2011. En efecto, amiga. Creo que tus apreciaciones son justas. Por supuesto, comprenderás que no puedo decirte nada más en este momento. Espero que la lectura haya sido de tu agrado.
t10507. Gracias por tu comentario, amigo. En efecto, ya ves lo difíciles que se han puesto las cosas. Y todavía no llega el clímax, amigo. Muchos saludos.
Sergex. Bueno, amigo... Ya me dirás ahora que tan bien siguen las cosas. De verdad que Lola creó un completo desaguisado :-(
Guest. "El cuerdo duda de su cordura, mientras que el loco está completamente seguro de ella".
Esta frase te queda perfecta, amigo. Buena suerte. De verdad que la necesitaras ;-)
Linkassault. Así es. Aquí el primer episodio de la guerra. Faltan los otros, y su destino final.
Y claro, a veces no viene mal una pequeña ayuda. Muchos saludos, amigo. Espero que tus cosas marchen muy bien por allá :-D
