La llegada de la tarde la había tomado por sorpresa, no porque no la esperase, no. Más bien, aquel día no había visto siquiera la luz del sol.
El senador Graco tendría invitados de prestigio aquella noche y todo debía estar listo sin pretextos ni demoras.
Después de arreglar la última de las estancias a ocupar, Echo al fin pudo dirigirse cansadamente a las estancias privadas de la dómina de la casa para escoger las sedas y alistar las joyas que aquella noche sabía que iba a utilizar.
Se encontraba especialmente cansada aquellos días y desconocía principalmente la razón. Existían varias causas posibles, las cada vez mayores exigencias de Maya, el trato deprorable que recibía de Graco y el voraz e insaciable apetito de Finneus entre ellas.
Cuando sacó las sedas de color pastel con brocados dorados y las acercó al lecho dejándolas cuidadosamente sobre él, sintió como unas pegajosas manos se deslizaban desde su cintura hasta descender y como el cuerpo de Finneus se pegaba al suyo desde atrás.
El estomago se le revolvió y una punzada de dolor le atenazó el corazón.
Aquel olor tan característico suyo, aquellos costosos y extravagantes perfumes de ébano traídos exclusivamente para él hacían que su sola cercanía fuese insoportable.
—Mi hermana tiene buen gusto para elegir, no tanto como yo pero espero que algún día encuentre al hombre adecuado que enderece su camino...—susurro en su oído hundiendo sus dedos sobre la tela sobre su zona más intima consiguiendo que de los labios de Echo brotase un siseo de dolor—. He oído que el invitado de mi padre ha estado prestándote cierta atención...
Echo que tan solo sacudió la cabeza quedamente sintiéndole respirar en su cuello, tembló.
—Dómine, yo... me pidieron que curase sus heridas, que atendiese sus necesidades y...
Finneus que la hizo girar en aquel instante bruscamente al oírla, le soltó tal bofetón que Echo cayó contra la pequeña mesa de arce que yacía junto a la cama y golpeándose en el rostro cayó al suelo comenzando a sangrar.
Finneus que endureció su rostro al escucharla se inclinó agarrándola fuertemente del pelo, a lo que ella gritó.
—¿Sus necesidades? —rugió él arrastrando las palabras con gesto odioso—. ¿Quién es el dómine de esta casa? ¿Quién zorra estúpida? —le gritó antes de pegarle nuevamente con la mano en el rostro sin soltar su abundante cabello—. ¡Yo soy el dómine, yo! ¡No él! ¡Él no es nada, tan solo un mero tratante sin valor que ha terminado obteniendo el favor de mi padre por capricho de mi hermana!
Echo que trató de cubrirse temblorosa la cara con las manos ya había comenzado a sollozar cuando arrastrándola del pelo la levantó de golpe haciendo chocar sus pantorrillas contra la cama.
—¡Mis necesidades son las que te deben importar! ¡Las mías, no las suyas! ¡Las mías, zorra estúpida!
Maya que entraba en aquel momento en sus estancias cambió su rostro al verles allí así.
—¿Pero qué hacéis? —preguntó con la sorpresa marcada en el rostro.
Finneus que no apartó sus ojos del rostro de Echo con desprecio terminó soltándola bruscamente contra la cama.
—Padre está a punto de recibir a la bruja Albino y a sus hijos, ve a prepárate Finneus quiere que les recibas con él.
Finneus que se miró la caliente sangre en la mano frotando la yema de sus dedos contra su pulgar para deshacerse de ella, arrugó la nariz y se miró la túnica viendo algunas salpicaduras en ella.
—Estúpida puta... —farfulló saliendo precipitadamente de allí para ir a cambiarse.
Maya que le vio marcharse puso una expresión desentendida en su cara antes de fijarse en el vestido que iba a utilizar para la ocasión.
—¿Lo has manchado? —le recriminó a Echo viendo unas pocas gotas de sangre sobre él y sobre las sabanas de la cama—. ¡Oh, por Juno bendita! —se acercó rápidamente ella para cogerlo entre sus manos examinando que no tuviese más manchas—. ¡Quería impresionar al hijo de los Albino está noche!
Echo que trató de levantarse y tapar con la mano la herida de su rostro que sangraba sin parar quiso acercarse a ella entre lágrimas pero Maya apartó la seda y el vestido.
—¿Cómo puedes ser tan estúpida? —le gritó ella lanzando el vestido de mala manera al suelo para dirigirse al vestidor y coger otro—. ¡De no tener prisa, te azotaría hasta hacerte sangrar de verdad! ¡Lárgate de aquí, lárgate no quiero verte tocar mis cosas más! ¡Fuera!
Echo que no pronunció palabra alguna y que apenas veía sintiendo su mirada turbada por las lagrimas y la sangre, se marchó rápidamente de la habitación, escuchándolo aún gritar y maldecir.
¿Cuánto tiempo más iba a poder soportar aquello?...
¿Cuánto tiempo más, la desdicha, el maltrato y el dolor iban a ser el pan de cada día para ella?...
¿Cuánto tiempo más iba a tolerar tanta crueldad?...
La respuesta que acudió a su mente fue sencilla, casi efímera pero terminante, directa.
No aguantaría, no mucho más...
No más...
Continuara...
