CAPÍTULO TREINTA Y SEIS:

"No importa cuanto tiempo pase, uno nunca puede huir de la verdad"

Adolorida, resintiendo el impacto del suelo contra su costado, atrapada por el ardor del aire comprimido en sus lóbulos pulmonares, sin poder moverse. Zelda solo apretó con mayor fuerza sus párpados, tras envolver su cuerpo en posición fetal, luchando por respirar y salir de aquel terrible calvario.

- Levántate -

Comandó Topaz impávida ante la reacción de la doncella, molesta por la falta de acciones de su pupila y la carencia de respuesta ante sus palabras.

Sintiendo aquella mirada abrazadora sobre su persona, la princesa trató de incorporarse, más al minúsculo movimiento de sus músculos, aquel dolor volvió a someterla, incapacitándola, robándola de cualquier pensamiento.

Paul, quien había estado atento y acompañando a la joven en su entrenamiento, no puedo evitar mostrar una mueca de desaprobación ante el rudo y agresivo comportamiento de la Sheikah con la noble, sintiendo como su corazón era estrujado ante la expresión de angustia y aflicción que mostraba la faz de la doncella.

- Dale tiempo Topaz, apenas esta aprendiendo – intercedió con voz pausada, luchando con el extraño sentimiento que se había apoderado de él en aquel momento.

Enojada por las palabras del narrador, cerrando sus dígitos sobre sus palmas, la experta combatiente se acercó con lentos y seguros pasos hasta donde se hallaba tumbada su nueva pupila.

- Y tiempo es lo que no tiene, con cada día que pasa la oscuridad se vuelve más fuerte y pronto tendrá que enfrentarla -

Manifestó molesta y de manera cortante la guerrera, mientras continuaba viendo como la chica luchaba por regularizar su respiración, sin éxito alguno.

- ¡Es una niña, ella jamás ha tenido un trató así, fue criada por la realeza! –

Expresó angustiado y fastidiado el narrador de historias ante la tajante respuesta de la Sheikah, en un vano intento para hacer entender a la guerrera la situación de la princesa, deseando que fuera más tolerante con ella.

- Excusas – replicó seria Topaz, mientras observaba con frialdad a la reencarnación de la diosa. – ¿No que deseaba ser diferente, dejar de ser una carga y mostrar su valía?.. Puras mentiras -

Herida por aquellos vocablos, despabilada por el escozor que habían producido sobre su corazón, sobre su propia alma. Sin meditarlo, impulsada por aquel coraje que como líquido hirviente recorría sus venas, lentamente Zelda comenzó a levantarse, apretando con fuerza sus dientes, rechinando sus molares, callando los quejidos que su garganta deseaba producir por el inmenso dolor que era mover cada uno de sus músculos. Cada impulso, cada acción creo un delirio contra sus sentidos, instigándola a detenerse, a darse por vencida, mas aquel férreo ardor, aquella llama que había sido despertada, la obligaban a hacer todo lo contrario, a probar que ella no era una niña mimada, un objeto de cristal, un copia de la blanca deidad que necesitaba ser protegida, atendida como una muñeca de porcelana, incitándola a demostrar su fuerza propia.

- Yo… soy… diferente -

Pronunció la princesa con entrecortadas respiraciones al incorporarse, retando con su mirada a su tutora, mostrándole el ardor que escaldaba en su cuerpo.

- Demuéstralo - Replicó Topaz con un gesto de superioridad, inmutada ante la férvida mirada de la doncella. Retándola con su lenguaje corporal, incitándola atacarla.

Iracunda ante la acciones de la Sheikah, controlada por aquel arrebato de furia que la alimentaba, en un raudo movimiento arremetió contra la guerrera, ignorado por completo la trampa en la cual había caído.

Leyendo los movimientos de la doncella, Topaz con un ágil y casi felino reflejo, giró su cuerpo abriendo lentamente la separación de sus piernas, dejando que el puño cerrado de la chica pasara por un costado suyo, atrapando el frente de su vestimenta con una de su manos, mientras que con la otra, hacia presión sobre su codo. Aprovechando el momento de desconcierto de la joven para estirar su pierna derecha por la parte trasera de los muslos de la noble, al tiempo que la empujaba, desbalanceándola y derribándola contra el suelo.

Conmocionada y adolorida por el impacto, Zelda permaneció inmóvil por un par de segundos, tratando de comprender cómo es que había regresado de nuevo a la solida superficie, sin poder procesar que había sucedido momentos antes.

-¿Eso es todo? No eres más que una perdida de mi tiempo – manifestó con reproche la Sheikah, dándole la espalda.

Incrédula y molesta por su fallo, irritada y nublada por la adrenalina, la princesa se incorporó, volviendo a lanzarse contra la diestra guerrera, quien tras un par de simples acciones, nuevamente la abatió, aventándola con mayor fuerza a la tierra.

Maldiciendo a las diosas y su debilidad, la cansada aristócrata trató de ponerse en pie, pero sus articulaciones parecían no hacerle caso, doblegándose ante la presión y peso que sometía en ellas. Humillada, sintiendo como impotentes lágrimas escurrían por sus ojos al tiempo que su vista se nublaba por el calvario que expresa cada célula de su ser, sin poder moverse, quedando completamente derrotada, llenó sus puños con la seca tierra al tiempo alzó su rostro, buscando las rojas pupilas de su mentora.

-¿Por qué? –

Cuestionó enojada y decepcionada, sin poder seguir conteniendo aquellos sentimientos de frustración, de coraje e impotencia que la inundaban.

- La furia no resuelve nada, la verdadera fortaleza proviene del deseo de tu alma -

Explicó pausadamente Topaz a la doncella, al tiempo que se arrodillaba frente a ella y le extendía una de sus manos en gesto de ayuda.

Atrapada en aquella hipnótica mirada, sin saber como tomar aquellas palabras, la joven bajó su vista hasta donde había posado sus manos, notando las raspaduras y las sangrantes laceraciones que había en ellas. Aún confundida, sin saber que entender, Zelda lentamente tomó la mano de su tutora, la cual con un gentil y raudo movimiento la levantó. Sintiéndose inmediatamente avergonzada de si misma, por los oscuros pensamientos que la había asaltado en contra de la guerrera de las sombras, pero sobre todo, por la infantil actitud que había tomado hace unos momentos, demostrando su falta de autocontrol y disciplina.

- El deseo del alma -

Pronunció la doncella en voz baja a sí misma, intentado reflexionar en aquellos vocablos, que sonaban tan vacíos y fuertes, los cuales crearon una extraña sensación dentro de ella. Una que la obligaba a cuestionarse cual era su verdadero deseo, qué era lo qué ella más anhelaba, por lo cual estaba dispuesta a luchar a morir, invocando inconscientemente la imagen del inmortal paladín.

Una terrible punzada estremeció su corazón ante el recuerdo de su protector, del hombre que se había convertido en una parte esencial de su mundo, por el cual comenzaba a experimentar tan nuevas y contradictorias sensaciones, como las que la inundaban en aquel momento.

Amaba al caballero, no podía negarlo, pero aquella emoción también la embragaba de dolor y angustia, atrapándola en un mar de indecisiones que la ahogaban constantemente, que la sometían a un profundo abismo. Ella lo quería, pero estaba segura de que el guerrero no compartía su sentimientos. Link estaba completamente enamorado de su Diosa, de aquella mujer que había significado su todo, su vida, su alma, su único anhelo. La cual le había sido arrebata de manera tan insólita y cruel, atrapándolo para siempre en aquel destino, que sin importar el dolor, el suplicio, el desconsuelo que este le causaba, seguía adelante con su misión, con su trabajo, luchando, confortando aquella terrible entidad solo por cumplir una promesa, por continuar el legado, el deseo de su amada. El eterno paladín no peleaba por el bienestar del mundo, por hacer lo correcto, ni por ser un héroe, el continuaba luchando por Hylia, todo lo que él era, lo que hacía era por ella, sin importar el precio, el daño que este le causaba, porque él la amaba.

Una verdad que la hacía cuestionarse entonces porque debía pelear, para qué hacerlo, ella no tenía nada, lo había perdido todo y pasara lo que pasara, al final estaría sola, pues sabía bien que aquel conflicto no terminaría hasta que derrocara a su hermano del poder, significando acabar con la vida de su propio fraterno, del único familiar que le quedaba.

Embargada por el duelo de aquel pensamiento, no deseando mostrar como es que estos la afectaban, la noble doncella se alejó de su maestra y el narrador, mientras caminaba con pasos lentos y tambaleantes buscando el consuelo de la soledad, donde sabía que podría hallar las respuestas que la atormentaban.

Empática a las emociones de su pupila, entendiendo que esta necesitaba un momento para poder encontrar su centro, aquel impulso que la llevaría a alcanzar su potencial, solo aguardo silencio, deteniendo las palabras que tanto deseaba expresarle, de comunicarle en aquel instante, pero conocía bien que estas no solo no serían bien recibidas, sino tampoco comprendidas, obligándola a guardar silencio.

- Tan joven y con tanta responsabilidad -

Comentó el maestro de las historias, mientras veía con nostalgia como la silueta de la chica desparecía de su vista. Cuantas veces más tendría que presenciar aquella tristeza, aquella desolación, era a caso que no había manera de poner final aquel interminable ciclo de tormento y de dolor. Serian las diosas tan crueles para permitir que esto continúe como hasta ahora, era a caso un castigo de las divinidades, la muestra de su descontento y furia que les había causado las acciones de la Diosa blanca al ir en contra de sus deseos, rompiendo las reglas ancestrales. Sea cual fuera la razón por la cual estas se empeñaban a crear aquel calvario, de algo estaba seguro el silencioso hombre, era que no había voluntad alguna que pudiera continuar soportando tanto daño.


*** A las Orillas del Lago Hylia ***


Resintiendo la intensidad de la luminosidad en sus pupilas, sin poder detener el reflejo de cerrar sus ojos, el inmortal guerrero alzó su mano contra su rostro, buscando apaciguar con la presencia de la sombra que esta creaba, el malestar que lo cernía.

A pesar de la pasiva y reconfortante presencia del astro rey y el calor que este emanaba sobre su cuerpo, el perpetuo caballero solo guardo silencio, buscando en el basto firmamento las interminables y tormentosas respuestas que tanto anhelaba.

- Link -

Despabilado de sus ensoñaciones por la delicada voz de su amiga, no deseando seguir profundizándose en aquel abismo que amenazaba por consumirlo. El aludido guerrero giró su rostro buscando la presencia de su diminuta compañera.

Ante el vacío de aquellas cristalinas pupilas, robada del aliento, sin poder decir nada Navi no puedo evitar estremecerse al contemplar como aquellos zafiros iris que siempre había mostrado una fuerte y determinada chispa, ahora se encontraban desoldados.

Reaccionado ante el gesto de su compañera, abatido, sin animo de comunicar sus emociones, Link regresó su mirada al frente al tiempo que dio un largo suspiro. Tratando vanamente de alejar la fatiga interna que lo embargaba en ese momento, ínfima acción desprovista de real sentimiento, ya que no contenía ni ánimo o energía para luchar contra aquel desamparo que lo atormentaba.

Con el alma partida y sin fuerza para mantenerla unida, el inmortal paladín solo trataba de huir de las palabras, de los recuerdos, de la situación en la que se encontraba en aquel momento, sintiéndose completamente destruido, roto, sin razón o un sentido, en un eterno debate, del cual yo solo deseaba escapar. La última batalla había robado más que solo su energía, sino también había cambiado algo dentro de él, un idea que por muchos milenios había hecho a un lado, pero que inequívocamente alimentaba sus más oscuros temores. Abatido ante la presencia de la fatiga que se mezclaba con aquel mar de emociones, consiente de su roll, de la función que tenía en aquel juego imparable de las diosas, no le quedaba otra opción que hacer lo que siempre había hecho siempre… resistir, más la pregunta que comenzaba a atormentarlo era, si es qué aún podía lograrlo.

Nunca antes había dudado, siempre en su mente había creado un mundo ideal, aquel momento en que nuevamente estarían juntos, donde tras tanto sacrificio y dolor podrían tener aquel instante, el futuro que siempre habían soñado. Pero ahora, ya le era difícil poder imaginarse aquella conjetura, con cada día que pasaba, con cada año, poco a poco aquel anhelo había empezado a desaparecer lentamente como la nieve ante el calor, dejando tan solo el frió vestigio de un recuerdo, uno que lentamente se llenaba de amargura, hasta convertirse en un desfigurada ilusión, sin sentido, si razón, una a la que seguía aferrándose, sin saber ni cómo o porqué, ya que temía que sin ella, no había razón de continuar existiendo.

Sintiendo como la sangre se helaba dentro de sus venas, al tiempo que corazón se detenía en su pecho, sin poder detener la reacción que lo dominaba, Link cayó lentamente sobre su rodillas, completamente absorto y abatido por aquel terrible y cierto pensar. Haciéndolo cuestionarse la razón por la cual seguía aún aquel mundo, el continuar luchando en una perpetua afronta sin sentido, sin salida, sin esperanza alguna, sin nada, como una simple marioneta, una pieza más sin sentido en el juego de la Diosas.

"Si pudieras entender mis sentimientos, serías capaz de comprender el cansancio y la necesidad de poder encontrar la paz"

Esas habían sido las simples y tranquilas palabras que le había dado Majora cuando le cuestionó su razón de actuar. Unas que no había comprendido hasta ese momento, al encontrarse con la cruel realidad de estar atrapado en una eterna vida sin esperanza, sin motivos, sin metas, sin nada, siempre en la soledad.

Angustiada ante la reacción del paladín, Navi voló a su lado llamándolo urgentemente una y otro vez, más este parecía haber no escucharla, sino todo lo contrario, se sumergía más y más en aquella actitud que lo consumía, opacando su aura y energía.

Embargado en aquel abismo, postrado, Link solo pensaba en aquella triste realidad, su amada, su Diosa, su Hylia estaba muerta, y nunca más volvería a verle. Todos sus planes, sus deseos, no era más que eso, estúpidos idealismos, fantasías que había creado que al final nunca serían cumplidas. No importaba cuanto lo deseara, cuanto lo anhelara, el pasado no podía cambiarse, no había manera de volver aquellos días, de volver a disfrutar de esos momentos, de volver a sentir su calidez, su pureza, su amor. Atrapado eternamente en un existencia sin ella, sin nada.

"Al igual que tu, también soy un implemento más del deseo de las diosas, un criatura castigada por sus reglas y cadenas… En este interminable juego"

Un incontenible furia se despertó dentro del caballero al recordar las palabras que le había pronunciado aquel ente, las cuales nunca habían sonado tan verdaderas, tan certeras. Todo era culpa de la Diosas, ellas se había negado a cumplir su deseo, a pesar de haber obtenido el poder de la trifuerza, de haber demostrado su valía, su lealtad, su devoción, estas lo había traicionado, negándole no solo el devolverle la vida a su amada, sino el poder estar con ella en la muerte. Todo era su responsabilidad, el sufrimiento que el vivía, el dolor que lo atormentaba, la sangre que manchaba sus manos, el peso de las almas que había destruido, pero sobre todo, el calvario que sentía en aquel momento, el cual lo condenaba eternamente.

Inconscientemente el guerrero apretó sus puños, mientras la ira como fuego líquido se extendía por sus venas, llegando a cada parte de su ser, inundando su alma, contaminándola con aquel extraño sentimiento de pesadumbres, de perdida que era imposible de continuar conteniendo.

Asustada y afligida por los cambios que había en su amigo, haciendo a un lado su instinto de preservación, la pequeña hada tocó el rostro del caído paladín, uniendo su conciencia y emociones con las del inmortal guerrero. Una fuerte ola de sentires azotó contra la frágil figura de la nereida, haciéndola debilitar su resolución al percibir aquel mar de impresiones que profundizaban a su amigo y compañero, haciéndola por primera vez consiente del peso, del calvario diario al que estaba siempre sometido, al que ha vivido desde el momento en que había ganado su eternidad.

- Link -

Pronunció con ternura y simpatía, Navi sin poder evadir la tristeza y pena que despertaba en ella, al saber los verdaderos sentimientos de héroe.

- No estas solo, nunca lo has estado-

Manifestó la azul hada, luchando contra aquella oscura corriente, tratando de transmitir sus pensamientos, su propia experiencia, su indudable cariño y lealtad. Mas sus esfuerzos parecían ser en vano, ya que cada intención era destruida y eliminada por aquella oscuridad y furia. Una que se alimentaba constantemente de una natural fuente, su odio a su inmortalidad, a la capacidad de no poder hacer nada más que ver continuamente aquellos que amaba y que eran importantes para él, partir de aquel plano existencia, envidado su mortalidad.

Actuando involuntariamente ante los esfuerzos de su amiga, aún sumergido en aquel abismo, Link no puedo evitar recordar cada uno de los rostros, de las almas y seres que habían convivido a su lado. Cuántas Eponas no había criado, y cuántas más no vería partir, al igual que cuántas guerras no presenciaría, a cuántos más no advertiría morir, verlos envejecer, para sentir la pena de sus miradas al saber que ellos descansaban de cumplir un ciclo, mientras él aún debía permanecer ahí, inmóvil, incólume por siempre solo, sin esperanza, sin razón, sin nada.

Imposibilitada ante aquella tormenta, frustrada de poder ayudarle, de fallarle de aquella manera, Navi aferró con mayor fuerza sus manos, mientras luchaba por seguir transmitiendo sus emociones, suplicando a las Diosas, a la misma Hylia que la ayudaran en aquel momento.

"Sino puedes creer en ti mismo, solo necesitas creer en mí… En aquel amanecer, en la oportunidad, en la esperanza misma… En mi amor por ti"

Despabilando al escuchar la sincera y melodiosa voz de su amada Diosa, Link inspiró profundamente el fresco y frió aroma de campo, sintiendo como con el paso de aquella brisa en su interior se perdían las cadenas de aquella oscuridad sobre su cuerpo, así como la ira desaparecía lentamente, embargándolo con un agridulce sentir, uno que lo llenaba de felicidad y tristeza. Siempre había creído en ella, había veces que dudo de si mismo y de sus capacidades, pero nunca de la mujer que le había dado todo, a quien le debía su vida. Razón por la cual continuaba en aquella afronta, por la cual seguía andando sin destino, en aquel eterno camino sin saber hasta cuando, sin poder descansar, alimentado solo con su recuerdo, con el vestigio de que al sentimiento que alguna vez compartieron.

- ¿Por qué Hylia, hasta cuando será suficiente? -

Murmuró abatido y taciturno el solitario hombre, sin poder evitar hundirse lentamente en aquel mal de desesperanza, en aquellas memorias que ahora solo lo embragaban de pena y amargura, incitándolo continuamente a rendirse, abandonarlo todo. Que razón había para continuar, para seguir, cuando todo lo que amaba, todo lo que siempre había deseado nunca sería posible. Es qué a caso ya lo había perdido todo, hasta su propia esencia.

Aprisionado por aquel pensamiento, ya sin afán de persistir, de existir, el inmortal guerrero inspiró profundamente buscando desaparecer en aquel momento, de volverse uno con el tiempo, con el ambiente, convertirse en una efímera ráfaga de viento.

"Yo no soy como ella"

Fueron las fuertes y decididas palabras que llenaron su mente, al invocar la imagen de la actual princesa del reino, de aquella simple joven, la cual había enfrentado un cambio total de su mundo, que en un simple parpadeo había perdido no solo a su padre, sino a su familia, su hogar, su seguridad y la vida que siempre había llevado, para afrontar una mayor responsabilidad, una labor que nunca deseo, que jamás imagino, que solo la colmaría de dolor, de tristeza, de soledad.

- Zelda – murmuró inaudiblemente el caballero mientras su corazón se estremecía con tan solo pensar en ella, en expresar su nombre, aquella flor que había nacido en la adversidad. Frágil y simple, que luchaba día a día por cambiar, por ser alguien que no era, que él deseaba que no se convirtiera, que lo llenaba de esperanza, de ilusión, de promesas. Mas no podía evitar sentir miedo, angustia de lastimarla, de herirla, de mancharla con el dolor y la tristeza que cargaba perpetuamente.

- Ahora entiendo lo que tu sentías en aquellos momentos Hylia, tu una inmortal, una Diosa, y yo un simple hombre –

Musitó el caballero mientras alzaba su mirada al firmamento, recobrando por un breve instante aquella luz, que había desaparecido en sus pupilas.


*** En la aldea de las sombras ***


Controlada por la incertidumbre y los demonios internos que la atormentaban, lentamente la princesa caminaba sin rumbo fijo por el pequeño poblado, sin apartar la mirada hacia el suelo y avanzando solo por inercia continuó su camino hasta que golpeó con una pequeña figura.

- ¡Fíjate en lo que haces! -

Amonestó Maple enojada a la noble, mientras se levantaba bruscamente sacudiendo sus ropajes y recogiendo los pergaminos que había tirado en el choque.

Despabilada por la osca voz, avergonzada de sus acciones, Zelda inmediatamente comenzó ayudar la hechicera, la cual solo la ignoraba. Tratando de mostrar su arrepentimiento, ganando solo una oscura y seria mirada, así como un gesto de desaprobación y enfado.

-Yo, lo siento en verdad… -

-¿Es que acaso no sabes hacer otra cosa que disculparte? Lo hecho, hecho esta y el daño no puede ser remediado -

Interrumpió la zagal maga, al tiempo que observaba a la doncella con cuidado y desdén. Ya que en verdad no podía creerlo, no entendía cómo era posible que aquella mujer había sido elegida por las Diosas, en especial en aquellos momentos donde el poder de la oscuridad cada vez se hacía más profundo y fuerte, es que a caso habían perdido todos la razón. Sin poder seguir conteniendo el coraje y la furia que crecía dentro de ella, conociendo el destino y la labor que tenía por delante ahora que había fallecido su abuela, con desdén aceptó la responsabilidad que recayó en sus hombros.

-Sígueme -

Expresó con resignación Maple, continuando con su camino hasta la pequeña y descuidada casa que había tomado como hogar temporal y lugar para continuar con su trabajo de magia.

Sin poder entender la actitud de la chica, ni negarse ante aquel comando, la princesa la siguió en silencio, desconociendo la razón por la cual era tratada de esa manera.

Intrigada ante la actitud de la joven maga, Zelda la acompañó en silencio, apreciando la diferencia de aquel pueblo en comparación al palacio y su ciudadela. Las calles se encontraban prácticamente desoladas, con poco movimiento, los aldeanos vivían en una paz y calma, así como un extraño silencio, uno que englobaba el misterio de la vida de aquellos habitantes. Sintiéndose extrañamente cohibida por aquel profundo velo, la noble apresuró su paso, tratando de escabullirse de aquellos sentimientos de inseguridad y temor que despertaban sobre ella.

-Entra-

Comandó la hechicera con voz seria, tras quitar el seguro del puerta de madera, haciendo resonar el sonido de la pequeña campanilla que estaba sobre la esquina del interior del lugar al chocar el metal.

La pequeña residencia se encontraba cubierta por una gran nube de polvo, así como todas las mesas y estantes estaban rebosantes de libros, de canastas de hiervas, tela e indistintos materiales, Todo apilado en un extraño desorden, dejando poco espacio para transitar.

- Aguarda aquí y no toques nada -

Manifestó con seriedad Maple mientras continuaba con su camino, desapareciendo tras una larga columna de tomos en la parte trasera del lugar, dejando a la doncella en completo silencio.

Nerviosa, no deseando enfurecer a la zagal, Zelda miró con detenimiento sus alrededores, parándose un par de veces a examinar las plantas que había en los cestos, hasta notar como en algunas de ellos, también había partes de colas de reptiles, tentáculos y trozos de criaturas que habían sido desmembradas. Luchando contra la repulsión que se había apoderada de ella en aquel momento, apartó su vista dedicándose a examinar los títulos de algunos libros que estaban en el estante cerca de ella. Sin poder apartar su vista de algunos de los indescifrables títulos, con cuidado siguió las letras y las orillas de estos, hasta un viejo libro de pasta de piel desgastada que llamó su atención.

Ignorando como su boca se secaba y su pensamientos desaparecían de su mente, siguiendo sus instintos, con cuidado y un poco de precaución, la princesa llevó su mano hasta donde estaba el volumen, apreciando como un extraño sentimiento de aflicción y ansiedad se apoderaba de ella, al tiempo que su dígitos hacían contacto con la textura de la cubierta.

- Así que aquí has estado escondiéndote-

Asustada por la repentina y grave voz, Zelda giró su cuerpo encontrándose con las frías y rojas pupilas de la mujer a la que había considerado una madre para ella.

Arrugando el seño de su frente Impa miró con escrutinio a la doncella, apreciando los cambios que había en ella, desde la perdida del perlino color de su rostro, las cuarteaduras de sus labios, el crecimiento de los músculos de sus brazos, hasta la áspera piel de sus manos. Irritada consigo misma y las diosas, la Sheikah apretó sus labios, callando los pensamientos que deseaban desbordarse por ellos.

Sin saber como responder o comportarse ante aquella mirada, la aristócrata solo guardó silencio, luchando por no bajar sus pupilas en vergüenza como habría hecho en el pasado, recordándole sus momentos de infancia, donde la docta guerra siempre la había regañado y castigado por haber escapado de la vigilante guardia, o por regresar con la ropa y el cuerpo sucios por estar entre los establos y los jardines del palacio.

-No me escondo de nadie -

Refutó la doncella con seriedad, luchando contra el fuerte sonido del palpitar de su corazón, haciendo frente por primera vez a su tutora. Recordándose una y otra vez, que todo era diferente, que ella era distinta, que ya no era la niña mimada que vivió bajo las paredes del castillo, sino todo lo contrario que ella forjaba su propio destino, en vez de seguir ordenes ciegamente.

Intrigada por la respuesta y el brillo en las pupilas de su protegida, Impa hizo una leve mueca de sonrisa al tiempo que acercaba contra ella, como todo un depredador listo para destrozar a su presa. Sus bermellón iris oscureciéndose, resaltando los pronunciados rasgos de la líder de su clan, mostrando los años de experiencia en batalla y las cicatrices que cargaba con orgullo.

Intimidada por las acciones de la recia combatiente, apreciando como sus manos y articulaciones comenzaban a temblar ante aquella soberbia y potente figura, tragó en seco, obligando a cada una de sus nervios y músculos a detener sus acciones, mientras buscaba sacar aquella fortaleza que había adquirido.

Leyendo las acciones y las reacciones de la princesa como un libro abierto, la líder del clan de las sombras no puedo evitar esbozar una corta sonrisa, marcando la satisfacción que había obtenido con su escrutinio y análisis.

- Conmigo no puedes ocultarte, yo no soy el enemigo –

Indignada, enojada, pero desconcertada por aquella palabras, la joven princesa solo bajó la mirada, apretando inconscientemente su mano, hasta casi el punto de hacerse daño. Quien era ella, quién se creía que era para tratarla de esa manera, para hacerla sentir con tanta contradicción, que no se suponía que era ella quien mejor la entendía, que comprendía su situación y ahora la acorralaba de aquella manera, como si estuviera cometiendo una equivocación, como si luchar por lo que ella quería, por lo que deseaba fuera erróneo. Cómo es que se atrevía a juzgarla de esa forma, con tal escrutinio, si no sabía nada de lo que había vivido, de lo que había pasado, el pesar que la embargaba, el dolor de la perdida de su antigua vida, el martirio de estar enamorada de un hombre que jamás les correspondía, pero sobre todo el hecho de sentirse inútil.

- No lo entiendes, nunca lo entenderás, para ti todo es fácil de juzgar, de resolver. Tu tienes tu vida hecha, has tomado tus propias decisiones, ¿porqué no puedes dejar que yo haga lo mismo? – manifestó con rauda emoción la princesa, haciendo a un lado aquel todo mar de sentimientos que la invadía, sacando todo lo que había guardado dentro de ella.

- Y crees que con llorar y esconderte bajo una mascara resolverá todo, Mírame a los ojos Zelda, que estoy hablando contigo… Crees que no me arrepiento de mis decisiones, que no cargo también con culpas y tormentos, que todo ha sido fácil para mí - Respondió la Sheika con seriedad, tomando el mentón de la doncella, obligándola a fijar sus miradas.

-He vivido incontables batallas, he visto lo cruel y obstinado que es el mundo, sé lo que estas sintiendo y la forma en la que estas actuando, no resolverá nada, lo único que lograras es hacerte daño, te consumirá hasta no dejarte nada, hasta perderte a ti misma… qué es lo que más deseas, dilo, exprésalo… -

Sin poder contener aquel sentir en su pecho, sabiendo que no había donde huir, que no podía escapara de aquella batalla, la princesa miró con la mayor seriedad que podía musitar los rojos iris de su tutora, sin poder detener las la humedad que se acumulaba en los propios.

-Ser libre, deseo poder ser yo misma… dejar de tener que estar siempre complaciendo a los demás, callando y guardando constantemente la compostura por ser alguien quien no soy, por ser la hija perfecta, la hermana, la princesa, la reencarnación de una diosa, pero nunca siendo Zelda. – expresó con voz suave la doncella, sintiendo como sus labios se humedecían por aquel salino líquido que corría por sus mejillas.

- Perfecto, quieres ser libre, muy bien hazlo, pero estas dispuesta a pagar el precio, a sacrificar lo que sea necesario para lograrlo… Mírame bien, Yo lo renuncie a todo, soy quien soy, la perfecta máquina de guerra, que solo sirve para el combate y la batalla, y eso que implicó, significo perder mi familia, perder el amor de quienes amaba, el vivir siempre en movimiento y en la soledad, utilizada solo por mis habilidades… Renuncie a todo lo que yo amaba, lo que era importante para ser la mejor, para ser quien soy ahora… Así que mírame y dime, ¿qué estas dispuesta a sacrificar? -

Aturdida por aquellas palabras, Zelda solo guardó silencio al tiempo que su mente contemplaba todo lo que había escuchado, palpando el dolor de su tutora, sintiéndolo como este tocaba su corazón, expresándole todo aquello siempre había callado y que por fin hasta ese momento revelaba. La pena, la realidad de su sacrificio, haciéndola valorar, dudar si estaba lista, si realmente estaba dispuesta a entregarse a ese nivel de compromiso.

Esperando la respuesta de su pupila, contemplando la batalla interna que habían desatado sus palabras, la docta guerra se apartó un poco, dando espacio a la doncella para poder asimilar la información que le había compartido, esperando que esta pudiera comprender, aprender de su experiencia, de sus vivencias, y tomara la decisión correcta.

-Yo… yo, no soy como tu, sé que has sufrido, que ha dolido, pero no significa que será igual para mí, porque lo que yo hago, es por amor – Replicó la elegida por las diosas, luchando contra el pesar, la indecisión y el caos que habían creado aquellos vocablos dentro de ella.

-Amor, ¿qué sabes sobre el amor y sus verdades, sino eres más que una niña? Estas bien quieres hablar de amor y sus sacrificios, en ese caso es mejor que te enteres de la verdad… Y veremos después si realmente estas a la altura de tus palabras.

Sin decir más y con un brusco movimiento la líder de los Sheikah tomó el viejo libro del estante que momentos antes estaba apunto de coger la noble, entregándoselo con fuerza, mostrando el coraje y los sentimientos encontrados que provocaba dentro de ella, el hacer aquel acto.

- Se sabía, se inteligente -

fueron las últimas palabras que pronunció la rauda guerrera, abandonado el reciento, dejando ala sorprendida y estupefacta doncella. Sin saber que pensar o como actuar en aquel momento, dudativa abrió el libro sorprendiéndose al apreciar las letras que habían escritas en sus paginas, las cuales describían los sentimientos de la Diosa Blanca.

Maple quien había guardado silencio y se había escondido tras una de las columnas de libros, solo pudo dejar salir un profundo suspiro al tiempo que cerraba sus parpados, había llegado el momento, ya no había nada que ocultar, la verdad saldría a luz y con ella se abrirían terribles heridas, se destruirían lazos y posiblemente los condenaría a todos.

-Ya no ahí vuelta tras abuela, la elección ha sido tomada -


Notas de autor: Hola a todos, me gustaria disculparme por la larga tardanza en actualizar esta historia, en verdad lo lamento. A todos mis seguidores, gracias pos su comentarios y sus frases de apoyo, no me olvidado de esta novela y la llevare hasta su final, no se precupen.

Por otras parte, para algunos que me han hechos lagunas preguntas:

LordFalconX: Me ha soprendido mucho que te has dado cuenta del nombre del General Romel y mi fasinación por el, como bien lo dices el Zorro dle desierto no solo fue uno de los seguidores más importantes de Hitler, pero fue de los pocos hombres que se negaron aceptar la doctrina Nazi, tan es así que fue el único comandante que se nego a ejecutar las ordenes de asesinar a sangre fría a quines se rindieran el campo de batalla, además de que era un comandante respetado por sus hombres y odiado por sus superiores por el gran apoyo e influencia que tenía sobre los solados. Demostrando que aún en la guerra existe la calidad humana, y que ellos no interferia con la estrategía y la capacidad de conquistar y ganar una batalla.

Además de que así se llama mi Gran Danés negro XD...

Sin más que decir, me despido de ustedes y nos vemos en el siguiente capítulo...