Un Condenado y Maldito Error
Los personajes de Kuroshitsuji no me pertenecen.
Capitulo 36, Suposiciones
Me encontraba nuevamente en las puertas del infierno donde todo había comenzado desde mi regreso al inframundo, lugar al que llamaba mi hogar. Inhalé profundamente por última vez en quien sabe cuánto tiempo el ácido olor a azufre tan característico de los demonios, olor que me provocaba placer y repulsión al mismo tiempo y que sin dudas extrañaría ni bien pusiese una vez más los pies sobre la Tierra. También extrañaría mi verdadera forma, pero si quería arrastrar a Sheena hasta aquí tenía que hacer algunas concesiones al respecto, sin embargo y dadas las circunstancias de mi plan a seguir, no debía deshacerme del todo de como luzco originalmente. Sin contrato no tengo obligación de guardar códigos de etiqueta y por otro lado debía sí o sí demostrarle a mi caprichosa, mal criada e inestable ex ama, quien lideraba el juego una vez que se decide a jugar con un demonio. ¿Resentimiento? No, claro que no.
Si es que están preguntándose en que termino la charla con mi padre, pues en nada. Simplemente concluyó en que como padre él debía aceptar mis decisiones. Que ya era un "chico" grande y debía hacerme cargo de mis sentimientos. Que si una humana era lo que yo quería para mi eternidad que no tenía caso oponerse y que en cierta forma seguía siendo una mejor opción que levantarle las faldas a un ángel. Mi padre nunca entendió la diversión de ese episodio. Sus últimas palabras fueron "Hijo, seré feliz si tú eres feliz". ¿Pueden creerlo? Yo no, el gran Abbadon un demonio feliz. Que mi padre sea feliz por mí implicaría que finalmente yo hubiese destrozado el alma de la mortal en cuestión. Que la hubiese dejado hecha añicos en el rincón más profundo del infierno, o que simplemente haya disfrutado de cada bocado de ella de forma egoísta, lujuriosa y demoníaca. Por lo tanto, no. La felicidad de mi padre no era del todo creíble. Puede que sea un demonio de escritorio, pero no por nada llegó a donde llegó. En algún momento de su vida seguro realizó el trabajo sucio y sabe a la perfección que es ser un demonio, por lo tanto y teniendo esto en cuenta tenía que moverme con cuidado y rapidez. El tiempo en el infierno transcurre de forma distinta al de la tierra y como se dice habitualmente, el diablo está en los detalles, y esta situación no era algo que mi padre iba a dejar pasar con facilidad mucho menos librada al azar, la suerte o al destino.
El ambiente estaba caldeado, y movimientos poco habituales se percibían. Algo no estaba bien, y si me equivocaba entonces podían santificarme por mi error. Tenía que pensar seriamente como actuar a continuación. Tenía que regresar, adoptar mi forma mortal una vez más y volver aquí con Sheena, pero todo aquello debía esperar un poco. Por lo que había sido capaz de observar, o digamos más bien espiar desde mi locación actual, Sheena había viajado a Italia en unas vacaciones junto a los dos Shinigamis. Sabía que con ellos no correría un gran peligro, pues ambos estaban dispuestos a protegerla, pero tampoco podía fiarme del todo de sus intenciones. Esos dos tenían un plan, y no siempre aceptan la neutralidad como norma general del juego. Quizá Grell quisiese convertirla en una muñeca de baile y entregarla al primer hombre atractivo que pudiese arrancarle un suspiro, o adoptarla para sí mismo como una pequeña mascota a la que consentir y mimar, vestir y peinar; por eso increíblemente, quizá debía confiar al menos por el momento en el ex shinigami, ex sepulturero devenido en médico forense, Undertaker para que cuidase de ambos y conservar así un poco de sentido común. Quizá aquellas vacaciones fuesen simplemente unas inocentes vacaciones o tal vez debía llamar al estirado de William para que se hiciese cargo de sus chicos y resuelva la situación por mí, pero lo cierto era que de los tres shinigamis, él era el que peor me caía, y si tenía que involucrarlo, quizá eso significase una intervención de los mundos sobrenaturales innecesaria y exagerada, por lo que una vez más repito, el criterio(o la falta de éste) de Undertaker era lo único que tenía por ahora a mi favor. Ni siquiera el joven amo con su tonta venganza, o sus servicios a la Reina me habían traído tantos problemas, dolores de cabeza o incertidumbres. Los buenos viejos tiempos, todo era más sencillo entonces: una muerte por aquí, otra por ahí, un circo perverso, ángeles, Jack el destripador y la lista podría seguir hasta el cansancio, pero repito, todo era más fácil entonces, ¿y yo? Bueno yo no tenía entonces mi reputación en juego, los pies de mi padre sobre mis espaldas y mis deseos en jaque como en este momento. Claro que la pequeña y sucia alma del amo, había sido la cumbre del éxtasis, pero Sheena era mucho más. Y solo pensar en ello provocaba que todo en mí se encendiese, y puede que aquí confundan lo que intento explicar con un simple enamoramiento (por llamarlo de forma elegante) casi adolescente. No. Para nosotros los demonios encontrar un ser, no importa su naturaleza, que despierte semejantes instintos es de temer. Debemos poseerlos, marcarlos y deben permanecer con nosotros por la eternidad. Es un deseo que quema, duele y consume, pero que al mismo tiempo hace que tenga sentido ser un demonio, y que toda nuestra existencia está justificada. Pues no sólo nos quedamos con nuestra presa, sino que también, (y aquí debo decir que es gracias a Su famoso libre albedrío, o para mí el mayor error de la divinidad) es un triunfo contra los chicos de allá arriba, que hace que nuestro marcador suba, suba y suba sólo para hacerles creer a ustedes que el bien y el mal son tan opuestos que no tienen nada en común. Perverso: para próximas ocasiones, intenten averiguar realmente quienes son los buenos y quienes son los malos, y si en realidad nada de todo este planteo les interesa y están más preocupados por que intente aclarar a que me refiero con los deseos de un demonio, los invito a que piensen en su propia naturaleza, y les aseguro que encontrarán algo similar. Y antes de continuar con los hechos facticos, déjenme nuevamente hacer una breve aclaración. Sé que se estarán preguntando por qué tanto revuelo con el alma de una simple mortal que no está destinada a la grandeza, porque por mucho que yo desee a Sheena, y claro que lo hago de forma egoísta y personal, en realidad no tiene ningún peso en el destino de nada. Su alma no decidirá la venida del apocalipsis, no desatará una guerra sin cuartel entre el cielo y el infierno y no provocará la caída de imperios. Del mismo modo que no lo hizo el alma de muchos otros antes que ella, y no lo hará luego de ella. Este caso es y será únicamente un problema familiar, una cuestión de status y poder entre nosotros mismos, Así que si alguno llegó a creer que pueden hacer la diferencia, lamento decepcionarlos. Son contadas las ocasiones en la que eso sucede, y éste, créanme no es el caso.
Como ya les he dicho antes e intentando no irme nuevamente por las ramas, si quería regresar al mundo mortal y poder así reclamar mi potestad sobre Sheena, tenía que esperar pacientemente y sin delatar mis intenciones. Y ahí mismo me encontraba en las puertas del infierno observándolo todo por última vez. Sin embargo, mi atención había sido captada por algo más. Descubrí que no podría regresar de la misma forma en la que había llegado. Creo que recordaran bien las balsas y al viejo y entrometido Caronte. Junto a él y hablando quien sabe sobre qué, se encontraba Samael, rodeado de dos demonios menores ¿Qué es lo que tenía de interesante para ese grupo de tres charlar tanto con Caronte? No lo sabía, y tampoco podía acercarme demasiado a ellos. Estaba convencido de que estaban negociando una forma de llegar a la Tierra sin tener que pagarle al viejo, ni con sus tan preciadas monedas, ni con migajas de almas dejadas por los demonios, y no es sólo una cuestión de ahorros, es una cuestión de pasar sin ser vistos, sin ser registrados por nadie: ni demonios, ni ángeles guardianes, ni shinigamis y en este caso parecían llevarme la ventaja. Pensé en volver a hablar con mi padre, y comentarle la situación, pero había prometido que me ocuparía de limpiar mi desorden yo sólo y llegado el caso de que hubiese más problemas no quería entrometer al viejo en el medio. Sabía también que Samael no podía actuar directamente atentando contra Sheena, pero ¿qué pasaría con los otros demonios que estaban junto a él? Aunque jóvenes ambos y desconocidos para mí, se podía percibir en ellos la fuerza y el hambre que posee un joven demonio que quiere capturar almas por primera vez. Debía pensar: pensar, observar y luego actuar.
En mis horas de desvelo en el infierno, había podido enterarme que Sheena, había sido invitada a una fiesta de máscaras por un admirador secreto, por medio de una carta, una rosa, y una rata mensajera. Sabía también que al igual que a mí, la situación no les había gustado del todo a los shinigamis y que llegarían al fondo de la cuestión así tuviesen que usar a Sheena como señuelo (¿Lo ven? Nada de neutralidad ahí), después de todo, y por más que apreciemos los viejos tiempos, y seamos animales de costumbre, sabemos que este tipo de invitaciones no llega a manos de nadie de esta forma en el siglo XXI, por lo que se trata de alguien increíblemente anticuado o de un hecho sobrenatural, y claro, yo me inclino más por lo segundo que por lo primero, y si nuevamente me equivoco, entonces una vez más aguardo mi canonización.
Sheena asistiría a la fiesta y yo debía estar en la tierra antes de que ello sucediera, aunque en la sombras, no podía permitirme el lujo de perderla de vista, mucho menos luego de haber sido testigo de un posible plan que involucra a Samael y a esos dos. El primer paso fue aguardar a que se marcharan y asegurarme de que aún se encontrasen en el límite entre el inframundo y la Tierra para acercarme y tener un amistoso intercambio con el balsero. Caronte, tendría que hablar o hablar. No tenía permitido mentirme pero tampoco estaba obligado a decir absolutamente todo lo que supiese, razón de sobra para estar atento a sus palabras, que seguro serían intrincadas, incompletas y ponzoñosas.
"Señor…" comenzó Caronte, era realmente enervante su modo de hablar, quizá yo había pasado mucho tiempo entre los humanos y puedo asegurarles que ustedes todo lo hacen mucho más rápido, hasta hablar y es probable que sea porque bien dentro suyo, son conscientes de que realmente el tiempo es limitado y lo importante es lo que hacen con él. "Nuevamente en mis puertas, señor. ¿Acaso debo preparo su balsa?"
"Dime Caronte, he visto a Samael en las puertas, ¿un nuevo contrato?" el viejo sonrío como quien conoce algunas verdades pero no piensa revelarlas.
"Oh señor ¿quién soy yo para saber o hablar acerca de contratos y menesteres de demonios mayores?" hice acopio de toda mi paciencia para no arrancarle la cabeza al balsero de una vez y para siempre.
"Caronte, Caronte, Caronte" comencé "No son mis intenciones interrumpir o mezclarme con los asuntos de mi primo" aseguré sonando de lo más inocente "Simplemente quiero saber en qué anda en estos días".
"¿Sabe señor? En estos días…" el viejo remarcó mis mismas palabras y aguardo para continuar, yo solo lo observaba. Matarlo sólo podía empeorar las cosas "la gente muere y sus deudos apenas colocan monedas, los demonios devoran suculentas almas sólo para sí mismos y los restos son escasos, las horas de trabajo son largas y los pagos son tan pequeños ¿no se lo he comentado ya?" En el infierno, en la Tierra o en el cielo, eso se llama soborno.
Caronte me observaba expectante por debajo de su negra y raída capucha mientras las balsas llenas de muertos comenzaban a acumularse en las puertas del infierno. El viejo estaba distraído con cosas más interesantes que su trabajo. Tanto lo que Samael estuviese tramando como mi intento de regreso al mundo terrenal, eran mucho más atractivo y hasta quizá lo más interesante que haya pasado en los últimos milenios por acá abajo. Después de todo y como en cualquier lugar, las cosas pueden volverse un poco rutinaria, y la verdad era que no todos los días una familia de demonios mayores peleaba por un simple mortal.
"Caronte…" comencé sonriendo y de forma paciente, apoyé una mano sobre uno de sus deformes hombros e inclinándome sobre él hablé a su oído.
"Oh no, no, no señor… claro que no" tartamudeó el viejo, haciéndose unos pasos para atrás. Yo volví a enderezarme y la diferencia de altura pareció amedrentar aún más al balsero, aguardé su reacción. "Verá, su primo estaba preguntando si…"
Ahora ya sabía que debía hacer. Caronte me dejaría pasar sin pago alguno y prometió que mi paso sería sin ser advertido y que aguardaría con calma las novedades esperando ansiosamente mi regreso. El viejo había resultado fácil de convencer, y esa es la diferencia entre mi primo y yo. Samael podía verse intimidante, poderoso e inteligente, pero su impulsividad y soberbia hacían que fuese desprolijo y torpe. Ni los demonios pueden escapar a los pecados capitales y mi primo no era la excepción.
Sin embargo, que mi primo y sus dos esbirros decidieran abandonar el inframundo sin plan aparente significaba un problema. Ahora no tenía dudas de que ellos pensaban meter sus sucias manos en lo que era mío, y aunque torpes y soberbios no representasen un gran riesgo acá abajo, no era lo mismo en la Tierra. Los humanos son permeables a la tentación, maleables, y sumisos. Son débiles y cuando se sienten acorralados buscan una salida no importa cuál sea, sobre todo si dicha salida supone una liberación de cargo y culpa, en la que puedan no hacerse responsables de sus elecciones. Si no tuvieron elección, si el final depende de alguien más y si después de todo actuaron bajo la influencia de una fuerza superior, entonces queridos, déjenme decirles que todos ustedes se justificarán y sentirán que ya no tienen pecados que purgar. Fáciles, suculentos y tontos humanos.
