Holaaa a todos! :D Y bueno, ya que hemos tenido escenas del pasado, romanticismo, drama y demás tópicos, viene lo en verdad bueno ( ? ) Nah XD Viene la parte de acción de la historia, ni modo que derroten a sus adversarios con un sermón o una partida de Póker :v Así que a partir de ahora y como por unos cuantos caps más habrá en su gran mayoría batallas, así que espero sean de su agrado y si no les gusta la acción en los fics, os recomiendo que no lean ni éste ni los próximos caps hasta que yo les indique; sin embargo, no me hago responsable de que después entiendan menos de la historia. Así que sin más disfruten el capítulo de la semana! Un beso y un abrazo bien fuerte a los que me leen, a mis seguidores y demás gentecita! :)

Capítulo 36.- La Batalla inicia: Zezan y Biel al ataque

Su concentración lentamente se iba perdiendo, no por su propio gusto, no por algún inconveniente demasiado brusco, sino más bien por algo que podría ser considerado como absurdo. ¿Quién podría alegar que las tranquilas notas de una calma melodía eran capaces de irrumpir de tal manera la mente humana?¿Qué se supone que era lo que aquel extraño hombre interpretaba? No podía ser simplemente música, tenía que existir algo mucho más profundo detrás de una acción tan simple.

No era difícil controlar el espacio a su alrededor, no con su peculiar habilidad, pero si le resultaba un tanto fastidioso ir tras alguien que además de escurridizo podía prever su siguiente movimiento. Claro que se requería astucia para detenerlo, pero también se necesitaba fuerza, al menos la suficiente como para impedir que se volviera a levantar.

Jamás se esperó tener un enfrentamiento tan directo donde su espada estaría siendo empleada para la función para cual fue creada desde un principio; sin embargo, no tenía más remedio, su contrincante prolongaba y retraía su arma con maestría, como si no fuera un instrumento de guerra, sino más bien una extensión más de su propio cuerpo. Parecía como si estuviera con vida o algo le poseyera a ser tan caprichosa, destructiva y asertiva.

Aquel choque se tornó constante y destructivo, soltando pequeñas chispas y distanciando aún más a ambos combatientes. Las batallas de fuerza eran sin duda deslumbrantes, pero no eran el modo particular de llevar las cosas, no para el cirujano que estaba tratando de idear un plan para deshacerse del extraño monje.

—Pese a tu apariencia física, posees más fuerza de la que pensé…Trafalgar –espetó gracioso Zezan quien simplemente continuaba girando vertiginosamente su kusarifundo mientras se desplazaba de un punto a otro como si temiera a la estática-.

—El que tenga esa habilidad es una verdadera molestia. Y no sólo eso…también esa flauta…Su melodía hace más que ensordecer –meditaba sin quitar la vista de Zezan, sabía que cualquier descuido por más pequeño que éste fuera le costaría caro-.

—Sé lo que estás pensando, Trafalgar –bromeó con cierta clase- ¿No pensarías que Ezio-sama me tendría de guardaespaldas si sólo supiera tocar una pequeña flauta y manejar esta delicada arma, verdad?

—Por supuesto que no…Pensar algo como eso sería suicidio premeditado. Ezio no tendría a unas blancas palomitas cubriéndoles la espalda.

—¿No te interesaría trabajar para Ezio-sama? Él nos ha hablado muy bien de ti, después de lo que hiciste hace un año, él se quedó muy sorprendido. Sabe que tienes madera, por algo trabajaste bajo las órdenes de Donquixote Doflamingo.

Ese nombre le desagradaba en lo absoluto, le traía recuerdos poco gratos y al mismo tiempo le despertaba sentimientos que iniciaban en la cólera, y se estancaban en el odio.

—Aborrezco recibir órdenes. Así que hazme el favor de decirle a tu jefe, que me niego totalmente a su oferta.

—Qué mal carácter tienes Trafalgar, ¿pero qué se le puede hacer? Si no te nos quieres unir, entonces prosigamos, sin compasión alguna.

—No esto pidiendo tu misericordia.

¿A quién le interesaba la integridad de la habitación o de los cuartos adyacentes?¿Por qué preocuparse en el inmobiliario cuando se está teniendo una batalla seria?¿Es que acaso la concepción de arte podría ser tan estrecha como para no incluir a todas aquellas peculiares construcciones como un producto de la misma?

La cas misma estaba siendo reconstruida desde sus paredes hasta sus muebles. Nada estaba dejándose en el olvido. Entre el poder destructivo del enemigo y la habilidad de movilizar todo dentro de aquella celeste área estaba empezando a surgir un caos unificado.

—…La música no sólo sirve para calmar el alma…para sanar las heridas y para llenar de regocijo a las personas…También puede ser usada para pelear…-soltó con seriedad Zezan quien se mantenía integro sobre la pila de escombros recién creada- Eres un médico, por lo que comprenderás mejor que nadie…la severidad de mis actos…

Podía sentirse mucho más ligero, y eso era algo que le desconcertaba, lo suficiente como para creer que el tiempo de reacción tan lento de aquel enemigo no se debía a que empezaba a cansarse, sino más bien por una situación totalmente diferente. El desconcierto empezaba a incomodarle.

Su melodía ya no tenía efecto en él, ya no le aturdía los sentidos, ya no le hacía sentir pesadez en su cuerpo y su mente. Ahora se sentía a sí mismo más lúcido que en cualquier otro momento de su vida. Estaba reanimado, recargado, simplemente listo para continuar con aquel enfrentamiento que veía al atardecer llegar.

¿Con qué pasión podía interpretar esa melodía?¿Cuánto sentimiento imprimía en cada nota, en cada toque hacia su sencilla flauta?¿Era un guerrero o un músico incomprendido?¿O quizás había hallado un extraño equilibrio entre sus diferentes yo?

—¿Pero qué….demonios? –exclamó Law mientras un ligero temblor asolaba a su mano derecha, aquella que sujetaba con fiereza a su nodachi-.

—¿No te lo dije, Trafalgar? La música es más que la suma de bellas notas….¡La música es el arte silencioso de la guerra!

—Este idiota…No me digas que…

—¿Lo has descubierto? Pero ya es demasiado tarde, Trafalgar…-musitó malicioso, como si estuviera sonriendo ampliamente, deleitándose del descubrimiento del cirujano-.

Sus palabras no sólo eran mero adorno, transmitían una intangible verdad, una que él mismo experimentaría en carne propia. No cabía duda, la música era capaz de lograr algo más que inspiración y admiración.

¿A dónde se había ido toda aquella energía que hasta hace unos momentos inundó su cuerpo y le hacía sentir ligero y ágil?¿Por qué su respiración se había precipitado de esa manera resultando inclusive doloroso el simple hecho de respirar?

Su visión se estaba tornando borrosa, las siluetas a su alrededor parecían ser espejismos duplicados y la pesadez le impedía no sólo moverse con celeridad, sino también le dificultaba el raciocinio. ¿Qué clase de habilidad era la que aquel hombre poseía?

Sintió la frialdad y solidez del suelo a medias, su rodilla derecha había caído y mantenido el frágil equilibrio, previniéndole de caer al tiempo que su fiel espada servía de apoyo necesario. ¿Quién podría imaginarse a un pirata de su talla siendo lentamente doblegado por una fuerza que había comprendido demasiado tarde y de la que ahora ya no podía liberarse aunque lo deseara?

—No luces nada bien, Trafalgar. Pareciera que tu cuerpo sufre una profunda agonía desde lo más profundo de tus entrañas –expresó fascinado Zezan quien se le veía ansioso, como si supiera que el verdadero espectáculo estaba a punto de iniciar-.

—Maldito…Aunque debo admitirlo…-dijo mirándole con dificultad- Que has desarrollado…una habilidad perturbadora…

—Gracias por el halago, pero eso no reducirá tu castigo, estimado enemigo mío…Si no estuvieras involucrado con esos piratas, las cosas serían diferentes para ti, pero lamentablemente optaste por el camino erróneo.

—Soy libre de hacer lo que se me venga en gana, no requiero de tus consejos.

—Siempre tan a la defensiva. Esa actitud no te va a traer nada bueno…-espetó escabroso- Interpretaré para ti mi última pieza, la más sublime de todas…la que te hará tocar el infierno…

Con aquella fuerza restante sólo había conseguido bloquear el primer funesto impacto recibido por esa pesada cadena. Lo que siguió no era más que la consecuencia más evidente, no obstante, lo resistiría porque no estaba acostumbrado a ofrecerle el placer de la humillación a sus contrincantes.

¿Qué podría romperse primero, su peligrosa arma o su endeble cuerpo?¿Es que no tenía ya suficiente castigo como para tolerar los embistes que el monje le mandaba sin piedad, cada uno más rápido y violento?

Su cuerpo se había rodeado de escombros y le habían dejado en una situación aún peor que hace unos instantes atrás; ahora no sólo poseía el cansancio provocado por la extraña melodía de su oponente, sino los daños que aquel instrumento le estaban causando. Tenía que hallar pronto un modo de cambiar la situación o todo terminaría allí.

El objeto que había permanecido puro, integro, sin mostrar contaminación alguna ahora no era más que un utensilio corrompido, apuradamente coloreado del pasional rubí, deseoso de continuar mancillando su fragilidad humana.

—¡Prepárate Trafalgar, porque aquí mismo será tu tumba!

Su sonrisa era amplia mientras su mirar contemplaba con complacencia lo que tenía en frente, como si hallara en ello algo más allá de la burla. Sin desearlo tenía una ventaja, una que no dejaría pasar así de fácil, después de todo, él también poseía un objetivo y una fiera voluntad.

—¿Creen que pueden alegar estando en semejantes condiciones? –río Milenka al contemplar a sus oponentes- No hay manera de que puedan ganarnos estando como están.

—Será mucho más simple llevarte con nosotros, Lynn-sama –sonrió sarcástico Biel- Sólo tendré que arrancarte del lado de ese espadachín.

—De este modo será complicado pelear –pensaba Lynn siendo más consciente de su situación- Zoro.

—Lo sé perfectamente. No tenemos más opción, tendremos que pelear en el modo en que estamos.

—Está bien –dijo un poco más calmada-.

—Luffy, encárgate de ir por Ezio –le pedía a su capitán sin siquiera verlo- Nosotros nos encargaremos de este tipo.

—¡Marimo estúpido! ¡¿Cómo vas a pelear teniendo a Lynn-swan pegada a tu lado?! Van a lastimarla por tus estupideces. Yo me encargaré del cabeza de estropajo.

—Zoro, te lo encargo –indicaba Luffy como último antes de estirar sus brazos para sujetarse al tejado más próximo y alejarse del lugar-.

—¿A dónde crees que vas, sombrero de paja? –cuestionó Milenka, más que dispuesta a interceptar el escape del capitán-.

Su peculiar arma había impactado sin duda alguna, pero no sobre el objetivo que deseaba y eso simplemente le hizo enfadar.

—Apártate de mi camino, remedo de robot –dijo enfurecida mirando con rabia al cyborg que había entrado en acción para permitirle a su capitán escapar-.

—Lo siento mucho, pero no dejaré que vayas detrás de nuestro capitán. Él tiene cosas que hacer, así que no estorben.

—Franky-san…será complicado pelear…de este modo…Yohoho…

—Descuida, terminaremos con esto con súuuupeerr estilo.

—No canten victoria tan rápido par de raritos.

—Bien, Luffy ya se ha ido de aquí. Ahora sólo tenemos que encargarnos de estos dos –pensaba seriamente Zoro- Ey cocinero pervertido.

—¡¿Qué es lo que quieres maldito marimo?! –le gritoneó de forma violenta, tan típico en él-.

—Será mejor que tú también te vayas de aquí, sólo vas a estorbar –le ofendió sin miramiento alguno-.

—¡Déjate de estupideces!

—Sigues sin recuperarte, por lo que sólo serás un estorbo. Además, esa mujer te pateará el trasero por idiota. Así que lárgate.

—No pienso irme de aquí y dejar la suerte de Lynn-swan en tus manos. Mi deber como caballero es protegerla de todos.

—Si esa mujer interviene, tú no harás nada. Eres un completo imbécil cuando de mujeres se trata –soltó con cierto veneno Zoro-.

—Zoro tiene razón, Sanji –apoyaba Usopp-.

—¡Tú cállate narizotas!

—Sanji, ve con Luffy. Deben de encontrar un modo de quitarse esta cosa de encima. De no ser así las cosas le serán complicadas en la batalla contra Ezio –comentaba Lynn- Por eso debes irte, deja que nosotros nos encarguemos.

—Pero Lynn-swan.

—Sanji, no discutas más. Tienes que irte –le ofrecía una pequeña sonrisa- Te cocinaré todos los postres que quieras cuando esto termine –dijo con cierta coquetería tras guiñarle el ojo-.

—¡Lynn-swannnnnn! –exclamaba mientras salía corriendo de la escena, evadiendo graciosamente todos los obstáculos que se le presentaban-.

—¿Tenías que hacer eso? –le cuestionó el espadachín con una mirada un tanto rara-.

—Nami me dijo que ése es el único modo de hacer que Sanji cumpla órdenes.

—Esa mujer demonio te está enseñando malas cosas.

—Tranquilízate Milenka, terminado esto iremos tras ellos. Además dudo que logren vencer a Zezan. Así que no llegarán hasta el jefe –comentaba Biel a su compañera-.

—Lynn, sólo haz los mismos movimientos que yo, ¿entendido? –pedía Zoro a su ahora compañera de pelea-.

—Haré todo lo posible por ser tu brazo derecho Zoro –espetó sujetando con firmeza aquella singular espada; no era la primera vez que blandía una espada, pero sí era la primera ocasión que intentaría realizar los mismos movimientos de un espadachín experto-.

—Estoy seguro que ni Baldassare te preparó para enfrentar una situación como ésta, Lynn-sama –burlonamente decía Biel sujetando sin problema alguno su enorme espada-.

—Todo es cuestión de adaptarse –soltó la castaña- Y por ahora tenemos que valernos con lo que tenemos.

—Así que será mejor que te prepares, porque no vamos a perder –masculló Zoro, ya con su tercera katana siendo bien sujeta entre sus dientes-.

¿Qué podría ser esa pequeña cosa en el horizonte que se aproximaba a gran velocidad?¿Por qué aumentaba su tamaño conforme se aproximaba hasta su posición?¿En qué instante desistieron de su avance y optaron por retroceder?

—¡¿Pero qué demonios es eso?! –gritó Nami a todo pulmón mientras corría a toda marcha-.

—Parece ser una bola gigante de algo…pero…-decía Robin-.

—¡¿Esos no son marines?! –chilló el pequeño médico-.

—¡NAMIIIIIIIII! –resonó a varios metros a la redonda; el objeto de origen desconocido iba detrás de ellas a toda prisa y parecía conocerles-.

—¡Idiota, vas a matarlas! –regañó Sanji rápidamente, quien pateó sin miramiento alguno a la bola gigante que rodaba a gran velocidad, donde no sólo inmuebles habían sido víctimas, sino también marines-.

—¿Sanji? –soltó confuso Chopper quien ya se había detenido al lado de las chicas-.

—¿No me digas que ese…era…Luffy? –interrogó la pelirroja poniendo mala cara; sí, aquello había sido su capitán- Ni tiene sentido preguntar qué es lo que pasó.

—Es un completo idiota –suspiró Sanji cansadamente-.

—¿Dónde se encuentran los demás? –preguntó Robin curiosa-.

—Los matones de Ezio aparecieron cuando menos lo esperábamos. Ahora se quedaron peleando contra Zoro y Franky.

—¿Pero no es peligroso? Digo, continúan pegados –alegaba Nami-.

—Lo sé, pero no hubo alternativa, no encontramos un modo de separarnos –se defendía Sanji- Y Luffy iba tras Ezio, pero terminó de esta manera.

—Primero nos encargaremos de liberarlos a ustedes y después iremos con Zoro y los demás –indicaba Robin- Estando así será una desventaja para todos ellos.

Era evidente que les resultaría complicado coordinarse adecuadamente desde el inicio, pero no se iban a rendir tan fácilmente, no cuando algo más que su mero orgullo se encontraba en juego. No obstante, su rival no iba a dejárselos tan fácil, no cuando tenía todo para poder ganarles y cumplir su sencilla misión.

Estaba claro que no poseía un estilo como tal, que se valía del instinto para blandir su espada y arremeter contra todo aquel que osara oponérsele. ¿Entonces, cómo podía ser tan bueno y atestar golpes mucho más fuertes conforme transcurría la batalla?

Evadir y soportar los embistes era lo que hacían por el momento, mientras terminaban de acoplarse y prepararse para el contraataque; ninguno de los dos les agradaba la idea de sentirse sumisos y controlados por aquel espadachín.

—¿Piensan pasarse toda la batalla haciendo algo tan inútil como eso? Van a terminar aburriéndome –soltó de mala gana Biel, no estaba feliz con un encuentro que se desenvolvían tan simple y fácil-.

—Te estamos dando ventaja, idiota –vociferó Zoro-.

—No deberías subestimar al enemigo, Biel.

No siempre se puede estar seguro de lo que se dice, no cuando las circunstancias son lo suficientemente volubles como para cambiar en un instante. A veces lo que se dice puede ser simplemente escupido en nuestras caras con el sabor de la ironía; posiblemente eso era lo que estaba sintiendo en ese preciso momento.

No había duda de por qué era visto como uno de los espadachines más fuertes; todos los rumores que giraban a su alrededor eran ciertos, podía sentirlo con cada poro de su cuerpo. Y aquello le provocaba sonreír, sonreír como alguien que ha encontrado un magnífico tesoro en medio de un oscurecido y tenebroso túnel.

No cabía duda, se hallaba totalmente emocionado, podían sentirlo sus dos adversarios ya que esa larga y pesada espada adquiría mayor velocidad y violencia; sus intenciones eran simples, separarlos, aunque ello implicara el sacrificio de alguno de las extremidades superiores de alguno de los dos.

—No lo hacen nada mal, ya están trabajando mucho mejor. Esto está resultando mucho más emocionante de lo que esperaba.

—Eres bueno pese a no tener un estilo de pelea definido. Sólo blandes esa espada como si fuera una insignificante hacha. Eres de mal gusto –dijo Zoro con hostilidad-.

—No bajes la guardia Zoro, él es muy bueno pese a no tener un estilo. Él hace sus cosas siguiendo su instinto…Es fuerte.

—Lo he notado…Se requiere fuerza para sostener una espada de ese tamaño con esa facilidad. Tampoco muestra indicios de cansancio. Su respiración está imperturbable.

—Me he entrenado adecamente, Roronoa Zoro –sonrió con satisfacción- Muéstrame tus técnicas, cazador de piratas, Roronoa Zoro.

—Qué pesado eres.

No podía arremeter como quisiera, ahora su cuerpo se encontraba parcialmente aferrado a otro, a uno que no conocía a qué extremos podía llevarlo y si era capaz de soportar su propio ritmo. Había una clara desventaja y una reducción en su nivel de pelea; sin embargo, ello no era excusa para perder el combate.

—Prepárate, puede que la pases un poco mal, pero no tengo elección. Tengo que terminar con este sujeto y no funcionarán los ataques simples y carentes de fuerza –explicaba Zoro-.

—No te preocupes por mí, Zoro. Si algo he aprendido al entrenarme con Baldassare, fue a tener resistencia. Tolero bastante bien los maltratos físicos –expresó con cierta gracia- Y no podemos perder.

—Entonces hagámoslo…¡KOKUHYOU OOTATSUMAKI!

El fiero tornado que se expande, que lo destruye todo y que se mantiene vibrante y deseoso de embeber en sus entrañas a cualquier descuidado que no notase su presencia. Así era ese ataque, rápido y letal, capaz de dejar fuera de combate a un gran número de rivales sin problemas alguno.

No se descuidó, mantuvo su mirada puesta frente a él, deseosa de comprobar que había terminado con aquel fastidio que se le había atravesado en el camino. Pero, ¿en dónde se ubicaba? Simplemente no hallaba su cuerpo por ninguna parte; y eso no podía ser señal de nada bueno.

Aquel sonido era inconfundible, sencillamente estruendoso y al mismo tiempo casi poético. Ambos filos peleaban por preservar su poderío, pero sólo uno obtendría la victoria.

—Miserable, veo que lograste hallar una manera de escapar de mi ataque –sonrió entusiasta Zoro- Aunque no saliste de todo ileso –espetó al contemplar las cortadas superficiales que tenía el cuerpo de aquel hombre-.

—Ese ataque fue muy poderoso, Zoro. Pero no esperes que caiga con algo como eso, sería una deshonra.

—Sería una decepción total que te hubieras muerto por algo como eso.

Con un salto hacia atrás retrocedió y disipó la tensión que se respiraba en el aire. ¿Ahora qué se supone que era lo que pretendía?

Pero no demoró demasiado tiempo en aquella postura, y en breves segundos se lanzaría nuevamente a contraatacar, pero con una ligera diferencia, era mucho más rápido que hace unos instantes atrás. Y al mismo tiempo parecía evadir de mejor manera los embistes que le eran lanzados. Realmente empezaban a tornarse las cosas mucho más serias que hace unos instantes atrás.

El instinto y la experiencia le ayudaban a predecir el siguiente arrebato por parte de su enemigo, y aunque su condición actual no era buena, estaba aprendiendo a sacarle provecho. Especialmente en el aspecto de reaccionar y moverse; su compañera no lo hacía para nada mal, estaba percatándose que si había logrado sobrevivir al entrenamiento con aquel asesino maniático al que todos parecían temerle, había sido por su propio esfuerzo y no por condolencia del mismo.

—Me pregunto si la Marina me pagará bien por tu cabeza, Zoro –estipuló burlonamente Biel quien había enterrado su espada contra el suelo- Al menos quisiera tener un extra tras este encargo.

—Espero que tu cabeza tenga algún valor –soltó con mofa Zoro- O habremos invertido demasiado tiempo en una basura como tú.

Un temperamento calmado y reservado no eran precisamente propios de la personalidad de aquel hombre; era todo lo contrario, era iracundo y fácil de sacar de sus casillas. Eso ya quedaba más que comprobado.

Su espada embistió abruptamente contra ellos, siendo retenida en acto reflejo, recibiendo el golpe de la mejor manera posible y sintiendo cómo el piso mismo colapsaba rápidamente bajo ellos. Había retrocedido sólo para ganar mayor impulso y lo único que había logrado con el enterramiento de su espada, había sido levantar el suelo con una facilidad abrumadora, alzándose en fragmentos robustos de piedra que impactaron en una única dirección.

Había sido una buena distracción para aproximarse nuevamente a ellos y continuar ejerciendo presión. Quería dejarles completamente incapaces de contraatacar y obtener así un modo de sacarlos del juego de forma contundente. No jugaba limpio, pero sí tenía lo necesario para ser considerado una verdadera molestia.

La mirada que les tenía fijos fue descendiendo con lentitud, como si no quisiera contemplar nunca más al par de contrincantes que estaban parados frente a él, separados apuradamente por unos cuantos centímetros.

¿Acaso fueron capaces de sentir algo?¿Era posible que su tiempo de reacción se hubiera mermado o simplemente había sido demasiado rápido? No lo esperaban, ninguno simplemente lo había visto venir, quizás porque era improbable. Grave error fue no considerarlo como probabilidad.

Sus pupilas se habían sobresaltado, les inundaba el desconcierto. Y al mismo tiempo podían escucharlo, podían percibir con claridad ese singular sonido, la viscosidad de aquel silencio tornándose nada y estrellándose ávidamente contra el suelo destruido, corrompiéndolo con el vehemente carmesí.

La fragilidad del cuerpo humano, la delicadeza de la piel y lo mortífero que podría ser algo delgado, curvo, movido con rapidez, sin duda y brutalidad.

Aquel embiste fue ejecutado sin misericordia, sin pensamientos de confusión y con un deseo ferviente de herir. Para él los combates sin derramamiento de sangre eran absurdos, carentes de sentido, sencillamente inaceptables para su existencia. Por eso él mismo tenía que teñir la escena de rojo, tenía que llevar sus voluntades y cuerpos hasta donde se halla el límite humano.

Sus pies empezaron a empujar, se encontraba embistiendo tal cual lo haría una bestia, una que ha logrado hundir su cornamenta en sus frágiles y apetecibles presas; era una sensación que le llenaba de éxtasis, era lo más cercano a observar el paraíso en la tierra.

La pared que les detuvo resistió apuradamente la fiereza de aquel hombre, mismo que ya no podía considerarse como tal, era más bien una bestia humanoide, una que se había embebido con su sangre y no estaba satisfecha aún con el resultado que había obtenido, quería simplemente prolongar su macabro juego.

Sin importar que tan dura pudiera ser su piel, sin importar lo mucho que resistiera el castigo físico, también podía experimentar aquella sensación llamada como dolor. Si él podía hacer de las suyas, ellos igualmente podían encontrar la manera de defenderse o al menos alejar al que les había arrastrado por la ciudad como si fueran meras marionetas.

Con la misma velocidad con que esa espada se adentró sobre el lomo de aquel animal, también abandó aquel cuerpo impregnadas con ese tibio y vital líquido bermellón. No había tiempo para dudar y tampoco podían permitirse continuar perdiendo sangre, porque eso sólo les dejaría mucho más vulnerables.

La espada a manos del espadachín continuaba haciendo frente a la del pelirrojo mientras la otra simplemente era lanzada hacia el cielo, ¿es que se había vuelto completamente loca? Quizás no era del todo así.

Sintieron una brusca punzada, una que había superado notoriamente a la que experimentaron en el instante en que aquel par de largos cuernos los atravesaron por completo sin complicación alguna.

El sonido había sido seco, contundente y preciso. Ejecutado en el instante justo sin siquiera dudar un segundo; era así como tenían que hacerse las cosas.

El suelo nuevamente experimentó un sobresalto, pero ahora había sido producto de aquel hombre, uno que había sido enterrado violentamente. Ya no poseía más aquella cornamenta que le enorgullecía y que le tornaban peligroso; aquellos cuernos habían sido truncados en el instante en que fueron golpeados sobre su base con enorme fuerza, ocasionando que su cabeza se estrellara sin oposición alguna.