- CAPÍTULO 14 -
Primera Parte
Debería sentir algo. Cualquier cosa. Odio, ira, rencor, aversión, desprecio o alguna profusa emoción de rechazo. O quizá de comprensión, benevolencia e incluso de perdón. Pero al verles allí, a su hermano Alei llevando del brazo a su esposa embarazada, ambos inmóviles bajo la arquería, observándole con clara incomodidad en sus miradas y un ápice de arrepentimiento, Ranma no sintió absolutamente nada. Era como si estuviese contemplando a un par de desconocidos en la calle, a dos personas completamente prescindibles en el equilibrio de su mundo. Era como si él mismo se hubiese quedado vacío de repente, inocuo, estéril, infértil de cualquier emoción.
¿Y qué decía eso de él? Sí, le jodieron, le destrozaron y estuvo a punto de cometer una locura. Pero era su hermano, su sangre. Y ella era la madre de sus hijos, sus sobrinos. El tiempo debería haber apaciguado las aguas y debería haber seguido meciéndolas en una dirección o en otra pero en cambio, e incomprensiblemente, parecía haberlas secado.
De repente, los ojos azules de Alei se desviaron hacia la derecha con un toque de tímida curiosidad y, cuando encontró su objetivo, su vista se tiñó de un admirativo velo de reconocimiento masculino. Entonces Ranma, por fin, sintió algo. Fué como una quemazón ardiente abrasándole el esófago, como un latigazo hiriente en su espina dorsal. Y su reacción fue más instintiva que consciente. Tomó a Akane de la cintura, la acercó a él manteniéndola firmemente a su lado y fijó sus ojos en su hermano amenazándole en silencio, de ése modo sutil pero elemental, animal y evidentemente agresivo.
A pesar de que estaba terriblemente molesta con el destino y con la vida por ponerle a Ranma otra dura prueba más, Akane temía hasta respirar. Había percibido la ansiosa posesividad en su abrazo y los puros y duros celos destilando en su forma de mirar a su hermano, en el modo en que apretaba las mandíbulas, en cómo sus hombros y los músculos de sus brazos se tensaron, primitivamente preparados para defender lo suyo.
Pero no era el único que se había sentido de algún modo amenazado y vulnerable. Porque antes de que Ranma prácticamente la escondiera contra su cuerpo Akane vislumbró la hermosa belleza de Mei y un aguijón de inseguridad se clavó en su corazón para luego hacerlo arder con los mismos celos posesivos que Ranma estaba desplegando. Pero los dejó en un segundo plano, porque ella estaba más preocupada por él que por sí misma. Por el inapropiado, inoportuno e injusto modo en que se estaba dando el primer encuentro con su hermano tras tantos años sin verse y con una profunda herida que aún estaba sin cerrar. Y aunque Akane deseaba que el muy tenso instante terminara, era incapaz de hacer nada para romperlo, porque no se sentía con la confianza, ni la autoridad, ni el criterio suficiente como para intervenir en ese diálogo silencioso que ambos hermanos estaban teniendo y en el que posiblemente Mei también estuviese siendo partícipe. Y casi, casi, se sintió como una extraña intrusa entre ellos. Eran ellos tres quienes tenían asuntos pendientes y era ella quién nada tenía que ver con el pasado en común que compartían.
Alguien debería hacer o decir algo. Alguien debería moverse. Alguien, con tantos como había en la casa, debería aparecer e irrumpir el incómodo instante que estaban viviendo. Quizá un grito de los niños o una de aquellas ruidosas y felices risas... Algo que les arrancara de una situación que parecía destinada a prolongarse lo suficiente como para que ocurriera una tragedia.
Control, control, control. Eso era lo que necesitaba. Tenía que tomar el control del encuentro. Ser él quién marcara las distancias, los acercamientos, quién iniciara la conversación y su ritmo. Tenía que relajarse y tratar de encontrar la perspectiva adecuada para comportarse, porque si la situación era complicada para él, aún lo era más para Akane. Y él no podía permitir que el pasado, aunque muy presente frente a ellos, se interpusiera en lo más mínimo en lo que tenía con ella por mucho que le desequilibrase y por mucho que aún le doliera lo que él consideraba una traición por parte de su hermano.
Ranma era consciente de que tampoco podía estar continuamente alerta cuando ellos estuviesen con la familia, porque ni sus padres, ni su hermana ni Carlo, ni tampoco sus sobrinos merecían la incomodidad que él podría provocar si se obcecaba en no darle cara a derechas ni a Alei ni a Mei. Y tampoco había sido ese el propósito de su viaje.
Su objetivo principal era que su familia conociese a Akane. Que supieran que era feliz porque ella le hacía feliz como ninguna otra mujer en el mundo lo había hecho jamás. Necesitaba que supieran que tenía un poderoso motivo para volver cuando en su mundo las cosas pudieran torcerse. Y también necesitaba que fueran conscientes de que ese motivo, su motivo, su mujer, era único, precioso y perfecto en cada una de sus formas. Quien le había dado la seguridad y las fuerzas que no había encontrado hasta entonces para acercarse a Alei, para reparar su dañada relación e, incluso, para perdonarle. O, al menos, para dar el primer paso para hacerlo.
Así que se obligó a relajarse. Buscó a Akane con la mirada. Sus ojos arena brillantes le observaban con tierna preocupación, con un toque de adoración y admiración, y con la llama encendida de la fuerza que la caracterizaban, susurrándole en el silencio de sus irises una mirada de apoyo incondicional. Su mujer estaba diciéndole que estaría allí sin importar cual fuera la decisión que tomase respecto al modo en que decidiera llevar ese asunto. Le estaba diciendo, una vez más, que siempre estaría a su lado, pasase lo que pasase.
Ranma deshizo su abrazo y tomó sus pequeñas manos entre las suyas. Sin dejar de observarla se llevó los nudillos a los labios y los besó con profunda reverencia y gratitud. Le apretó las manos haciendo la pregunta invisible de si estaba preparada. Ella asintió levemente pero con una determinada firmeza y entonces él le dedicó una sincera sonrisa que, junto con su mirada, denotaba lo irremediablemente enamorado y orgulloso que estaba de ella y lo afortunado que se sentía por tenerla. Soltó una de sus manos y en el transcurso de la caída le dedicó una caricia a la suave piel de su mejilla. Ella respondió a su toque, parpadeando con una soñolienta pesadez, como si él pudiera hacerla olvidar el instante que estaban viviendo, sabiendo que ella podría hacer lo mismo por él. Pero no. No iba a tomar el camino fácil. Más tarde podrían olvidarse del mundo, perdiéndose el uno en el otro con el ansia y el desesperado deseo con el que siempre se necesitaban. Pero aquél era el momento de enfrentarse al pasado. Y zanjarlo de una vez por todas.
Así que Ranma tomó aire, se giró y, con Akane a su lado, se encaminó hacia ellos con una leve sonrisa de bienvenida, mostrándose cordial y receptivo. Sin embargo, mientras se acercaba observó cómo ambos se sorprendieron ante su actitud aparentemente relajada. Y cuando al llegar lanzó la mano hacia delante para saludar a su hermano con un apretón, Alei se quedó mirando la extremidad con un deje de desconfiada curiosidad, como si temiera algún tipo de ataque. Su reticencia fué lo que a Ranma le impulsó a hablar.
―Hola, Alei.
Su hermano levantó la mirada y Ranma observó cómo su ojos azules brillaban esperanzados, dejando entrever la emoción que sentía por que estuviera reaccionando de un modo amistoso. Cuando sus manos se encontraron en un apretón fuerte y decidido, ambos percibieron lo mucho que el otro añoraba la relación que habían perdido y lo mucho que ansiaban recuperarla.
―Hola, Tiza.
Tras un sutil gesto de asentimiento y un último apretón de manos, Ranma se deshizo del contacto con su hermano y miró a Mei. Su deslumbrante belleza rebosante por su embarazo, sus ojos fijos en él con un destello de alegría y su sonrisa radiante con un toque de tristeza.
―Hola, Mei ―dijo con un asomo de sonrisa cordial, acercándose para intercambiar dos besos a modo de saludo y como único contacto físico entre ellos. Ella le murmuró en respuesta y, en un gesto probablemente inconsciente de protección, o tal vez en una reminiscencia anhelante, se llevó la mano derecha sobre el abultado vientre. Aunque lo vió, Ranma optó por ignorar las implicaciones de su movimiento. Cuando se alejó de ella volvió a encarar a su hermano y le dió un amistoso golpe en el hombro cuando dijo con resulta simpatía―. ¡Enhorabuena! ¿Ya sabéis si es niño o niña?
―Niña ―respondió Mei precipitadamente, lo que provocó un escueto silencio.
―Por la forma en que lo has dicho, imagino que eso es lo que queríais. Enhorabuena otra vez ―la sonrisa de Ranma se amplió con una sombra de satisfacción ―. Y ahora, dejadme que os presente ―acarició la mano de Akane, la que nunca había soltado, y con unos movimientos suaves la colocó delante de él, posicionándola como suma protagonista del momento pero rodeándola por la cintura. Ella era suya. Y él seguía manteniendo el control de la situación ―. Dama ―susurró con un tinte oscuro que sonó discretamente erótico―, mi hermano Aleiandro y su mujer, Melinda ―y mirándola fijamente, denotando la importancia que ella tenía en su vida, dijo ―. Ella es Akane.
Akane miró de uno a otro y, abrumada, hizo una leve reverencia sin decir una palabra.
―Es un placer conocerte, Akane ―dijo Mei en un japonés casi perfecto.
Cuando levantó la cabeza y sus miradas se encontraron el bello rostro de Melinda esbozó una sonrisa que parecía sumamente sincera y encantadora. Sin embargo, Akane estaba reticente a su aparente simpatía porque en aquella sonrisa parecía esconderse un trasfondo compasivo y cómplice que resultaba desconcertante.
Miró a Aleiandro, tan físicamente parecido a Ranma pero al mismo tiempo tan diferente, y él también esbozó una sonrisa más amplia que rezumaba auténtico pero tímido agradecimiento.
Parecían buenas personas, agradables y sin un ápice de maldad. Y a juzgar por cómo se habían mirado cuando Ranma y ella se estaban acercando, estaban muy enamorados.
Akane se sintió mal por albergar alguna especie de buen sentimiento por ellos porque de improvisto percibió un retazo de afinidad con ambos. Y ella debería sentir rechazo ¿verdad? Le habían hecho tanto daño a Ranma que cualquier simpatía para con ellos tendría que resultarle sumamente desagradable. Pero había algo que... La forma en que miraban a Tiz con ese cariñoso anhelo y esa amistosa admiración...
―Me muero por un café ―dijo Ranma, rodeándola por los hombros y caminando hacia la cocina ―. Por cierto ¿Dónde está Vico?
―Se ha quedado en casa de sus abuelos ―contestó Alei a sus espaldas ―. Han llegado sus primos de Roma.
Al introducirse en la cocina hubo un leve instante de silencio donde todas las miradas se posaron en ellos, cautelosas y curiosas. Akane se percató de cómo los bellísimos ojos verdes de Nicola brillaban con las lágrimas contenidas al contemplar a sus dos hijos juntos en la misma sala. Y también observó el modo en que su respiración se descompensó cuando, con una sonrisa, fingió la mayor naturalidad del mundo al dar la bienvenida a los recién llegados, siempre sin desatender ni un instante la reacción y los movimientos de Ranma.
Hubo un barullo de saludos para Alei y Mei y, al mismo tiempo, Nerezza chilló al ver a su tío Tiziano y le demandó con los bracitos estirados que la cogiera. Ranma sacó a la niña de su trona y cuando la tuvo bien cogida empezó a hacerle cosquillas mientras caminaba hacia su lugar en la cabecera de la mesa. Akane le siguió y se sentó a su lado izquierdo.
El pequeño mellizo, Darío, saludó a sus tíos con la manita abierta y Mei se acercó para darle un cariñoso y sonoro beso en la mejilla mientras el niño se retorcía de alegría. Después besó a Anna, sentada al lado de su hijo, quién aprovechó para tocarle la abultada barriga y canturrearle al bebé no nato, mientras le decía a Darío que saludara a su primita.
Del otro lado de la mesa Alei acababa de besar a su madre con mucha ternura y con ese deje protector que parecían compartir los hermanos por ella. Después Carlo y él se dieron un apretón de manos y una palmada en la espalda.
De repente Nerezza dió un estridente chillido y Akane dejó de contemplar la natural pero desconcertante escena que estaba presenciando con la familia de Ranma. La niña se rió a carcajadas mientras abrazaba a su tío con mucha fuerza. Tiz también estaba sonriendo mientras susurraba cosas a la pequeña, quién daba saltitos en su regazo al ritmo de las risas.
Y Akane no pudo evitar que la ternura la inundase y que el instinto maternal se despertase otra vez, haciendo que, inconscientemente, se llevase las manos sobre el vientre aún sabiendo que era muy probable que jamás una vida fuera creada en su interior.
Se quedó absorta mirando a los dos contagiada por la alegría que desprendían, hasta que la voz de Alei llamó la atención de su hermano e iniciaron una conversación de lo más distendida.
―¿Hasta cuándo os quedáis?
―Hasta el día dos ―contestó Ranma, acariciando la espalda de Nerezza, tratando de tranquilizarla ―. ¿Sigues en el Ministerio?
―Sí. Ahí sigo, aunque ahora soy el jefe ―dijo Alei que en ese instante recibía una taza de café de Nicola ―. Grazzie, mamma.
―Prego ―y la mujer se sentó entre medias de sus dos hijos, henchida de una cautelosa felicidad.
―¿Qué tal va el caso del americano? ―la voz de Genma se introdujo de ese modo seco y neutro, pero Akane sabía que estaba muy atento a las reacciones de todos.
―¿Americano? ―Ranma sedujo a Nerezza para que finalmente se sentara en su regazo y se quedase relativamente quieta. Su mirada fija en su hermano y llena de interés.
Y Akane supo que la intervención de Genma fué claramente premeditada.
―Le llamamos el americano porque parece un Ken de carne y hueso ―aclaró Alei con una sonrisilla que le daba un aire muy pícaro ―. Me llegó hace un par de semanas. Estoy preparando la acusación y, aunque la he revisado mil veces, siento que se me escapa algo.
―¿Por qué no te la traes y le echamos un vistazo? ―dijo Ranma de modo casual.
Hubo un breve silencio en la mesa denotando que acababan de quedarse sumamente sorprendidos. Akane no puedo evitar preguntarse cuál era el motivo para que a todos les hubiera chocado el ofrecimiento de su pareja.
―¿Estás al día de la legislación...?
―Sí ―cortó rápidamente, dándole un toquecito juguetón a la nariz respingona de Nerezza, quién miraba a su tío con una mezcla de adoración infantil y diversión ―. Traelo y lo miramos.
―Vale, de acuerdo ―contestó Alei con un deje que bailaba entre el agradecimiento y el desconcierto. Lanzó una rápida mirada a su esposa, quién esbozó una suave sonrisa y asintió casi pasando desapercibida ― ¿Cuándo puedes?
―Mañana por la noche ―y el modo en que lo dijo no admitía otro momento ―. Esta tarde voy a llevar a Akane a Siena y nos quedaremos allí a dormir.
Akane no pudo evitar ser ahora la sorprendida. Ranma no le había dicho nada de que tenían previsto ningún tipo de excursión más allá de Florencia. No iba a negar que le hacía ilusión que la llevase a más sitios, pero bien era cierto que él no le había comentado nada. Cuando sus ojos azules se posaron en ella para reafirmar lo que acababa de decir, Akane se percató de que estaba improvisando y que necesitaba que ella no le contradijera. Y lo entendió. Tal y como le confesó durante su paseo por el mercado, Ranma necesitaba huir de su familia, y era perfectamente comprensible que esa necesidad se acusase después del imprevisto reencuentro con su hermano y Mei.
―¡No me habíais dicho nada! ―exclamó Nicola, con un toque de mamma protectora y controladora.
―No te digo todo lo que hago, mamma.
―Pues deberías ―masculló, haciéndose la ofendida. Y de repente se levantó y le abrazó de tal forma que la cabeza morena de Ranma quedó bajo su barbilla, entre sus pechos, mientras le arrullaba como el primer día que llegó ―. ¡Ay, miakanboo! ¡Acabas de llegar y ya te estás yendo otra vez!
―Mamma... ―se quejó Ranma exagerando el acento, pareciendo visiblemente agobiado con su madre a un lado yNerezza exigiendo su atención al otro.
En la mesa comenzaron a reírse y a burlarse, lo que provocó más "comentarios para un bebé" de parte de Nicola, más exigencias de Nerezza, quién además intentaba apartar a su nonna para poder tener la exclusividad de su tío, y aún una más fingida y hastiada resignación por parte de Ranma.
Akane no pudo evitar sonreír.
Tras la comida, la cuál fue igual de bulliciosa y ruidosa que los anteriores días a pesar de que un halo de incomodidad reinó en el ambiente, subieron rápidamente al dormitorio a recoger las cosas para el improvisado viaje. Sin decir absolutamente nada Ranma sacó de su armario una pequeña maleta que dejó a los pies de la cama y Akane comenzó a colocar algo de ropa en ella mientras él llamaba al hotel para hacer la reserva.
Ranma merodeó por la habitación un rato hasta que finalmente se sentó en el colchón. Cuando terminó la llamada y colgó el teléfono se quedó estático y con la mirada perdida en el suelo. Ella le observó unos segundos y trató de imaginar en qué estaría pensando. Cuando notó que el tiempo se estiraba demasiado, y ya con la maleta finalizada, la cerró con un intencionado tirón de la cremallera para tratar de llamar su atención. Aún así, él seguía en algún lugar muy lejano.
Y no pudo evitar pensar que, tras el encuentro con su hermano y Mei, estuviese recordando algún instante de Turquía y, que tras ese recuerdo, vinieran otros muchos que...
―¿Ranma? ―dijo con la voz estridente cargada de preocupación.
Él se giró de inmediato al captar la urgencia en su voz, con el cuerpo preparado, con todos sus sentidos alerta y con sus ojos destilando una mirada sagaz y feroz.
―¿Estás bien? ―murmuró, acercándose a él.
―Sí ―no pudo evitar recorrerla de arriba abajo cuando la tuvo delante, entre sus piernas. Había marcado su preciosa piel... había abusado de ella... no podía perdonárselo. Necesitaba compensarla. Con extrema delicadeza posó sus manos sobre sus caderas, acariciándolas con absoluta reverencia ―¿Tienes todo?
―Sí ―le recorrió los brazos con la yema de los dedos, hasta cruzar las manos tras su cuello ―. Y también he metido tu ropa.
―Grazie, Dama mia.
Akane sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal cuando, al mismo tiempo que la habló en italiano con ese deje raspado, sus manos se movieron con amorosa posesividad sobre su trasero para después deslizarse hasta su cintura, casi rodeándola por completo mientras hundía bajo el jersey sus pulgares y acariciaba la piel de su vientre palpitante.
―Aunque te pongas meloso ―murmuró ella notando como su cuerpo reaccionaba a la caricia, calentándole la sangre ―... no vas a conseguir librarte de que más tarde hablemos.
Ranma sonrió y de un rápido pero cuidadoso movimiento la tumbó de espaldas en la cama y se colocó sobre ella. Akane le miró risueña, con una sonrisa casi traviesa.
―No quiero librarme de hablar contigo, Dama. Nunca ―dijo con la voz grave, tocándole los pómulos con el anverso de los dedos y siguiendo el movimiento con su mirada. La adoraba. Adoraba cada milímetro de su cuerpo y cada escondrijo oculto de su mente ―. Solo necesito un poco de tiempo. Verles me ha sorprendido tanto como a ti.
―Quiero hablar también de lo de anoche ―murmuró acariciándole el fuerte vértice de sus mandíbulas. Ahora, cuando le miraba, lo hacía de un modo completamente diferente. Ahora sabía lo que había sucedido en Turquía. Lo había visto... aquellas imágenes... había sido tan horrible. Cada hueso, cada músculo de su cuerpo, de su rostro... lo apreciaba de un modo distinto. Lo valoraba más. Lo amaba más ―. Y saber por qué estabas así.
En ese instante la besó. Fué un beso profundo, pero suave. Ansioso, pero mullido. Exigente, pero tierno. Tan egoístamente necesitado y tan sinceramente desinteresado...
―Esta noche, Dama ―susurró sobre sus labios húmedos, con la voz ronca, casi atragantada. Sus frentes juntas, sus ojos cerrados y su calor corporal fundiéndose―. Hablaremos esta noche.
El silencio había sido su compañero de viaje de camino a Siena, pero a Akane no le importó porque ambos necesitaban aquellos minutos de íntima reflexión.
Perdió la mirada por el cristal y contempló la belleza de los campos toscanos bañados por la luz del sol de la tarde. Desde los hermosos dorados, ámbares y colores tierra hasta la fresca gama de los frondosos verdes oscuros y brillantes hierbabuena. Contempló las hojas de los árboles meciéndose al compás del viento, titilando, ofreciendo la sensación de que eran pedazos de plata y oro refulgiendo con los rayos de luz. La suave intensidad de los colores iba desfalleciendo a medida que el sol caía, perdiendo poco a poco su fuerza.
Siena apareció recortada en el horizonte como un conjunto de arcilla derritiéndose bajo la luz dorada y sujeta por la espesura de los árboles.
Bordearon la ciudad y se introdujeron por una de las calles cercanas al corazón de la villa, repletas de casitas bajas de colores cálidos, hasta aparcar frente a un antiguo Palacete Sienes de color caramelo y contraventanas verdes. Akane se quedó observando la fachada sin esperarse lo que le escuchó decir en un susurro grave.
―Dicen que las princesas duermen en palacios.
Se giró, le miró interrogativa pero con ilusionada sorpresa, una sonrisa radiante y sintiendo como se le contraía el estómago de emoción.
―Vamos ―dijo él, saliendo del coche.
De la mano, se adentraron en una hermosa recepción. Mientras Ranma era recibido por un hombre de mediana edad y tramitaba la entrada en la habitación Akane observó el entorno. Los techos abovedados estaban decorados con bellos frescos y enredaderas de estuco que caían por las paredes, muebles y puertas de preciosa madera y una luz suave que flotaba en el ambiente.
―Dama, tenemos que darnos prisa.
―¿Por qué? ―contestó dejándose llevar por él.
―Porque está a punto de atardecer.
Cuando la puerta de la habitación se abrió se descubrió un enorme y lujoso dormitorio rústico. Paredes blancas como el nácar, el techo de robustas y barnizadas vigas de madera, un hermoso arco en el medio de la estancia del que en ambos lados sendas cortinas vaporosas podían formar un telón separando el dormitorio, un dormitorio que contenía una enorme y mullida cama cubierta por una preciosa funda de seda (la que también recubría las dos preciosas mesillas de madera) y un conjunto de muebles nobles tallados entre los que se encontraba un enorme armario, de una zona comedor donde el mobiliario de bella madera vista, los amplios sillones y sofás forrados de ricas telas y una enorme chimenea formaban un espacio sumamente acogedor.
Ranma dejó la maleta sobre una de las mesas que había en la zona dormitorio y rápidamente cogió a Akane de la mano y la llevó hacia la puerta francesa de cristal y madera que había hacia el final de la estancia.
―Ven ―abriendo los dos paneles, subieron los tres pequeños escalones y salieron al exterior.
Un bello jardín privado con frondosos setos y rosales, serpenteado por un camino de piedra y césped y gravilla, y coronado por una hermosa fuente de la que brotaba el agua clara. Desde donde estaban, en lo que parecía el precipicio de una colina, podían ver el bello horizonte y paisaje Toscano.
―Es precioso ―dijo Akane, casi sin respiración, sintiendo como Ranma la rodeaba con sus brazos desde atrás.
―Tu sei bellissima, donna ―susurró en su oído justo cuando ella se vencía contra su pecho, dejándose mimar entre sus brazos protectores.
El atardecer bañó el cielo de brillante cobre mientras las nubes se deshacían como algodón deshilachado, prendiéndose de naranjas fuertes y de rojos pasión. La bola de fuego del sol descendió como una lágrima hundiéndose tras las ondulaciones de la tierra dorada. Entonces, el cielo se tiñó de hilos de sangre, de rosas pálidos y cremosos violetas que poco a poco se desvanecían dando paso al débil azul ultramar que pronto se convertiría en un profundo negro.
―¿Habías estado antes aquí? ―preguntó ella en un murmullo, temiendo romper el remanso de paz en el que estaban imbuidos.
―No. Pero había oído hablar de este sitio.
Akane se giró un poco, inclinando la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarle desde abajo. Sus ojos azules estaban perdidos aún en el horizonte y no pudo dejar de sentir que en el fondo parecía como si Ranma estuviese buscando algo... lejos de ella... como si él estuviese tratando de separarse, de crear una barrera entre ellos. Con una pizca de temor, Akane quiso luchar por traerle de vuelta, a su lado.
―Así que soy una princesa.
Ranma parpadeó un par de veces, pareciendo despertar de un sueño, y sus ojos se enfocaron en ella, con el ardor de un amor repleto de culpabilidad.
―Eres mi princesa.
―¿Para siempre?
―Para tu desgracia, sí ―dijo con ánimo juguetón. Le dió un beso en la frente y murmuró sobre su cabello ―. Para siempre.
―No es una desgracia dormir en palacios ―farfulló con el mismo tono pícaro ―¡Y menos si hay una chimenea tan enorme! ―se deshizo de su agarre y se puso frente a él, de espaldas al remolino oscuro que teñía el cielo, con las manos tras la espalda y adquiriendo un tono tímido, confesando ―. Siempre he querido dormir frente a una chimenea.
―¿Es una invitación? ―y el murmullo fué acompañado del mismo cariz sensual que adquirió su mirada.
―Uhm... ¿Una sugerencia? ―dijo, haciéndose la interesante.
Ranma sonrió.
―Me gustan ese tipo de sugerencias ―se acercó a ella y le rodeó la cintura con las manos, invitándola a caminar hacia el dormitorio. Agachándose un poco, le susurró al oído ―. Sobre todo si nos incluyen desnudos.
―Ya ―le dió un empujoncito con las caderas, tentándole ―. Esas también me gustan a mi.
―¿Te parece si vamos a cenar ahora y, cuando volvamos a la habitación, yo voy encendiendo la chimenea mientras tú te das una larga ducha de agua caliente?
Pasaron al dormitorio y, mientras terminaba de bajar las escaleritas, contestó.
―Tengo la sensación de que estás tratando de conseguir algo de mi ―y, aunque lo dijo en el mismo ánimo juguetón, Akane percibió como él se tensó, especialmente cuando cerró la puerta con un toque brusco. Se quedó quieto, sin decir una palabra ―¿Ranma?
―Ho bisogno del tuo perdono... ―murmuró con la voz cargada de pesar. Porque lo que le había hecho la noche anterior había sido tan indigno que rogaría, suplicaría y se arrastraría por recibir su perdón, aunque bien sabía que no lo merecía en absoluto. Pero eso, lo haría más tarde, cuando conversaran, porque tenían mucho de lo que hablar. Así que, antes de que ella pudiese decir nada más, la miró por encima del hombro y, con una sonrisa cargada de sexualidad y contemplando su precioso cuerpo de arriba abajo, dijo con tono ronco, bajo y tenso ―¿Puedes ser mi postre?
Akane se mordió el labio inferior, conteniendo el deseo de lanzarse sobre él respondiendo a su mirada de "Sexo, ahora" y besarle como si le fuera la vida en ello mientras le tiraba al suelo y le desgarraba la ropa. Estaba tan excitada que, cuando le respondió, de su garganta brotó un maullido líquido, denso y lascivo.
―Sólo si tú eres el mío.
El hermoso cenador estaba situado a un lado del gran jardín principal iluminado por farolillos, con una enorme fontana de piedra que emulaba perfectas sirenas y diosas romanas. Sobre el techado de madera y cristal yacían las enredaderas que caían en cascada por los laterales como suaves cortinas de hojas frescas. Las mesas junto a sus sillas de mimbre se esparcían en un suelo de porosa pero plana piedra vista que se iluminaba de colores cálidos con las velas que ondulaban su lágrima de fuego dentro de las gotas de cristal que las contenían. Las suaves, tranquilizadoras y lejanas notas de un piano envolvían el ambiente con una cierta timidez.
Cenaron disfrutando del aura que flotaba en el ambiente y en un relativo silencio con breves comentarios sobre una cena deliciosa. Intercambiando suaves miradas y leves sonrisas que se esbozaban desde la complicidad más sincera hasta la sensualidad más carnal.
Cuando llegaron al dormitorio percibieron el ligero frescor de su enormidad. Akane sintió un escalofrío al que Ranma respondió envolviéndola en sus brazos y frotándole los suyos.
―Ve a la ducha ―murmuró en su oído ―. Yo enciendo el fuego.
El baño no desmerecía el dormitorio. Estaba decorado como las antiguas termas romanas, con mosaico en el suelo y las paredes, y columnas trajanas separando la gran bañera. Cuando el agua caliente humeó el vapor como remolinos en el aire, Akane se introdujo dejando que el liquido se deslizara por su piel y calentara su cuerpo. Al terminar se quitó el grueso de la humedad del cabello con una esponjosa toalla blanca y después se envolvió en un suavísimo y níveo albornoz con el que salió a la habitación.
Las luces de las llamas de los troncos quemándose en la chimenea ocultaban la oscuridad de las paredes con sus brillos. Una aterciopelada danza de dorados que se mecía en todo el dormitorio. Maravillosamente acogedor.
Adentrándose hacia la zona de estar Akane vió a Ranma parado frente a la ventana y mirando a la noche a través de los cristales. Con cautela le rodeó por la cintura desde atrás, apoyando la mejilla contra los marcados músculos de su ancha espalda, suspirando por el simple placer de sentirle.
―Hola... ―murmuró en un suspiro.
―Hola... ―su voz brotó suave aunque ronca y fue entonces cuando Akane percibió con claridad el suave aroma del tabaco mentolado.
―No sabía que fumaras.
Él se dió la vuelta sin deshacer su abrazo y en su mirada un claro mensaje teñido de una cautelosa oscuridad y un ápice de lamento "Hay tantas cosas que no sabes de mi y que nunca podrás saber...". Sus miradas siguieron fundiéndose. El agua tocó la arena, la arena absorbió el agua... y el silencio, por primera vez, se volvió incómodo entre ellos.
―No suelo hacerlo.
Él se apartó de ella en busca de un cenicero en el que apagar el cigarro, dejándola con una sensación de desconcertante y asfixiante soledad. Y Akane buscó el modo de romper el instante. Observando los troncos de madera que prendían en la chimenea, se percató del lecho de mantas, sábanas y almohadas improvisado frente al fuego y de la mesita donde se encontraba una champagnera helada en la que una escarchada botella de Lambrusco brillaba con el rosado iridiscente de su vino espumoso. Y allí encontró el modo de volver a conectar con él.
―¡Has pedido Lambrusco! ―exclamó con alegría yendo hacia la mesita. Sacando la botella en un arrastre entre los cubitos de hielo, se giró de nuevo hacia Ranma. Con una sensualidad descarada ladeó sus caderas, estiró el brazo ofreciéndole la botella para que la abriera y, con la suculenta voz de la coqueta sexualidad, susurró ―¿Es que quiere emborracharme señor Berlasso?
Él caminó hacia ella con la elegancia de una pantera, sin apartar sus ojos seductores de los suyos. Tomó la botella y acarició el cuello frío y resbaladizo como si se tratase de un amante a quién comenzaba a desnudar. Extrañamente erótico, con movimiento diestros pero premeditadamente lentos, suaves, como un preludio de las caricias que le prodigaría a ella... y descorchó la botella. Akane casi saltó en el sitio por la anticipación. Se mordió los labios y cogió una de las largas copas de fino cristal, tendiéndosela, intentando calmar su pulso acelerado y su agitada respiración.
Ranma le sirvió el vino espumoso y, con un deje sexualmente oscuro cargado de una sabedora sonrisa de suficiencia, murmuró en respuesta a su provocación:
―Cómo si me hiciese falta.
No, no le hacía falta, ambos eran muy conscientes de ello. Solo tenía que regalarle una caricia, un susurró en el oído, un beso ardiente suave o apasionado y la tendría por completo. Exactamente igual que ella a él.
Sintiendo la garganta seca, Akane dió un trago al rosado frío y se giró rompiendo la conexión entre sus miradas, buscando continuar con el juego de seducción a un ritmo más pausado que no convirtiera sus entrañas en líquido ardiente.
―Ya veo que lo tienes todo muy bien pensado ―susurró con la mirada puesta en la cama frente al fuego.
Ranma la observó allí, a contraluz, con el esponjoso albornoz envolviendo sus preciosas curvas. Su mirada quedó cautiva en las puntas de su cabello húmedo, brillando con las gotitas de agua aún no vertidas sobre la suave porción de piel desnuda de la frágil linea de su cuello. Quería besar cada centímetro de su cuerpo, lamerla entera y poseerla con la extasiante delicadeza de un amante aletargado, emborrachándose de cada sensación, de cada uno de sus suspiros y gemidos, del placer de enterrarse en ella y sentir su cuerpo apresándole en su interior con el ansia de una mujer necesitada. Quería perderse en su mirada vidriosa por el placer, sentir sus manos tocándole con impaciente lujuria, y quedarse en ese instante perfecto para siempre, quedarse con ella en el mundo que estaban construyendo.
Cerró los ojos con fuerza e intentó tranquilizar sus instintos. Habría tiempo para eso. Después de que hablaran, tendría toda la noche para amarla con la reverencia, la ternura y el profundo amor que ella merecía.
Dió un trago largo al vino sintiendo como la espuma cosquilleaba helada en su garganta antes de dejarla sobre la mesa donde yacía la champagnera. Colocándose detrás de ella, tomó entre sus dedos las gotas de agua al ladear su cabello para besarla sobre la mordedura con un perdón implícito.
―También he pedido trufas ―dijo en su oído. Y la sintió estremecerse de anticipación.
Akane observó la bombonera de acero que yacía a un lado de la champagnera. Al retirar la tapa encontró una docena de trufas heladas.
―Qué he hecho yo para merecerte ―susurró en un extasiado suspiro de sinceridad antes de llevarse a la boca una de las delicias de chocolate.
Ranma volvió a besarle la mordedura con una sonrisa camuflada.
―No te las comas todas ―murmuró sensual pero con un rastro de diversión en su voz ―. Y déjame al menos la mitad de la botella.
Antes de que pudiese retirarse ella se volvió y le besó. El amargo dulzor del chocolate helado fundiéndose entre sus lenguas. Cuando el beso se detuvo, no pudo evitar arrastrar sus dientes sobre su jugoso labio inferior. Ella ahogó la risa en su garganta, produciendo un sonido espeso y erótico que a él le produjo una erección instantánea.
―Esto no te libra de nuestra conversación, Tiziano.
―No quiero librarme, Dama ―sonriendo, acarició su rostro con los nudillos ―. Sólo pretendo hacerlo un poco más fácil.
Akane le observó mientras se iba hacia la ducha. Cuando desapareció en el cuarto de baño acomodó la bombonera ychampagnera al lado del lecho frente al fuego, en el extremo más alejado para mantener el hielo el mayor tiempo posible y, por tanto, el vino frío. Después se arrebujó entre las suaves mantas y se quedó contemplando las llamas crepitando, la madera estallando en pequeñas chispas, mientras daba sorbitos al aromático Lambrusco y se preparaba para una conversación que podía volverse complicada.
Al cabo de unos instantes le oyó salir del cuarto de baño. No pudo evitar girar el rostro sobre su hombro y contemplar sus movimientos mientras se acercaba a ella. El amplio y delineado torso desnudo, brillando con el dorado del fuego, y sus caderas cubiertas por una toalla de un prístino blanco. Se detuvo a coger la copa de la mesa y después se acomodó sobre las mantas a su lado, ofreciéndole una sonrisa cautivadora y casi tímida. Pero, rápidamente, su exótica mirada se perdió en las ardientes llamas y Akane no pudo evitar contemplar con curiosidad su perfil, deteniéndose a observar el modo en que la nuez de su cuello se movió hacia arriba y abajo cuando el vino se deslizó por su garganta.
El fuego siempre había provocado en él una sensación relajante por lo hipnótica. La forma en que las llamas se mecían como una masa de lágrimas uniformes, como lenguas sedientas rogando por agua... Cerró los ojos y apretó las mandíbulas, evitando que el recuerdo que le asaltaba inundara su mente, que la sombra de la muerte le rondase, que el trabajo para el que le habían requerido mientras Akane había estado en la ducha acaparara esa noche. Tenía que concentrarse. Tomó otro sorbo del frío Lambrusco.
―No me esperaba esa reacción ―dijo Akane en un murmullo suavísimo.
Ranma no pudo evitar que una sonrisa sesgada se formase en sus labios mientras tragaba el líquido espumoso. Sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo.
―¿Esperabas gritos, miradas de odio y tal vez unos cuantos puñetazos? ―se recostó sobre la manta, igual que ella, y dejó su copa entre medias de ambos, tocando con aire distraído el pie de cristal.
No pudo evitar admirar lo bella que era y el modo en que su rostro brillaba como hermoso bronce pulido.
―No lo sé ―dejó resbalar el brazo quedando estirado para apoyar la cabeza. Era una pose perezosa que indicaba lo muy cómoda y relajada que estaba a pesar de su conversación ―. Viendo cómo reaccionaste cuando me lo contaste... ―hizo una breve pausa y suspiró ―. No lo sé, Ranma. Pero no esperaba que todo fuese tan normal. Ha sido tan normal que ha sido... de lo más raro ―agachó la mirada al terminar y jugueteó con el pelo largo de la manta con un deje distraído y esperó que él continuase.
Ranma necesitó de un silencio prolongado, reflexivo, antes de poder contestar.
―No sentí nada ―confesó casi para sí mismo, con su mirada de nuevo en el fuego ―. No sentí nada cuando les ví. Y no debería ser así ―murmuró, cogiendo la copa y meciéndola ligeramente antes de darle otro trago al vino.
―¿Por qué no? ―preguntó con un ápice de impaciencia. Porque ahí estaba, el deber ordenando y dictando su vida. Suavizó el modo cuando explicó ―. El que no sintieses nada es un síntoma de que lo has superado.
―No ―dijo con seguridad aunque esbozó una sonrisa agotada y triste―. Es un síntoma de que han dejado de importarme, Dama. Y él es mi hermano.
Akane se quedó en silencio porque entendía perfectamente las implicaciones de su razonamiento. Y no podía rebatirlo. No había nada más terrible que haber amado a una persona y que en un instante de la vida deje de importarte, no signifique absolutamente nada, que te sea completamente indiferente, que ni siquiera una mínima emoción te invada al verla, ya fuera positiva o negativa. Y, por el pasado que Ranma y Alei compartían... Era tan triste que hubiera llegado aquello... porque significaba que todo lo que Ranma hiciese por acercarse a su hermano no sería porque él lo desease, lo haría por el bien de su familia. Y la menor esperanza albergada por una reconciliación o un acercamiento a lo que una vez habían tenido... se había perdido.
Pero, tras otros instantes más de cómodo silencio y reflexión, Akane se percató de que tal vez no era del todo cierto que no sintiese nada.
―Eres muy independiente, amore ―susurró, tocando con suavidad su musculoso brazo para llamar su atención ―. Y creo que el que te preocupe el hecho de que no sientas nada por él significa que en el fondo sí que sientes algo.
Él no se movió de inmediato, ni siquiera parecía respirar pero, finalmente, sus ojos azules, en ese instante resplandecientes como dos grandes gotas de miel al sol, volvieron a fijarse en ella con una intensidad feroz y posesiva en su mirada.
Necesitaba tocarla.
En un gesto delicado acarició con la yema de sus dedos su pómulo, tentó a sus jugosos labios, resbaló por su mandíbula y deslizó el toque descendiendo por la linea de su cuello. Ella reaccionó cerrando los ojos, suspirando con placer soñoliento y estirándose, ofreciéndole un mejor acceso a su piel. Ranma continuó hasta que introdujo los dedos bajo el esponjoso albornoz y lo arrastró hacia atrás, desvelando la resplandeciente tersedad de su delineado hombro y la cremosa piel de su pecho excitado, palpitando al ritmo de su respiración.
―Sólo reaccioné cuando te miró ―respondió con la voz ronca, deslizando los dedos por su brazo, eliminando la barrera que le impedía tenerla desnuda. Poco a poco, con la más suave de las delicadezas. La miró a los ojos, sus irises brillantes, observándole con una mezcla de comprensión y tímida lujuria ―. No pude soportar que te mirara así porque sabía lo que estaba pensando.
―Yo nunca te...
―Lo sé ―interrumpió con seguridad, esbozando una sonrisa al ver el modo ofendido y enérgico en que trató de hacerle entender que ella no le sería infiel ―. Ha habido momentos estos años, y especialmente estos últimos días, en los que creía que quería recuperar la relación con mi hermano.
―¿Y quieres hacerlo?
―No ―contestó sin un ápice de duda, merodeando con sus dedos sobre su fina piel ―. Al verle esta mañana y no sentir nada me he dado cuenta de que me estaba aferrando a los recuerdos de un pasado que nunca podré recuperar. Si me acerco a él es por aliviar la tensión en mi familia, no porque quiera hacerlo.
―Es muy pronto, Ranma. Después de tantos años te lo has encontrado de golpe. Olvídate de si deberías haber sentido algo porque es tu hermano. Cuando una persona te hace daño y te decepciona necesitas tiempo. Tiempo para alejarte de esa persona y tiempo para volver a acercarte. Acabas de verle. No te exijas tanto.
No contestó porque quería dejar de hablar del tema de Alei.
Deseaba centrarse en ellos como pareja, porque también tenían algo que arreglar. Con toda su atención puesta única y exclusivamente en ella, deslizó su mano hasta el cinturón de algodón sin dejar de mirarla, desabrochándolo con habilidad pasmosa. Cuando apartó la mullida tela y la hizo caer tras la forma redondeada de su cadera, su precioso cuerpo se desveló como un espejismo ardiente y ella se estremeció, emitiendo un suave quejido. Ranma apartó la mirada y contempló el modo en que el fuego bañaba su piel con claro oscuros del color del oro y la plata líquida.
La respiración se le agitó y notó a su corazón bombear con fuerza la sangre que rugía violenta en sus venas. Su cuerpo ansioso y preparado para tenerla. Había mil razones para estar excitado, miles de razones para simplemente dejarse llevar y hacer lo que la lujuria demandaba, para llegar a la cúspide de la seducción... Pero allí estaban también las horribles marcas de suave color lavanda en forma de pétalos de rosa caídos sobre sus caderas. Y recordó la razón más poderosa que le impedía avanzar. Sus ojos volvieron a sus arenas, tan brillantes como dos gemas preciosas, tan rebosantes de todas las emociones correctas que le hizo sentir miserable.
―Sabes que no te odio ¿verdad? ―dijo con la voz constreñida, atragantada, profundamente arrepentida, buscando con obsesiva fijeza su conexión en su mirada ―. Que eso sería lo último que sentiría por ti.
Ella sonrió. La sonrisa más preciosa que Ranma jamás había visto... y estaba cargada de una tristeza camuflada entre los velos de la comprensión, de la ternura y del amor más sincero que hubiera experimentado nunca. Su cuerpo sinuoso se movió sobre las mantas, deslizándose como suaves olas que pretendían bañarle con su calidez. De esa forma se arrulló casi bajo su cuerpo y mientras que una de sus pequeñas manos se deslizaba por su hombro y tras su cuello como un retén y la otra acariciaba su pectoral izquierdo sintiendo el fogoso palpitar de su corazón, murmuró:
―Quizá te parezca extraño ―sus irises se desviaron un instante para observar su cuello y su mandíbula. Cuando le miró de nuevo, sus párpados yacían entornados, pesados, y sus ojos relucían cristalinos con el reflejo de la comprensión más decidida y absoluta ―... pero entiendo perfectamente lo que quisiste decir ―y esbozando una sonrisa pícara, haciendo un gracioso mohín, susurró con complicidad al tiempo que le acariciaba la cara ―. Yo también te odio.
Ranma le devolvió la sonrisa pero ésta se desvaneció cuando en su interior se derramó la sensación de que quizá aquella sería la última vez que pudiera tenerla así. Notó que la garganta se le estrechaba en un espasmo nervioso, angustiado y con un tinte de rabia. Cerró los ojos y tomó una respiración profunda y comedida. En ese instante de oscuridad absoluta se percató de que tal vez su bello rostro siempre quedaría fijado en su memoria a través de su mirada pero necesitaba memorizarla también así, a través de su tacto, y que la sensación del trazado de sus huesos y su piel en sus dedos quedara tan fijada que fuese capaz de reconocerla aún sin verla.
Sin abrir los ojos recorrió el contorno de su cuerpo con la yema de los dedos en un suave cosquilleo que consiguió erizarla la piel en temblorosos escalofríos acompañados de unas suaves y melódicas risas nerviosas de placer. Trazó de nuevo su fino cuello por un lado y comenzó a dibujar las líneas de su rostro notando los huesos firmes de las mandíbulas, perfilando la barbilla pequeña y ligeramente redondeada, deleitándose con sus labios suavemente llenos pero eróticamente rugosos, recorrió la estrecha y recta nariz de poros ligeramente más gruesos, contorneó sus cejas de suave vello al tiempo que percibía la finura de la piel de sus párpados cerrados y la largura y espesura de sus largas pestañas negras; trazo un terso pómulo y luego el otro, tocó su frente recorriéndola de un lado a otro hasta acariciar el nacimiento de su sedoso y lacio cabello negro y, por último, escurrió sus dedos hacia el cuello notando la pequeña nuez y deteniéndose en la sensual hendidura de la unión de sus clavículas.
Cuando abrió los ojos con una leve sensación de satisfecha tranquilidad tras unos segundos inmóvil, la realidad volvió a golpearle. Ella le observaba con fascinada curiosidad y una sonrisa juguetona y él sintió que aquél era el momento de explicar lo que había sucedido la pasada noche.
―Tengo miedo, Akane. Miedo a seguir vivo y que por ello te hagan daño. Miedo a morir, a no verte más, a dejarte sola y a que lo que yo arrastro se te venga encima ―ella intentó interrumpirle, pero él colocó sus dedos sobre sus labios ―. No, escucha. Tienes que saber esto. Necesito que lo sepas.
Sus miradas se entrelazaron con esa inmensa comprensión y ese anhelo demencial. Ella asintió con un movimiento suave al tiempo que se arrimaba un poco más contra su cuerpo expresando con aquél gesto un "estoy a tu lado".
―Nunca había sentido miedo antes de conocerte ―sus grandes ojos rasgados se abrieron con un deje de sorpresa desconcertada. Sabía lo que estaba pensando ―. Mi trabajo... ―Ranma suspiró ―...sí, hay momentos en los que he sentido miedo, pero es completamente diferente. Es el miedo instintivo y no consciente, el instinto de supervivencia. Necesito el riesgo, la emoción, sentirme al límite ―esbozó una sonrisa amarga, condenándose a sí mismo por ser como era ―. Necesito esa inyección de adrenalina. Y esa sensación puede incluso con ese miedo instintivo a morir. Pero contigo... ese miedo no es instintivo, Dama. Es real. Absolutamente consciente.
Hizo una pausa, observándola. Sus ojos parecían dos bellas lágrimas del ámbar líquido más puro.
―Cuando estaba con Mei, nunca tuve dudas porque siempre sentí que podía contigo es completamente diferente. Contigo siempre siento que voy a fallar, que no voy a poder protegerte y que no llegaré a tiempo ―le acarició la mejilla. Necesitaba su contacto, sentirla, notar el aliento de su respiración, a causa del temor que le causaban sus propias palabras al imaginarlo. Se agachó, juntando sus frentes, cerrando los ojos y, cuando habló, susurró con el desgarro propio de quién sabe que lo que dice es más probable de lo que nunca imaginó―. Tengo tanto miedo a perderte... Me está destrozando, Dama. Me está destrozando.
Akane tragó con pesadez. Las terroríficas imágenes de aquel dossier acudieron a su mente mezclándose con sus palabras. Ella podía imaginar cómo se sentía y en la difícil situación en la que se encontraba. Pero no quería oírlo. Que se lo dijera era como si le estuviese clavando un puñal en el corazón y lo retorciera con saña. La hacía sentir culpable y casi arrepentirse por haberse cruzado en su vida porque si nunca se hubieran conocido, él no estaría sufriendo. Y dentro de la complicada vida que llevaba... todo sería más sencillo si ella no estuviese.
Se removió y le empujó por el tórax, separándose de él. Ranma intentó sujetarla con suma delicadeza, como si su cuerpo fuese de cristal.
―Dama...
―Dame un momento ―dijo quedando sentada de cara al fuego. El albornoz resbaló por sus hombros y quedó desnuda. Pero no sintió frío. Su cuerpo ardía por la mezcla de emociones. Sus ojos quemaban ―. Solo un segundo.
Ranma se quedó quieto, aún tumbado, contemplando las suaves formas de su femenina espalda meciéndose al ritmo de su respiración agitada y el modo en que el fuego modelaba su piel.
―Esto no es culpa tuya ―se apresuró a aclarar, acariciándola sobre el sensual entramado de su columna vertebral. Ella se encogió, doblando las piernas y acercando las rodillas a su pecho ―. Dama, mírame ―pidió con la voz calmada pero, cuando tras unos instantes ella no se movió, su tono se volvió exigente ―. Mírame.
Ella giró su rostro, observándole por encima del hombro y se sorprendió al ver en sus ojos azules una dureza exasperada, una tristeza inmensa, una lucha de emociones exacerbada.
―No te estoy diciendo esto para que te sientas responsable o culpable de nada. Solo intento... quiero que entiendas... quiero explicarte y que sepas por qué estaba así anoche.
Akane lo sabía. Sabía que no quería que se sintiera mal; solo pretendía ser sincero porque así era su relación, porque los dos estaban de acuerdo en que ese era el modo más sano de estar juntos a pesar de todos los secretos que él siempre guardaría. En ese instante la necesidad de tenerle cerca acució exigente, así que se tumbó de nuevo mientras él pasaba su brazo por debajo de su cuello.
―¿Es por todo eso que sientes por lo que no puedes dormir? ―murmuró un poco más tranquila, acariciando su bíceps, que le servía de almohada.
―Lo que tenemos, me hace sentir ese miedo que nunca he sentido y que tengo que aprender a manejar... ―un suave mechón de cabello se deslizó sobre su rostro y lo deslizó detrás de su oreja ―... consigue que tenga más problemas de lo normal. Pero no es solo eso ― El silencio se extendió por unos segundos. El sonido de la madera estallando se volvió ensordecedor. Sus miradas se encontraron y, entonces, se sintió tan avergonzado por lo que iba a decir que rompió el contacto visual y confesó con su vista fija en el fuego ―. Soy adicto a las pastillas para dormir.
Akane le observó rebosante de orgullo. Entendía lo difícil que había sido para él reconocer algo así pero, lo que Ranma parecía no comprender era que, después de todo lo que había pasado en la vida, el menor de sus problemas era depender de unas pastillas para poder dormir. Lo extraño hubiese sido precisamente lo contrario, que nunca las hubiese necesitado. Pero en ese instante lo que le preocupaba a Akane por encima de todo no era su adicción, era el hecho de que no se permitiera tener debilidades ni tampoco perdonarse por ellas.
―¿Cuánto llevas sin tomarlas? ―le acarició el brazo, tratando de llamar su atención al tiempo que expresaba su comprensión y apoyo.
―Un año, cinco meses y diecisiete días ―murmuró estirándose para coger la copa de cristal y darle un trago al Lambrusco. Una sonrisa amarga cruzó su boca y sus ojos siguieron fijos en el fuego ―. Me dí cuenta de que tenía problemas cuando en uno de mis viajes se me olvidaron. No solo no podía dormir sino que tuve síndrome de abstinencia. Ahí supe que lo que era un tratamiento razonable ―hizo una pausa, como si dudase de lo que acababa de decir ―...se había convertido en adicción. Me costó más de medio año dejarlo, pero lo conseguí.
―Y ahora necesitas tomarlas de nuevo por... ―y se detuvo, dejando en el aire un tristísimo y claro "mi culpa".
Akane se sentía amargamente desolada porque no podía dejar de pensar que lo mejor para él sería si ella desapareciese de su vida. El dossier volvió a interponerse, a solaparse con lo que Ranma estaba confesando. Y todo eso, todo... era demasiado. No podía dejar de sentirse como una carga para él, como un problema mas que como lo que debería ser, como lo que debería significar; un alivio para su vida, un motivo de felicidad, un remanso de paz. No quería derrumbarse... no quería... tenía que ser fuerte...
Y fué aquello, lo no dicho, lo que hizo que Ranma se girase de golpe y la mirase con una determinación descarada.
―No ―dejando la copa cerca se tumbó de nuevo y entonces vió que a ella le temblaba la barbilla, desviaba la mirada e intentaba una vez más separarse de él ―. No, Akane. No cometas el mismo error que yo cometí anoche... ―la sujetó con su cuerpo, impidiendo que se girara sobre las mantas, y la tomó suavemente pero con firmeza de las mandíbulas, obligando a que le mirarse ―. Es mi problema, Dama. Mío. Solamente mío.
―Yo lo estoy causando ―farfulló, conteniendo el sollozo.
―No lo entiendes ―dijo con una sonrisa que reflejaba toda la ternura que provocaba en él ―. Es lo que siento por ti lo que me está causando esto. Soy yo el que te quiere así ―murmuró, acariciándole el rostro, tratando de tranquilizarla. Sus ojos del color de la arena húmedos y brillantes ―. Soy YO el que te ama así ―repitió ―. No puedes culparte por cómo me siento,Dama. No eres responsable de ello. Solo yo.
―Pero si yo no estuviera...
―Si tú no estuvieras ―dijo inquieto ante solo pensar en esa posibilidad ―... me estaría perdiendo lo más maravilloso que me ha ocurrido en la vida ―ella rió. Una de esas risas nerviosas cargadas de un toque desesperado e incómodo ―. Ysaber que ha merecido la pena por todo lo que he pasado, porque te tengo como recompensa.
Y aunque quería mostrarse fuerte, abrazarle por esas palabras... no podía porque otra vez las imágenes tomaron forma en su mente y empañaron todo. Akane cerró los ojos con fuerza porque quería evitar echarse a llorar. Porque había prometido que él jamás sabría que ella había visto aquel horror. Pero estaba desbordada. Demasiados impactos emocionales en tan poco tiempo. No podía quitarse las fotografías de la cabeza, aquellas marcas y heridas en su piel. Su cuerpo y su rostro deformados por los abusos... el daño psicológico al que después tuvo que enfrentarse...
―¿Qué has visto?
Akane abrió los ojos de golpe, asustada por el tono frío y rasgado en su voz. Él la observaba con el rostro pétreo, contraído con la sospecha más pura.
―¿Qué? ―dijo ella, tratando de fingir que no le entendía.
Era demasiado noble y demasiado sincera para ser una mentirosa convincente pero tal vez hubiera conseguido engañarle si él no la conociese tan bien y si no fuese un experto en detectar una mentira. Apreció con el corazón que lo intentase, que una vez más fuese tan desinteresada y estuviese mirando por él y por su bien y no por el suyo propio a pesar de que estaba claro que estaba sufriendo. Pero sus pupilas se dilataron levemente y la delataron. Arreglaría cuentas al llegar a casa...
―Mis padres ―murmuró con la voz más ligera ―¿Te han contado algo?
―¿Por qué dices eso?
―Porque estás reaccionando de un modo demasiado intenso ―comenzó a acariciarle el hombro, casi con un deje distraído―. Quiero explicarte por qué me comporté así anoche pero no se cómo decirlo para no hacerte sentir culpable.
―Lo siento ―dijo en un murmullo.
―¡No lo sientas! ―Ranma se levantó exasperado, cogió la copa de Lambrusco y se acercó al fuego, apoyándose en la repisa de la enorme chimenea. De un trago se terminó la copa y la dejó sobre la piedra―. Soy yo el que tiene que pedirte disculpas por lo que hice anoche.
―Ranma, no hiciste nada que yo no qui...
―Nunca podré perdonármelo ―interrumpió con la voz ronca.
Akane le vió esbozar una sonrisa que rozaba la desesperación y entonces se giró, quedando completamente de espaldas a ella. Se apoyó en la repisa de la chimenea y sus músculos se inflamaron con la impaciencia mientras que espalda se onduló al ritmo de una respiración profunda que quedó contenida. Parecía agotado, derrotado y perdido. Y terriblemente solo. Exactamente como no debería estar.
―Ven aquí. Vuelve aquí conmigo y explícamelo ―pidió con urgencia. Él la miró por encima del hombro con el fuego bailando sobre su cuerpo desnudo y su rostro partido en dos mitades. Akane supo que la única forma en la que él se acercaría sería si usaba sus mismos argumentos contra él―. Ranma, tienes que entender ―se arrodilló sobre las mantas, dispuesta a levantarse si lo que iba a decir no funcionaba―... que igual que yo no puedo evitar que tú creas que anoche hiciste algo mal, tú no puedes evitar que yo me sienta muy en parte responsable de lo que te está pasando. Y ese sentir... es mi problema.
Ranma cerró los ojos y sintió unos inapropiados deseos de reírse. Solo ella podía arrinconarlo emocionalmente de ese modo, usando sus palabras contra él, y dejándolo con la sensación de haber sido derrotado. Volvió a sentarse a su lado y sus ojos se volcaron en ella con la devoción más absoluta.
―No te merezco ―le dijo con una sonrisa humilde.
―Sí me mereces ―murmuró antes de pegar su cuerpo desnudo al suyo, sintiendo el calor abrasador de las llamas en su piel, abrazándole por el cuello y besándolo con amoroso ardor, atrayéndole hacia la suavidad de las mantas de suave pelo largo. Cuando sus labios se despegaron le dedicó una suave sonrisa ―. Cuéntamelo.
Él deslizó sus dedos por su cuerpo, siguiendo sus propios movimientos con la mirada, acariciando su piel con esa tierna reverencia que cautivaba. Cuando rodeó su ombligo y descendió hasta tocar la piel de su bajo vientre se detuvo un instante antes de extender su mano sobre su piel, cubriéndola protector.
―Me siento mal cuando duermo porque creo que cuando despierte será demasiado tarde ―sus párpados se levantaron, sus irises clavándose en los de ella ―. Cuando estaba en el baño intentaba convencerme de que tenía que tomar las pastillas. Después de cinco días sin dormir no iba a servirte de mucho si me necesitabas. Debía dormir como fuera pero tampoco quería volver a depender de ellas ―volvió a contemplar su mano estirada sobre su útero. La movió, deslizando sus dedos por aquellas marcas oscuras y terribles sobre sus caderas, en forma de pétalos de rosa ―. Entonces llamaste y pensé que si salía y te confesaba mi adicción, por mucho que me avergüence, no me sentiría tan mal volviendo a ellas ―Akane colocó su pequeña mano sobre la suya, deteniendo el modo errático en el que él estaba contorneando las machas oscuras sobre su piely dirigiéndole para colocarla entre sus pechos―. Pero cuando salí y te ví... la forma en que me miraste... ―fijó su mirada en sus arenas y sintió la ansiedad atenazándole la garganta. Ella debió percibirlo, porque apretó su mano y asintió, instándole a que continuara―. Estabas asustada. Estabas asustada de mí. Yo estaba desesperado, me estaba volviendo loco porque no sabía qué hacer... todo por ti... y tú me miraste aterrada. No lo entendí. ¡Joder! ―dejó de mirarla y se escurrió por su cuerpo, besando el lugar que hacía tan solo un instante su mano había ocupado cerca de su corazón―. Dios... eso no es excusa para lo que te hice...
―Shshsh. Tranquilo ―dijo ella, enterrando las manos en su pelo, acariciándole con suavidad―. No me obligaste a nada, Ranma. Te provoqué, con toda la intención.
―Te dije que quería hacerte daño ―murmuró con la voz quebrada― ¿Por qué no dijiste "no"? ¿Por qué no me detuve?
―Porque era lo que necesitabas. Y yo también ―entonces él la miró. Sus ojos brillantes, grises como el grafito―. Estaba enfadada y frustrada contigo por que no sabía qué te pasaba ni cómo ayudarte y cuando te acercaste y me dijiste que querías hacerme daño... yo también sentí que quería hacértelo aunque me pareciese mal desearlo. Los dos buscábamos lo mismo. ―él se irguió sobre ella claramente sorprendido. Sus preciosos ojos a la altura de los suyos. Y ella le sonrió, acariciándole la mandíbula y perdiéndose en su mirada, con un toque de lujuria brillando en el fondo de sus pupilas― El sexo nos libera.
Ranma se quedó unos segundos en silencio, perdido en sus irises color arena, en el candor que desprendía su resplandeciente mirada y la belleza serena de su rostro. Eran más parecidos de lo que ninguno de los dos podía haber imaginado hasta ese momento. Pero él era el afortunado... él era quién tenía un tesoro a su lado.
―Lo siento ―susurró sobre sus labios antes de besarla con un angustioso arrepentimiento y un devoto agradecimiento―. Lo siento... lo siento... mi dispiace amore mio... ―y sus besos se demoraron entre aquellos lamentos deslizándose por su barbilla, por su cuello, deteniéndose cerca de la perfecta mordedura marcada―... la mia vita ―continuó por sus clavículas bordeando sus pechos con la delicadeza de quién acaricia la fragilidad más absoluta―. Basta pensare che qualcosa succede a te ―acariciando su vientre con su aliento como si quisiera llegar dentro y calmar el ardor de su maltrato ―...il mio cuore muore ―besando cada una de las marcas que había dejado en su cuerpo en un ruego por su perdón―. Tu sei il mio cuore. Tu sei tutto per me ―regresó a sus labios entreabiertos, deseosos, jadeantes y murmuró las palabras sobre ellos adorando el modo en que su rostro reflejaba su amor y su deseo―. Tu sei la mia vita. Ti amo ―y la besó anhelante y hambriento, como si jamás pudiera volver a tenerla―. Ti amo, ti amo, ti amo...
―Ven dentro de mi ―murmuró necesitada, derrochando en su voz el amor más puro y el hambre voraz de la lujuria más sincera.
―No.
―Sí ―susurró buscando sus labios―. Quiero sentirte dentro de mi... ―acarició los músculos de su ancha espalda hasta los hombros y después arrastró las uñas hacia abajo mientras trataba de atraerle hacia ella con sus piernas ―. Quiero sentirte donde perteneces.
Ranma siseó extasiado y apoyó la frente en la de ella. La besó de nuevo, jadeante, bebiendo su aliento con sabor a chocolate y vino dulce, preparándose para invadirla con la esmerada delicadeza que merecía. Sí, sí... quería estar donde pertenecía...
―Ti amo, Dama...
―Me odias ―susurró con la voz seca por el deseo, con el brillo del ardor en su mirada, con la sonrisa más comprensiva y amorosa en sus labios. Con la ternura desbordada.
Sus ojos se encontraron y su conexión les atrajo como si fueran un solo cuerpo.
―Te adoro... ―arrulló de inmediato sobre su cuello, penetrándola con la suavidad más desesperante, notando cómo ella apresaba sus caderas con sus piernas y elevaba su pelvis a su encuentro.
―Te odio ―exclamó estirándose con un toque impaciente, curvando su cuerpo sinuosa, acariciándole los hombros.
―Ti odio ―susurró él, introduciendo la mano bajo la suave curva de su espalda, ayudándola a arquearse para enterrarse mejor en ella, para saborear sus pechos como el hombre hambriento que era.
Akane rió con la locura de la excitación y la alegría, en un sonido burbujeante, efervescente, cargado de la felicidad más absoluta. Le tomó de las mandíbulas y le obligó a mirarla a los ojos mientras él se mecía en su interior con el suave y aletargado ritmo de las olas.
Cuando sus miradas se encontraron, ambos se sonrieron con la complicidad más tierna, el anhelo más sincero, el respeto más profundo y el amor más honesto inimaginable.
―Ti amo, amore... ―ronroneó sobre sus labios, hundiendo sus manos entre sus pectorales hasta llegar sobre el poderosos latido de su corazón. Prometiendo protegerlo.
―Ti amo ―y él acunó su mano sobre el valle palpitante entre sus pechos haciendo la misma promesa ―. Sempre.
Autor: AnDrAiA (Andrea Moore) / Cap. Revisado: 23 de enero de 2013 / Cap. Publicado: 4 de febrero de 2013 / Edición: FanFiction
¡Hola a todos!
Aquí va una nueva actualización. Muchas gracias a todos los que me habéis escrito para hacerme llegar vuestros comentarios y opiniones ^_^ Espero que éste capítulo os guste. Personalmente, me parece uno de los más significativos en lo que a la relación de nuestros chicos se refiere. Ojalá que para vosotros también lo sea.
Y como siempre millones de gracias a todos los que me seguís en Silver Sand y en f.a.c.e.b.o.o.k ¡Sois geniales chicas! ¡Gracias por vuestro continuo apoyo y vuestros ánimos! ¡Os sigo leyendo por allí! :D
¡Estaré esperando vuestros comentarios e impresiones con muchas ganas! Espero que lo hayáis disfrutado. ^_^
Muchísimas gracias de nuevo. A todos.
AnDrAiA
El nombre de los personajes, así como la serie de Ranma 1/2 pertenecen única y exclusivamente a Rumiko Takahashi, Viz Comunication, Fuji Tv, Glénat y todos los respectivos editores que han adquirido derechos de publicación en los diversos países en los que fué editada dicha a obra. Tomo prestados los nombres sin ánimo de lucro, ni finalidad comercial, por lo que no estoy incumpliendo ninguna ley.
Así mismo, la historia original aquí narrada, tiene sus derechos reservados bajo mi autoría.
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