Las dos celdas quedaron iluminadas y Kristine y Dave se miraron, ambos con una sonrisa. Dave, porque seguía sorprendido de ver a la pequeña de ojos ansiosos hacer magia. Kristine, porque no podía creer que en su estado pudiera haberlo conseguido.
Tras esa primera reacción, se pusieron en marcha. No sabían qué pasaría después, pero ya improvisarían.
—¡FUEGO! ¡AYUDA! —gritó Kristine con sus pocas fuerzas— ¡¿HAY ALGUIEN AHÍ?! ¡SOCORRO!
Los guardias no tardaron en llegar. Los dos muchachos pusieron sus mejores caras de asustados para intentar hacerles creer que no tenían ni idea de lo que estaba pasando.
Uno de los enanos les gritó algo que los chicos nos fueron capaces de entender, pero sonaba a que estaba pidiendo explicaciones sobre qué había pasado o quién había provocado aquello.
Kristine, sacando sus mejores dotes de teatro, empezó a toser como si el humo la estuviera asfixiando aunque aún faltaba mucho para que llenara todo aquel espacio. Dave, por su parte, que sin haber comido nada aún estaba incluso más débil que Kristine, sólo tuvo que actuar como realmente se sentía: como si fuera a perder el conocimiento en cualquier momento.
Uno de los dos enanos con velo desapareció de nuevo por el pasillo, mientras que los dos guardias restantes corrieron a abrir las celdas de los prisioneros. No parecían preocupados de que los aprendices pudieran oponer resistencia alguna, aun sin ataduras.
El espacio se empezó a llenar de humo y la asfixia de Kristine empezó a ser real.
El enano que no llevaba velo púrpura sacó de la celda a Kristine, quien salió por su propio pie. El otro abrió la celda contigua y, ante la inmovilidad del muchacho en su interior, entró y lo cargó en sus hombros mientras vociferaba en ese cacofónico idioma de ellos.
Kristine, que en realidad se sentía cada vez ligeramente mejor gracias a la copiosa comida que había disfrutado, empezó a pensar que quizá no había sido demasiada buena idea la de moverse, dado el estado de Dave. Quizá habría sido mejor hablar primero con Triana de nuevo para que así pudieran comer y recuperar más fuerzas.
Pero ya era tarde, y precedida por el enano que cargaba a Dave y seguida por el otro, corrían por el bajo pasillo, alejándose del humo, sin saber realmente a dónde iban, qué podían hacer o qué podría pasar.
Kristine intentó pensar tan apresuradamente como el paso de sus custodiadores, pero nada le venía a la mente. Intentó recordar lo que había visto en el camino, pero en ese momento su mente estaba tan obnubilada que no había prestado verdadera atención a los detalles.
Tras al menos dos minutos andando, salieron a lo que parecía una pequeña plaza en la que se habrían tres calles más anchas y algo más altas: una parecía ir de forma ligeramente ascendente, otra de forma ligeramente descendente, y la última parecía que mantenía el mismo nivel. Llegó a ellos un enano con velo (¿o era el mismo?), seguido de dos enanos (que tenían la misma apariencia de guerreros que todos, aunque sin el velo) que cargaban barriles. Les dijo algo a los dos custodiadores que sonaba a instrucciones y rápidamente encabezó la fila en dirección por la que había venido la comitiva de Kristine. Entonces, los dos enanos se dirigieron a la calle que parecía ir de forma descendente.
A Kristine se le acababa el tiempo. No quería ir más abajo. Ni siquiera sabía a qué altitud con respecto al exterior se encontraba, pero ser consciente por un momento de que iba a estar más y más profunda, le hizo sentir una claustrofobia que, añadida a los demás sentimientos que tenía en ese momento, resultaba en una mezcla nada agradable.
—¡Quiero ver a Triana! —exclamó parándose de repente.
El enano la empujó violentamente haciéndola caer al suelo. Le gritó algo más que seguía careciendo de valor para los oídos de Kristine.
—¡Triana! ¡Triana! —insistió desde el suelo.
Los enanos intercambiaron una mirada y tras decidirse, el enano de velo que cargaba a Dave se giró en el sentido contrario y el otro agarró a Kristine del brazo con mucha brusquedad para hacerla levantar.
Pero apenas la soltó, volvió a caer, esta vez por un terremoto que sacudió todo el rededor.
…
…
…
Había empezado. En cuanto les llegó el temblor a los pies, la cuadrilla de guerreros Igeintum, Eragon, Murtagh y Gcranhgkren avanzaron guiados por éste. El largo pasillo se había quedado desierto. Corrieron hasta la mitad y les llegó el ruido de los dragones liderados por Arya al final del corredor. Pero en vez de continuar hacia delante, tomaron una de las puertas semiocultas que se encontraban a aquella altura. Era lo suficientemente ancho para que grandes enanos corrieran por allí de forma holgada, pero Eragon y Murtagh tuvieron que agacharse para no chocar sus cabezas con el techo. Todo estaba muy poco iluminado, pero los ojos del grupo ya se habían acostumbrado a la oscuridad.
Por la advertencia de Granhgkren, Eragon había tenido que resignarse a tener a Brisingr envainada y llevar en la mano una espada corta, pues, según el Jinete, los pasillos de Tareng eran muy estrechos y la espada azul sería más una molestia que una ayuda.
No es que Gcranhgkren hubiera estado antes en esa ciudad que se había llevado veinte generaciones abandonada, pero llevaba meses vigilando los movimientos de los Az Sweldn rak Anhûin y, aun con falta de pruebas, tenía la idea de que podrían haber creado una base secreta en Tareng. Por eso había buscado en los viejos escritos un plano de la ciudad. Cabía la posibilidad de que hubieran abierto pasillos y alas nuevas, pero lo que era seguro es que las celdas seguirían en el mismo sitio, pues nada hecho en la piedra por un knurla podría haber caído por simple abandono.
Tras correr varios cientos de metros de corredor, otro gran temblor llegó hasta ellos. Eragon rezó para que la ciudad no quedara muy destrozada, pues aunque habían recibido el permiso de los clanes, sabía que a los enanos no les gustaría en absoluto que Tareng quedara destruida.
De repente, Eragon sintió a Saphira intentando restaurar su conexión que habían roto para protegerse de posibles ataques externos.
—Esperad un momento —dijo parándose.
Toda la comitiva se detuvo mientras le miraba.
¿Qué ocurre, Saphira?
Aquí sólo hay pequeños bocados morados. No hay rastro de humanos o de los sombras que habló Jonathan.
Estad alertas. Rastread con cuidado el entorno para saber dónde están. Recordad: si están huyendo, dejadlos ir. Nosotros llegaremos allí en cuanto tengamos a Kristine y a Dave.
¿Estás bien? Preguntó Saphira al tiempo que hacía un reconocimiento al cuerpo de su compañero.
Perfectamente. ¿Y tú?
¿Crees que estos barriles con patas pueden hacerme algo?
Eragon sonrió y, a su pesar, interrumpió de nuevo la conexión natural que tenía con su dragona.
—Estad alerta —dijo dirigiéndose a los que le acompañaban en la búsqueda de los dos nuevos aprendices—. No hay rastro del grupo de Triana. Podrían haber sabido que veníamos y tenernos preparada una emboscada.
Los enanos asintieron y los ojos de Murtagh se encerraron bajo el peso del mayor fruncimiento de su ceño.
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No me apaleéis por el cambio del nombre de la ciudad. Tiene su sentido.
