Capítulo XXXV:
La batalla en el horizonte:
"Sólo cierra los ojos,
El sol está descendiendo
Estarás bien, nadie puede lastimarte ahora,
Con la luz de la mañana
Tú y yo estaremos sanos y salvos…"
Safe & sound, canción escrita e interpretada por Taylor Swift y The Civil Wars.
Para cuando volvieron al castillo faltaban escasas horas para el amanecer. Seka había dicho que los preparativos de su partida se harían esa misma madrugada, y les había recomendado que descansaran un poco antes de ponerse en marcha. Dorian les había explicado que lo rápido de la partida se debía a que, honestamente, no habían esperado que aprendieran tan rápido… Pero algo en su tono de voz le dio a entender que Seka quería irse lo más pronto posible.
Aunque Jane no se atrevió a preguntar de qué había tratado la conversación con su madre.
De cualquier manera, estaba segura de que no podría dormir. No con la presión de la batalla sobre ella como una gruesa manta de piedras calientes. No al ser consciente de que esas podrían ser sus últimas horas de vida.
Y agradecía que partieran antes, porque no sabía cuánto más podría soportar la ansiedad que le hacía un nudo en la boca del estómago.
Todo parecía irreal de alguna manera. Indefinido, como si flotara. Cruzó los pasillos a toda prisa, y se sorprendió ligeramente al verse tan rápido frente a la puerta que buscaba.
Retrocedió cuando esta se abrió. Mae salió de ella, sobresaltándose un poco al verla, pero relajando la expresión inmediatamente al reconocerla.
-Buenas noches, lady Jane –dijo, dedicándole una sonrisa- Su amiga acaba de irse.
-¿Cómo se encuentra? –saltó la joven, demasiado preocupada para tomar el asunto con educación. La sonrisa de Mae desapareció, y bajó un poco la mirada.
-Me temo que no hay mucho más que pueda hacer para ayudarlo.
-Lo entiendo –se oyó decir. Yo sí.
Tras dirigirle otra mirada de preocupación, la enfermera hizo una reverencia, alejándose por el pasillo.
Y Jane se quedó sola.
Vaciló, como si, de golpe, fuera consciente de lo que encontraría al otro lado. Como si mantenerlo tras una puerta fuera a cambiar las cosas de alguna manera.
Suspiró, la mano apretada en el picaporte, y se dijo que tenía que ser valiente. No había otra opción.
El aire pesado la golpeó igual que la última vez, pero esta vez no se sintió mareada. Caminó hacia la estrecha cama en el centro de la habitación y se sentó al borde, rasgando las sábanas con las manos de manera inconsciente mientras pensaba en qué hacer o decir.
Su tío aun dormía, pero su respiración le pareció menos ruidosa que antes (¿O era sólo que ella quería verlo así?). Despedirse era la única cosa que le había parecido correcta. Decir adiós al único familiar vivo que le quedaba.
Era consciente de que quizás no podría regresar a buscarlo. O que si regresaba, quizás no lo encontraría.
-¿Tío John? Soy yo de nuevo –musitó, y rió con ironía, mientras apretaba su mano delgada y nudosa entre las suyas- No creerás lo que estoy a punto de hacer.
Le contó sobre su plan, sobre como planeaban entrar en el barco, derrotar a Garfio y convencer a Odette de que lo curara. Le habló de su entrenamiento con Dorian, y como había sido derrotada por Peter unas cuarenta veces antes de conseguir desarmarlo.
Sólo para mantener la ilusión de que estaban teniendo una conversación normal, y temiendo el silencio que vendría después, le habló de Seka y Bloodtooth, y de las historias de cada uno. Le habló de Kase, y de lo mucho que había temido la reacción de Peter… Y de cómo aún lo hacía, puesto que no había obtenido una respuesta clara tras haberle hablado de ella.
Le habló de lo asustada que estaba, y de como todo parecía imposible y lejano ahora que se acercaba la guerra. De cómo todas las esperanzas de ese mundo parecían estar puestas en ella, y de cómo temía poder fracasar…
Y ya al borde de las lágrimas, le habló de lo mucho que deseaba que él pudiera responderle.
-Extraño tu voz –musitó, apretando su mano sin darse cuenta- Extraño que me digas que todo va a estar bien…
Sabía que sería mentira, claro. No había manera de que las cosas pudieran estar bien en ese momento, pero cuánto habría dado entonces por escucharle decir eso. Que le dijera que confiaba en que podía lograrlo, incluso cuando ella no lo hacía.
-Quiero ayudarte. De verdad. Quiero ayudaros a todos, pero no sé si pueda…
Calló de golpe, irguiéndose derecha al sentir un hormigueo en su nuca. Creyó que se trataba de Mae, o de Campanita, y giró la cabeza hacia el recién llegado que la observaba… Pero no era ninguna de las dos.
Era Dorian, de pie frente al marco de la puerta, bastante incómodo.
-Lo siento mucho, no quise molestarte.
-Está bien –se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, y se dio la vuelta completamente para mirarlo a la cara- En serio, no importa.
-Seka me contó lo ocurrido –explicó- Vine a ver cómo se encontraba.
-No muy bien –fue todo lo que pudo decir, y bajó la mirada, evitando los ojos inquisitivos del caballero- No pueden romper el hechizo, sólo puede hacerlo…
-Odette –completó él, y Jane levantó la cabeza- Sí, también me habló de eso –vacilante, dio un paso dentro de la habitación- Espero que no te moleste que sepa tanto sobre ustedes.
Jane sonrió sin ganas, negando con la cabeza.
-Supongo que es lo justo –dijo- También me han hablado de ti –añadió, al ver su confusión.
Dorian asintió, y aunque no había ninguna expresión en su rostro, notó la tensión en sus hombros y en sus manos.
-De manera que… Te habló sobre…
-Ustedes, sí –Se sintió culpable de golpe, y se puso en pie dirigiendo una mirada apologética y significativa a su tío inconsciente, luego a Dorian- ¿Te parece si hablamos afuera? Yo…
No quiero que sigamos hablando como si él no estuviera allí. Como si no fuera más que un cuadro en la pared; como si ya se hubiera ido…
Nada de eso consiguió salir de su garganta, pero Dorian comprendió de todas formas, asintiendo, y salió de la habitación. Jane se dio la vuelta hacia el anciano otra vez, y volvió a apretar su mano entre las suyas.
-Hasta pronto, tío John –murmuró- Te ayudaré, lo juro. Haré que Odette revierta el hechizo o moriré en el intento.
Y mientras se alejaba, luchando por no mirar atrás, trató de no pensar en lo desesperada que sonaba.
…
Tal como imaginó, Dorian la esperaba afuera.
-¿Te encuentras bien? –fue lo primero que le preguntó, visiblemente preocupado.
Jane prefirió ignorar la pregunta. Suspiró pesadamente, y a pesar de que no tenía ganas de irse a dormir, se sintió verdaderamente cansada.
-Escucha, Dorian –comenzó, alzando la vista nuevamente hacia él- Si lo que quieres es disculparte…
-¿Qué te dijo el príncipe exactamente?
La pregunta la sorprendió, al igual que la expresión en su rostro, imposible de identificar.
-Me habló de Kase y de ti. De lo que ocurrió entre ustedes dos, y de cómo la reina los separó…
Vagamente, se preguntó cuántas veces tendría que explicar la historia, pero lo hizo de todas formas, resumiéndola lo más que podía.
-… Y quiero que sepas que lo entiendo ¿está bien? –añadió, sonriendo a medias- Entiendo el por qué lo hiciste, si bien casi me mataras.
-No quise hacerte daño –parecía sentirlo de verdad, se dio cuenta- no sabía que… No tenía idea de lo que ocurriría…
-Lo sé.
-Pero no tuve ninguna opción…
-Sé que no… –calló de golpe, confundida- Espera ¿qué dijiste?
Dorian negó con la cabeza. Parecía incluso más cansado que ella, y no era sólo los días que había pasado en prisión.
Daba la impresión de llevar semanas, años quizás, sin dormir.
-No todo en Laramet es lo que parece, Jane.
-¿De qué hablas?
-Una máscara para una gran mentira; una mentira que sostiene las piedras de este castillo. Somos niños vendados guiados hasta el precipicio…–dijo, como si recitara un poema- Para cuando lo descubrimos, era demasiado tarde.
-¿Tú y Kase?
Un escalofrío le recorrió la espalda, y pensó en todo lo que sabía hasta entonces: Los recuerdos, las historias…
-¿Qué descubrieron?
-Cuando estés en el barco, -indicó Dorian, ignorando su pregunta- cuando Odette intente engatusarte, porque lo hará, presta atención a lo que dice. No le creas, jamás lo hagas, pero escucha, y tú misma te darás cuenta de la verdad.
Asintió, ya que era lo único que podía hacer.
¿Por qué no podía decírselo directamente? ¿Qué podrían haber descubierto los dos que jamás podría decirle a nadie?
-¿Y Jane?
Dándole vueltas a lo que había oído, no se dio cuenta de que ya se estaba alejando.
-¿Sí?
Cuando Dorian habló, fue como si la conversación anterior no hubiera tenido lugar.
-Tengan cuidado, es algo bastante peligroso lo que planean hacer.
Y se fue sin más, dejándola sola con sus pensamientos.
No pudo evitar preguntarse si el tiempo en la celda le habría hecho perder la cordura. ¿O el dolor, quizá? ¿El no poder recuperar a su amada después de tanto tiempo?
Sin embargo, podía recordar las palabras de la reina Lya:
Es mucho lo que sabes sobre nosotros, pero hay algo que todavía desconoces.
Supo que Dorian decía la verdad.
Pero, ¿Cuántos secretos escondería Laramet? ¿Y por qué todos parecían afectar su destino de alguna manera?
…
Como regalo de despedida (fuera parcial o en todo el sentido de la palabra) se alegró de que al menos había podido encontrar rápido el camino de vuelta a su habitación.
O quizás iba tan distraída que no había notado realmente la duración del trayecto.
Una máscara para una gran mentira.
No entendía por qué, pero tenía la sensación de que la respuesta estaba allí frente a ella, pero era incapaz de descifrarla. Oculta por una cortina transparente, visible e invisible al mismo tiempo…
Pensó en el pasillo de las puertas, la sala de Kase, y pensó en Odette, y en su dibujo pegado con cinta…
Una máscara para una gran mentira.
Un oscuro secreto, oculto tras una sonrisa; uno que derretía el vitral de Dorian y Kase, uno del que nadie jamás podría enterarse.
Cruzó una esquina, y distinguió su habitación al fondo del pasillo. El marco de la puerta creaba sombras en torno a ella, recortadas por las luces de las antorchas en un cuadrado perfecto.
En la oscuridad se ocultaba una figura, recostada en la pared de brazos cruzados.
¿Estaría esperándola desde que se fueron?
-Supongo que tampoco puedes dormir –dijo, tratando de distinguir la emoción en su rostro.
Peter bajó los brazos, apartándose de la pared al verla llegar.
-Quería hablar contigo.
No sabía decir si era efecto de las antorchas, pero los ojos del chico parecían arder con una intensidad hasta entonces desconocida.
-Sobre…
-La voz que escuchaste en la casa. En mi casa –comenzó sin dejarla terminar, la mandíbula tan tensa que parecía costarle articular las palabras- ¿Era la voz de mi madre?
Jane asintió.
-¿La viste?
Aunque luchaba por ocultarlo, notó la fragilidad en su voz. Jane volvió a asentir.
-A ella, a tu hermano mayor y a tu niñera –dio un paso hacia él con cautela, pero Peter retrocedió, como si tuviera una enfermedad de la que no quisiera contagiarse.
-¿Cómo eran? ¿Qué aspecto tenían?
Trató de no sentirse dolida, consciente de que se merecía ser tratada de esa manera.
-Ella era muy hermosa, las dos lo eran, y Andrew se parecía a ti –sonrió con dulzura, tratando de animarlo- No me di cuenta entonces, pero ahora sí puedo verlo.
Por una fracción de segundo, le pareció que su expresión se relajaba – De nuevo, quizás fuera sólo un truco de la iluminación.
-Son mi familia, mi verdadera familia, y no puedo recordarlos. No hablo de la amnesia, es… -sus ojos se detuvieron en un punto por encima de la cabeza, incapaz de mirarla- No recuerdo qué aspecto tenían, ni el sonido de sus voces, ni qué les gustaba.
-Eras un bebé, y fue hace mucho tiempo.
Él asintió, sombrío.
-Demasiado –dijo, y en voz baja, casi inaudible, añadió- Quizás demasiado para que importe.
Algo le presionó el pecho, una mezcla de ansiedad y culpa. Apoyó la mano en su hombro, y sintió que los músculos se tensaban.
Él bajó la mirada, sus ojos en los suyos.
-Claro que importa, Peter. Incluso aunque no lo recuerdes, incluso cien años después, siempre va a importar.
-Pero siento que deberían tener más importancia –volvió a apartarse, esta vez con más gentileza- Recuerdo los rostros y los nombres de cada una de las hadas que conocí, recuerdo a los niños perdidos, recuerdo a los ancianos que me criaron en Londres... Incluso recuerdo a los malditos piratas… Y no sé ni siquiera cómo se llamaba mi madre…
Parecía a punto de quebrarse en cualquier momento, como si la menor de las brisas fuera capaz de romperlo en pedazos. Quiso ayudarlo, quiso que le dejara hacerlo, con todo y que no sabía cómo…
Entonces, tuvo una idea.
-Podemos encontrarlo –dijo, y él la miró, confundido- El nombre de tu madre, el de tus padres… Tus abuelos, incluso –sonrió, algo apenada-. En la biblioteca tienen estas… Cosas; este registro de todas las familias en Londres desde quién sabe cuánto tiempo. ¡Quizás ya existía en mil ochocientos treinta!
-Jane…
-Conocemos tu apellido, sólo tenemos que buscar a partir de allí. Lo haremos tan pronto salgamos de este desas—
-Jane –calló de golpe, alzando la mirada otra vez.
Era como sí, de golpe, hubiera decidido mirarla... Y jamás volver a dejar de hacerlo.
-No tienes que hacer esto.
-¿Hacer qué? -preguntó, confundida.
Él sonrió, negando con la cabeza.
-No importa –abrió la puerta de su habitación, las sombras desapareciendo al ser iluminadas por las estrellas- ¿Dijiste que no podías dormir?
Se encogió de hombros, restándole importancia.
-Dudo que alguien pueda dormir en estos casos -¿En serio pensaba cambiar el tema así como así?- Peter...
-Me quedaré contigo. Al menos así tendrás compañía.
Entró en la habitación, como si ella no hubiera dicho nada en absoluto. La chica parpadeó, perpleja. ¿Qué mosca le había picado ahora?
-¿No piensas entrar? –la llamó divertido.
Puso los ojos en blanco, mas entró de todos modos.
Al hacerlo, ahogó un grito de sorpresa.
-¿De dónde…?
El muchacho sonrió, algo avergonzado por el gesto.
-Del jardín, por supuesto. Me di cuenta que no podía recordar la última vez que comimos algo decente.
Sobre la cama, con una funda de almohada a modo de mantel, había al menos una docena de frutas, de los colores más extraños que hubiera visto: Peras rosas, manzanas moradas con lunares verdes, melocotones azules, fresas doradas con semillas blancas…
Y el gruñido en su estómago le recordó que la última comida que había ingerido había sido la noche del baile, casi cuatro días atrás.
¿Cómo habían pasado tanto tiempo sin comer? Debía de ser parte de la magia del lugar…
-¿Jane? –Peter la observaba con el ceño fruncido, y se dio cuenta de que estaba interpretando su silencio como algo malo.
-Lo siento, yo… -sonrió, divertida- Pensaba en que tengo mucha hambre.
…
Las frutas de ese mundo eran mucho más dulces- O quizás el hambre las hizo parecerlo- y para cuándo se dieron cuenta, no quedaba ninguna sobre la funda.
-Nada mal para una última comida ¿no? –bromeó Peter, y tardó en darse cuenta que era la primera frase que decía en varios minutos.
Jane se encogió de hombros, sonriendo a medias.
-Ni siquiera había pensado en comer.
El muchacho frunció el ceño, serio.
-No me sorprende, en realidad –replicó- ¿Cuándo fue la última vez que pensaste en ti misma?
Confundida, Jane ladeó la cabeza.
-¿De qué hablas?
Sentado frente a ella en la silla junto a la cama, Peter se encogió de hombros.
-Sólo digo que pareces tan concentrada en los demás, que a veces pareces olvidar que existes. Que también eres parte de esto.
-Sé que lo soy -respondió- Son mis amigos los prisioneros por mi culpa ¿Recuerdas?
-Lo hiciste de nuevo.
Fue su turno de fruncir el ceño.
-¿Qué cosa?
-Pensar en alguien más -explicó con naturalidad.
-¡Podrían morir!
-Tú también.
La réplica murió en sus labios, al igual que el escándalo que le había encendido las mejillas.
-También soy consciente de eso -dijo en su lugar, seria- ¿A qué quieres llegar, Peter?
Él la observaba fijamente, como si la viera por primera vez. La luz que entraba por el cristal teñía su rostro con un arcoíris gris, turquesa y violeta, y su cabello rubio tenía un brillo antinatural, como si él mismo formara parte del cielo.
-Quiero que por un momento dejes de pensar en salvar a todo el mundo, en salvarme -su tono era natural, como si estuvieran sentados en un banco en la acera hablando del clima- y que antes de lanzarte de cabeza a tu muerte segura te preguntes cómo sería tu vida si no la sacrificaras por nosotros; todo lo que podrías hacer, o llegar a hacer...
Despacio, comenzó a comprender el motivo de su visita. La situación se le pareció al momento en que, un par de días atrás, Seka había ido a buscarla en el mundo que había creado su subconsciente.
Evito que, ya que encuentras esto real, decidas convertirlo en tu única realidad y perderte aquí para siempre, privándonos a todos de tu presencia.
Pero esta vez era real, esta vez no podía evitar el peligro sólo con despertar.
-No tengo opción -dijo, y se sorprendió al sonar tan indefensa.
-Claro que la tienes. Tomaste una decisión, que es diferente, y sé que nada que te diga te hará cambiar de opinión, pues decidiste meterte en esto desde que conociste a Campanita. -se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas- Pero has escuchado como me siento al respecto cientos de veces, y ni una vez he sabido qué estás pensando.
¿Qué sentía? ¿Qué pensaba? ¡Cómo si realmente importara todo aquello!
Estamos a punto de embarcarnos en lo que podría ser la última gran aventura del legendario Peter Pan, y este se detiene a preguntarle a una chica corriente cómo se siente al respecto, pensó Jane con sorna. Es una tontería.
Y tan pronto lo dijo, comprendió.
Pero siento que deberían tener más importancia.
Quiere que sepa que importo.
-¿De verdad quieres saberlo? -Él asintió, sin ningún comentario irónico respecto a la estupidez de la pregunta.
Jane tomó aire, y dejó que las emociones que tanto había luchado por contener tomaran el control por un momento. Su corazón comenzó a latir a toda prisa, y sintió que su respiración se aceleraba.
Algo le impedía formar palabra alguna, como una burbuja atorada en su garganta, y tuvo que tomar aire varias veces antes de finalmente conseguir decirlo:
-Tengo miedo -la frase salió entrecortada, débil. Era la primera vez que lo decía en voz alta.
Peter asintió, como si eso fuera lo que estaba esperando. Era bastante obvio en realidad, y el muchacho no dijo nada, intuyendo que no había terminado.
La manera en que la miraba prácticamente decía "¿Y?"
-Tengo miedo -repitió Jane, y frotó las palmas de sus manos, sudorosas, contra la falda de su vestido- Tengo miedo de que si lo pienso demasiado no querré hacerlo... Y tengo miedo de que si lo hago, lo haga mal y lo eche todo a perder, y tengo miedo de llegar demasiado tarde; tarde para salvar a Christine, tarde para detener la maldición de Odette, tarde para evitar que vengan hasta aquí a buscarme...
-Jane...
-Y sé que suena ridículo -continuó, pues ya era demasiado tarde para detenerse-, tiene que serlo, viniendo de una mujer adulta, pero tengo miedo de quedarme sola.
-No estás sola.
-Pero voy a estarlo. -sonrió sin ganas, bajando la mirada a sus manos, violáceas debido al resplandor de la noche, y temblorosas por un pánico que se negaba a abandonarla del todo, incluso cuando se relajaba.
Y ya que se había propuesto ser honesta con él, murmuró, tan bajo que casi fue ahogado por el correr de la cascada:
-Porque gane o pierda, tú ya no estarás conmigo. Volverás a Nunca Jamás y voy a perderte, Peter, y no quiero... -tragó saliva, y apretó las manos en puños, plegando la seda rosa de su ropa- No quiero pensar en eso -añadió-. No quiero pensar que termine como termine el día no voy a ser del todo feliz.
El silencio que siguió pesó entre los dos como una verdadera separación, espeso como si las nubes hubieran entrado hasta su recámara a través del cristal. Jane sintió el calor arder en su rostro, la sangre zumbándole en los oídos, y se preguntó si había dicho demasiado. ¿Lo habría perdido antes de tiempo?
Armándose se valor, alzó la mirada, y enfrentó sus ojos otra vez, preparada para el rechazo que pudiera encontrar.
Pero no estaba allí. Los ojos del chico estaban oscurecidos por una emoción que marcaba todo su rostro, contradictoria a la inocente luz que lo bañaba desde donde estaba sentado. Sufría tanto como ella.
Y había algo más, algo que nunca había esperado ver.
-No voy a volver -dijo con suavidad.
-¿Qué? -preguntó Jane.
-A Nunca Jamás. No voy a volver, ya no.
De golpe, el aire abandonó sus pulmones, y Jane sólo pudo observarlo en silencio. Un silencio que pudo haber durado una vida entera, y que si bien pesado, no le hubiera molestado mantenerlo.
Pero ella sabía que no era posible.
-No –negó con la cabeza, más reafirmándose a sí misma la verdad que tratando de convencerlo a él- No, no lo entiendes. Tienes que volver. Es la única manera…
-¿De salvar a las hadas? –interceptó él, enarcando una ceja- Por como yo lo veo, si tenemos éxito en nuestro plan, no habrá piratas que les atemoricen.
-P-pero, Nunca Jamás…
-Estamos hablando de seres tan poderosos que gente capaz de resolver todos sus problemas con magia tuvo que encogerlos y encerrarlos en una isla para sentirse a salvo. Estoy seguro de que serán capaces de arreglárselas sin un humano común y corriente que les ayude.
Jane volvió a negar con la cabeza. La realización le oprimió el pecho e hizo que sus ojos ardieran, pero no iba a llorar por algo que no podía detener.
-No eres un humano común y corriente, Peter, eres el elegido. Tu destino es restaurar la paz, así como el mío era… -parpadeó, tratando de distinguir su rostro otra vez, y tomó aire- Así como el mío era encontrarte.
-Y lo hiciste –coincidió, con la misma emoción que antes había visto.
Nunca en su vida Jane sintió tan vulnerable, y nunca le había parecido que podría lastimar tanto a alguien con sólo seguir hablando.
-Encontrarte y traerte de vuelta –corrigió, y sonrió con tristeza, apartando la mirada de él- Ayudarte a recordar para que pudieras ser Peter Pan y salvar a las hadas, tal como se supone que debes hacer.
Se hizo otro silencio.
-Voy a ayudar a las hadas, -dijo Peter, luego de un rato. Parecía tan determinado cómo instantes atrás, pero su voz era más gentil- Las ayudaré, mas no pienso quedarme aquí. Ya les di un siglo de mi vida… Cuando ni siquiera se suponía que tuviera un siglo de vida, para empezar. Ya perdí a mi familia porque una entidad desconocida decidió que yo era importante y todos los demás decidieron convertirlo en ley. Perdí a mis amigos porque una bruja y un pirata decidieron hacerse con una isla como terratenientes y consideraron que estábamos de más… Y perdí lo más cercano que tuve a una figura materna porque ella decidió que salvarme era motivo suficiente para morir. Sé que le debo mucho a las hadas, pero no pienso perder a nadie más.
Lejano, escuchó que su respiración era ruidosa, como si hubiera estado corriendo.
Estaba hablando de ella.
-Y prometiste que buscaríamos el nombre de mi madre ¿recuerdas? –completó, y sin subir la mirada supo que sonreía- Dudo que Nunca Jamás tenga bibliotec—
-No vale la pena, Peter –consiguió decir, sorprendiéndose incluso a sí misma. Él tardó un momento en contestar, y su voz sonó más queda al hacerlo.
-¿Qué cosa no vale la pena?
-Yo –alzó el rostro bruscamente, señalándose a sí misma- Y tan pronto llegáramos a Londres te darías cuenta de que no es así.
Suspiró pesadamente, cerrando los ojos un momento antes de continuar. No podía mirarlo y decir lo que quería decir.
- Sé todo sobre ti. Crecí escuchando tus historias, y Kase y Seka se encargaron de llenar los espacios que mamá dejó en blanco. Es como si, toda mi vida, hubiera estado preparándome para encontrarte y traerte de vuelta, pero... -sintió que las palabras se acumulaban en su boca, y se esforzó en continuar, los ojos clavados en sus manos temblorosas, en los bordados de su vestido prestado- Soy yo. Jane, simple, torpe Jane. Sin magia, sin polvo de hada, y con un guardarropa que no es ni la mitad de interesante que este. Soy la chica que nació para salvarte, pero más allá de eso, soy sólo una chica, y tú necesitas algo más fascinante.
-Entonces tenemos un problema -al alzar la mirada, vio que no había dejado de sonreír- Porque yo te quiero a ti, y ya estoy harto de seguir los designios de todo el mundo
En casi completo silencio, el muchacho se puso en pie, cruzando la distancia que los separaba y arrodillándose frente a ella, hasta que su rostro estuvo a nivel del suyo. La manera en que la miraba…
Era como si fuera lo más asombroso que se hubiera posado en el universo. En el que fuera.
-Quizás era al revés –dijo, su voz apenas un susurro, su rostro a centímetros del suyo- Quizás mi destino era encontrarte a ti.
Y aunque era consciente de que quizás después no sería así, en ese momento todo tuvo sentido.
Sin darse tiempo de pensarlo mejor o de cuestionar su decisión, eliminó la escasa distancia que todavía lo separaba, adelantándose a sus intensiones, y lo besó.
El mundo a su alrededor desapareció, girando y transformándose en algo completamente diferente. El muchacho pareció paralizado por un instante, completamente sorprendido, pero se relajó inmediatamente, besándola de vuelta.
El beso era dulce, delicado y cauteloso, como si ella fuera algo que pudiera romperse. Como si temiera lastimarla si perdía el control. Sujetó su camisa entre sus puños cerrados, atrayéndolo más hacia sí y demostrándole que no era cierto.
Y era también urgente, torpe y apresurado, porque ambos eran conscientes de que ese podría ser la última noche que verían, y el último instante en que podrían estar juntos. Era una llama que se extendió desde sus labios hasta las puntas de sus pies sin hacerle daño alguno, pero despertado todas y cada una de sus terminaciones nerviosas. Podía escuchar su corazón, corriendo en sus oídos, y sentir los latidos también acelerados del corazón de Peter bajo sus dedos, aun aferrados a su ropa.
Las imágenes pasaron a toda prisa frente a sus ojos:
Kase y Dorian separados, Odette huyendo a Nunca Jamás con el medallón de la princesa; Kase exiliada, recuperando el medallón, Peter dándoselo a su madre...
Cayó de espaldas sobre la cama, y un quedo grito de sorpresa escapó de sus labios.
-¿Te hice daño? -Peter se apartó de golpe, apoyando las manos en la cama a ambos lados de ella. Su mirada era ensoñadora, velada por algo que enrojecía sus mejillas y dilataba sus pupilas, pero aun así teñida de preocupación.
Jane negó con la cabeza, y sonrió. La carcajada le hizo cosquillas en la garganta, y el muchacho, aun nervioso, rió con ella.
Aun sonriente, lo atrajo de vuelta hacia sí, sus labios anhelando los suyos.
Los niños Darling, subiendo la montaña; el grito de Odette al maldecirlos, enormes nubes de tormenta...
Los labios del chico recorrieron su mejilla, su mandíbula, su cuello. Sus dedos temblorosos deshicieron los lazos de su vestido, y su cálida respiración le hizo cosquillas en la piel desnuda cuando trazó la línea de su clavícula.
La guerra, los piratas, Kase muriendo. Peter cayendo del cielo como una estrella fugaz, dando vueltas y vueltas por los aires hacia la nieve, cayendo hacia su mundo, hacia ella...
Sus manos separaron uno a uno los botones de su camisa, apremiantes, hambrientos. La misma urgencia que encontró en sus ojos cuando volvió a mirarla, su aliento entrecortándose con el suyo, calentando el aire a su alrededor.
Era él, siempre había sido él. Los ojos azules que la hacían ruborizarse al saber que la estaba mirando, el niño que tocó su puerta el día que su mundo había cambiado para siempre… Y el que volvía, años después, a darle un vuelco aún mayor.
Pero esta vez era diferente. Como si siempre hubiera debido ser así, como si hubieran estado destinados a encontrarse incluso antes de haber nacido.
-¿Estás segura de esto? –preguntó, su voz queda, ronca, enviándole escalofríos que le recorrieron la columna.
Sabía que se apartaría si se lo decía. Que se detendría y no la odiaría por ello, que entendería… Pero no quería que lo hiciera.
-Puede que sea la única cosa de la que esté completamente segura- murmuró, sonriendo cuando él también lo hizo.
Porque quizás era cierto. Quizás habían estado destinados a encontrarse desde el principio, como los protagonistas de un cuento de hadas. O quizás sólo había sido un hecho fortuito, dos estrellas opuestas que cruzaban su camino para luego perderse en el infinito. Quizás no eran más que dos gotas de agua en la inmensidad del océano, y ese no era sino una milésima de segundo en medio de un plan mayor, mucho mayor, uno que ellos ni siquiera podían llegar a imaginar. Uno en el que ni siquiera eran los protagonistas.
Quizás no era más que una casualidad, algo que podría haberle pasado a cualquier otra, algo que jamás habría sido igual si Peter hubiera decidido ir a otro café, si alguien más hubiera tomado su mesa, si hubiera caído en cualquier otra ciudad del mundo que no fuera la suya. Quizás el destino jamás había existido, y las estrellas fueran sólo bolas de gas a mil kilómetros de distancia, ajenas a las vidas de seres diminutos como ellos. Puede que el presente fuera lo único que realmente pudieran controlar, o que el destino fuera sólo una manera de llamar las consecuencias de los errores de todo el mundo.
Pero en ese momento, en esa noche estrellada, en esa tierra desconocida que giraba sobre sí misma cuando finalmente creía comenzar a comprenderla, en ese castillo de fantasmas y espejismos y antifaces de colores, en ese mundo sólo importaban ellos dos. Sus labios sobre los suyos, su piel contra su piel, su mirada encendida, espejo de la suya, y sus dedos acariciando su espalda, su cintura, haciéndola y deshaciéndola con las yemas de sus dedos, pues siempre había sido suya.
Y destino o casualidad, héroes o personajes secundarios, ni el protagonismo épico de una rapsodia sin sentido se comparaba con ese momento, ni la luz de los cientos de estrellas que atravesaban el cristal de su habitación con la luz que vieron en los ojos del otro.
…
Esa noche, recostada contra su pecho y arrullada por los latidos de su corazón, Jane finalmente consiguió dormirse, dejando para más tarde las preocupaciones y el pánico de lo inevitable, ya que no harían sino arruinar la apacible tranquilidad del momento.
Sus sueños, sin embargo, no fueron tan considerados.
Estaba en el pasillo de las puertas, tal y como se había visto cuando habían conseguido encontrarlo. Afuera llovía; las gotas golpeaban contra el techo suavemente, despacio. El piso era frío y Jane caminaba descalza, vestida solamente con un camisón blanco tan delgado que sentía la piel helada por la brisa traída por la llovizna.
Y supo que no era la primera vez que soñaba algo así. Que el pasillo de Kase era tan suyo como de la primera.
Sus pies la llevaban hasta una de las puertas, una que parecía estar hecha de diamantes. La misma puerta que había visto con Seka antes de su llegada a Laramet.
Esta vez consiguió distinguir más cosas al pararse frente a ella. El picaporte era dorado, tallado en forma de lirio con perfecta precisión. El diamante no era liso, como antes había pensado, sino que estaba lleno de figuras talladas en él: Hadas de tamaño natural que atacaban hechiceros con aspecto de ángeles.
Al mirarse en el espejo, Jane vio que no estaba sola. Kase estaba de pie a su lado, su largo cabello azul suelto sobre sus hombros, sus ropas grises idénticas a las que llevaba el día que había muerto. No había ninguna expresión en su rostro, y sin palabras señalaba el picaporte, indicándole que abriera la puerta.
Jane obedeció, y se sorprendió al ver que la cerradura cedía sin necesidad de llave. La madera no emitió sonido alguno al moverse, y al abrirse por completo, la negrura insondable que había visto al principio rebeló una figura solitaria.
Una estatua, iluminada por una luz que manaba de dentro de sí misma y que hacía que pareciera flotar en medio de la penumbra. Era la estatua del rey Cerdic, el monarca que había peleado en la Guerra de los Alquimistas.
Pero este rey no era de piedra, sino de un material transparente, débil y ondulante como la gelatina. La figura se derretía, y gruesas gotas caían al suelo en un golpe seco que Jane había atribuido a la lluvia. Le pareció que la luz dentro de esta se extinguía mientras la miraba.
A través de la estatua, la joven distinguió dos enormes ojos amarillos, que la observaban en la oscuridad.
