Capítulo 35

Ese mismo día, empezaron a venderse amuletos. Algunos eran tan estúpidos como un frasco de arena que ahuyentaba a los fantasmas, y otros eran más elaborados, como una cabeza reducida con pelo de rabo de unicornio y un bezoar incrustado en la boca, que decían curaba el mal de ojo y prevenía envenenamientos. Harry lo consideraba estúpido, y gracias Merlín, los profesores también. Tan pronto como empezaron a venderse, los profesores los confiscaban, diciendo cosas como ¡Qué ridículo!.

Mientras los profesores se mostraban calmados, -sin duda alguna, ellos también estaban aterrorizados,- la histeria cundía entre los alumnos. Lockhart tampoco ayudaba; era auténtica fanfarronería, diciendo que estaba muy cerca de descubrir quién era el culpable y que entonces se encargaría del monstruo. Y en medio de todo el drama y la histeria, Draco y Dudley consiguieron hablar con Harry y Neville, poco antes de que Harry se estrenara como cazador y McGonagall colgara la lista para que se apuntaran los que se quedaban esas Navidades.

—Harry, sentimos mucho lo que te ha pasado. Perdónanos, por favor. —le dijeron. Se veían sinceramente arrepentidos.

—¿Os habéis perdonado? —preguntó. Por la mirada que se lanzaron, Harry sabía que no lo habían hecho.

—Sí. Creo. —añadió Draco. Dudley y él se miraron y entonces, se estrecharon las manos en señal de amistad. Harry sonrió, sin ver ese odio brillando en sus ojos.

Ese fin de semana, Harry tuvo que jugar su primer partido de quidditch, contra Ravenclaw. Acudió a los vestuarios temprano, con un nudo en el estómago. Heidi se le sumó en cuanto salió del castillo: ella también estaba un poco pálida, pero no tanto como Harry. En el vestuario, se cambiaron rápidamente, poniéndose las túnicas amarillas y las botas y rodilleras. Cuando dieron las once de la mañana, el estadio estalló en vítores y ánimos.

El equipo de Hufflepuff salió al campo andando, cada cual con su escoba en la mano. Primero el capitán, después el guardián, los cazadores y los bateadores. El equipo de Ravenclaw salió también de sus vestuarios en el lado opuesto. Roger Davies, el capitán y cazador del equipo, iba al frente, con el resto de su equipo detrás de él. Se colocaron en línea, Madame Hooch entre ellos. Había una rivalidad insólita entre Diggory y Davies.

—Capitanes, estréchense las manos. —dijo Madame Hooch. —Quiero un juego limpio. —los miró a todos amenazadoramente. Se subieron a las escobas y se quedaron suspendidos a diez pies del suelo. Madame Hooch pitó, dando comienzo al partido, y lanzó la quaffle mientras soltaba el resto de las pelotas.

Todo el entrenamiento que Harry había tenido durante esos meses no había sido malgastado, pensó mientras cogía la quaffle. Avanzó hacia los aros contrario, esquivando a Davies por los pelos y zigzagueando para escapar de una bludger complicada. Pasó a Heidi, y Heidi a Megan. Ya casi habían llegado a los aros cuando Megan la volvió a pasar a Heidi. Tiró y… ¡Entró!

Harry se atrevió a mirar un momento hacia Cedric: estaba en el aire, dando vueltas y sin encontrar todavía la snitch. Ellos habían dicho que tenían que hacer un juego rápido y encontrar la snitch cuanto antes, pero Diggory apenas se movía de su sitio, oteando el horizonte. Harry dejó de divagar porque Davies llevaba ya la quaffle al otro lado del campo. Le acechó desde la derecha, obligándole a ir a la izquierda, y entonces se acercó y golpeó la quaffle hacia delante. Aceleró y retomó el control de la pelota.

El partido terminó muy favorable a Hufflepuff, aunque la snitch se la llevó la buscadora de Ravenclaw, Cho Chang. Harry entendía ahora por qué Diggory estaría mejor de cazador: había visto muy tarde la snitch y le costaba maniobrar. No era un gran rival para Chang. Era demasiado grande para ser buscador, pensó Harry. El resultado del partido, como Lee Jordan anunció desde el megáfono, fue 260 – 250, a favor de Hufflepuff. Las gradas aplaudían con fuerza mientras los jugadores bajaban. Al menos, Chang se veía satisfecha con su captura de la snitch.

Se fueron a los vestuarios entre bromas y aplausos. Harry sentía las piernas agarrotadas, pero merecía la pena por estar ahí, riendo con sus compañeros sin que le miraran con sospecha o miedo, como habían hecho desde que la Señora Norris fuera petrificada. Se quitó la túnica y el uniforme escolar y los dejó en la taquilla. Se metió en una de las duchas de los últimos, y pasó un buen rato enjabonándose, tanto rato que cuando salió ya no había nadie en los vestuarios.

La fiesta continuó en la Sala Común. Neville se le unió entre vítores y hurras, y Heidi y Megan consiguieron unas cervezas de mantequilla de las cocinas y unos canapés. La Sala estaba decorada aún más profusamente con banderines y carteles de ánimo de los Hufflepuffs, e incluso habían dispuesto una mesa con un bol de dulces. La fiesta se alargó hasta tarde, pero al día siguiente, a pesar de los ánimos elevados por el partido de quidditch, todos seguían teniendo expresiones de preocupación en la cara.

La preocupación e histeria alcanzó tal extremo que Lockhart decidió fundar un Club de Duelo para enseñar a los alumnos a defenderse. Harry sentía le necesidad imperiosa de rodar los ojos cada vez que alguien hablaba del Club de Duelo: si ni siquiera había podido enfrentarse a unos Duendecillos de Cornualles, ¿cómo iba a enseñarles a defenderse? Pero de todas formas, asistió al Club de Duelo, que se hacía esa tarde a las ocho en punto.

Harry, Draco, Dudley y Neville llegaron al Gran Comedor con ojos curiosos. Había mucha gente allí; desde chicos asustados de primero a los intimidantes alumnos de séptimo curso. Las cuatro mesas de las Casas habían sido retiradas, así como la mesa principal. En su lugar había una larga tarima, el escenario donde se desarrollarían los duelos. La multitud ya se amontonaba alrededor de la tarima, donde el profesor Snape y Lockhart se encontraban. ¿Qué hacía allí Snape?

—Buenas tardes a todos, jóvenes magos y brujas. —saludó ceremoniosamente Lockhart. Snape, a su lado, tenía un gesto aburrido pero atento en la cara. —Hoy, todos vosotros vais a tener el privilegio de aprender de mí a defenderos, y eso es prácticamente un honor. Seré ganador de cinco premios a la Sonrisa más Bonita, pero eso no me salvó de la banshee que quería matarme en Rumanía. —fanfarroneó. Snape, detrás de él, rodó los ojos. —Pero, ahora, basta de hablar de mí. El profesor Snape será mi asistente el día de hoy, y juntos vamos a mostraros cómo se lleva a cabo un duelo. ¡No os preocupéis, no os quedaréis sin profesor de Pociones!

Se escucharon risas calladas al fondo del grupo. Harry no podía estar más escéptico; Lockhart era un inútil redomado. Había ya bastante gente que se estaba dando cuenta de eso, además de Harry, Draco, Dudley y Neville. En sus clases sólo sacaba a alumnos a la tarima y representaba sus hazañas heroicas. Sin embargo, ahí era imposible fingir, pensó Harry. El profesor Snape estaba condenado -gustosamente, añadió Harry,- a dejarlo en ridículo.

Lockhart y Snape se pusieron cara a cara en la tarima. Levantaron las varitas, hicieron una pequeña reverencia y dieron tres pasos hacia atrás. Entonces, levantaron las varitas y el profesor Snape dijo Expelliarmus. A Harry le pareció que saboreaba cada palabra, porque Lockhart no era capaz de decir nada. Estaba allí parado, con su sonrisa estúpida. El hechizo le golpeó con tanta fuerza que saltó hacia atrás. Voló y chocó contra la pared, golpeándose la espalda.

—Muy buen hechizo, profesor Snape. Eso, muchachos, —dijo Lockhart, levantándose y recogiendo su varita del suelo. Parecía despreocupado. —fue un encantamiento desarmador, sencillo pero efectivo. La varita ha saltado de mi mano. Sin embargo, era obvio que iba a hacerlo. —Lockhart volvió a la tarima. Snape le miró tan mal que la sonrisa de Lockhart tembló en sus labios. No quiso hacer una segunda demostración. —Muy bien, ahora a ver qué tal lo hacéis vosotros.

Lockhart y Snape bajaron de la tarima y empezaron a emparejar estudiantes. Harry y Neville se pusieron juntos de inmediato, y Draco y Dudley se colocaron ya en posición de duelo. Vieron con ojos grandes y suplicantes al profesor Snape mirarles por un momento antes de pasar de largo, emparejando a Millicent Bulstrode con Ron Weasley. Lockhart, gracias a Merlín, se marchó a la otra punta del Gran Comedor y no molestó a Harry.

—Cuando os sintáis preparados, empezad. Pero, recordad todos, queremos desarmar, nada más. —Lockhart lanzó una mirada agradable a todo el mundo.

Harry y Neville hicieron una reverencia, caminaron hacia atrás y se pusieron en posición de duelo, imitando a Lockhart y Snape. Contaron hasta tres y lanzaron sus hechizos desarmadores. Un resplandor rojo les cegó y Neville salió volando, cayendo apenas dos pies más atrás de su posición, sin varita. La varita de Harry saltó y el chico pudo cogerla antes de que cayera al suelo. Se acercó a Neville mirando a su alrededor: había humo por todos lados de hechizos mal hechos y un montón de gente quejándose y lloriqueando.

—¿Estás bien, Neville? —Harry le tendió la mano y le ayudó a levantarse. Neville le sonrió y asintió con fuerza, recogiendo su varita del suelo.

—Sí que ha ido mal, ¿eh? —miraron alrededor. El humo empezaba a desaparecer, pero Harry hubiera preferido que siguiera por allí, porque el Gran Comedor se veía muy parecido a la Enfermería. Draco y Dudley se veían atontados, sentados en el suelo, Justin tenía un corte en la frente y Ernie se sostenía el brazo, ahogando un puchero. Ron, rojo de ira, se peleaba a lo muggle con Millicent. Craso error, ella era mucho más fuerte que él y parecía tener unas ganas enormes de matarlo.

—Muchachos, muchachos, tranquilizaos. —Lockhart se paseaba por el salón. —Señorita Fawcett, presioné la herida y dejara de sangrar, señorita Granger, sostenga a su compañero, el señor Kirke, señor MacMillan, a la enfermería, podría tener un brazo dislocado. —Lockhart miró a su alrededor y anunció, —Creo que necesitaremos enseñaros cómo batirse en duelo. ¿Un par de voluntarios? —Lockhart miró a su alrededor. —¡Ah, señor Potter, venga al frente, conmigo!

Harry se quiso morir. Ni siquiera había hecho contacto visual con Lockhart; ¿acaso no podía entender que no quería ser el centro de atención? No, Lockhart no lo entendía ni lo respetaba. Subió a la tarima, mientras Lockhart escogía al otro voluntario. Se quedó un poco pálido al ver precisamente a ese chico: ¿por qué tenía que escoger a Zabini de entre todo el mundo? El profesor Snape no se quejó, y por tanto, subió a la tarima.

Lockhart en seguida se colocó al lado de Harry, poniéndole una mano en el hombro. Le hizo girarse y atender, mientras Zabini y el profesor Snape hablaban. Los dos parecían muy serios. Lockhart anunció:

—El duelo es sólo para desarmarse, nada más. Muy bien, el hechizo desarmador es el siguiente: tienes que decir Expelliarmus y hacer este movimiento de varita. —Lockhart intentó un movimiento de varita complicadísimo. La varita se escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Lockhart soltó una risita tonta. —Vaya, hoy tengo la varita saltarina. Has visto cómo hacerlo, ¿no, Harry?

—¿Tirando la varita al suelo? —Lockhart se volvió, sin escucharlo.

—Mucha suerte, muchacho. —La iba a necesitar, añadió Harry. Zabini tenía una cara inexpresiva, pero de todos modos se le veía cierto aire de maldad. —¡A la cuenta de tres! —Lockhart y el profesor Snape bajaron de la tarima para mirar el duelo desde lejos. Eran alumnos de segundo, y nadie quería salir dañado por sus malos hechizos. —Una, —Harry levantó la varita un poco más. —Dos, —Zabini esbozó una pequeña sonrisa. —¡Tres!

¡Serpensortia! —gritó Zabini. Harry lanzó su propio hechizo:

¡Expelliarmus! —un resplandor rojo salió de la punta de su varita y Zabini se inclinó a un lado, esquivándolo. La punta de la varita del Slytherin brilló en tono verdoso y de allí salió una serpiente oscura, de tres metros. Avanzó hacia Harry.

La serpiente se movió en zigzag por la tarima: había un gran silencio en el Gran Comedor, y todos estaban pendientes de la serpiente que reptaba hacia Harry. Siseó y se paró, girándose hacia Justin, que estaba cerca de la tarima. Movió su cabeza hacia allí, siseando, y Harry dijo ¡Detente!. La serpiente se giró a mirarle, de nuevo siseando con fuerza. Todo el mundo miraba a Harry, que seguía allí inmóvil, sin entender si la serpiente le había oído o no. La serpiente siguió reptando hacia él.

—¡Aparta, Harry! —Lockhart subió a la tarima, empujando a Harry a un lado. Hizo una floritura extraña con su varita y la serpiente salió volando hacia el techo, antes de caer de nuevo a la tarima.

Evanesco. —dijo con tranquilidad el profesor Snape. La serpiente desapareció en una pequeña detonación y Harry bajó la varita. Zabini tenía una gran sonrisa en la boca, la mayor sonrisa que le había visto jamás. El profesor Snape le lanzaba una mirada rara, pero calculadora, y el resto del alumnado le miraba con pánico.

Sintió que alguien tiraba de su túnica y miró hacia abajo. Neville, con la cara muy pálida, le hizo un gesto para irse, y Harry bajó de la tarima de un salto. Dudley se veía un poco enfermo, aunque Draco parecía extasiado. Los cuatro salieron del Gran Comedor con rapidez y entraron por la primera puerta que estaba abierta. Estaban en el aula de Transformaciones. Harry miró las caras preocupadas de sus amigos y preguntó:

—¿Qué pasa?

—¡Eres un hablante pársel! —exclamó Draco, lleno de alegría. Harry lo miró, frunciendo el ceño:

—¿Qué significa eso?

—Puedes hablar con serpientes. Como – como antes. —explicó Neville.

—Sólo le decía que no atacase a Justin, nada más. ¿Es que no me habéis oído? —Harry empezaba a mosquearse.

—Yo sólo te he oído sisear, Harry.

—¡Un hablante pársel! ¡Guau! —exclamó Draco. —¿Seguro que no eres un Slytherin encubierto?

Harry se quedó callado, pensativo. Afuera empezaba a formarse ventisca; esperaba que pudieran tomar el Expreso de Hogwarts y marcharse del colegio en Navidad. Ninguno de ellos quería quedarse ese año, de hecho, eran muy pocos los que se iban a quedar en Navidad en Hogwarts. Se fue a la cama sin cenar, no tenía hambre y tampoco quería ser mirado como si fuera un bicho raro y peligroso. Harry se tumbó en la cama y pensó en su Selección.

El Sombrero había dicho: Slytherin podría ser beneficiosa, pero sus enemigos se encuentran principalmente allí. Demasiado peligroso. Harry se había negado, aunque el Sombrero Seleccionador ya le había dicho que no iría a Slytherin. Pero, ¿y si estuviera relacionado con Salazar Slytherin? El fundador había vivido hacía mil años, y apenas sabía nada de la familia de su padre, salvo que eran todos hijos de magos, es decir sangre puras. Eso coincidiría con el pensamiento de Slytherin, que no deseaba a los nacidos de muggles.

Golpeó la almohada con los puños, viendo nevar por la pequeña ventana que tenía encima de su cabeza. Harry gruñó y se revolvió en la cama: ¿Habría estado mejor en Slytherin? Él era feliz en Hufflepuff, pero, ¿y si no era su Casa? Harry gruñó, se revolvió un poco más en la cama y se quedó dormido, finalmente. Sus sueños fueron turbulentos esa noche, con la figura de Salazar Slytherin apareciendo en su mente aquí y allá.


Nota: Bueno, actualización al borde del plazo, pero cumpliendo :D Draco es el único que parece feliz, pero qué se le va a hacer...