Miles de disculpas por la tardanza, pero traigo unos cuantos :) ¡Espero comentarios!
Subí las escaleras sumido en mis pensamientos, sin fijarme en lo que hacía, tan despistado que cuando se terminaron los escalones no me di cuenta y me tropecé al intentar subir escaleras imaginarias. Apreté instintivamente el archivo contra mi pecho y sacudí la cabeza, tratando en enfocar la mirada y dejar de reproducir todo lo que había pasado aquella noche.
¿Por qué todo, irremediablemente, terminaba conduciéndome a ella? ¿Por qué? ¿Iba a ser capaz algún día de oír la palabra "asesinato" y no sentir un escalofrío recorrerme? ¿Podría mirarme al espejo y ver aquellas cicatrices sin que fueran un constante recordatorio de que hice que mataran a mi hija? La única que me adoraba incondicionalmente, que me perdonaba mis errores y que, aun cuando se enfadaba conmigo, no podía evitar reírse de mis bromas. Mi pequeña calabaza…
Con lágrimas en los ojos, metí el archivo debajo de toda la ropa que guardaba en la maleta. Ni siquiera la había deshecho. ¿Para qué?
Me dejé caer al suelo, sin notar el dolor de mis rodillas cuando chocaron contra el parqué. Me cogí la cabeza entre las manos, notando las lágrimas desbordarse, sintiéndome superado por todo aquello. ¿Por qué volvía a estar como meses después de que la mataran? ¿No se suponía que ya lo había aceptado, que había aprendido a convivir con aquel peso? Al parecer, nada es lo que parece. Podía sonar redundante pero era exactamente así.
Me levanté, y fui al baño como un autómata, el piloto automático guiando mi cuerpo. Tiré la ropa manchada de harina, viendo como el polvillo salía de ella y se quedaba flotando por el aire. Abrí el agua caliente, notando como un chorro, al principio frío, chocaba contra mi piel y me hacía sobresaltarme ligeramente, despertándome de mi… ¿ensoñamiento? Podría decirse así. Reaccioné y giré el grifo más hacia la izquierda, esperando a que la caldera se pusiera en funcionamiento antes de que yo me congelara. Estaba en Barbados, con un clima tropical y, por lo menos, a 30 grados. Pero para mí era como si me hubiera tele-transportado mágicamente a la Antártida. El miedo me había dejado helado. Miedo a que Beckett leyera todo aquello y quisiera cortar lazos conmigo. Miedo a que, otra más, me mirara con la acusación marcada en el rostro y me lo reprochara. Miedo a que me abandonara alguien más.
Unos 20 minutos más tarde, me envolví una toalla en la cintura y me sequé el pelo. El espejo se desempañó con lentitud, dejando ver mi reflejo. Me miré a los ojos, viendo las ojeras de mis noches con pesadillas, y el azul apagado que me devolvía mi otro yo. Bajé la mirada y la fijé en el hombro, en ese pequeño circulito justo debajo del final de la clavícula. Llevé la mano hacia allí y la acaricié, respirando bruscamente. No me dolía físicamente, era un dolor más bien psicológico. Las heridas se curaban y desaparecían con el tiempo, a veces dejaban un pequeño recordatorio de su presencia, otras veces no. Sin embargo, dependiendo de la repercusión que tuvieran, dejaban una marca imborrable en tus recuerdos. Y, aquellas otras heridas, las que guardas en la mente a veces sin saberlo… Esas son las verdaderamente peligrosas.
Me puse la camisa, y volví a mirarme en el espejo. No era una cuestión de vanidad, sino un ejercicio de superación. O eso me había dicho el Dr. Burke. Tenía que hacer las paces conmigo mismo, y eso suponía aceptarme tal y como era. Pero jamás lo había logrado y comenzaba a pensar que jamás lo lograría. Con un suspiro de resignación, terminé de vestirme. Cogí el colgante que reposaba en el lavabo, la placa estilo militar que de allí colgaba, y pasé un dedo por encima del nombre que había grabado en ella. Luego, una vez terminado el ritual, apagué la luz del baño y bajé las escaleras con rapidez.
Al llegar a la última, alcé la mirada y me paré de golpe en el escalón, dejando que un silbido escapara de mis labios. Beckett se giró hacia mí, sorprendida.
- Wow… Esto parece sacado de una película – comenté, observando con los ojos bien abiertos la pared antes vacía, y ahora cubierta por fotos y post-it con anotaciones.
- Siempre trabajo con una pizarra, me ayuda a tener todos los datos ordenados y a la vista. Así, cuando no avanzo, la repaso y normalmente algo sale de ahí – explicó la detective, pegando un post-it azul donde se leía "¿Conexión con el alcalde?".
Asentí. Conocía el procedimiento. Yo mismo lo hacía a veces en la pizarra digital que tenía en mi despacho. Revisé su trabajo, leyendo todas las notas y siguiendo las flechas indicadoras que unían unos hechos con otros.
- Si quieres le pedimos una pizarra real a Rob.
- Nah, da igual. Con esto me apaño. – contestó ella, garabateando rápidamente "4.00 am asalto" y pegándolo en la línea del tiempo que ya había hecho con un poco de cinta americana pegada. Se notaba que tenía experiencia y que le gustaba.
- ¿Te ayudo con algo? – pregunté, deseoso de ayudar y sentirme como un auténtico policía.
- Mmmm… ¿Por qué no haces la cena? – dijo Beckett, sonriendo burlonamente.
- Esto es discriminación, que lo sepas – protesté, mientras iba hacia la cocina con paso cansino.
Miré el desastre que era la encimera, con la pizza a medio hacer y la masa más dura que una piedra. Con un suspiro, tiré todo aquello a la basura y me dispuse a hacer una ensalada, mucho más sencillo y rápido. Cuando terminé, lo serví todo en dos bandejas y las llevé al salón, donde Beckett ya había terminado con su pizarra. Me fijé en que había añadido un espacio para los sospechosos y que, para desgracia mía, había un apartado dedicado especialmente al asesino de Alexis.
- ¿Ya está? Bien, tengo que ponerte al día en varias cosas – dijo ella en cuanto notó mi presencia. Se giró, dejando el teléfono en la mesa y sentándose en el sillón.
Le pasé su bandeja y me acomodé yo con la mía. Mientras le daba un mordisco a mi cena, esperé a las noticias. Beckett le dio un sorbo a su Sprite y comenzó a hablar:
- He hablado con mis compañeros en el NYPD. Han estado investigando a nuestro John Doe – señaló al apartado especial para mi asesino – pero como todavía no hay una identidad, ha sido algo inútil. Lo único que pueden dar por hecho es que se trata de un mercenario al que se van pasando de banda en banda y que no pertenece a ninguna específica. Va a donde el dinero vaya, básicamente. No es nada nuevo pero tendremos más cuando vayamos a la policía mañana. Recuerda que tenemos que testificar por todo lo que pasó.
Cerré los ojos momentáneamente, fastidiado. Se me había olvidado que habíamos quedado con aquel oficial tan pesado para que nos tomaran declaración por decimonovena vez. Puse los ojos en blanco y Beckett sonrió.
- O sea, que no tenemos nada. – resumí, mirando las fotos de la pared como si su fueran a poner a hablar en cualquier momento.
- Tampoco es que no tengamos nada, yo veo ahí muchos cabos sueltos – señaló con el tenedor la "pizarra" – Lo que pasa es que tu mente de escritor no los verá.
- Eh, cuidado, que yo también me monto mis pizarras para las escenas de crímenes. – me defendí.
- ¿Sí? Pues cualquiera lo diría. Encontré una cosa que está mal en tu primer libro. Ese de la detective que tiene nombre de stripper.
- ¿Nombre de qué? – exclamé, tratando de no escupir el refresco. Tragué a duras penas, luchando con las burbujas que se empeñaban en irse por el lado equivocado. - ¿Stripper, dices? ¡Nikki Heat no es nombre de stripper!
- ¿No? – preguntó ella retóricamente, alzando una ceja. – Nikki Fuego, como dicen en México. ¡Por favor!
- ¿Cómo…? – Fruncí el ceño y luego abrí mucho los ojos - ¿No me digas que estoy frente a una fan?
- ¿¡Qué?! ¡No! – intentó mentir Beckett, pero sabiéndose pillada.
- ¡Oh, sí! – Dije, emocionado – Ese detalle solo se sabe si entras en mi página oficial.
- Mentira, eso lo leí en… - se calló de golpe, quizá porque iba a revelar algo mucho peor.
Solté una carcajada, incrédulo. ¿Quién me iba a decir a mí que esa detective tan gruñona al principio se había leído todos mis libros?
- Esto es para twittearlo – bromeé.
- Ni se te ocurra – me amenazó ella. – Solo soy una seguidora del género.
- Claro, claro… Como no tienes suficiente en tu día a día, buscas más para tus tiempos libres. Y digo yo, detective, no sería más divertido salir de fiesta con su amiga la latina sexy, o con el novio…
- Uno: no vuelvas a decir "la latina sexy" por favor, como Lanie se entere la tendrás colgada al cuello lo que te queda de vida. Dos: mi vida privada es privada y hago con ella lo que quiero.
- En otras palabras, que no tienes novio y por eso te encierras en casa a leer. – resumí, buscando molestarla.
- Bueno, por lo menos no me visto de ladrón por las noches y salgo de cacería – rebatió ella.
"Uuuy, Touché" pensé.
- ¿En serio hay gente que hace eso? Wow, preséntamela que baso un libro en ellos. – bromeé, esquivando la acusación.
- ¿Te traigo un espejo y así la ves? – contestó Beckett, siguiéndome el juego.
- Ay, no. Todo quedaría eclipsado por mi belleza. Soy terriblemente atractivo, ¿no lo ves?
Beckett soltó una carcajada algo exagerada e hizo como que se secaba una lágrima de la risa. Fingí que me había dolido aquello, pero se me escapó un bostezo por el medio.
- Creo que el escritor se va a soñar un nuevo libro – dije, dejando que mi voz denotara el cansancio que realmente sentía.
- Pues dulces sueños, ladronzuelo. – contestó ella, mirando la televisión.
- Detective, la voy a denunciar por acoso.
Beckett hizo un gesto algo vulgar y sonrió. Puse cara de fingida sorpresa y me fui a la cocina a guardar mis platos.
- Buenas noches, Beckett. – dije a mi paso por el salón para subir.
- Buenas noches, Castle – contestó ella, hecha una bola en un lado del sillón y viendo algo de fantasía en la tele.
