Shuichi salió del despacho de su amo, corrió a su habitación y sacó de su clóset una vieja mochila que ya tenía preparada con ropa normal que le había dado Keitaro. No había podido aspirar a algo más dada su condición. De momento se quedaría con su ropa que traía puesta para no levantar sospechas, pero aprovechó para ponerse el anillo de Kumiko sobre su anillo de esclavo para bloquear la señal de rastreo. Antes de irse, se observó en el espejo de su habitación. Traía un mini short y unas correas sencillas que cruzaban su pecho cubriendo sus tetillas. Tomó unas cuantas de sus pertenencias y salió de la habitación
Rápidamente se dirigió a la puerta principal. Trató de actuar con naturalidad, pasando desapercibido por varios sirvientes. Al llegar a la reja, se topó con un guardia de la entrada, pero ya lo tenía cubierto.
Antes de salir de despacho, Shuichi recordó decirle algo a su amo.
—Vea a través de la ventana. Cuando me vea llegar con el guardia, use el intercomunicador y dígale que me deje salir, que usted me da permiso y que regresaré más tarde.
El guardia iba a preguntarle a dónde iba cuando la voz del amo de la mansión se escuchó fuerte y claro por el intercomunicador.
—Déjalo salir. Tiene mi autorización. Regresará más tarde.
El guardia, algo renuente ante lo insólito de la petición, accionó un switch y la reja desapareció. Shuichi salió caminando, tratando de guardar las apariencias. Contando el tiempo, aún le quedaban unos treinta minutos antes de que el efecto desapareciera en Hiro y Crawd y unos cuarenta para su amo.
Caminó con rapidez hasta donde terminaba la zona residencial y entró en la zona "pobre" de los kaizokus, donde había casa un poco más decentes, pero sin dejar de ser ostentosas.
Viendo la calle vacía, se metió en un callejón y ahí se puso por encima unas ropas viejas de Keitaro. Además, del fondo de la mochila sacó el collar mimético que solía usar Crawd y lo activó, pasando de ser un chico de cabellos rosados y ojos amatistas a ser un castaño de ojos verdes. Ya más tranquilo siendo resguardado por su disfraz, caminó hasta llegar al límite de los barrios bajos y llamó a un viejo taxi para llegar a casa de Keitaro.
Cuando Hiro y Crawd se recuperaron del los efectos del Masoko, el pelirrojo abrazó al kaizoku, sollozando.
—Ven... Acompáñame.
Crawd abrazó al pelirrojo y lo instó a levantarse para dirigirse al despacho principal. Al llegar vieron que la puerta estaba abierta. Crawd fue el primero en entrar, siendo seguido por el mayordomo que tomaba su mano.
Al fondo del recinto se encontraba el kaizoku mirando por una ventana. Crawd le hizo una señal a su amado para que lo esperara y lentamente se fue acercando al amo de la mansión, sopesando todas las posibles reacciones que pudiera tener el kaizoku.
—Eiri... Eiri... ¿Te encuentras bien? —Llegó hasta quedar detrás del otro—. ¿Eiri? —Trató de captar la atención del otro.
—Qué... ¿Qué es esto? —preguntó Eiri con voz temblorosa. Crawd no entendió la pregunta pero vio como el de ojos ámbar levantaba lentamente una de sus manos y la dirigía hacia su rostro, frotándola contra su mejilla.
Crawd le dio la vuelta, quedando frente a él y lo que vio lo dejó helado. Eiri estaba llorando.
—¿Qué es esto? —preguntó de nuevo con la voz entrecortada y una mirada de enojo mientras veía las gotas de agua caer desde sus ojos. Crawd le mandó una mirada de tristeza al entender la situación.
—Eso mi amigo, son lágrimas... Indican algunos sentimientos humanos como la tristeza, la congoja y...
—¡No! ¡Yo no tengo sentimientos humanos!
—Eiri... Es normal que te sientas así... Dadas las circunstancias...
—¡No! —gritó Yuki con mirada colérica y se volteó a ver a Hiroshi. Caminó rápidamente, tomándolo con fuerza de los hombros y comenzó a estrujarlo al tiempo que le gritaba con furia—. ¡Es tu culpa! ¡Por tu culpa Shuichi se fue! ¡Tú...!
Crawd se apresuró a agarrarlo antes de que siguiera lastimando a su amado quien lloraba por la actitud tan dolida de su amo. Jaló al kaizoku hasta tumbarlo sobre el diván y obligarlo a sentarse a pesar de la reticencia del otro.
—¡Escúchame Eiri! —Eiri detuvo su forcejeo al escuchar la voz firme del otro—. ¡Yo te advertí que esto pasaría si no cambiabas tu actitud!
Eiri hiperventilaba. Aún las lágrimas nublaban su vista y sentía un dolor muy fuerte en el pecho. Sin pensarlo, su cuerpo se movió, empujando a su amigo para salir corriendo de la habitación. Hiro y Crawd vieron como salió corriendo del lugar. El pelirrojo iba a seguirlo cuando su mano fue apresada por una más grande.
»Déjalo ir.
—Pero...
—Déjalo ir... Necesita tiempo...
Hiro lo miró con duda.
—¿Tú cómo lo sabes?
—Yo sé lo que se siente Hiro... —agregó con tristeza—. Sentí lo mismo cuando te fuiste... De seguro fue con Tohma.
—Bienvenido Shuichi —Keitaro abrió la puerta de su casa invitando al esclavo a pasar—. Casi no te reconozco con ese color de cabello y ojos.
—Hola Keitaro. Es sólo un disfraz —contestó mientras se quitaba el collar y recuperaba su apariencia normal. Entonces Keitaro recabó en su ropa.
—¡Vaya! Te ves bien con ropa normal —dijo el moreno con una sonrisa.
—Sí, me quedó bien la ropa que me prestaste.
—Ven, te mostraré cuál será tu habitación.
El moreno lo condujo por un pasillo hacia el fondo de la casa y le mostró lo que sería su habitación por los próximos tres meses. Era un cuarto sencillo con una cama amplia, una cómoda y un closet.
—El baño está al fondo del pasillo. Sólo hay uno, así que lo tendremos que compartir —explicó el doctor frotándose la nuca.
—No te preocupes por eso, al contrario, te agradezco todo lo que has hecho por mí.
—Bien, sólo hay algo más que tengo que mostrarte —Keitaro le indicó con la cabeza que lo siguiera hacia una de las habitaciones cerca de la suya—. Por aquí.
Keitaro abrió la puerta que estaba enseguida de su propia habitación y dejó pasar a Shuichi. El esclavo vio un cuarto igual de sencillo que el suyo. La cama estaba ocupada por un cuerpo que parecía dormir si no fuera por el aparato que estaba a su lado y que emitía un sonido intermitente.
—¿Es un paciente? —preguntó Shuichi. No se imaginaba que Keitaro tuviera a alguien en cuidado continuo.
—Algo así. Ven —indicó acercándose a la cama—. Acércate y dime qué ves.
Viendo a Keitaro del lado derecho de la cama, cerca del aparato que Shuichi no conocía, el esclavo se acercó por el lado izquierdo y cuando lo vio, sus ojos se abrieron de la sorpresa.
—¡Pero qué!
Era inconfundible. Esa estructura ósea. Ese porte que aunque estuviera aparentemente dormido, no lo abandonaba. Esa estatura. No había duda,
Ese hombre era un kaizoku.
—¡Sakano! ¡Creo que lo encontré!
El moreno corrió hasta donde escuchaba la voz de su amado. Estaba parado frente a una puerta que daba a un cuarto oscuro.
—Esa puerta...
—Sí, lo sé. No estaba aquí hace unos momentos. Me iba a caer y al apoyarme, presioné un botón que se mimetiza con la pared y la puerta se abrió.
—¿Te ibas a caer? —preguntó con preocupación
—Sí, pero estoy bien, no pasó nada.
Sakano se adelantó y atravesó la puerta. Palpó la pared buscando algún interruptor y lo activó al encontrarlo. Ante ellos se iluminó una amplia estancia con varios ordenadores, libreros llenos de cuadernos y libros, además de varias mesas con instrumento de laboratorio.
—Hay que llamar a K-sama
¿Por qué demonios tenía Keitaro a un kaizoku dormido en su casa? No podía equivocarse. Cubierto por una sencilla sábana, el hombre respiraba lenta y pausadamente. Sus cabellos castaños se arrebolaban sobre la almohada. Estaba vestido con un pijama viejo pero limpio.
—Sé lo que te estarás preguntando. ¿Por qué tengo un kaizoku aquí? —Shuichi sólo asintió—. Bien. En realidad, a él lo encontré hace casi seis meses en un callejón cerca de aquí. Estaba muy mal herido y apenas respiraba. Yo acababa de atender a un paciente e iba de regreso a casa.
Keitaro acomodó un mechó de cabello que se había salido de su lugar.
»Era de noche y ya casi no había nadie en las calles. Lo cubrí con mi gabardina y como pude lo traje aquí. Antes de poder acostarlo, me miró a los ojos, presionó un botón en el reloj de su muñeca y se desmayó —Aquello historia parecía inverosímil—. Después de curarlo traté de despertarlo, pero no pude hacerlo. Lo he intentado todo pero no despierta. Está en un tipo de coma, es como si su mente no estuviera aquí.
—Keitaro... Es peligroso que esté aquí. Lo hubieras regresado con los suyos.
—Lo sé, tienes razón, pero no puedo dejar de pensar en qué hacía un kaizoku en los suburbios y tan mal herido. No sé mucho de medicina kaizoku pero no quisiera pensar que en realidad querían deshacerse de él —una mirada de tristeza se instaló en el rostro del castaño—. He estado pensado en comentarle a Winchester-san la situación. Quizás él lo conozca.
Shuichi guardó silencio. ¿Sería seguro quedarse ahí después de todo, con un kaizoku en coma? No tenía de otra. Si ese kaizoku ya llevaba seis meses ahí, confiaría en Keitaro. Sólo tenía una duda. ¿Quién sería ese kaizoku?
Tohma estaba a punto de salir de su despacho para ir a casa de Eiri, ya tenía planes para quitarle al rubio ese odioso y estorboso esclavo.
Terminaba de acomodar uso documentos en su escritorio cuando su puerta se abrió de manera intempestiva y apareció el kaizoku en el cual había estado pensando con una mirada rojiza extraña y aspecto furioso.
—Seguchi, necesito un amplificador de señal.
—¿Qué? —preguntó con una marcada duda en su rostro.
—¡Shuichi huyó!
Entonces el rostro de Tohma se ilumino. ¿Huyó? ¿El maldito esclavo huyó? Eso era fantástico. Ahora todos sus problemas estaban resueltos. Ya no tendría que idear una manera de deshacerse del esclavo sin llevarle la contraria a Yuki, sin embargo, no le estaba gustando para nada la actitud de su kaizoku. ¿Para qué querría localizar al esclavo? Sería mucho más rápido y sencillo comprarle otro.
—¿Huyó? —volvió a preguntar con inocencia, como si no entendiera el concepto.
—Sí. Me robó un anillo de Kumiko y huyó.
He ahí su excusa perfecta.
—Lo siento mucho Eiri, pero si Shindo tiene un anillo de Kumiko en su poder, me temo que no podremos hacer nada para encontrarlo o dar con su paradero actual.
—¿Q-Qué? —tartamudeó sin poder evitar un pequeño temblor en su voz que no pasó desapercibido por el rey kaizoku.
—Hemos estado trabajando mucho, pero aún no hemos podido dilucidar cuál es el mecanismo que utilizan los anillos de Kumiko para ocultar la transmisión de señal a nuestra central. Aparentemente utilizan un material natural que inhibe la transmisión de impulsos electrónicos.
Eiri sintió que la ira y la desesperación se agolpaban en su ser. ¿Cómo era eso posible? Que un sencillo artefacto lo separara de su esclavo. ¿Había perdido a Shuichi? No. Eso no podía estar pasando.
—Quiero un equipo de búsqueda.
—¿Qué? —Seguchi tenía un deje de incredulidad al no querer creer lo que había escuchado.
—Voy a buscarlo, dame un equipo de búsqueda.
—Lo siento Eiri, pero no puedo hacer eso...
Hiro y Crawd estaban en la habitación del segundo, acostados en la amplia cama. Después de ver al dueño de la mansión salir corriendo literalmente, habían decidido esperarlo en ese lugar.
—¿Qué crees que suceda? —murmuró Hiro desde su refugio en los fuertes brazos del kaizoku.
—No lo sé... Pero hablaré con él más tarde... Tengo que hacerlo entender lo que siente.
—Según tú, ¿cómo se siente? —preguntó con curiosidad mirando al de ojos azules.
—Eso es obvio —empezó con una sonrisa—. Está enamorado...
—¿Cómo estás tan seguro? —cuestionó el pelirrojo, algo sorprendido con la revelación.
—Estos últimos meses ha mostrado un comportamiento muy inusual. Poco apropiado para un kaizoku... Tú deberías haberlo notado... Es casi como cuando te conocí... Muy condescendiente... Aguanta varios de los caprichos de Shindo, sin contar con que, si el amo fuera otro, al primer desplante ya lo hubiera mandado al almacén... Demasiada coincidencia resalta lo obvio...
Hiro se reacomodó, pensando en las palabras de su amado. ¿Su amo enamorado? Eso sería estupendo para Shuichi... Shuichi...
«Me pregunto si habrá llegado bien...».
El teléfono de Crawd sonó, levantándose para tomarlo de la mesa de noche y contestó. Apareció una pequeña pantalla frente a él donde podía ver a su mayordomo y a su esclavo.
—Winchester.
—K-sama, creo que hemos encontrado lo que nos pidió.
—¿Cómo? —aclaró Sakano.
—Suguru lo encontró amo. Había una puerta camuflajeada, invisible a simple vista y por error Suguru presionó el botón que activaba su revelación.
—¿Por error?
—Iba a caerme... —contestó el mayordomo con las mejillas arreboladas.
—¿Qué encontraron?
—Cinco súper computadoras y una gran cantidad de libros, algunos escritos por Mitsu-sama, además de esquemas de anatomía humana y cosas por el estilo.
—Interesante... Bien, quiero ver esa información. Descansen, iré en cuanto pueda.
La comunicación se cortó y K notó que el pelirrojo lo veía con confusión.
—¿Qué encontraron?
—Algo muy importante que quiero investigar.
—Lo siento Eiri, no puedo hacer eso.
—¡Cómo que no puedes hacerlo! —gritó el rubio mientras caminaba presurosamente y estampaba sus manos en el costoso escritorio del rey kaizoku con enojo—. ¡¿Por qué? ¡Se supone que eres el rey! ¡El todopoderoso! ¡Podrías encontrar a un esclavo donde quiera que estuviera!
—¡Deja tus caprichos Eiri! —contestó Tohma levantando la voz, amedrentando un poco al kaizoku que nunca había visto así al otro—. Entiende. No puedo movilizar a la guardia por algo así.
—¡Pero es mi esclavo! Cuando los esclavos se escapan siempre mandas a buscarlos.
—Lo hago cuando cometen algún delito que merece castigo, además, ¡es un simple objeto! ¡Sólo sirve para darte placer! ¡Eso te lo puede dar cualquiera!
Un objeto... un objeto... un objeto para dar placer...
Esas palabras resonaban en su cabeza. Eran las mismas que él había dicho hacía unas cuantas horas, pero sonaban demasiado diferentes. ¿Qué cualquiera se lo podía dar? No, eso no era así, nadie podría satisfacerlo como lo hacía la simple presencia del esclavo.
«No... Nadie... Nadie puede reemplazar a Shuichi... Nadie...».
Sin quedarse a escuchar más, pero asegurándose de que Seguchi viera su mirada de odio e inconformidad, salió del despacho.
Tohma lo vio partir y una gran sonrisa apareció en su rostro.
«No puedo creer que todo haya sido tan sencillo... Ni siquiera tuve que mover un solo dedo para que desapareciera... Ahora todo será mejor... Ni siquiera tendré que ocuparme de ese asunto de las hormonas... Eiri... Hay miles de esclavos... Yo te daré los que desees con tal de que olvides a ese tal Shuichi Shindo…».
