No un Rey, un Dios
Ellos se arrodillaron, supongo que es una forma de reverencia en su cultura. ¿Por qué siguen aquí? ¿Por qué no corren? ¿Es que acaso no tienen sentido común? Dios, ¿ahora qué hacemos? Nos están rodeando, no podríamos correr ni que quisiéramos. Son demasiados. Y todos ellos son hombres adultos en buenas condiciones físicas, por no mencionar que son más altos y fornidos que Hans, a quien, por cierto, de seguro le estoy cortando la circulación sanguínea de tanto apretar su brazo.
¿Y cómo es que hablan alemán? No sé el nombre de todas las lenguas del norte, pero estoy segura de que ninguna es parecida al alemán, en lo más mínimo. Los Saami a veces adoptan palabras del arendeliano, pero nunca idiomas tan distantes. No tendría sentido. Ellos debieron aprender con ayuda de alguien. Exploradores. Bueno, si dejaron a otros extranjeros convivir con ellos, podrán hacer lo mismo con nosotros, ¿verdad? Después de todo, se arrodillaron al ver la magia de Hans, no matarían a alguien a quien respetan, ¿o sí? Es ahora cuando por mi mente cruza una variedad de horrorosas leyendas de sacrificios humanos para los dioses. No es el mejor momento para pensar en eso.
Estoy aterrada. Siento el hielo pulsando en mis manos, listo para salir en cualquier momento. No, no puedo mostrarlo, ¿quién sabe cómo reaccionaran ante eso? Prefiero mantenerme bajo el ala protectora de Hans, por ahora. Guardo silencio, permanezco lo más quieta que puedo. Siento los latidos de mi corazón, tan erráticos como el instante en que caí por el precipicio.
Apenas me atrevo a mirarlos. Son intimidantes. Su piel es muy oscura para ser un pueblo del norte. Los Saami son rubios, o morenos con la piel clara. Nosotros descendemos de la gente del norte, vikingos y migrantes europeos, nuestra tez es blanca por naturaleza. No como la de estos hombres. La suya es cobriza, sus cabelleras y barbas negro azabache. Es una combinación exótica que jamás había visto. Y su vestimenta… ese es otro tema. Son pieles y tejidos, pero no como los que se ven en la región norte de mi reino. Tienen adornos que no pertenecen a las culturas nortinas. Me recuerda un poco a la cultura árabe, ¿es eso posible? Los cinturones, las ornamentas, y, por sobre todo, los tocados tejidos que traen puestos. Parecen turbantes hechos de lana. No todos lo traen, pero sí la gran mayoría, incluyendo al que nos habló hace unos minutos. Sin duda son una mezcla cultural curiosa.
Hans me atrae hacia su cuerpo, me aprieta fuerte con ambos brazos. Me cuesta respirar, no obstante, me siento un poco más protegida. El hombre que parece ser líder habla en una jerga que no alcanzo a comprender, los demás le responden con un murmullo. Se reúne con otros cuatro en un círculo reducido, como pactando algo entre ellos. No me agrada la manera en que lo hacen. Los demás se ponen de pie mientras esos cinco deliberan. Uno de ellos busca a los que parecen ser los más jóvenes del grupo. Ambos se van corriendo hasta desaparecer por el interior de la cueva.
—Hans-
—Shhh, mientras menos hablemos, mejor.
—Bienvenido a tierra de hielo, Malik Alnaar—habla uno de ellos, que trae puesto un turbante gris con una línea negra. ¿Cómo es que sabe mi idioma? El acento es bastante tosco y carente de la pronunciación correcta, pero las palabras están.
—Sólo estamos de paso. Nos iremos ahora—dice Hans.
—Hijo de sol no puede ir, volver en otro cuerpo según profecía.
— ¿A qué se refieren? —contesta Hans.
—Primer dios fuego, Nasser de Tierras del Sol Oriente, prometer regresar desde era uno de nuestro tiempo—Nasser. La leyenda. De quien nos hablaron los trolls y los diarios del explorador Wagenknetch. Eso significa que nos encontramos con los Nahar Keel.
— ¿Nasser?
—Nasser, primer hijo de sol, rey de reyes, unir gentes de todas tierras. Dios entre hombres, prometer regresar y el día de regresar llegar hoy.
— ¿Creen que soy Nasser?
—Dios de fuego tomar muchas formas diferentes. Dios de fuego ser cambiante, y desaparecer hace eras.
—No soy su dios. No tengo poder ni siquiera en mi tierra.
—Dios de fuego siempre ser poderoso. Quedar con nosotros en hogar, mostrar historia antes de muerte.
—Realmente no es necesario.
—Hijo de sol deber conocer historia. Dioses de fuego renacer.
—Hans, hagamos lo que dicen—dudo que estos hombres nos vayan a dejar en libertad pronto. Prefiero estar de su lado antes que en contra.
—Mujer no hablar frente a dioses. Sólo siervos hablar frente a dioses.
—Ella está conmigo, no le hablarán así—dice Hans.
—Ofrenda para hijo de sol, poder tenerla en hogar de dioses. Mujer callar, no insolente.
—Muéstrenos el hogar de dioses.
—Rey de reyes, Nasser, vivir en norte hace eras. Corazón de tierra ser hogar de dioses. Mover rocas, volcanes, fuego, hacer hogar a su pueblo.
—Iremos al hogar de dioses—dice Hans.
El hombre con quien hablamos conversa con el líder. Les dan órdenes a los demás. Nos rodean por detrás. El líder toma la delantera y hace un gesto con su mano para que lo sigamos. Hans no me suelta ni un momento. Prefiero que sea de esta manera. Caminamos detrás del guía, manteniéndonos lo más juntos posible. No me agrada en absoluto tener a tantos de ellos por detrás. El sólo pensar que estamos entrando en su territorio me tiene los pelos de punta. No quiero estar aquí. Preferiría volver a la intemperie a cazar aves marinas.
Seguimos a los Nahar Keel. Nos internamos en las cuevas con ellos. Llevan antorchas que encienden frotando rocas. Supongo que no se atreven a pedir el favor. Dios, rey de reyes, hijo del sol… ¿realmente creen que soy su príncipe muerto que ha reencarnado? He fantaseado con ser un rey, más veces de las que puedo recordar, pero… ¿un dios? En absoluto, por muy poderoso que sea, jamás sería una divinidad. Un dios. Su dios. ¿En qué acabamos de meternos? Maldita sea. Ahora sí que la jodimos. Seguimos vivos, pero ahora no nos dejarán ir. Y Elsa… temo por ella. No recibió la mejor de las bienvenidas, y de no estar conmigo, no puedo asegurar que estaría en buenas manos.
Los salvajes hablan animadamente, en esa lengua gutural suya. No es el sonido más agradable, suena tan agresivo como el ruso. Al menos no tienen la intención de matarnos, por ahora. ¿Qué saben sobre mi magia? ¿Sobre los que son como yo? Siento curiosidad, y tengo miles de preguntas… ¿será este el lugar para encontrarlas? En medio de una tribu de salvajes… ¿quién lo diría? Con razón jamás encontré algo útil estando en las islas.
Las islas… parecen un recuerdo distante con todo lo que ha pasado últimamente. Hasta Arendelle pareciera ser un sueño. Esto se siente excitante, pese al peligro que corremos estando aquí. Es como haber despertado finalmente de aquel largo sueño. Nunca me había sentido tan vivo como al enfrentar estos desafíos de supervivencia extrema, y luego encontrar a esta gente… uno pensaría que esto es surreal, estas cosas simplemente no suceden en la vida diaria. Me imagino que así se sentiría Christopher Columbus al encontrar el continente Americano y sus nativos.
Los seguimos por una serie de túneles internos, demasiado sofisticados como para ser una obra de la erosión del hielo que ocurre naturalmente. Además, esto es roca volcánica, a juzgar por el color y la textura de las paredes. Es diferente de las otras, aquí no cuelgan carámbanos del techo, y el aire es frío, pero con menor humedad que las otras cuevas que visitamos. Y también están los caminos, son una red más intrincada, se me imagina que este lugar es una especie de hormiguero a gran escala. Seguimos a los hombres por más tiempo del que quisiera. Intenté memorizar las vueltas que dimos, pero perdí el rastro después de una hora, o, al menos, lo que yo asumo que fue una hora. No hay como saberlo estando tantos metros bajo tierra.
El silencio es abismante. Escucho los pasos, el movimiento de la tela y las ornamentas, nuestras respiraciones, incluso mi propio latido cardiaco si pongo suficiente atención. Eso, hasta que comenzamos a subir varios túneles cuesta arriba. Elsa está cansada, la sujeto de la cintura para ayudarla a continuar cuando el camino se torna demasiado empinado. Personalmente, también estoy teniendo dificultades para mantener el equilibrio de vez en cuando. Supongo que el tener pisos de mármol pulido trae como consecuencia el no saber andar en terreno. Los hombres negros parecen panteras, tienen una habilidad impresionante para moverse en esta ruta. Y luego estamos nosotros, como dos patos tratando de escalar una montaña.
El panorama cambia por completo cuando escuchamos una especie de tambores y muchas voces hablando al mismo tiempo. Son cantos, mezclados con instrumentos que no reconozco, solo sé que se escuchan parecidos a los de viento. Y las luces que aparecen a lo lejos. La temperatura aumenta paulatinamente a medida que nos vamos acercando. Finalmente cruzamos un gran arco de roca que corona el umbral. Esta es la entrada a una especie de ciudad subterránea. Digo cuidad, porque el término aldea no alcanza a describir el tamaño de este lugar, o la cantidad de personas que nos reciben.
Diría que son aproximadamente un mil personas en este lugar. La gran mayoría de piel morena, pero me sorprende encontrar otros blancos entremedio de la multitud. Imagino que así deben ser las colonias en América, África o el sudeste asiático. Una gran amalgama de culturas unidas en un solo lugar. Todos ellos cantando alegremente en este momento. La avalancha de vítores no se hace esperar, en el momento en que el líder del grupo anuncia nuestra llegada, se produce una especie de exclamación colectiva que tiene eco en estas cavernas.
La masa de gente abre un espacio para que avancemos hacia donde sea que quieran llevarnos. Es impresionante, ni siquiera estando en carnavales había visto una reacción similar. Nos miran con una mezcla de asombro y temor. Los más osados se acercan un poco más. Nos observan atentamente, por todos lados. Veo gente en una especie de balcones forjados en la roca, desde casas que imitan las kasbah del desierto marroquí. Todos esos balcones están cubiertos de pieles y telas. Avanzamos un buen trecho, hasta toparnos con una mujer que es empujada por la gente y cae frente a nosotros. Tiene a un niño en brazos. Recibe la mirada acusatoria de todos quienes n os rodean. En un intento por ayudarla, me acerco y la ayudo a incorporarse. Juego con el pelo negro del niño. Ella murmura emocionada una frase que desearía poder entender.
Desde ese momento, todos los demás se nos acercan, intentando tocarme de alguna forma. Los que pueden, posan sus manos sobre mis hombros, espalda o cabeza. Elsa queda apretada entre el gentío y mi cuerpo. El líder del grupo y los demás miembros intentan dispersar a la gente para que continuemos. Nos toma un buen rato el poder volver a andar. Y cuando lo logramos, muchas de las personas presentes no siguen.
Caminamos por medio de esta pequeña cuidad subterránea. Es impresionante, con calles, acueductos y otros inventos modernos que en mi vida habría pensado que estarían debajo de las montañas en el norte. Supongo que a estas alturas ya nada debería sorprenderme. Digo, si Elsa y yo podemos violar las leyes de la termodinámica a nuestro antojo, supongo que la existencia de un pueblo subterráneo en el norte del mundo no es algo tan descabellado como podría parecer en un principio.
O tal vez ya perdí la cabeza y solo hablo barbaridades sin lógica alguna. Apuesto más por esa última opción. Pero son todas estas imágenes, la música, los gritos, vítores, el calor, los olores, el tacto de la gente, lo que me mantiene en la línea de esta frágil y casi absolutamente imposible realidad. Me cuesta convencerme de que esto está pasando. La recepción, el trayecto, y ahora la entrada a lo que asumo es un templo o un palacio. Es la estructura central de todo el entramado, y la más alta de todas, con varias cúpulas con puntas hacia el cielo de la cueva. Hay lámparas encendidas por todas partes. Es más luminoso de lo que se esperaría de una cueva tan profunda. Y bastante mejor ventilada, en cuanto salimos de la masa de gente, el aire a nuestro alrededor se torna más fresco. Y perfumado. Hay muchas mujeres y niñas vertiendo perfumes a nuestro alrededor. Algunas de ellas dejan flores que no comprendo de dónde diablos sacaron. Estamos en una isla donde el invierno es permanente, ¿Cómo es posible que existan plantas que pertenecen al desierto?
Finalmente ingresamos a esta construcción. Nos reciben en una especie de atrio amplio, lleno de dibujos y pinturas geométricas en las paredes, lámparas enormes colgando del techo, tapices y cortinas. En el centro está otro grupo de hombres, de rango notoriamente más alto que todos los demás, a juzgar por las reverencias que reciben. Los guardias se quedan en la entrada, mientras nosotros nos acercamos al centro del hall. Los hombres de esta residencia tienen rostros más severos. Parecen estar juzgándonos en todo aspecto posible.
Supongo que es ahora cuando debo hacer algo para lograr que cambien de opinión. De seguro son escépticos respecto a sus creencias, después de todo, no es algo que se vea a diario, la reencarnación de su dios. O al menos así parecen verme. Mantengo un brazo férreamente acomodado sobre Elsa, manteniéndola cerca de mí. Está heladísima, de seguro está conteniendo su magia. Espero que se quede así, por ahora. Nadie más puede saber de su poder. Por mientras, utilizo mi mano libre para encender en llamas desde mis dedos hasta el antebrazo. Hago un par de esperas que lanzo al aire, las cuales revientan en miles de chispas al llegar al techo.
La llama sigue ardiendo en la palma de mi mano, hasta que se acerca el hombre que trae puesto el turbante negro. Sonríe y hace la misma reverencia de rodillas que nos ofrecieron los miembros del grupo que nos trajo hasta aquí. Los demás lo siguen, ofreciendo más palabras que no logro comprender. Su lenguaje suena como una forma de árabe, un dialecto derivado.
—Lo lamento, no logro entender lo que dicen—intento hablar en el idioma nórdico, en un intento de encontrar a alguien que lo hable también.
—Hijo del sol se presenta como hombre del sur—responde precisamente el de turbante negro, quien se incorpora junto con los otros.
—Entienden el idioma del norte.
—Me causa gracia que los del sur crean que su tierra es el norte—ríe ese hombre—. Nosotros somos el pueblo del sol en el norte.
—Así tengo sabido.
—Me presento, soy Abd al Jabbar, primer sirviente del dios del fuego. Su pueblo lo ha esperado por siglos, mi señor.
—Siento decepcionarlos, pero no soy ningún dios. Soy solo un mortal que por razones del destino o el azar, nació con esta magia.
—Los del sur tienen una concepción extraña de dios. Nasser, rey de reyes, era uno de esos dioses. Dios con forma humana y fuego en las venas, mitad mortal, mitad inmortal. Tenía el sol en sus ojos y el corazón en llamas.
—Muy poético y todo, pero yo no soy Nasser. Soy Hans, príncipe de unas tierras lejanas al sur.
—Oh, mi Señor, el dios entre hombres también vino al norte desde las tierras lejanas del sur. Este es el destino de mi señor.
—No, no. Esto no es mi destino. Yo vine a buscar respuestas, no a quedarme para ser dios de alguien.
—Mi Señor debe conocer a su gente, lo hemos esperado por eras. Nuestros ancestros murieron esperándolo. Y nuestros antepasados le siguieron desde las tierras del sol y arena, fundaron su pueblo y le adoraron en la ciudad sagrada.
—Lamento no poder cumplir con sus expectativas, no soy quien ustedes creen.
—Quédese con nosotros mi Señor, y entenderá quién es. Los sirvientes llevamos eras cultivando su palabra y resguardando la ciudad del rey de reyes.
—Esperan que nos quedemos… ¿por cuánto tiempo?
—Lo que mi Señor necesite.
— ¿Y qué esperan que hagamos?
—Debe conocer la historia del pueblo, de su gente. Nuestros ancestros vinieron de muy lejos para adorarlo.
—Supongo que podemos quedarnos.
—Excelente noticia. Prepararemos todo para usted, mi Señor. Tendremos luna de celebración para usted.
—Está bien… lo agradezco.
—Merecida celebración por el regreso del rey hijo del sol. Podrá quedarse en la residencia del rey. Guardamos sus aposentos y su tesoro para el glorioso día del retorno.
—Perfecto.
—Los guardias mayores le llevarán a su aposento, mi Señor.
—Se lo agradezco.
Hace otra reverencia antes de hablarles a cuatro hombres que hacían guardia en la entrada de un pasillo. Supongo que son ellos quienes nos escoltarán. No confío en esta gente, en absoluto, pero por ahora nos rodean por todas partes, no es que tengamos opción alguna. Además, no creo que maten a alguien que adoran. Sin embargo, pienso dormir con un puñal cerca.
El problema es cuando uno de ellos intenta apartar a Elsa de mi lado. La toma fuerte de la muñeca, y veo expresión de pánico que cruza por su rostro, junto con sus puños cerrados y blancos de tanto apretarlos. Él le grita en el idioma de esta gente, y Elsa mantiene sus ojos cerrados, intentando controlarse a sí misma.
— ¡Suéltenla! Esto no era parte del trato, ella viene conmigo. Nada de hacerle daño o apartarla de mí—les ordeno, aprovechando el momento en que la deja caer al piso para levantarla, atraerla hacia mí, y rodearnos de un círculo de fuego como protección.
Abd al Jabbar les grita en su idioma ahora. Agachan las cabezas, se arrodillan nuevamente y comienzan a murmurar desesperadamente. Supongo que es su manera de disculparse, o rogar misericordia. Oh, si tan solo supieran que la mujer aparentemente frágil que está junto a mi es en realidad una poderosa hechicera.
—Ruego su perdón, mi Señor. EL rey de reyes nunca quiso permitir mujeres en sus aposentos sin su permiso. Pensamos que era una mujer de placer, no su esposa.
—Lo es—prefiero mentir para que esté a salvo—. Nada de lastimarla, gritarle o hacerla callar. Puede hablar tanto como le plazca, e ir donde quiera sin ser herida.
—Por supuesto, mi Señor. Nunca antes hemos tenido una reina. El hijo del sol jamás desposó a una señorita. Sólo damas de compañía de su aprobación.
—Bueno, ahora tienen una señora también. Espero el respectivo respeto hacia ella.
—Lo que ordene, mi Señor. La Señora se quedará en los aposentos con el rey de reyes.
—Bien.
Me equivoqué al pensar que caer por un acantilado y perdernos por más de dos semanas en una isla desierta era la experiencia más extrema de mi vida. Lo corrijo, esta es la más extrema. Nos trajeron hasta el cuarto más grande que he visto en toda mi vida. Eso, luego de que esos salvajes intentaran alejarme de su supuesto dios. Comienza a irritarme esa actitud de devoción ciega hacia Hans. Para ellos, soy solo su prostituta de turno, no tengo derecho a hablar ni a tener voluntad propia. Soy una pertenencia de mi supuesto esposo. Aunque, si bien me tratan como un objeto, para ellos vendría siendo un objeto invaluable para su señor. No me harán daño mientras Hans se los prohíba.
Ahora estamos descansando en los aposentos mientras hacen los preparativos para una celebración que planean. Será en la noche. De alguna manera, logran medir el tiempo que transcurre a la perfección. Tienen un sistema de relojes de mercurio, al parecer son menos salvajes de lo que esperaba. Excepto por el que me lanzó al suelo, justo sobre el lado que recién acababa de cicatrizar, debido a la caída.
Nos quedamos explorando la estancia. Detrás de unas cortinas hay otra cueva pequeña, con una especie de cama de gran tamaño. Consiste de un colchón bajo, hecho de pieles cosidas y rellenas, varios almohadones de lana tejida, y un montón de pétalos vertidos encima. También hay muebles y adornos en la habitación, junto con una amplia variedad de joyas, lámparas y gemas. Este lugar costaría una fortuna en cualquier otro lugar de Europa. Hay piedras preciosas más grandes que mi mano, collares de cuentas de oro, tan pesados que me cuesta levantarlos. Pulseras, tocados, cofres, perfumes, pendientes, flores frescas y platos con frutas… y un sinfín de elementos que no pertenecen a esta latitud del mundo, y, sin embargo, están aquí frente a nuestros ojos.
La habitación cuenta además con un baño, que a su vez, tiene una gran piscina y una fuente de agua. Ambas están heladísimas hasta que Hans toca el borde de la piedra. Los dibujos en la roca se iluminan y el agua comienza a calentarse, llenando de vapor la estancia. Hace semanas que no sentía calor. Es más, desde que salimos del palacio en Arendelle que no tenía las mejillas rojas por la temperatura del ambiente.
Tomamos turnos para utilizar la piscina. Aprovecho el mío, para enfriar el agua hasta que se torna más agradable. Entran algunas sirvientas para ayudarnos a vestir y prepararnos. Intento no mirar mientras visten a Hans. Asimismo, tengo que aguantarme las ganas de salir corriendo cuando salgo del agua. Las chicas me dejan desnuda más tiempo del que me gustaría. Intentan quitar mi vello corporal con hilos. Definitivamente odio esto.
Untan mi cuerpo con aceites aromáticos. Me colocan un vestido color vino, de tela ligera, como una imitación de la seda. Me peinan, colocando un pesado tocado de oro sobre mi cabello, y un velo que combina con el vestido, en la parte posterior. También aplican un pigmento negro, kohl, en mis ojos. Me cuesta no parpadear mientras lo hacen. Le sigue un pigmento carmín oscuro sobre mis labios. Terminan de adornarme con joyas de oro. Cuando me muestran un espejo, casi no reconozco a la mujer que aparece en el reflejo. Mis ojos destacan como nunca, y mi rostro luce más afilado, adelgacé mucho estas últimas semanas. Lo segundo que noto es el escote pronunciado y los detalles dorados del vestido. Es hermoso, no va con mi estilo, pero no deja de ser bello. Supongo que ahora estoy presentable.
Luego volteo a ver a Hans, que ha estado observándome por un largo tiempo. Es curioso, se ve realmente apuesto y digno de ser tratado como un sultán de oriente, pero al mismo tiempo la imagen choca con el recuerdo de sus tenidas habituales. Se ve totalmente fuera de lugar vestido de árabe. Bastante extraño. Incluso trae puesto el tocado. Su vestimenta es negra, con detalles rojos y dorados. También está cubierto de joyas y con delineado de kohl en los ojos. Sus ojos verdes lucen vibrantes en contraste. También afeitaron un poco su barba, llevaba días sin cortarla. Se ve más elegante, y mayor a la vez. Es desconcertante y muy atractivo.
Me toma un tiempo apreciar otro detalle. Estos son trajes de fiesta, no para salir al exterior. No nos iremos hoy, al parecer. Y dudo que nos dejen salir en un futuro próximo. Tienen a su mesías de vuelta, no lo dejarán ir. Y yo estoy condenada a permanecer junto a él. Nadie sobrevive por su cuenta en este lugar. Me pregunto cómo es que esta pequeña civilización subterránea lo logró. ¿Cómo llegaron a ser así? Tienen muchos sistemas y lujos modernos, no son los bárbaros que esperaba. Algunos manejan mi idioma. Debieron convivir con otros extranjeros. Y lo más importante, ¿qué hace gente de raíces orientales en medio del polo norte? Cualquiera diría que consumo el opio que importan desde China si me escucharan decir esto en voz alta.
Me paseo en círculos por la habitación. Hans se acerca y levanta mi mentón para que lo mire. ¿Qué tienen sus ojos que resultan tan hipnóticos con ese halo negro alrededor? No es justo que se vea tan apuesto vestido así. Yo parezco disfrazada de acompañante nocturna.
—Tranquila, estamos a salvo por ahora.
—No siempre lo estaremos.
—Por ahora, hagamos lo que quieren. Además, no vinimos hasta acá para irnos sin las respuestas que queríamos.
—Lo sé.
—Es importante para mí—hace una mueca de súplica—. ¿Tienes alguna idea de lo que esto significa, poder finalmente saber algo sobre mí mismo?
—Lo comprendo, pero no confío en ellos.
—Si lo hicieras, cuestionaría tu sentido común.
—Estuve a punto de explotar estando allí abajo.
—Pero no lo hiciste. Ya pasó lo peor, puedes guardar tu magia en secreto por un tiempo más.
—No sabes lo que me pides—ahora que finalmente era libre, tengo que ocultarme otra vez.
—Sé que será duro, pero es necesario. Quién sabe lo que te harán si llegan a descubrirlo.
—Me matarán.
—Es una posibilidad.
—Lo harán, y lo sabes.
—Quédate conmigo por el tiempo en que estemos con ellos.
—No podemos estar siempre juntos como siameses.
—Llevamos semanas así, ¿cuál es la diferencia? Además, esto es mucho más cómodo que dormir sobre las rocas, dentro de un cubo de hielo.
—Ese mismo cubo de hielo nos mantuvo con vida.
—Lo sé, y te lo agradezco infinitamente. Sólo te pido que nos des esta pequeña concesión.
— ¿Pequeña? Esta gente está convencida de que eres un dios, eso no es un asunto menor.
—Es nuestra chance de sobrevivir.
—Sigo pensando que es una pésima idea.
—Es la última opción que nos queda.
—Jamás nos encontrarán los demás, se irán de la isla sin nosotros.
—Claro que no, regresarán a buscarte. Eres la reina, ningún reino abandonaría así a su líder.
—Conozco varias excepciones. Además, estoy lejos de ser su líder predilecta. Gracias a mi están sufriendo.
—Y tenemos que seguir adelante para librarlos de ese sufrimiento. La única forma es aprender de esto—nos besamos lentamente—. Así que, pon tu mejor cara de semi-diosa, y demos un buen espectáculo.
A/N: Hello! al fin pude escribir este capítulo :c mis clases comenzaron, maldigo el horario que me dejó demasiadas horas sin clases entremedio de las materias... y adivinen quién no puede volver a pasar el semestre a la rastra... vayan a la uni, decían. Será como American Pie, decían...
En fin, no quiero aburrirlos con los detalles de mi desastrosa vida académica. Volviendo a la historia, tenemos un giro inesperado que surgió de mi creatividad loca y una redbull.
En respuesta al/la guest Lll, gracias por comentar, y sí, continuaré con la historia en mis ratos libres.
Como siempre, no olviden comentar (los comentarios que ya están, los responderé en la mañana), marcar como favorite y follow. Bye
