Capítulo 37:
El grito asustado de Kate, lo alarmó y le hizo bajar apresuradamente las escaleras. La vio apoyada contra la pared, sujetándose el vientre y retorciéndose de dolor.
-¡Kate!, ¿Qué te ocurre? – le preguntó asustado.
-Me duele, me duele mucho – gimió ella.
-Tranquilízate mi vida, ven a sentarte en el sofá, estarás mejor.
-No quiero que le pase nada al bebé, Rick.
-No va a pasarle nada, voy a llevarte al hospital.
-¡Aahhh! – volvió a quejarse ella, mientras sentía que algo caliente le chorreaba por las piernas – ¡Ay Rick, me hago pis encima!
Él miró hacia abajo:
-No es pis, has roto aguas, te has puesto de parto.
-¿De parto?, no puede ser todavía quedan dos semanas.
-Pues parece que se ha adelantado.
-¿Y si al bebé le pasa algo, por eso viene antes de tiempo?, seguro que es por mi culpa, no tenía que haberme enfadado tanto.
-Al bebé no va a pasarle nada – dijo él serio – y tú no tienes la culpa de nada, solo será que se ha adelantado, a veces pasa.
-Pero tengo miedo – dijo ella con cierto tono de culpabilidad, ya que además de estar totalmente convencida que no iba a saber ser una buena madre, ahora con su genio había provocado la llegada prematura del bebé.
-No va a pasar nada – dijo él queriendo aparentar más tranquilidad de la que sentía – hay que llevarte al hospital, pero antes tienes que cambiarte de ropa. Fuera está helando, no puedes salir con la ropa mojada, te vas a enfermar. ¿Puedes quedarte un momento sola?
-¿Dónde vas? – gimió angustiada pues no quería quedarse sola.
-Voy a subir por ropa limpia y por la maleta.
Avisó al portero por el teléfono interior para que le llamara un taxi y corrió a la habitación por ropa limpia. Cogió también la bolsa que llevaba unos días preparada.
Kate estaba sentada en el sofá, respirando agitadamente. La ayudó a sacarse la ropa mojada, la secó con una toalla, y le puso ropa seca.
-¡Vamos!
Con cuidado la ayudó a levantarse, la llevaba cogida por la cintura. Bajaron a la calle y allí ya los esperaba el taxi. Le dieron la dirección del hospital y el taxista, al ver el panorama, se dio bastante prisa. Lo último que quería era un parto en su taxi. Entró al hospital en silla de ruedas, y en seguida se hicieron cargo de ella. La llevaron a una habitación y para suerte de Kate, dio la casualidad de que era su ginecóloga quien estaba de guardia.
La revisó y la monitorizó y le dijo que estuviera tranquila, que había empezado a dilatar, pero que todavía le quedaba un rato.
-¿Está bien el bebé? – preguntó preocupada – Cómo me he puesto de parto antes de tiempo.
-El bebé está perfectamente – la tranquilizó la doctora – solo que es grande y ya necesita salir.
-¡Uf! – los dos suspiraron de alivio.
-Tal vez el papá quiera ir a admisiones a arreglar todo el papeleo – dijo la doctora sonriente – a la mamá le queda un ratito y dentro de poco va a necesitarte.
Rick obedeció a la médica. Se dirigió al mostrador y fue rellenando todos los formularios que le presentaron. Aprovechó para llamar a su madre, a su suegro y a Lanie, y volvió a la habitación con Kate.
Cinco horas estuvo de parto, Rick la cogía de la mano, le secaba el sudor de la frente y respiraba con ella, tal como habían practicado en las clases de parto sin dolor.
Llegó el momento, la doctora les dijo que el bebé estaba listo para salir, y que ahora es cuando tenía que empujar. Empezó a hacerlo, le dolía mucho y gritaba, mientras le estrujaba la mano a su marido que en silencio rezaba, pidiendo que ella recordara que era escritor y necesitaba sus manos para ganarse la vida.
Llegó el último empujón y la cabeza del bebé empezó a asomar, la doctora la animó hasta que salió completo.
-¡Es un chico!, vaya papá – dijo la doctora muy sonriente – siento comunicarte que has errado en tus predicciones y que en vez de una linda princesa como querías, has sido padre de un principito – mientras decía esto, reía con ganas.
-¿Está bien? – preguntó Kate.
-Está prefecto – contestó la doctora, mientras se oía el llanto del recién nacido – escucha que buenos pulmones tiene.
-Lo siento Rick – le dijo ella – ya sé que querías una niña…
-¿Bromeas? – dijo un sonriente papá que miraba orgulloso a su retoño – yo lo decía porque pensaba que no sabía hacer niños, pero estoy encantado, otro machote a la familia, así equiparamos fuerzas.
Habían limpiado un poco al niño y se lo acercaron a los padres para que lo vieran. Lo colocaron sobre el vientre de su madre. Cuando Kate vio a esa cosita tan sucia, congestionada y llena de sangre, que lloraba abriendo una boca enorme, sintió que todas sus dudas, sobre sus sentimientos maternales se disipaban.
El bebé se tranquilizó cuando lo pusieron en contacto con su madre. Estuvieron así un rato, los dos mirando a su hijo con cara de bobos. Vino una enfermera a llevárselo, para asearlo y vestirlo. A Kate iban a tener que hacerle una episiotomía, así que la prepararon y Rick se salió del paritorio.
Fue a ver si había llegado su familia. Allí estaban todos, esperando. Se acercó a ellos sonriente. Les comunicó que había sido un niño, noticia que alegró muchísimo sobre todo a Jim y a Alexander y que tanto el bebé como la madre estaban muy bien.
-¿Ya habéis pensado como vais a llamarle? – preguntó la abuela.
-Pues no, habíamos pensado llamarla Sarah, porque yo estaba tan convencido de que sería una niña, que al final os convencí a todos y encima me he equivocado.
-¿Desilusionado porque no es otra niña? – le preguntó Jim Becket.
-Para nada, estoy encantado de que haya llegado otro hombre a la familia – dijo con una sonrisa de oreja a oreja – vuelvo con ella, ahora os aviso cuando podáis pasar a verla.
Entró a la habitación. Ella todavía no estaba allí, llegó al rato, la habían aseado y estaba medio adormilada.
-¡Hola bella durmiente! – le dijo dándole un besito en los labios.
-Hola – dijo en mitad de un bostezo – estoy muy cansada – ¿has visto al bebé?
-No, aun no. Oye están todos ahí fuera, esperando para conocer al nuevo miembro de la familia. Me han preguntado que como va a llamarse. No hemos pensado un nombre para él, no podemos llamarle Sarah.
-Claro que no vamos a llamarle Sarah, ¿Qué te parece Samuel? – preguntó ella – siempre me ha gustado ese nombre.
-Me gusta – dijo él – Samuel Rodgers, suena bien.
-Samuel Richard Rodgers – corroboró ella.
-¿Richard? No – dijo él – quedamos que nada de nombres de nadie, debe tener su propio nombre.
-Y va a tener su propio nombre, no hay otro Samuel en la familia que sepamos, y quiero que lleve de segundo nombre, el de su padre…
-Pero si a mí no me gusta mi nombre… – empezó a quejarse Rick – no quiero cargar a mi hijo con el nombre de Richard, es un nombre repelente.
-No sé porque no te gusta tu nombre, Richard es un nombre bonito, un nombre como otro cualquiera, era el nombre de tu abuelo y es tu nombre y así como tú llevas de segundo el nombre de tu padre, nuestro hijo lo llevará también.
-Pero es que… - empezó a protestar de nuevo.
-No hay discusión – zanjó ella.
-Mandona – le dijo él mientras sonreía y la besaba de nuevo.
Se abrió la puerta y entró la enfermera con el niño en brazos.
-Aquí tienen a su hijo, ya limpito y preparado – dijo la enfermera sonriente mientras colocaba el bebé en brazos de Kate – el pediatra lo ha revisado y dice que está en perfectas condiciones.
Cuando Kate miró a su niño, sintió que una gran ternura la embargaba, a la vez que no pudo evitar pensar en lo feo que era. Se sintió muy culpable por pensar eso, pero realmente su niño, porque era suyo y ella ya lo quería con locura, era muy feito. Era muy largo, había medido 54 cm, y delgado, pesó 3.100 kg, estaba arrugado y muy rojo, tenía la cabeza, cubierta por una gran mata de pelo negro y tieso. No era capaz de decidir si le recordaba a un monito o a un renacuajo.
Lo abrazó y le besó la cabeza. Estaba dormido.
A su lado Rick, los miraba con la baba caída.
-¡Es precioso! – dijo su padre orgulloso.
Kate lo miró extrañada, pero no quiso discutir con él. Si a Rick, su hijo le parecía guapo, no iba a ser ella quien lo contradijese.
-¿Por qué no sales y les dices a los abuelos que entren?
-Vale, ahora vengo.
-Acunó al bebé y le dijo flojito:
-Te quiero mucho, aunque no seas muy guapo. Mamá siempre te va a querer.
Entraron los tres felices abuelos. Tanto Jim Becket como Alexander, estaban pletóricos de felicidad. Saludaron a la nueva mamá y al recién nacido con un beso y después de ver bien a la criatura, empezaron a hablar con Rick. Allí estaban los dos dándole la enhorabuena al padre y los tres felicitándose por el bebé.
Martha que también había saludado a Kate y besado al bebé, estaba junto a su nuera y miraban a los tres hombres alucinadas.
-Y tú hija, ¿Cómo te encuentras? – le preguntó Martha.
-Bien, teniendo en cuenta por lo que acabo de pasar, a este caballero – dijo con una sonrisa mirando a su hijo – le costó un poco salir.
-Igual que su padre, que también se hizo esperar, además se le parece tanto – dijo con añoranza.
-¿Tú crees? – preguntó Kate esperanzada, ya que Rick había sido un bebé y un niño muy guapo.
-Claro que si – contestó la abuela mirándola – hija, ¿te pasa algo? – le preguntó pues la notaba un poco intranquila.
-No, nada – contestó ella mirando a los tres hombres que seguían hablando alegremente y dándose palmadas en la espalada.
-Mírales, hija – dijo la mujer con una gran sonrisa – son tal para cual, ahí están los tres congratulándose por el nacimiento del niño, y ninguno de ellos ha tenido que parirlo.
-Sí, es como si todo el mérito fuera de ellos – y mirando al bebé – tu no vayas a ser así de mayor, ¿eh?
Kate empezaba a dar muestras de estar cansada, Martha que se dio cuenta se acercó a los hombres y les dijo con su diplomacia habitual:
-¿Por qué estos hombres no se van a tomar un café y dejan descansar a la mamá?
-Cariño, ¿te sientes mal? – le preguntó Rick preocupado.
-Solo estoy un poco cansada – le sonrió para tranquilizarle – y sé que estáis felices, pero habláis muy fuerte.
-¡Ay Katie!, lo sentimos – dijo su padre – si quieres ya nos vamos todos.
-No quiero que os vayáis todavía, pero si no os importa me gustaría descansar un ratito, Martha se queda conmigo – dijo pues quería preguntarle una cosa a su suegra.
-Bueno, pues nos tomamos un café y ahora volvemos.
Y uno por uno la besaron a ella y luego al bebé.
-Y ahora, ¿vas a decirme que te pasa? – preguntó Martha – te noto inquieta y preocupada.
-Martha – dijo sin dar rodeos – ¿crees que se parece a RicK?
-Si, bastante, cuando Rick nació era igual que él.
-¿Igual de feo? – preguntó dudosa.
-Jajaja, si hija, igual de feo – Martha no podía dejar de reír – te confesaré algo, pero nunca se lo cuentes a Richard. Cuando lo pusieron en mis brazos, y lo vi, me puse a llorar y llegué a pensar que no había merecido la pena el sacrificio que había hecho para acabar teniendo un bebé así.
-Cuando lo he visto, he sentido un gran cariño por él, y además me he sentido la peor madre del mundo.
-Hija, está así porque nacer es un duro trabajo, ya verás lo guapo que se pone en un par de días. ¿Era eso lo que te preocupaba?
-Si, te habré parecido odiosa, ¿no?
-Que va, ya te he dicho que a mí me pasó lo que a ti, con la diferencia que yo estaba sola con Richard y todo se me hacía un mundo.
-Debió ser muy duro – dijo Kate solidaria.
-Lo fue, pero las satisfacciones que me dio ser madre compensó con creces cualquier otra cosa que pudo pasar.
El bebé empezó a lloriquear. Entró la enfermera preguntando si el niño había comido. Ella le dijo que acababa de despertarse y empezar a protestar. La enfermera dijo que estaría hambriento y le sugirió que se lo pusiese al pecho. Lo hizo tal como le dijeron, y cuando el bebé notó el pezón de su madre en la boca, empezó a chupar con ganas.
Entraron el papá y los abuelos, estuvieron todos pendientes del momento hasta que decidieron marcharse, era de madrugada y prometieron volver más tarde.
Cuando el bebé terminó de comer, la enfermera se lo llevó para cambiarlo, prometiéndoles que lo traería de vuelta en seguida. A Kate se le cerraban los ojos, y Rick le dijo que se durmiera tranquila.
No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, cuando despertó. Oía a Rick hablar, pero no sabía con quién, hasta que se dio cuenta que hablaba con su hijo.
-¿Sabes Sam?, me gusta tu nombre, chico. Espero que a ti también, porque a mí no me gusta mucho el mío, pero es el que tengo. Siento que mamá te lo haya querido poner de segundo nombre, pero no te puedes imaginar lo mandona que es, ya la irás conociendo. Pero también es muy buena y guapa. Ahora está durmiendo porque traerte al mundo ha sido un gran trabajo y está muy cansada, por eso no tienes que llorar, para no despertarla.
Estaba frente a la ventana, meciendo al crío que por lo visto se había despertado.
-Te quiero mucho, y a mamá también. Creo que todavía está un poco enfadada conmigo, pero no quería que se llevase una desilusión. Quiero que sepas una cosa, hijo, yo siempre voy a estar a tu lado, siempre voy a estar ahí y no te voy a dejar. Yo no tuve un padre que cuidara de mí de pequeño y lo eché de menos, pero a ti no va a pasarte lo mismo. Si tuve una madre, tu abuela Martha, está un poco loca, pero ya verás como te gusta. Tú también tienes una madre maravillosa, la mejor mamá del mundo y la más preciosa, la vas a adorar, igual que yo. También tienes una hermana mayor, que ya está en la universidad y dos abuelos. Tienes mucha suerte Sam, tienes una familia que te quiere mucho. Yo no podré enseñarte a jugar al béisbol, no se me da muy bien, porque de pequeño nadie me enseñó. De eso tendrá que ocuparse tu mamá, o los abuelos, yo me encargaré de contarte cuentos, eso si que se me da bien.
Kate no pudo evitar, que las lágrimas cayeran por sus mejillas, "Malditas hormonas", pensó, pero presenciar esa declaración de amor de Rick a su hijo y a ella misma, la convenció de una cosa: quizás ella no sería la mejor madre del mundo, pero no cabía duda que había elegido el mejor padre para su hijo.
CONTINUARÁ…
