Título

Título.

Un amor como el invierno, o la historia antes durante y después de éste.

III. Ella

Ella deja una estela de vainilla

Ayer la soñé vagamente (ayer)

Lee las líneas en el espejo a través del trazo de lápiz labial "por siempre."

Ella le dijo, "parece que estás en algún lado, muy lejos."

Directo a su rostro.

SamyDean fue una dicotomía que duró por mucho tiempo. No hubo incesto en toda regla de ese que mencionan en los "Anales de violencia doméstica". Sólo hubo besos que calentaban suavemente el cuerpo de Dean y enfriaban la ira reprimida de Sam contra su padre y contra el mundo en particular. Sin embargo un día Dean se fue a cazar un bicho con su padre y cuando regresó Sam no quiso verlo a los ojos.

Sam siempre lo veía a los ojos.

Siempre.

Era la manera que tenían de decirse "te quiero más de lo que es sano querer a nadie", era como se revisaban que hubieran regresado sanos del cuerpo y que el corazón aun no se les había roto (aún), era como Dean le decía a Sam que todas las cosas cochinas que se le ocurría hacerle se las hacía al cuerpo de alguien más para no mandar sus almas al infierno... muy a lo virgen-madre-puta de los asesinos en serie, que para Dean sería puta-Sam-inmaculado. El punto fue que no lo vio a los ojos, solo lo jaló a la habitación, lo sentó en la cama, le dio el beso más ansioso de su vida que le terminó rompiendo el labio, el alma y el corazón, y le murmuró un "no me detengas". Luego cerró la puerta y lo único que Dean escuchó fueron gritos. Más gritos que le hacían sentir de lo más vacío, que hacían regresar ese frío crónico que le ponía la piel chinita y los labios rojos. Quiso salir cuando escuchó el "Me voy a Stanford" de Sam. Quiso gritar cuando le llegó el "Si te vas no regresas" de John. Y definitivamente quiso darse un tiro con la respuesta de su hermano "entonces no lo haré". Ese día Dean supo que sería uno de los más terribles de toda su existencia. Sam se iba... Sam.se.iba. y él no podía detenerlo por la simple y sencilla razón de que Sam se lo pidió y maldito era él si algún día iba en contra de los deseos de su hermano.

De nada le sirvió que Sam hiciera esos ojitos de cachorro a la vez en que le pedía que se fuera con él y acabaran de una vez con esa mierda de ser héroes y librar al mundo del mal, Dean sabía que Sam era fuerte, pero no su padre, aun cuando era el tipo duro y su héroe de la infancia, Jonathan Winchester era como un juego de Jenga que si no sabías que pieza sacar, seguramente se caería la torre de un momento a otro, y Dean era el experto jugador que mantenía los bloques juntos. Por eso solo le acarició el cabello, lo abrazó bien fuerte y le murmuró al oído que se cuidara "¡y nada de momentos de chicas!" (que por más que lo intentó, nunca logró sonar gracioso) Sam le apretó el cuerpo correspondiendo al abrazo y sintió con miedo como ese lazo de sangre que los unía más de lo humanamente posible, se enfriaba haciéndole sentir por primera vez ese frío crónico del que su hermano le habló alguna vez. A partir de entonces nunca se recuperó y los pies siempre se le enfriaban aunque usara calcetines de los gruesos. Pero a parte de frío también se sintió traicionado, y el calor angustiante de esa traición fue lo que le quemó las plantas de los pies y de las manos haciéndolo romper el abrazo sin importarle la momentánea resistencia de Dean que se quedaría con su padre por elección propia. Y se fue. Dejando a su hermano con el corazón roto y él con su alma también rota. Realmente tenía que haber algo mal en su sangre, en la de todos los Winchester, eso de la mala suerte y de los malos entendidos y de las malas despedidas y de los corazones rotos estaba empezando a hartarlo.

Aun así, Sam simplemente se fue. Con la cabeza bulléndole de inseguridad, la voz de chica gritando histérica todo tipo de improperios para que regresara, y la imagen de su hermano intentando sonreír cuando lo despedía. Le dieron ganas de vomitar pero se contuvo. Ya luego lo haría cuando llegara a Stanford y aceptara directamente que había cometido el error de su vida.

Sin embargo eso no pasó. Llegó a Stanford y se dio cuenta de que era bueno en algo, que en verdad era un genio y que podía ayudar a Dean si se hacía buen abogado, e incluso pudo no extrañarlo cuando la vio a ella la versión femenina de su hermano, de su misma estatura, cabello rubio, ojos claros, boca gruesa, cuerpo lindo... solo faltaba que su nombre empezara con D o algo por el estilo. Se llamaba Jessica, le gustaba Led Zeppelin y su canción favorita era "Paint it Black" de los Rolling Stone y su guardarropa incluía varios pantalones y camisetas que incluían imágenes de esos grupos y de algunos dibujos animados.

No la dejó escapar. La conquistó y cada noche hacía hasta lo imposible por no pensar que era su hermano. Lo que los diferenciaba era el aroma y eso le hacía enojarse un poco y regalarle distintos perfumes para intentar igualarlos en ese aspecto también. Ella olía a vainilla, Dean olía a algo tan rico y tan bonito que jamás podría definirlo.

Ella también se diferenciaba en otra cosa: hablaba mucho, siempre y sin parar. Dean en cambio nunca hablaba si se daba cuenta de que Sam quería decir algo, cuando estaban juntos Sam hablaba y Dean escuchaba con una sonrisita que jamás pudo definir. Dean le escuchaba. Dean era desordenado. Dean olía rico. Dean era un patán. Dean era todo lo que él extrañaba de Dean y a Jessica le faltaba todo lo que hacía a Dean inconfundible.

Sin embargo ninguna mentira dura para siempre y lo que él tenía con Jess era una mentira. De las gordas. Una mentira que por momentos le hacia sentir sucio.

Y la gota que derramó el vaso y que mandó a Sam directo al bar aquella noche fue cuando se puso sentimental y sacó la vieja maleta dónde había traído sus cosas cuando escapó, de ella sacó un par de fotos de él con Dean que sacó su hermano aquella vez que le robó su cámara a una anciana para poder tener un recuerdo de ambos. Tomó las fotos y sonrió. Le dio la vuelta a una de las fotos y su sonrisa se ensanchó "por siempre" decía escrito con la letra torpe de su hermano. Dean el torpe. Dean el perfecto. Esa noche Jess se había ido a pasar el fin de semana con sus padres, por eso Sam se permitió dejar las fotos en la mesa mientras sacaba algo que comer. Luego vio de nuevo la foto y se sintió como una quinceañera ante la primer carta de amor. Sonrió. Dejó la comida intacta y fue a lavarse las manos al baño. Ahí lo vio. En el espejo del baño escrito con lápiz labial rosa un "por siempre" mismas palabras, pero éstas le hicieron devolver el estomago e ir a ponerse lo más ebrio que su cartera pudiera pagar. Había traicionado a Dean. Lo había abandonado a su suerte para irse a enredar con la imitación barata de su hermano. No que hubiera algo malo con Jess, ni de chiste, ella era casi perfecta.

Casi.

Casi. Porque lo que él quería era a su hermano y de eso no había discusión.

Al siguiente día volvió Jess y vio las fotos aun sobre la mesa. Algo se removió en su estomago al ver la expresión en los rostros de Sam y de aquel chico que seguramente era su hermano. Lo envidió, a Dean. Al tipo que lograba hacer que a Sam le brillaran los ojos así de intenso. Cuando Sam regresó Jess pudo verle la mirada gris aun llorosa. Apretó los labios y murmuró un "parece que estás en algún lado, muy lejos de mi" que tal vez Sam jamás escuchó, pero que le hizo sentir mejor.

A fin de cuentas era ella quien tenía a Sam, no Dean.

Lo que no sabía era que a la siguiente semana ella moriría y Sam se culparía por no haber hecho nada aun cuando sus visiones le hicieron ver lo que pasaría.

Pero Sam eligió no hacer nada, y un chispazo de alegría indescifrable le hizo saber que el que Jess muriera no era tan malo. A cambio tuvo a Dean de vuelta. A Dean sólo, sin John.

Que egoísta.