.


"Chapitre Trente quatre"


.

El castaño se dirigió hacia la cama primero. Blaine estaba junto a la puerta con la mano ahora sobre su pecho, y David sólo se quedó junto a la pared.

Kurt se acercó al lado de su mejor amigo y lo tomó de la mano. Estaba temblando ligeramente mientras se la sostenía.

El rubio no reaccionó. Estaba quieto, con la cabeza hundida en la almohada detrás de su cabeza. Había un sudor frío en su frente, su cabello estaba mojado porque hacía una hora de que David se lo había lavado. No lucía bien… en absoluto.

- ¿Sam, puedes oírme? – Susurró, con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblando mientras hablaba. Por supuesto, no hubo respuesta, y tiritó suavemente. – Por favor, Sam… sólo mírame…

- Kurt, por favor… – Blaine dio un paso más cerca, sus propios ojos calientes y llorosos mientras luchaba contra su propia emoción. Su compañero negó con la cabeza.

- No… no, él tiene que… despertar… – Pero el rubio no lo hizo, sólo respiraba, porque en ese momento era todo lo que podía hacer. – Sam por favor… soy Kurt… tu mejor amigo, solo mírame… Dime que va a estar bien…

- Kurt por favor, no sigas. – El ojimiel suplicó, una lágrima cayó por su mejilla mientras deslizaba una mano alrededor del cuerpo de su pareja y lo atraía hacia su pecho.

David no estaba interfiriendo. Se encontraba sentado en el suelo, apoyado contra la pared y con la frente en las rodillas. Como si estuviera solo.

El cantante temblaba fuertemente y sacudió la cabeza una vez más, aun sosteniendo la mano de Samuel en la suya.

- No Blaine… no, no puede… no puede dejarnos… – Bufó, mirando los círculos oscuros, las líneas en su rostro. Se veía tan débil y había sangre en sus labios.

Cada respiración sonaba como si le doliera, eso lo mataba por dentro, y mataba a todos los demás en la habitación también.

Que muriese en ese momento sería un alivio para él. Estaba sufriendo tanto y había estado sufriendo durante mucho. Era un milagro que hubiese sobrevivido todo ese tiempo. Aunque en el fondo todos sabían que la razón por la que no se había rendido era por los tres hombres que estaban de pie en esa habitación.

- Él no puede irse… no puede… – Gimió. Pero Sam se estaba muriendo… se iba a ir. Pronto. Muy pronto. – Él no puede Blaine… yo… él no puede… – Se giró y se acurrucó contra el pecho de su pareja, temblando y gimiendo suavemente. – No… no…

Durante algunos minutos ese fue el único sonido. Kurt suplicaba por favor. David se mantuvo alejado de esa situación, sin moverse de su posición en el suelo, y Blaine contuvo sus propias lágrimas mientras sostenía a su amado cerca de él.

- Tenemos que decir adiós… – Sorprendentemente fue Hummel quien habló, su cuerpo temblaba mientras miraba por encima de su hombro. La verdad finalmente lo golpeó, como si alguien lo hubiese obligado a tragar el plomo. Esas eran las últimas horas de Samuel.

Blaine no podía decir nada por temor a que su voz cediera cuando se suponía que debía ser fuerte para su novio.

Lentamente el cantante se apartó y se giró hacia Sam. Olfateó y frotó su nariz que estaba mojada de lágrimas.

Durante un rato todo estuvo en silencio, pero luego cada uno de los hombres dijo algo. Kurt agradeció a Samuel por estar allí con él desde que llegó a París, por apoyarlo y demostrarle que merecía ser feliz. Blaine no dijo mucho. Tocó el hombro del rubio, mirando sus ojos cerrados mientras le daba las gracias por su apoyo.

El castaño no quería irse, y por supuesto Blaine no lo haría, pero una hora después los dos estaban fuera de la habitación dándole tiempo a David con su pareja.

Se sentó en el escalón superior de la escalera. Se sentía enfermo de esa escalera, de esa casa. Estaba llena de recuerdos de Sam enfermo, de su vida lentamente llegando a su fin justo en frente de sus ojos.

- Esto no es justo, Blaine. – Susurró mientras este se sentaba a su lado. Podían oír a David susurrando, diciéndole a al rubio cuánto lo amó cada día que estuvieron juntos. – ¿Por qué Samuel? Él es la persona más amable del mundo… él no… ¿Por qué no pude ser yo?

- No hables así. – Susurró con miedo, no queriendo imaginarlo. No podía perderlo… Moriría antes de dejar que eso sucediera.

- Pero es cierto… Mentí casi toda mi vida… No soy una buena persona, y sin embargo es él quien… – Gimió enterrando su rostro contra sus manos mientras temblaba. Los brazos del diseñador lo rodearon y él lo abrazó.

- Será…

Pero ni siquiera terminó su frase. Porque entonces, en ese momento exacto, ambos lo oyeron.

Poco más que un susurro de la habitación entreabierta, pero también pudo haber estado gritando.

- No… no… no Sam, por favor no… no me dejes, no puedo… no puedo… vivir… no por favor… por favor regresa…

El cuerpo de Kurt se tensó y sacudió la cabeza mientras un escalofrío recorría su espalda.

- No… él no puede… – Susurró cuando un sollozo escapó de la habitación.

- No Sam… por favor, no me dejes…

- Oh Dios… – Blaine susurró, su estómago en nudos mientras miraba a Kurt. Había una sensación de temor puro, dolor colgando sobre ellos, poniéndolos a cada uno a un lado. El más alto sintió que se estaba rompiendo y casi se dobló, presionando su frente hasta sus rodillas, su cuerpo comenzó a temblar.

- No puede… no Sam… no…

- Está bien… va a estar bien… – Blaine no tenía idea de qué más decir cuando acercó a su novio, hundiendo su cara en su cabello mientras se sentaban a la altura de las escaleras.

El castaño estaba temblando, su cuerpo destrozado mientras se aferraba a su novio, ninguno de ellos podía creer… aceptar que podía haber terminado.

Pero desgraciadamente así fue.

La pareja entró a la habitación para encontrar a Samuel tendido en la cama, su rostro era lo más pacífico que había sido en meses. No hubo sonido de respiración dolorida. Estaba sólo… en reposo. Sin embargo, David temblaba desesperadamente, su cuerpo arrojado sobre el torso del rubio. Sus manos estaban empuñando las delgadas sábanas y negaba con la cabeza.

- No… él no puede estar… – Levantó la cabeza, mirando a los hombres más jóvenes.

- David, yo… lo siento tanto. – El diseñador susurró, las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras su novio se giraba hacia él después de haber visto a su mejor amigo tan sin vida… tan…

- No… no… – Lloriqueó el ojiazul en mantra. Blaine estaba en silencio, con el rostro pálido mientras lo sostenía.

Una gran sensación de terror y pura tristeza llenó toda la habitación. No podían apreciar cómo Samuel estaba finalmente en reposo… ya no sufría. Todo en lo que podían pensar era en cómo el hombre que los había reunido de alguna manera había dejado sus vidas para siempre.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

Era hermosa esa mañana. El sol brillaba cuando una multitud humilde se reunió en una pequeña iglesia a lo largo de la calle en la que habían vivido Samuel y David. Había sido íntimo, tranquilo, con gente que Kurt y Blaine no conocían. Gente a quien Samuel había tocado. No eran muchos, pero cada uno tenía una maravillosa historia que contar sobre el pintor feliz.

Sus amigos en el área sabían de su relación con David, pero en la iglesia había sido un tema tabú. Sin embargo, cuando salieron el castaño había oído a algunas mujeres decirle a la gente que estaba de pie que nunca habían visto a dos personas más enamoradas que aquellos dos hombres.

David estaba en su habitual silencio ese día, pero estaba distante.

Fue uno de los últimos en llegar a la iglesia, y cuando el ojiazul le indicó que se sentase con él y Blaine, simplemente se alejó y se sentó en un banco solitario él solo. No lloró mientras el sacerdote tartamudeó en latín. Incluso después no participó en las historias de su compañero. No se quedó para oír lo hermoso que había sido el hombre, de a cuantas personas les había regalado una pintura por ser amable, como nunca había dudado en ayudar a la gente a pesar de que su salud se deterioraba.

Simplemente no interactuó. E incluso cuando su amante fue enterrado en el cementerio detrás de la iglesia, se paró a una distancia de todos los demás, sin siquiera mirar como el ataúd fue bajado a la tierra. Era como piedra, inclusive desapareció cuando la mañana se volvió tarde y la gente empezó a marcharse.

En realidad fueron Kurt y Blaine quienes terminaron agradeciendo a todos por asistir. Algunas personas miraron sorprendidas cuando se dieron cuenta de que el hombre que daba la mano no era otro que Blaine Anderson. Pero nadie lo comentó, y él se alegró de eso.

Ese día no tenía que ver con él ni con nadie más. Se trataba de Sam y de la corta pero maravillosa vida que tuvo. Una llena de amor, arte y música. Pudo haber sido financieramente pobre, pero cuando se trataba de los amigos, la compañía y la felicidad, era más rico que la mayoría. Y Blaine se alegró de que eso fuera lo que la gente estuviese hablando.

Ya todos se habían ido y el cementerio estaba vacío. Kurt y Blaine estaban junto a las puertas de hierro que tenían dos pájaros de bronce en los dos pilares. Todo estaba tan silencioso y el castaño dejó escapar un suave suspiro. Llevaba una larga chaqueta negra hasta la rodilla mientras Blaine llevaba una chaqueta oscura que llegaba a su cintura. Él no poseía mucha ropa negra, así que la prenda era de su novio. Se veía muy bien, pero el diseñador ni siquiera podía apreciarlo. Había pasado las últimas horas en un doloroso silencioso, incapaz de creer que Samuel, alguien que había sido muy querido se había ido.

- ¿Kurt, Blaine? – El más alto miró por encima del hombro y vio al joven que estaba delante de ellos. David estaba ahí parado, alto, moreno y guapo. Tan cansado como estaba, apareció muy bien vestido.

El ojiazul levantó la cabeza para mirarlo, pero no se movió de su posición. Se paró con una de las manos de Blaine en su espalda, y nunca había apreciado el tacto tierno tanto en su vida.

- David… – Dijo en un susurro. No podía sonreír falsamente. Había sido un día difícil. Se sorprendió de que no hubiese estado llorando todo el tiempo. Pero de alguna manera se mantuvo firme. Particularmente porque Blaine estaba a su lado, pero también porque sabía lo mucho que Samuel odiaba verlo llorar. Había odiado ver a cualquiera sufriendo.

- ¿Quieres que nos vayamos? – Preguntó el pelinegro, mirando al pintor. – Sé que no has tenido la oportunidad de… – Este negó con la cabeza antes de que pudiese continuar, y dio un paso adelante.

- Yo… quería pedirles que me acompañasen. – Miró a una tumba que estaba a la vista. No había lápida, pero la tierra estaba recién puesta y tenía un ramo de rosas rojas y amarillas de Kurt.

- ¿Estás seguro? – Preguntó el castaño. David se había mantenido tan distante de todos, y sin embargo en ese instante pedía compañía.

El artista asintió con la cabeza. – Esa gente… la conozco pero… no la conozco… – Cerró los ojos, consciente de que probablemente no tenía sentido para nadie lo que había dicho, pero no le preocupó tener que corregirse. – Quiero despedirme de Samuel… una vez más, pero significaría mucho para mí si se quedasen tal vez… aunque si tienen planes…

- David, nos honraría permanecer contigo por algún tiempo.

El hombre sonrió muy débilmente y asintió con la cabeza en silencioso agradecimiento. Los tres recorrieron el camino de piedra en el cementerio, Kurt con las manos en los bolsillos, la mano de Blaine todavía sobre su espalda. Había un número de hermosos árboles de cerezo, y las flores parecían estar bailando con la brisa.

Se acercaron a la tumba en poco tiempo. David se detuvo a un lado, mirando las flores que el ojiazul había dejado antes de que todos se fueran.

- Son hermosas… Gracias Kurt. – Susurró, mirando a sus dos amigos. – Y gracias también Blaine… los dos… hicieron nuestras últimas semanas mucho más fáciles.

El castaño no pudo evitar notar la elección de las palabras de David: Nuestras últimas semanas.

- Sólo lamento que no lo descubriésemos antes. – El diseñador habló, mirando las flores que su novio había elegido.

David suspiró suavemente. – Le dije… pero él creyó firmemente que… ustedes dos merecían experimentar el verdadero amor durante algún tiempo sin que él les trajese tristeza. – Sus ojos por primera vez desde la muerte de Samuel se desgarraron. – Estarán suficientemente heridos cuando me haya ido… déjalos divertirse mientras estoy aquí, dijo.

- El muy tonto. – Kurt comentó con voz quebrada. – Nunca pensó en sí mismo.

Una pequeña y débil risa escapó de David, quien sacó un pañuelo y se frotó los ojos. – Es verdad… nunca lo hizo… era tan desinteresado… – Algunos pájaros cantaron en la distancia, interrumpiendo su silencio. – Desearía haber sido así de desinteresado.

- Lo fuiste. – Habló con suavidad, permitiéndole asimilarlo. – David… muchas personas habrían renunciado a Sam al enterarse que estaba enfermo.

- Yo nunca podría… Lo amaba demasiado… – Tomó un respiro. – Me pidió que me fuera… pero le dije que no lo haría… que siempre estaría a su lado… Ahora mírame. – Inesperado para Kurt, fue Blaine quien se apartó de él y se acercó al hombre colocando su mágica mano en el hombro de este, mirándolo.

- David… Samuel quería que vivieras, y deseaba que fueras feliz.

- Esto no es felicidad. – Llegó la respuesta, un poco más dura de lo que quería que sonase. Se estremeció ante su propio tono y cerró los ojos. – Lo siento.

- Por favor, no lo hagas. – Le acarició un poco el brazo.

Cuando abrió los ojos lo miró con la más pequeña de las sonrisas. – Gracias mi amigo.

Después de eso ninguno realmente habló durante algún tiempo. Kurt, que nunca había sido religioso, juntó sus manos, descansándolas sobre su regazo y rezó en silencio que quienquiera que fuese que se había llevado a Samuel, lo cuidase. Y le oró a su amigo, pidiéndole que cuidase de David. Blaine pronto regresó a su lado. Y David… estaba tan silencioso como siempre. Se quedó quieto, mirando sólo a la tumba mientras lloraba y preguntaba en silencio.

- ¿Por qué?…

Kurt estaba convencido de que lo oyó susurrar antes de que finalmente se moviera.

El de piel oscura se arrodilló sobre la hierba, extendiendo una mano a la tierra y tocándola. Estaba tan cerca de su amante como se podía otra vez. Permaneció en esa posición, silencioso y quieto, pero seguía tocando la tierra.

El castaño deseaba poder decir algo, algo que hiciera la situación mejor para el hombre. Por mucho que le doliera cada segundo pensar en su amigo que había perdido… le tenía que doler mucho más a David.

Blackbird singing in the dead of night

Kurt empezó a cantar tan suavemente. Samuel siempre amó su voz, y a menudo le pedía que le cantase para dormir. Esa canción había sido una de sus favoritas. Ellos la habían llamado su canción de cuna.

take these broken wings and learn to fly.
All your life
you were only waiting for the moment to arise.

Blaine movió su mano, tomando la de su novio entre la suya y apretándola. No podía hacer comentarios. Tan hermoso y triste como el elogio en la iglesia había sido, esa canción parecía ser más un tributo a Sam que cualquier palabra o historia hasta el momento.

Blackbird singing in the dead of night
take these sunken eyes and learn to see.
All your life
you were only waiting for the moment to be free.

Los hombros de David empezaron a temblar y ya no contenías las lágrimas de que cayesen sobre el suelo bajo el cual Samuel descansaba.

Black bird fly, black bird fly
into the light of the dark black night.

Empezó a sollozar, incontrolable, incluso apretando en su puño parte de la tierra, incapaz de aceptarlo. Su amante no podía irse… simplemente no podía.

Blaine sintió por un momento como si debía moverse y consolarlo. Pero David no era nada como su pareja. No necesitaba consuelo… necesitaba tiempo.

Había pedido compañía y sus amigos le habían dado eso. Pero no necesitaba que lo detuvieran. Sólo necesitaba encontrar su propio consuelo, y en ese momento estaba dando el primer paso mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Black bird fly, black bird fly
into the light of the dark black night.

La voz de Kurt se quebró al final, y simplemente se giró hacia Blaine. A diferencia de David, él sí necesitaba consuelo. Necesitaba esos brazos fuertes alrededor suyo, sosteniéndolo cerca y mostrándole cómo todavía había calor y amor en el mundo. Justo ahí en esos brazos.

Ninguno estaba seguro de cuánto tiempo exactamente habían estado en ese cementerio. Hubo lágrimas y hubo historias… buenas y no tan buenas. David les contó cómo él y Samuel se habían conocido, sin embargo era como escuchar sólo la mitad de la historia sin el rubio, pero por su propia cuenta. Incluso cuando estuvo enfermo el rostro de Sam se iluminaba al contar cómo él y David se conocieron.

Para el momento en que todos estuvieron listos para irse estaba casi oscuro. El sol se ponía, proyectando gloriosos rayos de magenta a través del cielo, haciendo que Kurt recordase haberse sentado y observar a Sam pintar de memoria lo que este llamaba la puesta de sol más perfecta del mundo.

Los tres hombres salieron del cementerio, David caminando con la cabeza ligeramente más alta. Había todavía un gran peso en su corazón y en su alma. Después de todo, acababa de perder el amor de su vida.

- ¿Estás seguro de que no te gustaría volver a casa con nosotros? – El ojiazul preguntó una vez más. Ambos habían mencionado, preguntado y rodeado de súplicas al joven para que fuese con ellos a pasar la noche.

El moreno meneó la cabeza. No forzó una sonrisa ni nada parecido. – No gracias. – Kurt suspiró suavemente, deseando que fuese con ellos, pero sabía que no lo haría, y no quiso presionarlo. – ¿Puedo ser honesto? – Ni siquiera esperó una respuesta antes de empezar a hablar. – La única razón… por la que no… me fui con Samuel después de que él murió… fue porque ambos estaban en la casa.

Al instante ambos hombres dejaron de caminar y Blaine lo miró fijamente.

- David… vendrás con nosotros. – Fue insistente. No había manera de que fuese a dejar al hombre solo, no después de lo que acababa de decir.

David sólo sonrió – Ustedes son… muy amables… – Sonrió suavemente hacia ellos nuevamente. – Seré honesto… me tomó mucho tiempo aceptarlos cuando los conocí… pero me alegro de tenerlos como amigos.

El castaño sacudió confundido la cabeza. – David por favor, deja de hablar así. – Dijo en un tono tranquilo y asustado.

El moreno no pudo evitar su pequeña y débil sonrisa. – Lamento asustarlos… No me lastimaré, lo prometo… Me mantuve vivo este tiempo por ustedes… pero ahora seguiré vivo porque es lo que Samuel querría… ¿cierto? – Kurt y Blaine asintieron sin titubear. – Eso es lo que pensaba… – Observó a su alrededor y soltó un suave suspiro. – Realmente debo irme… – Sólo quería dar un paseo, tomar algo de tiempo para estar… solo. Verdaderamente solo. Pudo ver la mirada nerviosa en los rostros de sus amigos, y tocó el hombro de Kurt. – Iré a visitarlos el fin de semana… si significa mucho para ustedes.

- Gracias David. – El ojiazul susurró antes de que el hombre se fuese. Simplemente quedó silencio a su paso. No estaba seguro de lo que iba a ocurrir. No quería abandonar el cementerio, y sin embargo, deseaba estar solo en casa con su amado.

- Ven conmigo. – Fue inesperado oír la voz de su compañero, pero Kurt lo miró y sonrió cansadamente. Él asintió y caminó a su lado, con los codos de vez en cuando tocándose.

- ¿Vamos a casa? – Preguntó con un tono plano sin medir su pequeña sonrisa.

El diseñador sacudió la cabeza pero no dijo nada más, sólo llevó a su amado por algunas calles laterales.

Pasaron por algunas casas y las partes traseras de los edificios, y en más de un punto el ojiazul se sintió un poco incómodo en ciertas áreas, pero mantuvo la cabeza baja, y pronto cruzaron por el Sena. Estaba confundido mientras miraba de arriba a abajo el camino por el que había tocado tantas veces en el pasado.

- ¿Por qué estamos aquí, Blaine? – Murmuró, pasando por una pequeña tienda de flores.

El joven se detuvo tras algunos pasos, apoyó la mano en el codo de su novio y se volteó hacia él.

- Ahí… es donde te vi por primera vez.

Kurt sonrió dulcemente. – Cariño. – Dijo en voz suave. – No sé si te golpeaste la cabeza, pero nos conocimos por Madame…

El diseñador lo calló, sin siquiera querer oír ese nombre. – No, no… donde te vi a ti, – señaló unos arcos a través del camino. – sentado allí mismo… Estaba lloviendo, pero aun así cantabas… maravillosamente podría agregar.

- Oh Blaine… – Se ruborizó, sonriendo débilmente.

- Nunca me imaginé… que me enamoraría profundamente de ti… y hoy me di cuenta de que tengo que agradecer a Samuel por eso.

La sonrisa de Kurt se volvió triste, pero aun así permaneció.

- ¿A Sam?

- Sí… él fue… creo que la razón por la que Simone fue creada… un poco… por su trabajo… y si no fuera por ella, nunca te habría encontrado. – Hablaba tan tranquilamente, parados en el aire fresco de la noche. – Y cuando volví de Japón…

- Te trajo a mí. – Kurt terminó, sus ojos se llenaron de lágrimas. – Siempre fue mi ángel.

El pelinegro miró a su alrededor, asegurándose de que la calle estuviese completamente desierta antes de estirarse y rozar la lágrima de su amante, quien sollozó ante el contacto.

- Sí… realmente lo fue… También tenía razón… cuando dijo que debíamos ser felices.

- Pero lo soy, Blaine… Quiero decir… – se mordió el labio inferior – por supuesto que no estoy feliz en este momento… pero soy feliz… contigo. Te amo Blaine… a pesar de todos los problemas que causé…

Un dedo se presionó en sus labios haciéndolo callar.

- Kurt, ambos hemos cometido errores… pero eso no importa.

El castaño casi se cayó cuando su amante lo acercó. Al instante apretó sus manos contra su pecho. – Blaine… ¿y si alguien ve?

El diseñador sacudió la cabeza. – No me importa… la vida es demasiado corta para estar preocupado, Kurt… No quiero lamentar ni un momento. Cuando muera quiero hacerlo sabiendo que te dije en cada oportunidad cuánto te amo y te adoro… cuán feliz me haces… cómo…– No pudo hablar más cuando un par de labios suaves se presionaron contra los suyos. Sus ojos se agrandaron ante el tacto y las mejillas se calentaron desesperadamente.

Después de un tiempo el ojiazul se apartó, había una pequeña sonrisa en sus labios. – Podríamos ser ahorcados si alguien nos viera. – Respiró con dificultad por el beso.

Hubo un momento de silencio y Kurt se apartó el cabello de la frente. Fue un día largo, sólo deseaba volver a casa. – Podemos…

- Oh sí, por supuesto. – Asintió, sin pensar mientras tomaba la mano de su novio en la suya. El más alto se ruborizó, pero no retiró su mano de la de Blaine. No había nadie a su alrededor mientras regresaban al coche por las cálidas calles nocturnas.

Los últimos años habían sido del tipo que no se pueden olvidar fácilmente. Llenos de amor, pérdida y mentiras. Y sin embargo, a pesar de todo, ahí estaban, tomados de la mano. Porque al final no fue el género, ni el dinero gastado, ni las mentiras las que los llevaron a donde estaban en ese momento. Fue su corazón. El amor que sentían.

Porque al final eso es todo lo que importa.

.

FIN