Antes que nada, quiero aclarar que la serie Inuyasha y ninguno de sus personajes (lamentablemente ¡_¡) U_U me pertenecen, esta historia es totalmente producto de mi imaginación y cualquier semejanza a alguna historia, fic, película, vida real, ETC… es total y completa "casualidad". Aclarado este punto quiero señalar que esta es una historia "paranormal" y desde ya aviso, no es apto para todo público, espero les guste esto es un Kagome/Sesshoumaru y a aquellos que no les guste esta pareja les aconsejo que simplemente escoja otro fic n_n

Agradecimientos especiales a mi querida beta que aun enfermita trabaja duro para que ustedes lean a gusto Brujita Luna, eres la mejor niña. Y a todos ustedes por su paciencia, besos

Atentamente:

La Autora

(Makimashi Misao Futura de S. S. L. A.)

"Por todas mis mentiras y promesas rotas, merezco tu condena, no pediré disculpas ahora que la herida acaba de abrirse y aunque pase el resto de mi existencia suplicando tu perdón, se que no lo merezco, no me arrepiento de mentirte y si es un pecado, estoy mas que condenada y aceptare mi castigo de buena gana, tu vivirás, nuestros hijos vivirán y eso es suficiente para mi, que los dioses cuiden de ti y de ellos y te permitan encontrar la verdadera felicidad; fue un honor estar a tu lado y saberme tuya aunque fuera tan poco nuestro tiempo juntos, ni en mil vidas ni en mil mundos olvidare tu nombre, tu amor, serán tus ojos los que vere en mi ente cuando la muerte venga a por mi, si algún dia me perdonas, díselo a la luna ella me lo dira por ti.

Adios. "

K.H.

Cap. 37: Promesas rotas - la llegada del Hanami blanco.

Japón - 1580 - periodo Azuchi Momoyama

La aniquilación total de aquel batallón había sido en efecto una prueba de Nobunaga, para medir las defensas del Oeste. Aquellos hombres habían servido como carne de cañón a los propósitos del cruel Daimyo. Los enemigos humanos se adjudicaron aquella "victoria" y a ninguno de los verdaderos implicados le importo realmente. Hasta que un mensajero que había salido antes de la llegada de los señores cardinales había atravesado la isla vociferando espantado sobre apariciones y demonios salidos del infierno y había llegado a Kyoto alborotando por el camino a los monjes budistas, sacerdotisas y cristianos, que cegados por el fanatismo habían acudido al lugar cazando fantasmas y atemorizando a los habitantes de las ladeas con falsas acusaciones y terribles historias de pecados y demonios sedientos de sangre humana y sacrificios. En la búsqueda de poder para sí mismos, a través de la destrucción de figuras demoníacas que solo ellos y algunos crédulos sugestionables creían ver y en el temor a los dioses a los que habían reverenciado con revente temor y nada de verdadero afecto. Causando enfrentamientos entre las diferentes sectas religiosas, lanzándose a su vez en la brutal competencia de conseguir y ejecutar a algún "demonio" en público.

Kagome había visto aquello con genuina alarma y todos acordaron moverse con sumo cuidado, la cautela se había convertido en el mejor aliado.

Sesshomaru miraba a Kagome sumida en el más profundo sueño, con preocupación. Ella había estado comportándose de forma extraña desde aquella noche meses atrás. Incluso sus hijos parecían percibir la incomodidad de su amada compañera, aun así ella solo se limitaba a decir que estaba agitada y estresada, y seguía trabajando sin descanso, hasta que él mismo la arrastraba hasta su lecho.

Su mente viajo a aquella noche una vez más. Cuando algo había cambiado en ella. Cuando ella había tomado la vida de los suyos, en defensa de aquella cachorra caída en batalla incapaz de soportar el ultraje a la que sería sometida por aquellos despreciables humanos. Sus ojos se habían vaciado de vida y le recordó a aquella época en que había habitado en aquel cuerpo falso. Su voz había salido forzada cuando había pedido que se alejaran, hiriéndolo profundamente, pues él quería, necesitaba, consolarla. Más cuando su bestia lo urgió a obedecer y él registró finalmente el pánico en su compañera, había tardado un segundo de más en buscar el peligro. Entonces ella había gritado aterrada y comprendió que en ese momento el peligro provenía de ella, que lo vivido aquella noche habían roto su fiero control sobre sus poderes y aun así, la kekkai que ella había levantado, los había empujado a todos lejos de ella, a salvo de su poder.

- ¿Sesshomaru? - Dijo ella arrancándolo de su contemplación de pasado. Él la miro con su Haori echado a los hombros, deliciosamente despeinada y obviamente desnuda. - ¿Sucede algo? – Pregunto, avanzando hacia él sin cubrirse, cuando el Haori se deslizo por sus hombros y cayó como un reguero de tela a su espalda, Sesshomaru no pudo, ni quiso evitar beber de la seductora imagen de su mujer. Su cuerpo con curvilíneo delineado hermosamente con sus marcas de magia, de piernas largas, cintura estrecha y pechos llenos, en los que él y solo él se regodearía hasta la llegada de sus cachorros con los que la compartiría por un límite de tiempo, después reclamaría su cuerpo para sí mismo. Porque él seguía siendo una criatura egoísta y la deseaba solo para él.

- Esperaba que despertaras - Dijo él, deslizando su mano por la cintura desnuda de ella, atrayéndola hacia él, mostrándole sin palabras sus actuales pensamientos. Ella sonrió y deslizó sus manos por las marcas de nacimiento que estaban emplazadas en las caderas de Sesshomaru, señalando su masculinidad antes de darse la vuelta y dar un paso alejándose de él. - Miko sabes que no debes…

- Darte la espalda… lo sé - Dijo ella riendo abiertamente, presa del abrazo de Sesshomaru. - ¿Por qué no me muestras lo que puede pasar…Sesshomaru? - Invito ella seductora, riendo a carcajadas cuando él, la levanto por los aires y tomo su descarada invitación al pie de la letra, dejándose llevar y dándole lo que le pedía y más.

Desde aquella noche, meses atrás, Kagome no había dejado un día sin repetir en su mente la partida de Yuki. Su joven vida desperdiciada por la incapacidad de aceptación que se vivía en aquella época. No había dejado de trabajar a marchas forzadas y no había dejado de pasar la mayor cantidad de tiempo que podía con sus amados seres queridos. Horas después era ella, quien observaba a Sesshomaru dormir junto a ella y su corazón lloro por él. Más aun así seguiría no había otra forma.

- ¡Él vivirá, él vivirá! - Susurro en lo más recóndito de su mente, donde se apretujaba abrazándose a sí misma en un vano intento de consuelo.

Aquella noche, ella había sido insaciable y él, la había igualado en deseo y cuando despertaron con la oscuridad de la madrugada se entregaron una vez más antes de levantarse en silencio y vestirse, portando un hermoso kimono con el símbolo del Oeste ricamente bordado sobre el hombro izquierdo, él la ayudo a atar el Obi y ella a colocarle la armadura y las espadas, Tenseiga, Tessaiga y Bakusaiga. Cada una hablaba de una antigua heredad y del poder que este portaba por derecho propio, pues entonces ya era de dominio entre los suyos que él ciertamente había excedido a su padre en todos los aspectos.

- Mi lord - Dijo Kagome, colocándose sus propias armas que chocaban con aquel delicado vestuario.

- Vamos, mi lady - Dijo él entonces. En silencio caminaron de la mano por los pasillos, acompañados por los guardias que también se estaban preparando para partir, como todos. Al llegar al rellano de las escaleras, la actividad que había en el salón se detuvo al instante y uno a uno, sirvientes y soldados por igual les dedicaron una profunda reverencia. - No ha sido fácil… y el día ha llegado, pero aún no hemos terminado, id con cuidado. - Dijo Sesshomaru.

- ¡Todo estará bien, aunque no hemos terminado efectivamente… quiero darles a todos las gracias por su apoyo y les ruego me perdonen… por presionarlos tanto! - Dijo Kagome dedicándole una mirada a los más cercanos a ella.

- ¡El honor ha sido nuestro, mi señora! - Dijo Kaze, quien había formado parte del Oeste, apenas su compañero Toru había llegado a reclamarlas a su hija y ella.

- Vamos - Dijo Sesshomaru. Kagome sonrió en respuesta acariciando de pasada el cabello de Megumi quien para entonces había crecido lo suficiente para aparentar diez años humanos, antes de atravesar el mar de gente que habían retomado sus quehaceres.

En el amparo de la madrugada, Kagome y Sesshomaru atravesaron el cielo como en antaño, hasta llegar a la isla de Itsukushima. Donde en el futuro, el Tori sobre el mar seria famoso en todo el mundo. Al llegar allí las olas ondeaban levemente y el enorme Tori se alzaba majestuosos casi brillando para ella, con la esperanza de vida para sus seres amados y el fin de su vida para sí misma.

Kagome apretó la mano de Sesshomaru, antes de desenvainar su daga enjoyada y cortar la palma de su mano, cerrando sus ojos cuando la ola de poder del Tori choco con ella al instante y la acepto, finalmente después de un momento de resistencia y lentamente el gran Tori empezó a avanzar hacia la orilla de la playa ante la vista de Sesshomaru.

Kagome cerró los ojos y en el ojo de su mente visualizo un planeta con las mismas características atmosféricas que la tierra. Vio la isla nipona a mayor escala, con sus bosques y con todas las características que durante años había ido dibujando en el diseño de aquel mundo, fuentes de agua dulce, y un mar rodeando la isla. Vio pequeñas islas y algunas extensiones de tierra extra y rocío con ella sus bendiciones y deseos y se aseguró que aquel fuera un santuario donde la paz reinara. Entonces abrió los ojos cargados de poder y el dulce olor de las flores de Sakura llego hasta ella. Vio la herida de su mano cerrarse frente a sus ojos y se volvió a ver a Sesshomaru y la imagen que la recibió quitaba el aliento. Los cerezos en flor de la visión de Ragnarok habían sido de un hermoso tono rosado, pero los pétalos que explotaban de los árboles que los rodeaban eran del más puro blanco, dándole a Sesshomaru un aire etéreo. Cuando ligados a los primeros rayos del sol, él se alzó frente a ella iluminado hermosamente por los pétalos, brillantes como la luz que los iluminaba. Su corazón se ensanchó de amor y sangro de pena a la vez. Enfundo la daga en su vaina apretada en su obi y entonces sus piernas se doblaron bajo su peso, cuando el agotamiento la asalto y de inmediato, Sesshomaru estuvo allí, mirándola alarmado.

- Estoy bien. Solo estoy agotada - Dijo Kagome acariciando su rostro con genuino afecto, sin poder evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas, sabiendo que pronto no podría siquiera tocarlo.

- Lloras - Señalo él, levantándola en brazos. Mientras ella levantaba una kekkai sobre el Tori.

- ¡De emoción, lo logramos! - Mintió ella magistralmente, recostando su cabeza contra su Mokomoko y aspirando su aroma. – Vamos, Sesshomaru. Llévame a mi refugio, allí descansare hasta la noche, cuando nos encontremos de nuevo - Dijo Kagome bostezando delicadamente.

- Debería buscarte - Dijo él elevándose en el aire. A lo lejos, vio a una familia de humanos pescadores, mirando embelesados las flores de cerezo blanco e ignorando por completo la increíble vista de un lord youkai con todas sus galas, atravesando el cielo con una mujer en brazos.

- Perderías más tiempo. Mis guardianes me llevaran, Sesshomaru. Tú asegúrate de que nuestra gente cruce a salvo. Yo recobrare fuerzas y estaré allí para cerrar el portal - Aseguro ella con firmeza. Sesshomaru la miro y asintió finalmente.

- Te esperare entonces - Dijo él. Mientras atravesaban el cielo, al mismo tiempo que cientos de miles de youkai empezaban a atravesar los diferentes Tori, emplazados en la isla de Japón y sus alrededores y un grupo de monjes fanáticos salían de su retiro para encontrarse aquel Hanami blanco y a la "impía" imagen de aquellos demonios cruzando el cielo. Lanzándose de inmediato en su búsqueda, sin lograr nada más que perderse en la profundidad del bosque sagrado, que aquellos seres profanaban con su presencia.

Tras dejarla en su refugio, después de besarla concienzudamente. Sesshomaru se volvió una bola de luz y a velocidad pre natural, tomo el cielo y desapareció. Kagome jamás se había sentido más sola en su larga vida, como en aquel momento. Su misma alma se retorcía agonizante por la ausencia de aquel que había traído paz, amor y felicidad a ella. Con lentitud avanzo, mirando su refugio y en cada rincón a él, picando su curiosidad, seduciéndola, dedicándole una de sus sonrisas ladinas que solo guardaba para ella, amándola. No registró cuando las lágrimas empezaron a derramarse por sus ojos. Al llegar a su habitación, recordó su primera vez allí, en aquella misma cama con él. Recordó cuando le explico cómo funcionaba aquel sistema de iluminación y como había agregado distintos hechizos para que estos no se deterioraran con el paso del tiempo. Él la había hecho mostrarle los paneles solares extra que había guardado por si alguno se dañaba al igual que bombillos y otras cosas. Lo había visto tocar todo y él había preguntado y ella se la había pasado en grande explicándole todo lo que sabía.

Lloro aferrando las sabanas que aun conservaban el aroma de Sesshomaru y lentamente se quitó cada prenda, dejándola en un montón al lado de la cama y envolviéndose en aquella colcha, sucumbiendo finalmente al agotamiento y abrazando el alivio del olvido que el sueño traía consigo.

Kagome despertó cuando Chiai empezó a ladrar con insistencia, y cuando descubrió que había dormido por horas entro en pánico. Tomo una rápido baño y vistió un Haori y Hakama blanco y negro se armó con sus armas y salió del refugio con rapidez. Sonrió complacida y triste a la vez cuando al pasar por el lugar donde había estado Bokuseno por milenios, lo descubrió vació lo cual quería decir, que lo que habían ideado funcionaba, por lo tanto lo que ella había hecho en las ciudadelas y en el monte de Totosai funcionaria también. Vio la posición de la luna y se apresuró. Apenas salió de la barrera que cubría su refugio, Kagome echó a correr junto a sus guardianes pues a ellos se les hacía casi imposible tomar el aire desde el denso bosque sin dañar a Kagome.

La advertencia llego del macho, quien salto frente a ella gruñendo y tumbando sobre su espalada al atacante, Kagome miro al monje perpleja por un instante antes de que Chiai gruñera viciosamente y Kagome viera la imagen de sí misma corriendo, mientras sus guardianes la cubrían y Hitoshi la empujara hacia la dirección correcta.

- ¡Aqu… - Trato de gritar el monje, antes de que de un zarpazo, Hitoshi lo silenciara para siempre. Kagome vio aquello espantada antes de echar a correr. El bosque que antes había sido acogedor y familiar ahora se presentaba ante ella como extraño y amenazador, conforme avanzaba, Kagome escuchaba las pisadas apresuradas.

- ¡Impura! - Soltó de golpe un monje apareciendo de la nada y atacándola con un báculo. Kagome bloqueo el ataque con sus espadas cruzadas frente a ella. - ¿Cómo te atreves, a oponerte? - Soltó girando el báculo con la intención de golpearla con la base inferior y cuando Kagome simplemente giro sus muñecas cortando el báculo en dos, el monje la miro perplejo.

- ¡Es el mandato de los dioses! - Dijo Kagome apuntando las espadas al cuello del monje sin dañarlo.

- ¡Blasfemia, bruja del mal! - Escupió el monje. Más antes de que dijera algo más, Kagome se volvió, golpeando con su espada matando en el acto al monje que se había acercado sigilosamente con intención de atacarla por la espalda con el tanto que empuñaba. Sus ojos, al igual que el monje en el suelo, brillaban con fanatismo. - ¡Lo has matado, bruja, maldita lo has matado! - Rugió él llamando la atención de los otros. Chiai se adelantó y con un gruñido acalló la estridente voz del monje. Dándole a Kagome la oportunidad de echar a correr una vez más.

Kagome no sabía cuánto tiempo había estado corriendo, jugando al gato y al ratón con aquel grupo de monjes que no paraban de seguirla y atacarla aleatoriamente. De repente Kagome miro a su alrededor mientras corría agotada, reconociendo finalmente aquel lugar que le había parecido familiar, mas dada la situación no había podido detenerse a pensar hasta entonces.

- ¡Perdóname Sesshomaru, Shippo, Rin… perdónenme también! - Murmuro por lo bajo. Entonces se detuvo un instante y vio hacia el punto donde en su visión su cuerpo incorpóreo había estado flotando y asintió levemente - Justo aquí lo dije - susurro inaudiblemente para sí misma antes escuchar una rama partirse anunciando compañía y echar a correr y susurrando más claro. - ¡No le dejes marcarte, ni jamás digas que no iras!- Dijo entonces con más fuerza en el punto donde recordaba haber dicho esas palabras en su visión echando a correr.

Entonces de las sombras salió un monje vestido con ropajes Budista y la ataco. Kagome se apartó y bloqueo el ataque, mas este insistió gruñendo incoherencias por lo bajo, en la furia fanática del hombre podía ver la línea de saliva corriendo por su mentón y la expresión de sus ojos solo le causaba más pánico. Aun así ella no dejaría que nada, ni nadie la detuviera. - ¡Él vivirá, él vivirá, mi amado vivirá, mis hijos vivirán! - Se dijo así misma. Entonces Kagome ataco con su Kodachi y lo hirió lo suficiente para inmovilizarlo, que los dioses decidieran que hacer con él decidió. Entonces Chiai brinco desde el follaje junto a su compañero y Kagome monto sobre él y con Chiai cubriéndole las espaldas tomaron el cielo con rapidez.

- ¡Rápido! - Urgió ella cuando tiempo después vio a lo lejos donde Sesshomaru esperaba. Varias candelas encendidas, temiéndose lo peor, que le fue confirmado cuando una lluvia de flechas le fueron lanzadas de la oscuridad más Chiai había mostrado el peligro a tiempo y ella había elevado una poderosa kekkai que había tenido o desviado las flechas. Cuando las flechas continuaron viniendo, fue obvio que no podían seguir volando. Así que a la carrera tomaron el bosque que aun rodeaba aquella costa y corrieron. Chiai Gimió y Kagome se dejó caer del lomo de Hitoshi para arrancar la flecha de la pata trasera donde la flecha se había hundido en el músculo quemando la piel y parte de la carne, Kagome coloco su mano sobre la herida y con una descarga de Reiki curo a Chiai.

- ¿Cómo puedes tener un poder así, un ser del mal como tú, marcada por los mismos demonios? - Dijo la furiosa voz de un monje que aferraba un arco y flecha en sus manos, seguido de dos más que empuñaban un báculo y una alabarda.

- ¡No fui marcada por el mal, tú no tienes marcas en tu piel, pero eres negro de alma y corazón! - Dijo Kagome con calma, cuando este rugió y apunto hacia ella con su arma. Kagome estiro su mano derecha hacia él y este soltó el arco que y flechas que había estallado en llamas.

- ¡Atrápenla, ella morirá con los demonios, los tenemos rodeados! - Dijo el monje riendo macabramente.

- ¡Ahora! - Ordeno Kagome repitiendo el mismo truco obligando a los otros monjes a soltar sus armas. Mientras sus guardianes acababan con los dos monjes ella silenciaba la vida de arquero que había echado mano de una espada corta para también atacarla - ¡Que Kami me perdone! - Dijo Kagome antes de volverse y echar a correr hacia donde ahora podía sentir el youki de Sesshomaru y su hijo. Corrió hasta que los músculos de sus piernas protestaron, corrió sin importarle el dolor en su rostro donde una rama había hecho un corte en su mejilla y cuando finalmente rompió la última barrera de vegetación, la imagen que la recibió hizo su sangre hervir en sus venas.

Monjes de varias sectas rodeaban a Sesshomaru, Rin, Shippo y los otros lores cardinales y sus familias. El Tori se había deslizado hacia el mar rechazando la energía impura de aquellos monjes. Los machos rodeaban a las hembras protegiéndolas con sus cuerpos. Armas desenfundadas atacaban a los monjes que volaban por los aires aterrizando contra los árboles que delimitaban el bosque. Era obvio que ellos se habían esforzado por que no se derramara sangre en aquel lugar, obviamente tratando de preservar el tributo que ella había pagado.

- ¡Madre! - Grito Rin horrorizada, mirando por debajo del brazo de Shippo a Kagome. Como uno solo youkai y monjes se volvieron a mirarla.

- ¡La bruja ha llegado! - Soltó un monje Shinto, elevando una serie de pergaminos sagrados y lanzándoselos a Kagome, mas a penas se acercaron a ella, los pergaminos se purificaron en el aire y golpearon a los monjes lanzándolos hacia los lados despejando el camino hacia el Tori.

- ¡Ustedes no los dañaran! - Sentencio Kagome su voz cargada de crudo poder, mirando a los monjes mirarla perplejos mientras volvían a recomponerse.

- Miko - Dijo Sesshomaru, estirando su mano hacia ella, pidiéndole que se acercara más a él, obviamente para poder ponerla a salvo.

- ¡TRAIDORA DE TU RAZA… MALDITA TRAIDORA… BLASFEMA... PUTA DE DEMONIOS! - Vociferaban agitando sus armas con furia.

- Lo siento, Sesshomaru - Dijo Kagome, elevando ambas manos hacia ellos, creando una poderosa barrera que empezó a empujarlos hacia el Tori que se acercaba a su vez a ellos con rapidez.

- No - Dijo él, levantando la mano y tocando la barrera sus ojos brillando intermitentemente, entre el rojo y el dorado, entre la furia y la comprensión. Mientras los machos bajaban las armas y miraban perplejos lo que la mujer había dicho.

- ¡No puedo pasar… soy lo que soy! - Dijo ella. Mientras Shippo rugía a los cielos. Sus ojos verdes teñidos de rojo, golpeaba la barrera con fuerza y clara desesperación. Junto a él, Rin golpeaba la barrera también. Cuando los monjes lanzaron una lluvia de flechas dispuesto a matarlos y estas rebotaron, se lanzaron sobre Kagome, mas ella no se defendió. Su mirada solo estaba fija en Sesshomaru, cuando empezaron a golpearla, ella había levantado las manos por inercia, no por verdadera intención de protegerse.

- ¡Tráelos de vuelta! - Rugió uno de ellos, abofeteándola con fuerza y lanzándola al suelo. Kagome busco con la mirada a Sesshomaru y allí estaba él, mirándola estoico, sus ojos rojos mostraban el dolor que ella le había causado con su traición y se odio a sí misma como nunca.

- ¡Jamás! - Contesto ella entonces, gimiendo cuando la primera patada alcanzo su estómago, robándole de golpe el aire. Con los ojos llenos de lágrimas aun así se obligó a verlos, a su amado compañero y a sus hijos, sus amigos.

- ¡Quememos a esta bruja, que el fuego la purifique tal vez así su brujería ceda y podamos acabar con ellos! - Dijo uno de ellos logrando que los otros se animaran. Entonces Kagome sintió un líquido caer sobre ella y antes de que ella pudiera comprender lo que sucedía, las llamas se levantaron sobre ella, y se escuchó un grito horrible de dolor. Tardo un momento en comprender que el grito provenía de ella. El cielo se iluminaba con rayos, conforme ella gritaba. Entonces se volvió a mirarlos una última vez.

- ¡A ustedes sagrados, ato sus poderes a esta tierra… los ato para que no puedan hacer daño… para que no puedan herir… a los que no pueden aceptar… a los que no pueden… comprender… los ato, desde ahora hasta… que los dioses decidan! - Los maldijo Kagome, antes de volverse sin importar el dolor y mirarlo y levantar su mano derecha aun ardiendo hacia él que la miraba con la ira cincelada en sus rasgos rígidos y con sus ojos cargados de furia, compresión y salvaje angustia. El portal se cerró separándolos para siempre. Entonces espero que la muerte viniera por ella. Mientras los monjes azuzaban las llamas lanzándole más aceite, ofensas y maldiciones. Kagome sintió el horrible dolor de piel quemarse y consumirse exponiendo su carne a las llamas que torturaban con saña su cuerpo. El dolor en sus huesos, ardiendo y articulaciones derritiéndose con el calor que le robaba el aliento, más el mismo aire que respiraba aún era fuego ardiente y doloroso. Entonces cuando la espera se hizo larga, llego la angustia al comprender que no estaba muriendo, que aún seguía quemándose viva y la muerte la traicionaba también dejándola allí bajo la cruel tortura del fuego, en un cuerpo que se negaba a morir un ala que se negaba a abandonar el plano de los vivos.

Entonces la tierra bajo ella ondulo y el trueno estallo con salvaje furia, las olas del mar se agitaron enardecidas y el cielo se abrió con un sonoro estallido apagando las llamas que consumían su cuerpo y entonces los hombres saltaron por los aires y con un haz de luz, Tsukuyomi estaba allí, justo sobre ella, mirándola genuinamente afectado por lo que veía en ella en ese momento. Proyectando una barrera que la cuidaba de los elementos que volaban furiosos por doquier, y junto a él, Amaterasu se alzaba sobre monjes.

- ¡Malditos todos ustedes…! ¡Mil veces malditos…! ¡Yo, Amaterasu, no seré tan piadosa como mi hija! - Dijo la diosa en su terrible ira, su brillante belleza cubierta de un terrible poder que nada le envidiaba a la misma oscuridad de la muerte donde Yomi reinaba. Con una terrible voz de trueno callando la tormenta que hervía y fustigaba furiosa a la tierra desde los cielos burbujeantes de rayos y centellas muestra de la ira que consumía a los dioses aquella noche. Mientras los monjes despatarrados en el suelo por la envestida de su furia la miraron aterrorizados. - ¡De regreso tomo sus poderes y los cedo a esta tierra, ninguno de ustedes tendrá en su haber poder alguno para dañar o enaltecerse! - Dijo y de inmediato una onda de energía barrio no solo a ellos si no a el mundo entero reclamando para la tierra lo que una vez los dioses habían cedido a los mortales casi en su totalidad, pues habían unos pocos que llevarían aquel poder para generaciones futuras y por supuesto, para su campeona. - ¡De las heridas infringidas a nuestra hija sufrirán y padecerán! - Entonó Amaterasu. De inmediato los monjes, sacerdotes y sacerdotisas de las sectas que allí estaban, fueron cubiertos de heridas abiertas, sangrantes y dolorosas tras sus palabras. - Vagaran por este mundo envueltos en las heridas y la putrefacción infecciosa de su carne, sufriendo, serán rechazados y odiados, malentendidos e incomprendidos de su semilla esparcida en la tierra despreciados y de ellos sus poderes también tomaré. Porque esta noche, ustedes impíos han ido contra el designio de los dioses han dañado a alguien que nos es muy valioso - Dijo ella, antes de extender las manos hacia los monjes y con un destello desaparecieron. Entonces Amaterasu se volvió y contuvo el aliento horrorizada y se agacho junto a la mujer caída, su piel se había ido, y solo la carne viva quedaba a la vista. - ¡Debí ser aún más dura! - Juro Amaterasu.

- ¡Vamos, mi lady, en el Devas nosotros cuidaremos de ti! - Dijo Tsukuyomi, sacudiéndose la perplejidad ante la petición que la mujer agonizante le había hecho en medio de las maldiciones de Amaterasu, al mismo tiempo que sus guardianes aparecían en la playa heridos con flechas sagradas y aullaban ultrajados por su señora.

- No… Re…fu..gi…o… - Susurró Kagome a duras penas. Conteniendo un grito cuando sus labios quemados se partieron dolorosamente, exponiendo su carne y su sangre. El terrible ardor de su cuerpo casi insensible, incapaz de registrar más dolor.

- ¡Entonces permítenos curarte! - Dijo Amaterasu, maldiciendo internamente que ellos no pudieran simplemente hacer su voluntad sobre ella.

- ¡No! - Repitió con los ojos nublados del dolor por las lágrimas que empezaban a formase.

- ¿Por qué? ¿Porque no nos dejas sanarte? - Pregunto Tsukuyomi angustiado. Su máscara de fría afectación rota ante el obvio padecimiento de aquella mujer. La última señora de su casa.

- Se…ssho…ma..ru… co…ra…zon… ro…to… yo… YO… rota es…to…y tam…bi..en refu…gio - Respondió Kagome demasiado adolorida para preocuparse por su mala sintaxis.

- ¡Maldita sea mujer, dejanos… - Rugió Susano apareciendo de la nada cortándose al ver la verdadera extensión del daño. - ¡Déjanos hacer esto por ti! - Pareció rogar el pícaro Dios, dejando toda su bribonearía olvidada al verla.

- Ref…gio mi pe..ni..ten..cia - Respondió ella forzando las palabras sin importar el dolor de su cuerpo. Antes de gemir por lo bajo cuando inconscientemente se movió, lastimándose a sí misma.

- ¡Ella no cambiara de opinión! - Declaro Tsukuyomi. Aquella mujer era la señora de su casa. La última y él más que nadie sabía que no cambiaría de opinión.

- ¡Pero! - Rezongo Amaterasu.

- ¡Vengan aquí guardianes! - llamo Tsukuyomi. De inmediato, Chiai y Hitoshi se pararon frente a él. - En el Asura fueron creados por Toga, eligiendo a la señora de la casa de la luna, en Manyusa bendecidos por Irasue, y en esta oscura hora una bendición más les daré a elegir. Una forma humanoide les ofrezco, para servir junto a otros que le son fieles, a su señora, no serán Inu-Kami, serán youkai mas sus formas actuales seguirán siendo la manifestación de sus bestias ¿Que dicen? - Finalizo Tsukuyomi. Ambos guardianes de inmediato le hicieron una profunda reverencia. Entonces sus formas mutaron y una hembra y macho humanoides fueron ante los ojos de los dioses. Kagome perdida en su mar de agonía, se había perdido de aquel acontecimiento.

- ¡A su refugio entonces! - Dijo Amaterasu envolviéndolos a todos en luz y desapareciendo del lugar, sin dejar rastro alguno de lo que allí había acontecido. Mientras los humanos seguían sufriendo la furia de los elementos, rogando aterrados a los dioses por clemencia, sin saber que realmente si tenían mucho por lo que rogar, desde esa noche ningún humano volvió a tener suficiente reiki para cargar un ofuda, solo algunas oraciones que al final no serían completamente efectivas les quedaría tras las maldiciones de los dioses.

Al llegar al refugio. Dos hembras y un macho esperaban frente a la barrera que cubría el lugar y Chiai gruño de inmediato colocándose frente a su señora que flotaba agonizando frente a los dioses

- ¡Calma, ya había hablado de ellos! - Dijo Tsukuyomi calmando de inmediato a la hembra Inu.

- ¡Estamos aquí para servir a la señora! - Dijo la mujer mirando con horror el cuerpo quemado que aun respiraba agonizando de dolor.

Con la ayuda de los dioses, todos pudieron atravesar la barrera que cubría el lugar. Tras despedirse, los dioses colocaron una barrera poderosa, prácticamente sacando aquel lugar del plano humano, pues a pesar de estar en el, nada ni nadie fuera de ellos podrían alcanzarlo.

El calor de su propio cuerpo era una tortura interminable. Cada leve respiración estaba acompañada de un agónico dolor que ella aceptaba y aguantaba lo mejor que podía. Aquel dolor lo sufría por él. Ella merecía aquel dolor por causarle esa misma agonía a él, pues si bien la piel de él estaba intacta, su corazón y el de su misma bestia estaban destrozados. Ella había herido su alma y eso no tenía perdón alguno, así que respirando diminutas bocanadas de aire, Kagome resistió las ganas de abanicarse, sabía que eso solo le traería más agonía y trabajo a aquellos que estaban cuidándola, miro el techo de su habitación en la penumbra.

Aquella noche se cumplía ya una semana de su traición, se preguntó si él la odiaría para siempre por lo que ella había hecho. Se preguntó cómo sería su nueva compañera después de todo ella había partido sus labios el día anterior, una vez más pidiendo a los dioses una nueva compañera para él, esperaba que llegara pronto para que su agonía no fuera eterna como sería la de ella.

- ¡Oh Sesshomaru, espero que algún día me perdonen, tu, mi amor y nuestros hijos, espero que me perdonen! - pensaba recordando la dulce entrega que habían compartido aquella misma madrugada antes de salir al encuentro con el destino, ese que decían que no la gobernaba pero que aún seguía torciéndole la vida en su afán de estrangularla.

Las claras de huevos, se volvieron sus mejores amigos, y dos veces al día Kaze y Chiai empapaban su cuerpo con aquel viscoso líquido que en apenas empezó a cicatrizar lentamente las quemaduras, casi milagrosamente con la ayuda de su propio reiki que trabajaba para curarla de adentro hacia fuera.

Los primeros días fueron una agonía tanto para Kagome como para sus guardianes. Verla sufrir de aquella forma, rompía algo dentro de ellos que no sabían que poseían. Mas ella no se quejaba, ni pedía nada, al contrario, pedía disculpas cada vez que su cuerpo herido la traicionaba y tenían que limpiarla como a un bebe. Daba las gracias a pesar del dolor que eso le causaba.

Para la tercera semana, Megumi se sentaba en la habitación y le hablaba sin parar sobre lo que había hecho en el día, tras haber superado su miedo ante la atrocidad que habían cometido con ella, la cachorra se dedicó a llenar los silencios alrededor de la mujer. Mientras ella simplemente miraba la nada, permitiendo que la sal de sus lágrimas la torturaran pues su piel en carne viva estaba sensible y fácil de lastimar.

Durante su agonía, Kagome había llamado a Sesshomaru a gritos. Había llorado por él, y había rogado y suplicado perdón una y otra vez cuando la fiebre había atacado su cuerpo, abriendo sus heridas y retrasando su proceso de curación en medio de sus alucinaciones. Había llamado a sus hijos, y a su familia aquella que había perdido tras el fin de la perla, y nada la había consolado o calmado. Durante seis meses ella despertaría llamándolo a él, más él no contestaría a su llamado. Después de todo, un plano entero los separaba.

En sus pesadillas él había regresado a ella para condenarla con crueles palabras por su traición, sus hijos y conocidos la habían maldecido y señalado, burlándose de su agonía y luego él había regresado a tortúrala con la que había dicho el eco de sus más oscuras pesadillas, que era su verdadera compañera y no la endeble sustituta que ella había sido. Ella había llorado amargamente aun sabiendo que eran pesadillas nacidas de sus miedos de su trauma y de la reciente separación. Estaba tan deprimida y sensible que lograban herirla. Entones decidió que necesitaba una distracción, empezó a entrenar espiritualmente su reiki, repasando y memorizando los ejercicios de relajación estática y entregándose a la meditación a memorizar la historia solo por macabra distracción a planificar lo que haría con su vida en el futuro. Un futuro donde tendría que esperar cuatrocientos catorce años para hablarle a su madre y eso si reunía el valor para mostrase frente a ella. Un futuro sin Sesshomaru.

Decidió entonces que para su seguridad y los que se habían quedado protegiéndola, ella necesitaba información sobre el mundo exterior y ella tenía siete familias que podrían darle lo que ella requería:

Los Higurashi guardianes de leyenda de la casa de la Luna y el Oeste.

Los Fujimiya, guardianes de leyenda de la Shikon no miko.

Los Takani, guardianes de leyenda del clan de Taijiyas y la historia de Naraku y Kikyo e Inuyasha.

Los Yamada, guardianes de leyenda del Sur.

Los Yoshida, guardianes de leyenda del Este.

Los Takeuchi, guardianes de leyenda del Norte.

Y finalmente los Hojo, guardianes de la historia de la última Señora del Oeste y de la casa de la luna.

Todos ellos atados voluntariamente a ella por la palabra de honor ritual. Ellos hacían honor a sus palabras y las bendiciones para ellos se mantenían. Si las incumplían, el clan desaparecería por completo, como había exigido los cuatro lores cardinales. Con ese plan en mente, ella podía ocuparse de distraerse de su miseria.

Un año entero tardaría su cuerpo en sanarse y en cinco años no habría rastro alguno en su cuerpo que hablara de las serias heridas que había sufrido y que aun entonces se despertaría sintiendo con el eco de alguna pesadilla. Los únicos testimonios físicos aparentes, del trauma que había sufrido entonces era su piel, aún más clara, casi traslucida, lo fácil que era de magullar y sus cabellos en antaño, negro azulados eran entonces de un blanco platinado con un traslucido halo azulado. Las marcas de magia seguían en su sitio, ahora sobresaliendo más que nunca con su nueva piel albina completamente inhumana.

En el Devas los dioses discutían acalorados sobre la petición de Kagome. Tsukuyomi se había negado de plano a concederle aquello, alegando que aquella unión estaba por encima de ellos y Destino lo apoyo, alegando que los Dioses sin nombre, que los habían creado habían dispuesto aquella unión. Zanjando así la cuestión.

N.A: Agradecería mucho que se tomaran el tiempo en dejar un review con su opinión, pensando en el tiempo que me he tomado en tejer esta historia que comparto con ustedes.

Atte.

Yo

Gracias.