XXXVII

Se notaba el buen ambiente en las calles. Desde que hacía unos días se había inaugurado el puerto la gente se mostraba mucho más animada. Los primeros barcos salían a bordear la costa, donde se aplicaban las técnicas de pesca que los soldados de Marley nos habían explicado. La comida se había incrementado y esperábamos recibir a nuestro primer visitante extranjero en las próximas horas. Una expedición, encabezada por Yelena, se había marchado de la isla hacía unos días, prometiendo regresar con un importante aliado.

Caminé por las calles de Trost. Había pasado gran parte de la mañana estudiando unos libros de medicina de Grisha y completando la información con otras cosas que me habían revelado un par de médicos y enfermeras pertenecientes también al ejército de Marley y que viajaban siempre con las distintas divisiones cuando iban a alguna misión. En su barco tenían mucho instrumental que poco a poco estaba aprendiendo a utilizar y había conseguido convencerles de que me enseñaran todas las técnicas que conocían y que compartieran conmigo sus conocimientos de medicina, mucho más avanzados que los míos.

Me detuve a comprar en una panadería unos bollos recién hechos. Al salir, unos niños pequeños corretearon a mi alrededor, jugando. A lo lejos, sus madres les regañaron por armar alboroto. Compartí con ellos algunos de los bollos que había comprado y regresaron con sus madres con una sonrisa, despidiéndome con la mano mientras me alejaba calle abajo, disfrutando del par de bollos que habían quedado para mí y con los que más o menos pretendía saciar mi hambre feroz.

No obstante, mientras caminaba hacia el cuartel, escuché ruido en uno de los callejones. Rehíce mis pasos y me asomé. Unos tipos parecían estar molestando a otro. Aquel que estaba siendo molestado estaba acurrucado frente a un muro, resistiendo las patadas que los otros le propinaban.

—¡Eh! —grité. Fui bastante estúpida, porque aquellos tipos eran tres y yo era solo una, pero debo admitir que confiaba bastante en mis posibilidades. Al acercarme más, comprobé los bordados de sus chaquetas. Eran de las Tropas Estacionarias— ¿Qué creéis que estáis haciendo? ¿Es que no os da vergüenza?

—No te importa lo que estamos tratando aquí —uno de ellos escupió prácticamente aquellas palabras.

—Eso. Si hay que darle una lección a este monstruo, se la damos, ¿entiendes? —añadió otro.

—Nos ha jodido la diversión, así que esto es un asunto nuestro, mujerzuela.

Fruncí el ceño. ¿Mujerzuela? Miré al chico que seguía agachado. Sorprendida, vi que él también pertenecía a la misma facción.

—Me parece que no sabéis con quien estáis tratando —los tres soltaron una carcajada al escucharme decir aquello—. Soy _ _ _ _-_ _ _ _, capitana de las Tropas de Reconocimiento, soy uno de los héroes de Shiganshina y antiguo miembro de las Tropas Estacionarias. No tengo ningún reparo en reportaros, pero antes puedo daros dos buenos guantazos a cada uno.

—¿Estás de coña?

—¿Me ves con pinta de bromear?

—¿Sabes que somos tres contra una?

Los tres se acercaron a mí. Me lancé primero contra el que estaba a mi derecha. Intentó propinarme un puñetazo, pero lo esquivé. Impacté mi codo en su estómago, haciéndole que se doblara por el dolor y, posteriormente, le hice la zancadilla, derribándolo. El segundo se abalanzó sobre mí. Me zafé de su agarre y le di una patada en la cara, en la zona de mandíbula. Aquello le hizo perder el conocimiento, al menos por unos instantes. No obstante, no iba vestida con mi uniforme, así que la falda larga que llevaba no ayudaba demasiado en mis movimientos. El tercer tipo consiguió atraparme por los brazos e inmovilizarme. El primero, al que había puesto la zancadilla, se levantó. Logró darme una patada en el estómago, pero, antes de que su puño pudiera impactar a continuación en mi cara, una mano enorme se posó sobre su cabeza y acto seguido la habían golpeado contra la pared de al lado, provocándole una herida que sangraba de forma abundante.

—Joder… —murmuró el que me sujetaba los brazos, que inmediatamente los soltó.

El chico al que habían estado golpeando se había levantado. Posiblemente había reaccionado al verme pelear por él. Era enorme. Sacaba fácilmente una cabeza a aquellos tipos, tenía hombros anchos y los músculos marcados. Su pelo, negro como el carbón, y ondulado hasta los hombros, le cubría parte del rostro. Era como un salvaje y, en cierta manera, la primera impresión que recibí de él fue esa misma. Con una sola mano, sostenía la cabeza del otro tipo. Apretó con fuerza sobre ella, los nudillos de su morena piel volviéndose casi blancos, y volvió a golpear su cabeza contra la pared. Por unos instantes, me quedé paralizada. Era una escena violenta. Volvió a repetirlo una vez más. Fue ahí cuando supe que debía intervenir o, de lo contrario, mataría a aquel compañero de facción.

—O-Oye —me acerqué a él, en cierta manera temerosa de ser su siguiente víctima—, ya está. Puedes parar —posé con delicadeza mi mano en su brazo—. Creo que han aprendido la lección.

Se detuvo inmediatamente y me miró. Tenía las cejas pobladas y el rostro anguloso. Sus oscuros ojos negros se clavaron sobre mí. Lo conocía. O, al menos, lo había visto antes. Había sido el día de la ceremonia en los que nos habían entregado las condecoraciones por la misión en Shiganshina. Él había acudido. Yo estaba bromeando con Maverick cuando me choqué con él. Había sido como chocar contra un muro, su presencia era intimidante y seguramente por eso había estado solo durante la ceremonia todo el tiempo. Después de aquello le busqué porque, por alguna extraña razón, despertó mi curiosidad, pero ya no le volví a ver.

El chico giró sobre sus talones y regresó al mismo lugar en el que había estado acurrucado, protegiéndose de las patadas de sus compañeros. Parpadeé confusa por su extraña actitud, pero recordé a los otros tres imbéciles que le habían estado pegando.

—Deberíais llevarle ya al cuartel más cercano. Tratadle la herida en la cabeza y vigiladle durante las próximas veinticuatro horas. Ha recibido golpes muy fuertes.

Los dos chicos asintieron rápidamente y se apresuraron para recoger del suelo a su compañero. A continuación, abandonaron rápidamente el callejón, dejándome a solas con aquel gigantón.

—¿Estás bien? —le pregunté acercándome a él de nuevo. No obtuve respuesta así que me puse de cuclillas en a su lado. Mis ojos se abrieron de par en par cuando pude ver qué era lo que se traía entre manos, literalmente. Dentro de sus grandes manos sostenía a un pajarillo al que estaba protegiendo.

Sin decir nada aún, el chico se puso en pie y salió del callejón. Yo le seguí, hipnotizada ante tal descubrimiento. No entró por la puerta principal del cuartel de Trost, sino que usó una puerta secundaria, más pequeña, seguramente para pasar desapercibido. Tras lo que había sucedido, debían de estar buscándolo para castigarlo. Bajó unas escaleras y caminó por un oscuro pasillo hasta llegar a una diminuta puerta. Se tuvo que agachar para entrar y, como si no le importara que lo estuviera siguiendo, dejó la puerta abierta para que pasara, así que, una vez entré en la habitación, cerré la puerta a mi espalda. No tenía ventanas. Era un cuarto minúsculo, ocupado por un escritorio. El chico abrió los cajones y sacó algunos materiales tras encender una lámpara de aceite con la que iluminar el cuarto.

Le observé hacer. Tenía las manos grandes y un aspecto tosco, pero era muy delicado con el animal. Con perfección y destreza, curó la herida que tenía en el ala y se la vendó. Sacó un poco de pan que tenía guardado en uno de los cajones y lo mojó en agua hasta hacer una especie de masa que aquel pajarillo picoteó gustosamente tras haber sido curado por él. Desde luego que nunca había visto algo igual.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, pero fui ignorada por completo. El chico se limitó a acariciar al pajariilo con su dedo índice. Me resultaba fascinante que alguien que había demostrado una fuerza tan descomunal pudiera ser tan delicado con algo tan pequeño— Me llamo _ _ _ _ —insistí—. Soy capitana de las Tropas de Reconocimiento y… Esto… —carraspeé— No tienes por qué aguantar que tus compañeros sean crueles contigo, ¿sabes?

No tenía muy claro todavía qué era lo que había pasado, pero seguramente sus compañeros se habían estado divirtiendo a costa de ese pajarillo y él solo lo había protegido para que no siguieran haciéndole daño.

—No tienes por qué seguir aquí —proseguí. Él parecía no prestarme atención, pero sabía que no era cierto—. No te mereces ser tratado así. Tú no eres ningún monstruo —aquella palabra pareció despertar algo en él y levantó la vista para mirarme. Sus ojos negros se iluminaron—. Siempre puedes venir a las Tropas de Reconocimiento. Nos vendrá bien gente como tú. Allí yo me aseguraré personalmente de que nadie te trate mal —le sonreí antes de caminar hacia la puerta y marcharme. Esperaba que reflexionara. No tenía por qué seguir compartiendo más tiempo con unos compañeros que le maltrataban.

Subí las escaleras del cuartel. Al toparme con unos soldados, les pregunté si Pixis se encontraba allí y, afortunadamente, ese día no había viajado hasta la capital. Me dirigí hacia su despacho y con los nudillos toqué en la puerta de madera. Una de sus subordinadas me abrió y me invitó entrar, reconociéndome al instante.

—Aquí está, la radiante nueva capitana de las Tropas de Reconocimiento —sonrió Pixis con una copa en la mano.

—¿Cuándo piensa dejar la bebida, comandante?

—La vida es muy aburrida aquí, ¿sabes?

—En cualquier momento podría llegar nuestro visitante extranjero. Debería estar sobrio.

—Precisamente por eso bebo —el hombre elevó su copa a modo de brindis y dio un trago—. Dime, ¿qué te trae por aquí? Ni siquiera llevas tu uniforme.

—Hoy tenía el día libre —le informé—. Pero ha sucedido algo de lo que yo he sido testigo y quería comentar con usted. Uno de los soldados de este cuartel habrá aparecido hace cosa de una hora con una herida en la cabeza.

Pixis miró a sus dos subordinados que le acompañaban en el despacho.

—Así es. Lionel Heim ha sido trasladado al cuartel con un fuerte golpe en la cabeza. Han tenido que darle puntos. Sigue en la enfermería con muchos dolores de cabeza, su consciencia va y viene, por lo que hay que vigilarle. Podía haberle matado a golpes —le explicó la chica que me había abierto la puerta—. Sus compañeros han señalado a Aaron Nixon como el autor.

—¿Nixon de nuevo? —Pixis suspiró con resignación.

—¿Aaron? ¿Así es cómo se llama? —pregunté.

—Sí —respondió ella—. Es un chico que mide cerca de dos metros, musculoso. No habla demasiado.

—Le conozco. Acabo de estar con él y, efectivamente, esas lesiones se las ha provocado él a su compañero. Por lo que veo, no es la primera vez que se mete en esta clase de líos.

—He hablado con él un par de veces y no parece mal joven, pero ya le advertí que estas conductas violentas no pueden volver a repetirse —Pixis rebuscó unos papeles en un cajón—. Habrá que echarle del ejército. Esta es otra falta grave más.

—No pretendo defender conductas tan violentas como esa, pero creo que no es consciente, comandante Pixis, de que a Aaron Nixon sus compañeros le acosan —le defendí. En realidad no sabía si eso era del todo verdad, pero por su actitud imaginaba que era así—. Si me he acercado hasta aquí para hablar con usted es precisamente porque sus compañeros se estaban ensañando con él a patadas. Yo he sido testigo de ello y he intentado defenderle. Sin embargo, era yo sola contra los tres. Aaron me ha defendido cuando uno de esos soldados me ha puesto la mano encima.

—Hay que ver… ¿Por qué no dejarán de darme problemas? —Pixis apoyó su espalda contra el respaldo de la silla— Sé que no se lleva bien con sus compañeros, pero él tampoco ha hecho esfuerzos por integrarse.

—Aaron Nixon está siempre solo —intervino el otro subordinado—. No habla con nadie. Pese a que es muy grandullón es bastante tranquilo y parece un poco torpe de entendederas, así que otros soldados aprovechan para burlarse de él.

—Entonces el problema está en que no hace esfuerzos por integrarse porque quizás el resto tampoco le invita a ello —fruncí el ceño. Aquello me molestaba—. Quiero que sepa, comandante Pixis, que le he invitado a unirse a la legión. Disculpe mi atrevimiento, pero no voy a consentir que se den esa clase de comportamientos en el ejército y menos si yo soy testigo de ellos —me giré hacia la chica—. ¿Te importa si me llevo su expediente? Me interesa.

—¿Crees que Nixon se cambiará de facción? —Pixis hizo un gesto a la chica con la mano con el que le indicó que tenía su aprobación para buscar dicho documento y entregármelo— Ya me estáis quitando a muchos hombres. Muchos se están pasando a vuestro bando.

—No sé si decidirá cambiarse por sí mismo, pero, de no ser así, voy a insistirle para que lo haga. No solo será bien recibido en la legión, sino que yo personalmente tengo un sitio reservado para él —sonreí.

Pixis me miró con una ceja enarcada, sin comprender muy bien a qué me refería, pero tampoco preguntó. Si subordinada me entregó una carpeta con unas hojas en su interior. La abrí para comprobar que efectivamente era el expediente de Aaron Nixon y le di las gracias.

—Ha sido un placer volver a verle, comandante Pixis —me despedí—. Siento que mi visita haya sido tan breve.

—Deja de ser tan formal, muchacha. Y ven a verme más a menudo. Hange te habrá nombrado capitana de las Tropas de Reconocimiento, pero no he perdido la fe y sé que volverás para ser mi sucesora como comandante.

Reí. Pixis nunca cambiaría.

—Adiós, comandante.

Aquella noche le conté a Levi lo que me había sucedido y la conversación que había tenido con Pixis. Tumbados en la cama de su habitación, acarició con la yema de sus dedos mi pecho desnudo.

—Es que tú no le viste aquel día —le expliqué—. Daba miedo. Maverick intervino, pero no creo que ese chico me hubiera hecho nada. Creo que el problema es su aspecto tan fiero. Definitivamente, tengo que contárselo a Maverick —me apoyé en su pecho para incorporarme ligeramente. Levi chasqueó la lengua, visiblemente molesto porque él quería seguir acariciándome, pero yo estaba pensando en otras cosas.

—¿No pasas demasiado tiempo con Fenske?

—¿Es que acaso estás celoso? —enarqué una ceja.

—No es que esté celoso, pero tú eres demasiado buena para algunas cosas y quizás no te das cuenta. Pasa mucho tiempo contigo y le interesas.

Apreté mis labios formando una fina línea, pero, finalmente, no pude aguantar más las carcajadas. Levi me miró impasible, pero se le notaba molesto.

—Levi —le acaricié la mejilla—, a Maverick le gustan los chicos.

Por unos instantes, el rostro de Levi no cambió. Sin embargo, unos segundos después, hizo una mueca que volvió a provocarme las carcajadas.

—¿Y esa expresividad? Nunca te había visto poner una cara así —volvió a recostarme junto a él— No sé si lo recordarás, pero en el escuadrón de Kenny había un chico llamado Alphonse Wilder. Fuimos reclutas juntos, con Mara y Elric. Maverick estaba enamorado de Alphonse. A pesar de que sus sentimientos nunca serían correspondidos, quiso seguir a su lado cuando Alphonse decidió volverse contra la legión, pero Alphonse se había convertido en una persona completamente distinta.

No tenía muy claro de si debía compartir algo tan íntimo con Levi, pero algo me decía que a Maverick no le importaría si aquel al que se lo había contado era al capitán. Maverick estaba al tanto de la relación que nos unía.

—Sé que no hace falta que te lo diga, pero esto es algo que solo sabía yo.

—Y si tú sabes su secreto, imagino que él sabrá el tuyo —hizo una pausa—. El nuestro.

—Sí, se lo he dicho. Maverick es de fiar.

—Y… —Levi parecía sopesar sus palabras— ¿Qué te ha dicho de mí?

—¿De ti? ¿Te refieres a si le gustas para mí?

Levi miró para otro lado. Sonreí, estaba avergonzado por preguntar algo así.

—No le despiertas mucha simpatía… —Levi me miró y yo le sonreí con inocencia. En realidad, las palabras exactas de Maverick habían sido que me merecía algo que al menos "abultara un poco más", pero Levi no necesitaba saber esa información.

Levi chasqueó la lengua de nuevo. Diría lo contrario, pero aquello le había dañado un poquito su orgullo.

—Aunque eso es porque no te conoce—añadí—. Pero desde luego que se fía de mi criterio —me incorporé ligeramente y le di un breve beso en la mejilla—. Y ahora deberíamos dormir.

Levi se recostó por completo en la cama. Pasé mi brazo izquierdo alrededor de su pecho y me abracé a él. Noté cómo su nariz rozaba cariñosamente mi cuero cabelludo y cerré los ojos para sumirme pronto en un profundo sueño.

Al día siguiente, nos llegaron las noticias de que un barco desconocido se acercaba, lo que significaba que el visitante extranjero del que Yelena nos había hablado estaba llegando ya a la isla. Nos alistamos rápidamente y una expedición conformada por varios soldados, los altos mandos del ejército y la reina Historia cabalgó hasta la playa.

Cuando llegamos, el barco estaba ya lanzando el ancla. En formación y por órdenes de Hange, esperamos pacientemente a que bajaran sus ocupantes. Yelena y los hombres que se habían marchado con ella estaban entre ellos. Después, había una mujer más mayor que bajó después, acompañada de varios hombres que vestían traje negro y sombreros y que parecían escoltarla.

El nombre de aquella mujer era Kiyomi Azumabito. Rondaría los cincuenta o sesenta años, pues arrugas en sus ojos y en la comisura de sus labios habían empezado ya a asomar. Su brillante pelo negro iba recogido en un elegante moño que le daba un toque aún más sofisticado a su traje de falta larga y chaqueta de color beige. Ella era la enviada especial del clan Hizuru y, para sorpresa de todos, compartía ciertos rasgos con Mikasa.

—¿No te recuerdan sus rasgos a los de tu madre? —Yelena apoyó su mano en el hombro de Mikasa— Es tal y cómo te dije. Hay formas de contactar con otros parientes.

Levi miró a Yelena de reojo. Por el brillo de sus ojos supe de inmediato que no se fiaba en absoluto de las buenas intenciones de Yelena. No le gustaba que se acercara a Mikasa.

Cuando regresamos a la capital, en uno de los salones, Kiyomi le pidió a uno de sus hombres que le diera una caja que portaban. Al abrirla, mostró una tela bordada con tres espadas que formaban una "A" y se la enseñó a Mikasa para que la viera con atención. La chica parecía sorprendida.

—Es un escudo familiar —explicó la mujer— ¿Lo has visto alguna vez?

—Eso es… —Mikasa se aferró la muñeca con fuerza.

—Enséñaselo, Mikasa —le instó Eren.

—Pero mi madre me dijo que lo mantuviera en secreto.

—¿Pero no me lo enseñaste a mí cuando éramos niños? Estoy seguro que ese secreto estaba hecho para un día como éste.

Mikasa se remangó su chaqueta. Su muñeca derecha estaba vendada. La chica apartó las vendas y mostró el mismo símbolo que había bordado en la tela.

—Esta marca es algo que heredé de la familia de mi madre. Incluso me dijeron que debía seguir con esa tradición con mis propios hijos.

—Qué… —Kiyomi se acercó a ella y se apoyó en Mikasa— Qué acto tan noble —parecía verdaderamente emocionada—. Hace unos cien años, Hizuru era un aliado del Imperio Eldiano. Los hijos del clan del shogun, de la que los Azumabito descendemos, tenían una relación muy cercana a los Fritz y llegaron a visitar esta isla, Paradis.

Invitamos a tomar asiento a Kiyomi. Unos soldados le sirvieron un té para que pudiera proseguir su historia. Sabíamos que la mujer venía a hablarnos de Zeke y de sus condiciones para apoyarnos. No obstante, aquella historia había sido necesaria para romper el hielo.

—Tras la Gran Guerra de Los Titanes, el poder de Hizuru como nación fue cuestionado al haber formado parte del bando que perdió esa guerra… Durante la confusión que esos hechos produjeron, aunque no sé exactamente cómo pasó, una parte del clan del shogun se quedó en esta isla. Han pasado cien años y por lo menos he podido conocerte, la única en esta isla con sangre asiática. Tú eres descendiente del señor de nuestra nación que se perdió. Eres la esperanza de Hizuru.

—Si nos disculpa —Pixis se aclaró la garganta—, me gustaría hablar con algunos de los soldados en privado, sobre todo con la comandante Hange Zoe y nuestra reina.

—Adelante —la mujer sonrió y tomó la taza con delicadeza para dar un sorbo al té.

Ya fuera, todos nos reunimos alrededor de Mikasa. La chica se mostraba bastante inexpresiva, generalmente normal en ella.

—Si la historia que cuenta es cierta, ¿eso no significa que Mikasa posee un considerable poder político en Hizuru? Es decir, ¿no sería una superviviente de su linaje más importante? —pregunté.

—En primer lugar, todavía no entiendo muy bien qué es lo que ella entiende por nación —añadió Hange—. No obstante, parece que podemos usar el poder de Hizuru, así que tenemos que hacer lo que sea para conseguirlo.

—Espera un momento —intervino un capitán de la Policía Militar—, ¿qué pasa si esto es una trampa del enemigo? ¿Qué vamos a hacer?

—Es lo que yo decía —intervino un noble—, ¿no deberíamos preguntar a Yelena y sus compañeros por su opinión al respecto?

—¿Pero no sería eso precisamente lo que esperan nuestros enemigos de nosotros?

—Una cosa está clara —intervino Pixis—, estaremos conectados al mundo que hay al otro lado del océano. No podemos seguir dando tumbos. Por el momento permaneceremos en silencio y escucharemos lo que nos tengan que decir —el comandante se acercó de nuevo a la puerta del salón para entrar—. No debemos hacer esperar más a nuestros invitados y mucho menos seguir avergonzándonos.

—Vamos, chicos —puse mi mano en la espalda de Historia para que se moviera al ver que ella, Mikasa y el resto se quedaban más rezagados.

—Oye, sobre esa marca… ¿Por qué solo se la has enseñado a Eren? —Historia tomó cariñosamente del brazo a Miksa— Ni siquiera la venda alrededor de tu muñeca se la habías enseñado antes a nadie, ¿no?

—Bueno… Esto…

—Pareces feliz —Eren miró a Historia de arriba a abajo.

—¡Pues claro! Somos gente que tiene que llevar una carga muy pesada simplemente por el hecho de haber nacido. Somos compañeros en ese aspecto, ¿no os parece? —Historia apoyó su mano en el hombro de Mikasa y sonrió— ¡Tendré a alguien de quien depender si estoy con Mikasa! —la chica me miró de forma significativa y curvé mis labios ligeramente hacia arriba. Ella era de las pocas personas del ejército que conocía la historia verdadera de mi familia. Todos llevábamos cargas, aunque fueran más o menos pesadas.

Eren sonrió a la chica y, finalmente, nos dirigimos al interior de la sala de nuevo. Al tomar asiento, Mikasa se sentó frente a Kiyomi.

—El hecho de verte lucir tan bien nos llena ya de gratitud —comenzó a hablar Kiyomi una vez todos hubimos tomado asiento de nuevo—. Pero, por favor, ten claro esto a partir de ahora, estaremos encantados de estar de tu parte. La gente de la familia Azumabito estará siempre esperando por ti.

—Sí, señora —pronunció Mikasa prácticamente en un susurro.

—Hoy será un día histórico para nuestras dos naciones —prosiguió la mujer—. Esto no habría sido posible si no hubiera sido por él. El que vino a nosotros fue Zeke Jaeger, con el que nos hemos visto en secreto. Acordamos que, a cambio de permitirnos conocer a Mikasa-sama, comunicaríamos los detalles de cierto acuerdo.

Kiyomi nos explicó que, en aquella reunión secreta, Zeke Jaeger le había contado que su madre era un miembro de la familia real, hecho que había escondido de Marley durante todos aquellos años. Siempre había estado de acuerdo con las ideas de su padre, pero, cuando tenía siete años, descubrió que Marley sospechaba de sus progenitores. Si Marley descubría la verdad, no solo sus padres y su grupo rebelde habría sido condenado, sino también sus abuelos y él mismo. Para evitar aquello, decidió vender a sus propios padres ante las autoridades y logró a su vez ganarse la confianza de Marley. Marley no sabía nada de lo que suponía que alguien con sangre real o que alguien, siendo poseedor del Titán Fundador, entrara en contacto con esa sangre.

Hasta aquel punto, Hizuru no obtenía a cambio. No obstante, Zeke le mostró a Kiyomi un mineral especial con el que nosotros alimentábamos a nuestro Equipo de Maniobras Tridimensionales. Al parecer, ese mineral era exclusivo de la isla, producto de los túneles y salas subterráneos que los reyes habían construido con el poder de los titanes para guardar sus tesoros. Evidentemente, nosotros no conocíamos el valor exacto de aquel mineral, pero Zeke y Kiyomi, sí. Y eso era definitivamente lo que Hizuru deseaba.

—Si cooperamos en el plan, nosotros nos apoderaremos de la industria y así nuestra nación recuperará su antigua gloria, aunque todavía no tenemos una confirmación oficial. Bueno, sí… —Kiyomi se sonrojó y un desagradable hilo de baba comenzó a caer por la comisura de sus labios: Me dio repugnancia— De ser cierto, esas reservas rivalizarían con el oro y la plata.

—Señora, por favor, use esto —uno de sus hombres le tendió un pañuelo para que se limpiara.

—Disculpad. Esto es totalmente inapropiado —se disculpó mientras se limpiaba con delicadeza.

Miré de reojo a Mikasa. Al igual que el resto, se mantenía imperturbable, pero estaba convencida de que pensaba lo mismo que yo. El hecho de que ella se encontrara en la isla y fuera la única de su clan que quedaba con vida había sido una mera excusa para acercarse hasta la isla. Nos querían utilizar.

—¿Y cuál es exactamente el acuerdo que ha hecho con Zeke Jaeger? —preguntó Historia.

—Como ya sabréis, Zeke Jaeger defiende tener un plan secreto. La mediación de Hizuru es necesaria para llevar a cabo ese plan secreto que salvará tanto a los eldianos como al mundo. Eso sería "el retumbar de la tierra", una de las tres acciones que se usarán para proteger esta isla —los hombres de Kiyomi nos repartieron unos documentos con los términos del acuerdo detallados mientras ella continuaba hablando—. En primer lugar, le daremos al mundo un poco de esa inmensa capacidad de destrucción del retumbar de la tierra. El segundo artículo es la mediación de Hizuru. Nuestro objetivo es incrementar el poder militar de esta isla según el estándar del mundo moderno hasta que la amenaza de los titanes que se encuentran en los muros ya no sea necesaria. Introduciremos un nuevo y avanzado armamento, pero para poder establecer este nuevo ejército necesitaréis trabajar en los cimientos de un poder nacional estable. La educación, la economía, la diplomacia y la población —se giró para mirar a Historia—. Esta isla está unos cien años por detrás del resto del mundo. Sin embargo, no debería llevar cien años solventar este desfase, sino unos cincuenta. Hasta que llegue ese momento, el retumbar de la tierra debe seguir manteniendo a salvo esta isla y, en lo que respecta al poseedor del Titán Fundador y a un titán con sangre real, esta pareja debe ser mantenida de cara al futuro. Lo que me lleva al tercer artículo… Zeke dejará su titán, el Titán Bestia, a un miembro de la familia real.

Todos nos giramos rápidamente para mirar a Historia. La muchacha había palidecido.

—Aquellos que tengan sangre real, hasta el final de su esperanza de vida de trece años, engendrarán tantos hijos como sea posible.

Un silencio pesado se estableció en la sala. Sentía los latidos de mi corazón taladrándome el pecho. A pesar de que lográramos desarrollar muchas armas, no tenía del todo claro que alcanzáramos el objetivo de un ejército moderno en unos cincuenta años. Además, durante ese tiempo, la familia real se vería expuesta y solo se producirían asesinatos entre ellos para seguir heredando el poder. No me parecía correcto tener que poner esa carga a todos esos niños que estuvieran por venir.

—Lo entiendo —pronunció Historia—. Acepto la herencia del poder del Titán Bestia durante el tiempo que sea necesario el retumbar de la tierra para salvaguardar nuestra existencia.

Abrí la boca de par en par. No estaba de acuerdo con ello. ¿Por qué ninguno de nuestros superiores se oponía? Apreté los puños con fuerza.

—Historia… —Eren se puso en pie— Aunque los muros fueran destruidos, si estás diciendo que nuestra supervivencia depende de que alguien sea tratado como ganado y tenga que producir niños hasta su muerte, entonces, no puedo aceptar el plan de Zeke Jaeger. Es demasiado peligroso dejar nuestro futuro en manos del retumbar de la tierra. En el corto plazo, ¿no deberíamos explorar todas las opciones que podamos tener?

Noté como el labio inferior de Historia temblaba. Estaba aguantando las ganas de llorar. No quería hacerlo, estaba convencida de ello, pero una vez más estaba llevando una carga muy pesada. No era justo.

—Bueno… Es muy pronto todavía para tomar una decisión, ¿no os parece? —Kiyomi se mostraba tranquila, pero su tono era burlón. En realidad no proponía otra alternativa— Nosotros continuaremos cooperando con Zeke Jaeger para actuar como intermediarios.

—Esto es ridículo —pronuncié.

—_ _ _ _ —Levi me aferró del brazo para que me callara, pero no iba a hacerlo.

—¿De verdad que nadie más va a decir nada? ¡Historia será nuestra reina, pero es una niña! Estoy de acuerdo con Eren en esto. ¿Qué pretendemos, que a sus dieciséis años se ponga a tener hijos como si fuera ganado? Ella ya renunció a muchas cosas al ponerse la corona sobre la cabeza y ahora pretende asumir ella sola el futuro de esta isla. ¿Por qué tenemos que seguir nosotros sacrificando a más gente? ¿Para que ellos se enriquezcan después con ese mineral tan valioso que hay en nuestra isla? Invadirán nuestro territorio y explotarán nuestros recursos, lo sabéis tan bien como yo. El rollo este de Mikasa no me lo trago. No sabremos nada del exterior, no tendremos experiencia, pero aquí tampoco nos chupamos el dedo —miré con desprecio a Kiyomi.

—Vaya, vaya… Pero qué jovencita tan charlatana —Kiyomi rio.

—Si le duele que le repliquen, no haber venido en primer lugar a este sitio. Será nuestro primer visitante extranjero, pero no por eso le voy a tratar bien si no lo merece.

—¡Pero qué clase de ofensa es ésta! —exclamó uno de los hombres de Kiyomi.

—_, sal —me indicó Hange—. Es una orden.

Me puse en pie y salí del salón dando un portazo. Unos minutos después, los hombres de Kiyomi y la propia Kiyomi abandonaron la habitación. Al pasar por mi lado, la mujer me sonrió, pero aquello solo me hizo fruncir el ceño. Me crucé de brazos a esperar al resto, pero se demoraron más en salir. Un par de soldados salieron después y me tomaron ambos del brazo para obligarme a caminar.

—¿Qué demonios estáis haciendo?

—Estáis bajo arresto, capitán.

—¿¡Qué!?

—Son órdenes de la reina. No se resista, por favor.

No daba crédito. ¿Qué Historia había ordenado que me detuvieran?

Los hombres me llevaron hasta el sótano del castillo. Abrieron una de las celdas y me encerraron allí. Les pregunté los motivos exactos, pero ninguno de aquellos soldados me respondió. Me senté con resignación, pero en las siguientes horas nadie vino a verme.

Mientras estaba tumbada en aquella incómoda cama de la celda, mirando al techo, escuché el sonido de unas botas.

—¿Levi? —pregunté.

—Me temo que no.

Maverick se acercó hasta los barrotes. Me incorporé rápidamente y me acerqué a él.

—Tu hombre me ha pedido que viniera.

—¿Levi te ha pedido que vengas a verme? —yo no les había presentado formalmente, así que me parecía todo un poco extraño, que la primera vez que hubieran hablado hubiera sido por esta circunstancia.

—Sí. Si hubiera venido él, habría sido un poco raro, ¿sabes? Y se supone que estáis siendo discretos sobre vuestra relación. Me ha pedido que viniera a ver cómo estabas y a que te dijera que por qué demonios no puedes mantener tu enorme bocaza cerrada de vez en cuando —Maverick se cruzó de brazos—- Me lo ha contado todo. ¿En qué demonios estabas pensando?

—No podía quedarme callada. Tenía que decirlo. A nadie parece preocuparle Historia. Es una niña que ha sido nombrada reina porque no tenía elección y ahora pretenden que tenga hijos como si fuera un conejo.

—Te entiendo, pero era muy arriesgado comportarse así delante de un país que viene para convertirse en un aliado. No es lo más idóneo.

—¿Crees que no lo sé?

—La señora Azumabito, aunque estaba tranquila, parecía bastante molesta por tu contestación. Levi me ha dicho que Hange se ha disculpado formalmente en tu nombre, pero que la señora Azumabito ha insinuado que no se puede tener a soldados de lengua tan larga en reuniones tan importantes como esa.

—Pero será… —apreté la mandíbula.

—Así que su majestad ha intervino y le ha asegurado que serías reprendida seriamente por tu comportamiento. Ha ordenado a los soldados que te encierren aquí por el momento. Los representantes de Hizuru se quedarán un par de días por aquí y, durante ese tiempo, permanecerás aquí.

—¿Estás de coña?

—Me temo que no. No obstante, como verás, te han traído aquí con normalidad. Tendrás buena comida y más allá de tu encierro aquí no serás tratada como una criminal, porque no lo eres. La reina comprende que solo querías defenderla. ¿Deseas que te traiga un libro para pasar el rato al menos?

—No estaría mal —suspiré con resignación— ¿Puedes traerme alguno de los libros de medicina?

—Eso está hecho —Maverick sonrió. A su espalda, escuchó un sonido de botas. En penumbra, vimos una figura enorme—. ¿Quién demonios eres?

La figura permaneció en la sombra, sin moverse. Tardé unos segundos en juntar las piezas, pero pronto comprendí de quién se trataba.

—Eres Aaron Nixon, ¿vedad?

—¿Quién? —Maverick hizo una mueca.

Aaron dio un paso al frente, dejándose ver.

—¡Otras! —exclamó Maverick— Es el tipo terrorífico de la ceremonia de condecoración. ¿Le conoces?

—Más o menos —le susurré—. Ya hablaremos de esto más tarde. ¿Te importaría dejarnos a solas?

—¿Estás segura?

—Sí. No te preocupes. No es mala gente.

Maverick dudó unos instantes, pero, finalmente, asintió. Mi amigo pasó por el lado de Aaron Nixon y le miró de arriba abajo. Antes de subir las escaleras, se giró para mirarme de nuevo, pero le hice un gesto para que se marchara de una vez.

Aaron y yo nos quedamos a solas. Pensaba que habría venido para decirme algo, pero se limitó a acercarse a los barrotes, a sentarse en el suelo de piernas cruzadas con la espalda pegada a ellos y a permanecer en silencio.

Qué tipo tan extraño, pensé, al percatarme de que él no parecía tener el mínimo interés en iniciar una conversación. Sin embargo, para mí era raro estar en esa situación con un desconocido.

—¿Cómo está el pajarillo? —le pregunté, simplemente para romper el silencio. Él no habló. Chasqué la lengua inconscientemente y me senté en la cama. Iba a ser un día muy largo…

—No es un pajarillo.

Di un leve respingo. ¿Ese que había hablado era él?

—Es un polluelo de fringilla. Habían matado a su madre lanzándole piedras.

Su voz era sorprendentemente dulce para su aspecto asalvajado.

Un soldado bajó con algo de comida para mí. Me terminé el plato, vino a recogerlo y Aaron no se movió ni un ápice de su sitio. Era como una estatua.

—Puedes marcharte —le dije, pero, una vez más, no me respondió—. No tienes por qué quedarte aquí todo el tiempo. Tendrás cosas que hacer.

Me resultaba un poco frustrante que apenas hablara. Era un chico extraño. Según había leído en su ficha, tenía veinte años. Provenía del distrito exterior de Karanese, de una familia humilde. Tenía varios hermanos de los que él era el mayor, pero nunca había recibido visitas de nadie ni había pedido permiso para poder ir de visita. En el texto se observaba una tendencia recurrente al aislamiento de sus compañeros. No hablaba si no era estrictamente necesario y mostraba un comportamiento violento repentino, por lo que había registrados varios casos en los que había agredido a compañeros. No obstante, aunque le había visto en pleno ataque violento, no me parecía una persona a la que hubiera que temer, porque lo que había hecho, lo había hecho para proteger a un animal indefenso y también a mí. En ese momento, aún no alcanzaba a comprender lo que mi acto había supuesto para él ni lo que iba a desencadenar.

—Fringilla es un género de aves, en realidad. El polluelo es un pinzón azul. Se alimentan de insectos más que de semillas.

Parpadeé confusa. La frase estaba totalmente fuera de contexto, pero no tardé en interpretarlo como una forma de comunicarse conmigo. Seguramente le costaba hablar con los demás y por eso me hablaba de un tema que a él le resultaba familiar.

—Te gustan los animales, ¿verdad? Fuiste muy cuidadoso curando al pajarillo. Bueno, a la cría de pinzón azul.

—En mi familia siempre hemos tenido animales.

Interpreté aquello como que tenía ciertos conocimientos de medicina para animales. Sonreí con satisfacción. Sabía que aquel mimo con el que curaba al polluelo y la forma de usar los materiales no era corriente.

Querido Aaron Nixon, pensé para mis adentros, serás el primer miembro de mi escuadrón sanitario.


¡Hola a todos! Casi tres meses después (que se dice pronto) estoy de vuelta por estos lares. Es un capítulo un poquito más largo, para compensar esta larga ausencia. Siento que tenga que ser así, pero me temo que el trabajo y otros asuntos me tienen muy ocupada. No obstante, poco a poco voy sacando tiempo de donde puede y he de reconocer que también me viene muy bien, porque así no voy muy pegada al manga. Como habéis leído, aunque la mayoría del contenido es de mi propia cosecha, hay una parte que pertenece al canon.
Tenía mucha ilusión porque leyerais esto. El capítulo anterior, Hange le propuso a la rayis tener su propio escuadrón, pero rayis puso como condición poder elegir ella a sus miembros. Aaron parece que será el primero, pero no el único
Me gustaría poder tomarme la molestia de responder a todos vuestros comentarios, pero ando bastante falta de tiempo (de hecho, escribo esto mientras ceno xD). No obstante, prometo que para el próximo.

¡Nos leemos!