El Infierno de Sasuke

Pareja: Sasuhina Sasuke x Hinata

Adaptación de la trilogía: El Infierno de Gabriel


Sasuke se refugió en el servicio de caballeros tan pronto como Hinata se marchó. No podía arriesgarse a llamarla, ya que Ebisu podía entrar en cualquier momento, pero dudaba que hubiera entendido su mensaje de despedida. Abriendo el agua para camuflar el ruido, le envió un breve correo electrónico aclaratorio.

Al acabar, se guardó el iPhone en la chaqueta y salió al pasillo, fingiendo estar más hundido y derrotado de lo que lo estaba.

Al acercarse a los dos hombres que lo esperaban, el teléfono de Ebisu empezó a sonar.

Cuando Hinata se despertó a la mañana siguiente, el aturdimiento del día anterior había desaparecido. El sueño le habría servido para descansar de la realidad, de no ser por las pesadillas. Había tenido varias y en todas ellas aparecía el huerto donde se había despertado sola aquella mañana tan lejana. Soñaba que se despertaba de nuevo sola y perdida y no sabía dónde encontrar a Sasuke.

Ya era casi mediodía cuando se levantó para comprobar si tenía algún mensaje. Esperaba un SMS o un correo electrónico, pero no había recibido nada.

Sasuke había actuado de un modo tan extraño el día anterior. Por un lado le había dicho que lo que habían hecho no había sido follar, pero por otro la había llamado Eloísa. No quería creerse que la hubiese dejado usando un juego de palabras literario, pero no podía quitarse de la cabeza que había pronunciado la palabra «adiós».

Se sentía traicionada, pues él le había prometido que nunca la abandonaría. Por otra parte le parecía que había aceptado muy fácilmente las exigencias del comité, a pesar de que ella ya no era su alumna y, por tanto, la universidad ya no podía interferir en sus vidas privadas.

No podía librarse de la horrible sospecha de que Sasuke se había hartado de su relación y había aprovechado las circunstancias para poner fin a la misma. La universidad le había ofrecido la posibilidad en bandeja.

Si la ruptura con él hubiera tenido lugar unos meses antes, Hinata se habría quedado varios días en la cama. Pero ya no era la misma persona. Ahora era mucho más fuerte, así que se levantó y lo llamó al móvil para exigirle una explicación. Cuando le saltó el buzón de voz, dejó un mensaje breve e impaciente en el que le pedía que la llamara.

Frustrada, fue a darse una ducha, esperando que eso la ayudara a ver las cosas más claras. Pero, por desgracia, en lo único que pudo pensar fue en la tarde en Italia en que Sasuke la había duchado y le había lavado el pelo.

Después de vestirse, decidió buscar su sexta carta para leer el cuarto párrafo. Tal vez allí encontrase alguna pista sobre lo que estaba pasando.

Pero no estaba segura de a qué se refería con lo de cartas. ¿En papel o también los correos electrónicos? Si lo contaba todo, la sexta vez que se había puesto en contacto con ella por escrito correspondía a una nota que le había dejado la mañana siguiente a su horrible discusión en el seminario. Por suerte, la había guardado.

La buscó y empezó a leer:

Hinata:

Espero que encuentres todo lo que necesites.

Si no, Tenten llenó de cosas el tocador del cuarto de baño de invitados.

Usa lo que quieras.

Mi ropa está a tu disposición.

Ponte un jersey, hace un día frío.

Tuyo,

Sasuke

Lo que menos le apetecía a Hinata en esos momentos era a ponerse a desentrañar mensajes en clave. Sin embargo, leyó varias veces la cuarta frase, tratando de descifrar qué quería decirle con eso de «Ponte un jersey, hace un día frío».

Sasuke le había dejado su jersey verde de cachemira al principio de su relación, pero ella se lo había devuelto. ¿Le estaba diciendo que mirara en la etiqueta de alguna de las prendas de ropa que le había regalado? Las sacó todas del armario y las dejó sobre la cama. Las examinó una por una, pero no encontró nada que le diera ninguna pista al respecto.

¿Le estaría diciendo sencillamente que se protegiera del frío de la soledad? ¿O que su amor por ella se había enfriado?

Su enfado ganó intensidad. Ya no estaba sólo enfadada, estaba furiosa. Fue a lavarse las manos al lavabo y se vio en el espejo. La joven insegura que la había mirado meses atrás desde aquel mismo espejo había desaparecido y su lugar había sido ocupado por una mujer pálida y disgustada, con los labios fruncidos y los ojos brillantes. Ya no era el tímido Conejito ni la Beatriz de diecisiete años. Era Hinata Hyuga, estudiante universitaria a punto de empezar su doctorado y no pensaba pasarse el resto de su vida recogiendo las migajas que los demás se dignaran tirarle.

«Si quiere decirme algo, que venga y me lo diga a la cara —pensó—. No pienso pasarme el día jugando a buscar el tesoro, sólo para que él se sienta más tranquilo.»

Lo amaba, eso era absurdo negarlo. Al ver el álbum de fotos que le había regalado por su cumpleaños, supo que lo amaría el resto de su vida. Pero el amor no era excusa para que la tratara con crueldad. Ella no era un juguete, una Eloísa que abandonar cuando las cosas se ponían feas. Si iba a dejarla, quería que se lo dijera claramente. Le daba de plazo hasta la hora de la cena.

Esa noche, se dirigió a casa de Sasuke con la llave en el bolsillo. A cada paso que daba, iba repitiéndose lo que pensaba decir. Se prometió que no lloraría. Sería fuerte y le exigiría una explicación.

Al doblar la esquina, vio que una mujer alta y rubia, impecablemente vestida, salía del portal. La mujer miraba su reloj con impaciencia mientras el conserje paraba un taxi.

Hinata se escondió detrás de un árbol, pero asomó la cabeza para seguir mirando.

Al principio pensó que la mujer era Sakura. Al comprobar que no lo era, respiró aliviada. Verla con Sasuke justo ese día habría sido devastador. No creía que él le hiciera algo así. Se suponía que era su Dante. Se suponía que la amaba tanto que estaba dispuesto a descender a los infiernos para protegerla; no que recibiría a Sakura en su casa en cuanto ella saliera de su vida.

Nerviosa, entró en el vestíbulo y saludó al conserje, que la reconoció en seguida. Sin pedirle que avisara a Sasuke de su llegada, entró en el ascensor. Se estremeció al pensar lo que encontraría en el piso unos instantes después.

Abrió sin llamar. Si Sasuke estaba con otra mujer, prefería verlo con sus propios ojos. Pero nada más entrar, vio que algo no iba bien. Aunque todas las luces estaban apagadas, la puerta del armario del recibidor estaba abierta. El armario estaba casi vacío y había perchas y zapatos tirados por el suelo. Era muy poco propio de Sasuke dejar las cosas desordenadas.

Encendió la luz y dejó la llave en la mesita donde él siempre dejaba las llaves. Las suyas no estaban allí.

—¿Sasuke? ¿Hola?

Al entrar en la cocina, la sorprendió ver una botella de whisky vacía en el fregadero, al lado de un vaso roto y de varios platos y cubiertos sucios.

Preparándose para lo que pudiera encontrar, se acercó al salón. Vio una mancha en la pared, al lado de la chimenea, y varios trozos de cristal rotos en el suelo. No le costó mucho imaginarse a Sasuke tirando el vaso contra la pared en un arranque de furia, pero le extrañó que no hubiera recogido los trozos, con los que alguien podía cortarse.

Cada vez más preocupada, se dirigió al dormitorio, donde se encontró cajones medio abiertos y ropa tirada encima de la cama. El armario estaba en un estado parecido. Vio que mucha de su ropa faltaba del armario, igual que la maleta grande.

Pero lo que la dejó sin aliento fue ver las paredes. Había quitado todas las fotografías en las que aparecían los dos y las había dejado sobre la cama, boca abajo.

Ahogó un grito de horror al ver que también había descolgado el cuadro de Holiday de Dante y Beatriz y lo había dejado sobre la cómoda, de cara a la pared. Aturdida, se sentó en una silla.

«Se ha ido.»

Se echó a llorar, sin poderse creer lo fácil que le había resultado a Sasuke romper todas sus promesas. Cuando se calmó un poco, buscó por todo el piso alguna nota o alguna pista que le indicara adónde se había marchado. Al ver el teléfono, se planteó llamar a Tenten, pero no podía soportar tener que contarle que su relación había terminado.

Apagó las luces y estaba a punto de marcharse cuando se acordó de una cosa. Regresó al dormitorio, pero no encontró la foto que Tenten les había hecho en Lobby, meses atrás. Una en la que se les veía bailando y Sasuke la estaba mirando con deseo.

No estaba en su sitio habitual, sobre la cómoda. Pensó que tal vez él la hubiese roto, pero no encontró los trozos en ninguna de las papeleras de la casa.

Hinata no entendía por qué Sasuke se había marchado, ni por qué lo había hecho sin darle una explicación, pero empezaba a sospechar que las cosas no eran como ella se las había imaginado.

Echando un segundo vistazo al armario, se planteó llevarse su ropa, pero en seguida lo descartó. Curiosamente, ya no sentía que esa ropa fuera suya.

Poco después, estaba esperando el ascensor, sintiéndose maltratada y con el orgullo herido y las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas. Buscó un pañuelo de papel para sonarse, pero no le quedaba ninguno, lo que la hizo llorar con más ganas.

—Tome —dijo una voz masculina a su espalda.

Ella aceptó agradecida el pañuelo de tela. Tras secarse los ojos, trató de devolvérselo a su dueño, pero éste hizo un gesto con las manos, rechazándolo.

—Mi madre siempre me regala pañuelos. Tengo docenas de ellos.

Hinata alzó la vista y se encontró con unos amables ojos castaños medio ocultos tras unos anteojos sin montura. Reconoció a uno de los vecinos de Sasuke, que llevaba un grueso abrigo de lana y una boina militar.

Cuando el ascensor abrió las puertas, el vecino le cedió el paso y entró tras ella.

—¿Le pasa algo? ¿Puedo ayudarla? —preguntó con algo de acento, aunque no muy marcado.

—Sasuke se ha marchado.

—Sí, me crucé con él cuando salía. —El hombre frunció el cejo al ver que los ojos se le volvían a llenar de lágrimas—. ¿No se lo dijo? Pensaba que era su... —se interrumpió y la miró expectante.

Hinata negó con la cabeza.

—Ya no.

—Lo siento.

Continuaron descendiendo en silencio hasta la planta baja. Una vez más, cuando la puerta se abrió, el hombre le cedió el paso.

Hinata se volvió hacia él.

—¿Sabe adónde ha ido?

El vecino la acompañó hasta la puerta de la entrada.

—No. Me temo que no se lo pregunté. Estaba muy alterado, ¿sabe? — Inclinándose hacia ella, susurró—: Apestaba a alcohol y estaba furioso. No me pareció que tuviera ganas de charlar.

Hinata le dirigió una sonrisa llorosa.

—Gracias. Siento haberle molestado.

—No ha sido ninguna molestia. Me temo que no la avisó de que se marchaba, ¿no?

—No. —Volvió a secarse las lágrimas con el pañuelo.

Él musitó algo en francés. Algo que se parecía mucho a cochon.

—Si quiere, puedo darle un recado cuando vuelva —se ofreció—. A veces pasa por casa cuando se queda sin leche.

Tras unos instantes, Hinata tragó saliva.

—Dígale sólo que me ha roto el corazón.

El hombre asintió, incómodo, y se marchó.

Ella salió a la calle y emprendió el camino de vuelta a casa sola.

Varias horas después de la vista, Sasuke estaba sentado en su casa, envuelto en las sombras. La única luz de la estancia era la de las llamas azules y anaranjadas de la chimenea de gas. Estaba absorto pensando en Hinata. Completamente rodeado por sus recuerdos y su fantasma.

Al cerrar los ojos, habría jurado que podía olerla, que oía su risa acercarse por el pasillo. Su dormitorio se había convertido en una especie de capilla; por eso no se atrevía a acostarse y permanecía frente a la chimenea.

No podía soportar ver las fotografías en blanco y negro de los dos, en especial la más grande, la que colgaba sobre el cabezal de la cama. La que mostraba a Hinata en toda su magnificencia, tumbada boca abajo, dejando expuesta la espalda, sólo parcialmente cubierta por una sábana. Ella lo miraba con adoración, con el pelo revuelto y una sonrisa saciada, satisfecha...

En cada habitación lo asaltaban sus recuerdos. Algunos eran felices, otros dulces y amargos a la vez, como el chocolate negro. Fue al comedor a servirse dos dedos de su mejor whisky escocés y se lo bebió de un trago, disfrutando del ardor que le quemaba la garganta. Trató desesperadamente de no pensar en Hinata, de pie ante él, recriminándole su actitud clavándole un dedo en el pecho.

«Se suponía que me amabas, Sasuke. Se suponía que tenías que ayudarme a caminar por mí misma. Y en vez de eso, llegas a un acuerdo con ellos. Tu trabajo a cambio de nuestra relación.»

Al recordar su mirada dolida, Sasuke lanzó el vaso contra la pared. El suelo quedó cubierto por trozos de vidrio, afilados como carámbanos rotos, que brillaban a la luz de las llamas. Sabía lo que tenía que hacer; sólo necesitaba encontrar el valor para hacerlo. Sin soltar la botella, se dirigió al dormitorio como quien va al patíbulo. Dos tragos más tarde, fue capaz de colocar la maleta sobre la cama. Sólo recogió las cosas básicas y no se molestó en doblar la ropa.

Reflexionó sobre el dolor del destierro. Pensó en las lágrimas de Ulises al estar tan lejos de su hogar, de su esposa, de su gente. Ahora entendía lo que era eso.

Cuando acabó de hacer la maleta, echó la foto que tenía sobre la cómoda encima de la ropa. Acariciando con un dedo la cara de su amada, bebió otro trago antes de tambalearse hacia el despacho.

Hizo un esfuerzo para no mirar la butaca de terciopelo rojo. Si cedía a la tentación, vería a Hinata, enroscada como un gato, leyendo un libro. Se estaría mordisqueando el labio inferior y sus adorables cejas estarían fruncidas por la concentración. ¿Algún hombre habría amado, adorado, venerado más a una mujer?

«Sólo Dante», pensó. Y en ese instante le sobrevino la inspiración.

Abrió uno de los cajones del escritorio. Era el cajón de los recuerdos, donde guardaba la ecografía de Sarada, junto con los escasos recuerdos que conservaba de su niñez —el reloj de bolsillo de su abuelo, algunas joyas que habían pertenecido a su madre, el diario de ésta y alguna fotografía—. Eligió una foto y un grabado antes de volver a cerrar el cajón con llave. Deteniéndose sólo para abrir la caja de terciopelo negro y sacar el anillo, se dirigió a la puerta.

El frío de la noche de Toronto lo serenó un poco mientras caminaba a grandes zancadas hacia su oficina. Esperaba encontrar allí lo que necesitaba.

El edificio del Departamento de Estudios Italianos estaba a oscuras. Al encender la luz de su oficina, lo asaltaron los recuerdos. Recordó el primer día que Hinata había ido a su despacho y lo tremendamente maleducado que había sido con ella. Recordó la otra vez, después del desastroso seminario, en que ella se había quedado en la puerta y le había dicho que no era feliz y que no quería a Naruto. Se frotó los ojos con los puños, como si eso fuera a hacer desaparecer las imágenes.

Llenó su cartera de piel con los documentos imprescindibles y unos cuantos libros. Tras rebuscar por los estantes, encontró el que había ido a buscar. Soltando un suspiro de alivio, escribió unas cuantas palabras, añadió la foto y el grabado como marcapáginas, apagó la luz y cerró con llave.

Todos los miembros del profesorado tenían llave de la oficina de la señorita Shizune, ya que allí se encontraban los casilleros. Dejó el libro en uno de ellos y acarició cariñosamente el nombre de su propietaria. Comprobó satisfecho que no era el único libro que había en los casilleros y, con el corazón encogido por el dolor de la separación, se marchó.

Naruto Namikaze estaba enfadado. Su rabia iba dirigida contra el hombre más malvado del planeta, Sasuke Uchiha, que, tras haber maltratado en público y seducido en privado a su amiga, la había abandonado.

Si Naruto hubiera sido fan de Jane Austen, habría comparado al profesor con el señor Wickham o con Willoughby. Pero no lo era.

Le costaba un gran esfuerzo no ir a buscar Uchiha para darle la paliza que llevaba meses buscándose. Naruto se sentía muy traicionado. Hinata le había dicho que estaba saliendo con un hombre llamado Sousuke. ¡Sousuke.. Sasuke!

Tal vez ella quería que Naruto lo descubriera, pero no se había atrevido a darle más información. ¿Quién se iba a imaginar que Sousuke era el profesor Uchiha? Naruto lo había insultado un montón de veces y le había contado a Hinata secretos de su relación con la profesora Terumi. Y mientras Naruto le contaba esos secretos, ella se acostaba con él. No le extrañaba que le hubiera negado que Sousuke le había mordido en el cuello.

Cerró los ojos, asqueado al imaginarse al profesor Uchiha cometiendo actos depravados con ella. Con Hinata y sus manos diminutas. Hinata que era dulce y amable y que se ruborizaba con tanta facilidad. Hinata, que no podía pasar junto a un pobre sin darle limosna. Le dolía darse cuenta de que la dulce señorita Hyuga había compartido la cama de un monstruo que se excitaba con el dolor, que había sido un juguete de la profesora Terumi.

Aunque tal vez eso fuera lo que ella deseaba. Tal vez ella y Sasuke hubieran invitado a Mei a su cama. Al fin y al cabo, Hinata había elegido a Konan Tenshi para que la defendiera ante el comité. Suponía que eso significaba que mantenía contacto de algún tipo con la profesora Terumi.

Evidentemente, su amiga no era lo que aparentaba ser. Aunque sus sospechas variaron cuando, el lunes después de la vista, se encontró con Karin Uzumaki, que salía del despacho del profesor Ebisu.

—Naruto —lo saludó con aire de suficiencia, ajustándose el caro reloj que llevaba en la muñeca.

Él señaló con la barbilla la oficina del catedrático.

—¿Algún problema?

—Oh, no —respondió ella con una exagerada sonrisa—. Tengo la sensación de que la única persona que tiene problemas en estos momentos es Uchiha. Ya puedes empezar a buscarte un nuevo director de tesis.

—¿De qué estás hablando? —preguntó él, entornando los ojos.

—Pronto lo averiguarás.

—Si Uchiha deja de ser mi director, también dejará de ser el tuyo. Si es que todavía lo era.

—No, él no me dejará a mí. Soy yo la que lo dejo a él. Voy a ir a Columbia el curso que viene.

—¿No es allí donde estudió el profesor Ebisu?

Echándose a reír, Karin se marchó.

—Dale recuerdos a Hinata de mi parte, hazme ese favor.

Naruto la persiguió y la hizo detenerse, agarrándola del brazo.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué le has hecho a Hinata?

Ella se soltó bruscamente y le dirigió una mirada asesina.

—Dile que eligió al hombre equivocado.

Y Karin se alejó, mientras un sorprendido Naruto la observaba, preguntándose qué demonios habría hecho.

Hinata no respondía a los mensajes ni a los correos electrónicos de Naruto. Así que, el miércoles después de la vista, se plantó frente al portal de su casa y llamó al interfono.

No hubo respuesta.

Sin rendirse, esperó hasta que un vecino salió del edificio. Entonces, Naruto se coló dentro y llamó a la puerta de ella varias veces, hasta que una vocecita respondió:

—¿Quién es?

—Naruto.

Oyó lo que le pareció la cabeza de Hinata chocando contra la puerta.

—Sólo quiero asegurarme de que estás bien, ya que no respondes a mis mensajes. —Tras un instante, añadió—: Te he traído el correo.

—Naruto, no sé qué decir.

—No hace falta que digas nada. Sólo déjame ver que estás bien y me marcharé.

La oyó arrastrar los pies, inquieta, al otro lado de la puerta.

—Hinata —dijo suavemente—, sólo soy yo.

Finalmente, la puerta se abrió.

—Hola —saludó Naruto.

Su amiga estaba tan cambiada que le costó reconocerla.

Parecía una niña. Estaba muy pálida y se había recogido el pelo en una coleta alta. Se la veía ojerosa, con los ojos vidriosos y muy rojos. Parecía que no hubiera dormido desde el día de la vista.

—¿Puedo pasar?

Ella abrió la puerta un poco más y Naruto entró en el diminuto apartamento. Nunca lo había visto tan desordenado. Había platos sucios por todas partes, la cama sin hacer y la mesita plegable a punto de hundirse bajo el peso de tantos libros y papeles. Tenía el portátil encendido, como si la hubiera interrumpido mientras trabajaba.

—Si has venido para decirme que soy idiota, no creo que ahora mismo pueda soportarlo. —Trató de sonar desafiante.

—Me enfadé al enterarme de que me habías estado mintiendo —Naruto se pasó el correo de Hinata de una mano a otra y se rascó la patilla—, pero no he venido para hacerte sentir mal. No me gusta verte sufrir.

Ella bajó la vista hacia los pies, que llevaba cubiertos con calcetines de lana de color lila.

—Siento haberte mentido.

Naruto carraspeó.

—Toma, te he traído el correo de la universidad. Tenías varias cosas en el casillero.

Ella lo miró preocupada.

Él levantó una mano tranquilizándola.

—Sólo son un par de folletos y un libro de texto.

—¿Por qué me envían un libro de texto? Yo no doy clases.

—Los representantes de libros de texto dejan ejemplares en los casilleros de los profesores. Si les sobran, dejan también alguno para los estudiantes de posgrado. Una vez me regalaron uno sobre política renacentista. ¿Dónde quieres que lo deje?

—En la mesa, gracias.

Naruto así lo hizo, mientras Hinata recogía platos y vasos de todos los rincones y los amontonaba en el fregadero.

—¿Y el mío sobre qué trata? —preguntó ella, por encima del hombro—. ¿No será sobre Dante?

—No. Se titula El matrimonio en la Edad Media: amor, sexo y lo sagrado — leyó Naruto.

Hinata se encogió de hombros. El título no le resultaba demasiado sugerente.

—Se te ve cansada —comentó Naruto, con una mirada comprensiva.

—La profesora Senju me ha encargado hacer un montón de cambios en el proyecto. Estoy trabajando sin parar.

—Necesitas aire fresco. ¿Por qué no vamos a comer? Pago yo.

—Me queda mucho por hacer.

Naruto se acarició la barbilla con la mano.

—Lo que tienes que hacer es salir un rato. Este lugar es deprimente. Parece la casa de la señorita Havisham.

—¿Te convierte eso en Pip?

Naruto negó con la cabeza.

—No, me convierte en un imbécil que se mete en la vida de los demás.

—Pues entonces, te pareces bastante a Pip.

—¿Tienes que entregar el trabajo mañana?

—No. La profesora Senju me ha dado una semana más de plazo. Supuso que no podría entregarlo el 1 de abril por... todo lo sucedido. —Hizo una mueca.

—Pues vamos a comer. En metro, nos plantamos y volvemos de la calle Queen en un momento.

Hinata lo miró con preocupación.

—¿Por qué eres tan amable conmigo?

—Porque soy de Vermont. Allí todos somos amables —respondió con una sonrisa—. Y porque ahora mismo necesitas un amigo.

Ella le devolvió la sonrisa, agradecida.

—Nunca he dejado de pensar en ti —admitió él, con una mirada tierna.

Hinata fingió no entender su declaración.

—Me visto en un minuto. —Ambos bajaron la vista hacia su pijama de franela.

—Bonitos patitos de goma —se burló Naruto.

Avergonzada, ella abrió el armario en busca de ropa limpia. Llevaba una semana sin hacer la colada, por lo que sus opciones eran limitadas, pero encontró algo presentable para una comida informal.

Mientras se cambiaba en el baño, Naruto se dedicó a ordenar un poco. Ni se le ocurrió tocar sus papeles del trabajo, pero estiró un poco la cama y puso en su sitio cosas que estaban por el suelo. Cuando acabó, guardó el libro de texto en un estante y, sentado en una de las sillas plegables, revisó el correo. Tiró la propaganda a la basura y apiló lo que parecían facturas en un montón. Se fijó en que no había ninguna carta de carácter personal.

—Gracias a Dios —murmuró.

Después de vestirse, Hinata se tapó las ojeras con corrector y se aplicó un poco de colorete en las mejillas. Satisfecha de no parecerse ya a la señorita Havisham, salió del baño y se sentó frente a Naruto.

Él la recibió con una sonrisa.

—¿Lista?

—Sí —respondió, abrazándose a sí misma—. Seguro que tienes cosas que decirme. Puedes soltarlas ya y nos lo quitamos de encima.

Naruto frunció el cejo y señaló la puerta.

—Podemos hablar mientras comemos.

—Me ha abandonado —soltó, apenada.

—¿No crees que es lo mejor que te podía pasar?

—No.

—Por favor, Hinata, ese tipo te sedujo para pasar el rato y luego te dejó en la estacada. ¿Qué más quieres que te haga para olvidarte de él?

—¡Eso no fue lo que pasó!

Naruto la miró, sorprendido por su súbito arranque. De todos modos, la prefería enfadada que triste.

—Deberías ponerte un gorro. Hace frío.

Poco después, estaban en la calle, camino de la parada de metro de Spadina.

—¿Lo has visto?

—¿A quién?

—Ya sabes a quién. No me hagas decir su nombre.

Naruto resopló.

—¿No prefieres olvidarlo?

—Por favor.

Al mirarla, vio que su preciosa cara estaba contraída en una mueca de dolor. Deteniéndose, le dijo:

—Me lo encontré unas horas después de la vista, cuando salía del despacho del profesor Ebisu. Desde entonces, no he hecho otra cosa que trabajar en mi tesis. Si Uchiha renuncia a supervisarme, estoy jodido.

—¿Sabes dónde está?

—En el infierno, espero —respondió él animadamente—. Ebisu nos envió un correo electrónico a todos los del departamento informando de que Uchiha se había tomado una excedencia hasta el final de este semestre. Supongo que lo recibiste.

Hinata negó con la cabeza.

Él la miró atentamente.

—Deduzco que no se despidió de ti.

—Le dejé unos cuantos mensajes. Ayer por fin se dignó responderme.

—¿Qué te dijo?

—Que se había acabado y que dejara de llamarlo. Ni siquiera me llamó por mi nombre. Sólo un mensaje de dos líneas desde su cuenta de correo de la universidad, firmada con «Saludos, Prof. Sasuke Uchiha».

—Qué cabrón.

Hinata hizo una mueca, pero no lo defendió.

—Tras acabar la vista, me dijo que yo era incapaz de entender mi propia aflicción.

—Gilipollas pretencioso.

—¿Cómo?

—Te pisotea el corazón y luego se pone a citar a Hamlet. ¡Increíble! Y encima lo cita mal, el idiota.

Hinata parpadeó sorprendida.

—No reconocí el verso. Pensaba que eran sus palabras.

—Shakespeare era otro gilipollas pretencioso. Probablemente por eso no notaste la diferencia. Es un verso del discurso de Gertrudis sobre la muerte de Ofelia. Escucha:

Y su corona de plantas y ella misma cayeron en el lloroso arroyo.

Sus ropas se extendieron y durante unos instantes,

La sostuvieron sobre el agua como si fuera una sirena.

Mientras tanto,

Cantaba viejas melodías como una criatura incapaz de entender su propia aflicción,

O como si el agua fuera su elemento natural.

Pero pronto sus vestidos, cargados de agua,

La hundieron hasta el fondo pantanoso del arroyo,

Y la música se apagó para siempre.

Hinata palideció. —¿Por qué me diría algo así? Naruto repitió su lista de insultos favoritos dirigidos al profesor.

—No te pareces en nada a Ofelia. ¿Crees que Uchiha temía que pudieras... cometer un disparate? —A medida que los versos de Shakespeare le iban viniendo a la mente, se había ido preocupando cada vez más.

Ella lo miró sorprendida.

—No, no lo creo. Murmuró algo sobre que creía que estaba cometiendo un suicidio académico.

Naruto se tranquilizó un poco.

—Hay algo más que quería comentarte. Hablé con Karin.

Hinata se mordió la parte interior de la mejilla antes de animarlo a continuar con una inclinación de cabeza.

—Me dijo que se alegraba de que Uchiha se marchara. Y me habló de ti.

—Siempre me ha odiado.

—No sé qué se trae entre manos, pero yo que tú iría con cuidado.

La mirada de ella se perdió en la distancia.

—No puede hacerme más daño. Ya he perdido lo que más quería.

+.+.+.+

Naruto y Hinata estaban sentados en un café retro de la calle Queen. Hablaron de cosas intrascendentes hasta que el camarero les preguntó qué querían y luego cayeron en un silencio incómodo.

Naruto fue el primero en romperlo.

—¿Cómo estás? —le preguntó

¿Cómo responder a esa pregunta? No podía contarle que, aparte de destrozada por la pérdida de Sasuke, había estado disgustada por la pérdida de todo lo que él representaba: el amor adolescente, la virginidad, el descubrimiento de lo que había creído que era un amor profundo y recíproco...

Cada vez que se acordaba de la primera vez que le había hecho el amor, los ojos se le llenaban de lágrimas. Nadie la había tratado con tanta amabilidad ni le había prestado tanta atención. Había estado tan preocupado por no hacerle daño, asegurándose de que estuviera relajada. Le había repetido una y otra vez que la amaba mientras se movía en su interior, cada vez más cerca del orgasmo. El primer orgasmo que iba a tener con ella, por ella...

«Sasuke me miraba fijamente, moviéndose dentro de mí, diciéndome que me amaba y demostrándomelo con su cuerpo. Creo que en ese momento me amaba. Lo que no sé es cuándo dejó de hacerlo. O mejor dicho, cuándo decidió que amaba su trabajo más que a mí.»

Naruto se aclaró la garganta, medio en broma, medio en serio, para llamar su atención y Hinata le pidió disculpas con una sonrisa.

—Bueno, me siento enfadada y disgustada, pero trato de no pensar demasiado en lo que ha pasado. Voy trabajando en el proyecto, pero cuesta escribir sobre el amor y la amistad cuando has perdido ambas cosas. —Suspiró—. Todo el mundo en la universidad debe de pensar que soy una puta.

Naruto se inclinó hacia ella desde el otro lado de la mesa.

—¡Eh, no eres ninguna puta! Y si alguien lo dice en mi presencia, se llevará un buen puñetazo.

Jugueteando con el pañuelo bordado que tenía en el regazo, Hinata guardó silencio.

—Te enamoraste de la persona equivocada y él se aprovechó de ti, eso es todo.

Ella trató de protestar, pero Naruto siguió hablando:

—El doctor Shimura me hizo firmar un documento de confidencialidad. Se están ocupando de que no salga a la luz nada de lo relacionado contigo ni con Uchiha. No te preocupes de lo que piense la gente, casi nadie lo sabe.

—Karin lo sabe.

—Estoy seguro de que le hicieron firmar el mismo documento. Si te enteras de que hace correr rumores sobre ti, denúnciala al decano.

—¿Y de qué servirá? Una vez que empiecen a correr los rumores, no habrá manera de pararlos. Me seguirán hasta Harvard.

—Se supone que los profesores no pueden aprovecharse de los alumnos. Si te hubieras negado a estar con Uchiha, eso te habría podido perjudicar en tu carrera académica. Él es el malo de esta historia —añadió Naruto, indignado—. En tu futuro hay un montón de cosas buenas para ti. Pronto acabarás aquí e irás a Harvard. Y algún día, cuando estés lista, encontrarás a alguien que te tratará como te mereces. Alguien digno de ti. —Le apretó la mano—. Eres dulce y amable. Eres lista y divertida. Y, cuando te enfadas, te pones muy sexy. Ella sonrió con tristeza. Y Naruto continuó:

—Aquel día que te enfrentaste a Uchiha en el seminario... Fue un desastre, pero pagaría por volver a verlo. Eres la única persona que se ha atrevido a plantarle cara, aparte de Karin, que está loca, y de la profesora Dolor, que es retorcida. Aunque reconozco que en ese momento me asusté al pensar en las consecuencias, le echaste agallas. Fue impresionante.

—Perdí del todo los nervios. No estaba en mi mejor momento, precisamente.

—Tal vez no. Pero me demostraste algo. Y le demostraste algo a Uchiha. Que, cuando quieres, eres una tipa dura. Tienes que dejar que esa Hinata salga más a menudo. Sin pasarte, claro.

Sonreía, pero se lo notaba impresionado. Aunque el tono era de broma, estaba hablando en serio.

—Trato de no dejarme arrastrar por la furia, pero te aseguro que está ahí — replicó ella en voz baja pero firme.

Mientras tomaban café, Hinata le contó una versión reducida y editada de su relación con Sasuke. Le habló de su invitación a acompañarlo a Italia; de cómo la salvó de Sasori en Acción de Gracias y de que había pagado la operación para quitarle la cicatriz del mordisco. Mientras la escuchaba, él iba abriendo los ojos, asombrado.

Hinata siempre se había sentido cómoda hablando con Naruto. No era tan intenso como Sasuke, por supuesto, ni tenía cambios de carácter tan bruscos, pero era un buen amigo y sabía escuchar. Incluso cuando la reñía por haber elegido a Konan Tenshi como abogada.

Aunque cuando ella le dijo que la había elegido Sasuke, el foco de su enfado cambió.

—Voy a hacerte una pregunta personal. Si no quieres responder, no pasa nada. —Naruto miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los oía.

—¿Qué quieres saber?

—¿La profesora Terumi sigue viéndose con Sasuke ? ¿Se reunieron alguna vez con ella mientras duró su relación?

—¡No! Claro que no. Él trataba de mantenerme lejos de ella en todo momento, incluso la noche que cenamos en el Segovia.

Naruto negó con la cabeza.

—No entiendo cómo no me di cuenta de que estaban juntos.

—Sé que no tienes buena opinión de él, pero no lo conoces. Me contó que su relación con la profesora Terumi había sido muy breve y que había acabado hacía ya tiempo. Y antes de que lo digas, no, no creo que me estuviera mintiendo.

Naruto se frotó la barbilla.

—Ya sabes que denuncié a la profesora Dolor el año pasado. Konan Tenshi la defendió. Me apunté a su seminario sobre tortura medieval pensando que trataría temas relacionados con mi tesis y desde el primer día me acosó. Al principio no le di importancia, pero luego recibí un correo electrónico suyo muy extraño. Aunque se aseguró de que el redactado fuera ambiguo, hasta un ciego se habría dado cuenta de que me estaba haciendo proposiciones. Por eso la demandé.

Por desgracia, Konan Tenshi hizo un gran trabajo y convenció a los miembros del comité de que yo había malinterpretado sus palabras y de que había dejado correr la imaginación. Era mi palabra contra la suya.

La única persona que se puso de mi lado fue la profesora Utatane, que aportó correos electrónicos que Terumi había enviado a otras personas, argumentando que siempre seguía el mismo patrón de conducta. Pero el doctor Shimura me hizo salir de la sala en cuanto se mencionaron los correos, así que no sé a quién iban dirigidos. La profesora Dolor se libró con sólo una advertencia y la orden de mantenerse alejada de mí. Nunca volvió a molestarme, pero siempre he querido saber a quién más había acosado. Espero que Uchiha te mantuviera a salvo de ella.

—Lo hizo. No tuve ningún contacto con ella, ni él tampoco. Siento mucho que tuvieras que pasar por esa experiencia.

Naruto se encogió de hombros.

—Me molesta que no recibiera ningún castigo y que pueda seguir campando a sus anchas. Para eso se crearon las normas de no confraternización, para proteger a los estudiantes y sus carreras académicas.

Durante unos momentos, ambos guardaron silencio, bebiendo café.

—Siento mucho haberte mentido —dijo ella, con ojos llorosos.

Él bajó la cabeza y suspiró.

—Supongo que yo habría hecho lo mismo —admitió, apretándole la mano una vez más.

Al volver a casa, Hinata estaba mucho más animada. No se encontraba bien, aún se sentía rota por dentro, pero eso era normal. ¿Cómo sentirse entera cuando tu otra mitad te ha rechazado?

Tras un fin de semana productivo, durante el que adelantó mucho el proyecto, reunió fuerzas para llamar a Hotaru. La psicóloga le había dejado varios mensajes, preguntándole por qué había dejado de acudir a terapia tan bruscamente y sin avisar. Cuando Hinata habló con ella y le contó tímidamente que era Sasuke quien pagaba las sesiones y que no le parecía bien seguir yendo, ahora que ya no estaban juntos, Hotaru respondió que él había avisado de que seguiría pagando las sesiones de Hinata indefinidamente.

Ambas mujeres llegaron a la conclusión de que no estaría bien permitir que Sasuke siguiera pagando las facturas, sobre todo en esos momentos, cuando se había convertido en la principal razón de que ella necesitara terapia. Así que Hotaru le devolvió el dinero a Sasuke sin más explicaciones y se puso de acuerdo con Hinata en establecer unas nuevas tarifas, adecuadas al poder adquisitivo de ésta.

Dicho de otro modo, Hinata seguiría acudiendo a terapia a cambio de pagar una tarifa ridícula.

Hotaru estaba encantada con el acuerdo. No quería dejar a una estudiante sin recursos en la estacada.

Dos semanas después de la desaparición de Sasuke, Hinata y ella hablaron de la ruptura, del dolor que estaba sintiendo y de cómo había decidido enfrentarse a ese dolor. Hotaru la animó a centrarse en las cosas buenas que le ofrecía la vida y, sobre todo, a dedicar todos sus esfuerzos al proyecto.

A Hinata le parecieron consejos muy razonables.

Esa noche, después de haber avanzado un poco más en el proyecto, se acostó y se durmió en seguida. Al cabo de un rato, notó que alguien se acostaba a su lado y la abrazaba, envolviéndola con su calor. Una nariz familiar le acarició el cuello y notó un suave aliento en el hombro.

—¿Sasuke?

Él respondió con un murmullo ininteligible.

—Te he echado tanto de menos —dijo ella, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.

En silencio, él se las secó y empezó a besarle la cara una y otra vez.

—Sé que me amaste. —Relajándose, apoyó la espalda contra su pecho—. Lo que no entiendo es que no me amaras lo suficiente como para quedarte conmigo.

Las manos que la abrazaban se fueron aflojando hasta dejarla sola en su cama fría.

Hinata pasó parte de la mañana siguiente mirando por la ventana, tratando de comprender el extraño sueño que había tenido la noche anterior. Sasuke había regresado a su lado, pero seguía sin decirle nada. No le había dado explicaciones de sus actos ni le había pedido disculpas. Sólo había ido a buscarla y la había abrazado.

Ella había encontrado consuelo acurrucándose contra su cuerpo. Había suspirado de alivio y su subconsciente había sido incapaz de rechazarlo.

«En realidad no fue un sueño —pensó luego—. Sólo una pesadilla distinta.»

Tras un desayuno ligero, revisó el correo electrónico en su iPhone. Entre los correos recibidos había uno de Tenten:

¡Hola, Hinata!

¿Qué pasa con Sasuke?

No contesta al teléfono.

He probado a llamarlo al fijo, pero tampoco.

Supongo que siguen de luna de miel,

pero dile que responda las llamadas de vez en cuando.

He elegido ya los vestidos para las damas de honor.

Son de un rojo oscuro e intenso que te favorecerá mucho.

Te enviaré un link para que veas las fotos y me des tu opinión.

También necesitaré tus medidas para encargarlo.

Por cierto, por fin he conocido a la novia de Asuma.

Su hija, Mirai, es un encanto.

Te quiero,

Tenten

El primer impulso de Hinata fue cerrar el correo e ignorar el mensaje. Eso fue lo que hizo cuando Sasori y Temari la humillaron. Pero como la psicóloga le había dicho, esa vez tenía que cambiar de actitud y afrontar las cosas de otro modo. Tenía que ser más valiente. Respirando hondo, empezó a escribir:

Tenten, estoy segura de que los vestidos serán preciosos.

Te enviaré las medidas pronto.

Me alegro de que hayas conocido a la novia de Asuma.

Tengo ganas de conocerlos a los dos, a ella y a su hija.

Hace días que no hablo con Sasuke.

No sé dónde está.

Se marchó.

Me ha dejado. H.

Un minuto y cuarenta y cinco segundos más tarde, el iPhone de Hinata sonó, indicando que Tenten la estaba llamando. Por desgracia, el valor la abandonó en ese mismo instante y no fue capaz de responder. Poco después, le llegó un SMS: Lo mataré. T.

+.+.+.+

Sasuke caminaba entre los árboles del bosque oscuro y brumoso que se extendía detrás de la que había sido la casa de los Sarutobi. Llevaba una linterna, pero no la necesitaba. Conocía tan bien aquel bosque, que aunque hubiera estado borracho o colocado, no se habría perdido. Se le daba bien caminar en la oscuridad.

Se detuvo un momento, dejando que la lluvia helada lo empapara. Si entornaba los ojos, casi podía ver la silueta de una adolescente reposando recostada en el pecho de un hombre, ambos cubiertos por una vieja manta de lana. Tenía el pelo suelto y lo abrazaba a él por la cintura. Aunque no se distinguía la cara del hombre, no era difícil darse cuenta de que estaba enamorado del ángel de ojos perla que descansaba entre sus brazos.

Inmóvil en la oscuridad, Sasuke oía el eco de lo que eran mitad recuerdos, mitad ensoñaciones.

«—¿Tienes que irte? »—Sí, pero no esta noche. »—¿Volverás? »—Mañana seré expulsado del Paraíso, Beatriz. Nuestra única esperanza es que tú me encuentres luego. Búscame en el Infierno.»

Sasuke no había previsto volver al huerto de manzanos sin ella. Tampoco había planeado dejarla. Sabía que le había roto el corazón. Pero aunque estaba atormentado por la culpabilidad y el arrepentimiento, sabía que en las mismas circunstancias, volvería a hacer lo mismo.

Hinata había renunciado a demasiadas cosas para estar con él. No pensaba consentir que renunciara también a su futuro.

Más tarde, Sasuke se estaba secando el pelo con una toalla en su antiguo dormitorio, mientras manejaba los mandos del equipo de música. Quería escuchar música para sufrir, por lo que se había puesto Blood of Eden, de Peter Gabriel. A mitad del estribillo, sonó el teléfono. Se había olvidado de pedirle a Hiruzen que lo diera de baja cuando éste se mudó a Filadelfia, después de que él le comprara la casa.

Sin responder, se puso a recorrer la habitación de un lado a otro. Cuando el teléfono dejó de sonar, se tumbó en la cama, mirando al techo. Sabía que era su imaginación gastándole malas pasadas, pero habría jurado que podía oler el aroma de Hinata en la almohada y que oía su respiración acompasada. Jugueteando con el anillo de platino que llevaba en el dedo, recordó los versos de La Vita Nuova, en los que Dante describe el rechazo de Beatriz.

Por culpa de estos rumores falsos y maliciosos que me acusaban de todo tipo de vicios, Ella, la reina de la bondad, la que alejaba el mal con su sola presencia, al ver que me acercaba me negó su dulce saludo, que era mi única bendición.

Sasuke sabía que no tenía derecho a comparar su situación con la de Dante, ya que su desdicha era el resultado de sus propias decisiones. Sin embargo, mientras la oscuridad se cerraba sobre él, lo asaltó el miedo a haber perdido su bendición. Para siempre.

+.+.+.+

—¡Será hijo de puta! —gritó Hiashi Hyuga al auricular. Hinata tuvo que colocarse el iPhone a distancia para no quedarse sorda—. ¿Desde cuándo?

—Bueno, desde marzo. —Sorbió por la nariz—. Me lo confirmó por correo electrónico.

—¡Menudo cabrón! ¿Qué motivos te dio?

—No me dio ningún motivo. —Hinata no se sentía con fuerzas para contarle a su padre la cadena de acontecimientos que habían llevado a su ruptura con Sasuke. Además, sabía que cualquier sospecha de fraude académico haría que el hombre se enfureciera.

—Le pegaré un tiro.

—Papá, por favor.

La conversación ya era bastante dura, sin tener que preocuparse además por si su padre cumplía sus amenazas y perseguía a Sasuke por los bosques de Selinsgrove para dispararle en el culo.

Hiashi respiró hondo.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé.

—Odio decirte esto, Hinata, porque sé que lo querías, pero Sasuke es un cocainómano. Y ese tipo de adicciones son difíciles de superar. Puede que haya vuelto a consumir. O que se haya metido en líos con su proveedor. Las drogas son un asunto muy sucio. Me alegro de que se haya ido. Cuanto más lejos estés de él, mejor.

Al oír a su padre, Hinata no se echó a llorar, pero el corazón se le encogió.

—Por favor, papá, no digas eso. Prefiero pensar que está en Italia, trabajando en su nuevo libro.

—En una granja de desintoxicación, más bien.

—Por favor.

—Lo siento. De verdad. Sólo quiero que mi niña encuentre a un buen hombre y que sea feliz.

—Yo quiero lo mismo para ti.

—Vaya par estamos hechos. —Hiashi carraspeó y decidió que era un buen momento para cambiar de tema—. ¿Qué tal la universidad? He conseguido algo de dinero por la venta de la casa y me gustaría ir a verte. También me gustaría que habláramos del verano que viene. Tienes que venir a conocer tu nueva habitación. Puedes pintarla del color que quieras. ¡Píntala de rosa si eso te gusta!

Hinata sonrió.

—Ya hace años que no me apetece dormir en una habitación rosa, pero gracias, papá.

Aunque Selinsgrove era el lugar del mundo al que menos le apetecía ir en ese momento, al menos tenía un padre y una casa nueva que la esperaban. Una casa sin recuerdos de su madre ni de Sasori. Ni de Sasuke.

+.+.+.+

El 9 de abril, Hinata caminaba sobre la nieve a medio derretir en dirección a la casa de la profesora Senju. En una mano llevaba una copia impresa del proyecto y en la otra una botella de chianti.

Estaba nerviosa. Aunque su relación con la profesora Senju había sido cordial, nunca había sido cálida. Tsunade no era del tipo de profesores que mimaba o adulaba a sus alumnos. Era profesional, exigente y nada sentimental. Por eso, cuando la invitó a llevarle el trabajo impreso en persona y quedarse a cenar, se extrañó. Pero ni se le pasó por la cabeza negarse. Frente a la fachada principal de la casa de tres plantas, Hinata se secó las palmas de las manos en el chaquetón antes de llamar al timbre.

—Hinata, bienvenida —la recibió la mujer, invitándola a entrar.

Si el estudio de Hinata era un agujero de hobbit, la casa de la profesora Senju era una vivienda élfica. Como los elfos de los bosques, se notaba que era aficionada a los muebles de calidad y a las antigüedades. Lo que se veía era antiguo y caro. Las paredes estaban forradas con maderas nobles y los suelos cubiertos con gruesas alfombras. La decoración era aristocrática, pero no recargada ni excesiva. Y todo estaba perfectamente ordenado.

Después de colgar su abrigo, la profesora aceptó encantada el vino y el trabajo y la invitó a pasar a una salita. Hinata se sentó en una butaca de piel frente a la chimenea y aceptó una copa de jerez.

—La cena está casi lista —dijo Tsunade, antes de desaparecer, como una diosa griega.

Hinata se entretuvo hojeando grandes libros de arquitectura y jardines ingleses que había sobre la mesita auxiliar.

Las paredes estaban cubiertas por cuadros de escenas bucólicas, intercalados con solemnes retratos de antepasados Senju en blanco y negro. Hinata saboreó el jerez, disfrutando de la cálida sensación que le bajaba hasta el estómago. Antes de que se hubiera acabado la copa, Tsunade fue a buscarla para cenar.

—¡Qué bonito todo! —dijo Hinata y sonrió para disimular lo nerviosa que estaba.

Se sentía intimidada por la porcelana fina, las copas de cristal y los candelabros de plata que la profesora Senju había colocado sobre el mantel de tela de damasco blanco, que parecía acabado de planchar.

—Me gusta tener invitados, pero francamente, me cuesta encontrar a alguien a quien pueda soportar durante una cena entera.

A Hinata se le cayó el alma a los pies. Procurando no hacer ruido, se sentó al lado de ella, que ocupó la cabecera de la larga mesa de roble.

—Huele delicioso —comentó Hinata, tratando de no salivar por el aroma a carne asada y verduras estofadas.

Llevaba días sin demasiado apetito, pero la pericia culinaria de la profesora Senju parecía a punto de acabar con ese problema.

—Suelo tomar más verduras que carne, pero según mi experiencia, los estudiantes apenas comen carne. Por eso he rescatado esta vieja receta de mi madre. Estofado normando, lo llamaba. Espero que te guste el cerdo.

—Oh, sí, me gusta mucho. —Hinata sonrió, pero al ver la piel de limón que adornaba el plato de brócoli hervido, su sonrisa se desvaneció.

«A Sasuke le gustaba adornar los platos.»

—¿Brindamos? —La profesora sirvió el vino que había llevado Hinata y levantó su copa.

Ella la imitó.

—Por tu éxito en Harvard.

—Gracias. —Hinata bebió para ocultar las emociones que la embargaban.

Pasados unos momentos, Tsunade volvió a retomar la conversación.

—Te he invitado para comentar varias cosas. En primer lugar, tu proyecto. ¿Estás satisfecha con el resultado?

Ella se apresuró en tragar un trozo de chirivía.

—No.

La mujer frunció el cejo.

—Lo que quiero decir es que creo que es mejorable. Si pudiera dedicarle un año más, sería mucho mejor...

Dándose cuenta de que había hablado demasiado, Hinata deseó que se abriera un agujero en el suelo y se la tragara.

Inexplicablemente, la profesora sonrió y se echó hacia atrás en la silla.

—Ésa era la respuesta correcta. Bien dicho.

—¿Cómo?

—Los estudiantes de hoy en día se creen que valen mucho. Me alegro de comprobar que, a pesar de tus éxitos académicos, no has perdido la humildad.

Por supuesto que con un año más el trabajo sería más completo. Si sigues trabajando a este ritmo, dentro de un año serás más erudita y podrás trabajar mejor. Me alegra mucho que te des cuenta del potencial de mejora. Ahora podemos pasar a otro tema.

Hinata bajó la mirada y la clavó en los cubiertos, sin saber qué esperar.

Golpeando con un dedo sobre la mesa, la profesora Senju dijo:

—No me gusta que los demás se metan en mi vida privada, así que yo no suelo meterme en la vida privada de los demás, pero en tu caso, Danzo Shimura me obligó a entrar. —Hizo una mueca de disgusto—. No estoy al corriente de todo lo que se dijo en ese proceso digno de McCarthy, ni quiero estarlo —aclaró, mirándola con intención.

Iruka Umino está buscando a alguien que ocupe la cátedra de estudios sobre Dante en Harvard. Esperaba que fuera Sasuke quien la obtuviera. —Con el rabillo del ojo, vio que Hinata se removía en el asiento, inquieta, pero siguió hablando—: Por desgracia, se la han ofrecido a otra persona. Primero, tontamente me la ofrecieron a mí, pero les dije que no tenía intención de abandonar mi retiro.

No entiendo cómo ese horrible profesor Yakushi acabó en la lista de candidatos. En cualquier caso, la plaza será ocupada por Rin Nohara. Se la han robado a Oxford. Sería muy bueno para ti trabajar con ella. Si quieres, puedo llamarla por teléfono y avisarla de tu llegada.

—Muchas gracias, profesora. Es muy amable de su parte.

Tsunade hizo un gesto con la mano.

—No es nada.

Luego, las dos mujeres acabaron de cenar en relativo silencio. Mientras Tsunade recogía la mesa, después de rechazar los repetidos ofrecimientos de ayuda de Hinata, ésta se acabó el vino.

Aunque lamentaba que Sasuke no hubiera obtenido la plaza de sus sueños, se sentía aliviada al saber que no se lo encontraría en Harvard el curso siguiente. Su presencia en el departamento le habría supuesto todo tipo de problemas. Nunca más podría trabajar con él. Y le resultaría muy doloroso tener que mantener una actitud distante y profesional en su presencia. Era muy preferible que él permaneciera en Toronto y no la siguiera a Boston. Aunque le doliera, era una suerte que Harvard hubiera contratado a la profesora Nohara. Después del postre y del café, Tsunade propuso que pasaran al salón. Una vez más, Hinata se sentó en la cómoda butaca frente al fuego, mientras la profesora le servía una copita de oporto. Aunque Sasuke y ella tenían gustos muy distintos en cuanto a decoración, al parecer, los especialistas en Dante compartían el gusto por beber frente a la chimenea.

—En Harvard podrás empezar de cero. Nadie sabrá nada de lo que ha pasado aquí. Hasta entonces, te recomiendo que lleves una vida discreta. —La profesora la miró fijamente—. Los estudiantes, especialmente las chicas, son muy vulnerables a los ataques contra su reputación. Hay gente en la universidad que, cuando se encuentra a una estudiante brillante, prefiere pensar que ha obtenido esos resultados mediante la prostitución y los favores y no mediante el esfuerzo y el trabajo académico. Lo mejor es no darles excusas para que sigan pensándolo.

—Profesora Senju, le juro que trabajé mucho en ese seminario. El profesor Uchiha no me ayudó en nada, ni me dio ningún trato de favor. Precisamente por eso le pidió que me calificara usted.

—Estoy segura de que es así, pero me engañaste y eso me molesta un poco.

Hinata la miró horrorizada.

—Sin embargo, entiendo por qué no me lo contaste todo. Seguro que Sasuke te lo prohibió. También estoy molesta con él, pero por razones que no quiero divulgar, le debo un favor. Bebió un sorbo de oporto, pensativa.

—Durante mi etapa de estudiante en Oxford, era vergonzosamente frecuente que los profesores mantuvieran relaciones con sus alumnas. No todos, pero alguno de esos casos eran lo que hoy conocemos como acoso. Otras veces eran relaciones amorosas. Vi de los dos tipos. —Mirándola solemnemente, Tsunade añadió—: Conozco la diferencia entre un Willoughby y un coronel Brandon. Espero que tú también.

La noche siguiente, Hinata se acercó a casa de Naruto. Habían quedado para tomar café y comentar la cena en casa de la profesora Senju.

Él se volvió hacia Hinata en el sofá.

—Ahora que ha acabado el semestre, ¿qué planes tienes? ¿Te mudarás en seguida?

Ella bebió un sorbito de café.

—Tengo contrato de alquiler hasta finales del mes de julio, pero espero convencer a mi casero de que me lo rescinda a mediados de junio.

—¿Después de la graduación?

—Sí. Mi padre vendrá para ayudarme con la mudanza.

Naruto dejó la taza en la mesita auxiliar.

—Yo volveré a Vermont en junio. Puedes venir conmigo. Yo te ayudaré con la mudanza.

—Es que mi padre quiere venir de todos modos.

—Podemos viajar juntos. Pueden quedarse en la granja un par de días y luego los acompaño a Boston y te ayudo a instalarte. ¿Vivirás en la residencia?

—No lo sé. Me mandaron una carta diciéndome que no habría plazas libres en la residencia hasta agosto. Necesitaré algún sitio donde vivir hasta entonces.

—El hermano pequeño de un amigo mío estudia en Boston, en la facultad. Si quieres, le pregunto si conoce a alguien que quiera subarrendar su apartamento. La mitad de los habitantes de la ciudad son estudiantes. Es raro encontrar a alguien mayor de veinticinco años.

—¿De verdad aparte de ayudarme con la mudanza, me ayudarías a encontrar un apartamento?

—Bueno, no esperes que vaya a salirte gratis. Espero cobrar en cerveza. Por cierto, me gusta la marca Krombacher.

—Creo que podemos arreglarlo.

Hinata sonrió y brindaron con las tazas de café.

—¿Quiénes son? —preguntó ella entonces, señalando una fotografía de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, medio ocultos tras un pingüino, encima del televisor.

—La chica de la izquierda es Naruko, mi hermana pequeña, con su esposo Kurama. Yo soy el de la derecha.

—¿Y la otra chica? —Hinata se fijó en la cara de una bonita joven que agarraba a Naruto por la cintura y se reía.

—Ejem, es Shion.

Ella esperó pacientemente a que él especificara más.

—Mi ex novia.

—Oh.

—Seguimos siendo amigos, pero ella trabaja en Vermont y no soportaba la relación a distancia. Lo dejamos hace ya un tiempo —explicó Naruto apresuradamente.

—Eres una buena persona. —Hinata se removió incómoda en el sofá—. No debería haber preguntado.

Naruto se llevó la mano de ella a los labios y le dio un casto beso en los nudillos.

—Creo que deberías preguntarme lo que te apetezca. Y, para que lo sepas, siempre he creído que tú también eras una buena persona.

Sonriendo, Hinata retiró la mano con delicadeza, para que no se molestara.

Poco antes de la medianoche, se durmió con la cabeza apoyada en el hombro de Naruto. Sus cuerpos estaban pegados y la mente de él empezó a fantasear. Se imaginaba cómo sería sentir los labios de Hinata bajo los suyos; su piel bajo sus manos. La abrazó y hundió la cara en su pelo. Ella se movió y pronunció el nombre de Uchiha antes de frotar la cara contra su pecho.

Naruto se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión. Si quería ser amigo de Hinata, tenía que olvidarse de sus sentimientos románticos hacia ella. No podía besarla ni hacer ninguna de las otras cosas que deseaba hacer. Era demasiado pronto. Y debía tener en cuenta que era muy posible que ella nunca lo viera como a una posible pareja, ni siquiera cuando se hubiera curado su corazón roto. Lo que Hinata necesitaba era un amigo. Lo necesitaba a él. Y no iba a abandonarla cuando más lo necesitaba, por mucho que le costara guardarse sus sentimientos.

Así que, en vez de quedarse dormido a su lado, la llevó a su habitación y la acostó en su cama. La tapó bien y, cuando se convenció de que estaba cómoda, cogió una almohada y una manta y se instaló en el sofá.

Pasó buena parte de la noche frustrado, mirando el techo, mientras Hinata dormía profundamente en su cama.

Mientras Hinata pasaba la noche en el apartamento de Naruto, Sasuke estaba sentado en la habitación del hotel, mirando fijamente la pantalla del ordenador portátil. Acababa de recibir un nuevo correo electrónico de su jefe, Ebisu Nobuo, recordándole el capital personal y profesional que había gastado para salvarle el culo. Como si necesitara que se lo recordara.

La mirada se le fue hacia el anillo. Resistió el impulso de quitárselo para releer las palabras que había grabado en él. Mientras lo hacía girar en el dedo, maldijo su último fracaso. Harvard le había informado amablemente de que su candidatura había sido rechazada en favor de la profesora Nohara. Ese rechazo era una nueva manera de fallarle a Hinata. Aunque ya no tenía importancia. ¿De qué le iba a servir estar en Harvard si ella no lo perdonaba?

Sasuke maldijo amargamente. ¿De qué le servía estar en ninguna parte si ella no lo perdonaba? Incluso en aquella habitación de hotel, Hinata estaba con él. Estaba en su ordenador, en su teléfono, en su iPod, en su cabeza.

Sobre todo en su cabeza. No había mentido cuando le dijo que nunca olvidaría el momento en que había visto su cuerpo desnudo por primera vez. Cómo bajaba tímidamente la vista hacia el suelo y se ruborizaba bajo su mirada ardiente.

Recordaba cómo contemplaba él sus ojos oscuros mientras ella temblaba bajo su cuerpo, con los labios rojos entreabiertos, respirando entrecortadamente. Esos ojos que se habían abierto asombrados cuando había penetrado en su interior.

Hinata había hecho una mueca de dolor. Curiosamente, podía recordar todas las veces que le provocó esa reacción. Y habían sido muchas. Como cuando la había hecho sentirse avergonzada por ser pobre; o la primera vez que la llevó a la cama en brazos; y cuando le enredó los dedos en el pelo y ella le había rogado que no le sujetara la cabeza; cuando admitió que había aceptado separarse de ella...

¿Cuántas veces podía lastimarla en una sola vida?

Se había torturado escuchando los mensajes que Hinata le había dejado en el buzón de voz, mensajes que no había respondido. Se habían ido volviendo cada vez más descorazonados, hasta que habían acabado por desaparecer. No podía culparla. Era evidente que no le habían llegado sus mensajes, con la excepción del correo electrónico. Lo abrió, tratando de imaginarse su reacción.

Deja de intentar ponerte en contacto conmigo. Se ha terminado. Saludos,

Prof. Sasuke Uchiha

Profesor Departamento de Estudios Italianos/ Centro de Estudios Medievales Universidad de Toronto

Una risa amarga que reconoció como la suya resonó en la habitación. Por supuesto, ése era el único mensaje que se iba a creer, no los otros. La había perdido para siempre. ¿Y qué esperanza le quedaba sin ella?

Sasuke recordó una conversación que habían tenido los dos sobre uno de los libros favoritos de Biwako, A Severe Mercy. Los personajes de la novela estaban convencidos de que habían convertido su amor en una idolatría. Se habían amado y adorado tanto que su vida espiritual se había resentido.

Sasuke sabía que había hecho lo mismo con Hinata. La había adorado, convencido de que era la luz que mantendría la oscuridad alejada de su vida.

La había amado tanto que había accedido a separarse de ella para proteger su futuro. Pero, al dejarla, corría el riesgo de no volver a tener su amor nunca más. El amor que sentía por Beatriz era la causa de que estuvieran separados. El destino había jugado con ellos del modo más cruel.

¿Qué estaría haciendo Naruto? Lo más seguro era que estuviera aprovechando la oportunidad para consolar a Hinata. Y ese consuelo podía llevarlos hasta... Sasuke no se podía imaginar que ella le fuera infiel. Pero sabía que pensaba que su relación había terminado. Naruto sólo tenía que ofrecerle un hombro sobre el que llorar y estaría de vuelta en su vida, en su apartamento, en su mente.

«Follaángeles.»

Sólo encontraba consuelo en la música y la poesía, aunque era un consuelo muy parecido a la tortura. Apretando un botón, volvió a escuchar a Sting cantando la historia de David y Betsabé. Mientras la música sonaba, la vista se le fue hasta los versos que relataban la muerte de Beatriz en La Vita Nuova, versos que le resultaban dolorosamente familiares.

Una desgracia tan terrible lo asuela que ni siquiera pensar en ella lo consuela. Las lágrimas se niegan a ayudarlo. Suspira y sufre, negándose a encontrar el consuelo (excepto el de la muerte, que acorta el sufrimiento). Recuerda el breve paso por esta tierra de la que estuvo entre nosotros y ya no está. Mi pecho se afana, entre suspiros, pensando continuamente en ella, por la que mi corazón late entrecortado. A menudo pienso en la muerte y me asalta un deseo tan intenso que me altera hasta el color de la cara. Y si la idea se asienta, mis miembros se agitan como si estuviera poseído. Cuando me doy cuenta, me aparto de la gente avergonzado. Luego la llamo a gritos en un lamento cargado de dolor. Beatriz, la llamo, ¿de verdad estás muerta? Y mientras la llamo, hallo consuelo.

Sasuke cerró el documento y acarició con un dedo el retrato de la preciosa mujer que adornaba la pantalla de su portátil. Durante los próximos días acabaría su trabajo y quedaría libre de responsabilidades, pero lo haría sin Beatriz a su lado para ayudarlo y consolarlo. En su ausencia, tal vez sucumbiría a antiguas tentaciones para mitigar el dolor.

+.+.+.+

Un viernes de mediados de abril por la tarde, Hinata llegó al piso de Tenten y Shikamaru en Filadelfia. La primera idea era que Tenten viajara a Toronto y le llevara el vestido de dama de honor, pero a ésta se le habían complicado las cosas en el trabajo. Como Tenten estaba tratando de guardarse días de vacaciones para poderse ir de luna de miel, Hinata accedió a salir de su agujero de hobbit.

Su amiga la recibió con un abrazo y la acompañó hasta el salón. Hinata miró la carpeta llena de muestras de tela.

—¿Ya has acabado con los preparativos de la boda?

Tenten negó con la cabeza.

—No, no del todo. Pero ahora no quiero hablar de la boda, quiero que hablemos de ti —dijo, mirándola con preocupación—. Lo tuyo con Sasuke ha sido un golpe muy fuerte. Nos ha pillado a todos por sorpresa.

—Ya. —Hinata hizo una mueca de dolor—. A mí también.

—No contesta al teléfono ni responde a los correos electrónicos. Créeme, lo hemos intentado. Asuma me mandó una copia del correo que le envió y te aseguro que no se mordió la lengua. ¿Sabías que Sasuke estuvo en Selinsgrove hace un par de semanas?

—¿En Selinsgrove? —repitió Hinata, sorprendida—. Pensaba que estaba en Italia.

—¿Qué te hacía pensar eso?

—Creía que habría ido allí a escribir su libro. Y, de paso, a esconderse de mí.

—Menudo idiota. —Su amiga maldijo en voz baja—. ¿No se ha puesto en contacto contigo?

—Sólo me envió un correo notificándome que lo nuestro había terminado. — Buscando en su bolso, sacó unas llaves y un pase de seguridad—. Son de Sasuke.

Tenten se los quedó mirando confusa.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con eso?

—Guardarlo. O dárselo a tu padre. Se lo habría enviado por correo, pero como no quiere que me ponga en contacto con él...

Tenten lo dejó sobre una de las carpetas de muestras. Luego, pensándolo mejor, lo guardó en un cajón del comedor, que cerró con una palabrota.

—Sé que estuvo en la antigua casa de mis padres porque una de las vecinas llamó a mi padre para quejarse. Al parecer, Sasuke escuchaba música hasta las tantas de la noche y merodeaba por los alrededores.

La mente de Hinata se desplazó al huerto de manzanos. Tenía cierta lógica que hubiera ido a buscar consuelo al único lugar en el mundo donde había encontrado la paz: su paraíso. Aunque, dada la implicación de Hinata con aquel lugar, le extrañaba un poco. Negando con la cabeza, trató de no pensar en ello.

Tenten se volvió hacia ella.

—No entiendo por qué ha hecho una cosa así. Sasuke te quiere. No es de esos hombres que se enamoran fácilmente, ni de los que pronuncian palabras de amor si no las sienten. Ese tipo de sentimiento no desaparece de la noche a la mañana.

—Es posible que me quisiera. Pero parece evidente que no tanto como a su trabajo. O tal vez haya decidido volver con ella.

—¿Con Sakura? ¿Está metida en esto? No sabía nada. —Los ojos de Tenten se encendieron de indignación.

—Hasta hace poco más de un año, seguían viéndose.

—¿Qué?

—En Navidad discutimos por ella y... otras cosas y me confesó que su historia era más reciente de lo que yo pensaba.

—Nunca había oído hablar de ella hasta que se presentó en casa de mis padres.

—Yo sabía que existía, pero Sasuke me hizo creer que las cosas habían acabado entre ellos en Harvard. Aunque, en realidad, se habían seguido viendo.

—¿No creerás en serio que te ha dejado por ella? Después de Florencia. Después de lo que aben vivido.

—Yo ya me lo creo todo —replicó Hinata con frialdad.

Tenten gruñó y se tapó los ojos con las manos.

—Qué desastre. Mi padre está muy disgustado, igual que Asuma. Cuando se enteró de que Sasuke estaba en Selinsgrove, quería ir allí para hacerlo entrar en razón a puñetazos.

—¿Y lo hizo?

—Kurenai necesitaba que se quedara con el niño, así que Asuma decidió que ya le patearía el culo otro día.

Hinata sonrió con ironía.

—Puedo imaginarme la conversación.

—Asuma está loco por Kurenai. Están tan acaramelados que da hasta rabia.

—Me alegro de que vengan a cenar.

Su amiga miró la hora.

—Creo que debería empezar a preparar la comida. Llegarán pronto para darle de cenar a Mirai antes. La vida de Asuma ha dado un vuelco. Todo gira alrededor del niño.

Hinata la siguió hasta la cocina.

—¿Qué opina tu padre de Kurenai?

Tenten rebuscó en la nevera.

—Le gusta y adora al bebé. Cualquiera diría que es su nieto de verdad. —Dejó los ingredientes para la ensalada sobre la encimera y añadió—: ¿De verdad crees que Sasuke volvería con Sakura?

Aunque no quería decirlo en voz alta, sí, Hinata lo creía posible. Había cambiado mucho por ella, pero ahora que ya no estaban juntos era posible que regresara a sus viejas costumbres.

—Ya sabes lo que dicen: más vale malo conocido que bueno por conocer.

—No creo que ella estuviera muy contenta con esa definición. —Tenten se apoyó en la encimera—. ¿No crees que en la universidad lo obligaron a apartarse de ti?

—Probablemente. Lo que no entiendo es que él lo aceptara. ¿Cómo se puede obligar a nadie a abandonar una ciudad? ¿Van a decirle también lo que tiene que hacer durante su excedencia? Si Sasuke quisiera hablar conmigo, me llamaría por teléfono. Y no lo ha hecho. La universidad le ha puesto en bandeja la excusa que necesitaba para romper conmigo. Probablemente ya lo tenía planeado desde el principio.

Hinata se cruzó de brazos. Era más fácil dar voz a sus miedos con Tenten que a solas en la oscuridad.

—Qué desastre —repitió su amiga, volviéndose para lavarse las manos.

De madrugada, Tenten y Hinata seguían echadas en el sofá, en pijama y bata, bebiendo vino y riendo sin poderse contener. Asuma, Kurenai y Mirai se habían marchado temprano y Shikamaru llevaba horas durmiendo. Lo oían roncar en la habitación.

Animada por el vino, Hinata le contó a su amiga lo que había pasado durante la vista. Aunque le costó mucho, Tenten resistió la tentación de interrumpirla hasta que acabó de hablar. —No creo que Sasuke te haya dejado por el trabajo. No necesita el dinero y siempre puede trabajar en otro sitio. Lo que no entiendo es por qué no ha sido más explícito. Podía haber hablado contigo a la salida y decirte: «Te quiero, pero tenemos que esperar». Conociéndolo, seguramente te habría recitado algo en pentámetros yámbicos —añadió, con la risa floja por el alcohol.

—Mencionó algo sobre Eloísa, pero la verdad, no me animó mucho. Abelardo mantuvo en secreto su relación con ella para no perder el trabajo. Y luego la mandó a un convento. Tenten le lanzó un cojín a la cabeza.

—Sasuke nunca te enviaría a un convento. Te quiere. Y me niego a aceptar otra cosa.

Abrazando el cojín, Hinata se tumbó de lado.

—Si me quisiera, no me habría abandonado. Ni habría roto conmigo con un correo electrónico.

—¿De verdad crees que ha estado jugando contigo todos estos meses?

—No, pero eso ya no tiene importancia.

Tenten bostezó ruidosamente.

—No entiendo lo que ha hecho, pero está claro que la ha cagado. Me pregunto si no estaría tratando de protegerte de alguna manera.

—¿Qué le costaba avisarme?

—Eso es lo que no entiendo. Podría habernos pedido a cualquiera de nosotros que te pasáramos un mensaje. O haberte escrito una carta. ¿Por qué no le dijo al comité que se metieran sus condiciones por donde les cupieran?

Hinata se movió y, mirando al techo, se hizo la misma pregunta que su amiga.

—¿Quieres que lo llamemos?

—No.

—¿Por qué no? Si ve que soy yo, igual contesta.

—Es muy tarde y estoy borracha. No es el mejor momento para mantener una conversación. Además, me dijo que no me pusiera en contacto con él.

Tenten levantó el teléfono y lo sacudió ante los ojos de Hinata.

—Si tú estás sufriendo, él también.

—Le dejé un mensaje diciendo que, si algún día quiere hablar conmigo, que lo haga cara a cara. No voy a llamarlo más. —Vació el vaso de un trago. Al cabo de unos segundos, añadió—: Tal vez venga a la graduación.

Suspiró, melancólica. Por muy enfadada y frustrada que se sintiera, seguía deseando a Sasuke.

—¿Cuándo es la graduación?

—El 11 de junio.

Tenten maldijo disimuladamente. Era muy cerca de la boda.

Tras unos minutos en silencio, Hinata dio voz a uno de sus mayores miedos.

—¿Tenten?

—¿Ajá?

—¿Y si se acuesta con ella?

Durante unos momentos, su amiga no dijo nada. Tan callada se quedó que Hinata empezó a repetir la pregunta, pero en ese momento Tenten la interrumpió.

—Puedo imaginarme que se acueste con cualquier otra persona. Pero no que se acueste con ella y espere que tú lo perdones luego.

—Si te enteras de que está con otra, por favor, avísame. Prefiero enterarme por ti que por otra persona.

—Cariño, abre los ojos.

La voz de Sasuke era cálida y sugerente mientras se movía en su interior, apoyándose en los antebrazos para no aplastarla. Se inclinó para besarle la parte interior del brazo, a la altura del bíceps, y succionó suavemente. Lo suficiente para provocarla y tal vez dejarle una ligera marca. Sabía que se volvía loca cada vez que lo hacía.

—No puedo —dijo Hinata entre jadeos. Cada vez que él se movía, despertaba las sensaciones más intensas y maravillosas en su interior.

Hasta que se detuvo en seco.

Ella abrió los ojos.

Él le acarició la nariz con la suya.

—Necesito verte. —Su mirada era intensa pero amable, como si estuviera manteniendo el deseo a raya momentáneamente.

—Me cuesta mucho mantener los ojos abiertos —protestó ella, gimiendo cuando él volvió a moverse en su interior.

—Inténtalo. Hazlo por mí, Hinata. —La besó con delicadeza—. Te quiero tanto...

—Pero entonces, ¿por qué me abandonaste?

Sasuke la miró entornando los ojos, consternado.

—No lo hice.

Esa misma noche, Sasuke estaba tumbado en el centro de la cama, con los ojos cerrados, mientras ella le besaba el pecho. Ella se detuvo para dedicarle una atención especial al tatuaje, antes de seguir descendiendo hacia su abdomen. Él maldijo en voz baja al notar las uñas que le recorrían los músculos bien definidos, antes de que una lengua se hundiera en su ombligo.

«Hacía tanto tiempo...»

Eso fue lo que pensó al notar que una mano le acariciaba el pubis antes de agarrarle el miembro con fuerza. Sasuke levantó las caderas. Ella lo acariciaba mientras él gemía y suplicaba. Hinata lo excitó acariciándole los muslos con su larga y sedosa melena, antes de metérselo en la boca, tan húmeda y cálida.

Con una exclamación de sorpresa, Sasuke se abandonó a las sensaciones, antes de enredar los dedos en su pelo.

Al recordar, se quedó paralizado.

Una sensación de miedo se le instaló en el estómago al pensar en la última vez que lo habían intentado. Entonces la soltó inmediatamente, temiendo haberla asustado.

—Lo siento —se excusó, acariciándole la mejilla con un dedo—. Casi se me olvida.

Una mano helada sujetó la suya, obligándolo a agarrarla por la cabeza una vez más.

—¿Casi se te olvida el qué? —se burló ella—. ¿Cómo se disfruta de una mamada?

Sasuke abrió los ojos y vio, horrorizado, que los ojos que lo miraban divertidos no eran perlados, sino verdes.

Sakura, completamente desnuda, estaba acuclillada a su lado, sonriendo triunfalmente y a punto de volver a metérselo en la boca. Maldiciendo a gritos, Sasuke se apartó y se sentó, apoyándose en el cabezal, sin perderla de vista.

Echándose a reír ante su reacción, ella le señaló la nariz, indicándole sin palabras que se limpiara los restos de cocaína.

«¿Qué he hecho?»

Sasuke se frotó la cara con ambas manos. Al darse cuenta de la magnitud de su depravación, sintió náuseas y vomitó al lado de la cama. Cuando se recuperó un poco, alargó la mano para mostrarle a Sakura el anillo, pero no llevaba ninguno.

El anillo de boda había desaparecido.

Sakura se rió con más fuerza y avanzó hacia él como un felino, con la mirada salvaje y frotándose contra su cuerpo.

Sasuke se sacudió compulsivamente, luchando por liberarse de las mantas antes de despertarse del todo. La buscó por todas partes, pero no vio a nadie.

Estaba solo en una habitación de hotel, a oscuras. Había apagado todas las luces antes de acostarse. Ése había sido su primer error. Y además se había olvidado de colocar la foto de Hinata en la mesilla de noche para que mantuviera las sombras a raya. Ése había sido el segundo, ya que ella era su talismán contra la oscuridad.

Se sentó en la cama, apoyando los pies en el suelo, y se cubrió la cara con las manos. Los meses que pasó en rehabilitación para desintoxicarse, años atrás, habían sido durísimos, pero no eran nada comparados con lo que le estaba costando superar la ausencia de Hinata. Soportaría las pesadillas y los recuerdos de errores pasados con estoicismo si pudiera abrazarla cada noche.

Miró con desprecio la botella de whisky medio vacía que había dejado en la mesilla de noche. El acoso que había sufrido por parte de las autoridades académicas le había supuesto una gran presión. Si a esa presión se le añadía el dolor de la pérdida, el resultado era que se sentía incapaz de afrontar la vida sin ningún tipo de ayuda externa.

Cada día bebía un poco más. Tenía que hacer algo para romper ese círculo o volvería a caer en sus viejos vicios, aniquilando cualquier posibilidad de futuro. Y tenía que hacerlo urgentemente.

Tomando una decisión, hizo un par de llamadas antes de preparar el equipaje de cualquier manera. Luego le pidió al conserje que llamara a un taxi que lo llevara al aeropuerto. Ni siquiera se molestó en comprobar si tenía un aspecto presentable. Lo cierto era que no se atrevía a mirarse al espejo por miedo a lo que pudiera encontrar allí.

Horas más tarde, llegó a Florencia y se instaló en el Gallery Hotel Art. Aunque había avisado con poca antelación, había logrado que le dieran la misma suite en la que Hinata y él habían consumado su amor. Había tenido que elegir entre eso o un programa de rehabilitación y sabía que la influencia de ella sería mucho más redentora.

Al entrar en la habitación, casi esperaba encontrarla. Y si no a Hinata, alguna señal de su presencia. Un par de zapatos de tacón color mandarina dejados descuidadamente debajo de una mesita. Un vestido de tafetán arrugado en el suelo, junto a una pared desnuda. O unas medias negras sobre la cama sin hacer.

Por supuesto, no encontró ninguna de esas cosas.

Tras un sueño relativamente reparador y una ducha, Sasuke se puso en contacto con su viejo amigo el dottore Vitali, el director de la galería de los Uffizi, y quedó con él para cenar. Durante la cena, hablaron de la nueva cátedra de Harvard y de Kabuto Yakushi. A Sasuke lo alegró enterarse de que, aunque a Yakushi lo habían entrevistado personalmente en Harvard, cosa que a él no le habían ofrecido, habían rechazado su candidatura. Era un pobre consuelo, pero no dejaba de ser un consuelo.

Al día siguiente, trató de distraerse haciendo cosas que le gustaban. Desayunó en una pizza, paseó junto al Arno y pasó la tarde en la sastrería. Encargó que le hicieran un traje de lana negra a medida y luego invirtió una hora más buscando los zapatos perfectos para combinarlos con el traje. El sastre le dijo bromeando que el traje era tan bueno que podría casarse con él. Luego, el hombre se empezó a reír de su propia broma, hasta que Sasuke levantó la mano para enseñarle el anillo.

—Acabo de casarme —dijo, para sorpresa del sastre.

Fuera a donde fuese, lo asaltaban imágenes de Hinata. En el ponte Santa Trinità se detuvo y se demoró en sus agridulces recuerdos durante largo rato. Era duro, pero preferible a las alternativas químicas.

Una noche en que había bebido demasiado, se acercó al Duomo, rehaciendo el camino que había seguido con Hinata meses atrás. Torturado por el recuerdo de su cara cuando lo había acusado de follar con ella, vio un mendigo que le resultó familiar, sentado junto a la cúpula de Brunelleschi.

Sasuke se acercó a él.

—Unas monedas para un pobre anciano —le pidió el hombre en italiano.

Sasuke se acercó más y lo observó con desconfianza. El olor a alcohol y a falta de higiene lo asaltó, pero no se detuvo. Al reconocer en el mendigo al mismo hombre que había inspirado la caridad de Hinata, sintió que la cabeza le daba vueltas.

Se buscó la cartera a tientas. Sin molestarse en mirar, sacó varios billetes y se los puso delante de la cara.

—Lo vi en diciembre y sigue aquí —dijo Sasuke y el tono le salió más acusador de lo que hubiera querido.

El hombre se quedó mirando los billetes con avidez.

—Estoy aquí cada día. Incluso en Navidad.

Sasuke le acercó los euros a la nariz.

—Mi fidanzata le dio dinero y usted le dijo que era un ángel. ¿Se acuerda?

El viejo le dedicó una sonrisa desdentada y negó con la cabeza sin perder de vista el dinero.

—Hay muchos ángeles en Florencia y todavía más en Asís. Creo que Dios ayuda y protege a los mendigos de Asís, pero Florencia es mi hogar.

El hombre alargó la mano hacia los billetes, sin acabar de creerse que fuera a dárselos de verdad.

Sasuke se imaginó a Hinata defendiendo al mendigo. Quería que le diera el dinero, aunque lo más probable era que el hombre se lo gastara en vino.

Mientras lo observaba, vio que no estaba en mejor estado que cuando lo había visto con Hinata meses atrás y estuvo seguro de que ella le habría dado dinero una y otra vez, sin dudarlo. Habría ido a darle unas monedas día tras día, convencida de que la caridad nunca se malgastaba. Hinata habría confiado en que, un día, el hombre se daría cuenta de que alguien se preocupaba por él y pediría ayuda.

Hinata sabía que ser amable con la gente la volvía más vulnerable, pero ni aun así dejaba de ser amable.

Dejando los billetes en la mano del hombre, Sasuke dio media vuelta y se alejó, oyendo los gritos de alegría y las bendiciones del mendigo a sus espaldas.

No quería oírlo. No era merecedor de ninguna bendición. Su acto de caridad no se parecía en nada al de Hinata. No se debía a la amabilidad ni a la compasión. Sólo lo había hecho para honrar su memoria. Como quien compra una indulgencia papal.

Mientras tropezaba con una piedra del suelo, se dio cuenta de lo que tenía que hacer.

Al día siguiente, intentó alquilar la casa que había compartido con Hinata en Umbría, pero estaba ocupada. Así que viajó a Asís y se alojó en un hotel pequeño y sencillo, lleno de peregrinos.

Sasuke nunca se había visto a sí mismo como un peregrino. Era demasiado orgulloso para eso. Sin embargo, había algo en Asís que le permitió dormir esa noche. No había descansado tan bien desde que había dejado de dormir en brazos de Hinata.

A la mañana siguiente, se levantó temprano y se dirigió a la basílica de San Francisco. Era un lugar de peregrinaje para gente de todas las confesiones, aunque sólo fuera por admirar sus frescos medievales y disfrutar de la paz que impregnaba sus salas. No fue casualidad que rehiciera el camino que había seguido con Hinata antes de Navidad. Habían ido a misa a la basilica superiore y la había esperado pacientemente mientras se confesaba antes de misa.

Mientras ahora paseaba por la basílica, admirando las pinturas y absorbiendo la paz del recinto, vio a una mujer de pelo largo y azulado que se metía por una puerta. Intrigado, la siguió. A pesar de la multitud de turistas que invadían el recinto, no le costó nada no perderla de vista hasta la basílica inferiore.

Una vez allí, ella desapareció.

Intrigado, buscó por todos los rincones. Cuando vio que la búsqueda era infructuosa, descendió hasta las entrañas de la iglesia y llegó a la tumba de san Francisco. Allí estaba la mujer, arrodillada en la primera fila de la cripta. Sasuke se quedó en la última y se arrodilló también, sin perder de vista a la desconocida.

No era Hinata. Tenía las caderas y los hombros más anchos que ella y el pelo más oscuro. Pero era hermosa y su belleza le recordó lo mucho que había perdido.

La cripta era pequeña y primitiva, lo que contrastaba con la arquitectura y los frescos tan elaborados de la basílica. Sasuke no era el único que opinaba que la simplicidad de la vida y la misión de san Francisco se reflejaban de un modo más adecuado en la sencillez de su tumba.

Sumido en esos pensamientos, inclinó la cabeza y la apoyó en el respaldo del banco de delante. Sin darse cuenta, empezó a rezar. Al principio eran palabras inconexas. Confesiones susurradas y declaraciones desesperadas. Pero a medida que pasaban los minutos, cada vez se sentía más arrepentido. La joven encendió una vela y se marchó sin que él se diera cuenta.

Si la vida de Sasuke hubiera sido una película, en ese momento un viejo hermano franciscano habría tropezado con él y, al darse cuenta de su sufrimiento, se habría sentido conmovido y le habría ofrecido guía espiritual. Pero su vida no era una película, así que siguió rezando solo.

Si más tarde alguien le hubiera preguntado qué había pasado en aquella cripta, se habría encogido de hombros y habría cambiado de tema. Algunas cosas no pueden expresarse con palabras. Algunas cosas desafían los límites del lenguaje.

Pero durante sus oraciones, Sasuke fue consciente de la magnitud de sus defectos y carencias, tanto morales como espirituales. Y, al mismo tiempo, sintió la presencia del Ser que conocía esos defectos y lo abrazaba de todos modos. Fue consciente de lo que la escritora Annie Dillard había llamado la extravagancia de la gracia. Pensó en el amor y el perdón que había recibido a lo largo de su vida, sobre todo de Biwako y de Hiruzen.

«Y de Hinata, mi hojita.»

El imán para el pecado que era Sasuke había encontrado algo inesperado bajo el suelo de la vieja basílica. Cuando salió a la calle, estaba más decidido que nunca a no recaer en sus vicios de siempre.

Para Hinata, el resto de abril pasó rápidamente en una vorágine de actividad. Tuvo que hacer correcciones finales en su proyecto, tuvo reuniones con la profesora Senju y visitas a Hotaru y, los viernes por la noche, se encontraba con Naruto.

Tsunade le aseguró que el resultado final del proyecto era satisfactorio y que podía sentirse orgullosa de él. También le dijo que había hablado con Rin Nohara, que aún estaba en Oxford, y que le había pedido que cuidara de ella el próximo otoño.

Por cierto, Naruto sabía de una chica en Cambridge a la que le interesaba subarrendar su apartamento a Hinata.

Ésta había empezado a leer los libros que Tsunade le había sugerido para el seminario de la profesora Nohara.

A finales de abril, recibió una carta de aspecto muy oficial del decanato. El doctor Shimura solicitaba su presencia en la oficina en el plazo de una semana. Le aseguraba que el motivo de la reunión no tenía nada que ver con cuestiones disciplinarias y que el profesor Ebisu estaría presente.

Un lunes por la tarde, Hinata cruzaba el campus muy nerviosa, abrazada a su mochila L. L. Bean. Su presencia la consolaba. Naruto se había ofrecido a acompañarla, pero ella rechazó su oferta, argumentando que tenía que enfrentarse a aquello sola. Él entonces la había abrazado y le había dicho que la estaría esperando a la salida en su Starbucks favorito.

—Le agradezco que haya venido, señorita Hyuga. ¿Cómo ha ido el semestre?

Hinata miró al doctor Shimura, sorprendida.

—Ha sido... interesante.

Él asintió y se volvió para mirar al profesor Ebisu.

—Sé que este curso ha sido duro para usted. La he hecho venir para preguntarle si ha tenido algún otro problema desde el día de la vista.

Hinata miró alternativamente a un hombre y a otro, examinándolos.

—¿Qué tipo de problemas?

—El doctor Shimura se preguntaba si el profesor Uchiha la había vuelto a molestar en algún momento. ¿Se ha puesto en contacto con usted por teléfono o por correo electrónico? ¿Le ha propuesto que se vieran en privado?

Aunque el profesor Ebisu parecía amistoso, algo en su tono de voz despertó las sospechas de Hinata.

—¿Y para qué quieren saberlo? Consiguieron lo que querían. Se marchó de la ciudad.

La expresión del doctor Shimura se endureció.

—No tengo ningún interés en reabrir el caso, señorita Hyuga. Ésta es una reunión de cortesía, un intento de asegurarnos de que ha podido llevar a cabo sus estudios sin interferencias. Tratamos de averiguar si el profesor Uchiha ha cumplido su palabra y se ha mantenido a distancia.

—Recibí un correo electrónico suyo poco después de la vista, diciéndome que no volviera a ponerme en contacto con él y que todo había terminado. ¿Era eso lo que querían oír? —preguntó, sin poder disimular su amargura.

Con una mueca, el profesor Ebisu miró a su colega.

—Estoy seguro de que estará encantada de olvidarse de todo este asunto.

Ella permaneció sentada, sin molestarse en responder.

—Puede marcharse. Enhorabuena por sus resultados académicos y por la admisión en Harvard. Nos veremos en la graduación. —El doctor Shimura la despidió con una inclinación de cabeza.

Hinata recogió la mochila del suelo y se acercó a la puerta. Pero cuando estaba a punto de abrirla, se volvió.

Qué curioso, pensó, que aquellos dos hombres armados sólo con grandes mentes y armarios llenos de chaquetas de tweed, tuvieran tanto poder sobre su corazón y su felicidad.

—No me arrepiento de mi relación con el profesor Uchiha, aunque acabara mal. Ustedes dos fueron increíblemente despectivos y condescendientes conmigo a lo largo de todo el proceso. Entiendo la importancia de proteger a alguien que lo necesita, pero las únicas personas de las que yo hubiera necesitado protección era de ustedes dos.

Tras fulminarlos con la mirada, salió de la oficina.

Continuara…