La mayor parte de estos personajes han sido creados para nuestro disfrute por Charlaine Harris, alguno, menor, ha sido sacado del fanfic del sr. Ball, y hay por ahí uno que es sólo mío.


37.

Me molestaba que tuviese razón. Esa había sido mi casa desde que mis padres habían muerto, era donde estaban todos mis recuerdos. Los buenos y los malos... Ahora los malos habían derrocado a los buenos, ya casi no recordaba cuando de niños Jason y yo jugábamos en los bosques ni las tartas de la abuela ni mi primer beso antes de entrar en casa después de haber ido al cine con JB, con la abuela tosiendo detrás de la puerta. Nada de eso, se lo había llevado el cabrón de Víctor e iba a necesitar mucha terapia para poder recuperarlos. Suspiré y permanecí obstinadamente en silencio. No estaba segura de si quería hablar de su casa, de lo que eso significaba, de si sería capaz de irme si me pedía que fuese con él. Eric sonrió y me cogió de la mano, llevándome dentro de la casa.

La despedida que había tenido con Niall mientras Pam y Eric se abrazaban y se decían adiós, seguía dándome vueltas en la cabeza, como durante todo el trayecto a casa. Niall había sugerido que la vida aquí no sería fácil ni para Eric ni para mí, después de lo que había pasado, que quizá era el momento para cambiar de aires, pero, ¿tanto?. También se había anticipado a la posibilidad de que le dijese que mi hermano era la única familia que me quedaba y que no le podía dejar, asegurando que posiblemente, a él le viniese tan bien como a mí un cambio de decorado. Sabía que tenían razón, todos. No era capaz de pasar sola por el cementerio, todavía no, incluso cuando iba acompañada, cuando llegaba al lugar donde Víctor me había esperado, las palmas de mis manos empezaban a sudarme y a faltarme el aire. Era algo que me callaba, pero estaba segura de que todos lo habían notado, estaba segura de que todos se habían percatado que ya no era la misma y, en silencio y a regañadientes, reconocí que sí, que tenían razón, necesitaba poner tierra de por medio.

A la mañana siguiente Eric me miraba esperando una respuesta a su pregunta no formulada y yo seguía sin saber qué contestar. Quería saber si sería capaz de enfrentarme a mis miedos, necesitaba hacerlo porque si no, pensaría el resto de mi vida que Víctor había ganado. Cuando se lo conté a mi terapeuta, estuvo de acuerdo conmigo pero me preguntó si, realmente, creía que estaba preparada. La respuesta era no, aún no, pero no lo dije en voz alta. Una vez más, me callé lo que pensaba.

Tuvieron que pasar unos meses para que fuese capaz de superar mis miedos, y sin la ayuda de Eric y los consejos de mi terapeuta no lo habría conseguido. Eric seguía a mi lado, dándome el apoyo que necesitaba, estando ahí para mí siempre. Poco después de que Niall y Pam volviesen a Inglaterra, se mudó conmigo. Era un paso importante y que me costó dar porque aún me sentía insegura en nuestra relación, pero necesitaba comprometerme con él a ese nivel. Las cosas fueron bien, mucho mejor de lo que esperaba con dos personas, había que ser sinceros, tan desquiciadas y deterioradas como nosotros dos. Eric se ocupaba del huerto de la abuela, leía en el patio trasero, escribía por las mañanas. La vida parecía fácil, pero se estaba marchitando. Cada vez sus conversaciones con Pam y Niall eran más largas, cuando notó que me había fijado, empezó a tenerlas durante mi turno en Merlotte's. El día que le vi mirando una de las fotos que tanto le habían acompañado y que había guardado cuando empezamos a vivir juntos, me dí cuenta de que le perdía.

_ ¿Qué haces? – murmuré al llegar a su lado, con lo que no le dí tiempo a esconder la foto, aunque ni siquiera hizo amago de intentarlo.

_ Hoy es su cumpleaños – dijo simplemente-. Sería... – se rectificó y no supe qué decir-. Siempre lo celebrábamos en casa con Niall, Pam, Claude y algunos amigos más, hacíamos una gran cena y nos quedábamos hablando hasta tarde.

_ ¿Tanto les echas de menos?

_ Sí... – confesó-. Te quiero, Sookie, lo sabes, pero este no es mi sitio. La gente sigue mirándome mal, me culpan de todo aunque no tuviera nada que ver. Sólo me relaciono con Jason y contigo, y, a parte de vosotros dos, sólo hablo con la gente que está un océano más allá. Me siento solo...

_ ¿Quieres irte...? – musité con un hilo de voz.

_ Quiero que nos vayamos...

_ ¿Y la casa? ¿Y Jason? ¿Y mi vida?

_ La casa la puedes conservar, con Jason ya he tenido alguna conversación y no sería contrario a cambiar también de aires, y tu vida..., ¿realmente crees que lo que haces aquí es vivir? No vas a poner flores a Adele tanto como quisieras si no voy contigo, no creas que no lo sé. Lo entiendo, pero, pese a que hayas superado lo que te pasó, estar aquí sólo te hace revivir el momento.

_ Vaya – murmuré con fastidio-, parece que lo tienes todo controlado, ¿tienes también el billete de avión?

_ Sookie – respondió serio-, no me voy a ir sin ti, así que deja ese tono conmigo. Quiero que vengas, demuéstrame que no tengo razón, que es una mala idea, y volveremos a vivir aquí si es lo que deseas...

Me rendí, sabía que era buena idea, Jason también podría venir, no había nada me retuviese en Bon Temps. Así que le hice feliz y acepté su propuesta.

En un mes todo estaba preparado para irnos.

Sam y Tara nos hicieron una fiesta de despedida. Fue bastante gente aunque me quedó la impresión de que sólo por la comida y bebida gratis. Jason me prometió que iría a vernos pronto, Eric había conseguido inocularle la idea de irse, después de todo, tampoco le quedaba nada en el pueblo.

Mi terapeuta también vio con buenos ojos que probase a dar un rumbo diferente a mi vida, era drástico pero contaba con el apoyo de Eric y de mi hermano, debería poder conseguirlo. Así que decidí cambiar de actitud, estaba con el hombre que quería y me iba a visitar Europa, me dejaba atrás mi casa y muchos malos recuerdos, el cambio era cuanto menos, ventajoso. Por eso, cuando cerré la puerta después de empacar todas nuestras maletas y dejar el resto para que Jason las enviara, supe que estaba haciendo lo correcto.

Estaba nerviosa, era la primera vez que iba a viajar en avión, Eric me cogía la mano sonriéndome mientras yo lo miraba todo como una niña el día de Navidad.

_ ¿Te he dicho hoy que te quiero? – rozó con sus labios los míos.

_ No sé, ¿lo has hecho?... – me reí. Sí lo había hecho, siempre lo hacía nada más despertar.

_ Va a ser genial, vamos a viajar por toda Europa, te voy a enseñar mis ciudades favoritas y cuando los hayas visto, podrás decidir con conocimiento de causa, dónde quieres casarte conmigo.

_ ¿Me estás proponiendo matrimonio? – el corazón me dio un vuelco.

_ Supongo que sí... – se rió.

_ Para ser alguien que escribe relatos románticos, te tengo que decir que esta manera de proponer matrimonio ha sido bastante cutre.

_ Oh – se llevó la mano a la boca fingiendo indignación-, me ofendes... Llevo meses esperando que me propongas matrimonio, soy un hombre decente y llevo meses viviendo en pecado contigo...

Había que reconocerle la habilidad para sorprenderme, así que no me quedó más remedio que reírme.

_ Bueno, ya veremos, depende de como te portes. Te prometo que un día te voy a pedir que te cases conmigo, ¿contento?

Me cogió en brazos y me dio una vuelta mientras me besaba, en mitad del aeropuerto, con todo el mundo mirando y, alguno, aplaudiendo. Menuda vergüenza, no veía la hora de subirme al avión...

Hicimos nuestra primera parte del viaje sin incidencias, en Nueva York hicimos trasbordo con nuestro avión a Londres. Eric estaba tan feliz, nos sentamos en nuestros asientos, tomamos la cena que la azafata nos sirvió. Cogí mi bolso con la idea de leer algo mientras el sueño llegaba, pero se resistía. Ninguno de los dos lo conseguía. Recordé algo y sonreí para mí. Eric vio mi sonrisa y le intrigó.

_ ¿A qué viene esa sonrisilla...? – ronroneó junto a mi oreja, dándome un beso pequeño que me hizo estremecer.

_ No recuerdo haber leído ninguna novela de Anita localizada en un aeropuerto, ¿tú sí? – dejé caer con sorna. Eric me miró y sonrió.

_ No, que yo sepa... – acomodó otra vez mi bolso en el compartimento sobre los asientos y volvió a sentarse a mi lado cogiéndome la mano.

_ ¿Cómo sería...? A ver – hice una pequeña pausa y me mordí la sonrisa-. El tiempo esperando el despegue del avión se le habían hecho realmente corto contemplando a la rubia que se sentaba frente a él...

_ Suena bien – sonrió-. Tenía generosos pechos y debajo de su vestido veraniego se adivinaban unas curvas infinitas. Levantó la vista y cruzó la mirada con la suya. Él le sonrió con la vana esperanza de que ella dejase su libro y se acercara hasta él, pero eso nunca pasó. Cuando por megafonía anunciaron su vuelo se levantó lamentando no haber cruzado ni una palabra con ella. Entró en el avión y la azafata le acomodó en su asiento en primera clase.

_ Uhm, primera clase – sonreí estirando las piernas-. Caía la noche sobre el Atlántico y él intentaba conciliar el sueño. La azafata le había dejado dos mantas con una sonrisa, claro, cuando se tenía su aspecto, era muy fácil conseguir cualquier cosa, cuanto menos una nimiedad como dos mantas que cubrieran su gran cuerpo. Cerró los ojos intentándolo otra vez y, entonces sintió movimiento a su lado. Abrió un ojo y para su sorpresa, la rubia que había estado mirando en la terminal mientras esperaba, estaba a su lado. Le sonrió y le hizo un gesto para que callara. Él le devolvió la sonrisa y levantó la manta para hacerle sitio. Ella se acurrucó contra su cuerpo y él levantó el brazo y lo pasó por su hombro para facilitarle el acceso.

_ Vaya, vaya, me pregunto lo que la rubia querrá de él... – se pegó a mí reproduciendo la postura que acababa de describir-. No quería hacer ningún movimiento que rompiese la extraña magia del momento. Su voz le llegó lejana, como en un arrullo, le dijo que le había visto mirarla cuando esperaban. Que se moría de ganas por dejar el libro y acercarse pero no se había atrevido. Él se rió bajito, ¿cómo – le preguntó-, no te atrevías a hablarme pero sí a abrazarme?

Deslicé la mano por su pecho en dirección sur y Eric se estremeció bajo mi tacto.

_ Estaba en mi asiento – dije en mi papel-, intentando dormir mientras una monja roncaba a mi lado, y cuando cerraba los ojos, lo único que podía ver era tu cara. Deseé tanto haberte dicho algo en la terminal que, cuando me levanté al aseo y te vi no pude creer mi suerte – comencé a acariciar su erección y Eric me miró con una sonrisa cómplice.

_ ¿Es nuestro destino?, preguntó a la rubia con una sonrisa.

_ Ella respondió con un lacónico sí lleno de promesas y se levantó. Murmuró a su oído que le esperaba en dos minutos y se dirigió al aseo más alejado de los pasajeros. Al entrar se volvió mirando alrededor y entró dedicándole una sonrisa – me levanté de mi asiento, murmuré en su oído "vamos cariño, hay que documentarse" e hice lo mismo que mi rubia dejando a mi novio con la boca abierta.

Al cabo de un minuto, entró en él. Me miró sorprendido por lo que había sugerido, yo, que unos meses antes era virgen. Puse la mano entre sus piernas calibrando cómo de animado estaba. Un gesto increíblemente innecesario, la verdad, estaba tan empalmado como yo lista por la excitación que me provocaba lo que estábamos haciendo. Mientras venía, me había quitado las bragas para ahorrar tiempo, que le conocía y en pleno estallido de pasión, era capaz de rompérmelas. Cuando se dio cuenta de ese pequeño detalle, perdió el oremus. Su boca se fue contra la mía y sus manos a mis pechos mientras restregaba su erección contra mí. Con premura le bajé la cremallera y en un santiamén le tuve dentro. El espacio era muy, pero que muy reducido para esa actividad con un hombre de su tamaño, pero nos la apañamos para que funcionara. No se lo tomó con calma, nada de movimientos largos con fricción, ni mucho menos, me cogió en peso y empezó a embestir, levantándome para que el ángulo fuera más placentero, con su boca en la mía para apagar los gemidos. Posiblemente fue toda la situación, ¡Dios!, era tan excitante pensar que nos podían descubrir, que estábamos sobrevolando a las cuatro de la mañana el océano y mientras, todo el pasaje y la tripulación descansaban. Ni que decir tiene que terminamos en un pispas, mordiéndonos las ganas de gritar mientras nos abrazábamos disfrutando los últimos estertores. Me miró a los ojos con un deseo y un amor que todavía no le había visto. Me apresuré a besarle porque no quería que ninguna palabra estropeara ese recuerdo. Me levantó para salir de mí y me pasó algunas toallas de papel para limpiarme, maniobramos como pudimos y abrí la puerta para salir primero. Me volví y dejé algo en su mano. Me miró extrañado y luego miró lo que le había dado. Una sonrisa se fue abriendo paso en sus labios, cerró la mano y se guardó mis bragas en el bolsillo.

Dos minutos después, estaba sentado a mi lado, nos abrazamos y nos dejamos vencer por el sueño, en pocas horas estaríamos en Londres. Había sido un día muy completo.

Y sólo había sido el primer día del resto de mi vida...


Espero que os haya gustado tanto como a mí escribirlo.

Gracias por vuestro tiempo.

¿Nos vemos en el próximo?