Tratando de crecer
Zell
"Sinfonía agridulce"
Zell sólo estaba de pasada en Deling, la misión había sido sencilla aunque lo dejó algo preocupado. La gente de la ciudad estaba gris y tensa, como si esperaran una tragedia inminente.
Recorrió los barrios bajos y los altos, algunos bares y tiendas… La gente estaba paranoica y en un constante estado de inquietud. Incluso en el hotel lo atendieron con una amabilidad más tensa y falsa que lo usual. Sin dudas Squall tenía razones para sospechar que algo se estaba cultivando en Deling.
Llegada la hora de irse a dormir, tras cenar y ducharse, el sueño lo eludió. Las confortables sábanas de seda de un millón de hilos en la cama de la habitación presidencial del Gran Hotel parecían haberle quitado el cansancio.
El artista marcial decidió, tras cambiar de posición por quincuagésima vez y mirar el techo por quince minutos, ir al bar y beber unas cervezas hasta que el sueño volviera a él.
Las puertas del elevador se abrieron y el rubio notó que la recepcionista, una mujer demasiado habladora de la edad de su Má, abrió los ojos sorprendida.
-¿Necesita algo, señor?- preguntó, casi por inercia, la mujer.
-Estoy bien, gracias. Sólo iba al bar.- respondió Zell algo incómodo.
No le gustaba que le dijeran "señor" ni que lo trataran como si fuera una especie de tesoro de porcelana invaluable. Si bien era cierto que su papel en la salvación del mundo y el final de la Segunda Guerra de la Bruja era importante y disfrutaba del nuevo (y muchas veces ansiado) respeto que la gente le mostraba, su naturaleza sencilla lo hizo sentirse rápidamente fuera de lugar con esas muestras de ostentosa hospitalidad que la gente solía tener.
Era obvio que el tener a uno de los "héroes" como cliente recurrente era buena publicidad para el Gran Hotel de Deling y disfrutaba de las comodidades, pero esa vida de lujos pomposos no era para él. El muchacho prefería trabajar hasta el último día de su vida en el Jardín, vivir una vida normal, pagar sus cuentas y ser un hombre de bien, como lo fueron su padre y su abuelo y como lo era su madre (sólo que, claro, ella era mujer). Quizás sólo tenía que vivir esa vida que añoraba de pequeño para darse cuenta que su vida era perfecta como lo era antes.
-¿Señor? ¿Señor Dincht?- insistió la recepcionista.
-¿Eh?- preguntó él, despertando de su abstracción. –Lo siento, ¿qué decía?-
-Hoy hay un espectáculo, señor, es una jovencita con una voz muy bonita.- comentó la mujer, como si Zell le hubiera preguntado. –Hm, ya debe estar por comenzar, ¡apresúrese, Sr. Dincht!-
El "señor Dincht" tomó esa oportunidad para librarse de la mujer. Bajó las escaleras y se situó en un taburete de la barra.
-Buenas noches, señor.- lo saludó el barman, un treintón de impecable mostacho, mientras limpiaba el sector de la barra en el que se había sentado el SeeD. -¿Qué desea?-
-Mm, una pinta y algo de comer… ¿tiene hot dogs?- el barman asintió. –Genial, que sean cuatro, no, cinco y una orden de rabas, por favor.-
Las luces se atenuaron al mismo tiempo que el hombre le servía a Zell la cerveza y le acercaba un bol con maníes. El joven le dio un trago a su bebida y echó un vistazo al público, notando de inmediato las miradas expectantes del público, especialmente de las personas de su edad.
También advirtió, con cierto recelo, la presencia de varios uniformados del Jardín de Galbadia. Muchos podrían decir que era una rivalidad algo ridícula a esta altura, pero el joven artista marcial no podía evitar que se le erizaran los vellos de la nuca cada vez que recordaba la toma de Balamb.
Antes de poder embalarse aún más en esos pensamientos tan negativos, oyó una voz que provenía del pequeño escenario.
-Buenas noches.- dijo una jovencita en vestido largo color azul celeste con una caída tan natural que parecía estar hecho de agua.
Entonces Zell comprendió las miradas deseosas de la gente, ya que era una joven francamente hermosa, con un largo y ondeado cabello azabache que cubría uno de sus ojos, piel nívea, labios carnosos y pintados de un rojo muy vivaz, que contrastaba exquisitamente con el azul, el blanco y el negro que los rodeaba… y hablaba con una voz encantadora, casi atrapante.
-Sus ojos…- susurró el rubio para sí, acercando la canasta de rabas y el plato con los hot dogs que el bartender le había servido segundos antes. -¿Son rojos? No, no puede ser… Además, no puedo distinguirlos bien entre los reflectores y la distancia.- pensó el SeeD, estrechando los párpados para tratar de ver mejor; las luces generales eran tenues y dos reflectores iluminaban a los músicos.
-Veo algunas caras nuevas.- continuó la joven, sonriendo y haciéndose escuchar perfectamente aún sin ningún micrófono gracias a la bien acondicionada acústica del lugar. –Para los que no me conocen, soy Raven Nevar y esta noche interpretaré algunas canciones para ustedes, acompañada en el piano por mi estimado colega, Rett Ahdam.- dijo, señalando a un cuarentón escuálido y ojeroso vestido con un frac negro, que se quitó cortésmente el anticuado sombrero que coronaba su rala cabellera, antes de volver a sentarse al piano y atacar las primeras teclas.
Entonces comenzó Raven a cantar una desgarradora versión de You don't know me y la imagen que tenía el SeeD de ella se transformó como si estuviera viendo a una persona totalmente diferente. La había visto hermosa, pero tras oírla cantar le parecía estar vislumbrando a una afrodita en todo su esplendor.
Estaba fascinado por su voz y la luz del reflector le permitió ver que tenía una figura ideal, ni muy pechugona como Rinoa, ni delgada como Selphie, ni con un porte demasiado regio como Quistis…, no, era el tipo de cuerpo que le hacía perder la cabeza, además, estaba abrazado por ése vestido azul que él, de muy buena gana, hubiera considerado innecesario de no ser porque la hacía ver aún más increíble. Más allá de todo, de su cabello eterno, la fresa de sus labios, los valles y montes de su cuerpo, lo que hacía que Zell casi perdiera el sentido de la realidad era la voz de la muchacha.
-La voz de Raven.- pensó, relamiéndose los labios al contemplarla mientras ella cantaba.
Era una voz dulce y a la vez poderosa, como si poseyera toda la seguridad en sí misma que una persona puede tener, mas siendo humana, sufriendo y amando, siendo accesible y permeable. El rubio se sintió particularmente tocado en algunas canciones del repertorio, el cual incursionó en clásicos generalmente de amor y corazones rotos, que tomaron nuevos significados al ser recordados en la voz de la misteriosa cantante. Él se encontraba algo inestable por los cambios que se estaban produciendo en su vida tan precipitadamente y las canciones de amor le estaban hundiendo más.
-Muchas gracias, espero que lo hayan disfrutado tanto como yo.- exclamó Raven al concluir Good intentions, y acallaron los aplausos. En ése momento miró directamente a los ojos de Zell y pareció ver algo que la alteró levemente, pero sólo por un segundo, ya que volvió a la normalidad tan pronto que podía haber sido una ilusión de la mente arremolinada del joven, las cervezas y la falta de descanso que no ayudaban. La pelinegra miró al público tras un silencio sorprendentemente largo. –Creo que necesitamos algo para levantar los ánimos, ¿qué opinas, Rett? ¿La canción que estuvimos ensayando?- el público parecía entusiasmado y el hombre del sombrero sonrió a la cantante, asintiendo con sus dedos al dar inicio a Defying gravity.
Algo en esas notas tocó el corazón de Zell con más fuerza que nunca, tomando valor con cada sílaba que dejaba los labios rojizos de la intérprete, llegó a la determinación de hablarle cuando concluyera el espectáculo.
-Si Selphie me viera ahora diría que el aliento a cerveza es lo menos atractivo desde los trajes de piel de cactilio.- recordó a sus amigos, ya que eran ellos quienes lo hubieran acompañado en situaciones normales. –Irvine me amenazaría con ir él primero en caso de no atreverme… - sonrió con tristeza. –Los extraño como el demonio. Todavía no comprendo del todo la decisión de irse del Jardín, pero obligarlos a quedarse… sé que los lastimaría y me rompería la cabeza contra un muro antes de hacerlo.-
Zell tuvo que hacer fila para hablar con la cantante, ya que muchos otros miembros del público también estaban entusiasmados con ella.
-Eres increíble, Raven, ¿puedo invitarte a cenar?- dijo un uniformado que no alcanzaba los treinta años. La mujer pareció sorprendida a pesar de manejarse con soltura.
-Es usted muy amable pero voy a tener que rechazar su invitación, caballero.- antes de que pudiera insistir, agregó. –Pero puedo hacer una pequeña excepción con usted y regalarle esto.- dijo, sacando de una caja un disco con la foto de un cuervo en la tapa.
-¿Y autografiarlo?- preguntó el sujeto, prácticamente sosteniendo sus manos para no abalanzarse sobre el cd. Ella sonrió y sacó un fibrón indeleble de la misma caja de la que extrajo el disco y estampó su firma.
-Ahora, caballero, haga lo propio con mi estimadísimo Rett; no quiero que se ponga celoso.- agregó con un guiño de su ojo visible y le extendió el marcador.
Entonces Zell pudo aproximársele lo suficiente. No sabía muy bien por qué estaba tan nervioso, sus manos sudaban y su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.
-Ho-hola.- tartamudeó, sintiéndose un idiota.
-Buenas noches.- respondió ella, que parecía esconderse detrás de su flequillo.
-Es la primera vez que la oigo cantar, realmente me impresionó mucho, es fantástica.- dijo de un tirón, sin saber muy bien qué hacer con sus manos. -¿Por qué tengo que ser tan tarado cuando se trata de chicas?- pensó, y la oyó soltar una risita… ¿nerviosa?
-Gracias.- respondió ella dubitativamente.
-Puedo… ¿Puedo comprar uno de sus discos?- preguntó el rubio tras un silencio incómodo, pero sintiéndose más confiado e intentando ver el rostro de la chica con más claridad.
-Claro, son diez guiles cada copia.- dijo ella, girándose muy rápido para buscar en la caja.
-¿Está ocultando su rostro?- rumió el SeeD, cuando ya era demasiado obvio que esa conversación era totalmente anormal. Ella retomó su posición inicial y estiró la mano para alcanzarle el disco pero su mirada permanecía baja. Él, en el arranque de coraje más grande hasta el momento (Artemisa incluida), tomó la copia rozando delicadamente sus dedos con los de ella e instantáneamente tomó su mano con la otra, posando un delicado beso en su contrapalma e introduciendo un billete de cien guiles en la palma. –Que tenga buenas noches, señorita.- la saludó sonriendo dulcemente, aunque reflejando en sus ojos algo del temor al rechazo que sentía.
Ella abrió los ojos claramente sorprendida y frunció el entrecejo por una milésima de segundo mientras escondía la mano besada en la otra. Luego le dedicó una sonrisa algo forzada.
-Buenas noches.- dijo con una formalidad totalmente gélida y se retiró raudamente.
Zell miró la cortina del fondo del escenario dejar de moverse en el sitio en que ella había huido, luego observó la foto del disco que le había comprado, sonrió con picardía y se mordió el labio inferior.
-Sí son rojos los ojos de Raven.- volvió a su habitación en el hotel, extrañamente ansioso por dormir a pesar de las pequeñas emociones de la velada. Una vez envuelto en sus sábanas, mirando las decoraciones del techo, a punto de sucumbir al sueño, un último cuestionamiento cruzó su mente. -¿Dónde he visto antes ojos como esos?-
