Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Crónicas de Asgard: Ragnarok es un fic elaborado sin fines de lucro, inspirado en esta clásica obra que tantas alegrías nos brindó durante años y así prolongar la aventura y la fantasía entre sus seguidores. Deseando que este escrito sea del agrado de todos ustedes me despido agradecido también por el apoyo constante y el cariño inmerecido que siempre me han otorgado.
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Intermedio Acto III
-Parte 2-
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Crónicas de Asgard: Ragnarok.
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"La Torre de Ámbar"
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1
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La matriarca lo recibió con tal frialdad que Méril no podía dar crédito a su mala fortuna. ¡Le estaba dando una maldita salida para su pueblo y ella no quería escucharlo!
—Le estoy diciendo que es seguro, es un refugio lejos de los Aesirs.
—¿Hablas de una ciudad perdida en mitad del océano, donde seremos libres? ¿Libres en Asgard? Tal cosa no puede ser real. ¿Quién gobierna esa ciudad? ¿Por qué existe? Has de comprender que no puedo permitir que mi pueblo se llene de falsas esperanzas, provocadas por una ilusión; así que prohíbo que repitas tales palabras fuera de estos aposentos —miró a su derredor, fijándose en las plantas que crecían en el interior de la caverna—. Debió ser producto de la fiebre y del rechazo que provoca el polen de estas flores en el organismo de un midgariano. Sí, sé que eres un mortal, un habitante de Midgard en Asgard; Ireva me lo ha contado todo.
Méril notó que el desprecio de la matriarca aumentaba hacia su nueva condición de mortal. Torció los labios sintiéndose impotente, de seguro no era arrogancia lo que movía a la matriarca a menospreciar su ayuda, sino ignorancia. Esa mujer no debió haber conocido a un midgariano auténtico en toda su existencia, la única referencia que tenía de ellos eran los sanguinarios einjergars con los que habría tenido que lidiar durante su vida. No era su culpa ni la de Ireva temerle y no creer a sus palabras. Además, ¿quién lo haría? De no haber conocido a Noatum en persona también dudaría de su sano juicio en ese momento ante tan demente historia.
Posó las manos en el suelo y se inclinó ante la matriarca con insistencia.
—Yo he estado en esa ciudad. Ruego que me escuche.
—Lo lamento, pero debo dudar de tu testimonio.
El joven replanteó su estrategia. Necesitaba crear una mentira para que ella aceptara la verdad. Porque menos le creería si le confiaba que Noatum no poseía otro señor más que los mismos humanos que la habitaban. Aunque la matriarca hablara de libertad comprendía muy bien que un pueblo esclavizado desde nacimiento no comprendía aquél concepto en la realidad, más que en la negación y necesidad de él. Jamás aceptaría que existía un sitio completamente independiente del poder de los dioses dentro del universo de Asgard. Debía hacerlo creíble para la matriarca.
—Noatum es uno de los secretos mejor guardados de Lord Freyr, y ahora de la señora de la magia Yngvi Freya. Ellos siempre han sido de confianza y protectores de las razas injustamente sometidas en Asgard; Noatum es un refugio que han creado para sus aliados en estos tiempos aciagos. ¡Se me ha confiado el portal para llegar a ese lugar! Puedo enseñárselo, pueden comprobar si funciona usando la magia de Gimle. ¿Qué otra prueba necesita?
—¿Quién nos asegura que no se trate de una trampa para esclavizar a las pocas hadas libres que vamos quedando, que no es una argucia para engañar a las distintas aldeas y llevarnos otra tierra donde seremos sirvientes de los deseos de Asgard en lugar de dueñas de nuestro destino aquí en Gimle? No confío en tus señores Aesirs.
—Y aún así, ¿confía en Ull, hijo de Odín? Él también es un Aesir.
—Eso… —la importante dama titubeó—. Eso no es algo de vuestra incumbencia. Un mortal jamás comprendería la importancia y nobleza de nuestro amo Ull, el único protector de Gimle. Mientras que los señores Aesirs a los que sirves no han hecho más que sentarse a comer de la mesa del resto de los reyes de Asgard, servidos por nuestras hermanas como esclavas…
A Méril eso le provocó indignación y le demostraba cuán ignorante era la matriarca de los auténticos sucesos de Asgard, ¿y así pretendía dirigir a un pueblo? ¿Sabía ella que Freyr y Freya no eran Aesirs, sabía esa mujer de la constante enemistad que existía entre los Aesirs y los hijos del vanir Njörd, enfrentados de manera indirecta por la ganada con sangre libertad de Midgard? ¿La matriarca sabía siquiera que sus hermanas hadas en casa de los Yngvi era las únicas dignamente tratadas de todo Asgard y que la antigua reina de las hadas, Morgana, vivía escondida como una cocinera en el cuartel evitando la muerte a la que los Aesirs la tenían condenada? Ella no sabía nada, ¡nada!
Por un momento la humildad del muchacho se hundió en un oscuro mar de indignación, turbando otra vez su juicio y destruyendo toda timidez que era su última defensa para mantener el control. La miró descubriéndola como era en realidad; esa mujer era como una cría ignorante, asustada y desesperada que se negaba a la realidad, ¡pero una que poseía con porfía el destino de cientos de almas de Gimle en sus manos!
—¡Usted no sabe nada!
El grito de Méril alertó a las guardias de la matriarca. No tardaron en llegar las hermanas cristal e Ireva, despertadas por la discusión que ambos llevaban en secreto antes del amanecer.
—¿No? ¿Qué es lo que no sé? Se puede saber qué es lo que un niño de Midgard conoce, que yo, la que ha vivido cientos de años den Gimle, desconozco? —replicó la matriarca con orgullo. Torturar a ese muchacho era, sin confesárselo, como si estuviera respondiendo a los señores de Asgard que tanto odiaba.
—En primer lugar, los señores Freyr y Freya ni siquiera son Aesirs. ¿No sabe algo tan básico y se cree una sabia matriarca de Gimle? Ellos han sido aliados del bosque muchos más años, cuando su amado Ull siquiera existía. Ellos protegieron a la reina de las hadas, la primera y única que tuvieron…
—Amatista la sabia fue protegida en los bosques de Gimle…
—¡Amatista la sabia no era la reina de las hadas! Ella mintió para proteger a la verdadera reina, ella arriesgó su vida, cuando en realidad no había sido más que su consejera. Morgana la resplandeciente, fue la auténtica reina y todavía vive protegida en casa de los Yngvi.
—Mientes —la matriarca volvió a titubear, mezcla de ira y desconcierto. ¿La reina vivía, y no había sido Amatista como se enseñaba aún entre ellas, de qué hablaba ese crío?
—Usted en realidad desconoce los secretos de Asgard, toma decisiones a ciegas, guiando a su pueblo a un abismo e ignora las puertas de la salvación que los Yngvi le están ofrecido —Méril se levantó y de pie la desafió, ya no se inclinaría ante esa mujer, no ante alguien que no luchaba por la vida de los que decía amar—. ¿Sabe a lo menos qué son los dioses vanir? ¿Sabe que los Yngvi son vanir que han debido a la fuerza compartir Asgard con los Aesirs, pero han luchado contra su tiranía durante milenios, protegidos a los pueblos libres, salvando a Midgard de la influencia de Odín? Pues han hecho mucho más que el desaparecido Ull al que nadie le conoce ni el rastro.
—No te atrevas a insultar al amo Ull…
—¡Lo insulto, maldigo, escupo sobre su nombre y apellido, desprecio su desaparición y más, lo acuso de cobardía por abandonar a Gimle! Él debería estar en mi lugar instándolas a salvarse, no yo, no un despreciable e insignificante mortal.
Las hadas que lo rodearon chillaron ante las amenazas, maldecir a Ull era un tabú para ellas, algo impensado, menos dentro del santuario de la matriarca. Las guardianas desenfundaron las espadas. Prisma cogió el brazo de Ámbar, parecía rogarle con sus gestos que interviniera, pero para la mayor de las nietas de Amatista, el insulto contra Ull también dividió su corazón y la sumió en angustia.
—Eres un blasfe…
— ¿Blasfemo? Bien, finalmente lo ha confesado. ¿Así que las orgullosas hadas de Gimle, aquellas que desprecian el culto a los Aesirs, reconocen que "idolatran" a uno de ellos como a un dios? —Méril sonrió de una forma inquietante, mezcla de la ira que sentía con la indignación que perturbaba su inocente espíritu—. Qué ironía, las hadas de Gimle venerando a un Aesir. ¿Todo lo que dijo entonces de despreciar al gobierno de Asgard era una mentira? ¿Además qué es más importante, Gimle o Ull? ¡Dígame, qué es más importante!
—El amado Ull y Gimle son uno…
— ¡No lo son! Ull y Gimle no son uno. Gimle existió desde la creación de Asgard, Ull no fue más que un mestizo, mitad mortal, mitad un Aesir; un vástago resultado de los amoríos de Odín que gustaba de divertirse con las mujeres de Midgard engañando a su esposa la Aesir Frigg. Ull ganó su divinidad al asesinar y vengar al Aesir que mató a su medio hermano asgariano Balder. ¿Es eso noble, es esa la historia que conocían de Ull, es a ése ser coronado por un acto de sangre y venganza al que adoran como el salvador de Gimle? Ustedes valen mucho más que él. Oh, déjenme adivinar, ¿ninguna de ustedes conocía la historia de Ull, verdad? Ahora lo comprendo, creyeron que él era un Aesir desde el principio, que era "noble" de nacimiento, un ser puro de Asgard y no un patético y sucio mortal al igual que yo. Porque lo fue; ¿está satisfecha ahora con la verdad?
—Méril, ¡Méril, qué sucede contigo!
La voz de Prisma, regañándolo, lo trajo de regreso a la realidad. Su propia risa irónica, la voz furiosa, desplante dominante, todo lo que ahora sentía y como actuaba, era nuevo para él. Había olvidado en su furor el propósito de convencer a las hadas de salvarse, todo lo que había deseado en ese momento era humillar y quebrar el espíritu de esa mujer. Y lo había conseguido.
Inclinó el rostro avergonzado de su propio proceder. La matriarca cayó de rodillas ante él y lloraba, confundida, mezclando su rabia por ese muchacho con el dolor de la desesperanza, ¿era verdad todo lo que le había dicho, era ella tan ignorante y víctima de la trama con que el universo jugó con su pueblo? ¿Era Ull, el amado, al que aprendieron a honrar desde su nacimiento como si fuera él la voluntad misma de Gimle encarnado en un ser, al que todas adoraban con locura, un traidor, un Aesir más con sus manos manchadas de sangre? Podría haber dudado de la palabra de ese muchacho, él no era nadie para creerle; sin embargo, en su voz y en sus ojos había una poderosa presencia, como si Gimle mismo confirmara sus palabras a través del calor de la tierra y de la brisa violenta que sacudía en el exterior los árboles.
—Lo lamento —dijo el muchacho débilmente—, por mi proceder no ha sido el adecuado. Pero no me disculparé por decir la verdad —insistió recobrando el enojo, mirando a Prisma y las hermanas cristal, que temblaron bajo su furor—. He visto demasiadas muertes como para mantener la calma cuando veo que por una idiotez se pretende provocar muchas más. Todo el pueblo puede ser salvado… ¡Todas pueden vivir si lo desean…!
— ¡Vete! ¡Déjanos morir con Gimle, no te queremos aquí!
—Matriarca —Ireva cayó de rodillas a su lado.
— ¡Déjanos morir en paz con nuestro amado bosque, ninguna de nosotras quiere vivir sin Gimle! ¿Qué no lo entiendes, estúpido niño?
El silencio se tornó incómodo en el santuario. Prisma dio un paso al frente ante la palidez de sus hermanas del bosque que por decenas se habían reunido en torno a la gruta.
—Yo quiero vivir —dijo con solemne seguridad—. La esencia de Gimle es la vida, debemos prosperar y seguir existiendo, no desaparecer. No rendirnos al culto a la muerte como lo hace Hel de Nilfhel.
—Yo también quiero vivir —repitió Zafiro, parándose al lado de su hermana.
—Ellas tienen razón —Ámbar se detuvo junto a ellas, provocando la alegría de sus valientes hermanas pequeñas—. Mi deseo es vivir junto a mis hermanas. Nuestras muertes no traerán ningún beneficio a Gimle.
—Pero Gimle…. Gimle… ¡Ustedes no entienden! Han vivido en Valhala, han sido envenenadas por el egoísmo de los Aesirs, no conocen el amor de Gimle…
—Amor no es un sentimiento que invoque la desgracia a los que deseamos proteger —replicó Méril—. Lo siento, esto es un asunto que no me concierne —se dirigió entonces al numeroso pueblo de hadas que se seguía reuniendo en torno a la entrada del santuario—. Pero todas deben saberlo: existe un escape de la muerte, un lugar dónde podrán refugiarse lejos de la amenaza de Nilfhel.
Sin mirar a Prisma, avergonzado por su proceder tan airado, se dirigió a la salida. Las hadas retrocedieron ante el joven con temor.
—Creo que deben discutirlo entre ustedes —agregó débilmente antes de dejar la caverna—, pero mi propuesta está disponible si lo desean.
Las hadas se acercaron, cerrando el círculo alrededor de su matriarca, la que lloraba abrazando a Ireva.
—Todas vamos a morir… No existe nada que podamos hacer. ¡No abandonaremos a Gimle!
—Matriarca… —susurró una de las hadas, pero ante la furia de la matriarca, guardó silencio.
Ninguna se atrevió a hablar, ni menos a expresar sus auténticos deseos.
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Méril se sentaba en una roca sobre el río, abrazaba una de sus piernas dobladas mientras la otra la tenía estirada. Con la otra mano tiraba semillas a las torrentosas aguas, una tras otra, pensando: así de fuerte era el destino, como el río; y así de pequeños e insignificantes eran sus esfuerzos, como las semillas que arrojaba una tras otra perdiéndose en la corriente.
Ámbar se detuvo a su lado y lo observó. Esperó por un largo minuto antes que el joven se atreviera a hablarle.
—¿Me odia?
La mayor de las hermanas cristal sabía que se refería únicamente a Prisma.
—No, pero te teme. Jamás te había visto actuar de esa manera. Ya se le pasará.
—Lo lamento, por Prisma, pero no por el resto. Esa matriarca está loca. ¿No pueden verlo?
—Lo ven, pero ninguna se atreverá a desafiarla. Las hadas somos un pueblo pacífico, estático como las raíces. Nuestras decisiones de cambiar pueden parecer rápidas como la brisa, pero no son profundas, porque cada año seguimos en el mismo lugar, como las estaciones que rotan sabiendo que mañana volverá a ser todo igual. Un cambio como el que nos propones, abandonar el bosque y buscar refugio, esa sola idea nos perturba, aunque parezca lógica. Es cómo ordenarle a estos árboles que dejen la tierra y se muevan a voluntad.
—Siempre me dijeron que era el más listo —lamentó recordando a sus amigos—, me dejé llevar por la vanidad. ¿Listo? Soy un auténtico imbécil, por mi impaciencia lo he arruinado todo. Debí ser astuto, quizás sutil, intentar la diplomacia. No sé qué me sucedió. Lo siento, señorita Ámbar, la he humillado con mi actuar al ser su invitado en este lugar.
—Pero tienes razón en todo lo que dijiste. Por ser como somos estamos condenadas a desaparecer.
—Nadie está condenado a desaparecer todavía.
—¿Por qué eres tan terco, niño de Midgard?
"Porque alguien me enseñó a ser así", pensó recuperando un poco la alegría de vivir, al recordar las aventuras que había tenido con sus amigos en el reciente pasado. Imaginar aquellos momentos de peligro dónde todo les pareció imposible, y saber que habían triunfado, lo hizo recobrar un poco el ánimo para no darse por vencido.
—Señorita Ámbar, ¿usted me cree? ¿Me cree si le digo que existe una ciudad en Asgard oculta de los Aesirs que puede proteger al pueblo de Gimle?
—Lo lamento, no te creería una historia tan arrogante.
—Ya veo…
—De no habérmelo confirmado el capitán Belenus de los Dragones Rojos en persona.
—¿Qué? ¿El capitán?
Ámbar le confió a Méril, que al preguntar por la desaparición de los chicos tras la angustia que sintió Prisma por la extraña manera en que el joven no se había presentado a la cita, el capitán le confió, como si fuese algo sin importancia, uno de los grandes secretos de Asgard: la existencia de Noatum. ¿Por qué lo hizo? Comenzaba la mente de Méril a trabajar tan rápidamente como la astucia de Ámbar, al mismo tiempo que un nuevo detalle lo perturbaba: El capitán Belenus Saotome conocía la existencia de Noatum de antemano.
—Así que lo sabía, el capitán...
Eso significaba otra escalofriante verdad para el muchacho; su viaje a Gimle estaba previsto por Freya y Belenus. ¿No era por eso que el capitán le recomendó tan arduamente que fuera a casa de las hermanas cristal para pedir un portal a Midgard? ¿No les confió también Ireva, que fue la misma dama Freya tras visitar a los Dragones Rojos, como había hecho con varios escuadrones buscando aliados, la que aconsejó a la enviada a buscar a las nietas de Amatista?
Todo había sido otro plan, otra desafortunada maquinación en el que había caído.
—Ya lo comprendo —rió tristemente. Para estallar al instante lleno de energía dejándose caer de espaldas sobre la roca con los brazos estirados—, ¡se han burlado de mí! ¡Desde un principio me han utilizado sólo para salvarlas!
Las carcajadas del muchacho descolocaron a Ámbar, y al grupo de curiosas y asustadas hadas que los observaban desde los caminos en las alturas del acantilado. Prisma era una de ellas y más preocupada que nada no podía dejar de temer por los extraños cambios de humor del muchacho pensando en su salud.
—Bien, jugaremos con sus cartas entonces, ya no tengo nada que perder. Señorita Ámbar, necesito hablar en privado con usted y sus hermanas.
—Puedo suponer que algo te traes entre manos.
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Prisma, nerviosa, cogía su brazo mientras se mantuvo en silencio al lado de sus hermanas igual de confundidas. Guiadas por el joven se encontraban apartados en un pequeño claro del bosque cercano a la aldea. El muchacho terminaba de trazar en la tierra con una piedra el intrincado círculo mágico que había aprendido en su sueño.
—¿Funcionará? —preguntó al final una vez que hubo acabado.
Zafiro en silencio intentaba aparentar sabiduría, más todo lo que hacía era mirar constantemente a Ámbar, la que sí estudiaba atentamente el trazado.
—Si tan sólo Millia estuviera aquí —lamentó la mayor, reconociendo a su prima como la más entendida y heredera del saber de Amatista.
—¿Puede hacerlo? —insistió Méril, impaciente.
—Distingo algunas runas y la razón de las formaciones de los trazados, definitivamente es un hechizo válido de portal, pero hay partes que me son desconocidas. Nuestra abuela Amatista nos enseñó un poco —reconoció con humildad, a pesar que los portales que realizaba continuamente para viajar a través de Asgard o Midgard era una proeza a la altura de los señores de Asgard, que sólo conseguía por la valiosa instrucción que Amatista la sabia les había dado—. Quizás la segunda capa del círculo exterior represente algún tipo de llave, para superar una protección contra los invasores; es común de los lugares protegidos con magia a los que sólo los que conozcan la clave se pueden trasladarse con un hechizo, y el interior posee una intrincada elaboración de… ¿de forma, de materia?
—Es de número —la corrigió Prisma, atenta también a las líneas del dibujo con un dedo en los pequeños labios.
—¿Número? —Méril era conocido de muchas materias por sus propios esfuerzos, pero no sabio en ninguna y la magia era una ciencia que no dominaba al no haber tenido nunca un maestro, sólo observando lo que los dioses y sus amigos hacían a su alrededor por lo que no entendía los términos con que un hechicero auténtico desglosaba las partes de un conjuro.
—¿Estás segura, Prisma? —preguntó su hermana mayor.
Prisma cayó de rodillas ante el círculo y con el dedo estirado movió los labios a medida que intentaba leer los símbolos mentalmente.
—Estoy segura. La construcción de las palabras es extraña, a veces al revés, supongo que es una traducción de runas de otra cultura distinta a las formas de Asgard.
A Méril el conocimiento de Prisma llamó gratamente su atención.
—Traducir runas en un símbolo mágico, ¿no es algo innecesario y peligroso?
—Lo es…
—Quizás alguien quería lucirse —explicó Zafiro un poco perdida.
—O intentar que quién invocara el hechizo pudiese comprenderlo, para asegurarse de quién lo enseñaba decía la verdad —concluyó Ámbar. Haciendo que los cuatro entendieran con mayor seguridad que todo el viaje había sido planeado por alguien más con antelación.
—Así que realmente fui utilizado por la dama Freya —confesó. No obstante, más lo intrigaba e irritaba la idea de que Rashell hubiera estado también detrás de eso, algo que no confesó a las chicas—. ¿Y qué significa eso de "número"?
Prisma asintió, la agudeza de ambos parecía hacerlos concentrarse como dos estudiantes entusiasmados sobre una materia, provocando miradas sospechosas de las otras dos al verlos tan bien coordinados.
—Es el tamaño del portal, la cantidad de almas y materia que puede transportar a la vez —Prisma se llevó los dedos a los labios sorprendida al interpretar la figura—. ¡Y éste es enorme!
—Posee la capacidad de trasladar a cientos, quizás miles de almas —Ámbar sonrió entusiasmada—, las habitantes de un poblado entero.
—Entonces es auténtico —suspiró aliviado. No les quería decir que en realidad lo había visto en un sueño. Sin embargo, eso significaba que Rashell había creado, o adaptado, un poderoso hechizo de portal. ¿Rashell creando hechizos? ¿Sería en realidad Rashell, o "Touni"? Quiso contener el temor de que el antiguo dios de la muerte estuviera detrás de todo ese asunto. ¿De verdad sería seguro utilizar aquel portal?
—¡Podemos salvar a las hadas de la aldea! Méril decía la verdad, sí existe un lugar seguro en Asgard.
—Prisma, ¿tú me crees?
—Sí —Prisma, entusiasmada, cogió las manos de Méril estrechándolas entre las suyas—, te creo, ¡te creo! Méril, eres nuestra salvación.
—Míralos, Ámbar, qué ternura.
—¡Ah! —Prisma y Méril gimieron separándose avergonzados.
—No hay tiempo que perder, debemos comunicárselo a las demás —dijo Ámbar—, pero ésta vez me dejarás hablar a mí. Este es un asunto del pueblo de Gimle, escucharán a una de las suyas.
Méril asintió avergonzado, ella tenía razón, no podía seguir siendo víctima de sus violentos arrebatos que todavía no podía explicarse ni contener.
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2
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Para sorpresa de las hermanas menores y del joven Méril, Ámbar no los guió hasta el santuario de la matriarca. Sino que se detuvo en la plaza de la aldea. Desenfundó su hermosa espada de plata con diseño de hojas en la empuñadura y la clavó en la piedra delante de ella como un desafío a todas sus hermanas de Gimle que la observaron silentes y preocupadas. Las hadas eran pacíficas y sumisas a la autoridad, lo que era parte del daño que los Aesirs habían hecho al corazón de su pueblo. Pudo ver en sus ojos como deseaban vivir y creer en las palabras de Méril, pero también el temor al ser incapaces de desafiar a la matriarca.
Ámbar no tenía tiempo para sutilezas, intentar convencerlas de corazón o tratar de mediar con la terca matriarca. Todo se resolvería de manera rápida, aunque podría ser la más peligrosa de todas.
—Yo, Ámbar Dex de Gimle, una de las hijas de la casta de cristal, invoco a la matriarca de esta aldea en nombre del bosque eterno.
Las hadas se reunieron dejando sus quehaceres, las guardianas y arqueras rodearon la plaza con sus armas. Tras Ámbar, Prisma y Zafiro se miraron asustadas, no así Méril, que se sentía más sorprendido que nada ante la osadía de esa chica que creyó erróneamente intentaría en un principio usar la diplomacia. ¿Y a él lo había regañado por su poca prudencia?
Un grupo de hadas retrocedió y entre ellas apareció la imponente figura de la matriarca rodeada de su guardia personal.
—Hermana de Gimle, por la autoridad que el bosque me ha conferido, ¿por qué interrumpes nuestra paz? Como hermana eres recibida, pero como enemiga ahora retas mi autoridad. ¿Qué te he hecho? ¿Qué veneno los Aesirs han puesto en tu corazón para que oses en lastimar a tu pueblo ya golpeado por la desgracia?
—No es veneno lo que traigo, sino el antídoto al auténtico mal que mora en vuestros corazones, hermanas.
—Tu hermana es fuerte —Méril susurró a Prisma, admirando la fiereza y también el liderazgo de la mayor.
Prisma no se contentó con su comentario, sino que dio una mirada enfadada al joven, torciendo los labios, que él, distraído, no notó.
La matriarca observó al calmado muchacho tras la hada y sucumbió a la ira con que intentaba tapar el vergonzoso recuerdo de sus lágrimas.
—¡Oh, así que aquel enviado de Asgard finalmente muestra las garras! Cómo un felino agazapado utiliza a una de las nuestras para traer la esclavitud a nuestra aldea. ¿Cuántas más han caído en semejantes argucias y ahora sirven en las camas de los señores de Valhala? ¿Ésa es la salvación que ibas a prometernos?
El murmullo de la aldea se dejó sentir. La humillación con que la matriarca había representado en sus imaginaciones la esclavitud de su pueblo había sido un buen golpe por adelantado, cuando Ámbar siquiera había anunciado su propósito. Pero la chica sonrió torciendo un poco los labios, inclinando el rostro y cerrando los ojos con arrogancia.
—Muy bien, así que la "sabia" matriarca, nuestra voz de Gimle, ha respondido al peligro lloriqueando con el miedo de una virginal chiquilla que tiembla ante la imagen de unas sábanas. ¿No deberíamos temer más al juicio de la reina Hel, al azote de los gigantes de Jotumheim, o a los perros de guerra de Svartalfaheim donde Alberick, el traidor, también nos cerca por el norte al haberse aliado con Nilfhel?
Azorada la matriarca se mordió los labios.
—Prometes esclavitud, hermana, en lugar de honor. ¡Luchamos por Gimle!
—Luchas por tus propios demonios, matriarca. ¿Buscas morir como lo hizo tu pueblo en el norte? ¿Buscas arrastrar a tus hermanas a la desesperación en una batalla insípida? Gimle no desea nuestras muertes, lo sabes, todas lo sabemos porque podemos escuchar su voz. Gimle quiere protegernos. Si deseas sacrificarte, bien, hazlo, no te privo de "tu honor". Pero nosotras velaremos la vida de nuestras hermanas. Como lo hizo Morgana la resplandeciente, y Amatista la sabia, mi abuela, de quién heredamos el coraje para seguir luchando contra el destino. ¡Nosotras hemos venido para salvarlas, hermanas, no condenarlas a una muerte cruel por culpa de la ciega arrogancia!
—¡No seremos esclavas de Asgard, no dejaremos la tierra que nos pertenece!
—¿Tierra dices? ¿Por un puñado de tierra vas a sacrificar las vidas de tus hermanas? Gimle no es el bosque eterno, ¡Gimle es todo Asgard, así me lo enseñó mi abuela Amatista! Y yo le creo. Dónde estemos, Gimle estará con nosotras y lo protegeremos junto con nuestras vidas. Quedarnos y morir sólo sería abandonar nuestro auténtico deber, despojarnos de la esperanza y de la verdad que Gimle nos ha enseñado mantener ante todo.
—¿Verdad? Oh, niña, tú eres más entendida que una matriarca si conoces tales verdades. Dime, entonces, ilumina a tu pueblo con la verdad que Gimle te ha revelado y no a mí, la líder de su pueblo que las ha defendido mientras otras buscaron la comodidad viviendo de las migajas de los dioses.
Los murmullos fueron aumentando. Las voces contra Asgard y por el honor de Gimle aumentaron el temor de las hermanas cristal. Méril apretó las manos, quería intervenir pero de hacerlo lo arruinaría todo. Este asunto únicamente pertenecía a Gimle y sus hijas.
Ámbar no se alteró. Ella en ningún momento pareció arrinconada lo que hacía más daño a la confianza de la matriarca. En especial por la sonrisa confiada que coronaba sus labios en todo momento. No era una lucha de verdades, porque todas conocían ya el deseo de Gimle; sino, una batalla de fuerza, de liderazgo, de demostrarles a todas a quién debían seguir. La matriarca parecía una reina, con sus túnicas largas y alas envolviéndola con elegancia. Mas, Ámbar era una guerrera, de vestido blanco y adornos de oro, con fragmentos de cristal. La mayor de las nietas de Amatista habló finalmente:
—Es tan simple que todavía la más pequeña de las hadas lo conoce. Hel es la única que predica y extiende la muerte. Nosotras, retoños de Gimle, debemos vivir, ¡porque nosotras somos el bosque de Gimle! Vivir no es nuestro privilegio, es nuestra obligación. Dónde estemos Gimle nos seguirá, si en un desierto moramos, allí sembraremos nuevos árboles y creceremos otra vez buscando mantener la vida de Gimle, nuestras vidas: ¡Vivir es el sentido de nuestra existencia! Estás envenenada, hermana matriarca, estás llena de venganza en tu corazón que ante la impotencia de descargarla contra nuestros enemigos, lo haces contra tu propio pueblo que juraste proteger. ¿Hermanas, creéis que es justo desobedecer la orden de Gimle de vivir, de salvarlo? Porque no habrá futuro para un bosque si sus retoños mueren primero. Los troncos serán quemados, las hojas resecarán y serán aplastadas. Pero la vida continuará mientras Gimle sigua viviendo en nosotras.
—¡Palabras de una cobarde que prefiere la vida en sumisión que el orgullo de ser libre!
—¡Jamás he hablado de sumisión! Esa palabra sólo sale de tu boca, matriarca, que estás encadenada al terror de seguir viviendo; es tú boca la que confiesa que ya eres esclava de tu propio miedo. Existe un lugar, hermanas mías, donde podemos ser libres. Un refugio preparado para nosotras donde seguiremos gobernándonos a nosotras mismas.
—¿Predicas las ilusiones de un midgariano? ¿De un esclavo de los Aesirs que vino con mentiras para confundirnos? ¡Hermanas, no escuchen las falsas palabras, no existe tal salvación para nosotras! Pedimos ayuda de Asgard y todo lo que nos ha llegado han sido problemas, las cobardes nietas de Amatista que buscan cualquier motivo para evitar el glorioso destino que nos espera defendiendo a Gimle.
Las voces de las hadas provocó un estruendo como las olas del mar, tratar a las nietas de Amatista de cobardes era un insulto para muchas, recordando que la abuela de Ámbar era la gran sabia a la que todo Gimle había aprendido igualmente a respetar. Cuando los ojos de todas se posaron en Méril al verlo moverse.
Méril dio un paso al frente contradiciendo a Ámbar. Se detuvo en el centro de la plaza, cargaba en la mano la funda con la espada como un gesto de agresividad y miró alrededor, a los rostros asustados de las hadas de la aldea, una por una, las que lo evitaron temerosas.
—¿Alguna más quiere repetir lo que la matriarca ha dicho? ¿Quién osa decir que las nietas de Amatista la sabia son unas cobardes? Ellas han venido intentando salvarlas a ustedes, al pueblo libre de Gimle, mientras que la matriarca a la que siguen sólo les promete una muerte segura, cegada por su tristeza. ¿Glorioso dice? ¿Qué hay de gloria en una historia que nadie podrá escribir? ¿Qué hay de hermoso en derramar la sangre inocente sin sentido? Ustedes no conocen lo fría y cruel que es una auténtica batalla; nada hermoso hallarán en ella.
—Tú también eres un cobarde…
—¡No diga que Méril es un cobarde!
—Prisma, no es necesario que me defiendes.
Ella lo ignoró adelantándose también para hablar a la aldea. La tímida jovencita desapareció ante una nueva Prisma que, indignada por el actuar de su propio pueblo, alzó la voz con fuerza.
—Aunque ustedes no lo saben, Méril fue uno de los einjergars que destruyeron al señor de los gigantes de Jotumheim.
—¿Eggther? ¿Él, ese muchacho enclenque, venció a Eggther?
—Eh, bueno, no exactamente. Fue mi amigo Ranma el que terminó con él tras una difícil pelea. A mí me dejó varios huesos rotos —confesó no con arrogancia, sino con humildad y un poco de vergüenza, que ensalzó a los ojos de la aldea su gran importancia.
Las hadas volvieron a murmurar con fuerza inclinándose a favor del mortal. No obstante, la matriarca tenía una última carta para impedir que su pueblo se marchara de Gimle.
—Si eres tan valiente y fuerte, entonces puede que seas la bendición que Gimle estaba esperando —dijo cambiando el tono de su discurso, sorprendiendo a Méril al dirigirse a él como un aliado en lugar de un enemigo. Miró hacia la Torre de Ámbar en el horizonte—. Hace cientos de años el silencio del corazón de Gimle nos ha sacudido a todos de manera dolorosa y nos ha dejado en penumbras. No sólo la voluntad de Gimle es misteriosa, también lo es la desaparición de nuestro señor Ull. La energía del bosque se pierde rápidamente, nuestras hermanas que han querido investigar, ninguna de ellas consiguió volver. Si es verdad que existe una salvación para nosotras en tu mítica ciudad de Noatum, ¡demuéstralo con tus acciones!
—¿De qué está hablando, matriarca? —Ámbar temió la dirección que tomó la discusión.
—Revélanos tu gran fuerza, demuéstranos que vivirás y morirás por Gimle. Ve a La Torre de Ámbar, averigua lo que ninguna de nuestras hermanas ha conseguido, ¡descubre el misterio del silencio de Gimle y de la desaparición de Ull y te creeré todo lo que quieras contarme, hijo de Midgard!
—La Torre de Ámbar está sellada para nosotras, ¡fue clausurada por Amatista hace años tras la desaparición de Ull y de centenares de hadas que quisieron llegar a ella! —Ireva reclamó alarmada para contradicción de la misma matriarca a la que debía apoyar—. Matriarca… usted ya desobedeció una vez la orden de Amatista y hemos perdido a muchas hermanas que fueron enviadas a investigar el corazón de Gimle…
—¡Silencio, Ireva!, no he permitido que hables.
Ámbar clamó indignada:
—¿Será que la matriarca pretende enviar al valiente Méril únicamente para condenarlo a una muerte segura? ¿Así planeas deshacerte de él usando tan cobarde argumento, cuando todo lo que él nos trajo fue la salvación de nuestras vidas, la esperanza para nuestro pueblo?
—Oh —la matriarca, llevado por su furia, respondió con sarcasmo—, ¿no será entonces que el gran héroe, el gran cazador de gigantes, es en realidad un mentiroso? ¿Un espía de los Aesirs enviado para embaucarnos y esclavizarnos? ¿Teme el valiente guerrero a una pequeña misión de exploración?
Los murmullos se hicieron intensos, las guerreras de la aldea miraron furiosas, no sólo a Méril, sino también a las hermanas cristal.
El joven apretó los dedos con impaciencia.
— ¡Iré!
Las voces callaron palideciendo ante su arrojo y repentino grito. El viento de Gimle sopló en un estallido que llevó con fuerza su palabra a todas.
— ¿Lo harás, es que no sabes del peligro de la torre? —insistió la Matriarca, contrariada, asustada de la determinación del joven que hacía dudar de sus propias ideas, rasgando en parte el velo que antes nublaba su entendimiento. ¿Y si ese niño decía la verdad desde un principio, y si él quería salvarlas, entonces qué pago le estaba devolviendo? Pero rápidamente recobró la compostura acusándolo otra vez—. Intentarás escapar, dirás que te dirigirás a la torre pero en realidad nos abandonarás ahora que hemos descubierto tu trampa…
Ámbar gruñó, era imposible discutir con esa mujer cegada por sus propias mentiras. Siempre encontraría algo de qué acusarlos.
—Volveré, lo prometo —respondió el muchacho.
—Tus promesas no valen nada.
—Si él no regresa, yo pagaré en su lugar el precio de mi vida.
Las voces se volvieron a callar, las hadas posaron sus ojos en la pequeña figura de Prisma que se paró a un lado del muchacho. Méril la miraba asustado, él no quería aquello, no ponerla en peligro, ¡no a ella!
—¿Y quién puedes ser tú, pequeña niña, para hablar con tanta importancia? Ser nieta de Amatista, por lo que hemos comprobado, no es señal de honor ni menos de valor. ¿De qué me vale a mí tener en prenda tu vida?
—Porque yo soy valiosa para el valiente Méril —miró a sus hermanas rápidamente, las evitó y cerró los ojos para atreverse a decir lo que tenía en la mente—. Yo soy "la amante" de este guerrero —dijo furiosamente sonrojada con la voz quebrada a pesar de haber intentado no titubear, en una mezcla de decidida mentira y también auténtica esperanza, que dejó boquiabierto al joven a su lado. Zafiro estuvo por saltar sobre Méril pero Ámbar se lo impidió, aunque tampoco se veía feliz por la confesión de Prisma aún sabiendo que era una exagerada mentira sólo para ayudarlos—, y por las promesas que hemos intercambiado, él me deberá su vida como yo a él le debo la mía. Si Méril promete regresar por mí, lo hará —Prisma, conteniendo a base de fuerza el temblor de su cuerpo, miró a Méril con una súplica en los ojos antes de susurrarle temerosa—. ¿Lo harás, verdad…?
—¡No dejaré que lo hagas! —Méril, desesperado, cogió a Prisma por los brazos remeciéndola suavemente—. No lo harás, Prisma, no pondrás tu vida en peligro por mi culpa. Ya dije que iría, te prometo que voy a descubrir la verdad, ¡pero tú no tienes que arriesgarte por mí!
—Pero si Méril regresa —insistió con valor a pesar que sus labios vibraban y no por miedo de su propia vida, sino por el destino que le esperaba a Méril al ser enviado a tan escabroso lugar—, yo no sufriré ningún peligro.
La matriarca y sus seguidoras no estaban dispuestas a creerle a esa niña sobre su relación con Méril. Otras, indignadas, le creyeron pero torciendo sus palabras, pensando que ella era la esclava de ese horrible mortal, comparándolo a los viles Aesirs. Sin embargo, fue la reacción del muchacho, que al borde de las lágrimas suplicaba a Prisma que no se arriesgara por él, lo que derrumbó todas las sospechas ganándose el afecto de la aldea, siendo para todas evidente el sentimiento que los unía y el corazón puro de aquel muchacho que distaba de la imagen que antes tenían de los einjergars. Avergonzándose muchas de haber creído al joven un ser despiadado, cuando demostraba una nobleza tan tierna como la de una hermosa flor. La matriarca pudo notar que la situación escapó de sus manos y debió reconocerlo.
—Bien, acepto el trato. Irás a "la torre de Ámbar" para descubrir la verdad de lo que allí sucede; pero si en tres días no regresas, ella pagará con su vida por tu engaño.
Ámbar, Zafiro y Méril estuvieron por desenfundar las armas, los tres dispuestos a impedir aquel contrato, cuando Prisma corrió ante ellos estirando los brazos para detenerlos.
—¡No! ¡No, hermanas, Méril, no deben hacerlo! Es por el bien de nuestro pueblo, por la vida de nuestras hermanas. Yo confío en Méril, él les demostrará la verdad, él regresará para salvarnos.
—Pero… —los tres dudaron incapaces de pensar con claridad.
—¡Se los suplico! Es lo único que podemos hacer para que nos crean.
Méril se mordió los labios hasta que sangraron, y deteniéndose en mitad del ajetreo de voces alzo el rostro hacia la torre de Ámbar y su tétrico reflejo que dominaba todo el cielo hasta lo más alto del firmamento.
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Méril se sentó un momento frente al escritorio. Le habían concedido un espacio privado mucho mejor que la bodega donde durmió la noche anterior. Una cama se formaba levantándose una superficie rectangular de madera del piso con un colchón tejido de seda y relleno de aromáticas flores que nunca perecían junto con plumas que lo hacían tan cómoda como las camas de los dioses. La habitación se separaba del resto de la casa por gruesas cortinas oscuras entrelazadas con capas más finas y traslúcidas. Algunas enredaderas colgaban también en partes formando mantos verdes en lugar de paredes.
La cabaña que nacía desde la pared de roca del acantilado y se prolongaba hacia el cielo, con la forma aplanada de dos discos de madera con una separación en el centro donde se encontraba el interior de la morada, estaba vacía a excepción de él, en lo más apartado de la aldea donde el barranco formaba una curva en uno de los costados introduciéndose hacia la cascada. El tronar de las aguas era reconfortante, tanto como lo sería el continuo palpitar de la lluvia. La fría neblina de la humedad, producida por la caída del agua, envolvía el balcón de la alcoba.
El muchacho se concentraba en unos mapas que Ireva le había facilitado. Era reconfortante saber que a lo menos la representante de la matriarca, la que antes tanto lo despreciaba, parecía haberse inclinado a su favor contraviniendo a la misma matriarca, ayudándolos con todo lo que sabía sobre la torre y la situación actual de Gimle.
Era extraño analizar un mapa de Gimle porque no había caminos o rutas, sólo árboles dibujados con inusitada exactitud. Comprendió que los mismos árboles eran tan distintos a los ojos de las hadas como las colinas y senderos para el resto de los Asgarianos. Miró hacia el balcón. El manto de árboles que terminaba en las lejanas montañas en el horizonte, tan monótono a sus ojos, debía ser para ellas un paisaje cambiante lleno de notorios detalles. La torre de Ámbar brillaba en el cielo del atardecer reflejando la luz anaranjada del sol en su ocaso. No debía fiarse, si bien la torre sería su punto de guía, una vez que entrara en el bosque no podría ver ni siquiera el cielo sobre su cabeza.
La soledad revivía un poco aquel estado febril que lo había atacado durante su viaje por Gimle. Se sentía intranquilo, encerrado como un animal enjaulado. Al volver a mirar el manto de árboles pudo notar, por primera vez con ojos de hadas, toda clase de diferencias en las copas que los hacían únicos. ¿Siempre fue así, por qué no lo había notado antes? Respiró profundamente intentando calmar su corazón y el deseo desbocado de salir corriendo y perderse en el bosque que lo llamaba. Pronto estaría allí, y en lugar de atemorizarse una extraña ansiedad lo invadía, al mismo tiempo que sentía temor de sus propios sentimientos, creyéndose víctima de alguna nueva toxina como le había sucedido en el santuario de la matriarca, pero ninguno de sus conocimientos podía explicarle tal extraño estado que estaba sufriendo.
Sin embargo, ahora era distinto, podía contenerse; dominar en parte aquellos impulsos y seguir siendo él mismo. Era como si su instinto se revelara cual animal, mientras que su mente luchaba por mantener el control y domesticarse a sí mismo. Se detuvo mientras se ocupaba trazando algunas líneas sobre el mapa, haciendo anotaciones de las nuevas formas que veía por el balcón, cuando sintió una presencia deambular cerca de la cabaña. Deslizó los dedos hacia el arco que descansaba en el piso equilibrándose contra el borde del escritorio. Apenas escuchó un paso giró tirando la silla, apuntando hacia la entrada de la habitación.
—¡Prisma!
—M-Méril… —Prisma perdió la voz al ver la punta de la flecha brillar apuntándola a ella.
El joven, avergonzado, bajo el arma rápidamente.
—Lo lamento, debí darme cuenta que eras tú. ¡Qué idiota soy!
—No, no, Méril… ha sido mi culpa. No debí entrar sin anunciarme primero.
Al rato Méril había vuelto a su tarea realizando anotaciones en el mapa, mientras que Prisma, sentada en la cama, lo miraba trabajar pacientemente. Para el chico era mucho más sencillo no tratar con ella directamente, menos cuando sus exagerados sentidos parecían decirle cada movimiento que ella hacía y los muchos aromas que tan dulcemente la adornaban; a lo menos había tres flores distintas adornando con su fragancia la piel de la chiquilla, hojas de un tipo especial de fresno más otras hierbas se mezclaban con el aroma de sus cabellos. ¿Y ese otro perfume, tan dulzón e inquietante que llamaba tanto su atención como para dejar la pluma un momento y simular trabajar, mientras se dedicaba únicamente a disfrutarlo? Se sonrojó inclinando más la cabeza sobre el mapa cuando reconoció la fuente de tal aroma que no era otro sino la irresistible esencia natural de la piel de la niña. ¿Cómo explicarle a Prisma que su sola presencia lo estaba perturbando? Y ella parecía ignorante de la batalla que él llevaba en su interior contra sus instintos.
—Méril, ¿lo harás?
—¿Hacer qué? —respondió distraído, tardó en volver a la realidad y percatarse de a lo que ella se refería, en especial por su tono de preocupación—. Ah, ir a la torre. Sí, lo haré. Es la condición que ha impuesto la matriarca para creerme, no tenemos otra salida.
—Ya veo.
El joven se sonrió alegre. Ella mostró curiosidad por la repentina risa del muchacho que malamente intentó cubrir dándole la espalda otra vez. Sin embargo, no debió preguntar el motivo cuando él le respondió adelantándosele.
—Ya no intentas decirme "señor Méril" como antes. Aunque ya me llamabas por mi nombre, siempre te esforzabas mucho, ahora es distinto.
—Oh, ¿he sido insolente?
—¡Claro que no! Por el contrario... m-me gusta, es… Eh… ¿Qué decía?
Prisma inclinó la cabeza, tímidamente sonrojada por las palabras del muchacho. Al intentar mirarlo, lo descubrió igual de acurrucado sobre el mapa como si avergonzado quisiera ocultarse de ella. Prisma se hubiera sentido feliz de compartir ese íntimo momento, de no encontrarse aterrada por el peligro al que él se enfrentaría.
—No vas a morir, ¿verdad?
—Prisma…
—Prométeme que no vas a morir, que regresarás sano y salvo.
—Yo… quisiera poder hacerlo.
Prisma, angustiada por la respuesta tan falta de fe, dejó la cama y caminó hasta llegar a él. Posó sus manos suavemente sobre los hombros decaídos del muchacho. Méril tembló ante ese contacto, pero no respondió. Se quedaron así varios minutos, hasta que él, resignado al no saber qué más decir, retomó su silencioso trabajo sobre el mapa. Ella no se movió, seguía de pie detrás de él. Las manos antes quietas las movió suavemente acariciando los hombros y el cuello del chico, con afecto y torpeza. El cuerpo tenso de Méril, tierno en apariencia se encontraba endurecido como un viejo roble, le reveló a ella las auténticas preocupaciones que intentaba esconder, no sólo de ella sino que de todos con su porfiada sonrisa llena de amabilidad. Y ella comenzó a combatir contra sus miedos, moviendo suavemente las manos con fuerza y cuidado, intentando soltar y destruir la fuente de sus preocupaciones provocándole una agradable sensación de relajo en los hombros y el cuello.
—Prométeme que volverás —insistió suavemente, inclinando la cabeza ligeramente sobre él al sentirlo más relajado y receptivo a sus plegarias.
—Sabes que no…
— ¡Miénteme entonces! ¡Miénteme!, miénteme… —se quejó airada golpeando con las manos empuñadas los hombros del muchacho una y otra vez—. Dime que volverás, prométeme que estarás bien, hazme muchos juramentos en los que jures que nada malo ha de sucederte.
Méril se quedó mudo cuando la sintió detenerse, descansando las manos sobre sus hombros, y la escuchó contener un gimoteo que bien podría haber sido propio, por entirse tan afectado como ella por la separación.
"Ah, así se sentía", pensó al recordar a su amigo Ranma, a Rashell, Belenus, la dama Freya, la señorita Akane; a todos los que en algún momento tuvieron que resignarse a la separación. Antes nunca había arriesgado nada, era sencillo ser valiente cuando todo lo que estaba en juego era la propia vida; pero no existía mayor dolor e impotencia que causar el sufrimiento del ser al que se promete proteger sin poder evitarlo.
—Lo siento, realmente lo lamento. Prisma, yo…
—No quiero que te suceda nada malo. ¿Por qué tienes que ir? Nada te incumben los asuntos de Gimle.
— ¡Claro que me incumben! —enfadado giró en la silla levantándose de un brinco. No le permitió alejarse cuando, de pie, la cogió por las muñecas obligándola a mirarlo a los ojos—, me importan mucho, más de lo que pudiera explicar.
— ¿Por qué?
—Porque tú eres parte de Gimle.
Prisma con los labios entreabiertos lo miró, ya no le pareció un chico dulce y amable, era más que eso. Los ojos marrones oscuros, de profundidad infinita, a pesar de reflejar su agitación ocultaban una paz tan intensa como la brisa que mecía las hojas cada mañana. Todo en él era seguridad, la firmeza del bosque eran sus pies plantados como si tuvieran raíces y la sombra de los árboles la que el joven proyectaba sobre ella. ¿Por qué Zafiro lo trataban de menudo o bajo de estatura, si era normal y más alto que ella? Más que normal, él la cubría a ella con su digna altura y furioso talante. Los cabellos revueltos, castaños y brillantes, estaban salpicados de pequeñas hojas y pétalos que en su distracción no había sacudido, porque la brisa con insistencia lo volvía a adornar a cada momento como si el bosque quisiera coronarlo con su gracia. Y eran como gemas para ella, los rizos del cabello tan sedoso que se enroscaba sobre la frente del muchacho.
—Lo… lo lamento, Prisma, yo no… no quería asustarte —Méril, avergonzado de su actuar, con el rostro enrojecido al notarla encogida por su violento arrebato, la soltó intentando retroceder. Mas Prisma se lo impidió, apenas libre recorrió el paso que los separaba abrazándolo con todas sus fuerzas, rodándolo con sus cortos brazos alrededor de su cuello y hombros hasta que sus mejillas y cabellos se enredaron en un torpe gesto de apego.
—Por favor, Méril, no digas nada, no estoy enfadada contigo.
—Pero yo…
—Permíteme recordarte como ahora, quiero recordarte para siempre como en este momento—estrechó con más fuerza el abrazo susurrando en su oído con timidez, con la voz quebrada por la emoción que su propia osadía le había provocado, y el miedo que ya no podía contener al imaginar que sería la última vez que lo vería con vida—, quiero… yo quiero… ¡Ah!
Ahogo la voz en una profunda y asustada aspiración, cuando Méril respondió rodeándola por la cintura y la espalda con sus brazos, apretándola con fuerza, desesperado, hundiendo su rostro en el pequeño hombro de la chica, ocultándose de un mundo que parecía odiarlo en los largos y ondulados cabellos oscuros.
—Prisma, te prometo… Te prometo que volveremos a vernos.
La inseguridad en la voz del joven hizo notorio que estaba mintiéndole. Mas a Prisma no le importó, su dedicación y deseo por complacerla era todo lo que ella deseaba en ese momento, y sus propias lágrimas mezclaron la amargura de perderlo con la alegría de los sentimientos que lentamente comenzaba a descubrir en mayor profundidad de lo que antes, ingenua, era incapaz de dimensionar en toda su importancia.
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Fuera de la cabaña, en un puente de ramas y musgo adornando las barandas frente a la cascada, Ámbar y Zafiro esperaban cuando el sol comenzaba a desaparecer reflejándose en la torre como una segunda estrella dorada en el horizonte, que tintaba todas las superficies del mundo que las rodeaba de un fuerte rojizo y anaranjado.
—¿Entramos? Ya llevan mucho tiempo a solas, no me fio de ese pequeño idiota, aunque Prisma haya insistido en despedirse —Zafiro le preguntó a su hermana mayor con inseguridad, pero también con un poco de tristeza.
—Déjala un momento más, sólo un momento más —respondió Ámbar, con la mirada perdida en el manto de árboles hasta el horizonte. Entonces se movió caminando, alejándose del refugio—. Es hora que nosotras nos marchemos.
—¡Ámbar! ¿Nos vamos sin Prisma? ¿La dejarás a solas con él? ¿Estás segura de lo que…? —se interrumpió a sí misma dudando—. ¿Sabes lo que podría suceder si…?
—¡Vámonos! Prisma es nuestra pequeña hermana, pero eso no la hará eternamente una niña. Debe aprender a ganar y también a perder; aunque todo sea tan violentamente rápido que no podamos protegerla —respondió tajante.
Zafiro no volvió a insistir y la siguió en silencio.
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3
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Se ajustó la protección de los brazos, cada una de las piezas tirando de las cintas con la otra mano y los dientes. La armadura ceñida de cuero endurecido con pequeños refuerzos de metal apenas le protegía los antebrazos y con una parte de género adherido como un guante le cubría la mano hasta los nudillos, dejando la punta de los dedos desnudos y ascendía hasta los codos. La camiseta ajustada al juvenil torso, con finos cordones cerrado la abertura bajo el cuello sobre su pecho, sin mangas dejaba los hombros al descubierto, poseía el color ambiguo que parecía variar entre el verde musgo y el gris, el mismo tono de los pantalones. Las botas eran cómodas, ajustadas a las piernas como una segunda piel de cuero flexible como la seda; maravillosa obra creada por manos de hadas.
Aunque la oscuridad era apenas vencida por el resplandor de la luna que se reflejaba en las aguas de la cascada, que adornaba el paisaje a un costado más allá del balcón, él no necesitaba más para verlo todo a la perfección.
Una vez vestido, cogió una pesada chaqueta de cuero que como un abrigo corto colgó hasta casi las rodillas, con mangas largas y amplias que cubrieron la ajustada armadura del antebrazo, con un ligero corte en la parte inferior de la muñeca, abriéndose con mayor comodidad alrededor de las manos. La chaqueta parecía estar compuesta por capas de género y planchas reforzadas de cuero como una armadura alrededor de los hombros, bajo ellos sobre el lado exterior de los brazos y en los apretados costados que protegían su torso y espalda, también en la falda que caía a los costados de las piernas, dejándola abierta en el centro como una capa, con una fina cadena de plata que unía colgando holgadamente de un punto del cuello al otro por encima de su pecho, como un adorno.
La ciñó contra su cuerpo con la correa cruzada en diagonal de la que colgaba el carcaj en la espalda. Unido a la correa diagonal por ganchos metálicos, apretó el abrigo contra su cuerpo con un pesado cinturón, al que a su vez también adosó una segunda correa más delgada, inclinada hacia uno de los costados de la que colgó la funda de la espada, un acero fino y delgado, cómodo y bien equilibrado, con la bendición de las hijas de Gimle grabada con runas en la hoja. Enfundó una cuchilla larga, como una espada recortada, horizontalmente detrás del cinturón. Un segundo cuchillo, más corto, guardó en una pequeña funda sin adornos que con dos correas paralelas más finas ajustó alrededor del muslo derecho hasta arrugar el pantalón con fuerza.
Acercándose a la mesa cogió el arco de diseño asgariano del que nunca se separaba y se lo colgó al hombro. Tomó la flecha con punta de cristal, la acarició conteniendo un inquietante escalofrío; ¿sería un mal presentimiento? La ocultó en el carcaj entre las demás flechas.
Por último, cogió la prenda que Prisma había tejido para él con toda su dedicación y los pocos hechizos de protección que la joven dominaba, los que se sintieron más fuertes por los sentimientos con que los había creado. Era un gran pañuelo oscuro, de un tono entre café y rojizo que enrolló alrededor del cuello cubriéndole también parte de los hombros como un manto arrugado, atándolo detrás del cuello dejó las puntas colgando por la espalda hasta la cintura como si fuera una bufanda. Lo probó por un momento levantando el borde más ajustado del pañuelo, que se enrollaba alrededor de su cuello por encima de su rostro cubriéndose así hasta la nariz, lo que sería muy útil en caso de necesitarlo.
Prisma había pensado muy bien en el peligro de exponerse a nuevos venenos en el bosque ahora que era un mortal, porque podía sentir la fragancia de flores y frutos que lo reanimaron con sólo unos segundos al haberse cubierto la nariz. Más intenso que todos era el aroma de Prisma, el mismo que había sentido anoche en su cabello oscuro que lo hizo sentir refrescado, pero a la vez más triste por lo que iba a hacer.
Entró en la habitación, sus pasos eran tan ligeros como un lince del bosque. Se acercó a la cama y se arrodilló a un costado del borde buscando el rostro de la chica.
La jovencita dormía plácidamente. El cabello que ayer lucía sedoso y peinado, ahora rebelde y revuelto cubría sus hombros. Con una mano abierta en un gesto inocente que descansaba sobre la almohada y la otra encima de la sábana con que él la había cubierto para protegerla de la fría noche. Sin atreverse a tocarla acarició los cabellos que colgaban por el costado de su frágil rostro. Lamentó muchas cosas, entre ellas, haber tenido tan poco tiempo cuando más deseaba conocerla mejor.
Por un momento, en que los nervios incentivaban la imaginación para evadirse de la dolorosa realidad, se vio transportado a otro mundo. Uno donde ambos eran sencillos estudiantes recién iniciando la preparatoria en Nerima, el único lugar moderno que conocía en Midgard con el que podía fantasear: Ella era tímida, él peor; ella mirándolo cuando conversaba con sus amigas, él distraído recibiendo un borrador en el rostro por espiarla distraído durante una lección; ella caminando a un costado de la callejuela, él a su lado conversando de todo y a la vez de nada importante.
Cerró los ojos con fuerza, habría sido maravilloso haber tenido una vida simple como el resto de los mortales, haber nacido en aquél siglo de paz que gozaba Midgard ignorante de todos los peligros que rodeaban al universo, ignorando también la fragilidad de su propia felicidad y la de toda su especie.
Hubiera sido hermoso no saber nada.
Rozó con la punta de los dedos la mejilla de la chica. Y se despidió de ella sin decir palabra, apenas moviendo los labios en un mudo susurro.
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Todavía no amanecía cuando Ámbar lo esperaba, según lo acordado, en una barca en el pequeño muelle a los pies del acantilado, en lo más profundo de la aldea de las hadas. Cubría su vestido de esgrimista de Gimle con una capa oscura que ocultaba todo su resplandor y se mimetizaba con las sombras del bosque. No intercambiaron palabras, una notoria frialdad había entre ellos a pesar que el muchacho sonreía con paz y resignación. El joven Méril subió con agilidad y Ámbar, usando un remo largo, comenzó a empujar la embarcación alejándose del muelle. Dejó que la corriente los arrastrara únicamente utilizando el remo para alejarse de la ribera y evitar los obstáculos en forma de afiladas rocas que sobresalían de la superficie de las aguas.
Atrás quedaba la aldea de las hadas, y en lo alto de uno los senderos que colgaban del acantilado, la matriarca e Ireva también los observaron partir. Igual lo hizo Zafiro, en uno de los puentes superiores, con una mano en el corazón.
El joven alzó los ojos al cielo, la "torre de Ámbar" seguía imponiéndose en la oscuridad, al verse como una línea fragmentada del firmamento que reflejaba de manera inusual a las estrellas, como si un cuchillo hubiese cortado en dos la bóveda nocturna y hubiese deslizado ligeramente una de sus mitades. Por un momento creyó que no se debía únicamente a un efecto visual del reflejo de la torre, tan alta y delgada como una espada de cristal que llegaba hasta el final del cielo; sino a que algo realmente no parecía encajar en la perspectiva, como si existiera una desviación de la realidad, muy habitual cuando los dioses alteraban el espacio físico generando nuevas dimensiones dentro de otras…
Se llevó una mano al rostro sintiéndose ridículo al percatarse de lo que hacía. Meditar en asuntos complejos lo distraía de sus propios nervios.
Tras largos minutos, quizás una hora navegando corriente abajo en absoluto silencio, Méril habló:
—Es aquí, podemos detener la barca tras la siguiente curva en el río. Hay un claro junto a la ribera.
Ámbar no respondió. Remó obedeciendo las indicaciones del muchacho y para su sorpresa, al girar alrededor de un árbol cuyas raíces nacían de las aguas, se encontró con una ribera más amable frente a un pequeño claro en el bosque. La barca se detuvo en el lodo, Méril bajó de un salto adelantándose a ella, hundiendo las botas en el agua y con una gran fuerza que su pequeño cuerpo no aparentaba, deslizó la mitad de la nave hasta el terreno más seco.
Se detuvo a admirar la sombra de los arboles que lo rodeaba con la amenazadora sensación de ser un muro infranqueable. El suelo más allá de los árboles parecía irregular, apenas podía distinguirse a través de las raíces y las ramas, lianas húmedas y gruesas colgaban con mayor presencia que las telas de araña en una casa abandonada. El aire era frío y húmedo, dolía con cada respiración. Cristales de Asgard emergían en vetas naturales desde la roca y la tierra, levantando las raíces de los árboles que se teñían de su extraña luz, como si se encontrara en realidad bajo las aguas de un arrecife de coral. Aquél paisaje le pareció más extraño que todo lo visto desde que llegó a Gimle, como si se encontrara en otro mundo, uno nuevo y estrambótico como el delirio de un pintor.
—Supongo que es la despedida —dijo el muchacho con amabilidad, como si él estuviera intentando consolar a Ámbar, cuando debería ser al revés.
Ámbar, por primera vez en todo ese tiempo, suavizó su semblante.
—Ten cuidado, joven Méril. Hace años que hemos perdido contacto con la torre, como ya lo sabes. Todas nuestras hermanas enviadas imprudentemente por la matriarca han desaparecido. No sólo eso, la vida que emana de Gimle no se siente en este lugar. Aquí hay algo extraño, escalofriante, no sabría cómo definirlo pero no se parece al resto del bosque. Este lugar se siente tan vacío como las calles de piedra de la ciudad de Valhala, o más.
— ¿Su nombre, señorita Ámbar, se debe a los cristales de ámbar de la torre?
Ella se sintió perpleja por la pregunta tan amena que la sacó violentamente de sus preocupaciones cambiando el tema de la conversación, y sonrió ante la agudeza del muchacho.
—Así es. Los cristales de ámbar se esparcieron por todo Gimle tras un cataclismo posterior a la gran guerra con los Aesirs. Pocas hadas conocen sobre esto. Yo nací de uno de esos cristales, por eso mi nombre, dado por mi abuela Amatista, es "Ámbar", como "La torre de Ámbar". De hecho, todas las hadas de cristal procedemos de los fragmentos de la torre, todas miembros de mi familia; por ello se cree que mi familia posee una conexión más profunda con la magia de la creación… Cómo sea, la torre es el corazón de Gimle y la fuente de energía de toda la vida en el bosque; también se convirtió en la fortaleza y trono de Ull, el lugar más hermoso de todo Gimle. Ahora, está rodeada de silencio. No conocemos del real estado del valle del vergel que rodea a la torre con su exuberante belleza, ni tampoco de nuestro señor Ull.
—Descubriré la verdad, averiguaré sobre el estado de la torre y del paradero de Ull. Así la matriarca quedará satisfecha y nos permitirá evacuar a la aldea si fuera necesario. Siento decirlo, pero pareciera ser que el límite oeste de Gimle está ahora colindando con los dominios de Hel. Seguramente la torre ha caído en sus manos, porque ya no parece encontrarse dentro de los límites del bosque y por eso no sabemos nada de ella. La aldea es el primer asentamiento de Gimle después de la torre de Ámbar, ¿no es verdad? Están en peligro, por eso no puedo fallarles. Lo que quiera que haya sucedido allí, seguirá después con la aldea… y con todo Gimle.
—Puede ser muy peligroso, lo que antes detuvo a mis hermanas de regresar puede atraparte a ti también.
—Sólo debo observar, mantenerme al margen del peligro y volver; soy bueno en eso. No tema, regresaré… Eh, y sobre Prisma.
—No es necesario que te disculpes. Ella sabe lo que hace, y tú también —la mirada de Ámbar volvió a endurecerse de una manera dolorosa—. Ustedes ya no son unos críos.
—Usted es la que no entiende, señorita Ámbar —se volvió a ella mirándola con una sonrisa ingenua, llena de optimismo a pesar de la situación en la que se hallaba—. Anoche no sucedió nada entre nosotros; no pasó nada de lo que usted cree entre su pequeña hermana Prisma y yo.
Dejándola con los labios entreabiertos, se retiró lentamente acercándose a la sombra de los árboles.
— ¿Por qué? ¿Por qué hiciste cosa semejante, estúpido muchacho? —Ámbar le reclamó furiosa, sin que él entendiera la razón—. Te di la oportunidad de estar con mi hermana, ¡era tu última oportunidad, la última oportunidad de ambos para conocerse antes de…! ¿O en realidad crees que volverás vivo de ese lugar? ¿Tan iluso eres? —aspiró profundamente antes de preguntar más desesperada que antes—. ¿En qué estabas pensando?
—En ella… —respondió calmadamente, para luego adoptar la frialdad de uno de los guerreros de Freyr, adoptando un manera de expresarse más directa y marcial; la misión había comenzado para él—. ¡Señorita Ámbar, no olvide nuestro acuerdo! Si no regreso en tres días, haga lo imposible para que las hadas abandonen la aldea. ¡Créame, Noatum las estará esperando! Si no consigue convencer a la matriarca, olvídese de ella. Abra el portal de todas maneras en el centro de la aldea y deje que las que quieran marcharse lo hagan junto con usted… ¡Se lo suplico, no deje que Prisma se quede en Gimle por más tiempo! No permita que ella me espere ni le hagan algún daño.
—Lo haré —los ojos de Ámbar se humedecieron. Cuánta nobleza, cuánto valor, realmente había pensado mal de ese joven tan noble y puro, ese guerrero no era como los demás einjergars que había conocido. Se corrigió rápidamente en el tono con que se dirigió al muchacho—. Sí, se hará como usted ordenó, amo Llewelyn.
Lo despidió con una solemne reverencia cuando lo vio desaparecer entre los árboles.
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Prisma despertó con los primeros rayos de sol. Somnolienta se sentó en la cama. La sábana rodó por su vestido desarreglado, arrugado tras una noche de incómodo sueño. El cabello revuelto se deslizó por su espalda. Por costumbre se ajustó la cinta del vestido que se había deslizado de su hombro al levantarse y miró el lugar en el que se encontraba, desconociéndolo por completo. Hasta que vio el mapa sobre la mesa del escritorio y abriendo los ojos palideció. Miró otra vez, lo buscó con ansiedad.
No fue necesario moverse de la cama, porque su espíritu le decía que se encontraba sola en esa casa. Entonces sus ojos brillaron de esperanza, ¡alguien más estaba allí, se había equivocado! Pero la misma luz se apago de sus ojos cuando la que entró en la habitación fue su hermana Zafiro con un gesto que confirmó su más terrible temor.
—Él se ha marchado ya. Prisma, hermanita, lo lamento.
Torció los labios, furiosa por haberse dormido, por no haberlo podido despedir ni verlo una vez más, una última vez. Las lágrimas bañaron su rostro y su cuerpo tembló violentamente. Zafiro la dejó llorar, no tuvo el valor para acercarse a ella ni consolarla, la vio enjugar sus propias lágrimas con sus manos pequeñas y frías. Prisma ya no tenía valor que aparentar, ni vergüenza que ocultar, tampoco optimismo con que mentirse a sí misma; nadie regresaba de la torre de Ámbar.
Méril se había ido a buscar la muerte con su estúpida y bonita sonrisa que sólo existiría desde hoy en sus recuerdos.
—Ya deja de llorar, con Ámbar te sacaremos de aquí si algo malo llegara a suceder. No permitiremos que esa loca matriarca te haga daño…
— ¡Pero si no es por mí que temo!
Gritó con todas sus fuerzas entre lágrimas haciendo callar a su hermana mayor.
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4
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Aquella noche el aire tenía un aroma dulce, desagradable, mezclado con el fuerte y lacerante sabor de las cenizas que se pegaba a la garganta e irritaba los ojos. Merilko Llewelyn se cubría con un viejo pañuelo la boca y la nariz atando sus puntas detrás de la cabeza. Las ropas oscuras las cubría con una larga capa cerrada, similar a un poncho, de género delgado que le llegaba hasta las piernas. Levantado los costados para sacar los brazos sostenía un pequeño arco recortado, muy adecuado para esa clase de misiones.
El sonido de las espadas cortando la carne y rasgando las vestiduras era más habitual que el de los aceros chocando. Gritos de espanto, llantos, súplicas y maldiciones acompañaban el crujir de la madera torturada por las llamas. La noche se iluminaba con el resplandor del incendio que consumía la ciudad.
—No es una guerra —se quejó el muchacho haciéndose escuchar por sobre el ruido y el pañuelo que cubría su boca. Estaba asustado—, es una masacre. ¡Esta gente no se está defendiendo! ¿Por qué…?
A su lado, Kelz Lledeyn, el viejo maestro que lo guiaba, le dio una fuerte palmada en la cabeza que le dejó todo el desordenado cabello hacia el frente.
—Basta ya, crío estúpido, o tus dudas han de matarte. Somos los ojos del rey, ¿recuerdas? No su boca para hablar o su cabeza llena de algas para andar pensando lo que él no puede. Nuestra misión es espiar e informar sobre el transcurso de la guerra, nada más.
— ¡Pero son inocentes, aldeanos indefensos! Se han rendido, no hay razón para lastimarlos.
—Gracias deberías dar entonces que nos ha tocado el trabajo de espías, ¡bien podríamos estar abajo llenándonos las manos con la sangre de bebés y mujeres! ¿Eso quieres? Deja de quejarte por la mala estrella de otros cuando todavía estás con vida. Este mundo es así, y así debes aceptarlo para vivir, o morirás en él.
Merilko, pálido como la nieve que coronaba las montañas a sus espaldas y que rodeaban a la gélida bahía, no volvió a discutir. En sus ojos ardía la rebeldía que el viejo Lledeyn tanto lamentaba. Un corazón tan noble no era apto para sobrevivir en este mundo, ¿de qué le servía poseer tan sobrenatural talento con el arco si jamás había sido capaz de asesinar a un único objetivo? Debía cuidarlo, por culpa de esa ingenuidad que acompañaba todas las extrañas ideas del muchacho, él siendo ya anciano debía seguir arriesgando su vida para acompañarlo y no dejarlo morir.
Sin embargo, esa noche era distinta, lo sabía, su corazón viejo se comprimía con oscuros presentimientos y más dolor le provocaba ver a su discípulo actuando con una suavidad que no debería haber tenido.
—Parecen animales —se quejó el muchacho al ver, desde los tejados, los ojos inyectados de sangre de los soldados cuando mataban uno a uno a los habitantes de la ocupada ciudad. Las manos del joven temblaban impotentes, deseosas de estrenarse terminando con la vida de uno de los que deberían ser sus aliados.
—No, no como animales, ofendes a la naturaleza; porque los animales sólo matan para comer y vivir. Ellos no, son demonios que matan por el placer de hacerlo. ¡Movámonos!
Su orden fue tanto para avanzar y cumplir su misión, como para alejar al muchacho de aquellas espantosas imágenes que era notorio lo trastornaban. Las calles se teñían de sangre y los soldados resbalaban en los charcos carmesí. Los gritos eran estridentes y desgarradores. El chico estaba llegando a su límite cuando Kelz lo jaló del brazo obligándolo a avanzar.
—Tendremos que separarnos. Cubriré el palacio e intentaré descubrir alguna emboscada que pudiera dañar al ejército. Nunca se sabe las trampas que puede tener un animal arrinconado. Tú, Méril, ve al muelle y espera allá. Vigila si hay algún movimiento extraño e informa al capitán si notas naves, o simples sombras. Ten cuidado, recuerda que emboscadas han sucedido navegando en la oscuridad, ejércitos completos han desembarcado amparados por la noche y el silencio; ¡presta atención y despeja tus orejas!
Merilko asintió temeroso, pero también con deseos de reclamar porque era notorio que su maestro lo enviaba al sector más silencioso de la ciudad, donde no debería ver tanta muerte.
— ¡Corre! —lo jaló otra vez para obligarlo a moverse y le dio un fuerte empujón al despedirlo.
El chico se tambaleó al principio, el viejo lo vio partir con agilidad saltando sobre los tejados, deslizándose como una sombra, tal como se lo había enseñado. Kelz Lledeyn se detuvo un momento, miró las estrellas dejando una blanca estela con su aliento, ni todo el calor del fuego era rival para la fría noche que calaba sus viejos huesos.
—Él es tan joven —clamó arrepentido de todo lo que le había enseñado al niño—, y es tan inocente. No le servirá bien, amo Freyr. Déjelo, se lo ruego, él no le servirá.
"¿Dejarlo?"
Lledeyn escuchó una conocida voz hablándole directamente a su alma.
"¿Me pides que le dé lo que en primer lugar nunca le he quitado? Ése niño es dueño de su propio destino; él escogerá, no tú, tampoco yo."
—Mi señor Freyr…
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Merilko saltó por los últimos tejados acercándose al final del camino sobre los edificios. Se deslizó por la pared hasta alcanzar un puente entre dos torres. Se trepó a la pared siguiente y comenzó a escalar descendiendo por la superficie de la torre hasta alcanzar el nivel de las bodegas de piedra antes de los muelles. Se sentó en la oscuridad en el borde de uno de los tejados frente al mar oscuro, y esperó.
El silencio reinante era opacado por el lejano eco de la matanza. Apretaba los dientes, no podía estar tranquilo. Razón tenía su maestro cuando le dijo que los animales mataban para comer, pero los hombres mataban por placer. No, no son hombres, son demonios. Él mismo se aborreció al saber que era parte de la matanza y nada hacía para impedirla.
Truenos rasgaron el silencio, junto a resplandores de plata que surcaron los cielos. La lluvia cayó con violencia. Alzó el rostro dejando que el agua recorriera sus facciones infantiles. Pero sentía que no podía lavarlo de los pecados que compartía, de los que era culpable por su indecisión.
Se tensó al percibir movimientos en los muelles, creyó distinguir siluetas cruzando entre los edificios amparándose en la oscuridad. ¿Serían enemigos como se lo advirtió su maestro? Se encontraba solo, a lo lejos podía escuchar el tronar de las botas de acero de la más cercana de las tropas que saqueaban las casas cercanas. Quizás tendría una oportunidad de alertarlos si corría hacia ellos. Pero se contuvo de volver, debía asegurarse primero si eran enemigos antes de dar la voz de alerta, contradiciendo así las órdenes del viejo Kelz.
Volvió a moverse por los tejados siguiendo el borde de las bodegas, saltando de una a la otra. La lluvia violenta hacía difícil ver y caminar sobre las tejas empapadas. La capa se pegaba a su cuerpo y reflejaba el brillo del agua con cada relámpago. Pronto pudo confirmar sus sospechas, eran diez o doce siluetas las que se movían acercándose a los muelles. ¿Serían soldados intentando coger una barca para escapar? Las dudas lo mortificaban, podía perdonar a desertores, ¿pero si eran enemigos preparando una emboscada, un contraataque a traición? Su oído, siempre más fino de lo normal como su maestro le decía muchas veces, podía percibir la cercanía de sus aliados a pocas cuadras de los muelles. Si gritaba de seguro lo escucharían a pesar de la lluvia.
Sin embargo, su corazón le decía que esperara. Recordando la matanza no podía imaginar como aliados a esos soldados sedientos de sangre. Debía estar seguro, su conciencia se lo exigía.
Se dejó caer en el empedrado de la calle, antes de los muelles de madera y se ocultó tras unas cajas. Siguió a las siluetas deslizándose entre coberturas. A menos de diez metros de ellos se topó con una amplia avenida de piedra antes del muelle frente al mar, no tendría donde ocultarse. Si quería detenerlos debía hacerlo en ese momento. Apretó los dientes, no pediría ayuda, quería resolverlo a su manera.
—¡Alto! —ordenó dejando el escondite en un rápido movimiento, apuntando con el arco.
Las siluetas se detuvieron. Escuchó el gemido de una mujer y el grito de una pequeña niña. Entonces comprendió su error.
Ante él, un grupo de aldeanos, en su mayoría mujeres y niños, lo miraban con espanto y horror. Uno de los pocos hombres que protegía al grupo con torpeza, lo enfrentó anteponiéndose a los demás y estiró la cuerda de un rudimentario arco apuntándolo en contra del muchacho. Ambos se quedaron paralizados, apuntándose mutuamente con la punta de sus flechas. Méril calculó al observarlo temblar bajo la lluvia apenas sosteniendo esa cuerda vieja y seca; aquel hombre era un novato, ni con toda la suerte del mundo le daría a él en la oscuridad y bajo la lluvia. Un relámpago iluminó mejor sus rostros, la manera en que lo miraban como si él fuera uno de los demonios de los que estaban escapando.
¿Podía culparlos?
¿Podría borrar de su memoria el terror en los rostros inocentes de esos niños al verlo?
¿Era él tan distinto a los otros que habían bañado las calles con sangre inocente?
Merilko, en un acto de osadía, sin bajar su arco, dio algunos pasos hacia el centro de la avenida quedando completamente expuesto delante del grupo. Aquel hombre lo apuntaba con las manos temblorosas, como si en cualquier instante la cuerda del arco pudiera resbalar torpemente de sus dedos empapados.
—¡Papá!
—¡Atrás! —ordenó el hombre intentando aparentar valor—. ¡Atrás! —repitió dirigiéndose a una de las mujeres, seguramente su esposa—, ¡saca a los niños de aquí, llévalos al barco! ¡Todos, váyanse!
—Pero, amor —la escuálida mujer suplicó al que era su marido, cargando al más pequeño de los niños en brazos—, no te dejaré atrás.
—¡Vete!
Merilko se mordió los labios. Se encontraba del lado opuesto a sus deseos. Aquel hombre, valiente y cobarde a la vez, ilógicamente se sacrificaba para salvar a sus hijos, a su mujer, y a esa gente desposeída de esperanzas. ¿Qué conseguiría? Si moría en sus manos, luego tendría que perseguir y asesinar a toda esa gente, y…
Se maldijo a sí mismo ante tales pensamientos que fueron más rápidos que él; ¿estaba calculando las posibilidades, creando estrategias, pensando seriamente en matar a gente inocente? ¿Era por la orden del rey, porque ellos eran sus enemigos? No podía desobedecer tampoco, no era libre de hacerlo. Sus ojos afilados, como los de un cazador, miraron a la pequeña que se abrazó porfiadamente a la pierna de su padre a pesar que este se sacudía para que lo soltara y se la llevaran. Los viejos y las otras familias comenzaron a correr por el largo muelle en dirección de una barca.
—Si mi padre me hubiese amado con el mismo valor que el tuyo —murmuró Merilko, pensando en voz alta, dirigiéndose a esa pequeña que abrazaba la pierna de su padre, cuando sus propias lágrimas se confundieron con la lluvia que empapaba su rostro.
Sería tan sencillo, una flecha rápida y ese hombre no sufriría en absoluto. Merilko no fallaría a esa distancia. Podría acabar con la miseria de ese hombre y de toda su familia de manera piadosa y a la vez cumplir con su deber.
Era su obligación hacerlo.
Ése era su destino.
¿Destino…?
¿Por el destino fue abandonado, por el destino su padre adoptivo quiso matarlo y su madre murió ante sus ojos? ¿El destino quiso que él asesinara a su padre pero fuera incapaz de salvar a su madre? ¿El destino lo hacía igual de inútil para escoger de qué bando del conflicto estar?
Los dedos de Merilko relajaron ligeramente la cuerda.
—Dispara… —susurró el muchacho, como si quisiera infundir de valor a aquel hombre que lo apuntaba con tanta torpeza, e insistió con un desesperado grito—. ¡Dispara!
La orden de Merilko, poderosa como el viento de la tormenta que azotó la lluvia contra las paredes de la ciudad, sacudió a aquel hombre; como si ambos hubiesen compartido la misma visión oscura del futuro, y también el mismo deseo de cambiar sus patéticos destinos.
—¡Dispara! —la voz de Merilko, más fuerte que antes, hizo eco en todo el muelle.
Y el hombre soltó la cuerda, más por obedecerlo que por su propia voluntad. La flecha sin esperanzas cruzó el aire, en el preciso momento en que el cielo enmudeció. Justo para ser escuchado el casi mudo sonido de un golpe certero atravesando una delgada cota de cuero.
Merilko sonrió al sentir aquel dolor que paralizó hasta sus pensamientos. Dio un paso atrás con torpeza. Dejó caer su flecha sin disparar, el arco colgó a su costado de la punta de sus dedos temblorosos. La flecha de material de tercera, con plumas chuecas y una punta oxidada que aquel desesperado padre había tirado, dio en el costado de su joven pecho atravesándolo hasta salir la punta por su espalda.
El niño, tanteando con las manos frías y empapadas las plumas de la flecha que se había clavado en su pecho, no paró de sonreír.
Era un milagro, ¡un hermoso milagro! Que en su enorme dolor lo hizo llorar de alegría.
—Vete… —murmuró con la voz lastimada por la falta de aire al sentir que se ahogaba cuando su pecho por dentro debía estarse llenando de sangre. Tambaleándose, mirando con satisfacción a aquél hombre que, impactado por lo que había sucedido, se quedó paralizado con el arco todavía en las manos y la tosca cuerda aún vibrando—, vete… ¡vete ya!
Pero el hombre no se movió, no podía hacerlo.
Merilko cayó doblando una rodilla. Hincado y desesperado. Descubrió que el hombre ya no lo miraba a él, sino que asustado posó sus ojos más allá de donde se encontraba. El agónico joven maldijo al oscuro destino que todavía insistía en quitarle su victoria, cuando escuchó los gritos y los insultos del grupo de soldados que seguramente lo vieron caer. Sin fuerzas los percibió a sus espaldas correr hacia él.
Sabía lo que sucedería, correrían por su lado, pasarían de él y seguirían hacia los aldeanos hasta masacrarlos por haber herido a uno de los suyos. Pero no lo harían por venganza o justicia, a ellos no les interesaba su vida, sino que lo harían por el mero placer de asesinar a esos inocentes. Tan cerca estaba de finalmente cambiar la vida de unos pocos, su sacrificio, su muerte ahora no le valdría de nada. Comenzó a ver borroso, escupió sangre y las manos temblaban ya no pudiendo sentir el frío de la lluvia.
—Corre… —suplicó con lo último de sus fuerzas.
Pero vio que aquel hombre se mantuvo erguido sacando una vieja y oxidada espada del cinto, como si su plan fuera bloquear con su cuerpo el paso al muelle. Notó también que los aldeanos incluyendo la familia de ese hombre, comenzaban a llegar a la barca que deseaban abordar, y treparon a ella con muchas dificultades. El moribundo Merilko apretó los dientes cuando pudo distinguir a la distancia, con esos ojos prodigiosos que jamás le sirvieron para nada bueno, que ellos tenían problemas para desatar la cuerda empapada que ataba la barca al muelle.
No lo iban a lograr a tiempo.
Sus ojos se encontraron una vez más con los de ese hombre, que confundido no comprendía la razón detrás de su actuar, entendiendo que la herida de Merilko no se debía a la suerte ni a su habilidad, sino al deseo mismo de sacrificarse de ese muchacho.
El tronar de las botas casi lo tenía a sus espaldas, el hombre a diez metros con la espada desenfundada delante de él, el destino dispuesto a cobrar la vida de todos sin ninguna salvación posible. Y él, el más inútil de todos; ¿tan poco valía su vida que su sacrificio no cambiaría nada?
¿Nunca tuvo el poder de salvar la vida de nadie?
—Van a morir si no escapan, vete… —apoyó una mano en el suelo incapaz de mantener el cuerpo erguido.
—¡Mátenlos a todos! —escuchó al líder del grupo gritar a sus espaldas, que corría y ya casi llegaba a su lado.
Merilko apretó los dientes, enfurecido.
¡Al diablo con el maldito destino!
En un arranque de fuerzas que no creía poseer, el joven movió el brazo y ensartó su arco entre las piernas del guerrero en el momento preciso en que éste justo pasó corriendo por su lado, haciéndolo tropezar violentamente. El arco se hizo pedazos, pero más fue la sorpresa de los que seguían al líder, cuando Merilko se puso de pie ignorando el dolor de su herida y cogiendo del suelo la espada del guerrero caído lo asesinó enterrándosela en la espada con certera crueldad.
—¡Vete de aquí, llévate a tu familia! —Merilko ordenó al paralizado aldeano que también se había quedado pasmado con la acción del muchacho, escupiendo sangre con su bramido—. ¡Corre de una maldita vez!
El hombre echó a correr tras su familia por el último tramo del muelle. En el camino alcanzó a sus hijos que cogió con cada brazo e instando a su mujer a seguirle el paso alcanzaron la barca que ya otros ancianos y mujeres comenzaban a desatar para librarla del muelle. El mismo hombre usó su espada para cortar las sogas en su desesperación. Méril, herido pero alimentando sus fuerzas con adrenalina y deseo por combatir al destino, giró con la espada ensangrentada en la mano para enfrentar a los que antes habían sido sus odiados aliados.
Los hombres, asustados por la reacción del muchacho, recobraron sus bríos y cargaron contra él. Merilko se arrancó la mitad de la flecha que sobresalía de su pecho con la mano y esperó. Los ojos volvieron afilarse, como aquella vez en que se enfrentó a su padre adoptivo. Pero ya no era un único hombre al que tenía por delante, sino a una docena de guerreros fuertemente armados que lo duplicaban en peso y tamaño, en armas y armaduras, en comparación a su patético cuerpo y andrajosas telas de cuero y género. La sangre escurría por su boca, cada respiración dolía como si rasgara lo que quedaba de sus pulmones. La mano temblaba con violencia. Su arco partido a sus pies era el triste reflejo de su propio futuro.
Pero sonreía, porque esa noche había cambiado su destino y el de esos pobres inocentes.
¡Sí que lo había conseguido!
Salvar una vida era todo lo que había deseado, poder volverse por su propia voluntad y encarar la muerte en la dirección correcta: su propia existencia tuvo sentido para él.
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..
Lejos se veía la silueta de la pequeña embarcación surcando las olas de la bahía. La tormenta había cedido a una suave llovizna y el mar se veía tranquilo, de un tono grisáceo cuando el amanecer iluminaba tenuemente la capa de nubes oscuras sobre la fría ciudad. Los vítores de victoria del ejército conquistador se escuchaban por toda la ciudad desde el palacio hasta sus puertas.
Lledeyn caminó lentamente entre los cuerpos. El muelle olía a mar y sangre. Los soldados se apilaban en desgarrador número por todo el suelo; ¿qué clase de bestia mítica podía repartir la muerte con tal salvajismo? Al final del empedrado, al inicio del muelle, encontró el cuerpo pequeño del muchacho sentado en el piso recostando la espalda contra una de las cajas de madera. La espada partida por la mitad y teñida de rojo todavía era sostenida con fuerza por su mano ya fría y rígida, tres flechas, además de la primera, se clavaban en su cuerpo.
Tanta crueldad con un ser tan pequeño y frágil.
El viejo se inclinó ante el cuerpo del muchacho y con el borde de su capa limpió el rostro y los labios de las marcas de sangre y lodo.
Lloró amargamente por su suerte.
—Mi señor Freyr, finalmente te pertenece tal como lo acordamos, tal como me lo habías pedido, maldito señor codicioso de almas. He dado lo mejor de mí por él, por su formación —murmuró cargando el cuerpo del joven en sus brazos, no lo dejaría en manos de los saqueadores: lo devolvería a la naturaleza donde siempre se sintió más a gusto que entre la gente—. Yo velaré por su cuerpo y guardaré el bosque donde ha de descansar hasta lo último de mis días; pero usted, mi maldito señor Freyr, cumpla su promesa; y guarde al espíritu de este niño por una eternidad. Que en los cielos el muchacho alcance la gloria que en este mundo le fue negada.
Kelz Lledeyn lo cargó lentamente por el borde de los muelles, mirando el cielo gris como si deseara ver más allá de los límites del mundo mortal, donde el espíritu de ese muchacho iría a residir por una eternidad junto a los más valientes. Porque de todos ellos, su niño, su aprendiz, sería el mejor.
—Se fuerte, niño. Has que este viejo se sienta orgulloso de ti.
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5
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Se movió bajo las sombras de los árboles de Gimle como una hoja más guiada por el viento. El suelo ya no era sólo irregular, porque prácticamente no existía. Toda la superficie se encontraba fraccionada por grietas, las raíces se mezclaban con la roca y descendían por los bordes del abismo perdiéndose en la oscuridad de las profundidades; pero las grietas eran todavía aberturas delgadas de no más de un metro de ancho que zigzagueaban entre los troncos más antiguos, como si todo el bosque estuviera separándose en fragmentos en torno a los árboles creando pequeñas islas que, para su imaginación, flotaban sobre la oculta oscuridad de un abismo bajo la superficie.
Un manto de resbalosas raíces, como el denso cabello de un gigante, cubría el poco terreno que quedaba alrededor de los troncos. Rocas cruzaban el aire como espadas afiladas que escapaban de entre las raíces bajo los árboles inclinándolos, provocando que sus troncos tuvieran formas extrañas y retorcidas. Cristales luminosos se asomaban en distintas partes de entre las raíces tiñendo con colores caprichosos aquel mágico y espeluznante lugar. El musgo era tan denso que colgaba como cortinas de las ramas y formaba complejas tramas en el aire, provocando un ambiente espeluznante y húmedo; y cada vez más frío, hasta sentir que las manos le dolían.
El agua se condensaba en las hojas de los árboles, el alto y denso follaje cerraba completamente el ingreso del sol y del aire fresco. Era como estar encerrado en gigantescas bóvedas de vida vegetal, oscuras e iluminadas tenuemente por los colores cambiantes de los cristales Asgarianos. El agua condensada en las hojas goteaba con tal intensidad desde las copas de los árboles, que bajo la sombra del bosque parecía estar lloviznando en todo momento empapando sus ropas.
Ninguna selva en Midgard podría compararse a la sensación de estar encerrado en un mundo tan oscuro, de aire frío y rancio, impregnado por el aroma de los árboles y musgo, escalofriante, en el que experimentaba la sensación de estar atrapado. Tan exótico y misterioso, bajo la constante y fina lluvia oleosa que se pegaba a su piel, era como si se encontrara en un mundo diferente. Su percepción del tiempo también se encontraba alterada, ¿llevaba horas en ese lugar, o serían semanas, meses? Todo era posible, a pesar de tener claro en su mente que todavía no había pasado el medio día.
No se detuvo, tenía que seguir avanzado porque el tiempo era el enemigo a vencer. Con cuidado no resbaló al correr sobre las ramas más gruesas, a pesar de encontrarse todas cubiertas por una capa húmeda y viscosa de aroma desagradable. En ocasiones se quedaba quieto, colgando de una mano de una de las ramas con los pies suspendidos sobre la oscuridad de una grieta. Miraba impresionado las aberturas profundas y cada vez más amplias a medida que seguía avanzando por el bosque. La sensación de vacío también lastimaba a su conciencia y alma, aquel abismo no era natural; afectaba su espíritu.
¿Habría sido siempre así aquel terreno, tan malévolo a los ojos de un humano? Sería imposible para alguien poder moverse de manera normal, no saltando sobre las raíces o colgando de las ramas como él hacía, o volando como lo harían las hadas. Prácticamente ya no había un suelo que pisar. Aquel pensamiento le provocó una sensación de vértigo, cuando tampoco podía ver el cielo al encontrarse cubierto por tal densidad de hojas que si estuviera de día o de noche, no notaría diferencia alguna. La luz de los cristales provocaba con mayor intensidad que antes la mágica sensación de estar sumergido en un mundo oceánico en lugar de un bosque.
Los arbustos cambiaron, ya no eran hermosas expresiones de la naturaleza, sino que se tornaron en oscuras y retorcidas hierbas. De colores negruzcos y rojizos, y hojas aserradas, o a veces con formas largas y pelillo como las antenas de un insecto, sobresalían de entre las raíces, se enredaban en los troncos y colgaban de las ramas como apéndices carnosos. Se mecían lentamente a pesar de no existir ninguna brisa que justificara tal movimiento. Temblaban en ocasiones a los cambios del aire que provocaba el movimiento cercano como los que él hacía y se inclinaban inquietantemente en su dirección. Temió, sin saber el porqué, pero prefirió no acercarse a nada que no conociera, menos tocarlo. Los hongos comenzaban a abundar y el polen cubría el aire como pequeñas motas que se mezclaban con el agua constante que caía de las hojas.
El aire era irrespirable, saturado de esporas y polen, además de humedad y un inquietante aroma a humus y putrefacción. Cubriéndose el rostro hasta la nariz, agradeció el largo pañuelo de Prisma y su fragancia que le recordaba su razón de estar allí, su propio nombre, existencia y lo llenaba de motivación para no caer en una inexplicable demencia que lo había perseguido desde que entró en esa zona oscura del bosque.
Se detuvo parándose en una rama apoyando la espalda contra uno de los troncos. Casi resbaló. Curioso pasó los dedos por la madera y notó que toda estaba humedecida, casi empapada. Las grietas se hacían más anchas y los troncos de los árboles se distanciaban un poco más unos de otros. Ahora ya no eran ranuras en el suelo entre la vegetación; se convirtieron en amplios acantilados que separaban a los árboles, de dos a seis metros de ancho en algunas secciones. La luz de los cristales hundidos en las sombras resaltaba raíces a metros de profundidad, que se cruzaban de un lado a otro como el cableado eléctrico de una actual ciudad de Midgard. ¡Midgard!, la poblada Tokio que había conocido le pareció en su memoria como un campo de aire despejado y libertad en comparación a la opresión húmeda que sentía en esas auténticas cavernas de vegetación.
Podía ver animales sobrevolando cerca de las copas, donde el denso follaje impedía ver el cielo, como si fuera un techo de concreto. Y no eran aves. ¿Qué clase de criaturas de aspectos exuberantes y horripilantes eran esas? Parecían murciélagos de casi un metro a dos de largo con sus alas extendidas, sin pelaje, de pieles grises, arrugadas y humedecidas, con largas trompas en lugar de cabezas, bocas redondas como las de un gusano adornadas con un anillo interior de pequeños dientes; más parecían serpientes aladas pero con brazos pequeños adheridos a las alas, y patas traseras similares a las de un lagarto. No quiso llamar la atención de tales seres, pero tampoco parecían notar su existencia. Se movían en bandadas, se mecían en el aire como un cardumen de peces lo haría en las profundidades del mar.
Una de ellas se arrojó en la oscuridad dando un lúgubre chasquido que parecía provenir desde el interior de su larga boca, y fue seguida por las otras, cayendo todas en picada en uno de los abismos más oscuros desapareciendo de su vista. Escuchó un chillido similar al de un cerdo degollado. Luego emergieron arrastrándose por las raíces, con las alas plegadas alrededor de delgados brazos que terminaban en garras, sosteniendo con sus bocas tipo ventosas trozos de carne de algo que parecía haber sido un animal con pelaje como el de un mamífero, pero de extremidades escalofriantemente similares a las de un humano…
Se ocultó tras un tronco cuando las vio encumbrar otra vez el vuelo como si en realidad "nadaran" por el aire. Ese sitio le daba escalofríos, porque la creciente sensación de vacío comenzaba a afectar no sólo su alma, sino también sus pensamientos hasta el punto de olvidar que una vez había conocido la luz del sol. Recobrando la cordura apretó los dientes, se dio de suaves golpes en la cabeza, necesitaba mantenerse centrado cuando comprendió que era una influencia externa la que estaba entumeciendo sus sentidos. ¿Veneno? No, era algo más profundo que alguna sustancia que pudiera estar respirando; porque lo afectaba espiritualmente robándole lentamente las energías.
—Tiene que ser el Ginnugagap, no hay duda —murmuró acudiendo a lo que había aprendido en la biblioteca de lord Freyr—. Toda ésta sección del bosque ha de ser la que está sostenida sobre el vacío que existe fuera de los límites del universo—intentó sonreír, más su gesto fue penoso—. Mi suerte va de mal en peor…
Sus pensamientos lo llevaron a creer que toda la naturaleza en ese sitio había mutado por verse afectada por la negativa influencia del vacío. Había leído sobre la gran grieta en el universo, una falla en la existencia, un vacío que como una línea cruzaba de norte a sur a todo Asgard por las profundidades bajo el bosque de Gimle. ¿La grieta sería una marca dejada por la misma creación de Asgard como una herida de nacimiento, o producto de la primera y funesta guerra al principio de los tiempos entre hadas y Asgarianos? Eso ya no importaba. Pero lo que sí podía concluir que lo que estaba viendo, era el bosque desmembrándose lentamente sobre el abismo. Quizás, el suelo no se había separado, sino que se había desmoronado y engullido por el Ginnugagap durante los últimos siglos. ¿Asgard estaba perdiendo materia, cediendo al vacío que comenzaba a reducir los bordes del universo? ¿Sería ése en realidad el inicio del Ragnarok, el fin profetizado por las nornas del destino, la destrucción de toda la vida?
Había muchas interpretaciones al respecto con lo anunciado por las "nornas" milenios atrás. Lo más habitual era creer que terribles batallas envolverían en llamas la superficie de los nueve mundos. Pero, ¿y si la destrucción no venía por manos de dioses o demonios, sino por algo más oscuro, como el desmoronamiento de todo Asgard? ¿Tan ilusos eran los señores de Asgard que se empeñaban en fortalecerse para la guerra, en lugar de buscar una solución para salvar la vida de todos de una amenaza mayor, la muerte "natural" de un universo?
Contuvo una maldición. ¿Qué hacía el resto de Asgard luchando por deseos pueriles, cuando allí, en el corazón de Gimle, se anunciaba el auténtico fin? Y sus guerras sin sentido más aumentaban el daño a la vida que comenzaba a escasear en ese universo.
Mientras avanzaba se topó con enormes flores de colores brillantes que colgaban de las ramas más aceitosas, con la misma intensidad que los cristales que se asomaban desde los abismos; tan grandes como una pequeña tienda de campaña con pétalos traslúcidos. Hipnotizado por la hermosa luz caminó sobre una rama más gruesa acercándose a una de las flores. Sintió un aroma dulce, misterioso y seductor. "Aroma", esa palabra le trajo una especie de recuerdo, por instinto presionó el borde de su pañuelo contra la nariz cubriéndose con más fuerza el rostro.
Sintió el perfume de Prisma, y su mente se refrescó al instante y recordó otra vez quién era y lo que hacía en ese lugar. Maldijo asustado cuando la hermosa flor en un instante se transformó ante sus ojos, ya no confundido por el polen venenoso que antes había respirado. Era la misma flor pero grotesca, el aroma dulce se convirtió en el de la putrefacción que podía percibir por sobre el del perfume de Prisma aunque se cubriera la nariz con el pañuelo. Largas lianas como tentáculos colgaban de la flor sobre el vacío. Y espinas como garfios adornaban todo el interior de la misma. Miró a su alrededor y estaba rodeado por esas flores, las que colgaban como campanas de los árboles, en distintos tamaños y luminosos colores, en un lugar del bosque en que los cristales asgarianos se habían debilitado y la oscuridad reinaba con mayor influencia. Notó en el interior de algunas flores que se encontraban cerradas como capullos, siluetas humanas.
Alarmado desenfundó la espada y se acercó a la flor que traslucía aquella silueta acurrucada en su interior. De un certero golpe rasgó parte del pétalo. Los tentáculos temblaron y por un momento creyó escuchar un gemido animal provenir de esas flores. Notó que las flores eran parte de todo el árbol que pisaba, que como otros, poseía una superficie húmeda y grasosa, como un aceite viscoso al que envolvía a las pequeñas criaturas como esos gusanos alados que ahora volvía a ver pero en penoso estado, ya que mareados por el veneno parecían aturdidos, enredados entre el musgo y las ramas descomponiéndose en vida, sin necesidad de caer en las flores como le sucedía a los animales más grandes, o como casi le pasó también a él. Sintió asco y pavor, pero la imagen humana dentro de la flor lo alentó a seguir. Cortó más tentáculos y pétalos. Por un momento el polen volvió a afectarlo cuando saltó en gran cantidad envolviéndolo en una nube verdosa, y creyó ver la luz de otra hermosa flor invitándolo a descansar, como si se tratara de un cómodo refugio.
Maldijo su propia debilidad y lo cortó el aire con la espada deshaciendo la nube de polen. Revelando la bella imagen ser otra horrible flor de superficie dentada con espinos y aroma a muerte. Siguió cortando la flor cerrada y la abrió de un certero corte de espada.
Dio un grito asustado. De su interior cayó sobre la gruesa rama una materia viscosa en grandes cantidades, roja y negra, de un aroma dulzón y desagradable. En su interior venía mezclada materia orgánica que no supo, ni quiso reconocer si era parte de la flor o entrañas de ser animal. Enredándose con un pequeño esqueleto humano.
—¿Humanos, aquí? —no quiso tocar al principio la mezcla, hasta que el líquido se diluyó por la rama cayendo al vacío. Se acercó y con la punta de la espada removió los restos con pudor, se sintió especialmente incómodo al girar una calavera atravesada por una de esas ramas que más parecían por su forma y textura entrañas carnosas—. No, no es humano… ¡No puede ser!
Descubrió junto a los huesos corroídos por el aceite, restos de telas y hojas de Gimle, con joyas de cristal y mucho cabello "humano". Eran los restos de un hada, no cabía duda.
Apretó los dientes enfurecido, eso no era naturaleza, ¡ese árbol no podía ser parte de Gimle! Gimle no devoraba a sus propias hijas. Miró a su derredor y descubrió otras flores cerradas; y por el resplandor de los cristales y las mismas plantas, vio a trasluz más siluetas similares a humanas, en posición fetal en el interior de los capullos. Se cubrió con el pañuelo hasta el borde de los ojos y saltó alejándose de ese lugar. Había para su tristeza descubierto a parte de las hijas de Gimle desaparecidas de la aldea. Lloró por el triste destino de las exploradoras, las que ni siquiera habían conseguido cruzar por ese lugar.
Si hubiera podido quemar ese árbol hasta las raíces, lo habría hecho, pero el peligro a que el fuego se expandiera por todo el bosque aceitoso hubiese sido mortal. Su mente rápida y lógica le impidió dejarse llevar por el arrebato furioso de su corazón. Sentía náuseas ante el aroma del polen del que no podía escapar.
Tras un par de horas moviéndose y corriendo sin detenerse, odiando el aroma que había impregnado su propia ropa, la grieta comenzó a desaparecer y la naturaleza recobró metro a metro su energía. Era otra vez una selva llena de peligrosas y naturales criaturas, como debía ser, y no un lugar de grotescas pesadilla y de vacío abrumador. Fue como escapar de una caverna cuando notó la luz del sol rompiendo entre las copas. Miró hacia atrás y descubrió que el bosque por el que había llegado era como una caverna oscura y hedionda, de ramas y hojas que lo amenazaba.
Bajó de las ramas, otra vez había un suelo firme que pisar. ¡Tierra!, poco faltó para que en su dicha se arrodillara y se echara un puñado a la boca, hasta sabroso a sus sentidos le pareció el aroma del lodo hediondo a hierbas. Atrás quedó la grieta del Ginnugagap y su bosque maldito que pendía sobre el vacío. Otra vez los árboles lo bendecían con su calor y frescura, y con su vida que sentía emanaban tocando su ser. Cuando encontró un pequeño río, no esperó y saltó hundiéndose hasta el fondo con toda su ropa. Quería lavarse de la podredumbre que lo había impregnado. Al salir estrujó su pañuelo y con alegría descubrió que seguía impregnado únicamente con el aroma de Prisma. Respiró profundamente la mezcla de flores y de humedad del río. Era como volver a estar vivo. Pero debía seguir adelante temiendo más ahora, después de su experiencia, lo que podría encontrar en la Torre de Ámbar. ¿Por qué el corazón de Gimle estaba tan cerca de la grieta del universo, o cómo es que la grieta había conseguido abrirse tanto hasta hacerse manifiesta devorando la vida de una sección del bosque?
La columna de cristal de resplandor dorado y anaranjado se alzaba por sobre los árboles. Le costaba seguirla al levantar el rostro, al encontrarse tan cerca hasta que los ojos le dolían. Parecía curvarse en su enorme altura en el cielo por encima de su cabeza desafiando la lógica; como si dividiera la imagen del cielo en dos mitades. Tan distante que no podía ver su cúspide, como si su extremo superior se perdiera y llegara a cruzar el final del firmamento, enredándose con las pocas nubes que se agolpaban a distintas alturas alrededor de las paredes de la torre.
Si esa torre fuera un rascacielos de Midgard, pensó el muchacho con los labios entreabiertos, fácilmente podría alcanzar el espacio donde giraban los satélites inventados por el ingenioso humano que no dependía de la magia.
—El corazón de Gimle, el trono de Ull —murmuró Méril otra vez con voz seria y fortaleza. Necesitaba descubrir la verdad, saber lo que allí se ocultaba. Sólo así podría convencer a la matriarca de la aldea de salvar a su pueblo y permitirles refugiarse en Noatum.
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Corrió como ciervo saltando las raíces. Al volar se encumbró por encima de las ramas, siendo uno con el viento. La fiebre que lo había afectado antes apenas llegó al bosque, lo volvía a dominar. Pero era distinto, ya no sufría de esa locura que lo privaba de la razón. Era más mesurado, como si se hubiera acostumbrado a esa parte antes oculta de sí mismo.
Era sencillo ver el camino, el bosque se lo indicaba. Los árboles que antes le parecían muros infranqueables de verdor, imposibles de identificar unos de otros, ahora le eran tan distintos entre ellos y sencillos de reconocer como los rostros de las personas. Sabía cuando había un ave observándolo, o cuando un animal salvaje escapaba de su presencia. Intencionalmente podía pisar con la ligereza de una hoja, sin detener su frenética carrera, y hasta consiguió cruzar tras un peligroso grupo de lobos de Nifelheim, que inquietantemente comenzaban a dominar esa área, junto con gigantes y grupos armados de trols.
La oscuridad se tornó creciente a medida que avanzaba en dirección de la torre. No era el vacío, sino algo más conocido pero no menos agradable. Era la esencia de Nifhel, de la reina Hel y sus demonios, la que comenzaba a impregnar el bosque. Comenzó a percibir el aroma de las cenizas. Pocos minutos más adelante descubrió restos de hogueras en claros creados con la fuerza inconscientes de hachas inhumanas. Las huestes de Hel debían estar acampando por los bosques y sus pasos se dejaban sentir. Los árboles se secaban y de los animales únicamente comenzó a encontrar cadáveres. La vida dejaba de fluir a medida que se acercaba a la torre. Ya no tenía esperanzas de encontrar algo bueno una vez que llegara a su objetivo.
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Se detuvo abruptamente cuando topó con el borde de un acantilado. Pero no se trataba de un simple risco. Cayó sobre las rodillas incrédulo por lo que tenía ante sus ojos.
—El bosque… el bosque está desapareciendo.
El acantilado era en realidad el borde del terreno del bosque, que como una pared sin límites se extendía ondulante hasta perderse de su vista tanto a la derecha como hacia la izquierda. El tronar escalofriante del terreno, con cada sacudida, anunciaba que otro enorme segmento de tierra, roca y árboles cedía desplomándose; de la misma manera que el hielo de un glacial cedía a las altas temperaturas.
Pero el terreno perdido en lugar de sumergirse en las aguas de un imaginario mar; aquí se hundían en una materia negra y espesa como el lodo, pero ligeramente traslúcida como el agua. El mar negro se extendía desde el borde de sus ojos hasta perderse de su vista en el horizonte. Una mancha oscura que lo dominaba todo. Más sorpresa desagradable le provocó ver que esa oscuridad rodeaba a una pequeña isla de rocas no lejos de la ribera, que es donde se encontraba la base de la Torre de Ámbar. Miró desesperado como cruzar esa oscuridad, y descubrió que las "aguas negras" o como fuera esa sustancia, se encontraba cubierta por árboles, enormes rocas del tamaño de una casa y restos de terreno que flotaban a la deriva, muy lentamente, sobre la sustancia. Al ver la roca lo pensó, y en un acto de valor dio un paso atrás y saltó al vacío.
Al caer sobre la sustancia se hundió hasta el pecho. Aleteó desesperado, no podía nadar, realmente tenía la consistencia el lodo. Se ahogaría y desaparecería como el resto del bosque, temió lo peor, porque su alma le indicaba que la profundidad de ese mar negro se encontraba unida al vacío del ginnugagap. Tardó varios minutos en percatarse que no se hundía. Aterrorizado por la sensación de vértigo de estar flotando sobre un mar sin fondo, viscoso y hediondo a muerte, intentó calmarse y tratar de golpear con las manos para salir de la sustancia. Al final consiguió no sólo librarse sino también descubrir que podía incluso ponerse de pie. Era extraño, imaginar que caminaba sobre el agua. Pero más que agua era como caminar sobre un lodo transparente, negro que por cada paso se hundía hasta las rodillas como si lo hiciera sobre una densa capa de nieve. También era más difícil mantener el equilibrio.
Pocos minutos después se acostumbró y consiguió avanzar hasta el tronco de un árbol que flotaba de costado a medio hundir, y se sentó encima escapando de la materia oscura.
Entonces observó hacia atrás. El acantilado realmente era el borde del bosque como había pensado. Una alta pared de roca y tierra coronada por una hilera de árboles que indicaban el inicio de Gimle. Y seguía sin ver el final de ese mar negro cuando miraba hacia los lados. Era como avanzar hacia el final del mundo. Sabía que del otro lado de ese "lago" negro se debía hallar Nilfhel al suroeste y Nifelheim al noroeste. ¿Entonces, qué era esa extensión oscura?
Miró hacia las profundidades bajo el sol del mediodía. El lodo traslúcido lo dejaba ver hasta decenas de metros hacia las profundidades, donde podía descubrir que estaba toda la materia bajo la superficie llena de árboles, tierra, rocas y cadáveres de animales, y otras criaturas, flotando dentro de esa vastedad oscura. Hundiéndose tan lentamente que él apenas podía notar algún movimiento, como si se encontraran congeladas en el tiempo. Escuchó un tronido, dos más. Vio parte del acantilado desprenderse y caer arrastrando desde las raíces una decena de árboles desgarrados en la materia oscura.
El horizonte no le parecía más alentador. La isla de rocas negras y afiladas como espadas que era la base de la torre de ámbar le parecía tan lejana que calculó demoraría un día o dos caminando sobre esa materia. ¿Lo soportaría tanto tiempo moviéndose en esas condiciones? ¿Quién le aseguraba que más adelante seguiría siendo la materia tan densa como para poder pisarla, y si se hundía, o su alma sería consumida por la locura? Porque la oscuridad y el vacío se hacían tan o más presentes que cuando cruzó el bosque en su etapa más peligrosa.
Tuvo deseos de regresar, pensando que ya no podía más que informar la desgracia que sucedió con las anteriores hadas que habían querido investigar. Apretó los puños, todavía no sabía realmente lo que había sucedido. No podía regresar así a la aldea o la matriarca no le creería. Necesitaba pruebas.
Respiró profundamente, intentó calmar su espíritu y se sentó cruzando las piernas. Una vez conoció a un hombre, su maestro en el arte de la arquería, que le había enseñado a calmar su alma, despejar la mente, convirtiéndose en parte del entorno. Así ahora se relajó e intentó no pensar en nada más que en su misión.
Abrió los ojos y se encaminó hacia la torre. Saltando del tronco y hundiéndose otra vez hasta los tobillos.
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Horas habían transcurrido. Un paso a la vez, cada uno más difícil que el anterior, lo hacían creer que su tarea era tediosa e imposible. La torre no parecía ceder, jamás se veía más cerca. Era como caminar en un desierto infinito de oscuro lodo. La sensación del vacío bajo sus pies era aterradora. Debía olvidar que se encontraba caminando sobre el abismo que daba fin al universo. El sol le daba con fuerza en la espalda. Al detenerse cometió el error de mirar hacia atrás, deseando volver, pero notó que el bosque se veía más lejos que la torre misma. Estaba solo, perdido en la infinita extensión de muerte. Como si se encontrara a la deriva en mitad del océano
En ocasiones podía ver algunas rocas o árboles flotar, y sólo para descansar su mente se trepaba por unos minutos en ellos. Se sentó sobre una gran roca que se encontró durante la penosa marcha. Tenía más de dos metros de alto con una cara plana en su parte superior que le permitió recostarse un momento. Pero hacia las profundidades consiguió notar que esa roca era gigantesca y sólo se encontraba en la punta visible de la misma.
Aire recio y frío lo sacudió. Al principio se sintió agradado al percibir que el viento no había cesado, como antes sucedió durante un largo tramo bajo el bosque, en que aquella pastosa sustancia hedía a putrefacción, a tal punto que casi había perdido la capacidad del olfato por la saturación y el asco que sentía. Luego su descanso se tornó en temor, porque el viento no era otro más que la brisa gélida de Nifelheim, el mundo de hielo que rodeaba a Asgard. Al mirar el horizonte pudo finalmente notar las montañas blancas, apenas distinguibles, por encima de la línea negra de ese mar oscuro de sustancia viscosa, más allá de la torre.
Gimle era la única defensa entre la Asgard de los Aesirs y Nifelheim donde dominaban los gigantes de Utgard y se imponía la ley de la soberanía de la reina Hel. La Torre de Ámbar, el corazón de Gimle, antiguamente se ubicaba, según decían los textos que leyó del estudio de Lord Freyr y que aparentemente nadie más conocía en la actual Asgard, ubicaban a la torre en el centro del país verde. ¿Qué significaba todo aquello, que el bosque había cedido hasta que su anterior centro quedó ahora expuesto fuera de él, en tierras que ya estaban bajo el dominio de Hel? Jamás imaginó algo tan terrible.
Debía conocer la verdad. Pronto llegaría el atardecer, imaginó la oscuridad que allí reinaría cuando anocheciera: sin luz, sobre un manto denso de lodo traslúcido como un mar oscuro. Sería tanta su perdición y angustia como si se encontrara en el espacio eterno y con los ojos cerrados. Y el vacío podría terminar por absorber su alma a la locura.
Tendría que esperar sobre esa roca y guardar las esperanzas que no se llegara a hundir con rapidez. ¿O se arriesgaría a continuar marchando de noche en la oscuridad absoluta? Sabía que el ginnugagap seguía dominando todo ese lugar. Si aquél mar oscuro de sustancia negra no poseía fondo, pues se hallaba sobre una grieta en el universo, el peligro sobre su propia alma sería mayor.
Si tan solo fuera ignorante de tantas cosas: el conocimiento era a veces una maldición dolorosa.
Recordó a sus amigos, cómo sería compartir con ellos esa terrible aventura. ¿Qué habría hecho Rashell?
—De seguro diría alguna broma sobre las chicas de la aldea —se respondió a sí mismo como si estuviera hablando solo.
¿Y Ranma? ¿Qué habría hecho su osado amigo ante una situación tan adversa?
Méril se sonrió. Como si todas las preocupaciones del mundo no existiera. Llevó las manos tras la cabeza y se dejó caer de espaldas acostándose completamente sobre la roca. Cerró los ojos y se dispuso a dormir.
Eso mismo habría hecho su amigo. Y tenía razón, ¿para qué preocuparse cuando ya no le quedaban más energías? Si mañana seguía con vida, si el ginnugagap no lo devoraba hundiéndose en esas aguas durante la noche o su mente no se quebraba ante la influencia del vacío perdiendo el juicio; recién entonces se preocuparía de todo lo demás. No tardó en quedarse dormido, cuando el sol anaranjado que se reflejaba en la infinita torre de ámbar cedió en el horizonte a la lejana línea de árboles que apenas se divisaba como un manto verde sobre el borroso acantilado. En realidad, su situación sobre la pequeña roca flotando en un mar negro era como estar suspendido en el vacío.
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Abrió los ojos. Por lo que más había deseado no despertar en mitad de la noche. Sabía a lo que se enfrentaría. Se sentó desesperado, pero nada cambió.
La oscuridad era absoluta, no podía ver ni sus propias manos. Sentía el ligero vibrar de la roca en la que se había dormido horas antes, la manera en que se movía lentamente sobre la superficie oscura. El sonido del mar negro no era como el del océano; sino que era un constante burbujeo como a una sustancia viscosa moviéndose lentamente en distintas direcciones. Se sentía mareado, perdido, ya no podía imaginar hacia qué lado miraba, o si estaba hacia arriba o hacia abajo.
Una vez leyó en una de esas interesantes enciclopedias de Midgard, sobre los hombres valientes que luchando contra los límites de la física y montados en aparatos tecnológicos que no dependían de la energía de la magia, conseguían surcar el espacio fuera del planeta. Entre las peligrosas condiciones a las que se enfrentaban y preparaban mentalmente, era a la sensación de vacío y oscuridad, sin un punto al que sentirse unidos para orientarse, una de las más peligrosas para sus mentes.
Así se sentía ahora. A pesar de estar sentado en la roca, no podía verla. El vacío le provocaba vértigo. El ginnugagap, la gran grieta en el universo que lentamente devoraba a Gimle, también afectaba a su alma. No tenía apoyo, nada de lo que aferrarse. Cerró los ojos, nada cambiaba, seguía siendo igual de oscuro, e igual de angustiante. Los volvió a abrir, necesitaba una luz, lo que fuera que aferrara su alma a la realidad.
Entonces la divisó. Tan angustiado se encontraba que sus ojos se nublaron; pero en realidad sí había luz. Alzó la vista y, si bien no podía verse a sí mismo o al manto oscuro que lo rodeaba: el cielo en cambio contrastaba con la masa oscura que era la tierra. Todo el firmamento se encontraba cubierto de estrellas, luminosas y radiantes, como si no existiera una atmosfera que mitigara la intensidad de esas lumbreras. Eran tantas las estrellas que podía ver, que ningún cielo antes visto, ni en Midgard, o que tampoco recordara en la misma Asgard podía compararse a esos manchones de estrellas sumergidas en nebulosas multicolores de gas.
Dudó ante sus propios pensamientos. ¡Era verdad, tampoco había un cielo así en Asgard! ¿Estaba todavía en el mismo universo, en el mismo mundo? ¿Seguía dormido?
El resplandor de las estrellas se reflejó en la torre de ámbar. Entonces comprobó que seguía estando vivo y en el mismo lugar que antes. La torre producía un efecto que al principio creyó una ilusión. Como si todo el cielo estuviera fraccionado por la torre, como una línea de luz débil y plateada que cortaba verticalmente el firmamento. No había constelaciones que pudiera identificar o le resultara familiar, ningún indicio en el que apoyarse.
Con seguridad pudo afirmar que ese cielo no era el de Asgard. ¿Sería otro cielo, o sería, por el contrario, el reflejo del vacío que se ocultaba bajo el mar negro? Porque había escuchado historias…
Si lo que veía era una de las caras del vacío eterno, entonces cada estrella en el firmamento sería un universo distinto, lleno de vida, lleno de historias, lleno personas viviendo sus propias alegrías y penas; tanta infinitas posibilidades, quizás donde "otro Méril" pudiera tener una vida completamente diferente, o él mismo como producto de la fantasía de otro ser, no fuera más que un personaje en la historia creada por alguien más. Y él mismo, como parte de todo Asgard, no era más que otra estrella en ese vacío eterno siendo observado por otro curioso, que como él tendría sus ojos puestos en el cielo.
Alzó un brazo, finalmente pudo ver su propia mano en contraste a la luz de esas estrellas. ¿Algún ser estaría como él angustiado, pensando en lo mismo? Y si los universos eran infinitos, ¿existiría la posibilidad que "otro Méril", más feliz, estuviera mirando las estrellas en una noche especial donde el cielo no sería el mismo de siempre, sino una ventana abierta al ginnugagap?
¿Y ese Méril, más feliz, estaría como él estirando su brazo hacia el cielo?
No tardó en dormir y tuvo un extraño sueño, o eso creía, cuando su alma abierta al vacío experimentó voces y sonidos de mil mundos distintos.
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6
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"Méril…"
Era un extraño sueño.
"¡Méril!"
Cálido, placentero. No frío o angustiante.
"¡Méril, Méril!"
Abrió los ojos lentamente, se los frotó. Le costaba enfocar la vista cuando todo le pareció borroso. Entonces algo cayó deslizándose por su frente. Eran sus anteojos. Por costumbre se los acomodó delante de los ojos y el mundo cobró formas definidas ante él. En especial la silueta de una chica que lo observaba impaciente. ¿Debía reconocerla? Al principio se sintió fuera de sí, como si por un segundo hubiera sido una persona completamente diferente. Ahora era él, de nuevo, con todos sus recuerdos.
—¿Prisma, qué haces aquí?
—¿Qué hago aquí? Méril, estamos en el salón de la academia. Te dormiste durante la clase.
El chico se frotó el rostro apesadumbrado, pasando las manos por debajo de los anteojos. En su distracción los tiró, pero Prisma, la dulce niña de cabello oscuro y ligeramente ondulado, los atrapó antes que se golpearan contra la mesa. Peinando los mechones de Méril se los colocó otra vez. Las risas y comentarios de sus compañeros de clases provocaron que ambos se sonrojaran.
—Lo siento, es que anoche dormí poco.
—¿Por qué?
—Tuve un sueño extraño.
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Prisma irradiaba belleza con su uniforme de la academia: blanco de líneas azuladas y medias oscuras que cubrían sus piernas. Caminaban por un sendero tranquilo y silencioso, a un costado del río que cruzaba ese barrio de la ciudad, separado de las aguas por una pendiente cubierta de césped. El joven se detuvo un momento y miró hacia donde se suponía se encontraba la capital.
Una enorme torre de concreto y cristal se alzaba por sobre todos los edificios, comenzando en cuatro vértices lejanos en los extremos del distrito, y que ascendían formando una pronunciada curva uniéndose a la torre central, la que cruzaba varias capas de nubes hasta perderse en el cielo. Ni siquiera las demás torres, modernas estructuras de cristal y estilizados diseños, apenas alcanzaban en altitud la primera sección de la gigantesca estructura. El barrio donde vivían se encontraba a muchos kilómetros de distancia, y aún así podían verla como si la tuviera a un par de cuadras solamente.
—Es enorme… —murmuró el joven.
—Méril, ¿estás bien?
—¿Eh? Pero, Prisma, es enorme.
—Estás muy raro hoy, es como si la vieras por primera vez. El palacio imperial está igual que siempre, como todos los días, ¿recién notaste lo grande que es?
La chica se veía un poco preocupada por su amigo y compañero de escuela. El joven Méril se rascó la cabeza. Ese día se sentía extraño y no sabía el porqué.
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Ese día estudiaría con Prisma en su casa. Era la envidia de sus compañeros de la academia, y a pesar que lo negara, no dejaba de sentirse también nervioso por la situación. En la mesa esperaban varios libros. El ventanal abierto que daba al jardín donde dos pequeños cristales hexagonales flotaban sobre una fuente cambiando rápidamente de color a medida que giraban sobre un chorro de agua. Méril se sintió intranquilo, porque no se explicaba la razón para que no pudiera recordar el nombre de ese común adorno de jardín.
Deslizó el libro sobre la mesa y se sorprendió cuando por accidente unos símbolos de luz aparecieron en la superficie, provocando el llamativo efecto como si se encontraban hundidos por debajo de la superficie de cristal oscuro de la mesa. Miró hacia ambos lados esperando estar solo para no sentirse avergonzado de su repentina ignorancia. Tenía la ligera sensación que eso debía ser normal, pero, para él en ese extraño día, no lo era.
Pasó la mano sobre el mismo lugar de la superficie y se volvió a iluminar. Pero esta vez los símbolos se mantuvieron encendidos. Se rascó la cabeza. Presionó con un dedo la mesa por encima de una de las luces y tal como lo supuso se trató de una especie de botón.
Una suave melodía introdujo la aparición de cuatro líneas de luz que aparecieron en la pared. Parecían flotar a un par de centímetros por delante del muro formando un marco. Y con un rápido resplandor el centro del rectángulo cambió mostrando ahora imágenes en vivo, de sucesos importantes que estaban sucediendo en otra parte del mundo, con barras en los bordes de la imagen, como si fuera un noticiario cualquiera, que informaban con esos extraños símbolos parte de la noticia…
¿Extraños símbolos?
Méril se abrió con prisa su libro. Y con una rápida mirada notó que eran los mismos símbolos que él no podía entender. Comenzó a sentir que la espalda se le humedecía de sudor, el pánico lo dominó. Ése era su libro de clases, ¿por qué no podía leerlo?
La dulce Prisma entró en la habitación arrastrando un par de pantuflas, con forma de un adorable animal de felpa que tampoco le fue familiar. Se había cambiado a ropas más cómodas: una pequeña blusa que bailaba coquetamente por encima de la cintura con un estampado únicamente en una de las esquinas inferiores, con la forma de estilizadas líneas que representaban ramas y hojas; y una falda que le llegaba a las rodillas. Tenía un cristal adornando su cabello, y que como un pincho sostenía su ondulada melena tomada ahora como una cómoda coleta. Vio a Méril distraído en el libro escolar y depositó la bandeja que traía del otro lado de la mesa. Cogió un vaso con refresco de un tono verdoso y lo colocó delante de Méril.
—Méril, eres increíble. ¿Puedes estudiar con la televisión encendida?
—¿Qué cosa?... ¡Prisma!
—Estás muy nervioso, ¿de verdad te sientes bien, Méril?
Él no le respondió. Se encontraba pálido.
—¿Vamos a estudiar historia? —Prisma, al momento, se mostró cohibida—. Te agradezco que siempre estés ayudándome, no soy muy buena con los estudios. Pero gracias a Méril he podido mejorar mucho en mis calificaciones.
Había algo extraño también en la actitud de Prisma, más coqueta y enérgica, segura y también despreocupada que no terminaba por convencerlo. Sentía que ella no debía ser así. ¡Nada debía ser como se estaba mostrando ante sus ojos!
—¿Historia?
Al bajar los ojos otra vez al libro, descubrió que ahora sí podía leer los símbolos. ¿Qué le había sucedido hace un momento? Pasó rápidamente las hojas para asegurarse que sí, era verdad, entendía a la perfección todo lo que allí estaba escrito.
—Oh, entonces es verdad. El príncipe dejará Idavollr.
—¿Príncipe?… ¿Idavollr?
Méril alzó el rostro y buscó a Prisma. Ésta miraba atentamente la televisión, o como fuera que llamara a esa imagen suspendida en el aire. Él la imitó.
En la nota de prensa, aparecían imágenes de una gran cantidad de personas. Todas vestidas con largas túnicas o trajes elegantes. Allí se encontraba un joven hombre, de cabello rubio y una elegante coleta. Ojos azules como el profundo océano y una mirada seria, hasta podría decirse conteniendo una gran rabia como si toda esa ceremonia lo mantuviera al borde de la desesperación. En realidad, cualquiera creería que el joven era de actitud fría y distante; no así para Méril que conocía ese rostro y esa misma actitud adivinando la gran molestia que ese joven hombre debía sentir.
—¡¿Ranma?! —exclamó Méril. A pesar de la diferencia del color de cabello, del tono más frío de su piel, y facciones un poco más duras y crueles; aquél joven era la viva imagen de "Ranma".
¿Pero quién era Ranma? Sentía que debía recordarlo, pero no podía hacerlo.
—¿Ranma? ¿Quién es Ranma? Espero que no sea alguna amiga que no conozca… —Prisma deslizó su comentario con un ligero carmín de enfado.
—¿Amiga? No, ¡no!, es un amigo… creo —sus palabras tropezaron para responder. Se sentía aturdido, no comprendía, como si hubiera olvidado algo muy importante.
Intentó calmarse y escuchar atentamente lo que decía la comentarista en la televisión.
"Finalmente como se había rumoreado, nuestro supremo sagrado príncipe inmortal y sucesor al trono de Idavollr, Yngvi Njörd, dirigirá personalmente el nuevo plan colonizador en el recientemente descubierto mundo subdesarrollado UC-101. Un universo llamado por sus propios habitantes nativos como 'Vanaheim'."
—¿Vanaheim un universo colonia?
Por alguna razón esa idea la encontró sorpresiva y también ridícula.
La periodista continuó su narración:
"Será acompañado por una importante comitiva de nobles y duques inmortales. Y también lealmente escoltado por el héroe de Idavollr, el apodado y popular 'señor de la muerte' y primo de su excelencia el príncipe, nuestro sagrado general Yngvi Touni. Les recordamos que nuestro sagrado general obtuvo su fama hace casi quinientos años atrás; siendo el único sagrado inmortal que sobrevivió a una vil traición tras una visita oficial a uno de los universos colonia, y siendo apenas un cadete de dieciséis años mortales, se vio obligado a dirigir a un grupo reducido de tan sólo quinientos hombres. Consiguió una prodigiosa victoria sobre un ejército de más de cuatro mil, en la famosa batalla de las tres lunas de Serikah. Además de haber dado la orden de ejecutar públicamente a los más de mil sobrevivientes capturados del ejército enemigo, sofocando así la revuelta."
La joven mujer que se sonreía con bastante diversión en el momento en que las imágenes de fondo tomaban un acercamiento del famoso "sagrado general Touni". Agregó encantada:
"Será una decepción tremenda para las seguidoras del apuesto 'señor de la muerte' aceptar su pronto viaje. Esperemos que no demore mucho el proyecto de colonización del nuevo mundo, y tengamos a nuestros apuestos jóvenes regentes otra vez en la sacrosanta capital de Idavollr. ¡Oh!, y ahora, unas palabras de nuestro supremo sagrado emperador, el señor de los cien mundos, el…"
Méril exclamó apenas vio la imagen de Touni.
—¡Rashell!
—¿Quién es Rashell, ella es otra amiga que conoces…?
—Es un hombre, ¡otro amigo! —clamó impaciente ante la explosiva furia de Prisma que tampoco se explicó.
Prisma retrocedió un poco. Jamás había visto a Méril molesto y se sintió triste por haberlo hecho enfadar.
—Méril, perdóname, yo no quise…
Méril no la estaba escuchando. Las manos sudaban, se sentía confundido, como si su mente se debatiera entre dos recuerdos de dos mundos distintos. De dos personas diferentes que luchaban por su alma. ¿Por qué ese Touni le recordaba a Rashell? ¿Y quién era Rashell? ¿Y quién era ese Ranma de sus recuerdos que se parecía tanto al príncipe Njörd?
¿Estaba soñando ahora?
¿O era que había tenido antes un sueño que todavía lo tenía confundido?
Una cita vino a su mente, que no podía tampoco recordar quién la escribió o dónde la había leído: "El tiempo y el espacio únicamente existen para cada universo por separado. El vacío que une a todos los mundos no sabe de antes ni después; no existe diferencia entre pasado, presente o futuro. Teóricamente las conciencias pueden volar libremente en cuatro dimensiones distintas entre diferentes universos; siempre y cuando puedan cruzar el vacío sin perderse."
Entonces apareció el emperador en pantalla. Y Méril contuvo el aliento.
Aquél hombre poseía una particular crueldad que parecía irradiar a través de la imagen. Y aunque se encontrara en otro lugar, podía imaginar que lo estaba mirando directamente a él, con una severidad que le provocó temor; como si él fuera un niño pequeño amonestado por un terrible adulto.
El cuerpo de aquél hombre era recio y alto, pero no mucho más que la media. No muy fornido, pero sí de postura atlética, y de una rectitud tal que el traje imperial parecía seguir la rigidez de su cuerpo con elegancia. De hecho, vestía con una pulcritud que contrastaba con la fastuosidad de los inmortales condes y duques de Idavollr, no usando más que un juego compuesto por pantalones y una chaqueta oscura con un llamativo corte en diagonal que dejaba ver la camisa blanca que se ajustaba de manera cerrada alrededor de su cuello. El rostro era más suave en facciones que su hijo el príncipe, pero de una arrogancia insuperable; tal era su gesto frío, que su fiereza impedía a cualquiera mantener la cabeza alzada ante él. Su cabello era largo y emblanquecido completamente por los años, con una barba recortada con fineza alrededor del mentón y bigote.
Temido, pero también amado. El emperador había sido el antiguo héroe, el primero de los inmortales señores de Idavollr, que consiguió salvar el universo cuando no era mayor que su actual hijo el príncipe Njörd. Superó pruebas imposibles, vencedor sobre enemigos en apariencia indestructibles, y sus muchas aventuras junto a aliados legendarios ya eran parte de la tradición literaria de Idavollr. Salvó a su pueblo de la destrucción y creó un imperio con el poder de navegar a través del vacío.
Los desordenados mechones que colgaban libremente sobre su frente eran un rasgo que quedó de su juventud, siento todavía un hombre apuesto en su madurez que provocaba la atracción de todas las mujeres del imperio, jamás se le había conocido otro amor que no fuera el de su primera esposa, fallecida por culpa de una tragedia.
Pero había cambiado: siendo un héroe para su pueblo, también era criticado por los detractores del imperialismo. Se lo designaba como el culpable del humillante sometimiento que se ejercía sobre los pueblos conquistados, por la barbarie que ocurría en las guerras que nunca se anunciaban a través de los medios. O por la manera en que el imperio sobrevivía devorando la energía de mundos más jóvenes.
"A todos los venceré por proteger a mi pueblo, no importa el precio a pagar. Jamás he perdido una batalla y nunca lo haré"; era su frase más famosa.
Y tras los mechones, el largo cabello blanco con manchones todavía oscuros en algunas partes que revelaban su antiguo color, se lo recogía como una muy delgada pero larga trenza que caía recta hasta el final de su espalda.
Los ojos azules del emperador miraban hacia la pantalla. Hacia él. Y Méril se sintió lastimado: era mucho más parecido ese hombre maduro a aquél que creía recordar, de lo que ya se le parecía el príncipe. Pero en el fondo de esa arrogancia, Méril pudo leer un atisbo de tristeza y de inconformidad. Quizás de arrepentimiento y cansancio.
—¡Méril! —lo llamó Prisma por tercera vez.
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Se detuvo a un costado del río. Con las manos en la cintura observaba el palacio imperial, más en realidad una moderna torre en su diseño. Aquella gigantesca estructura que con sus tres líneas que se separaban de la torre principal, parecía cubrir todo el distrito como una enorme garra, antes de alzarse hasta tocar el cielo con su cúspide. Un cúmulo de nubes se amontonaba en la mitad de la torre, y ya reflejaban los colores púrpuras del atardecer. El sol era tan imponente como siempre, las dos estrellas, la principal y una mucho más pequeña que giraban en torno al primero, ambas juntas se ocultaban en el horizonte.
—"Aquellos que consideran un pecado que un mundo sea alimentado por la muerte de otros mundos, son todos unos imbéciles que no merecen vivir. ¿No es la naturaleza así, no se come un depredador al herbívoro para sobrevivir?"
Méril recordó las palabras del emperador durante su discurso citándolas en voz alta. Se metió las manos a los bolsillos.
—Pero un depredador cuando muere alimenta la tierra, para que luego ésta de frutos y así alimentar a un herbívoro, y renovar el ciclo. No está bien, Idavollr no es parte del ciclo.
El joven meditó profundamente, con la vista perdida en la majestuosa ciudad de cristal y acero; de concreto y torres afiladas como espadas que desafiaban la gravedad. Luces formaban figuras en el cielo como publicidad para encantar a los despreocupados ciudadanos.
Abrió los ojos sorprendido, luego se relajó al sentirla tras de sí. Giró la cabeza, allí se encontraba Prisma.
—Tú no eres real.
Prisma, al principio triste, sacudió el rostro negándolo. Después se sonrió con nostalgia y asintió.
—¿Cómo lo supiste…?
—La Prisma que conozco jamás hubiera hecho una escena de celos como ésa. Ella es mucho más tímida y gentil.
—Pensé que sería más divertido así —respondió la muchacha—. Lo lamento.
—¿Quién eres, dónde estoy? ¿Por qué siento que conozco este lugar, cuando estoy seguro que jamás lo he visto en mi vida? ¿Qué es Idavollr?
—Somos ecos del pasado, las almas perdidas de Idavollr —respondió melancólica "Prisma", la que por su nueva actitud más serena y madura, a la vez más triste y fría, demostraba que no era la real—. Todo lo que ves es un recuerdo colectivo, de los que nos encontramos aquí encerrados en un mundo que agoniza, pero que no puede morir.
—¿Quién eres?
Volvió a negar con la cabeza, con una sonrisa, como si hubiera encontrado divertida la pregunta del joven.
—Ya no lo sé. Somos las conciencias perdidas de Idavollr. Lo que fuimos ya no lo somos, ninguno es capaz de recordar la individualidad de nuestras almas. Ahora somos esclavos de este mundo que no debería existir.
—¿Y yo…?
—Eres una conciencia errante, un navegante del vacío. Supimos de un mundo donde la gente tenía ese talento: podían separar sus conciencias, y también fragmentos de su alma para crear a otros como ellos al punto de actuar como seres independientes. Pero veo que lo tuyo ha sido más un accidente. Posees la sangre de las espadas de Idavollr, después de todo, no eres tan ajeno al que fue este universo y eso te ha llamado.
—¿Sangre de las espadas de Idavollr, qué significa eso?
—Idavollr forjó muchas armas distintas. No todas se podían empuñar. Algunas se movían por sí solas y como ejércitos conquistadores nos servían. Más rápidos, más fuertes, capaces de utilizar la ciencia de la creación con un poder aniquilador jamás visto; pero incapaces de entenderla o usarla para otros propósitos que no sirvieran para lo que fueron originalmente creados. Pues al final no resultaron ser más que armas de guerra, y aún creyéndose libres o señores de sus pequeños mundos, no seguirían deseando otra cosa más que la guerra, porque para eso ellos fueron creados. Ellos también se nos rebelaron, muchos nos dejaron cuando el príncipe se alzó contra el emperador.
"Prisma" se adelantó cruzando por el lado de Méril. Descendió unos pasos por la pendiente cubierta de césped que separaba el alto paseo peatonal de río mucho más abajo. La brisa fuerte, constante en esa ciudad, sacudía la hierba y el cabello de la chica. Ella miraba la ciudad capital y su majestuosidad. Con sus arcos de cristal que cruzaban el cielo, con los caminos de luz que eran transitados por modernas máquinas impulsadas por la magia creadora, como largas serpientes que llevaban a centenares de habitantes de un lado al otro de la capital.
Toda la luz, toda la energía, todas las comodidades, toda la majestuosidad, todo el derroche de fuerza creadora usada sin vergüenza alguna; que había sido extraída de otro lugar, de otro mundo. Idavollr no era más que un mundo muerto, sin alma, que seguía existiendo al precio de llevar a otros universos a su destrucción.
El cielo tronó, rayos cayeron sobre la ciudad. Las grandes estructuras temblaron, se partieron. Las cúspides de las torres se desplomaron sobre las calles. El grito de los habitantes fue como un coro aterrador de dolor. Méril, asustado, quiso preguntarle a "Prisma" qué era lo que estaba sucediendo.
La chica respondió sin necesidad de esperar una pregunta.
—Es otro recuerdo de nuestro mundo. Y "ellos" ya están aquí —giró el cuerpo mirando al muchacho. El viento sacudió el cabello de la chica revolviéndoselo por delante de su melancólico rostro. Teniendo de fondo la ciudad en plena destrucción—. Gracias por la pequeña vida que me has regalado. Cada viajero nos llena de emoción, nos hace poder vivir por pocos momentos una vida que no nos pertenece, y así olvidar el dolor de haber perdido nuestras propias identidades y existencias. Gracias por visitar a este fantasma del imperio olvidado —sonrió —, gracias por la alegría que me has proporcionado con tus propios recuerdos de esta persona —se indicó a sí misma con sus manos extendidas sobre su pecho—, que te es tan amada, y de otros igual de queridos; por tus memorias podré soñar durante un milenio más con vidas y escenas que alimenten el vacío de mi existencia. A pesar de toda la alegría que me has proporcionado, y de tu piedad, te ruego que no regreses aquí. "Ellos" ya saben que estás aquí, "ellos" ha saboreado el aroma de tu conciencia.
—¿"Ellos", quiénes son "ellos"?
—Tu sangre, tu raza, no fue la única arma creada por el imperio. Hay otras, y muchas se rebelaron. Pero "ellos" son la más peligrosa de todas. "Ellos" destruyeron con su hambre insaciable a nuestro mundo, y los otros cien mundos. "Ellos" acabaron con el guerrero invencible señor del imperio, y también empujaron a su hijo el príncipe a escapar de ese otro mundo que prometió proteger.
—¿Vanaheim?
—Ése mundo maldito, que consiguió luchar contra nosotros en iguales términos. Y por el que en nuestra desesperación, al vernos igualados, lo jamás sucedido, nos asustamos. Nuestros sabios liberaron un arma peor que todas las anteriores que nuestro arrogante ingenio concibió; la espada de dos filos que acabó con su propio creador: "ellos" devoran, "ellos" consumen mundos hasta no dejar más que una roca vacía flotando en la oscuridad. "Ellos" no perdonan, mundos jóvenes o viejos, sucumben ante su voraz apetito. "Ellos" ya han olfateado tu alma, descubrieron tu presencia aquí en el universo fantasma que les pertenece, donde son nuestros señores y también carceleros por una eternidad.
Los edificios seguían cayendo provocando enormes destrozos. Y grietas gigantescas cruzaron la capital, engullendo en cuestión de segundos un lago de aguas cristalinas. Revelándose abismos oscuros donde largas columnas de una fuerza que no pudo distinguir, atrapaba y consumía a las naves que flotaban por los cielos.
Escuchó gritos, disparos, explosiones, soldados combatiendo con armas luminosa a criaturas oscuras, sombras que no pudo distinguir; que de sólo mirarla a la distancia le provocaron dolor y una angustia como si hubieran quemado directamente su alma.
Y una nube oscura, marrón, roja y dorada, comenzó a cubrir rápidamente los cielos. Como una cortina densa, una tormenta agitada y venenosa que sabía debía temer. Y sintió algo oscuro en su corazón, un miedo atávico que lo paralizó y lo dejó sin habla.
—Debes irte, navegante del vacío. O "ellos" te devorarán también.
Todo se tornó negro. Después se vio sumergido una vez más en el hermoso mar de estrellas.
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7
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Cuando Méril abrió los ojos, ya había amanecido. El reflejo del sol saliendo por las distantes montañas de Nifelheim se reflejó en el costado de la Torre de Ámbar, provocando tal efecto como si existieran dos soles en lugar de uno. Su alma temblaba, víctima de un frío y del vacío que lo rodeaba. Pero ese pequeño rayo de luz le devolvió la suficiente vida como para estar confiando en que no había perdido la vida ni la razón.
No recordaba lo que había soñado, pero se sentía inquieto y se regañó a sí mismo por haberse permitido, víctima del agotamiento, dormirse en semejante lugar. ¿Y si realmente su alma hubiera sido devorada por el abismo? ¡Idiota!, se repitió por tercera vez en su cabeza antes de mirar hacia su destino.
Con una gran sonrisa comprobó que la isla de roca cristalina, la base de la torre, se hallaba a poco tiempo de distancia. Y luego se volvió a reprender a sí mismo; de haberse esforzado un poco más la hubiera alcanzado esa misma noche. Sin más que protestar, se armó de valor y saltó otra vez a la superficie oscura de aquél mar negro y viscoso, confiando en que no se hundiría al igual que ayer. Ésta vez se asustó, se hundió hasta la cintura y se detuvo por la densidad de la sustancia. Pero no cesó de avanzar, debía hacerlo, ¡tenía que alcanzar la torre y descubrir la verdad sobre el destino de Ull y todo Gimle!
—Lo conseguiré, Prisma. Te prometo que descubriré la verdad y regresaré a aldea para convencer a esa matriarca cabeza dura….
Tanto era su estrés y agotamiento por lo vivido, que había perdido todo el amable respeto que antes se forzaba a tener por una autoridad como la matriarca de la aldea. Con las manos empuñadas estaba seguro que de regresar ya no permitiría que las hadas se quedaran en Gimle, aunque tuviera que sacarlas a la fuerza una por una.
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Se detuvo cuando la sustancia negra le llego hasta el pecho. Estaba aterrado. De hundirse más no tendría como escapar. No podía regresar, estaba a menos de treinta metros de la ribera de la isla de roca. La torre se veía tan inmensa de cerca que ya no la podía seguir hacia el cielo, y tan ancha como un castillo completo a pesar de ser de caras lisas como una barra de cristal. Entonces lo presintió, "algo" que se movía bajo él. Al mirar, a pesar de la oscuridad de la sustancia pudo ver, como sombras en un cristal ennegrecido, una enorme sombra que "nadaba" por las profundidades y cruzó debajo de él. Era enorme, como una serpiente de decenas de metros de longitud. Apretó los dientes, evitó incluso respirar, trató de ocultar toda presencia de su espíritu como había aprendido a hacerlo. ¿Qué clase de criatura podría nadar en aquella sustancia, a sus anchas por encima del vacío? Con lo que ya había visto, al imaginar una criatura de tamaño tan espantoso, tembló. Finalmente el último tramo de ese ser desapareció de su vista. Parecía que se encontraba a salvo.
Se esforzó por continuar. Se hundió hasta el cuello. La densa sustancia le impedía moverse con libertad. Cuando ya alcanzaba sus orejas, sintió algo sólido bajo sus pies. ¡Era roca! Había alcanzado la ribera.
Tardó más de lo que hubiera querido en alcanzar el borde y al salir, sucio y hediondo con ese líquido, recostó la espalda contra una pared de rocas afiladas que apuntaban hacia el exterior. La piedra era negra con manchas de líneas azules y rojizas con la forma de los relámpagos. Una densa neblina comenzaba a caer, quizás una nubosidad que sólo cubría a la pequeña isla. En sus desesperados jadeos percibió algo más. Contuvo el aliento, guardó silencio.
Eran gruñidos y pisadas.
—¿Trols? —pensó en voz alta al reconocer ese tipo de lenguaje soez y primitivo, acompañado de gruñidos más que expresiones, en tonos de voces inhumanas.
Sacó el arco. Sacudió la cuerda tirando un par de veces de ella para que soltara el oscuro líquido que todavía se pegaba a sus armas. Y con una flecha en la cuerda trepó por entre las rocas.
Apretó los dientes. Él sabía que no sería sencillo. Ahora recién comenzaría su trabajo y sería mejor olvidarse del cansancio por todo lo demás vivido.
Toda la isla desde las alturas le pareció un bosque de afiladas piedras apuntando hacia el cielo y hacia el exterior, y notó, como si fuera un cordón de pequeños cerros, hileras de esas afiladas rocas formando líneas en espiral alrededor de la base de la torre. La base misma parecía estar compuesta de altas estacas de cristal ámbar, enormes, más que las rocas, como una corona de pinchos en el centro desde el que nacía la torre como una estaca más ancha y recta que las demás. Dándole la ilusión que la gigantesca torre era en realidad un rayo de luz congelado, que había escapado recto hacia el cielo tras una explosión también congelada en esa forma de puntas de ámbar.
Su atención fue hacia una explanada entre las rocas, donde un gran campamento militar se alzaba a los pies de la torre.
—Son trols, ¡y los estandartes de Nilfhel! No es posible, esos monstruos controlan la Torre de Ámbar.
Y con la torre, esas bestias controlaban también al corazón de todo Gimle. El bosque finalmente se encontraba en manos del reino de Hel. Sus dientes crujieron. No, no todavía, ellos no parecían encontrarse dentro de la torre. Pero al mirar de nuevo la estructura que reflejaba en sus lisas caras todo lo que ocurría en la tierra y en el cielo, ¿sería como una construcción, con un interior habitable, o únicamente una pieza sólida de cristal?
Comenzó a deslizarse entre las puntas más altas, donde la formaba ocultos senderos entre las afiladas estacas. Desde su posición en altura comenzó a seguir la cúspide de las colinas rodeando y acercándose al campamento. Definitivamente era una base militar. Los brutos trols forjaban armas de guerra, afilaban el metal en ruedas creadas con la misma roca que parecía más dura que el acero. Las chispas de luz se confundían con el hedor del humo del fuego negro de las brazas. Los estandartes de Hel se encontraban junto a las banderas de Svartalfaheim, el reino de los elfos oscuros que bajo el yugo del rey Alberick habían traicionado a Asgard, convirtiendo a todas las tierras del oeste de Gimle en un bloque unido en contra los dioses de Asgard.
Y Gimle quedaba atrapado en el centro de la contienda.
También vio a algunos gigantes. No tan temibles ni poderosos como había sido su destruido señor Eggther, el gigante hechicero al que Ranma derrotó en Midgard. Sonrió encantado, saber que uno de esos monstruos ya había caído en manos de su amigo lo hizo sentir un poco mejor y más confiado. A pesar de todo, esos guerreros armados que parecían fortalezas vivientes de tres metros o más de altura, no le pareció una buena señal. Se preparaban para una invasión. ¿Avanzarían contra la aldea, ellos ya conocían del paradero del refugio secreto de la última línea de defensa de Gimle en esas tierras cerca de la aldea? Ya no quería pensar en la suerte de las demás aldeas al oeste y al sur de la torre; porque ya ni siquiera el bosque existía en esa dirección. Por suerte no encontró demonios en el campamento, habría hecho su trabajo más difícil, pues esos seres podían olfatear las almas de los mortales: y Méril ahora no era un einjergar, sino un mortal resucitado por la oscura y misteriosa magia del dios de la muerte Yngvi Touni, del que su amigo Rashell era su reencarnación.
Todavía no sabía si Rashell era una segunda personalidad poseída por el alma de Touni; o, como sospechaba con mayor temor y recelo, en realidad Rashell era el auténtico Touni pero sin recordarlo… Quizás, al recordar todo su pasado cuál de las dos personalidades dominaría al final en su amigo: después de todo siempre había sido un malévolo, mentiroso y maquinador personaje. No, no era tiempo para temer por ello, aunque le pesara que para resucitarlo Touni ocupó y sacrificó la existencia de las almas de muchos einjergars que destruyó completamente enviándolos al vacio eterno, al ginnugagap, perdiéndose sus existencias para siempre de ese mundo. Contuvo un escalofrío, "¡Méril!", se regañó, "¡deja de pensar en eso!".
No podía desconcentrarse. Si tenía una deuda que pagar por su nueva vida, un pecado que limpiar además de los tantos que comenzaban a acumularse en secreto por el sólo hecho de existir, él debía a lo menos hacer algo bueno antes de desaparecer. Cómo lo había hecho en ese muelle, siglos atrás, cuando todavía era un midgariano. ¡Debía hacerlo, siempre, esforzarse al máximo, hasta el último aliento que quedara en su frágil e inútil cuerpo!
Y los recuerdos de sus últimas horas como un mortal, siglos atrás en Midgard, también lo hicieron pensar en aquel viejo llamado Kelz Lledeyn, uno de los más grandes arqueros que había conocido.
Se sentó en el suelo doblando las piernas. Cerró los ojos y con el arco a su lado respiró profundamente. Aspiró y expiró. Dejó que el pestilente aroma del humo, el hedor del mar oscuro que los rodeaba, la esencia de los trols, sus propias ropas húmedas y malolientes; todo entró por sus narices y evitó sentir asco. Más, debía ser uno con todo lo que lo rodeara. Y la extraña sensación animal que antes lo había poseído, regresó para darle valor y confianza, pero también más ira contra esos seres que habían mancillado el bosque sagrado.
La mano tembló con fuerza, y necesitó sostenerla con la otra cuando el deseo de comenzar a atravesar las gargantas de esos monstruos con sus flechas le llenó la boca de saliva. ¿Qué le estaba sucediendo, por qué ese celo hacia el bienestar del bosque? Dejó de pensar, debía actuar: explorar el terreno, conocer al enemigo, su número y fuerza, también buscar más pistas sobre la real situación de la torre. Todo eso le había enseñado Lledeyn.
Méril se deslizó por una pendiente, topando con los pies en las rocas puntiagudas como si fueran pequeños frenos en su caída, hasta alcanzar el fondo de la explanada. Dos trols discutían por un trozo de carne cruda. El joven se deslizó detrás de ellos, cruzando entre una tienda a la siguiente. Se tiró al suelo deslizando la espalda para quedar justo detrás de unas cajas, evitando así que un grupo que patrullaba lo viera. Se mantuvo quieto, calmado, con las piernas un poco dobladas acostando la espalda en el suelo como si pudiera tomarse en ese momento una siesta, y los ojos bien abiertos perdidos en el cielo. Sosteniendo el arco con una mano y la flecha cruzada en la cuerda con la otra sobre su cuerpo. No había temor, tampoco impaciencia. Y esperó a que la patrulla siguiera su camino.
Se sentó bruscamente, miró en ambas direcciones. Continuó.
Rápidamente contaba el número de las fuerzas enemigas, no perdía detalles de las armas en sus grotescas garras o las que se amontonaban sobre repisas toscamente hechas con varas de madera y cuerdas. Cada vez notaba que había más y más tropas atestadas en los extremos exteriores del campamento. ¿Cómo hacían esos monstruos para cruzar el mar de lodo negro? ¿O cómo él, confiaba en que no se hundirían?
Pronto su alma percibió una conocida esencia que saboreó como la miel en mitad del amargo ajenjo. ¡Eran hadas! ¡Vivían!
—Deben tener prisioneras.
Se deslizó siempre siguiendo el límite exterior de las enormes tiendas de campaña. Pero ante el riesgo de quedar expuesto, y en su deseo de introducirse para buscar a las prisioneras, las dudas lo torturaban. Su trabajo era explorar la torre y conocer la situación de Ull, o confirmar su ausencia. Exponerse a ser descubierto no sólo pondría en riesgo su vida, sino la de su misión. Fríamente dio un paso hacia la dirección correcta. Pero se detuvo.
—Ranma… Rashell… ¿qué habrían hecho en mi lugar?
Sonrió a medias. Giró en la dirección opuesta y se introdujo entre cajas apiladas dirigiéndose hacia el interior del campamento. Agazapado se movió bajo la línea de las cajas, siguiendo a un grupo de trols que caminaban del otro lado.
—Tú oler feo —gruñó uno dándole un manotazo a su compañero—, apestar a humano.
—¡Yo no, gran tonto, tú ser el que oler a humano!
Respondió el manotazo con otro más fuerte, y pronto se armó una trifulca entre los dos trols, que llamó la atención del resto. Méril sonrió, ¡bendita estupidez! Y continuó aprovechándose del momento. La suerte quiso ayudarlo, cuando cruzó corriendo y agazapado un largo tramo por el centro de un patio de armas entre grandes tiendas de campaña, cuando ninguna bestia vigilaba por estar divertidos y riéndose de la trifulca.
Apoyó la espalda al deslizarse, dejándose caer contra una caja que se remeció ligeramente. Pero su prisa fue justificada al haberse encontrado de frente con un gigante que justo giraba en su dirección. El gigante se mostró confundido, habría jurado ver algo raro. Se inclinó por un lado de la caja. Méril se deslizó hacia el otro. Luego el gigante, tras retroceder, miró por el otro lado. Méril repitió la misma acción en sentido contrario.
El gigante, impaciente, alzó la enorme caja con ambas manos. No había nada detrás.
Sobre la caja, en el aire, Méril colgaba usando las manos y pies con desesperación. Se asomó por el borde, no sabía qué hacer si ese enorme monstruo lo arrojaba. El gigante tiró la caja, y ésta se destrozó contra el suelo. Armas saltaron por todas partes.
Otro gigante lo regañó. El primero se rascó confundido. En su espalda Méril colgaba de los hombros del enorme ser.
Tras dar un rápido salto y ocultarse en otra hilera de cajas, avanzó con cautela alejándose de los gigantes. Se encontraba en el centro de un grupo de tiendas. Si no se cuidaba podría ser descubierto en cualquier momento, y de cualquier dirección no importando lo bien que pudiera cubrirse. Una gran tienda se asomaba en el fondo. Dos guardias la vigilaban. Pero era un lugar solitario y no vio más compañía en el pequeño patio ante la misma. Tendría que arriesgarse, y estiró la cuerda del arco.
El trol cayó fulminado por una flecha que atravesó su garganta. Su compañero alcanzó a abrir la boca asustado mirando al que había caído, cuando una segunda flecha le dio en el costado de la cabeza. Méril corrió entre ambos cuerpos, los miró un momento. Su suerte estaba echada, pronto descubrirían aquello y buscarían al culpable. Pero salvar a las prisioneras se convirtió en su prioridad.
Tenía una forma de hacerlo. Cuando tanteó su pecho sintiendo el amuleto de cristal oculto bajo su camisa.
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"Prisma depositó el amuleto sobre su mano, era de un metal oscuro, con la forma de ramas y hojas que rodeaban un trozo de cristal en bruto de resplandor verdoso, unido a una cadena. Ambos se encontraban sentados en un pequeño escalón de los tres que separaban el piso de tablas de la casa en la que se encontraba hospedado el muchacho en la aldea, y la plataforma del balcón que daba hacia la fría cascada.
—Es una piedra portal. Está vinculada a la aldea, te permitirá volver hasta aquí en un instante una vez que descubras la verdad.
—Un cristal de portal, es un objeto muy valioso —Méril examinó con divertida obsesión la joya, revelando su naturaleza curiosa que le provocó una sonrisa a Prisma—. Increíble, ¿cómo lo obtuviste?
—Pertenece a la aldea, es de la matriarca —respondió tímidamente.
—¿Se lo pediste a ella, por mí? ¿Y accedió a dártelo? —el joven se rascó la cabeza—. Ahora que lo recuerdo ni siquiera la señorita Ireva tenía uno de estos cuando viajó al Valhala. Nuestro regreso hubiese sido mucho más sencillo si se lo hubiera dado a ella al principio. Me preguntó cómo es que aceptó ayudarme, pensé que me quería muerto o algo así.
—Es… es que no lo hizo —Prisma comenzó a jugar con sus manos nerviosamente sobre el vestido—. Lo descubrí cuando ella ocultaba sus posesiones con celo en un cofre, como si no confiara en nosotros desde que os hospedamos con ella en su morada.
A Méril le costó poco adivinar lo sucedido. No podía creerlo de ella, no de la tímida y nerviosa Prisma.
—Espera… ¿Lo robaste?
—N-no, claro que no. Yo… yo sólo lo tomé prestado.
Méril no respondió. Observó el cristal. Sí, era un tesoro valioso. En Asgard los cristales de portal, que permitían transportarse mágicamente de un lugar a otro como hacían los dioses con su magia, eran extremadamente difíciles de conseguir y más de crear. Además los había de distintas propiedades: los más comunes dentro de su ya natural rareza, eran como ése, se los podía reconocer por su intenso resplandor verdoso y plateado; y únicamente servían para un uso en una sola dirección. Los más raros eran los que podían utilizarse más de una vez, o que no estaban vinculados a un único lugar. Se rumoreaba también sobre la existencia de un par de piezas legendarias que se decía podían hacer viajar libremente a su dueño, incluso abriendo pasos entre Asgard y la lejana Midgard a voluntad; pero los rumores también decían que esas joyas fueron creadas antes de la fundación del Valhala, por una ciencia que ni siquiera los dioses de Asgard recordaban ya.
—Gracias, Prisma. Creo que le daré un mucho mejor uso que oculto bajo los cojines de esa matriarca.
—Lo siento, Méril. Debes pensar que soy una persona horrible, yo jamás…
—No, no lo creo. Por el contrario, Prisma, pienso que eres muy valiente.
—Pero he hecho algo indebido, y tú…
—Has hecho lo correcto por tu pueblo —Méril ya no se sentía de ánimo para defender a esa matriarca y sus cobardes reglas que condenaban la vida de tantas hadas inocentes por culpa de un obsesivo capricho—. Mientras más rápido consiga regresar, más pronto podremos sacarlas a todas de Gimle. Lo lamento, Prisma, por no estar dispuesto a proteger el bosque, no a costa de más vidas inocentes. Debes creer que soy un cobarde por desear tanto abandonar a Gimle…
Prisma lo interrumpió cogiendo la mano de Méril entre las suyas, y llevándola a su pecho la estrujó como si fuese algo preciado contra su corazón. Ella no notó el intensó sonrojo que estalló en la cara del muchacho al notar el peligroso lugar en el que se encontraban sus dedos, y que Prisma no parecía haberse dado cuenta.
—El señor… Méril, lo lamento —sus labios temblaron producto del miedo y la emoción—. Méril… sólo Méril —asintió como si se estuviera regañando a sí misma. Aspiró profundamente y continuó—.Para mí Méril es el más valiente de todos los guerreros de Asgard.
—Prisma, eso no es verdad…
—Lo es. Todos los guerreros piensan en matar, la solución más fácil para sus problemas es siempre lastimar a otros. Pero tú, Méril, piensas en salvar aún pagando un alto precio. Eso es auténtico valor…
—Prisma…
—¿Sí? —ella, emocionada, inclinó ligeramente el rostro en su dirección. En su ansiedad y nervios, su mente comenzaba a soñar con algo más que en palabras no se atrevía a pronunciar, acercándose cada vez un poco más al joven héroe.
—Mi… mi m-mano.
Prisma bajó los ojos y recién se percató que tenía la mano de Méril presionada con fuerza en su pecho, entre sus pequeños e insinuantes senos que se dibujaban con más fuerza en su aplastado vestido. También se sonrojó, no sabiendo cómo reaccionar, y notando como los dedos de Méril temblaban, cerrados, en un heroico esfuerzo como si por fuerza evitaran tocar más de lo que ya rozaban.
—¡Lo siento!
Lo soltó y con bruscamente retrocedió girando el cuerpo, dándole la espalda al atolondrado muchacho. Méril no sabía qué responder. Miró el amuleto y tuvo un presentimiento oscuro: él no regresaría a la aldea…
Se acercó a Prisma, la cogió por el hombro y con brusca suavidad la obligó a girar. Ella alzó el rostro un momento. Después lo inclinó ocultándose de él. El joven cogió las manos de Prisma entre las suyas.
—Prisma, ¿puedo pedirte algo?
Ella asintió.
—¿No me odiarías si yo… yo…?
—Méril puede pedirme lo que desee. Yo jamás lo odiaría…
Méril dudó aquello, sabiendo que su petición podía ser algo muy peligroso. El joven tragó con dificultad. De no creer que la muerte lo acechaba, jamás se atrevería a ser tan osado.
—¿Puedo… puedo besarte?
El silencio se tornó incómodo entre ambos. Prisma se tensó y sus dedos apretaron los de Méril.
—¡Perdóname, no debí pedirte eso, es sólo que yo... yo…! —trató de retroceder, pero sus manos quedaron atrapadas entre las de Prisma que no lo soltó. Al quedarse sin argumentos guardó silencio, y más calmado, además de avergonzado hasta el punto de desear ya haber salido en tan peligroso viaje y desaparecer para siempre en las profundidades de Gimle.
—Ya dije —Prisma susurró su respuesta, con mucha dificultad, como si su pecho no fuese capaz de aspirar el aire que su cuerpo necesitaba en ese agitado momento—… que Méril… puede pedirme lo que quiera…
—¡Pero no quiero que me des nada por obligación! ¡No es gratitud lo que quiero de ti, Prisma! —estalló furioso el muchacho, al creer, en ese momento, que los sentimientos de Prisma la forzaban de una manera que él no deseaba. No por sentirse en deuda con él, eso jamás lo toleraría.
Ella negó suavemente. Una nueva confianza había nacido en el corazón de la niña al haber escuchado la petición de Méril. Y supo, como él, que esa podría ser la última vez que estuvieran juntos en esa existencia.
—No es gratitud lo que siento, tampoco deber. Aunque Méril no fuera el héroe de Gimle, aunque Méril fuera otro muchacho más de Midgard. Desde ese día en que nos conocimos en las calles de la ciudad humana de Nerima, lo que he sentido por Méril no es obligación —levantó el rostro quedando justo delante de él, cuando sus mechones se enredaron y la punta de sus narices toparon con recato—. ¿Por qué Méril es tan lento? —protestó, con el rostro enrojecido y los ojos humedecidos, sonriendo con ternura—. Hace mucho que yo estoy preparada y deseando…
Él no la dejó terminar, recorriendo finalmente la poca distancia que todavía los había separado, hasta ese momento."
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Ahora estaba seguro, sus presentimientos no fallaban y sería mejor que los escuchara más en el futuro… si es que todavía tenía uno al que aferrarse.
Entró en la tienda y la mirada fue desoladora. A un costado de la misma había un brasero y algunas herramientas de metal. Del otro extremo colgaba una hada de la aldea, la joven parecía inconsciente con las ropas rasgadas atada por las muñecas a un arco de metal. En el fondo de la tienda, las demás sobrevivientes, con los rostros inclinados, los vestidos maltratados, algunas heridas, y más que las marcas de su piel: sus almas quebrantadas y corazones destruidos, parecían no tener conciencia ya de lo que sucedía a su derredor. Cuando otros dos trols reían ante ellas. Y una de las bestias jalaba a una de las chicas del brazo haciéndola gritar ante la protesta de otra de sus compañeras, que suplicaba la cogiera en su lugar.
La bestia pateó a la que quería defender a su amiga empujándola al fondo de la jaula donde las otras la ayudaron. Entre lágrimas, la que cogieron gritó como si la estuvieran lastimando de muerte, aterrada como jamás había escuchado antes.
Sí, sí había escuchado gritos como esos; de las mujeres de una antigua ciudad en una época oscura que había sido invadida por demonios con caras de hombres. Entonces supo que lo que pensó entonces no estaba errado: humanos o bestias, todos era demonios a sus ojos cuando cometían tales infamias. La mano del joven tembló alrededor del arco, y en un acto inusitado, lo dejó caer al piso llevando la mano a la empuñadura de su espada. Con la otra mano empuñó la daga larga.
—¡Suéltala ahora, maldito monstruo!
El trol reaccionó al instante girando para ver al que se había atrevido a interrumpirlo. Todavía con la boca abierta y la enorme lengua negra asomada, cuando divertido había querido lamer la piel de joven, a la que sin soltarle el brazo la que tenía colgando penosamente del piso. Su compañero, el otro trol armado con un sable, también giró. Las bestias eran corpulentas, cubriendo sus cuerpos con trozos de metal y cadenas a modo de armaduras. Méril en comparación era pequeño y frágil, pero sus espadas brillaron en ambas manos con la misma frialdad con que sus ojos también resplandecían; como si fueran la luna llena en una noche de invierno.
—¿Un einjergar? ¿Aquí? ¡Invasores!
—¡Mátalo!
El trol armado saltó sobre el muchacho. Lo que su compañero vio fue un destello de plata, sangre negra desparramándose sobre las paredes de género de la tienda, y el brazo del trol cayendo con su arma todavía aferrada a los mugrosos dedos. El trol gimió herido de muerte, cuando Méril había cruzado ambas armas por delante de su pecho en aquél rápido movimiento. Sin dejarlo, el joven se arrojó con el hombro contra el enorme cuerpo del monstruo. Nadie esperaría que tal golpe tuviera efecto por la diferencia de tamaños, pero el choque fue para el herido trol como el puñetazo de un gigante que lo hizo encogerse. Y como si estuviera abrazando al muchacho se inclinó sobre él.
Méril en aquél momento separó sus brazos estirándolos, cortando como parte de una danza, alzando ambos sables verticalmente buscando el cielo con la punta de sus armas. El Trol dio otro paso hacia atrás. La armadura se partió en dos, y su vientre y pecho se abrieron, dejando caer un montón de sangre negra y entrañas al piso. Hubiera gritado de dolor, pero la espada de Méril también alcanzó su rostro partiéndolo en dos. Tal brutal ataque heló incluso la sangre de un monstruo como el del otro trol que observaba. Y ya no vio a un enclenque oponente, sino a un fiero einjergar con el corazón frío de un Aesir; porque los había visto combatir, y los dioses eran por lejos los guerreros más crueles, mucho más que los ya fuertes einjergars que les servían.
El muchacho se mantuvo erguido, con el rostro ligeramente inclinado y la mirada glacial puesta sobre su nueva víctima que lo esperaba. Las hojas de acero brillaban entre las manchas de sangre negra que las cubrían.
El trol tendría una única oportunidad de atacar. Bestia cruel y astuta, arrojó a la chica que todavía sostenía del brazo, de un cruel jalón que la hizo gritar de dolor, en contra el joven guerrero. Méril no se sorprendió, sino que en un inusitado movimiento avanzó y la atrapó abrazándola contra su pecho, rodeándola con uno de sus brazos sin soltar las armas. El trol aprovechó la distracción y lo atacó con una pesada maza de acero. Las otras hadas gritaron, una de ellas, confundida, llamó al Méril por el nombre de "Ull"; al creerlo el señor de los bosques que caía sobre sus enemigos con furia vengadora y la velocidad del viento de Gimle.
Al verse atacado, y con una chica en los brazos, Méril reaccionó girando para cubrirla con su espalda.
La maza haría trizas sus huesos, lo aplastaría junto con esa hada, eso pensó el monstruo cuando lo atacó con toda su ira dejando caer la maza.
El sonido del metal chocando contra otro metal sacudió la tienda. El suelo vibró. El trol balbuceó forcejando incrédulo. Su maza había sido detenida por la pequeña espada de ese enano guerrero, que en el último momento la había cruzado por sobre su hombro protegiendo la espalda, empuñada con una sola mano en una postura que no le habría permitido tener la fuerza suficiente para detenerlo, aunque midiera dos veces más y tuviera tres veces mejor musculatura.
Los ojos de Méril, mirándolo por encima de su hombro, le anunciaron el error que había cometido y el precio que pagaría por ello.
Soltó a la joven hada, dejándola caer sentada al piso.
—Perdone mi brusquedad —murmuró con amabilidad a la chica que en esa situación contrastó con su rostro frío y mortal.
Y rugiendo con clara voz de adolescente, empujó con la espada hacia arriba levantando la maza del trol, superándolo en un intenso forcejeo. Viéndose libre giró por debajo del arma de la bestia y estiró el otro brazo arrojándola a quemarropa la cuchilla. El arma se clavó el cuello del trol. Gimió ahogándose en su propia sangre.
Pero no sufrió mucho más, porque a diferencia de ellos mismos, Méril era un guerrero piadoso. El trol, asfixiándose por la mortal herida, lo vio dar un brinco por encima de él, con el torso girado y la espada cruzada por detrás de su cuerpo. Cuando el joven movió el brazo cortando el aire con un nuevo destello del metal. Al caer con una rodilla en el piso, y la espada en alto, también se desplomó el cuerpo de la bestia a su costado, y su cabeza girando por el otro.
—¡Mi señor Ull! —clamó con el rostro bañado en lágrimas la misma chica a la que había salvado, mirándolo ya no asustada, sino conmovida por la violenta belleza, y la calma fría que la hizo sentir segura de nuevo a pesar de los tormentos que había vivido.
—¿Ull? —Méril giró hacia atrás creyendo, en su agitación, que el señor de Gimle había aparecido también allí. Pero no se encontró a nadie. Recién se percató que la hada se estaba dirigiendo a él.
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..
Méril desató a la hada que colgaba del arco, atrayéndola a su cuerpo con delicada ternura. La depositó suavemente en el piso entre las demás. Las chicas ante cada palabra dejaban caer sus lágrimas. Algunas, torpemente, le narraban sin detenerse los sufrimientos que habían vivido desde que fueron atrapadas.
Eran guerreras, orgullosas representantes de Gimle. Y tras haber sobrevivido la mitad a la emboscada de esos monstruos en los límites del bosque, lamentaban después haberse rendido y no haber muerto todas tras el ataque. Prisioneras habían sufrido más horrores de los que Méril era capaz de repetir en sus recuerdos. Y en silencio, prefirió omitirlos, no preguntándoles más de lo que ya en su dolor confesaban. Muchas más habían muerto desde ese día en que fueron apresadas víctimas de las torturas y del maltrato de esas bestias.
Apretó los puños impaciente. Si no hubiera estado jugando a ser el héroe, de no haber fanfarroneado con Prisma; si hubiera llegado un día antes, ¿se habría salvado otra más de esas jóvenes hijas de Gimle? Se odió a sí mismo por no haber estado allí antes, como si realmente se tratara de su responsabilidad. Y su disculpa fue acompañada de un lamento profundo que sacudió su voz.
—Lo siento…
Ninguna de ellas respondió. Pero la chica a la que había salvado posó su mano sobre el brazo del joven.
—Gracias —le dijo suavemente. Haciéndolo entender que le debían a él la vida, y no sus miserias.
—Todavía vive —dijo una de ellas, la que antes valientemente había querido proteger a su compañera, al tomar las manos de la que estaba inconsciente.
Méril, con recato, se desprendió de su bufanda, y estirándola como una manta al haber estado enrollada, cubrió el cuerpo lastimado y semidesnudo de la inconsciente chica.
—¿Lo logrará?
—No nos quedan fuerzas para curarla con nuestra magia, y no existen medicinas ni hierbas a los pies de la torre… —contuvo un gimoteo.
Para todas ellas, el deplorable estado de la torre era de un dolor indescriptible. No por nada se decía que la Torre de Ámbar se encontraba en el centro de Gimle, en el valle más hermoso de todo Asgard donde las flores eran de cristal y la vida pululaba a tal punto que las rocas tenían la voluntad y la sabiduría de los hombres. Ahora convertido en un mar de lodo viscoso y negro, sin fondo, que devoraba lentamente a todo Gimle en la oscuridad del vacío eterno. Y que también, se enteraba ahora, estaba royendo la fuerza espiritual de la torre, cada vez más debilitando al corazón de todo Gimle.
La Torre de Ámbar era el centro de la vida de todo el bosque, si caía, el bosque de Gimle moriría también. Quizás, pensó el joven, eso deseaba Hel para destruir la última defensa de Asgard. Y temió que eso pudiera condenar a toda la vida de ese mundo.
El joven jamás imaginó en ese momento que las implicancias del final de la Torre de Ámbar, y Gimle, también afectarían a un universo entero.
—Si regresaran a la aldea, ¿ella podría salvarse?
—No a tiempo.
—Estamos débiles.
—Jamás podríamos escapar de este lugar.
—No podemos volar, ellos… mis alas… —una hada lloró penosamente. Otra la abrazó con fuerza intentando calmar sus espantosos gimoteos.
Eran guerreras orgullosas como las que vio en la aldea. Ahora, con sus vidas sostenidas por un suspiro y el valor abandonándolas al punto de desear más la muerte que la vida. Méril se compadeció, y más odio a Hel y sus esbirros por destruir no sólo la vida, sino también las almas de los seres más hermosos de Asgard.
Escuchó ruidos lejanos, movimiento de tropas dentro del campamento.
—Nos descubrirán si seguimos aquí —dijo el joven, al que las hadas conocían ahora como el campeón enviado por su matriarca para salvarlas… si ellas en realidad supieran que habían sido abandonadas por su amada líder. No obstante, el joven no tenía deseos de lastimarlas todavía más en sus corazones: las necesitaba con fuerzas y esperanzas si quería que ellas sobrevivieran.
Se metió la mano bajo la camisa y extrajo la valiosa piedra portal. Algunas de las hadas la reconocieron al instante. El muchacho de un jalón cortó la cadena que rodeaba su cuello.
—Abrirá un porta directo a la aldea.
—Estamos… ¡estamos salvadas!
—Les dije que nuestra matriarca no nos abandonaría, les prometí que vendría la ayuda. ¡Sabía que si resistíamos estaríamos salvadas!
Derramaron más lágrimas, ahora de alegría y autocompasión. Méril se sonrió. Hace tantas horas que no sentía un poco de alegría que también fue contagiado por la emoción de esas jóvenes maltratadas. Se puso de pie y se ubicó en un espacio más despejado de la tienda con la piedra en la mano.
—Es un portal de un solo uso, así que una vez abierto deben entrar rápidamente.
—¿Nos escoltarás de regreso?
—No puedo hacerlo —Méril observó directamente a la que parecía ser la líder del pequeño y penoso grupo—, debo averiguar todavía lo que sucede dentro de la torre. Mi misión es descubrir el paradero de Ull, y por qué él permitió que sucediera esto.
—Nuestro amado señor Ull jamás nos hubiese abandonado. Yo… temo lo peor.
—Es peligroso —la chica a la que salvó durante su encuentro se aferró a su brazo. Parecía asustada, con ese tipo de temor en el que no deseaba soltarse del único que la hacía sentir segura en su frágil estado mental—. ¡No debes morir, debes venir con nosotras! La torre ha estado silente por siglos, Ull ya no vive para nosotras…
—Hermana, no blasfemes en contra de nuestro señor Ull.
—Pero yo…
—Está bien, sé cuidar de mí mismo —con ternura el muchacho, que en ese momento su autoridad lo hacía ver mayor a los ojos de las agradecidas hadas, tomó la mano de esa chica y la obligó a soltarla—. La aldea las necesita. Estamos preparando una evacuación, por eso vine por ustedes —mintió—. Pero deben decirle a la matriarca todo lo que han visto y vivido aquí. Ella debe saberlo, debe entender que no existe ninguna gloria en morir luchando contra estos monstruos: si es que morir puede ser suficiente para ellos.
—¿Nos iremos de Gimle?
—¿Dónde, dónde nos refugiaremos?
—¿Eres un einjergar, viviremos entonces bajo el yugo de los Aesirs, ese finalmente será nuestro destino?
—No… les prometo que existe un lugar del otro lado del mar de Asgard. Una ciudad que no se encuentra controlada por los Aesirs. Allí es donde escaparán y estarán seguras. Deben creerme.
—Tal… tal lugar no existe.
—¡Sí el señor Méril lo dice debe ser cierto! —clamó la chica más pequeña, a la que había salvado. Parecía creer más fielmente en su salvado que en las tradiciones de Asgard.
—Es verdad…
—Pero eres un einjergar, un perro de los Aesirs.
Las demás gimieron enfadadas contra una de ellas, que a pesar de haber sido rescatada, miraba con recelo al muchacho como si no fuera mejor que una bestia de Hel. Méril suspiró, incluso en esa situación los prejuicios y odio antiguo podía cegar las conciencias. Cogió la mano de la misma que había protestado, y contra su voluntad la llevó a su propio pecho. La chica hizo un gesto de asco, más luego, se sintió desconcertada.
—¿Lo entiende ahora? —dijo el muchacho con una timidez que ellas desconocieron, revelándoles finalmente la auténtica naturaleza tímida y tierna del joven.
La hada abrió los ojos, lo que sentía al tocar el pecho de Méril era claro, pero a la vez imposible.
—N-no… no eres un einjergar.
—No lo soy.
—¡Eres un midgariano auténtico!
—Sí, soy un mortal.
—Eso es imposible —clamó.
—Los midgarianos no pueden venir a Asgard —dijo otra.
—¿Entonces el señor Méril no es un einjergar? —preguntó la más pequeña, con una sonrisa de satisfacción.
—Imposible, ¡imposible! —repitió la líder.
—Sí, tan imposible como que existiera un lugar en Asgard libre del yugo de los dioses. Entonces, ¿es que yo no existo tampoco? Pero si existo, ¿existirá también el lugar del que les hablé?
Ellas asintieron, lentamente y con solemnidad.
—Estamos en tus manos, señor Méril —dijo la líder, con humildad—. Creeremos en todo lo que nos digas.
—Prométanme que no permitirán que nadie en la aldea se quede. Allá hay problemas, no todas están convencidas de mis palabras, como ustedes. Por eso requiero de la ayuda que puedan darme, necesito que las hagan entender del peligro que viven, y que deben evacuar Gimle ahora. Estas tropas se preparan para avanzar, someterán a toda la aldea si no hacemos algo rápido. Sus hermanas podrían… —no le gustaba recordarles lo que habían sufrido, pero debía hacerlo—, ellas podrían sufrir lo mismo que ustedes.
—Haremos lo que nos pida el señor Méril.
—Nuestras vidas están en sus manos, einjer… digo, joven midgariano.
—Por favor, no arriesgue así su alma. Regrese con nosotras, ya no hay nada más que descubrir.
—Hice una promesa —dijo Méril—. Por favor, les pido que hagan lo posible por salvarla también —agregó preocupado, mirando a la que se encontraba inconsciente y malherida.
—Ella vivirá —dijo la líder con confianza, cargando a su inconsciente compañera con la ayuda de otra de las chicas—, si volvemos ahora a la aldea, lo conseguirá. Vivirá gracias a ti.
"Vivirá gracias a ti". Finalmente se sentía otra vez agradado por poder cambiar un nuevo destino. Pero la última vez que lo había conseguido, y que se sintió de la misma manera, él…
Arrojó el cristal al piso y éste se quebró. Los trozos brillaron y levitaron formando un anillo, con un círculo mágico que apareció a sus pies. Retrocedió rápidamente e instó a que todas las hadas entraran en el círculo. Un pilar de luz las envolvió. El zumbido y la luz le pesaron al joven, comprendiendo que podrían llamar la atención desde el exterior cuando todas las paredes de género se estremecieron producto del violento vendaval. Debería haberlas sacado del campamento antes de abrir un portal tan notorio en ese sitio, pero pensó en la hada lastimada, que no podrían mover a escondidas de ese lugar sin arriesgar más su vida.
Las hadas y Méril cruzaron por última vez sus miradas. El joven asintió con una amable sonrisa que las conmovió. Y dentro de un intenso resplandor plateado desaparecieron.
Méril suspiró aliviado, otra vez se encontraba solo.
O no tan sólo.
Escuchó ruidos, un grito de alerta y pisadas tronando fuera de la tienda.
—¡Están muertos, fue un perro de los Aesirs! ¡Den la alarma! ¡La alarma!
El joven se tensó y empuñó con fuerza la espada. Aquellas voces de bestias en la entrada de la tienda confirmaban el peor de sus temores: había sido descubierto.
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8
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Corrió evitando las flechas que zumbaban por encima de su cabeza. Se cubrió detrás de una de las afiladas rocas. Era mucho más ágil trepando por las pendientes afiladas y riscos que el numeroso grupo que lo cazaba. Sin embargo, se encontraba en una isla, sin escape posible más que prolongar lo inevitable. Todo el ejército enemigo se movilizaba para seguirlo, y comenzaban a rodearlo.
Las flechas de Méril eran certeras. Descansaba en un punto alto, apuntaba, tiraba dos, tres veces, volvía a correr escuchando las maldiciones lejanas por los que había liquidado. Ni siquiera los gigantes se salvaban de sus tiros. En una ocasión vio a uno cubierto con una armadura de pies a cabeza liderando al grupo, amenazándolo cuando lo arrinconaron en un cerro sin escape alguno. Apuntó...
La flecha entró por el agujero del casco traspasándole el ojo y la cabeza al gigante. En medio de la confusión que su disparo había provocado, corrió hacia el acantilado que le cerraba el camino y dio un largo salto. El viento de Gimle lo impulsó como si fuera un milagro, y cayó del otro lado el acantilado dando ruidosos tumbos. Escuchó una lejana orden de sus airados perseguidores.
—¡Arqueros! —rugió el comandante de las bestiales huestes.
Se levantó velozmente, con desesperación, y tras correr otros cinco metros se arrojó al suelo deslizándose, para detenerse y rodar hacia un costado poniéndose a cubierto tras una roca pequeña. Justo en el momento en que el cielo se oscurecía por causa de una lluvia de flechas negras. Acurrucado se protegió, cuando tronó a su derredor como una tormenta el intenso sonido de las flechas estrellándose contra las rocas. Apenas hubo salvado del peligro, dejó su cobertura, se levantó rápidamente esquivando el pequeño bosque de flechas clavadas que dejaron sus atacantes. Cogió algunas rápidamente, las guardó en el carcaj y una la colocó en su arco tirando la cuerda. Y sin detenerse giró el cuerpo hacia atrás apuntando en una fracción de segundo, buscando la cabeza del furioso comandante de las bestias.
Otro disparo, otra víctima.
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La persecución había durado casi todo el día. Los colores del cielo cambiaron a los del atardecer y el sol volvía a reflejarse en la silenciosa torre, ahora envuelta en un intenso carmín dorado, como un espejo ante el cielo cada vez más nostálgico y oscurecido. Había conseguido librarse por un momento de sus perseguidores, pero no tardarían en encontrarlo otra vez. Numerosas tropas peinaban el terreno y pronto debería volver a correr y matar en ese agotador juego con final previsible; uno muy malo para él. Entre afiladas pendientes de roca, su refugio seguro, el muchacho descansaba la espalda mirando hacia la torre. Examinó su carcaj con un gesto de resignación.
—Sólo me quedan tres flechas.
Había ocupado todo lo que tenía. Su espada se quebró contra el escudo de un gigante que en una emboscada le había cortado el camino. Lo asesinó con la cuchilla cuando saltó por detrás del enorme ser aferrándose a su cuello que cortó con la facilidad con la que en el pasado había despellejado a un venado. Era tan sencillo hacerlo ahora: matar. Siempre estuvo allí su instinto que le decía como hacerlo, una fuerza tan intensa que temía, y había evitado con porfía durante su existencia. Sus propios actos, y el placer que sentía al matar a esos monstruos, le revelaba lo pecador que en realidad era. Se sentía un mentiroso, un hipócrita, alguien que era tratado como un amigo cuando en verdad había asesinado a su padre adoptivo, provocado con su inútil existencia la muerte también de su madre adoptiva. De la misma manera permitió la muerte de tantos aldeanos. Sí, había salvado a unos pocos en sus últimos días como mortal en Midgard; pero eso sólo era una excusa que no podía acallar la culpa que lo carcomía por no haberse rebelado antes, por haber permitido tantas muertes más. No poseía ninguna excusa.
Era un cobarde y un asesino; por actos o por omisión.
No merecía el momento feliz que el destino le otorgó al lado de amigos como Rashell y Ranma; tampoco era digno de haber conocido a la señora Akane y su cálida familia; a Millia, a Nina, a Sergus, Orrish, Dante, André, Kertos y también al capitán Belenus. No merecía haber probado la paciencia de la dama Freya. No merecía haber conocido a Ámbar y Zafiro.
No era merecedor del respeto de nadie. Todos estaban engañados. En el fondo él siempre había sido un asesino, nada más. Entrenado como tal por Lledeyn a pesar que siempre se había negado a probar sus habilidades hasta esa funesta noche. Y después en Jarnvidr, cuando sus instintos asesinos lo habían superado otra vez.
Iba a morir, estaba seguro de ello. Por segunda oportunidad perdería su valiosa vida mortal, y esta vez sería definitivo; y quizás también era lo correcto.
Porque tampoco merecía haber conocido a Prisma, empañar su inocencia con la oscura existencia que él poseía. Por un momento realmente se creyó ser ese Méril alegre e ingenuo que podría haber dejado todos sus pecados atrás.
Aspiró profundamente, retuvo el aire por mucho tiempo en su pecho. Y exhaló. Era triste, le había dado su manto que enrollaba como una bufanda a esa hada para cubrir su cuerpo. Ya no le quedaba ni siquiera el aroma de Prisma; y envuelto en la esencia de la sangre, la putrefacción y las cenizas, le era imposible ya recordarlo. A lo menos, tenía la memoria de que era un aroma dulce.
Y los pequeños labios de Prisma sabían a los frutos del bosque. Se sonrió con triste ironía: tampoco podía recordar el sabor dulce, cuando su boca estaba seca y con el gusto de la sangre de sus labios partidos.
Realmente no merecía nada, pero se lo habían dado todo. Era feliz. Imaginó que las hadas que había rescatado transmitirían su mensaje. Después pensó en Prisma con preocupación: ella no estaría dispuesta a dejarlo atrás. Pero confiaba en su hermana Ámbar. Ella comprendería, el mensaje oculto tras las hadas que había enviado de regreso con su única piedra portal. ¿Escapar? Aunque se marchara en ese momento, cruzar el mar negro y el bosque oscuro de regreso le parecía como a un milagro, y no alcanzaría a hacerlo en el tiempo límite. Menos ahora si es que por un golpe de suerte conseguía evadir a sus perseguidores.
¿Volver al mar negro, exponiéndose sin protección alguna, para que las flechas enemigas hundieran su cadáver por siempre en la oscuridad? Si iba a morir, lo haría dando la cara. Eso se lo había enseñado su amigo Ranma, y se sentía orgulloso de poder compartir el mismo destino. Pero no aún, debía primero llegar a la torre, conocer la real situación de Ull y del lugar más sagrado de Gimle; aunque fuese únicamente para satisfacer su curiosidad.
Tres flechas le quedaban, las volvió a contar sin esperanzas. Los dedos le dolían de tanto haber tirado la cuerda del arco y sangraban un poco. Una era suya, maravillosa saeta creada con los mejores materiales de Asgard; la segunda, la última que había rescatado de todas las flechas enemigas que consiguió recuperar; y la última, esa hermosa flecha con cabeza de cristal que había recibido a los pies de Yggdrasil. Sería un desperdicio usarla en un trol. Tenía ahora sospechas del ser que se la había otorgado: por eso necesitaba llegar a la torre, debía saber la verdad.
Colgó otra vez el carcaj en su espalda, asió con firmeza el arco, tiró de la cuerda desgastada de tanto disparar. Habían sucumbido más de cien enemigos en la persecución, y lamentaba no tener más flechas para llevarse a otros tanto consigo en la muerte.
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La suerte estaba de su parte por última vez. No había encontrado a ningún enemigo camino a la torre. Quizás sus perseguidores creyeron que trataría de huir cubriendo los bordes de esa pequeña isla en medio del mar negro. O tal vez, esos monstruos temían acercarse a la Torre de Ámbar. Cualquiera que fuera la respuesta, ya no le importaba. Sentía los brazos entumecidos, le era difícil pensar con claridad.
Se escabulló por las últimas rocas afiladas, las montañas de estacas negras eran más abundantes, casi no dejando un camino claro a medida que se acercaba a la torre.
El asombro lo volvió descuidado. Ante la torre, tal como había visto a la distancia, el cristal de ámbar parecía ser la réplica de una explosión solidificada por la eternidad, con puntas de cristal como un sol estirándose en todas direcciones. Los cristales de ámbar, como espadas, también emergían por todo el suelo en el pequeño valle alrededor de la torre. El suelo era negro, cubierto por cenizas como si se tratara de arena, en la que sus botas se hundían hasta los tobillos.
Luego pensó, con sorpresa, que aquello no era producto de los engendros de Hel. ¿Y si las leyendas sobre el hermoso vergel a los pies de la torre eran falsos, o ecos de una época tan antigua como Asgard? ¿Sería posible que las hadas creyeran en algo que no habían visto por sí mismas durante siglos?
Los peligros del bosque, la grieta del vacío, y todo ese mar de sustancia oscura por encima del abismo, que era el final del universo, no podía tratarse de una obra generada en unos cuántos años, ni siquiera en siglos.
La mismísima matriarca había hablado como si jamás hubiera conocido a la Torre de Ámbar en persona. Más todas la veían en el horizonte y creían en la belleza de sus historias. ¿No le había contado Ámbar, la hermana mayor de Prisma, que las hadas cristal nacían de las piedras que se encontraban sembradas por todo Gimle, restos de la Torre misma? ¿Y cuándo esos cristales surcaron los cielos? Le bastaba con mirar a su derredor, los cerros que lo rodeaban, estacas de piedra o cristal negro que rodeaban formando líneas en espiral que se alejaban de la torre. También parecían mirar hacia el exterior, como las ondas congeladas sobre el agua de una explosión. O líquido negro cristalizado, el mismo líquido del mar oscuro y viscoso que rodeaba esa isla, pero congelado por la eternidad.
Todo tenía forma en su mente ahora, y le pareció grotesco. Las hadas estaban engañadas, la torre había sufrido ese daño hacía milenios. ¡Milenios que Gimle estaba siendo devorada por el vacío! ¿Qué significaba esto, los Aesirs lo sabían también y callaban?
¿Lo sabía Ull, del que decían la torre era su trono?
¿Y no son todas esas marcas de una terrible explosión, de un desastre que hubiera sido capaz de ocultar al mismo sol durante semanas? ¿Por qué ninguna hada lo sabía?
O ninguna nacida en los últimos siglos, en la era gobernada por los Aesirs...
Se inclinó y cogió las cenizas entre los dedos. La llevó a su rostro y olfateo. Parecían ser cenizas milenarias, restos de los árboles que allí una vez moraron.
—La Torre de Ámbar siempre estuvo así... no es posible.
Dejó caer las cenizas y alzó el rostro. Entre los cristales dorados y anaranjados, una abertura, que era notorio había sido creada con posterioridad cavando en el mismo cristal, guiaba a unas escalinatas donde una gran puerta lo esperaba.
Caminó levantando un manto de cenizas con cada uno de sus pasos. El atardecer despuntaba por encima de las afiladas rocas como espadas que desafiaban a los cielos, como mudos testigos de la ira que allí tuvo lugar. La torre más le pareció ahora un rayo de luz cristalizado que atravesaba el firmamento.
Sentía, podía sentirlo. Ira, mucha ira, no como la oscuridad de Hel, sino otro tipo de sentimiento. Cada paso levantaba silenciosamente más cenizas que eran llevadas por el viento frío.
No era viento de Nilfhel apestado a muerte, tampoco la brisa fría y cruel de Nifelheim, se había equivocado. Ésa era la brisa fuerte que alimentaba a todo Gimle. Lo comprendía, el aire era cándido por los árboles que suavizaban con bondad el mensaje que se perdía antes de llegar al resto de Asgard.
Pero allí nada podía ocultarse. Lo que sentía era la voluntad de Gimle, era el corazón de Gimle.
Era ira, y deseo de muerte. Gimle no era un bosque bondadoso: Gimle era una voluntad que deseaba la destrucción de todo, víctima de una antigua ira, e una venganza. Del dolor que junto con el vacía parecía roer el alma del bosque entero; no, más, el alma de todo el universo de Asgard.
—Gimle... —sus labios temblaron, sentía los ojos irritados, el dolor de Gimle lo traspasaba con el mismo deseo de destruirlo todo. Destruir a los malditos Aesirs, destruirlo también a él cuando sentía en una parte de su alma un intenso rechazo; y en la otra mitad una inusitada piedad—, ¿por qué, por qué deseas que todos mueran, incluso tus hijas las hadas? ¿Por qué?
Además de la ira, sintió asco. Como si algo horrible estuviera entrando en su pecho. Pero no era él, sino era el sentimiento de Gimle y comprendió lo que sucedía. Giró lentamente a los pies de las escaleras con el arco en la mano. Allí, en la entrada de ese pequeño valle entre paredes de roca negra y afilada, el ejército enemigo lo observaba. Eran más de cien, y lo tenían cercado.
Gimle sentía asco por esas criaturas que lo invadían.
Méril, a pesar de conocer que se encontraba perdido, fue infundido por la ira de Gimle y llevó la mano al carcaj. Tanteó las tres flechas, escogió la suya, con punta de Mithril Asgariano y madera de los robles de Gimle. Apuntó.
Las bestias no se movieron a pesar de la ira que destilaban sus ojos sangrientos. Parecía que no podían pisar el campo de cenizas, como si fuera un lugar sagrado. Pero tampoco preparaban sus flechas para dispararle. ¿Qué esperaban?
En aquél instante los engendros de Nifelheim se apartaron dejando un pasillo entre ellos, y lentamente comenzaron a bajar las cabezas con temor. Una figura, una silueta, caminaba con autoridad entre ellos. La larga capa ocultaba también su rostro. Aquella silueta se detuvo ante el campo de cenizas y pareció observarlo. Méril tembló, como un viejo recuerdo que no podía del todo ver.
Un bosque, una mujer, un grito, un sonido, un flecha y luego el llano de un bebé. Nada de eso debería poder recordarlo, pero esas imágenes lo asaltaron con dolor. Era Gimle quién se las estaba transmitiendo. El arco tembló en sus manos. Una mitad de su alma le decía que disparara sin dudar; la otra mitad de su alma le pedía que esperara.
La figura avanzó, posó el primer pie sobre las cenizas, después el otro, caminó a su encuentro. La brisa de Gimle también lo rodeó, como a él.
"Lo odio", escuchó en su corazón el sentimiento de todo Gimle; "pero también lo amo".
Lo único que Méril tenía claro en ese momento, es que ese ser era el que dirigía a los ejércitos de monstruos. ¿Sería un demonio enviado por Hel, o un representante del oscuro Loki, enemigo de Freyr y de todo Midgard que había conspirado en contra de los mortales? No se decidía a disparar o hablar, su rostro palideció, cuando se sentía incapaz de contener los gritos de Gimle dentro de su pecho, casi tan doloroso como los propios. ¿Quién era ese sujeto?
El misterioso hombre alzó la mano, empuñaba un corto bastón, como un trozo de rama hermosamente tallado, pero que poseía todavía en parte la superficie natural de los troncos. Y el bastón se extendió, como ramas que crecieron rápidamente enroscándose, con hojas y pétalos, formando un hermoso arco largo. Méril reconoció aquél arco.
La capa cayó, el hombre se reveló ante él como el mismo ser que se le había aparecido a los pies de Yggdrasil, en casa de Prisma. El cabello castaño y desordenado bailaba por la bondad de la brisa. Los ojos oscuros y profundos, crueles, lo traspasaron. Su rostro bello y frío lo perturbó haciéndosele familiar. Y lo comprendió todo, el terrible juego del que había sido víctima y la más dolorosa traición.
—Ull... ¡Tú eres Ull de los Aesirs!... Por qué... ¿Por qué traicionaste a Gimle?
El hombre no respondió.
—¿Estás dirigiendo a estas bestias, estás atacando al bosque que juraste proteger? ¿Permitiste que torturaran a esas pobres hadas, que las asesinaran sin hacer nada?
Siguió sin responder.
—¿Por qué? ¡Ellas confiaban en ti, todo Gimle confiaba en ti! ¿Por qué estás haciendo esto?... ¡Por qué, demonios, por qué!
Ull de los Aesirs posó su otra mano en el aire y tiró al momento que una cuerda de luz que apareció formada por la energía creadora. Una flecha también de luz se materializó lentamente, formada por pequeños destellos como las hojas de los árboles llevadas por la brisa. Lo apuntó también.
Méril se tensó, aferró con más fuerza el arco. Quería disparar, ¡por los mil demonios, por toda la ira de Gimle, por la traición, por su propio corazón que también sentía debía detestarlo, claro que quería hacerlo! Pero se retuvo. No podía, algo más grande en su pecho que todo el odio acumulado de tantos seres e injusticias, y que no se podía explicar, se lo impedía.
—Dispara... —ordenó Ull Llewelyn de los Aesirs, señor de Gimle—. ¡Dispara!
Y como si la autoridad de Ull lo hubiese lastimado, los dedos del joven Merilko Llewelyn soltaron la cuerda. El disparo fue perfecto, dirigiéndose directamente al corazón de Ull, el traidor.
Pero el Aesir, con una triste sonrisa, también había soltado su cuerda de luz.
Las flechas chocaron en el aire, una delante de la otra, y la madera de Gimle fue destrozada por la furiosa luz disparada por el arco de Ull, creado con la madera de Yggdrasil. Méril abrió los ojos, el único gesto que consiguió hacer en esa milésima de segundo antes que la flecha de luz golpeara y atravesara su cuerpo con gran impacto. El joven soltó el arco, su cuerpo salió disparado hacia atrás y chocó de espaldas contra la puerta de la Torre de Ámbar. Cayó deslizándose por la superficie hasta quedar sentado en el suelo. Su hombro sangraba, atravesado por debajo a un costado del pecho, y comenzaba a tintar sus ropas completamente. Pero un dolor más intenso, algo que sacudió su cuerpo producto de la magia que tenía la flecha, comenzó a entumecer rápidamente sus sentidos. Y lo vio acercarse, lentamente, subir los peldaños hasta inclinarse delante de él.
Ull sonrió, ya no con frialdad, no con aquella dolorosa lejanía que parecía haberse impuesto hacia toda la creación, y le habló susurrándole muy lentamente al joven que apenas podía mantenerse consciente.
—Eres ingenuo y bondadoso, como un hada; no por nada posees los ojos de tu madre.
El joven Méril cedió a la debilidad y la oscuridad lo envolvió.
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Intermedio Acto III, parte segunda y final.
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Continuará.
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Notas del autor: Pido disculpas. Siendo un capítulo que debió salir a la semana del anterior, terminó tomándose casi meses. Pero me vi enfrentado a un capítulo muy complejo y que, creo todavía, debe contener muchos errores dada su constante reescritura. Espero puedan perdonarlos, pero ya no puedo seguir quedándome por más tiempo con este episodio o estancaría toda la serie.
Fue difícil por los escenarios a describir. Casi todo el tiempo estuve atrapado en el bosque oscuro, sobre la grieta. Y el mar negro fue otra dificultad, no sabía si conseguiría transmitir bien esa idea por lo que pasé repitiéndola una y otra vez. Lo mismo con los ambientes alrededor de la torre. Fue todo un desafío al intentar narras escenarios de tal escala. Espero haber conseguido transmitir un poco la sensación de grandeza, vértigo e incluso de nostalgia al final en un ambiente tan muerto y triste. ¿Quién se esperaría que la voluntad de Gimle no fuese bondadosa?
También, en los cambios que realicé para esta nueva edición, y tal como prometí como un bono por la espera, he adelantado parte de la trama de la siguiente saga y final de Idavollr. Espero que se sientan agradados, y las distintas teorías con que me hacen sentir tan acompañado y que me comparten en sus reviews, se vean ahora potenciadas. ¿Cuántos de ustedes están todavía bien encaminados en lo que creían podría suceder al final? Espero no haberlos desilusionado mucho con el giro que podría tener la historia.
Pero todavía quedan muchos misterios por resolver, e iré intentando no demorarme tanto con la siguiente entrega. Supongo que leer el viaje ha de ser agotador, quería que un poco de esto se sintiera: para llegar a estar en las botas del sufrido personaje.
De ustedes, apresurándome para publicar todo lo pendiente que me queda durante este mes,
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Noham Theonaus.-
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