Nota de la Traductora: Bueno, desaparecí por mucho, razones tengo de sobra, aún así me da mucha lástima haber descuidado y dejado tres fics incompletos. Sólo Dios sabe como odio las cosas incompletas. Sé que muchas de las que leían esta historia con ansias a una actualización ya no van a estar más, y que algunos que recién la empezaron a leer puede que estén. El caso es que lo siento mucho, el mudarme a otro país y conseguir estabilidad fue muy difícil, no me quedaba tiempo ni para poder estudiar. Ahora más acomodada y tranquila puedo volver a las cosas que adoro, y traducir es una de ellas. Sin más que decir, después de casi un año... prometo terminar todo lo que dejé inconcluso, muchas gracias por los adorables comentarios e inbox que recibí, fue eso lo que me terminó de motivar. Besos y abrazos!
Capítulo 38: Tú y yo
La perrera, Marzo 1980…
—Feliz cumpleaños, Lunático —jadeó Sirius en el cuello de Remus, sin tomarse la molestia de desenredar sus brazos o piernas mientras caían, lado a lado, en la misma almohada.
Remus rió, aún sudoroso, drogado y delirante por la dicha del post coito.
—Feliz cumpleaños, de verdad —respondió, besando a Sirius con suavidad, una y otra vez, sólo con un ligero roce de labios.
—Mm, entonces, ¿qué es lo que quiere mi Lunático en este día especial?
—Depende —respondió Remus descaradamente, pasando una mano por el pecho de Sirius—. ¿Qué le dará Canuto? Apuesto a que se olvidó y lo dejó para última hora, ¿qué dices tú?
Sirius hizo un puchero.
—Ten un poco de fé, Lunático. Pensé en esto todo el mes, y aún no sé que puedo conseguirte.
Rozó con su nariz la mejilla de Remus.
—Dame una pista, Lunático, vamos. O tendré que pedirle consejo a Lily y ya sabes como termina eso.
—Piensa —dijo Remus con simpleza, besando la nariz de Sirius.
—¿Te puedo sobornar con un gran beso baboso? —preguntó Sirius, moviendo sus cejas de manera provocativa y acariciando con sus nudillos la barbilla de Remus.
Remus bufó.
—No seas tacaño —dijo acariciando lenta y sensualmente el estómago de Sirius—. ¿Qué te parece si lo hacemos de nuevo?
Se inclinó para darle un beso a Sirius, pero fue detenido para frustración suya.
Sirius no se veía nada feliz; de hecho, se veía extremadamente adolorido.
—No tenemos suficiente tiempo para eso, Lunático. Necesito ir a trabajar en un par de minutos, ya lo sabes.
Remus hizo un puchero.
—¿No puedes faltar al trabajo sólo por hoy? Es mi cumpleaños, sabes…
Sirius rió.
—De ninguna manera creo que Moody acepte la excusa. Las cosas se están volviendo más atareadas en el Departamento de Seguridad Mágica.
—Me he dado cuenta —añadió Remus con malicia—. Apenas tenemos tiempo para vernos así como están las cosas, y eso que no estás trabajando horas extras. Ya sé que ambos estamos tratando de salvar al mundo y eso, pero podríamos tener un tiempo para nosotros de vez en cuando…
Sirius acarició la mejilla de Remus, limpiando las arrugas debajo de sus ojos.
—Nos libraremos de todo esto algún día. Mira, aún tenemos que celebrar tu fiesta de cumpleaños. Cornamenta traerá serpentina.
Remus rodó los ojos.
—¿Es esa una palabra código para cosas que explotarán en mi cara?
—Puede ser —respondió Sirius, sonriendo con complicidad—. Y siempre está el después. Allí es cuando la verdadera celebración comienza.
—Más te vale no llegar tarde —advirtió Remus, con el ánimo levantado y el brillo juguetón nuevamente en sus ojos—. No estoy de humor para el celibato.
—Lunático, mi amor, no me lo perdería por nada en el mundo.
—Muchas felicidades. Te ves jodidamente sexy.
Remus alejó la mirada de la ventana y la dirigió a James, quien estaba de pie a su lado, con una botella de whisky barato en la mano. Alzó una ceja.
—¿Disculpa?
James sonrió y se encogió de hombros.
—Eso es lo que Elf me dijo que te dijera antes de llevar a Marlene al dormitorio.
Remus gruñó.
—Ese chico no tiene autocontrol en absoluto.
James abrió la botella de whisky con su varita y se la entregó.
—Te ves como si necesitaras esto —dijo, observando a Remus dar un trago antes de colocar un amigable brazo alrededor del hombre lobo—. ¿Un knut para que me digas lo que piensas?
Remus sonrió.
—No estoy pensando. Sólo… recordando, supongo.
James lo observó con incredulidad.
—Lunático, suenas como si fueras un vejete en su cumpleaños número sesenta. ¡Vamos, eres todo un hombre hoy día… veinteañero y más!
Remus rió.
—Ese es el problema, ¿no crees? Quiero decir, para empezar siento que nunca tuve la oportunidad de ser un niño.
—Merlín, estás deprimido. Es por Canuto, ¿verdad? Lo mataré, ya sabes. Ni bien asome su cabeza en esta casa, lo mataré.
Remus negó con la cabeza.
—Tendrá alguna razón. De otra manera no se lo perdería.
James bufó malhumorado.
—No parece estar en peligro, así que no veo realmente ninguna razón. Los merodeadores siempre son lo primero.
—Las cosas no son tan simples, y realmente no me importa —dijo Remus sonriendo, pasando un brazo alrededor de los hombros de James—. Realmente estoy disfrutando de la fiesta. Ha pasado bastante tiempo desde que toda la pandilla se ha podido reunir nuevamente, ¿no crees? Quiero decir, no había visto a Bones desde la graduación. Se ha puesto bastante en forma, ¿no crees?
James soltó una risita.
—Eso dices tú, ¿no? Le gustas desde quinto año.
El rostro de Remus se volvió rojo remolacha.
—¡Tonterías! ¡Estaba saliendo con Paul Scotts en la escuela!
—¡Sólo porque tú estabas demasiado involucrado con cierto perro para notarla! Te apuesto cinco galeones a que va a acercarse a pedirte que bailes con ella esta noche.
—Y te apuesto cinco galeones y las sobras de mi pastel de cumpleaños que estás demente.
James le dio una palmada en la espalda, emitiendo un vergonzoso grito de guerra muy agudo.
—¡Chocolate o no, ese pastel es mío, Lupin!
—Olvídalo, Potter. Ese pastel tiene mi nombre… en glaseado blanco.
Remus se cruzó de brazos con petulancia.
La sonrisa socarrona de James no flaqueó cuando vio por encima de los hombros de Remus.
—Prepárate para perder, Lunático, amigo mío, porque ella está acercándose en uno, dos…
—¿Remus?
Remus se volvió a ver a Bones detrás de él, vestida en un bonito vestido rojo y mostrándose extremadamente sonrojada.
—Me preguntaba si te gustaría bailar. He estado tratando de conseguir pareja toda la noche —dijo encogiéndose tímidamente de hombros—. Supongo que pise muchos pies, ¿eh?
Remus sonrió amablemente.
—Estoy seguro de que lo harás bien conmigo. Pero antes de que vayamos, tengo una pregunta.
Miró a Bones primero y luego a James, quien estaba mostrándose altivo por haber tenido razón y ganado dinero por ello.
—¿Crees que James está demente?
Bones rió con un sonido suave y tintineante.
—¿No lo creen todos?
—Me debes cinco, Potter —dijo Remus con simpleza, guiñando un ojo a James y dejándolo fulminándolos con la mirada mientras bailaban.
XxxxX
—¡Colagusano!
Peter se congeló, maldiciéndose a sí mismo por pensar que podría pasar desapercibido por el Departamento de Seguridad Mágica tan fácilmente. Sirius trabajaba allí después de todo, e iba a atraparlo tarde o temprano. Escondió los documentos en su mano detrás de su espalda mientras se daba vuelta para ver al hombre de cabellera oscura. Sirius estaba inclinándose contra el marco de su oficina, mostrándose altanero como siempre e inspeccionando a Peter de una forma que hacía que Peter estuviera más nervioso que de costumbre.
—H-hola, Canuto —dijo Peter temblorosamente, tratando de poner su mejor sonrisa de inocencia.
—Entra, Colagusano, no te he visto desde hace tiempo, así que no creas que puedes escaparte tan fácilmente —replicó Sirius con brusquedad, y las piernas de Peter temblaron mientras entraba, por el miedo de que Sirius supiera.
Sirius se sentó, ofreciéndole una taza de té a Peter antes de servirse un poco para él mismo.
—¿Dónde has estado, Colagusano? No te he visto desde la última reunión de la Orden, y cuando te veo estás tratando de escapar sin visitarme. No estarás escondiendo algo, ¿no?
Dijo todo esto con una sonrisa, pero Peter sintió que el tono de Sirius sonaba más sospechoso que juguetón.
—H-he estado un poco ocupado con el trabajo. Por eso es que v-vine hoy aquí, y estaba tan apurado. D-debería irme ya, de verdad, así que…
—Siéntate, Colagusano —regañó Sirius, rodando los ojos—. Puedes decirle a tu jefe que había una larga cola o algo por el estilo. Lily ha estado preguntando mucho por ti y, honestamente, me está volviendo loco. Así que vas a hablar y pasar un ratito conmigo, como en los viejos tiempos, ¿sí?
—S-supongo que puedo quedarme un ratito —respondió Peter, obligándose a calmarse. Deseaba no tartamudear tanto; sólo era Sirius… Peter había pasado siete años en la escuela junto a él después de todo. Simplemente deseaba que el muchacho no fuera tan impredecible.
—Jodidamente correcto. Entonces, ¿de qué se trata este trabajo por el cual estás tan apresurado?
—Oh, ya sabes, un par de sellos aprobatorios y cosas así. ¿Qué son todos estos papeles? —preguntó Peter, tratando de cambiar el tema antes de decir algo de lo que se arrepentiría después.
—¿Cuales? ¿Estos? Papeleo de nuestras actividades del día —contestó Sirius con desdén—. No es como si hubiera mucho que reportar hoy en día con Moody incrementando la seguridad. Ha empezado a dividir una tarea entre siete u ocho aurores, para que nadie sepa cuál es la misión principal. El vejete cree que hay mortífagos infiltrados en el departamento.
Peter tragó su té tan rápido que se quemó la lengua.
—¿M-mortígafos? ¿En el departamento?
Sirius suspiró, apilando los dispersos papeles sobre su escritorio.
—Conociendo a Moody y su paranoia, probablemente cree que están en todos lados, incluso en la Orden.
—¿La O-Orden? No creerás eso realmente, ¿verdad? —preguntó Peter con el corazón martillando sus costillas con tanta fuerza que estaba seguro de que Sirius podía escucharlo.
Sirius se encogió de hombros.
—Moody está muy chiflado, ya sabes a qué me refiero, pero nunca se ha equivocado.
Miró fijamente a Peter, frunciendo sus cejas, y Peter tembló, sabiendo que había sido atrapado. Había sido atrapado y quería correr, escapar lo más rápido que podía antes de que lo arrestara.
—Dime, vendrás a la fiesta de Lunático esta noche, ¿verdad? No te perdonaré si te la pierdes. La hemos estado planeando desde hace casi una semana, y Lily se ha tomado todo el problema de hacer un gran pastel.
Peter casi llora de alivio.
—¡Por supuesto! Nunca se me pasó por la mente perdérmela. Patricia ha escogido un bonito regalo para él.
Sirius arrugó su nariz con disgusto.
—Aún estás viendo a esa arpía entonces.
Técnicamente, Peter no la estaba viendo sino asistiendo. Había estado tratando de meterla a la Orden bajo la apariencia de que era su novia ya por un par de meses, pero Dumbledore seguía rechazándola. Aparentemente, Dumbledore no la conoció lo suficientemente en Hogwarts y necesitaba algo de tiempo para considerarla.
—Sí, es realmente buena, ya sabes; si sólo le dieras una oportunidad.
Sirius hizo un gesto con la mano como si lo que hubiera dicho fuera irrelevante.
—Psh, no es como si fueras a casarte con ella o algo por el estilo. Me parece malvada. Ni siquiera me sorprendería que ella fuera un mortífago.
Peter estaba aliviado de haber terminado su té, porque esta vez se hubiera atorado con él. Tenía que hacer algo, lo sabía; tenía que ser escurridizo y cuidadoso como el Señor Oscuro le había dicho. Tenía que hacer todo lo que podía en su poder para no ser atrapado, porque sus amigos nunca lo perdonarían, o peor aún, el Señor Oscuro lo mataría.
Peter trató de reunir coraje y pensar rápidamente.
—No lo creo. Todos tienen un lado oscuro, Sirius, no sólo Patricia. Q-quiero decir, si la estás juzgando de esa forma cualquiera puede ser un mortífago. Elphias, Shaklebolt, incluso Lunático.
Sirius rió.
—Vaya, te estás poniendo a la defensiva.
—Sólo estoy diciendo que todo el mundo tiene secretos. No puedes decirme que Remus t-te cuenta todo sobre sus m-misiones, o incluso de su vida privada. Quiero decir, si e-se fuera el caso, entonces tú ni siquiera sabrías si realmente se preocupa por ti o si sólo se queda contigo p-porque lo presionas tan obsesivamente, ¿no crees?
Sirius frunció el ceño, los primeros rasgos de ira mostrándose en su rostro y asustando a Peter un poco.
—Remus me ama y yo nunca lo he presionado en nada, y menos en que me revele sus secretos. La Orden necesita que trabajemos encubierto, especialmente en trabajos como los de Remus.
—¡E-exactamente! —exclamó Peter, su voz volviéndose aguda al entender lo que estaba haciendo, lo que estaba sugiriendo. Quizás nunca debió haberlo empezado; ¿qué pasaría si Sirius empezaba a rondarlo?; ¿qué pasaría si todos lo hacían? Las cosas podrían salirse de sus manos—. Eso es lo que pasa con Patricia y yo. No la amo como tú a Lunático, obviamente, porque tu llegas a un nivel que a veces es maniaco y peligroso.
Al ver la mirada asesina de Sirius, Peter se apresuró en corregirse a sí mismo de la mejor manera.
—Lo digo de buena manera. Quise decir que ella puede tener tantos secretos como quiera, yo aún confiaría en ella.
—Colagusano, estás…
Sirius fue interrumpido por la cabeza de Moody asomándose en la chimenea de su oficina, gritando su nombre con urgencia.
—¡Emergencia, Black! ¡Lleva a todos los internos y reportalos a mi oficina en cinco minutos! Va a ser una larga noche…
Peter se levantó abruptamente, agradeciendo a todos los cielos por la repentina interrupción.
—Supongo que m-me iré —dijo rápidamente sin cruzar la mirada con la de Sirius. Sirius estaba demasiado ocupado con su capa y varita para notar la obvia incomodidad de Peter—. Te veré esta n-noche, Canuto.
XxxxX
Sirius cerró la puerta tras él y caminó de puntas dentro de la casa. Pasó la pequeña magdalena de chocolate a su mano derecha y prendió la velita con un movimiento de su varita. La casa estaba hecha un desastre: había globos y serpentinas en todas partes y muchos de los encantamientos que habían usado para pegarlos estaban empezando a salirse; habían pedazos de lo que parecía ser papas fritas en el suelo, y todos los muebles habían sido empujados a un lado para crear un espacio grande en la sala para hacer una pista improvisada de baile. La televisión estaba tan fuerte que molestaba, y el único mueble que había sido vuelto a su lugar era el sofá al frente de ella. Por casualidad, Sirius también encontró a su hombre lobo favorito dormido encima del sofá.
Sirius no debió haber sido tan silencioso como había creído, porque Remus abrió sus ojos adormilados cuando se sentó a su lado.
—¿Llegaste? —preguntó en un tono de voz que sugería que Remus había creído que aún estaba soñando.
—Aunque un poco tarde, ¿no? —dijo Sirius avergonzado. Colocó la magdalena en la mano de Remus como una ofrenda de paz—. Es chocolate.
Remus bufó de mal humor, apagando la vela en el proceso.
—El de Lily tenía chispas… y glasseado…
—¿Por qué no estás en la cama, Lunático? —preguntó Sirius, acomodando suavemente la cabeza de Remus en su regazo—. ¿Me estuviste esperando?
—No-oh —contestó Remus, enterrando su rostro en la cálida túnica de Sirius—. Elphias tuvo sexo en nuestra cama.
Sirius rió con suavidad.
—Entonces acamparemos en el sofá. No estás molesto, ¿o sí, Lunático?
Cuando Remus no contestó, Sirius enterró sus dedos en la cabellera castaña miel, masajeando y tirando de ella cuidadosamente.
—Traté de llegar, realmente lo hice, pero ya sabes como es Moody. Realmente no lo culpo; las cosas realmente están volviéndose fuera de control.
Sirius suspiró pesadamente, dándole una mordida a la abandonada magdalena de cumpleaños.
—Creo que estoy empezando a creerle a Moody de que hay espías entre nosotros, ¿sabes? ¿Recuerdas que hablamos sobre ponerle una protección a Liam Stille en una de las reuniones de la Orden? Dumbledore mencionó que Voldemort puede que esté tras de él, porque es seguro que se vuelva Ministro de Magia y es jodidamente bueno, ¿recuerdas?
Remus resopló y pasó un brazo alrededor de la cintura de Sirius.
—Y teníamos todo un plan preparado, con distintas personas haciendo guardia todas las noches, excepto los martes porque Stille pasaba todo el día en la oficina y tenía suficientes personas a su lado. Lo estuvimos monitoreando por cerca de dos semanas y nada sucedió, ya sabes, a pesar de que Dumbledore seguía repitiendo lo mucho que se encontraba en peligro.
Sirius dejó de acariciar el cabello de Remus y descansó su mano encima de la cabeza de su amado.
—Lo atacaron hoy día, exactamente cuando nuestras defensas estaban bajas. El tipo fue por una taza de té a la cafetería cercana y fue acorralado de inmediato. Su esposa e hijos están muertos, y él apenas salió con vida. Está en una maldita silla de ruedas; apenas es capaz de sentarse derecho, olvidate de poder ser Ministro.
—¡Mierda! —susurró Sirius, inclinando su cabeza contra el sofá—. Las cosas se están volviendo muy complicadas con esta guerra. No quiero pensar que algunos miembros de la Orden son espías, Lunático; son nuestros amigos. Pero nadie más sabía de esta misión, ¿sabes? ¿Sabes si hay algún artefacto muggle en el cuartel general? Ya sabes, ¿cámaras o cosas como esas? También tendría sentido, ¿verdad?
Fue cuando Sirius no obtuvo una respuesta a su enorme diatriba que finalmente miró a su amante. Remus estaba completamente dormido, con la cabeza cómodamente apoyada en el regazo de Sirius y las piernas desparramadas sobre el sofá y hacia afuera.
Sirius sonrió, encontrando a Remus atractivo incluso cuando roncaba.
—Que buen oyente que eres —dijo rodando los ojos cuando Remus hizo un sonido de descontento con su garganta, como si sintiera la reprimienda poco entusiasta de Sirius—. Buenas noches, cumpleañero.
XxxxX
Abril llegó y pasó con tanta rapidez que nadie lo notó. La carga de trabajo de Sirius estaba lentamente apilándose a un nivel que era ridículo incluso para un auror, y más para un interno. Habían turnos de fin de semana, misiones de la Orden, e incluso más misiones del Departamento de Seguridad Magica. Algunas noches ni siquiera volvía a casa, acampaba en el Ministerio y regresaba al amanecer por un poco de desayuno y una pizca de Remus.
La seguridad en Inglaterra se había intensificado por la paranoia de Moody que se esparció por el Ministerio, el toque de queda había sido cambiado a las ocho de la noche en vez de las diez, y el chisme de que Crouch se iba a volver el nuevo Ministro se estaba divulgando. Y como si no hubieran suficientes cosas por las cuales preocuparse, las vidas personales y los sueños de los Merodeadores se estaban rápidamente destruyendo y cayendo a pedazos.
Los padres de James habían sido atacados en la mansión de los Potter después de que el Sr. Potter publicara un artículo sobre los derechos de los magos nacidos de muggles. Afortunadamente, James y Lily habían estado de visita durante el ataque y ni uno de ellos salió ileso, todos estaban vivos y el bebé estaba en perfecto estado. El padre de James, sin embargo, sufrió lesiones mágicas que los sanadores dijeron que debía evitar que sucedieran de nuevo si es que planeaba seguir viviendo. Fue la segunda vez que Lily y James desafiaron a Voldemort.
Remus, por el otro lado, se veía bastante mal. Se encontraba constantemente cansado después de sus misiones y rápidamente estaba perdiendo la fe en la población de hombres lobo. Dumbledore había duplicado los esfuerzos de la Orden en reclutar criaturas oscuras a su lado, ahora también extendiéndose a vampiros. Remus era el intermediario para la gran mayoría de estas misiones y cada vez regresaba un poco más tarde a casa con una postura derrotada y una enfermiza sensación en el estómago que sólo aparecía después de otro fracaso. Acurrucarse junto a Sirius y hacer el amor con él lo ayudaba a veces, pero estando ambos haciendo trabajos para otros, raramente tenían tiempo para ellos.
Este tiempo separados, sin embargo, sólo hacía más fuerte la necesidad que se tenían el uno para el otro, y se aferraban los fines de semana, pasando cada momento que tenían juntos y con sus amigos. Desafortunadamente, el tiempo que pasaban juntos también tenía sus puntos bajos; las inseguridades de Sirius sobre el amor que Remus sentía por él estaban empezando a construirse, haciéndolo reflexionar sobre las palabras que Peter le dijo una y otra vez dentro de su cabeza hasta que se daba cuenta de ello y se regañaba a sí mismo por pensar cosas tan estúpidas. ¿Desde cuando le prestaba atención a Colagusano?
Quiero decir, si e-se fuera el caso, entonces tú ni siquiera sabrías si realmente se preocupa por ti o si sólo se queda contigo p-porque lo presionas tan obsesivamente, ¿no crees?
Remus lo amaba. Sirius sabía eso, incluso si es que nunca se lo decían tan seguido el uno al otro. Sirius lo sabía, y aún así dudaba de ello. Dudaba del amor de la única persona que daría su vida por él. Sirius Black, el epítome del exceso de confianza, dudaba de Remus. Era ridículo.
No la amo como tú a Lunático, obviamente, porque tu llegas a un nivel que a veces es maníaco y peligroso.
Sirius no lo presionaba. No lo hacía. No era obsesivo y tampoco un maníaco. Estar preparado para morir por Remus no justificaba nada de lo que Peter dijo. Sirius moriría de inmediato por cualquiera de sus amigos, y lo había demostrado incontables veces. No sabía qué es lo que Peter insinuaba con ese tipo de comentarios porque Remus lo amaba… lo ama… y siempre sería libre de irse si eso era lo que quería. Aunque Sirius esperaba que no se fuera; se volvería loco sin el hombre lobo a su lado.
Sirius se volteó de lado para ver la dormida figura de Remus, sus párpados revoloteaban por el sueño que probablemente estaba teniendo. Estiró una temblorosa mano y trazó con gentileza las curvas del rostro de Remus, sus ojos, su nariz, el arco de sus labios, y la suavidad de su mejilla.
—¿Lunático?
Sirius enterró sus dedos en el cabello de Remus.
—¿Lunático?
Se mordió el labio, titubeando, antes de sacudir a Remus del hombro.
—¿Remus?
Remus se quejó, volviendo su espalda a Sirius y acercando más las sábanas a su cuerpo.
—¿Remus?
—¿QuépasaCanuto? —murmuró Remus incomprensible.
Sirius pasó un brazo alrededor de Remus, acercándolo más y enterrando el rostro en su cuello.
—Remus, te amo.
Besó la suave piel del cuello de Remus con ligereza y amor, poniendo todo lo que sentía… ternura, devoción, e incluso sus inseguridades… en ese único gesto.
Remus gruñó.
—Mafturbate, Canufo. Esfoy cansado. Reunión con Dumbledore maña-na.
—Eso no es lo que yo… —farfulló Sirius horrorizado, avergonzado e indignado todo al mismo tiempo—. No estaba tratando de… sólo quería decirte...
Remus se dio vuelta para fulminar a Sirius con los ojos medios cerrados.
—Medespertaste…
—Sí —contestó Sirius, de repente sintiéndose increíblemente estúpido. Acarició la barbilla de Remus, haciendo una pausa para acunarla con la mano—. Dímelo.
La mirada de Remus se volvió severa. Revisó el reloj de la mesa de noche y bufó.
—Estásdemente.
—¡Dímelo! —gritó Sirius, su mano sosteniendo a Remus con fuerza, y su voz tomando un repentino giro desesperado. Se golpeó a sí mismo mentalmente al ver la mirada de sorpresa en el rostro de Remus.
Tú ni siquiera sabrías si realmente se preocupa por ti o si sólo se queda contigo p-porque lo presionas tan obsesivamente, ¿no crees?
—Sirius, te amo, ¿está bien? —respondió Remus de forma temblorosa, ahora completamente despierto. Soltó la mano de Sirius para frotarse los ojos—. ¿Qué te pasa? ¿Tuviste una pesadilla o algo?
Sirius se acostó nuevamente sobre su almohada, sintiéndose completamente vacío y perdido.
—Algo —dijo riendo, como si acabara de hacer una broma; y Sirius estaba seguro de que Remus lo estaba viendo como si se hubiera vuelto loco—. Lunático, sabes —tragó saliva, ahora mirando a Remus a los ojos—, sabes que te amo, ¿verdad?, pero si alguna vez quisieras irte…
Remus rodó sus ojos.
—¡Oh, por el amor a Merlín, Canuto, si querías romper conmigo podrías al menos haber tenido la decencia de esperar hasta que amaneciera, y hacerlo después de que haya desayunado algo!
Remus se acercó a Sirius, moldeándose a su lado y descansando su cabeza en su hombro.
—Ahora estoy despierto y soltero.
Sirius rió, un poco aliviado por razones que realmente desconocía.
—Te amo.
Remus cerró sus ojos y se acurrucó más.
—Aún así no voy a tener sexo contigo.
Sirius sonrió, moviéndose un poco para que los brazos de Remus pudieran rodearlo cómodamente.
—¿Lunático?
—¿Hm?
—Sólo para que lo sepas, no me moriría sin ti.
Sirius se mintió a sí mismo y a Remus, como si necesitara probar algo. Como si necesitara saber que Peter estaba equivocado.
—Mm, yo sí, y mataría a quien sea que trate de alejarte de mí —respondió Remus serio y sin titubear, con un tono definitivo en su voz—. Ahora, duerme —terminó, con su usual tono sarcástico y divertido de vuelta tan pronto que Sirius estaba seguro de que había imaginado lo que Remus había dicho antes.
La inquietante sensación de que algo estaba terriblemente mal disminuyó aquella noche, pero nunca se fue.
XxxxX
Sirius estaba teniendo un espectacular buen día.
Estaba silbando, cantando, bailando, brincando, y dando vueltas en un delantal rosado que había obtenido gratis al comprar la harina leudante, y básicamente estaba actuando como Julie Andrews en La Novicia Rebelde. Estaba, en palabras menos educadas, siendo un completo marica. Estaba justificado, pensaba él, no porque estaba teniendo un fin de semana libre después de mucho, no porque Remus estaba por volver pronto de ver a Dumbledore, no porque su ahijado estaba por nacer el próximo mes. No, Sirius pensaba que estaba justificado porque él realmente era, por naturaleza, un completo y tremendo marica y necesitaba conectarse con su mariconada interior de vez en cuando por razones de salud.
Para celebrar esta ocasión de mariconada, sea como sea, Sirius pensó que aprender a hornear galletitas para Lily y su ahijado del programa Cocina para Amas de Casa era una idea encantadora. Lily estaba en un estado en el cual todo le irritaba; se ponía gruñona, hambrienta y demandante. No era como si ella no fuera todo esto en circunstancias normales, pero usualmente nunca tuvo un bebé en camino para echarle la culpa, como ahora. Por supuesto, nada calmaba mejor esos estados de ánimo como la pura y sin adulterar azúcar, por lo cual Sirius había vertido un paquete entero en el tazón.
Estas galletitas iban a ser lo mejor de lo mejor; decidió Sirius mientras ponía la bandeja en el horno y lo encendía. Como un Black de raza pura, era por naturaleza fantástico en pociones, así que por principios, también tenía que ser fantástico en hornear. Además, pensaba orgullosamente, que era lo suficientemente apuesto y hombre para usar un delantal rosado; algo que James nunca podría hacer porque le irritaría demasiado.
Sirius sonrió, limpiándose las manos en sus pantalones e inclinándose contra la ventana. Era un buen día para ser un fin de semana. Las calles no estaban demasiado concurridas, pero había la suficiente cantidad de personas para agregarle vida al pequeño y sombrío vecindario. El sol brillaba radiantemente, y se complementaba con la suave brisa que hacía que las hojas temblaran y silbaran muy ligeramente a través de las paredes. Era un hermoso día para dar una vuelta, y quizás Sirius podría persuadir a Remus a que lo acompañara al parque antes de ir a ver a James y Lily.
Hablando del diablo, Sirius pudo ver a Remus venir por la vereda con los brazos llenos de compras. Sonrió tan radiantemente como el sol y se convirtió rápidamente en Canuto, bajando las escaleras a toda velocidad. Estaba corriendo tan rápido hacia Remus que estaba en peligro de tropezar con sus propias patas por la emoción.
Canuto ladró.
—Hola, mi cachorrito —saludó Remus, cambiando de mano las bolsas que llevaba para poder acariciar a Canuto—. Estás muy emocionado hoy, ¿no es así?
La cola de Canuto se movía como un molino, hacia adelante y atrás, impulsada por la alegría de ver a Remus.
Remus, aportó su pequeño cerebro, huele bien. Tierra. Hombre. Amor. Chocolate. Y, oh, tenía golosinas adentro de la bolsa, y olía a felicidad, pero estaba preocupado. ¿Por qué preocupado?, se preguntó Canuto. Deberíamos jugar.
Canuto escuchó a Remus reír cuando empezó a perseguir su propia cola. Sonaba bien.
—Ven aquí, amor, vamos —llamó Remus con su mano. Eran buenas manos, suaves, cremosas, y dulces, así que Canuto la lamió con cariño—. Ha pasado mucho tiempo desde que hemos salido a dar una vuelta, ¿no? Y hay tan buen clima hoy. ¿Te gustaría hacer eso? ¿Te gustaría ir a correr y jugar a algún lado?
La cola de Canuto perdió el control.
—Buen chico —dijo Remus, y Sirius sacó su lengua con alegría. ¡Era un buen chico! ¡Remus pensaba que era bueno! Y entonces, Remus rascó su panza y, oh, oh, Canuto estaba en la más pura felicidad canina. Se puso de espaldas, con las piernas fuera de control, haciendo sonidos de satisfacción mientras Remus lo mimaba.
Canuto amaba a Remus. Las manos de Remus se detuvieron y Canuto amaba a Remus un poco menos. Era muy desagradable.
—Vamos, entonces, chucho —dijo Remus, riéndo y poniéndose de pie—. Dejaremos las compras y saldremos de nuevo.
Canuto agarró con gentileza una de las bolsas entre sus dientes, teniendo cuidado de no romperla. Podía oler la comida adentro de ella, a la vez que la pasta dental de menta y colonia acre. Trotó al lado de Remus obedientemente, deseando que Remus pensara que es un buen perro y lo acariciara de nuevo.
—Merlín —gritó Remus de repente, sonando muy preocupado al detenerse en frente de su edificio—. Uno de los departamentos está incendiándose. Espero que no sea el de la pobre Sra. Wicket. Siempre quema las cosas que cocina.
Canuto levantó sus orejas y, efectivamente, pudo escuchar el distante sonido de las alarmas resonando en el edificio. No eran muy sonoras porque eran viejas y habían sido sobreutilizadas por el número de falsas alarmas que la Sra. Wicket había ocasionado con sus pescados quemados y sus pasteles explosivos. Nadie en el edificio parecía estar tomándoselo en serio tampoco, quedándose adentro de sus departamentos, a pesar de los varios gritos de la gente de afuera.
Canuto miró la ventana en la cual las cortinas estaban en llamas, su nariz sintiendo la esencia de la azúcar quemada. Miró a Remus con curiosidad, pero Remus parecía no estar prestándole atención. En cambio, estaba mirando el edificio que se incendiaba y contaba. Parecía una cosa rara para hacer, así que Canuto lo golpeó insistentemente con su hocico. Lloriqueó cuando Remus aun no lo miraba.
Canuto se sentía muy descontento y miró a Remus con los ojos llenos de lágrimas.
—¡JODER! —gritó Remus de repente, sorprendiendo a Canuto, haciendo que soltara la bolsa que tenía entre los dientes—. ¡ESE ES NUESTRO DEPARTAMENTO!
Una parte de Canuto se sentía muy mal por la situación, preguntándose si era culpa suya. La otra parte se preguntaba cuando Remus jugaría con él.
—¡CANUTO! ¡NO SE QUE HICISTE, PERO TEN POR SENTADO QUE TE VOY A MATAR!
La cola de Canuto cayó. Una vieja señora que pasaba por ahí fulminó con la mirada a Remus y murmuró algo sobre la crueldad hacia los animales y la gente loca que culpa sus problemas a sus perros.
—¡MIERDA! ¡¿DÓNDE ESTÁN LOS BOMBEROS CUANDO LOS NECESITAS?!
Dos horas más tarde, Canuto y Remus estaban de pie en frente de la nueva cabaña de James y Lily, con un par de bolsas salvadas llenas de sus cosas en cada mano (o boca, si consideramos a Canuto).
Remus había estado muy enojado, de hecho aún lo estaba, y había exigido ver a Sirius en ese instante. Sirius había vuelto sólo el tiempo suficiente para balbucear incoherentes disculpas, algo sobre galletitas, y te amos; pero cuando Remus había empezado a regañarlo, Sirius se había ido de nuevo y dejó a Canuto ser un perro malo. A Canuto no le gustaba ser un perro malo.
Al final, Canuto decidió que Remus no era tan bueno como lo que olía. Lloriqueó lastimosamente cuando Remus se negó a hacerle caso y, en cambio, tocó el timbre. Lily se veía muy alegre cuando abrió la puerta, y el humor de Canuto mejoró ligeramente. La miró con esperanzas, esperando que ella lo acariciara y lo hiciera nuevamente un perro bueno.
—Todo esto es tu culpa —gruñó Remus, entrando y dejando a Canuto afuera, con la cola entre las piernas y las orejas caídas.
Remus era malo.
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James, Sirius, Remus y Frank Longbottom se pararon en la entrada de la tienda, atónitos y sin palabras, sólo a un paso de tener sus bocas completamente abiertas.
Remus se aclaró la garganta.
—Entonces…
Frank gruñó.
—Sabes, cuando nuestras esposas nos mandaron a hacer esto, pensé que iba a ser la cosa más fácil del mundo, joder.
Una mujer empujando un coche de bebé le lanzó una mirada asesina a Frank por su uso del lenguaje.
—Mira todas estas cosas. ¡Nunca sabré que llevar! —dijo James agarrando algo lleno de correas que ninguno de ellos sabía cómo llamar—. ¿Qué es esto? ¿Es esto importante?
Sirius y Remus se encogieron de hombros.
—Quizás simplemente deberíamos limitarnos a la ropa y cosas de higiene —sugirió Remus pensativamente—. Un par de camisetas, talco y shampo, cosas que nosotros usamos, supongo.
—Si nosotros las usamos, ¿por qué nuestros hijos no pueden compartir? —preguntó Frank, mostrándose exasperado, mientras levantaba una caja de toallitas para bebé y la miraba con furia—. ¿Por qué mi hijo necesitaría algo con esencia de jazmín para limpiarse el trasero?
James suspiró.
—Esas dos están divirtiéndose en el baby shower, con todos esos regalos, mientras nosotros estamos atorados acá —dijo arrojando una bolsa de pañales en su carrito de compras—. Apuesto a que todo esto fue una estrategia para sacarnos de allí.
—Como si quisieramos estar allí —bufó Sirius—. Sólo quería una cerveza y ver un poco de televisión, pero ustedes dos tenían que arrastrarme a mí y a Lunático a este desastre.
Frank palmoteó a Lunático en la espalda a modo de disculpas.
—Amigo, eres tan afortunado de que Sirius y tú no vayan a tener hijos.
—Y aún así nos quedamos aquí con los papis y mamis —gruñó Remus, tirando Merlín vete a saber qué en el carrito de James—. Canuto, necesitamos nuevos amigos.
—¡Oye! —gritó James, ofendido—.¡Aún vamos a ir por una cerveza! ¡No es como si lo hubieramos perdido por completo!
Sirius y Remus se echaron a reír, inconscientemente apoyándose el uno en el otro demasiado cerca, y deteniéndose sólo cuando los cuatro recibieron una mirada fulminante del vendedor de la tienda.
—Sólo es cuestión de tiempo para que ustedes dos se enganchen con un par de mujeres locas también —refunfuñó Frank.
Sirius, Remus y James apenas pudieron contener sus risas.
—No va a suceder pronto, te lo aseguro —dijo James riendo entre dientes.
—Hmm —musitó Frank frente a un estante de Pequeñas Túnicas para Pequeños Magos de Madam Malkin—. Ha pasado un rato largo desde que has tenido alguna cita, ¿no, Sirius? Quiero decir, comprendo el problema de Remus, pero tú eras un mujeriego en Hogwarts. ¿Qué pasó?
Sirius sonrió.
—Perdí el interés, supongo.
James hizo un ruido ahogado y tuvo que distraerse así mismo con un par de botellas de Removedor Mágico de Desastres para esconder su sonrojo. Remus le dio golpecitos en la espalda con demasiada fuerza.
Frank bufó.
—Alice dice que es porque estás enamorado.
James parecía que estaba a punto de tener una hernia. Sirius no le prestó atención y simplemente sonrió de lado.
—¿Por qué diría eso?
—Ah, ya sabes, mujeres —dijo Frank quitándole importancia, rodando sus ojos y tirando un gran paquete desconocido en su carrito—. Tienen todas estas ridículas nociones del amor y el romance. Hay un pequeño cuento de hadas hecho de oro para cada chico de la ciudad.
Sirius le sonrió a Remus a sabiendas y negó con la cabeza.
—Mujeres.
—Meadows ha estado loca por ti, ¿sabes? Al parecer, ha estado prácticamente lanzándose a ti.
Las cejas de Sirius se levantaron con sorpresa.
—¿De verdad? Ni me di cuenta —dijo mirando a Remus con curiosidad, quien le devolvió la mirada con la misma sorpresa.
—¡Eso es lo que le dije! —exclamó Frank, casi golpeando a James en la cara—. Le dije que nosotros los chicos somos un poco densos cuando se trata de esas cosas, así que es realmente mucho más fácil si alguien simplemente viene y nos lo dice a la cara o si simplemente nos besa. Alice se rehúsa a escucharme, por supuesto. Así que ella y Lily inventaron esta historia de fiesta de pijamas de que estás guardando un oscuro secreto dentro de tu cama.
—Espera, ¿Lily está metida en esto también? —preguntó James parpadeando, antes de echarse a reír nuevamente—. ¡Merlín, amo a esa mujer!
Frank miró a James como si hubiera perdido la cabeza.
—Así que, como en todas las historias de amor, estás supuestamente perdidamente enamorado de una sexy chica de pelo castaño que tiene todas las curvas en los lugares correctos y con un cerebro que las acompaña.
—¡Curvas! —farfulló Remus, mostrándose extremadamente ofendido.
—¡Lo sé! ¡Tetas y cerebro es la combinación más imposible que hay! ¿Te acuerdas de Felicia Sport?
Remus se veía listo para asesinar.
—¡Tetas! Voy a matar a Lily —murmuró en voz baja, inconscientemente pasando una mano sobre su pecho—. Tetas, ¿en serio?
Sirius sonrió y su mano se cayó de los hombros de Remus, accidentalmente rozando su trasero.
—Yo no diría que es una combinación imposible, Frank, pero son muy raras y muy follables.
Remus se sonrojó, mirando de lado en un intento por cambiar el tema de conversación.
—¿Crees que Lily necesite estas fajas? Me pregunto para qué serán…
—Entonces —dijo James, jadeando de haberse reído tanto—. Si esta pichona está tan buena, ¿por qué Sirius la esconde? Yo la presumiría, ¿no crees? —dijo mirando a Sirius y guiñando el ojo.
Frank se encogió de hombros.
—Pregúntale a Alice. Seguramente inventará otra historia sobre que la chica es un vampiro o algo por el estilo.
Remus resopló, malhumorado.
—Los vampiros no son nada amigables. Están muertos, tienen olor, y siempre están enojados.
Sirius sonrió, palmeando la cabeza de Remus con cariño, dejando que su mano se quedará allí un rato.
—Cambia la historia por un hombre lobo, ¿si Frank? Lunático no le tiene mucho cariño a los vampiros; le dan indigestión.
—Esta bien, hombre lobo, dragon, hinkypunk, lo que sea para ti, amigo. Oye, mira, ¡tienen varitas de juguete! —dijo Frank, leyendo las instrucciones detrás de la caja—. En todo caso, el punto es que Alice se ha vuelto completamente loca y me está llevando a mí con ella.
Sirius se acercó a Remus, rozando sus hombros y dedos juntos con suavidad.
—Es una mujer inteligente, Frank. Yo diría que le des un respiro y la dejes tener un poco de diversión. ¿Qué opinas, Lunático? —dijo, respirando contra la mejilla de Remus.
Remus pateó a James en la canilla de mala gana.
—Yo diría que necesita prestarle atención a los detalles.
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Remus suspiró con pesadez, revisando el tercer periódico muggle de los muchos que tenía. Estuvieron viviendo con James y Lily por ya casi un mes, y aún no pudieron encontrar un apartamento adecuado, ya sea porque era muy pequeño, muy grande, muy caro, muy lejos, y demás. Sirius podía verlo abatido, y apoyó su mano sobre la de Remus a modo de consuelo, esperando calmar un poco su enfado. Remus había estado enfadado ya por mucho tiempo. No porque Sirius quemara el departamento y ocasionara que los echaran; Remus nunca podía estar mucho tiempo enfadado con Sirius; pero habían otras cosas que lo presionaban. Cosas que en su mayoría involucraban a la guerra y las misiones, y Sirius sabía que Remus se preocupaba a menudo por ello.
Sirius observó a James y Lily hacer el desayuno en el mostrador, preguntándose si ellos podían ver la misma frustración en Remus al igual que él. Lily era una mujer increíblemente perceptible, pero a veces ignoraba las emociones más simples en un intento de ver más profundo y analizar bien la situación.
—Creo que deberíamos elegir el último que visitamos —dijo Remus con suavidad, pasando sus manos por su cabello—. Tiene un lindo balcón, y hay un parque a un par de cuadras que a Canuto le encantaría.
Sirius acercó la mano de Remus a sus labios.
—Me gusta vivir aquí, Lunático, y estás esforzándote demasiado. Necesitas tomarte un descanso.
Remus sonrió.
—Lo haré. Dumbledore dijo que quizás no habrán misiones de hombre lobo este mes. Se corrió la voz de mi llegada y cree que Voldemort puede tratar de detenerme.
El agarre de Sirius en la mano de Remus se intensificó. Su mandíbula se tensó ligeramente, pero abstuvo las ganas de ir a gritar a la oficina de Dumbledore. Estaba a punto de decir algo, cuando Lily colocó dos platos de tostadas y huevos frente a ellos.
—Espero que no estés buscando otra vez en los periódicos un departamento, Remus —advirtió Lily, sentándose al lado de Sirius.
Remus se encogió de hombros.
—No quiero seguir incomodando.
—Pft —dijo James, sentándose al lado de Lily, dándole un sorbo a su té—. Es bueno tenerlos aquí. Es como estar otra vez en los viejos días en Hogwarts.
—Mm —asintió Lily—. Además, nunca tuve alguien que me ayude con las cosas de la casa antes —dijo mirando a James intencionadamente.
—Sí, este par de días de rendirnos a todas tus necesidades, de comprarte helado a las tres de la mañana, de pintar la habitación del bebé cada vez que cambiabas de opinión sobre el color, y de cargar todas tus pesadas bolsas de compras han sido lo más memorable de nuestras vidas —comentó Sirius sarcásticamente.
James sonrió.
—Me salvaste de muchos problemas.
—Aún creo que la habitación del bebé tendría que ser amarilla —dijo Lily, arrugando el rostro—. El rosado es tan… ¡sexista!
—Pero, Lily, ¡las bebés necesitan habitaciones rosadas! —lloriqueó James, tirando un pedazo de huevo sobre la cara de Remus por accidente.
Remus bufó y se limpió la cara.
—Y tú estás preocupada de que la habitación sea sexista.
—¡No voy a volver a pintar ese lugar de nuevo! —dijo Sirius frunciendo el ceño, mandando otro pedazo de huevo volar a la cara de brazos aún están adoloridos por la última vez. Además, el color combina bien con la cuna.
Remus se limpió la cara nuevamente con la servilleta.
—Pero el armario no combina en nada —argumentó Lily con tanta intensidad que sus huevos volaron de su tenedor y también aterrizaron con gracia nuevamente sobre Remus.
—Saben, esto de que la comida vuele no es muy lindo —comentó Remus, limpiando nuevamente su cara, y más que seguro que nadie le estaba prestando atención.
—Escuché que Alice Longbottom dio a luz a un niño a las dos de la mañana —dijo Sirius—. ¿Crees que él y nuestra niñita puedan ser amigos
—Escuché que lo llamaron horrible —dijo James, haciendo una mueca—. Nendell o algo así.
—Neville, James —corrigió Lily.
—Como sea. Nuestra Harriet es demasiado buena para él. Va a ser la estrella del siglo en el Quidditch, sólo esperen y verán. Va a ser la jugadora más joven que llegue a la Copa Mundial.
Sirius hizo una mueca.
—¿La vas a llamar Harriet? Suena un poquito debilucha, ¿no?
—Es el nombre de mi difunta abuela —respondió Lily con enojo.
Sirius y Remus tosieron.
—Harriet es un lindo nombre, Lily —dijo Remus, sonriendo apenas.
—James la quería llamar Quaffle —dijo Lily insolentemente.
James se sonrojó.
—¡No es verdad! La quería llamar Blaze, ¡cómo el fuego!
—¡Como si eso fuera mucho mejor!
—Creo que es bastante fascinante —comentó Sirius, encogiéndose ni bien Lily lo fulminó con la mirada—. Por supuesto que Harriet es un nombre muy de dama. Muy digno, estoy seguro.
—Mi abuela era…
Lily se detuvo, su rostro formando una expresión de horror, soltando el tenedor de su mano.
—Lily, corazón, ¿estás bien?
Lily miró hacia abajo y se puso tan roja como su cabello.
—Creo que la bebé está en camino.
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—¡Muy bien, Lily, sonríe para la camara! —chilló Peter emocionado, enfocando la camara de Remus en frente de una muy sonrojada y enojada Lily Potter.
—¿Estás bromeando? —gritó Lily mientras al mismo tiempo trataba de pujar—. ¡Dime que está bromeando!
—Sra. Potter, necesita calmarse y concentrarse —dijo la medimaga con gentileza. Hace mucho que olvidaron su nombre por la emoción de que la bebé finalmente iba a nacer después de nueve largos meses.
—¡ESTOY CALMADA! —gritó Lily, agarrando a la medimaga del cuello de su camisa, sacudiéndola violentamente—. ¿NO LO VES? ¡ESTOY CALMADA!
Remus no veía a Lily muy calmada. Había que darlo por hecho, la verdad, considerando que la pequeña habitación del hospital estaba abarrotado por los cuatro muy emocionados e hiperactivos merodeadores, una nerviosa medimaga, un sanador irritado, y una mujer con tanto dolor que parecía que se moría.
—¡Creo que veo la cabeza! —gritó James, prácticamente saltando sobre los dedos de sus pies. James había estado emocionado y ansioso desde la mañana, al punto que su cara estaba tan roja y sudorosa como la de Lily. Todos los merodeadores lo siguieron para ver el primer atisbo de su ahijado y sobrino.
—¡ARRIBA! ¡ARRIBA DONDE ESTA MI CABEZA! ¡TODOS USTEDES! —gritó Lily, respirando agitadamente. Su cabello se había desatado del moño que tenía y sus ojos estaban salvajes, dando la apariencia de una mujer demente.
Los merodeadores se movieron rápidamente hacia la cabecera de la cama, cautelosos de la ira de Lily, no queriendo enojarla más.
—Sólo un par más, Sra. Potter, y acabamos —aseguró el sanador, mientras Lily gritaba por el dolor y frustración. Tenía lágrimas en el rabillo de sus ojos, y James, en un momento de completo amor y devoción por ella, las limpió con delicadeza.
—¡Tú puedes hacerlo, Lily, florcita! —animó Sirius.
—Remus, dile a tu perro que se calle la boca ahora mismo antes de que ¡LO MATE!
Remus farfulló, mirando con ansiedad al sanador y a la medimaga, para ver si alguno entendió el significado de sus palabras. Afortunadamente, parecían inmunes a la rabieta temperamental de Lily, y estaban enfocados en simplemente sacar al bebé. Remus miró a Sirius, quien se había quedado por un momento congelado también, pero pareció recuperarse cuando Remus le sonrió con suavidad. Sirius sonrió con descaro y le guiñó el ojo.
—¡Felicitaciones por su primer hijo, Sr. y Sra. Potter! —dijo el sanador, sosteniendo un muy ruidoso y sucio bebé, mientras sonreía.
Todos lo miraron con asombro y, salvo por la respiración agitada de Lily, el silencio inundó la habitación del hospital por primera vez. Finalmente, Sirius pareció encontrar las palabras para decir.
—Amigo, Harriet tiene pene.
Remus hizo un ruido ahogado que sonó como una risa y un intento de vomitar.
James hizo una espectacular actuación de un pez y usó la cama del hospital como soporte. Se veía a punto de desmayarse cuando vio como la medimaga limpiaba a un muy rosado Harriet y a sus partes no femeninas.
—Te dije que las paredes tenían que haber sido amarillas.
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Remus se despertó a las cinco de la mañana por los sonidos de un bebé llorando de nuevo. Sintió a Sirius gruñir ruidosamente y enterrar su rostro en el brazo de Remus.
—Vamos, Canuto —suspiró Remus con desánimo—. Es nuestro turno de alimentar a Harry —dijo golpeando a Sirius suavemente con su codo.
—No tengo pechos —murmuró Sirius sobre la piel de Remus—. Ve a decirle a Lily.
Remus rodó sus ojos, empujando a Sirius para sentarse.
—Hay leche en la heladera. Vamos, Canuto, les prometimos a Cornamenta y a Lily que ayudaríamos.
Sirius se veía a punto de llorar. Ninguno de ellos había dormido mucho en el último par de días.
—Ese chico es una especie de engendro del demonio —lloriqueó—. ¿Qué le pasa? ¿Está roto? ¿Esas paredes rosadas finalmente evaporaron su cerebro?
Remus bostezó y se rascó la espalda con pereza.
—Sólo trae la leche y terminemos con esto.
Ambos caminaron a la habitación del bebé, la cual aún era de un color rosa con estrellas pintadas en el techo. Harry estaba llorando ruidosamente, gimiendo y sacudiéndose, sus ojos estaban cerrados con fuerza y su rostro estaba rojo. El Karma le había llegado a James justo en el trasero, pues su pequeño niño estaba ahora vestido en un pijama de bebé blanco con flores rosas y snitchs. Era, de hecho, la prenda de vestir más rara que tenía Harry hasta ahora; eso incluyendo la horquilla verde que Petunia le había regalado a Lily el día de su baby shower.
—¿Se supone que tenga que llorar tanto? —preguntó Remus, calentando la leche y probándola en su mano.
Sirius levantó a Harry, meciéndolo suavemente para tranquilizarlo.
—Sólo Merlín sabe. Realmente no me ocupe de Regulus mucho cuando nació. Kreacher nos cuidó a nosotros.
Remus hizo una cara de disgusto y le alcanzó la mamadera a Sirius.
—Pobre de ustedes.
Sirius se encogió de hombros, inclinando la mamadera mientras Harry bebía con ansias.
—Regulus le tomó cariño, nunca sabré porqué. Yo odiaba a ese elfo muchísimo, pero bueno, Reg siempre fue un blandengue de pequeño.
Remus musitó, no sabiendo que decirle a Sirius por su repentino brote de nostalgia; la familia de Sirius era un tema sensible y raramente hablaban de ellos.
Sirius le alcanzó a Harry a Remus, quien tomó la tarea de mecerlo y darle golpecitos en su espalda con delicadeza hasta que eruptó.
—Que bicho adorable que es cuando está callado, ¿no? —dijo Sirius sonriendo, descansando su cabeza sobre el hombro de Remus una vez que Harry fue colocado nuevamente en la cuna.
—Su cabello es horrible; como una versión miniatura del de James —comentó Remus, pasando sus dedos por el cabello de Sirius.
—Aún así lo amo. ¿Suena eso estúpido para ti, Lunático? —preguntó Sirius, volviendo la mirada a Remus—. Apenas conozco a esta pequeña personita, pero aún así lo amo, ¿es tonto?
Remus negó con la cabeza.
—Es adorable, incluso después de que se haya cagado en todos nosotros y vomitado al menos dos veces en mis mejores túnicas.
Sirius suspiró, haciendo que el cabello de Remus se ondeara. Colocó ambos brazos alrededor de Remus en un abrazo largo y descansó su mejilla contra el cabello de su amado.
—Nunca podremos tener algo así, ¿sabes? Sé que suena ridículo, pero nunca he querido un niño como ahora.
Remus cerró sus ojos, inconscientemente meneando sus cuerpos.
—Estoy tan cansado de tener que vivir a través de James y Lily —dijo Sirius en voz baja, como si fuera algo prohibido—. ¿Nunca quisiste algún engendro tuyo, Lunático?
Remus se encogió de hombros, sintiendo como su garganta se cerraba.
—No podría hacerle eso a un niño; no con mi licantropía. Es demasiado… —calló, incapaz de decir algo más.
—Te pregunté si querías uno, no si estaba moralmente bien tenerlo.
Remus miró a Harry de reojo, su cabellera negra levantada de forma extraña y su pequeño pecho levantándose y cayendo suavemente.
—Mi papá dio toda su vida para tenerme. Creo.. creo que quizás…
Sirius rió amargamente.
—Sí, quizás, pero aún somos chicos, ¿no es así? Chicos que tratan ser pequeños hombres: casarse, tener hijos; ninguno de nosotros está realmente preparado para lo que viene. Ayer vi a James llorar porque creía que algo le pasaba a Harry.
Remus se acercó más a Sirius, tratando de desaparecer en la calidez de su piel.
—James es hijo único. Es por eso que está tan asustado, eso es todo.
—¿No lo estamos todos? ¿Por una cosa o por otra? —dijo Sirius, besando detrás de la oreja de Remus con suavidad—. Sé que tú lo estás. Estás intentando esconderlo, pero lo veo en tus ojos siempre. ¿De qué estás asustado, Lunático?
Remus trató de alejarse de Sirius, pero fue sostenido con fuerza.
—¿Por qué no me lo dices? ¿No confías en mí? —dijo Sirius, acomodando el cabello de Remus detrás de sus orejas; acarició sus mejillas y levantó su mentón para que sus ojos se encontraran con los suyos—. ¿No me amas?
Los ojos ámbar de Remus se clavaron en los de Sirius.
—No estoy asustado, Canuto. Estoy aterrorizado —musitó, pasando su mano por la espalda de Sirius, acariciando su nuca—. Estoy aterrorizado de perder.
De perderte a ti, a Cornamenta, Lily, Harry, Colagusano, mi madre, mi tía, a tantos, a tantos…
Sirius atrapó los labios de Remus en un dulce beso, sosteniéndolo cerca y acunando sus mejillas con amor.
—Yo también —susurró cuando se separaron.
