El Desacierto de Elisa
La cara de la Sra. Brown se transfiguró, sentía que su corazón latía con más fuerza¿era verdad lo que decía la monja¿Candy… Candy Andley¿La muchacha con la que había conversado tantas veces era su hija? Frank miraba a la mujer que sentada atrás del escritorio, asentía con la cabeza a la Hermana María, mientras que la monja se había persignado y rezaba una plegaría. Los minutos transcurrieron y Charlene no se podía recuperar de la impresión que le había causado saber que Candy era su hija.
- ¿Sra. Brown esta usted bien? – preguntó Frank quien evidentemente no había resultado tan afectado como Charlene.
- Si – dijo Charle esbozando una débil sonrisa.
- No se ve usted muy bien – le dijo la Hermana María
- Estoy mejor que nunca – respondió Charlene quien estaba a punto de derramar unas lágrimas – Así que ¿Candy Andley es mi hija?
- ¿Usted la conoce? – preguntó la anciana.
- Si, hace meses que la conozco, casi un año. – respondió la mujer
- Y ella tampoco lo sabe – mencionó en voz baja la anciana.
- Yo no tengo palabras para agradecerles todo lo que hicieron por ella, ustedes la educaron y la criaron, ella siempre habla del lugar donde fue criada, no se que hubiera sido de ella…
- Candy ha sufrido mucho, pero es una chica alegre y siempre sonríe...
- Algo he sabido de ella, ojalá yo pudiera haber hecho algo para aminorar sus penas, si yo hubiera sabido que estaba aquí – y sin poder contenerse más Charlene comenzó a llorar.
Mientras tanto en la Mansión Andley el baile continuaba, Candy había estado bailando durante un buen rato. Pero de repente su cara cambió y empezó a buscar en medio de los invitados a alguien.
- ¿Qué te ocurre? – preguntó Albert
- No vino a la fiesta – dijo con un dejo de decepción.
- ¿Quién no vino? – inquirió muy interesado Albert.
- La señora Brown – respondió Candy.
- ¡Oh! Tienes razón, no te lo había dicho, pero Liam me dijo que tuvo que salir de la ciudad.
- La vi el otro día y no me mencionó nada, de hecho me aseguró que vendría.
- Veo que te llevas muy bien con ella – dijo Albert con una sonrisa en el rostro.
- Ella me agrada, es muy fácil platicar con ella – mencionó Candy – No lo se, de repente es muy extraño, es como si la conociera de toda mi vida.
Albert soltó una carcajada, y Candy frunció el entrecejo, Albert no solía burlarse de ella de esa manera.
- ¿Qué te parece tan gracioso? – preguntó haciendo un mohín de disgusto.
- Pues… lo gracioso es que ella siente lo mismo por ti – le dijo mientras continuaba riendo.
- ¿En serio¿Ella te lo dijo?
- Pequeña, ella no me habla a mi como si me conociera de toda la vida – señaló Albert – se lo contó a Liam, quien a su vez me lo dijo a mi.
- ¿No dirás que solo las mujeres hablan entre ellas? – dijo divertida Candy.
Ambos comenzaron a reír, mientras tanto, a otro lado del salón Wade estaba siendo informado de las novedades durante su estadía en Egipto. El muchacho se pasaba los dedos por su oscuro cabello, y sus ojos verdes tenían un extraño brillo.
- Entonces ¿dices que Elisa desde entonces anda con ese pelafustán? – preguntaba con un dejo de incredulidad.
- Wade, comprende que su madre esta desesperada por su situación – le respondió un muchacho alto y moreno.
- No lo puedo creer – comentó Wade.
- ¿Por qué no lo puedes creer? – inquirió una chica de pelo rizado y rubio que era la pareja del muchacho moreno.
- Ella no andaría ni por todo el dinero del mundo con ese pobre diablo – aseveró el muchacho.
- Wade, uno no sabe lo que es capaz de hacer hasta que ocurren las desgracias – apuntó otra chica que sostenía una bebida en sus manos
- Pero y Neal… ¿cómo pudo permitir que algo así ocurriera?
- ¿Neal? – río con desdén el chico moreno – el muy cobarde huyó, hace meses que nadie sabe de él.
- ¿Neal huyó¿Pero a donde pudo haber ido? – preguntó Wade.
- Nadie lo sabe – susurró la chica rubia – Por allí dicen que se fue al oeste para hacer fortuna.
- Yo supe que se casó con una chica peor que ese Dalton, pero que esta nadando en dinero – comentó envenenadamente la chica de la bebida.
- No es posible Edith, si así fuera Elisa no estaría saliendo con esa piltrafa.
- Wade, no se que te dio Elisa, pero te puedo asegurar que ella no es un ángel, y si esta con ese chico, no es más de lo que se merece.
- ¿Podrías hacer el favor de callarte? – espetó Wade – Elisa puede ser muchas cosas, pero ella es una gran amiga mía, y seré un ingrato si dejo que terminé con ese torpe.
- ¿Y qué estarías dispuesto a hacer por "tu amiga"? – inquirió con encono la chica - ¿Casarte con ella?
- Si, Edith, eso haría… me casaría con ella – respondió con vehemencia Wade.
- Ya, ya cálmate campeón – dijo el muchacho alto dándole unas palmadas en la espalda – Elisa no se ha casado con ese pobre diablo, todavía esta disponible…
Wade tenía la cara muy roja, pero asintió con la cabeza, y le dio un sorbo a su bebida. Mientras que a lo lejos veía como Elisa tropezaba a cada momento con su lerdo compañero de baile que no dejaba de pisar su vestido.
La fiesta se terminó ya casi al amanecer, las parejas que aún parecían poder bailar más, se sintieron decepcionadas cuando los músicos tuvieron que recoger sus instrumentos, mientras que personas como Elisa que no habían tenido la fortuna de tener a un buen compañero de baile sonreían de satisfacción.
Elisa se había subido al carruaje de los Dalton que las llevarían a ella y a su madre hasta Lakewood, la señora Leegan se cubría con la estola, del frío de la noche, mientras que Elisa de mala gana quitaba la tierra que habían dejado los zapatos de Peter en su vestido, y miraba con hastío al joven que se había desabrochado el saco del esmoquin y se había quitado la faja para dejar al descubierto la barriga que había estado apretada durante toda la noche.
El viaje que de por si era largo, para Elisa le pareció que había pasado mucho más tiempo y estaba harta de estar al lado de alguien tan desagradable como Peter Dalton, cuando llegaron a la mansión Leegan, el sol ya había salido, así que las dos mujeres atravesaron la puerta mientras que Peter y su madre seguían su camino.
En cuanto los Dalton estuvieron un poco retirados, la Señora Leegan se quitó la estola y miró con desaprobación a su hija.
- ¿Elisa, se puede saber que te pasa?
- No entiendo madre – dijo Elisa quien lo único que quería era ir a dormir.
- ¿Crees que no te vi coqueteando con Wade Fielding? – le preguntó enojada su madre.
- No estaba coqueteando con él, simplemente lo saludé – le contestó Elisa.
- Al oído… ¿Qué tenía que susurrarte? – le espetó la señora Leegan.
- Madre, no me dijo nada, solo me dijo que me había traído un pequeño presente de Egipto.
- El cual, desde luego no aceptarás.
- No hay necesidad de que me lo digas… en cuanto Wade se entere de que estamos en la quiebra, no querrá siquiera mirarme, así que descuida madre.
- Espero que realmente se abstenga de venir a dejarte cualquier cosa, a menos de que tenga otras intenciones.
- Madre, me has dicho miles de veces que nadie de nuestro círculo se dignará a mirarme, y todos han comprobado que tenías razón, Wade no será la diferencia.
- Entonces, se inteligente Elisa. Peter daría cualquier cosa por ti, no lo eches a perder.
- No lo haré, no tienes de que preocuparte – soltó Elisa, al tiempo que subía las escaleras.
Entró a su habitación y se quedó meditando un buen rato antes de dormirse, esa era su nueva realidad, Peter era el tipo de hombre al que podía aspirar, mientras que Candy a pesar de ser una recogida, ahora era la prometida de William Andley, ella, Elisa Leegan, nacida en cuna de oro, ahora tenía que conformarse con ese hombre tan desagradable, Wade solo había sido amable con ella porque no sabía lo de su desgracia, no podía esperar más de aquel que había sido su principal admirador de cuando era la rica Elisa Leegan.
Wade no era feo, nunca lo había sido, no era tampoco extremadamente guapo, pero la buena cuna se le notaba a distancia, ese tipo de hombre era con el que Elisa había planeado casarse. No obstante, el destino le había destrozado todos esos planes, y ahora tenía que soportar a Peter, no toleraba que le tocara¿Qué iba a hacer cuando le propusiera matrimonio¿Iba acaso a entregarse a un hombre tan desagradable? No, ella no podía admitirlo¿Qué iba a hacer entonces¿Qué iba a hacer?
Con esos angustiantes pensamientos, el cansancio la venció y finalmente se quedó dormida, aunque la luz del sol entraba por su ventana.
Mientras tanto, Charlene y Frank después de haber pasado hasta altas horas de la noche platicando con la Srita. Ponny y la hermana María sobre Candy, ellas amablemente les habían ofrecido unas camas para dormir allí. Y ellos habían aceptado, temprano, salieron rumbo a Chicago, donde Charlene tendría que tomar una decisión, entre decirle a Candy que ella era su madre o simplemente dejarla seguir con su vida y tratar de hacerla feliz desde lejos. Frank miraba de vez en vez a Charlene, pero no comentaba nada, sabía que él había por fin cumplido su labor, y ahora ella tendría que afrontar las consecuencias de lo que acababan de descubrir.
Charlene y su dama de compañía bajaron del carro de Frank cerca del mediodía, y después de quedar en hablar al día siguiente, entraron a la Mansión Brown. Allí todo estaba normal, el Sr. Brown había salido temprano para encargarse de unas cosas en su oficina, así que Charlene se fue a su habitación, abrió la caja que había sacado unos días antes, y allí deposito muchas fotografías que le habían proporcionado la Señorita Ponny y la hermana María.
Después de colocar las fotos y quedarse observándolas durante un buen rato; pensó en toda la información que le habían dado, ahora sabía que primero había sido mucama de los Leegan, realmente no podía describir el dolor que su alma había sentido al saber que su hija, había tenido que trabajar como sirvienta, y de los malos tratos que allí le habían propinado. Y luego estaba Anthony, ese muchacho le había dado tanto, y estaba tan ligado a ella en ese momento, sabía muchas cosas de Anthony, pero aparentemente no le habían hecho justicia, ese chico había hecho muy feliz a su hija, pero había fallecido enfrente de ella, ahora comprendía porque todavía le dolía hablar de él. "Ella lloraba todo el tiempo" había dicho la hermana María, y su corazón había sentido otro pinchazo de dolor. Su hija lo había sufrido, y ella, su madre no había estado allí para acariciar su cabeza y sanar su corazón. Y el joven señor Andley se había encargado de despejar su mente, la había enviado a Inglaterra, y allí había conocido a ese chico: Terry. Su nombre le resultaba familiar, Terry el chico que había conquistado su dañado corazón, y también se lo había vuelto a romper. Ese álbum de fotos y recortes que había hecho llorar tanto a su hija, y de nuevo no había estado allí, no había podido confortarla en sus brazos para hacerla sentirse protegida. Su decisión de convertirse en enfermera, era admirable pero al mismo tiempo era tan independiente, ya no necesitaba a una madre, a ella le habían arrebatado su derecho de madre, al momento en que la habían abandonado en medio de la nieve. Pero tampoco podía culpar a esa mujer. Darlen había sido una muchacha tonta, pero no lo había hecho de mala fe. ¿Cómo podía culparla? No, todo había sido una mala jugada de la vida, la vida las había separado, había acabado con su esposo, y Christopher había perdido a su padre a muy temprana edad, también él había resultado afectado… ¿Qué pensaría Chris de todo lo que se había enterado?, era otra preocupación más.
Charlene se levantó con un sobresalto cuando la mucama le había llevado algo para comer, las horas habían pasado muy deprisa, sus cavilaciones no habían llegado a ningún lado. ¿Qué podía hacer? En ese momento sonó el teléfono y volvió a entrar la mucama.
- Señora, es el Sr. Andley, busca a su esposo y cuando le he dicho que no estaba, me ha preguntado por usted.
- ¿El Sr. Andley? – preguntó como si acabara de despertar.
- Inmediatamente se levantó de la silla y fue a contestar el teléfono.
A la hora de la cena, Charlene esperaba impaciente en el restaurante donde se había quedado de ver con Albert, cada persona que entraba, hacía que volteara la cabeza para ver si era él joven heredero. Albert no tardó en aparecer, sin embargo por la angustia que sentía Charlene le parecía que se había retrasado horas.
- Perdón por la tardanza, no me dejaban salir – dijo amablemente Albert.
- William, no sabes cuanto necesitaba hablar contigo – le respondió con la ansiedad reflejada en su voz.
- Aquí estoy, mi querida Charlene – le dijo Albert – no se de que quiere hablar conmigo que es tan importante.
- Es sobre Candy – dijo Charlene.
Albert inconscientemente pensó en Candy y su decisión de ir a la guerra, y trató de no aparentar la enorme preocupación que tenía por ella. Conservando la calma sonrió débilmente.
- ¿Ha hablado con usted? – dijo Albert apretando la mandíbula.
- Si, he hablado mucho con ella, pero no sobre el tema que he venido a tratar.
- ¿No es sobre su decisión de ir a la guerra? – preguntó un tanto extrañado Albert.
- No, aunque ahora que lo mencionas, esa es otra cosa que tendría que hablar con ella. – dijo ella frunciendo un poco el entrecejo.
- Ahora si me ha dejado en blanco, no se que otra cosa podría ser – dijo sinceramente Albert.
- No, no podrías saberlo – dijo ella – es algo que nadie sabía.
- ¿es algo malo? – preguntó preocupado Albert, quien ya estaba acostumbrado a lidiar con las habladurías de la gente.
- No, al menos yo no quiero verlo así – comentó Charlene.
- Hable, por favor, no importa lo que sea. – le apremió Albert
Charlene, comenzó a relatar toda la historia que tanto la había hecho sufrir desde que había comenzado años atrás, de cómo su casa había sido encontrada quemada y la búsqueda infructífera de su hija y de cómo se había enterado de que Candy era su hija.
- ¿Quiere decir que Candy es hija suya? – preguntó Albert un poco desconcertado
- Así es – respondió Charlene – es algo nuevo también para mi, no se que hacer.
- ¿Por qué dice eso? – preguntó Albert.
- Porque Candy ya no me necesita como madre, ella ya ha hecho su vida, no puedo llegar y solo decírselo.
- Charlene, lamento que piense eso, porque eso quiere decir que no ha sondeado bien a Candy, no puede decir que Candy no necesita a su madre, ella ha soñado con tener una madre desde que era una niña, vio como sus amigos eran adoptados mientras que ella permanecía en el Hogar, su adopción fue todo menos lo convencional, me vi en la necesidad de adoptarla para poder hacer algo bueno por ella, su cariño me hizo pensar que sería una gran persona, que su adopción sería benéfico para los Andley, además mis sobrinos la querían mucho, bueno no todos, pero si los que vivirían con ella
- Pero es que yo pensé…
- No podemos quitarle esta alegría…
- Pero es posible que me desprecie.
- Ella jamás hará semejante cosa, y yo no puedo ocultarle algo así.
- ¿Entonces crees que debería decírselo? – preguntó Charlene.
- Si, en verdad es lo que creo – dijo Albert decididamente
Charlene asintió con la cabeza, realmente tendría que hacerlo, temía la actitud de su hija, pero Albert le había asegurado que ella la aceptaría. No tenía otra opción que confiar en el protector de su hija. En ese hombre joven que había tenido que soportar muchas pruebas a lo largo de su vida. Y el cual conocía realmente a Candy.
Esa noche cuando Albert llegó a la Mansión Andley sabía que tenía que preparar a Candy para cuando se enterara de la verdad; conocía a la chica y a veces solía desmayarse cuando alguien le daba noticias muy fuertes. Era extraño que una chica tan fuerte y saludable tuviera esa debilidad. Sin embargo estaba consciente de ello. Así que al entrar a la Mansión inmediatamente preguntó por ella.
- Ella salió al jardín – Le informó Elsie que siempre parecía estar de mal humor.
Albert le agradeció con un ademán y salió al jardín, en ese momento las rosas y el resto de flores esparcían su aroma por el ambiente. A lo lejos alcanzó a ver a Candy, ese día usaba su uniforme de enfermera, supuso que había recibido malas noticias de la guerra y que eso le había vuelto a poner la idea de marchar al frente. Por otro lado no podía dejar de decirle lo de su madre. Con paso un tanto inseguro se acercó a ella. Los pasos resonaron en los adoquines del camino que bordeaba el jardín, Candy los escuchó y volteó su cabeza para poder mirar a quien se aproximaba.
- Albert – dijo ella con una sonrisa en el rostro
- Hola Preciosa – le dijo acercándose a ella para besarla.
Candy como siempre le ocurría se sonrojó un poco, pero segundos después tomó el brazo que Albert le ofrecía y comenzaron a caminar por el jardín.
- …Y Madeline me dijo que le había escrito el Dr. Anderson para arreglar ese asunto… - Candy continuaba su plática, pero Albert solo asentía aunque realmente no escuchaba, él pensaba en la mejor manera de darle la noticia para que Charlene pudiera darle el resto de la noticia sin muchos problemas.
Candy notó enseguida que Albert estaba distraído así que paró en seco y se le quedó viendo, Albert camino dos pasos antes de percatarse de que Candy ya no caminaba.
- ¿Sucede algo? – le preguntó Candy
Albert tomó aire, y miró los ojos verdes de la chica que brillaban, y se veían tan similares a los de Charlene, sólo el pelo era de color diferente, se parecían mucho, sin embargo no le había pasado la idea por la cabeza. Automáticamente sonrió, era algo asombroso. El miedo que había sentido se le fue por completo.
- ¿Podemos sentarnos? – le pidió Albert señalando una banca de cantera que estaba a un lado del camino.
- Si, claro – dijo Candy pensando que la iba a retar.
- No pongas esa cara de susto – comentó Albert – no te voy a regañar.
- Es que te pusiste muy serio – mencionó Candy riendo.
- Bueno, es que quería hablar contigo de algo serio – apuntó Albert.
- ¡Oh! – exclamó Candy dejando de reír inmediatamente.
- Candy¿alguna vez has pensado en tus padres?
- ¿A que viene esa pregunta? – inquirió Candy muy seria.
- Solo respóndeme – le rogó Albert
- Si, si he llegado a pensar en ellos – le confesó con un dejo de tristeza
- ¿Qué opinión tienes de ellos?
- No puedo opinar nada, ellos me abandonaron – dijo tajantemente Candy
- ¿Qué pensarías si te enteraras de que ellos no te abandonaron realmente?
- ¿Qué quieres decir? – le preguntó Candy extrañada.
- Quiero decir que es posible que ellos no te hayan abandonado.
- Entonces ellos están muertos – dijo Candy.
- No, tampoco quiero decir eso, lo que quiero decir es ¿Qué pasaría si te enteraras de que fuiste separada de ellos por un suceso cruel, y que te han estado buscando durante todo este tiempo?
- Albert, no me gustan estos juegos – le dijo Candy – Yo estoy feliz, tengo a mis madres y te tengo a ti, no puedo pedir por más, es inútil pensar en que hay allá afuera alguien buscándome.
- Candy, no te voy a pedir que me contestes, solo quiero que lo pienses, y te quiero pedir que mañana no vayas a la institución, la señora Brown esta de regreso y quiere hablar contigo.
- Eso esta genial – dijo Candy con una gran sonrisa – ayer la eché de menos.
- Si, es hora de cenar. Será mejor que entremos.
Albert no quiso saber si esa alegría sería siendo igual ya que supiera la verdad, mientras que Candy se quedó muy pensativa¿A que venían todas esas preguntas y que relación tenía la Sra. Brown con ello?
Al día siguiente, Charlene llegó muy temprano a la Mansión Andley, Albert la recibió y la pasó a la biblioteca, la Sra. Brown se veía mucho más tensa de lo habitual, por lo general trataba de no tener contacto con la Sra. Elroy, sabía que ella no era de su agrado y por lo regular si podía evitar ir a la Mansión lo hacía. Pero había hecho la cita con Albert un día antes y no podía dar un paso atrás por las rencillas con la anciana.
Albert miraba con impaciencia el reloj de la biblioteca y pensaba que Candy estaba tardando mucho, ya la había mandado llamar dos veces, pero ella seguía sin bajar, sin embargo el tiempo que había transcurrido no era realmente mucho, Candy se había levantado sobresaltada cuando la llamaron la primera vez, se había levantado como una exhalación y había corrido por toda su habitación mientras apresuraba a Johana que le ayudara a estar lista en pocos minutos. Por fin estuvo lista y se dirigió a la biblioteca, de nuevo ese pensamiento la asaltaba, esa intranquilidad que le había dejado el día de ayer la plática que había sostenido con Albert. Con un poco de nervios tocó a la puerta. Albert la abrió y al verla sonrió tranquilizadoramente. Candy entró a la biblioteca y vio a la señora Brown que estaba sentada retorciéndose las manos.
- Candy – la saludó muy exaltada, sin poder contener la emoción que le causaba verla.
- Buenos días – dijo entrecortadamente Candy muy extrañada.
- Las dejo, creo que tienen muchas cosas de que hablar – dijo Albert al tiempo que salía de la biblioteca.
- Candy miró salir al joven y se quedó frente a la señora Brown.
- Me preocupe mucho al no verla en la fiesta, pero Albert… quiero decir William, me dijo que estaba de viaje.
- Si, me hubiera gustado estar aquí – contestó Charlene tratando de mantener la calma.
- No tenía que venir ha disculparse, con el recado que me dio Albert era más que suficiente – le dijo Candy amablemente – aunque me alegro de verla.
Charlene comenzó a sentir que las fuerzas se le iban, que no podría decirle a Candy la verdad, la veía tan animada que no sabía como tomaría la noticia.
- Por un momento pensé – continuó Candy al ver que la señora Brown no hablaba – que sería algo serio, pensé que quería hablarme sobre lo de ir a la guerra. Aunque he de confesar que ayer Al… William me comenzó a hacer preguntas muy extrañas sobre mis padres.
- ¿Eso hizo? – preguntó Charlene admirándose de la perspicacia del muchacho.
- Si, me estuvo preguntando muchas cosas, la verdad es que no lo entendí y cuando desperté…
- De eso precisamente he venido a hablarte – le interrumpió Charlene.
- ¿De mis padres? – preguntó Candy con incredulidad.
- Si – dijo Charlene tratando de recobrar la serenidad.
- ¿Y porque quiere hablarme de ellos? – quiso saber Candy.
- El viaje que hice, fue muy revelador de verdad – comenzó Charlene – no fue un simple viaje el que hice estos días¿no recuerdas que en alguna ocasión te comenté sobre una hija?
- Si, si recuerdo – contestó Candy un tanto confusa – no quiero ofenderla, pero cuando habló de ella parecía que ella había, bueno… fallecido.
- Si, eso es lo que se me había informado – contestó Charlene sonriendo amablemente – yo pensé que eso había ocurrido, pero el hombre que apareció el día que estuviste conmigo – Candy asintió con la cabeza – Era un detective privado que había contratado para que buscara a la última persona que había visto con vida a mi hija.
- ¿y para que querría eso? – preguntó Candy quien no entendía nada.
- El fue a buscarme porque la había encontrado después de muchos años. Así que fui a encontrarme con ella – dijo ignorando por un momento la pregunta de Candy – y allí me enteré de una terrible pero a la vez esperanzadora noticia.
- ¡Oh! – exclamó en voz muy baja Candy.
- Ella me dijo, que no habían matado a mi pequeña, tal como yo pensaba, que ella la había abandonado. A pesar de eso, yo presentí que era posible que mi hija estuviera viva. – Charlene miró los ojos de Candy que eran tan parecidos a los de ella misma y continuó – así que nos trasladamos al lugar donde había abandonado a mi pequeña, a la que yo creí muerta.
Candy parecía comenzar a entender, llevaba todavía puesto el crucifijo que Albert le había dado dos días atrás y con su mano izquierda lo sostenía, mientras que su respiración se estaba volviendo más irregular.
- Para mi fue una gran sorpresa la información que me dieron en ese lugar. ¿Sabes de qué lugar hablo Candy? - preguntó Charlene.
- El Hogar de Ponny – dijo Candy con una voz extraña.
- Si, Candy, era el Hogar de Ponny, allí me dieron toda la información que me faltaba para armar el rompecabezas que había estado en mi mente por los últimos 18 años.
La mano de Candy comenzaba a temblar, al igual que ella, sentía un estremecimiento que recorría su cuerpo.
- La mujer había abandonado a mi hija a las puertas de un orfanato, quizá fue providencial, quizá fue una señal divina para que ella viviera y no falleciera. Esa niña, la recogieron dos amables y buenas mujeres que criaron a mi hija y quienes han estado allí para apoyarla en sus momentos difíciles. – dijo Charlene mientras que las lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas - ¿Sabes quien es esa niña?
Candy miró a Charlene¿acaso era posible¿Esa mujer que estaba delante de ella era con quien tantas veces había soñado cuando era una niña? Sus ojos comenzaron a brillar, sus manos continuaban temblando, trató de hablar pero sus cuerdas bucales parecían negarse a abrirse. Con un nudo en la garganta y a media voz respondió.
- Soy yo
Charlene asintió con la cabeza, y Candy comenzó a llorar. No podía creerlo, aun no soltaba la cruz que tenía en su mano, la cual colgaba de la fina cadena de oro. Y como si ese apretón que le daba al pequeño crucifijo le diera el entendimiento, supo que Charlene no mentía, que lo que le decía era la verdad. La dulce señora que siempre se había portado tan bien con ella, esa hermosa mujer con la que era tan fácil platicar, ella a quien sentía conocer de toda la vida era realmente su madre. Charlene se levantó del sillón y caminó hacía Candy. Ella levantó la mirada, el dolor, la angustia, esos tragos tan amargos que había vivido durante tanto tiempo parecían desaparecer como si alguien los hubiera borrado de su memoria. Se levantó del asiento y abrazó a su madre.
Ese abrazo, era mucho más cálido de los que le hubiera dado, siempre había sentido ese cariño, nunca lo había podido explicar, incluso la noche de su fiesta se había sentido algo tonta al confesárselo a Albert, ahora lo sabía, era ese vínculo especial que las había unido. Su mente parecía muy despejada en ese momento, se sentía protegida, se sentía querida, se sentía segura de cualquier cosa mala que pudiera suceder, sintió que una mano muy acogedora tocaba su mejilla limpiando sus lágrimas. Era un sentimiento harto agradable, "esto es lo que se siente tener una madre" pensó rápidamente.
Candy nunca pudo decir cuanto tiempo estuvo abrazada a su madre, solo sabía que no era un engaño, que era realidad, y que la realidad en esta ocasión había superado sus sueños, era una mujer dulce y amable, era todo lo que ella habría querido en una madre.
Esa mañana la pasó junto con Charlene, cuando por fin las dos pudieron hablar, una avalancha de preguntas llegaron a la mente de Candy, y Charlene estaba que no cabía en si de tanta dicha. Ambas hablaron hasta muy tarde, incluso las dos interrupciones que habían tenido de Phebe que les llevó el almuerzo y la comida no bastaron para que todo lo que tenían que decirse fuera dicho. Albert se había asegurado de que nadie más las interrumpiera, al ver que Candy no salía fue la pauta que le indicó que todo estaría bien, que entre ellas todo estaría bien y de alguna forma sentía la alegría que esa noticia iba a causarle a la mujer que tanto amaba.
Cuando salieron de la biblioteca, Candy fue directamente con Albert, después de besarlo y abrazarlo, en medio de lágrimas de felicidad le contó lo que él ya sabía, pero con paciencia había escuchado y había visto como la cara de Candy deslumbraba, de cómo se sentía tan segura, tan feliz, y como solía hacer en todos los momentos agradeció a Dios por lo que le había ocurrido, incluso las cosas malas, porque sabía que de esa manera había podido conocer a tantos amigos y había tenido ese conmovedor encuentro con su madre.
Al día siguiente toda la familia Andley ya estaba al tanto de lo ocurrido, y ante una gran conmoción Candy había decidido mudarse con su madre a la mansión Brown hasta el día en que se casaría con Albert. Albert en su momento había pensado que la extrañaría mucho, pero no podía negarle la felicidad de vivir con su madre. El Sr. Brown había pasado a su vez por varias etapas, incredulidad, y después una gran alegría, por primera vez desde que había conocido a su esposa ella sonreía, ese fulgor de tristeza que había estado en sus ojos había desaparecido, así que la idea de tener a Candy con ellos le había entusiasmado. Liam Brown adoraba a Candy, casi como si fuera su hija, siempre la había querido aún cuando no la conocía, las cartas que Anthony le había enviado de cuando él había conocido a Candy las tenía grabadas en su corazón. Esa chica que tan feliz había hecho a su hijo era merecedora de todas las buenas cosas que pudieran pasarle e incluso más.
En menos de una semana, toda la alta esfera de Chicago conocía la noticia. "Vaya noticia" exclamaban unos, otros pensaban con incredulidad que todo era para limpiar el nombre de la chica, sin embargo el grueso de los comentarios eran favorables y una fila interminable de visitas irrumpió en la Mansión Brown, antes tan poco admirada.
Cuando Annie se había enterado de la noticia, estaba con su prometido Alex.
- ¿No te parece extraordinario? – le había preguntado el chico a Annie.
- Si, claro que me parece estupendo – había mentido Annie. En sus adentros habría preferido ser ella la hija de Charlene, hasta le había pasado por su mente que pudieron haberse equivocado, no obstante no había ido a visitar a Candy ni siquiera para despejar su duda.
La que si había ido y con motivo doble, era Patty, había ido corriendo en cuanto se había enterado, y había llevado a Bryant con ella, la sorpresa había sido grande, pero eso no había cambiado sus planes de boda, así que habían aprovechado para llevar la invitación.
- ¿Entonces tu nombre no es Candy? – preguntaba Patty
- Si lo es… mi abuela se llamaba así. Y ella me hizo una muñeca con mi nombre bordado…
- ¿Entonces cuál es el problema? – Inquirió Patty.
- Que ese es mi segundo nombre, pero el día de hoy hemos ido a cambiar mi nombre tal y como es el mío así que continúo siendo Candy Blanca, solo que hay que agregarle Orville.
- ¿Y cuál era tu primer nombre? – preguntó Bryant.
- Realmente… mi madre ¡cielos¡Qué extraño suena! – dijo riendo Candy – bueno ella no me dijo mi nombre, dijo que no era necesario, que si hasta el momento me habían conocido como Candy Blanca, a ella le parecía bien, que le gustaba mucho el nombre.
- Me alegro mucho por ti – le dijo sinceramente Patty - ¡que emocionante debe ser para ti!
- Si, mucho, todos los días hay algo nuevo que aprendo sobre mi familia – dijo Candy – y todos se han portado tan bien conmigo
- ¿Y Albert? – preguntó Patty.
- No ha dejado de venir a verme, es tan romántico, a diario me trae rosas, dice que son para que no extrañe la Mansión.
Las dos muchachas rieron, Bryant se recargó en su asiento mientras miraba con embeleso a Patty y esbozaba una ligera sonrisa en su rostro moreno.
- Y sobre la Guerra ¿Qué has pensado?
- ¡Oh! Patty, para serte sincera ni siquiera me ha vuelto a pasar la idea por la cabeza, creo que me quedaré aquí por mucho tiempo.
- ¡Oh que alegría me das! – exclamó Patty al tiempo que abrazaba a Candy.
- ¿Y a donde iras ahora? – preguntó Candy al ver que Bryant revisaba por tercera vez su reloj.
- Tengo… este… tenemos pensado ir hasta la mansión de los Leegan – informó Patty.
- Esto esta lejos, creo que no los entretengo más… espero verlos pronto – dijo Candy.
Candy se quedó observándolos por una de las amplias ventanas de la sala, en verdad que los dos, se veían muy bien juntos, Patty se veía radiante al lado de Bryant. Candy había perdonado el pasado de Bryant al ver lo bien que había tratado a su amiga.
En el carro, Bryant iba tarareando una melodía que había aprendido en el piano el día anterior, y Patty estaba revisando las invitaciones. Después de un largo camino finalmente llegaron a casa de los Leegan, Patty nunca había estado allí antes, así que para ella no fue una sorpresa ver que el jardín estaba algo descuidado o que no hubiera un valet esperando para acomodar el carro. Patty se bajó del carro ayudada por Bryant, y caminaron hasta la puerta.
Después de tocar un par de veces, Stuart abrió la enorme puerta y los hizo pasar. Adentro de la casa se notaba mucho más austeridad pero Patty no le daba mucha importancia a ello así que paso hasta la sala desprovista de lujos, y espero paciente a la Sra. Leegan.
La señora Leegan tardo algunos minutos en bajar de su habitación "¿Patricia O'Brien?" se había preguntado, ella la conocía, era esa chica que era muy amiga de Candy, y después de acomodar su cabello, bajó para recibirla. Entró al salón que en otro tiempo había lucido ostentoso, pero que actualmente apenas y conservaba una alfombra que la Sra. Leegan había logrado rescatar del saqueo de lujos.
- Buenas tardes – saludó amablemente la Sra. Leegan.
Y fue cuando se percató de la presencia de Bryant, ese chico tan guapo que había venido de Escocia junto con la familia Andley, su mirada era desdeñosa, siempre lo había sido, pero por lo general la ocultaba, ahora al estar en esa casa que evidentemente no era ni la sombra de lo que había sido, alzaba la cabeza con orgullo y miraba con desdén todo lo que había a su alrededor.
- Señora Leegan – empezó Patty – creo que ya conoce a mi prometido Bryant.
- Si así es – dijo la Sra. Leegan tratando de hacer acopio de dignidad para no sentirse menos ante la mirada del muchacho.
- Hemos venido a dejarle la invitación para nuestra boda – dijo Patty radiante de felicidad.
La señora Leegan estaba consciente de que Patty iba a casarse, no había asistido a la fiesta de compromiso, pero Elisa si lo había hecho, aunque seguía con la creencia de que esa boda no se realizaría.
La visita no se alargó mucho, las típicas frases de cortesía fueron dichas por una y otra parte, cuando estaban a punto de retirarse, oyeron caballos que se aproximaban, la señora Leegan se levantó de su asiento y miró por la ventana, el carruaje de Peter Dalton acababa de arribar, Elisa con su expresión de molestia la cual se estaba convirtiendo en su expresión habitual, estaba bajando del carruaje, seguida por Peter quien tenía la camisa manchada de algo que parecía café, cosa que al parecer le tenía sin cuidado.
Elisa, al ver el carro estacionado se apresuró a entrar a la casa sin esperar a Peter.
- Elisa ven al salón – le ordenó su madre al oír los pasos de Elisa en el recibidor.
Elisa entró al salón y se llevó una gran decepción, para sus adentros pensaba que quizá sería Wade, pero al ver a Patty trató de disimular lo desagradable que había sido para ella verla en su casa.
- ¿Dónde esta Peter? – inquirió su madre al verla llegar sola.
- Ya viene – contestó tratando de contener su mal humor.
Patty se había levantado de su asiento y ahora extendía su mano para estrechar la de Elisa. Pero Bryant en vez de acercarse se había quedado parado detrás de su prometida, observando con interés a Elisa, bajó la mirada y esperó a que Patty y ella se saludaran.
Ya que ellas se hubieran saludado justo en el momento en que Bryant se inclinaba para besar la mano de Elisa, Peter entró arrastrando los pies. Y Bryant en vez de besar la mano, volteó la cabeza para ver al hombrecillo que había entrado.
- ¡Oh, hay visitas! – dijo con mucha emoción, como si fuera un niño.
- Si, Peter, le presentó a Patricia O'Brien y su prometido Bryant Shaw – dijo la Señora Leegan.
- Ya los conocía – dijo Peter con descortesía y sentándose en uno de los sillones.
Bryant en vez de besar la mano de Elisa se había incorporado y ahora sostenía con firmeza la mano de ella. Y al ver a Peter sentarse como si fuera su casa le hizo hacer una expresión de disgusto en su cara. Elisa lo notó y trató de sonreír, para que los invitados pasaran por alto la grosería de Peter.
- Si, ya lo conocían – dijo con la voz que claramente reflejaba el nerviosismo que sentía.
- Si, claro que lo recuerdo – se apresuró a decir Bryant que poco había hablado.
Todos sonrieron con un poco de alivio y se volvieron a sentar, la visita se extendió unos cuantos minutos más, hasta que Bryant y Patty tuvieron que salir para Chicago. Cuando se retiraron los tres continuaron en el salón.
- Peter¿no te dan ganas de estar comprometido? – comenzó a sugerir la señora Leegan.
- Madre, todavía el tiempo es corto, la gente lo vería mal – dijo Elisa mirando severamente a su madre.
- Pero sería grandioso que se hiciera una fiesta grande para el compromiso – continúo la madre de Elisa.
- Muchos piensan que las fiestas grandes en estos tiempos es una ofensa – apuntó Elisa, quien realmente no pensaba eso, pero que era capaz de cualquier cosa con tal de no tener que comprometerse con Peter.
Peter mientras tanto sus ojos pasaban de Elisa a la madre de Elisa, con mucha rapidez, él se abstenía de hacer cualquier comentario al respecto. Finalmente Peter tuvo que irse porque tenía que verse con unos clientes. Dejando a Elisa y a su Madre solas.
- Elisa¿se puede saber porque no me dejaste hablar con libertad sobre su compromiso?
- Porque no está bien – dijo Elisa para no revelar sus verdaderos sentimientos – no debemos forzar a Peter a que acepte algo.
- Pero si es lo que debemos hacer Elisa – señaló su madre – Es así como debe de irse acostumbrando.
- Pero es demasiado pronto – argumentó Elisa – si lo obligamos tan pronto puede darse cuenta.
- El lo aceptaría, haría cualquier cosa por ti.
- No estoy tan segura madre.
- Elisa si Bryant se va a casar con esa muchacha Patty, que no es ni la mitad de bonita que tú¿qué no será capaz Peter?
- Pues según tengo entendido, Bryant no esta en posición económica muy buena tampoco – replicó Elisa.
- Te equivocas Elisa, me acaba de contar que piensa comprarle una Mansión a Patricia.
- ¿Pero con que dinero? – preguntó extrañada Elisa.
- Al parecer se ha hecho de una buena posición como concertista – dijo su madre – Si mal no recuerdo, ese muchacho te miraba mucho antes.
- ¿Por qué dices eso madre?
- Porque a él no le hubiera importado nuestra actual condición.
- Como lo dices madre, "hubiera" eso quiere decir que no fue.
- Bueno hija, hoy estas imposible – dijo la Sra. Leegan – solo te digo que si no te apresuras a hacer oficial el compromiso, Peter podría impacientarse.
Elisa observó como su madre se retiraba del salón, y al quedarse sola, derramó unas lágrimas, esa mañana había recibido una carta de Neal, su hermano, el que había sido su cómplice durante tantos años, se acababa de embarcar para ir al frente, su madre no lo sabía, y ella no quería decírselo, Neal así se lo había pedido. Ahora se sentía sumamente sola. Neal se había ido y su madre no dejaba de hostigarla, después de un rato de llorar, supo que no podía estar así toda su vida, ella no era el tipo de persona que esperaba que algo sucediera para cambiar su vida, ella siempre había hecho que las cosas ocurrieran.
Por un momento un brillo de malicia resplandeció en sus ojos, era cierto que Bryant cuando recién había llegado se le quedaba mirando, en su mente un plan comenzó a tomar forma y finalmente sonrió.
A la mañana siguiente Elisa salió muy de temprano de su casa, y se trasladó a Chicago, hacer ese viaje nunca le había gustado, sin embargo en esta ocasión además de ir con sus mejores ropas llevaba una gran maleta con ella, como si pensara quedarse mucho tiempo en Chicago. Su madre no la había visto salir, pero cuando no la vio en casa, pensó que había hecho una cita con Peter y no se preocupó.
A media mañana, Elisa había llegado a Chicago, en la mansión Andley no la esperaban, sin embargo su presencia era bienvenida sobre todo por la tía Elroy que la seguía teniendo en alta estima. Ocupó su viejo cuarto y en seguida fue a tomar el desayuno.
Mientras tanto en la Mansión Leegan, de un elegante carro un caballero distinguido se había bajado y ahora tocaba a la puerta. Stuart abrió la puerta.
- Buenos días – saludó el muchacho - ¿Podría ver a la señorita Elisa?
- Buenos días, pasé por favor, ya le aviso a la señora – dijo el imperturbable Stuart.
El muchacho esperó con impaciencia en el recibidor traía unos paquetes en la mano, y miraba con tristeza el actual aspecto de la casa. ¡Cuántas veces no había estado él allí! Y siempre lo había visto reluciente, con esas alfombras y esos cortinajes tan elegantes, en ese momento desde que había visto la hierba tan crecida en el jardín comprobó que todo lo que le habían dicho sobre Elisa era cierto, ahora al estar dentro sentía más latente esa situación.
- Señora Leegan – saludó con extremada cortesía.
- Wade Fielding, muchacho ¿Qué haces tan temprano por aquí? – preguntó extrañada la Sra. Leegan
- Señora¿no esta Elisa en casa?
- Elisa, salió desde temprano – informó la madre de Elisa.
- ¡Oh! Eso es una pena, realmente venía a verla a ella – dijo Wade un poco sonrojado.
- Wade, me parece bien que quieras ver a mi hija, pero ¿Podría hablar contigo un momento? – le dijo al tiempo que señalaba la sala de té.
Wade y ella entraron a la sala de Té. Wade tomó asiento y la Sra. Leegan también.
- Wade, supongo que estás enterado de lo que ocurrió con los negocios de mi esposo. – empezó la señora Leegan – ¿no es así?
- Si, tiene razón, ya me han informado al respecto.
- Entonces, también puedo entender que no quieras seguir cortejando a mi hija.
- Señora, voy a ser claro y solo se lo voy a decir una vez, Elisa me interesa demasiado, su fortuna no era necesariamente lo que me atraía de ella, el viaje que hice a Egipto no lo hice por alejarme de ella, de hecho me fui antes de que saber nada, y mientras estuve allá, pensé mucho tiempo en mi relación con ella, cuando regresé mi primera intención era formalizar nuestro noviazgo, sin embargo me encontré con que ella ha estado saliendo con ese señor Dalton.
- ¿Quieres decir que no te importa lo que ha ocurrido? – preguntó asombrada la Sra. Leegan.
- Sra. Leegan, sería deshonesto si le dijera que en nuestro círculo el dinero no importa, pero hay cosas que son más importantes que el dinero, y lo que siento por Elisa es mucho más importante que todo el dinero del mundo…
- Pero yo pensé….
- Si, pensó que yo actuaría como el resto de hipócritas que no han querido dar la cara.
- Bueno…
- No se preocupe, se como piensan y como suelen actuar, me molestan mucho a veces, pero yo no pienso de esa manera. Ahora lo que me preocupa es la relación que tiene Elisa con el Dalton ese.
- Mi hija aceptó salir con él – dijo la Sra. Leegan viendo un mejor partido en Wade y olvidándose de toda la pleitesía que le había rendido a Peter Dalton durante meses – sólo porque yo le insistí demasiado, no obstante, ella prefiere estar con un chico de nuestro círculo. Alguien fino y educado como lo eres tú.
- Entonces ¿ellos no tienen nada formal? – preguntó Wade al tiempo que sus ojos verdes centelleaban.
- No, Elisa no ha querido formalizar nada.
- Señora Leegan, me ha dado una gran alegría. Cuando regresé Elisa, dígale que no se mueva, porque esta noche vendré de nuevo. Por el momento me retiro y le dejo este pequeño presente – le dijo Wade al tiempo que le pasaba uno de los paquetes que traía en las manos.
Wade se levantó y besó la mano de la señora Leegan, para después salir de la mansión. Mientras iba camino a su casa, su cara reflejaba la más extraordinaria Alegría.
Mientras tanto, Elisa había acompañado a la tía Abuela en el almuerzo. Y para el colmo de su mala suerte se había enterado de que la madre de Candy había aparecido, tratando de aparentar alegría ante la tía Abuela que ahora que conocía de donde provenía Candy y a su familia, la idea de que Albert se casara con ella le parecía muy buena, ahora le resultaba fácil ver todas las virtudes de la joven. Elisa había apretado los labios y cuando se había recobrado de la noticia, había fingido el resto del almuerzo que le pareció eterno porque tenía que estar simulando una alegría que estaba lejos de sentir.
Muy alterada había subido a su habitación y en medio de su irritación, trató de encontrar serenidad, para poder llevar a cabo su plan, Candy no podía ocupar su tiempo en ese momento, se encontraba desesperada, y no iba a detenerse por algo que no podía remediar. Ya había gastado mucho de su tiempo con esa recogida, ahora necesitaba enfocarse en el problema que la acechaba. Durante el mismo almuerzo se había enterado de la información que le faltaba para llevar a cabo su plan, así que no podía desperdiciar el tiempo que era precioso en ese momento. Busco su mejor y más llamativo vestido le mandó a Elsie que le peinara, y después de eso, se perfumó y se puso las únicas joyas que le habían permitido quedarse. Cuando Elisa se miró en el espejo por primera vez sintió mucho miedo de que su plan fallara, pero de la misma manera tenía el mismo miedo de que saliese como ella quería. Tomó su bolso, un sombrero muy lindo y su chalina.
Bajó con cautela la escalera y salió de la mansión sin que nadie supiera para donde iba. En lugar de pedirle a Dean que la llevara a algún lado salió por la puerta de servicio y de allí comenzó a caminar, verificó el dinero que traía con ella y tomó un carro de sitio. El chofer del carruaje, la miró con admiración, realmente Elisa se veía despampanante, y no era común ver a una chica tan bien arreglada a hora tan temprana.
El carruaje se paró frente a un edificio que ostentaba el anuncio "Kaden y asociados, representantes", Elisa bajó del carruaje y pagó el dinero al cochero, miró el anuncio, sabía que todavía era momento de arrepentirse, pero ella no se amedrentaba tan fácilmente, así que tomó aire y entró al lugar.
- ¿Se le ofrece algo? – preguntó con embeleso un muchacho que estaba verificando unos contratos.
- ¿Me podría decir donde queda el salón de ensayos? – preguntó Elisa tratando de dominar sus nervios.
- ¿El salón de ensayos? – preguntó todavía con ese tono de ensueño.
- Si – dijo Elisa sonriendo nerviosamente.
- Se entra por la calle de atrás – informó el muchacho.
- Gracias – dijo Elisa y salió de allí, cuando estuvo afuera tomó aire de nuevo.
Comenzó a caminar y dobló en la esquina, no sabía si su dificultad por respirar era por los nervios o por el apretado corsé, Elsie le había ayudado a vestirse y tenía ya varios meses que ella lo hacía, y Elsie había apretado demasiado los cordones, o al menos eso le parecía a Elisa que no podía respirar fácilmente.
Finalmente llegó a la puerta de entrada para artistas, la puerta estaba entreabierta así que no tuvo que llamar, entró con discreción y cuando caminaba por el oscuro pasillo alcanzó a oír perfectamente las notas de un piano, Elisa siguió caminando, y vio el salón de ensayos que más bien parecía una enorme bodega con unos cuantos focos para alumbrar, el suelo era como el de la tarima de un teatro, desde lejos pudo observar que solo había una persona allí dentro, así que en cierta manera se sintió aliviada.
Haciendo sonar los tacones de sus zapatillas forradas de terciopelo, caminó hasta donde estaba el piano. El muchacho que tocaba el piano al notarla suspendió de inmediato.
- ¡Hola Bryant! – saludó con voz clara Elisa.
- ¡Elisa¿Qué haces aquí? – preguntó desconcertado el muchacho – este no es lugar para una dama.
- ¿Así me recibes? – dijo con voz juguetona Elisa.
El muchacho percibió el delicioso aroma que despedía Elisa, y miró con nerviosismo a la chica que paso a paso se acercaba a él.
- Tengo que ensayar – dijo intranquilamente.
- Y te dejaré hacerlo… después de… hablar un momento contigo.
El corazón de Bryant empezaba a latir con fuerza, siempre le había gustado Elisa, desde el primer momento en que la vio, lo había sentido, pero él conocía esa sensación más que suficiente, era el mismo tipo de sentimiento que le había provocado aquella mujer, que tanto mal le había hecho.
- Elisa, será mejor que te vayas – le sugirió con aprehensión.
- ¿Lo dices en serio? – dijo Elisa quien ya había llegado a su lado y ahora le acariciaba el ondulado cabello.
- Elisa, te pueden ver y la gente habla mucho – dijo entrecortadamente Bryant.
- Hablaran de todas maneras – observó Elisa.
- Los ojos grises de Bryant titilaban, pasaba saliva de vez en vez, sentía que sus fuerzas se le iban¿Por qué le causaba semejantes estragos la sola presencia de Elisa?, él estaba consciente de que amaba a Patty, pero Elisa le producía un efecto peligroso.
- Hoy te ves muy guapo – dijo seductoramente Elisa.
- Es que esta tarde iré a entregar invitaciones con Patty – dijo tratando de conservar la calma.
- ¿Patty¿En verdad piensas continuar con esta farsa? – le preguntó con un dejo de fastidio Elisa.
- No es una farsa – balbuceó Bryant –mira Elisa, será mejor que salgas ahora que nadie nos ha visto.
- ¿A qué le tienes miedo Bryant? – inquirió Elisa arrastrando las vocales de el nombre del muchacho.
- No hagas eso – le dijo Bryant, quitándose del alcance de la mano de Elisa.
- No me has respondido – apuntó Elisa.
- No se que quieres que diga – mencionó Bryant.
- ¿A que le tienes miedo? – le insistió Elisa.
- A nada – dijo tragando saliva.
- No se porque pero presiento que me mientes. – dijo Elisa siguiendo con su juego.
- Está bien, si quieres saber la verdad, te tengo miedo Elisa, te tengo mucho miedo – dijo de manera honesta Bryant.
- Pero si yo no voy a hacerte nada – dijo al tiempo que se sentaba en el mismo banco donde estaba sentado Bryant.
- Más bien tengo miedo de hacer algo de lo que me voy a arrepentir.
Elisa se mantuvo en silencio por unos segundos¿acaso su plan iba a fallar estrepitosamente? No, ella lo negaba, había reconocido en Bryant a alguien como ella, y por lo general no se equivocaba en juzgar a las personas. Así que supo en seguida lo que tenía que hacer.
- ¿Y piensas que no te vas arrepentir de casarte con Patty? – preguntó con malicia Elisa.
- No, no casarme con ella sería el error – respondió con vehemencia Bryant.
- ¿No temes hacerla miserable? – insinuó Elisa.
- Temo no llegar a ser el hombre que ella merece.
- Bryant, hay que ser honestos – dijo Elisa
- ¿Qué quieres decir?
- Seres como nosotros no se casan con almas puras… lo único que conseguiríamos al hacerlo es corromper esa alma, tú lo sabes mejor que nadie y ese es tu gran temor.
Bryant miró sorprendido a Elisa, primero se estaba poniendo en la misma posición que él, y después le estaba mencionando su miedo más grande en voz alta, todo lo que él se preguntaba en voz baja. Corromper el alma pura de Patty era su mayor desasosiego, y aunque estaba tratando cada vez que estaba con ella tenía que reprimirse para no hacerle daño.
- Bryant¿acaso ella te hace estremecerte así? – le dijo al oído mientras que Bryant se estremecía – ¿o te hace vibrar con tan solo tocar tu mano?
- Elisa – dijo con un hilo de voz Bryant.
- No, no lo hace – aseguró Elisa – y no lo hará, porque ella no es así, el día que te haga tener los pensamientos que tienes sobre mí en este momento, sabrás que ha dejado de ser tu dulce Patty.
Bryant quiso gritarle en la cara a Elisa, pero su corazón latía con mucha fuerza, las caricias de Elisa realmente lo hacían perder la cabeza, sabía dentro de él que Patty jamás lo haría sentir de esa manera, lo sabía muy bien.
Elisa se comenzó a acercar más a Bryant, sus manos seguían jugueteando con su cabello y con su espalda, literalmente estaba sobre sus piernas y comenzó a besarle el cuello. Una corriente de electricidad recorrió el cuerpo del muchacho, en ese momento supo que había perdido la batalla, sin poder contenerse, tomó a Elisa en sus brazos y la besó con pasión.
El mismo Bryant podría haber llegado a más, de no haber sido por el señor Kaden que al entrar al edificio había gritado "¡Quién demonios dejó la puerta abierta!". Elisa se levantó apresuradamente, y arregló su cabello, se paró simulando una dignidad que estaba lejos de poseer frente a Bryant, y esperó a que el Sr. Kaden entrara.
- ¡Aquí estas muchacho! – dijo alzando la voz el Sr. Kaden - ¡Oh! Tenemos visita.
- Si, ella es…
- No necesitas presentármela… ¿quién no conoce a los Andley?
- Es usted un adulador – dijo Elisa con una amplia sonrisa en la cara.
- Y usted una belleza – contestó el Sr. Kaden.
Bryant mientras tanto, se sentía excitado, sentía que la adrenalina corría por sus venas, era el tipo de emoción que toda su vida había ansiado, sentir que podía poseer a la mujer más bella, la que despertaba todas las envidias, la señorita de buena cuna que se había descarriado y por lo tanto era deseada por todos.
- ¿Quería decirme algo? – preguntó con si típico tono de desprecio.
- Si, tienes que salir esta noche para New York, hay una presentación a la cual tienes que llegar.
- ¿New York? – preguntó extrañado Bryant.
- Si, hubo una cancelación de un concertista. Y esta podría ser tu gran oportunidad.
- Me parece bien – dijo en medio de la euforia que aun sentía.
- Supongo que vas a necesitar dos boletos – dijo con suspicacia el Sr. Kaden.
- ¿Qué esta sugiriendo? – dijo Elisa fingiendo abochornarse.
- Como quiera que sea, muchacho aquí tienes dos boletos disponibles – le informó el Sr. Kaden al tiempo que dejaba los boletos sobre el piano.
Y sonriendo salió del salón de ensayos.
- ¿Entonces? – preguntó Elisa.
- ¿A que te refieres?
- ¿Me vas a llevar o no? – quiso saber Elisa, al tiempo que ponía su mano sobre el cuello del muchacho y jugueteaba con el cabello que caía sobre su nuca.
- ¿Quieres ir conmigo? – preguntó entre emocionado y divertido Bryant.
- Sólo si tú lo quieres – le digo sugestivamente Elisa.
- Sería… - dijo mientras tomaba los boletos, - hoy a las seis de la tarde, si no te veo, lo comprenderé.
- No creas que te librarás tan fácilmente de mi – le dijo Elisa al tiempo que lo volvía a besar, así que nos vemos en unas horas, tengo que ir a preparar mi equipaje.
- Yo tengo que terminar esta pieza, y luego tengo otras cosas que hacer antes de ir por mi equipaje.
- Hasta pronto – dijo Elisa dejando su pañuelo perfumado en la bolsa del chaleco de Bryant.
En cuanto Elisa salió del salón, Bryant se llevó a la nariz el pañuelo, olía justo como ella, y le recordaba lo seductora que era, y lo bella que se veía. Para si mismo sonrió de oreja a oreja.
Elisa, sonreía de la misma manera en cuanto salió del salón de ensayos, sus ojos brillaban, ni ella misma había imaginado que sería tan fácil, era evidente que Bryant suspiraba por ella, de otra manera le habría tomado mucho más tiempo y esfuerzo, pero había resultado muy fácil. Elisa conocía su juego, lo había jugado desde que era muy chica, coquetear a los hombres siempre había sido algo sencillo para ella y en esta ocasión no había sido la excepción, se sentía satisfecha consigo misma, había obtenido lo que buscaba y quizá más.
Esa tarde llegó justo a tiempo a la Mansión Andley para cambiarse de ropa por una más modesta y así poder estar presente durante la comida, Bryant no estuvo allí, supuso que tenía cosas que arreglar para salir esa misma tarde. Elisa por su parte había agregado unas cosas más en su maleta y la tenía preparada para salir.
En cuanto Elisa terminó de comer, se apresuró para llegar a tiempo a la estación de tren, tomó la pesada maleta y trató de salir con sigilo, lo cual se le dificultó porque Albert había estado a punto de verla cuando estaba a punto de bajar la maleta por la escalera de servicio.
Por fin después de muchos intentos pudo llegar al jardín y salió por la puerta de servicio de la misma forma en que lo había hecho esa mañana. Volvió a subir a un taxi, y llegó a la estación unos minutos antes de las seis de la tarde, la multitud de personas se arremolinaban a su alrededor, ella con la mirada buscó a Bryant, pero no lo veía, de repente tuvo un presentimiento, un mal presentimiento, sin embargo justo cuando estaba por dar la media vuelta para regresarse a la Mansión, Bryant apareció a su lado.
- No puedo creer que estés aquí – le dijo sinceramente Bryant.
- Estaba a punto de irme – le contestó Elisa volviendo a desplegar sus encantos.
- Si me lo imagino – dijo Bryant con un amago de sonrisa en su cara.
- Entonces ¿es hora de irnos? – preguntó Elisa con picardía.
- Elisa – le dijo Bryant tomándola del brazo y mirándola fijamente a la cara - ¿estás segura de querer hacer esto?
- Por supuesto – contestó Elisa con desfachatez.
- Después de esto no hay vuelta atrás, Lo sabes ¿no? – quiso saber Bryant quien también pensaba que para él tampoco habría vuelta atrás.
- Si, lo se – dijo con decisión Elisa aunque en su interior empezaba a sentir miedo.
Bryant tenía razón, estaba a punto de escaparse con él, cualquier cosa que hubiera hecho hasta ese momento era poca cosa, sin embargo pensó inmediatamente en Peter, lo que le esperaba al lado de ese hombre tan desagradable no lo podría evitar de otra manera.
- Hay que irnos ya – le dijo Elisa con voz trémula.
- Si – dijo Bryant tomando con indecisión la mano de Elisa.
Elisa notó el contacto de la mano de Bryant, sus manos eran suaves y sus dedos largos, ideales para tocar el piano, ella volteó la mirada para verlo, los ojos grises de Bryant se posaron sobre la delicada cara de Elisa, era un hombre muy guapo, Elisa se sentía admirada y no le provocaba asco, ese sentimiento jamás se lo podría proporcionar Peter.
Los dos subieron al tren y Bryant le ayudó a subir la maleta y por fin se quedaron solos en la cabina que habían tomado.
Mientras tanto en la Mansión Leegan, Wade esperaba a Elisa, había llegado un poco después de la comida, y esperaba impaciente el regreso de la chica que tanto le gustaba. La señora Leegan había empezado a preocuparse porque sabía perfectamente que su hija no era capaz de soportar durante tanto tiempo a Peter y su tardanza no le estaba agradando. Y tratando de disimular su preocupación le hacía conversación al muchacho que efectivamente hacía gala de sus buenos modales y de su esmerada educación.
Cerca de las siete de la noche, se oyó el carruaje de Peter Dalton, y la Señora Leegan sonrió, le pidió a Wade que esperara en la sala, mientras que ella salía a recibir a su hija e impedir que Peter entrara a la Mansión, ahora que sabía que Wade pretendía a Elisa no le importaba más el desagradable señor Dalton.
- Buenas noches Señora – le saludó Peter sin ni siquiera acercarse para estrechar la mano.
- ¿Y Elisa? – preguntó la Sra. Leegan tratando de ver hacia dentro del carruaje.
- ¿Elisa? – preguntó Peter con extrañeza.
- Si, mi hija¿Por qué no viene contigo? – le preguntó de manera un tanto brusca la Sra. Leegan.
- ¿Por qué habría de venir conmigo? – replicó Peter.
- ¿Elisa no salió contigo? – inquirió con aprehensión la señora Leegan.
- No, ella sabía que hoy tenía cosas que hacer – le respondió de mala gana Peter.
La señora Leegan tomó su pañuelo con puntilla y se lo llevó a la cara, ella había asumido que estaba con Peter, pero si no estaba con él. ¿Dónde podría estar?
- ¿Quiere decir que ella no esta aquí? – le preguntó con el ceño fruncido Peter.
- No, no esta, será mejor que se vaya Sr. Dalton – le dijo destempladamente la Sra. Leegan.
Peter alzó la cabeza, pero ni así le llegaba a los hombros a la madre de Elisa, frunció los labios y soltó una grosería que hizo que la señora Leegan se sonrojara. Peter siguió hablando de esa manera y la Señora Leegan sólo se había quedado impávida ante la reacción del hombrecillo.
Tanto alboroto estaba causando, que Wade se percató de su presencia, y al oír la boca de carretonero del maleducado Peter, salió en defensa de la Señora Leegan quien a pesar de estar recibiendo semejantes insultos no había bajado la cabeza, demostrando en ese momento la sangre que corría por sus venas.
- ¡Cállese! – espetó Wade – No se da cuenta que se esta dirigiendo a una dama.
- ¿Una dama? – dijo Peter al tiempo que se reía despectivamente – esa señora tiene de dama lo que yo tengo de caballero.
- Retráctese inmediatamente – le ordenó Wade – La Sra. Leegan es una gran dama, una piltrafa como usted no podría notarlo ni aunque pasaran mil años.
- Pues entérate que esa gran dama de la que hablas, me estaba vendiendo a su hija – dijo Peter a quien ya no le importaba nada cumplir con las pretensiones de su madre quien era la que quería ingresar a la privilegiada alta esfera de Chicago.
Wade, se puso furioso y se abalanzó sobre el hombrecillo, de un solo golpe lo derribó y le tumbó un diente que salió disparado junto con unas gotas de sangre. Stuart por su parte, había salido con un grueso palo para golpear al hombre que insultaba a la señora de la casa.
Peter lleno de tierra se levantó con trabajo, mirando con odio a Wade quien lo miraba con desdén y con dureza al mismo tiempo. Con trabajo dio la vuelta y subió al carruaje, cuando estuvo dentro le ordenó al cochero que condujera hasta su casa. El cochero por su parte, había sido el cochero de una de las familias amigas de los Andley, así que antes de sujetar las riendas, se paró y se quitó el sombrero a modo de disculpa. Wade también lo conocía, lo había visto muchas veces, no podía decir con precisión para quien había trabajado anteriormente, pero él también se inclinó un poco en un ademán de despedida y el cochero empezó su labor para sacar el carruaje de la propiedad de los Leegan.
Una vez que el carruaje se había perdido de vista, Wade se acercó a la señora Leegan quien seguía impasible, solo sujetaba con fuerza el pañuelo que traía en las manos, cuando Wade le tomó el brazo para conducirla dentro de la mansión, la señora Leegan comenzó a llorar.
- Tiene razón, en todo lo que dijo – dijo entre sollozos.
- Por favor, no diga eso – dijo con amabilidad el muchacho.
- Yo sabía que Elisa no lo quería, ella me lo dijo, pero yo no la quise escuchar.
- Eso no importa ya – le dijo Wade mirándola con sus expresivos ojos verdes – él se ha ido, dudo mucho que vaya a regresar.
La señora Leegan seguía avanzando llevada por Wade, pero en eso pareció que regresaba a la realidad. Miró a Wade con sus ojos muy abiertos, y entonces, buscó con la mirada a Stuart.
- ¿Ocurre algo? – preguntó Wade al ver la expresión en la cara de la señora Leegan.
- Si… - dijo con un hilo de voz – Elisa
- ¿Elisa? - sondeó con sorpresa Wade – pero si ella no esta aquí.
- Por eso… - contestó la mujer.
Wade miró con desconcierto a la madre de Elisa, pero ella, se veía muy afectada por el momento pensó que se trataba de una reacción a los insultos de Peter. Pero entonces cuando llegaron a la sala, había llegado a la histeria, en un arrebato subió a la habitación de Elisa, comenzó a buscar entre sus cosas, todo parecía normal, no sabía si el armario estaba así de vacío, no tenía idea de cuantas cosas había tenido que prescindir su hija por lo que no estaba segura que algo faltara, realmente no había tenido cuidado con ella, no conocía ya a su hija, solo se había empeñado en que se casara con ese horrible hombre. Con la desesperación en su alma se sentó en la cama y comenzó a llorar.
- ¿Y la señora? – preguntó Stuart quien había aparecido en la sala donde un desconcertado Wade estaba estático.
- No lo se – dijo honestamente el muchacho – dijo algo sobre Elisa y subió por las escaleras.
Stuart, quien tenía muchos años trabajando para los Leegan, supo que la reacción de la señora no era común, ella jamás habría dejado a un invitado solo.
- No se preocupe – dijo el mayordomo – voy a buscarla, en seguida le traerán una bebida.
Wade se sentó en el sofá, Stuart salió de la sala y se dirigió a la cocina donde le pidió a Tag que le llevara una bebida al caballero que esperaba en la sala. Después subió las escaleras y buscó a la señora, entró a la habitación de Elisa donde una titilante luz brillaba.
- Señora Leegan¿esta usted bien?
- No – sollozó la mujer – Elisa, no esta.
- ¿Qué quiere decir?
- Ella no estaba con Peter, yo pensé que estaba con él.
- No se preocupe por ella, quizá salió a dar un paseo – dijo para tranquilizarla.
Un carruaje se escuchó, Stuart se asomó por la ventana y se percató que era el Sr. Leegan que llegaba de Chicago. Stuart, le sirvió un vaso con agua a la Sra. Leegan antes de salir a recibir al señor. Wade esperaba con impaciencia bebiendo de vez en vez de la copa que sostenía en sus manos. El Sr. Leegan entró a la Mansión ya con la información de que Wade Fielding estaba en su casa.
- Buenas noches – saludó el Sr. Leegan al ver a Wade.
- Buenas noches Sr. Leegan – le regresó el saludo.
- Me disculpas un momento, voy por mi esposa, supongo que te quedaras para la cena – le dijo amablemente.
- Será un honor – contestó Wade.
El Sr. Leegan subió a la habitación de Elisa y se aproximó a su mujer, quien parecía desconsolada.
- Querida¿Qué pasa? Me dijo Stuart que estabas muy nerviosa – le dijo tomando su mano.
- Elisa – sollozó la mujer.
- Elisa¿Qué ocurre con Elisa? – preguntó el Sr. Leegan.
- No esta en la casa, no se donde esta – dijo su esposa.
- Mujer, Elisa esta en Chicago – le informó.
- ¿En Chicago? – preguntó con los ojos muy abiertos.
- Si, eso fue lo que me dijo William, que esta mañana había llegado a la Mansión, que al parecer piensa quedarse varios días allí¿pensé que tú lo sabías?
- No¿Por qué no me aviso? – preguntó ella con la sorpresa reflejada en el rostro.
- Cloe, no lo sé, pero ella esta bien… vamos que el muchacho Fielding espera para cenar.
La señora Leegan secó sus lágrimas y se dejó llevar por su marido, aún sentía ese presentimiento de que algo estaba mal, pero su esposo le había asegurado que Elisa estaba bien así que trató de calmarse.
La cena aunque un poco frustrante para Wade al enterarse que Elisa estaba en Chicago, la disfrutó, conversó con el Sr. Leegan e hizo que la casa se mantuviera con un ambiente de alegría.
Mientras tanto, en la Mansión O'Brien, la ansiedad por parte de Patty se dejaba sentir en el aire, caminaba de un lado a otro del salón, estrujándose las manos. Su abuela la había estado observando durante más de una hora.
- Patricia¿podrías hacerme el favor de sentarte? – le había dicho su abuela cuando ya estaba mareada de verla ir y venir.
- No puedo abuela, no llega, nunca llega tarde¿y si algo le ocurrió?
- Patty, las malas noticias vuelan rápido – dijo con calma la abuela Martha.
- ¿Pero porque no llega?
- Patty¿Por qué no hablas con su representante? Quizá lo entretuvo – sugirió la abuela.
-¡Tienes razón! – dijo aceleradamente Patty, corriendo hasta el teléfono y buscando en una agenda el teléfono del Sr. Kaden
Mientras tanto en la Mansión Andley, nadie había notado la ausencia de Elisa, había cerrado el cuarto una vez que había salido, y todos pensaban que se había ido a dormir temprano.
Entre tanto el tren avanzaba rápidamente hasta New York, la noche había caído y la temperatura había disminuido. El saco que traía Elisa se había hecho insuficiente y ahora temblaba, aunque no estaba segura si era por frío o por temor, ahora lo tenía claro se había escapado con un hombre comprometido con otra mujer, nunca había sentido remordimientos, y sentirlos era algo que no le agradaba.
Bryant había salido de la cabina para conseguir algo de cenar, y Elisa miraba hacia fuera mientras que levantaba el cuello de su chaqueta para protegerse del frío. Bryant apareció en la cabina cargando una bolsa de papel.
- Solo pude conseguir unos panes – le dijo apenado.
- No importa, lo que tengo es frío – le dijo Elisa – pero no traje ningún abrigo creí que no lo necesitaría.
- Yo tampoco traigo, solo mi saco – dijo Bryant quitándose el saco y se lo puso sobre los hombros a Elisa.
Bryant miró con admiración a Elisa, sus ojos grises miraban a la bella mujer que tenía a su lado, no podía creer que ella estuviera haciendo eso, que se hubiera fugado con él. Porque él así lo había visto desde un principio, los demás no tardarían en darse cuenta y sabía lo que le esperaba, sobre todo a ella. Y si lo había hecho debía de ver por ella, era una carga pesada, no lo había pensado hasta en ese momento. Pero no había vuelta atrás y tenía que seguir adelante. Se acercó a ella y la besó tiernamente, Elisa se recostó en su pecho y se quedó dormida.
Al día siguiente a primera hora del día, Patty tocaba a la puerta de la mansión Andley, no había podido pegar un ojo en toda la noche, y ahora estaba allí pensando que algo extraño había pasado.
- Albert abrió la puerta porque iba de salida, y se encontró con Patty.
- Patty ¿Qué pasa¿por qué estas aquí tan temprano? – preguntó preocupado.
Patty no contestó nada, bajó la mirada, esa mañana usaba de nuevo sus gafas, su sombrero de plumas estaba mal acomodado, se sentía un poco tonta por estar acudiendo a la casa de Bryant, no era propio de una dama hacer eso, pero ella tenía que saber si estaba o no allí.
- ¡Vamos entra! – le dijo Albert viendo que Patty no se decidía a hablar.
Patty miró a Albert, y se encontró con la suave sonrisa del muchacho, quien iba vestido con un traje de corte fino. La hizo pasar a su despacho.
- Patty, es muy extraño encontrarte a estas horas ¿Qué ha pasado?
- Quería saber… - dijo con inseguridad – si…
Albert esperó pacientemente a que Patty se decidiera a hablar mientras tanto le había servido una taza de té a la muchacha que se seguía viendo un tanto alterada.
- ¿Esta Bryant aquí?
- No estoy seguro – dijo Albert, después de comer había salido para ver a Candy así que no sabía bien si estaba allí.
Patty apretó los labios, pensó que Albert no quería causarle dolor y por eso no le quería decir, pero Albert mandó llamar a Phebe. La muchacha vestido en un simple vestido de tergal entró al despacho, con cara de asustada.
- Phebe¿podría decirme si el Sr. Bryant esta en la casa?
- No señor – respondió rápidamente con el alivio reflejado en su casa.
- ¿No sabe a donde fue?
- No, la señora Shaw solo dijo que no regresaría en varios días – informó con orgullo Phebe.
- Esta bien eso era todo, gracias – le dijo Albert.
La muchacha salió del despacho, mucho más tranquila de lo que había entrado mientras que Patty solo había bajado la cabeza, sintiendo que el mundo se desplomaba.
- Patty, Bryant no esta aquí, pero eso no es todo ¿verdad? – preguntó con suspicacia Albert.
- El nunca se había ido sin avisarme – confesó Patty quien sentía que se ahogaba.
- Patty, debes de ser honesta, no habrías venido aquí solo para ver si él estaba aquí.
Patty negó con la cabeza. Tenía la mirada un tanto perdida, entonces comenzó a hablar con un dejo de angustia.
- Antes de venir aquí fui a ver al Sr. Kaden, ayer en la noche hablé con él, pero no me pareció sincero, así que esta mañana, me encontré con él. Me dijo que Bryant había salido ayer para New York que tenía un concierto allí y que le había avisado por la mañana.
Albert escuchaba pasivamente, con una de las manos bajo su barbilla. Mientras que Patty continuaba con su relato hablando rápidamente sin detenerse para tomar aliento.
- Yo no lo podía creer, porque él había quedado de verme para seguir repartiendo invitaciones… entonces como no le creí le pregunte a su asistente y el me informó que ayer una mujer muy guapa había ido a verlo, y yo pensé… que estaba equivocado. Pero cuando me la describió… bueno se parecía mucho a…
Patty guardó silencio, como si le costara seguir hablando, Albert frunció el entrecejo, apretó la mandíbula, y tuvo un extraño presentimiento.
- ¿A quien se parecía? – le presionó Albert
Patty dijo algo que no se entendió, lo había dicho muy rápido y en voz muy baja.
- ¿A quién? – volvió a preguntar Albert levantando una ceja.
- A Elisa – contestó finalmente en voz todavía baja pero entendible.
- Elisa – exclamó Albert – no… no se atrevería – dijo esto último más para él mismo.
Albert se levantó del asiento, miró a Patty quien apretaba los labios. Era como si el mismo presentimiento que Patty tenía fuera el mismo que aquejaba al muchacho. Se asomó al pasillo y llamó a Phebe.
- Phebe, dígale a la Srita. Elisa que venga de inmediato – le ordenó.
- Si, señor – respondió nerviosamente la doncella.
Albert le sirvió más té a Patty y él se sirvió también una taza, y empezó a tamborilear los dedos sobre el escritorio. Patty ya no decía nada, pero sus ojos seguían apagados, y su corazón latía con fuerza, estaba al borde del colapso nervioso.
Después de transcurrir varios minutos Phebe todavía no aparecía, así que excusándose Albert salió del despacho. Subió las escaleras y se dirigió al cuarto de Elisa donde Phebe estaba junto con Oliver tratando de abrir la puerta.
- ¿Por qué no ha bajado?
- Señor, creemos que algo le sucedió a la Srita. Elisa, no responde, y me han informado que desde ayer en la tarde que no sale de su habitación – dijo con angustia Phebe.
Albert al escuchar esto movió de un lado a otro con la cabeza, no podía creer lo que sucedía.
- Vayan por el ama de llaves que traiga la llave de esta habitación – ordenó Albert.
Phebe salió corriendo, y regresó en pocos minutos con Elsie, quien llevaba en la mano un gran numero de llaves sujetas por un lazo. Buscó entre las llaves y dio con la llave del cuarto de Elisa. Metió la llave en la cerradura y se oyó un clik, y la puerta se abrió.
- ¡Esta vacía! – gritó Phebe.
