CAPÍTULO 37: PRIMAVERA DE AMORES.
La primavera se respiraba por todos los rincones del viejo castillo de magia y hechicería. Los pajarillos cantaban despreocupadamente, las flores despertaban lentamente de su largo letargo y las mariposas revoloteaban con elegancia dejando ver sus bonitos colores.
Pero si había una cosa que causaba la primavera eran las hormonas revolucionadas de todos y cada uno de los alumnos del colegio. Incluso el chico más aplicado, serio y centrado, caía en un espirar de amor, cuchicheo, miraditas y cosquilleo en el estómago. Y no había forma de frenar esa plaga.
Por lo que el pasatiempo favorito de todas las parejas enamoradas de la escuela era el ir paseando por los terrenos cogidos de la mano de su amorcito, buscar un lugar tranquilo y dejarse llevar por la pasión.
Y en eso estaban Harry Potter, Romeo para los amigos, y Yael Morrison, su Julieta.
Era sábado por la mañana y extrañamente ese día el partido de quidditch sería después de comer. Tenían tareas, pero eso en ese momento no importaba. Estaban los dos tumbados debajo de un pequeño abeto, en el límite del bosque prohibido. Era el sitio más apartado que habían logrado encontrar (en esas fechas era difícil encontrar donde encontrar intimidad) y Harry besaba con dulzura pero con insistencia el cuello de su chica. Bueno, amiga importante. Yael por su parte se dejaba hacer. Últimamente Harry, su chico, bueno amigo íntimo, estaba mucho más cariñoso con ella. Y aunque todavía no habían hablado exactamente de que eran, tenían un pacto de exclusividad, que ella había cumplido. Bueno, casi. Un par de besos no contaban…¿O sí?
Lo que estaba pensando se le debió notar, porque Harry dejó lo que estaba haciendo y miró fijamente a la Ravenclaw.
-¿Qué te pasa, cariño? – le dijo Harry mientras le cogía la cara con dulzura. Un escalofrió recorrió la espalda de Yael ante esa muestra de estima del Gryffindor.
-Nada… – intentó disimular, pero lo que vio que se acercaba a ella le hizo ponerse más blanca que la piel cetrina de Snape.
Caminando grácilmente, cogido de la mano de una Slytherin, un chico de Ravenclaw, alto, fuerte, con una cara angulosa, una ligera barba que remarcaba todavía más sus preciosas facciones y una sonrisa que no tenía nada que envidiar a los anuncios de dentífricos muggles, se acercaba a ellos. Parecían ajenos a su alrededor, pero a falta de un par de metros, el chico sacó a relucir su impresionante sonrisa y se acercó todavía más donde Yael y Harry estaban sentados.
-¡Hombre, Yael! Hacía días que no coincidía contigo, cosa que es una lástima – dijo de forma seductora como quien no quiere la cosa. Harry se levantó como un resorte y se puso en frente del chico. Le sacaba más de tres cabezas.
-Hola, Patrick – dijo Yael mostrándose impasible, aunque la verdad es que le temblaban las piernas. Como el chico hablara de más, Harry se iba a poner como una moto.
-Bueno, bueno, como veo que este sitio está ya ocupado, Silvia y yo nos marchamos a buscar otro – miró con superioridad a Harry – si necesitas algo, Yael, ya sabes dónde estoy – y después de guiñarle un ojo se marchó todavía con esas tal Silvia.
-¿Quién coño era ese? – saltó Harry. Yael se preparó para la batalla.
-Es un compañero de séptimo – aunque no lo sentía para nada, intentó mostrarse tranquila y serena.
-¿Qué ha querido decir con lo que era una lástima de que no coincidíais? – insistió. Notaba como los celos se estaban apoderando de él. "Respira Harry, respira", se dijo.
-No empieces, Harry.
-¿Como que no empiece? ¿Te has acostado con él? – saltó. A la mierda la diplomacia.
-¡Oye, chaval, no te pases! – Gritó ella también – ¿qué te crees que soy? ¿Una salida como tú?
-¿Cómo yo? No te imaginas lo que tuve que aguantarme el otro día en Beauxbatons, para no responder a los besos de la francesa.
-¡¿Cómo?!
"Mierda", pensó Harry. Si hubiese podido se hubieses dado de cabezazos contra el abeto hasta dejarlo sin hojas. "Me pierde la boca"
-¿Cómo que Beauxbatons? ¿Cómo que responder besos? ¿Qué me estas contando? – Con cada frase que decía se sulfuraba más y más - ¡Que idiota he sido al pensar que habías cambiado! ¿Cómo he podido tragarme eso de que querías estar conmigo en serio? – dirigiendo a Harry una mirada azul asesina empezó a andar hacia el castillo. Lo único que quería era irse de allí y evitar por todos los medios que él no viera las lágrimas que tanto le estaban costando retener.
Harry por su parte se quedó quieto, incapaz de reaccionar. Él solo quería regresar a su remanso de paz y amor donde había estado 5 minutos antes. Solo quería estar tumbado con Yael, sin tíos enormes y francesas lujuriosas. Veía como la chica, SU chica, se marchaba de su vida a paso veloz y una idea cruzó su mente. "No la quiero perder". Arrancó a correr tras ella.
-¡Yael! - gritó. Ella lo ignoró - ¡Yael, por favor espera! – nada. Con un último sprint, Harry la alcanzó y agarrándola por los brazos la puso de frente a él. Sus ojos verde esmeralda mirando fijamente a los azules claros de ella – mi vida, espera por favor.
-Déjame, Harry, por favor – suplicó. La batalla contra las lágrimas, perdida. – Nunca cambiaras – dijo con resignación – ya son demasiadas veces, estoy harta de que me hagas daño. No quiero saber nada de ti. Olvídame, yo intentaré olvidarte también - Y tras esa sentencia intentó zafarse del agarre del chico, pero Harry contra todo pronóstico, no solo no la soltó si no que se abrazó a la chica como si fuera el último bote salvavidas tras un naufragio.
-Ya he cambiado – dijo Harry en su susurró en la oreja de la chica, que se quedó quieta de la sorpresa – me has hecho cambiar. Sólo al ver cómo te marchabas, ya me estaba matando, Yael – del impacto de esas palabras, la Ravenclaw, se separó y miró al chico que aunque lo había intentado evitar quería. Los ojos que tanto le gustaban brillaban.
-Si es otra de tus tretas…
-Te quiero Yael – dijo – estoy enamorado de ti. No puedo hacer otra cosa que pensar en ti. Cuando me levanto, cuando desayuno, cuando estoy en clase, cuando me voy a acostar. No hay momento del día en que tu carita bonita no aparezca en mi mente.
-Harry, yo – No sabía que decir. Tanta sinceridad la abrumaba. Pero ya llegados a ese punto, de perdidos al río – a mí me pasa lo mismo, pero, ya no puedo confiar en ti.
Por segunda vez en pocos minutos, Harry notó como el corazón se le congelaba.
-¿Qué tengo que hacer para que me creas? – dijo desesperado. Miraba fijamente a la chica, para que ella pudiera leer en él lo que sentía por ella - ¿quieres que lo escriba por las paredes? – ella negó - ¿Qué me lo tatúe en la frente? – una mini sonrisa asomó por los labios de Yael – ¿un anuncio en el periódico? Mi niña, dime que quieres que haga que para estar contigo, lo haré.
-Que tonto eres – se le escapó. Sus defensas habían caído – quiero confiar en ti. Quiero salir contigo, quiero poder decir que Harry Potter es mi novio.
Tras esas palabras, Harry sonrió aliviado.
-Sus deseos son órdenes, para mí – dijo y levantó la vista. Estaban en medio de los terrenos, y por lo visto habían dado un buen espectáculo, porque todas las parejitas que estaban por ahí les miraban con curiosidad. Y si perder tiempo, aprovechó la oportunidad. Haciendo un hechizo hacia su garganta, dijo: - un segundito de atención, por favor, la señorita Morrison, aquí presente quiere hacer un anuncio
-¿Pero, Harry, que haces?
-¿No querías hacerlo oficial? pues aprovecha – y sonrió. Una sonrisa que no tenía mucho que envidiar al tipo ese grande de Ravenclaw – vamos, tonta, no seas tímida – la incitó. Y Yael, aunque muerta de vergüenza, gritó:
-¡HARRY POTTER ES MI NOVIO!
A esa misma hora, otro chico Potter, andaba por el pasillo distraídamente. Se había pasado toda la mañana en la biblioteca intentado acabar un informe para Snape que había olvidado por completo y se había abstraído tanto del mundo exterior que cuando había mirado el reloj y había visto qué hora era había cogido todo de cualquier manera y había salido corriendo como el correcaminos huye del coyote. Todo el equipo había quedado para comer todos juntos y concentrarse. Pero las prisas no son buenas compañeras y cuando estaba a medio camino de la sala común para dejar las cosas, se había dado cuenta de que había olvidado la varita, por lo que ahora estaba desandando lo andado.
-¡HARRY POTTER ES MI NOVIO! – escuchó de repente Matt, aunque no le dio mucha importancia de porque escuchaba la voz de Yael a grito pelado en medio del pasillo.
-Ya era hora – se dijo a sí mismo, pero estaba tan metido en su mundo que ni siquiera se fijó que justo delante suyo se había cruzado una chica que parecía que iba tan distraída como él. Por lo que ambos acabaron chocando y cayendo al suelo. Los libros que ambos cargaban acabaron esparcidos a su alrededor.
-¡Perdona! – se disculpó rápidamente Matt, levantándose y tendiéndole una mano para ayudarla a levantar. Por primera vez desde que habían chocado la miró, y Matt pensó que era la chica más bonita que había visto en su vida. Rubia, con la piel fina y suave y unos ojazos verdes de impresión que dejaron a Matt sin respiración.
Pero por desgracia para él, él no había causado la misma impresión en la chica, porque musitando un "si, tranquilo", recogió los libros del suelo rápidamente y siguió su camino como si el menor de los Potter no se hubiese cruzado nunca en su camino.
Pero Matt ni siquiera se dio cuenta. Siguió mirando embelesado como esa chica, ese ángel, para él, se perdía por el final del pasillo.
Un fuerte suspiro se escuchó por el pasillo.
Ese sábado amaneció muy tarde en la habitación de los Black-Mackenzie. Sirius estaba en el baño afeitándose antes del partido de quidditch que ese día decidiría si Gryffindor se hacía con el campeonato. Sólo tenía una toalla liada en la cintura y el pelo aún mojado después de su ducha. La última semana no había ido muy bien en su relación con Patricia, desde que había estado el amigo de Christine andaba picajoso y el hecho de que descubriera que Ízar era animago tampoco había ayudado mucho. Había dejado el grifo abierto y tarareaba una canción que se le había metido en la cabeza desde que había abierto los ojos.
Patricia entró en el baño después de dejar a Alya con Lily para que bajara a comer con ellos. Miró a Sirius a través del espejo y escondió una sonrisa cuando él dejo de hacer muecas con la cara al darse cuenta de que ella estaba allí. Seguro que estaba pensando en la última visita del amigo de Christine. Ella movió la cabeza para borrar la imagen del arcángel con poderes interesantes y se concentró en Sirius, aquella mañana tenía que compensarle cualquier cosa. Ese día hacía veinte años de lo que ellos celebraban como su aniversario: la primera vez que se había acostado. Le besó la línea de la columna mientras paseaba sus manos por los músculos de la espalda que se tensaron bajo su caricia. Pensándolo bien, tampoco salía tan mal parado en la comparación con Rigel.
-No estoy de humor.- le dijo Sirius intentando aparentar indiferencia, pero nervioso como estaba, se hizo un corte en la cara y Patricia sonrió.
-¿Seguro que no estás de humor… hoy?- le preguntó ella con picardía.
-No sé de qué me hablas.- contestó él escabulléndose del baño.
Patricia se apoyó en el marco de la puerta y lo observó buscar en el armario un pantalón y una camiseta. Llevaba varios días castigándola por haberse dejado llevar por la embriagadora presencia de Rigel, pero no se iba a rendir tan fácilmente. Fingió que le ignoraba y buscó en su armario algo para ponerse para ver el partido. Sin ningún miramiento se quitó el corto pantalón del pijama y la camiseta y se dio un par de paseos casuales por la habitación luciendo el conjunto de ropa interior que se había comprado para aquel día.
-Sé lo que intentas. – farfulló Sirius poniéndose la camiseta con más fuerza de la necesaria.
-No sé de qué me hablas.- le repitió ella guiñándole un ojo.
Sirius se rindió antes de que Patricia tuviera que dar un nuevo paseo por la habitación. Abrazó a su mujer por la espalda y le besó el cuello como lo hiciera aquel día veinte años atrás.
-No deberías torturarme de esa forma.- le susurró al oído.
Patricia se dio la vuelta y le abrazó por el cuello con una sonrisa pícara.
-¿Sigues enfadado? Ya sabes que para mí, tú eres el único hombre en el mundo.- Sirius la besó con suavidad. -¿Qué plan tienes para hoy?
-Ver el partido y… poco más.- remoloneó.
Patricia se soltó de su abrazo y recogió la ropa de la cama. Mantuvo el gesto ofendido y se puso la camiseta que había sacado, azul con un águila con las alas abiertas. Sirius sonrió al verla fingiendo estar ofendida y volvió a abrazarla por la cintura.
-No se me ha olvidado.- le susurró justo antes de morderle el lóbulo de la oreja.- Nunca podría olvidarme de aquella noche.
Veinte años atrás, después de haberle dado muchas vueltas al tema y de que James le convencieran de que el sexo con alguien a quien quería no iba a tener comparación a nada de lo que hubiese hecho anteriormente, invitó a su primera novia formal a salir de fiesta en Hogsmeade. A la vuelta, cerca de la casa de los gritos asumió que por primera vez en su vida estaba locamente enamorado y le dijo a Patricia que la quería, lo que no había sido nunca capaz de hacer. Hicieron el amor cubiertos por la oscuridad de una noche sin luna y desde entonces aquel día lo celebraban cada año.
Llegaron a la grada de profesores los últimos intercambiándose sonrisas y comentarios cómplices. Como siempre que se jugaban algo en el quidditch habían olvidado su imparcialidad y cada uno vestía con los colores de su casa. Ese día se enfrentaban Hufflepuff y Gryffindor, pero si los tejones ganaban o si los leones no lo hacían por suficiente margen la copa de quidditch sería para Ravenclaw y ese gusto era algo a lo que Patricia no estaba dispuesta a renunciar después de tres años de hegemonía Gryffindor, por muy aniversario que fuese. Ella se sentó junto a Lily y Christine y Sirius después de un puchero lastimero a su mujer fue a sentarse junto a Remus que se había colocado lo más alejado posible de Christine y que en ese momento estaba disfrutando de las caricias de Alya, que al verlo tan triste esa mañana se había empeñado en sacarle una sonrisa.
La niña era un claro ejemplo del enfrentamiento deportivo que se vivía en su casa. Llevaba una camiseta roja y dos moñitos con lazos azules que también le había puesto a Deneb esa mañana para desgracia de la sufrida ardilla. En el almuerzo, los chicos le habían pegado pines en la camiseta de apoyo a Gryffindor, pero en un descuido, Yael le había dado un par de banderines azules que ahora llevaba en cada mano con el riesgo de clavárselo a Remus en un ojo en una de sus múltiples caricias.
En el vestuario de Gryffindor las cosas no estaban yendo nada bien para los Potter. Harry había entrado el último, entretenido en darle besos a su recién estrenada novia formal y cuando abrió la puerta estuvo a punto de cerrarla de nuevo y meter la cabeza en el lago hasta que a todo el mundo se le olvidara. Llevado por su amor juvenil y por el miedo a perder a Yael no había calculado las consecuencias de su declaración de amor y ahora tenía que cargar con ellas.
Ízar se había subido a un banco y movía sus largas pestañas con delicadeza mientras miraba con amor a Alan que se había arrodillado a sus pies recitándole versos de Romeo y Julieta.
-¡Oh, es el Oriente y Julieta es el sol!- decía Alan exagerando los gestos.
-¡Ay, Romeo, Romeo, ¿por qué eres tú, Romeo?- le respondió Ízar lanzándole un besito.
El resto del equipo se reía a carcajadas con la pantomima de los chicos, salvo los dos Potter. Harry se dejó caer en la puerta y se tapó la cara con las manos arrepintiéndose del maldito instante en el que animó a Yael mientras que Matt estaba furioso con los dos payasos del equipo. Se subió al banco, ganándose los mimos de Ízar que se estaba metiendo muy bien en su papel femenino y le empujó para que bajara.
-¡Nos estamos jugando la copa, idiotas!- les gritó enfadado- ¡Y tú!- le gritó a su hermano señalándole. - ¿Quieres que te vuelva a quitar los galones de capitán?
El enfado de Matt hizo que Ízar y Alan volvieran a reírse, pero también que Harry reaccionara y volviera a asumir su papel, dándoles una arenga propia de un comandante de guerra, así que el equipo salió en fila ordenado, con el espíritu por las nubes y unas ganas enormes de acabar con los tejones.
James ya estaba en el túnel de vestuarios justo a la entrada del campo preparado con su escoba cuando llegó la fila del equipo de Gryffindor con Harry a la cabeza. Lo normal en cualquier partido hubiese sido que Ízar y Alan se fuesen peleando por el segundo puesto, pero esta vez se habían quedado atrás para poder seguir riéndose a gusto de Harry y de su enamoramiento, así que Matt ocupó su sitio.
-Así que… Harry Potter es mi novio ¿eh?- canturreó James sin mirar a su hijo cuando vio que estaba a su lado, mientras esperaban la llegada de Hufflepuff.
-¿Tú también lo has oído?- se quejó Harry.
-Yo y todo el país.- bromeó James revolviéndole el pelo.
-¡Os queréis concentrar!- les riñó Matt nervioso moviendo su escoba de mano a mano.- ¡Esto es increíble! Parece que no os vais a enterar nunca.
-Que sí, Matt.- dijeron padre e hijo a la vez con voz cansada. - Que esto es quidditch.
El pitido inicial acabó con las bromas, los amores y las vergüenzas y todo quedó reducido al lema de Matt. Eso era quidditch y se estaban jugando la copa. El estadio rugía con los tantos de Hufflepuff gracias al apoyo de Ravenclaw que se estaba jugando el primer puesto y de Slytherin que no perdía la oportunidad de ir contra los leones, pero por suerte esos momentos estaban siendo pocos porque la delantera de Gryffindor había recuperado su toque y ahora Ginny, Andrea y Alan se compenetraban como si fueran uno pasándose la quaffle tan rápido que los golpeadores no pudieron hacer nada contra ellos. Tenían que ganar por una ventaja de 240 puntos, así que Harry se dedicó a controlar al buscador de Hufflepuff hasta que su equipo sacara al menos una ventaja de 90 puntos lo que no tardó en llegar. En menos de veinte minutos ya ganaban por más de cien puntos y Harry se concentró en encontrar la pelotita dorada.
-¡La tiene!- gritaron Fred y George Weasley desde la tribuna de comentaristas- ¡Potter ha cogido la snitch! ¡La copa es por cuarto año consecutivo para Gryffindor!
A Harry no le dio tiempo a poner los pies en el suelo. Cuando faltaba un metro para aterrizar sintió la embestida de Matt que le tiró de la escoba cayendo encima de él. Segundos después el resto del equipo caía sobre los Potter para celebrar su victoria, hasta que James, henchido de orgullo aunque intentando aparentar serenidad los levantó uno a uno para llegar al fondo de aquella montaña humana donde estaban sus hijos.
Matt no se lo pensó y se olvidó de que todo el estadio los estaba mirando. Se tiró al cuello de su padre y le abrazó, loco de felicidad. Harry, sin embargo, intentó mantener la compostura, así que cuando James le entregó el enorme trofeo le extendió la mano para agradecérselo.
-¡Ven aquí!- James tiró de él y lo abrazó con todos sus fuerzas.- ¡Estoy muy orgulloso de vosotros!
James no pudo seguir hablando porque en ese instante Matt, Alan e Ízar se sumaron al abrazo familiar y acabaron de nuevo en el suelo.
La fiesta siguió en la Torre Gryffindor muy bien servida con las idas y venidas de Alan que lo llenó todo de comida y cervezas de mantequilla recién salidas de las cocinas. Se ahorró cualquier botella de alcohol porque la verdadera fiesta la tenían preparada para esa noche cuando saldrían a escondidas para estrenar la nueva discoteca que habían abierto en Hogsmeade, así que pasaron la tarde tirados en los sofás charlando, comiendo y disfrutando del momento.
Sirius llamó la atención de todos los presentes cuando entró por el agujero del retrato. Hasta ese momento, que el jefe de la casa Gryffindor llegara a una fiesta sólo significaba que se tenía que dar por terminada, pero Sirius no era Christine y en cuanto vio que todos le miraban asustados, cogió un sándwich y una cerveza de mantequilla y brindó con todo el que se fue encontrando.
-¿Qué haces tú aquí?- le preguntó Ízar cuando se sentó a su lado.
-Soy el jefe de Gryffindor, tengo derecho a celebrarlo. ¿No?
-Vatti, eres un adulto entre adolescentes.- le explicó Ízar intentando mantener la calma.- ¡Lárgate!
Sirius lo miró fingiendo estar ofendido y se llevó la mano al corazón.
-¿Cómo has podido hacerme esto?- le preguntó cargado de dolor – Llamarme adulto ¡a mí!
Ízar tuvo que rendirse y reírse con su padre, pero pasándole el brazo por los hombros lo llevó hasta el agujero del retrato.
Por extraño que pudiera parecer al resto de miembros de la casa Gryffindor los miembros del equipo fueron los primeros en subir a sus habitaciones. Se ducharon y arreglaron lo más que pudieron y esperaron en la habitación a que llegaran las chicas. Alan se tenía que encargar de buscar a Yael, que al final vendría sola ya que Ethel quería estudiar y Paola se había rendido después de que Ízar la mandara a tomar viento por quinta vez.
-Oye, Romeo, creo que hoy me quedo con tu Julieta.- le dijo Alan en cuanto se materializó en la habitación abrazado a Yael que iba preciosa con un vestido corto.
Harry lo quitó de un empujó y cogió a Yael por la cintura sin dejar de admirar a su novia.
-Tú también estás muy guapo. – le dijo Yael con una sonrisa, y lo estaba con una camisa blanca que ella le había regalado.
Ginny, Hermione y Andrea entraron con unas batas puestas que combinaban muy mal con su pelo bien peinado y su maquillaje. Cuando Hermione se quitó la bata Ron tuvo una reacción muy parecida a la de Harry con Yael, sonrió tontamente y la abrazó para besarla sin importarle que todos los demás estuvieran mirando. Llevaba pantalones ajustados y un top que dejaba la espalda al aire lo que le encantó a Ron cuando al ponerle las manos en la espalda descubrió que no había tela de por medio. Ginny, sin embargo, se ganó la recriminación de su hermano por llevar un vestido sin tirantes, pero ella pasó de él y fue a sentarse junto a Matt para ponerse los tacones.
-Verás como al final nos da la noche.- le dijo Alan a Ízar en el oído cuando vio que estaba mirando a Andrea. Ella seguía con la bata puesta y se estaba poniendo unos tacones tan altos que seguramente la harían tan alta como ellos.
Cuando se quitó la bata a Ízar le dio un ataque de tos. Llevaba una minifalda muy muy mini que con los enormes tacones hacía que sólo se le vieran piernas y una blusa sin mangas negra atada al cuello que resaltó aún más ahora que se había recogido el pelo en una coleta, cosa poco habitual en ella.
-Te lo dije.- sentenció Alan dándole golpecitos en la espalda a Ízar para que se le pasara el mal trago.
Andrea les miró con una sonrisa de superioridad y se acercó a ellos. Dio un beso a Alan y saludó con la mano a Ízar, que intentaba recomponerse con mucho esfuerzo.
-Ven aquí. – Alan lo cogió del brazo y lo alejó del resto de sus amigos, dejando a Andrea sorprendida.- Deja de pensar así. – le ordenó.
-No sé de qué me hablas.- le contestó Ízar intentando salir de aquella encerrona, pensando que Alan volvería a enfadarse por su interés en Andrea.
-Tío, mi poder empático se ha disparado. Lo sabes ¿no?- Ízar asintió extrañado. -Andy es mi hermana ¿lo entiendes? – Ízar volvió a asentir- Y tú estás sintiendo cosas ahora mismo hacia ella que un hermano nunca puede sentir hacia su hermana, así que para de imaginártela desnuda cuando yo esté cerca. No puedo soportar verla de esa forma.
Después de ponerle las cosas claras a Ízar, aunque con escasos resultados, Alan los materializó a todos dentro de la nueva discoteca que en ese momento estaba llena de gente bailando y bebiendo. Alan se percató de que el grupo de chicos que había a su lado se estaba fijando en las interminables piernas de Andrea, así que tiró de ella y la puso entre su cuerpo y el de Ízar.
-¡Me vas a dar la noche!- le riñó. - ¿Qué te has propuesto, que tenga que pasarme la noche cuidando de ti?
-A lo mejor podrías dejar que Ízar cuidara de mí esta noche.- le contestó ella con voz melosa cogiendo a Ízar de la mano.
-A lo mejor no.- dijo Ízar con tono seco soltándose la mano y metiéndola en el bolsillo.- Ízar se va a dedicar hoy a ligar por ahí, no a cuidar de ti. Que te cuide Alan que es lo que tú prefieres.
Ízar se fue dejando a Andrea tocada con sus últimas palabras. Cada día se sentía más culpable por haber elegido a Alan y aunque éste le decía que él seguía enamorado de ella ya no sabía qué más hacer para que la perdonara. Alan le pasó el brazo por los hombros y le dio un beso en la cara, ahora a su altura, llevándosela de allí para unirse al resto de sus amigos.
El whisky de fuego circuló como si fuera agua, aunque Matt acabó vaciando su parte en el vaso de su hermano sin que se diera cuenta, incluso Hermione se bebió una copa para sorpresa de todos, pero sin duda los que bebieron con más ahínco fueron Ízar y Andrea, a la que Ginny tuvo que quitarle de las manos la tercera copa antes de que pudiera bebérsela a la misma velocidad que había bebido las anteriores.
Bailaron durante un rato y al final Alan se rindió ante una rubia que le estaba haciendo ojitos y dejó a Andrea a cargo de Ginny y de Matt, así que cogió a Ízar y se lo llevó para que entretuviera a la amiga de la rubia, pero resultó que la amiga, una morena con el pelo cortísimo estuvo encantada con la idea de Alan y se desvivió en roces casuales e insinuaciones poco sutiles hasta que Ízar salió con ella al jardín que había en la parte trasera.
En la barra, Andrea estaba demasiado concentrada en quitarse de encima a Matt y Ginny, que no la dejaban emborracharse en paz, como para darse cuenta de que en ese momento Ízar estaba saliendo cogido de la mano de una chica despampanante.
-Deja ya de beber.- le dijo Ginny quitándole la copa.- Entre los tacones y el alcohol que llevas en la sangre no sé cómo no te caes.
-Venga, dejadme en paz.- le dijo ella haciéndole una señal al camarero para que le sirviera otra copa sin darse cuenta de que Matt por detrás lo estaba negando con gestos exagerados.
-¿Por qué no la sacas un ratito al jardín para que le dé el aire? – le propuso Matt a Ginny.
Andrea llegó al jardín casi a empujones, seguida de Ginny. Lo primero que hizo fue sentarse en un banco de piedra y masajearse los pies que la estaban matando con los inmensos tacones que se había puestos. Se había arreglado con la esperanza de que Ízar al final se olvidara de su enfado, pero no lo había conseguido y el alcohol le traía una y otra vez las palabras rencorosas que le había dicho hacía menos de una hora.
-Oh, oh- dijo Ginny mirando hacia la pared enfrente de ellas.
Andrea miró hacia donde lo estaba haciendo su amiga y se hundió al ver a Ízar hablando con una chica que en ese momento le estaba acariciando el cuello.
-¡Genial!- gruñó- ¡Lo que me faltaba!
Se puso el zapato y salió de allí todo lo rápido que le dejaron los tacones.
Ízar al oírla se dio la vuelta y se encontró con Andrea saliendo de allí y una mirada recriminadora de Ginny que salió corriendo detrás de su amiga. Ízar no lo pensó, si lo hubiera hecho, su orgullo lo habría dejado pegado a la morena que se le estaba ofreciendo en bandeja, sin embargo, salió corriendo detrás de Andrea que iba chocándose con la gente hasta llegar a la calle.
-¡Andy!- le gritó Ízar al ver que no se quedó en la puerta- ¡Andy, espera!
Dio una pequeña carrera para alcanzarla y la cogió del brazo. Ella giró la cara para que no pudiera ver cómo sus odiosos ojos se habían empeñado en llorar precisamente en ese momento.
-¡Suéltame!- le dijo con toda la decisión de la que fue capaz tirando del brazo que él le había agarrado.- Me voy a la cama.
Ízar se quedó parado planteándose si dejarla ir o no, pero cuando vio que ella se alejaba volvió a correr hasta alcanzarla.
-Te acompaño, pero vamos por aquí.
La cogió del brazo y tiró de ella en dirección contraria hacia la casa de los gritos. Ella dio un nuevo tirón y caminó con los brazos cruzados, soplando y parpadeando para no volver a llorar.
-¡Ni loca voy a entrar ahí otra vez!- gritó al ver la casa de los gritos.
-El otro día eras mucho más valiente.- le dijo con tono socarrón. Ella abrió los ojos asombrada, preguntándose si él no había estado cuando el lobo apareció.- No hay ningún lobo, fue cosa de Alan. Te lo prometo.
Le tendió la mano para ayudarla a pasar la verja y ella la miró sopesando si cogerla o no. Al final se quitó los tacones y cruzó la verja sin darle la mano, caminó con decisión unos metros, pero el alcohol que tenía en el cuerpo y lo accidentado del terreno le jugaron una mala pasada y se cayó al suelo.
-¡Mi tobillo!- se quejó agarrándose el pie con fuerza.- ¡Mierda, mierda, mierda!- de la rabia que sentía dio golpes en el suelo con los tacones- ¡Mierda de noche!
El dolor del pie, la impotencia y el pellizco que tenía en el estómago desde que Ízar le había hablado con rencor hicieron que al final se rindiera y acabara llorando.
-Déjame ver. – le dio Ízar con dulzura. Se había rendido al verla llorar desconsolada. Se sentó a su lado y le cogió el pie con cariño. – ¿Te duele mucho? Andy, no llores, por favor.
Andrea se restregó la cara para quitarse las lágrimas pero seguía hipando y ver a Ízar tan cerca no la estaba ayudando.
-Te echo de menos.- le dijo dejándose llevar por la pena y el alcohol.
Ízar le acarició la cara para quitarle una lágrima que se le había escapado. Él también la echaba mucho de menos. Se acercó a ella sin dejar de mirar sus labios entreabiertos, pero cuando faltaban cinco centímetros para besarla se separó, aunque no retiró su mano. No podía quitarse de la cabeza la imagen de ella dejándole porque prefería la amistad de Alan.
-Me arrepiento mucho de haber roto.- le dijo Andrea, cogiéndole la mano con la que le estaba acariciando.- Necesito que me perdones.
-No puedo.- le dijo él sin mirarla.- No puedo olvidar que no fueses capaz de renunciar a Alan por mí. Lo siento.
Las lágrimas volvieron a desbordarse pero esta vez Andrea no hizo nada por limpiárselas, sólo podía mirarle sentado en el suelo con su pie sobre él, muy concentrado en las briznas de césped que había debajo de ellos.
-¿Podrías al menos dejar de hablarme con tanto rencor?
Ízar la miró con cariño. Andrea muy pocas veces se mostraba tan vulnerable y en ese momento sintió que podría olvidarse de todo y besarla hasta perder el sentido.
-Está bien.- le dijo al final, reprimiendo sus impulsos.- Pero con una condición. – ella asintió sin esperar a oír lo que él le iba a pedir.- Tienes que dejar de provocarme. Me cuesta mucho resistirme y al final un día acabaré besándote.
-Eso no es malo. – le dijo ella con una sonrisa triste.
-Sí lo es si no puedo perdonarte.- le contestó volviéndole a hacer una caricia en la cara.- No quiero jugar contigo.
-¿Amigos entonces?- le preguntó e Ízar asintió con una sonrisa.
A unos metros de donde ellos estaban, Sirius y Patricia paseaban después de haber salido a cenar y a tomar unas copas para celebrar su aniversario. Cada año su paseo les llevaba al sitio donde habían hecho el amor por primera vez, aunque con los años habían preferido reservar la parte del sexo para un sitio más cómodo.
-¿Ése no es…?- preguntó Sirius sorprendido.
-¡Es Ízar!- le dijo Patricia emocionada- y está con Andrea. ¡Ay, mi niño! Está tan mayor.
Sirius la abrazó por la espalda y miró hacia el lugar donde su hijo estaba muy acaramelado con Andrea, en el mismo sitio donde ellos veinte años atrás habían dado un paso más en su relación.
-¿Crees que acabarán como nosotros?- le preguntó a Patricia en el oído.
-Cinco minutos, chicos.- anunció Remus, consultando su reloj mágico de pulsera. Las manecillas prácticamente marcaban las seis en punto, momento de finalización de las clases. Se paseó por el aula, comprobando de reojo los exámenes que escribían sus alumnos de quinto curso. Hacía un par de minutos que Alan lo había concluido y se dedicaba a un repaso exhaustivo, dejando que transcurrieran los minutos para salir al mismo tiempo que sus compañeros. Por su parte, Harry e Ízar tampoco tenían problemas con las preguntas, pese a que Remus se había esmerado por complicar el examen, exageradamente difícil para alumnos de su curso.
Aquel día, daba las clases solo, porque James estaba corrigiendo trabajos de otros cursos, que se les habían ido acumulando con el paso de las semanas. Tras la visita de Rigel, los tres merodeadores adultos habían estado más preocupados por la salud de Christine, que tras la marcha de su amigo parecía haber caído en un pozo de mutismo y que apenas se dejaba ver por el colegio. Remus tampoco compartía con ella las comidas, ya que Lily y Patricia habían pensado que era mejor que comiera en la sala común, para no realizar el esfuerzo de subir y bajar las escaleras del castillo. Las desapariciones al modo arcángel la dejaban exhausta y las había reducido a momentos puntuales e imprescindibles.
-Nota máxima, pater.- alardeó Alan, dejando caer el pergamino con su examen, en la mesa del profesor. Remus arrugó la frente, en busca de la tan ansiada humildad, pero Alan la había perdido por completo. Heredar unos poderes tan extraordinarios, sumado a su misión de proteger a su hermana lo habían convertido en más arcángel y menos mago.
-Córtate un poco, tío Remus.- protestó Ízar, dejando el pergamino al lado del de su amigo.- He sudado para poder mantener el nivel de mis calificaciones...
-Los T.I.M.O.S. pondrán a prueba vuestros conocimientos.- les espetó Remus, un poco cansado de tanta fanfarronería.- La clase ha terminado. Os recomiendo que subáis directamente a vuestras salas comunes.- Remus les dio la espalda, dejándolos un poco desconcertados y se apresuró en recoger el resto de exámenes. No estaba teniendo un buen día, ni una buena semana y mucho menos un buen mes y había pagado su frustración subiendo la dificultad de los ejercicios. Cuando Sirius y James vieran el examen, se llevaría una pequeña reprimenda. Suspirando, cerró su maletín y salió del aula, dispuesto a volver a su habitación.
Paseaba por Hogwarts como un extraño, escuchando el alboroto en los pasillos y sin poder dejar de pensar en Christine y en la forma que ella había hablado sobre Rigel. Apretó los puños, recordando su confesión. El ritmo cardiaco se le aceleraba por momentos, entrecortando su respiración, al imaginar a su mujer en brazos de aquel arcángel, de cuerpo escultural y facciones varoniles. No solo era mucho más joven y atractivo que él, sino que tenía unos poderes que habían llevado a Christine a acostarse con él en más de una ocasión, reconfortándose en aquellas habilidades mágicas. Sintió nauseas de imaginarlo recorriendo su cuerpo desnudo, besando sus labios o fundiéndose dentro de ella, ambos jadeando de placer.
Él no estaba a la altura de poder ofrecer aquello y sentía que había perdido definitivamente a Christine. Era lógico que no pudiese convencerla, que no fuese suficiente aliciente para ella, que no tuviese la capacidad de hacerla luchar por su vida. Tal vez, incluso...Rigel volvería y Christine decidiría volver a yacer con él...disfrutar de sus poderes antes del fatídico día...
-¡Ah, Remus, estás aquí!- Remus iba tan distraído que estuvo a punto de darse de bruces con el director.- Te estaba buscando.
-Discúlpame, Albus.- murmuró, tratando de volver a la realidad.- ¿En qué puedo ayudarte?- levantó la cabeza lo justo para observar el escrutinio de los ojos del director, que lo analizaban de arriba abajo.
-La cena de los profesores se pospondrá esta noche hasta las nueve.- contó el anciano.- He invitado a los examinadores de los T.I.M.O.S. a que visiten el castillo antes de los exámenes y me ha parecido maravilloso ofrecerles después una pequeña fiesta.
-¿Fiesta?- Remus estaba para todo menos para eso.- Ya...Albus, discúlpame, pero dadas las circunstancias...preferiría...
-No admitiré un no por respuesta.- saltó el director, vehemente.- A todos nos vendrá bien desconectar un poco...además, - añadió con entusiasmo.- Me han dicho los elfos domésticos que estrenarán una nueva receta de tarta de limón...- Remus vio como Dumbledore se alejaba por los pasillos, sin darle tiempo a réplicas y lanzó un suspiro al aire. Al parecer, su día infernal iba a alargarse en extremo. Iba a reanudar el camino a su dormitorio cuando unos brazos lo rodearon del cuello y la cintura.
-¿Te has enterado ya, Moony?- le preguntó Sirius, que prácticamente lo estrangulaba.
-Una fiestecita privada...- añadió James, acercándolo por la cadera, al mismo tiempo que Sirius.- Y me han dicho que hay examinadoras nuevas...
-Jóvenes...
-Las viejas se han jubilado...
-Y habrá música...- siguió Sirius, a lo que Remus alzó una ceja.
-Padfoot, estás casado.- le recordó, intentando hacerlo bajar de la nube. Sirius se encogió de hombros.
-¿Y? Los ojos de la cara están para mirar.
-Tal vez podamos convencer a las chicas de que será una velada aburrida y que se queden en las habitaciones...- opinó James.
-Olvídalo.- Remus sentía tener que romperles la burbuja de aire, pero todavía no era capaz de comprender como sus amigos no sentaban del todo la cabeza. Con el paso de los años, deberían haber aprendido. Lo que no podía saber es que todavía estaban resentidos por la forma en la que las mujeres se habían quedado prendadas de Rigel.- Dumbledore me acaba de decir que es obligatoria la asistencia para los profesores...
-Lástima.- James chasqueó los dedos.- Bueno, de todos modos no nos lo perderemos. ¡Ah, por cierto! Ven a la sala quince minutos antes y salimos desde allí todos juntos.- Remus abrió la boca para protestar, pero James y Sirius ya se perdían por los pasillos. No le apetecía nada tener que subir a la sala y poder encontrarse allí con Christine, pero le quedaban pocas excusas creíbles. Haciendo acopio de su valor Gryffindor característico, se encaminó de nuevo hacia su habitación, pensando en que tendría que encontrar un vestuario apropiado para la cena, aunque fuese serio y formal.
Optó por una túnica elegante, de tonalidades cobre y dorado, que Lily le había regalado en su último cumpleaños. Apuró el tiempo al máximo y entró por el retrato de la sala común, puntual, pero sin que le sobraran los minutos. Encontró a James ajustándole una especie de pajarita a Sirius, que la había combinado con una túnica oscura, con ribetes de color perla.
-¡Quita, quita!- protestaba Sirius, dándole manotazos a James.- ¡Eres incapaz de hacerlo! ¿Tú has tenido niños o qué?
-Padfoot, estás ridículo.- opinó James, mientras Sirius volvía a la carga intentando colocarse, solo, la pajarita.
-¿Yo? Imposible. Además,- añadió.- Me han dicho que estas cosas triunfan entre muggles. ¿Verdad que sí, Moony?- Remus atravesó la sala y se dejó caer en uno de los sillones, con hastío. Sirius le tendió una cerveza de mantequilla, de las que estaban bebiendo.
-Padfoot, estás ridículo.- sentenció, utilizando la misma frase que James, que comenzó a reírse a carcajadas. Cabreado, Sirius lanzó por los aires la pajarita, cruzándose de brazos. Remus le dio un sorbo a la cerveza y se encogió de hombros.
-Gracias, Moony.
Los chicos se vieron interrumpidos por las mujeres, que bajaban en fila por las escaleras. La última fue Christine, que vestía una túnica oscura ajustada, con decorados plateados y que marcaba perfectamente sus curvas y su embarazo. Lily y Patricia, por el contrario, habían escogido colores más vivos y alegres. Sirius silbó al verlas. Remus y él se levantaron del sofá, dispuestos a marcharse. Christine, al verlo allí, se acercó discretamente.
-¿Te importaría terminar de abrocharme el cierre?- le preguntó, con seriedad, dándose la vuelta.- Se me ha enganchado y las chicas no podían desatascarlo.
-Vamos tirando.- apremió Sirius, arrastrando a Patricia hacia el retrato.- Os esperamos bajo.
-No, no.- protestó Lily, al ver que James hacía lo mismo.- Podemos bajar todos jun...- pero su marido, tozudamente, insistió y se vio saliendo también, dejando a la pareja sola. Remus desenganchó el cierre y terminó de colocarlo correctamente.
-Son muy discretos.- murmuró, señalando hacia la puerta. Christine no se rió, únicamente asintió con la cabeza, dirigiéndose hacia la salida. Cogió el pomo de la puerta y tiró del retrato para apartarlo, pero el marco no se movió ni un centímetro.
-Mierda.- protestó, pasándose una mano por la cara, nerviosa.- Hoy soy incapaz de hacer nada. ¿Te importaría...?- Remus se acercó y probó, pero el retrato seguía sin moverse.
-Qué extraño...- intentó llamar al ocupante, pero el lienzo estaba vacío, al parecer, el caballeroso señor que vigilaba la entrada, había decidido darse una vuelta a visitar a sus conocidos. Remus lo intentó de nuevo, pero la abertura parecía atascada.- Me parece que han cerrado demasiado fuerte...- sacó la varita y pronunció varios hechizos, pero nada parecía funcionar.- No me lo puedo creer...estamos atrapados.- Christine lo miró horrorizada y probó con otros tantos encantamientos. Pero el colegio se había puesto en su contra y se negaba a dejarlos salir. Remus lanzó una expresión vehemente y regresó al centro de la sala común, dejándose caer sobre el sofá, tapándose la cabeza con las manos. Christine se apoyó en una columna, incapaz de solventar la situación más incómoda posible.
Lily le dio unos toquecitos a James en el brazo, para captar su atención. Hacía unos minutos que los elfos domésticos habían comenzado a servir el primer plato y los huecos de las sillas de Remus y Christine estaban libres.
-James...
-...y el tío, ni corto ni perezoso, me dice que cual es la pena por transformar a un profesor en insecto y estaba dispuesto a utilizar el hechizo contra Snape... ¿si, cariño?
-Remus y Christine...¿no crees que tardan demasiado?- James le sonrió, de manera tranquilizadora, intercambiando una mirada cómplice con Sirius. Patricia también prestaba atención.
-No creemos que sea posible que se unan a nosotros esta noche.- susurró, para que Dumbledore, que estaba sentado enfrente suyo y que hablaba con dos examinadores, no se enterase de nada. Lily arqueó las cejas, trabajando con el cerebro, para descubrir qué habían hecho esta vez los hombres.
-Los hemos encerrado en la sala común.- rió Sirius.- Y como Christine no tiene muchas fuerzas para aparecerse en su forma arcángel...
-...esta noche fijo que se reconcilian.
Los minutos transcurrían como si fuesen horas. Christine había tomado asiento en frente de Remus, pero ambos se habían quedado callados, aguardando a que sus amigos repararan en su ausencia y se dignasen a sacarlos de allí.
-Deberías acostarte.- Remus, incapaz de quedarse callado por más tiempo, viendo el cansancio y las ojeras de Christine, había decidido romper el mutismo. Ella medio sonrió, negando con la cabeza.
-Hace días que no duermo bien.- confesó, masajeándose la sien.- Estoy incómoda en todas las posturas y...- levantó la cabeza, taladrándole con los ojos.- ...ya sabes que me cuesta conciliar el sueño con la cama vacía.- Remus lo recordaba. Las noches de luna llena Christine siempre se quedaba levantada esperándolo, porque era incapaz de dormir sola en la cama, echando de menos su presencia. Durante unos segundos, se estudiaron y el silencio fue testigo de sus miradas, cargadas de reproches, de dudas, pero de una infinita añoranza el uno del otro. Remus sintió que la temperatura en la sala subía y las prendas le sobraban en exceso, provocándole calor. Las mejillas se le sonrosaron y la fiebre le bajó a los ojos. Confuso por su reacción, parpadeó, intentando dejar de desnudar a su mujer en su imaginación. No comprendía lo que le había ocurrido.- Duerme conmigo...- añadió Christine, a la que no se le había escapado la incomodidad del hombre. Remus se puso en pie, dirigiéndose a la chimenea y apoyando el peso de su cuerpo sobre la repisa.
-No puedo.- Christine, dolida, asintió, apartando el rostro hacia un lado.
-¿Qué habéis hecho qué?- gritó Lily, captando el interés de la mesa. Al notar que todo el mundo posaba los ojos sobre ella, intentó bajar los decibelios, pero el enfado le subía por la cara, enrojeciéndola. Por suerte, los elfos domésticos escogieron aquel momento para servir el postre y Dumbledore entabló una conversación con examinadores y algunos profesores sobre la deliciosa tarta de limón.
-Moony nos lo agradecerá.- aseguró Sirius, moviendo la mano despreocupadamente, mientras se metía un trozo de tarta enorme en la boca.
-Apuesto a que ellos han llegado a los postres antes que nosotros.- añadió James. Lily los miraba a todos con el rostro crispado por la furia. En un momento determinado, centró la vista en Patricia, que no había pronunciado palabra y entrecerró los ojos.
-Dime que tú no sabías nada de esto.
-Buenoooo.- Patricia se encogió un poco en su asiento, con cara de culpabilidad.- Digamos que me comentaron algo...
-¡No me lo puedo creer!- estalló Lily.- ¡Pero no os dais cuenta de que pueden estar sufriendo un infierno!- el inicio de la música la interrumpió. Dumbledore había retirado la mayor parte de las mesas del Gran Comedor, dejando un espacio para una pista de baile. Algunos profesores se levantaron y acudieron a bailar, pero ellos se quedaron sentados, esperando a que a Lily se le pasara el enfado.- ¿Pensáis que porque estén solos y atrapados van a reconciliarse así de fácil? ¡Es mucho más complicado que eso!
-Puedo aparecerme.- sentenció Christine, poniéndose en pie y acercándose a Remus, que cada vez tenía más calor y ya se había retirado la túnica, quedándose sin camiseta y con pantalones. Christine hacía verdaderos esfuerzos por no aflorar las emociones, pero tenerlo allí, tan cerca de ella, y estando su cuerpo tan accesible, le parecía estar sufriendo una verdadera tortura. Deseaba hacer una locura, dejarse vencer y volver a besarlo como antes. Rigel podía ser mucho más joven, atractivo y tener poderes, pero Christine únicamente deseaba a Remus y el calor que le proporcionaba su presencia. Lo echaba de menos y eso se traducía en una necesidad física de poder tocarlo, de sentir que era suyo. Le bastaría con detectar las reacciones que como arcángel ya leía y que Remus ocultaba en su fachada de frialdad.
-Ni pensarlo.- se negó él.- Estás demasiado débil.- Christine caminó hacia él, negando con la cabeza.
-Me arriesgaré...
-¡He dicho que no!- protestó Remus, sujetándola por la cintura, para impedirle que concentrara energía. Ambos se estremecieron y las manos de Remus, sin pretenderlo, se hundieron en sus caderas con ímpetu. Deseaba aferrarla con más fuerza, arrollarla, el calor de la habitación le resultaba insoportable y el contacto entre ambos quemaba. Se quedó ensimismado, mirando los labios de ella, entreabiertos a causa de la sorpresa.
-No puedo soportarlo más.- confesó Christine, con los ojos aguados. Remus no solía verla llorar, pero las emociones eran demasiado intensas. Le colocó una mano en la mejilla y realizó el recorrido por su rostro.- No puedo resistir tenerte así de cerca y no...Remus, por favor...
-No soy bueno para ti.- murmuró Remus. Su rostro se arrugó en una expresión de sufrimiento y angustia.- No puedo darte lo que...
-Basta.- lo interrumpió Christine, negando con la cabeza. Le colocó las manos alrededor del cuello y Remus se tensó, a causa de la proximidad. Irremediablemente, Christine se balanceó hacia delante, deteniéndose justo cuando sus labios iban a rozarse.- No necesito nada más, Remus...sólo a ti y tu apoyo...- él cerró los ojos, aspirando el aroma de la cercanía, temblando entre sus brazos.
-No puedo hacerlo...- Christine rompió el escaso espacio que los separaba y se fundió en un beso que Remus, fue incapaz de rechazar. Su mente le jugó una mala pasada y por un instante deseó levantarla por la cintura, llevarla al sofá, perdiendo la cordura sobre sus propias emociones. Parpadeó para borrar aquellos pensamientos de su cerebro. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué la necesidad física se había convertido en algo tan intenso en los últimos minutos? Remus no podía pensar en aquellos momentos en otra cosa que en ver lo que sufría Christine, en que iba a perderla, en que lo que de verdad deseaba de ella era compartir los momentos a solas en la sala de lectura de su casa, las dulces palabras al despertar cada día a su lado en la cama, las risas en la piscina o los momentos más tensos cuando comentaban la última travesura de Alan. Por un instante, se quedó prendido de ella, acosándola con la mirada y pudo ver con absoluta certeza el futuro que ella había reflejado en su mente. Se vio junto a Christine, con diez años más, tan unidos como siempre, vio a Alan sentado en el jardín, junto a una niña pequeña, narrándole historias de arcángeles; vio a su familia, a los cuatro, compartiendo unas vacaciones en Egipto, admirando las Pirámides y el arte de sus museos, mientras Alan fanfarroneaba delante de otra turista, sin prestar atención a las obras y la niña, esa niña que tenía el mismo cabello y los mimos ojos que Christine, pero que era su viva imagen en los demás rasgos; se aferraba a la mano de su madre, interesada por las historias de los Faraones. Pudo ver, en un solo segundo todo aquello, como si fuera real, como si fuera a poder vivirlo y se retiró hacia atrás, rompiendo el beso, incapaz de comprender lo sucedido. Hacía tanto calor...; pero ya no le afectaba del mismo modo.
-Gracias, tío James.- Alan le arrebató un vaso de Whisky de Fuego a James de las manos y bebió un largo trago. A su lado, habían aparecido Ízar, Harry y Matt, que un poco más azorado, se habían escondido a las espaldas de sus amigos, para que fueran ellos quienes recibieran el castigo.
-¿Qué hacéis aquí?- Lily puso los brazos en jarra, mirándolos uno a uno.
-Nos hemos enterado de la fiestecita...- contó Alan, que miraba a las examinadoras, haciendo sombra con una mano, como si estuviera evaluándolas. En un gesto parecido, aunque algo más disimulado, se encontraba Sirius.- Muy feo por vuestra parte no habernos invitado.
-Es una cena privada.- masculló Sirius, sopesando la posibilidad de que su ahijado pudiese quitarle conquistas. Miró de reojo a Patricia, que no se cortaba un pelo y evaluaba a los examinadores chico, algunos de los cuales también eran jóvenes.- Como Dumbledore os vea levantados...- pero el director bailaba con la profesora McGonagall, a una distancia considerable de las mesas.
-Lo tengo todo controlado. ¡Mirad chicos, ha quedado manduca!- Alan invitó con un gesto a sus amigos para que comieran canapés o patatas que se repartían por las mesas y ellos no se lo pensaron dos veces.- Por cierto, ¿y mis padres?- Sirius y James, que pensaban que Alan estaría encantado con la idea, sonrieron entre ellos, chocando las palmas.- Estoy notando unas vibraciones extrañas...creo que la niña está un poco inquieta.
-Será por el balanceo.- soltó Sirius.- Espero que Moony tenga cuidado y sea consciente de que no debe arrollar la barriga.- Alan, que había cogido un canapé de queso y se lo llevaba a la boca, interrogó a Lily y Patricia con la mirada.
-Tus tíos han pensado que sería buena idea encerrarlos en la Torre...solos.- contó Lily, que seguía enfadada.
-Y ahora deben estar pasando un buen rato.- río James, guiñándole un ojo a Sirius, que señalo el bolsillo de su túnica, en un gesto cómplice. Alan, desconcertado, dejó el canapé sobre la mesa, adornando su rostro con una expresión de seriedad, que preocupó un poco a los adultos.
-¿Los habéis encerrado solos? Y...¿no creéis que pasará nada, verdad?
-¿Te lo tengo que explicar, superboy?-
-¡Idiotas!- explotó Alan, enfurecido. James y Sirius, sorprendidos, intercambiaron miradas, por la reacción exagerada.
-¡Eh, eh, chaval, no te pases!- los defendió Patricia. Alan arremetió también contra ella.
-¡No puede ocurrir nada! Norma básica de arcángeles, sobradamente conocida.- explicó.- Hasta los más pequeños lo saben...nunca, nunca, nunca, una mujer de un estado avanzado de embarazo debe mantener relaciones sexuales...- Sirius, blanco como la pared, comenzó a rebuscar en el bolsillo de su túnica, donde momentos antes había señalado.- El acto sexual para arcángeles es más especial que para humanos corrientes...nosotros desgastamos energía porque las emociones son más intensas...sentimos más y mejor que el resto...
-¿Quieres decir...?- Sirius sacó un pequeño frasco de color blanco y lo depositó encima de la mesa. James lo miraba asustado.
-¡Que se quedará sin energía si se acuesta con mi padre! ¡Y eso podría matarla o adelantarle el parto o...! ¡Pero lo peor es que sufrirá un dolor incalculable!- Alan se interrumpió, al ver el frasco que Sirius había sacado.- ¿Que mierdas es eso?
-Joder, joder.- se lamentó Sirius.- Y digo yo...que si tu sabes eso...¿tu madre también, no? Vamos, que no es tonta.- Alan se colocó una mano en la frente. Las emociones que sentía provenir de Christine eran cada vez más intensas.
-En estos momentos no controla muy bien lo que siente. ¡Está embarazada, es una hormona con patas! Sirius...¡dime qué es eso!- Sirius tragó saliva y buscó la ayuda de Lily y Patricia, pero ninguna de las dos sabía nada de aquello.
-Escuchamos a Snape que se la enseñaba a Gala Badder...- empezó, titubeando.- ...y bueno, ya sabes, Snape no es malo en pociones...
-Que es de fiar en ese campo.- añadió James, asintiendo.- Y se la mangamos...para ponerla en las cervezas de mantequilla que sacamos para Remus- Alan, Lily y Patricia intercambiaron miradas. Detrás de ellos, Ízar, Matt y Harry estaban igual de asustados.
-¿Qué hace esa poción?
-Pues...digamos que intensifica un poco el tema sexual...- al ver la cara de Alan, se apresuró a negar con la cabeza.- no, no es un filtro de amor ni nada que se le parezca, no incita a hacer nada que la persona no quiera...únicamente es un estimulante adicional...
-Vamos que provoca más placer y más ganas.- Alan no esperó más. Se envolvió en una columna de luz y desapareció de allí.
-Esto no está bien...- murmuró Remus, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no volver a besarla. De pronto, su mente estaba más lúcida, aunque seguía con la misma sensación de fuego en el cuerpo y no podía obviar el vestido ajustado que llevaba su mujer. Christine había arrugado el rostro, en un gesto de dolor, causado por la falta de energía, desprendida de aquel beso.
-Lo necesito.- insistió. Remus negó con la cabeza, cerrando brevemente los ojos.- Necesito demostrarte que nada ha cambiado para mí, que lo que crees que ocurre con Rigel no es real, que...- levantó la cabeza.- ...Remus, no me importa el dolor, sólo quiero que veas lo mucho que te echo de menos y no encuentro otra forma de acercarme a ti.- él bajó la barbilla, bebiendo de aquellas palabras.
-No sé qué me ha ocurrido...me he dejado llevar por el momento, pero no puedo hacerte el amor y luego fingir que no ha pasado nada. No es eso lo que quiero.
-Quédate conmigo.- suplicó Christine, acercándose a él y colocándole las manos sobre el pecho.- Olvidemos todo lo que ha ocurrido...- Remus la observó, con los ojos mostrando destellos de perdón, pero él mismo no era capaz de asumir todo el daño que le había causado. No quería ser perdonado tan fácilmente y no quería ceder y perderla, verla morir. Se negaba en rotundo a no volver a verla y estaba a un paso de claudicar, de dejarse vencer.- Me haces mucha falta...
-Lo siento.- Remus la condujo hacia el sofá y la obligó a sentarse, colocándose a su lado.- Pero no es así como tiene que ser.- Christine, intentando serenarse y controlar las emociones, asintió. Era peligroso lo que estaba proponiendo, pero había sentido con tanta claridad el deseo de Remus, como si lo estuviese manifestando más que nunca y sus propios poderes la habían conducido. Era una locura, era consciente de ello, sin embargo, estar encerrados los había llevado a destacar con mayor intensidad lo mucho que se necesitaban, pero lo físico no le devolvería aquello que ella realmente deseaba de él.
-De acuerdo.- Remus se puso en pie y volvió a colocarse la túnica por encima, tendiéndole la mano.
-Vamos, subiré a acostarte.- Christine le cogió la mano y ambos subieron las escaleras. Remus la ayudó a desvestirse y colocarse un camisón para dormir. La arropó en la cama y le dio un beso en la frente.- Hablaremos más adelante...cuando ambos estemos más tranquilos...- ella asintió y vio como se alejaba hacia la salida.- Buenas noches...
-Remus...
-¿Si?
-Te quiero.- Remus asintió, con la garganta reseca y salió por la puerta, sin ser capaz de responder. Bajó a la sala común y cogió otra cerveza de mantequilla, bebiéndosela de un trago. Cada vez estaba más sulfurado. En ese momento, escuchó una aparición arcángel y Alan se materializó en medio de la sala.
-¿Qué haces aquí?- inquirió. Alan movió la cabeza de un lado a otro.
-¿Y mater?
-Acostada.- Alan asintió, suspirando de alivio. Vio la cerveza de mantequilla que su padre llevaba en la mano y se la arrebató, recogiendo también las que quedaban y lanzándolas a la basura.- ¿Qué estás haciendo?
-Están caducadas.- mintió Alan, secándose el sudor de la frente. Remus se restregó los ojos.
-Ya decía yo que me notaba un poco extraño.
N/A: Hola a todos! sentimos el retraso, ha sido una cuestión de despiste fundamentalmente, así que el siguiente no tardará mucho. Esperemos que os vaya gustando porque nosotras estamos muy emocionadas retomando la historia después de tanto tiempo. Un beso enorme para todos los que sigais ahí.
REVIEWS
Vindictia Black: Gracias. Besos!
Miley Vulturi: Lo mismo que en PF. Besos!
