Cayeron sobre él de improviso, haciéndole imposible otra cosa que no fuera tratar de tranquilizar el caballo, que se había encabritado y relinchaba asustado. No eran flechas, sino proyectiles: simples rocas de buen tamaño lanzadas desde todas direcciones. No montaba a Suleiman, así que ya podía despedirse de la ilusión de escapar. Una lanza aterrizó muy cerca de las patas delanteras de la montura y él pudo ver las tres listas que la decoraban, una amarilla y dos negras. La señal de advertencia típica de la tribu de Pietro.

La furia, de la que no había conseguido deshacerse a pesar de la enérgica y prolongada cabalgata, se hizo presente, emergiendo como un torrente; aunque, ésta vez, iba más dirigida contra sí mismo que contra el agresor.

─¡Maldita sea, Millie! ¡Basta! ─rugió, al tiempo que se inclinaba, intentando dirigir su caballo en un complicado movimiento─. ¡Deteneos! ─suplicó, a sabiendas de que su atacante difícilmente lo dejaría en paz. Mala suerte el haber partido tan intempestivamente del campamento, sin la armadura y sin Suleiman. Mala suerte también haber olvidado, maldito fuera el momento, que estaba en el lugar más peligroso del rumbo.

Muy, pero muy buena suerte que la amenaza fuesen sólo simples piedras y Miles Fitz Gerald en busca de diversión. Y el colmo de la buena fortuna que hubiera encontrado precisamente a quienes buscaba.

Decir que se encontraba inquieto habría sido mentir; lo que sí estaba era furioso: esa mañana, cuando todavía se encontraba en compañía de Candy, el primer rayo de sol se había abierto paso entre los árboles, golpeándolo con una especie de revelación; más una certeza que una corazonada. Y era gracias a eso, y al revelador cruce de palabras con su abuelo, que había dejado el campamento a toda prisa, sin escolta alguna. Sabía que para esos momentos Archibald estaría furioso y con razón, porque el Zurcidor se tomaba muy a pecho que saliera sin escolta; sin embargo, eso no era importante, especialmente cuando estaba muy cerca de confirmar sus sospechas.

Conforme la cabalgata apaciguaba su ánimo, los detalles de la aventura del día anterior tomaron forma en su mente, dejándole claro que había mucho más por averiguar y que debía asegurarse de corroborar la identidad de los agresores antes de decidir las acciones a emprender. West Pass no se encontraba en sus dominios; pero bien sabía que Huttington no se opondría a que le ayudara a limpiar un poco la zona. El duque de Wrexham tenía razón en algo: los nobles preferían permanecer en sus castillos engordando y que él hiciera el trabajo rudo.

Dios sabe que jamás le he pedido nada a cambio de haber empeñado mi alma en este reino...

Ser el León Escocés en ocasiones le resultaba una carga muy pesada; en especial porque la mayoría de las veces sus esfuerzos eran reducidos a nada y menospreciados en gran medida. Era verdad que el reino entero le respetaba; pero también era verdad que, día a día, sin exceptuar ninguno, tenía que partirse el alma por conservar ese respeto.

Dios sabe que no he obrado con malignidad en ningún momento...

Ser el León Escocés implicaba ocuparse en mantener la guardia alta cada momento del día y de la noche, dado que era un blanco demasiado atractivo para ser pasado por alto. Su blasón y su persona eran un trofeo digno de cobrar y eso lo sabía muy bien; tan bien como sabía que todos se creían capaces de vencerle.

Justo como ese joven escudero que se encontraba de licencia por unos días y que se atrevía a lanzarle un reto absurdo, sólo por ser quien era.

Sabía que se trataba de Miles y también sabía que se encontraría encaramado a unos cuantos pasos, sobre un árbol especialmente frondoso, de gruesos troncos ¡El muy idiota! Pensó, al tiempo que sonreía con un dejo de ironía. Parecía que ese aguerrido aprendiz de forajido todavía no aprendía a respetar a sus mayores. En otro momento le habría resultado divertido; pero el día de hoy no estaba de buen talante.

El día de hoy necesitaba respuestas, y las exigiría.

─¿Qué os ocurre, León Escocés? ─inquirió su atacante, en tono francamente burlón─. ¿Sois o no el guerrero extraordinario que todo el reino teme?

─¡Insolente! ─bramó William, con enfado no fingido. La pulla fue demasiado certera e hiriente para ignorarla. Justo lo que necesitaba, pensó, antes de desmontar a toda prisa y ahuyentar a Cansado con una fuerte palmada en el cuadril. Agachándose para esquivar un nuevo proyectil, corrió hacia el árbol más cercano, aprovechando para realizar un breve reconocimiento del lugar y los agresores ¡Ni hablar! ¡Tenía prisa y ese tonto no iba a dejarlo en paz!

Un pequeño tronco de grosor medio le golpeó la espinilla en ese momento y el dolor le hizo encogerse levemente. Conocía ese golpe también: John, el hermano pequeño de Miles solía lanzar con tremenda fuerza e inmejorable puntería.

Sir William comenzó a contar hasta cinco, intentando normalizar su respiración y preparándose para la defensa. Uno. Milles en el árbol hacia el frente. John refugiado en un escondite del suelo. Dos ¿Cuántos lanzando las rocas? Seguramente serían Robin y Arnold, tan torpes como siempre.

Tres... Cuatro... Cinco.

Sin dudarlo, echó a correr en dirección al escondite de John, alcanzándolo en un santiamén y lanzándose sobre él para impedirle huir, apenas un segundo antes de que el joven intentara emprender la carrera. Entre tanto, un par de proyectiles distractores le golpearon la espalda y el antebrazo. Nada por qué preocuparse; en especial porque para esos momentos ya tenía al chico firmemente sujeto junto a él, sirviéndole de escudo y salvaguarda. Ni Miles, ni ninguno de los demás, se atreverían a continuar con el ataque estando el jovencito de pormedio.

─¡Eah, Will! ¡Tranquilo! ─advirtió John, con una enorme sonrisa que indicaba que no se encontraba asustado por haber sido atrapado─. Ese golpe fue bueno ¿Verdad? ¡No puedes negar que mi puntería ha mejorado!

─¡Y mucho! Os felicito ─declaró William cuidando de que el muchacho no se escapase al tiempo que avanzaba en dirección a Miles. Sólo contaba con su espada y un cuchillo corto y obviamente no iba a utilizarlos en esa pelea, así que se despojó de ellos y utilizó una de las correas que sujetaban la espada para atar a John a la raíz expuesta de un árbol.

─¡Milord! ─protestó el muchacho, sabiendo que eso significaba que se perdería la mayor parte de la diversión; pero comprendió que sería inútil cuando su mirada encontró la del guerrero; la de él interrogante, la de William tan fría y desconcertante como nunca la conociera. La expresión del poderoso señor estaba lejos de ser todo lo alegre y risueña que recordaba de la última vez que se atrevieran a importunarlo.

─Paciencia, pequeño John ─pidió sir William, con voz jovial, sintiendo que algo de su enfado se esfumaba ante lo que se avecinaba─. No quiero que vuestro padre me envíe a las mazmorras porque os permití participar en esto. Vos sabéis que siempre me ha reprendido por no cuidaros lo suficiente.

─¡Bah! ─se quejó el joven, herido en su dignidad masculina─. ¡No soy un niño!

─¡Bajad de ahí, Millie! ─demandó sir William, con un grito que estremeció el bosque─. ¡No estoy de ánimo para juegos! ¡Si queréis pelea venid por ella, pedazo de torpe!

─¿Pensáis que soy idiota, milord? ─preguntó Miles desde arriba─ No os desquitaréis conmigo lo que os han hecho pasar los Caras Negras ¿Qué os pasa? ¿Es que habéis olvidado cómo trepar a un buen árbol? ¿O será que sois tan pesado que no conseguís despegaros del suelo? ─inquirió, de buen humor, provocando que William gruñera furioso en respuesta─ ¿Es eso, milord? ─continuó provocándolo, a sabiendas de que era peligroso incurrir en la furia de sir William, pero no resistiendo la diversión─. ¿Acaso la vida en la corte os ha hecho ganar grasa como a los cerdos?

─¡Bajad ahora mismo o subiré por vos, bellaco malcriado! ─rugió el león escocés, más exasperado que enfadado. En otro momento habría disfrutado sobremanera el escarceo, pero ahora, con todo lo vivido, la situación se le antojaba francamente desesperante. Lo último que deseaba era pasarse la mañana jugando con los dos bastardos de sir Gerald. Miles podía ser muy veloz cuando se lo proponía, especialmente arriba de esos condenados árboles, y darle alcance bien podría demorarle hasta el medio día.

─¡Quisiera veros! ─retó de nuevo el jovenzuelo, ascendiendo hacia otra rama. Al seguir la dirección de la gruesa cuerda que comunicaba un árbol con otro, William comprendió que no se encontraban lejos del campamento. La tribu de Pietro acampaba ahí por temporadas. El jefe se entendía a la perfección con el resto de ocupantes del bosque y generalmente no eran molestados. De súbito, la alusión del muchacho a los Caras Negras y lo ocurrido, le confirmó las sospechas que había comenzado a fraguar durante su desjuiciada cabalgata.

─¡Basta Miles! ─demandó, con el tono más autoritario que poseía─. Os prometo tomar vuestro desafío en otra ocasión y en mejor forma ─dijo, sabiendo lo que el joven deseaba en realidad─. Ahora deseo hablar con Pietro.

─¡Mentiroso! ─lo acusó el muchacho, no sin razón.

─¡Suficiente, Miló! ─se escuchó una voz, gruesa y estruendosa, procedente de otro árbol. Era una voz que sir William de Andrew conocía a la perfección; la misma que, diez años atrás le había pegado un susto de muerte durante su primer viaje a través del West Pass.

─¡Gracias a Dios! ─exclamó William con sentimiento. No podía negar lo mucho que le alegraba ver un rostro amigo después de la infernal experiencia que comenzara un par de jornadas atrás. El breve escarceo con Miles le había demostrado cuán agotado se encontraba debido al apresurado viaje. En cualquier otro momento no habría dudado en perseguir al muchacho de árbol en árbol; pero no ese día. En especial porque comenzaba a sentir una desmedida urgencia por alcanzar a los viajeros que, para esas horas, seguro ya estaban camino a Ashenbert ¡Maldición! ¿Dónde estaba su sangre fría cuando la necesitaba? ¡Parecía que su mundo se había vuelto al revés y ya no encontraba piso donde plantar los pies!

─¿Qué hay, vuestra Gracia? ─saludó el recién llegado, saltando del árbol y aterrizando frente a él para ejecutar una reverencia burlesca─. Es un honor teneros de visita por vuestro miserable hogar.

Sir William se mordió la lengua para evitar corregir al jefe como esa mañana lo había hecho con su abuelo, Miles y sus pullas olvidados en favor de asuntos cruciales. No tenía caso explicar a Pietro que aún no podía dirigirse a él de esa forma porque no era un duque. De cualquier manera, el hombre le llamaba "niño", pasando por "capitán", siguiendo con "escocés", hasta simplemente "Will", según estuviera de humor. El trato dispensado hacía unos momentos indicaba que se encontraba contento por alguna razón en particular y no precisamente por su presencia.

Y no sabía porqué, pero el motivo por el que Pietro estaba feliz, de pronto se le antojó muy preocupante.

─Pietro ─saludó a su vez, con una inclinación de cabeza y su expresión se tornó más seria que antes─. Veo que la vida no os ha sonreído. Pensé que para estas fechas estaríais de vuelta en terrenos de Westmore ¿Cómo es que os encuentro todavía en este lugar? ─la pregunta no era simple cortesía, y tampoco preocupación; sino una invitación a sincerarse. Consideraba a Pietro su amigo, pero él se había metido en líos días atrás y no había nada que pudiera hacer por él. Westmore era inmune a su influencia y Pietro había cometido un error grave al intentar timar al poderoso lord.

─¡Ah! ¡Veo que ya ha llegado a vuestros oídos el cacareo! ─adivinó Pietro, sin mostrarse en lo más mínimo avergonzado y comenzando a andar en dirección al campamento─. Os aseguro que nada de lo que habéis escuchado es verdad ─afirmó el hombre con soltura y gesticulando excesivamente, tal como era su costumbre; luego, al ver la expresión inmutable de William, agregó con intención─: Claro que, si alguien os ha dicho que soy inocente ¡No dudéis en creerle, milord!

Sir William de Andrew no hizo comentario alguno ante tan categórica afirmación y se limitó a observar al hombre por largo rato, con expresión pensativa y tan calculadora que, si cualquiera de sus hombres de confianza la hubiera visto, no habrían dudado en poner distancia de por medio... y santiguarse.

─No pongo en duda vuestra inocencia, Pietro ─dijo William sopesando cuidadosamente las palabras─; pero espero que comprendáis que tampoco es juicioso, para nadie que aprecie su buena ventura, intentar hacer quedar como tonto a un lord como Westmore. Bien haríais en permanecer aquí o olvidaros de viajar por un buen tiempo ─aconsejó, sin compasión─; porque os aseguro que no seréis bienvenido en ningún sitio a la redonda.

─¡Y que lo digáis, milord! ─exclamó Pietro en su habitual estilo dramático─. Ahora deberemos pasar el invierno aquí ¡Aquí! ¡Con lo peligroso que es este sitio! ¡Zulka me ha tirado de las barbas a diario desde que Westmore nos echó de sus tierras! Demostrad sabiduría y atended a mis palabras ¡Las esposas son el Diablo! Mejor ser esclavo de un tonel de vino que de una mujer ¡Os lo aseguro!

─Y hablando de mujeres... ─comenzó a decir William, pero fue cortado por una nueva retahíla de palabras de Pietro.

─¡Tened piedad, milord! ¡Zoka ya no se encuentra con nosotros! Esa ladronzuela se ha fugado hace varias lunas con un soldado ¡Que el Diablo se la lleve! Pero vos no debéis preocuparos, pues antes de que ella se marchara la he obligado a devolverme esa daga de vuestro hombre y os la entregaré tan pronto recuerde a dónde me la he dejado ─aseguró.

─No os déis prisa, Pietro ─declaró William con amargura─. Que bajo la tierra ninguno necesita de armas.

─¡Santa Maddonna! ─exclamó Pietro con sentimiento, al tiempo que se santiguaba. Después de observar su reacción sir William supo que la mencionada daga pronto volvería a sus manos: contrario a las costumbres rapaces de su gente, Pietro era demasiado supersticioso para apoderarse de las riquezas de los muertos.

─Decidme una cosa Pietro, y decidme la verdad ─pidió, con voz fría, volviendo al tema que lo había llevado hasta ahí─. ¿Cómo fue que se os ocurrió el disparate de hacer pasar a los vuestros por Caras Negras?

─¡Milord! ¿No pensaréis acaso que...? ─comenzó a replicar el hombre, visiblemente angustiado, pero fue firmemente interrumpido por el lord.

─Yo no pienso nada, os lo aseguro; pero ha sido la emboscada más torpe que jamás hayan lanzado los ladrones más temidos de West Pass. Perdieron cinco hombres y se fueron sin una sola moneda ─afirmó sir William categóricamente─. Lo cual me hace sospechar que no se trataba de la gente de Drake. Así que decidme, Pietro ¿Qué esperábais conseguir?

─No hemos sido nosotros, milord ─dijo entonces Miles, avanzando desde la espesura hacia donde los dos hombres se habían detenido para charlar─. Pietro os está diciendo la verdad ─aseguró con seriedad y William supo que tenía qué creerle, porque Miles nunca mentía─. No sabemos quienes fueron, porque no pudimos reconocer a ninguno ─informó─. El grupo cruzó por aquí hacia el anochecer, camino al sur. Nos quedó claro que conocen la zona, pero no se comportaban como Caras Negras, sino... ─el muchacho dudó y miró a Pietro, quien lo instó a proseguir el relato con un movimiento de cabeza afirmativo.

─Decidme, Miles ─le animó sir William, reprimiendo estoicamente la angustia que comenzaba a crecer en su interior conforme el silencio de Miles se prolongaba. El usualmente jovial rostro del chico mostraba ahora signos de alarma y confusión, un detalle por demás revelador, dado que pocas cosas tenían el poder de asustarlo.

─Parecían caballeros, milord ─dijo Miles en un susurro.