¡Hola a todos! Ya sé que esto para muchos será una sorpresa porque dije, en el grupo de facebook del fic "Por los que amamos Rojo & Negro", que publicaría el sábado. He querido anticiparme porque ya no creo que pueda seguir releyendo este capítulo y corrigiéndolo más veces de lo que ya lo he hecho. Sé que, seguro, tendrá varios errores que espero me perdonen, pero es que es el capítulo más largo que he escrito hasta ahora —¡y sí que he escrito capítulos muy largos!—. Este monstruoso capítulo tiene 156 páginas: sí, lo leyeron bien, 156. Sé que me he retrasado y que he tardado en subirlo algo más de dos meses, pero creo que con todo lo que tienen ahora para leer podrán suplir los días que los dejé esperando por más.

Este es mi regalo de navidad a todos: ¡FELIZ NAVIDAD! Muchas gracias por ser lectores fieles, por dejar reviews, en fin, por todo. Como regalo de navidad inverso les pido a todos los que lean este fic que, por favor, dejen un review cuando acaben de leer el capítulo. Para mí es algo muy importante y no pido que sea un review enorme ni mucho menos. Me conformo con cualquier cosa que decidan comentarme. Gracias, de verdad, por todo.

No sufran: el angst comienza y termina con este capítulo del fic.

Les recomiendo TOTALMENTE pasarse por el blog del fic ( rojoynegrofanfic . blogspot. com ) para que vean los videos que ha hecho Fabiana de este capítulo —claro, pásense por allí después de haber leído el capítulo, porque sino será mucho spoiler—. No sé ni cómo expresar lo increíbles que le quedaron. Hay un video en especial que está hecho directamente paso a paso de lo que pasa en este capítulo, es como un trailer con todo lo que pasa y está INCREÍBLE. No se lo pueden perder, de verdad. Cuando terminen de leer pásense a ver los videos, créanme, no se arrepentirán en lo absoluto.

Esto es todo: les deseo unas felices fiestas y, nuevamente, GRACIAS por leer y dejar reviews. Me cuesta mucho tiempo y esfuerzo escribir esta historia y para mí es muy importante esos breves minutos que pueda tormarles comentar los capítulos. Aprecio muchísimo que lo hagan. GRACIAS.

Love and rockets y ENJOY:

Capítulo XXXVII

Mi nombre es Rojo

"And the fever began to spread
From my heart down to my legs
But the room is so quiet, oh oh oh oh

And although I wasn't losing my mind
It was a chorus so sublime
But the room is so quiet, oh oh oh"

Breath of life, Florence and the machine.

1.-

Rose escuchó el disparo como el estruendo de una bomba estallando muy cerca de sus tímpanos. Después todo fue rápido y confuso: la sangre salpicándole encima, los ojos de su abuela cerrándose, su cuerpo cálido, ese que tantas veces había estrechado contra sus brazos, cayendo al suelo, inerte, como una flor seca, y un charco rojo extendiéndose hasta sus pies. No pudo moverse. No pudo ni siquiera respirar. Durante lo que le parecieron segundos congelados no sintió nada. Sus ojos azules se clavaron, sin embargo, en el cadáver de Jean Granger. Ni una sola idea, ni un solo pensamiento cruzó por su mente.

Su cuerpo entero empezó a temblar y, sin siquiera percatarse de ello, cayó de rodillas al suelo.

Scorpius tampoco podía moverse. Todos sus músculos se habían tensado y sus ojos grises estaban humedecidos, como si algo se hubiera roto dentro de él y no supiera muy bien de qué se trataba.

Era la primera vez que veía a alguien morir.

El rubio observó, incrédulo, el cadáver inerte de Jean Granger, esa señora amable y gentil que lo había recibido en su casa como si fuera un nieto más: ya nada en ella le remitía a la mujer que había conocido. Su piel había palidecido al instante: el agujero del disparo sobre su frente, sin embargo, no había deformado su rostro. Aún en esas circunstancias la señora Granger tenía el aspecto de alguien que dormía, y lo único que perturbaba esa impresión era la sangre que se esparcía por el suelo, una sangre espesa y de un rojo tan intenso como el cabello de Rose.

El corazón de Scorpius latió desbocado cuando, por fin, clavó sus ojos grises en la pelirroja. Todo, de repente, se había vuelto una escena en cámara lenta. Le costaba pensar, entender lo que acababa de ocurrir. Le parecía que aquello era una pesadilla de la que debía despertar.

Pero los segundos pasaban y Jean Granger seguía muerta y ellos seguían allí.

Un grito ahogado lo devolvió a la realidad: el señor Granger, con la boca abierta en una mueca de horror mientras y gruesas lágrimas corrían por sus mejillas, gemía de dolor en el suelo de la cocina.

El amor de toda su vida había muerto. Se lo habían arrebatado en sus narices.

Scorpius volvió a mirar a Rose: no se trataba de una pesadilla. La pelirroja permanecía arrodillada en el suelo, temblando, y su expresión era nula, como si aún no entendiera lo que estaba pasando. El slytherin, anticipando el dolor de la pelirroja, sintió cómo una lágrima humedecía su propio rostro. No sentía nada de parte de ella, pero lo sentiría: lo haría cuando Rose reaccionara y saliera de su estado de shock. La realidad la golpearía sin piedad y él no podría hacer nada para aliviarla. Él no podría acallar ese dolor.

Con rabia y desprecio desmedido clavó sus ojos grises en los dos hombres que sonreían satisfechos por su crimen. La frustración tomó posesión de cada centímetro de su cuerpo y, antes de que se diera cuenta de lo que hacía, avanzó con el puño levantado hacia el hombre de la pistola, el asesino de Jean Granger, pero éste fue mucho más rápido y apuntó su arma directo a la cabeza de Rose.

—Cuidado, muchacho.— le advirtió. —O será ella la próxima en mi lista.

Scorpius se congeló y, paralizado por el miedo, no se atrevió a dar un solo paso más. Rose parecía no darse cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor. Sus ojos azules seguían fijos en el cadáver de su abuela. Ni siquiera reparaba en el llanto descorazonador del señor Granger que ahora se arrastraba en el suelo en un intento vano por alcanzar la mano de su amada.

—En verdad odio a los ancianos.— dijo el hombre de la escopeta mientras caminaba hacia el señor Granger y le volvía a propinar una patada. Lo apuntó con su rifle. —Odiós. Saluda a la vieja de nuestra parte en el otro mundo.

—¡NO!— gritó Scorpius.

Un nuevo disparo hizo a Rose cerrar los ojos y caer sentada en el suelo, sosteniéndose la frente con una mano trémula mientras que sus ojos azules pasaron del cuerpo de su abuela al de su abuelo agonizante, con un disparo a quemarropa contra el pecho. La gryffindoriana, envuelta en espasmos nerviosos, gateó hasta el señor granger y, con el rostro nublado por el horror, todavía en shock, tocó con torpeza la herida de su abuelo, como si palpándola fuera la única manera de creer que todo aquello era cierto. Luego negó con la cabeza una, dos, tres veces. Sus labios temblaban aunque ni el más mínimo sonido emergía de su garganta. El señor Granger consiguió, aún escupiendo sangre, sonreírle con ternura.

—Rosie… — le dijo con la voz ya apagada. — Te amo, mi pequeña… Tu madre, Hugo y tú han sido lo mejor que Jean y yo hemos tenido en la vida… Lo mejor…

Rose soltó, por primera vez desde el primer disparo, un quejido desgarrador cuando el señor Granger suspiró, sus ojos se cerraron y su pecho se hundió para quedarse inmóvil, como un muñeco de trapo. Scorpius contuvo la respiración y se llevó una mano al pecho:

Rose empezaba a reaccionar.

La pelirroja, arrodillada junto al cuerpo de su abuelo, soltó pequeños gemidos de desconsuelo mientras que, como una niña perdida, palpaba el pecho de su abuelo con sus manos. Gruesas lágrimas habían empezado a inundar su rostro y, durante un par de segundos, Scorpius creyó que la pelirroja se desmayaría: el rostro de la gryffindoriana se había vuelto pálido, desolado, mientras que el dolor, igual que una ola, empezaba a hundirla en la desesperación. Scorpius se sostuvo el pecho con fuerza mientras veía, con profunda compasión, cómo el estado catatónico de Rose se hacía trizas para obligarla a enfrentar la realidad.

El dolor de Rose, igual que miles de estalactitas clavándosele por todo el cuerpo, entró en él y Scorpius lo recibió como si quisiera, con ello, aliviarle la carga, aunque sabía que eso era imposible. Se forzó a sí mismo a pensar: tenía que sacar a Rose de esa situación.

"Protégela", fueron las últimas palabras de Jean Granger.

Su respiración era agitada, pero trató de regularla. Tenía que alejar a Rose de aquellos asesinos. No podía permitir que le pusieran un dedo encima.

La sola posibilidad que uno de esos hombres podría dispararle a la pelirroja igual que a los Granger le hizo sentirse devastado, destruido hasta lo más hondo.

Si algo le ocurría a Rose él no podría soportarlo.

El hombre de la pistola rió con soltura.

—Oye, bruja, deja ya de llorar. Estaban muy viejos. Iban a morir de cualquier forma.— le dijo.

Rose no lo escuchó. Todo lo que oía era un pitido agudo que no sabía de dónde provenía. Sentía un dolor intenso, obnubilante, en el centro de su pecho: un dolor que no la dejaba respirar. No había notado, hasta ese momento, que sus manos estaban manchadas de sangre. Cerró los ojos con fuerza. Estaba ahogándose.

—¡Oh, mírala!— soltó el hombre de la pistola en tono burlón. —¡La bruja tiene el corazón roto! ¡Cuánta ternura! ¿Quién diría que estos engendros tienen sentimientos?

—Bastardos.— dijo Scorpius, temblando de ira. —No son más que basura.

Rose, ajena a lo que ocurría a su alrededor, podía escuchar los latidos acelerados de su propio corazón. Se sentió mareada y experimentó repentinas arcadas, aunque fue incapaz de vomitar. Tenía un grito atravesado en la garganta y la respiración se le hacía cada vez más difícil de controlar.

"Están muertos", pensó por primera vez desde hacía ya varios minutos, "Muertos".

Creyó estar a punto de perder el conocimiento, pero sólo se tambaleó ligeramente, apoyando ambas manos contra el suelo.

—¿Qué dijiste, engendro?— le dijo el hombre de la pistola a Scorpius mientras caminaba hacia él con el arma en la mano. —Vamos, repítelo.

Scorpius lo miró con verdadero odio.

—Dije que son basura.— le dijo mirándolo a los ojos. —Son unos cobardes sociópatas que se divierten matando a inocentes.

El hombre de la pistola estalló en carcajadas.

—¿Inocentes?— soltó el hombre. —Yo aquí sólo veo ratas y, ¿adivina qué?, nuestro deber es exterminar roedores.

El hombre golpeó a Scorpius en la cabeza con la pistola y, cuando el slytherin cayó en el suelo, aprovechó para patearlo varias veces. El rubio no se atrevió a defenderse: temía que si lo hacía alguno de los dos atacantes podría decidir lastimar a Rose, y eso era algo a lo que no podía arriesgarse.

—¿Ves? ¿Ahora entiendes quién es la basura aquí?— le dijo el hombre de la pistola riéndose y mirando a Scorpius adolorido en el suelo de la cocina. Luego se volteó a mirar a Rose. —Y tú, preciosa, voy a volver a darte una oportunidad: convénceme de que no le vuele los sesos a tu amigo igual que hice con tus asquerosos abuelos.

Scorpius, de repente, clavó sus ojos grises en Rose con desconcierto. Algo extraño había ocurrido, algo que no podía explicar porque no era tangible ni visible, era algo que había percibido en su interior, una sensación intensa e inabordable, pero también una fuerza indescriptible, un huracán que lo hizo estremecerse y que, por unos instantes, le heló la sangre.

Y todo eso venía de Rose.

La pelirroja, aún temblando, levantó lentamente la cabeza y clavó sus ojos oscurecidos, llenos de lágrimas y de intenso dolor, en el hombre de la pistola.

Y fue entonces cuando ocurrió.

Scorpius vio, con estupor, cómo el hombre soltaba el arma y empezaba a gritar mientras se llevaba ambas manos a la cabeza. Simultáneamente, brasas de fuego corrieron por los muros hacia el techo, convirtiendo toda la cocina en un infierno. El hombre del rifle apuntó a Rose, confundido, pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella se vio forzado a soltar su arma y a gritar junto a su compañero, sosteniéndose la cabeza, aullando de dolor mientras que Rose los miraba ambos, los asesinos de sus abuelos, y sus ojos eran llamas amarillas que ardían incandescentes.

—¡Rose!— gritó Scorpius, pero ella no lo escuchaba.

La pelirroja se puso de pie sin quitarles la mirada de encima a los hombres que ahora se revolcaban en el suelo. Scorpius los observó convulsionar: hilos de sangre brotaban de sus ojos, de sus fosas nasales, de sus oídos y su piel se tostaba como si se estuvieran quemando por dentro. El fuego que cubría las paredes y el techo era tan intenso que empezaba a ahogarse por el humo.

—¡Rose, detente!— gritó Scorpius intentando llegar a ella.

Los vidrios de las ventanas estallaron. La pelirroja sollozaba sin retirar sus ojos incendiarios de los hombres que se desangraban en el suelo. No tenía idea de lo que estaba haciendo. Su cabeza era un papel en blanco consumiéndose por las llamas. Todo lo que sentía era ira y rabia y dolor como una marea que brotaba de cada uno de sus poros. Sentía un calor que la derretía por dentro, igual que un volcán. Su cuerpo se había tensado y perdido su movilidad. Podía ver, aunque no sabía cómo, los cerebros de los asesinos de sus abuelos quemándose dentro de sus cabezas, y mientras más insistía en mirarlos, más intenso era el fuego invisible que los consumía en el interior de sus cráneos.

Pocos segundos después los asesinos de los señores Granger dejaron de moverse y Scorpius miró, con espanto, cómo un humo negro manaba de sus bocas abiertas y carbonizadas.

Rose cayó al suelo, entre desfallecida y consciente, pero las llamas siguieron expandiéndose con furiosa intensidad. Scorpius no quiso perder más tiempo y corrió hacia ella para cargarla sobre su hombro.

Tenía que sacarla de allí. Aunque lo que había ocurrido fuera demasiado, aunque no entendiera nada de lo que estaba pasando, todo ese fuego, la muerte de los Granger y de esos hombres, aunque todo fuera puro humo y confusión y no pudiera creer que fuera cierto, no había tiempo para otra cosa que no fuera sacar a Rose de ese infierno.

—Abuelos…— la escuchó murmurar, debilitada, fuera de sí, mientras él buscaba infructuosamente una salida. Los muros, el techo, todo estaba invadido por brasas ardientes de tamaño descomunal.

Scorpius nunca había visto un fuego tan intenso.

—Rose, tienes que detener el fuego.— le dijo Scorpius cuando vio que la puerta de la cocina estaba completamente tragada por las llamas. —¿Me escuchas? ¡Tienes que hacerlo!

Rose sollozó.

—No puedo… No puedo…— le dijo cerrando los ojos con fuerza. —No puedo controlarlo… No puedo respirar… No puedo…Abuelos… ¡Abuelos!

Scorpius supo en ese mismo instante que estaba solo. Rose no estaba en condiciones ni físicas ni psicológicas para reaccionar o pensar de forma coherente. Si no la sacaba de allí los dos morirían.

El rubio clavó sus ojos grises, desesperado, en la ventana cuyo cristal había estallado. Era la única salida posible.

El slytherin corrió con Rose hacia la ventana y, con ella aún sollozando, la bajó de su hombro y le sostuvo el rostro con ambas manos, forzándola a mirarlo.

—Rose, voy a lanzarte por la ventana.— le dijo con resolución. —¿Lo entiendes? Quizás haya vidrios del otro lado, quizás te lastimes, pero es la única manera.

La pelirroja no pudo responderle porque otra vez perdió el conocimiento durante breves segundos. Scorpius la cargó y la empujó por la ventana hacia fuera. Rose recobró la conciencia al caer sobre el césped y ni siquiera sintió dolor cuando varios trozos de cristal le cortaron una mejilla y las palmas de las manos. Lo único que podía escuchar eran los latidos de su corazón: fuertes, como un tambor de guerra.

Volvió a experimentar arcadas, pero no vomitó. Cuando abrió los ojos todo fue borroso y caótico. Escuchó el grito de Scorpius y lo vio caer a su lado sobre trozos de vidrio que también lo lastimaron. El rubio se puso rápidamente de pie y la volvió a cargar sobre su hombro.

—¡Mis abuelos…! ¡Scorpius…el fuego… mis abuelos!— gritó Rose, sollozando, de forma incoherente.

—¡No podemos volver por ellos, Rose, es demasiado tarde!— le respondió él mientras avanzaba con ella por el jardín y se dirigía a la salida que daba a la calle.

—¡Mis abuelos! ¡No! ¡No, por favor!

La noche oscura era iluminada únicamente por el fuego que consumía la casa de los Granger. Sólo cuando estuvieron en la calle el slytherin se permitió caer al suelo con Rose. Notó que la cabeza le sangraba por el golpe que el hombre de la pistola le había dado. Se miró las manos: le temblaban espasmódicamente. Frente a él la casa ardía como una enorme bola de fuego.

Y entonces miró a Rose.

La pelirroja se había puesto de pie, en medio de la calle, y con completa desolación miraba la casa de su infancia, la casa de sus amados abuelos, destruyéndose, convirtiéndose en cenizas. Rose lloraba como Scorpius no la había visto llorar jamás. Sus labios temblaban, sus mejillas estaban completamente sonrojadas, sus ojos azules reflejaban una tristeza y un dolor tan grande que le era imposible de describir. Una vez más Scorpius sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas: podía sentirla, podía sentir lo mucho que ella estaba sufriendo, y ese dolor se anclaba en él como si fuera suyo.

Con debilidad e incredulidad se puso de pie. Las ideas acudían a su mente como trenes dispuestos a colisionar. La adrenalina aún lo mantenía agitado y, de cierta forma, perturbado. Rose no estaba en condiciones de pensar, por eso él tenía que hacerlo: debía ser fuerte y hacerlo. ¿Cómo era posible que todo aquello hubiera ocurrido? ¿Quiénes habían llamado a esos hombres? ¿Quiénes habían denunciado a la familia Granger como una familia de magos? Los hombres habían dicho que los vecinos lo habían hecho. Scorpius miró a su alrededor: las casas del barrio tenían las luces apagadas. Vio cómo una señora que espiaba sigilosamente por una ventana corrió la cortina, ocultándose. ¿Cómo podía estar una casa incendiándose y que nadie en el vecindario hiciera nada? ¿A este punto estaba llegando el odio de los muggles por los magos y brujas? Algo extraño estaba pasando allí, algo que despedía un olor a podrido y que Scorpius no podía identificar.

Lo único que sabía era que no se sentía seguro allí, en ese barrio, en medio de la calle.

Tenía que llevarse a Rose de vuelta al mundo mágico. Y debía hacerlo cuanto antes.

Fue justo en ese momento cuando un grito espantoso y agudo forzó a Rose y a Scorpius a cubrirse los oídos con las manos. El ruido era chirriante y doloroso para los tímpanos. Su fuerza era tal que el rubio sintió cómo la visión se le nublaba y empezaba a marearse. Apenas tuvo tiempo de averiguar la procedencia de aquel grito sobrenatural porque sintió cómo algo lo empujaba y lo hacía caer contra el asfalto. Luego vio a Rose ser rasguñada por lo que parecía un espectro que voló rápidamente lejos de ellos, pero que en el cielo oscuro dio la vuelta y emprendió un descenso rabioso.

—¿Una banshee?— soltó Scorpius, impactado al reconocer a la criatura.

Inmediatamente se vio obligado a callarse: miró a Rose, quien confundida se acariciaba el brazo herido, y tras sus espaldas divisó a por lo menos una docena de banshees dirigirse directamente hacia ellos.

¿Qué demonios estaba pasando?

—¡Rose!— gritó Scorpius.

La pelirroja pareció no escucharlo. Sus ojos azules, inconsolables, volvieron a la casa en llamas que se destruía lentamente frente a ellos.

Tenía que sacarla de allí. Tenía que ponerla a salvo.

El slytherin se puso de pie y tomó a Rose por la muñeca con brusquedad. Rápidamente emprendió una carrera por la calle desierta con la pelirroja a cuestas mientras que los gritos agudos y furiosos de las banshees los siguieron con la intención de alcanzarlos. Scorpius corría con todas sus fuerzas y obligaba a Rose a acelerar. ¿Cómo era que criaturas mágicas de ese tipo estaban en el mundo muggle? ¿Por qué justo en la calle de los Granger? ¿Habían venido a atacarlos? ¿Qué era lo que estaba ocurriendo?

Scorpius, casi sin aliento, entró con Rose a un túnel peatonal con farolas de luces interminentes. Pegó a Rose contra el muro, a la sombra, y tomó su rostro inundado por las lágrimas entre sus manos mientras clavaba sus ojos grises en los de ella.

—Rose, sé que es difícil.— le dijo. —Sé que es el peor momento de tu vida, sé que sufres y que no estás en condiciones de pensar o de decir nada…Lo sé, pero necesito que reacciones. Necesito que me ayudes a sacarte de aquí.— Scorpius soltó un gruñido de frustración. —No entiendo lo que está pasando, estoy tan confundido como tú lo estás, pero si no reaccionas yo…— los ojos de Rose no lo miraban, estaban fijos en su mirada gris, pero era como si no pudieran ver nada. Rose no parecía escucharlo en lo absoluto y sólo se limitaba a temblar y a llorar. —Maldita sea, Rose… —Scorpius sintió cómo sus ojos se humedecían nuevamente. —Perdóname…— le soltó con la voz quebrada. —Perdóname por no haber podido salvar a tus abuelos…No pude hacerlo. No pude ahorrarte este dolor.

Rose continuó ajena a todo y Scorpius dejó que las lágrimas volvieran a humedecer su rostro. No recordaba la última vez que había llorado así. Quizás cuando se enteró de que su padre había presenciado la tortura a Hermione Granger, pero incluso ese sentimiento no podía compararse con lo que sentía en ese momento. Hubiera dado todo por poder quitarle ese pesar de encima a Rose. La impotencia lo paralizaba. No había forma de revertir lo que había sucedido.

Rose había visto cómo sus abuelos eran asesinados y no había nada ni nadie que pudiera cambiar esa situación.

Scorpius golpeó el muro con el puño cerrado. No tenían sus varitas y estaban muy lejos de algún punto que conectara el mundo muggle con el mágico. Estaban absolutamente indefensos y desprotegidos.

Tras unas rejas del túnel pudo ver cómo unos hombres con capas plateadas volaban montados en threstrals y su cuerpo se tensó. ¿Pertenecían esos a la misma organización que había atacado a Rose en Hogsmeade y matado a Eros? No tenía tiempo para averiguarlo. Si descubrían que estaban allí escondidos estarían perdidos.

Con verdadero pavor escuchó el grito de una banshee haciendo eco dentro del túnel. Las criaturas habían entrado, o al menos una de ellas. Scorpius tomó a Rose y la envolvió en sus brazos. ¿Qué era lo que debían hacer ahora? ¿Salir y ser capturados por los hombres en los threstrals o quedarse allí y ser atacados por las banshees?

—No voy a permitir que te latimen.— murmuró el rubio casi para sí mismo, pues sabía que ella no lo escuchaba. —Se lo prometí a tu abuela y pienso cumplir con mi palabra.

Scorpius se escondió con Rose en un recoveco oscuro y aguardó. Los gritos de la banshee se volvían cada vez más intensos. Su corazón latía con fuerza anticipando el ataque que recibirían. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para proteger a Rose.

Incluso a dar su vida por ella.

Scorpius contuvo la respiración. Darse cuenta de que morir era una posibilidad menos dolorosa que la de perderla lo hizo sobrecogerse. ¿Era de esa manera como su padre, Draco Malfoy, amaba a su madre, Astoria Greengrass? ¿Era así como se sentía estar profunda y absolutamente enamorado de alguien?

Entonces supo, como en una especie de revelación, que estaba temblando de miedo de la cabeza a los pies, pero no por él ni lo que pudiera pasarle, sino por ella: tenía terror de no poder hacer nada para salvar a Rose, de no poder impedir que la lastimaran. Ese miedo hacía sentir el corazón en la garganta y la adrenalina a flor de piel. Nunca antes en toda su vida había experimentado el miedo que en ese instante lo corroía.

De solo pensar que podría ver, tal y como lo hizo con los Granger, el asesinato de Rose…

Presenciar la muerte de la pelirroja y no poder hacer nada al respecto…

Scorpius se sintió horrorizado ante la posibilidad de que algo así ocurriera. Apretó a Rose con más fuerza contra sí.

Jamás lo permitiría.

De repente, los gritos de la banshee desaparecieron. Scorpius tragó saliva y lo único que pudo escuchar fueron los sollozos de Rose y su propio corazón latiéndole salvajemente dentro del pecho. Notó que estaba sudando y que su respiración estaba más agitada que nunca.

¿Se habría ido?

El slytherin asomó ligeramente la cabeza y vio el túnel completamente despejado.

Y entonces el grito de la banshee sonó contra su oído.

Scorpius no tuvo tiempo de reaccionar: una fuerza descomunal lo separó de Rose y lo lanzó contra el muro opuesto. Rose, aterrada, se cubrió la boca con ambas manos mientras veía a la banshee abrir su boca en dirección hacia ella para mostrar cientos de dientes afilados y amarillentos.

—¡No!— gritó Scorpius. —¡Rose!

Lo que ocurrió después fue en un abrir y cerrar de ojos: el slytherin vio, atónito, cómo Aarón caía con todo su peso sobre la banshee y le clavaba en el pecho un puñal con el que la abrió en dos. La banshee, viva aún, continuó gritando intensamente. Aarón la tomó por el cuello y, con asombrosa fuerza y habilidad, se lo quebró.

La banshee se convirtió en un cúmulo de humo blanco que se esparció por el aire.

—¿Están bien?— preguntó Aarón, mirando a Rose y a Scorpius. —La casa de los Granger…

—Están muertos.— dijo Scorpius. —No hay tiempo para explicar. Estamos rodeados.

Aarón miró a Rose con preocupación. La pelirroja se había dejado caer al suelo, sentada, y había cerrado los ojos.

—Lo sé.— dijo el castaño, finalmente, volviendo a mirar a Scorpius. —Hay tres hombres de capas plateadas volando sobre threstrals afuera del túnel, una docena de banshees intentando entrar y, además, creo que vi dementores a dos manzanas de aquí.

Scorpius miró a Aarón con detenimiento. Vestía con la misma ropa que con la que se lo habían llevado prisionero a la casa de Rizieri. Su camisa blanca estaba algo abierta y su pantalón negro manchado. Usaba un cinto en donde parecía tener cuchillos de distintos tipos, una espada, discos de acero con púas, cadenas y un búmeran afilado que parecía ser capaz de cortar cientos de cabezas.

—¿Quién eres?— le preguntó el rubio, desconcertado.

Aarón miró ambos lados del túnel.

—Es una larga historia.— le dijo. —Fui cazador de monstruos mágicos antes de ser miembro de seguridad de la Orden. ¿Tienen sus varitas?

Scorpius negó con la cabeza.

—No. Y Rose no está en condiciones de usarla aunque la tuviera.— le dijo el rubio.

Aarón maldijo por lo bajo.

—Yo tampoco tengo la mía. Esto es todo lo que alcancé a tomar.— se sacó la espada del cinto y se la lanzó a Scorpius, quien la agarró con torpeza. —Escucha, debemos…

Un sonido espeluznante, parecido a un suspiro, los obligó a mirar hacia la boca izquierda del túnel. Scorpius palideció. Cinco dementores avanzaron hacia ellos con sus manos largas y negras extendidas.

—No hay forma de que nos los saquemos encima sin un patronus.— dijo Aarón. —Tenemos que salir de aquí ahora mismo.

—¿Por qué están estas criaturas aquí?— preguntó Scorpius mientras tomaba a Rose y la levantana del suelo.

Aarón, sin quitarles los ojos de encima a los dementores que se acercaban peligrosamente, le respondió:

—Alguien debió correr la voz de que la sangre de fuego se encontraba aquí.— dijo el castaño. —Hay muchas especies mágicas que no quieren a la heredera de los poderes de Morgana le Fay en el poder.

Los dementores aceleraron su velocidad y Rose gritó desesperadamente. Scorpius lo sintió también: la proximidad de los dementores empezaba a afectarlos.

—Corre, ¡ahora!— gritó el castaño.

Scorpius, Rose y Aarón corrieron velozmente hacia la salida del túnel y, cuando salieron, un grupo de banshees se lanzó sobre ellos. Aarón lanzó su búmeran de cuchillas y tres banshees perdieron la cabeza al instante convirtiéndose en humo. Scorpius, sin dejar de correr, vio cómo el castaño recuperaba su arma sin dificultad alguna.

—Adelántate, yo las distraeré.— le dijo Aarón mientras se sumergía en una lucha cuerpo a cuerpo contra un número considerable de banshees que gritaban de forma ensordecedora, venciendo a cada una de ellas con movimientos limpios y certeros.

Scorpius haló a Rose con más fuerza y aceleró. En otras circunstancias se habría quedado para ayudar a Aarón y jamás lo habría dejado solo, pero su prioridad, que era la misma del castaño, era poner a la pelirroja en un lugar seguro. Aquella era la primera vez que él y Aarón trabajaban juntos y cooperaban por un mismo fin. También era la primera vez, desde que lo conocía, que se alegraba de tenerlo cerca.

Scorpius tomó un callejón oscuro con el fin de ser menos visible y siguió corriendo con la pelirroja a cuestas. Una vez que emergieron en la calle paralela —una avenida de luz tenue que permanecía completamente desolada— avanzaron a gran velocidad hasta que, de repente, un grupo de diez dementores los interceptó. El slytherin intentó tomar el camino opuesto, escapar de aquellas criaturas, pero los dementores formaron un círculo alrededor de ellos, acorralándolos. Rose no tardó en caer al suelo, llevarse las manos a la cabeza, llorar y gritar. La cercanía de aquellas criaturas la afectaba rápidamente y sin tregua alguna.

Los dementores fueron cerrando el círculo alrededor de ellos.

Scorpius se sintió debilitado y mareado por los malos recuerdos y sensaciones negativas, flashes de la muerte de los Granger acurdieron a él, también flashes de cuando era niño y abrió por primera vez un libro de historia mágica que lo informó de los mortífagos, Voldemort, la guerra, y entendió el papel de su familia en ésta. Se llevó ambas manos a la cabeza, pero se sostuvo de pie, negándose a sí mismo la posibilidad de ceder: no podía abandonar a Rose. Tenía que sacar fuerzas de donde fuera, pero no podía dejarla.

Un dementor se posó sobre la gryffindoriana, quien gritaba en el suelo, atormentada por los malos recuerdos, y comenzó a succionar directamente de ella todos los buenos momentos de su vida, atormentándola, amenazando con darle el beso mortal.

Scorpius cayó de rodillas y apoyó sus manos sobre el asfalto. Un dementor se colocó sobre él y empezó a succionar todas sus fuerzas.

Tenía que resistir, tenía que luchar.

Si no lo hacía Rose…

Scorpius gritó con fuerza y sintió todo su cuerpo temblar. Con algo de sorpresa sintió cómo sus manos se adherían al asfalto y un choque de electricidad lo obligó a cerrar los ojos.

Todo su cuerpo se tensó y su corazón comenzó a latir como una locomotora.

Un nuevo grito emergió de sus labios cuando un extraño calor envolvió sus huesos y, cuando abrió los ojos, notó que sus antebrazos se habían oscurecido con marcas de raíces negras que se pintaban en sus venas. Las líneas subían por sus antebrazos y trepaban hasta sus hombros, generándole un dolor inaudito. Intentó despegar sus manos de la tierra, pero le fue imposible. No entendía qué era lo que estaba pasando.

Entonces, después de varios segundos de forcejear, sus manos se separaron del asfalto y él pudo ponerse de pie, impulsado por una fuerza cuya procedencia desconocía.

Sus manos, temblorosas, despedían una luz azul que poco a poco iba creciendo. El rubio no pudo mirar directo a la luz por mucho tiempo: era intensa y lo cegaba. Alejó sus manos extendiéndolas hacia ambos lados de su cuerpo y los dementores salieron expulsados cuando el brillo fue tan intenso como un relámpago.

Rose, caída en el suelo y casi inconsciente, dejó de gritar y se colocó en posición fetal.

La luz de las manos de Scorpius desapareció bruscamente, tal y como apareció, y el rubio cayó sentado junto a la pelirroja, quien sollozaba en silencio, trémula y pálida por el horror.

Él, aún temblando, vio con alivio que los dementores se habían ido para no volver. Su corazón aún latía desbocado. La adrenalina lo consumía: ¿qué diablos estaba pasando? Aquello tenía que ser una pesadilla. No podía ser cierto.

El sonido del batido de unas alas un par de metros sobre su cabeza lo hizo regresar a la realidad.

—No…— murmuró cuando vio a un threstral descender y a uno de los magos de capa plateada empuñando una varita.

El hombre lo apuntó y pareció murmurar algo, pero antes de que el hechizo emergiera de la punta de su varita, el búmeran de Aarón le golpeó la muñeca y se vio forzado a ascender nuevamente en el aire, herido.

Scorpius vio al castaño recoger su arma en el aire a varios metros de distancia.

—¡Corre!— le gritó el castaño mientras enfrentaba a dos magos montados en threstrals que habían aparecido en el aire.

El rubio se puso bruscamente de pie y levantó a Rose, forzándola a correr a su lado nuevamente.

Ni bien cruzaron la esquina cuando una banshee los separó con su grito. En un abrir y cerrar de ojos dos banshees más aparecieron y tomaron a Scorpius por los brazos, gritándole directamente en los oídos, rasguñándolo, hiriéndolo tanto como podían.

Rose, por su parte, había sido atrapada por otra banshee que la tomaba por el cuello mientras le aullaba ensordecedoramente muy cerca del rostro. La pelirroja tenía los ojos fuertemente cerrados y luchaba con ambas manos para soltarse de su agresora, pero apenas conseguía moverse.

—¡Rose!— gritó Scorpius, frustrado, golpeando como podía a las banshees que se le abalanzaban encima como una manada de hienas salvajes.

Las luces de una camioneta espantaron a la criatura que asfixiaba a Rose y la hizo volar lejos. Scorpius aprovechó el momento de excesiva luminosidad para golpear y pasear a las criaturas que lo sostenían. Agotado y herido se dirigió hacia Rose, quien permanecía de pie, cubriéndose el rostro con ambas manos en medio de la calle.

El slytherin aceleró el ritmo de su andar cuando vio que de la camioneta se bajaba un hombre vestido de negro, calvo, con un arma parecida a las que maneajaban los hombres que mataron a los Granger.

Durante un breve segundo los ojos grises del rubio se chocaron con los oscuros y siniestros del muggle.

Luego ambos apresuraron el paso hacia Rose.

Cuando la pelirroja se descubrió el rostro y dejó caer sus brazos a ambos lados de su cuerpo sintió, inmediatamente, cómo dos manos la sujetaban de extremo a extremo. No podía hablar, no podía ver nada con claridad. Lo único que logró identificar fue a Scorpius, halándola hacia él, y luego a un hombre que jamás había visto antes, pálido y lúgubre, que la halaba en sentido contrario.

—¿Scorpius?— preguntó Rose, casi en un susurro, como si sólo entonces empezara a emerger de su profundo estado de shock.

El slytherin sujetaba la muñeca de la pelirroja con fuerza impidiendo que el hombre se la llevara. No iba a dejarla ir. ¿Quién era ese sujeto? ¿De dónde había salido?

Entonces, con verdadero pánico, Scorpius sintió el peso de las banshees colgándose de su espalda y agrediéndolo. Sin quererlo su mano fue deslizándose, apartándose de la de Rose, y aunque puso todo de sí le fue imposible igualar la fuerza de las banshees que lo halaban hacia ellas, obstinadas.

—¡Rose!— gritó Scorpius, desesperado. —¡No te sueltes!

—¡No puedo! ¡Scorpius!— gritó ella.

Y sus manos se separaron.

El slytherin cayó sobre el asfalto, atacado por tres banshees, y vio, impotente, cómo el muggle arrastraba a Rose consigo, la metía en la camioneta y partía a toda velocidad sin dajar rastro alguno de su presencia.

—¡Rose! ¡No!— gritó Scorpius mientras intentaba inútilmente de deshacerse de las banshees.

Un rayo de luz espantó a las criaturas que lo atacaban y el slytherin, con el corazón en la garganta, volteó para ver a Earlena con su varita elevada en el aire. Detrás de ella aparecieron Rizieri, Ásban y una tropa de lo que parecían ser magos y brujas de la Orden.

—Rápido, Rizieri, tenemos que alcanzar ese vehículo.— dijo Earlena montándose en su escoba.

Rizieri la imitó y juntos salieron como dos bólidos tras la camioneta que se había llevado a Rose. Scorpius intentó levantarse del suelo, pero todo le daba vueltas. Dos gotas de sangre corrieron por su frente y cayeron al suelo. ¿Qué tan herido estaba? Sí, ahora lo recordaba: lo habían golpeado con un arma en la cabeza.

Ásban corrió hacia él. Su capa azul era pulcra y de un material que se confundía con la noche. El mago se inclinó hacia él y lo miró con genuina preocupación.

—Scorpius, háblame.— le exigió.

El rubio no vio más que siluetas y nubes borrosas.

—Rose…— fue todo lo que pudo murmurar.

Y luego todo se apagó.

2.-

Albus entró al gran comedor y sonrió cuando vio a Megara sentada en la mesa semivacía de Gryffindor. La mañana era agradable y el día parecía prometer serlo también. El moreno caminó hacia su novia, depositó un tierno beso en la frente de la slytheriana, y se sentó a su lado.

—Creo que lo que más me gusta es empezar el día así, mirándote.— le dijo Albus mientras deslizaba sus ojos verdes por los labios de la morena y se mordía el labio inferior. —Aunque se me ocurren otras maneras en las que el día puede mejorar…

Megara se echó hacia atrás, instintivamente, cuando vio que el gryffindoriano se aproximaba para besarla y lo miró con severidad. Albus frunció levemente el ceño.

—¿Pasa algo?— le preguntó, preocupado.

Megara le dedicó una mirada indescifrable.

—¿Quién es Danielle?

Albus guardó silencio. La morena notó por su expresión que estaba sorprendido, pero además, dolido, como si ella, con tan solo haber mencionado ese nombre, hubiera tocado una herida aún abierta. Y eso no hizo más que enfadarla.

—¿Quién te habló de ella?— preguntó Albus en un tono distante y extrañamente frío.

Megara levantó una ceja.

—¿Importa eso realmente?— le preguntó. —¿Por qué jamás me has hablado de ella?

Albus miró a Megara con repentina dureza.

—Dime quién te habló de Danielle.— le exigió clavando sus ojos verdes en ella. —Ahora.

Megara soltó una risa de incredulidad.

—Tu hermana, ¿quién más?— le soltó. —No puedo creer que me exijas cosas después de que te he hecho una pregunta y tú…

—¿Te he preguntado yo con quiénes has estado antes de mí?— le preguntó el moreno y ella recibió eso como una bofetada. Albus le parecía un extraño. Había bastado mencionar el nombre de aquella chica para que él cambiara completamente su actitud hacia ella. —Creo que no tengo por qué darte explicaciones de lo que ocurrió con mi vida en el pasado.

Megara frunció el ceño, confundida. No podía creer lo que escuchaba, mucho menos podría creer que fuera Albus, su Albus, el que le estuviera hablando de ese modo tan impersonal y distante. Una vez más se interponía entre los dos una barrera infranqueable que ella no conseguía dilucidar. Desde el principio había sido así: Megara siempre había sentido que en ciertos aspectos Albus le era inasible. Creyó, tontamente, que se trataba de su madurez y de su carácter sobrio, tan distinto a la impulsividad y a la pasión que la caracterizaban a ella, pero ahora entendía que no se trataba de eso: lo que los separaba eran los secretos, todo lo que no conocía de Albus y que él no parecía dispuesto a compartir. Sin quererlo sintió una tristeza inconmensurable.

Y eso la hizo enfadarse aún más.

—¿Quieres que te cuente quiénes son todos los chicos con los que me he acostado antes de ti? ¿Quieres que te haga la lista y te diga de quiénes me he enamorado y de quiénes no?— le dijo ella. —Lo haré, si eso es lo que te haría responder a mi pregunta: ¿quién es Danielle?

Albus la miró de una forma que la hizo estremecerse.

—Detente, Megara.— le dijo. —No quieres conocer esa parte de mi vida.

Megara lo miró con rencor.

—Me dijiste que sólo salías con chicas por las que sentías algo, así que asumo que Danielle fue alguien importante. No, espera, me corrijo a mí misma: es alguien importante.— dijo la morena. —Por algo todavía te escribes cartas con ella, ¿no?

Albus miró a la slytheriana con enfado contenido.

—¿Fue Scorpius el primero con el que te acostaste o fue Nott?— le soltó con una acidez inaudita.

Megara descargó ua bofetada sobre la mejilla izquierda de Albus haciéndolo voltear hacia un lado. Las pocas personas que andaban por el comedor los miraron con sorpresa y desconcierto.

La slytheriana se puso de pie bruscamente.

—Me acosté con los dos.— le dijo ella con toda la intención de herirlo. —Ya sabes: me encantan los tríos. Es más, ¿por qué no invitamos a Danielle a la torre de astronomía? Es obvio que ya está metida en nuestra relación. Hagamos que la situación sea oficial.

Y con esto Megara caminó lejos de la mesa de Gryffindor y se dirigió a la suya. Alexander y Lucy, quienes acababan de entrar y no se habían percatado de nada, se sentaron también en la mesa de slytherin, juntos.

Albus, notablemente disgustado consigo mismo por haber llevado la discusión a terrenos pantanosos, clavó su mirada en la mesa y se abstrajo de todo durante un par de segundos hasta que Lily llegó y se sentó frente a él.

—¿Qué hace Lucy en la mesa de slytherin?— preguntó la pelirroja. —Nott debería ahorrarle el dolor de compartir mesa con gente tan desagradable y venir a la nuestra o ir a la de Hufflepuff.

Albus miró a su hermana mientras ella se servía unas cuantas frutas.

—¿Por qué le hablaste de Danielle a Megara?— le preguntó el moreno en un tono claramente molesto.

Lily se encogió de hombros sin darle demasiada importancia al asunto.

—No sabía que ella no lo sabía. — le dijo la pelirroja. —La mencioné sin saber que no le habías hablado de ella. ¿Cómo iba yo a saberlo?

Albus dejó caer la servilleta sobre la mesa y se puso de pie.

—Gracias, Lily.— le dijo, enfadado. —Gracias por arruinarme el día.

Lily vio, estupefacta, cómo su hermano salía del gran comedor dando grandes zancadas. Albus no solía molestarse a menudo, por eso le resultó tan chocante verlo abandonar la mesa de esa manera. La pelirroja miró hacia la mesa de slytherin y vio que Megara desayunaba en silencio al lado de Alexander y de Lucy. ¿Habrían peleado?

Lily esbozó una ligera sonrisa y siguió con su desayuno. No podía evitar sentirse algo contenta de que su hermano y Megara Zabini hubieran discutido, después de todo, no soportaba en lo absoluto a la slytheriana. Sin embargo, su sonrisa desapareció al pensar en Albus. El moreno no parecía sentirse nada bien y eso, por el contrario, la amargaba profundamente. Su hermano era, para ella, lo más importante en el mundo. Adoraba a Albus y lo consideraba, junto a su padre, como el modelo de hombre perfecto. Aunque nunca se lo dijera lo admiraba y prefería cortarse una mano antes de hacerlo infeliz.

¿Sería Megara Zabini su felicidad?

—Me da miedo cuando andas pensativa.— le dijo Hugo mientras se sentaba a su lado. Louis y Fred también se sentaron en la mesa y comenzaron a llenar su plato inmediatamente. —Es como si planearas la muerte de alguien. Mi muerte, por ejemplo.

Lily entornó los ojos.

—Debería planear tu muerte un día de estos, pero me da pereza hacerlo.— dijo la pelirroja mientras se llevaba a la boca una uva.

Dominique y Roxanne se sentaron con ellos en la mesa de Gryffindor. La rubia aplaudió mientras miraba las frutas que tenía para escoger.

—¿Por qué siempre su mesa tiene más frutas que la de Ravenclaw?— preguntó Roxanne algo indignada.

—Eso es porque somos mejores.— dijo Fred mientras le guiñaba un ojo a su hermana.

—¿Y en qué mundo eres mejor que yo, Freddie?— preguntó Roxanne, sonriéndole. —Quizás en uno paralelo en el que puedes hacer tus tareas sin pedirme ayuda.

Louis soltó una carcajada.

—¡Te ganó!— le soltó a Fred.

—¿Y Albus?— preguntó Hugo.

—¿Y Lucy?— preguntó Roxanne.

Dominique, con la boca llena, saltó sobre su asiento y apuntó a la mesa de slytherin con su dedo índice.

—Lucy se equivocó de mesa.— soltó la rubia mientras agitaba su mano en el aire llamando la atención de la pelinaranja. —¡Lucy, te equivocaste de…!

Roxanne le tapó la boca a su prima y la hizo sentarse nuevamente.

—Dom, Lucy no se equivocó, está con su novio, ¿recuerdas? Alexander Nott.— le dijo la morena.

Dominique se llevó la mano a la frente.

—Por Merlín, lo había olvidado.— dijo, y luego sonrió. —¡Eso significa que no acabé con su relación!— se volvió a poner de pie y agitó la mano en el aire otra vez, llamando la atención de Lucy y de Alexander. —¡Los quiero, sigan juntos para siempre!

Hugo frunció el ceño y miró a Dominique con reproche mientras la rubia se volvía a sentar.

—¿Por qué querrías que siguieran juntos para siempre?— le preguntó. —¿Es que acaso quieres a Alexander Nott en la familia? Ni siquiera lo conoces.

Dominique se encogió de hombros.

—A mí me parece muy guapo y muy inteligente.— dijo la rubia. —Además, Lucy lo quiere. Todo lo que sea importante para un miembro de esta familia lo es también para mí.

Hugo suspiró y entornó los ojos.

—Eres adorablemente insoportable.

Lily miró a Hugo y asintió.

—¿Sí o no?— dijo la pelirroja. — Es realmente difícil odiarla y amarla a la vez.

Dominique sonrió ampliamente.

—Solo ámenme y ya.

Roxanne suspiró mientras veía a Alexander y a Lucy charlar animadamente mientras desayunaban. El slytherin untó la nariz de la hufflepuff con mermelada y los dos rieron. Muchas chicas miraron, celosas, cómo el castaño besaba la punta de la nariz de Lucy con la excusa de limpiarle la mermelada. La pelinaranja se sonrojó intensamente.

—Se ven muy bien juntos. Y tengo que admitir que Nott no me cae nada mal.— dijo Roxanne. —Las veces que ha comido en nuestra mesa ha sido realmente gentil.

—Eso es porque está fingiendo.— dijo Hugo. —Seamos honestos: Nott es el mejor amigo de Malfoy y Malfoy es una lacra que rompió el corazón de mi hermana, por lo tanto, Nott cae en el mismo saco.

—¿Y Megara?— preguntó Fred. —Ella también es amiga de Malfoy y creí que había empezado a caerte bien.

Lily le propinó un golpe en la cabeza a Hugo.

—¿Te cae bien el soldadito ese?— le preguntó. —¿Me estás traicionando?

Hugo se aclaró la garganta y luego miró a Fred con rencor.

—Gracias, Fred. Ahora, por tu culpa, Lily planeará mi muerte.

—Y triunfaré en ello.— dijo la pelirroja.

Hugo volteó y vio cómo Alexander y Lucy se miraban afectuosamente mientras bebían sus respectivos zumos.

—Creo que quiero vomitar.— dijo el castaño, y luego miró a Roxanne y a Dominique. —Les prohibo salir con slytherins, ¿entendido?

La mulata se cruzó de brazos y levantó una ceja.

—¿Y por qué no se lo prohibes también a Lily?— le preguntó.

Hugo esbozó una media sonrisa.

—¿Bromeas?— le soltó. —Lily es la única de la familia por la que pondría las manos en el fuego de que jamás caería en los brazos de un slytherin.

Lily sonrió.

—Eso es porque tengo buen gusto.— dijo mientras bebía un poco de leche.

En ese momento Lorcan entró al gran comedor y la pelirroja no pudo evitar atragantarse un poco con lo que había bebido. Hugo le dio dos ligeras palmadas en la espalda.

—¿Estás bien?— le preguntó.

Lily asintió y guardó silencio. Lorcan avanzó hacia la mesa de slytherin y se sentó junto a Megara. El rubio llevaba, como siempre, su corbata floja y parte de su camisa fuera del pantalón. "¿Es que acaso no puede usar el uniforme como es debido?", pensó Lily y bufó.

—Me pregunto si Lorcan ya habrá vuelto con Libby Dworkin.— dijo el pelirrojo.

Lily soltó una risa corta.

—Lo dudo.— dijo la gryffindoriana. —Scamander es un tonto, pero no tanto como para continuar una relación con una chica como esa.

—Curioso.— dijo Louis. —Porque ahora mismo los dos están hablando.

Lily se volteó y vio, con sorpresa y algo de irritación, cómo Libby se sentaba junto a Lorcan y los dos charlaban muy cerca el uno del otro. Abruptamente volvió a su desayuno y bebió de su vaso, molesta y sin saber exactamente por qué.

—¿Por qué Rose no ha vuelto todavía?— preguntó Hugo mientras se servía una tostada. —La prueba ya terminó. No entiendo por qué no ha regresado al colegio.

—Sí, es extraño.— dijo Lily.

—Tal vez Rose y Malfoy se reconciliaron y huyeron juntos.— dijo Dominique sonriendo y uniendo ambas manos en el aire con ilusión.

Hugo escupió un pedazo de tostada en su plato y tosió profusamente. Esta vez fue Lily quien le dio palmadas en la espalda.

—¡¿Estás loca, Dominique?!— soltó Hugo, enfadado. Luego miró a Louis. —¿Qué diablos le ocurre a tu hermana? ¿Por qué no es como la gente normal?

—No lo sé. Nació así.— respondió el rubio.

Dominique pestañeó un par de veces seguidas y borró la sonrisa de su rostro.

—Era una broma, nada más.— dijo en un tono bajo. —No es como si me gustaran las huidas románticas ni nada por el estilo. No me gustan. Odio el romance y odio las huidas, por lo tanto, las dos cosas juntas me horrorizan.— mintió.

Roxanne le sonrió a la rubia con ternura.

—Dom, ¿quieres escaparte algún día con alguien?

Los ojos de la rubia brillaron.

—Sería como en las películas muggles.— dijo Dominique, sonriendo. —Pero como van las cosas en mi vida probablemente con el único ser vivo con el que huya será con Rompope.

—¿Tu lechuza?— preguntó la mulata, riendo.

—No te burles de mi soledad.— le dijo ella frunciendo el ceño.

Louis meneó la cabeza.

—Y es ella la que está en Ravenclaw.

—¡Por Merlín!— soltó Dominique mirando a la entrada del gran comedor. —¿Es ese Lysander?

Todos voltearon para ver, sorprendidos y anonadados, cómo Lysander Scamander entraba al gran comedor completamente desnudo salvo por unos calzoncillos que decían "Soy un zopenco".

Roxanne rió con soltura y tuvo que llevarse una mano a la boca para contenerse.

—¿Qué clase de apuesta perdió Lysander?— preguntó Louis.

Lorcan, desde la mesa de slytherin, vio, incrédulo, cómo su hermano caminaba ante las miradas y risas de todo el comedor hacia la mesa de Ravenclaw y se sentaba a desayunar.

—Pobre Lys.— comentó Dominique. —Ahora todas esas chicas que andan atrás de él lo estarán aún más después de ver semejante cuerpo pasean…¡Auch!

Dominique se acarició las costillas luego de que Roxanne le hubiera propinado un golpe con el codo.

Mientras todos comentaban lo sucedido, la mulata se giró para ver a Lysander, sonrojado e incómodo, empezar a desayunar en la mesa de Ravenclaw. Durante unos segundos sus miradas se encontraron: la de ella, burlona, la de él, desafiante. Lysander parecía decirle con la mirada que estaba dispuesto a llegar al final de la lista. Roxanne, por el contrario, disfrutaba de la situación.

Ceylan Doorfles, jefa de la casa de Ravenclaw, caminó hacia Lysander y se detuvo justo frente a él.

—Señor Scamander, ¿qué cree que hace?— le preguntó.

Lysander entornó los ojos.

—Cumplo un castigo.— le respondió desviando la mirada hacia Roxanne.

Ceylan Doorfles asintió.

—Muy bien.— dijo la profesora. —En ese caso permitiré que la humillación continúe.

Mientras la profesora se daba la vuelta el profesor Malone, quien también había decidido acercarse, la detuvo agarrándola por el brazo.

—Ceylan, no puedes permitir que un alumno de tu casa desayune desnudo en el gran comedor.— le dijo él, regañándola.

Ceylan pestañeó un par de veces seguidas.

—¿Por qué no? Es divertido.— le dijo la profesora. —Este colegio me aburre constantemente, ¿por qué no permitir que haya algo de entretenimiento gratuito?

Hugo, quien desde la mesa de Gryffindor había escuchado la conversación entre los profesores, bufó.

—Doorfles está muy loca.— dijo.

Y todos continuaron desayunando en silencio.

3.-

Scorpius abrió los ojos y se impulsó hacia arriba sentándose sobre la camilla, temblando como si hubiese recibido una descarga eléctrica. El sol penetraba tenuemente por los cristales de unos ventanales largos y rectangulares. Todavía recordaba a las banshees, los dementores, los hombres en los threstrals y a Rose…

¿En dónde estaba Rose?

El rubio miró a su alrededor con desesperación: estaba en un habitáculo blanco poblado de camillas vacías con sábanas celestes. Un olor a pociones y a ungüentos le llenó los pulmones, mareándolo. Se sostuvo la cabeza con dolor. Pudo sentir la textura de un ventaje en su cabeza. Sí, ahora lo recordaba: había sido golpeado con un arma muggle.

Los abuelos Granger habían muerto.

Un muggle se había llevado a Rose y él no había podido hacer nada para impedirlo.

Scorpius soltó un gruñido de angustia y frustración. Se sacó violentamente la sábana de encima y notó que vestía un pantalón y una camisa blanca que no eran suyas. ¿En dónde diablos estaba?

Tenía que encontrar a Rose.

Se puso de pie pero ni bien tocó el suelo sus piernas tambalearon y tuvo que apoyarse en la camilla. El mundo entero le daba vueltas.

Toda esa angustia que lo carcomía por dentro, todo eso que lo ahogaba, ¿eran sus propios sentimientos o los de Rose? ¿Qué tan lejos estaban el uno del otro? ¿La estaba sintiendo o se trataba únicamente de sus sensaciones individuales?

Scorpius sintió el calor de una mano agarrándolo por el brazo y ayudándolo a sentarse nuevamente en la camilla.

—No te esfuerces.— le dijo una voz conocida. —Tu cabeza sanará, pero necesitas descansar para que la poción actúe y la herida cicatrice.

Scorpius levantó la mirada y vio a Aarón frente a él. El castaño tenía el cabello desordenado y su ropa estaba rasgada. El sol pegaba contra sus facciones haciendo que su piel pareciera aún más blanca, a pesar del ligero bronceado de su tonalidad. Estaba claro para Scorpius que él había permanecido inconsciente toda la noche y que, mientras tanto, Aarón no había siquiera tenido tiempo para cambiarse.

—Rose..— fue todo lo que Scorpius pudo pronunciar. Notó que su voz era rasposa y que le dolía la garganta. Aarón le acercó un vaso con agua y se lo ofreció.

—No hables.— le dijo el castaño. —Sólo tienes que escucharme. Te lo contaré todo. No va a gustarte.

Scorpius dejó el vaso de agua a un lado y miró con expectación y algo de temor a Aarón. Tenía sed, pero satisfacer sus necesidades era lo que menos le importaba en esos momentos. Podía ver a través del castaño: tenía una apariencia de preocupación extrema. Jamás lo había visto tan perturbado, ni siquiera cuando Ásban lo descubrió delante de Rose. Estaba claro que fuera lo que fuera a decirle no podía ser nada bueno.

Scorpius sintió cómo el miedo comenzaba a doblegarlo. Tenía pánico de lo que Aarón podía llegar a decirle.

El castaño clavó sus ojos oscuros en los grises del rubio.

—Earlena y Rizieri pudieron seguir el rastro de la camioneta en la que iba Rose. — le dijo él. Su voz era grave y taciturna. —Encontraron la camioneta casi a las afueras de Londres, pero sin Rose. Por lo pronto no sabemos en dónde está ni quiénes la tienen. No sabemos nada.

Scorpius guardó silencio. Sus manos se apretaron en dos puños cerrados contra la camilla.

—Estamos en el edificio de la Orden.— le dijo Aarón. —Hemos pasado toda la noche organizando equipos de búsqueda con los mejores rastreadores, tanto nuestros como del Ministerio de Magia.— hizo una pausa mientras se pasaba una mano por el rostro. —Hermione Granger, Ron Weasley y los demás del Escuadrón Azul están ahora mismo con Ásban, Rizieri y Earlena.— Aarón miró hacia la ventana en silencio. —Para ellos es muy duro. Debes poder imaginarlo. Aún así, quieren escuchar todo lo que pasó de tu boca.— volvió a mirar a Scorpius a los ojos. —Eres el único que estuvo allí desde el principio.

Scorpius clavó sus ojos grises, humedecidos, en el castaño. Aarón continuó:

—Me gustaría poder decirte qué fue lo que pasó la noche de ayer.— le dijo con una sinceridad de la que el slytherin no lo había creído capaz. —Pero todo lo que tengo son sospechas. Y eso no es suficiente. —Aarón sacó de su bolsillo el anillo de Rose. Scorpius lo miró brillar cuando los rayos del sol pegaron sobre él. El castaño se lo ofreció con la mano extendida. —Es lo único que sobrevivió al incendio.

Scorpius lo tomó y lo apretó entre sus manos. Su propio anillo debía estar entre sus ropas.

Como si Aarón hubiera sido capaz de leer sus pensamientos, le dijo:

—Tu ropa fue lavada y las cosas que guardabas en ella están en un lugar seguro.— Aarón le mostró las zapatillas que descansaban al pie de la camilla. —Vamos. Los padres de Rose te están esperando.

Scorpius no se movió de su lugar.

—No.— dijo en un tono más agresivo del que realmente pretendía.

Aarón lo miró a los ojos.

—Esto es duro para todos.— le dijo el castaño. —Yo también estoy preocupado por Rose. Yo también quiero que regrese sana y salva.— detuvo su discurso y cerró los ojos. Scorpius notó la aflicción de Aarón rompiendo, quizás por primera vez, la capa de serenidad e indiferencia que lo caracterizaba. Pocos segundos después el castaño retomó el control de sí y abrió los ojos. —Son sus padres. Y los señores Granger están muertos. Eres el único que estuvo allí, a parte de Rose. Hermione Granger necesita explicaciones. Necesita hablarte. Y tú no puedes negárselo. No tienes idea de cómo está.

Scorpius continuó mirándolo a los ojos.

—No lo entiendes.— le dijo el rubio en un tono apagado y confuso. —No es que no quiera hablar con ellos. Es sólo que no sé cómo hablar de lo que pasó. No sé cómo hacerlo.

Aarón suspiró y se pasó la mano por el cabello castaño, echándolo hacia atrás.

—Tengo que ser sincero contigo.— le dijo. —Es probable que no sean sólo los padres de Rose los que quieran hablarte. Lo más probable es que seas sometido a varios interrogatorios por parte de los miembros de la Orden. Necesitan saberlo todo para llegar al fondo de esto.

Los ojos de Scorpius se oscurecieron.

—No tengo tiempo para responder preguntas.— dijo el rubio. —Debería estar ahí afuera buscándola. Soy el único que tiene la capacidad de hacerlo, lo sabes. Los anillos han creado una conexión entre nosotros. Puedo sentirla y mi cuerpo sabe cuando está lejos. Ahora mismo apenas puedo sentirla. Sé con sólo estar sentado en esta camilla que está muy lejos de aquí.

Aarón guardó silencio durante un par de segundos.

—Sabes muy bien que nadie va a permitir que salgas de aquí a buscarla.— le dijo el castaño. —Nadie.

Scorpius se tensó y esta vez pudo levantarse de la camilla sin dificultad alguna.

—Eso es porque no saben que estamos conectados.— le dijo el rubio. —Si lo supieran dejarían que…

—¿Que te arriesgaras?— le preguntó el castaño. —¿En verdad crees que van a permitir que el único candidato que queda de la competencia se ponga en peligro?— Aarón lo miró con dureza. —Deliras. No tienes idea de quienes son Earlena y Rizieri, mucho menos Ásban. Los dos primeros son magos responsables que ponen a la Orden por encima de todo. Harán lo posible para encontrar a Rose, pero para ellos nunca será más importante que el futuro de la Orden. En cuanto a Ásban, prefiero abstenerme de comentarios.

—Creí que Rose te importaba.— dijo el rubio, fuera de sí. —Pero ya veo que no. ¿Qué haces aquí, diciéndome todo esto, cuando ella está quién sabe dónde, sufriendo?

Aarón caminó hacia él y se detuvo sólo a unos centímetros de distancia. Sus ojos brillaban por la ira contenida.

—¿Crees que no estoy asfixiándome por dentro? ¿Crees que no pienso a cada segundo en su rostro, en cómo estará, en si podré volver a verla? Malfoy, no eres el único que la quiere. No eres el único que moriría por tenerla de vuelta.

Scorpius y Aarón se sostuvieron la mirada durante varios segundos, en silencio, y sus ojos funcionaron como un espejo: los dos, mirando al otro, vieron reflejada su propia angustia.

—Te recuerdo que escapé de la casa de Rizieri y que estoy de baja en mis labores para la Orden.— dijo el castaño. —No puedo dar un solo paso sin que me lo permitan. Si intento huir, me encontrarán. Y eso sólo demorará la búsqueda de Rose. Soy más inteligente que impulsivo. Deberías intentar serlo tú también.

Scorpius cerró los ojos con fuerza. Su cabeza aún le dolía, pero no era eso lo que le afectaba. En sus tímpanos todavía sonaban los disparos y los gritos de Rose. Todavía podía ver la sangre, el fuego, las criaturas mágicas atacándolos. Era como si todo continuara ocurriendo en su cabeza y no hubiera nada que pudiera hacer para detenerlo.

Aarón caminó hacia la puerta y la abrió ligeramente para comprobar que no había nadie en el pasillo. Una vez que lo hizo volvió a cerrarla.

—Antes de que te lleve con ellos necesito que me cuentes todo lo que ocurrió.— dijo el castaño. —Estuve en los restos de la casa de los Granger. Tenemos que crear una coartada para el incendio.

Scorpius abrió los ojos y miró a Aarón con confusión.

—¿Qué?— fue lo único que pudo soltar.

La mirada de Aarón se ensombreció.

—El incendio… ¿Lo hizo Rose, no es así?— le dijo. Su voz se volvió grave, como de quien intenta hablar de un secreto —Nadie lo puede saber.

Scorpius negó con la cabeza.

—¿Quieres que mienta? ¿Por qué?— preguntó el rubio. —Si es por lo de Ásban, otra vez, no quiero que me metas en tu…

—Sólo hazlo.— le dijo Aarón levantando la voz. —Si quieres a Rose, si de verdad te importa, mentirás. Lo harás por ella.

—¿Por ella? ¿De qué diablos estás…?

—¿Es que no lo entiendes?— soltó Aarón, frustrado. —Hasta ahora Rose no ha mostrado la verdadera capacidad de sus poderes y sin embargo ya ha sido atacada más veces de las que podemos contar. ¿Qué crees que ocurrirá si sale a la luz que una chica de 17 años pudo incendiar una casa entera sólo con su mente? ¿Tienes idea de lo que pasará si lo dices? ¿Cómo vas a explicar la muerte de los dos muggles que asesinaron a los Granger y que encontramos casi carbonizados?

Scorpius guardó silencio. La imagen de Rose mirando a los muggles y haciéndoles algo que él fue incapaz de entender, algo que ocurría en el interior de esos hombres, algo que los mató en cuestión de segundos, volvió a su cabeza como un relámpago. Aarón tenía razón, ¿cómo explicaría algo así sin poner a Rose en evidencia? Lo que había ocurrido era prácticamente indescriptible. Rose había perdido el control y era probable que ni ella misma supiera bien lo que hacía en esos momentos. Él mismo había despertado un poder con los dementores que era incapaz de explicar ni de repetir.

Aarón bufó.

—Sé que no crees en mí y que no compartes mis dudas sobre Ásban, pero quiero que sepas qué es lo que creo que pasará si dices la verdad: Ásban lo sabrá y, si Rose sigue viva, él se encargará de encontrarla antes que cualquiera de nosotros y de aplastarla como una cucaracha.

Scorpius clavó sus ojos grises en Aarón. El castaño se equivocaba en parte: era cierto que no compartía sus dudas sobre Ásban, pero no era cierto, ya no, que no creyera en el castaño. Aarón había aparecido cuando nadie más apareció: había luchado contra las banshees, les había limpiado el camino para que huyeran, había arriesgado su vida no sólo por Rose, sino por él también. Lo había hecho sin que nadie se lo ordenara y había sido valiente hasta el final. Scorpius volvió a apretar las manos formando dos puños cerrados. Si Rose no estaba ahora con ellos era únicamente por su culpa: era él quien no la había protegido. Aarón había confiado en que Scorpius podría ponerla a salvo y le había limpiado el camino para que huyera con ella, y él no consiguió hacerlo.

Le costaba admitir que sin Aarón, ni Rose ni él estarían vivos.

Porque Rose, en donde sea que estuviera, estaba viva: podía sentirla, no con fuerza, pero lo suficiente como para saber que aún respiraba y que todavía podía ser hallada.

Unos pasos aproximándose hicieron que Scorpius y Aarón voltearan hacia la puerta.

Earlena entró.

—Es urgente que vengas con nosotros, Scorpius.— dijo la bruja. Su semblante era verdaderamente catastrófico. —Esto no puede dilatarse más.

Aarón le dedicó una última mirada al rubio y salió de la enfermería. El rubio se colocó las zapatillas y sintió su corazón latir a mil dentro de su pecho.

¿Qué se suponía que debería decirles a los padres de Rose?

¿Cuándo acabaría aquella pesadilla?

Cuando salió de la enfermería acompañado por Earlena caminó por un largo pasillo. En cada esquina había guardias de seguridad, hombres y mujeres que corrían de un lado a otro con papeles en sus manos, el caos parecía reinar hasta que atravesaron un muro y llegaron a un pasillo zigzagueante que estaba totalmente desolado. Avanzaron en silencio hasta una puerta plateada.

Antes de abrirla, Earlena se detuvo.

—Si te sientes mal en algún momento, quiero que me lo informes de inmediato.— le dijo la bruja. —Tu herida aún no ha cicatrizado.

Scorpius, quien sólo podía sentir todo su cuerpo encogerse por los nervios, asintió y respiró hondo. Tenía que ser inteligente y no impulsivo. Aarón tenía razón. Si quería recuperar a Rose tendría que armar un plan para salir de allí sin que nadie se lo impidiera, pero para eso era mejor no levantar sospechas. Debía controlarse y mantenerse sereno.

Pero, por sobre todas las cosas, debía poder enfrentar a los padres de Rose y contarles lo que tenían derecho a saber.

La puerta se abrió y él tragó saliva.

Earlena entró primero y luego le dio paso a Scorpius. El slytherin vio a Hermione Granger y Ron Weasley sentados en una mesa larga, juntos. El pelirrojo tomaba las manos de su esposa, quien lloraba desconsoladamente. Scorpius notó que el mismo Ron Weasley parecía poner todo de su parte para no llorar. Quizás estaba siendo fuerte para su esposa, no podía saberlo. A los lados estaba Harry Potter, Ginny Weasley y Luna Lovegood, todos pálidos, todos con las miradas humedecidas y enrojecidas. Rizieri y Ásban permanecían de pie junto a la mesa, en silencio y Aarón se apoyaba en una esquina oscura.

Cuando Earlena cerró la puerta detrás de Scorpius, el rubio vio, con verdadero estupor, a su padre, Draco Malfoy, en la esquina opuesta de la habitación. Los ojos grises de Draco se iluminaron al ver a su hijo. Bruscamente caminó hacia Scorpius y lo abrazó con fuerza, apretándolo contra él.

—Por Merlín… Estás bien.— suspiró Draco, aliviado, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas.

Scorpius fue incapaz de decir nada. Ver a su padre era lo único bueno que le había ocurrido desde la noche pasada, pero se sentía demasiado afectado por toda la situación como para alegrarse de ello. Todo lo que sentía era una piedra rugosa y áspera alojada en el centro de su garganta. ¿Cómo podría hablar en esas condiciones?

Earlena apoyó su mano en el hombro de Draco mientras que él se separaba de su hijo.

—Por favor.— dijo la bruja, y Draco entendió.

Scorpius vio a su padre hacerse a un lado sin quitarle los ojos de encima.

—Estoy aquí, Scorpius.— le dijo Draco como tranquilizándolo y mostrándole todo su apoyo.

El rubio cortó el contacto visual con su progenitor y miró hacia delante.

Hermione Granger, Ron Weasley, Harry Potter, Ginny Weasley y Luna Lovegood lo miraban con expectación. Era la primera vez que se enfrentaba a los héroes de guerra, aquellos de quienes se había dicho tanto en Hogwarts y fuera de Hogwarts. Sin embargo, ahora, tal y como los veía, no parecían más que una familia herida, rota, inconsolable. Y sintió, otra vez, sus ojos humedeciéndose sin que pudiera controlarlo. Quería decirles tantas cosas: quería que supieran que lo sentía, que sentía no haber podido proteger a Rose, que él la amaba como jamás había amado nadie en toda su vida y que si algo le ocurría ellos no serían los únicos destrozados, que ellos no serían los únicos que no podrían recuperarse. Pero, ¿cómo explicárselos? ¿Querrían siquiera escucharlo?

—Siéntate.— le ordenó Ásban mostrándole una silla en el lado opuesto de la mesa.

Scorpius caminó hacia la silla con lentitud y se sentó. Un dolor punzante en la cabeza lo obligó a cerrar los ojos por unos instantes.

—¿Estás bien?— le preguntó Earlena. —Si no te sientes bien…

—Estoy bien.— se apresuró a responder. —No es nada. Puedo soportarlo.

Sus ojos grises se chocaron brevemente con los de Ron Weasley, quien lo perforaba con una mirada rota y lastimera. Peor aún fue cuando, huyendo de esos ojos azules que le recordaban a los de Rose, encontró los de Hermione Granger, marrones, dos pupilas transformadas en lagunas opacas y solitarias. Fue incapaz de cortar el contacto visual con ella y, mientras la miraba, no pudo más que sentirse abandonado y destrozado.

Ásban suspiró.

—Scorpius, vamos a hacerte varias preguntas y, en cualquier momento, los padres de Rose o sus tíos pueden intervenir y preguntarte lo que quieran. Seré yo, en todo caso, quien comience.— le dijo el mago. —Sé que es duro para ti y que estás herido, pero créeme, no te llamaríamos si no fuera urgente para nosotros escucharte.

—Lo entiendo.— dijo Scorpius. Aarón lo miraba con los brazos cruzados al otro lado de la sala.

Ásban comenzó a pasearse alrededor de la mesa.

—¿Qué estabas haciendo en casa de los Granger?— le preguntó. —Nuestra intención era que pasaran un par de días con sus familiares y descansaran de las presiones de la competencia, entre otros asuntos.— miró brevemente a Aarón y luego volvió a Scorpius. —¿Rose te invitó a pasar esos días con ella y su familia?

Scorpius miró a Hermione. Su rostro estaba completamente húmedo y pálido.

—No, Rose no me invitó.— respondió el rubio. —Yo fui hasta la casa de los Granger por mi propia cuenta y decidí quedarme.

—¿Por qué?— preguntó Ásban.

Scorpius se humedeció los labios.

"Porque no quería estar lejos de ella", pensó el slytherin. Esa era la respuesta, la verdadera y única razón. Pero, ¿era acaso el momento de decirlo? Los Weasley-Potter ya tenían demasiado con todo lo que estaba ocurriendo. ¿Iba a ser tan impertinente como para soltar algo así en un momento como ese?

—Rose y yo queríamos discutir cosas de la última prueba.— mintió el rubio y se odió a sí mismo por ello. Odiaba mentir, pero no encontraba otra salida viable a aquella pregunta. Debía pensar en la familia de Rose, no en él. La tragedia por la que estaban pasando ya era suficiente como para agregarle a todo, además, el amor de un Malfoy por su hija. —Decidí, a último momento, ir a su casa y quedarme para que pudiéramos hablar de ello.

—Por favor…— dijo Hermione, interrumpiendo todo. Su voz era quebrada y desoladora. —Dime qué fue lo que pasó la noche de ayer. No quiero más preguntas absurdas, yo sólo… Necesito saber qué pasó con mis padres y con mi hija.

Scorpius vio cómo Ron apretó con más fuerza la mano de Hermione, dándole fuerzas. El pelirrojo parecía también estar a punto de derrumbarse. Scorpius se sintió afectado e impotente.

Suspiró imperceptiblemente. Sus manos, involuntariamente, habían empezado a temblar bajo la mesa.

—Rose y yo salimos a dar un paseo por el parque y, cuando regresamos…— hizo una ligera pausa. Sus ojos volvieron a humedecerse. —No había luz en la casa. Todo estaba desordenado como si alguien hubiera entrado a la fuerza. Le pedí a Rose fuera por las varitas cuando noté que había alguien en la cocina. Quise alejarla en caso de que se tratara de algo importante, un asalto, o algo por el estilo. No estaba seguro de lo que pasaba.— Scorpius bajó la mirada. —Cuando entré a la cocina encontré a los señores Granger sentados en dos sillas, apuntados por un muggle con un arma bastante grande. No me moví porque el hombre que apuntaba a los Granger me exigió que no lo hiciera. Temía que… temía que pudieran salir lastimados.— Scorpius vio cómo Hermione cerraba los ojos y lloraba silenciosamente. —Rose apareció pronto con otro hombre que la apuntaba con un arma más pequeña. Todo ocurrió demasiado rápido. Ninguno de ellos parecía querer otra cosa que lastimarnos. No estaban allí para robar: nos querían a nosotros. Dijeron que habían aparecido porque éramos magos, que lo sabían, que los vecinos nos habían delatado. Dijeron que se encargaban de sacar a personas como nosotros del mundo muggle. No nos dieron tiempo a hacer nada solo…dispararon.

—La casa se incendió por completo y los muggles están muertos.— dijo Rizieri, interviniendo. —Sabemos que los Granger murieron por heridas de bala, pero los otros, sus atacantes, parecen haber muerto en el incendio. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Por qué la casa ardió de esa forma?

Scorpius miró brevemente a Aarón y luego clavó sus ojos grises en Rizieri.

—Las varitas. Lo hicimos con las varitas.— dijo Scorpius. —Rose las había tomado y, en cuanto los hombres se descuidaron, las usamos. Fue mi culpa. Lo único que se me ocurrió usar en ese momento fue el hechizo fiendfyre. Ellos perecieron en el acto y Rose y yo pudimos escapar.

Ásban clavó sus ojos en el rubio.

—Es extraño.— dijo el mago. —Nosotros pusimos un campo de protección alrededor de la casa de los señores Granger. Si cualquier tipo de magia realizada a través de una varita era usada dentro del perímetro, la alarma nos hubiera hecho estar allí mucho antes de lo que estuvimos.

Rizieri frunció el ceño.

—¿Y por qué las varitas estaban rotas?— le preguntó a Scorpius. —Las encontramos así en…

—Basta.— interrumpió Ron. —Me importa poco toda esta mierda de las varitas.— el pelirrojo miró a Scorpius. —Quiero saber qué pasó con mi hija.

Scorpius guardó silencio durante algunos segundos. Tenía que ordenar su mente o lo atraparían en la mentira. Su cabeza era un lío, pero debía salir de la situación como fuera.

—No recuerdo qué pasó con las varitas.— dijo Scorpius. —Sólo sé que cuando salimos de la casa ya no las teníamos. — intentó mantenerse firme. —Una vez fuera, en la calle, las banshees aparecieron.

—¿Banshees?— preguntó Ginny, aterrada.

—Nos atacaron así que corrimos.— dijo Scorpius. —Gozenbagh apareció y trató de ayudarnos, pero eran demasiadas criaturas…. Las banshees, los dementores y también los hombres de los threstrals.

—Son los mismos de los que nos hablaste, ¿verdad Aarón?— preguntó Harry, mirando al castaño. —Los que ya antes habían atacado a Rose.

—Sí.— dijo el castaño. —Son ellos.

Luna miró a los miembros de la Orden con una severidad absolutamente extraña en ella.

—Esto no puede volver a repetirse.— dijo la rubia. —No pueden ocultarnos cosas de este tipo.

Earlena suspiró.

—Creímos que podríamos controlarlo.— dijo la bruja. —Les pusimos seguridad y…

—Y ahora mi hija está desaparecida.— dijo Ron, enfadado. —Juro que si algo le pasa ustedes serán los primeros en…

—Por favor, detente.— dijo Hermione, entre sollozos. —No más. Por favor.

Scorpius guardó silencio. Estaba claro que la familia de Rose estaba muy enfadada por la información que la Orden le había ocultado sobre los ataques. Y no los culpaba en lo absoluto.

—Tienen que comprender que ustedes, como miembros del Escuadrón Azul, no debían ser importunados a menos de que se tratara de algo ineludible.— dijo Rizieri. —Quisimos encarganos por nuestra propia cuenta de la seguridad de Rose. Fallamos. Fue nuestro error creer que ella sólo podía ser atacada en el mundo mágico. Teníamos la casa rodeada por un campo de protección infalible. Jamás creímos que el peligro vendría de la mano de muggles.

—¿Quiénes eran esos hombres?— preguntó Harry. —¿Quiénes eran los que mataron a los padres de Hermione?

Ásban ladeó la cabeza.

—Creemos que pertenecían a un grupo organizado de cazadores de magos y brujas.— les dijo. —Desde que los muggles saben que existimos se han creado estos grupos que funcionan de forma ilegal y cuyo único propósito es eliminar a cualquiera que posea magia dentro de lo que consideran que es su territorio. Parece ser que el hombre que se llevó a Rose pertenecía a esta misma organización. Quizás esperaba afuera a sus amigos y, cuando vio la casa en llamas, decidió actuar por su cuenta.

Ron miró a Scorpius con ira desmedida.

—Tú dejaste que se la llevaran.— murmuró, temblando de rabia o de dolor, el slytherin no supo discifrar cuál de las dos. —¿No es así?

—Para, Weasley.— dijo Draco, interviniendo al instante. —No metas a mi hijo en esto.

Ron miró a Draco directamente a los ojos, con desprecio.

—Tu hijo ya está metido en esto.— afirmó el pelirrojo.

—Ron, basta.— dijo Ginny. —No es el momento.

Scorpius no despegó ni un segundo su mirada de Ronald Weasley.

—Sí.— dijo el rubio haciendo que todos volvieran su mirada hacia él. —Yo dejé que se la llevaran. — hizo una ligera pausa. Su voz era limpia y firme, pero sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. —No pude evitarlo. Lo intenté: traté de ponerla a salvo con todas mis fuerzas. No fue suficiente. Es mi culpa. Lo siento.

Rizieri se aclaró la garganta e intervino:

—Todo el equipo de seguridad de la Orden está buscando a Rose. Lograremos encontrarla.— dijo el mago. —Y no es culpa de nadie que esto haya ocurrido, sólo nuestra. Como miembros de la Orden debimos haber evitado que todo esto ocurriera. No fuimos lo suficientemente rápidos.

—Aún no nos han explicado cómo fue que esas criaturas mágicas decidieron aparecer fuera de la casa de los padres de Hermione para atacar a mi sobrina.— dijo Harry clavando sus ojos verdes en los miembros de la Orden.

Earlena suspiró.

—Tenemos toda la intención de averiguarlo.— dijo la bruja. —Lamentablemente, hasta ahora todo lo que tenemos son suposiciones.

—Es posible que la criaturas hayan ido por Rose de forma voluntaria.— dijo Rizieri. —Después de todo, ya casi estamos a la mitad de la competencia y el mundo mágico empieza a inclinarse por un ganador. No sería la primera vez que ocurre en la historia: criaturas mágicas atacando a un competidor al que no quieren ver en la Orden.

Ásban asintió.

—También pudieron haber ido por ella porque es la sangre de fuego.

Un silencio denso, inquebrantable, se formó en la habitación. Scorpius miró a Ásban con verdadera sorpresa: ¿En verdad lo había dicho? ¿No se suponía que debía ser un secreto? Rizieri y Earlena miraban al mago con verdadera confusión, como si no pudieran entenderlo. Los miembros de Escuadrón Azul también.

Aarón, en su esquina, permanecía con la boca semiabierta, completamente anonadado.

—¿De qué estás hablando, Ásban?— preguntó Rizieri, descolocado.

El mago esbozó una media sonrisa, casi imperceptible.

—Creo que ya es hora de que todos sepan la verdad.

Ron cerró brevemente los ojos y meneó la cabeza, aturdido.

—¿De qué demonios están hablando?— soltó.

—¿Qué es lo que tenemos que saber, Ásban?— preguntó Earlena mirándolo con dureza. —¿Qué es lo que tú sabes y que nosotros no?

Ásban respiró hondo y se llevó ambas manos detrás de la espalda.

—La profecía de Morgana le Fay fue encontrada por Gothias antes de morir. Es una profecía que ha rondado por la Orden desde siempre, en manos de algún miembro del pasado que se empeñó en ocultarla. Se trata de un texto que inmediatamente llamó la atención de Gothias porque vaticinaba cosas que ya estaban teniendo lugar en el presente: la guerra entre magos y muggles, Exus… Y una heredera de los poderes ancestrales de Morgana: la sangre de fuego.

Aarón dio dos pasos hacia delante, emergiendo de la oscuridad de su esquina.

—Encontré la profecía. Mi padre había querido deshacerse de ella antes de morir.— dijo el moreno. —Mi padre no fue asesinado: él mismo se quitó la vida.

Earlena se llevó una mano a la boca, impactada, y Rizieri apuntó a Aarón con su dedo índice.

—¿Qué diablos dices, muchacho?— le preguntó, incrédulo.

Aarón bajo la mirada por unos segundos y luego retomó valor para continuar.

—Sé que me prohibieron intervenir en la investigación de la muerte de mi padre, pero yo no podía hacer lo que me pedían. Ya estaba metido en ella. Lo estuve desde el momento en el que lo vi lanzar la profecía y sus diarios al mar y yo me lancé a recuperarlos. Esa misma noche, papá murió. Su comida había sido envenenada. Los cocineros habían sido hechizados con obliviate para que pareciera que alguien externo se había asegurado de no dejar rastros. Papá quería que todos creyeran que había sido asesinado para que la competencia se acelerara.

—Lo que dice el chico es verdad.— dijo Ásban. —Yo mismo lo investigué por mi propia cuenta.

Rizieri clavó sus ojos negros en el mago.

—¿Y cuándo pensabas decírnoslo, maldita sea?— le dijo, enfadado.

Earlena negó con la cabeza.

—¿Por qué Gothias haría algo así? ¿Por qué querría acelerar la competencia?

Ásban levantó ligeramente su mentón y su expresión se volvió solemne.

—Porque descubrió que Rose Weasley era la sangre de fuego. Esa es la razón.— dijo el mago.

Scorpius contuvo la respiración. Parecía ser que Ásban no tenía intención de hablar de los anillos. Al menos eso pretendía mantenerlo en secreto.

—Rosie….sangre de…— comenzó Ron. —¡No saben lo que están diciendo!

Ásban fijó sus ojos oscuros en Hermione, quien lo miraba a su vez con los ojos inundados por las lágrimas.

—No te sorprende enterarte de esto, ¿verdad Hermione?— le preguntó el mago. —Siempre supiste que ella era especial. Que no era una bruja común y corriente. Una madre siempre nota este tipo de cosas. Especialmente cuando su niña provocó un incendio en su propia habitación cuando apenas tenía seis años.

—Eso fue un accidente.— dijo Harry, interviniendo.

—Pero sirvió para que el hospital de medimagia pudiera tener las pruebas de sangre de Rose. Y la composición de su sangre es muy distinta a la de cualquiera de nosotros. Gothias fue el primero que lo descubrió. Por eso quiso acelerar la competencia: temía que Rose pudiera ser la heredera de Morgana y…

—Eso es algo que tú le metiste en la cabeza.— intervino Aarón, furioso. —Mi padre no creía en esas supersticiones. Tú sí.

—Basta…— soltó Earlena apoyando ambas manos sobre la mesa. —Sea lo que sea que Gothias haya creído antes de morir, sea lo que sea que diga esa profecía, lo importante aquí es que debemos encontrar a Rose Weasley a como dé lugar. — la bruja miró a Ásban y a Rizieri. —Sangre de fuego o no. Especial o no. Heredera de Morgana le Fay o no: Rose es sólo una jovencita. Ninguna otra cosa importa salvo hallarla.

Ginny Weasley tomó la palabra:

—Entonces, ¿lo que tratan de insinuar es que, si Rose es lo que dicen que es, si su sangre es…especial, pudo haber atraído a esas criaturas que la atacaron ayer por la noche?

Ásban asintió.

—Exactamente.

Rizieri se cruzó de brazos.

—Morgana le Fay escribió esa profecía durante los últimos años de su vida encerrada en una torre. Su condición mental no nos certifica que lo que sea que haya escrito sea en verdad una premonición.

—Acertó en lo de la guerra. Predijo lo que ahora estamos viviendo.— dijo Ásban.

Aarón se acercó lo suficientemente a la mesa como para quedar frente a frente con el mago.

—La profecía dice que habría una sangre de fuego, una heredera de los poderes de Morgana. Nada más. No habla de reencarnaciones ni nada por el estilo. Rose es Rose. Y Morgana está muerta.

Ásban suspiró y evitó la mirada del castaño.

—Sea como sea, hay una sola verdad: Rose Weasley es la sangre de fuego.— dijo el mago. —Su sangre no es normal, su poder no es normal: ella no es normal. Y si opté por guardar esta información y no compartirla con todos ustedes, es sólo porque no creí que su condición excepcional podría ponerla en peligro. Pero ahora creo que es necesario que todos sepan hasta el último detalle de a lo que nos enfrentamos.

Aarón esbozó una media sonrisa y miró a Ásban con desprecio.

—Por supuesto.— dijo el castaño con un sarcasmo imperceptible para todos, menos para Scorpius. —Tú siempre desconociste el peligro que rondaba a Rose.

Ásban ignoró a Aarón y fijó sus ojos en Scorpius.

—Quizás por eso, tal vez, no fue con una magia normal con la que la casa de los Granger fue incendiada, ¿o me equivoco?

Scorpius se mantuvo firme, quieto en su asiento, y sus ojos grises le sostuvieron la mirada al mago.

—Rose es incapaz de mantener una llama encendida durante más de un minuto.— mintió el rubio. —Fui yo quien incendió la casa y lo hice con mi varita.

—Y sin embargo, es curioso que no recuerdes cómo fue que las varitas se rompieron.— comentó el mago.

—Me golpearon en la cabeza.— dijo Scorpius, defendiéndose. —Hay muchas cosas que no recuerdo bien. Pero sí sé que usé mi varita y que lancé el hechizo que hizo que la casa ardiera.

La voz de Draco Malfoy se levantó, imponente, en la estancia.

—Entiendo que esto pueda tener relevancia para la Orden, pero creo que debería ser discutido una vez que se haya resuelto lo principal: encontrar a Rose.

Ron miró a Draco con extrañeza, pero no dijo nada. Hermione seguía sollozando, descorazonada.

Harry asintió.

—Malfoy tiene razón.— dijo el moreno. —¿Qué es lo que se está haciendo para recuperar a mi sobrina?

—Todo.— dijo Rizieri. —Tenemos a rastreadores de la Orden y del Ministerio en su búsqueda. Estamos tratando de hacer que los medios de comunicación no saquen todavía la noticia para evitar el escándalo, pero me temo mucho que no lo conseguiremos. Mañana a más tardar El Profeta, así como todos los diarios, publicarán la noticia de la desaparición de Rose y del ataque de los Granger.

Ásban miró a Aarón con una expresión indescifrable.

—¿Cómo escapaste de la casa de Rizieri?— le preguntó.

Luna frunció ligeramente el ceño.

—¿No era él quien estaba encargado de la seguridad de Rosie y de Scorpius Malfoy?— preguntó la rubia. —No comprendo. ¿Por qué estaba en casa de Rizieri?

Earlena dio un paso adelante.

—Aarón no se escapó.— dijo la bruja. —Yo lo liberé.

Rizieri miró a Earlena con total incomprensión.

—¿Por qué hiciste eso, mujer?— le preguntó.

La bruja lo miró a los ojos.

—Porque es el mejor en lo que hace y porque nadie protege mejor a los campeones que él.— dijo Earlena. —Si no lo hubiera liberado, quizás Scorpius no estaría aquí con nosotros.— miró a Aarón. —Solicito su reintegración al equipo de seguridad de la Orden.

—¡Imposible!— soltó Ásban.

—Nuestro principal objetivo es mantener protegidos a los campeones.— dijo Earlena. —En cuanto alejamos a Aarón de ellos sucedió toda esta tragedia. Quizás habría podido evitarse si no lo hubiéramos retirado de su labor.

Ásban negó con la cabeza.

—Pero él fue quien…

—No es momento de tocar ese tema. — dijo Rizieri, mirando a la familia de Rose. —Por lo pronto estoy de acuerdo con Earlena. Aarón está empapado de todo con respecto a la seguridad de los campeones y la ha llevado de maravilla hasta que decidimos sacarlo. Si él no hubiera llegado a tiempo, tal vez tanto Rose como Scorpius estarían muertos.— el mago miró a Aarón a los ojos. —Muchacho: estaremos pendientes de ti. Quedas reintegrado al equipo de seguridad de la Orden.

Aarón asintió y guardó silencio. Sin embargo, su semblante se había iluminado levemente, como si se sintiera más tranquilo sabiendo que podría continuar con su labor.

Scorpius notó el disgusto de Ásban que se pintaba en cada una de sus facciones. Aún así, el mago calló.

—Aarón: te encargarás, por lo pronto, de la seguridad de Scorpius.— dijo Earlena.

El castaño asintió.

—Podría, también, ayudar a buscar a Rose si…

—De ninguna manera.— dijo Rizieri. —Ya tenemos a demasiada gente trabajando en ello. Alguien tiene que proteger a Scorpius. No sabemos muy bien quiénes son los hombres de los threstrals ni si, en ausencia de Rose, intentarán atacar al único competidor que queda en la competencia.— suspiró. —Mañana regresarás con Scorpius a Hogwarts, pero antes, —miró al slytherin. —Tenemos que someterte a un interrogatorio. Necesitamos saberlo todo sobre lo que ocurrió ayer. Todo.

Scorpius asintió levemente. Se sentía frustrado, atrapado en una jaula, imposibilitado de hacer lo único que realmente quería: buscar a Rose. ¿En dónde estaría? ¿Se sentiría sola, asustada, dolida? ¿Por qué sentía su corazón encogerse dentro de su pecho, como aplastado por un peso sobrehumano, cada vez que la imaginaba lejos de sus brazos?

¿Por qué le costaba tanto respirar si ella no estaba?

4.-

Cuando Rose sintió el frío de la lluvia empapándola, mojando su cuerpo tembloroso, apagado, reaccionó por primera vez después de horas y notó que, aunque había estado despierta toda la noche y había visto cómo la cambiaban de una camioneta a otra y luego, por fin, a un vehículo cuya parte posterior era una jaula en la que iban otras personas de distintas edades, todos asustados, llorando, suplicando clemencia, en realidad su mente había permanecido abstraída de todo aquel escenario infame. Durante horas, mientras era transportada por lugares áridos, despoblados, en aquella jaula de hierro, la única imagen en su cabeza era la de sus abuelos muertos, desangrándose en el suelo de la cocina.

Si cerraba los ojos podía ver el momento exacto en el que la bala había perforado la cabeza de su abuela.

A veces, incluso, podía escuchar los disparos.

Sin embargo, cuando la lluvia llegó y penetró en la jaula y vio cómo la gente que la acompañaba, todos heridos o golpeados de alguna forma, aparentemente secuestrados como ella, bebían, aliviados, el agua que caía del cielo, Rose volvió en sí y notó que tenía los labios partidos y que su garganta estaba completamente seca. Sin pensarlo, sacó la lengua y permitió beber las gotas que le caían encima. Sólo entonces el caos de su mente se despejó un poco y le dejó ver la realidad en la que se encontraba.

Estaba secuestrada. Estaba en una jaula y no tenía idea de a dónde la llevaban.

Sus abuelos estaban muertos.

Rose sollozó y, al hacerlo, sintió cómo todo se le quebraba por dentro. Nunca había conocido lo que era la verdadera infelicidad y, ahora, sentía que la encarnaba: que ella era toda la tristeza en el mundo, todo el dolor. Se sentía frágil, casi inhumana y más parecida a un despojo. ¿Por qué le estaba ocurriendo todo aquello? ¿Por qué?

"Quiero ir a casa…" pensó, destruida. "Sólo quiero ir a casa".

Su cabeza era puro desorden. No podía pensar con claridad, ni siquiera tomar cierto control sobre su cuerpo tembloroso y encogido. En cuestión de minuros estuvo completamente empapada por la lluvia. A su lado un niño regordete sollozaba y llamaba a su madre, quien parecía no encontrarse allí con él. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Todos en aquella jaula eran magos capturados del mundo muggle? ¿Podía ser cierto?

Rose se abrazó las rodillas. Sentía que estaba enloqueciendo. Quería aclarar su mente, quería que su cabeza funcionara de forma normal, pero no podía hacerlo; era como si hubiera perdido el juicio, o al menos parte de él. Rose saltaba de una idea a otra, de un recuerdo a otro, y no conseguía parar. "No, no estoy loca", pensó Rose, "Si lo estuviera, no estaría preguntándome si lo estoy".

Y, sin embargo, la confusión persistía.

Le daba miedo mirarse y no reconocerse. Le bastaba con observar sus manos y sus piernas trémulas para no sentirlas suyas. ¿Estaría sufriendo algún tipo de estrés postraumático? Era posible, no podía descartarlo. Pero tenía que recuperarse, tenía que encontrar un punto de equilibrio y debía hacerlo pronto.

Mientras avanzaban por un camino pedregoso atravesaron un pueblo destrozado que ardía en llamas. Rose vio, despavorida, cómo varios hombres crucificados permanecían clavados en cruces altas de madera. De sus cuellos colgaban carteles en los que se había escrito: "Fuera magos" "¡Los que tengan magia arderán!". Rose se aferró a los barrotes de la jaula, espantada por lo que veía, y luego se dejó caer nuevamente. Los pocos niños que estaban con ella en la jaula gritaron. Una mujer embarazada cerró los ojos y sollozó en silencio.

—¡Oh, Merlín! ¿es esto lo que harán con nosotros?— soltó un hombre de mediana edad, aterrorizado.

Pocos kilómetros más adelante la puerta de lo que parecía ser una fortaleza se abrió para dar paso al vehículo. El muro que circundaba el lugar era enorme e infranqueable. Rose observó cómo el vehículo se detenía en un pario interior de grandes dimensiones, árido y lleno de piedras. Más allá podían verse edificios grises con barrotes.

Daba la impresión de ser una cárcel muggle.

—Más ganado y más ganado.— dijo un hombre que cargaba un bate de baseball consigo y varias pistolas en un cinto. —¡Como si ya no tuviéramos suficientes!

—Cállate, Dick, y sácalos de una buena vez.— dijo el hombre que había estado conduciendo el vehículo mientras se bajaba de éste.

Rose vio cómo varios hombres vestidos de guardias se acercaban mirándolos con desprecio. Dick abrió el candado de la jaula y, con ayuda de bate, fue golpeando las rejas con fuerza.

—¡Salgan, pedazos de mierda!

Rose se llevó las manos a los oídos, embargada por el miedo, y bajó junto a los demás. Algunos gritaban, asustados, y sollozaban sonoramente. Al verlos de pie Rose notó que ella no era la única que temblaba y que parecía no poder controlar su propio cuerpo.

La lluvia caía sobre ellos de forma inclemente: las nubes cubrían por completo el sol.

La pelirroja sintió cómo sus piernas se doblegaban y la hacían caer al suelo. Su cabeza le daba vueltas y todo su cuerpo le dolía.

—¿Qué le pasa a ésta?— preguntó Dick, caminando hacia Rose, tomándola por el brazo y forzándola a ponerse de pie nuevamente. —¿Está enferma?

Uno de los guardias caminó hacia Rose y le tocó la frente con asco.

—Tiene fiebre.— respondió.

Dick miró a Rose, que apenas conseguía mantenerse en pie, con una sonrisa en los labios.

—Eres demasiado linda para ser la escoria que eres, bruja.— le dijo mientras sacaba una de sus pistolas y la apuntaba a la cabeza con ella. —Lo siento, pero esto no es un hospital.

El hombre que había manejado el vehículo tomó a Dick por la muñeca y lo forzó a bajar el brazo con la pistola. Los dos se miraron con severidad.

—¿Qué haces, Sam?

—A esta no la puedes tocar.— dijo el hombre. —El General se encargará de ella personalmente. Tiene planes que no puedes darte el lujo de arruinar.

Rose clavó sus ojos azules, que le mostraban el mundo como un espejo borroso, vio a Sam, el hombre que la había raptado. Se trataba de un sujeto calvo, con un parche en el ojo izquierdo y dientes amarillos y roídos. Dick, por el contrario, parecía no tener más de 20 años y era alto, fornido, de cabello rubio y largo, agarrado en una coleta.

—De acuerdo, de acuerdo.— dijo Dick, guardando la pistola. —Pero no podemos meter a todos. Son demasiados. Al menos de uno debemos deshacernos.

La lluvia había empezado a amainar y ahora apenas era una miró a las personas que, temerosas, miraban al suelo y luego se encaminó hacia un niño que no debía de tener más de diez años. Cuando lo tomó, apartándolo de su madre, todos contuvieron la respiración mientras que la señora gritaba y dos guardianes la sujetaban con fuerza. El niño sollozaba con gran intensidad. Rose, sintiéndose a punto de desfallecer, vio cómo Sam sacaba un cuchillo de su cinto.

—Adiós, pequeña rata.

Y cortó el cuello del niño con un solo movimiento.

Los gritos de la madre sonaron por todo el lugar, fuertes, desgarradores, mientras que el cuerpo del niño caía a la tierra y la pintaba de rojo. Rose sintió cómo una lágrima corría por su mejilla ya humedecida y, con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó soltarse del guardia que la sujetaba.

—¡No!— gritó Rose. —¡No!

—¡Cierra la boca, puta inmunda!— gritó Dick mientras avanzaba hacia ella y desplomaba una bofetada sobre Rose, haciéndola voltear la cabeza, tambalearse y casi caer al suelo. El golpe fue tan fuerte que le partió el labio inferior y provocó que los ruidos del mundo cesaran.

—Lleven a estas ratas a sus celdas. Me dan asco.— dijo Dick.

Rose fue casi arrastrada por dos guardias hacia el interior del edificio. Allí adentro la luz era escasa y los pasillos largos y sucios. Pronto llegaron al área de las celdas. Si miraba hacia atrás podía ver cómo la madre del niño asesinado era introducida a una celda con un empujón al igual que otros que habían viajado con ella. Las celdas tenían barrotes largos y negros: adentro había niños, adultos, ancianos, sin ninguna discriminación, sin camas, sin comida, todos revolcándose en su propia inmundicia.

Algunos reclusos le parecieron a Rose mucho más cadáveres que seres vivos.

Los guardias la empujaron en una celda vacía y, tras de ella, empujaron también a la mujer embarazada y a una niña de morena de cabello negro y lacio.

—Bienvenidas, engendros.— les dijo el guardia antes de desaparecer.

Las luces eran amarillas y se apagaban de vez en cuando, dejándolos a todos en la más perfecta oscuridad.

5.-

Draco miró a través del vidrio de la puerta que daba a la pequeña sala en donde Scorpius permanecía, desde hacía ya algunas horas, siendo interrogado por Earlena y Rizieri. Su hijo parecía devastado, agotado, pero continuaba respondiendo a cada una de las preguntas mientras que una pluma escribía sobre el pergamino que descansaba en el centro de una mesa. No podía imaginar lo mucho que Scorpius estaba sufriendo: sabía bien los sentimientos que tenía hacia Rose Weasley y podía ver con lo afectado que estaba su hijo por todo lo ocurrido. Allí, mirándolo a la distancia, le quedaba claro que los sentimientos de Scorpius eran mucho más grandes de lo que él imaginó que eran. La relación que su hijo mantenía con Rose Weasley iba más allá de un simple enamoramiento.

¿Quién le habría dicho años atrás, cuando estaba en Hogwarts, que su hijo terminaría enamorándose de la hija de Ron Weasley y Hermione Granger? ¿No era el destino lo más parecido que existía a una broma?

Draco suspiró y se pasó una mano por el rostro. No podía evitar sentirse algo culpable por estar aliviado y contento de que no hubiera sido su hijo el desaparecido, el secuestrado por los muggles. Sabía que esa sensación era tan incorrecta como inevitable: Scorpius era su único hijo. Ser padre lo cambiaba todo para siempre. Casi sentía verdadera compasión por Hermione Granger y Ron Weasley; sobre todo por Hermione Granger, quien no sólo tenía a su hija desaparecida, sino a sus dos padres muertos.

Con pesar caminó de vuelta a la sala en donde el resto del Escuadrón Azul continuaba reunido. Cuando entró se encontró con que todos estaban de pie alrededor de la mesa, discutiendo acaloradamente.

Hermione Granger hablaba con viveza y con la voz ligeramente quebrada.

—¡No me importa nada, Harry, lo único que quiero es que me devuelvan a mi hija!— soltó la castaña. —¡Todo esto, todo lo que hacemos…Nada tiene sentido si no puedo tener a Rosie a salvo, conmigo! ¿Es que no lo entiendes?

Ron asintió y se puso al lado de su esposa.

—Apoyo a Hermione.— dijo el pelirrojo. —¡No podemos quedarnos aquí sin hacer nada, cuando Rosie…!— Ron tuvo que apoyarse en la mesa con ambas manos para poder continuar. —¡Es mi hija, Harry! No puedo hacer esto. No puedo.

Harry suspiró y se echó el cabello negro para atrás con una mano.

—Rose es mi sobrina y quiero que esté de vuelta con nosotros tanto como ustedes.— dijo el moreno. —Aún así, si abandonamos la misión, si dejamos a un lado la labor del Escuadrón Azul, no habrá futuro ni para Rosie, ni para Hugo, ni para nadie en el mundo mágico: sólo la guerra.

—Harry tiene razón.— dijo Ginny. —Muchos magos y brujas están detrás de Rose, buscándola, no hay nada que nosotros podamos hacer que supere a lo que ellos ya están haciendo. Pero si dejan el Escuadrón entonces definitivamente todo estará perdido y la guerra será inminente.

Luna miró a Hermione a los ojos con ternura y compasión.

—Tienen que confiar en la Orden. Su equipo de búsqueda es el mejor que existe en el mundo mágico. Harán hasta lo imposible por encontrarla, y la encontrarán. — sus ojos celestes se humedecieron. —Hermione, Ron: si creyéramos que nosotros podríamos hacer una mejor labor buscando a Rosie, ¿creen que estaríamos tratando de convencerlos de que se queden?

Ron miró a Draco con hastío.

—Lo quiero fuera de aquí.— dijo el pelirrojo, mirando a Harry. —Quiero a Malfoy y a su hijo muy lejos de mi familia.

—Cuida tu lengua, Weasley.— dijo Draco hundiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón. —Si me quieres fuera, ¿por qué no vienes y me sacas tú mismo?

Ron intentó abalanzarse sobre Draco pero Harry consiguió detenerlo.

—¡Ron, para!— le gritó el moreno. —Ni Malfoy ni su hijo tienen la culpa de lo que está pasando.

Ron clavó sus ojos azules e iracundos en Draco mientras trataba de soltarse de Harry.

—¡Debió ser tu hijo el que fuera secuestrado!

La mirada de Draco se ensombreció.

—Retira lo que has dicho, Weasley.— le dijo el rubio con una voz grave y oscura. —Retíralo o juro que olvidaré que estás pasando por un mal momento y te romperé la cara.

Ron, satisfecho de haber afectado a Draco, continuó:

—Seguro tu hijo fue un cobarde igual que tú cuando tenías su edad.— dijo el pelirrojo. —Apuesto a que no movió un solo dedo para proteger a mi hija y sólo intentó salvarse a sí mismo. Eso es lo que hacen los Malfoy, ¿verdad?

Draco cortó la distancia entre él y Ron y apartó a Harry de un empujón. Hermione soltó un grito de sorpresa y Ginny y Luna corrieron para intervenir en la pelea. Draco tomó del cuello de la camisa de Ron y lo pegó contra la pared. Justo antes de lanzar un golpe contra su rostro sintió las manos de Ginny y Luna agarrándolo por el brazo, tratando de impedírselo.

Los ojos grises del rubio se clavaron en los azules de Ron. No le costó nada ver la profunda tristeza, el gran dolor que se reflejaba en ellos.

Draco esbozó una ligera sonrisa.

—Esto es lo que quieres, ¿verdad, Weasley?— le dijo. —Quieres que te golpee. Quieres pelear porque estás sufriendo y no sabes qué otra cosa hacer. — Draco lo soltó. —Lo siento, pero no me da la gana de complacerte. Y sólo para que lo sepas: mi hijo no es como yo. Es mucho mejor de lo que yo jamás pude aspirar a ser.

—¡Hermione!— soltó Harry y todos voltearon para verla caer, desfallecida, al suelo.

—¡Mione!— soltó Ron, corriendo hacia ella.

Harry la cargó entre sus brazos y la levantó con facilidad.

—La llevaré a la enfermería.— dijo el moreno y luego miró a su esposa. —Ginny, quédate con Ron.

El pelirrojo miró a su amigo con confusión.

—¿De qué hablas? ¡Iré con Hermione!— dijo él.

—No, no irás.— le ordenó Harry. — Tu estado sólo logra ponerla más nerviosa. Tienes que tranquilizarte. Tómate tu tiempo, respira, reflexiona todo lo que necesites y sólo cuando te encuentres en la posición de apoyar a Hermione, vuelve a ella. Mientras tanto es mejor que la dejes descansar. Lo que menos necesita es verte pelear con Malfoy.

Ginny tomó el brazo de su hermano.

—Yo me encargaré de él, Harry.— le dijo la pelirroja.

—Bien.— dijo el moreno mientras dirigía su mirada a Draco y a Luna. —Acompáñenme, por favor.

—¿Por qué tengo que ir yo contigo?— preguntó Draco, contrariado.

Harry lo miró con severidad.

—¿Prefieres quedarte con Ron?— le soltó, hastiado.

Draco guardó silencio durante algunos segundos.

—Está bien, entiendo el punto.

6.-

Rose, quien se había quedado dormida sobre el frío suelo de su celda, fue despertada por una mano que la tomó por el brazo y la impulsó hacia arriba con brusquedad. Lo primero que sintió fue el dolor en su rostro por el golpe que había recibido. Sus labios estaba secos, partidos, seguramente cubiertos con sangre seca. Mientras era conducida fuera de la celda y empujada por el pasillo, Rose se contentó de una sola cosa: su cuerpo había dejado de temblar. Sin embargo, no podía dejar de sentirse disgustada por sus manos: estaban tensas, encogidas en sí mismas, y sus piernas caminaban con torpeza, como si después de todo lo ocurrido ella hubiera vuelto a nacer, como si tuviera que aprender a relacionarse con su cuerpo otra vez.

El guardia que la empujaba la condujo hasta un habitáculo en el que solo había una mesa. La sentaron con brusquedad y Rose pudo ver que frente a ella había comida. Su boca se inundó de saliva. Al menos su cuerpo continuaba siendo efectivo en algunas cosas. ¿Cuándo había sido la última vez que probó bocado alguno? Recordarlo era doloroso: la llevaba directamente a momentos felices que le parecían extremadamente lejanos.

Con un sobresalto notó, al levantar la mirada de la mesa, que en el otro extremo se encontraba sentado un hombre vestido de negro. Su piel era oscura y sus ojos de una tonalidad amarilla que Rose no había visto nunca antes. Contuvo la respiración y se aferró a la silla.

—¿Quieres comer?— le preguntó el hombre.

Rose tragó saliva. Sí: su cuerpo tenía hambre, pero su espíritu, su ánimo, había perdido por completo el apetito. Cualquier cosa que ingiriera la haría vomitar, estaba segura de ello. Además, ¿cómo confiar en aquel hombre? ¿Qué era lo que pretendía? ¿Por qué la habían llevado hasta allí?

—Debes estar preguntándote qué haces aquí y qué es este lugar.— dijo el hombre. —Responderé a todo eso, pero primero déjame presentarme: soy El General. Es así como todos me conocen aquí, y es así como tú me conocerás también, bruja.

Rose guardó silencio. Su cuerpo había empezado a temblar otra vez y lo odiaba por ello. Sentía las manos agarrotadas sobre la silla. Tal vez, incluso, se las estaba lastimando.

El General sonrió.

—Has aprendido rápido que el silencio es la mejor arma de supervivencia en este lugar. Eres lista.— le dijo. —Esta cárcel ha sido habilitada para poder ser llenada con escorias como tú. Es, digámoslo así, un centro de rehabilitación de engendros.

Rose, sin quererlo, empezó a llorar. Su cuerpo una vez más la desobedecía y las lágrimas empezaban a correr silenciosamente por su rostro.

—Durante mucho tiempo nos tuvieron por tontos, ¿no es así?— preguntó el hombre. —Usaron su magia contra nosotros y nunca lo supimos. Ustedes son el enemigo y ahora que lo sabemos tienen todas las de perder. Nuestro mundo no puede estar a mercer de monstruos. Es por eso que los traemos aquí. Es una tarea de limpieza.

Rose miró el cuchillo que relucía sobre la mesa. ¿Le serviría de algo tomarlo? ¿Y si usaba su magia? Tuvo que cerrar los ojos al recordar lo que había ocurrido en casa de sus abuelos: el fuego, aquellos asesinos muriendo por algo que ella les estaba haciendo y que ahora no comprendía… Se sentía físicamente débil, ¿cómo conseguiría encender más que una pobre y mísera llama en esas condiciones? ¿cómo hacerlo cuando ni siquiera podía controlar sus propios movimientos?

El General continuó:

—Tú y tu amigo mataron a mis compañeros.— le dijo. —Sí: los que estaban en tu casa la noche de ayer. Los dos perecieron en el fuego. Quiero que sepas que no lo olvidaré. — hizo una pausa para tomar una manzana entre sus manos. —La única razón por la que todavía estás viva, bruja, es porque la persona que nos dijo dónde estabas lo hizo con una condición: que apaguemos la fuente de tus poderes, que acabemos contigo, primero, por dentro y luego por fuera. Creo que debes saber que nosotros, los seres humanos normales, hemos desarrollado la ciencia a un alto nivel de ejecución. Los doctores que nos acompañan en esta cárcel son investigadores de alto nivel, son científicos y, a todos, les gusta experimentar. Llevamos mucho tiempo experimentando en magos y brujas, tratando de entender el origen de eso que los hace diferentes a nosotros: el origen de su enfermedad. —mordió la manzana. —El hombre que te denunció aporta a las dos cárceles de magos y brujas que existen en este sector con los datos de los magos y brujas que raptamos: nos da sus nombres, edades, direcciones. Él es el verdadero cazador de brujas.

Rose se pegó más a la silla cuando vio que El General lanzaba la manzana sobre su plato y se ponía de pie bruscamente para caminar hacia ella. Su corazón empezó a latir agitadamente y todo su cuerpo se tensó. El General se inclinó muy cerca de ella y le susurró al oído:

—A pesar de la ayuda que nos proporciona este hombre, me fastidia enormemente no saber quién es. — le dijo. —Contigo es la primera vez que él insiste en que quebremos el espíritu de alguien, así que asumo que eres especial, que quizás, lo conoces, y él te conoce. Es por eso que voy a enseñarte una grabación que uno de mis hombres hizo mientras hablaba con él: quiero que me digas si es un mago. Quiero que me digas todo sobre él.

Rose temblaba sobre su asiento y, al borde de los nervios, sollozando en silencio, vio cómo El General le ponía en frente un artefacto pequeño que ella había visto desde siempre en casa de sus abuelos: un teléfono móvil. Pronto un video apareció ante ella y la sangre se le congeló. En la imagen, El General hablaba con un hombre de sobretodo negro cuyo rostro, aún de perfil, le fue claramente identificable. Al principio no creyó lo que sus ojos veían, pero poco a poco la realidad la derrumbó y tuvo que llorar profusamente, esta vez emitiendo ruidos claros de rabia y de frustración.

Todo, desde el principio, había estado frente a sus narices y ella no había sido capaz de verlo. Como en un flash recordó la revelación que había tenido en el castillo de Jim Sangre: las fotografías relacionadas con sus abuelos, el hombre del sobretodo oscuro ahora aparecía en su mente con una capa de color azul: el color azul de la Orden.

Era él. Él había enviado a esos hombres a raptarla y en el proceso habían matado a sus abuelos.

Era su culpa. Su culpa.

¿Cómo había podido ser tan ingenua?

—Sabes quién es, ¿no es así, bruja?— le preguntó El General.

Rose, por primera vez desde que había sido sentada en aquella mesa, se atrevió a mirarlo a los ojos.

—Sí, lo conozco.— dijo la pelirroja con la voz quebrada y llena de odio. —Su nombre es Ásban.

7.-

Aarón entró en la sala de interrogaciones y colocó una taza de té sobre la mesa frente a Scorpius. El rubio, quien había permanecido abstraído, hundido en sus propios pensamientos, se dio cuenta cuenta de la presencia del castaño y lo miró a él para luego ver la taza en la mesa.

—¿Quieres algo de comer?— le preguntó el castaño. —Puedo traértelo.

Scorpius negó con la cabeza.

—Lo único que quiero es algo que no puedes darme.

Aarón hundió ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Scorpius notó que el castaño se había duchado y cambiado de ropa. Otra vez tenía un aspecto sobrio, elegante, que irradiaba perfección, ese que tanto lo irritaba y que ahora, sin embargo, no podía detestar con el mismo ahínco que antes.

Scorpius lo miró a los ojos.

—¿Por qué estás ayudándome?— le preguntó.

Aarón, sorprendido por la pregunta, esbozó una media sonrisa casi imperceptible.

—No estoy ayudándote.— le dijo. —Estoy haciendo mi trabajo.

Scorpius miró la taza de té y levantó una ceja.

—¿Ser mi criado personal?— le preguntó con la intención de ser hiriente. —No me trates como un idiota. Estás haciendo más de lo que te corresponde. Quiero saber por qué.

Aarón lo miró inexpresivamente.

—Estoy empezando a arrepentirme de ser gentil contigo.— le respondió el castaño con hastío.

—De modo que lo haces por lástima.— dijo Scorpius.

—Sé que sufres. Soy un ser humano. Me compadezco.— dijo Aarón. —Pero olvidé que hay ciertas personas de las que no vale la pena compadecerse.

El castaño dio media vuelta y caminó hacia la salida. La voz de Scorpius, clara y contundente, lo hizo detenerse:

—Gracias.

Aarón se giró y lo miró con cansancio y algo de irritación.

—Es solo una taza de té.— le dijo. —No tienes que…

—No lo digo por eso.— dijo Scorpius. —Gracias por haber aparecido y por haber intentado salvarme a mí y a Rose. Vi lo que hiciste. No llevabas una varita contigo y aún así arriesgaste tu vida por…

—Solo hacía…

—No lo repitas.— le dijo Scorpius, molesto. —No vuelvas a decir que hacías tu trabajo. Es mentira. En ese momento no eras un empleado de la Orden. Odio que seas una buena persona y que finjas que no lo eres. Me irrita.

Aarón lo miró con quietud y serenidad.

—No soy una buena persona.— le dijo. —Tómalo como una confesión.

Scorpius negó con la cabeza.

—Eres retorcido y amoral.— le dijo. —Pero no eres una mala persona. Y odio que no lo seas porque realmente te detesto.

Aarón caminó hacia la mesa otra vez.

—¿Todavía sientes a Rose?— le preguntó el castaño ignorando el último comentario del slytherin.

Scorpius asintió.

—Es difícil sentirla porque está lejos.— dijo el rubio. —Pero si me concentro aún puedo percibirla.

Aarón lo miró a los ojos con profundo interés.

—¿Y qué sientes?— le preguntó.

Scorpius le devolvió la mirada.

—Miedo.

Aarón tragó saliva y se echó el cabello hacia atrás con una mano. Scorpius notó que su semblante se transfiguraba por la preocupación. Toda la máscara de seguridad, de indiferencia, de estar por encima de todo, se le rompía al castaño en pedazos cuando se tocaba el tema de Rose.

—En verdad la quieres, ¿no es así?— preguntó el rubio.

Aarón, como si hubiera sido atrapado cometiendo algún delito, se aclaró la garganta y volvió a disfrazar su angustia con una falsa serenidad.

—Soy una mala persona, ¿recuerdas?— le dijo. —Sólo me quiero a mí mismo.

—¿Por qué te empeñas tanto en representar a alguien que no eres?— preguntó el rubio. —Conseguiste engañarme y hacerme creer que eras peligroso, y sabes muy bien que eso es lo que denota tu forma de actuar en muchas ocasiones. ¿A qué juegas?

Aarón tomó una actitud seria.

—Es mejor cuando las personas no te conocen realmente.— dijo el castaño. —Así eres un blanco mucho más difícil. Es una estrategia.

—Todo para ti es una estrategia.— comentó Scorpius.

Aarón suspiró.

—No es mi culpa que tú no te hayas dado cuenta de que estás en un juego.— le dijo el castaño. —Tú, yo, Rose…Todos somos fichas y el juego empezó hace mucho tiempo. Si pretendes sobrevivir te recomiendo que armes tu propia estrategia, porque no pienso dedicarme a salvarte cada vez que hagas un mal movimiento.

—Eres mi guardaespaldas, se supone que eso es lo que debes hacer.— le dijo Scorpius con soberbia.

Aarón lo miró desafiante.

—¿Quieres probar?

Unos pasos aproximándose hicieron que los dos voltearan hacia la puerta que todavía permanecía cerrada.

—Escucha, ¿todavía quieres ir a buscar a Rose?— le preguntó Aarón precipitadamente.

—Sí.— afirmó Scorpius con seguridad.

—Bien.— dijo el castaño. —Eres el único que puede rastrearla de forma efectiva así que tengo un plan. Quizás pueda sacarte de aquí.

En ese momento la puerta se abrió y Rizieri y Earlena entraron. Miraron a Aarón y a Scorpius, luego a la taza de té sobre la mesa.

—Gracias, Aarón.— dijo Earlena. —Le hará bien beber algo caliente. Me temo que el interrogatorio aún no termina así que voy a pedirte que nos dejes solos.

Aarón asintió y caminó hacia la salida. Justo antes de salir Rizieri lo detuvo.

—Te estaré vigilando, muchacho.— le dijo.

Aarón hizo caso omiso a este comentario y salió.

8.-

Hermione abrió los ojos bruscamente e intentó levantarse, pero una mano la agarró con firmeza por el brazo y la forzó a quedarse quieta en la camilla. Estaba en la enfermería de la Orden y lo recordaba todo: había perdido el conocimiento. La castaña miró a Draco a los ojos, entre confundida y consternada, y en su mirada gris vio toda la realidad de su situación: sus padres estaban muertos y su hija estaba desaparecida. Cerró los ojos y sollozó en silencio. No le sorprendía haberse desmayado: lo que realmente le parecía increíble era que hubiera aguantado tanto tiempo en pie. Se sentía débil, derrotada. Todo era como una pesadilla que no terminaría nunca y no sabía si tendría fuerzas para soportarla.

Draco soltó el brazo de Hermione y la dejó sollozar en silencio. Se sentía incómodo y maldijo a Potter por haberlo dejado cuidando de su amiga en lugar de haberse quedado con ella. Harry había insistido en salir a buscar agua para cuando Hermione despertara, pero Draco se habría ofrecido a hacerlo él mismo con tan de no haberse visto en la situación en la que se encontraba. No tenía idea de qué decirle a la castaña. Sabía que estaba pasando por un momento devastador, pero ellos no eran amigos y no tenían confianza el uno con el otro como para reconfortarse con soltura.

Draco se pasó una mano por la nuca y guardó silencio. No era bueno con las palabras. Aún ahora, después de tantos años, Astoria seguía reclamándole lo torpe que era en ese aspecto. Miró otra vez a Hermione: tenía los párpados inflamados de tanto llorar y su nariz había adquirido un ligero color rosáceo. Draco la observó llorar, desconsolada, y no pudo evitar sentir algo extraño muy parecido a la compasión. Odiaba ver a las mujeres llorar.

Por Merlín, cómo lo odiaba.

—Potter fue a buscar algo de agua.— le dijo el rubio, luego miró a su alrededor con molestia. —¿Dónde mierda están las enfermeras en este lugar?

Hermione respiró hondo y se forzó a sí misma a calmarse. Luego de unos minutos se atrevió a mirar a Draco, quien se había retirado a una esquina, incómodo.

—No tienes que quedarte aquí, Draco.— le dijo ella. —Estoy bien.

—Deja que lo ponga en duda, Granger.— dijo él ignorándola y cruzándose de brazos.

Desde que empezaron a trabajar juntos en el Escuadrón Azul tanto Luna como Hermione habían empezado a llamarlo por su nombre. Ginny Weasley intentaba hacerlo también, pero constamente acababa pronunciando su apellido, cosa que Draco apreciaba porque le ponía de los nervios ser tratado con familiaridad por gente que en el fondo lo despreciaba. Con Harry y Ron la cosa era distinta: ellos, al igual que él, preferían guardar los viejos modos. Y para el rubio era un verdadero alivio que así fuera.

—Ron no lo dijo en serio, lo sabes, ¿verdad?— dijo Hermione.

Draco la miró con incomprensión.

—Lo siento, Granger, pero no recuerdo todas las estupideces que dice tu marido.—le dijo el rubio levantando una ceja.

Hermione se humedeció los labios. Sus ojos temblaban ligeramente y estaban cubiertos por capas de agua.

—Lo de tu hijo. Lo de Scorpius.— dijo ella. —Ron sabe que no fue su culpa. Es sólo que está…

—Lo sé.— dijo Draco, facilitándole las cosas. —Sé que él lo sabe.— quiso reiterar. —Hasta un simio como él podría entenderlo.

Hermione bajó la mirada y nuevas lágrimas cubrieron su rostro. Draco descruzó los brazos y la miró con angustia.

—Perdón, Granger, soy un idiota.— le dijo. —Olvida todo lo que he dicho de Weasley. Él y yo…ya sabes, es complicado.

Hermione volvió a mirarlo.

—Lo sé.— le dijo. —No es tu relación con Ron lo que me preocupa ahora. De hecho, es lo menos importante del mundo.

Draco suspiró y volvió a pasarse una mano por la nuca. Realmente se sentía como un imbécil. Hubiera dado todo porque Harry apareciera por la puerta y lo desembarazara de aquella penosa situación. Miró a Hermione con algo de aflicción, ¿por qué no dejaba de llorar?

Cómo odiaba que las mujeres lloraran: en verdad lo detestaba.

Hermione no sintió a Draco acercarse y sólo se dio cuenta de que había vuelto al pie de su camilla cuando sintió el contacto de una servilleta contra sus mejillas. Cuando levantó la mirada vio al rubio secándole el rostro con torpeza. Aquel gesto la sorprendió tanto que fue incapaz de decir nada y sólo permaneció mirándolo mientras él borraba las lágrimas de su rostro.

—Escucha, Granger.— le dijo el rubio. —No soy bueno con las palabras y francamente preferiría que Potter o Lovegood, quien se perdió en el camino mientras te traíamos hasta aquí, estuvieran en mi lugar, pero ya que no están, creo que es importante que sepas que van a encontrar a tu hija. Lo harán. Estoy seguro de ello. Así que deja de llorar o juro que traeré a Weasley aquí a rastras como venganza.

Hermione lo miró con confusión.

—¿Cómo podrías vengarte de mí trayendo a Ron?— le preguntó. —Es mi marido y estoy enamorada de él. ¿Qué clase de venganza…?

Draco entornó los ojos.

—Claro, olvidé que estás loca y te gusta su compañía.— dijo el rubio mientras tiraba la servillena sobre el velador de la esquina.

Hermione tragó saliva. Sus manos temblaban.

—¿Y si mi hija está muerta?— preguntó con la voz quebrada.

Draco clavó sus ojos grises en ella con dureza.

—No digas idioteces, Granger.— le dijo con severidad. —No vuelvas a repetir algo así. ¿Entiendes? Ni siquiera lo pienses. Tu hija está bien. Ella es fuerte e inteligente porque tuvo la suerte de salir igual a ti. Es una campeona. Volverá sana y salva.

Hermione frunció levemente el entrecejo y lo miró a los ojos.

—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo?— le preguntó.

Draco suspiró.

—No estoy siendo amable.— le dijo el rubio. —Sólo estoy haciéndote ver que tantos años de convivencia con un papanatas como Weasley te ha afectado el cerebro.

Hermione sonrió levemente, pero pronto esa débil sonrisa se desvaneció. Draco se aclaró la garganta.

—No puedo imaginar qué hubiera sido de mí si Scorpius hubiera desaparecido.— le dijo esta vez en un tono completamente sincero y despojado de cinismo. —Eres fuerte, Granger: sólida como una roca. Te admiro. Nunca creí que iba a llegar el día en el que dijera esto, pero… Ahora tú y yo, los dos Weasleys, Lovegood, Potter, todos tenemos algo en común: ahora somos padres.

En ese momento Luna y Harry entraron a la enfermería y caminaron directo hacia la camilla de Hermione. Draco se hizo a un lado y retrocedió.

—No lo vas a creer, pero me perdí mientras te traíamos hacia acá.— dijo Luna tomando a Hermione de la mano. —Estás tan fría.— le acarició los dedos. —Harry me encontró de camino. Te hemos traído agua y algo de comer.

Harry puso sobre el velador una botella de agua y lo que parecía un sánduche envuelto en papel aluminio. Hermione esbozó una sonrisa débil.

—Gracias, pero no tengo hambre.— respondió. —¿Dónde está Ron?

—Está con Ginny, no te preocupes.— dijo Harry. —Comerás. No te estoy dando a elegir, Hermione. Estás pálida. Necesitas alimentarte.

Hermone tomó la mano de Harry y lo obligó a fijar sus ojos verdes en ella.

—No abandonaré el Escuadrón Azul.— le dijo a su amigo. —No iré a buscar a Rose. No cuando eso puede interferir con que los rastreadores la encuentren. Voy a quedarme aquí. Voy a esperar.

Harry asintió y la miró con afecto.

—Es lo mejor que podemos hacer.— dijo el moreno.

—Pero…— continuó ella. Sus ojos marrones brillaban intensamente. —…si mi hija no aparece en los próximos días, lo dejaré todo. Ron y yo lo dejaremos todo y la buscaremos por nuestros propios medios.

Luna miró a Harry con preocupación y el moreno guardó silencio durante algunos segundos.

—Está bien, Hermione.— le dijo. —Si eso ocurre…Si Rosie no aparece en los próximos días, si los de la Orden no consiguen hallarla… No sólo Ron y tú tomarán cartas en el asunto: todos nosotros lo haremos.

Draco observó a los tres, a Harry, a Luna, a Hermione, y supo que él también quería que Rose volviera en perfectas condiciones. No sólo por la compasión, la empatía, que sentía por los Potter, los Weasley —incluso por Ron— y los Lovegood, que eran en realidad una sola familia, sino porque sabía que su hijo sufriría si cualquier cosa le ocurría a la pelirroja…

Y él no tendría idea de cómo consolar o aliviar ese dolor.

9.-

Después de clases Lily se saltó el almuerzo y entró en la biblioteca. Caminó por el pasillo central mientras buscaba en las mesas aledañas a Lorcan y a Libby, a quienes había visto entrar juntos hacía ya varios minutos. Mientras avanzaba sintió cómo las miradas de varios chicos se clavaban en ella. Entornó los ojos. ¿Por qué los hombres tenían que ser tan molestos? ¿Acaso no podían disimularlo?

Pronto, deteniéndose en la esquina de una estantería, encontró su objetivo. Lorcan y Libby charlaban por lo bajo mientras pasaban las páginas de un libro. Lily se cruzó de brazos, ¿no habían dejado de hablarse? Bufó y vio cómo unos chicos de una mesa aledaña la miraban y comentaban entre ellos. Lily les dedicó una mirada de hastío y luego se llevó un dedo a la nariz, introduciéndolo en una de sus fosas nasales, mientras sonreía ampliamente.

"A ver si esto también les parece atractivo", pensó la pelirroja, divertida.

Los chicos dejaron de mirarla y volvieron a sus libros abiertos.

—Potter, lo que haces es realmente asqueroso.— dijo una voz que ella reconoció al instante.

La pelirroja se volteó y vio a Lorcan acomodar dos libros justo a su lado en la estantería mientras la miraba con algo de burla. Lily se sacó el dedo de la nariz y se sonrojó casi imperceptiblemente.

—Lo que es realmente asqueroso es tu gusto en chicas, Scamander.— le dijo ella mientras le dirigía una breve mirada a Libby, quien seguía estudiando a unos metros en silencio. —Te hice un favor liberándote de Dworkin y tú lo echas todo a perder. En fin. Es tu vida. Pero eso no quita que sea asqueroso.

Lorcan se apoyó en la estantería y levantó una ceja.

—¿Me estabas espiando?— le preguntó.

—¿Yo?— dijo Lily soltando una carcajada. —Alucinas.

—No sería la primera vez que lo haces, Potter.— le dijo el rubio. —Seamos sinceros: te gusto, ¿no es así? —Lorcan dio un paso hacia ella y su nariz rozó el pómulo de la gryffindoriana. —¿Tan rápido vas a pedirme que te lo haga otra vez?

Lily sintió como si por dentro todo fuera lava ardiendo, pero se controló y miró a Lorcan con sorna y autosuficiencia.

—No lo creo, Scamander.— dijo ella. —Eres tú quien se muere por mí y los dos lo sabemos.

Lorcan rió cortamente.

—No daría un segundo de mi vida por una niña mimada como tú, Potter.— dijo el slytherin. —Lo único que me gusta de ti ya lo tuve, y pienso tenerlo hasta que me aburra y entonces podremos odiarnos para siempre.

Lily sonrió al slytherin tentadoramente.

—¿Ya no me vas a decir frígida?— le preguntó. —Veo que has cambiado el término a "niña mimada". ¿Por qué será?— la pelirroja se llevó un dedo a los labios y miró hacia arriba, fingiendo que pensaba. —¡Ah! Tal vez es porque soy todo lo contrario y estás empezando a enamorarte de mí. Pobre. No guardes muchas esperanzas o la caída será muy dura.

Lorcan soltó una risa burlona.

—Ni en tus mejores sueños, Lilith.— le dijo.

Lily lo miró a los ojos y cortó aún más la distancia. Sus narices se rozaron mientras se miraban directamente con desafío.

—Cuando te enamores de mí como un idiota, no digas que no te lo advertí.— le dijo.

Lorcan esbozó una media sonrisa.

—Eres tú quien me persigue, Potter.— le dijo el rubio. —Estoy cien por ciento seguro de que será al revés.

Lily tiró de la corbata floja de Lorcan acercándolo aún más.

—No te persigo.— le dijo la gryffindoriana. —Eres mi juguete.

Lorcan deslizó su mirada hacia los labios rosa de Lily. Eran como una fruta humedecida que le pedía a gritos ser mordida. ¿Cómo podía una chica ser tan odiosa e insoportable y, a la vez, tan increíblemente irresistible? Casi la odiaba aún más por obligarlo a desearla. Todo lo que quería era hacerla suya una vez más, allí mismo, delante de todos: humillarla, hacerle ver que no significaba nada para él y que sólo era un cuerpo, una cara, que se aparecía en sus sueños para atormentarlo con un deseo que no quería sentir.

Lorcan forzó a Lily a soltar su corbata y dio dos pasos hacia atrás, distanciándose de ella. Nunca antes había tenido anhelos tan oscuros hacia una chica. Nunca había repudiado realmente a alguien por ser como era. La pelirroja lo convertía en alguien que no quería ser: en un hombre con pensamientos agresivos y egoístas.

La detestaba casi tanto como la deseaba.

¿Podían dos sentimientos tan contradictorios cohabitar en la misma persona?

—Y tú el mío, Potter.— le dijo Lorcan. —Veamos cuál es el vencedor: el león o la serpiente.

El slytherin dio media vuelta y volvió a su mesa. Se sentó junto a Libby y continuó como si nada hubiera ocurrido. Lily los miró intercambiar sonrisas y charlar por lo bajo mientras compartían sus apuntes. Durante un par de segundos estuvo a punto de dar media vuelta e irse, pero entonces hubo algo extraño en su interior que se retorció, un impulso inexplicable que la hizo caminar hacia la mesa en diagonal, ocupada por unos hufflepuffs, y sentarse con un libro que tomó de una estantería cercana. Lorcan notó lo que Lily había hecho y la miró, confundido, desde su mesa. Los hufflepuffs, todos chicos, todos de quinto curso, la miraban entre sorprendidos e intimidados por su presencia.

"Es hora de jugar", pensó la pelirroja.

Lo primero que hizo Lily fue cruzar las piernas dejando que por lo menos dos centímetros de su falda se encogiera para mostrar, sugerentemente, parte de sus muslos.

Lorcan, a la distancia, pudo notarlo y la garganta se le secó.

La pelirroja, fingiendo concentración en las páginas del libro, echó a un lado su cabello rojo y lacio, descubriendo su cuello blanco y estilizado. Los hufflepuffs frente a ella contuvieron la respiración. Lorcan no pudo evitar humedecerse los labios.

Lily se aflojó la corbata lentamente, con los ojos fijos en el libro, y jugó con ella durante unos segundos. Luego se dirigió a los dos primeros botones de su blusa, los cuales desabotonó.

Lorcan se tensó sobre su asiento y dirigió su mirada celeste, incómoda, hacia los hufflepuffs que parecían babear sobre la mesa. Lily se acarició el cuello desnudo y dejó que su mano bajara lentamente por su clavícula, todo con sus ojos gatunos fijos en el libro. Una pequeña, casi imperceptible sonrisa, asomó por su rostro. Sus pestaña se levantaron y sus ojos miel se fijaron en Lorcan, como si hubiera sabido que la mirada del slytherin estaba clavada en ella, como si la hubiera sentido. La pelirroja cerró el libro sin dejar de mirarlo, se puso de pie, y caminó entre las estanterías, desapareciendo de vista hacia el fondo de la biblioteca.

Lorcan se aclaró la garganta.

—Ya vuelvo.— le dijo en un tono bajo a Libby.

—Está bien.— dijo la rubia.

El slytherin se levantó de la mesa y siguió los pasos de Lily. Una vez que estuvo escudado por una estantería la vio dirigirse hacia la sección prohibida. ¿Estaba completamente loca? ¿Pensaba entrar allí? Lorcan caminó hacia ella y supo que ya poco le importaba romper las reglas de la biblioteca. Lo único que quería era tener a Lily entre sus brazos y apagar el deseo que lo estaba consumiento de adentro hacia fuera.

La gryffindoriana entró a la sección prohibida y dejó la puerta entre abierta.

Lorcan no lo pensó dos veces y, cuando entró, cerró la puerta tras de sí.

El lugar era oscuro, pero no lo suficiente como para no permitirle ver las siluetas de las cosas y a Lily, apoyada contra una mesa. El slytherin caminó hacia ella a gran velocidad, cortando la distancia, y colisionó contra ella, besándola ardientemente y sacándole dulces gemidos de impaciencia. Los dos se pegaron contra la mesa y sus cuerpos se encontraron como si hubieran estado sedientos el uno por el otro. Lily mordió su labio inferior y él soltó un gemido. Las manos de la gryffindoriana empezaron a desabotonar la camisa del rubio con gran habilidad. Lorcan soltó los labios de Lily sólo para besar, moder, succionar su cuello. Cuando la camisa del slytherin cayó al suelo, ella paseó sus manos libremente por los pectorales firmes de Lorcan y sintió cómo sus dedos se quemaban con el solo contacto de su piel. Ella soltó un pequeño grito cuando él clavó sus dientes sobre su clavícula, marcándola una vez más.

Agitada, embuida por el deseo, soltó, casi sin aire:

—¿Quieres jugar a ver cuál de los dos deja más marcas en el otro?— le preguntó mientras que él tomaba una de sus piernas y la levantaba a la altura de su cadera. Su mano se deslizó por los muslos de la pelirroja, muy por debajo de la falda, y apretó una de sus nalgas entre sus manos.

—Veamos.— le dijo él casi sin aire antes de volver a hundirse en un beso frenético.

Lily dejó que sus dedos se hundieran en el cabello rubio de Lorcan y luego lo haló, cortando el beso, pero pegando aún más su cuerpo contra el del slytherin.

—¿Regresaste con la Dworkin?— le preguntó mirándolo a los ojos. —Porque no me interesa acostarme con la misma persona que se acuesta con esa…

Lorcan tiró de la blusa de Lily, rompiendo unos cuantos botones, y la lanzó al suelo. La pelirroja le dedicó una mirada de enfado.

—¡¿Qué se supone que…?!

Pero no pudo terminar porque el rubio apretó entre su mano derecha uno de sus senos y, a pesar de que aún tenía puesto el brasiere, sintió la presión como si éste no estuviera realmente allí.

Lorcan mordió levemente la barbilla de Lily mientras ella soltaba pequeños suspiros.

—Ya te he dicho que no la insultes.— le dijo con severidad. —No voy a permitírtelo.

Lily hundió sus labios en el cuello de Lorcan y lo sintió estremecerse mientras ella bajaba por sus pectorales, succionando y mordiendo por donde se le antojaba. Era excitante para ella escucharlo gemir de placer, ver cómo su piel se volvía sensible ante su roce.

—Tú no puedes prohibirme nada.— le dijo ella justo antes de morder con fuerza el pectoral izquierdo del slytherin.

Lorcan gimió y soltó el brasiere de Lily que cayó sobre la mesa.

—¿Quieres que te castigue otra vez, Potter?— le dijo. —¿Quieres que te dé, otra vez, unas cuantas nalgadas para que madures?

Lily pegó sus senos contra el pecho de Lorcan y lo besó mientras se aferraba a su espalda.

—Si lo vuelves a hacer juro que te mataré, Scamander.— le susurró cuando cortó el beso.

Lorcan esbozó una media sonrisa.

—Me gustaría verte intentarlo.

Antes de que pudiera hacer nada, Lily sintió cómo él la volteaba contra la mesa, quedando justo a su espalda y, desde atrás, anclaba sus dientes en su hombro derecho. Lily contuvo la respiración cuando, sin poder verlo, sintió cómo las manos del slytherin levantaban su falda y le bajaban la ropa interior dejándola caer al suelo. Las manos del slytherin acariciaron sus muslos abiertos y ella cerró los ojos sintiéndolo subir.

—No me has respondido, Scamander…— soltó Lily, estremecida. —¿Has vuelto con la tonta Dworkin o…?

Lily no pudo hacer otra cosa que cubrirse la boca con una mano cuando recibió un ligero golpe en sus nalgas. El contacto de la palma abierta de Lorcan contra su piel la hizo gemir, aunque no estuvo muy segura si de placer o de indignación.

Lorcan se pegó más contra ella y besó el lóbulo de su oreja.

—Te dije que no la insultaras.— le dijo con dureza.

Lily giró su cabeza y mordió con cierta fuerza el lóbulo de la oreja de Lorcan, en venganza, y él se quejó mientras empujaba contra Lily la sólida erección que se escondía en su pantalón.

—Te dije que yo siempre hago lo que quiero.— le respondió la pelirroja.

Lily se estremeció por completo cuando sintió la mano del slytherin deslizarse hacia su zona más íntima y acariciar su clítoris con la presión justa, lenta y tortuosamente. Ella gimió y se mordió los labios. Pudo sentir cómo sus pezones se endurecieron al instante y todo a su alrededor perdió sentido: nada tenía más lógica, más importancia, que las caricias de Lorcan, que el cuerpo del slytherin contra el suyo haciéndola sentir todo aquello que jamás había sentido.

—No.— dijo Lorcan con una voz oscurecida por el deseo. —De ahora en adelante, mientras estemos haciendo esto, harás lo que yo te diga. ¿Entendido?

Lily gimió cuando sintió cómo dos de los dedos de Lorcan entraban en ella. Ella, voluntariamente, abrió más las piernas y pegó sus nalgas desnudas contra la erección del rubio. Sonrió cuando lo escuchó gemir contra su hombro, poseído por la excitación que lo estaba llevando al límite.

—No lo creo, Scamander…— suspiró ella mientras sentía los dedos del rubio entrar y salir dentro de ella. —Yo no….

Lily soltó un pequeño grito cuando Lorcan volvió a soltar un golpe ligero, pero contundente. Apenas le dolía lo que Lorcan hacía: era exactamente como cuando quiso darle una lección en su habitación y le dio unos cuantos golpes, como los que le da un padre a una niña malcriada. Lo que más le había ofendido, entonces, era la humillación de que lo hubiera hecho, no el dolor, puesto que el slytherin jamás la golpeaba en serio. Conocía bien la fuerza de Lorcan: si hubiera querido lastimarla ya lo habría hecho. Había algo, sin embargo, en esos golpes que intentaban "reformarla" que empezaba a gustarle. Y eso la hizo sonreír, tentada a seguir desobedeciéndolo, retándolo, desafiándolo hasta el final…

—Necesitas ser mucho más duro que eso para doblegarme, Scamander…— dijo Lily entre gemidos mientras él la seguía acariciando abajo. —Eres un pervertido.

Mientras continuaba acariciando a Lily con una mano, usó la otra para desabrochar su pantalón y bajarse los calzoncillos. La pelirroja se mordió los labios cuando sintió la tibieza del sexo del slytherin contra la piel de sus nalgas descubiertas.

—No, no soy un pervertido.— le dijo sujetándola por las caderas y, con las rodillas, apartándole más las piernas. —Tú me haces así.

Lily sonrió.

—Mejor.— le dijo.

Lorcan pegó sus labios a la oreja de la gryffindoriana.

—No he vuelto con Libby.— le dijo.

Lily, sin siquiera saber por qué, sintió un gran alivio, pero no pudo pensar más en ese sentimiento porque Lorcan entró en ella abruptamente y ella colapsó sobre la mesa, boca abajo, gimiendo por el placer que la embargó al sentirlo completamente adentro de ella. El rubio la agarró por las caderas y comenzó a embestirla rítmicamente mientras ella gemía contra la madera. El placer que sentía al entrar en ella era incomparable. Lily lo provocaba como ninguna otra chica lo había hecho antes. Era casi inverosímil que hubiera sido virgen hacía apenas unas cuantas horas. Le encantaba su piel, su cuerpo, el sonido de sus gemidos cuando él entraba y salía de ella, la forma en la que arqueaba la espalda y entre abría los labios… Todo colaboraba a enloquecerlo y en parte se odiaba por ello. En algún momento tenía que dejar de gustarle Lily. El físico no lo era todo. Tenía que poder sacársela de adentro agotando su deseo por ella lo más pronto posible.

Lily se mordió los labios para no gemir con mayor intensidad cuando Lorcan relentizó sus embestidas, volviéndolas más profundas y pausadas. Aquello era una tortura. ¿Cómo podía alguien como Lorcan darle tanto placer? No comprendía por qué se sentía tan irremediablemente atraída hacia el slytherin. Había algo en él que era diferente a todos los chicos que habían pretendido salir con ella, pero no sabía muy bien qué. ¿Podía, quizás, tratarse de que él ya no intentaba seducirla? ¿O quizás se debía a que el slytherin la veía igual que ella a él: como un juego? No importaba, en realidad: lo único que quería era saciarse de Lorcan y luego pasar la página y olvidarse de que habían estado juntos en primer lugar.

—Lorcan, sigue….—suspiró Lily. —Más rápido…

Lorcan relentizó aún más las embestidas, torturándola.

—¿Quieres que vaya más rápido?— le preguntó sujetándola por las caderas con firmeza en cada embestida. —Pídemelo.

Lily gimió.

—Te lo estoy pidiendo….idiota…— soltó ella.

Lorcan ezbozó una ligera sonrisa al verla arquear la espalda y apoyar las manos contra la mesa.

—No.— le dijo él. —Quiero que me lo pidas de verdad. Con educación.

Lily se mordió los labios, atormentada y frustrada, cuando Lorcan relentizó todavía más su ritmo. En cada embestida entraba en ella completamente, con fuerza, como la primera vez: estaba claro que él no tenía intenciones de ser gentil con ella. Y a Lily eso le encantaba.

—Maldito…

Lorcan salió de ella completamente y Lily se sintió abandonada, vacía, totalmente insatisfecha.

—Si no lo dices, no voy a hacértelo.— le dijo el rubio. —Si quieres algo, al menos tienes que pedirlo como se debe. Alguien tiene que enseñarte modales, Potter.

La punta del sexo de Lorcan, tibia, deseable, todavía acariciaba su entrada como tentándola y Lily supo que no podía soportarlo más.

—¡Está bien, tú ganas!— soltó ella, enfadada. —Por favor. ¿Satisfecho?

Lorcan entró un poco en ella otra vez y Lily gimió.

—Perdón, ¿qué dijiste?— le preguntó el slytherin, disfrutando de la situación.

—Juro que te mataré, Scamander.— dijo la pelirroja. —Dije por favor. Por favor. Por favor. ¿Es que no es…?

Lily volvió a colapsar sobre la mesa cuando Lorcan entró completamente en ella otra vez. El rubio gimió y cerró los ojos mientras retomaba un ritmo al principio lento, pero que a cada segundo iba aumentando en velocidad y en fuerza. Lily no tardó en sentir como todo a su alrededor se oscureía aún más y su cuerpo se tensaba al borde de un orgasmo. Lorcan aceleró aún más el ritmo mientras suspiraba su nombre: "Lily…Lily…" una y otra vez. La pelirroja no pudo evitar gemir con fuerza cuando una ola de placer la bañó y la dejó debilitada, temblorosa, hipersensible, pero llena de vida.

Lorcan se dejó caer sobre la espalda de la gryffindoriana pocos segundos después, agotado, pronunciando su nombre.

10.-

Albus suspiró, aliviado, cuando encontró por los alrededores del lago a Megara, sentada junto a un árbol, charlando con Alexander. Sin pensarlo demasiado caminó hacia ellos. No tenía idea de lo que iba a decir, ni siquiera lo había planeado: todo lo que sabía era que había perdido el control y que le había dicho a su novia algo de lo que ahora se avergonzaba profundamente. Casi le costaba creer que hubiera perdido el control de esa manera. Se pasó una mano por el cabello negro azabache y sus ojos verdes se clavaron en los oscuros de Megara cuando ella levantó la mirada.

—¿Podemos hablar?— le preguntó.

Megara elevó una ceja.

—¿Quieres hablar conmigo o con Alexander?— le preguntó la morena. —Porque cualquiera de los dos podemos contarte de nuestras experiencias sexuales conjuntas. ¿O prefieres esperar a Scorpius y que te contemos cómo lo hacíamos los tres?

Alexander miró a Megara con confusión.

—¿Se puede saber de qué estás hablando?— le preguntó el castaño.

Megara le sonrió.

—Albus sabe de lo que hablo.— se limitó a decir la morena.

El gryffindoriano suspiró y miró, con cansancio, a Alexander.

—Deja que hable con ella, por favor.— le pidió con educación.

Alexander miró a Megara, preocupado.

—¿Quieres que me vaya?

Megara negó con la cabeza.

—No.— dijo la morena.

El castaño miró a Albus y se encogió de hombros.

—Lo siento, Potter.— le dijo. —Pero en nuestro trío, ella es la que manda.

Megara fingió una sonrisa y miró a Albus.

—Se refiere a nuestro trío de amigos.— le dijo. —Creo que es necesario aclarártelo, ya sabes, para que no haya malos entendidos.

Alexander frunció el ceño.

—¿Se puede saber qué pasa entre ustedes dos?— preguntó el slytherin.

Albus bufó.

—Le dije algo idiota a Megara.— le dijo el moreno. —Algo sumamente idiota y ahora está vengándose de mí.

Megara se cruzó de brazos.

—No, Albus, te equivocas.— le dijo. —Si quisiera vengarme de ti te golpearía. Oh, espera: ya lo hice.

Alexander miró a Megara con sorpresa.

—¿Le pegaste?— le preguntó.

La morena lo miró con severidad.

—Créeme: no quieres saber por qué lo hice.— la slytheriana miró a Albus otra vez. —Si le cuento a Alexander lo que me dijiste te romperá la cara y, luego, se lo contará a Scorpius, quien directamente te matará. Así que toma mi silencio como un favor.

Alexander fijó sus ojos verdes en el gryffindoriano con cierta dureza.

—¿Le dijiste algo desagradable, Potter?— le preguntó. —No quiero tener que pelearme contigo, eres el primo de Lucy, pero si ofendes de alguna manera a Megara voy a tener que meterme. Es como una hermana para mí.

—Él mismo lo admitió.— dijo Megara sin quitarle la mirada de encima a Albus. —Dijo algo muy idiota.

El moreno se pasó una mano por el rostro, frustrado. No importaba que Alexander estuviera allí: si ella no iba a ceder, si no iba a permitirle disculparse a solas, entonces lo haría en público.

—Solo quería decirte que lo siento.— le dijo mirándola a los ojos. —Lo siento una y mil veces. Fui un imbécil y merecía que me golpearas. También merezco que me estés tratando así ahora. Ahora lo ves: no soy tan maduro como creías. Yo también tengo mis límites.

Megara levantó una ceja.

—¿Y esos límites se llaman Danielle?

Albus entornó los ojos e inmediatamente se dio media vuelta para caminar de vuelta al castillo. Megara se puso de pie y, con una sola frase, lo hizo quedarse quieto en su lugar:

—Alex, déjanos sólos.— le dijo al castaño.

El slytherin se puso de pie y se sacudió el pantalón deshaciéndose de los restos de césped.

—De acuerdo.— dijo Alexander y, antes de desaparecer, le dedicó una mirada firme a Albus. —Estás advertido, Potter.

El gryffindoriano miró a Megara a los ojos y ella le sostuvo la mirada. Estaban solos, por fin, al pie del lago, pero ninguno de los dos iniciaba la conversación que necesitaban. En cambio, se miraban como si, en el fondo, aún estuvieran enfadados el uno con el otro, como si todo aquello estuviera muy lejos de terminar.

Albus dio un paso hacia la morena y decidió arriesgarse a tomar la palabra:

—Lily no debió haberte hablado de Danielle.— dijo el moreno. —No le competía hacerlo.

Megara esbozó una media sonrisa slytheriana.

—Es curioso.— dijo ella. —Pero es la primera vez que me siento agradecida con tu hermana por algo. Si no fuera por ella jamás me habría enterado de que te sigues escribiendo con una ex que, al parecer, fue muy importante en tu vida pero que, por más extraño que parezca, yo no sabía que existía. ¿No crees que tengo derecho a saber este tipo de cosas? ¿Tienes idea de lo estúpida que me sentí cuando tu hermana la mencionó y yo no pude responderle nada porque desconocía la historia? ¿Puedes imaginar cómo me sentí cuando ella sonrió al descubrir, igual que yo, que me escondes cosas?

Albus bufó, frustrado.

—No es así, Megara.— le dijo el moreno. —No es tan simple como te lo imaginas.

—De acuerdo.— dijo la morena. —Es verdad que soy impulsiva y que actúo a partir de lo que siento. Es verdad, también, que me hago ideas de cualquier cosa todo el tiempo. Pero ahora no lo haré: ahora solo callaré y te daré la oportunidad de que me expliques esto que dices que no es simple.— Megara se cruzó de brazos. —Te escucharé.

La morena vio cómo Albus cortaba el contacto visual con ella y miraba hacia el lago. Su rostro estaba conturbado y ella no podía imaginar qué era lo que hacía que le costara tanto hablar de su ex novia. Jamás había visto a Albus así, con esa expresión entre enfado y desesperación. Parecía estar conteniéndose, pensando, analizando cuál sería su siguiente movimiento. De repente, una idea clara y dolorosa cruzó por la mente de la slytheriana: Albus no había compartido con ella nunca nada de su pasado. Ella le había hablado de su familia, de lo que solían hacer en vacaciones, sus gustos, sus sueños y anhelos, pero Albus, ahora que lo pensaba, se limitaba a escucharla y nunca hablaba de sí mismo con respecto al pasado. En realidad no conocía al gryffindoriano tanto como ella creía. Y no pudo evitar que eso le doliera.

Megara ocultó ese ligero sufrimiento y no permitió que Albus lo viera. Mantuvo una expresión neutral, casi indiferente.

El moreno volvió a mirarla después de varios segundos de silencio.

—¿No podemos hacer como si Lily no hubiera dicho nada?— le preguntó el gryffindoriano. —¿Por qué es tan importante para ti saber sobre ella? Ya no es mi novia, ahora tú lo eres. Le escribo cartas porque fue alguien importante y quiero seguir teniendo contacto con ella. No quiero hablar sobre algo que ya está sepultado para mí.

Megara frunció el entrecejo.

—¿Crees que estoy celosa?— le preguntó, herida. —¿De verdad crees que todo esto se trata de que me siento desplazada por la figura de una chica en tu pasado? Incluso si eso fuera realmente lo que me molestara, seguiría siendo pequeño en comparación con lo que realmente me molesta de todo esto.— dio un paso hacia él, cortando la distancia. —No es que sea importante para mí saber sobre esa tal Danielle; no es que crea que te envías cartas con ella porque tienes una relación con otra chica por correspondencia; no es que no quiera que te hables con tu ex novia ni mucho menos. Albus, lo que me molesta es que no quieras contarme este tipo de cosas, que prefieras omitirlo. Lo que me molesta es que estás aquí, frente a mí, y que te he dado la oportunidad de hablar como nunca lo hago, y tú has guardado silencio y sólo has mirado al lago.— Megara suspiró y se despeinó el cerquillo. —Y si antes no dudaba de ti con todo esto… ¿cómo no hacerlo ahora? ¿Cómo no dudar de lo que sientes por esa chica si ni siquiera puedes mirarme a los ojos y pronunciar su nombre a la vez?

Albus clavó sus ojos verdes en ella con decisión.

—Escucha, Megara.— le dijo el gryffindoriano. —Todo lo que sentía por Danielle… No se puede comparar con lo que siento por ti ahora. Tienes que confiar en mí. No te estoy mintiendo.

—Es difícil creerte cuando guardas tantos secretos.— le dijo la morena. —Albus… ¿por qué estamos juntos?

El gryffindoriano la miró como si ella le hubiera clavado un puñal en el pecho con tan solo lanzar al aire esa pregunta.

—¿Ya no quieres estar conmigo?— le preguntó Albus y su voz sonó herida.

Megara negó con la cabeza.

—No estoy diciendo eso.— dijo la morena, sacándolo de su error. —Simplemente me pregunto por qué estamos en una relación, juntos, cuando somos tan diferentes, tan absolutamente opuestos.— suspiró. —Creí que nuestras diferencias eran sorteables si había otras cosas que nos unían. Eso me daba fuerzas… pero ahora… No creo que pueda con el peso de tus secretos.

Albus cortó la poca distancia entre ellos y envolvió a Megara entre sus brazos, tomándola por sorpresa. La slytheriana no hizo ningún esfuerzo por soltarse del abrazo del moreno: él la apretaba contra sí como si no quisiera dejarla ir nunca. Ella no pudo evitar cerrar los ojos y devolverle el abrazo. No supo por qué, pero tuvo ganas de llorar.

—Escúchame, por favor.— le dijo él en un tono firme y suave a la vez.—No me importa que seamos diferentes. Sé que soy silencioso, que puedo hablar con muchas personas y no escuchar en realidad a ninguna, que soy muy individualista y que a veces sólo te obligo a hacer cosas que no te gustan, como llevarte bien con mi hermana o comer más veces en mi mesa que yo en la tuya. Sé que muchas veces te he apartado y te he puesto en segundo lugar cuando no era necesario que lo hiciera. También sé que has tenido que soportar que varios idiotas en este colegio digan que no mereces estar conmigo por tu apellido, que soy metódico y que siempre parezco tener la razón. Sé lo mucho que te enfada enfadarte y que a mí no se me mueva un pelo. Sé que mi carácter y el tuyo difieren en cada detalle, pero nada de esto importa realmente.— Albus la apretó más contra él. —No quiero que seas como yo: me encanta cada parte de ti, me encanta que seas fuerte e impulsiva, que hagas siempre lo que sientes, me encanta que seas tan honesta que otros confundan tu sinceridad con falta de tacto, que no te preocupen las reglas, ni el qué dirán. Todo de ti hizo que en lo único que pudiera pensar fuera en tenerte entre mis brazos. Nunca me he sentido así. Nunca. Así que deja de hacer ese tipo de preguntas: estamos juntos porque nos queremos. Es todo.

Megara se separó un poco de Albus y lo miró a los ojos.

—No puedo hacer como que Lily no dijo lo que dijo.— pronunció en voz baja. —Quiero confiar en ti, pero necesito que tú también confíes en mí a cambio.

Albus tomó el rostro de Megara entre sus manos y lo acarició como si fuera la cosa más preciada para él en el mundo. La morena se estremeció: nunca antes él la había tocado y mirado como ahora lo hacía. ¿Podría ser que tuviera miedo de perderla?

—Dame tiempo.— dijo el gryffindoriano finalmente. —Te lo contaré todo, pero dame tiempo para encontrar la manera de hacerlo. Mientras tanto, por favor, confía en mí.

Megara lo miró largamente a los ojos. Le parecía increíble que aquella fuera la primera vez que sentía miedo de perder lo que tenía con Albus. Su relación se había dado tan espontáneamente, tan naturalmente, que ahora le parecía que se sostenía por un hilo muy frágil y que todo era en realidad un sueño, una fantasía. Aún así, ver ese mismo miedo reflejado en las pupilas del gryffindoriano la hizo aferrarse a su mirada. Al menos ahora podía ver algo distinto en los ojos de Albus Potter: algo diferente a la afabilidad, a la madurez, a la seguridad que siempre transmitía y que lo convertían en uno de los chicos más populares del colegio. Ahora podía ver en él, por primera vez, una inseguridad, algo que lo hacía más humano, más tangible, más real para ella.

Poco a poco la coraza del moreno iba rompiéndose y, quizás, algún día, ella podría conocerlo a fondo, allí a donde él no quería que nadie más llegara.

Megara esbozó una ligera sonrisa.

—Te daré el tiempo que me pides.— le dijo. —Pero ese tiempo no durará para siempre.

Albus, aliviado, cortó la distancia entre sus labios y los de la slytheriana y la besó tiernamente. Los dos, al sentir el calor y la tibieza del otro, se estremecieron y suspiraron.

11.-

Roxanne entró en el aula y vio a Lysander sentado junto a una de las mesas. El rubio la miró con cierto enfado contenido y ella sonrió. Todavía podía recordar las caras y las risas de la gente en el comedor cuando el ravenclaw entró a desayunar practicamente desnudo. La situación le había parecido sumamente divertida y la ponía de buen humor. Cerró la puerta tras de sí y caminó hacia la mesa. Estaba segura de que Lysander ya había empezando a arrepentirse del trato con la lista. Para ella era mejor que fuera así: mientras más arrepentido estuviera de haber dicho que lo haría, más rápido le quitaría de encima esa idea de volver a estar juntos.

—¿Hiciste los ejercicios que te di?— le preguntó el rubio.

—Sí.— dijo la mulata colocando su tarea sobre la mesa. —¿Te gustó el desayuno?— le preguntó con la intención de recordarle todo lo ocurrido. —Te dije que lo de la lista sería una mala idea. Todavía puedes retirarte del juego.

Lysander clavó sus ojos celestes en ella como si quisiera ahorcarla, pero se contuvo. Cerró los ojos, respiró hondo, y cuando sus párpados se abrieron esbozó una sonrisa fingida.

—No voy a rendirme, Chocolate.— le dijo el ravenclaw. —Voy a hacer todo lo que pongas en esa lista y cuando lleguemos al número 10, tendrás que volver conmigo.

Roxanne sonrió.

—A este ritmo, Lys, creo que no llegarás vivo al número 3.— le dijo.

Lysander la miró, descolocado.

—¿Lys?— le preguntó. —¿Desde cuándo me llamas así?

Roxanne volvió a sus apuntes.

—Creo que lo hago desde que me das pena.— le dijo la mulata, divertida, y volvió a mirarlo. —No me gustaría estar en tu lugar. Será un largo y espinoso camino hasta el número 10. Lys.

Lysander empujó los apuntes de Roxanne y éstos se deslizaron hasta el final de la mesa. Cuando la mulata lo miró para quejarse se encontró con los ojos celestes del ravenclaw muy cerca de ella, mirándola directamente a los ojos, y algo se estremeció en su interior dejándola sin habla.

—Cuando termine con tu lista, Chocolate, voy besarte hasta que no puedas aguantarlo más y luego voy a hacerte mía sobre esta mesa. ¿Entendido?

Roxanne se puso tan nerviosa que incluso en su piel fue visible lo afectada que estaba por las palabras del rubio. ¿Cómo podía decir ese tipo de cosas con tanta ligereza? La mulata lo empujó lejos de ella, pero sólo consiguió que Lysander atajara su mano y la pegara contra el centro de su pecho.

—Quise ir lento cuando empezamos con nuestra relación.— le dijo el ravenclaw con una expresión victoriosa al ver que sus palabras la habían afectado. —Quise hacerlo porque eres virgen y un año menor a mí. Pero cuando todo esto acabe no voy a controlarme más.

Roxanne trató de soltarse.

—Estás realmente loco.— le dijo ella.

Lysander sonrió.

—Eras tú quien no quería que dejara tu habitación, ¿lo recuerdas?— le preguntó. —Si hubiera sido por ti, ya no serías virgen.

Roxanne lo miró con enfado.

—Eso era antes.— le dijo. —Ahora no quiero que me toques ni un pelo.

Lysander hundió su mirada en ella como una daga.

—Mientes.— le dijo.

La mulata tembló ligeramente. Quería alejarse del rubio, pero no podía hacerlo. La cercanía estaba empezando a afectarla: la tibieza de la mano de Lysander contra la de ella la debilitaba.

—No miento.— dijo Roxanne, pero sin convicción alguna.

Lysander volvió a sonreír juguetonamente.

—Quieras o no admitirlo te gusto tanto como tú a mí.— le dijo el rubio. —La única diferencia entre tú y yo es que yo sé que vas a casarte conmigo y que vas a ser la madre de mis hijos, mientras que tú estás en un estado completo de negación de esa realidad.

Roxanne lo miró con incredulidad.

—Realmente te amas demasiado a ti mismo, ¿verdad?— le preguntó.

Lysander soltó una risa corta.

—¿Cómo no podría amarme?— le preguntó. —¿Acaso tú puedes evitar hacerlo?

Roxanne intentó ocultar su turbación de inmediato:

—Había olvidado lo egocéntrico y pedante que puedes llegar a ser.— le dijo intentando evadir su mirada.

Lysander se inclinó hacia ella y hundió su nariz en su cabello negro y espeso. La mulata se estremeció y contuvo un suspiro. Sin quererlo apoyó su mano en la pierna del rubio para no caerse de su asiento. Él, aún oliéndola, sonrió.

—Siempre consigo lo que quiero.— le dijo el rubio. —Soy un ravenclaw: soy muy listo. Y hace mucho tiempo que tengo las cosas claras, Roxanne: vas a ser mía y, cuando salgamos de este colegio, no comprometeremos. Después de unos cuantos años nos casaremos y estaremos juntos hasta que seamos un par de ancianos. Eso es lo que va a suceder.

Roxanne tragó saliva cuando sintió la mano de Lysander apartar su cabello a un lado para oler directamente su cuello. La nariz y los labios del ravenclaw rozaron la piel de esa zona sensible y ella tuvo que morderse los labios.

—No sabía que adivinación era tu asignatura favorita.— dijo ella casi sin voz, intentando sonar irónica.

Lysander suspiró sobre su cuello y el calor la obligó a cerrar los ojos.

—Te diré qué es lo que haremos de ahora en adelante.— dijo el rubio sin alejarse de ella. —Yo haré todo lo que pongas en un papel precedido de un número hasta que lleguemos al 10. Pero cada vez que consiga realizar algo que me propongas, tendré derecho a besarte.

—No creo que…

—¿O es que no estás tan convencida de que vaya a rendirme, como dices?— le dijo él, y esta vez sí se alejó de ella para mirarla con desafío.

Roxanne fingió una sonrisa.

—Sé que vas a rendirte.— le dijo ella. —Y sé que no pasarás de la número tres.

Lysander le devolvió la sonrisa y le extendió la mano.

—Entonces, ¿trato hecho?

Roxanne estrechó la mano del rubio con fuerza.

—Trato hecho.— le dijo la mulata sin saber muy bien en qué era lo que se estaba metiendo. Ahora estaba claro que debía ser fuerte en sus propuestas para la lista o de lo contrario tendría que besar a Lysander.

Se sintió avergonzada consigo misma. ¿Por qué la idea de besarlo le resultaba, en el fondo, tan atractiva?

La mulata tomó un trozo de pergamino y, después de humedecer la punta de su pluma, empezó a escribir algo que Lysander no logró divisar. Una vez que terminó, Roxanne dobló el papel y se lo entregó al ravenclaw.

—Este es el segundo obstáculo de la lista.— le dijo. —Puedes echarle un ojo, si quieres, pero luego empezaremos con la tutoría porque no tengo todo el tiempo del mundo, ¿quieres?

Lysander abrió el papel y sus ojos celestes se pasearon por las líneas escritas en él. Su rostro palideció al instante y luego se acaloró, como si estuviera profundamente enfadado por lo que había acabado de leer.

Roxanne sonrió.

Tal vez, sólo tal vez, con ese papel ya había ganado la guerra.

12.-

La noche cayó sobre la Orden y, aprovechando que Earlena y Rizieri continuaban interrogando a Scorpius, Aarón logró escabuirse y salir del laberíntico edificio sin que nadie, salvo los guardias que lo consideraban una persona de confianza, lo notara. Estaba cansado, pero su agotamiento era apagado por la preocupación que sentía carcomiéndolo por dentro. En lo único en lo que podía pensar era en Rose. No sabía cómo ni cuándo, pero la pelirroja se había convertido en alguien importante para él. Hacía muchos años que no se relacionaba con personas nuevas en su vida: Ginger, Fiodor y Gania eran sus únicos amigos cercanos y aún así no les entregaba por completo su confianza. Había aprendido a no confiar demasiado en la volublidad de las personas. Y, sin embargo, allí estaba: debilitado y, a la vez, fortalecido por la preocupación que sentía por Rose. Jamás pensó, cuando la conoció, que ella lograría volver a hacerlo sentir como un ser humano y no como un autómata que buscaba venganza. Rose lo hacía sentirse vivo pero, por otra parte, también lo empujaba a la peligrosa situación de establecer lazos sólidos con otras personas. Todavía le costaba entender la naturaleza real de sus sentimientos hacia ella. Lo único que sabía era que, de alguna forma, cuando la miraba a los ojos era como si los dos pudieran entenderse sin necesidad de palabras; lo único que sabía era que no permitiría que la lastimaran.

Bufó y se pasó una mano por la cabeza, echándose el cabello castaño, brillante, hacia atrás. Durante varios minutos transitó por calles oscuras y, cuando lo creyó oportuno, se apareció en el callejón Knockturn. Se ajustó su sobretodo negro y se adentró por las callejuelas del sector. Varias brujas y magos lo miraban con curiosidad mientras pasaba y él sintió cada una de sus miradas indagadoras encima, pero las ignoró. Cruzando frente a una tienda se vio reflejado en un cristal: su joventud era obscena y notoria. Todos lo observaban porque no era normal que un chico tan joven y apuesto deambulara a esas horas por aquellos callejones. Aarón apresuró su andar. Si quería regresar cuanto antes a la Orden primero tendría que finiquitar el asunto que lo había llevado a escaparse en primer lugar.

Suspiró. Durante años su única preocupación había sido desenmascarar a Ásban, comprobar que había sido él quien mató a su madre y quien, además, había empujado a su padre al suicidio. Sus sentimientos por Rose lo estaban desviando de su objetivo principal. ¿Qué era lo que ella tenía que lo había convertido, en apenas unas cuantas semanas, en su perro guardián?

Otro problema a añadir era el mismo Scorpius, quien ahora se sentía en deuda con él por haberlo salvado. Aarón no quería, no le interesaba en lo absoluto, ser retribuido por sus acciones —buenas o malas—. No quería que su relación con Scorpius se volviera más complicada de lo que ya era. Todo lo que buscaba era vengar la muerte de sus padres. ¿Por qué, entonces, estaba metido hasta el fondo en otros asuntos que no le competían? Todavía recordaba su última conversación con Scorpius: el rubio le había dicho que sabía que él no era una mala persona. Aquello había, involuntariamente, enfadado a Aarón. Ni siquiera él mismo estaba convencido de no ser una mala persona, ¿cómo era que Scorpius podía hablar con tanta propiedad sobre algo que en realidad desconocía?

Hacía mucho tiempo, desde que perdió a su madre, que Aarón ya no se preguntaba por la naturaleza de sus acciones ni de sus decisiones. La moral institucional le importaba poco: su propia vida le importaba poco. Lo único que quería era acabar con Ásban. Por su culpa sus padres estaban muertos. Jamás se lo perdonaría. Jamás.

Para Aarón ya no existían acciones buenas o malas: sólo aquellas que le eran útiles.

Por eso había matado a Cycill: para él había sido lógico que la única manera de asegurar la protección de Rose fuera con ese método. Era drástico y era inmoral: pero gracias a que él lo había hecho Rose no había sido atacada dentro de Hogwarts. Y, a pesar de todo, a pesar de que la pelirroja lo odiara y lo despreciara, Aarón no se arrepentía de ello.

Lo volvería a hacer una y mil veces.

Por fin se vio frente al bar que buscaba, empujó la puerta y entró. El calor en el interior de aquel lugar mal iluminado lo reconfortó. Varias personas sombrías charlaban o jugaban cartas en mesas roídas y viejas. Aarón divisó, entre tanta opacidad, un cabello rubio, largo, lacio, pero que acababa en pequeños bucles, y hundió las manos en los bolsillos de su pantalón. Avanzó, a paso lento pero firme, hasta el fondo de la estancia. Mientras se aproximaba miró directo a los ojos marrones que le devolvían la mirada con una sonrisa coqueta. Él se sentó frente a ella y la miró con distancia y algo de indiferencia.

—Veo que llevas muy bien tu licantropía.— dijo la rubia. Tenía entre sus manos un cigarrillo y sus labios estaban pintados de rojo. —Debo decir que con los años sólo consigues ponerte mejor…

Aarón la miró con aburrimiento.

—No estoy para juegos, Angélica.— le dijo. —Te he hecho venir por una razón.

—Y yo he venido por curiosidad.— respondió la rubia. La sonrisa burlona no dejaba su rostro ni un solo instante. —Hace mucho que no nos vemos. Desde que te convertí en un licántropo, de hecho. Pensé que me odiabas.

—Te odio.— le dijo Aarón. —Aunque ya no estoy tan seguro de hacerlo con la misma fuerza de antes.

La rubia sonrió ampliamente, deleitada. Su aspecto era el de una mujer joven y bella. No debía tener más de diecinueve años.

—Quizás es porque ya estás aceptando que ser un licántropo no es un castigo.— le dijo ella. —Quizás estés descubriendo que te hice un favor. Quizás me has buscado porque quieres unirte a mí, porque me extrañas.

Aarón, por primera vez desde que se sentó en la mesa, esbozó una sonrisa despreocupada.

—Lo siento, Angélica.— le dijo. —Pero la época en la que sentía algo por ti que no fuera ira y despecho, terminó. Si digo que ya no te odio con la misma intensidad que antes es porque empiezas a serme indiferente.

La rubia borró por unos segundos la sonrisa de su rostro y bajó la mirada, pero se repuso al instante y pegó su espalda al respaldo de la silla.

—Entonces, ¿para qué querías verme?— le preguntó antes de llevarse el cigarrillo a la boca. —Es una lástima que todavía no me perdones. Realmente te amé, aunque a mi modo.

—Tu modo de amarme fue uno muy particular.— le dijo él con cansancio.

Los ojos de Angélica brillaron.

—A pesar de los años sigo sintiéndome como una adolescente cuando estoy frente a ti. ¿Por qué será?— preguntó la rubia al aire mientras deslizaba su mirada por los labios y el mentón del castaño. —Realmente adoro tu barbilla ligeramente partida. Es muy masculina.

Aarón la miró con una seriedad solemne e ignoró su comentario.

—Necesito tu ayuda.— le dijo.

Angélica levantó una ceja.

—¿Y por qué debería dártela?— le preguntó.

El castaño la miró con dureza.

—Porque me convertirste en un licántropo— le soltó. —Creo que es una razón bastante fuerte.

Angélica rió cortamente.

—No lo es para mí.— le dijo la rubia. —No te maté. Date por satisfecho.

—No me mataste porque los de mi equipo llegaron a tiempo para evitarlo.— le respondió él con fastidio y rencor.

—Eso no lo puedes saber.— dijo la rubia. —Quizás no te hubiera matado. Es un misterio.

Aarón bufó, cansado, y la miró con severidad. Angélica esbozó una sonrisa amplia y cínica.

—Adoro cuando me miras así.— le dijo ella. —Es sexy. Aunque todo en ti lo es, en realidad.

El castaño pegó al respaldo de la silla y se cruzó de brazos, hastiado.

—Dime qué es lo que quieres a cambio de ayudarme.— le dijo. —Pídeme lo que quieras: te lo daré.

Angélica se mordió el labio inferior.

—¿Lo que yo quiera?— preguntó.

Aarón entornó los ojos.

—Lo que sea que no tenga que ver conmigo.

La rubia suspiró con decepción.

—Aguafiestas.— le dijo. —Me sorprende que me estés buscando para pedirme ayuda. Sé muy bien que me desprecias. Odias a los licántropos como yo, aquellos que defendemos nuestro justo derecho a matar y a celebrar nuestras ceremonias lunares. Te parecemos todos unos criminales.— apoyó ambos codos sobre la mesa. —Debes estar muy desesperado para acudir a mí.

Aarón volvió a ignorar su comentario.

—¿Vas a ayudarme o no?— le preguntó.

Angélica apagó el cigarrillo sobre la mesa y meditó durante un par de segundos.

—De acuerdo.— le dijo ella. —¿Qué es lo quieres?

Los ojos del castaño brillaron brevemente.

—Necesito que algunos licántropos de tu clan escolten a un amigo para rastrear a otra amiga que se encuentra perdida.— le dijo el castaño. —Deben ser licántropos puros, aquellos que pueden transformarse cuando quieran y que no se someten a los cambios lunares. No quiero a los contaminados que no pueden controlar sus impulsos cerca de mi amigo

Angélica lo miró con sorna.

—Tú eres un licántropo contaminado.— le dijo ella. —No denigres a los de tu clase.— botó humo al aire. —Así que tu desesperación se debe a que hay una chica perdida que, al parecer, es importante para ti. Empiezo a sentirme celosa.

Aarón se acercó más a la mesa.

—Necesito lo que te estoy pidiendo lo más pronto posible.— le dijo. —Sólo una jauría de lobos puede rastrear apropiadamente un olor.

—Tendrás que darme una prenda de esa chica.— dijo Angélica. —Tendrás tu jauría, pero no será gratis.

—Ya te he dicho que puedes pedirme lo que quieras.— le dijo él.

Angélica se puso de pie y varias personas clavaron sus ojos en ella. Era muy atractiva y su cabello rubio sobresalía en aquel lúgubre lugar.

—Pensaré en qué puedes darme que realmente quiera y te lo diré en cuanto lo haya decidido.— le dijo la rubia.

El castaño la miró a los ojos.

—Piénsalo todo lo que quieras.— le dijo. —Pero necesito a los licántropos para mañana por la mañana.

La rubia sonrió.

—Los tendrás, no te preocupes.— le dijo. —Nos vemos.

La rubia se encaminó hacia la salida del bar y salió.

Aarón se quedó allí, sentado frente a la mesa, durante unos minutos más hasta que, por fin, una chica de cabello negro y corto se sentó con él.

—¿Se puede saber por qué me has citado en este lugar tan tétrico?— preguntó Ginger mirando todo a su alrededor con desdén. —Fiodor y Gania me trajeron pero no quisieron entrar al bar. ¿Por qué tanto misterio? ¿No podíamos encontrarnos en un sitio en donde hubiera más luz?

Aarón esbozó una media sonrisa.

—Tengo que pedirte un favor.

13.-

Yo, Negro

La mañana llegó y Scorpius, quien había dormido en la enfermería de la Orden, fue despertado por Earlena. La bruja le puso su ropa limpia sobre la cama y lo miró con condescendencia mientras que él se pasaba ambas manos por el rostro, despojándose a sí mismo del cansancio que lo inundaba de pies a cabeza. Scorpius había sido sometido a varios interogatorios hasta muy tarde por la noche; Earlena estaba convencida de que debía de estar agotado, pero no podía dejarlo dormir durante mucho más tiempo.

—Vístete. Es hora de que regreses a Hogwarts.— le dijo la bruja.

—Pero…

—Pero nada.— le respondió ella mientras se encaminaba hacia la salida. —Te esperaré abajo para despedirte.— justo antes de salir se volteó y lo miró con serenidad. —Encontraremos a Rose. Dalo por hecho.

Scorpius la vio salir y suspiró. Despertar era, en realidad, entrar a una nueva pesadilla en donde Rose continuaba perdida y él no podía hacer nada para recuperarla. Se sentía atado de pies y manos y la frustración lo debilitaba aún más. No podía regresar a Hogwarts. ¿Cómo se suponía que podría estar dentro del castillo sin ella?

El slytherin no tuvo tiempo de seguir pensando más en el asunto porque la puerta de la enfermería se abrió dejando entrar a Aarón y a Ginger.

Ferma.— dijo el castaño apuntando la puerta con su varita.

Ésta se cerró.

—¿Qué…?— comenzó a preguntar Scorpius, pero se cortó a sí mismo cuando vio a Ginger tomar su ropa e inspeccionarla.

La morena miró a Aarón.

—¿En dónde está el baño?— preguntó. —Supongo que debo ponérmela ahora, ¿no?

Aarón le señaló el fondo de la estancia y la morena, tras esbozar una ligera sonrisa, se encaminó con la ropa de Scorpius hasta el baño para luego desparecer de vista.

El rubio miró a Aarón con total confusión.

—¿Se puede saber qué está pasando?— le preguntó, malhumorado.

Aarón se acercó a él y, antes de que Scorpius pudiera hacer nada para evitarlo, le arrancó un cabello.

—¡¿Qué demonios…?!— soltó, enfadado, pero se calló cuando vio cómo el castaño sacaba del bolsillo de su sobretodo negro un frasco con un líquido viscoso que reconoció al instante. —¿Es eso una poción multijugos?

Aarón dejó caer el cabello de Scorpius dentro de la pócima.

—La Orden tiene preparada algunas por si son necesarias. Se las mantiene en buenas condiciones.— le dijo mientras miraba al rubio con una media sonrisa soberbia, como de quien sabe que está a punto de realizar algo impresionante. —Si pretendes ir a buscar a Rose, nadie debe enterarse de ello.

Ginger salió del baño con la ropa de Scorpius puesta. Le quedaba demasiado grande y debía sujetarse el jean para no quedar desnuda frente a los dos chicos. Resopló, cansada, mientras se dirigía directamente hacia Aarón. Una vez que estuvo cerca del castaño tomó el frasco con la poción multijugos en su mano derecha y miró al slytherin a los ojos.

—Scorpius, quiero que sepas que aunque tendré que mirarte desnudo dado que seré tú durante algún tiempo, no lo disfrutaré.— le dijo la morena. —No es que no seas atractivo, no lo tomes a mal. Pero, bueno, ya sabes cuáles son mis preferencias.

Ginger bebió la pócima con cara de asco.

Aarón caminó hacia Scorpius y le arrancó varios cabellos más.

—¡Auch!— soltó el rubio, molesto.

El castaño guardó los cabellos en una bolsa.

—Lo siento, pero Ginger los necesitará para renovar su poción multijugos y seguir siendo tú durante el mayor tiempo posible.— le dijo.

Scorpius vio con asombro y desconcierto cómo la morena, tras terminar de beber el contenido del frasco, lo dejaba caer al suelo y, luego de varios espasmos, su piel, sus huesos, su cabello, sus ojos, todo en ella empezó a transformarse hasta convertirse en él mismo.

El slytherin saltó de la camilla y caminó hacia el que ahora era una réplica de sí mismo. Le produjo escalofríos ver cómo sus ojos grises lo miraban de vuelta y cómo una sonrisa victoriosa se dibujó en sus labios que, aunque iguales, no eran los suyos.

—De modo que así se siente ser un hombre.— dijo Ginger mirándose las manos y el cuerpo. —Prefiero ser una chica, pero esto tampoco está nada mal.

Scorpius miró a Aarón, estupefacto.

—Tu mente es diabólica.— le dijo incrédulo ante el plan del castaño.

Aarón esbozó una media sonrisa.

—Lo sé.— le respondió.

Ginger se acarició el cabello rubio y cerró los ojos, disfrutando del tacto.

—Por Merlín, Scorpius, tienes el cabello de una chica.— le dijo.

Scorpius la miró con severidad.

—Me perturba enormemente que me estés tocando.— le dijo. —Deja de tocarme.

Ginger abrió los ojos y le sonrió.

—No te estoy tocando.— le dijo ella. —Técnicamente este cuerpo es mío. Solo que es idéntico al tuyo.

Aarón hizo aparecer sobre la camilla, con ayuda de su varita, una bolsa de ropa.

—Te preparé esto.— le dijo el castaño. —Es mi ropa, pero creo que tenemos las mismas medidas así que no creo que haya problema en que la uses.

Scorpius lo miró a los ojos.

—Ginger irá por mí a Hogwarts, lo entiendo.— le dijo el rubio. — ¿Y tú?

Aarón suspiró.

—Iré con ella de vuelta al castillo.— le dijo el castaño. —Si queremos mantener la farsa debo encargarme personalmente de ello. Earlena quiere que regrese y que te proteja. Sería extraño que me negara. Eso sólo levantaría sospechas.— lo miró a los ojos. —Tú eres el que tiene más probabilidades de encontrarla. Los anillos han creado una conexión entre ustedes. Si queremos encontrarla debemos ser inteligentes. Lo tengo todo preparado: no irás solo.

Scorpius frunció el ceño.

—Puedo hacerlo solo.— le dijo el rubio.

Aarón lo miró con excepticismo.

—No, no puedes.— le dijo. —Tienes una conexión con Rose, pero no sabes cómo manejarla. Es cierto que tus habilidades están relacionadas con la tierra, pero tampoco las has desarrollado lo suficiente como para ser un buen rastreador. Lo mismo con tus capacidades olfativas de lobo, ¿no es así?

Scorpius lo miró con intriga.

—¿Cómo sabes que soy un lobo?

Aarón entornó los ojos.

—Digamos que tienes un aire de familia bastante identificable.

Ginger bufó.

—Aarón, tenemos que bajar antes de que alguien suba.— le dijo ella.

El castaño asintió.

—Adelántate.— le dijo. —Primero tengo que sacar a Scorpius de la Orden.

Ginger asintió. Scorpius no dejaba de mirarla y, en realidad, mirarse. ¿Era así como lo veían los demás? Le parecía sumamente extraño verse a esa distancia: ser capaz de ver su propio cuerpo, con los gestos y los pensamientos de otra persona, andando libremente por ahí.

—¿Qué se supone que debo decir si me pregunta algo?— preguntó la morena. —Es decir, no conozco lo suficiente a Scorpius como para imitarlo.

Aarón se cruzó de brazos y suspiró.

—Sólo trata de hablar poco.— le dijo. —Y cuando lo hagas, responde con monosílabos. Y sé antipático.

Ginger asintió y fijó sus nuevos ojos grises en los de Scorpius.

—Suerte.— le dijo.

Y tras pronunciar aquella palabra se encaminó hacia la salida de la enfermería.

—Vístete, rápido.— le dijo Aarón. —Necesito llevarte con ellos antes de que alguien se dé cuenta de lo que estamos haciendo. Si nos descubren estaremos perdidos.

Scorpius lo miró con confusión.

—¿Ellos?— le preguntó. —¿Quiénes van a venir conmigo?

Aarón lo miró con severidad.

—Confía en mí.— le dijo clavando sus ojos oscuros en los de él. —Cámbiate de ropa. AHORA.

Scorpius tomó la bolsa entre sus manos y se encaminó hacia el baño. Mientras se cambiaba su corazón no dejaba de latir furiosamente. ¿Qué ocurriría se descrubían a Ginger? No: él tenía que aprovechar esa oportunidad que Aarón le estaba brindando para ir por Rose. Necesitaba salir de la Orden e ir por ella. Tenía confianza en que la conexión que tenía con ella podría servir como brújula. No era la primera vez, después de todo, que había podido saber qué tan lejos ella estaba, o qué tan cerca, sólo a causa del efecto de los anillos. Poco sabía de aquellos artefactos que Rose y él solían usar para ver el pasado. Poco sabía, también de sus propias capacidades. Todavía recordaba cómo de sus manos había salido una luz azul capaz de espantar a los dementores cuando éstos los atacaron. No sabía cómo lo había hecho, pero estaba claro que en poco tiempo había conseguido mejorar su nivel de control mágico y también desarrollar su magia sin la ayuda de una varita.

Tenía que encontrar a Rose.

Scorpius sabía que podía hacerlo.

El jean y la camisa de Aarón le quedaron a la perfección. Se colocó encima un sobretodo oscuro y se puso la capucha.

Cuando salió del baño Aarón lo miró brevemente y abrió la puerta de la enfermería.

—Vamos.— le dijo.

Juntos salieron y avanzaron con sigilo por el pasillo, esquivando, sorteando personas que de vez en cuando salían de alguna oficina cercana. Scorpius se cubría lo mejor que podía. No tenía idea de cómo conseguirían salir de allí, pero Aarón parecía tener un plan.

Antes de lo previsto llegaron a una esquina. Aarón tomó a Scorpius del brazo y en un pestañear de ojos estuvieron en un callejón que el rubio reconoció al instante:

El callejón Knockturn.

El slytherin miró a Aarón con incredulidad.

—¿Cómo..?— comenzó. —Creí que no podíamos aparecernos dentro de la Orden.

Aarón esbozó una media sonrisa.

—La Orden es, en muchos aspectos, como Hogwarts.— le dijo el castaño. —Para toda regla tiene una excepción: hay lugares específicos en donde es posible aparecerse. No muchos los conocen.

—De modo que también violas información secreta del edificio de la Orden.— le dijo el slytherin clavando sus ojos grises en él. —¿Hay algo que esté prohibido y que no hagas?

Aarón lo miró con cansancio.

—Disculpa, pero tú no eres precisamente el vivo ejemplo de la corrección.— le dijo el castaño.

Scorpius deseó poder refutarlo, pero supo de inmediato que sería hipócrita hacerlo. Él mismo se jactaba de haber violado casi todas las reglas de Hogwarts sin haber sido descubierto. Con sorpresa se dio cuenta de que estaba actuando como Rose actuaría y regañando a Aarón como la pelirroja lo había regañado a él hacía unos meses por haber entrado a la biblioteca en horas de rondas.

Una voz femenina los sacó de su discusión:

—¿Trajiste la prenda de la chica?— preguntó Angélica,

Scorpius se volteó y miró a una chica de cabello largo, rubio, que acaba en perfectos y brillantes bucles. Sus labios estaban pintados de rojo y vestía completamente de negro. Tenía ojos grandes y marrones. A su espalda estaban tres hombres jóvenes también: altos, fornidos, de mirada intensa y penetrante.

Aarón metió la mano en uno de sus bolsillos y le entregó a la rubia un listón azul. Scorpius sintió como si alguien le apretara la garganta cuando vio aquella pequeña pieza que Rose usaba para sostener su cabello rojo. Tragó saliva e intentó mantenerse firme. Su corazón estaba a punto de estallarle por dentro. Cada segundo lejos de ella, sin saber cómo estaba, lo atormentaba hasta lo indecible. No recordaba nunca haber sufrido tanto como desde el preciso momento en el que aquel muggle le arrebató a la pelirroja de las manos.

Angélica se llevó el listón a la nariz.

—El olor es fuerte.— le dijo. —Rosas y fresas….Y algo más…algo extraño.

La rubia le entregó el listón a uno de los chicos que estaban a su espalda.

—¿Es él a quienes mis amigos escoltarán?— preguntó ella mirando a Scorpius.

—Se llama Scorpius Malfoy.— le dijo Aarón.

Angélica le sonrió.

—Por supuesto que sé cómo se llama. ¿Crees que no veo los diarios? Es uno de los competidores para el puesto dentro de la Orden.— dijo ella mordiéndose el labio inferior. —Es muy apuesto. Aún así, creo que te prefiero a ti.

Aarón la ignoró y fijó sus ojos oscuros en los chicos que olían el listón azul.

—Son puros, ¿verdad?— preguntó el castaño.

—Por supuesto.— le dijo la rubia. —No te preocupes. No lastimarán al campeón.

Scorpius clavó sus ojos grises en Aarón.

—¿Quiénes son ellos?— le preguntó.

El castaño, sin mirarlo de vuelta, le respondió:

—Son licántropos.— le dijo. —Ellos van a protegerte.

Scorpius, de repente, lo entendió todo: los licántropos puros podían transformarse cuando les apatecía y, además, eran conscientes de sí mismos cuando eran hombres-lobo. También eran conocidos por sus excelentes habilidades rastreadoras. Nadie los superaba en ello, sin embargo, eran especies en extinción y las pocas manadas que existían con su pureza de raza solían, con el fin de perpetuar su especie, reproducirse entre ellos de forma incestuosa. En el mundo mágico había muchos licántropos contaminados (aquellos que eran transformados por una mordida o un arañazo de licántropo), pero los puros de raza escaseaban. Lo poco que se sabía de aquella especie era que vivían al margen de la ley y que eran verdaderos criminales que defendían su derecho natural a cazar y torturar seres humanos.

—¿Estás seguro de que son de confianza?— preguntó Scorpius sin dejar de mirar a los chicos que olían el listón azul de Rose.

Aarón clavó sus ojos oscuros en él.

—No, no lo estoy.— le dijo. —Pero he hecho un trato con ella. — señaló a la rubia. —Ella es su líder. No tienen razón para lastimarte a menos que ella lo ordene. Y yo me encargaré de que no sea así.— bajó el tono de voz con la intención de que sólo Scorpius lo escuchara. —Es la única forma. Aún estando con ellos estarías más seguro que yendo por tu cuenta. Sólo trato de guardarte las espaldas para que puedas encontrar a Rose lo más pronto posible.

Scorpius asintió. No quería continuar con la discusión. Sabía que los métodos de Aarón siempre eran extremos y radicales, pero esta vez estaba de acuerdo con él: no había otra forma de hacerlo mejor. Aquellos licántropos, criminales o no, bestias o humanos, eran rastreadores por naturaleza. La Orden jamás les pediría ayuda para localizar a Rose porque, desde su perspectiva, eran delincuentes. Sin embargo, a Scorpius le importaba poco qué clase de seres eran aquellos chicos que olían insistentemente el listón de Rose: lo único que realmente tenía importancia para él era encontrar a la pelirroja.

Y estaba dispuesto a mancharse las manos, si era necesario, con tal de conseguir su objetivo.

Angélica le sonrió a Scorpius.

—Este es Roy.— dijo señalándole a uno de los chicos. —Él es Adam y él Jason.

Aarón miró con dureza a la rubia.

—Ve al bar con tus amigos. Scorpius te encontrará allí.— le dijo.

—Oh, entiendo, quieres despertirte.— le dijo la rubia. —De acuerdo. Nos vemos, entonces…— Angélica hizo un intento por besar a Aarón en la mejilla, pero el castaño volteó el rostro, impidiéndoselo. Ella sonrió. —Como quieras.

Scorpius vio a la rubia y a sus secuaces alejarse por el callejón y luego entrar a un bar que tenía un aspecto sombrío y lúgubre. Aarón se abrió el sobretodo y de un cinto sacó una espada asegurada en una funda de cuero.

—Ya que no tienes una varita, al menos con esto podrás defenderte en un caso extremo.— le dijo entregándosela.

Scorpius la tomó sin saber exactamente qué decir. No tenía idea de cómo manejar una espada, pero Aarón tenía razón: era mejor tener aquella arma que no tener ninguna.

El castaño sacó de su bolsillo, inmediatamente después, un artefacto extraño que el slytherin ya había visto antes en casa de los Granger. Aarón se lo entregó a Scorpius en las manos.

—Esto es un teléfono móvil muggle.— le dijo el castaño. —Es el modo perfecto en el que podré comunicarme contigo sin que nadie en el mundo mágico nos rastree. ¿Sabes cómo usarlo?

Scorpius inspeccionó el teléfono.

—Creo que sí.— le dijo. —Una vez usé uno que Alexander robó en una cafetería muggle.

Aarón asintió.

—Guárdalo y no permitas que los licántropos lo vean.— le dijo. —Está en modo vibrador, de modo que si lo llevas en tu bolsillo sólo tú sabrás cuando te esté llamando o enviando un mensaje. Cualquier cosa que ocurra, cualquier inconveniente o situación inesperada, llámame. Mi número está guardado en la memoria.

Scorpius levantó una ceja.

—¿Tienes un teléfono móvil muggle?— le preguntó.

Aarón asintió y sacó uno del bolsillo de su sobretodo.

—Lo robé.— le dijo. —El que tienes también es robado, por si te interesa.

—¿Eres un trabajador de la Orden o un criminal encubierto?— le preguntó.

Aarón esbozó una media sonrisa.

—Las dos cosas.

Scorpius guardó el teléfono móvil en su bolsillo y se pasó una mano por el cabello rubio. Suspiró y miró al castaño directamente a los ojos.

—Gozenbagh.

—No tienes que decirlo.— le dijo Aarón.

—Gracias.— completó el rubio.

—No lo hago por ti.— continuó el castaño.

—Lo sé, pero igual te lo agradezco.— le dijo el slytherin.

—No creo que debas agradecerme nada si he dicho que no lo hago por ti.

—No te preocupes, esto no significa que me agrades: aún te detesto.

—Es bueno escucharlo.— le dijo.

Scorpius entornó los ojos y caminó por el callejón hacia el bar. Aarón levantó la voz y el rubio se detuvo justo antes de empujar la puerta del pub.

—Malfoy.— le dijo. —Trae a Rose de vuelta.

El rubio lo miró con neutralidad y, quizás, con una pizca de entendimiento mutuo.

—Lo haré.

Y tras decirlo, empujó la puerta y entró.

14.-

Aquella mañana Dominique abrió sus ojos celestes y, sobresaltada, se sentó sobre la cama llevándose ambas manos al pecho. Su corazón latía como una locomotora: desbocado, acelerando a cada latido, quitándole el aire. Sólo cuando su mirada se paseó como la habitación de Hogwarts —se sentía aliviada de que aquel año tanto a ella como a Roxanne les hubieran asignado habitaciones privadas (cuestión de suerte y una que otra trampa que llevaron a cabo)— recordó que estaba en un lugar seguro y que nada, por más horrible que fuera la pesadilla, podría ocurrirle allí.

Aún así, la rubia se abrazó a sí misma en un intento por calmarse.

La pesadilla había sido suya, eso era cierto: pero la protagonista había sido una de sus primas.

Rose.

Mientras se levantaba con algo de pereza —no conseguía acostumbrarse a despertar a tan altas horas de la mañana— y caminaba hacia el baño para ducharse intentó recordar la pesadilla que la había asaltado en sueños. Con sólo pensar en ella la piel se le erizaba y algo en su interior se encogía de tristeza. En sueños se había visto a sí misma, vestida de gala, corriendo con sus primos por las afueras de Hogwarts, jugando a algo que no podía identificar o que no recordaba del todo bien. Lo que sí recordaba era haber visto las sonrisas de sus primos, sus juegos, su felicidad. De repente, Rose se distanció del grupo y entró al bosque prohibido, pero nadie la vio hacerlo. Dominique siguió los pasos de la pelirroja y la llamó por su nombre mientras se adentraba en el bosque, pero Rose no respondió. Pronto llegaron al pie de un lago grande y sereno. Dominique se detuvo a unos metros de su prima: sólo podía ver la espalda de la gryffindoriana y sus rizos rojos. La llamó otra vez por su nombre para que se volteara, le insistió que la mirara con inusitada desesperación. Entonces Rose se volteó lentamente y Dominique se llevó ambas manos a la boca: el rostro de su prima estaba pálido y deteriorado, como el de un cadáver.

Dominique sacudió la cabeza bajo el chorro de agua e intentó borrar esas imágenes de su cabeza. El día no podía empezar así: había sido solo una pesadilla tonta. No tenía por qué amargarse más de lo debido por ella.

Y sin embargo, conforme fue saliendo de la ducha la sensación de angustia empezó a entrar en ella. Las imágenes de su pesadilla se volvían más vívidas en su cabeza a cada segundo y no había nada que pudiera hacer para olvidarlas. Tras lavarse los dientes, secarse el cabello rubio y ondulado —no tuvo tiempo para alaciárselo, aunque así, con sus ligeras ondulaciones naturales, también se veía bien para su gusto—, y ponerse el uniforme, Dominique salió de su habitación con la extraña sensación de que el día sólo iba a empeorar a medida que avanzara.

Si cerraba los ojos todavía podía ver, con gran realismo, las imágenes de su pesadilla.

—¿Te pasa algo?— le preguntó Roxanne cuando se encontraron en la sala común de Ravenclaw. —Te ves extraña.

—¿Si?— preguntó Dominique. —Es sólo que…tuve una pesadilla. Fue tan vívida. No lo creerías. Es absurdo pero me siento algo asfixiada. Quizás es el aire.— se ventiló a sí misma con sus propias manos. —No soy una persona negativa, ya lo sabes, pero, ¿no sientes una energía extraña rodeándonos? Así, ¿en pequeños círculos?

Roxanne la miró con estupefacción.

—¿Pequeños círculos?

Dominique asintió y dibujó en el aire, con su dedo índice, círculos del tamaño de un galeón.

—No es que crea en las malas energías ni nada de eso.— dijo la rubia. —Ni en el esoterismo… Eso sería tonto. Louis dice que es de tontos y Hugo y Lily también. Y yo no soy tonta, por lo tanto, no me gusta el esoterismo. Aunque a veces leo Corazón de bruja a escondidas y me gusta mucho la parte de las piedras de colores en donde te recomiendan qué tonalidades usar para atraer buenas vibras.— dijo pensativa. —Pero eso no significa nada.

Roxanne levantó una ceja.

—Me asustas.— le dijo.

—¿También estás asustada?— le preguntó la rubia. —Creí que era la única que se había levantado así. Tal vez no estoy loca. Tal vez hay dementores rodeando el colegio y no nos hemos enterado.

Roxanne sonrió, divertida por las ocurrencias de sus prima.

—Creo que necesitas comer algo.— le dijo mientras la llevaba a la salida de la sala común. —Te has levantado más extraña de lo normal.

Cuando las dos ravenclaw llegaron al gran comedor se dirigieron directo hacia la mesa de Gryffindor en donde estaban sentados todos sus primos. El ambiente era cálido y agradable. Nada parecía diferente y eso tranquilizó a Dominique. No entendía muy bien por qué, pero se sentía descompuesta y sus manos habían empezado a sudar.

"Solo fue una pesadilla. Solo fue una pesadilla", se repitió mentalmente mientras se sentaba.

Hugo la miró con el ceño fruncido.

—Estás pálida.— le dijo. —Pálida como una bola de nieve.

Dominique se llevó ambas manos a las mejillas, avergonzada.

—Déjala en paz, Hugo.— dijo Roxanne. —Tuvo una pesadilla.

Louis sonrió.

—¡Aw! La nena se levantó asustada.— dijo el rubio, y luego fingió unos pucheros.

Dominique, aún con las manos en las mejillas, lo miró con reproche.

—¡Tú eres la nena!— le soltó. —Yo soy la inteligente de la familia Weasley-Delacourt.

Louis levantó ambas cejas.

—¡Cierto! Eres la única que ha estado en Ravenclaw de nosotros tres.— dijo el rubio. —Claro que Victoire, aún siendo una hufflepuff, es más lista que tú.

Dominique frunció el ceño.

—Alguien no recibirá ayuda con sus tareas por lo que resta del año.— dijo la rubia. —Te daré algunas pistas: es rubio, está sentado frente a mí, es un gryffindoriano, tambien tiene…

—Dom, ya entendimos que soy yo.— dijo Louis, y todos rieron.

Fred pasó su brazo por alrededor de los hombros de la rubia y la abrazó.

—Eres el payaso de la familia, pequeña.— le dijo.

Dominique lo miró boquiabierta.

—¿Pequeña? ¡Soy un año mayor a ti!

Lily fijó sus ojos miel en Lucy, quien acababa de estornudar y tenía ojeras notablemente marcadas.

—¿Nott te tuvo despierta toda la noche?— preguntó la pelirroja.

Lucy se sonrojó intensamente y Hugo escupió el café que había bebido sobre su taza.

—¡Lily, no seas desagradable!— le soltó. —¿Crees que quiero imaginar a Lucy con este tipo? Tienes que dejar de hacer esos comentarios.

Lily lo miró con una media sonrisa en los labios.

—¿Y qué harás para determe?— le preguntó.

Hugo guardó silencio.

—Nada. Me das miedo.

Lucy se humedeció los labios e ignoró el comentario de su prima. En realidad, la pelirroja había acertado a un cien por cien. La noche anterior había dormido poco. Suspiró. Ya eran dos días seguidos en los que no descansaba apropiadamente. Alexander era insaciable y mucho temía que ella también se estaba convirtiendo en alguien así. Sólo con recordar todas y cada una de las veces que él la hizo gritar su nombre, embriagada por un placer que no sabía que podía sentir, su corazón comenzaba a latir con furia. Tragó saliva, avergonzada por las imágenes de los besos y de las caricias, y levantó la mirada hacia la mesa de Slytherin. El castaño desayunaba junto a Megara, sonriendo, y Lucy pensó que no podía existir sobre la tierra una sonrisa más perfecta. Antes de que pudiera preverlo, el slytherin clavó sus ojos verdes en ella. Lucy se estremeció. ¿Cómo podía seguir viéndose tan bien después de la noche que habían pasado? Alexander parecía un niño que acababa de despertar de un largo periodo de descanso y sus energías aparentaban estar intactas. Desde la distancia, él le sonrió. Lucy volvió la mirada a su desayuno con gran velocidad, intimidada. No podía creer que estuviera haciendo justo lo que se había propuesto no hacer: acostarse con Alexander Nott.

Y no podía creer que no se arrepintiera de hacerlo.

Aún peor: no podía creer que le gustara tanto acostarse con Alexander Nott.

¿Es que acaso estaba a punto de convertirse en una ninfómana?

Lucy cerró los ojos. ¿Era ese el efecto que tenía Alexander Nott sobre las chicas que se llevaba a la cama? ¿Era por eso que medio colegio la miraba con rabia cuando cruzaba por los pasillos? ¿Porque era la primera novia oficial del slytherin, esa que todas habían querido llegar a ser?

"No voy a enamorarme de Alexander Nott. No voy a enamorarme de Alexander Nott", se repitió mentamente.

—Lucy, estás caliente.— dijo Albus, quien le había puesto una mano sobre la frente.

La hufflepuff abrió los ojos, sonrojada, y miró a su primo con confusión.

—¿Qué?— le preguntó.

Lily sonrió, divertida.

—Tranquila, Lucy, no está hablando de Nott. Creo que se refiere a que tienes fiebre.

Lucy volvió a sonrojarse escandalosamente.

—¡Miren!— soltó Louis, de repente, señalando la entrada del gran comedor.

Todos los Weasley Potter voltearon y vieron entrar a Aarón Gozenbagh junto a Scorpius Malfoy, seguidos por Gania y Fiodor Abramovich. El castaño y el rubio, quien hacía pocos días habían protagonizado una pelea en ese mismo comedor, charlaban con naturalidad mientras se encaminaban hacia la mesa de Slytherin. Albus frunció levemente el ceño.

—Creí que se odiaban.— dijo el moreno mientras veía a Aarón apoyarse en la mesa de slytherin mientras hablaba con Scorpius. Megara y Alexander, en la otra esquina de la mesa, veían la situación con verdadera perplejidad. —¿De qué pueden estar hablando?

La mesa de slytherin prorrumpió en aplausos y vítores hacia Scorpius, quien había retornado de la cuarta prueba, al fin. El rubio miró, con algo de indiferencia, a los de su mesa, y volvió a clavar sus ojos grises en Aarón, quien parecía incómodo.

"¡MALFOY!, ¡MALFOY!,¡MALFOY!" Clamaron a coro los slytherins.

—¡Son tan guapos!— soltó una chica de Gryffindor mirando a Aarón y a Scorpius. Otras chicas que estaban con ella en la mesa suspiraron al unísono.

Hugo las miró con rencor.

—Traidoras.— murmuró, enfadado, y luego se dirigió a sus primos. —Rose pierde una prueba y en seguida se cambian de bando. A veces me pregunto si la gente tiene más hormonas que dignidad.

—En todo caso tienen más hormonas que cerebro.— dijo Lily.

—¿En dónde está Rose?— preguntó Albus, intrigado. —Si ya han regresado, no entiendo por qué no ha venido a saludarnos.

—Quizás fue primero a su sala común.— dijo Fred. —Hay que entenderla: tal vez se quiso ahorrar el pesar de escuchar a los slytherins festejar la victoria de Malfoy.

Dominique miraba hacia la puerta del gran comedor, ensimismada. Su rostro parecía afligido y sólo reaccionó cuando Roxanne la tomó de la mano.

—Dom, ¿te sientes bien?— le preguntó con afecto.

La rubia sacudió la cabeza. Las imágenes de su pesadilla volvían a ella con más fuerza que nunca.

—Rose…— murmuró, angustiada. —¿Por qué no está aquí?

El profesor Malone levantó la voz, desde la entrada del comedor, y todos callaron:

—¡Weasleys, Potters!— los llamó. Su rostro era taciturno y preocupado. — Síganme. Es urgente.

Dominique se tensó sobre su asiento.

—Tengo un mal presentimiento, Rox.— le dijo.

Ante las miradas inquietas y curiosas del comedor entero, los Weasley-Potter se pusieron de pie y, entre confundidos y aturdidos, caminaron hacia la salida del gran comedor. Afuera estaba Malone y, sin decirles gran cosa, los escoltó por el castillo en dirección a la oficina de Mcgonagal. Ninguno de los Weasley-Potter dijo nada durante el camino. Era como si un silencio anticipador, pesado e inquebrantable, se hubiera posado sobre ellos. No entendían nada de lo que estaba ocurriendo y esa incomprensión les quitaba el habla. Nunca habían estado juntos a lo largo de tantos minutos sin decirse nada. La situación era extraña, pero ni siquiera se sentían en condiciones de reflexionar sobre ella. Todo lo que querían era saber por qué los estaban llevando a rectorado y por qué Rose seguía sin aparecer.

Cuando entraron a la oficina de Mcgonagal, la bruja los esperaba de pie y con una expresión consternada que sólo fortaleció el silencio familiar. Frente a su escritorio estaban dispuestas varias sillas para cada uno de ellos. Todo parecía haber sido preparado para su tumultuosa presencia.

—Siéntense, por favor.— les dijo Mcgonagal.

Los Weasley Potter se acomodaron, confusos, en las sillas, sin dejar de mirar a la directora del colegio. De repente en la oficina se levantó un aire de solemnidad y de aprensión.

Mcgonagal tenía, tras los lentes, la mirada humedecida.

—Los he llamado porque quería ser yo quien les informara, personalmente, de lo que está pasando.— les dijo. —No quería que se enteraran por El Profeta, sino por boca de alguien cercano. Ahora mismo el colegio está recibiendo el diario y, dentro de poco, todos lo sabrán.

Hugo clavó sus ojos marrones en la directora.

—¿En dónde está mi hermana?— preguntó con un tinte de temor escondido en su voz.

Mcgonagal miró hacia abajo durante un par de segundos y su rostro parecío envejecer aún más.

—No hay forma fácil de decir esto, así que simplemente lo diré.— dijo la bruja. —Después de la cuarta prueba la señorita Weasley y el señor Malfoy obtuvieron permiso de la Orden para pasar dos días con sus familiares. La señorita Weasley y el señor Malfoy acabaron, por varias razones de las que no estoy bien enterada, en casa de los señores Granger.— hizo una pausa y su voz pareció quebrarse. —Antes de ayer, por la noche, fueron atacados por un grupo muggle que se dedica a cazar brujas y magos y…— sus ojos se clavaron en Hugo. —De verdad lo siento, señor Weasley, pero los señores Granger fallecieron en el ataque…

Dominique soltó un pequeño quejido y se llevó ambas manos a la boca mientras que sus ojos celestes se llenaban de lágrimas. Hugo, a unos metros de ella, sentado junto a una Lily cuyo rostro se había ensombrecido por el impacto de la noticia, miraba a Mcgonagal con los labios entre abiertos y los ojos marrones, grandes, inundados. Lentamente, el castaño bajó la mirada y su rostro se enrojeció tenuemente.

—¿En dónde está mi hermana?— volvió a preguntar, esta vez con una voz tan empequeñecida, tan frágil, que parecía la de un espectro.

Mcgonagal dejó correr una lágrima por su mejilla.

—La señorita Weasley fue secuestrada.— respondió. —Los miembros de la Orden y la seguridad del Ministerio están haciendo todo lo posible por encontrarla lo más pronto posible.

Albus apoyó ambos codos sobre sus rodillas y se sostuvo la cabeza con las manos, mirando al suelo, ocultando su rostro de los de sus primos. Lucy había empezado a temblar y a sollozar en silencio. Dominique continuaba con la boca tapada con ambas manos, llorando y, a su lado, Roxanne negaba con la cabeza, como si no pudiera aceptar lo que le estaba diciendo.

Fred y Louis permanecían quietos, como dos estatuas, con las miradas perdidas en algún punto lejano y los ojos enrojecidos por las lágrimas. Lily, había cerrado los ojos: sus mejillas estaban húmedas y su nariz había adquirido un tono rosa. Su expresión era parecida a la de Hugo, quien tenía los puños cerrados y lloraba, todavía sin poder creer lo que estaba escuchando.

¿Sus abuelos estaban muertos? ¿Su hermana estaba secuestrada? Hugo se sentía inmerso en una pesadilla, en una situación irreal, ajena a su vida libre de vicisitudes y despreocupada.

Albus volvió a pegar su espalda al respaldo de la silla. Sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas y su rostro también. Nadie se sentía capaz de decir nada y el silencio sólo se rompió cuando Aarón entró a la oficina.

Hugo se puso de pie inmediatamente y Lily lo abrazó para contenerlo y evitar que se lanzara sobre el castaño.

—¡Se suponía que debías protegerla!— gritó Hugo, fuera de sí, llorando.

Aarón lo miró con neutralidad y, a la vez, con algo de compasión. Sabía lo duro que debía ser para el gryffindoriano saber lo que había ocurrido con sus abuelos y con su hermana. Podía entenderlo.

—Señor Weasley… El señor Gozenbagh fue relevado de su cargo en esos días. Él no estuvo cuando todo ocurrió.— dijo Mcgonagal.

Aarón miró a Hugo, quien era abrazado por una Lily que sollozaba en su hombro.

—Lo siento.— le dijo.

Louis, con un semblante afectado, miró a Aarón a los ojos.

—La encontrarán, ¿verdad?— preguntó. —Los de la Orden y los del Ministerio… La encontrarán, ¿no es así?

Antes de que Aarón pudiera responder, Hugo intervino:

—Mis abuelos fueron asesinados por los muggles que tienen a mi hermana. La tienen en sus manos desde hace más de veinticuatro horas.— murmuró, casi para sí mismo, destrozado. — ¿Y todavía no la encuentran?

Fred negó con la cabeza, palidecido.

—No puede ser cierto.— murmuró. —Esto no puede ser.

Dominique soltó un pequeño grito cuando, a su lado, Lucy se dejó caer de la silla al suelo, desfallecida.

15.-

Yo, Rojo

Rose despertó como de un mal sueño cuando sintió el agua helada cayendo sobre toda su piel. Por unos breves segundos olvidó en dónde estaba y con quiénes estaba, pero luego escuchó los gritos y vio a los guardias divertirse mientras lanzaban agua fría a los reclusos a través de los barrotes para despertarlos y, entonces, supo que la pesadilla era aquella y no las que pudiera tener mientras dormía. Congelada, tiritando, se puso en posición fetal y vio a la niña de cabello oscuro sollozar abrazada a la mujer embarazada. Ellas eran sus compañeras de celda, pero no se habían dirigido la palabra jamás. Rose no sentía que podía comunicarse con nadie. Las palabras le parecían huecas, algo vanas: las palabras sólo servían cuando se tenía algo que decir y ella sólo tenía el silencio, encarnándosele profundamente, atándole la lengua.

Lo único que quería era irse a casa.

Lo único que quería era acabar con Ásban.

Todavía podía recordar lo que había ocurrido después de ver el video con El General: ella le había dicho todo lo que sabía de Ásban y el hombre había estallado en carcajadas. Le pareció divertido que un mago usara a los de su propia especie con tal de conseguir sus fines.

—Lo sospechaba.— dijo El General. —Sospechaba que se trataba de un mago. En el fondo, nosotros, los humanos y los magos, cooperamos cuando tenemos un mismo objetivo: la guerra. —rió mientras se alejaba de Rose. —Magos como los miembros de Exus, magos como Ásban, sólo quieren el caos: se nutren de él. Saben que la única forma de perpetuarse en el poder es traicionando, asustando a su propia gente. Ahora lo entiendo: Ásban quiere que esta guerra se lleve a cabo. Necesita, por lo tanto, que hayan hombres como nosotros lastimando a magos y a brujas. Lo necesita para armar un discurso de guerra. ¿Qué crees que harán los de tu raza cuando sepan que existen cárceles como esta? ¿Crees que querrán la paz o que buscarán venganza? Y, entonces, ¿quién liderará la guerra? Lo hará Ásban. Nosotros somos el miedo. Las guerras son perfectas para enriquecer a unos pocos; las guerras permiten que los hombres poderosos se llenen los bolsillos con el miedo de la gente.

Rose apretó las manos en dos puños cerrados. ¿Por qué no era capaz de usar sus poderes? Toda la noche pasada había intentado encender una llama sin conseguirlo. Su cuerpo no respondía: estaba paralizado por el miedo, por el dolor y el cansancio. Estaba segura de que aún tenía fiebre. A veces la visión se le oscurecía y era como si se hubiera quedado ciega. Paradójicamente, la negrura era mejor que el paisaje de magos y brujas quejándose, llorando, hablando solos, enloquecidos por el encierro.

Cada vez que cerraba los ojos la imagen de sus abuelos muertos volvía para aniquilar las pocas fuerzas que conseguía reunir.

Después de haber sido interrogada por El General y de ser devuelta a su celda, Rose había intentado durante horas, a pesar de la fiebre y del cansancio, usar su magia y, sin embargo, todos sus esfuerzos fueron inútiles. No consiguió encender ni una sola llama. Sollozó en silencio, frustrada, y recordó a los asesinos de sus abuelos. Le costaba volver sobre los hechos de aquella noche; le costaba entender todo lo que había pasado.

Ella los había matado: lo sabía. Pero, ¿cómo?

Con agotamiento vio cómo un guardia iba lanzando trozos de pan a los reclusos a través de los barrotes. Un pedazo de pan mohoso y duro cayó en su celda, en el suelo mojado y lleno de podredumbre. Tenía hambre, pero se le revolvían las entrañas del asco de sólo ver el pan verdoso. En la celda de enfrente varios hombres se lanzaron sobre su trozo de pan, empujándose, desgarrándolo, devorándolo con ansias. La escena era grotesca.

—¿Cuánto tiempo tardaremos en volvernos como ellos?— preguntó la mujer embarazada con la que compartía la celda.

Rose la miró como si lo hiciera por primera vez. Había estado tan sumida en su propio dolor que ni siquiera se había molestado en hablar con sus compañeras de celda. La niña dormía recostada en las piernas de la mujer embarazada y se veían golpeadas y sucias. Rose se preguntó si ese también era su aspecto.

—¿Estás…bien?— preguntó la mujer embarazada.

Rose guardó silencio durante algunos segundos, confundida.

—No lo creo.— respondió finalmente.

La mujer embarazada asintió.

—Lo sé, fue una pregunta estúpida.— dijo ella. —Pero es que no has hablado desde que llegamos y… creí que quizás estabas loca.

Rose pegó su espalda contra el muro. Los cuerpos de los hombres en la celda de enfrente estaban marcados por lo que parecían ser cicatrices de látigos. Algunas de sus heridas todavía estaban abiertas.

—Me llamo Lidia.— dijo la mujer. —¿Y tú?

La pelirroja miró el pedazo de pan que descansaba en el suelo.

—Es asqueroso, pero deberías comerlo…— murmuró con debilidad. —Estás embarazada… No parece que nos vayan a dar más comida… Tú y la niña deberían repartírselo.

Lidia la miró con los ojos humedecidos.

—¿Y tú?— le preguntó.

Rose cerró los ojos.

—Yo voy a morir aquí.

Lidia soltó una sonrisa marchita.

—Todos lo haremos.— le respondió. —Todos moriremos aquí. Aún así… Debemos aguantar hasta donde podamos.— continuó acariciándole el cabello a la niña que descansaba sobre su regazo. —Me pregunto dónde estará la madre de esta pequeña… Se llama Aurora. Es un bello nombre.

Rose abrió lentamente los ojos y miró a la niña que dormía ajena a todo aquel infierno. El agua helada no la había alcanzado: Lidia la había protegido con su cuerpo para que pudiera seguir durmiendo. Sólo así, en sueños, las cosas eran más soportables.

—Sé que probablemente no quieras hablar, pero yo… Yo lo necesito.— dijo Lidia esforzándose por sonreír. —No soporto el silencio…Me hace sentir menos humana. Estar aquí…ser tratada de esta manera… Es fácil que acabes sintiéndote como un animal. — hizo una pausa y se acarició su vientre abultado. —Hablar me recuerda que no soy un animal. Por eso necesito hacerlo.

Rose asintió levemente.

—Entiendo…— dijo la pelirroja con voz muy baja. —Supongo que no sé muy bien qué decir…

Lidia esbozó una sonrisa pálida.

—Supongo que todos debimos haber prestado más atención a lo que ocurría en el mundo.— dijo ella. —Todos hablaban de cómo el mundo muggle ya no era seguro para nosotros. Cuando Rick y yo supimos de los ataques, de los debates parlamentarios, pensamos en volver al mundo mágico, pero… Yo quería que nuestro bebé naciera aquí. — lágrimas corrieron por el rostro de Lidia. —Si nos hubiéramos ido Rick todavía estaría vivo y seríamos una familia completa, feliz.

Un guardia abrió la celda y tanto Lidia como Rose se tensaron y se pegaron a la pared, aterradas. El hombre tomó a la pelirroja por el cabello, forzándola a levantarse. Rose soportó el dolor y no gritó para que Aurora no se despertara. Se dejó sacar de la celda por aquella mano que la agarraba violentamente de su cabello rojo y húmedo.

Jamás había sido tratada así: como algo infrahumano, como un pedazo de basura que sólo merecía ser escupido.

Era curioso, pero cada vez que uno de los guardias se reía de ella, la golpeaba o la empujaba, ella se sentía menos mujer, menos humana y, en cambio, más despojo. Lidia tenía razón: si no hablaban acabarían por olvidar quiénes eran realmente.

Ese tipo de lugares hacían eso con las personas: las desarmaban, las aniquilaban de adentro hacia fuera. Era como si, poco a poco, le estuvieran arrebatando su identidad, su amor propio, y la estuvieran convirtiendo en un animal asustado, en un ser sin valor alguno, sin raciocinio.

¿Acabaría ella como los magos y brujas que se golpeaban la cabeza contra los muros de las celdas, como aquellos que hablaban solos y se reían espantosamente durante horas sin motivo alguno?

¿Perdería ella también la razón?

Rose fue conducida a lo que parecía un laboratorio. Las paredes estaban roídas y, sin ninguna consideración, fue atada a una camilla por dos enfermeras. La luz era intensa y la cegaba. Era incapaz de ver más que sombras de personas a su alrededor. Intentó soltarse pero fue inútil: estaba fuertemente atada.

De repente, el rostro de un hombre con gafas le sonrió.

—Vamos a ver qué hay detrás de esa piel, pequeña bruja.— le dijo, y luego miró a una de las enfermeras. —Experimento #879: diferencias genéticas, biológicas y anatómicas entre brujas y humanos.

Y entonces le clavó la primera aguja.

16.-

Yo, Negro

Scorpius detuvo su caminata abruptamente cuando sintió un dolor lejano, paralizante, que se fundió en su pecho logrando que su corazón comenzara a latir desaforadamente. Adam, un licántropo lleno de tatuajes y con varios piercings en el rostro, le dio una palmada en la espalda que más bien pareció un golpe.

—Hay que seguir, campeón.— le dijo en tono burlón.

Roy y Jason rieron y continuaron. Scorpius los miró con recelo. Habían empezado a internarse en las áreas boscosas que rodeaban la ciudad con la intención de evitar ser descubiertos tanto por muggles. Además, los licántropos habían afirmado conocer bien las zonas forestales de las afueras de Londres. Llevaban ya algunas horas caminando y Scorpius sólo conseguía desesperarse aún más con el paso del tiempo. No confiaba ni en Roy, ni en Jason ni en Adam. Conocía bien las prácticas de los licántropos puros: celebraban la violencia en su naturaleza y disfrutaban cazando muggles y magos por igual. Su única moral consistía en satisfacer sus impulsos más básicos. Era por eso que la Orden y el Ministerio iba tras de ellos.

Scorpius frunció el ceño. ¿Cómo era que Aarón conocía a un grupo de licántropos puros? ¿Qué clase de relación tenía el castaño con aquellas criaturas al margen de la ley?

—El olor lo tengo claro.— dijo Jason. —Pero apenas puedo percibirlo.

—Lo mismo me ocurre.— dijo Roy.

—A mí igual.— comentó Adam.

Scorpius los miró con cansancio.

—Eso es porque estamos muy lejos de ella.— dijo el rubio con hastío. —Y no nos estamos acercando.

Adam esbozó una media sonrisa y miró al rubio con condescendencia.

—¿Y tú cómo lo sabes, niño?— le preguntó.

—¿Niño?— repitió Scorpius. —¿Cuántos años tienes? ¿18 o 19?

—No es la edad lo que te hace un niño.— dijo Adam. —Es el ser un mago de sociedad que va al colegio y que es protegido por otros porque no puede hacerlo por sí mismo. ¿Sabes a qué edad dejamos nosotros nuestro hogar?

—No.— respondió el rubio. —Y, francamente, no me interesa.

Adam, Roy y Jason rieron.

—El chico tiene agallas.— dijo Roy.

Jason clavó sus ojos oscuros en el slytherin.

—Ya lo veremos llorar cuando nos transformemos.— dijo.

—Con respecto a las transformaciones.— le dijo Adam a Scorpius. —Cuando nosotros nos transformemos en hombres lobo, sería recomendable que tú te transformaras en lobo también. Es tu animago, ¿verdad?

Scorpius asintió.

—Sí.— le dijo. —Creí que al ser licántropos puros podían controlarse cuando quisieran.

Roy sonrió.

—Podemos.— le dijo. —Pero usualmente no queremos. Así que es mejor para ti que no seas un humano cuando estamos convertidos en hombres lobo.

Scorpius los miró con detenimiento. Realmente no creía que pudiera confiar en ellos: había algo en los tres licántropos que lo obligaba a mantenerse alerta, como si fueran esa clase de seres que podían darte la mano y dos segundos después empujarte al abismo más profundo con una sonrisa en el rostro. El problema con Roy, Jason y Adam era que parecían divertirse demasiado. Sabían que estaban en busca de una chica secuestrada que acababa de perder a sus abuelos y no les importaba en lo más mínimo. Eran amorales y carecían de todo tipo de sensibilidad o empatía con el dolor de los demás.

Y, sin embargo, Scorpius los necesitaba: necesitaba de sus habilidades para hallar a Rose lo más rápidamente posible.

Jason bufó.

—Y bien, ¿hacia dónde vamos?— les preguntó a sus amigos, ignorando a Scorpius. —El rastro es tan débil que da igual hacia donde nos dirijamos ahora, tendremos que adivinar y, en caso de que el rastro desaparezca, retroceder.

Scorpius los miró con irritación y, tras entornar los ojos, se inclinó hacia el suelo, arrodillándose, y pegó su mano abierta sobre la tierra mientras cerraba los párpados.

—¿Qué haces, campeón?— le dijo Roy en un tono lleno de sorna y de provocación.

Adam rió, pero pronto los tres licántropos guardaron silencio.

La tierra bajo sus pies se estremeció casi imperceptiblemente. Ellos, sin embargo, lo notaron.

Scorpius se tensó y las venas de sus antebrazos se ennegrecieron pintando gruesas raíces en su piel. Los latidos de la tierra viva se comunicaron con los suyos propios. La sensación era abrumadora.

Tenía que aprender a controlar sus poderes.

Ahora más que nunca los necesitaba.

Scorpius despegó su mano de la tierra y tomó una bocanada de aire como si todo aquel tiempo hubiera estado conteniendo la respiración. Los licántropos lo miraron con sonrisas burlonas.

—¿Y bien?— le preguntó Jason.

El slytherin se incorporó y, sin mirarlos, caminó hacia delante.

—Debemos tomar el norte al menos durante catorce kilómetros y luego girar hacia el este.— dijo Scorpius, sin detenerse.

—¡Hey!— soltó Adam. —No des un paso más, lobo. No eres tú quien lidera esta manada.

Scorpius se detuvo y se volteó, entre molesto e irritado, para mirar al licántropo a los ojos.

—No hay tiempo que perder.— le dijo. —Así que si no te importa…

Adam le sonrió con cinismo.

—Si quieres que vayamos rápido, ¿no crees que ya es hora de que nos transformemos?— le preguntó. —Como hombres lobos identificamos mejor el olor de la campeona en nuestro estado natural.

Scorpius guardó silencio. No le gustaba la idea de estar rodeado de tres licántropos transformados, pero Adam tenía razón: sólo así seguirían el rastro de forma eficaz. Y no había tiempo que perder.

Roy miró a Scorpius con soberbia.

—Tú primero, lobo.— le dijeron.

El slytherin suspiró y cerró los ojos. Una oleada de sensaciones físicas lo abrumaron cuando se concentró y visualizó en su mente un lobo: sus huesos se encogieron y cambiaron de forma y su piel dejó paso a un pelaje gris espeso que lo recubrió por completo. Pronto estuvo a cuatro patas sobre la tierra e instintivamente mostró sus dientes, rugiendo. Roy, Jason y Adam rieron al unísono, burlándose de Scorpius.

—Qué lobo tan tierno.— dijo Roy. —Se me romperá el corazón.

Jason clavó sus ojos verdes en Scorpius.

—No salgas corriendo, campeón.— le dijo. —Quizás te impresione un poco vernos en nuestra forma natural, pero tendrás que soportarlo.

Scorpius continuó rugiendo y mostrando sus largos colmillos. El trío de licántropos lo irritaba profundamente: estaban allí para cumplir con las órdenes de Angélica, aquella licántropa rubia con la que Aarón había hablado y que parecía ser su líder, pero no parecía importarles lo esencial que era cada segundo perdido en la búsqueda de Rose.

El rubio se vio obligado a dejar de pensar cuando, frente a él, Roy, Jason y Adam iniciaron su transformación. Sus cuerpos, que antes habían sido los de tres hombres jóvenes y atléticos, se habían ennegrecido y duplicado su tamaño mientras soltaban alaridos ensordecedores. Sus mandíbulas tronaban mientras se ensanchaban y sus dientes se alargaban y afilaban. Scorpius no pudo evitar retroceder dos pasos y su pelaje se erizó insintivamente. Las bestias que tenía a unos metros eran verdaderamente espantosas. Había visto a hombres lobo en fotografías, pero ninguna de ellas les hacía justicia. Aquellas criaturas eran imponentes: sus manos acompañadas de garras parecían poder envolver una cabeza humana y aplastarla hasta hacerla estallar sin ningún esfuerzo. Scorpius supo que si alguno de ellos decidía agredirlo a él no le quedaría otra escapatoria posible que la de huir e intentar esconderse. En un combate cuerpo a cuerpo eran ellos, los licántropos, los que tenían todas las de ganar.

Las tres bestias iniciaron, repentinamente, una carrera hacia el norte, en la dirección que Scorpius les había señalado. El rubio los vio correr a una velocidad inverosímil, rugiendo y aullando de vez en cuando, y se apresuró a seguirlos a gran velocidad.

En la punta de su nariz Scorpius pudo sentir el aroma de Rose como una caricia leve distendiéndose en el aire. Rosas, pétalos rojos, fresas.

Su rastro era como un delgado hilo que amenazaba con romperse.

17.-

—Necesito encontrar a Lucy.

Megara y Alexander caminaban desesperados por los pasillos de Hogwarts. Los dos tenían una copia del diario El profeta arrugado entre sus manos. En la portaba estaba la fotografía de Rose y el titular era devastador: "La campeona de la Orden, hija de héroes de guerra, ha sido secuestrada". Más abajo, como subtítulo, se podía leer: "Banda armada de muggles asesina a los padres de Hermione Granger y secuestra a su hija, Rose Weasley Granger, campeona de la Orden de Merlín".

El caos en los pasillos era insólito. Gryffindors, Ravenclaws, Hufflepuffs y Slytherins caminaban por doquier con copias del diario, murmuraban, cuchicheaban y se lamentaban. Todos estaban demasiado sorprendidos como para asimilarlo de forma correcta. El colegio entero parecía haber sido asolado por un huracán y ni siquiera los profesores intentaban evitar el caos que se expandía en cada esquina. Las clases parecían haber quedado suspendidas. Tanto Megara como Alexander aceleraban el paso mientras avanzaba, angustiados, por los pasillos del colegio.

—¿En dónde demonios está Scorpius?— preguntó el castaño, fuera de sí.

—¡No lo sé!— soltó Megara, sumamente alterada. —Debe estar devastado… ¡Esto es horrible!

Cuando los Weasley-Potter salieron aquella mañana del comedor, Aarón y Scorpius salieron también, dejando a todos extrañados por la repentina familiaridad que tenían dos personas que hasta hacía poco se habían golpeado en frente de todos. La misma Megara y Alexander no dieron crédito a lo que veían, sin embargo, no pudieron darle más vueltas al asunto porque las lechuzas con el diario El Profeta llegaron y, con ellas, los gritos y los sollozos expandiéndose por todo el comedor.

Justo al voltear en una esquina se chocaron de frente con Scorpius. El rubio paseó su mirada gris por encima de ellos y luego intentó seguir con su camino como si nada hubiera pasado.

Alexander lo tomó por el brazo y lo detuvo.

—¿Sabías esto?— le preguntó mostrándole el diario. —¿Se puede saber qué diablos está pasando?

Scorpius miró el diario El Profeta y se sorprendió cuando vio la portada. Megara frunció el ceño: no comprendía cómo era que la expresión de su amigo era tan límpida y tranquila, a duras penas manchada por una leve preocupación que parecía más bien lejana y ajena. La morena se acercó a Scorpius y él clavó, inmediatamente, sus ojos grises en ella como si la viera por primera vez. Algo extraño brilló en sus pupilas.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo cuando Rose está desaparecida y sus abuelos han sido brutalmente asesinados?— le soltó, confundida. —Scorpius, ¿qué es lo que está pasando?

Scorpius, quien seguía mirando a Megara de una forma que hizo que Alexander también frunciera el ceño, desconcertado, finalmente respondió:

—¿Somos amigos?— preguntó, levantando una ceja, sin despegar su mirada de la morena. —Parece ser que soy muy afortunado.

Megara se llevó una mano a la frente, incrédula.

—¿Pero qué…?

La voz de Aarón, aproximándose, los hizo voltear al otro lado del pasillo:

—Ahí estás.— dijo el castaño mientras caminaba hacia Scorpius. —Te dije que…

—Lo sé, pero me perdí.— respondió Scorpius.

Alexander los miró a ambos completamente descolocado.

—¿Se puede saber qué es lo que ocurre aquí?— preguntó el slytherin.

Aarón miró alrededor, confirmando que nadie estaba cerca, y bajó el tono se su voz.

—Sé que esto parecerá una locura y me gustaría poder explicárselos de otra forma, pero no tengo tiempo, así que tendré que decirlo sin preámbulos.— dijo el castaño mirando a Megara y a Alexander. —Scorpius no es Scorpius.

El rubio asintió.

—Tiene razón: no lo soy.— dijo el rubio.

Megara frunció el ceño, anonadada.

—¿Entonces quién eres?— preguntó.

—Es una amiga mía, la sobrina de uno de los miembros de la Orden. Su nombre es Ginger.— dijo Aarón.

—Es un gusto conocerlos.— dijo Scorpius y luego detuvo su mirada en Megara. —Especialmente a ti.

Megara fingió una sonrisa y Alexander, todavía estupefacto, intervino:

—¿Por qué una chica está convertida en Scorpius?— preguntó, aturdido. —¿Y dónde está Scorpius?

Aarón bufó y se pasó una mano por la cabeza, claramente estresado.

—Scorpius fue a buscar a Rose. Nadie lo sabe. — dijo el castaño. —Y es importante que mantengamos la farsa hasta el último momento. He decidido contarles la verdad porque necesito que ayuden a Ginger a pasar por Scorpius en cada una de las clases y frente a todos los demás. Si alguien descubre que Scorpius no está en Hogwarts…

—Pero, ¿Cómo que Scorpius fue a buscar a Rose? — soltó Megara, angustiada. —¿Fue solo? ¿Él solo? ¡Por Merlín! ¿Cómo va a lograrlo? ¡Es imposible!

Aarón clavó sus ojos negros en la morena.

—Me encargué de que no fuera solo y de que fuera con quienes podrán ayudarlo y, en caso de peligro, defenderlo.— dijo el castaño. —Es una historia muy complicada, pero sólo Scorpius pude hallar a Rose. Cuenta con una ventaja que podría significarlo todo en un caso como este. No hay tiempo para explicarles todo con detalles, simplemente necesito saber si van a ayudarme con esto.

Megara y Alexander intercambiaron miradas de preocupación, pero finalmente asintieron. Aarón suspiró, aliviado.

—Llevaré a Ginger a la sala común de Rose y de Scorpius. Quitaré el hechizo de la entrada para que ustedes puedan entrar todas las veces que quieran.— dijo Aarón. —Les explicaré todo después. Lo prometo.

Scorpius esbozó una media sonrisa.

—¿Sus nombres son…?

—Alexander.— dijo el castaño con indiferencia.

—Megara.— dijo la morena.

Los ojos grises del rubio recorrieron a la morena de pies a cabeza.

—Nos vemos, Megara…— dijo el rubio. —Y Alexander.

El castaño miró a Aarón con confusión.

—¿Estás seguro de que es una chica?— preguntó el slytherin.

—Soy una chica.— respondió Scorpius.

—Es una chica.— dijo Aarón.

—Ok, no creo que pueda recuperarme de haber escuchado la voz de Scorpius diciendo "soy una chica".— dijo Megara soltando su copia del diario y llevándose ambas manos a la cabeza.

—Yo tampoco.— dijo Alexander mirando al rubio con atención. —De hecho, creo que hay muchas cosas que están mal con la gestualidad de este Scorpius. Muy mal.

Scorpius se encogió de hombros.

—Hago lo posible por moverme como un hombre, pero es difícil.— dijo el rubio. —No tengo práctica y tener esto entre las piernas es realmente…

—¡Detenla, por Merlín!— dijo Megara, cerrando los ojos y tapándose los oídos. —Esto realmente perturbador.

Alexander negó con la cabeza y bajó la mirada.

—Creo que quiero matarme.— murmuró, disgustado.

Aarón entornó los ojos y miró a Scorpius con severidad.

—Sígueme.— le djijo. —Ahora.

Scorpius resopló.

—De acuerdo, no tienes por qué mirarme de esa manera tan autoritaria.

—Mientras menos hables, mejor.— le dijo Aarón.

Megara abrió los ojos y vio cómo el castaño y el rubio se encaminaban en dirección opuesta al pasillo. Una vez que desaparecieron, la morena miró a Alexander con consternación.

—Espero que Scorpius esté bien.— dijo ella, preocupada. —Si algo le pasa yo…

—Ni siquiera lo pienses, Meg.— dijo Alexander clavando sus ojos verdes en ella. —Scorpius sabe lo que hace. Él estará bien.

Megara suspiró y se despeinó el cerquillo.

—¿Cómo puede ser tan imbécil e ir en busca de Rose, arriesgándose en el camino?— soltó. —Lo mataré cuando regrese. Lo juro.

Alexander se humedeció los labios.

—Yo creo que lo entiendo.— dijo el castaño. —Creo que haría lo mismo por Lucy. Y tú, ¿no harías lo mismo por Albus?

Megara entornó los ojos y suspiró.

—Haría muchas cosas idiotas por ese zopenco.— dijo la morena. —Pero eso no hace que dejen de ser cosas idiotas.

Lorcan y Lysander, pálidos y con El Profeta en la mano, aparecieron por el pasillo y se unieron a ellos. Sus ojos celestes estaban enrojecidos como si estuvieran conteniendo las ganas de llorar. Megara y Alexander lo comprendieron al instante: aunque los Scamander no eran familia directa de los Weasley-Potters en la práctica era como si lo fueran. Habían crecido junto a ellos tanto dentro como fuera de Hogwarts y conocían a Rose desde siempre. Debían estar sumamente afectados por la noticia.

—¿Han visto a Roxanne y a los demás?— preguntó Lysander con una voz enronquecida. —Los hemos estado buscando por todas partes pero… es como si se los hubiese tragado la tierra.

—Nosotros también los estamos buscando.— dijo Megara. —Esto es un verdadero desastre.

—Rose va a estar bien.— dijo Lorcan en un tono extrañamente firme. —Es lista, es jodidamente lista. Es la bruja más brillante de Hogwarts. Unos muggles enfermos no van a poder con ella. Lo sé.

Alexander notó que Lorcan parecía querer convencerse a sí mismo con esas palabras. El rubio estaba notablemente afectado, igual que su hermano gemelo. De cierta manera parecía como si no hubieran salido aún del shock que les provocó leer la portada del diario. Los dos apretaban, en su mano derecha, una copia de El Profeta, arrugándola sin darse cuenta.

Unos Gryffindors que cruzaron junto a ellos, de repente, les dieron la información que habían estado buscando.

—Finnigan dice que están en la enfermería, todos ellos, y que están destrozados.— comentó una chica que sollozaba. —Pobre Rose, ¡ella no se merecía esto! Lucy Weasley se desmayó cuando Mcgonagal les contó personalmente lo que había pasado…¡pobre familia!

Megara y Alexander intercambiaron breves miradas con los Scamander y, tras algunos segundos de silencio, salieron despedidos por el pasillo directo hacia la enfermería.

18.-

Rizieri entró en la oficina de Earlena empujando la puerta y la cerró tras de sí de un solo portazo. La bruja levantó una ceja y lo miró con algo de sorpresa. Los periodistas rodeaban el edificio de la Orden y Ásban se había ofrecido a salir para responder sus preguntas sobre la desaparición de Rose Weasley. El pánico empezaba a extenderse por la comunidad mágica: en pocos meses habían recibido ataques de muggles, un miembro de la Orden había sido asesinado —eso era lo que se seguía creyendo de puertas para afuera—, los abuelos de una heroína de guerra habían sido asesinados también y una campeona había sido secuestrada. Todo aquel tiempo la Orden y el Ministerio habían unido fuerzas para intentar mantener la calma de la sociedad mágica, pero los nuevos cambios perpetrados por la masificación de información confidencial sobre el mundo mágico en el mundo muggle estaban iniciando una guerra que ya no era posible de ocultar.

Rizieri apoyó ambas manos sobre el escritorio de Earlena y la miró a los ojos con profunda seriedad.

—¿Se puede saber por qué destruiste mi casa para soltar a ese muchacho?— le preguntó el mago.

Earlena fingió una sonrisa.

—Creí que tanto tiempo siendo un miembro oficial de la Orden te había enseñado unos cuantos modales, pero veo que me equivoqué.— dijo la bruja, suspirando. —¿Tenías que azotar mi puerta de ese modo?

Rizieri dibujó una media sonrisa en sus labios.

—Tú hiciste estallar la mía en pedazos para liberar a Aarón.— le dijo. —Así que no hablemos de modales.

Earlena sonrió.

—Odio cuando tienes razón.— le dijo. —Por eso intento que eso no pase a menudo.

La bruja se sentó en su silla y Rizieri bufó, separándose del escritorio y cruzándose de brazos.

—No soy un tonto y Ásban tampoco lo es.— dijo el mago. —A ninguno de los dos nos ha quedado claro por qué fuiste a mi casa para liberar a un chico que claramente está mal de la cabeza.

Earlena clavó sus ojos violeta en Rizieri.

—¿Claramente?— dijo la bruja. —¿Estás seguro de eso?

Rizieri entornó los ojos.

—Lena, el muchacho hizo estallar a la lechuza de Rose Weasley frente a la pobre chica que, además, resultó lastimada. Todo para crear la ilusión de que ella estaba en peligro.— dijo el mago.

—Y estaba en peligro.— dijo Earlena. —Alguien tuvo que informar a esos muggles de que ella estaba en casa de los Granger. Alguien envió a los hombres de los threstrals a atacarla.

Rizieri bufó.

—Sí, eso está claro. Aarón tenía razón en eso: Rose Weasley está siendo atacada y no tenemos idea de por qué o por quién.— dijo el mago. —Pero Aarón también cree, descabelladamente, que Ásban asesinó a sus padres y que es él quien quiere dañar a Rose. ¡Y eso es una locura!

Los ojos de Earlena brillaron brevemente.

—¿Lo es?— le preguntó. —¿Estás seguro de ello?

Rizieri contuvo la respiración y miró a la bruja con el ceño fruncido. De repente un silencio denso e incómodo se distendió por la oficina.

—¿Qué es lo que estás tratando de decirme, Lena?— le preguntó el mago. —Creo que es momento de que hablemos de forma clara y contundente.

Earlena se puso de pie y abrió el cajón de su escritorio. De allí sacó un paquete de cartas viejas y las lanzó sobre la mesa. Rizieri las miró con confusión.

—No le digas a Ásban, pero entré en su despacho.— dijo la bruja.

Rizieri la miró con incredulidad.

—¿Hiciste qué?— soltó. —¡Lena!

—Sabes muy bien que soy una experta en violentar la seguridad mágica. Bueno, quizás ahora el hijo de Gothias sea el experto de la Orden, no lo sé.— dijo la bruja. —Tuve que hacerlo. Había algo en todo esto que no me cuadraba…

—Ásban es uno de los nuestros.— dijo Rizieri. —Ha trabajado a nuestro lado, codo a codo, durante años. ¿Acaso estás insinuando que Aarón Gozenbagh tiene razón? ¿Qué Ásban mató a Daria e impulsó a Gothias a suicidarse?

Earlena miró las cartas que yacían sobre su escritorio.

—No digo nada de eso, pero hay algo que nos ha estado ocultando durante todos estos años.— dijo la bruja. —Mira las cartas. ¿Reconoces la letra?

Rizieri clavó sus ojos oscuros en aquellos papeles y los tomó entre sus manos. Su rostro, antes nublado por la ofuscación, se limpió por completo para dar paso a la total incredulidad.

—Es…— murmuró.

—Es la letra de Daria.— dijo Earlena. —Todas son cartas de ella enviadas a Ásban. Las he leído y cada una de ellas es un recuento paso a paso de su investigación sobre Morgana le Fay. — suspiró. —Ásban nos dijo que no había mantenido correspondencia con ella. Nos dijo que no sabía de sus investigaciones.

Rizieri apretó las cartas en sus manos temblorosas. Su rostro se había tensado.

—Si Ásban se entera de lo que hiciste…

—Me he encargado de que no note la ausencia de estas cartas.— dijo Earlena. —Dejé un duplicado. Fui sigilosa. Nadie me vio. No tiene por qué saber que irrumpí en su oficina.

Rizieri dejó las cartas sobre el escritorio y se pasó una mano por la cabeza desprovista de pelo. Él mismo se había encargado de que su cabello no volviera a crecer.

—No puedo creer que nos haya mentido sobre esto.— dijo el mago, furioso. —No puedo creerlo.

Earlena se acarició el cabello azul con las puntas de sus dedos.

—¿Ahora entiendes por qué liberé a Aarón?— le preguntó. —Hay una razón por la que Ásban no quiere a ese muchacho en libertad. Siempre lo ha detestado, aunque sea un experto en ocultarlo. Pero yo le prometí a Daria y a Gothias proteger a su hijo…Y no pienso fallarles.

Rizieri miró a Earlena a los ojos.

—No les has fallado.— dijo el mago. —Deja de culparte.

Los ojos de la bruja se humedecieron tenuemente, pero respiró hondo y se repuso de inmediato.

—Hice bien en liberar a Aarón.— dijo la bruja. —Gracias a él tanto Rose como Scorpius seguían con vida cuando nosotros llegamos. Si no lo hubiera hecho habríamos llegado demasiado tarde.

Rizieri suspiró y empezó a pasearse por la oficina, dando vueltas sobre el mismo camino que emprendía, como si estuviera pensando.

—Sólo nosotros tres sabíamos que Rose Weasley estaba en la casa de sus abuelos. — dijo el mago.—Tú, yo y Ásban.

—Exactamente.— dijo la bruja.

—Las criaturas mágicas pudieron haber acudido porque sintieron la presencia de Rose, la fuerza de su sangre, y los muggles porque algún vecino que viera algo extraño pudo haberlos contactado, denunciando a los Granger como magos, pero…— dijo sin para de caminar de un lado a otro. —Los hombres de los threstrals no. Ellos tuvieron que haber sido avisados por alguien que supiera de la presencia de Rose en el mundo muggle.

—Así es.— dijo Earlena.

—¿No crees que es demasiado obvio todo esto?— preguntó el mago. —Si Ásban fuera lo que Aarón dice que es… Si en verdad es él quien está detrás de los ataques a Rose y es quien avisó a los hombres de los threstrals de su paradero… ¿no crees que lo hubiera escondido mejor? Es decir: es evidente que los principales sospechosos en todo esto somos nosotros tres. Todo esto parece…

—¿Torpe?— sugirió Earlena. —Lo es. Y creo que tiene una explicación a la que puedo aventurar tres posibles respuestas: — clavó sus ojos lilas en los de Rizieri. —La primera es que estas cartas no signifiquen nada: que Ásban simplemente las haya ocultado por una razón que desconocemos, pero que eso no signifique que sea todo lo que Aarón dice que es. La segunda es que en efecto Ásban sea una persona a la que no conocemos en lo absoluto y que esté detrás de los ataques a Rose Weasley, pero que en su afán por sacarla del camino, en su necesidad de encargarse de ella lo más pronto posible, haya empezado acometer errores, a ser descuidado, a dejar rastros detrás de sus acciones. — su mirada se tornó oscura como el petróleo. —Y la tercera es que esto sea precisamente lo que Ásban quiere que suceda: que los sospechosos seamos nosotros tres.

Rizieri pareció, de repente, comprender.

—Y si las cosas se ponen mal, poder inculparme a mí o a ti.

Earlena suspiró y se llevó una mano a la frente.

—No puedo creer que estemos imaginando todo esto como una posibilidad.— dijo la bruja. —Ásban… Creí que lo conocíamos.

Rizieri miró nuevamente las cartas sobre el escritorio.

—Debemos mantenernos alerta, pero no nos dejemos llevar por susposiciones.— dijo el mago. —Todo lo que hemos dicho ahora… No tenemos pruebas, son sólo conjeturas, nada más. Ásban merece que le demos el beneficio de la duda.

Earlena asintió.

—Lo sé.— dijo la bruja. —Pero hay algo en todo esto que me genera una sensación de asfixia y de frustración. Es como si, de repente, hubiera descubierto un pasadizo secreto en la casa en la que he vivido toda mi vida y ese pasadizo fuera oscuro y aterrador.— suspiró. —Hay algo que no me huele nada bien.

Rizieri se acercó a Earlena y se detuvo a un metro de ella.

—Escucha, Lena.— le dijo. —Vamos a llegar al fondo de esto, juntos, como siempre lo hemos hecho. — la miró a los ojos. —Por lo pronto creo que deberás pensar en una excusa para Ásban, cuando venga a pedirte explicaciones sobre la liberación de Aarón.

Earlena sintió.

—Lo sé.— dijo la bruja. —¿Se han ido ya los familiares de Rose?

Rizieri asintió.

—Se fueron al funeral de los padres de Hermione Granger.— dijo el mago. —Creo que deberíamos ir nosotros también.

Earlena negó con la cabeza.

—Esa familia está pasando por un momento muy duro por nuestra culpa: porque no supimos proteger a su hija como debimos.— dijo la bruja. —No creo que quieran vernos allí. Será mejor que les demos un respiro.

Rizieri asintió.

—Hay algo más que debes saber.— le dijo el mago. —James Potter, Teddy Lupin, Victoire y Molly Weasley se han movilizado por su cuenta y están llenando todo el Londres muggle con carteles con la foto de Rose y un número de contacto. Ofrecen una recompensa para cualquiera que pueda dar un dato de su paradero. No sé qué debemos hacer, si dejarlos en paz o evitar que continúen interviniendo.

Earlena caminó hacia la ventana y miró a través de los cristales.

—Debemos dejarlos en paz.— dijo la bruja. —No creo que esos carteles sirvan para nada, pero al menos ellos sienten que están haciendo algo para recuperar a su prima. Nosotros no tenemos ningún derecho a negarles esa tranquilidad.

Rizieri caminó hacia la ventana y miró también, junto a Earlena, hacia fuera: hordas de periodistas y fotógrafos se acumulaban al exterior de la Orden mientras que Ásban, en un podio improvisado, hablaba y respondía a las preguntas que le eran formuladas.

—Duró poco, pero fueron años muy buenos.

Earlena, sin mirarlo, le preguntó:

—¿A qué cosa te refieres?

Rizieri suspiró.

—A la paz.— dijo el mago. —La paz duró poco, apenas unas cuantas décadas. Creo que ya es hora de que admitamos que se terminó: es hora de que admitamos que una nueva guerra se avecina y que no hay nada que podamos hacer para impedirla.

Earlena respiró hondo.

—No estoy lista para admitir eso aún.

Rizieri, mirando a la gente amontonada fuera del edificio, respondió:

—Nadie lo está.

19.-

Yo, Rojo

Rose no se dio cuenta de que estaba en el campo de trabajos forzados hasta que uno de los guardias le gritó, a pocos centímetros, que tomara una pala y comenzara a cavar. Sentía las manos agarrotadas y tenía un sabor amargo en la boca. No podía dejar de temblar, pero ya no intentaba frenar los espasmos de su cuerpo asustado. Todavía tenía las marcas de las decenas de agujas que le habían clavado por todo el cuerpo. Su cabeza daba vueltas: durante horas le habían conectado a las sienes dos electrodos y sometido a descargas eléctricas que la dejaron inconsciente durante varios minutos. La idea de que aquellos doctores hubieran estado experimentando con ella le parecía abominable. Hace algunos años había leído que lo mismo ocurrió en el Holocausto judío y que muchos doctores experimentaban genéticamente con sus pacientes por considerarlos de una raza inferior.

¿Era eso lo que estaban haciendo con ella?

Rose tomó una pala y siguió a los demás en su labor de cavar en la tierra. Cuando la sacaron, casi a rastras, del laboratorio, la pelirroja vio cómo metían a dos niñas en el mismo lugar en donde la habían sometido a todas esas dolorosas intervenciones. ¿Qué era lo que pretendían hacer? ¿Encontrar la cura a la magia o la forma de extraerla? ¿Qué querían? ¿Por qué la estaban haciendo cavar en la tierra? Rose levantó la mirada y vio a decenas de personas cavando como ella agujeros grandes. ¿Eran, acaso, tumbas? La sangre se le congeló. "No, no puede ser", pensó mientras las manos le temblaban y la garganta se le secaba.

—¿Preocupada, bruja?— preguntó Dick, arrastrando su bate de baseball por la tierra y mirándola con sorna. —Sí: son fosas comunes. Este lugar se llena muy rápido y todas las semanas tenemos que eliminar a unos cuantos para hacerles espacio a los nuevos que llegan. ¿Esto satisface tu curiosidad?

Rose se apresuró a bajar la mirada y a cavar como los demás. Dick le parecía un sujeto repugnante por todo lo que hacía y representaba, pero también, además, odiaba mirarlo: sus ojos estaban llenos de odio y de desprecio. Sus ojos la miraban de una forma en la que ella no deseaba ser mirada: como un ser inferior.

Algunos metros más adelante, Aurora calló desfallecida al suelo. Rose la vio y sintió cómo el corazón se le detenía dentro del pecho: sabía muy bien lo que pasaba con los enfermos, lo había presenciado el día anterior, a su llegada. Buscó con la mirada a Lidia, pero entre tanta gente no la encontró. Aurora, sin embargo, fue vista por Dick, quien sonrió y caminó hacia ella con el bate en la mano.

—¡No!— gritó Rose y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia Aurora y se lanzó sobre ella protegiéndola con su propio cuerpo.

Dick se detuvo y estalló en una carcajada brutal.

—Buen intento, pero eso no va a ayudarla.

Dick tomó a Rose por su cabello rojo y la haló lejos de Aurora, levantándola del suelo y la obligó a pegar su rostro al de él. Sus narices casi se rozaban.

—Eres muy linda, bruja.— le dijo. —Lástima que seas un monstruo.— la lanzó al suelo y Rose gritó al caer. Unos guardas avanzaron hacia ella y le propinaron fuertes patadas que la hicieron encogerse en sí misma por el dolor.

Dick sonrió y apoyó el bate de baseball sobre su hombro.

—Hay algo que debemos dejar en claro, bruja.— le dijo. —Que no pueda matarte ahora mismo no significa que no pueda hacer que desees morir. Así que toma lo que haré ahora como un regalo de piedad para esta niña.

Rose miró con desesperación cómo Dick pateaba el cuerpo inconsciente de Aurora a la fosa común más cercana. El ruido del cuerpo al caer fue claro y fuerte.

La pelirroja gritó y sollozó. Intentó levantarse del suelo pero los guardas la patearon otra vez. Dick sacó su pistola.

—Adiós.— dijo justo antes de disparar en dirección a la fosa.

La detonación hizo que Rose dejara de respirar por varios segundos. Todo se volvió negro a su alrededor y se quedó quieta, como si hubiera muerto, tirada sobre la tierra.

Ni siquiera escuchó los pasos de Dick caminando hacia ella. Tampoco lo vio inclinándose y mirarla con una sonrisa cínica en los labios.

—Creo que necesitas una lección.— le dijo. —Necesitas aprender a respetar a tus superiores.

Rose lo miró con verdadero odio y, con lo poco que le quedaba de fuerzas, le escupió en el rostro.

Dick descargó una bofetada sobre ella y, mientras se limpiaba el rostro, se puso de pie.

—¡Guardias!— gritó, aunque sus hombres estaban a unos pocos metros. —¡Llévenla a la sala B!— la miró con profundo desprecio. —Es tiempo de que te domestiquen, bruja.

Antes de sentir las manos grandes y toscas agarrándola por los brazos y forzándola a levantarse, Rose perdió el conocimiento.

20.-

Megara, Alexander, Lysander y Lorcan entraron a la enfermería y tímidamente se acercaron a los Weasley-Potter que se arremolinaban alrededor de una camilla. Alexander fue el único que se atrevió a adelantarse y a abrirse paso entre ellos. Junto a la cama en donde descansaba una Lucy inconsciente estaba Ben Wilson. Durante unos breves instantes los dos chicos se miraron con creciente incomodidad. El ravenclaw, sin embargo, retrocedió, cediéndole el espacio a Alexander, quien no dudó en tomarlo. Los dos sabían que no era el momento para discutir.

—Tiene fiebre, pero no hay por qué alarmarse.— dijo Madame Pomfrey a los Weasley Potter. —Es solo un resfriado. Estará bien.

No hubo reacción alguna en el grupo. Lorcan notó que Lily se encontraba sentada junto a la camilla de Lucy y sostenía su mano entre las suyas. Sus ojos almendrados estaban enrojecidos y su expresión era indescrifrable. Dominique y Roxanne permanecían juntas junto a la ventana, agarradas de la mano, sollozando en silencio. Fred y Louis tenían una expresión taciturna, muy distinta a la felicidad y al buen humor que siempre los acompañaba. La tristeza parecía haber transfigurado sus rostros. A Lorcan le parecieron casi irreconocibles.

Alexander acarició el rostro dormido de Lucy con ternura y la miró con profunda compasión. No tenía idea de cómo iba a lograr reconfortarla cuando recuperara el conocimiento. El slytherin sabía lo mucho que la hufflepuff amaba a Rose y con sólo pensar en el dolor que embargaría a Lucy cuando, al despertar, recordara que su prima estaba desaparecida y en peligro, lo hizo sentir como si algo lo perforara por dentro. Hubiera dado todo lo que tenía, absolutamente todo, por quitarle aquel peso de encima. Casi se sentía culpable por estar más preocupado por Lucy que por la misma desaparición de Rose. No era que la pelirroja no le importara: le tenía afecto y, además, era el primer y único amor de su mejor amigo —quien, además, también había desaparecido—, pero Lucy era su mundo entero y cualquier dolor que pudiera aquejarla lo angustiaba hasta lo indecible. Alexander depositó un beso sobre la frente de la pelinaranja y le acarició el cabello. Lo único que quería era protegerla y se sentía impotente al no poder hacerlo en esos momentos.

Ben se aclaró la garganta y miró a los Weasley-Potter.

—Creo que debo irme.— les dijo. —Quiero que sepan que para cualquier cosa que me necesiten… Pueden contar conmigo.— suspiró, apenado. —En verdad lo siento.

El ravenclaw se encaminó hacia la salida y Megara dio un tímido paso hacia delante. Sus ojos miel estaban fijos en Albus, quien permanecía sentado en una silla, con la mirada absolutamente perdida en un punto invisible. Sus ojos verdes estaban humedecidos y su expresión era desoladora. La bruja sintió como si le faltara el aire y se llevó una mano al pecho. Jamás había visto a Albus tan vulnerable como en ese momento. Todavía podía recordar aquella charla que habían tenido en la Torre de Astronomía hacía algún tiempo: ella le preguntó a cuál de sus primas quería más y él respondió, a parte de mencionar a su propia hermana, a Rose. A pesar de que aquel año, por cuestiones de la competencia de Merlín, Albus no había estado precisamente cerca de Rose, Megara sabía que para el moreno la gryffindoriana era mucho más que una prima: era su mejor amiga. No tenía la menor idea de qué decir en un momento así; no sabía cómo aliviar a Albus, cómo eliminar el dolor que estaba marcado en cada una de sus facciones.

Megara tragó saliva y caminó hacia el gryffindoriano. Una vez que estuvo frente a él se inclinó y clavó sus ojos en los de él. Albus, quien hasta entonces parecía no haber notado la presencia de Megara, la miró como si hubiera emergido de una pesadilla. Ella enlazó sus manos contra las del moreno y no dejó de mirarlo ni un solo segundo.

—Rose va a estar bien.—le dijo casi en un susurro. —Todo va a estar bien.

Una voz extraña, muy distinta a la que Megara estaba acostumbrada a oír, le respondió:

—Ellos la tienen.— dijo Albus y su rostro se pintó de temor. —Mataron a sus abuelos, a los padres de mi tía, frente a ella… — el gryffindoriano cerró los ojos y apretó las manos de Megara entre las suyas. —Si algo le ocurre yo moriré.

Megara, con los ojos turbios por las lágrimas, abrazó a Albus con fuerza.

—Nada va a ocurrirle. Nada.— repitió con firmeza.

Lily miró a Megara con rabia contenida. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—¿Por qué no te callas?— le soltó. —Tú no sabes si Rose está o no bien. No tienes idea de lo que dices.

—Lily...por favor…— dijo Fred.

—¡No!— gritó la pelirroja mientras se ponía de pie con brusquedad. —¡Estoy harta de escuchar a la gente decirnos que todo estará bien!— lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. —¡Nada está bien! ¡Rosie está en manos de la misma banda de muggles que no tuvo escrúpulos a la hora de matar a dos ancianos inocentes!

—Lily, detente.— dijo Louis. —Para ya. Por favor…

Lily miró a su primo, fuera de sí, y forzó una sonrisa.

—¿No te gusta escuchar la verdad, Louis?— le dijo. —Pues yo la prefiero a seguir escuchando a todo el mundo decirme que todo estará bien. ¡Todos tienen la boca llena de mierda!

La pelirroja salió corriendo de la enfermería y Dominique intentó perseguirla hasta que Louis la detuvo.

—¡Lily!— gritó la rubia, llorando, intentando soltarse de su hermano. —¡No te vayas! ¡Lily!

—Para, Dom.— le dijo Albus, afectado, desde su silla, sin soltar la mano de Megara. —Déjala estar sola. Lo necesita.

—Pero Al…— dijo la rubia.

—Soy su hermano.— la interumpió el moreno clavando sus ojos verdes en ella. —Ninguno de nosotros conoce tanto a Lily como yo. Necesita estar sola.

Lorcan y Lysander se cruzaron de brazos a la vez.

—¿Y Hugo?— preguntó Lysander sin quitarle los ojos de encima a Roxanne.

—También necesitaba estar solo.— dijo Fred. —Está muy mal… Eran sus abuelos. Es su hermana.— el pelirrojo miró al suelo y meneó la cabeza. —Lily tiene razón: esto es una mierda.

Roxanne negó con la cabeza.

—Hugo no debería estar solo ahora.— dijo la mulata. —No debimos dejar que se fuera.

Lysander asintió.

—Puedo ir a buscarlo.— se ofreció el rubio.

—Yo podría ayudarte.— le dijo Lorcan.

—No.— dijo Albus de forma cortante. —Déjenlo en paz. Hugo… Ahora él no tiene fuerzas para estar junto a nadie.

Alexander, quien hasta entonces había guardado silencio junto a la camilla de Lucy, miró a los Weasley Potter y, en un tono suave, les dijo:

—Siento que estén pasando por todo esto. En verdad lo siento.

Roxanne miró al castaño a los ojos.

—Creo que en nombre de todos puedo decirte a ti y a Megara: gracias por venir.

21.-

Yo, Rojo

Rose abrió los ojos y sintió cómo el agua que quemaba las pupilas y le entraba por la nariz, la boca, ahogándola. Luchó por salir, pero una mano la sujetaba por la nuca y la hundía más en el tanque de agua. Pocos segundos antes de que todo se volviera negro, la mano la extraía del agua y ella tomaba aire de una bocanada para, unos segundos después, ser sumergida otra vez. Aún debajo del agua podía escuchar las risas de los guardias que se divertían con ella en la sala B. Rose había entendido qué tipo de lugar era aquel en cuanto puso su pie allí adentro: en la sala había cadenas, látidos, cuchillos y todo un arsenal de artefactos que parecían estar destinados a lastimar personas. La sala B, pensó entonces, debe ser un eufemismo para "sala de torturas".

Rose gritaba dentro del agua, sin aire, inundada por dentro, y luego el guardia la impulsaba hacia fuera y ella vomitaba todo el líquido tragado sobre el suelo. El guardia la soltó y la dejó caer en el piso inmundo y ella, temblando, se quedó allí, derrotada por el agobio, el cansancio y el dolor. Todo aquello tenía que ser una pesadilla. No podía ser real. Hogwarts le parecía tan lejano encerrada en aquellas paredes. Su vida entera se le escapaba de las manos: sus padres, su hermano, sus primos, sus abuelos, Scorpius… ¿Por qué no venían a buscarla? ¿Por qué estaba tan sola en ese lugar oscuro y demoledor? ¿Por qué?

Rose sintió cómo una mano la agarraba por el cabello y la halaba hacia arriba, levantándola. Ella soltó un grito de dolor y fue abofeteada otra vez. La tomaron por las muñecas y la colgaron a unas cadenas que salían de la pared. Con brusquedad le rompieron la ropa hasta dejarla completamente desnuda, inerme, temblando. Uno de los guardias tomó un látigo.

—Después de esto aprenderás a ser obediente, bruja.

El primer golpe la hizo gritar como nunca antes en toda su vida.

El segundo la hizo sentir como si le desgarraran la piel de la espalda.

El tercero le provocó un dolor tan agudo que la ensordeció y le nubló la vista.

El cuarto la dejó completamente inconsciente.

Cuando volvió en sí notó, sin fuerzas, cómo cuatro manos la vestían con una ropa que no era la suya, una ropa gris y maloliente. Después la arrastraron por el suelo hacia una puerta negra blindada. Rose gritó por el dolor que le provocaban las heridas que el látigo le había infligido, pero nadie la escuchaba: para los hombres que la habían maltratado su dolor no tenía significado, no tenía ningún valor.

La puerta negra se abrió y todo lo que Rose vio allí adentro fue oscuridad absoluta. Los guardias la lanzaron en ese habitáculo diminuto, sin ventanas, y cerraron la puerta. La pelirroja se arrinconó a tientas en una esquina. Cerrar los ojos era lo mismo que tenerlos abiertos. La negrura era completa y perfecta. Nada era visible en ese lugar, ni siquiera su propia desesperación.

¿Por qué le estaban haciendo esto? ¿Por qué?

Rose se llevó ambas manos a la cabeza y sollozó.

¿Por qué? ¿Por qué?

Aurora, esa pequeña niña, ahora estaba muerta. Todo en aquel sitio era muerte y dolor. ¿Cómo podían haberla matado? ¡Era sólo una niña! ¿Cómo podía Ásban saber de la existencia de lugares como ese y no hacer nada al respecto? ¿Cómo podía ser tan déspota y cruel? Gracias a él sus abuelos estaban muertos. Gracias a él ella estaba en ese hueco infernal.

Rose gritó con todas sus fuerzas y a ese grito le siguieron muchos otros. No podía parar de lanzar alaridos, no podía silenciarse: quería expulsar todo el dolor que llevaba adentro, quería vomitarlo y aquella era la única forma de hacerlo. Al menos su voz seguía siendo suya: al menos, todavía, podía usarla.

Pocos minutos después cayó desfallecida sobre el suelo.

22.-

Cuando Dominique salió directo a los campos de Hogwarts una tenue brisa le acarició el rostro y, aliviada, respiró hondo el aire fresco del exterior. Desde que había salido de la enfermería cientos de ojos no habían parado de mirara con compasión y algo de lástima. Todos los alumnos de Hogwarts sabían la tragedia por la que estaba pasando la familia Weasley-Potter y Dominique, que no estaba acostumbrada a ser el centro de atención, se sentía abrumada por la cantidad de miradas que se dirigían hacia ella como si esperaran que rompiera a llorar frente a todos.

Con cansancio se llevó ambas manos al rostro y notó que éste estaba cubierto por lágrimas.

Sí, ahora lo entendía todo: iba por ahí con el rostro de una magdalena inspirando lástima.

Con algo de rabia consigo misma se limpió las mejillas y volvió a tomar aire.

Todo era como una pesadilla, una horrible pesadilla de la que no podía despertarse. Era precisamente lo que había soñado: sus presentimientos habían resultado ser reales y no tenía idea de cómo o a quién contárselo. ¿Cómo decirles a sus primos, en el estado actual en el que se encontraban, que ella había tenido una pesadilla en la que Rose había aparecido en pésimas condiciones frente al lago de Hogwarts? Podía ser sólo un sueño, pero también algo más. Firenze le había dicho, después de todo, que tenía habilidades para la adivinación.

No podía ser sólo una coincidencia. ¿O sí?

Dominique caminó directo hacia el lago. En su camino por los pasillos de Hogwarts les había preguntado a todos los ravenclaws de su clase que encontró en el camino si habían visto a Aarón Gozenbagh. Dos de sus compañeros le dijeron que lo vieron salir del castillo y dirigirse hacia el lago. Dominique tenía esperanzas de que el castaño aún estuviera allí. Era él quien se había encargado de la seguridad de Rose durante todo aquel tiempo. ¿A quién más podría contarle lo que había visto sino a él? Debía decírselo a alguien: dentro de su pecho sentía una presión indescriptible, como si su pesadilla no hubiera sido sólo producto de su imaginación.

¿Era acaso posible que su prima estuviera ahora mismo siendo maltratada en algún lugar recóndito? Quizás su sueño tenía algún significado oculto. Quizás podría servir para encontrar más rápidamente a Rose.

O tal vez estaba siendo sumamente tonta.

Dominique se detuvo en seco cuando vio a Aarón de pie frente al lago. El castaño tenía ambas manos introducidas en los bolsillos de su pantalón y la mirada oscura, enigmática, fija e inmóvil en el agua plateada. La brisa mecía levemente su cabello castaño y brillante: estaba completamente solo, pensativo, ajeno por completo al mundo.

La ravenclaw se humedeció los labios.

"¿En qué demonios estás pensando, tonta?" se dijo a sí misma mientras se rascaba la cabeza.

Las lágrimas volvieron a acurdir a sus ojos en cuanto recordó que Rose, su prima, continuaba desaparecida y en manos de criminales. Sintió un nudo en la garganta, un nudo que le impedía respirar con normalidad.

Si cerraba los ojos todavía podía ver la imagen de Rose frente al lago, pálida, con algunos hematomas en su rostro siempre luminoso y límpido. Dominique notó que sus manos temblaban y se las llevó al centro de su pecho, apretándolas contra su corazón.

No: tenía que contárselo a alguien. Aunque fuera una estupidez, aunque no significara nada, debía hacerlo.

Dominique tomó aire y caminó hacia el castaño, quien no se dio cuenta de su presencia ni siquiera cuando la rubia se colocó a su lado y lo miró directamente, pero con timidez y algo de nerviosismo. El perfil de Aarón era de rasgos suaves y seductores, casi femeninos, salvo por su barbilla levemente partida que lo masculinizaba irremediablemente. De cerca era aún más atractivo de lo que parecía a gran distancia, sin embargo, había algo misterioso anidado en cada una de sus facciones juveniles, algo que Dominique no podía entender y ni siquiera imaginar; algo que la hacía sentirse pequeña, insignificante, a su lado.

—Yo…— comenzó la rubia con una voz debilitada que se esforzó en fortalecer. —Hola.

Aarón volteó y, con neutralidad, miró a Dominique de arriba hacia abajo como si fuera la primera vez que la veía o como si no pudiera recordar de quién se trataba. Finalmente algo en sus ojos oscuros le dio a entender a la ravenclaw que la había reconocido, pero el alivio duró poco, pues Aarón regresó su mirada hacia el lago y suspiró.

—Hola.— se limitó a decirle. —¿Puedo ayudarte en algo, Dominique?

La rubia miró hacia abajo brevemente. Su corazón latía a mil dentro de su pecho y no podía dejar de sentirse incómoda. Las palabras de Aarón eran gentiles, pero su rostro denotaba una total indiferencia a cualquier cosa que ella pudiera decirle. Estaba claro que el castaño tenía otras cosas en mente, pero Dominique reunió valor dentro de sí para seguir:

—Soy la prima de Rose.— comentó casi en un susurro.

—Lo sé.— le dijo él. —Vas en quinto, tienes quince años, tu hermano es Louis Weasley y tu hermana es Victoire Weasley. Tus padres son Bill Weasley y Fleur Delacour. ¿Olvido algo?

Dominique lo miró con extrañeza.

—No… Creo.— dijo ella jugando con sus manos. —¿Cómo sabes tanto de mí?

Aarón, aún sin mirarla, le respondió:

—Sé todo lo que tengo que saber sobre Rose y los que la rodean.— dijo el castaño. —Es mi trabajo.

Dominique, intimidada por el tono impersonal de Aarón y por la forma en la que la ignoraba mirando hacia el lago, se aclaró la garganta y tragó saliva.

—Sí, claro…Tiene sentido.— suspiró y se rascó la cabeza. Su cabello rubio y ondulado se había erizado por la humedad del exterior. — Yo…te estaba buscando porque…Esto va a sonar muy tonto pero hoy, antes de que todos nos enteráramos de lo que le ocurrió a Rose y a sus abuelos, tuve un sueño en el que aparecía ella y…

Aarón la miró directamente a los ojos y con renovado interés, como si de repente ya no quisiera ni pudiera seguir ignorándola. Había bastado nombrar a Rose para que su actitud apática cambiara de forma abrupta e inesperada. Dominique tragó saliva cuando los ojos negros y de largas pestañas del castaño se clavaron en ella con algo de insolencia.

—¿Qué clase de sueño?— le preguntó.

Dominique suspiró y se mordió el labio inferior. Aarón notó que la rubia tenía los párpados algo inflamados de tanto llorar.

—Vi a Rose aquí, frente al lago.— dijo la rubia. —Sólo que no era ella. Es decir: era ella, pero diferente.— miró hacia abajo, confundida por su propia incapacidad de narrar su pesadilla. —Estaba empapada y pálida y golpeada… Como si la hubieran torturado o hecho algo horrible… Fue espantoso… Desperté sudando frío y…

Aarón volvió a mirar al lago con indiferencia.

—Fue sólo una pesadilla.— le dijo en un tono condescendiente, como de quien tranquiliza a un niño. —Todos están haciendo lo posible por encontrarla. Y lo harán, eso puedo asegurártelo.

Dominique suspiró.

—Pero… Es que no se sintió como si fuera sólo una pesadilla.

—Muchas pesadillas no se sienten como si lo fueran.— dijo él en un tono distante. —Pero lo son.

Dominique inclinó levemente su cabeza hacia un lado.

—Firenze dijo que yo tenía facultades adivinatorias.— soltó la rubia de forma impulsiva. —Dijo que yo…

Aarón, sin mirarla, soltó una media sonrisa burlona que paralizó a Dominique y la silenció por completo.

—Firenze te dijo eso y ahora crees que tienes poderes especiales y que lo que has soñado es algo así como una revelación. ¿O me equivoco?

Dominique guardó silencio por unos segundos y luego negó con la cabeza torpemente. Su rostro se había enrojecido furiosamente y, por alguna extraña razón, se sintió humillada y avergonzada.

—No es que me crea especial es sólo que…

Aarón suspiró cansado y, durante unos brevísimos instantes, Dominique creyó leer en sus facciones una mezcla de apatía, hastío y aburrimiento. Sin embargo, cuando él volvió a mirarla todo aquello desapareció bajo un antifaz de caballerosidad y gentileza que la rubia encontró claramente forzada.

—Si tú o tus primos me necesitan para algo, no duden en buscarme.— le dijo. —Por lo pronto, debo regresar al castillo: tengo rondas por hacer. Me temo que debemos terminar esta conversación.

Aarón esbozó una breve sonrisa vacía, pero absolutamente abrumadora, y se encaminó hacia el castillo. Dominique lo vio distanciarse mientras la garganta se le secaba por completo.

—Pero…— soltó ella.

Aarón se detuvo y se volteó ligeramente para mirarla a los ojos.

—Fue sólo una pesadilla..— le dijo. —Entiendo cómo te sientes. Yo también la extraño.

Y, tras decirlo, el castaño retomó su camino.

Dominique botó todo el aire que había guardado en sus pulmones y se dejó caer sentada frente al lago. ¿Cómo había podido ser tan tonta como para creer que su sueño tenía algún significado trascendente? La frustración por la desaparición de su prima la estaba haciendo delirar e imaginar cosas absurdas. Todo lo que había conseguido era ridiculizarse. Ya no encontraba fuerzas ni siquiera para regresar al castillo.

Un vacío grande, como un abismo, se formó en el centro de su pecho y nuevamente sintió ganas de llorar, pero esta vez se contuvo.

La tarde empezó a caer frente a sus ojos.

23.-

Lorcan tocó la puerta de la cabaña de Hagrid con sus nudillos dando tres golpes seguidos que fueron interrumpidos por la puerta abriéndose intempestivamente. Hagrid clavó sus ojos en Lorcan y se llevó el gordo y grande dedo índice a los labios, pidiéndole silencio. El slytherin no comprendió aquella actitud hasta que entró y vio, recostada y dormida sobre el sofá, a Lily. La pelirroja dormía con el rastro marcardo de gruesas lágrimas por sus mejillas y tanto su nariz como sus párpados tenían un color rosáceo e irritado. El rubio tragó saliva. Era evidente que la gryffindoriana había estado llorando y no entendía por qué le sorprendía encontrarla en ese estado.

A veces le era fácil olvidar que incluso alguien como Lily Potter tenía sentimientos.

Hagrid se limpió las manos sobre la ropa y suspiró.

—Vino a buscarme hace un par de horas. La pobre está muy nerviosa. Todo esto es realmente espantoso.— le dijo a Lorcan, casi susurrando para no despertar a Lily. El rubio notó que los ojos de Hagrid estaban también humedecidos. —Le preparé un té para calmarla y, por suerte, se quedó dormida. Está muy afectada. De solo imaginar cómo estarán Ron y Hermione... ¡qué desgracia!

Lorcan guardó silencio y bajó la mirada, incómodo. Él jamás había tenido el gusto de conocer a los abuelos maternos de Rose, pero la pelirroja solía hablar mucho de ellos y estaba seguro de que, en donde sea que estuviera, debía estar sufriendo inmensamente por su muerte. Un hueco se le abrió en el estómago: Rose tenía que estar bien, tenía que estarlo. Había intentado repetírselo mentalmente todo el día y convencerse de ello. La pelirroja era como una prima para él. Habían crecido juntos, ¿cómo podría no quererla? Nunca hasta ese momento se había planteado lo importantes que eran los Weasley-Potters en su vida. Todos y cada uno de ellos eran como una familia para él.

Todos menos Lily.

Lorcan volvió a mirar a la pelirroja dormida sobre el sofá: ella era la única con la que, a pesar de haber compartido los mismos espacios durante años, jamás había entablado una conversación larga ni profunda. Lily había representado para él, durante años, sólo "la hermana de Albus", una chica sumamente atractiva y de carácter fuerte, soberbia y engreída. Le parecía extraño que, aún ahora que se acostaban esporádicamente, en realidad no supieran nada el uno del otro. Lily, a veces, le resultaba como un cofre cerrado e imposible de abrir. Justo cuando creía que empezaba a conocerla ella hacía algo que lo regresaba al punto de partida y sin nada en las manos. Todavía le costaba creer, por ejemplo, que ella hubiese perdido su virginidad con él de esa forma tan agresiva sólo para ganar una discusión. ¿Qué clase de persona hacía eso?

—¿Estás aquí por ella?— preguntó Hagrid mientras se secaba los ojos con un pañuelo sucio.

Lorcan, algo descolocado por la pregunta, negó con la cabeza.

—Creí que tal vez podría encontrar a Hugo aquí.— dijo el rubio. —Lysander y yo lo hemos estado buscando a espaldas de Albus. Él dice que debemos dejarlo solo pero..

Hagrid asintió.

—Nadie debería estar solo en momentos como estos.— le dijo. —¿Podrías cuidar de ella unos cuantos minutos mientras saco a Fang II un rato al bosque? Necesita…bueno, ya sabes: ir al baño de la naturaleza.

Lorcan miró al perro que permanecía acostado sobre la alfombra y le sonrió brevemente. Amaba a los animales y Fang II le resultaba adorable. Se inclinó para acariciarle la cabeza y el perro enorme y manso se dejó mimar con los ojos cerrados mientras movía la cola alegremente.

—¿Y si lo saco yo?— preguntó el rubio. —No me molestaría hacerlo en lo absoluto.

Hagrid negó con la cabeza.

—Tengo que darle una medicina para las pulgas y prefiero hacerlo personalmente.— le respondió. —Fang II se pone nervioso si no lo hago yo.

Lorcan volvió a ponerse de pie y hundió ambas manos en los bolsillos de su pantalón.

—Está bien, me quedaré. — dijo Lorcan. —Pero no tardes demasiado.

Hagrid sonrió levemente.

—No lo haré.

Hagrid le colocó un collar a Fang II y lo sacó de la cabaña con algo de dificultad. El perro parecía tener sueño, pero cuando vio el verde del exterior se entusiasmó y salió por su propia cuenta llevándose a Hagrid consigo. Lorcan los vio con una sonrisa en el rostro hasta que la puerta se cerró. Sólo entonces respiró hondo y miró a Lily sobre el sofá. ¿Qué se suponía que debía hacer hasta que Hagrid regresara? Entornó los ojos y buscó una silla en donde sentarse. Había una justo al lado de la chimenea y a unos considerables metros de la gryffindoriana. Caminó hasta la silla y se sentó, intentando hacer el menor ruido posible.

Una vez que pegó su espalda al respaldo de su asiento sus ojos celestes regresaron, instintivamente, a Lily. La pelirroja parecía dormir intranquilamente pues su ceño estaba tenso y sus labios temblaban de forma casi imperceptible. Lorcan suspiró. Así, dormida, casi parecía un ángel, un ser inocente que necesitaba ser protegido. El slytherin levantó el mentón y se cruzó de brazos sin dejar de mirarla. Lily era desvergonzadamente bella. Todos los chicos de Hogwarts estaban a sus pies por ese rostro y ese cuerpo al que él ahora tenía libre acceso y, en cambio, él no se sentía orgulloso de ello. Habría dado lo que fuera por no sentirse atraído hacia la gryffindoriana. El caos de que su cuerpo respondiera tanto al de ella, pero detestara profundamente la personalidad egoísta y narcicista que contenía, lo estaba enloqueciendo. Sin embargo, no pudo evitar sentir algo extraño, como una presión en el centro de su pecho, al verla allí, afectada por la desaparición de Rose, durmiendo para evadir la angustia que seguro debía estar carcomiéndola por dentro.

Lily ya había intentado arriesgar su propia vida para ayudar a Rose en Hogsmeade. Podía tener muchos defectos y ser, la mayor parte del tiempo, insufrible, pero amaba profundamente a su familia y era leal. Al menos eso le concedía.

Lorcan se levantó de la silla cuando vio que Lily se estremecía sobre el sofá, como removida por una pesadilla. Se quedó de pie, quieto, sin saber muy bien qué hacer. ¿Debía despertarla? Antes de que pudiera tomar acción alguna la pelirroja abrió los ojos con brusqueda y se sentó sobre el sofá, agitada. Sus ojos miel estaban enrojecidos y su respiración entre cortada hizo que Lorcan corroborara sus sospechas: ella había tenido una pesadilla. Lily se pasó una mano por la frente y, confundida, miró a Lorcan como si no entendiera qué estaba haciendo él allí.

El rubio suspiró.

—Hagrid salió con Fang II, pero volverá pronto.— le dijo. —Me pidió que te cuidara mientras tanto.

Lily cortó el contacto visual con cansancio.

—Yo no necesito que me cuiden.

Lorcan esbozó una ligera sonrisa.

—Por supuesto.— le dijo el slytherin mientras caminaba hacia el sofá y se detenía a un metro, frente a ella. —Pero eso no lo sabe Hagrid.

Lily evitó mirarlo y se puso de pie mientras se alisaba el uniforme. Las pocas pecas sobre sus pómulos y nariz resaltaban con la luz del sol que entraba por el cristal de la ventana.

—No tienes que irte.— le dijo Lorcan. —Me iré yo en cuanto Hagrid regrese.

Lily lo miró con algo de molestia.

—No me voy por ti.— le dijo. —No te equivoques.

Lorcan se cruzó de brazos.

—Parece que ni siquiera las tragedias familiares ablandan tu mal carácter.— le dijo el rubio. —No debiste tratar a Meg de esa manera.

Lily le dedicó una mirada llena de cinismo.

—¿Meg?— le preguntó. —Ya que se llevan tan bien, ¿por qué no mejor vas a hablarle a ella y me liberas de una conversación que no me interesa?

Lorcan dejó escapar una corta risa de incredulidad.

—Y pensar que por un momento sentí lástima por tu estado, pero ya está. Basta hablarte dos segundos para que sea fácil olvidar que sufres.— le dijo.

—No necesito tu lástima, Scamander.— le dijo ella mientras caminaba hacia la puerta, pero justo cuando Lily iba a abrirla y slytherin caminó y con una mano sobre la madera impidió que ella pudiera hacerlo. Lily clavó sus ojos en él con cierta violencia matizada. —¿Qué crees que haces?

Lorcan fijó sus ojos celestes en los de ella con resolución.

—¿Por qué no eres como las personas normales?— le preguntó. —¿Por qué no sólo admites que estás sufriendo por Rose y que, como cualquier otro ser humano, necesitas compañía, necesitas que alguien te diga, como Meg lo hizo con Albus, que todo estará bien? Puedo leer el dolor en tu rostro, Lily, pero no puedo entender por qué alejas a todos de ti siendo tan desagradable ni por qué finges que puedes con todo esto sola cuando bien sabes que no es así.

Lily esbozó una media sonrisa fingida.

—¿En verdad crees que porque nos hemos acostado dos veces me conoces?— le soltó ácidamente, sin borrar la media sonrisa de su rostro, pero en un tono suave y delicado como si en realidad estuviera recitando un poema. —Tú no sabes lo que puedo o no soportar sola. No necesito a nadie que me diga cosas estúpidas, cosas que no son reales. No necesito confort en palabras vacías y, ciertamente, no necesito a nadie.

Lorcan se apartó, retrocediendo y quitando su mano de la puerta para que Lily pudiera salir.

—Está bien.— le dijo el slytherin. —Pero entonces quizás deberías dejar de ser egoísta y pensar que, tal vez, tus primos sí te necesiten. Aunque, una vez más, ¿quién soy yo para decirte qué hacer o no? Por mí puedes seguir haciendo lo que has hecho hasta ahora: ver por ti misma y esconderte de los demás.

—No me estoy escondiendo.— dijo Lily, molesta.

—Ah, es curioso, porque eso fue lo que me pareció que hacías encerrada aquí, en la cabaña de Hagrid.— le dijo él con sarcasmo.

La puerta se abrió, de repente, y Lily retrocedió a la altura de Lorcan para darle paso a Hagrid y a Fang II, quienes entraron y cerraron la puerta a sus espaldas. Hagrid miró al slytherin y a la gryffindoriana con algo de sorpresa.

—¿Me he perdido de algo?

24.-

Yo, Rojo

Cuando Rose abrió los ojos, trémula, conmovida por el primer sueño que había tenido en toda su vida, no supo si en verdad había abierto los ojos o si los tenía cerrados todavía, pues la oscuridad del habitáculo en el que la habían encerrado no disminuía con el tiempo; los ojos no se acostumbraban a esa penumba y las siluetas no aparecían. Su visión era, por entero, de un negro mate. "Así se debe sentir un ciego cuando se queda ciego", pensó Rose, y luego se encogió como un feto sobre el suelo.

Su sueño había hecho que el despertar fuera mucho más doloroso: dormida, había visto a Scorpius encontrarla en una de las celdas e iluminarla con su varita. Rose había visto, esperanzada, aliviada, esos ojos grises brillantes mirándola dispuestos a rescatarla.

Pero ahora el sueño había terminado y la realidad era muy distinta a la que ella aspiraba. Si cerraba los ojos, a veces, podía ver a Scorpius mirándola de cerca, acariciándola, como antes de que todo aquello pasara.

—Quiero ir a casa…— murmuró para sí, sollozando. Le parecía increíble que todavía tuviera lágrimas después de haber llorado tanto. ¿Cómo podía todo haber cambiado tan drásticamente? Su vida entera… ¿la conocía? Aún si lograba escapar con vida de esas cuatro paredes, ¿volvería a ser ella misma, la de siempre, la de antes? Rose se humedeció los labios partidos y temblorosos. No podía dejar de temblar. Desde la muerte de sus abuelos, desde que fue secuestrada, su cuerpo no había dejado de subrir pequeños espasmos incontrolables. Algo dentro de ella moría, agonizaba, pero no sabía qué.

—Quiero ir a casa…— se repitó a sí misma febrilmente.

Entonces, de repente, la oscuridad se disipó y vio, con sorpresa, un cuerpo aproximándose al suyo.

Unos ojos verdes la miraron con compasión, unos ojos que ella conocía perfectamente.

¿Estaba alucinando?

Una mano tersa, blanca como la nieve, le acarició la mejilla con ternura.

—Lo siento tanto…— dijo Morgana mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. — Tanto…

Rose sintió su caricia, la calidez de su mano, y supo que se trataba de una alucinación tan vívida que la haría dudar de su propia cordura. Morgana lloraba silenciosamente, mirándola, acariciándola. Rose la miró a los ojos como si encontrara allí, en el verde alrededor de sus pupilas, un nuevo hogar.

—Tienes que ser fuerte.— dijo Morgana. —No puedes rendirte ahora… Sé que es muy duro, yo misma viví esto bajo otras circunstancias… Tienes que sobrevivir. Tienes que ser fuerte.

Rose tragó saliva. Todo su cuerpo le dolía y apenas podía moverse.

—¿Por qué?— le preguntó con una voz fantasmal.

Morgana la miró como si la amara profundamente, como si el dolor compartido, las experiencias de maltrato y tortura que las dos habían vivido en distintas épocas y por distintas razones, las hiciera una sola persona.

—Porque eres la sangre de fuego.— le dijo. —Y por ti, sólo por ti, muchos vivirán y muchos perecerán. Conozco tu destino. Tienes que ser fuerte por ellos…

Rose frunció el ceño.

—¿Por quiénes?

Morgana depositó un beso sobre la frente febril de la pelirroja. Rose cerró los ojos.

—Por todos.

Cuando los abrió, Morgana había desaparecido.

25.-

—Lo que tienes que hacer es muy sencillo.— dijo Megara mientras caminaba de un lado a otro en medio de la sala común de Rose y Scorpius. —Simplemente debes hacer las tres comidas al día con nosotros en la mesa de Slytherin, huir a todos los que quieran iniciar una conversación contigo, ir a las clases e intentar no participar…

—Nadie te culpará porque todos creerán que todo el asunto de la desaparición de Rose te ha afectado.— dijo Alexander, jugando con su corbata.

—Simplemente debes intentar no hablar con nadie y punto.— dijo Megara. —Apenas acaben las clases, y en caso de que ni Alex ni yo podamos escoltarte hasta aquí, debes regresar por tu cuenta y no salir por ningún motivo al exterior: así nadie podrá intentar hablarte.

—En caso de que alguien te hable, responde con monosílabos. Eso es muy de Scorpius.— completó Alexander.

—No peines demasiado tu cabello porque él jamás lo hace.— dijo la morena.

—También estaría bien que caminaras con más seguridad y algo de soberbia.— le dijo el slytherin. —Scorpius tiene un andar nato que lo hace parecer el rey del universo.

—Si miras a la gente por encima del hombro nadie dudará de que eres Scorpius.— dijo la morena.

Alexander miró a Megara con reproche.

—Scorpius no mira a la gente por encima del hombro.— le dijo. —Solo no le interesan en lo más mínimo y los ignora como…

—¿…si fueran hormigas?— completó la morena levantando una ceja.

Alexander carraspeó.

—De acuerdo.— dijo el castaño. —Sí, es mejor que mires a la gente por encima del hombro.

—Es muy importante, también, que mantengas la espalda recta cuando caminas y cuando te sientas.— dijo la morena. —Nada de estar en posiciones desgarbadas, porque Scorpius jamás lo haría. Es insolente, el muy cretino.

—Sí, Scorpius es un cretino así que más te vale actuar como si lo fueras.— dijo el slytherin.

—Y aflójate un poco la corbata porque él no la usa así.

Scorpius miró su corbata con desinterés y luego inclinó la cabeza hacia un lado mientras fijaba sus ojos grises en la morena.

—¿Quieres enseñarme cómo debo usarla?— le preguntó mientras esbozaba una media sonrisa provocadora.

Megara suspiró y caminó hacia el sofá para sentarse al lado de Scorpius. Lo tomó por la corbata y empezó a soltar el nudo; mientras tanto, el rubio tenía sus ojos grises fijos en los labios de la morena que estaba peligrosamente cerca de él. Alexander, que observaba todo desde un asiento frente a ellos, frunció el ceño.

—¿En verdad eres una chica?— le preguntó, incómodo.

Scorpius lo miró a los ojos y asintió.

—Mi nombre es Ginger, ya te lo dije.— le respondió. —Soy la sobrina de Rizieri, uno de los miembros de la Orden, y estoy aquí para salvarle el pellejo a tu amigo. ¿Qué más quieres saber?

Alexander negó con la cabeza y extendió su brazo derecho por el respaldo del sillón.

—Nada.— le dijo. —En verdad no hay nada más que quiera saber.— el castaño miró a Megara con cansancio. —Meg, quiero regresar con Lucy. Necesito estar a su lado cuando despierte.

Megara, quien había terminado de aflojarle la corbata a Scorpius, suspiró y se puso de pie.

—¿Crees que no quiero estar con Albus también?— le preguntó. —Pero esto es importante: tenemos que organizarnos muy bien si no queremos que esta farsa se descubra.

Alexander asintió, hastiado.

—Lo sé.— le dijo. —Pero nadie tiene por qué sospechar. Ella se ve exactamente como Scorpius. Es realmente perturbador.

Megara miró a Scorpius y él le sonrió mientras le guiñaba un ojo.

—Ok, tienes razón: es horrible.— dijo la morena, incómoda, sentándose al lado de Alexander.

El castaño clavó sus ojos verdes en Scorpius mientras abrazaba a Megara con su brazo derecho de forma protectora.

—Necesito una prueba de que eres una chica.— le dijo.

Scorpius rió.

—¿Y cómo se supone que voy a probártelo?— le dijo él en un tono lleno de burla contenida.

Megara se soltó de Alex y lo miró con cierta molestia.

—¿Desde cuándo te comportas como mi padre?— le preguntó. —Tú nunca me abrazas. — lo miró con intriga. —¿No serás un impostor de Alexander, o sí?

Alexander sonrió.

—No, soy yo. Tan perfecto como siempre.— le dijo.

Megara entornó los ojos.

—De acuerdo, sí eres tú: tan egocéntrico como siempre.— le dijo fingiendo una sonrisa.

Alexander le pellizcó una mejilla a la morena y la estiró como si ésta fuera de goma.

—Qué dulce.— le dijo.

—¡Auch! ¡Alex, me duele!— dijo ella mientras agarraba al castaño también por su mejilla, estirándola. —Duele, ¿a que sí?

Scorpius los miraba desde el sofá de enfrente con una amplia sonrisa en el rostro.

—¿Así son siempre?— les preguntó.

Alexander y Megara, algo avergonzados, se soltaron y se aclararon la garganta.

—Normalmente no somos tan infantiles.— dijo la morena.

—Sí, estamos en séptimo y somos maduros.— dijo Alexander.

Scorpius jugó con su corbata.

—¿Están saliendo o algo por el estilo?— les preguntó.

Megara y Alexander intercambiaron miradas, asqueados, y respondieron al unísono:

—¡No!— y el castaño agregó: —Sería un incesto.

Megara sacó la lengua y se estremeció, disgustada.

—Incesto: esa es la palabra justa para describirlo.

Scorpius miró a la morena con una amplia sonrisa.

—Entonces, ¿estás libre?— le preguntó.

Alexander volvió a fruncir el ceño.

—Esta chica no es normal.— le dijo a Megara casi en un susurro.

La morena suspiró y se dejó caer sobre el respaldo del sofá mientras se despeinaba el flequillo.

—Me pregunto en dónde estará Scorpius…— murmuró, preocupada. —Y si estará bien… El muy idiota.

Alexander suspiró y jugó con los dedos de sus manos, algo nervioso y preocupado.

—Tiene que estarlo.

26.-

Yo, Negro

La noche empezó a caer para Scorpius, Roy, Jason y Adam en uno de los pueblos aledaños al bosque, a las afueras de Londres. Juntos se transformaron y entraron a una cafetería-restaurante cerca de la carretera para comer y beber algo antes de continuar. Scorpius habría preferido seguir, pero ninguno de los licántropos estaba dispuesto a sacrificar su alimento diario.

—Cuatro bistecs, crudos, si es posible.— le dijo Roy al mesero.

—Cuatro para cada uno.— dijo Adam. —Para ser más precisos.

—Para mí no, gracias.— dijo Scorpius con sarcasmo.

—Bueno, para él no.— dijo Jason señalando al slytherin.

El mesero los miró con los ojos muy abiertos.

—¿Crudos?— les preguntó otra vez.

—Sí, crudos.— insistió Roy.

La televisión del lugar emitía un programa de debate en donde dos hombres discutían sobre las nuevas políticas que debían implantarse ante los "engendros" y "fenómenos" que utilizan su magia entre las personas "normales" sin ningún tipo de regulación. Uno de los hombres defendió que los magos y brujas no debían ser llamados engendros ni fenómenos, y que las políticas a tomar tenían que ser primero discutidas con los representantes del pueblo mágico. Otro hombre estalló en una carcajada y argumentó que no era posible llegar a acuerdos con monstruos.

En ese momento Scorpius sintió una ligera vibración en el bolsillo de su jean e inmediatamente buscó con la mirada el baño del local.

—Volveré pronto.— les dijo a los licántropos mientras les señalaba la entrada a los aseos.

—Sí, como quieras.— dijo Adam, desinteresado.

Scorpius caminó a paso normal, ni demasiado pausado ni veloz, para no despertar sospechas, y una vez que entró en el baño de hombres cerró la puerta tras de sí y sacó el teléfono de su bolsillo.

—Hola.— dijo a través del aparato.

—Scorpius, ¿todo bien?— le preguntó la voz de Aarón.

—Sí, por lo pronto, todo va bien.— dijo el rubio. —Pero no confío en ellos.

—Yo tampoco, por eso te di ese teléfono.— le dijo el castaño. —Ginger está haciendo bien su trabajo. Por lo pronto nadie sospecha nada. Alexander y Megara, por supuesto, saben toda la verdad y la están ayudando a ser tú. Los dos están preocupados por ti.— hizo una pausa. —¿Seguro que estás bien?

Scorpius soltó una risa corta y llena de ironía.

—No me digas que estás preocupado por mí, Gozenbagh.— le dijo.

Esta vez la risa corta y burlona vino del otro lado del teléfono.

—No.— le dijo. —Me preocupa lo que va a pasarme si algo te pasa.

—Eso tiene mucho más sentido.— dijo Scorpius, y luego retomó el tono serio de su voz. —Hemos retomado el rastro y su aroma se vuelve más fuerte a medida que avanzamos. Creo que vamos por buen camino.

—Sólo recuerda que cuando la encuentres no debes hacer nada estúpido.— le dijo el castaño. —El primer paso es llamarme, el segundo esperar a que lleguen refuerzos para ayudarte. Tienes prohibido hacer el papel de héroe. La idea es que tanto Rose como tú salgan vivos de esto, no lo vayas a arruinar.

—Lo tendré presente.— le dijo Scorpius con algo de fastidio. —Debo cerrar la llamada ahora o les parecerá extraño que esté tanto tiempo en el baño.

—De acuerdo.— le dijo Aarón. —Suerte.

Scorpius cerró la llamada y guardó el teléfono nuevamente en su bolsillo mientras se apoyaba contra la puerta y cerraba los ojos. No entendía por qué mientras el rastro del aroma de Rose se volvía más fuerte su capacidad para sentirla se iba debilitando. Algo extraño estaba sucediendo, pero no podía comprender de qué se trataba.

Con cansancio levantó la mirada y, a través de una pequeña ventana, vio en un poste de luz intermitente un papel con la foto de Rose. "Si ha visto a esta chica, por favor, llamar al: ….." "Recompensa asegurada para los que tengan cualquier dato sobre su paradero".

Scorpius sintió cómo su corazón se agitaba con sólo ver la imagen de la pelirroja a tan pocos metros.

El sol se ocultó de repente.

27.-

Lily entró a los vestidores del equipo de Gryffindor y, tal y como lo esperó, encontró a Hugo sentado en el suelo, apoyado contra unos casilleros. Su rostro estaba como el de todos los Weasley-Potters desde que se enteraron de lo ocurrido: gruesas lágrimas corrían por sus mejillas y tanto sus párpados como su nariz tenían un tono rosáceo. Aunque el castaño sintió la entrada de la pelirroja y la vio aproximarse con cautela, no se volteó a verla. Era como si no tuviera fuerzas ni siquiera para girar y clavar sus ojos en otra cosa que no fuera el vacío.

Lily se llevó el cabello rojo y lacio atrás de las orejas.

—Sabía que estarías aquí.— le dijo ella con suavidad. —Todos preguntan por ti, pero no les he dicho en dónde estás.

Hugo apoyó la cabeza contra uno de los casilleros.

—La última vez que vi a mis abuelos ni siquiera me despedí de ellos apropiadamente.— dijo el gryffindoriano. —Llevaba todo el verano deseando irme de allí y regresar a la madriguera o a Hogwarts. Nunca les oculté lo mucho que me aburría en su casa y lo poco cercano que me sentía a lo muggle.— cerró los ojos y su expresión se volvió dolorosa. — Nunca les dije lo mucho que los amaba.

Lily sintió cómo dos lágrimas volvían a emerger de sus ojos, pero no pudo controlarlas. No soportaba ver a Hugo en ese estado. No lo toleraba.

—Ellos sabían que los amabas.— dijo la pelirroja. —Los abuelos siempre lo saben.

—Están muertos, Lily.— le dijo Hugo. —No los volveré a ver nunca más. —empezó a sollozar silenciosamente. —Murieron de una forma horrible, de una forma que no se merecían… Debieron haber estado asustados, aterrados, durante sus últimos segundos de vida. No se lo merecían…ellos no merecían morir así.

Lily, llorando también, se sentó al lado de Hugo y lo tomó por el rostro, forzándolo a mirarla.

—Hugo…— murmuró.

—Y Rose lo vio todo.— dijo el castaño. —Lo vio todo…

—Rose es fuerte. Ella es la mejor de todos nosotros.— dijo la pelirroja.

—Ella no se merecía ver algo así…

Lily lo miró con resolución.

—No puedes derrumbarte, Hugo.— le dijo la gryffindoriana. —No voy a permitírtelo.— ella pegó su frente a la de él y los dos cerraron los ojos. —Eres mi mejor amigo. No te voy a soltar ni por un segundo, ¿lo entiendes?

—Duele…Lily.— murmuró él. —Duele demasiado…

La pelirroja lo tomó entre sus brazos y lo abrazó, dejando que Hugo sollozara inconsolablemente sobre su pecho.

—Lo sé.— murmuró ella, llorando también. —Lo sé…

28.-

Alexander decidió saltarse la cena y dirigirse directamente a la enfermería. Lucy, quien había estado acompañada por Roxanne, Dominique, Louis, Fred, Lysander, Lorcan y Albus, aún no despertaba. Conforme fueron pasando las horas, Madame Pomfrey les exigió que regresaran a sus salas comunes y que, en todo caso, sólo permitiría que una persona pasara la noche acompañando a la pelinaranja, pero no "a todo el batallón", les dijo.

—Yo me ofrezco a quedarme.— dijo Dominique rápidamente.

Roxanne la miró con algo de cansancio.

—Creo que Alexander quiere quedarse con Lucy, Dom.— le dijo la mulata.

Dominique se sonrojó levemente.

—Cierto.— murmuró. —Lo olvidé.

Albus fijó sus ojos verdes en los del castaño.

—¿Quieres quedarte, Nott?— le preguntó.

Alexander asintió con firmeza.

—Quiero.— le dijo, y luego miró al resto de la familia. —Espero que no les moleste.

—No.— dijo Louis esbozando una ligera sonrisa. —Es bueno saber que además de nosotros hay otra persona que la quiere tanto.

Los Weasley-Potter se marcharon, no sin que antes Albus le preguntara a Alexander por Megara. El castaño tuvo que inventarse una excusa para justificar la ausencia de su amiga, quien en realidad debía estar cenando con Scorpius en el gran comedor —no era recomendable dejarlo solo—. Por fortuna, Albus decidió no insistir, aunque pareció algo decepcionado de que la slytheriana no estuviera con él en aquellos momentos.

Alexander suspiró. Hubiera querido decirle a Albus que Megara estaba, en cambio, haciendo todo lo posible para que Scorpius, el verdadero, pudiera encontrar a Rose sin ninguna interrupción y que toda aquella pesadilla terminara, pero no podía hacerlo.

Acarició la mejilla de Lucy con ternura y en ese momento, completamente solos, los ojos de la pelinaranja se abrieron lentamente.

—Lucy…— murmuró Alexander, y una sonrisa amplia, llena de felicidad y de alivio, se pintó en sus labios. Sus ojos verdes brillaron como dos luciérnagas fijas en la mirada de avellana de la hufflepuff.

Lucy se humedeció los labios secos.

—¿Ya encontraron a Rosie?— murmuró con suavidad e inocencia.

La sonrisa del slytherin se fue apagando lentamente, pero él no dejó de acariciar el rostro de Lucy ni por un solo instante. Con dolor vio cómo los ojos de la pelinaranja se llenaban de lágrimas al adivinar la respuesta que implicaba ese silencio prolongado. Lucy cerró los ojos con fuerza, aturdida por el dolor.

Alexander envolvió el rostro de la hufflepuff con sus manos y la obligó a mirarlo.

—Rose va a estar bien.— le dijo el castaño. —Va a volver sana y salva y, mientras tanto, yo estaré aquí, a tu lado, cada segundo.

—Si a Rosie le pasa algo yo…— murmuró Lucy, llorando. — No creo poder soportarlo…

Alexander tomó la mano de la pelinaranja y la pegó en el centro de su pecho. Sus ojos verdes se clavaron en los de ella con gran intensidad.

—No le va a ocurrir nada.— le dijo con seguridad. —Pero en el peor de los casos, en el más terrible de los escenarios, sé que podrías soportarlo todo porque no eres sólo tú quien tendría que cargar con el peso.— pegó aún más la mano de Lucy contra él. —Tu corazón es mío y mi corazón es tuyo. Nunca más estaremos solos: todos tus problemas…deja que sea yo quien los resuelva por ti…

—Alex…— murmuró ella, conmovida por sus palabras.

—Descansa en mí, Lucy.— le dijo. —Confía en mí. Deja que te proteja. Déjame encargarme de cada una de las cosas que te molestan, por más minúsculas que éstas sean, quiero ser la persona que haga de que tu vida sea más fácil. — el castaño, sorprendido por la fuerza de sus propias palabras, intentó distender la confesión que involuntariamente estaba haciendo: —Para eso son los amigos, ¿no es así?— le dijo algo nervioso. —Y tú y yo, aunque nuestra relación sea extraña, creo que somos aún más que amigos.

Lucy despegó su mano del pecho de Alexander y la llevó al rostro suave del slytherin. Él cerró los ojos y tragó saliva al recibir aquella caricia tierna y dulce. Luego besó la mano de la hufflepuff con un sentimiento profundo que hizo a Lucy estremecerse.

—Gracias…— murmuró ella mirándolo con fervor. —Gracias por siempre estar conmigo. Gracias. No sé qué haría si no te tuviera a mi lado…

Alexander abrió los ojos y la miró intensamente.

—Siempre estaré a tu lado, Lucy.— le dijo. —Siempre.

La hufflepuff le sonrió con tristeza y se hizo a un lado en la camilla, cediéndole un puesto a su lado. El slytherin se aflojó la corbata y se quitó los zapatos antes de acostarse junto a ella, abrazándola, permitiéndole descansar la cabeza sobre su pecho.

Lucy se durmió entre sus brazos, llorando, pero también escuchando los latidos de su corazón.

29.-

—Odio estar encerrada en esta sala común, pero fuera de eso, creo que estoy llevando bastante bien esto de ser Scorpius Malfoy.— dijo el rubio mientras se dejaba caer sobre uno de los sofás.

Aarón se apoyó junto a la chimenea y cruzó los brazos. La noche ya había caído y, después de la cena, él mismo se había encargado de escoltar a Ginger de vuelta a la sala común. Megara había cenado con ella para mantener las apariencias: como todo el colegio estaba alterado por lo que ocurría con Rose Weasley y la familia Weasley-Potter en general, nadie parecía reparar demasiado en Scorpius, lo cual resultaba un verdadero alivio. Aarón no había podido evitar tensarse cuando, en una de sus rondas, escuchó a unos gryffindorianos decir que Hugo Weasley había estado buscando a Scorpius para encararlo por su presencia en la casa de sus abuelos cuando ocurrió todo el desastre. Afortunadamente, Ginger hacía exactamente lo que él le había ordenado: salvo para comer o para ir a clases permanecía encerrada en la sala común.

Aarón suspiró. ¿No sería, incluso, más seguro si él mismo le llevara la comida allí adentro? Le dolía la cabeza con solo pensar que Hugo Weasley pudiera poner sus manos sobre Ginger.

—Es importante que no salgas de aquí, ¿entendido?— le dijo el castaño. —Hay demasiadas cosas que pueden salir mal y yo necesito tenerlo todo controlado.

Scorpius entornó los ojos.

—Claro, porque eso es lo que mejor sabes hacer, ¿verdad?— le soltó él con cinismo. Luego sonrió. —¿A que dije algo que Scorpius Malfoy hubiera dicho? ¡Soy buena en esto! Y además nunca he sentido tantas miradas femeninas puestas sobre mí hasta ahora. Ser Scorpius es lo máximo.

Aarón entornó los ojos, hastiado, y Scorpius le sonrió malévolamente.

—Tengo una pregunta para ti, Gozenbagh.— le dijo. —¿Estás enamorado de Rose Weasley Granger?

El castaño la miró con el ceño levemente fruncido y descruzó los brazos inmeditamente.

—¿Por qué lo preguntas?— le dijo. —La respuesta es no.

—Mientes.— dijo Scorpius adquiriendo un talante serio. —Puedo ver la angustia pintada por toda tu cara. Estás así porque esa chica desapareció. Por eso has ayudado a Scorpius en primer lugar: porque sabes que él puede encontrarla y, si es así, tú prefieres dejarle el camino libre. — lo miró con afecto. —El cariño o amor que sientes por Rose te obliga a no ser egoísta. Esa chica te está forzando a recordar que no eres una mala persona.

Aarón ignoró a Ginger y miró el reloj que marcaba las doce en punto de la noche. Scorpius continuó:

—Ha pasado por cosas muy duras, Aarón.— le dijo el rubio. —Nos conocemos desde hace mucho tiempo y…

—Nadie me conoce.— le dijo el castaño en un tono impersonal. —Ni siquiera tú.

Scorpius bufó y se puso de pie.

—Sí te conozco.— le dijo. —Conozco al Aarón que tratas de sepultar dentro de ti por una tonta venganza.

Aarón la miró a los ojos.

—¿Buscar al asesino de mis padres te parece tonto?— le preguntó.

Scorpius suspiró.

—No.— le dijo. —Lo que me parece tonto es que estés dispuesto a arruinar tu vida con tal de vengarte. Lo que me parece tonto es que finjas no tener sentimientos cuando es evidente que sí los tienes. Lo que me parece tonto es que pretendas que nada te importa…

—Me importan cosas.— dijo Aarón en un tono neutral. —Es sólo que no son muchas.

—Y Rose Weasley es una de ellas.— dijo Scorpius. —Hace mucho tiempo que no te veo ensuciarte las manos para proteger a alguien.

Aarón entornó los ojos y resopló mientras caminaba hacia la salida de la sala común.

—Cuando te pedí que me hicieras este favor no conté con lo molesto que sería tenerte cerca durante tanto tiempo.— dijo el castaño. —Hasta mañana, Ginger.

Scorpius sonrió y miró a Aarón seductoramente.

—¿No quieres darme un beso?— le propuso extendiendo los labios hacia fuera.

Aarón sonrió, divertido.

—De acuerdo, tengo que admitir que verte humillar de ese modo el cuerpo de Scorpius Malfoy es divertido, pero detente antes de que quiera vomitar.

Scorpius rió y se dejó caer sobre un sofá mientras el castaño salía de la sala común.

Afuera la oscuridad era aplacada apenas por unas pocas antorchas encendidas. Aarón caminó por el pasillo despreocupadamente cuando la figura traslúcida de Peeves lo atravesó, dejándolo con una sensación fría y desagradable.

—Peeves…— dijo Aarón, malhumorado. —¿Quieres que llame al Barón Sanguinario? ¿Realmente quieres que llegue a esos extremos?

Peeves, soltando pequeñas risitas, le respondió:

—¡No te atreverías!

Aarón le dedicó una media sonrisa que detuvo la risa de Peeves.

—¿Quieres probarme?— le preguntó el castaño.

Peeves, silencioso y con la cabeza inclinada hacia abajo, se invisibilizó, arrepentido. Aarón continuó su camino y comenzó a bajar las escaleras cuando, en una de las ventanas, vio algo fuera del castillo que le llamó la atención.

Junto a la fuente una chica rubia, vestida con una pijama de ositos, merodeaba, tambaleándose, con las manos extendidas hacia delante, como si buscara algo a ciegas. Aarón sesgó la mirada y limpió el cristal para ver mejor de quién se trataba.

Entonces la reconoció.

—¿Dominique Weasley?— soltó para sí mismo, extrañado.

Aarón bajó las escaleras rápidamente y se encaminó hacia las afueras de Hogwarts. ¿Qué estaba haciendo ella a tan altas horas de la noche deambulando de forma extraña en el exterior del castillo? ¿Podría ser que esa familia estuviera enloqueciendo? Suspiró y se pasó una mano por el cabello castaño y brillante, echándolo hacia atrás, frustrado.

Lo único que le faltaba era convertirse en el guardaespaldas de toda la familia Weasley-Potter. Ginger tenía razón: Rose lo estaba ablandando innecesariamente. Apretó los puños mientras salía por las puertas del castillo. Tenía que centrar de una vez por todas sus prioridades. No podía traicionar a la memoria de sus padres y dejar que sus muertes quedaran impunes.

"Regresaré a lo mío en cuanto Rose aparezca", se dijo el castaño con firmeza.

Pocos segundos después de divisar a Dominique junto a la fuente, Aarón la vio caer al suelo, temblando, y tuvo que correr hacia ella para tomarla entre sus brazos, desconcertado ante lo que vio:

Los ojos de Dominique estaban completamente blancos, echandos hacia el interior de su cráneo, y sus párpados temblaban al igual que todo su cuerpo. Aarón la observó con estupefacción y escuchó, con dificultad, palabras enrevesadas que la rubia pronunciaba por lo bajo, casi susurrándolas. Se inclinó pegando su oreja a los labios trémulos de Dominique y, agudizando su entendimiento, creyó oír:

—Fuego…Fuego…Fuego. Ella tiene escamas de dragón. Ella los destruirá y él querrá aplastarla como a un gusano. Ella agitará sus alas y escupirá cenizas…como un ave fénix.

Aarón envolvió el rostro de Dominique entre sus manos.

—Dominique, despierta.— le dijo, sujetándola.

La rubia cerró los ojos con fuerza y soltó un leve alarido que Aarón se apresuró a callar colocándole una mano sobre los labios.

Dominique abrió sus ojos celestes y los clavó en los negros del castaño. Durante varios segundos los dos se miraron directamente: él, intentando calmarla con una expresión de seguridad, y ella nerviosa, aturdida, incapaz de entender qué estaba haciendo en los brazos de un chico en medio de la noche.

Aarón continuó mirándola con firmeza.

—Voy a retirar mi mano de tu boca, pero necesito que hagas silencio, es por tu propio bien.— le dijo el castaño. —¿Lo harás?

Dominique asintió torpemente y él la soltó. Contrario a lo esperado los dos se miraron a los ojos durante un par de segundos más que a ella le resultaron eternos. Tragó saliva: a una distancia mínima los ojos negros del castaño la reflejaban perfectamente, como dos espejos que, a la vez, eran túneles oscuros iluminados por pestañas y cejas alucinantes. Nunca, en toda su vida, había visto una mirada tan instintiva, como la de un lobo, pero a la vez inteligente e indescifrable.

Aarón fue el primero en cortar el contacto visual con total naturalidad. Juntos se pusieron de pie y el silencio de la noche fue más denso que nunca antes. La rubia notó que estaban fuera del castillo, pero no podía recordar cómo había llegado hasta allí. Vio, con timidez, cómo Aarón se sacudía la ropa con algo de fastidio y ella se humedeció los labios:

—¿Qué estoy haciendo aquí?— le preguntó, confundida.

Aarón la miró de forma enigmática.

—No lo sé.— le dijo. —Parecías estar teniendo un episodio de sonambulismo.— la miró de arriba abajo como quien analiza una ecuación algebráica. —Eso explicaría lo que llevas puesto.

Dominique, descolocada, se miró a sí misma. Al ver que tenía puesta la pijama de ositos que su abuela Molly le había regalado, se sonrojó intensamente y se abrazó a sí misma. ¿Podía haber una humillación más grande que aquella?

Cerró los ojos con fuerza.

—Por Merlín, quiero morir.—murmuró.

—¿Dijiste algo?— le preguntó Aarón.

—Dije que me quiero…— la rubia se interrumpió a sí misma y se aclaró la garganta. —Ir a mi habitación.

Aarón asintió con desinterés.

—Sí, eso sería lo lógico.

La rubia se mordió el labio inferior y se rascó la cabeza, aún sonrojada.

—No creas que uso este tipo de pijamas todos los días.— le dijo con torpeza. —Es decir, me gustan los ositos, especialmente cuando son gordos y tiernos, pero eso no significa que sea infantil, ni mucho menos, porque el que me gusten los animales no tiene nada que ver con mi grado de madurez.

Aarón volvió a correr su mirada por la pijama de Dominique y, tras un largo silencio, la miró a los ojos con fingida aceptación.

—Por supuesto que no.— le dijo como quien le da la razón a un niño.

—Claro que eso tampoco significa que use pijamas de chica playboy ni nada por el estilo.— dijo Dominique, sin poder detenerse por los nervios. —No siempre uso pijamas de ositos ni de animalitos, pero tampoco quiero decir que uso pijamas casi inexistentes. Solo uso pijamas normales, como la gente normal. Porque yo soy muy normal.

Aarón levantó ambas cejas, algo aturdido por la marea de confesiones, y asintió con dificultad.

—Claro.— le dijo. —Lo que digas.

Dominique bajó la mirada y cerró los ojos. "¡Cállate ya, tonta!", se reprendió a sí misma. ¿Cómo podía tener la lengua tan larga y decir tantas tonterías juntas en menos de un minuto? Era mejor que cerrar la boca antes de que siguiera humillándose a sí misma. "Eres tu peor enemiga, Dominique", se dijo mientras empezaba a caminar de vuelta al castillo.

Pero la mano de Aarón sujetándola por el brazo la obligó a detenerse en seco.

—¿Puede preguntarte algo?— le dijo él a poca distancia de su oreja. —¿Qué era lo que soñabas?

Dominique se humedeció los labios y suspiró, entre cansada y avergonzada. Lo que había soñado, en realidad, sólo le confirmaba que su sueño con Rose no tenía ningún significado y que había sido solo una coincidencia, pero, ¿cómo contárselo a Aarón? Dominique miró hacia el suelo, incómoda. Había soñado que estaba en una especie de fiesta con todos su primos, incluyendo a Rose, y todos vestían de forma muy elegante. De repente, al fondo del salón, había aparecido Aarón, vestido con un traje que lo hacía ver sumamente atractivo y, entonces, sus miradas se encontraban y ella se ponía tan nerviosa que bebía una copa entera de alcohol para disimular su estado. Y eso había sido todo: un sueño realmente estúpido y sin sentido.

Pero, ¿cómo iba a decirle que soñó con él? No, no podía hacer algo así.

Dominique levantó la mirada para verlo y todas sus ideas se congelaron: Aarón estaba otra vez, involuntariamente, cerca de ella, y la luz de la luna caía sobre su piel como un halo de luz plateada. Su cabello parecía más brillante de lo normal y sus rasgos aún más masculinos. Dominique se obligó a cerrar los ojos para despejarse.

—Soñé con…— comenzó, aturdida. Tenía que inventar algo pronto, cualquier cosa; todo menos decir la verdad. —…Ositos.

Aarón levantó una ceja y soltó, por primera vez frente a ella, una risa corta y breve que la hizo abrir los ojos otra vez.

—¿Ositos?— le preguntó el castaño, divertido.

—Uhum…— dijo Dominique, sonrojada otra vez por lo único que se le había ocurrido decir en ese momento. "Eres tu propia enemiga, Dominique. Tu archienemiga", se dijo a sí misma, avergonzada.

—¿Como los que tienes en tu pijama?— le preguntó él metiendo aún más el dedo en la llaga.

—Sí.— dijo Dominique, y luego negó con la cabeza bruscamente. —No. Es decir: eran ositos y ya. Osos pequeños por el bosque. ¿Tú nunca sueñas con animales en su hábitat natural?

Aarón volvió a sonreír, pero esta vez contuvo cualquier asomo de risa y, con mucho esfuerzo, retomó su expresión neutral de siempre.

—De acuerdo.— le dijo él. —Es sólo que creí escucharte decir cosas que no tenían nada que ver con…Osos pequeños.

Dominique lo miró espantada. ¿Qué cosa había escuchado? ¿Qué era lo que ella había dicho mientras dormía? Tragó saliva y pestañeó varias veces seguidas.

—¿Qué fue lo que dije?— le preguntó con cierto temor.

Aarón soltó el brazo de la rubia y se encogió de hombros.

—Nada importante.— le dijo él. —Vamos, te acompañaré a tu sala común.

Dominique asintió con cierta timidez y lo siguió. Cuando entraron al castillo la rubio se dio cuenta, por primera vez, de que estaba descalza —el suelo era más frío dentro de Hogwarts que allá afuera—. Aarón avanzaba en silencio y ella no pudo evitar sentirse incómoda. Odiaba el silencio. Había que romperlo de alguna forma.

—¿Por qué estás aquí, en Hogwarts, y no ayudando a buscar a Rose?— le preguntó ella.

Aarón suspiró.

—Porque mi deber es proteger a dos campeones, no sólo a uno.— dijo el castaño. —La Orden decidió que debía encargarme de cuidar de Scorpius. Aún así estoy haciendo todo lo que puedo dentro de estas cuatro paredes para ayudar a que Rose aparezca.

Dominique lo miró con renovado interés.

—¿Y qué es lo que estás haciendo?— le preguntó.

Aarón bufó molesto consigo mismo por haber hablado de más. No detuvo su andar pero fue consciente de que a su lado estaba una chica rubia con una pijama infantil y que debía tener cuidado con lo que decía.

—Nada, fue sólo un decir.— le dijo él.

Dominique se adelantó en el pasillo y se detuvo frente a él, encarándolo y obligándolo a detenerse. Sus ojos celestes se fijaron en los del castaño con profunda seriedad.

—Yo también quiero ayudar.— dijo la rubia. —Si hay algo que pueda hacer, cualquier cosa, para colaborar a la búsqueda de Rose, quiero hacerlo.— hizo una pausa. —No sabes lo que es estar atado de pies y manos y no poder ayudar a quien es un miembro de tu propia familia.

Aarón levantó levemente el mentón.

—Te equivocas.— le dijo el castaño. —Lo sé perfectamente.

Dominique bajó la mirada y jugó con los dedos de sus manos. ¿Cómo podía haber sido tan idiota como para soltar algo así? Lo había leído en Corazón de bruja: Aarón Gozenbagh era huérfano. Sus padres estaban muertos. ¡Por supuesto que sabía lo que era no poder hacer nada para proteger a su familia!

—¡Qué tonta!— soltó para sí mientras se llevaba una mano a la frente como dándose un golpe.

—¿Disculpa?— le preguntó él, desconcertado.

—Digo….¡qué tarde!— corrigió Dominique mientras fingía un bostezo. —Tengo tanto sueño. Tanto. Sueño.

Hasta ese momento ni Aarón ni Dominique se habían enterado de que estaban frente al tapiz de Barnabás el Chiflado y, por lo tanto, frente a la sala común de Rose y Scorpius, sin embargo, cuando del tapiz emergió la figura de Megara Zabini los dos voltearon y notaron su presencia.

Durante largos segundos nadie se atrevió a decir nada.

Dominique frunció el ceño, confundida.

—Megara, ¿qué haces aquí a esta hora?— le preguntó. —¿Estabas con… Scorpius?

Megara miró a Aarón con desesperación y el castaño le devolvió una mirada que la urgía a responder cualquier cosa: cualquiera antes que el silencio sospechoso se distendiera y la ravenclaw empezara a sospechar que algo raro ocurría.

—Sí, estaba con Scorpius…— dijo Megara, incómoda. —Es decir, no es lo que parece. Ya sé que es tarde, pero, él necesitaba ayuda para ponerse al día con unas tareas y yo… Es mi amigo y sólo lo ayudaba.

Dominique, quien no parecía haberse tragado aquella excusa, mantuvo su expresión de confusión y de sorpresa intacta. Aarón, con la intención de acabar con aquella situación, se aclaró la garganta.

—Las escoltaré a sus respectivas salas comunes.— les dijo. —Pero debemos apresurarnos si no queremos encontrarnos con Peeves.

Megara asintió y Dominique no se atrevió a decir nada, pero el resto del camino fue tenso e incómodo.

30.-

5 días después

Rizieri entró a la sala del consejo de seguridad seguido por otros siete magos con insignias de la Orden y del Ministerio. Earlena y Ásban se encontraban ya sentados alrededor de una mesa amplia y los recibieron con un gesto de respeto que el grupo respondió de inmediato. Rizieri ignoró aquel protocolo y simplemente se acomodó en una de las sillas, poniendo ambas manos sobre la mesa y adquiriendo una seriedad incólume.

—Bien.— dijo el mago. —Han pasado ya cinco días y aún no hemos encontrado a Rose Weasley Granger. Quisiera saber por qué.

Uno de los hombres miró a Rizieri y tomó la palabra:

—No hay rastros de la chica.— le dijo. —Los muggles que la tomaron son astutos: cambiaron de vehículos varias veces y no usaron los caminos convencionales. Hemos estado buscando sin ninguna pista que nos permita avanzar con mayor seguridad.— se acalró la garganta. —Además, desde que en el mundo muggle saben de nosotros no podemos usar nuestra magia con tanta libertad sin arriesgarnos a un conflicto diplomático.

—Un conflicto diplomático es lo que tendrán los muggles si no hacen algo respecto al secuestro indiscriminado de magos y brujas.— dijo Rizieri, enfadado. —¿Tengo que recordarles que no estamos hablando de una bruja cualquiera, sino de la campeona de la Orden y posible próximo miembro honorífico?

Otro hombre tomó la palabra:

—Tenemos órdenes expresas del Ministerio de no provocar más conflictos en el mundo muggle.— le dijo. —Tenemos prohibido usar el obliviate o cualquier tipo de magia sobre los muggles y, como no somos de su mundo, tampoco tenemos poderes legales que nos permitan interrogarlos. El procedimiento para buscar a Rose Weasley es complejo si no podemos siquiera acceder a personas que pudieron haber visto o saber algo de los secuestradores.

—Maldito Gibson.— dijo Earlena apoyándose al respaldo de la silla. —Tenemos a un ministro incompetente. ¡Qué sorpresa!— suspiró. —¿Por qué no hablamos de los rumores que se han levantado sobre supuestos campos de concentración en el mundo muggle? ¿Qué está haciendo el tarado de Gibson para averiguar sobre los magos y brujas desaparecidos? Porque tengo entendido que la lista asciende cada día.

Ásban negó con la cabeza y soltó una risa corta.

—No me digas, Earlena, que crees que tal cosa existe.— le dijo el mago. —¡Campos de concentración muggles! ¡Bah!— soltó. —No hay pruebas de que existan. Son sólo rumores.

Earlena clavó sus ojos lila en los del mago.

—Te diré lo que no son sólo rumores, Ásban.— le dijo ella. —Hay más de 10.000 magos y brujas desaparecidos en Londres, todos fueron por última vez vistos en el mundo muggle. Me gustaría que me explicaras cómo es posible algo como esto.

Ásban la miró con neutralidad.

—Está claro que hay bandas armadas que secuestran magos y brujas. Rose Weasley ha sido víctima de una de esas bandas.— dijo el mago. —Pero no podemos asegurar que tales campos de exterminio existan y ciertamente no podemos acusar al gobierno muggle de algo así. Gibson está tomando las medidas que están a su alcance para que el conflicto que existe entre ambos mundos no se agrave.

—Sea como sea esto no puede continuar.— dijo Rizieri. —Y somos nosotros quienes no podemos permitir que la situación prosiga en esta misma línea. La Orden está por encima del Ministerio y nuestra voz pesa por encima de la de Gibson. Campos de exterminio o no, el alto índice de criminalidad de muggles hacia los de nuestra especie es real y las leyes deben poder castigar este tipo de actos.

—¿Qué hacemos entonces?— preguntó Earlena. —¿Convocar al gobierno muggle? ¿Tener una reunión política con los dirigentes más importantes de Londres?

—Tarde o temprano tendremos que hacerlo.— dijo Rizieri.

Ásban se puso de pie y suspiró.

—Estoy de acuerdo con Rizieri.— dijo el mago. —La inoperancia del sistema está cada vez más clara. En otras circunstancias habríamos encontrado a Rose Weasley hace mucho tiempo. Si tuviéramos políticas conjuntas con los muggles, ellos mismos nos estarían ayudando a encontrarla. Es hora de aunar fuerzas.

Earlena miró a Ásban con escepticismo.

—La pregunta es, ¿querrán los muggles cooperar con nosotros?

Rizieri se puso de pie también.

—Por lo pronto tenemos que encontrar a Rose Weasley Granger.— dijo el mago mientras miraba a los hombres de la Orden y del Ministerio. —Quiero que se remueva cada piedra, cada escondite existente en Inglaterra, no importa lo que cueste ni las reglas que tengamos que romper para conseguirlo: hay que encontrarla.

—Pero, señor…— dijo uno de los hombres del Ministerio. —El ministro Gibson dijo que…

—Me importa un rábano lo que dijo Gibson.— dijo Rizieri apuntándolo con el dedo. —Mi nombre es Rizieri van Weermer, miembro oficial de la Orden de Merlín, maestro de las apariciones y de las réplicas, y más les vale no desafiar mis mandatos. —su mirada se oscureció. —Quiero a Rose Weasley Granger de vuelta sea como sea. Si tienen que usar el obliviate o pociones como la de Verita Serum, no me importa: si los muggles quieren conflictos diplomáticos, es eso lo que tendrán. Ya lo solucionaremos después, pero antes, quiero a la campeona de la Orden aquí, con nosotros, sana y salva.

Earlena se puso de pie también.

—Si los muggles nos acusan de maltratar a su gente solucionaremos el problema explicándoles que fueron ellos los que, en primer lugar, secuestraron a uno de los nuestros.— dijo la bruja. —Creo que es cierto que los magos y brujas tenemos mucho que responder acerca de ataques al mundo muggle, pero los muggles también tienen que respondernos por nuestros 10.000 desaparecidos. Y ya va siendo hora de que hablemos de ello.

Ásban esbozó una media sonrisa.

—Parece que vamos a ir a la guerra, después de todo.— dijo el mago.

Rizieri miró al mago con sospecha.

—Parece gustarte la idea.— le dijo.

Ásban mantuvo su media sonrisa y negó con la cabeza.

—No, no me gusta.— le dijo. —Nuestro deber ha sido siempre proteger al mundo mágico, no someterlo a peligros bélicos. Lo que ocurre es que ya sabía que esto iba a pasar. Y sabía que sería por esa chica.

—¿Te refieres a Rose Weasley?— le preguntó Earlena. —No puedo creer que tu evidente favoritismo por Scorpius Malfoy te haga ahora acusarla de algo como esto. ¡La pobre chica está secuestrada!

Ásban miró a Earlena con serenidad.

—Y esperemos que aparezca pronto.— dijo el mago en un tono dudoso y despreocupado. —Pero ya es hora de que hablemos de algo importante.— miró a los hombres de la Orden y del Ministerio. —Salgan, por favor.

Los hombres hicieron una leve reverencia y se encaminaron hacia la salida. Earlena y Rizieri los vieron desaparecer y luego cerrar la puerta. Una vez que estuvieron los tres solos, Ásban volvió a sentarse.

Rizieri y Earlena intercambiaron miradas.

—Siéntense.— les dijo el mago en un tono casual. —Tenemos que hablar sobre la Profecía de Morgana la Fey.

31.-

Roxanne suspiró mientras escribía atentamente sobre su pergamino. Frente a ella Dominique hacía lo mismo en silencio. La biblioteca estaba llena de estudiantes que de vez en cuando las miraban con compasión o con simple intención de meter las narices en asuntos ajenos. Varias veces Roxanne tuvo que levantar la mirada y dedicarles a grupos enteros de observadores una expresión desagradable para que terminaran con su labor de acoso. Habían pasando cinco días ya desde que supieron de la desaparición de Rose y de la muerte de los abuelos de Hugo. El castaño fue a hablar con Mcgonagal para pedirle que le permitiera asistir al funeral de sus abuelos, pero la bruja le explicó que sus padres, Ron Weasley y Hermione Granger, habían sido muy claros con lo de no permitirle salir del colegio. Querían proteger a su hijo y creían que lo mejor era que se mantuviera dentro de Hogwarts. Roxanne sabía bien lo mucho que aquella decisión había afectado a Hugo. Por suerte Lily sabía cómo apaciguarlo.

Una gruesa gota de tinta fue absorbida por el pergamino y la mulata notó que sus manos temblaban ligeramente. Estaba cansada de tener que llevar esa máscara de que todo estaba bien cuando no era cierto: su prima estaba desaparecida. Sin embargo ella sentía que debía ser fuerte, o por lo menos fingir que lo era. No podía darse el lujo de derrumbarse cuando muchos de sus primos estaban emocionalmente quebrados desde lo ocurrido. Ella tenía que ser un pilar sólido, un bastón para los miembros de su familia que no conseguían mantenerse en pie. Hugo, por ejemplo, había golpeado a un ravenclaw hacía unos pocos días después de escucharlo decir que "de cualquier forma Rose no ganará la competencia, será Malfoy quien triunfe porque de los dos es el que más confianza tiene en sí mismo, el más arriesgado, el más valiente, aunque suene tonto porque ella es la que está en Gryffindor". Malone los había separado y, afortunadamente, no quiso castigar a Hugo: comprendió que estaba pasando por malos momentos y decidió ignorar lo sucedido.

Albus, quien siempre resultaba ser el más fuerte de toda la familia, había dejado de comer y era Megara Zabini quien asistía al comedor y se llenaba los bolsillos de comida para llevársela al moreno. Roxanne casi no reconocía a su primo: estaba devastado. Fred y Louis le habían contado que llegaba muy tarde por la noche a la sala común, rompiendo las reglas, y que hubo dos días en los que ni siquiera regresó, sino que durmió en la interperie.

La misma Dominique lloraba todas las noches desde hace cinco días y Roxanne había optado por dormir con ella en la misma cama para consolarla.

No importaba cuánto ella quisiera llorar, no importaba lo agotada que estuviera por dentro, tenía que tragarse las lágrimas, tenía que continuar andando como si nada ocurriera, y debía hacerlo por sus primos y primas: no podía ser una carga más para ellos.

Suspiró. Al menos Lysander había sido para ella un lugar en donde descansar de todo lo que estaba pasando. El rubio le había pedido a las chicas del curso de Roxanne que le dijeran cuáles eran las tareas para esa semana y, hacía ya dos días, se las había entregado a Roxanne listas, completamente terminadas.

La mulata lo había mirado con confusión.

—¿Hiciste mis tareas?— le preguntó, descolocada.

—Sé que en estos momentos no tienes cabeza para ellas.— le dijo el rubio. —Solo quería ayudarte.

Roxanne las observó detenidamente y, tras humedecerse los labios, se las extendió de vuelta al ravenclaw.

—Gracias, pero no puedo aceptarlas.— le dijo ella. —Además, tu caligrafía es muy distinta a la mía.

Lysander se cruzó de brazos.

—Puedes transcribir todo lo que ya he resuelto con tu propia letra.— le dijo clavando sus ojos celestes en los de ella. —No rechaces esto, Roxanne.— la mulata se estremeció al escuchar su nombre siendo pronunciado por los labios del gemelo. — Si no lo aceptas igual seguiré intentando hacer cosas por ti, sólo que en el futuro me encargaré de que no te des cuenta de que las hago.

Roxanne lo miró durante algunos segundos en silencio.

—¿Por qué haces esto?— le preguntó.

Lysander, sin cortar ni por un segundo el contacto visual, tragó saliva y respondió:

—Porque eres importante para mí.— le dijo. —Haría cualquier cosa, ¿es que todavía no lo entiendes?

La voz de Dominique la sacó de sus pensamientos:

—¿Rox? ¿Roxy?— repitió la rubia.

—Sí, disculpa…estaba un poco…concentrada.— dijo la mulata, por fin reaccionando.

La rubia se humedeció los labios.

—Voltéate disimuladamente y mira lo que está pasando a tus espaldas.— dijo Dominique, casi susurrándole.

Roxanne no hizo caso a la ravenclaw y se volteó abruptamente. En una estantería estaban Aarón Gozenbagh y Scorpius Malfoy sacando algunos libros, juntos, charlando con tranquilidad mientras se dirigían a la salida de la biblioteca.

Roxanne frunció el ceño.

—¿Desde cuándo son amigos?— preguntó la mulata.

Dominique bufó.

—Exactamente.— dijo la rubia. —Hace unos días se odiaban, no se podían ni ver, todo el colegio sabía que estaban enfrentados por Rosie y ahora…— se rascó la cabeza. —No entiendo nada.

Roxanne negó con la cabeza y volteó hacia su prima otra vez.

—Lo que yo no entiendo es a Scorpius Malfoy.— dijo la mulata. —Rosie lleva cinco días desaparecida y él está allí, como si nada. Es un cínico. No sé cómo pude llegar a creer que de verdad le importaba Rosie.

Dominique asintió enérgicamente.

—Seguro hasta está contento y desea que Rosie no regrese porque así no tendrá competencia.— dijo la ravenclaw. —Realmente lo odio. No puedo creer que llegara a pensar que quizás él sí tenía sentimientos hacia Rosie cuando es obvio que lo único que le importa es cuidar de su propio pellejo.

Roxanne apoyó su mentón en una de sus manos.

—Lily ha estado evitando que Hugo vaya a buscar a Malfoy para pedirle explicaciones, pero dudo que pueda controlarlo por mucho tiempo.— dijo la mulata. —¿Y sabes qué? Ojalá Hugo le rompa la cara.

Dominique se cruzó de brazos, molesta.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?— soltó la rubia. —Que creo que Megara Zabini y Scorpius Malfoy sí tienen algo después de todo.

Roxanne abrió los ojos como platos.

—¿De qué estás hablando, Dom?— le preguntó la ravenclaw.

La rubia suspiró.

—No he querido decirle esto a nadie porque no es el momento y porque Albus está devastado y lo que menos necesita ahora es que le diga que su novia se mete en la sala común de Scorpius Malfoy a altas horas de la noche.— dijo la ravenclaw casi sin respirar. —¡No puedo creer que haga esto a espaldas de Al! ¡Incluso estaba empezando a caerme bien!

Roxanne, boquiabierta, negó con la cabeza.

—¿Estás segura de lo que dices, Dom?— le preguntó.

Dominique asintió repetidamente.

—Yo misma la vi salir de la sala común de Malfoy y Rosie muy tarde por la noche.— dijo la rubia. —Le pregunté qué estaba haciendo allí pero me dio una excusa tonta. Y yo no soy una tonta.— bufó. —Desde entonces he puesto mis ojos en ella y noto cómo desaparece y se escabulle con Malfoy todo el tiempo. Albus, por supuesto, no se ha dado cuenta, y créeme que se lo diría yo misma de no ser que es lo que menos necesita oír en estos momentos. ¿Qué se supone que debo decirle? ¿Que cada vez que su novia desaparece es para meterse en la sala común privada de Scorpius Malfoy?

—¿Qué?

Roxanne y Dominique miraron a un lado de la mesa y encontraron, estupefactas, a Albus, mirándolas con una expresión de creciente enfado. Ninguna de las dos pudo moverse de su sitio y sólo lo observaron con cierta incredulidad.

—Al….— murmuró Dominique, temblorosa.

El moreno lanzó los libros sobre la mesa y, furioso, caminó hacia la salida de la biblioteca. Las dos ravenclaws se levantaron con brusquedad, dejando todas sus cosas sobre la mesa, y corrieron detrás de él.

—Albus,— repitió Roxanne mientras caminaba a sus espaldas, ya en los pasillos de Hogwarts, pero el moreno no se detenía y cada vez aceleraba aún más su paso. —Albus, detente, por favor.

Dominique se llevó ambas manos a la cabeza mientras caminaba también a las espaldas del gryffindoriano.

—¡Albus, no creas nada de lo que dije, quizás sólo son cosas de mi imaginación!— soltó la rubia. —¿Qué no ves que estoy loca? ¿Cómo puedes creerle a una fanática de todas las novelas de Jane Austen? ¡Seguro hasta imaginé ver a Megara salir de esa sala común a esa hora de la noche porque es algo que Austen habría escrito! No me sorprendería en lo absoluto que hubiera sido una alucinación. ¡Detente, Al!

Albus subió las escaleras con Roxanne y Dominique corriendo detrás de él. No hacía falta que el moreno dijera nada porque ellas ya habían adivinado a dónde se dirigía: a la sala de los menesteres, la sala común de Rose y de Scorpius.

—¡Albus, Dominique dice cosas tontas todo el tiempo!— exclamó Roxanne, desesperada. —¡No podemos tomarla en serio!

—¡A veces busco formas de tiernas lechuzas bebés uniendo estrellas por la noche! ¡Está claro que soy subnormal!— soltó la rubia.

Albus detuvo su andar bruscamente y se volteó para clavar sus ojos verdes en Dominique.

—¿Tiernas lechuzas bebés?— le preguntó.

Dominique asintió.

—Es que son tan lindas.— murmuró.

Albus entornó los ojos y retomó su camino. Las dos ravenclaws bufaron y lo siguieron suplicándole que parara, pero esta vez no hubo nada que convenciera al gryffindoriano de detener su andar.

Giraron por un pasillo y pronto se vieron frente al tapiz de Barnabás el Chiflado: frente a éste estaba Aarón, quien parecía acabar de salir y, al ver la entrada aún abierta, Albus se apresuró y se escabulló adentro. Aarón se quedó sorprendido e inmediatamente entró tras sus pasos. Dominique y Roxanne los siguieron.

En el interior de la sala común estaba Megara durmiendo sobre un sofá y Scorpius, inclinado muy cerca de ella, la miraba con ojos brillantes mientras le acariciaba el rostro y observaba sus labios.

Albus se detuvo al ver aquella escena y tanto Aarón como Dominique y Roxanne lo hicieron, a su vez. El castaño se llevó una mano al cabello y maldijo por lo bajo mientras que las dos ravenclaws se cubrieron la boca con las manos.

—Malfoy.— le dijo Albus clavando sus ojos verdes en el rubio. Scorpius lo miró con sorpresa y se alejó de Megara, levemente sonrojado. —Voy a matarte.

Antes de que nadie pudiera hacer nada al respecto Albus se abalanzó sobre Scorpius, tomándolo por el cuello de la camisa, y lo pegó contra la pared mientras se disponía a descargar un golpe a puño cerrado sobre su rostro.

Afortunadamente, Aarón logró detener a Albus sosteniéndole el brazo levantado con fuerza.

—¡Detente, Albus!— gritó Dominique.

Megara, en el sofá, despertó y observó a todos los presentes con espanto.

—¿Qué están haciendo aquí?— soltó la morena.

Albus, quien aún sostenía el cuello de Scorpius con su mano libre, miraba al rubio con odio contenido.

—Que hayas vuelto sin un rasguño, contento, indiferente a todo mientras que Rosie está secuestrada, eso puedo tolerarlo.— dijo el moreno. —Incluso puedo tolerar que vayas a clases como si nada estuviera pasando, que ni siquiera hayas tenido la decencia de acercarte a mi familia y explicarnos lo que pasó.— los ojos verdes del moreno refulgían de ira. —Pero no voy a tolerar que pongas un solo dedo sobre mi novia. No mientras mi prima está desaparecida. No mientras ella está sufriendo quién sabe dónde.

—Albus, por favor.— dijo Megara con las manos levantadas en el aire. —No es lo que crees. Suéltalo.

Aarón, sin soltar el brazo del moreno, intervino:

—Suéltala.— le dijo.

Albus cortó el contacto visual con Scorpius, quien tenía los ojos cerrados y parecía sumamente asustado, para mirar a Aarón a los ojos.

—¿Suéltala?— le preguntó confundido por el uso femenino de la palabra.

Aarón tragó saliva y, molesto, bufó.

—Sí.— le dijo. —He dicho que la sueltes.

Albus frunció el ceño.

—¿De qué demonios estás hablando?

Aarón levantó ligeramente el mentón.

—Ella no es Scorpius Malfoy.— le dijo el castaño. —Su nombre es Ginger.

32.-

Yo, Rojo

Día de la rata

Cuando Rose, por primera vez, intentó comer el pan mohoso que le echaron a ella y a Lidia en su celda compartida, encontró el cadáver de una rata muerta en el interior del pan.

Lidia vomitó un líquido transparente porque no tenía nada en el estómago que poder expulsar.

Día de la tormenta eléctrica

Rose y por lo menos cien magos y brujas fueron obligados a trabajar cavando nuevas fosas comunes en medio de una tormenta eléctrica durante horas. Tres personas cayeron al suelo, desfallecidas por el cansancio y fueron disparadas a quemarropa por Dick. A Rose le espantó ya no sentirse sorprendida por la crueldad de aquellos que la rodeaban.

Estaba empezando a acostumbrarse.

Día del fusilamiento

El día de la limpieza, como lo llamaban los guardias, fue uno de los más duros para Rose dentro de aquel campo de concentración. Durante horas tuvo que abrazar a Lidia, quien tuvo un ataque de ansiedad y empezó a llorar y a gritar como una desquiciada. Decenas de niños fueron arrebatados de los brazos de sus familiares o de los que los protegían, sacados de sus celdas, y fusilados frente a las fosas comunes.

—¡¿Es eso lo que harán con mi bebé?!— gritó Lidia mientras Rose la abrazaba con fuerza, intentando calmarla. —¡¿Es eso?!

Día de las canciones

Helena, una mujer de la celda del fondo del pasillo, enloqueció tras permanecer encerrada un día entero en el habitáculo oscuro de la sala B, ese tétrico lugar en donde Rose había tenido su primer sueño y también su primera alucinación. Cuando fue devuelta a su celda, Helena empezó a cantar en voz alta canciones para niños. Era la primera vez, desde que llegó, que Rose escuchaba música en aquel sombrío lugar. Algunos reclusos se unieron al canto de Helena y, durante unos breves momentos, olvidaron el horror en el que estaban sumergidos.

Dos horas después un guardia atravesó el pasillo y le disparó a Helena en la cabeza.

Día de Henry

Henry, un chico rubio que a Rose le recordaba a Scorpius, dejó de cavar en el campo y se negó a seguir trabajando. Lo golpearon con la intención de que cediera y de que volviera a realizar su labor, pero él resistió. Les dijo, con el mentón en alto, que prefería morir de una vez antes que seguir acatando sus órdenes.

Dick usó, por primera vez, su bate de baseball.

33.-

Albus, Dominique y Roxanne permanecían sentados en el sofá de la sala común, con la mirada perdida, absolutamente descolocados por toda la información que habían acabado de recibir, mientras que Scorpius, Megara y Aarón los miraban desde el sofá de enfrente. La slytherin parecía enfadada, Aarón tenía una expresión de hartazgo y Scorpius, en cambio, sonreía, aliviado de que no lo hubieran golpeado.

—Entonces…— dijo Dominique humedeciéndose los labios. —Scorpius es una chica que en estos cinco días se ha enamorado de Megara y que, a su vez, está cubriendo las espaldas del verdadero Scorpius Malfoy que, en realidad, está fuera de Hogwarts buscando a mi prima. ¿Lo entendí bien?

—Sí, es exactamente eso.— dijo Scorpius, sonriente. —Bueno, no es que esté enamorada de Megara, sólo que es algo inevitable sentirme atraída hacia ella.— miró a Albus con respeto. —Lo siento, no sabía que eras su novio.

Megara, cruzada de brazos, mirando a Albus con enfado, intervino:

—Quizás terminemos pronto. Después de todo, está claro que no confía en mí.

Albus clavó sus ojos verdes, avergonzados, en la morena.

—Meg, no digas eso.— le dijo. —¿Tú qué habrías pensado si hubieras visto a una chica a punto de besarme? ¿Cómo se suponía que iba a saber que Malfoy no era Malfoy?

—¡Pero si ya dudabas de mí cuando entraste a esta sala común como un energúmeno!— dijo ella, molesta.

Dominique levantó la mano con timidez.

—En realidad soy yo la energúmena.— dijo la rubia. Aarón resopló con los ojos cerrados. —Fue mi culpa, todo, es decir, Albus me escuchó decir cosas que…Es que yo te vi salir la noche pasada de aquí y me pareció muy sospechoso y… — unió ambas manos en un gesto de súplica—¿Me perdonas? Por favor, dime que me perdonas: llevo muy mal esto de que no me perdonen. Siento como si me odiaran y odio que me odien.

Roxanne se humedeció los labios.

—Dom no es una mala persona, sólo es un poco torpe.— comentó la mulata.

Megara frunció el ceño.

—¿No se supone que está en Ravenclaw?— preguntó venenosamente.

—Sí, porque es muy lista.— dijo Roxanne. —La torpeza y la inteligencia a veces pueden ir juntas.

Dominique asintió.

—Soy toda una contradicción.— comentó.

La rubia notó que Aarón, quien la había estado mirando con algo de irritación, dejó de observarla como si no tolerara seguir escuchándola. Estaba claro que estaba molesto, y tenía todas las razones el mundo para estarlo: gracias a que ella había abierto la boca, especulando cosas innecesarias, Albus había entrado a esa sala común y el secreto que tanto se habían esforzado por mantener había sido develado.

—¿En verdad creíste que estaba engañándote con Scorpius?— le preguntó Megara al moreno.

—¿No fue él tu primer amor?— le soltó, molesto.

—¡No!— dijo Megara. —¡Mi primer amor eres tú!

Un silencio denso se levantó dentro de la sala común. Albus tragó saliva y bajo la mirada, conmovido por la confesión de la morena.

—Perdóname, Megara.— le dijo él. —Fui un imbécil. No debí desconfiar de ti, es sólo que… todo lo que ha pasado con Rosie me tiene mal y no puedo pensar con claridad. No entendía por qué desaparecías la mayor parte del tiempo, por qué preferías estar con Scorpius antes que conmigo en estos momentos…

—Estaba tratando de cubrirle las espaldas a mi mejor amigo.— dijo la slytheriana. —Para que pudiera encontrar a tu prima y para que tú dejaras de sufrir. — lo miró con cierto rencor. —Te recuerdo que eres tú quien tuvo un primer amor del que no quiere hablar. Si hay algo que necesitas saber sobre mi relación con Scorpius puedes preguntármelo directamente: yo no tengo nada que ocultar.

Megara se puso de pie y salió de la sala común. Albus intentó seguirla pero la voz de Aarón lo detuvo:

—Nadie puede salir de aquí hasta que hablemos sobre esto.— dijo el castaño. —Nadie puede saber que Scorpius no está en el castillo.

Albus se volteó y miró a Aarón a los ojos.

—¿Qué puede hacer alguien como Malfoy para encontrar a mi prima que no puedan los de la Orden y los del Ministerio?— soltó, confundido. —Nada de esto tiene sentido.

—Hay muchas cosas que no puedo explicarles, muchas cosas de las que no tienen idea, pero tendrán que confiar en mí.— dijo Aarón. —Necesito que guarden el secreto. Mientras menos gente lo sepa el secreto estará mejor guardado.

Roxanne suspiró.

—Hugo quiere hablar con Malfoy y va a acabar buscándolo a como dé lugar. Cuando eso ocurra es muy probable que pierda los estribos e intente golpear a…— miró a Scorpius con incomodidad. —¿Cómo te llamabas?

Scorpius sonrió ampliamente.

—Ginger.— le dijo. —Me llamo Ginger.

Aarón se puso de pie y hundió ambas manos en los bolsillos de su pantalón.

—Me encargaré de ello.— dijo el castaño. —Por lo pronto necesito que me den su palabra de que no le dirán a nadie más lo que saben.

Albus asintió, todavía confundido, al igual que Roxanne y Dominique.

—Lo prometemos.— dijo el gryffindoriano.

Albus fue el primero en dirigirse hacia la salida de la sala común y, poco después, fue seguido por Roxanne.

Dominique se puso de pie y miró a Aarón a los ojos con cierta timidez.

—Siento haber causado todo esto.— le dijo en un tono apesadumbrado. —No era mi intención, yo…

La rubia guardó silencio cuando él, de repente, cortó el contacto visual con ella y, con una expresión de absoluta indiferencia, le respondió:

—Tengo cosas que hacer.— le dijo. —Si no te importa, saldré primero.

Dominique lo vio salir por el tapiz de Barnabás sin decir ni una palabra más y, sola en la sala común, no pudo evitar llevarse una mano al pecho y sentirse pesada, como si algo estuviera lastimándola por dentro.

Era la primera vez que alguien la dejaba con la palabra en la boca con tanta amabilidad.

34.-

—Cada vez nos alejamos más y más de la civilización.— dijo Roy. —Y me gusta.

Scorpius ignoró al licántropo y siguió caminando por el bosque. Ya casi se había acostumbrado a estar rodeado de árboles día y noche; incluso había afinado su capacidad de conectar su propia magia con la energía de la tierra. No le costaba sentir a los árboles y a las plantas respirar a su alrededor ni a la tierra más viva que nunca bajo sus pies. Era increíble lo que en unos pocos meses había conseguido hacer sin ayuda de una varita. Cada vez estaba más convencido de que la clase de Control Mágico era la más importante de todas. Si todos los estudiantes de Hogwarts se la tomaran en serio podrían hacer lo que él podía y, entonces, el uso de la magia con varita sería pan comido.

Suspiró. Habían pasado ya cinco días: cinco largos días en los que habían seguido el rastro de Rose sin ningún resultado. Hubo días en los que perdieron el olor y creyeron que todo estaba perdido, sin embargo lograron retomar la huella de su esencia y proseguir. Scorpius se había bañado sólo dos veces en aquellos días: cuando por casualidad dieron con el cauce de un río y cuando tuvieron la oportunidad de comer en el restaurante-cafetería de una gasolinera. Hacía mucho que Londres había quedado atrás y lo único que tenían en frente eran grandes y densas colinas boscosas. Apenas intercambiaba palabras con Roy, Jason y Adam, y a ellos, por fortuna, tampoco parecía importarles intimar con él. Día a día Scorpius notaba cómo su desconfianza hacia ellos iba en aumento. Aún así se aferraba a los licántropos porque era consciente de la gran ayuda que habían sido a la hora de atrapar el rastro de Rose.

Y ella era, en esos momentos, lo único que realmente le importaba.

El sol de la tarde pegaba fuerte sobre la piel blanca de Scorpius. Algunos mechones cabello rubio y despeinado caían sobre su frente y a veces le entorpecían la visión. Mientras avanzaban escucharon, de repente, risas y voces cercanas que los obligaron a detenerse de forma abrupta.

Adam, con una sonrisa dibujada en los labios, caminó sigilosamente hacia unos arbustos.

Scorpius frunció el ceño y vio, cuando la mano de Adam apartó parte del follaje, un campamento con dos, o quizás tres, familias que se divertían preparando unas tiendas de campaña. Tres niños correteaban riendo y saltando. Tendrían que ser cuidadosos y rodear el campamento sin ser vistos. Era mejor que, en lo posible, evitaran a los muggles.

Sin embargo, Scorpius se sorprendió cuando notó que Roy, Jason y Adam sonreían a la vez de forma perversa. Un mal presentimiento lo embargó por completo y lo forzó a tensarse.

—Tenemos que rodearlos.— dijo el rubio adquiriendo una actitud seria. —No hay tiempo que perder.

Jason esbozó una media sonrisa.

—No, campeón.— le dijo. —Esta vez nos dejarás ser lo que somos: licántropos. Nos alimentamos de carne humana y este es un festín dispuesto para nosotros.

Adam rió.

—Será divertido.— dijo relamiéndose los labios.

—Ya era hora.— dijo Roy levantando el mentón. —Estaba empezando a cansarme de todo esto. Una buena cacería me levantará el ánimo.

Scorpius los miró con incredulidad y, a la vez, dureza.

—No pueden hablar en serio.— les dijo con un creciente temor instalándosele en el centro del pecho.. —Son familias inocentes… No pueden pretender atacarlos.

Jason lo miró con condescendencia.

—Despierta, lobo.— le dijo caminando hacia él. —Eso es lo que hacemos.— se detuvo a unos pocos centímetros, olfateándolo muy de cerca. —Si no tuviéramos órdenes de protegerte, hace mucho que habrías sido nuestra cena.

Roy miró a Adam con la adrenalina pintada en cada una de sus facciones.

—¿Hacemos lo de siempre?— le preguntó.

Adam sonrió.

—Lo de siempre.— dijo el licántropo.

Scorpius los miró con firmeza y el tono de su voz se tornó grave y profundo.

—No voy a permitir que lastimen a esas familias.— les dijo con una expresión llena de coraje.

Adam lo miró, divertido.

—Me gustaría verte intentar impedírnoslo.

Antes de que pudiera hacer nada Scorpius vio, con estupefacción, cómo Roy, Jason y Adam iniciaban su transformación lanzando gruesos alaridos. Al otro lado del follaje los niños dejaron de correr y los padres de familia se levantaron, extrañados, intentando divisar de dónde provenían aquello aullidos que se escuchaban tan peligrosamente cercanos. Los montruosos licántropos, bestias del tamaño de un caballo, con los músculos marcados a través de su pelaje oscuro y charcos de baba humedeciendo sus colmillos, aruñaron la tierra con sus garras afiladas y todo lo que Scorpius pudo ver en sus ojos fueron ansias de destrucción, una lujuria poderosa hacia la sangre y hacia la muerte.

—¡No!— gritó Scorpius para luego correr a través del arbusto y caer dentro del campamento.

Ante las miradas temerosas y sorprendidas de los niños y padres de familia, Scorpius los observó con rotunda seriedad.

—Corran.— les dijo.

El slytherin desenvainó, en ese momento, la espada que Aarón le había dado y se giró al mismo tiempo en el que los tres licántropos saltaban del follaje y caían, rugiendo, al interior del campamento. Los niños gritaron y los padres de familia se llevaron las manos a la boca, espantados. Scorpius mantuvo en alto su espada, ubicado justo entre las familias de muggles y las tres bestias, con sus ojos grises clavados con resolución en los que hasta hacía poco habían sido sus compañeros de viaje.

No: no iba a permitir que ellos lastimaran a esas personas inocentes.

Uno de los licántropos soltó un alarido bestial que hizo que los niños y los padres de familia, por fin, hicieran lo que Scorpius les había exigido: correr. La bestia se lanzó sobre el slytherin y de un solo zarpazo mandó a volar la espada que sostenía entre sus manos. Scorpius vaciló y retrocedió mientras las tres bestias se acercaban a él, amenazadoras, pero no cedió ni intentó dejarles el camino libre. No importaba lo rápido que corrieran aquellos muggles: los licántropos aún podían alcanzarlos.

Dos de las bestias corrieron, esquivándolo, en busca de las familias y Scorpius se transformó en lobo con la intención de perseguirlos y evitar la masacre que estaba a punto de llevarse a cabo. Sin embargo, ni bien puso sus cuatro patas sobre la tierra, sintió cómo un nuevo zarpazo lo despegaba del suelo y lo hacía volar por el aire hasta chocarse contra el tronco de un árbol. El dolor fue tan intenso que la visión se le nubló y pudo escuchar los latidos furiosos de su corazón. Apenas podía moverse allí, tirado en el suelo junto al tronco. Tenía la impresión de haberse roto algún hueso, pero no podía estar seguro de ello.

Poco antes de perder el conocimiento vio el cielo enrojecido de la tarde y las ramas de los árboles que intentaban alcanzarlo. También el rostro de Roy, de pie junto a su cuerpo, mirándolo con soberbia.

—Perdiste, lobo.

Y luego no hubo más que tinieblas.

35.-

Yo, Rojo

Rose fue lanzada dentro de su celda por uno de los guardias. Se sentía algo mareada y habría dado lo que fuera por comer algo. Lo único que había ingerido en los últimos días había sido ese pan mohoso y duro. Por otra parte, las sesiones con los doctores le parecían casi más terribles que la estancia en la sala B. Aquella mañana le habían sacado sangre y obigado a recibir choques eléctricos otra vez. Conforme pasaban los días su esperanza de que alguien la rescatara de aquel horrible lugar iba desvaneciéndose y, sin embargo, su compasión hacia otros se iba haciendo más grande. No podía dejar de sufrir por los hombres y mujeres que estaban en las celdas aledañas, por cada niño ejecutado, cada anciano al que se le negaba alimento… Tampoco podía olvidar la alucinación que había tenido de Morgana. Había sido tan vívida, tan real, que estaba empezando a creer que no se trataba de una alucinación. Se suponía que ella podía ver el pasado y Morgana el futuro, ¿podía ser posible que ambas hubieran convergido en un mismo espacio/tiempo, mirándose la una a la otra, encontrándose? Morgana podía haber avistado el futuro, que era ella en esa pocilga, y Rose haber visto el pasado, que era Morgana viéndola a ella misma. Sonaba completamente irreal y lunático, pero era posible.

Cuando Rose se puso de pie, ya en su celda, y levantó la mirada, lo primero que vio fue a Lidia tirada en el suelo, llorando y quejándose mientras se sostenía el vientre. La pelirroja corrió hacia ella y se arrodilló a su lado, preocupada.

—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?— le preguntó con angustia.

Lidia soltó un quejido ahogado.

—Me duele…me duele mucho…— dijo casi sin voz. —Creo que va a nacer…Creo que lo hará ahora…

Rose se paralizó y miró, con horror, cómo había agua entre las piernas semiabiertas de Lidia.

—Tu fuente se ha roto.— dijo la pelirroja, aterrada. —Necesitamos ayuda….

—¡No!— soltó Lidia agarrando a Rose por el brazo. —No… Si ellos saben que… Me matarán y matarán a mi bebé. Tengo que tenerlo en silencio. Tengo que… Es por eso que no he gritado. Por favor, no le digas a nadie. Ayúdame a tener a mi hijo. Ayúdame…

Rose palideció. No, no podía hacerlo. ¿Cómo se suponía que iba a traer a un niño al mundo? ¡No tenía idea de cómo hacerlo! Sintió como si el aire le faltara y la visión se le nubló. La mano de Lidia aferrándose con fuerza a su brazo la obligó a volver a la realidad. Y ésta cayó sobre ella con todo su peso.

—No sé cómo…—murmuró Rose al borde de los nervios. —No sé….

—No importa. Debes tratar.— dijo Lidia apretando los dientes y llorando. Estaba obligándose a no gritar y Rose la admiraba por poder controlarse de esa forma. —Cualquier cosa que hagas será mejor que lo que ellos me harán si se enteran de que…

Lidia se mordió los labios con fuerza y sollozó.

Rose se colocó frente a las piernas de Lidia con gran velocidad y las apartó. Le quitó la ropa interior y vio, con verdadero terror por su poco conocimiento sobre partos naturales, cómo la entrada de Lidia ya se había dilatado para dar paso a la salida del bebé.

Las manos de la pelirroja se reblandecieron y pudo sentir su corazón latiendo a mil dentro de su pecho. No tenía la menor idea de cómo traer a un bebé al mundo, pero debía intentarlo. Tenía que ser valiente.

Por primera vez desde la muerte de sus abuelos, las palabras dulces y cálidas de la señora Granger acudieron a su cabeza:

"Sabrás qué hacer si te das tiempo para descubrirlo y, sobre todo, si aprendes a dejar a un lado el miedo. Sólo entonces empezarás a darte cuenta de que, en el fondo, siempre has sabido exactamente qué hacer"

—Lidia.— dijo Rose mirándola a los ojos. —Vas a tener que pujar.

36.-

Aarón caminaba por las afueras de Hogwarts realizando sus rondas de la tarde completamente ajeno a las miradas de los grupos de chicas de distintas casas que comentaban entre ellas sin quitarle los ojos de encima. Se sentía cansado y frustrado al estar allí, dentro del castillo, atado de manos, incapaz de hacer nada más que lo que ya estaba haciendo para ayudar a la búsqueda de Rose. Llamaba o le enviaba mensajes a Scorpius casi todos los días para confirmar que estaba bien. No confiaba en los licántropos y temía que, aunque Angélica les hubiera ordenado no lastimar al slytherin, en un momento determinado olvidaran las reglas del juego. Después de todo eran animales salvajes y su ideología carecía de moral.

Suspiró y se pasó una mano por el cabello castaño echándolo hacia atrás. No tenía idea de cuánto tiempo más podría sostener la farsa de Ginger fingiendo ser Scorpius. Se había visto forzado a decirles la verdad a Albus, Roxanne y Dominique con el fin de evitar el caos, pero ahora se arrepentía. ¿Quién podía segurarle que ninguno de los tres abriría la boca? Albus parecía ser un tipo discreto, pero no tenía idea de cómo eran las dos ravenclaws. Lo poco que sabía de Dominique era que no tenía mayor control sobre su boca ni sobre sus acciones. ¿Cómo confiar en que matendría el secreto? Era ella, después de todo, la que había generado todo aquel caos en primer lugar con sus suposiciones absurdas. Aarón había tenido que contenerse en la sala común para no expresar su enfado. ¿Cuánto tiempo más tardarían todos los Weasley-Potters en saber la verdad sobre Scorpius? Si de algo Aarón estaba seguro era de que un secreto entre tantas personas siempre acababa dejando de serlo.

Si los de la Orden se enteraban de que Scorpius Malfoy estaba fuera de Hogwarts, en compañía de unos licántropos, y que él lo había ayudado a escapar, lo despedirían definitivamente. Perdería no sólo su cargo, no sólo su reputación profesional, sino toda posibilidad de estar cerca de Ásban para poder desenmascararlo.

Aarón se detuvo en seco cuando, entre dos árboles que daban acceso al bosque prohibido, vio a Angélica, sonriéndole, y luego internándose en la arboleda.

El castaño se apresuró a seguirla, confundido, y pronto se vio dentro del bosque prohibido, esquivando ramas, árboles, raíces gruesas que emergían del suelo. No se detuvo hasta que se vio en un claro en donde Angélica lo esperaba, sonriente, de brazos cruzados. La rubia vestía completamente de negro y sus labios estaban pintados de rojo. Durante varios segundos se observaron en silencio: él con hartazgo y ella con provocación.

Aarón, adquiriendo una expresión de enfado, rompió la quietud del bosque:

—¿Qué se supone que haces aquí?— le soltó en un tono oscuro. —¿Cómo llegaste…?

—¿Tan cerca del castillo?— completó ella sin dejar de sonreír. —Muchos dicen que es imposible entrar a los campos de Hogwarts por el bosque prohibido, pero mienten. Los licántropos sabemos exactamente qué hacer para sortear los peligros. Si quisiera hacerlo estaría dentro del castillo en este mismo momento.

Aarón soltó una risa corta, llena de sarcasmo, mientras se cruzaba de brazos.

—El castillo tiene un campo protector.— le dijo. —Además de los muchos guardianes que lo vigilan. Dudo que pudieras hacer tal cosa.

—Entonces es una suerte que hayas estado tomando aire fresco justo ahora, ¿no es asi?— le dijo ella.

Aarón la miró con irritación.

—¿Para qué has venido?— le preguntó en un tono seco. —Terminemos con esto cuanto antes.

Angélica se pasó el dedo índice por el labio inferior.

—Creo que deberías dejar de guardarme rencor, Aarón.— le dijo la rubia mientras caminaba hacia él. —Tú y yo tuvimos algo especial.

—Tú y yo no tuvimos otra cosa que una mentira.— le dijo el castaño con desinterés. —No me digas que viniste a discutir sobre el pasado, porque empiezo a aburrirme.

Angélica sonrió.

—Desde siempre te aburrías con facilidad, por eso te hiciste cazador de monstruos, ¿no?— le dijo la rubia mientras empezaba a caminar alrededor de él. —No puedes culparme por haberte mentido sobre mí: estaba acusada del asesinato de mis padres y necesitaba escapar antes de que me llevaran a Azkaban.

—Mataste a tus padres. Tu lugar es Azkaban.—le dijo el castaño con frialdad.

—¿Por qué eres tan cruel?— le dijo en un tono irónico y burlón. —Me dijiste que me amabas. De hecho, estabas tan enamorado de mí que me soltaste y estuviste dispuesto a huir conmigo.

Aarón esbozó una media sonrisa fingida.

—Tú también lo hiciste.— le dijo. —Tú también dijiste que me amabas y que ibas a huir conmigo. Es evidente que en ese tiempo yo no te conocía y que tú mentías.

—Mentí sobre la muerte de mis padres y sobre mi condición de licántropa.— le dijo ella, de repente adquiriendo un talante serio. —No sobre mis sentimientos hacia ti.

Aarón no borró de su rostro la sonrisa llena de cinismo.

—Claro, por eso decidiste convertirme en un monstruo.— le dijo.

—Quería que fueras como yo.— le dijo la rubia.

—Nunca seré como tú.— le dijo él mirándola a los ojos.

Angélica asintió.

—Por supuesto que no.— le dijo. —Yo nací siendo una licántropa. Tú sólo has sido contagiado. Eres impuro. En realidad eres sólo un hombre que de vez en cuando es un hombre-lobo. No tienes la menor idea de lo que es ser libre.

Aarón entornó los ojos, cansado, y caminó en dirección hacia el castillo.

—¿A dónde vas?— le preguntó ella.

—A donde sea, pero lejos de ti.— le dijo el castaño sin detenerse. —Y no vuelvas a acercarte al castillo o juro que te mataré.

—Espera, aún no te he dicho qué estoy haciendo aquí.— le dijo la rubia.

Aarón se detuvo, pero no giró a verla.

—Dilo de una vez.

Angélica suspiró.

—Ya he tomado una decisión.— le dijo llevándose ambas manos a la cintura. —Ya sé qué es lo que quiero a cambio del favor que te estoy haciendo con el campeón de la Orden.

Aarón continuó dándole la espalda.

—¿Qué es lo que quieres?— le dijo con hastío.

Angélica sonrió ampliamente.

—Quiero a Dominique Weasley.

37.-

Mi nombre es Rojo

Cuando el bebé salió por fin y dio su primer respiro de vida, Rose, con las manos temblorosas, lo cargó entre sus brazos, llorando, incapaz de controlar la marea de sentimientos que la llenaban de pies a cabeza. Hacía días que no experimentaba ni una gota de ternura, ni un rayo de luz que le recordara que el mundo no era sólo esa cárcel. El llanto fuerte del bebé, sano a pesar de la hambruna a la que su madre había sido sometida los últimos días, le erizó los vellos del cuerpo y la hizo llorar también de forma liberadora. Todas las emociones del mundo confluían en Rose en esos momentos: sus manos, sus brazos, sus piernas, todo en ella temblaba como una hoja al viento, pero ya no era ese temblor que la había acompañado desde su llegada a aquel campo de exterminio; sí, tenía miedo, pero era un miedo distinto al que se había visto sometida esos días, era uno menos amargo, menos oscuro: era el miedo de tener entre sus brazos algo tan preciado y tan frágil, algo tan indefenso, tan inocente, y no saber qué hacer con él. Entre sollozos Rose rió por primera vez desde la muerte de sus abuelos: sentía una alegría cálida que le recordaba su verdadera vida, la que la esperaba fuera de ese espantoso lugar. Recordó a sus primos, a sus padres, a sus abuelos vivos, a sus tíos…a Scorpius. Ella, como ese bebé entre sus brazos, estaba viva. Todos esos días había sentido que moría, pero no: estaba viva. Vivía a pesar de todo lo que le habían hecho. Estaba allí y respiraba, y pensaba, y era ella. Todavía era ella misma.

—Lidia, es una niña…— le dijo Rose, sollozando.

Y entonces notó que Lidia, con los ojos abiertos, no se movía más.

—No…— murmuró la pelirroja, dolida. —No, por favor. — comenzó a mover a Lidia con una de sus manos. —Lidia, por favor, no mueras, por favor…

La sangre que corría entre las piernas de la chica había hecho un gran charco que continuaba extendiéndose por el suelo. Rose lloró con fuerza sin soltar al bebé: Lidia no respiraba. Estaba muerta.

—Es una pesadilla. Esto es una pesadilla.— soltó la pelirroja sin dejar de llorar, inconsolable.

El llanto del bebé hacía eco por todos los pasillos y los magos y brujas de las celdas se habían pegado a los barrotes escuchándolo como si se tratara de un canto de esperanza.

Una voz de la celda de enfrente se dirigió a Rose:

—Muchacha,— le dijo una mujer mayor. —Tienes que cortar el cordón umbilical.

Rose, temblando, miró a la mujer sin poder dejar de sollozar.

—No tengo con qué…— murmuró casi sin fuerzas.

La mujer sacó de su bolsillo una navaja y la lanzó de modo que ésta atravesó sus barrotes y los de la celda de Rose.

—La he tenido todo este tiempo.— le dijo. —No tenía ningún sentido usarla: los guardias tienen armas mejores. Pensé en guardarla hasta que ya no pudiera soportarlo más y… Pero aún no es hora de morir.

Rose avanzó de rodillas por el suelo hasta la navaja y la tomó con su mano trémula.

—Respira profundo, chica.— le dijo la mujer. —Y deja de temblar.

Aarón se volteó lentamente y miró, incrédulo, a Angélica. Su rostro era el de la perplejidad absoluta, como si no pudiera creer ni entender lo que había acabado de escuchar.

¿Dominique Weasley?— le preguntó.

Angélica levantó el mentón y sus ojos brillaron con más fuerza que nunca.

Precisamente.— le dijo. —La quiero a ella.

Cortar el cordón umbilical fue menos complicado de lo que parecía en primer lugar, pero el llanto del bebé no cesaba y sus gritos hacían eco por los pasillos de aquella cárcel. Rose la pegó contra su pecho y la meció como pudo, intentó silenciarla mientras que los ojos de los magos y brujas de la celda de enfrente estaban fijos en ella.

—Toma, envuélvela con esto.— dijo un mago que le lanzó por los barrotes su camisa gris.

Rose recogió la camisa y la utilizó como manta para envolver a la pequeña criatura que tenía entre sus brazos. El miedo, antes amigable, empezaba a volverse oscuro y terrible otra vez. Con pavor escuchaba el llando de la bebé y todo por dentro se le estremecía de espanto: ¿qué ocurriría si los guardias lo escuchaban? ¿Qué harían esos asesinos con la bebé de una bruja?

La gryffindoriana pegó aún más a la bebé contra su pecho y cerró los ojos, aterrorizada por los ecos del llanto expandiéndose por las paredes de aquella cárcel.

—Por favor, deja de llorar, por favor.— murmuró, sollozando. —Detente, detente…

Aarón tragó saliva.

¿Para qué diablos quieres a Dominique Weasley?— le dijo. —¿Y qué te hace suponer que puedo dártela?

Angélica frunció el ceño y fingió una cara de preocupación.

Vamos, Aarón, claro que puedes dármela. Solo tienes que llevarla hasta los límites del bosque prohibido, te tomará un día de caminata a lo sumo.— le dijo la rubia. —Además, buscarás la forma de entregármela si es que no quieres que me contacte con Roy, Jason y Adam y les diga que, después de todo, pueden cenarse al campeón de la Orden, Scorpius Malfoy, si eso les place.

El sonido claro y distintivo de las botas de los guardias avanzando por el pasillo estremeció a Rose y la hizo hundirse en una esquina de la celda con la bebé envuelta contra su pecho. Los guardias aceleraron el paso y el sonido de sus llaves chocando unas contra otras hizo que los magos y brujas se escondieran en las profundidades de sus celdas, aterrados.

—Miren lo que tenemos aquí.— dijo Dick con el bate sobre su hombro derecho, sonriendo al otro lado de los barrotes de la celda de Rose. —Parece que la perra ya dio a luz.

Aarón negó con la cabeza.

No puedes estar hablando en serio.— le dijo. —Este no fue el trato.

El trato fue que yo podía pedir lo que quisiera y que tú me lo darías.— le dijo la rubia en un tono amenazado. —Niégamelo, y el rubio de ojos grises lo pagará por ti.

¿Para qué quieres a Dominique Weasley?— le soltó él. —¿Por qué precisamente ella?

Dick, acompañado por el doctor que hacía los experimentos en los reclusos y otros dos guardias entraron a la celda de Rose y ella, temblando, se hundió aún más en la esquina de la estancia, con el llanto del bebé aumentando cada vez más dentro de su cabeza.

—Qué bueno que nos hizo el trabajo fácil.— dijo Dick mientras pateaba a un lado el cadáver de Lidia con verdadero desprecio.

El doctor, con gruesas gafas levemente caídas sobre el puente de su nariz, miró a Rose con naturalidad.

—Entréganos al bebé, bruja.

Rose negó con la cabeza, sollozando.

—Nunca.— les dijo.

Dick rió mientras arrastraba el bate por el suelo.

—Vamos, bruja.— le dijo. —O decides hacerlo por las buenas, o tendremos que hacerlo por las malas.

Rose abrazó a la bebé contra sí y sollozó con más fuerza, aterrada ante la posibilidad de que se la quitaran.

—No, por favor, no….— murmuró.

Dick esbozó una sonrisa perturbadora y miró a los guardias.

—Tráiganme a ese bebé.

Angélica sonrió, divertida, mostrando sus dientes blancos y brillantes mientras volvía a caminar en círculos alrededor del castaño.

Bill Weasley fue, hace ya bastantes años, atacado por Fenrir Greyback y es el único que, tras haber sido rasguñado por él, no se convirtió en hombre-lobo.— dijo la rubia. —Su sangre resitió el ataque. Necesito esa sangre para hacer un ritual.

Sangre inmune…— murmuró Aarón. —¿Es para eso que quieres a Dominique Weasley?

Echarle la mano a Victoire Weasley es mucho más complicado que a la pequeña Dominique que aún está en Hogwarts.— dijo Angélica. —Te pediría a Louis, pero es un hombre. Y para el ritual necesito a una mujer.

Rose gritó cuando la bebé le fue arrebatada de los brazos. Uno de los guardias la sostuvo, impidiendo que corriera detrás de lo que le habían quitado. La gryffindoriana gritaba, desesperada, mientras luchaba por soltarse inútilmente del hombre que la sujetaba. Con pavor vio cómo la bebé le era entregada al doctor que, con un aparato extraño, clavó una aguja en el pequeño brazo de la recién nacida.

El llanto de la bebé sólo se intensificó.

—Necesitamos saber si es una de nosotros o una de ustedes.— dijo Dick mientras Rose continuaba gritando y luchando con fiereza por soltarse. —No somos monstruos: jamás dañaríamos a un ser humano.— sonrió malévolamente. —Ahora…si es un engendro, la historia es distinta.

¿Pretendes que te entregue a una chica inocente para que la utilices en un estúpido ritual? ¿Es eso lo que me estás pidiendo?— le soltó Aarón, enfadado.

Dominique no tiene por qué salir lastimada.— dijo la rubia. —Sólo tomaré algo de su sangre y la haré partícipe del ritual. Luego de eso podrás llevártela de vuelta y seguir haciendo el papel de antihéroe que te queda tan bien.

Aarón negó con la cabeza.

No pienso hacerlo.— le dijo.

Angélica sonrió.

Por supuesto que lo harás.— le dijo. —A menos que estés dispuesto a que los míos despedacen a tu amigo.

Él no es mi amigo.

Y que, después, lo hagan con Rose Weasley.— le dijo.

El rostro de Aarón se ensombreció por completo y la rubia soltó una risa corta.

Estoy celosa, Aarón.— le dijo. —¿En verdad te importa tanto esa chica?— suspiró. —Como quieras, la decisión es tuya: O mañana por la noche me entregas a Dominique Weasley en los límites del bosque prohibido, o yo misma me encargaré de devolverte las partes, no necesariamente unidas, de los dos campeones de la Orden.

El doctor extrajo la aguja del cuerpo del bebé y miró el aparato que tenía entre sus manos con detenimiento. Los magos y brujas de la celda de enfrente y de las aledañas estaban pegados a los barrotes observando la escena, descorazonados. Rose continuaba luchando torpemente con el guardia que acabó por darle una fuerte bofetada con la intención de tranquilizarla. El golpe dejó a Rose casi inconsciente: el hombre que la sujetaba la soltó y la dejó caer de rodillas al suelo.

—Su sangre no es normal.— dijo el doctor, finalmente. —Es una bruja.

El bebé lloraba desgarradoramente mientras Dick caminaba hacia él con el bate sobre su hombro.

—Tranquila, pequeña engrendo.— le dijo acercándose. —Haré que sea rápido e indoloro.

Si les haces daño, te buscaré y te mataré.— le dijo Aarón apretando los puños con fuerza.

El doctor colocó a la bebé sobre el suelo y Dick se colocó frente a ella, levantando en el aire su bate. Antes de moverse, el rubio miró a Rose a los ojos.

—Quizás prefieras cerrar los ojos, bruja.— le dijo.

—¡NO!— gritó Rose con fuerza.

Y, entonces, el bate de Dick se cubrió de fuego.

Angélica borró la sonrisa de su rostro.

Ni siquiera pienses en atacarme ahora. Hay por o menos veinte licántropos rodeándonos en este momento. No querrás intentar nada estúpido, créeme.— le dijo mientras daba media vuelta. — Ya sabes lo que tienes que hacer. Por lo pronto, adiós.

Dick soltó el bate al suelo y éste se incendió como una antorcha. Los dos guardias sacaron sus armas y apuntaron a Rose, quien temblaba arrodillada en el suelo.

—¡No disparen!— gritó el doctor. —Tenemos órdenes de mantenerla con vida hasta que sepamos la constitución de sus poderes.

Dick, con el rostro descompuesto, miraba su bate en llamas con confusión.

—Ellos no pueden hacer magia sin sus varitas.— dijo, descolocado. —Es imposible que ella haya podido hacer esto.

En el suelo, Rose, con las manos aferradas a la tierra, temblando y soltando algunos quejidos, levantó su rostro y todos los presentes retrocedieron un paso cuando ella empezó a gritar de dolor. Sus alaridos hicieron que los guardias cargaran sus armas a pesar de la advertencia del doctor. Dick observó, estupefacto, cómo la mano derecha de la pelirroja, apoyada en la tierra, se llenaba de escamas negras y relucientes, como las de un dragón.

—¿Qué mierda está pasando?— soltó el rubio, incrédulo.

Las escamas fueron trepando sólo por el brazo derecho de la pelirroja, subiendo por su cuello, su barbilla, y marcando la mitad de su rostro de negro. Cuando Rose abrió los ojos el azul había desaparecido de su iris y un tinte oscuro había convertido su mirada en un pantano que amenazaba con los peores peligros.

—Olvíden las órdenes.— dijo el doctor, aterrado. —¡Mátenla!

Antes de que pudieran hacer nada Rose miró a los guardias y los ojos de cada uno de ellos también se ennegrecieron como contagiados por algo invisible. Los hombres gritaron, soltaron sus armas y cayeron al suelo convulcionando mientras gotas de sangre empezaban a brotar de sus orificios. Dick miró, asustado, cómo mientras gritaban llamas de fuego ardiente se asomaban por el interior de su boca.

—Mierda…— murmuró el doctor mientras corría hacia una de las pistolas caídas.

Rose levantó su brazo y, con ese sencillo movimiento, hizo volar al doctor contra la pared y encenderse en llamas.

Dick corrió hacia la salida de la celda pero Rose, poniéndose de pie, levantó un muro de fuego que lo rodeó y, luego, clavó sus ojos negros en los de él. El rubio empezó a gritar ensordecedoramente, sosteniéndose la cabeza, mientras era consumido por el fuego.

—¡Por Merlín!— gritó una bruja de las celdas aledañas cuando una alarma empezó a sonar por toda el edificio alertando a los guardias de que algo estaba ocurriendo.

Rose caminó hacia la puerta de su propia celda y pasó su mano por la cerradura, derritiéndola en cuestión de segundos. Los magos y las brujas de la celda de enfrente la observaban impactados: la gryffindoriana actuaba con pasividad y su paso era lento, pero seguro. Con tranquilidad, a pesar de los ruidos de las botas aproximándose y de la alarma, Rose paseó sus ojos por las cerraduras de las celdas aledañas y todas se prendieron fuego.

Una de las brujas que primero salió de su encierro corrió hacia la celda donde Dick seguía gritando para tomar al bebé entre sus brazos. Mientras tanto Rose continuó caminando por el pasillo.

Con cada paso que la gryffindoriana daba una cerradura se abría y decenas de magos y brujas salían, despavoridos por las alarmas y el ruido de los disparos al exterior del edificio. Todos los guardias debían saber ya que se estaba perpetuando una fuga y parecían preparados con todo el arsenal necesario para atacar. El fuego empezó a cubrir las paredes y el tejado del edificio como un manto de oro. Rose, mitad ella, mitad Eros, avanzó hasta el final del pasillo y sólo se detuvo cuando un cúmulo de guardias la interceptaron con sus rifles apuntándole a la cabeza.

"Sabrás qué hacer si te das tiempo para descubrirlo y, sobre todo, si aprendes a dejar a un lado el miedo. Sólo entonces empezarás a darte cuenta de que, en el fondo, siempre has sabido exactamente qué hacer"

—¡Mátenta!— gritó uno de los guardias, espantado por las escamas que aparecían en la mitad del rostro de Rose.

Los disparos empezaron y, en cuestión de microsegundos, Rose se incendió a sí misma convirtiéndose en una llama humana. Las balas cayeron derretidas al suelo poco antes de traspasar el fuego que la cubría, sin alcanzar a tocarla.

"El fuego puede causarte dolor, intenso dolor, un dolor como el que experimentaste ayer bajo las llamas; pero no puede destruirte. Por lo tanto, el fuego es débil. Y tú eres fuerte. La única razón por la cual has temido al fuego durante tanto tiempo es porque has permitido que éste tome control de ti. Pero ahora, si quieres domar a la bestia negra, debes domar al fuego. Debes domarte a ti misma."

Rose avanzó y los guardias, aún disparando, retrocedieron. Una pared de fuego se levantó desde sus pies y ellos gritaron, envueltos en llamas ardientes, dejándole a la pelirroja el paso libre. Por doquier magos y brujas corrían fuera de sus celdas y la alarma era cada vez más ensordecedora.

Los disparos en el exterior continuaban perforando los muros del edificio.

Rose, entre el caos, caminó hacia fuera.

"Eres una domadora de dragones nata, una sangre de fuego, una Dovahkiin. Eros fue tuya al morir. Su alma y la tuya se han fusionado ahora para siempre. Vive en ti, pero con otra forma. Dovahkiin es el nombre de aquellos que poseen el alma de un dragón muerto. Ahora eres sangre de fuego y corazón de dragón."

Cuando Rose atravesó el umbral del exterior vio tanques y hombres armados disparando a los magos y brujas que corrían por el campo y, también, al edificio en llamas.

—¡Es ella, mátenla!— gritó una voz masculina.

Rose elevó su mano derecha cubierta por las escamas de Eros en dirección a los hombres que la apuntaban y sus ojos negros se clavaron en sus cuerpos.

Llamas de varios metros de longitud se levantaron a los pies de los guardias y, simultáneamente, se vieron forzados a soltar sus rifles y pistolas mientras se llevaban ambas manos a la cabeza lanzando alaridos incontenibles de dolor.

"Eres Rojo: eres la sangre de fuego, la domadora de dragones, hija de héroes. Eres la promesa de una hechicera poderosa como ninguna otra: y donde hay poder hay quienes tiemblan poseídos por el temor de ser aplastados. Debes despertar el poder en ti, Rojo. Porque hay muchos que quieren apagarlo para siempre y no descansarán hasta que dejes de ser una amenaza."

Los disparos de los francotiradores y de los guardias que emergían del edificio aledaño se incrementaron. Rose levantó una espiral de fuego que la rodeó de pies a cabeza y que la protegió de cada una de las balas que intentaban alcanzarla.

De repente sabía exactamente lo que hacía: de repente ni su cuerpo ni su espíritu estaban cansados ni derrotados. Era como si, tal y como se lo había dicho su abuela, en el fondo ella siempre hubiera sabido qué hacer.

Era como si, en el fondo, ella siempre hubiera sido eso.

El miedo había desaparecido.

"Tú puedes hacer cualquier cosa que te propongas, Rose. Lo llevas en la sangre, ya lo sabes: eres sangre de fuego. Eres pura magia."

Rose arqueó la espalda y sintió cómo brazos de llamas la levantaban en el aire. Desde la altura pudo ver el campo entero e ir clavando sus ojos en cada uno de los hombres que le disparaban, hombres que iban cayendo uno a uno como piezas de dominó.

"Eres la sangre de fuego. Y por ti, sólo por ti, muchos vivirán y muchos perecerán. Conozco tu destino. Tienes que ser fuerte por ellos…Por todos"

El campo, cubierto por las llamas y los cadáveres de los guardias, se repobló pronto por magos y brujas. Rose bajó cuando notó que casi todos los muggles que durante días la habían torturado a ella y a otros, que habían asesinado a niños en sus narices, habían muerto. La pelirroja caminó hacia el último cuerpo que aún temblaba sobre la tierra, herido, y se detuvo frente al ser que le había revelado el rostro de su verdadero enemigo.

El General, temblando como un cachorro, la miró con verdadero pavor. Rose levantó el mentón y lo miró inexpresivamente.

—Gracias a ti ahora sé quién es Ásban realmente.— le dijo la pelirroja. —Y gracias a todo lo que tu gente me hizo aquí, en esta prisión, ahora sé quién soy.— clavó sus ojos negros en los de él. —Sólo por eso te mataré igual que a los demás, y no como realmente te lo mereces.

El General, llorando como un niño cobarde, negó con la cabeza, atermorizado.

—No…— murmuró.

Y luego empezó a gritar.

"La veo todas las noches, en mis pesadillas. Ella encarna mis pesadillas. En el fondo, la compadezco. Tiene mi sangre. Llevará también mi dolor."

Rose se volteó y, mientras las escamas iban desapareciendo de la mitad derecha de su cuerpo y la negrura iba descubriendo el azul de sus ojos, las lágrimas comenzaron a correr otra vez por sus mejillas, pero ya no temblaba. La tristeza, la destrucción, todo lo que la rodeaba, las muertes que presenció en tan pocos días, todo se acumuló sobre sus hombros y lo único que pudo hacer fue llorar en silencio, rodeada de edificios en fuego y cadáveres.

Sólo cuando levantó la mirada del suelo y vio a los cientos de magos y brujas que, de pie, la miraban, reunidos en el mismo campo donde habían sufrido tanto, recordó que ella era una sobreviviente.

Todos allí lo eran.

Entonces, de repente, la primera fila de magos y brujas se inclinó en el suelo realizando una reverencia que dejó a Rose totalmente descolocada. Todos empezaron a imitarlos y, poco a poco, el suelo se llenó de gente arrodillada e inclinada ante la mirada de sorpresa de la pelirroja.

—¡Libertadora!

—¡Ángel!

—¡Líder!

—¡Nuestra salvadora!

Rose guardó silencio y recordó, una vez más, las palabras de Morgana:

"Eres la sangre de fuego. Y por ti, sólo por ti, muchos vivirán y muchos perecerán. Conozco tu destino. Tienes que ser fuerte por ellos…Por todos"

Tragó saliva.

—Este es mi destino.— murmuró para sí, de repente, entendiéndolo todo.

Una voz suave, la de una hija que se abrazaba a su madre, se levantó de entre el grupo de ex prisioneros.

—¿Qué hacemos ahora?

Los ojos de esa chica y los de todos los que se inclinaban se fijaron en Rose en espera de una respuesta.

Pero ella sólo miró directo al fuego.