NOTA: A las cinco almas amables que aún siguen leyendo esta historia, gracias de corazón por seguir ahí…


ROJO DESCONCIERTO

Shirayuki se mantuvo ocupada las siguientes semanas. Se encargó de la recepción de los médicos de Tanbarun, de aquel proyecto de cooperación entre ambos países, que ella había conseguido establecer durante su visita al país vecino, para cirujanos y farmacéuticos. Los paseó por palacio, les presentó a la insigne Garack Gazelt y al célebre investigador Ryuu, y actuó como la perfecta anfitriona y guía hasta que los puso en la caravana que marchaba a Lyrias, donde pasarían un año dedicado a la investigación médica. Adelantó presupuestos, leyó informes, aprobó o rechazó subvenciones… Pero sobre todo, trabajó en los invernaderos durante la noche. Llenaba sus horas, con cualquier excusa y ocupación, agotándose hasta la extenuación, porque si le daba la oportunidad, ese pensamiento que la perturbaba volvía a apoderarse de sus sentidos.

Ella no era ciega y sabía que Izana era físicamente atractivo, por supuesto. Era también demasiado frío, demasiado cerebral, para alguien de espíritu cálido como ella. ¿Pero era realmente así? A regañadientes, Shirayuki tuvo que reconocer (porque ella es honesta incluso cuando pelea contra sí misma) que este no era el mismo hombre que conoció hace tantos años. Seguía siendo atento y cuidaba de los suyos, claro, pero esos muros que él erguía a su alrededor ya no estaban. Ya no existían. Poco a poco, con pequeños gestos primero, había dejado entrar a sus hijos y a los hijos de su hermano, y Shirayuki estaba convencida de que esa era la razón de que ahora fuera más franco en sus afectos. Pero en el proceso, se había abierto también a ella. Y esto le resultaba aún más extraño. Ella lo justificaba pensando que quizás por ser ambos supervivientes, por ser los dos viudos Wistalia que la plaga perdonó. No es que toda esa estupidez de convertirse en su esposa y reina tuviera nada que ver…

Pero entonces, ¿por qué? ¿Por qué había reaccionado ella así? ¿Por qué su cuerpo vibró con el sonido de su risa? Nostalgia, solía concluir ella tales reflexiones. Sí, nostalgia por esa intimidad, esa cercanía que había desarrollado con él, y que le hacía recordar la que tuvo con Zen. Pero Zen ya no estaba.

Y entonces cuando llegaba a este punto, Shirayuki recordaba su sonrisa, la de Izana, una sonrisa empañada con un velo de tristeza, cuando la miraba, y todo volvía a empezar…

Él, ella lo sabía bien, advertía sin duda las sombras azules bajo sus ojos, y los hombros y el paso cansados cuando entraba en la sala familiar por las mañanas. La miraba por encima del tazón de porcelana y callaba. Y ella se removía inquieta bajo su mirada, sintiendo que le pesaba y que escondía más de lo que ella estaba dispuesta a reconocer…

Y luego, para mayor tortura suya, estaban sus paseos diarios, al atardecer, como llevaban haciéndolo desde hace casi un año. Ella iba de su brazo, como siempre, y él posaba su mano sobre la suya, como hacía habitualmente, mientras los niños jugaban y correteaban entre las flores del jardín. Se descubría anhelando su calor, acercándose más a él, y ella entonces, cuando reparaba en lo que había hecho, con los ojos brillantes de asombrado pánico, se deshacía de su brazo y huía de su cercanía. Ella culpaba al frío del otoño que llegaba, o a esa maldita nostalgia por sentirse conectada a otro ser vivo…

Él la miraba, endurecía el rostro, y se llevaba las manos a la espalda, fingiendo que tal desplante nunca existió.

No podía seguir así…

Entonces Shirayuki, porque ella es así y no puede ser de otra forma, decidió hacer lo que hacía siempre: enfrentarse al problema.

Tenía que hablar con Izana.