Buenos Días, nuevo capítulo, espero les guste, los personajes son de la maravillosa Suzanne Collins y la historia de la talentosa Vallemar, muchos saludos.
CAPÍTULO XXXVII
ABAJO LA DICTADURA
La conversación sobre política terminó con la llegada de Gale, quien trataba de pescar a mi papá metiendo el anzuelo, pero él se defendía muy bien. En cada ocasión en que Gale trató de llevarlo a su terreno, terminó arrastrado al de mi padre. Terminamos de comer y hacíamos una sobre mesa distendida, cuando nos interrumpió la llegada de Annie.
– Buenas tardes, –dijo ella, entrando al comedor en donde nos encontrábamos todos–. Espero no molestar, me he pasado a visitar a Katniss un rato.
– Tú nunca molestas, ni molestarás jamás en esta casa, –le dijo mi madre cariñosamente– por favor, pasa y siéntate un rato con nosotros. ¿Quieres comer algo?, nosotros hemos terminado, pero te podemos acompañar, todo estaba muy bueno.
– No gracias, –contestó ella en el mismo tono– es muy amable, pero ya he almorzado, de todas formas, sí que acepto acompañarles un rato.
Estuvimos más o menos una hora conversando todos en el salón, mientras tomábamos café, pero pronto el grupo se disolvería. Mi madre tenía que hacer unos recados, mi padre debía volver a la oficina, y Gale iba a acompañarlo. Annie me pidió que diéramos un paseo con la niña.
– Podemos ir al parque de los chorros, si te parece bien, –dijo ella– sé que a Prim le va a encantar.
– Me parece una idea estupenda, –respondí– subo un momento para buscar unas cosas que necesito y nos vamos.
Annie se quedó contigo mientras yo subía a mi habitación. Gale la vio y decidió hacerle compañía, aunque no precisamente grata.
– Aquí está mi niña. –Dijo sonriéndote y jugando un poco contigo– ¿me la dejas un rato?, quiero despedirme de ella antes de ir a trabajar.
Annie lo miró con recelo, mientras él esperaba que ella te depositara en sus brazos, mientras tú apremiabas por ir con él.
– Sé que no te caigo bien, pero no es necesario que me mires así, Primrose es mi vida, –le dijo en un tono brusco– pienses tú lo que pienses.
– Yo no he dicho ni una palabra –contestó ella en el mismo tono en el que él le había hablado–.
– Pero lo piensas.
– No sabía que leyeras el pensamiento, pero lo tendré en cuenta en el futuro.
– ¿Así que van al parque los chorros?, –replicó él amenazante, ya contigo alzada–.
– Sí, ¿por qué?, ¿te disgusta que salga con Katniss?
– Me disgusta que quieras meter ideas equivocadas en su linda cabecita.
– No creo que tengamos el mismo concepto de lo que es estar equivocado.
– Seguro que no… –él le dio una sonrisa lobuna y luego con aire indiferente continuó–. ¿Le has contado alguna vez a Katniss que estabas enamorada de mí? ¿Le has dicho por qué tu hermano y yo nos peleamos?
– ¡Estás enfermo!, ¿lo sabes?
– Y tú eres una zorrita muy vengativa.
– Piensa lo que quieras, yo nunca he intentado vengarme de ti, de haber sido así, le habría contado a Katniss lo que pensaba de ti desde el momento en que comenzó a salir contigo.
– Por algo no se lo dijiste.
– No lo hice porque no valía la pena, entre tú y yo no hubo nunca nada.
– Porque yo no quise…
Annie dio un respingo cuando él se le acercó y asió por la barbilla, acercándola a su rostro.
– Ten cuidado conmigo, te lo advierto, –la amenazó –. No hagas que Katniss destruya su vida, porque lo llevarás siempre en la conciencia…
– ¿Lo dices por experiencia?
Entré justo cuando Annie terminaba de hablar y se soltaba bruscamente de su agarre.
– Gale, ¿me das a la niña?, –dije rudamente, viendo como estaba molestando a Annie– ya nos tenemos que ir.
Él te abrazó, te besó en la mejilla y te puso en mis brazos.
– Cuida mucho de mi pequeña –me dijo –. Ve con mami, que papi tiene que irse a trabajar.
Fue más rápido que yo, y agarrándome desprevenida, pasó su mano por mi cuello, y con brusquedad me obligó a inclinarme y apretando sus labios contra los míos, me besó. Yo mordí su labio al ver que no se apartaba, él me soltó, con una estúpida sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro. Pasó la lengua por el labio que yo había mordido y luego salió del salón con aire indolente, dejándome a solas con Annie
– No soporto a ese hombre, –me dijo Annie, con el asco reflejado en su rostro– no entiendo cómo has podido aguantar tanto tiempo a su lado.
– No hablemos de eso ahora, vamos ya, antes de que se haga demasiado tarde para salir.
Caminábamos hacía el parque mientras conversábamos.
– Te tengo una sorpresa que sé que te va a gustar mucho, –me dijo ella misteriosamente–.
– ¿De qué sorpresa hablas amiga?
– Deja que lleguemos al parque y lo sabrás.
– Peeta está ahí, –le dije riendo– lo sé.
– ¿Qué?, pero… ¿cómo?
– Desde que me dijiste que subiéramos al parque lo supe.
– ¡Caramba!, –dijo dubitativa– Gale lee el pensamiento y tú también.
– ¿Qué dices?
– Yo me entiendo.
Estreché mis ojos hacía ella con algo de recelo.
– ¿Vas a contarme qué fue eso que vi en el salón o no? –dije, sospechando que algo me ocultaba –.
– ¿A qué te refieres exactamente?
– Sabes a qué me refiero. Gale te estaba molestando y tú parecías muy nerviosa.
– Es normal estar nerviosa en su presencia.
– Sí, pero hay algo más… ¿Por qué no quieres contármelo?
La forma en la que vi a Gale sujetando la barbilla de Annie fue algo más que sospechosas. Él se veía amenazante y ella asustada, pero también había algo, no lo sé, como cierta familiaridad.
– Porque es una tontería.
– Entonces con más razón. Si es una tontería, no debería haber ningún problema en que me lo dijeras. ¿No?
Ella se detuvo un momento y me miró con zozobra.
– ¿Qué pasa Annie, me estás asustando?
– No es grave, sólo es que me da un poco de vergüenza contártelo.
– Es algo que te dijo Gale ¿Verdad?
Ella asintió firmemente.
– No debes hacer caso a sus amenazas Annie. Gale está loco.
– No me importan sus amenazas, me siento incomoda porque hay algo que nunca te he contado.
La miré interrogante.
– Está bien, te lo voy a contar, pero no me juzgues.
– No se me ocurriría.
– Recuerdas que te conté que Gale y Thom solían ser amigos.
– Sí. Sé que estudiaron juntos y que luego Gale dejó de frecuentarlo.
– Eso es cierto, –rechino sus dientes –, pero no es todo…
– ¿A qué te refieres?
– Gale iba mucho por casa, como te conté –asentí –. Y… bueno… Yo estaba enamorada de él.
Solté una carcajada demasiado ruidosa e indolente y mientras más veía el rostro angustiado de Annie, menos podía parar de reír.
– Katniss… no es un chiste, te estoy diciendo la verdad, yo estaba enamorada de Gale.
Traté de sosegarme, pero me costó un mundo.
– Annie… tú y todas las mujeres que lo conocieron estaban enamoradas de él. Medio Capitolio para ser exactos. Raro sería que no te hubieras fijado en Gale, y menos cuando deambulaba por tu casa todo el día.
Ella puso sus ojos en blanco y negó con la cabeza, irritada por mi respuesta ante su confesión.
– Intenté besarlo… –gritó ella, tratando de desembarazarse de algo que parecía pesarle mucho –. Intenté besarlo y me rechazó. Se burló de mí y me dijo que era una chiquilla. Él imbécil ese, me dijo que ni siquiera sabía dar un beso decente y luego de haberme humillado diciéndome que yo no le interesaría nunca, sugirió que de todas formas podía enseñarme a besar, si yo quería. Yo estaba loquita por él Katniss y le dije que sí, que me enseñara y entonces Thom nos vio besándonos. Yo me había metido en el cuarto de baño de la habitación de mi hermano para hablar con él y Thom nos pescó ahí.
Eché la cabeza atrás, sin poder detener las carcajadas que salían de mi garganta.
– ¿No me iras a decir que Gale te estaba amenazando con contarme eso…? –al ver su cara, otra vez me eché a reír –. ¡Ay por Dios! Sí que lo hizo. Debe estar desesperado…
– Me dijo que yo quería apartarte de él por venganza…
Explicó afligida y yo en medio de las replicas de mis carcajadas, pregunté divertida.
– ¿Y es cierto?
– ¡Por supuesto que no! –exclamó indignada –. Él fue muy grosero conmigo en ese momento y le dijo a mi hermano que yo prácticamente me le había echado encima y que él era hombre, que no iba a desperdiciar la oportunidad si se lo ponían en bandeja de plata, le dijo que él me había dicho que no, por respeto a mi hermano y que yo le había suplicado que me besara. Thom se molestó muchísimo conmigo y después de aquello, Gale frecuentó la casa cada vez menos, hasta que no fue más. Por supuesto Thom me vigilaba como un halcón las pocas veces que lo volví a ver después de eso. Pero yo no le tenía rencor como para vengarme, –explicó ruborizada –. Sí estaba dolida por su rechazo y por lo que le dijo a mi hermano, pero… –se encogió de hombros –. Estaba diciendo la verdad, yo entré en ese baño a declararle mi amor y también me dejé besar.
Volví a reírme sin ningún decoro, mientras Annie me miraba haciendo pucheros.
– No te rías más… –se quejó –. Estoy muy avergonzada…
– Annie… yo también he besado a Gale –puse los ojos en blanco –, y si te sirve de consuelo, a pesar de que está loco y es muy retorcido, besa de tal forma, que casi podrías desmayarte en sus brazos. Hubo una época en Nueva York, que me dejé besar por él muchas más veces de las que me gustaría reconocer y no me molestaba en lo absoluto que lo hiciera. No te apures por eso… ¡menuda tontería!
Llegamos al parque entre risas y vimos a Peeta, estaba sentado en un pequeño banco cerca de la cascada de agua, justo en donde le dijo a Annie que estaría. Yo corrí a su encuentro y él me alzó entre sus brazos.
– ¡Por fin!, las extrañaba muchísimo.
– Y nosotras a ti.
El me soltó para cogerte de tu carrito, que empujaba Annie, cuando ella ya estuvo al lado de nosotros. Como siempre se deshacía en sonrisas y mimos para ti, cuando yo llamé su atención.
– Tienes mucho que explicarnos, –dije expectante–.
El se sonrío y negó con la cabeza.
– A ver ¿y qué es lo que quieres que te explique?
– Comencemos por tu huida de la casa. –lo sermoneé –. Ese día te pedí que te quedaras, menudo susto me hiciste pasar. Luego tus respuestas por el teléfono. ¿Que era todo aquello?, todavía estoy tratando de descifrar nuestra primera conversación. ¿Cómo era eso de que estaba todo bien, ya agarraron a los delincuentes?
El volvió a reírse.
– Eres muy graciosa princesa… –lo miré por debajo de mis pestañas y el puso los ojos en blanco–. ¿Que querías que te dijera?, es posible que estuvieran vigilando los teléfonos de casa, tenía que tener cuidado.
– ¿Y por qué iban a hacer eso?
– ¿Porque tenemos antecedentes? Además, Cato participa activamente en los grupos subversivos y Finnick lo hace de forma más recatada, pero también está involucrado.
– ¿En serio?
No sé de qué me sorprendía, eso era de esperarse. Era difícil de creer que ellos hubieran abandonado sus luchas políticas a pesar de todo lo que ocurrió en su momento. Annie por su parte lo miraba atónita, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Sabía de Cato, incluso del mismísimo Peeta, pero nunca de Finnick, a ella le parecía que Finnick era bastante voluble como para comprometerse con ninguna causa.
– ¡No me lo puedo creer!, –dijo por fin ella– ¿Finnick Mellark implicado en algo tan gordo? Eso es demasiada responsabilidad para Finnick. ¿Estás seguro de que estamos hablando de la misma persona?
– Sé que tienes motivos para dudar de su altruismo, –le dijo Peeta sin dejar aún lado la sonrisa que tenía desde que habíamos llegado–, aunque estás equivocada, pero prefiero que sea él mismo quien te lo explique.
– ¡Entonces tendré que esperar largo tiempo! –Le contestó ella con sarcasmo–.
– No tanto.
Dijo Finnick, que apareció como un fantasma justo detrás de nosotros.
– ¡Madre mía!, que susto me has dado.
Saltó Annie tocándose el pecho. El corazón le palpitaba y ella estaba nerviosa, y todos sabíamos que no era precisamente porque él la hubiera hecho sobresaltarse momentáneamente.
– ¿Cómo estás Katniss?, –me saludo él antes de saludarla a ella, se me acercó y me dio un abrazo–. Me alegro mucho de verte. ¿Está es mi sobrina? –Dijo mientras te daba un beso en la mejilla, yo le sonreí y asentí con la cabeza–. Es hermosa. Se parece mucho a ti.
– Yo también me alegro mucho de verte, –contesté, pasando ligeramente mi mano por su cabeza rapada, mientras esbozaba una sonrisa de complicidad–. Ahora estoy bien ¿y tú?
– He tenido tiempos mejores, pero el viento está empezando a soplar a mi favor, –Respondió, mirando a Annie de reojo y dejando un deje de doble sentido en sus palabras–.
– Me alegra escucharlo.
– Yo me marcho, –dijo Annie muy molesta–, lamento interrumpir tu encuentro con Peeta, pero no quiero estar ni un minuto más aquí. Tenemos que irnos.
– ¿No vas a escucharme Annie?
Le dijo Finnick en tono triste, pero más bien fingido, y haciendo pucheros, suponiendo que no era verdad que ella iba a marcharse.
– No Finnick, no pienso hacerlo, –le contestó ella negando con la cabeza y muy molesta–.
– Por favor… escúchame ¡es importante! –Suplicó él –.
– ¿Y qué vas a decirme?, ¿qué estabas demasiado ocupado con tus reuniones clandestinas y tus mentiras como para poder hablar conmigo?
– No exactamente, pero va por ahí.
– ¡Ya déjame en paz!, no me debes ninguna explicación.
Él se apresuró a hablar, al notar que Annie sí estaba dispuesta a marcharse.
– No quería que pudieras tener ningún problema por mi culpa, ni que te vieras enredada en ningún asunto escabroso, ni que te relacionaran conmigo. Te quiero demasiado como para permitir que te hicieran daño por culpa mía.
– Debiste decírmelo si era así, –le dijo ella dudando de sus palabras– yo la he pasado muy mal pensando que no me querías, como me dijiste, pero ahora ya lo tengo superado, y no quiero recordarlo más.
– ¡Yo te adoro!, –dijo él con ternura y suplicante– ¿pero qué querías que hiciera? Si te lo hubiera dicho estoy seguro de que no me hubieras hecho ningún caso, te habrías empeñado en quedarte a mi lado, e incluso hubieras querido participar. ¡Te conozco!, te chifla ser parte de cosas clandestinas.
– He acompañado a Cato a muchas de esas reuniones…
– ¡Exacto…! He discutido con él un millón de veces por ello y déjame decirte que no me gusta nada que pasearas con Cato de aquí para allá todo el día.
– ¿Vas a volver a decirme que tengo alguna relación diferente a amistad con Cat?
– ¡¿Cat…?! –repitió él entre dientes, fulminándola con la mirada –. Ningún Cat… Cato, se llama Cato.
– ¡Sí claro…! –Exclamó ella furiosa –, y ahora resulta que estás celoso, que conveniente.
– ¡Pues sí lo estoy, y mucho! –respondió él aireado –. Además, sé que un tal Chaff no sé qué frecuenta mucho tu casa. ¿No estarás paseándote con él también?
– Fuiste un idiota, lo eres ahora y lo seguirás siendo siempre. Me voy, –le gritó encrespada– no quiero seguir con esta conversación, es muy tarde, ya no te creo nada, fuiste muy duro conmigo y no creo que pudieras estar fingiendo algo así.
Annie empezó a caminar hacia la salida muy rápidamente.
– Finnick, síguela por favor, no dejes que se marche.
Le grité, pero antes de que terminara de decirlo, él ya se había echado a andar. La sujetó justo llegando a la puerta de salida. Aún Peeta y yo podíamos verlos, pero por supuesto no escuchábamos lo que estaba pasando.
– ¿Crees que estarán bien?, –le pregunté–.
– Por supuesto que estarán bien, ya vas a ver como vienen dentro de un rato contentos y juntos.
– No lo sé, Annie está muy dolida.
– Pero se quieren y eso es más fuerte que cualquier cosa.
– Espero que tengas razón, me gustaría mucho que volvieran a estar juntos.
– A mí también.
– ¿Por qué no me dijiste nada?, –le reclamé molesta– yo pude haber hablado con Annie con anterioridad y hacerla comprender las razones de Finnick.
– No podía decírtelo, él no me lo hubiera perdonado.
– Aún y así, debiste decírmelo.
Me puso los ojos en blanco y soltó el aire ruidosamente.
– No discutamos por eso ahora. Es suficiente con que Finnick tenga que explicarse. No me apetece tener que lidiar yo también sus batallas.
– Tienes razón, de todas formas, ya no podemos cambiarlo.
Nos sentamos en el césped para que tú pudieras jugar mientras nosotros conversábamos.
– ¿Cuéntame cómo ha estado todo por tu casa? – preguntó–.
– Muy raro. Marvel, mi cuñado, es uno de los militares alzados contra el régimen. Mi padre se llevó a Johanna de casa ese mismo día, el 1 de Enero, y nadie, excepto él, sabe en donde está. Tampoco sabemos nada de Marvel, aunque creemos que podría estar preso.
– Él no está preso, está con tu hermana, –su respuesta no estaba dirigida a tranquilizarme, no, sabía muy bien de lo que hablaba–.
– ¿Y cómo sabes tú eso?
– Te lo he dicho, Cato y Finnick están metidos de cabeza en todo este berenjenal.
– Pero… ¿cómo…?
– ¿Cómo saben sobre tu cuñado?
– Sí.
– Conocen a tu padre, y a Marvel, tu cuñado, inclusive, creo que han participado juntos en campañas en contra del régimen desde hace algún tiempo.
– ¿Mi papá…? –Exclamé, con la boca abierta hasta casi dislocármela, absolutamente conmocionada con lo que había escuchado –. ¿Con Cato y Finnick?
Estas últimas semanas habían sido muy reveladoras, pero esto…, esto ya sí que era demasiado.
– Principalmente con Cato. –respondió impasible ante mi sorpresa –. Él es uno de los cabecillas de los estudiantes protestantes, y creo que tu padre les ha echado una, o dos manos.
Sacudí mi cabeza, asegurándome que no estaba soñando despierta. Aquello parecía increíble. Siempre supe de mi padre, que era un hombre comprometido con los ideales en los que creía, pero sus ideologías políticas, fueron siempre más del tipo conservador. No me lo imaginaba involucrado en revueltas, ni en intentos de golpes de estado. Asociaba más con él, el camino de la paz y el dialogo. Embajador de los buenos acuerdos entre las partes, más que un combatiente. Podía imaginármelo sentado en la mesa redonda de Camelot, pero no esgrimiendo la espada junto Arturo. Claro que está misma tarde lo había escuchado claramente expresarse a favor de la caída de la dictadura, como de hecho llevaba desde diciembre haciendo.
– Mi padre confesó está misma mañana, que participaba desde hace algún tiempo en todo esto. –Expresé mis pensamientos en voz alta –. Dijo que a trabes de Marvel se había involucrado. Incluso señaló que ha firmado los manifiestos que circulan por las calles, pero nunca hubiera imaginado que colaborara abiertamente y muchísimo menos con algún miembro de tú familia.
– A mí también me tomó por sorpresa, ¡créeme!
Lo miré interrogante, algo no me cuadraba en la historia y sabía perfectamente qué.
– ¿Y tú? Se me hace raro que no estuvieras implicado en nada. No te has incluido en ningún momento.
– Después de todo aquello que ocurrió con nosotros, hubiera sido una locura. El padre de Delly me tenía muy vigilado, así que yo me tenía que mantener al margen para poder darle una oportunidad a Finnick y a Cato.
– Tanta gente implicada, ahora mismo me siento mal por no haber hecho nada. Es como si todos hubieran actuado mejor que yo.
– No habrías podido. Ya nosotros teníamos suficiente con todo lo que nos estaba pasando y, en cierta forma, ya habíamos puesto nuestra cuota de sacrificio.
– Sí, –concedí–, puede que tengas razón.
Recordaba rotundamente lo relacionada que había estado toda nuestra desgracia con aquel gobierno. Peeta se inclinó y me dio un beso en la punta de la nariz, con una sonrisa divertida dibujada en sus labios.
– Además, demostraste ser muy mala espía todos estos días. Llegué a creer, que en una de nuestras conversaciones, estabas a punto de decirme… "no entiendo nada de lo que dices, ¿por qué hablas así?, si siempre has deseado que se acabe la dictadura. Seguro tu andas por ahí Peeta jaleo… te conozco".
Solté una carcajada espontanea. Tenía toda la razón, como espía era una costurera magnifica y zurzo muy mal.
– Y no estabas muy lejos de la realidad, estuve a punto de hacerlo. Me sentía como una espía muy incompetente.
– ¿Y entonces de qué te quejas?, gracias a Dios no estaba en tus manos ningún secreto.
– Muy gracioso. –Me quejé teatralmente molesta. Luego, sucumbiendo a mi curiosidad indagué–. Hablando de secretos, ¿dónde están Johanna y Marvel?, y no me mientas, –le advertí –, sé que tú lo sabes.
Ahora fue él quien soltó una carcajada.
– Para ser una espía tan incompetente, eres bastante curiosa.
– No juegues más conmigo, –volví a advertirle–, que me muero por saberlo.
Insistí un buen rato, como si se tratara de un gran chisme, a lo que él respondió riendo nuevamente.
– Están en el refugio. – Me dijo por fin–.
– ¿Cómo…? ¿En el refugio…? ¿Nuestro refugio?
– Sí –asentía mientras me dedicaba una sonrisa conocedora –, el mismo. Nuestro refugió –recalcó para concluir –.
Lo miré atónita, tanto que ya ni siquiera podía pronunciar palabra. Era mi padre quien los había mandado ahí. Me parecía descabellado que fuera precisamente ahí a donde lo hubiera hecho. Una cosa es que trabajara en la clandestinidad con ellos, lo que ya era impensable, pero que su relación llegara a tanto… no podía comprenderlo. Peeta por supuesto sabía que yo estaba totalmente confundida, así que se dispuso a explicarme todo lo que no sabía.
– Desde que regresamos de la costa, yo me he visto tres veces con tu padre.
Casi me desmayo cuando Peeta me lo dijo. No sé qué cantidad de locuras pasaron por mi cabeza en ese brevísimo momento, pero debo haber reflejado terror en mi cara, pues él enseguida me dijo.
– No fui yo el que propició los encuentros, fue él quien lo hizo.
– ¡Peeta!, –no podía salir de mi sorpresa–.
– En uno de esos encuentros, le ofrecí el refugio. Retirado y aislado, pero conveniente si se debe salir rápido por mar.
Ya no me importaba el refugio, quería saber lo demás, si habían hablado de lo nuestro, y en qué condiciones lo habían hecho, así que se lo pregunté sin rodeos.
– ¿Han hablado de nosotros?
Me miró alzando una de sus cejas, con expresión seria. Luego se encogió de hombros y soltó el aire ruidosamente.
– Él me ha pedido disculpas por todo lo que ha pasado y por lo mal que me juzgó.
Soltó sin miramientos, sin prepararme para lo que sin duda iba a ser el acontecimiento más revelador que hubiera tenido jamás, después de aquello de que se había acostado con Delly, claro. Definitivamente, a este hombre sí que se le daba bien contarme hechos culminantes.
– Me dijo que hace tiempo sabe que se había equivocado, –prosiguió –, pero que tenía que mover bien sus hilos.
Yo seguía escuchando todo, incrédula, expectante, sin poder decir ni una palabra. Sabía que mi padre había reconocido sus remordimientos, pues mi madre me lo había dicho, pero hablar con Peeta a mis espaldas, era una cuestión diferente.
– ¿Recuerdas la pelea? ¿La de aquel Diciembre?
– ¿Cuándo zurraste a Gale? –Subrayé –. Claro que lo recuerdo.
– Pues ese día él lo vio todo. Sabía que yo le había pegado a Gale, y receloso por tu golpe en la cara y los arañazos que él tenía, lo invitó a darle una explicación. Gale manipuló toda la verdad y tu padre le creyó. Él realmente había indagado bien sobre mí y mi familia. Sabía que mamá había trabajado para grupos subversivos utilizando sus contactos en la embajada Norte Americana. No le fue difícil, como ya sabes, nos encontrábamos muy expuestos en esa época, por la temeridad de Cato y la mía propia. Ambos habíamos participado en un atentado fracasado. Éramos muy jóvenes e inexperto y no teníamos ningún límite. Creíamos que podíamos con todo y mostrábamos nuestras ideas con naturalidad, ajenos a las consecuencias que eso pudiera ocasionarnos. Fue fácil mostrarme ante tu padre como un hombre oportunista, que se aprovechaba de Delly para conseguir sus fines y al mismo tiempo te utilizaba a ti, con quien sabe qué intención dudosa. A mi familia no le fue mejor. Hizo un retrato de unos padres irresponsables, que utilizaban a sus hijos de forma indolente y fraudulenta.
Negué con la cabeza, aturdida por esa serie de premisas que había creído mi padre con respecto a ellos. No eran ciertas todas aquellas cosas, aunque sí podía ver que para cualquiera hubiera sido fácil creerlas. Todo dependía de la manera en que fueran expuestas.
– ¿Sabes? –prosiguió luego de inclinarse y darme un ligero beso en los labios –tu padre lo quería mucho, como a un hijo y, luego de ver lo que Gale le había mostrado, era normal que tomara cartas en el asunto, haciendo lo que fuera necesario para separarte de mí. Luego, cuando fue a verte a Nueva York, volvió a sospechar. Lo ocurrido cuando nació Prim no le quedaba nada claro, así que empezó a investigar, y bueno, descubrió quien es en realidad ese hombre. Él tiene a Gale en sus manos y va a poner fin a todo esto, aunque le tiene miedo y de una manera que no logró entender, le tiene lastima. Se nota que le ha dolido mucho enterarse de muchas cosas. Por eso ha actuado con tanta cautela, sin permitir que nadie supiera sus planes, incluyéndonos. Dice también que Gale es un hombre hábil y endemoniadamente inteligente, que él lo ha moldeado a su imagen y semejanza, porque el carácter osado, luchador y ambicioso de Gale, lo permitían. Admira esas cualidades en el, con la salvedad de que en el caso particular de Gale, es retorcido y mala persona.
– ¿Pero dices que va a ayudarnos?, –le dije desesperada por saber más–.
– Sí, no sé cómo exactamente piensa enfrentarse a él, pero tiene pruebas, testigos y documentos, que comprometen seriamente a Gale. Le preocupaba Prim, pero dice que con lo que tiene, Gale no podrá acercarse nunca más a ninguna de las dos. Además, ya nos ha ayudado de forma indirecta.
– No lo entiendo, –dije confusa–.
– ¿Cómo crees que Gale te dejó viajar a la costa sola con las chicas?
– Tienes razón –recordé la conversación que sostuve con mi madre, cuando le pedí ir a la costa–. Mi madre dijo que hablaría con mi padre para que Gale no pusiera ninguna traba. Me pareció un poco raro que me ayudara, pero como sabes, no lo entendí hasta unos días después, cuando regresamos de la costa y ella me confesó todo.
– Así fue. Tu madre habló con él y lo puso al tanto de que irías a verme. Él lo arregló todo para que Gale no interviniera y no sólo se conformó con ello, sino que además, Matías, su chofer, te vigilaba constantemente, previendo cualquier intento de Gale de asustarte, manipularte u obligarte de cualquier manera, para que desistieras de tu idea. Todo eso sin que tú te dieras cuenta.
Comencé a llorar, sentía alivio y esperanza. Por primera vez, prácticamente desde que había comenzado nuestra historia, había una posibilidad real de ser felices.
– Desde el principio debimos hablar con tu padre, –dijo secando mis lágrimas con sus manos–, ahora sé cuánto nos equivocamos. Él es un hombre de muchos recursos, que además sabe cómo utilizar. Habría sabido muy bien cómo poner a todos en su lugar. Nadie nos podría haber tocado si él nos hubiera protegido y ahora también sé que lo hubiera hecho, porque es un hombre extraordinario. Se equivocó en su momento, pero eso no lo desmerece, sólo creía que te estaba protegiendo y, nosotros también tuvimos la culpa al decir tantas mentiras. El jamás supo de los términos en los que yo me vi obligado a mantener una relación con Delly, y mucho menos de lo que Gale te obligó a hacer a ti. De la misma manera, ignoraba tu embarazo, no fue hasta que fue a Nueva York cuando se dio cuenta. Si lo hubiera sabido, jamás habría actuado de la forma en que lo hizo.
Recordé las palabras de Johanna aquella tarde, cuando le conté todo lo que había pasado en realidad aquel verano.
– Johanna una vez me lo dijo, exactamente eso, dijo que Delly sabía que mi padre podía detener a su padre, si hubiera deseado hacerlo, pero nunca lo vi como una posibilidad.
– Pues lo era.
Nosotros seguíamos sentados, conversando, mientras seguíamos esperando por Annie y Finnick, pero yo ya empezaba a inquietarme, se hacía tarde y sabía que debíamos volver, de hecho, hacía ya más de quince minutos que estábamos pasados de la hora.
– ¿Qué pasará con los chicos? No quisiera interrumpirlos, pero si no vuelven pronto, me temo que vamos a tener que busFinnick.
– Dales un poco más de tiempo, seguro que vuelven en un par de minutos más.
TERTULIA
Miré a mi padrino sorprendida, él estaba ahí, parado en frente de mí. Había estado a mi lado tantas veces y nunca le escuché hablar de que había participado en algo que enorgullecía tanto al pueblo de Panem.
Ese día lo miré con otros ojos. Ya no era mi desenfadado padrino, bromista y divertido, era mi héroe particular. Por pequeña o grande que hubiera sido su participación, para mí era una hazaña. Saber que personas de mi familia, de mis seres más queridos, habían participado en uno de los pasos más importantes de nuestro país, me hacía sentir orgullosa de pertenecer a ella.
Y mi abuelo, sabía que era un hombre extraordinario, pues mi abuela siempre me contaba historias fascinantes de él. Contaba unas historias fabulosas, sobre un hombre que no se detenía ante nada ni nadie, con un espíritu indomable y aventurero, inteligente como nadie, decía ella, y con un corazón noble y sincero.
Aquel hecho representó para muchos la libertad y la esperanza. La Democracia traía consigo cosas que nuestro país apenas había podido saborear. Tras la primera guerra, Panem había sido un país convulsionado por las rencillas políticas, sin prácticamente ningún tipo de estabilidad. Era un país joven y pujante, con recursos naturales codiciados por todo el mundo, petróleo principalmente, pero inexperto en sus formas de gobernar. Eso nos llevó a un nuevo Dictador, a quienes hoy muchos recuerdan con odio y otros con cariño, pues a pesar de que era cierto que su policía política estaba totalmente fuera de control y que llegaba muy lejos cometiendo crímenes atroces y abominables contra el pueblo, con el solo fin de mantener la dictadura, y que las libertades, garantías y derechos constitucionales estaban seriamente diezmados, también era cierto que él fue el precursor del desarrollo, abriendo paso al futuro. Durante su gobierno se realizaron grandes obras de infraestructura, modernos edificios, autopistas y carreteras se construían por todo el país, pero principalmente en el Capitolio, que se convirtió en una ciudad moderna y cosmopolita.
Yo todavía seguía mirando a mi padrino, quien se mostraba orgulloso, porque imaginaba lo que yo estaba pensando.
– Algún día tendrás que contarme también toda esa parte de la historia. –le dije sonriendo–.
– La verdad es que me siento orgulloso de haber participado, pero sería egoísta de mi parte llevarme ese merito, –dijo él–. En realidad, el héroe de la familia era y sigue siendo Cato. Sus deseos altruistas y su espíritu insatisfecho por las injusticias que veía a su alrededor, nos involucraron a todos en una lucha, que dentro de la familia sin lugar a dudas era suya.
– Es cierto –contestó Portia–, Cato aún siendo solo un joven estudiante, nos contagió a todos de ese espíritu rebelde. Después de que pasó aquel hecho con Plutarch, tu abuelo y yo queríamos obligarlo a marcharse del país, no porque no estuviéramos de acuerdo, sino porque nos parecía que era tan joven todavía. Pero él nunca se marchó, se quedó y luchó por todo aquello en lo que creía. Él amaba este país, y lo demostró sin miedo, con coraje y valentía.
– Ayudó a muchos, incluyendo a Marvel, –continuó mi padrino– fue él quien hizo la llamada a Don Andrew ese día, y quien se encargó de que él llegara sano y salvo a su destino. Por supuesto ellos ya habían acordado con anterioridad cómo sería, por eso Don Andrew sabía claramente que la sublevación en aquel momento había llegado a su fin, y sacó a Johanna de casa, temiendo que quisieran interrogarla para conocer el paradero de Marvel, también sabía que él estaba bien.
– ¿Y tú, Abuela?, –pregunté a Portia–, cuéntame un poco de toda esa historia, de cómo luchabas en la clandestinidad.
Ella se sonrió con ternura, le agradaba a simple vista ver que yo me sentía orgullosa de sus actos.
– Yo puse mi grano de arena, no voy a quitarme meritos, pues sería egoísta conmigo misma al hacerlo. Pero lo hacía de forma muy distinta a como Cato se había involucrado. Tu abuelo y yo ayudábamos a personas a salir del país, perseguidos políticos, pero no participábamos en manifestaciones ni rencillas políticas. Hubiera sido una locura, pues mi padre como has escuchado, era intimo amigo de Seneca Crane, y trabajaba con él, hecho que no me hace sentir particularmente orgullosa. Yo me aproveché de mis años en Estados Unidos, de los contactos de mi padre, y de algunos propios, para lograr pequeños triunfos y algunos fracasos, como Plutarch por ejemplo, a quien nunca pudimos sacar del país, y a sus dos hijos. Pollux, quien fue enviado en noviembre de 1951, a un oscuro lugar llamado Guasina, un campo de concentración en una isla en el delta del país. Un lugar horrible y de condiciones infrahumanas, en donde murió poco tiempo después. Y Castor, el amigo de tu padre, que lamentablemente fue otra de las víctimas del régimen. Lo capturaron algunos meses después de que tu padre se casara con Delly. No pudimos hacer nada. Desapareció en una de esas cárceles y no pudimos encontrarlo. Tú padre incluso le pidió a su antiguo suegro que intercediera por él, pero imaginarás que fue en vano y lo único que quedó de eso, fue una terrible pelea entre Peeta y ese hombre y una discusión aún mayor con Delly…
Mi madrina se levantó y se acercó a su esposo, a quien le dio un sonoro beso en los labios, visiblemente orgullosa de él.
– Eres mi héroe –le dijo –. Lo sabes ¿verdad?
Él estrecho sus ojos acusadoramente hacía ella, mientras mi madrina agachaba la cabeza. Pude ver que ella disimulaba una sonrisa. Algo se estaban reservando y parecía que la única que no lo entendía era yo, puesto que tanto mi tía Johanna, como tía Effie y mis abuelas, disimulaban también su diversión.
– Me ocultaste deliberadamente esa parte de la historia –le reprochó él –. Eres una pequeña mentirosa.
– No te mentí, sólo obvie algo que no estaba en la obligación de contarte y las dos veces anteriores que leímos el diario, me salté esa parte.
– De acuerdo, no eres una mentirosa, sólo una timadora muy astuta. Por eso insististe en leerlo conmigo y no me dejaste hacerlo solo…
Las otras cuatro estallaron en risas.
– No te agobies –dijo entre risas mi tía Johanna –. Siempre insistía en leer esa parte ella, nos enteramos mucho tiempo después Finnick. Nos lo ocultó a todos…
– ¡Johanna también lo besó! –Se defendió rápidamente mi madrina, mirando a mí tía con descrédito –. Si yo soy una timadora, ella también.
– ¡Serás chivata Annie! –mi tía le lanzó uno de los cojines y enseguida se giró a mirar a mí tío Haymitch –. Fue antes de que él saliera con Katniss – aclaró con apremio, ante la cara de sorpresa, no sólo de mi tío, sino de todos los presentes –. Yo lo conocí varios meses antes que Katniss, él solía ir a casa junto con papá, pero como ella estaba interna, nunca la había visto. Gale coqueteaba conmigo y es cierto que a mí no me era indiferente, –dijo aquello sonrojada –. ¡Vamos, no me miréis así! no era indiferente para ninguna mujer. –se acomodó en su asiento y aclaró su garganta –. Un día que fui a la oficina de papá a llevar unos papeles, me acompañó hasta la salida –se mordió el labio bajó la cabeza y sonrió con picardía –. En el ascensor nos besamos –levantó la cabeza y miró en dirección de mi tío y de mi abuela alternativamente –. ¡Pero fue sólo esa vez…, Lo juro…!
– ¡No hace falta que lo jures! –Exclamó mi madrina –. Luego dejó de prestarte atención, pues sólo tenía ojos para Katniss. Por eso no lo besaste más, por qué él no quiso.
– Sí yo hubiera querido…
– No seas farsante… –volvió a la carga mi madrina divertida –. ¡Por supuesto que querías!
– Como tú –se defendió mi tía –. Por lo menos yo no me le declaré.
– ¡Pero bueno…! –Las reprendió mi abuela –. Tal parece que la única decente aquí era Effie. Desde luego…
– Eso es por qué Gale no quiso besarla, porque si no… –acusó mi madrina, a lo que mi tía Effie respondió aclarándose la garganta –. ¿También lo besaste? –preguntó con la boca abierta de sorpresa –.
– ¿Por qué te parece tan impensable? –Cargó ella remilgadamente ofendida –. Te recuerdo que yo también tenía mis encantos.
– Eso no está en duda… –aclaró Annie e hizo un gesto vago con la mano–. Da igual… Ahora me interesa más saber cuándo.
– ¡A ti te lo voy a decir!
– ¡Sí que lo vas a hacer…! –apremió Johanna –. Comienza a soltar o no te dejaré nunca más en paz. ¡Aquí o jugamos todos o pinchamos la pelota!
– Sí, por favor tía –supliqué con curiosidad–. Yo también quiero saberlo.
Ella suspiró con angustia y luego se mordió el labio, tomando valor, pero al final, sucumbió ante las peticiones de todas.
– Fue en Nueva York –su tono más bajo de lo normal y sus mejillas coloradas–. No debía haber nadie en casa, pero yo fui a recoger algo que había olvidado. Lo encontré infraganti, a punto de… ¿Ya saben? –hizo un gesto indolente con la mano –. Con su secretaría, su amante, lo que sea que fueran. Ella enseguida recogió sus cosas y salió del salón, luego de que él le pidiera fríamente que lo hiciera. Yo iba a marcharme detrás de ella, pero él me detuvo. Me observó de arriba abajo, con esos ojos hipnóticos que tiene y luego me llamó mojigata –las mujeres estallamos en risa, mientras que los hombres eran meros espectadores, con cara de asesinos a sueldo –. Le dije que no era ninguna mojigata, me dio una sonrisa retorcida y me tomó desprevenida, sujetándome por la cintura y atrayéndome para darme un beso.
– ¡Vamos, conociendo al personaje, que te metió la lengua hasta la garganta! –se burló Annie –. Mira que escondidito te lo tenías.
– Me daba vergüenza contarlo. –Alegó, poniéndose una mano en el pecho–. Es verdad lo que dice Katniss. –concluyó –. Cuando te besa sientes que vas a desmayarte.
– ¡No quiero escuchar nada más! –dije horrorizada, pero divertida, por un momento había olvidado de quien se trataba, mientras leía el Diario, el que me estaba tomando como una historia ajena, para poder asumirlo mejor. Pero al final, seguía siendo el hombre que siempre creí mi padre –. No quiero imaginar lo que alguien pueda sentir al besarlo de ese modo, ¡por amor a Dios, qué horror!
– ¡Pero no pasó nada más! –me dijo ella apremiante –. Terminó su beso y me dijo que después de todo no era tan mojigata. Yo quería darle una bofetada, pero no me atreví, así que salí corriendo. Me había gustado el beso, sí, pero le seguía teniendo miedo.
– ¡Esto es increíble! –escupió mi padrino –. ¿Pero qué es lo que tiene ese hombre para que todas cayeran a sus pies? ¿Te lo puedes creer Haymitch?
Mi tío se encogió de hombros, apretando su mandíbula.
– Esto me sorprende tanto como a ti y tampoco logro hacerme una idea de qué demonios le ven –le contestó –. Pero si he de ser honesto, Gale es el hombre más informado en el gremio que conozco. Siempre sabe todo, antes que todo el mundo. Eso lo hace ser uno de los mejores abogados y empresarios que hay hoy por hoy.
– ¿Y eso que narices tiene que ver? –le replicó mi padrino –.
– ¿Cómo te crees que lo logra? –inclinó su cabeza a un lado, levantando sus cejas –. Lo sabe todo el mundo. Seduce a cuanta secretaría, recepcionista y demás empleadas femeninas en el gremio existen. No se esfuerza mucho, ni da casi nada a cambio, para que ellas caigan rendidas a sus pies y hagan cualquier cosa que les pida. Siempre he creído que ese es el motivo por el que se obsesionó con Katniss.
Concluyó pensativo. Todos lo miramos expectantes.
– Un rollo de esos dé es lo único que no he conseguido –se explicó –. Katniss en realidad nunca lo aceptó, ni cuando mantuvieron una relación relativamente normal; ella nunca estuvo enamorada de él. ¡Vamos, no cayó rendida a sus pies! y de paso, lo dejó por Peeta, y… dejemos claro un asunto, aunque eso no le da la razón, no fue nada agradable la forma en la que se enteró de ello. Por eso se obsesionó con Katniss, porque ella lo rechazó siempre, de una manera u otra.
– ¿Sabes qué? creo que tienes razón. –Expresó mi abuela –. Puede que tuviera un tipo de complejo Edipo. Siempre he sospechado que la madre de Gale lo maltrataba y rechazaba cuando él era un niño. Reflejaba en Katniss a su propia madre. Katniss era dulce, espontanea, cándida. Tenía una presencia mágica, algo especial. Todo lo contrario a Hazelle, su madre, quien era una mujer oscura y de patrones muy marcados, también con una presencia especial, pero más bien gris. Estoy segura de que él se enamoró de Katniss nada más verla. Desde ese momento, se dedicó a que Katniss se fijara en él. Andrew y yo veíamos como se esforzaba sinceramente por llamar su atención, y nos conmovía lo mucho que parecía estar enamorado de ella. No le resultó una tarea sencilla, pero lo logró, ella le brindó una esperanza. Cuando se sentía seguro de haber obtenido aquello que deseaba con el alma, ella lo rechazó e hirió ásperamente sus sentimientos, como su propia madre lo había hecho antaño. Las dos caras de una misma moneda…
DIARIO
Peeta tenía razón, no pasó mucho rato cuando por fin los vimos volver. No podría decir lo que había pasado entre ellos, a simple vista no parecían disgustados, pero tampoco parecían juntos. Caminaban uno al lado del otro, sin tomarse de las manos, sin ningún roce entre ellos.
– Ahí vienen, –dijo señalándoles, con un gesto de sus labios–.
– No parecen enfadados, pero tampoco contentos, ¿qué crees que ha pasado?,
Pregunté mientras los veía acercarse–.
– No tengo ni idea, –me respondió, y en su cara se reflejaba desconcierto al igual que en la mía –, ellos ya nos lo contarán.
Pero ambos llegaron sin decir nada, sólo se limitaron a recordar que era tarde y que debíamos irnos ya, así que nos despedimos. Antes de irnos, Peeta me pidió que por favor no me diera por enterada de nada, mi padre no se lo había prohibido, pero él prefería que fuera mi padre quien me lo contara cuando se sintiera preparado para hablar sobre ello. Entendí por qué quería que fuera de esa manera, así que se lo prometí.
En pareja, cada grupo siguió su camino, claro que mi pareja era Annie y la de Peeta Finnick. Mientras caminábamos, traté de sacar el tema sutilmente con Annie.
– Así que estuvieron hablando.
– Sí.
– ¿Y todo fue bien?
– Todo fue bien.
– ¡Annie!
– ¿qué?
– ¿No vas a contarme nada?, –le dije ya desesperada por su actitud–, hemos caminado durante un rato sin que dijeras ni una sola palabra, y ahora estoy intentando que seas tú la que empieces la conversación, pero me estas evitando, y francamente no lo entiendo.
– Es que creo que no te va a gustar lo que pasó.
– ¿Cómo que no me va a gustar Annie?, cuéntame de una vez y déjate de tonterías.
– Está bien, pero te lo advertí, –dijo encogiéndose de hombros–. Hemos hablado y yo le escuché. Me explicó por qué razón me dejó de aquella manera, y lo entendí, pero no lo perdoné. Sé que él tiene sus razones, y lo entiendo, ¡de verdad! te lo aseguro, pero no lo comparto. Si él no tuvo motivos para confiar en mí, yo tampoco los tengo para confiar en él.
– Tienes razón, –dije mirándola–, no iba a gustarme.
– Te lo dije.
– ¡Por amor a Dios!, ¿te estás escuchando? Estás hablando de motivos… Él tuvo motivos para alejarse de ti, quería protegerte, y lo siento amiga, pero yo creo que son muy coherentes.
– Y por supuesto, eso lo dice la persona que arruinó su vida creyendo que tenía el derecho de salvar al mundo, –me contestó con reproche–.
– ¿A qué viene eso?
– Perdóname, pero es que tú sabes de sobra que yo no soporto eso. A él nadie le pidió que me protegiera de nada, yo sólo quería que estuviera a mí lado, eso era lo que necesitaba, no protección, o pensándolo mejor, ¡si que la necesitaba!, ¿quién me protegía de él?
– En tus palabras, te entiendo, pero no te comprendo. Tú sabes que te quiere, y tú lo quieres, y no me vengas con todo el cliché de eso ya lo he superado, porque no te creo, y no pienso cambiar de opinión, así me des la charla durante una hora o dos o lo que quieras.
– Puede que esto sólo sea un castigo, –dijo ya cediendo un poco–, hasta que se dé cuenta que hizo mal.
– ¡Bien!, eso es un paso adelante.
– Aunque puede que no se dé cuenta nunca.
– Pero puede que sí –me reí del comentario–, eres muy cabezota.
– Sí, puede.
– Es un comienzo. Eso es lo que importa.
– Ya veremos. –Se quedó en silencio un instante y suspiró–, Está más guapo, ¿verdad?
– Sí, –respondí sonriendo–, está guapísimo, a pesar de que le raparan la cabeza, –observé riéndome sutilmente–.
– No sé, –Me miró con desilusión–. Ahora como que pegan menos con nosotras.
– ¿Por qué lo dices?, ¿no me estarás llamando fea?
– ¡Estás loca, nunca! Pero por ejemplo, cuando caminaba hacia vosotros en el parque, te vi con Peeta, y él tiene ese aire a bohemio, como un aire fresco, a libertad. En cambio tú tienes la viva imagen de niña bien de sociedad.
– ¿Es así como me ves?, –rechacé decepcionada–, porque a mí no me gusta esa imagen.
– Pero está en ti, no puedes evitarla, es parte de tú personalidad. La voz dulce, con cara de no romper ni un plato, modales exquisitos, te mueves como si flotaras en una nube…
– Peeta es todo un caballero, él tiene también muy buenos modales. Eso sin contar con su porte, que es extremadamente elegante.
– Sí, pero con un toque irreverente, desenfadado, desafiante, que además encaja muy bien con su personalidad y con su forma poco corriente de vestir, que esta demás decir que le sienta muy bien. Y tendrás que aceptar que si tú y yo nos vistiéramos como Portia, pareceríamos disfrazadas para el carnaval.
– En eso tienes razón, –me reí, viendo mi vestido, ceñido al dorso y con la falda muy armada–, me cuesta mucho trabajo imaginarme con el cabello desarreglado y toda esa ropa estrafalaria.
– ¡Lo ves!, cada día pegan menos con nosotras.
– Eso que dices me asusta.
– No tiene por qué, eso es lo más interesante de verles juntos. Está claro que vienen de dos mundos diferentes, pero resulta totalmente interesante observar cómo se llevan tan bien a pesar de ello y lo mucho que se entienden el uno al otro, sin tan siquiera decir palabras. Eso es increíblemente fascinante, el poder del amor, el que rompe todas las barreras, el que se enfrenta a todos los prejuicios. Dos personas distintas, que se gustan no a pesar de sus diferencias, si no a raíz de ellas.
– Eso es muy romántico, –le respondí con escepticismo–, ¿pero funciona en la realidad?, ¿nos seguiremos entendiendo después de que vivamos juntos y sean más latentes y obvias nuestras diferencias?
– ¡Sí!, ¿por qué no? Tú admiras su toque de irreverencia, eso es lo que más te gusta de él y él admira que tú quieras escapar un poco de tu mundo, pero sin salir totalmente, porque en el fondo está de acuerdo con muchas de las cosas que te rodean. Si es que al final, muy liberales y todo eso, pero ya oíste a Finnick, es un celoso patológico, como cualquier hijo de vecina y Peeta es peor que él.
– Por ejemplo, estaba completamente obsesionado por imaginarme con Gale, pero restaba importancia al hecho de que él estuviera con Delly. Estoy segura de que el alivio que sintió cuando le dije que nunca había compartido intimidad con Gale fue enorme, más sin embargo, asume que a mí me tiene que dar igual que él estuviera con Delly, simplemente por qué es hombre.
– Exacto, la libertad está bien para ellos, pero sólo hasta cierto punto para sus mujeres. Es lo que le dije a Finnick. ¿Por qué él si puede participar en la oposición clandestina y yo no? Mucho hablar de la igualdad entre hombres y mujeres, pero a la hora de llevarlo a la práctica, nada ha cambiado. Sólo los matices, pero no lo importante.
– ¡Vaya!, dicho así, suena muy hipócrita de su parte. Pero por otro lado, no tengo demasiado claro que no me gusté el carácter sobreprotector de Peeta. Me gusta que se preocupe por cuidarme y también que se vuelva un poco loco si alguien me hace daño. Eso me hace sentir amada, especial.
– Lo sé, –me sonrío ella–, me ha costado llegar a esa conclusión, pero lo he hecho. Deberíamos poder beber un poco de los dos mundos, sin ahogarnos nunca con ninguno.
– Amiga, no podría asegurarte que Finnick va a luchar por ti de la manera en que tú te mereces que lo haga, pero sí que puedo asegurarte, que si no lo hace, sería un verdadero estúpido, porque tú, Annie Cresta, eres una mujer maravillosa.
