Vais a matarme por no meter de nuevo al Fantasma en el capítulo, pero creedme, ¡lo bueno se hace esperar!

Subo capítulos todos los miércoles y viernes!

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La música en el alma

Capítulo 38: Nuevo Año

Sábado, 31 de diciembre de 1870

Corrí desde la gran entrada, bajando las escaleras bien decoradas con telas de colores pastel y rojos, por los pasillos perfectamente iluminados, entre el gentío que se movía.

Me habían avisado que las Giry llegaron temprano en la mañana, e iba a cerciorarme de aquella información obtenida.

Deseaba tanto verlas; era como si en vez de que unos simples días nos hubiesen separado se tratase de meses. Las había cogido verdadero cariño, y tenía ganas de contarles lo ocurrido con el vizconde, tanto a la más joven como a la más veterana, deseando consejos útiles. Aunque sin duda, con solo pasar un rato con ellas relatándome cómo habían celebrado la Navidad, para mí sería suficiente.

Muchas más personas habían regresado el día de hoy para acudir a la fiesta que se celebraría en el edificio, y a excepción de algunas, casi todas mis amigas estarían allí.

Subí el estrecho que me separaba del hogar de las mujeres, dando tres golpes fuertes contra la puerta para que los escuchasen. Quizá estuviesen durmiendo, pero me era de poca importancia. Enseguida una dama rubia de ojos claros me abrió, cambiando sus labios alineados en la curvatura de una sonrisa inmensa.

—Me preguntaba si nunca ibas a venir.

Se lanzó a mis brazos.

—Uno de los porteros me avisó de que os encontrabais ya en casa.

—Dormimos en un pueblo cerca de aquí, por eso tardamos menos.

Me tomó de las manos y me hizo entrar, notándose en el salón el calor de un buen fuego encendido en la chimenea. Todo estaba como siempre, dándome la impresión de que no molestaba.

Antes de llegar a sentarme en el sofá, escuché a Antoinette, dando pasos rápidos desde su habitación.

—Es bueno ver que estas bien, querida —habló mientras se colocaba delante de mí. Tenía la voz extraña, nasal, como si se encontrase resfriada; y no me equivoqué, sobre todo al verla con un pañuelo en la mano izquierda.

Lo que más me sorprendió fue el hecho de que, su pelo habitualmente recogido, estaba suelto, cayéndole en cascada por la espalda, brillando en olas castañas y lisas.

Hizo lo mismo que su hija y me abrazó.

—¿Cómo os encontráis? —tuve que preguntar.

Meg me explicó que el frío había hecho enfermar a su madre, la cual negó que se encontrase para nada mal.

—Soy fuerte, esto no me hará daño —había dicho la señora, volviendo a su cuarto para terminar de arreglarse.

Comencé a relatarle entonces la historia con Raoul a la rubia, antes de que me contase ella el qué habían hecho en los días que no nos habíamos visto. La mentí respecto al regalo, alegando que se lo daría a un buen amigo del conservatorio en vez de al supuesto espectro de la ópera.

Al finalizarla, tenía los dedos sobre la boca y los ojos abiertos por la sorpresa.

—¿Tan mal se lo tomó el vizconde el que le hagas un presente a uno de tus compañeros? —me cuestionó, intentando sacar más punta al asunto.

—No lo sé; espero que no. No era mi intención ofenderle.

—Ven, ven. —Tiró de mi posición cómoda entre los almohadones—. Ven a contárselo a maman, seguro que ella sabe mejor qué decirte.

Intenté evitar que me arrastrase, parándonos frente a la puerta cerrada del aposento de la señora; pero Meg, con toda su desconsideración, la abrió de par en par, lanzándose contra Antoinette, quien mantenía las manos por encima de la cabeza, amarrándose el cabello de una forma muy intrincada. Las telas negras del vestido, siendo más ceñidas a la altura del pecho, se arrugaban de forma extraña, no pareciendo demasiado cómodo el peinarse así. Nos miró desde el reflejo de un espejo que tenía frente a ella, encontrándose sentada en su tocador. Agarraba varías horquillas con la boca, y alzó las cejas cuando la interrumpimos.

Me quedé paralizada, sin saber si entrar o correr de nuevo al salón, hasta que Meg se tiró contra su gran cama, quedando boca arriba con las piernas colgando, sin querer manchar el hermoso edredón azul que la cubría.

Observé varios cuadros colgados, y un pequeño escritorio donde un montón de papeles se amontonaban, sin orden aparente. Pero sin duda, lo que más me fascinó, fueron la cantidad de imágenes que tenía sobre varias cómodas colocadas contra la pared al lado de la puerta.

No me atreví a mirarlas demasiado tiempo, notando a la mujer vigilarme.

Sin duda Meg era quien más a gusto estaba.

—Ahora dile a lo que te dijo el patrón, Christine —me ordenó, sin apartar los ojos del techo, arrastrando los dedos sobre su barriga.

Me aclaré la garganta y Antoinette abrió más los ojos.

—Podríamos haber esperado a que terminase, Meg —tuve que amonestarla. No me parecía bien introducirnos en la intimidad de nadie sin su permiso. Ella sería su hija, pero aquello a mí no me inmiscuía.

Agarrando los pasadores y colocándoselos bajo una zona trenzada de pelo, Antoinette habló:

—No importa, querida. —Sus dedos se movieron rápido sobre las hebras—. Deberías contarme eso que dices, por satisfacer ya mi curiosidad.

Era increíble lo bien que trabajaba para amarrarse el cabello; ni si quiera estaba mirando y un tocado perfecto crecía entre sus manos sin que se diese cuenta, como si no estuviera pensándolo.

Me crucé de brazos y apoyé contra el marco de la puerta, dando un largo suspiro.

—Ayer el vizconde me llevó a desayunar —comencé, siendo pronto interrumpida.

—Yo creo que busca algo más en ti que simple amistad —exclamó la rubia levantando la voz.

—¡Meg! ¡No digas tonterías! —protesté yo.

—No son tonterías.

—No me conoce.

—Dice conocerte —refutó.

—Hace muchos años de eso.

—Por los cielos, continúa conmigo e ignora a mi hija —articuló la señora, con ahora un lazo entre los labios y el rostro crispado.

Cuadré los hombros.

—Cuando me dejaba en la entrada de la ópera, me preguntó si acudiría con él a la fiesta de esta noche. Yo le di una negativa, cosa la cual no pareció agradarle. —Meg intentó volver a discutirme, girando el rostro desde mi posición, pero antes de eso la paré para defenderme, tanto a él como a mi amigo—. No entiendo por qué piensas así; éramos niños la última vez que nos vimos, no estuvimos mucho tiempo el uno en la compañía del otro. Por lo que, descarto en su totalidad esa opción tan absurda que se ha formado en tu cabeza.

La boca de Meg se cerró, pero se colocó en ella una sonrisa, la cual quise quitar de varios golpes, volviendo su atención al techo de la sala.

—Tal vez quiera intimar contigo —fui a abrir la boca— como una amistad —teriminó Antoinette, quien no apartaba los ojos de los míos.

—Puede intentarlo en otro momento.

—Por supuesto —afirmó ella—. Esto no debe suponer nada; y no creo que se haya enojado lo suficiente. Tal vez su orgullo, pero si es la mitad de bueno que nos dijiste que es, no durará en sacarte a bailar en el gran salón esta noche.

—Y esta vez no podrás evitarlo —susurró Meg, como si se tratase de una maldición.

—Santo Dios, ¿tienes que hacer que todo suene tan terrible? —volví a regañarla.

Ella solo se rio.

—No dejes que mi hija te enfade. Se le da muy bien conseguirlo.

Habiendo terminado con su tarea, se dio la vuelta, colocando las telas del vestido.

—No espero nada de Raoul —las confesé.

Meg me había implantado la absurda idea de que el hombre estaba enamorado de mí, y yo me negaba a creerlo. Simplemente, nuestras diferencias en escala social eran suficientes como para desairarnos a los dos. Además de que su hermano no aprobaría nada por el estilo. Yo le había apreciado cuando era pequeña pero, ahora, se trataba de un desconocido casi en su totalidad. Por supuesto que confiaba en él, no esperaba nada malo de su parte, mas no tornaría las cosas hasta tales extremos.

No sería bueno si lo hiciese.

—Y él no esperará nada de ti, muy seguramente. Os separan años de distancia, dejad que el tiempo corra y veremos los resultados —recitó Antoinette, y sabía que llevaba razón. Lo mejor era tiempo al tiempo.

Asentí varias veces, descruzando los brazos para dejarlos caer con languidez contra las caderas.

Meg, con la ilusión renovada, se levantó de un salto de la cama, quedando sentada y dando botes sobre esta. Me hizo gestos para que me colocase a su lado, y con el asentimiento de su madre hice lo que me pedía.

—Muy bien entonces. Ahora me toca a mi contarte, Christine —habló ella.

Y comenzó a relatarme todo lo sucedido en aquel pueblo donde residía su familia, siendo cada cosa confirmada por Antoinette, quien parecía haber disfrutado también de los días libres.

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Miré el vestido rojo que me pondría colgado en el biombo con flores, pensando en si desentonaría demasiado. Tenía varias telas blancas que caían entre las caderas, además de en los bordes del cuello y de las mangas. Había tomado la decisión de usar esos colores por lo suaves que parecían a la vista; no era de ese tipo de rojos sangrientos y llamativos, sino, algo más parecido al que lo decoraba todo por ser Navidad.

Cuando Meg acabó por contarme lo que creía sin duda necesario, parloteó acerca de lo que nos pondríamos para la noche, siendo ahora el traje que observaba con cuidado, por si cualquier cosa estuviese fuera de lugar.

Cogí, desde uno de los cajones de la cómoda, una caja marrón con flores dibujadas en sus lados. En su interior guardaba los brazaletes que me habían entregado mis compañeras; eran de plata, con pequeños detalles oscuros y claros, rizándose cuando los enganche a cada una de mis muñecas.

Me divertía pensando en que al menos diez damas llevaríamos aquel detalle.

Pero lo que de verdad quería ponerme era el tocado que compré en verano, después de la fatídica discusión con la diva. Había esperado para el día exacto en el que usarlo, siendo un hermoso objeto que no deseaba romper.

Dejándolo sobre la cama me dispuse a vestirme, temblando por el frío que hacía en mi habitación. A pesar de tener siempre la chimenea encendida, y mucha madera con la que poder alimentarla continuamente, se notaba el hecho de que estuviese bajo suelo. Habiendo entrado bien el invierno añadí dos mantas más a la cama, y en muchas más ocasiones me bañaba con agua caliente, relajándome en la increíble temperatura para que los tiritones que sufría me abandonasen.

Cuando hube terminado de atarme las botas, comencé la ardua tarea de trenzarme el pelo para recogerlo en un moño a la altura de la nuca. Se me cansaban los brazos, pero si paraba sabía que debería empezar por el principio. Estuve tentada de pedirle ayuda a Meg, o incluso a Antoinette, pero ya era demasiado tarde y sabía que si salía de mi madriguera sería para encontrarme con una gran fiesta allá arriba.

Eran las nueve y media cuando terminé y estudié en el gran espejo de la habitación lo bonito que me había quedado el cabello con el broche aquel. Los detalles en blanco de la flor y el tallo brillaban de manera increíble contra el castaño de mi pelo, dando la impresión de que copos de nieve habían quedado enganchados entre los mechones.

La falda del vestido caía por delante de manera lisa, y un polisón me cubría la parte baja de la espalda, creando desde allí hasta el suelo una pequeña cola con rojos y blancos.

Nunca en mi vida me había vestido tan elegante, no al menos para una gala tan impresionante. Pero no se convertiría en un hábito tampoco, prefiriendo no ponerme nunca los ceñidos corpiños que ahora llevaba; no obstante, un día era un día, y estaba tan preciosa que no me arrepentía de nada. Esperaba agradar a todos los caballeros, y escuchar los celos que derramarían las damas por verme. Y aunque quizá estuviese siendo exagerada, era como me sentía, y había poco que pudiese hacer para ocultarlo.

Al salir de mi cuarto, guardando allí la llave con cuidado debajo de un montón de telas en una de las mesas por no poder llevarla conmigo, me precipité contra las escaleras que daban a la planta baja de la ópera, observando a Meg salir desde el final de esta tan increíblemente vestida como yo, corriendo hacia mí para tomarme de las manos.

Nos dedicamos alabanzas por nuestros aspectos, mas enseguida nos dispusimos a llegar a los salones, donde se comenzarían a servir la cena y bebidas, con música y animación para todos los invitados que acudiesen.

Se respiraba un aire muy diferente al de la fiesta de los patrones; todo el mundo parecía más contento de lo normal. Cuando llegamos con el resto de chicas con las que nos juntaríamos, además de hacernos comentarios por los vestidos que llevábamos puestos y por los graciosos brazaletes, solo se escuchaban historias sobre lo ocurrido en el año pasado, el cual se marchaba de manera pacífica para dar paso al siguiente, quien nos apremiaba a cada instante.

Muchas personas pensarían que se trataban de momentos tristes, pero allí, rodeados de comida, las mejores melodías, buena compañía y palabras contentas, era difícil recordar cosas que no fuesen felices.

Angeline me presentó a sus padres, los cuales habían acudido al edificio, al igual que hicieron los de Sorelli y varias más.

Faltaban muchas de nuestras compañeras, pero ya las veríamos de aquí a unos días, esperando con emoción aquellas horas en las que nos relataríamos todo lo que nos hubiese podido ocurrir.

Meg y yo no pudimos evitar ir a ver a Antoinette, que se encontraba con monsieur Favre y su esposa, además de sus hijos.

Había tantos niños en la ópera aquella noche…

Las dos señoras y el caballero reían sin cesar cuando nos colocamos a sus lados, saludando de manera cortés. Pero con ellos dichas cosas no hacían falta, introduciéndonos en la conversación enseguida, compartiendo su jolgorio.

La señora se veía sorprendente, llevando un traje muy parecido en color al de su hija, siendo de una tonalidad vainilla; lo que les diferenciaba la una a la otra era que, el de Meg, no lucía brillantes hilos azules, a diferencia del de su madre, que conseguía que sus ojos resaltasen mucho más.

Era extraño verla en un color tan claro, y aquello mismo fue lo que opinó el señor Amir cuando nos vio ir a por unas copas de vino. Dio la impresión de aparecer de la nada, sorprendiéndonos a las espaldas cuando le dedicó unas palabras acaloradas a su amor.

—Todas las damas palidecen bajo tu hermosura, Ann.

Mi vestido no era nada en comparación con el color de su piel, estaba segura, a pesar de no mirarla. Su hija y yo decidimos no prestar atención, murmurando por lo bajo y señalando a varios caballeros que se movían entre el gentío, pero escuchando sin dudar.

—Gracias, Amir. —Me la imaginé frunciendo el ceño—. Podría decirte lo mismo con respecto a los hombres que hay en la sala, pero siempre vas bien vestido y elegante, por lo que mis palabras serían inútiles.

Me atraganté con la bebida.

Nos dimos la vuelta y lo que nos recibió no fue lo esperado: el caballero se encontraba con el rostro sorprendido pero emocionado, como quien ve por primera vez cohetes explotar en el cielo, asustado por el ruido pero asombrado por los colores; y Antoinette, habiéndola subestimado, estaba situada a dos pasos del señor, con una ceja levantada y expresión divertía mientras saboreaba el vino en su copa.

De repente Amir, dándose cuenta de que estábamos allí, nos agasajó con palabras bonitas. Cuando les dejamos solos, Meg y yo nos jugamos cinco francos a que este estaría toda la noche con Antoinette.

Volvimos con nuestras compañeras; las que podían bailaban con los varones que se lo pedían, otras, observábamos sin ánimos de disfrutar de tal ejercicio. No era mi mayor pasión, no al menos sin un compañero adecuado, y lo que menos quería era tener que pasar un rato incómodo con cualquiera de los operarios.

Mis dos únicos pretendientes estaban fuera de París, celebrando las festividades con sus familias, y yo me congratulaba.

Al único que sí deseaba ver era al vizconde; sin contar con que "ver" fuese la palabra que usase con mi maestro cuando más tarde le visitase. Me prometí que bajaría en cuanto el último brindis por el nuevo año fuese hecho, y acudiría al cuartucho con su regalo.

En un momento en particular, donde todas con las que me juntaba habían desaparecido sin saber muy bien cómo, entré al grand foyer, y pude ver allí, en el mismo lugar donde me había parado para hablarme después de tanto tiempo, a Raoul apoyado contra la pared y la expresión curiosa. Sus ojos brillaron cuando me descubrieron andado hacia él, creciéndonos a cada uno una sonrisa enorme en los labios. Cuando nos juntamos nos hundimos en un abrazo precipitado, escondiendo yo la cara en su cuello, permitiéndome apreciar el aroma de su piel.

—Sabía que vendrías, pequeña Lotte —murmuró contra mi pelo.

—Por supuesto que sí. —Tuve que reírme, contenta—. Me alegro de verte.

Tomándole de las manos para quedar uno frente al otro, escuché de su boca las mismas palabras que me habían estado diciendo muchas personas en el tiempo que llevaba en la fiesta.

—Estás preciosa, Christine.

Me ruboricé.

—Tú siempre estás muy elegante, Raoul.

Pocas cosas más importantes nos dijimos; él era tan atento como la mañana anterior cuando me invitó a salir, y me alegró saber que no sentía rencor por la negativa que le di. Era respetuoso y risueño, y me alegró presentárselo a varias amigas más que se cruzaron en nuestra dirección. Se mostraron sorprendidas a pesar de haberlas contado ya mi relación con el vizconde; no parecían creer que alguien así fuese a hablar con una simple corista, haciendo que me enfadase por tales comentarios poco considerados.

En aquel momento se mostraron calladas y vergonzosas, prefiriendo desaparecer en cuanto tuvieron oportunidad, alegando que irían a otra de las habitaciones a por algo de comer. No obstante, lo que más me extrañó fue que Meg también se diese la vuelta para acompañarlas, poniéndome caras raras antes de seguirlas alborozada.

Entonces yo también me volví incómoda, sin saber sobre qué más hablar.

—Nunca adivinarás lo que recordé mientras estaba en la costa —me retó él, sin notar mi malestar.

Parecía tan jovial mientras me miraba.

—No si no me das ninguna pista —le seguí el juego, caminado hacia la sala donde estaba colocada la pequeña orquesta que tocaba.

Raoul se llevó un dedo a la barbilla, pensativo, como si intentase ponérmelo difícil, y yo no pude evitar inclinar el rostro a un lado.

—Muy bien —se decidió—. Tú estabas sobre una piedra.

—Una piedra…

—Y llorabas.

—¿Lloraba?

—Mirabas al océano, con el pelo suelto…

El aire se quedó en mis pulmones, y debió de ver en mis ojos que había conseguido descifrarlo, pues empezó a reírse enseguida.

—¡Oh, Raoul! ¡El pañuelo que se me cayó al mar!

¿Cómo podría haberlo olvidado? Él fue quien se lanzó a por aquella prenda que tanto me gustaba, que por haber sido tan insensata de jugar con ella donde no debía había echado a volar hasta caer en el agua. Él fue quien la recogió de las grandes olas, quien quedó empapado por ayudarme. Él fue quien dio el primer paso para conocernos.

Agaché la cabeza.

—¿No lo recordabas? —Me tomó de una mano—. He de admitir que en aquel momento me sentí decepcionado; la chica a la que había ayudado huyó a su casa solo murmurando un agradecimiento. Pero después nunca me arrepentí.

—Ahora has hecho que lo recuerde.

Pasé mis dedos sobre los suyos, con cariño.

Toda la estancia parecía estar en silencio de repente cuando levanté los ojos a los suyos. Había algo, no sabía lo que era; una sensación en el vientre que me hacía dar vueltas…

Pero Raoul rompió esa magia extraña y repentina.

—¿Bailarías conmigo? —me preguntó de manera inocente.

Me erguí, mordiéndome los labios, separándome de su cuerpo, notando lo cerca que estábamos en realidad.

—No quisiera… —Intenté buscar una escusa.

—Por favor, Christine, te prometo que no soy exigente, ni casi bueno en lo referido a los bailes. He estado mucho tiempo en el mar; estoy seguro de que tú sabrás enseñarme a la perfección. Después de todo, te mueves muy bien encima del escenario.

—Pero eso no es nada, esas danzas son preparadas.

¡Necesitaba una escusa, al instante!

—Por favor…

Y lo peor de todo era que no podía negarle nada más; ya le había hecho bastante daño con la negativa sobre el acompañarme a la fiesta y, después de todo, no parecía ofendido o rencoroso. Por lo que, sin dejarle que me viese poner los ojos en blanco, agarré su brazo derecho, guiándole al grupo de personas que se movían en el centro del salón al ritmo de la música.

Se escuchaba una melodía tranquila y lenta, no urgiéndonos a las prisas. Mas, la gente que se desplazaba en un círculo perfecto de parejas coordinadas me daba pavor, sintiéndome no apta para tales galanterías ni formas. Nunca antes había bailado música tan distinguida; yo era más del tipo de danzas para la propia diversión, riendo y burlándonos los unos de los otros por lo mal que lo hacíamos.

—Muy bien —hablé antes de que pudiese echarme atrás.

Nos colocamos frente a frente y le permití que me tomase como un bailarín coge a su pareja. Dejé que mi mano izquierda llegase a su hombro musculoso, y la suya derecha bajo mi espalda, agarrándonos además con la otra extremidad, uniendo los dedos en un lazo apretado.

Comenzó a moverse, guiando mis pasos. Y eso que había dicho que no sabía apenas.

Sentía el corazón desbocado, y el calor que me ofrecía su cuerpo sería agradable de no ser por la tensión que irradiaban todos mis músculos. Intenté relajarme, por el bien de los dos.

El vizconde estaba complacido; al menos aquello supuse cuando vi como un color rojo subía a sus mejillas y les daba un tinte particular, sonriéndome. En ningún momento me miró directamente y no supe si era algo bueno o malo.

Con el paso de los minutos, concentrándome cada vez más, terminé por rendirme a la música, y fue lo mejor que pude hacer. Mis piernas se desplazaban como si ellas mismas creasen el tempo al que ejecutar el sonido de los instrumentos. Era como si las notas estuviesen en mi interior, proporcionándome la agilidad que había ocultado, queriendo que Raoul diese vueltas más grandes, pasos más cerrados… El momento estaba siendo intenso, tan perdida en donde nada pudiese hacerme daño; el tiempo ya no corría, no había luz que hiciese brillar. Podría compararme con el aire, al igual que las corrientes que agitan los árboles, el pasto, la tierra. Dejándose llevar por nada, simplemente estando, acariciando con tranquilidad todo a su paso sin importar lo que fuese.

Éramos una espiral perfecta, un remolino, y fue una lucha lo que sufrí cuando tuve que desprenderme de todo aquello para regresar a la realidad; y era tan fría.

Volví la atención a mi compañero, quien nos había apartado de todo el embrollo, tomando una bebida para cada uno.

Me estremecí.

—Lo haces maravillosamente bien —me alabó mientras nos sentábamos en una de las mesas para descansar.

Él quería introducirse de nuevo en la normalidad, pero lo que yo deseaba era volver a perderme en al música, en aquel jardín tan tupido que no te dejaba ver nada más que tu propia piel, que tu propio aliento; no había respiraciones, o latidos, o pensamientos.

Me di cuenta de que quería bajar al cuartucho… Porque cuando cantaba sentía lo mismo.

—Puedo decir lo mismo de ti —le halagué también retomando la conversación, dando un sorbo del líquido.

Daba la sensación de estar complacido.

—Quisiera —pareció dudar—, presentarte a mi hermano. ¿Supondría eso una gran molestia?

Mis ojos se abrieron de par en par. No era mi intención ver al conde; era altivo y orgulloso y ninguno de los dos disfrutaríamos de la poca conversación que mantendríamos.

Raoul, ingenuo a todo, no notó mi cambio de ánimo, y a pesar de que no desease tener a aquel hombre que era su hermano ni a dos pueblos de distancia, le haría el favor de saludarle.

—Por supuesto que no —mentí, intentando que sonase lo más natural posible—. ¿Está aquí ahora?

Levantó un dedo y señaló la esquina más lejana del salón.

Con varios asentimientos, y después de terminarnos el vino, nos levantamos y encaminamos hacia él, donde aguardaba en silencio junto a varios directores de la ópera.

Los dos hombres eran como gotas de agua; la única mínima diferencia era que uno relucía con el rostro más infantil y el otro lo mantenía cincelado en piedra, con el ceño continuamente hundido.

Al ver a Raoul, y a mí de su brazo, se separó del grupo que intentaban excitarle con las menciones de las festividades, sin que él hiciese gesto alguno más que asentimientos.

Tragué e forma pesada y cuadré la postura; tomaría el ejemplo de Antoinette, yo también sabía cómo ser imperiosa.

El caballero nos esperó, con los ojos juzgando lo que veían, sin dar oportunidad a saberlo, no agitando ninguno de sus músculos, sin dar un suspiro de resignación.

—Philippe —le llamó Raoul, quedando colocados en paralelo a él—. Ésta es Christine Daaé, ¿la recuerdas? Fue de quien te hablé.

Asintió.

Yo, por la buena educación que me habían enseñado y el gran aborrecimiento que le tenía, hice una pequeña inclinación, quedando todo bien irónico en mi cabeza.

—Es un placer volver a verle, señor conde.

Otro asentimiento.

Un mutismo y una quietud igual de asombrosas se nos introducían bajo la piel, reinando en nuestros cuerpos la mayor incomodidad que hubiese podido sentir en años. Me habían comenzado incluso a sudar las manos, a pesar del ambiente fresco del lugar. Pero Raoul, dándome la impresión de que estaba al tanto de la mucha seriedad de su hermano, hizo como si no ocurriese nada, comenzando lo que era una charla animada y afable, al menos para nosotros dos. Yo no quise darle una impresión agria al conde, sonriendo a mi amigo cada vez que podía, ofreciéndole toda mi atención.

No llegando a los veinte minutos, el caballero, con una despedida corta, marchó con otras personas que también llamaban a su presencia.

No me había dado cuenta, hasta el momento, que estuve manteniendo los hombros y espalda rígida, algo dolorida al relajarme.

Raoul hizo todo lo necesario para que perdonase el comportamiento de su familiar más cercano, diciéndome que tales festejos no eran de su agrado, y que en su casa se comportaría mejor, recordándome de manera ferviente que visitase su finca lo antes posible.

Solo fui capaz de menear la cabeza y regalarle sonrisas dulces.

Al poco tiempo tuvo que marchar también, teniendo que atender compromisos surgidos por ser el mecenas de la Ópera Popular.

Corriendo acudí con el resto de mis compañeras, quienes me atacaron con una sarta de preguntas molestas y absurdas acerca de lo que el caballero y yo habíamos hablado; mas, lo peor de todo fue el que varios hombres más me pidiesen bailar, no sintiéndome digna a rechazarles después de haberme visto danzar con el patrón.

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A las doce levantamos todas las copas, felicitándonos el año nuevo, brindando con todos los que podíamos, bebiendo con efusión, para luego volver a llenarlas y continuar con el festejo.

Entrábamos en 1871, y para mí se mostraban como unas cifras mejores que las anteriores.

Compartimos besos Antoinette, Meg y yo, siendo observados por el señor Amir, quien nos sonreía de manera risueña.

Estábamos contentos; la temporada nos hacía estarlo incluso más.

Los gerentes nos dedicaron algunas palabras en lo alto de un tablado que habían colocado allí, y a pesar de que, en general, soliésemos huir de aquellas situaciones, todos vociferábamos de manera salvaje al escucharles, riendo con pasión.

Había un cambio muy distinguido de una zona del salón a otra, colocándose en una los que debíamos trabajar para comer y en la otra los más ricos. Ellos estaban en silencio, con miradas altivas y ojos orgullosos; y nosotros nos burlábamos, gritando más si era posible.

Empezar un nuevo año era una bendición para algunos, y para otros la marca temible de que el tiempo pasaba. Pero, en aquel preciso momento, se usaba como una mera escusa para la celebración.

Con satisfacción parloteé con cualquiera que se animase a acercarse. Incluso le hablé a Hélène y a sus amigas, quienes me contestaron de una forma un poco agria.

Me daba igual, no importaba. Nunca en mis sueños más salvajes hubiese imaginado estar en el Palais Garnier celebrando con tantas personas una festividad tan concurrida. Sentía el impulso de saltar y reír, de llorar y correr. El corazón daba botes en mi pecho, resonando al igual que la música que ahora se tocaba para acompañar a lo ocurrido.

Volví a ver a mí amigo, y si su hermano no hubiese estado pegado a sus talones me habría lanzado a sus brazos.

Lo único que hice fue tomarle de las manos vacías.

—Mañana debemos vernos de nuevo —me instó después de varias expresiones de elogio acerca de lo mucho que nos esperaba de ahora en adelante.

Mas, desgraciadamente ya habíamos hecho planes con el señor Amir, quien nos había invitado a pasar la tarde en su hogar. Y aquello era algo que no me perdería.

Antoinette había estado sumamente cándida con el caballero, quien no tenía ojos para otra mujer en la sala. Cuando varias damas, estando entre ellas la mencionada inglesa con los ojos amargos, vieron como agarraba el brazo de su amor, y esta no se apartaba, suspiraron al unísono enrabietadas. Porque había aprendido a que el caballero persa era codiciado por muchas.

Podría ser incluso que el año venidero fuese mejor para la dichosa pareja.

—No creo que me sea posible, Raoul —intenté excusarme—. Ya tengo otros compromisos.

Un puchero cayó a sus labios rosados.

—Por la mañana, solo un momento, por favor.

En la mañana…

Había tomado por costumbre, en aquel primer día del año, ir a ver la tumba de mi padre para llevarle flores, las cuales ya le estaban esperando dentro de un jarrón en mi habitación.

No obstante, entró en mi cabeza que, tal vez, Raoul quisiera venir conmigo. Nunca lo había compartido con nadie, pero sin duda él había sido importante para mi padre, y lo era ahora para mí también. Sabía que sería respetuoso, y estaría bien tener a alguien en el que poder apoyarme cuando no quisiese volver a la ciudad por la tristeza que me sobrepasaría…

—Yo… —Tomé aire—. Quizá quieras acompañarme al cementerio. Iré temprano en la mañana, no está muy lejos de aquí en coche.

Él pareció aturdido.

—¿Para ver a tú padre? —Asentí. Como si en realidad le estuviese dando un tesoro, apretó mucho más fuerte mis manos para enseguida besarlas—. Por supuesto que iré, pequeña Lotte. Será un honor volver a visitar al señor Daaé.

Hablaba de papá con tal cercanía, como si hubiese sido uno de sus más importantes amigos, como si nunca nada les hubiese separado o hecho olvidar.

Me picaban los ojos por las lágrimas que amenazaban en salir.

—Nos veremos en unas horas entonces —tuve que reírme para liberar la tensión—. Debo marcharme ya.

Me despedí de él contenta para luego ir en dirección a las Giry. Era casi la una de la noche y la gente comenzaba a desaparecer.

—¿No quieres quedarte en casa a dormir? —me preguntó la rubia al llegar a su lado, abrazándome. Si en general ya era nerviosa y alegre, el día de hoy no había quien la parara.

Negué con la cabeza, apretándola muy fuerte, hasta escuchar que se quejaba.

—Prefiero dormir en mi habitación, Meg. Pero gracias por la invitación.

—No me gusta que pases tanto tiempo ahí sola, querida— me dijo Antoinette, depositando otro beso en mi mejilla derecha.

—No pasará nada, es como siempre —me carcajeé de ellas—. Voy a irme ya, estoy agotada, y deseo de una vez por todas quitarme el vestido. —Muy bonito, sí. ¿Incómodo? Más que ningún otro.

—Entonces, que pases buena noche señorita —se rio Amir detrás de las dos mujeres.

Poco más fue dicho entonces. Nadie me vio mientras bajaba a mi aposento y, lo mejor de todo, nadie sospechaba a donde me dirigiría en realidad.

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¿Sabíais que en la novela de Leroux nunca se menciona nada de una bufanda roja? Se creé que lo que recogió Raoul era un pañuelo que se usaba en la época para ocultar el pelo.

¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!