Capítulo 37: Apertura.
-Malditos seamos todos - se quejó Thorin, yendo de un lado a otro de la habitación, con la mirada gacha y las manos cruzadas tras la espalda. -Por qué no haríamos nada desde un principio...
Graella no se atrevía a hablar siquiera. Simplemente miraba hacia el suelo con el ceño fruncido, abrazándose a sí misma en un intento de darse calor.
-Pobre niña nuestra - se quejó Dís, limpiándose las lágrimas con un pañuelo. -Con lo mal que ha de haberlo pasado...
Thorin detuvo en ese instante su incesante vaivén, y se volvió con una mirada llena de resentimiento y furia hacia su esposa. -¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me dijiste que sabías donde estaba?
-Yo... no lo supe hasta ayer - se excusó la otra, sin levantar la mirada. -Lo siento. Necesitaba saber que estaba bien.
-¿¡Y no se te ocurrió decirme nada!?
-Si te lo hubiera dicho, hubieras montado en cólera, y tal vez ahora mismo estaríamos inmersos en una guerra contra el Reino del Bosque.
-Y no te creas que no nos veremos en esas. Ese asqueroso y despreciable elfo... verás cuando le ponga las manos encima...
-Majestad - una voz masculina fue la encargada de interrumpir al Rey.
-Khrenin - se levantó Dís, rápidamente, seguida de Graella. -¿Cómo está?
-Está bien, mis Señores. Ha sido un desmayo sin excesiva importancia. La princesa está algo débil y confundida; eso es todo.
-¿Podemos pasar a verla?
-Por supuesto; pero sería conveniente que no entrara demasiada gente a la vez.
-Con nosotros tres estará bien. Vamos - anunció Thorin, siguiendo al biólogo de la Corte y maestro de su hija por el pasillo. - Muchas gracias, Khrenin. Has acudido antes que ningún sanador. No sé qué pasa en este maldito reino, que todo el mundo está en todo menos en lo que le conviene realmente.
-No hay por qué darlas, mi Señor. Helena necesita ahora mismo a alguien amigable que la consuele.
Para cuando hubieron llegado a su alcoba, Helena estaba despierta, pero no parecía mucho más sana que antes. Vestida ya con uno de sus camisones y con el cabello negro recogido hacia atrás, la muchacha, que estaba recostada contra el almohadón de su lecho, los miró a los tres con una mirada llena de desconfianza y recelo.
Un espeso silencio se hizo mella en la habitación. Dís, después de varios minutos, fue la primera en dirigirle la palabra.
-Helena - se lamentó, caminando hacia la cama con los brazos extendidos. -Niña mía, qué susto nos habías dado.
La enana abrazó la cabeza de su sobrina entre sus brazos, derramando unas silenciosas lágrimas sobre su cabellera.
-Hija mía - se adelantó su madre tímidamente, como si temiera su reacción. -Yo... tu padre...
-Estábamos muertos de miedo, hija. No sabíamos dónde estabas.
-Sí. Ya veo cómo habéis removido cielo y tierra para encontrarme.
-¿Cómo... qué hablas? - preguntó Thorin, abriendo mucho los ojos, en actitud de sorpresa. -¡Claro que he removido cielo y tierra! ¿¡Tú sabes la que he armado para encontrarte!?
-No me grites - le espetó la menor, apoyándose sobre sus dos manos y haciendo amago de levantarse.
-Thorin, déjala - intervino Dís, posando una mano sobre el pecho de su sobrina. -Por favor, lo menos que podemos hacer ahora es pelear...
-¿Tú sabes a qué he venido, padre? ¿Tú sabes por qué he vuelto?
-(...) ¿De dónde has vuelto? Eso me gustaría saber a mí. De dónde has vuelto...
Helena fijó la mirada en el rostro serio de su padre; seguidamente, rodó los ojos hacia el de su madre, y volvió a dirigirlos hacia el Rey.
-Te lo ha contado...
Graella bajó la mirada, muerta de la vergüenza; y Thorin dio un paso adelante. -Helena, escúchame bien...
-¡Te lo ha contado!
-¡Escúchame!
-¡No, escúchame tú! ¡Tu primo...!
-¡Helena! - exclamó Dís, intentando acallarla.
-¡... intentó violarme!
Silencio. Un espeso silencio.
-¿Qué? ¿Os seguís sorprendiendo? ¿No habíais tenido pruebas suficientes ya?¿He tenido que volver yo misma, para asegurarme que ese despreciable se muera en prisión, como poco? Porque eso es lo que haré. Te lo juro por lo más sagrado.
Graella se llevó una mano a la cabeza, escondiendo la cara entre sus ropas.
Thorin, por su parte, parecía no querer creerse lo que sus oídos escuchaban.
-Helena, cielo, estás cansada...
-No estoy cansada, tía. Estoy perfectamente bien. Los que creo que estáis mal de la cabeza sois vosotros.
-(...) Majestad... - musitó Khrenin.
Pero el Rey no lo escuchó. Parecía estar en un lugar muy lejos de allí.
-Majestad - repitió el otro enano. -La princesa necesita estar a solas. Necesita reposo.
Padre e hija se dirigieron una mirada cargada de tensión mutua. Ninguno de los dos parecía estar dispuesto a ceder.
-Thorin - murmuró, al fin, Graella. -Vámonos. Por favor. Helena necesita descansar.
El Rey, finalmente, pareció encontrar un mínimo de sentido común en mitad de su orgullo; pero, justo antes de desaparecer por el marco de la puerta cogido del brazo de su esposa, se giró una última vez hacia su hija.
-No sé si es cierto que Dáin intentó hacerte daño o no. Necesito pensar.
-¿Pensar?
-Sí, pensar. Pero esto no va a quedar así.
Y, antes de que ella pudiera pensar en lo que su padre había querido decir, el Rey ya había salido de la habitación. Dís y Graella, siguiendo las indicaciones de Khrenin, también dejaron a la joven a solas con él.
-Helena... - intentó dirigirse a ella su madre, antes de marcharse. -Yo...
-Vete. No quiero verte. No quiero saber nada más de ti.
-(...) Te prometo que no permitiré que tu padre cometa ninguna locura.
-¡Khôn! - exclamó el Rey, entrando con un estridente portazo en su despacho.
-¡Majestad! - se sobresaltó el consejero, dando un respingo sobre sí mismo. -¿Qué ocurre, mi Señor?
-Papel y tinta.
-¿Papel y tinta?
-¡Sí, maldita sea! ¡Date prisa!
El consejero se dispuso a sacar a toda prisa un rollo de pergamino y una pluma de uno de los cajones del escritorio; pero, justo cuando iba a tomar asiento, su Rey se lo impidió.
-¡No! Déjame a mí.
-Señor, necesito apoyo para escribir.
-No escribirás nada. Yo lo haré.
-¿Dis...disculpad?
-Hazte a un lado. Esto es personal.
El pobre enano no tuvo más remedio que ceder ante la furia que emanaba su monarca por los cuatro costados, y levantarse para dejarle el asiento al Rey.
Durante unos largos minutos, Thorin estuvo escribiendo sin descanso sobre aquel pergamino, con una furia tal que por pocas y la pluma queda rota bajo su mano.
-Ya está - habló, al fin, cuando ya apenas quedaba espacio libre sobre el papel. -Toma. Haz el favor de meterlo en un sobre y cedérselo a uno de los mensajeros.
-Pero... ¿con qué destinatario, Señor?
-El Reino del Bosque. Que sea entregada a Thranduil en persona. Y que le digan que, si no me da una respuesta, o yo mismo iré a buscarla.
-Sí, pero... no creo que eso sea conveniente, mi Señor.
-¿El qué?
-Mandar a un mensajero en estas circunstancias. Iba a decíroslo. Han llegado rumores de Esgaroth. Hay orcos en las inmediaciones de la región, al sur.
-¿Orcos? ¿De nuevo?
-Eso parece, mi Señor.
-(...) Pues que vaya escoltado. Pero quiero a ese elfo aquí, ante mí.
-Pero, Señor, dicen que es peligroso. Hablan incluso de una horda.
-¿¡Osas contradecirme!?
-No, Majestad. Pues haz lo que te ordeno. (...) Y que le digan a ese despreciable que lo mataré con mis propias manos si vuelva a acercarse a mi hija.
Helena miró de soslayo a Khrenin, que se mojaba las manos en la pila de agua que él mismo había llevado hacia su habitación.
-Ya está. La hemorragia ha parado.
La princesa dirigió una mirada claramente preocupada hacia el bajo de su camisón, y hacia las sábanas de la cama, ambos cubiertos de sangre. Su maestro había tenido que tapar bien el lecho con una colcha para que sus padres y su tía no presenciaran aquella imagen.
-Gracias, Khrenin. Te lo agradezco mucho.
-Has tenido suerte, Helena.
-¿De qué?
-De que haya sido yo y no uno de los sanadores el que haya acudido a examinarte.
-Lo sé. Mil gracias por no decirle nada a mi padre. Habría sido lo que me hubiera faltado.
-Ven, deja que te acomode mejor - se ofreció él, acogiéndola entre sus brazos y recostándola mejor sobre la cama. -Necesitas mucho reposo, y mucho alimento.
-No tengo hambre.
-Ahora has de dormir. Ya mandaré que te traigan comida. De las sábanas no te preocupes. Ya nos las apañaremos para cambiarlas sin que las sirvientas las vean.
Helena asintió levemente. Se encontraba increíblemente débil. Al parecer, un rato después de haberse desmayado, cuando sus padres la habían llevado ya a su cama, había sufrido una hemorragia interna, y había perdido mucha sangre. Por suerte, Khrenin había llegado pronto.
-¿Qué me ha ocurrido? - le preguntó ella, llevándose una mano al vientre. -No... no me he dado ningún golpe, ¿verdad?
-No. (...) En verdad, ni yo mismo sé muy bien qué ha pasado; o, mejor dicho, por qué. (...) Helena, has de decirme la verdad. Por favor. Esto no saldrá de aquí a no ser que quieras lo contrario. Dáin... o cualquier otra persona, ¿intentó violarte?
La joven se lo pensó muy bien antes de asentirle levemente con la cabeza.
-¿Y lo consiguió?
La pregunta la pilló completamente desprevenida. -No... No, no lo consiguió. Gracias a mi primo menor, que llegó a tiempo. Pero no tengo muchas ganas de hablar de ello.
-¿Seguro que no lo consiguió?
-Sí - lo miró, extrañada, ella. -Seguro. No me hagas dudar de eso, por favor. ¿Por qué lo preguntas?
-(...) Entonces, el tema es otro.
-¿Qué tema? ¿De qué hablas?
-Helena - le dijo él, cogiéndola suavemente de la mano. -Te voy a ser completamente franco. Y, por favor, no me niegues lo innegable.
-¿Qué es lo innegable?
-Que, de una forma u otra, no eres virgen.
Ella se puso, primero, muy roja; y después, muy blanca. Pero ¿a dónde iba a parar todo aquello?
-Helena, escúchame bien: has tenido un amago de aborto.
-¿Aborto? ¿Qué... qué aborto? ¿A qué te refieres?
-Estás embarazada, Helena.
