CAPÍTULO 35
—Mm…—Sherlock estaba sentado en su sillón de siempre con las manos entrelazadas frente a sus ojos, apoyando sus codos en las rodillas. Hacía mucho que Greg no le veía pensar tan profundamente.
Era incapaz de leer su cara, pero sabía que estaba pensando a toda velocidad. Y sabía que tardaría bastante en volver a la realidad. Con un suspiro de resignación Greg se levantó para marcharse de allí cuando Sherlock murmuró:
—Tienes que hablar con él o lo deducirá.
Greg soltó otro suspiro de resignación y se pasó la mano por el pelo. Había durado demasiado poco la ilusión de tenerlo todo bajo control, pero no podía seguir engañándose más.
— ¿Tú crees que…?—se volvió hacia Sherlock, pero aunque había hablado no iba a prestarle atención.
Cerró la puerta del 221B y abrió uno de los muchos paraguas de Mycroft que había tomado prestado. Tras andar un rato, el paraguas ya estaba empapado cayendo las gotas casi en un reguero, y tenía el pie derecho empapado por pisar de lleno un charco que no había visto. Paró en la esquina, pensando qué hacer. No quería tomar un taxi, tampoco quería ir en metro, y hacía mucho tiempo había ocultado su coche para que los periodistas no pudieran rastrearlo, así que tampoco era una opción. No quería moverse de allí, no podía. Mycroft tenía todo el derecho a saber lo que había pasado con Moriarty y con su guardaespaldas, cierto, pero eso les llevaría a una pelea. O por lo menos a él.
¿Cómo iba a enfrentarse a él después de todo, tras tantas mentiras? Porque Greg no podía dejar de pensar en aquella vez que le prometió que no le mentiría más, pero le había seguido mintiendo. Desde el primer momento Mycroft había sabido de la existencia de Moriarty, de su obsesión por él. Por eso Sherlock le había incitado a que empezara una relación con él cuando se divorciara, no había otra manera de descubrirle.
Le dolía pensar que Russ y Schmidt murieron por causa de un plan realizado con años de antelación, un plan en el que se vieron envueltos sin poder evitarlo. También le dolía saber que él podía haber corrido la misma suerte si no hubiera sido por Diventare, si ella no le hubiera salvado durante el secuestro del hotel. Pero más le dolía pensar en Moriarty como una especie de dios que era capaz de controlar hasta el más ínfimo detalle de su vida.
Un coche pasó justo a su lado en ese momento y sin que pudiera hacer nada por evitarlo, le empapó los pantalones. Del susto soltó el paraguas, cayendo sobre el charco de la carretera. Se sacudió las piernas maldiciendo, intentando aligerar un poco de agua los pantalones que se le adherían a la piel. Todavía maldiciendo se agachó a recoger el paraguas, pero no se esperaba que ese otro coche apareciera de la nada. Por instinto se echó hacia atrás para que no le atropellara pero se tropezó y cayó de culo en la acera. El coche pasó a su lado a toda velocidad y sin que tampoco pudiera hacer nada para evitarlo se empapó por completo.
Tardó unos segundos en notar toda su ropa pesada, empapada, pegándose a su piel. Las gotas caían desde el pelo a través de su cara queriendo entrar en sus ojos y en su boca entreabierta por la sorpresa. Fijó la vista en el charco de la carretera y volvió a maldecir todo lo que sabía: el coche había destrozado el paraguas de Mycroft. Aunque poco importaba ya resguardarse de la lluvia, no podía mojarse más de lo que estaba. Se levantó con cuidado, intentando no resbalar otra vez; no quería que le ocurriera algo peor y acabar en la carretera aplastado por otro loco al volante.
Suspiró derrotado, sabiendo que ya no tenía más excusas para evitar ir a casa de Mycroft. A no ser que quisiera pillar una pulmonía, a lo que no estaba dispuesto bajo ningún concepto.
O-O-O-O-O
Salió del baño con un pantalón de chándal puesto, secándose el pelo con una toalla y observó el reguero de agua que había dejado por toda la casa. Se puso una chaqueta para no enfriarse y sacó una fregona para limpiar el suelo, pero definitivamente ese no era su día de suerte. Fregó con más ímpetu del que debía y sin quererlo derribó un jarrón con flores y lleno de agua. Los fragmentos del jarrón se esparcieron en todas las direcciones posibles y por tercera vez en ese día repitió todo su repertorio de maldiciones.
— ¿Gregory? —escuchó que le llamaba Mycroft desde el piso de arriba, desde su habitación. Volvió a maldecir, no quería despertarle.
—Lo siento Mycroft, no te preocupes, sólo he tirado un jarrón.
Limpió con la fregona el agua derramada y con sumo cuidado, para no cortarse, recogió los trozos de jarrón más grandes que tenía al alcance.
—Te vas a cortar, déjame ayudarte—le dijo Mycroft desde la escalera. Su recuperación estaba siendo muy buena, incluso mejor que la de Greg. Un par de días tras despertar del coma ya estaba danzando por la casa, negándose a quedarse postrado "como un inválido", según sus propias palabras. Y en ese momento, dos semanas después, incluso podía hacer sin ayuda los ejercicios de rehabilitación. Sin embargo su relación se había estancado. A excepción de los primeros días que compartieron un par de besos, apenas se habían tocado. Greg estaba demasiado preocupado ocupándose de la amenaza de Moriarty, y Mycroft al verle de esa forma no quería presionarle, respetando la decisión de Greg de no contarle nada. Pero se les estaba yendo la situación de las manos, a los dos, y lo sabían.
—No, ni se te ocurra moverte de ahí—le amenazó Greg señalándole con el dedo y con la voz más amenazante de lo que pretendía—, sobre todo descalzo como estás.
Ante su tono de voz Mycroft se paralizó con un pie en el aire, a punto de pisar el siguiente escalón, y Greg pudo notar los ojos de Mycroft clavados en su nuca mientras seguía recogiendo.
— ¿No te has llevado uno de mis paraguas? —preguntó Mycroft con su tono de suficiencia y Greg resopló. No le extrañaba que hubiera deducido su incidente de esa mañana.
—Lo aplastó un maldito coche—refunfuñó Greg.
—Claro—Mycroft pisó el siguiente escalón y Greg se levantó de golpe.
— ¡Te he dicho que no te muevas! —le gritó sin poder controlarse y vio cómo el rostro de Mycroft pasaba de incredulidad a curiosidad. Apretó demasiado la mano en la que tenía los fragmentos del jarrón y sin querer se cortó—. ¡Joder!
Greg se dirigió rápidamente a la cocina para curarse la herida, ignorando por completo la mirada interrogante de Mycroft. Tiró los fragmentos de mala manera al cubo de basura y metió la mano bajo el agua fría para aclarar la sangre de su mano: tenía un tajo atravesando su palma izquierda de lado a lado y le empezaba a escocer.
—Déjame ver—dio un respingo al notar a Mycroft a su lado, quien agarró su mano para observar la herida. Notó un cosquilleo agradable cuando sintió su piel, un cosquilleo que extrañaba—. Es un rasguño, no necesitas puntos.
—Eso ya lo sé—apenado, apartó la mano repentinamente y volvió a meterla bajo el agua, sin querer mirar los ojos entrecerrados de Mycroft.
— ¿Puedo saber qué te tiene tan alterado? —esperó una respuesta, pero Greg frunció los labios sin dejar que nada se le escapara—. Gregory, ¿qué...?—le puso una mano en el hombro pero Greg cerró el grifo y se alejó de él bruscamente buscando una venda para su herida en uno de los armarios. Escuchó un suspiro de Mycroft a su espalda, pero siguió sin decir nada—. Tu actitud no es por tener un mal día—afirmó Mycroft y Greg, terminando de vendarse la mano, hizo una mueca porque había adivinado. Sin embargo como no lo iba a reconocer volvió al salón con un recogedor para seguir limpiando.
Escuchó los pasos de Mycroft detrás de él, y volvió a girarse.
—Te he dicho que no vengas, te vas a cortar un pie.
—Entonces dime qué ocurre, Gregory—dijo como si le explicara algo a un niño pequeño, lo que le exasperó. Pero no, no iba a hablar. Si hablaba pelearían, y no quería porque sólo les podía llevar por un camino que no quería tomar—. ¿Me vas a seguir ignorando? —ante la falta de respuesta, resopló—. De acuerdo. Cuando te dignes a hablarme, ya sabes dónde estoy.
Le escuchó subir por la escalera y cerrar la puerta de su habitación con un golpe, y sólo entonces se permitió suspirar aliviado. No quería enfadarle, mucho menos en su estado, y aunque estaba cansado de esa situación, de no saber si podía seguir confiando en él… No quería estropear su relación más de lo que ya estaba. Terminó de recoger los fragmentos desperdigados por el salón, limpió el agua que aún quedaba por el suelo y se dirigió a la cocina para tomar una cerveza bien fría. Pero nada más abrir la botella y dar un sorbo se le quitaron las ganas.
El silencio que se había instaurado en la casa pesaba demasiado, era demasiado denso. Dejó la botella a un lado y se apoyó con ambas manos en la encimera, pensando. Sabía que lo que estaba haciendo era de cobardes, ni él mismo se reconocía, pero se sentía incapaz de lidiar con todo lo que tenía encima. Posó su mirada en el vendaje mal hecho de su mano mientras dejaba que su mente divagara.
Lo que no imaginaba es que el día pudiera ir a peor.
O-O-O-O-O
Cerveza en una mano, un puñado de palomitas llenando la otra, mientras gritaba el gol del Manchester United con todas sus fuerzas. Lo único bueno de ese día era la paliza que le estaba metiendo su equipo favorito al Inter de Milán. Aun así Greg tenía que admitir que los italianos se estaban defendiendo bastante bien, aunque no lo suficiente. Se llevó un buen puñado de palomitas a la boca esperando a que reanudaran el partido cuando oyó un carraspeo a su espalda.
Se dio la vuelta y allí estaba Mycroft de pie, aparentemente relajado, con una bata azul sobre su pijama de rayas. Seguramente ese conjunto costaba más que todo el armario completo de Greg, pero prefirió no pensar en eso.
— ¿Hay sitio en el sofá para uno más? —preguntó con una ceja levantada, y aunque Greg tardó un poco en reaccionar al final se hizo a un lado para que se sentara. Además, estaba en su propia casa, no podía negárselo.
Mycroft se sentó a su lado, con espacio suficiente entre los dos como para poner el cuenco con las palomitas. Delicadamente el dueño de la casa agarró un par y las masticó lentamente.
—Supuestamente no deberías comer eso, Mycroft—le reprochó Greg sin apartar la mirada de la televisión.
—Un par no me harán daño.
Se quedaron en silencio, escuchando al comentarista hablar de las jugadas y de paso de algunas estadísticas. Greg no se perdía ni un detalle pero de vez en cuando miraba de reojo a Mycroft, que parecía estar bastante aburrido.
— ¿Te acuerdas de nuestra primera cita?
Greg no se esperaba ese comentario por lo que casi escupe la cerveza que estaba tomando y tosió para evitar ahogarse.
—Sí, me acuerdo—recordó el palco, a Mycroft a su lado aburriéndose como en ese momento pero dispuesto a estar ahí por él, y volvió a sentir esa agradable sensación en el estómago. Sin embargo ese sentimiento se fue tan rápido como llegó al acordarse de la mentira a la que le estaba sometiendo en ese momento, y él sin darse cuenta de ello. Negó imperceptiblemente con la cabeza a causa de su estupidez y se puso completamente serio, cambio que Mycroft notó.
—Gregory, tenemos que hablar—Greg lo ignoró insultando al árbitro, que había sacado una tarjeta amarilla al delantero estrella—. Gregory—le volvió a llamar, y esa vez no tuvo más remedio que hacerle caso.
—No sé de qué tenemos que hablar.
Mycroft suspiró armándose de paciencia.
—Cuando desperté del coma me dijiste que lo tendrías todo bajo control. Confié en ti, pero veo que me equivoqué. Sea lo que sea que pase te está superando y lo estás pagando con nuestra relación.
Ante ese tono acusatorio, la mirada de Greg se endureció, apretó la mandíbula y presionó la lata de cerveza hasta casi aplastarla.
—No lo estoy haciendo—dijo con la mirada aún fija en la pelea que se estaba desarrollando entre el delantero estrella y el árbitro. Esperó que Mycroft le contestara, pero no lo hizo. Le miró, y lo que vio no le gustó. Estaba enfadado. Muy enfadado.
—Me vas a contar ahora mismo qué es lo que ocurre antes de que se te ocurra hacer lo que vas a hacer.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué es eso que voy a hacer?
—Cortar nuestra relación.
Se miraron unos segundos a los ojos hasta que Greg apartó la mirada, sintiéndose culpable.
—Yo no quiero cortar—dijo Greg en un susurro mientras el árbitro sacaba tarjeta roja al delantero.
—No me mientas, Gregory. Desde que desperté me has evitado, apenas nos hemos tocado. ¡Hasta te has cambiado de habitación! —los ojos de Mycroft centellearon de furia contenida.
—Eso es porque…
—No te seguiré permitiendo que pongas como excusa que es por mi salud, los dos sabemos que no fue ningún impedimento durante los primeros días—Greg respiró hondo, aclarando sus ideas—. ¿Y bien?
—No lo entenderías—susurró Greg dejando definitivamente la lata medio aplastada encima de la mesa.
—Por favor—soltó Mycroft ofendido, lo que hizo que Greg le mirara con los ojos entrecerrados.
—Está bien, si tan listo te crees, te lo contaré. ¿Sabes por qué no quería hablar? Porque eso será lo que nos lleve a cortar esto. Porque si me obligas a hablar no seré capaz de callarme.
—No quiero que te calles, Gregory. ¿Qué tipo de relación sería esa si no nos dijéramos…?
— ¡Ahí está precisamente el problema!—estalló Greg sin poder evitar ponerse pie y encararle desde arriba mientras Mycroft le miraba sorprendido por su reacción—. ¡Tanto hablar, tanta supuesta sinceridad que hay entre nosotros, y tú eres el único que no ha hecho nada por ello!
— ¿Qué estás insinuando?
—Que aunque me dijiste que se acabaron los secretos, ¡mira por dónde, aparecen más!—cada vez subía más el tono de voz, incapaz ya de controlarse, pero Mycroft parecía hundirse cada vez más en el sofá—. Estoy harto, Mycroft. ¡Harto de tanta mentira, de querer y no poder confiar en ti!
— ¿De qué secretos estás hablando?
— ¡De Moriarty! —soltó, dejándose caer otra vez en el sofá, mareado por la exaltación que sentía. Le debió impactar tanto a Mycroft la noticia que no dijo nada más. Se quedaron los dos en silencio, con el partido de fondo, pero Greg ya no se podía centrar en el juego. Estaba pendiente de que Mycroft reaccionara, pero no hacía nada. Parecía estar ausente a muchos kilómetros de distancia, y no le extrañaría que realmente fuera así. Siguió esperando varios minutos hasta que no aguantó más—. Mycroft—le llamó, pero no obtuvo respuesta—. ¡Mycroft!
El susodicho reaccionó al grito y le miró fijamente, aún pendiente de sus razonamientos.
— ¿Quién era?
— ¿Quién?
—El que publicaba las estelas. ¿Quién era?
—Su hermano—dijo Greg sin dudarlo.
—Pero si él…—la cara de Mycroft empalideció y abrió los ojos a causa de la sorpresa, para después entrecerrarlos por la ira—. Dime que no te has reunido con él—Greg apartó la mirada, evitando el contacto visual, y tragó. Suficientes pistas para Mycroft—. ¡Gregory! —le reprochó.
— ¡No tuve más remedio, me tendió una trampa!
— ¿Una…?
Y entonces Greg le explicó cómo cayó en la trampa que Moriarty le tendió desde el hospital, cómo le engañó para que fuera solo al parque, sin ayuda.
—Pero eso no es todo—admitió Greg sin poder mirar a Mycroft. Ya que había empezado tenía que soltarlo todo, no podía callarse—. Mientras estabas en coma, Billy vino a verme.
— ¿Mi guardaespaldas? —Greg asintió evitando mirarle.
—Quería saber qué había pasado con Diventare. Le eché y me amenazó.
—Pero…—le animó a seguir Mycroft. Tragó saliva deseando que Mycroft lo dedujera todo, no quería decírselo. No iba a tener esa suerte—. Cuéntamelo—insistió Mycroft—. Gregory.
Suspiró, haciéndose con el valor necesario que no encontraba por ninguna parte.
—Billy—empezó a decir lentamente—era un espía de Moriarty—esperó un movimiento, un grito, una reacción. Algo, cualquier cosa, pero Mycroft estaba inmóvil a su lado, mirándole fijamente—. Cuando estuve con Moriarty en el parque le llamó junto con el que me había llevado hasta esa trampa. Entonces…—no podía decirlo, no le salían las palabras.
—Necesito saberlo—Greg se giró para verle, sorprendido ante su tono de voz y su reacción. Se había acercado un poco en el sofá y había apoyado la mano en su rodilla, apretándole fuerte. Le estaba suplicando, con su voz y con su mirada. Con sólo mirarle a los ojos, Greg supo que lo sabía. Pero necesitaba escucharlo.
—Les mató, a los dos, frente a mí. La noche que despertaste apareció en las noticias, pero no había arma ni sospechosos. Quería demostrarme que puede hacer lo que quiera, sin repercusiones. Y puede, Mycroft. Asesinó a tu guardaespaldas, a su espía, a un miembro del gobierno, y nadie va a arrestarle. Nadie puede hacerlo. Ese hombre es intocable—no pudo reprimir una carcajada ante la idea que tenía en su mente—. Quiere que por mi culpa le atrapen, Mycroft. Ese loco destruyó mi vida y la de muchas otras personas para tenerme donde me tiene ahora. ¿Entiendes lo desesperante que es saber que todos, absolutamente todos, te manipulen? Y lo que más me duele es que tú fueras el primero en hacerlo, siguiendo el plan de ese loco sin que lo supieras. Esta relación no es más que una mentira creada por Moriarty. Por eso, aunque te quiero...
Greg no se veía capaz de seguir. Si decía en voz alta que se negaba a seguir los planes de Moriarty, su relación terminaría. Se quedaron en silencio escuchando de fondo el final del partido, a los comentaristas celebrando la victoria de Manchester. La victoria más amarga que Greg era capaz de recordar. Pero unos gritos le hicieron levantar la mirada y fijarse en la pantalla de la televisión, viendo el horror que se estaba produciendo en las gradas.
Una gran humareda negra salía de las gradas, y a continuación las cámaras grabaron una explosión justo al lado. Decenas de cuerpos salieron volando, otros se estaban quemando vivos. Greg miraba todo con los ojos fuera de sus órbitas, sorprendido y horrorizado, incapaz de asimilar lo que estaba pasando. Y otra explosión más, pero esa vez en los palcos. Y donde los cámaras de televisión, y después… Se perdió la señal.
Mycroft apretó aún más su rodilla, haciéndole daño, lo que le sacó de su estupor para mirarle. Estaba igual de sorprendido que él, mirando la pantalla en negro, pero lentamente fue girando la cabeza hasta mirarle también.
Un mal presentimiento se adueñó de Greg en ese instante, acordándose de las palabras de Moriarty: "cosas importantes pasarán dentro de poco, todas relacionadas conmigo. Y la única forma de pararme… Eres tú".
Entonces, sin controlar su cuerpo, se levantó de golpe del sofá.
—Ni se te ocurra, Gregory.
—No tengo más remedio—dio un paso para irse, pero Mycroft le agarró de la muñeca, impidiéndole moverse.
—No vayas.
Greg se giró para mirarle. No reconocía a ese Mycroft Holmes. Estaba pálido, nervioso, asustado.
—Tengo que ir.
—No sabes si lo ha hecho Moriarty. Tampoco tienes tu placa aún, y…
—Sé que ha sido él, me lo dijo. Y que sólo yo podía pararle—Mycroft le apretó aún más la muñeca y tiró de él, pero Greg no cedió.
—Olvídate de él. Olvidémonos de todo, vayámonos lejos.
— ¿Qué? —preguntó Greg sorprendido. Mycroft se había puesto de pie y le agarraba fuertemente las dos muñecas.
—No me importa que todo lo planeara él. Me da igual. Vámonos a Nueva York, acepta la propuesta del embajador Haschek para trabajar allí. Empecemos de cero, tú y yo, lejos de Moriarty. No quiero perderte, no quiero que te haga nada. Yo…—llevó las manos de Greg a su cara y se ocultó entre ellas—. Por favor.
Greg le miraba sin poder creer lo que veía. Mycroft estaba temblando, desesperado, ocultando su cara y unos inminentes sollozos entre sus manos. ¿Desde cuándo era tan vulnerable?
—Mycroft…
—Por favor, Gregory—decía en un susurro—. Deja que se encargue la policía, Sherlock, la reina Isabel, me da igual. Pero tú no, por favor. No cedas a sus amenazas, aléjate de él y quédate conmigo, por favor…
Greg se acercó a él lentamente, acunó la cabeza de Mycroft entre sus manos, aún apresadas por las muñecas, y le puso delicadamente sobre su pecho para reconfortarle. Le dolía verle tan vulnerable, tan triste y desesperado como para suplicarle, como para dejar de lado su elegancia, su autocontrol, su completo dominio sobre sí mismo.
—Tengo que hacerlo, Mycroft. Entiéndelo—le cortó antes de que volviera a suplicarle—, mientras Moriarty siga libre y haciendo lo que quiera, va a estar persiguiéndome. Aunque nos vayamos a la otra punta del mundo, no va a parar. Lo ha dejado claro, yo soy el único que puede pararle, pero no soy el que va a acabar con él. No puedo, te necesito a ti para hacerlo. Así que cálmate, respira hondo, y suelta mis muñecas.
Sintió cómo se resistía al principio, pero poco a poco fue relajando la presión sobre sus muñecas hasta que dejó caer sus brazos a los costados, con la frente apoyada aún en su pecho. Greg le acarició el pelo suavemente.
—Lo siento—murmuró Mycroft con un tono de voz más firme—. Me he dejado llevar por el pánico—levantó la cabeza y se quedó a pocos centímetros de Greg con los ojos cerrados.
—Él me dijo que yo no podría acabar con él, sólo tú y Sherlock podréis hacerlo. Tenemos que acabar con él, Mycroft. Tiene que pagar por todas las muertes y todo el sufrimiento que está causando, por todo lo que nos ha hecho pasar a nosotros dos—a medida que iba hablando sus ideas se iban aclarando, y llegó a una conclusión. Sonrió levemente y acarició la mejilla de Mycroft—. Es un trabajo en equipo: yo hago el trabajo sucio y tú le das el golpe de gracia.
—Entonces, ¿no quieres terminar? —le pareció que la voz de Mycroft tembló un poco, pero lo pasó por alto.
—Estar juntos implica darle ventaja a Moriarty—dijo lentamente y Mycroft le miró con temor—. Y ya han sido demasiadas mentiras. Te pedí sinceridad, y no me la diste—se calló viendo cómo la derrota se reflejaba en el rostro de Mycroft—. He perdido la confianza en ti—no pudo resistir un suspiro—, pero te quiero demasiado. No podemos seguir así eternamente, tú mintiendo y yo perdonando—bajó su mano de la mejilla para entrelazar las manos de ellos dos—. Sólo te daré otra oportunidad, Mycroft, por mucho que me duela. La última oportunidad para que seas realmente sincero conmigo y para que vuelva a confiar en ti—Mycroft sólo asintió, sin decir nada. Apoyaron la frente de uno en el otro y se quedaron así, con los ojos cerrados, asimilando la conversación—. Va en serio. Si descubro que me has vuelto a mentir o que me has ocultado algo grave, se acabó. No puedo seguir soportándolo.
—Lo siento. Te lo prometo, de verdad lo hago. Seremos un equipo y acabaremos con Moriarty.
Greg le dio un casto beso en los labios para sellar el trato y se separó de él, sin soltar la mano. Aún veía a Mycroft triste, y suponía que él se veía igual. No sabía si había hecho bien dándole el ultimátum, si realmente debía darle esa última oportunidad, pero no podría soportar una ruptura sin saber que realmente había hecho todo lo posible para que funcionara. No quería arrepentirse de no darse una oportunidad más.
—Me tengo que ir, Mycroft.
Lentamente, Mycroft dejó ir su mano.
—Sigues sin tener tu placa de vuelta.
—No es negociable, tengo que estar allí. Seguramente ya ha llegado Bickerton, y dudo que rechacen un par de manos extra para ayudar.
Se dio la vuelta, agarró su gabardina marrón ya seca y se la puso antes de abrir la puerta.
—Ten cuidado, Gregory.
—Descuida—puso la mano sobre el picaporte—. Habla con Sherlock, entre los dos podréis sacar algo en claro de las explosiones del estadio. Y te calmará.
Salió al frío de la calle, bajo la lluvia, pero se subió a su coche en dirección al estadio. Mientras sacaba el coche a la carretera rogaba a todos los dioses que se le ocurrían que estuviera tomando las decisiones correctas.
O-O-O-O-O
La ciudad entera había enloquecido. Innumerables coches y furgones de policía le sobrepasaban a gran velocidad, así como camiones de bomberos y ambulancias. Consiguió aparcar a casi media milla del estadio, y tuvo que ir corriendo hacia allí, a contracorriente de la marea de personas que huían despavoridas. Por lo menos había dejado de llover y se había despejado parte del cielo. Más policías de los que podía recordar intentaron pararle, pero con decir su nombre le dejaron pasar. Estar aún presente en los medios de comunicación tenía que tener sus cosas buenas, después de todo.
Se quedó paralizado al ver la cantidad de humo negro que salía del estadio, mezclándose con la oscuridad de la noche y con los focos. Alrededor todo era caos, todo el mundo iba corriendo de un lado para otro y algunos periodistas hablaban a cámara, debían estar en directo con sus respectivas cadenas. Aprovechando un descuido de un policía cruzó el cordón policial y buscó algo que le indicara que los de su departamento estaban por allí, cuando encontró oculto tras un furgón el coche de Bickerton con la puerta de conductor abierta de par en par. La cerró con cuidado, no quería que le robaran el coche a su jefe, y empezó a buscarle; no debía estar muy lejos.
Tras unas cuantas vueltas le encontró, hablando con dos personas más, seguramente jefes de otros departamentos. Se acercó a ellos, decidido, y le tocó el hombro a Bickerton para llamarle la atención. Su jefe se giró, pero si le sorprendía verle ahí, no lo mostró. Tenía unas profundas ojeras y cara de cansancio, una cara que sólo ponía cuando las cosas iban realmente mal.
— ¿Qué haces aquí, Lestrade? —dijo secamente y de la forma más formal que pudo, seguramente por tener a sus colegas delante.
—Vengo a ayudar—dijo Greg enfatizando la última palabra, esperando que se diera cuenta que tenía que hablar con él a solas.
Bickerton suspiró y se restregó los ojos del cansancio.
—Sigues suspendido. Tienes que irte, Lestrade—casi escupió su nombre, pero por su mirada sabía que estaba fingiendo. No sabía que tuviera tanta mala fama en el resto de departamentos como para que su jefe tuviera que actuar de esa forma.
—Tendrán que echarme a patadas, y no creo que sobren agentes ahora mismo.
—Daniel, déjalo—abogó por él uno de los dos jefes—. Lamentablemente, tiene razón—dijo echándole una mirada llena de odio.
—Está bien—accedió Bickerton a regañadientes, aparentemente—. Lestrade, conmigo—y echó a andar de mala gana sin mirar atrás. Greg le siguió sin pensárselo dos veces y sin despedirse de los otros dos. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Bickerton empezó a hablar—. Lo siento, no tienes muy buena reputación y…
—No te preocupes, lo entiendo. Pero de verdad que tengo que hablar contigo.
Bickerton se paró en medio del caos, como si nada estuviera ocurriendo a su alrededor, mirándole fijamente.
— ¿Crees que esto tiene que ver con cierto fantasma matemático que conocemos?
—Estoy seguro—. Le explicó en líneas generales su reunión en el parque con Moriarty, sin omitir lo que ocurrió con los dos asesinatos—. Tienes que dejarme investigar, Bickerton. Sólo él ha podido organizar algo como esto.
—Sería demasiada casualidad—murmuró Bickerton, dudando de la teoría de Greg.
—Confía en mí, Bickerton, por favor. Si ha sido él, ha dejado alguna pista dentro del estadio. Si no encuentro nada se podrá descartar en la investigación.
Bickerton dudó unos momentos más, hasta que al final asintió.
—Me fiaré de ti. Toma—le entregó una tarjeta plastificada con una cinta para colgar—, un pase provisional. Y si alguien te pone alguna pega, dile que hable conmigo.
—Gracias—dijo Greg mientras se colgaba la tarjeta del cuello.
— ¿Sabes qué tienes que buscar?
—No, pero espero que en cuanto lo vea, me dé cuenta.
Bickerton asintió y le dio un apretón en el brazo.
—Tienes que parar a ese hijo de puta.
—Tengo más de una cuenta pendiente con él—dijo Greg despidiéndose de su jefe y se dirigió al estadio.
Entró por la única puerta que no tenían cortada los bomberos, terminando ya su trabajo de extinguir el fuego de las explosiones, y ni siquiera tuvo que presentar su pase: todos tenían cosas más importantes de las que ocuparse.
Caminó por los pasillos vacíos y extrañamente silenciosos del estadio. Escuchaba el resonar de sus pisadas, persiguiéndole, y se dio cuenta de lo estúpido que debía parecer en ese momento caminando por los pasillos de un estadio medio derruido por unas explosiones buscando algo que no sabía qué era. Aun así, siguió recorriendo cada uno de los pasillos hasta llegar a los vestuarios. Abrió la puerta con el logo del Manchester lentamente e intentó encender la luz, sin ningún resultado. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y poco a poco fue reconociendo las camisetas y las toallas tiradas en el suelo, algunos bancos tumbados o del revés, botellas de agua y de gel junto a las taquillas, olvidadas en el suelo. Las explosiones debieron pillarles en medio de la celebración que siempre se hacía en los vestuarios.
Caminó lentamente, intentando no tropezarse con nada, resistiendo la tentación de guardar las camisetas de sus jugadores favoritos, cuando lo vio. En una esquina, oculto por una taquilla abierta, había un viejo oso de peluche puesto sobre un paquete envuelto con papel de regalo y con una etiqueta en la que sólo ponía: "para Greg, con amor".
Se paró frente al regalo esperando que ocurriera algo, pero al rato se reprochó a sí mismo. Si Moriarty quería darle ese regalo no había razón para que fuera una trampa. Se puso de cuclillas y levantó el regalo con el oso encima: aunque parecía limpio estaba destrozado por un gran uso, pero no quiso tocarlo. No lo haría hasta sentirse seguro, y ahí no lo estaba.
Lo guardó todo en una bolsa de tela que estaba tirada en el suelo y salió deprisa de allí con una urgencia que salía de lo más hondo de su ser. Había tenido ese mismo sentimiento antes durante alguno de sus casos más peligrosos, y en todos le había salvado la vida. Sin evitarlo echó a correr y no paró hasta salir del estadio, hasta que se vio rodeado de policías y bomberos. Se agachó para apoyar sus manos en las rodillas y recuperar el aliento cuando aparecieron unas piernas y se pararon frente a él.
— ¿Y bien? ¿Has encontrado algo?
Greg levantó la mirada para encontrarse con la de Bickerton. Parecía ansioso y preocupado por su respuesta, así que le enseñó la bolsa de tela. Su jefe miró en el interior, apartó al oso con una mano y con la otra debió girar la etiqueta para mirarla, porque se puso pálido. Pero eso no le hizo perder el temple.
—Decidido, te vienes conmigo.
— ¿Qué ha pasado? —con esfuerzo Greg consiguió erguirse, su cuerpo notaba cada vez más los años.
—Me acaban de avisar de otro ataque con explosiones, y no me cabe ninguna duda que lo ha provocado la misma persona. El nivel de alerta terrorista ha subido al máximo, no podrás llegar allí sin mi ayuda.
Bickerton le había devuelto la bolsa y le estaba guiado hasta su coche. Se sentó donde el copiloto y esperó a que Bickerton pusiera la sirena para hablar, después de haber asimilado la información.
— ¿Por qué estás tan seguro de que lo ha causado Moriarty? ¿Sólo porque también ha habido explosiones?
— ¿Te parece poco?—preguntó irónico Bickerton—. Las explosiones se produjeron justo antes de que abandonaras el estadio con tu regalo.
— ¿Estás diciendo que…?
— ¡Sí, joder, Lestrade! —gritó su jefe, estaba demasiado alterado—. Ese capullo te debía estar vigilando, en cuanto has recibido su regalo te ha hecho otro. No sé a qué estará jugando, pero…
En ese momento Bickerton giró bruscamente el volante para tomar una salida, y nada más ver el cartel, Greg supo adónde se dirigían.
— ¿Dónde se ha producido el ataque, Bickerton? —preguntó con la esperanza de equivocarse.
—En el Instituto de Matemáticas de la Universidad de Oxford.
Greg tragó saliva. Por eso estaba Bickerton tan seguro, sólo Moriarty estaría tan loco de atacar a su antiguo departamento.
O-O-O-O-O
Gracias a la sirena de policía y a su jefe pudieron dejar el coche junto al cordón policial, entre los furgones blindados. Nada más bajar del coche, Greg se quedó horrorizado con la escena. Todos los ventanales del moderno edificio estaban derruidos y los diminutos cristales esparcidos por la pequeña carretera de doble sentido. El mismo humo negro del estadio escapaba hacia el cielo negro y los bomberos luchaban en las escalerillas con las mangueras de agua para controlar los últimos vestigios del fuego. La gente miraba curiosa al otro lado de la carretera, y los policías seguían yendo de un lado a otro como pollos sin cabeza. Por el momento era imposible entrar, así que esperó impacientemente apoyado en el coche de Bickerton a que pasara el tiempo.
Hacía demasiado tiempo que Bickerton había desaparecido y Greg empezaba a pensar cómo podía robar un traje de bombero para colarse en el edificio cuando vio algo pararse a su lado, y se giró para verlo mejor.
El chófer se bajó de la limusina negra y abrió la puerta de atrás. Unas largas piernas cubiertas por un pantalón de traje aparecieron. Primero se posó un pie en el asfalto, después el otro y finalmente la figura trajeada apareció tras separarse de la limusina. Mycroft Holmes se ajustó el nudo de la corbata, alisó su chaleco y caminó con paso seguro hacia él.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Greg antes siquiera de plantearse si decirlo o no, y temió haberle ofendido por su tono de voz. Sin embargo, Mycroft ni se inmutó.
—Amenaza terrorista, alguien tiene que encargarse de ello—dijo con su sonrisa política, y añadió en voz baja—: trabajo en equipo, Gregory.
Alzó con cuidado el cordón policial y pasó por debajo elegantemente, sin hacerle más caso. Greg no sabía si sentirse ofendido o aliviado. Ofendido por no decirle nada más, y aliviado porque no parecía enfadado por su última conversación.
—Hasta que no le obligué a ponerse el traje, no dejó de gimotear. Pensé que tardarías menos en darle el ultimátum, Lestrade. —Greg pegó un salto del susto que le había provocado esa repentina voz. Se giró para ver la sonrisa radiante de Sherlock—. He apostado con John a que estaréis en la cama en menos de dos días—le puso una mano en el hombro—. No me defraudes.
— ¡Sherlock! —le reprendió Greg entre enfadado y avergonzado.
— ¿No eras tú el que decías que tenías métodos con Mycroft que no podía usar yo? Demuéstralo y hazme ganar 50 libras.
—Mi vida sexual con tu hermano debería importarte una mierda, Sherlock.
—Empezó John, a mí no me mires—se excusó Sherlock alzando sus manos en señal de inocencia.
—En eso tiene razón, Greg—John apareció junto a ellos con la cabeza gacha—. Lo siento, sólo fue un comentario sin malas intenciones.
—No aguantará, John, ya te lo he dicho. No sé por qué insistes…
— ¡Yo no insisto! —gritó a Sherlock, pero él ya estaba siguiendo el rastro de su hermano hacia el cordón policial—. Aun así, Greg, si no aguantas y me haces perder la apuesta, me darás tú el dinero. A fin de cuentas será tu culpa.
— ¿Pero qué he hecho yo ahora? —se quejó Greg sin entender nada.
—Sólo tienes que aguantar dos días—John le rodeó los hombros con un brazo, dándole ánimos—. Después puedes hacer con Mycroft todo lo que quieras las veces que quieras—Greg sentía que podía morirse de vergüenza en ese mismo momento.
—No te preocupes—se desembarazó del brazo de John—, nuestra relación no está como para tener sexo día y noche. Incluso dudo que lo hagamos durante una larga temporada.
—Mycroft nos contó el ultimátum, algo lógico por otro lado. Estabas tardando mucho en dárselo.
— ¿No te extraña que no haya cortado con él?
John miró un momento hacia el cielo, pensando, y se cruzó de brazos.
—Si le dices a alguien lo que te voy a decir ahora, lo negaré, ¿entiendes? —le amenazó John, y Greg asintió—. Sé que no eres capaz de hacerlo, yo me siento igual. Te hacen sentir idiota, y al cabo del día quieres matarlos más veces que a tu peor enemigo, pero cuando pasas demasiado tiempo al lado de un Holmes… Simplemente no puedes irte de su lado.
Greg se sorprendió por sus palabras, era exactamente lo que le pasaba. Y eso le preocupaba. Entrecerró los ojos y escrutó a John con la mirada, en busca de algún gesto delator.
—John, ¿hay algo que quieras contarme?
— ¿El qué? —preguntó John inocentemente.
—No sé, ¿algún secreto que tenga que ver con Sherlock, tal vez?
Las mejillas de John se sonrojaron levemente y giró el rostro para disimularlo. Era demasiado obvio y Greg soltó una risa que avergonzó aún más a John.
—No sé de qué me hablas. Será mejor que…—señaló el punto por el que cruzaron los hermanos Holmes el cordón policial—. ¿Sabes? Sí, mejor ir—con su particular caminar militar pasó por el cordón y Greg tuvo que aguantar las ganas de reír, no era lo mejor en el sitio donde estaba. Así que siguió a su amigo para buscar a los hermanos.
A lo lejos los vio, parados a pocos metros de la entrada principal hablando con un bombero. Sherlock pareció aburrirse pronto de la charla y se fue, mirando el interesantísimo suelo. John se acercó a él para ayudarle en su búsqueda, pero Greg se quedó allí, en la distancia, observando a Mycroft. Le parecía mentira que apenas unas horas antes estuviera suplicándole en el sofá de su casa, en pijama, luchando por no perder el control de su voz, cuando en ese momento le veía en todo su esplendor, leyendo informes, ordenando a bomberos, policías, y hombres trajeados por igual. Nadie dudaba de su palabra, todos obedecían sin rechistar.
Se había olvidado lo imponente e intimidante que llegaba a ser Mycroft con su trabajo, lo controlaba todo y a todos. Se sorprendió de lo fácil que le resultó olvidar que Mycroft era uno de los hombres más poderosos de Gran Bretaña. Él era el único capaz de hacer que ese poderoso hombre, el mismo que llamaba a la reina por su nombre, suplicara. Y eso estaba excitando a Greg.
Se acercó lentamente pero con paso firme, hasta que reconoció al hombre trajeado que escuchaba atentamente a Mycroft. Era el más alto cargo de la Policía Metropolitana, el hombre al que Greg sólo había sido capaz de ver en dos ocasiones y con el que nunca había hablado: Bernard McCann, el más joven que ocupó ese cargo en toda la historia de Scotland Yard. Un abogado y posteriormente un policía brillante que ganó con sudor y sangre cada uno de los premios y reconocimientos públicos.
—Espero que no vuelva a ocurrir, Bernard. Que haya estado de baja no implica que tuvieras que dejar de lado los encargos específicos que te hizo el Primer Ministro—oyó decir a Mycroft.
—De acuerdo—refunfuñó McCann acomodándose el flequillo rubio—. Si me disculpas, me haré cargo de ello inmediatamente.
—Eso espero.
McCann ni siquiera reparó en la presencia de Greg, lo que en parte le alivió. No creía que su situación en el cuerpo de policía fuera la mejor para presentarse, aunque seguramente sabría quién era.
— ¿Qué ocurre, Gregory? —le preguntó Mycroft dejando de lado un momento el informe que tenía en sus manos, mirándole con verdadera preocupación—. ¿Has inhalado humo? Te ves un poco…
—Estoy perfectamente—le cortó Greg, reprimiendo las ganas de besarle ahí mismo. Por un lado por la pelea de esa tarde y por otro porque no era profesional, pero le atraía enormemente la idea de besar delante de todo el mundo al hombre que tenía a todos doblegados a su voluntad—. Sólo quería comentarte lo que encontré en el estadio.
— ¿Dejó alguna pista? —cerró la carpeta del informe, tenía toda su atención puesta en Greg.
—Dos. Un oso de peluche y un regalo que pone: "para Greg, con amor" —Mycroft frunció el ceño—. Además, parece ser que provocó las explosiones aquí cuando vio que acepté el regalo.
—Ya me contó Sherlock que fue catedrático aquí. Esto no me gusta nada—murmuró Mycroft por lo bajo más para sí mismo que para Greg.
—Voy a entrar dentro para ver si me ha dejado otro regalo—pero Mycroft no le dejó siquiera moverse.
—No vas a poder. El jefe de bomberos me ha dicho que las tres explosiones fueron provocadas en las entradas y en el punto más vulnerable de la estructura. Temen que el edificio pueda desplomarse de un momento a otro.
—Pero eso no puede ser. Moriarty ha tenido que dejar algo ahí dentro, lo sé.
—El Instituto de Matemáticas tiene más edificios—dijo Sherlock a su espalda, y se giró para verle mejor—. Si te ha dejado algo, y conociéndole será así, será en otro edificio.
— ¿Cuál podría ser? —preguntó John intrigado.
—Muy fácil—dijo Sherlock con una pequeña sonrisa maliciosa, y echó a andar.
Greg y John le siguieron hacia el edifico más próximo, uno de dos plantas que parecía construido hacía más de un siglo y cuya entrada nadie vigilaba. Los tres se adentraron en el edificio e iluminándolo con una linterna llegaron a la última puerta de la última planta. Sherlock señaló con la linterna la placa que tenía incrustada: "departamento de matemáticas puras". Lentamente Sherlock giró el picaporte y dejó que sus dos acompañantes pasaran. Greg le quitó la linterna a Sherlock e iluminó rápidamente por todos los rincones, pero no había nada. Sin embargo se fijó en una puerta entreabierta que tenía justo en frente, y leyó su placa: "Prof. Gupta Nehru, catedrático". Abrió la puerta por completo, iluminando lo que había sobre la mesa. Otro regalo, pero esa vez sin nada encima, sólo ese presente con otra etiqueta de "para Greg, con amor". Se giró para mirar a John y a Sherlock, que asintieron casi imperceptiblemente. Haciéndoles caso, Greg agarró el regalo y salió del antiguo edificio con ellos detrás. Lo guardó en la bolsa de tela, junto al otro regalo y el oso, y los miró con temor. Tan concentrado estaba en ellos que no se dio cuenta de que Mycroft le estaba hablando hasta que le dio unos golpes en el hombro.
—Gregory—le llamó con un tono cansado.
— ¿Qué? ¿Qué ocurre?
—Vámonos a casa, se te ve cansado.
—No te preocupes, termina lo que tengas que hacer.
—Lo que me queda se lo puedo dejar a Anthea. Estoy más preocupado por eso—dijo señalando con un movimiento de cabeza la bolsa—. Venga, vámonos.
—Espera, ¡mi coche!
—No te preocupes—Mycroft le mostró una sonrisa despreocupada, una que hacía mucho tiempo no veía—, lo he mandado buscar. Aunque me dan más ganas de mandarlo a llevar al vertedero—dijo arrugando la nariz.
—Aún no tengo para un coche nuevo—se subió a la limusina por la puerta que el chófer mantenía abierta y Mycroft entró después, acomodándose frente a él.
—Eso se puede arreglar.
—No, Mycroft—cortó Greg la conversación, y siguieron en silencio un buen rato—. ¿Qué sabes sobre las explosiones?
—He convencido a todo el mundo de que es un ataque terrorista—dijo Mycroft, quitándole importancia con un movimiento de mano—. Eso nos dará vía libre para atrapar a Moriarty.
—Si abrimos los regalos, y si adivinamos qué son. Eso es lo que más me preocupa…
— ¿De verdad quieres esperar a abrirlos en casa? —preguntó Mycroft con un brillo malicioso en sus ojos, y se contagió de ellos.
—No, por supuesto que no.
Sacó el oso de peluche y se lo entregó a Mycroft para que lo investigara, pero rápidamente negó con la cabeza.
—No veo nada extraño, sólo que ha tenido mucho uso.
—Eso suponía—se notaba la decepción en su voz, pero aun así sacó el primer regalo—. Aquí está—miró temeroso a Mycroft, que le miró con una ceja levantada.
—Ábrelo ya, Gregory, no te hagas de rogar.
Rasgó el papel con sumo cuidado hasta dejar al descubierto una caja bastante grande de madera. La abrió lentamente, y desde luego jamás se habría imaginado encontrar lo que había ahí dentro: cuadernos para colorear, pinturas, y un sinfín de cuadernos. Mycroft y Greg se miraron interrogantes, ninguno de los dos sabía qué significaba aquello.
Dejó la caja a un lado, decidió examinarla más tarde cuando llegaran a la casa de Mycroft, y usó el mismo procedimiento cuidadoso con la otra caja. Pero su contenido era más esperanzador: cartas. Cartas y más cartas de dos personas, una tal Diana Watkins y…
Miró esperanzado a Mycroft, que también había leído el otro nombre. Los dos lo dijeron a la vez:
—Colonel Moriarty.
O-O-O-O-O
Había esparcido el contenido de las dos cajas por toda la mesa del comedor, sin saber por dónde empezar. Se sentía como un niño pequeño la mañana de navidad, entusiasmado por abrir su primer regalo. Solo que en esa ocasión había vidas en juego. Quizá era así como se sentía Sherlock cada vez que tenía un caso interesante entre manos. Estaba pensando profundamente cuando escuchó a Mycroft en el piso de arriba, gritando. Alguien le había llamado al móvil, y no le debía sentar muy bien lo que le estaban diciendo.
Subió las escaleras hasta el despacho, y se quedó apoyado en el marco de la puerta. Mycroft estaba de espaldas, mirando por la ventana y con el móvil en la oreja, gritándole al pobre que estuviera al otro lado de la línea que se pusiera a trabajar y dejara las estupideces a un lado. Colgó de mala manera, pero el móvil volvió a sonar.
—Mycroft—respondió él y esperó un segundo en silencio—. Quiero el informe mañana—volvió a callarse unos segundos—. El resultado de una investigación depende de ello, no lo diré más veces. Si no lo haces a tiempo no te molestes en volver a contactarme, me buscaré a otro más eficiente.
Colgó otra vez, pero el móvil no sonó otra vez.
—No deberías estresarte tanto el primer día tras una baja.
Mycroft se dio la vuelta y le sonrió de medio lado.
—Quiero asegurarme que todo marcha bien, si no estoy encima de ellos todo sale mal.
Un deseo irrefrenable creció en el pecho de Greg y fue acercándose lentamente a Mycroft.
—Echaba de menos esta faceta tuya.
—Ah, ¿sí? —dijo Mycroft levantando una ceja.
—No te va eso de querer escapar de los problemas.
La mirada de Mycroft se endureció.
—No lo volveré a hacer.
—Por lo menos Sherlock te ha hecho entrar en razón.
— Quiero que vuelvas a confiar en mí, y sólo lo podré hacer si estamos aquí. ¿Qué..?—empezó a preguntar Mycroft cuando vio que Greg se arrodillaba frente a él— ¿Qué haces?
Una sonrisa lasciva apareció en los labios de Greg.
—Me has puesto a cien cuando mandabas a McCann—desabrochó el cinturón de Mycroft.
— ¿De verdad? —bajó su cremallera y desabrochó el botón del pantalón, sacando la camisa hasta mostrar los calzoncillos de Mycroft.
—Ajá…—y sin previo aviso, mordió suavemente el pene de Mycroft a través de los calzoncillos. Mycroft gimió y apoyó una mano en el escritorio para no perder el equilibrio—. Creo que lo llaman "la erótica del poder"—dijo mientras masajeaba el cada vez más erecto pene sobre la ropa interior—. Y hacía demasiado tiempo que no tenía mi dosis de esto.
De un tirón bajó los calzoncillos para dejar el pene semi-erecto al descubierto y se metió el glande en la boca. Mycroft volvió a gemir, echando la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos del placer que le estaba causando. Lamió varias veces la punta con la lengua y después lo lamió por toda su extensión, desde la base hasta la punta, para después meterse todo lo posible en la boca. Las piernas de Mycroft empezaban a temblar, pero no iba a parar. Apretó los labios mientras los movía arriba y abajo, y la parte que no llegaba a cubrir con su boca lo masturbaba con una mano, mientras con la otra le masajeaba los testículos.
En muy poco tiempo tuvo el pene de Mycroft totalmente erecto frente a su cara, y volvió a lamerlo por zonas, como un helado, dándole pequeñas mordidas en las zonas expuestas más sensibles. Mycroft cada vez gemía más fuerte, las piernas cada vez le temblaban más, y con la mano que tenía libre agarró su pelo canoso, apretándolo cuando una lamida o una mordida le inundaba de placer.
Sin aguantar más, Greg liberó su propio pene de la prisión que eran los pantalones y los bóxer, empezó a masturbarse con fuerza mientras volvía a meterse el pene de Mycroft en la boca, quien empezaba a embestir con las caderas.
—G-Gregory, voy a… voy a…
En el momento justo, Greg presionó la base del pene de Mycroft para evitar que se corriera.
—Aún no, Mycroft—el susodicho gimió de desesperación mientras Greg seguía manteniendo su dedo en la base—. Pídemelo.
—No… Gregory…
—Pídemelo o no te dejaré—advirtió Greg mirándole a los ojos con una sonrisa malvada. Mycroft se mordió el labio y agarró aún más fuerte su pelo.
—Por favor, Gregory.
— ¿Por favor, qué? —Greg le dio un pequeño lametón en la punta y Mycroft se estremeció.
—Por favor, Gregory, déjame correrme—Mycroft estaba completamente colorado, con la frente perlada de sudor y los labios rojos de tanto mordérselos. Era una imagen increíblemente erótica.
Apartó su dedo y se metió el pene en la boca, frotando sus labios rápidamente y con fuerza, y junto a las emboscadas del propio Mycroft, éste no tardó mucho en correrse con un sonoro gemido. Greg sintió el líquido caliente bajar por su garganta y casi se atragantó, pero pudo contenerse hasta que Mycroft sacó su pene. Entonces tosió un poco y se lamió los restos que le quedaban en los labios mientras miraba a Mycroft fijamente.
—Recuéstate sobre el escritorio—le ordenó, poniéndose de pie.
Sin dudarlo Mycroft apoyó su cuerpo sobre el escritorio, mostrándole el trasero indefenso. Greg bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, mostrando las nalgas y las piernas desnudas. Mordió las dos nalgas con más fuerza de la necesaria y vio a Mycroft arqueando la espalda. Greg sonrió para sus adentros.
Sin demorarse separó las nalgas y metió la lengua en su entrada. Mycroft se estremeció ante el contacto, soltando pequeños gemidos. Greg lamía, mordía, chupaba cada parte posible de su entrada, y con cada acto conseguía un concierto de gemidos, música para sus oídos. Mientras seguía trabajando con la lengua la entrada metió un dedo, sintiendo la estrechez y los músculos de Mycroft enroscarse sobre él. No tardó mucho en meter un segundo dedo, llegando a tocar la próstata. Mycroft soltó un pequeño grito y movió sus caderas hacia él para volver a sentir ese toque. Greg le torturó un poco más estimulándole la próstata, hasta que sintió que no podía más.
Se incorporó y se posicionó ante la entrada, contemplándole por completo, echado sobre el escritorio, agarrado desesperadamente al borde, con su trasero totalmente expuesto para él, mirándole con deseo. Sin poder controlarse se introdujo por completo de una estocada. Se paró un momento, sintiendo la estrechez sobre su pene y esperando no haber dañado a Mycroft, pero él sólo movió sus caderas dándole a entender que se moviera. Primero se movió lentamente, sin llegar a tocar la próstata de Mycroft.
—Fuerte, más fuerte—le rogó Mycroft, justo lo que Greg quería oír.
Empezó a moverse cada vez más rápido, embistiendo en su punto más sensible. Y Mycroft empezó a jadear fuertemente, moviendo sus caderas a la par mientras se agarraba desesperado con una mano al borde del escritorio mientras con la otra se aliviaba a sí mismo, aun a pesar de haberse corrido. Greg puso sus manos en las caderas de Mycroft y empezó a embestir con todas sus fuerzas, notando y escuchando cada reacción de Mycroft, sin tardar mucho en notar el inicio del orgasmo.
Un placer inmenso se trasladó de los testículos a su pene, y de allí al cuerpo entero. Se corrió con un sonoro gemido, con todo su pene dentro de Mycroft, quien no tardó mucho en unírsele en el orgasmo.
Jadeando, esperó a que terminaran las sensaciones del orgasmo y salió de Mycroft. Le observó sin perder detalle, totalmente derrumbado y jadeante sobre el escritorio, las piernas abiertas con su semen chorreando entre ellas, la cara completamente roja y los ojos cerrados, disfrutando.
—Lo siento, se me olvidó usar un condón.
—No importa—dijo entre jadeos Mycroft y con los ojos aún cerrados—. Me gusta sentirte así, sin apenas lubricante—. Greg, sin abrocharse los pantalones se apoyó sobre la espalda de Mycroft y le dio un beso en la mejilla. Notaba sus partes rozarse con el trasero húmedo y pegajoso de Mycroft, pero le gustaba esa sensación—. Ha sido increíble—Mycroft abrió los ojos y mostró una pequeña sonrisa.
—Por algo dicen que lo mejor de las peleas es la reconciliación—dijo dándole otro beso en la sien—. Dúchate, te espero abajo para estudiar los regalos de Moriarty.
Greg se levantó y se abrochó los pantalones.
—Si te vas a poner así cada vez que me veas trabajar, me aseguraré de que te conviertas en un visitante recurrente de mi despacho—soltó Mycroft con una sonrisa relajada subiéndose los calzoncillos y los pantalones, pero sin abrochárselos.
—Eso ya lo veremos. Ahora a la ducha—le dio una pequeña palmada en el trasero y Mycroft le guiñó un ojo antes de ir al baño de su habitación.
Greg puso el pie en el primer escalón para bajar, pero se lo pensó mejor. Las cosas aún no eran perfectas entre ellos, pero estaban mejor que hace semanas. Con una sonrisa lasciva en sus labios entró en el baño de la habitación quitándose la camisa.
¡Y hasta aquí el capi de hoy! Antes de todo, lo siento muchísimo por no haber actualizado antes. He estado muy ocupada con los estudios y con algunos otros problemas, realmente me ha sido imposible. Por eso he hecho este capítulo más largo que de costumbre, si no me equivoco es el más largo hasta ahora, espero compensaros un poco con eso xD
Y ahora vienen las malas noticias. ¡Sólo queda un capítulo más! (aparte del epílogo) . Esto ya se está acabando, me da mucha pena pero todo lo bueno se acaba alguna vez. Pero aún es pronto para despedidas, ¡aún queda lo mejor! :D
¿Qué os ha parecido el capítulo? Espero no haberos asustado mucho al principio, pero la forma en la que ha acabado... ;) He disfrutado mucho escribiendo la última parte jajaja.
Una vez más, muchísimas gracias a los que hacéis review, a los que dais follow y favoritos, y a los que lo leen. Justo ayer llegamos a las 7000 visitas, para mí es algo increíble (no sé si es mucho o poco, pero para mí es muchísimo). Jamás pensé que llegaría a tanto con mi primer fanfic, y sobre todo que contaría con tanto apoyo como el que me dais. ¡Muchísimas gracias a todos, de verdad! Espero que os haya gustado este capítulo, y si no pues también, por qué no xD
¡Un beso y hasta el siguiente capi! (Estará dentro de pocos días, os lo prometo ;D)
