Bueno, llegamos al final. Ha sido un recorrido largo para ver a nuestras chicas finalmente felices y realizadas. Pero no solo a ellas, también a los demás personajes. Es el primer fic que traduzco que tiene tantos reviews, se lo acabo de decir a Sedgie, y está super encantada.
A ver, no me tiren piedras por este epílogo, yo solo soy la mensajera. Jajajajaj. Es donde quizás echaremos alguna lagrimita.
Otra cosa, a la gente que ha opinado como Guest no puedo contestarle porque no tienen cuenta en FF, así que sí quieren preguntarme algo o consultarme cualquier cosa mi Twitter es franchiulla o lesbiqueen38. Este último es una cuenta que he creado para dar a conocer no solo mis traducciones sino todos los fics que me han parecido interesantes y no estén en inglés, es decir, encontrareis recomendaciones de fics en español, en francés, en italiano y en portugués.
Sin más, y hasta la próxima, el último capítulo de esta joya hecha fic.
Epílogo
Sus cabellos volaban al viento, al ritmo del galope del caballo sobre el que se paseaba. Sus ojos verdes penetrantes miraban atentamente el horizonte mientras que a lo lejos se dibujaba una casa.
El sol no tardaría en ponerse y le había prometido a su madre que volvería antes de que las primeras estrellas brillasen en el cielo. Nunca había mentido a su madre, nunca había tenido necesidad. Así que no pensaba llegar tarde hoy.
Cuando pasó el arco de madera sobre el que estaba grabado «Ranch Harper» su trote se ralentizó hasta llegar a unas anchas cabellerizas donde un hombre la esperaba con una gran sonrisa.
«¡Jake!» la joven casi saltó del caballo y le tendió las riendas al anciano «¿No he llegado tarde?»
«No, señorita» sonrió él «Ha llegado a la hora, como siempre. Aunque casi comienza a flirtear con el sol…»
«Lo sé, lo sé…Pero no vi que el tiempo pasaba» acarició a su fiel montura «Cuando estoy con Rocinante, me olvido del tiempo…»
«Deme las riendas, señorita, la cena la espera»
«¡Gracias Jake, hasta mañana!»
Sin tardar, corrió, atravesando las caballerizas, para dirigirse al otro lado que daba a un gran jardín, cuidado con esmero por su madre para quien la jardinería era una de sus pasiones. Antes de entrar, sacudió sus botas y su camisa y se rehízo la trenza para ponerse más presentable.
Entró y el olor a pollo asado le entró por la nariz, para su gran alegría. Se dirigió hacia la cocina y allí encontró a una mujer de unos cuarenta años cuyos cabellos oscuros presentaban algunos filamentos grises.
«¡Cucú!»
«A tiempo» la joven se colocó al lado de su madre y le dio un tierno beso en la mejilla «Ve a ducharte y cámbiate, pasamos a la mesa en cuanto tu padre y tus hermanos hayan vuelto»
«¡Ok!»
La mujer sonrió al escuchar los pasos, que a pesar de querer ser ligeros, resonaban pesadamente en las escaleras. Había preparado su plato favorito, lo hacía siempre la víspera de su cumpleaños, antes de que toda la familia apareciera al día siguiente.
Suspiró entonces tristemente, tocando su collar, acariciándolo como hacia siempre cuando pensaba en su familia. Preparó meticulosamente la mesa, guarneciéndola con sabrosos platos, especialmente preparados para su hija, su única hija.
Cuando se quitó el delantal, creyó escuchar afuera el motor de un gran 4X4 parándose frente a la casa. Lanzó una ojeada por la ventana para confirmar y sonrió al ver a su marido y a sus dos hijos volver con los brazos cargados de regalos.
Charlotte siempre había sido mimada por sus hermanos y su padre: última de la familia, bebé sorpresa pero amado, había crecido en el amor de una familia jovial y calurosa, en ese rancho en el interior de Oregón en el cual su madre y su padre dirigían uno de los mayores centros ecuestres de la región.
«¿Cariño?»
«Estoy aquí. ¿Han encontrado todo?»
«¿Dónde está ella?»
«En la ducha. Metan todo en el garaje. James, Andrew, ¡nada de burradas!»
Tras haber tenido la confirmación de sus hijos, volvió a poner su atención en la preparación de la mesa antes de que su hija, algunos minutos más tarde, bajara con un bello vestido de flores.
«¿Están aquí?»
«A la mesa» confirmó su madre como toda respuesta
Algunos segundos más tarde, los tres hombres de la casa aparecieron.
«¿Dónde estaban?»
«Bah, ¡escondiendo los regalos pues claro!»
«¡James!» sermoneó la mujer antes de pasarle el pollo a su marido
«Perdón, perdón…» gruñó antes de dirigir una divertida mirada a su hermana pequeña que no respondió sino sacándole la lengua.
Como benjamina, Charlotte tuvo que hacer malabares entre la superprotección de sus hermanos y el deseo de estos de meterse con ella a todas horas. Pero a pesar de las bromas, ella no cambiaría por nada del mundo a sus hermanos.
Evidentemente, la cena giró alrededor de la fiesta del día siguiente y de la acogida a toda la pequeña familia para festejar los doce años de la pequeña.
Cuando llegó la hora de acostarse, y a pesar de que iba a cumplir doce años, Charlotte y su madre habían instaurado un ritual que amaban compartir: una vez metida entre las sábanas, Charlotte esperaba que su madre viniera a arroparla y darle un beso en la frente.
Esa vez no escapó a la regla y cuando Charlotte estaba forrada en su gran cama, su madre llegó, se sentó a su lado, pegando la cabeza al cabecero de la cama. La joven se acurrucó entonces contra su madre, aspirando el dulce perfume a Lis.
«¿A qué hora llegan?»
«Tus tías y primos llegan al final de la mañana. En cuando a tu tío…debería llegar para el postre, como de costumbre»
La pequeña sonrió y al sentir la mejilla de su madre reposada en su cabeza, su mirada se dirigió al escote de la blusa de esta, los tres primeros botones estaban abiertos. Entonces vio una marca que conocía muy bien. Le gustaba escuchar a su madre hablar de su vida, que fue bastante tumultuosa. Ella soñaba con vivir, aunque fuera la mitad, de lo que su madre había vivido.
«Cuéntame una vez más…»
«¿Hm?»
Charlotte se pegó un poco más a su madre y, con su índice recorrió la cicatriz que dividía en dos el pecho de su madre. La mujer sonrió, y suspiró dulcemente: sabía que su hija era curiosa, sabía también que le gustaba escuchar la historia de su familia, siempre era un placer para la mujer contarla.
«Tenía más o menos tu edad…cuando entré en el hospital. Sabes que mi corazón estaba enfermo» por toda respuesta la niña asintió despacio «Mi salud se agravó súbitamente…Estaba tan enferma que no tuve más elección que tener otro corazón. Tus abuelas removieron cielo y tierra para meterme en el programa de trasplantes…Tuve un nuevo corazón cuando cumplí 14 años…Después…cinco años más tarde conocí a tu padre en la facultad…¡Y tuvimos gemelos antes de tener a nuestra pequeña princesa que está creciendo demasiado rápido para la opinión de su madre!»
«¡Mamá!» refunfuñó la joven «¡Piedad!»
Intercambiaron una sonrisa antes de que la mirada de Charlotte fuera captada por el collar que llevaba su madre. Charlotte, de tan lejos como se acordaba, siempre había visto a su madre con ese collar.
«Cuéntame la historia de mis abuelas»
Molly sonrió débilmente, como si una ola de nostalgia acabara de sacudirla. De repente, se vio 35 años atrás en la boda de su hermana. Ese día donde todo era hermoso, todo el mundo era feliz.
Su vida no tenía nada que envidarle a las más bellas comedias románticas: Molly había sido mimada por sus madres cuyo amor desbordante llenaba la casa. Después de la marcha de Henry a la facultad, y sus problemas de salud, los días, después los meses y finalmente los años pasaron a una rapidez endiablada. Emma y Regina se volvieron locas de felicidad cuando Evelyn anunció su embarazo y convirtió a las dos mujeres en abuelas. Como siempre había dicho Lucy, tuvieron un varón, Simón, y tres años más tarde, llegó otro.
Henry se casó bastante tarde, para angustia de su madre, pero, sin embargo, la colmó convirtiéndola en abuela por tercera vez. Hoy en día, divorciado, finalmente había logrado su deseo de vida bohemia y viajaba por los cuatro puntos del mundo.
En cuanto a ella, hoy, estaba casada, madre de tres hijos, lo que llenó de alegría a Emma y Regina al volver a ser abuelas. También había realizado uno de los sueños de su madre: vivir en un rancho en medio de caballos. Se sentía feliz de que ellas hubieran podido disfrutar de sus nietos. Hoy ninguna de las dos estaba ya, y a Molly le gustaba imaginar que, allí arriba, las dos cuidaban aún por su progenie como siempre habían hecho.
«Cuéntame, mamá, cómo comenzó todo»
Molly acarició entonces el collar y los colgantes que encajaban armoniosamente. Colgantes que heredó de sus dos madres cuando Emma murió, algunos meses después de Regina, definitivamente demasiado afectada por la muerte de su mujer paras vivir sin ella.
Molly recordaba el significado de esos colgantes, y todo el simbolismo que cargaban detrás: el Yin y el Yang, lo que mejor caracterizaba a la pareja que habían formado Emma y Regina. Repentinamente los recuerdos llegaron a su memoria: la llegada de Emma y Henry a su vida, las alegrías, las penas, los amores…
«Todo comenzó cuando tu tía y tu tío tenían tu edad…» murmuró Molly acariciando su collar mientras su hija se acurrucaba contra ella, preparada para escuchar esa historia que se había transmitido de hermana a hermana en la familia, como una tradición, una religión. Molly, entonces, se sintió golpeada por el azar feliz de la situación, como un bucle que encontraba finalmente su fin. Su hija al día siguiente cumpliría 12 años, la edad de Evelyn y Henry cuando todo había comenzado, cuando toda esa historia, esa familia, había empezado.
Molly suspiró entonces, cerrando los ojos.
«Érase una vez…»
FIN
Bueno, ¿qué? Nadie se lo espera, ¿a qué no? Yo, por lo mensos, cuando lo leí, no. Lloré como una tonta, y ahora he vuelto a hacerlo. Porque es un final lindo, aunque con ese agridulce que deja en la boca. Emma y Regina fueron felices, y sus hijos y nietos las seguirán recordando siempre.
